Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La calle 43 19 octubre 2009


La calle 43


De: Adrián Revilla



“Hay quienes afirman

que las cosas y los lugares poseen un alma,

y hay quienes lo niegan;

por mi parte no osaré dar opinión,

sino que voy a hablar acerca de la Calle.”

H.P. Lovecraft



Terribles son los acontecimientos que, por una desafortunada decisión, sufrí en el año 1932, y a fecha de hoy, dos años después, mientras escribo estas líneas, un tremendo temor se atenaza en mi ser. Una experiencia que transformo mi vida en una carrera vertiginosa hacia el declive. El final de mi ordinaria vida, donde las pesadillas se tornaron realidad y la lucidez en demencia. Y por eso, aun no se con que desesperado propósito, he decidido escribir mi pericia diabólica, en un intento de apaciguar mis desenfrenados pensamientos y poner fin a este sin sentido.

Mi nombre es Freiheit Scurvy. En aquellas fechas yo era un conocido y respetado historiador, y a día de hoy, es lo único que aún  puedo asegurar. Un día la desdicha se presento ante mí mediante un telegrama, este venia dirigido desde un nuevo museo de la capital inglesa. Me ofrecían un puesto de trabajo al cual desgraciadamente accedí sin reparo. Las condiciones incluían alojamiento en una pequeña buhardilla a las afueras de la ciudad londinense, un barrio honesto y descuidado de pocos vecinos. Siempre había sido definidamente reservado y aunque tenía la dirección de algún colega de oficio que residía en las proximidades, mis días hasta el momento habían sido exclusivamente íntimos. Breves paseos nocturnos ocupaban la mayor parte de mi ocio, recorriendo las poco alumbradas calles próximas a mi casa. En una de las ocasiones, acabando mi circuito habitual, instintivamente gire, incorporándome a otra callejuela por la que nunca había pasado. Y digo instintivamente porque creo que no fui consciente de la variación hasta que no me encontré frente a un estrecho callejón que nacía en el centro de la vía. La calle 43.

Vacía, sin puertas ni ventanas, la calle 43 era siniestra e inútil. Deformidades en sus paredes provocaban un tétrico y oscuro panorama, donde ni en un día soleado entraba ni un apéndice de luz en las profundidades del largísimo y angosto pasadizo. Desde entonces quedé atrapado en una red invisible que me atraía, ahora que lo pienso, como el  cebo que emplearía un cazador con su presa. De modo que cada tarde, en el camino del museo a mi casa, me desviaba del trayecto libreta y lápiz en mano, para visitar mi neurótico callejón. Esa fuerza misteriosa me atraía inexplicablemente a su entrada, y habitualmente había adquirido la costumbre de escribir, en el pequeño cuaderno, los sentimientos que me trasmitía el húmedo pasadizo, y cada vez que repasaba las notas, un miedo terrorífico me abordaba recorriéndome la columna vertebral e instalándose en mi estomago. Quizás por eso, en mi obsesa idea de comprender esas sensaciones, decidí entrar.

