Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Por una copa y un beso 10 febrero 2010


Por una copa y un beso


De: Griselda Gamarra



Una rica familia de viticultores y expertos bodegueros, preparaba dos acontecimientos a la vez ambos muy importantes para ellos; la boda del menor de sus hijos, y la presentación de su nuevo y fino cava obtenido de una antiquísima cepa familiar. Pero a pesar de la apariencia tranquila y bien organizada bajo la que todo se preparaba, existía un conflicto en el núcleo familiar, pues Argelio, futuro novio de la boda, sufría en secreto el gran amor por el cual se sentía atraído hacia Aída, su amiga y compañera de juegos desde la infancia, la cual, siendo hija de la cocinera que servía a dicha familia desde muy joven, había nacido dos años más tarde que él en la misma mansión.

Sin suponer que esto sería jamás un problema, nunca se les impidió que mantuvieran una estrecha relación, e incluso todos supusieron que en el caso de surgir un sentimiento especial entre ellos sería de origen fraternal, como hermanos quizás, pero nadie nunca sospechó, que podría despertar el interés de Argelio aquella niña que, aunque buena y hermosa, no dejaba de ser sin clase ni historia familiar.

Ignorando el tema y sin dejar duda que Argelio debía casarse con Bereniz, la joven de una familia adinerada de alta alcurnia que vivía al otro lado del río, quien siempre dejó ver su encanto por él, y habiéndose propuesto desde siempre atraparle sentimentalmente, aceptó la creencia de una futura felicidad con esta boda bendecida por los padres de ambos.

Argelio y Bereniz comenzaron sus citas acordadas por sus mayores hacía ya dos años. Pero a su pesar, él no dejaba de contar a su amiga cuán infeliz era, y ésta, no imaginándose jamás el sentimiento de Argelio por ella, y manteniendo oculto su amor por él, no hacía otra cosa que aconsejarle obedecer por el bien de todos, pues eso, era lo que su madre le decía a ella cuando le contaba sobre su necesidad de verle y tenerle cerca cada vez más fuerte e insoportable.

Así fueron pasando los días y acercándose la fecha del acontecimiento, Argelio pediría la mano de Bereniz y cuyo contrato quedaría sellado con un brindis tan especial como lo era el tan ansiado cava que sería presentado por primera vez por su padre, ante los más exigentes catadores y personas de alta sociedad.

Fue ese mismo día, pocas horas antes que Aída discutió desconsoladamente con su madre quien le obligaba a mantener su sentimiento en secreto, él no se fijaría jamás en ella, y así llorando acudió a la bodega dónde se encontraba su padre, Juan, encargado de este sector y todo un fanático experto del vino, su proceso y sus cuidados. Así era tanto que pasando horas en aquel lugar con su hija, le explicaba y contaba todo lo que sabía sobre cada uno de los diferentes vinos que allí tenían, y nunca faltándole una historia para cada uno de ellos, su hija llegó a saber tanto o más que él.

Ese día cuando llegó hasta él empapada en lágrimas, éste quiso averiguar el motivo y supo entonces el secreto que su hija mantenía con su madre hasta entonces; su amor por Argelio, con lo cual le calmó y aconsejándole que no perdiera la fe, le aseguró que si no sabía mucho de esos amores, sí sabía del que sienten los amantes del vino, y acto seguido, le envió de vuelta a casa con la orden a su madre que le preparase igual o mejor que una princesa.

Si bien su hija no comprendió dicha actitud, no dudó de su padre ni por un instante, recuperó la fe esperando un milagro y sin reparo alguno trasmitió el mensaje enviado a su madre, la cual, no pudiendo creer pero sí suponer, se apuró cuanto pudo para que su hija luciera mejor que nunca alguien la hubiera visto jamás. Y así fue como mientras Aída se aprontaba en su habitación, no muy lejos de ella, también lo hacía, aunque no con tanto entusiasmo, Argelio.

Mientras tanto, Juan fue en busca de Don Andrés, padre de Argelio y dueño heredero de lo que para ambos era el real tesoro familiar, las cosechas, la bodega y todo lo que en ella tanto cuidaban con adoración. Lo encontró junto a su esposa en el gran salón, ya habían llegado los primeros invitados, entonces desde la puerta le llamó. Don Andrés acudió con preocupación, pero luego de saber que nada había sucedido con su “consentido”, como solía llamarle a su cava, se limitó a escuchar una opinión que con confianza le presentó su fiel y experto empleado Juan, con lo cual palmeándole el hombro le aseguró tener en cuenta dicho consejo, “pues se trataba de la fortuna de toda una estirpe familiar”.

Así fue como sin que nadie conociera sobre lo que éstos dos hubieren hablado, la hora llegó; la joven Bereniz había llegado, Argelio le esperaba junto a sus padres, y ella precedida por los suyos hizo su espectacular aparición cogida del brazo de su hermano y seguida por la no menos hermosa Aída llevándole su larga cola de transparente tul.

Paso a paso se acercaban a su amado en común, mientras el corazón de una brincaba de alegría y emoción, el de la otra parecía desangrarse rogando por ese inexplicable milagro del que se había aferrado. Estaba Bereniz tan cerca de Argelio como para cogerle su mano y así comenzar a pronunciar las palabras tan esperadas por ella y tan temidas por él, cuando de pronto su padre, Don Andrés, ante la sorpresa de todos se adelantó, y prefiriendo hacer primero la presentación del cava, solicitó a todos que sostuvieran la copa en alto mientras el Sr. Juan, quien se presentó luciendo un lujoso uniforme de etiqueta, les serviría una a una hasta completarlas todas. Todos se mostraron confundidos, un bullicio se propagó por todo el salón, pero nadie lo cuestionó; y sin entender el por qué, observaron como inesperadamente Don Andrés, cogiendo la mano de Bereniz y también la de Aída, quienes fueron servidas como todas las demás, caballerosamente solicita a su hijo que a pesar de salirse de las normas convencionales, por favor bese a su futura novia para dar así comienzo a la ceremonia. Argelio, obedeciéndole, se dirigió hacia Bereniz, pero cuando al acercarse a ella pudo sentir un olor desagradable proveniente de su boca, se detuvo y dirigiéndose a su padre le preguntó por qué le había servido otro vino que no fuera el mismo cava que a los demás, respuesta que encontró en los labios de su amada cuando ésta, acercándose le demostró con un beso que ella sí lo había saboreado, y lo cual luego confirmó asegurándole que podría compartirlo cuánto tiempo él quisiera, toda la vida quizá, con lo que Argelio decidido hizo público su gran amor oculto durante tanto tiempo.


Dado el alboroto que aquello ocasionó y ante los reclamos histéricos de Bereniz, Don Andrés ordenó silencio con voz firme y grave para explicar, que no tenía mayor fortuna familiar que la que acababan de probar, y se ha demostrado que para ello se precisa saber diferenciar, un vino blanco mediocre de un cava le lujo, y que para poder cuidar y valorar un tesoro tal se ha de necesitar un muy buen paladar, uno como el que la joven y bella Aída había podido demostrar.

-.FIN.-


 

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