No suelo tomar decisiones precipitadamente; así que, durante algunos días, procuré indagar en las antiguas y aciagas historias que se aferraban en cada una de las deslucidas piedras que formaban aquel callejón. Quise informarme interrogando a los lugareños que vivían en las proximidades y lo único que recibí fueron amenazas y advertencias, donde todos coincidían en lo peligroso que podría llegar a ser si me acercaba y me comprometía demasiado, que aquello no era más que la entrada a los infiernos, el vestíbulo de las Tinieblas. Todos ellos vivían bajo la intimidación de los rumores y conocían viejas  y demenciales patrañas que a uno le helaba la sangre; así que, más confuso aun, decidí ir más allá y pensé en acercarme a una hemeroteca con la idea de revisar viejas crónicas. Después de largas horas de búsqueda, una noticia me llamó la atención, describía la enigmática desaparición  de un menesteroso que frecuentaba el barrio londinense en el que se situaba la funesta calle 43, el pilar de mis preocupaciones. Leí detenidamente el artículo el cual describía los acontecimientos. Por lo visto, el mendigo, fue visto por última vez durante una noche, en la que él se instaló justo en la entrada del callejón. El apartado además mencionaba, como anécdota, otro terrible suceso aparentemente sin relación alguna. Hablaba de un extraño rito nocturno, realizado por algún tipo de secta que fue disuelta por la policía. Los miembros fueron encarcelados y posteriormente interrogados; pero durante la noche se masticaron la lengua dejándose sin la facultad del habla. También localicé en diferentes periódicos otras noticias inquietantes, como el repentino trastorno en el que entró un joven que perdió la racionalidad, berreó frases sin sentido mientras agredía a algunos transeúntes del lugar, y finalmente, arrebatándose la vida al abalanzarse contra un carro en movimiento, pisoteado por las vigorosas patas de los caballos, exhibiendo un grotesco y horrible espectáculo.

Aparentemente, ningunos de estos acontecimientos fueron relacionados unos con otros sin llevarse a cabo conjeturas, y toda aquella información todavía me atormentó y agitó más de lo que ya estaba en un buen principio. Quizás hubiese preferido no encontrar nada y olvidarme del absurdo y obsesivo propósito de entrar  en la callejuela, donde, sin darme cuenta, ya había dado mi primer paso.

Pero no fue así, y tres meses después de aquel primer encuentro con mi pandemónium, entré.

Lo había decidido de tal manera que solo caminaría hasta el fondo, una vez allí acariciaría las paredes con arrogancia y saldría de allí regocijándome ante la absurda situación en la que yo mismo me había envuelto. Pero todo se torció al instante. Debí hacer caso a mis primeras sensaciones y percibir la peligrosidad de mis acciones. Una oscuridad más fría que el hielo, junto con un nauseabundo olor, me envolvió aturdiéndome al instante. Di un traspié y caí al suelo. Me levante, y al hacerlo palpé con las manos la superficie del adoquinado que me pereció pegajoso, húmedo, y lo más curioso, escalofriantemente templado. Achaque esas impresiones a mis nervios, y resolví que continuar era la mejor opción. Me sentí observado y percibí en el ambiente un odio que me acechaba escondido en cada una de las piedras que formaban aquel callejón. Los segundos se tornaron minutos y los minutos horas y empecé a tener un miedo terrible; pero nuevamente persistí en mi acometida, paso a paso, avanzando cada vez más, hasta que repentinamente… llegué al final.

Mire a mi alrededor, toque las paredes y no encontré absolutamente nada. En aquel instante suspiré, y me atrevería a decir que incluso me reí. Pensé  en que más me hubiese valido dedicar todo aquel tiempo que había desperdiciado, en acabar informes y trabajos pendientes del museo. Me di la vuelta, y me disponía a regresar cuando de nuevo tropecé; pero esta vez, al tocar el terreno con las manos me di cuenta de que algo era diferente.

(Continuará…)


Anuncios
 

4 Responses to “La calle 43”

  1. catigomez Says:

    ¡Bienvenido, Adrián! Muy buen relato. Has logrado muy bien la ambientación de las historias de terror románticas y le has dado un clima inquietante. Continúa la historia, que me has dejado en lo mejor… 🙂

  2. Muchas gracias, intentaré acabarlo lo antes posible.
    Un abrazo.

  3. marvin Says:

    hola estan exelentes tus relatos quisiera saber como accesar al blog

  4. catigomez Says:

    ¿Quieres publicar tus relatos en el blog? Estaremos encantados de contar contigo. Mañana te mando un correo para explicarte cómo se hace. Mientras, si quieres puedes ir dándole un vistazo a la página de Normas (pestaña superior). ¡Hasta pronto! 🙂


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s