Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La burbuja de cristal 7 agosto 2009

La burbuja de cristal


De: Catalina Gómez Parrado



Nunca me ha interesado la política. En realidad, como dice Adolfo, para qué me iba a interesar si nunca la he comprendido. Sólo soy una mujer sencilla a quien le ha tocado vivir una época que algunos llaman convulsa, aunque yo no sé muy bien lo que quieren decir. Sí, veo por televisión las revueltas y me asustan un poco; pero como dicen Adolfo y mi Ricardito, nuestro Presidente tiene las riendas muy bien tomadas y no nos han de preocupar cuatro gatos desagradecidos. También oigo cosas en el mercado, historias de gente a la que sacan a rastras de su casa durante la noche… Ahí sí que Adolfo afirma siempre tajante que “algo habrán hecho” y que “la gente de bien no tiene nada que temer, sino los alborotadores y conspiradores que no nos dejan vivir en paz y en orden”. Y a mí me deja así tranquila con su calma y su temple, bendito sea. O al menos me dejaba hasta hace seis días, contando el de hoy…


Recuerdo muy bien lo que hacía esa tarde. Ricardito había invitado a cenar a su prometida y a sus futuros suegros, y Adolfo se había empeñado en que les preparase mi famoso asado de buey, que no es sino la mejor receta de su difunta madre, que en paz descanse. Yo estaba sola en la cocina, esforzándome en seguir la receta lo más fielmente posible, pues sé lo mucho que le gusta a mi Adolfo y lo orgulloso que se siente de mí cuando lo consigo. Ya me costó lo mío que mi difunta suegra me regalase su tesoro culinario más preciado, pues la mujer siempre afirmó que una “gallega” como yo nunca sabría apreciar los matices de la mejor cocina chilena. Nunca se lo tuve a mal, siempre supe que la mujer no lo decía con mala intención. Aunque nunca entendí por qué se empeñaba en llamarme gallega, habiendo nacido yo en Salamanca…


Estaba completamente concentrada en mi tarea, vigilando al mismo tiempo el reloj del horno y el de la pared de mi cocina, procurando tener la cena lista antes de que mis hombres volviesen del trabajo, cuando escuché el primer lamento. Reconozco que en principio no le presté demasiada atención, pues me preocupaba más que el buey se me quedase seco a cualquier otra cosa en el mundo. Volví a mis ocupaciones y, siguiendo las instrucciones de mi suegra, saqué el asado del horno exactamente a los ocho minutos de cocción para rociarlo por segunda vez con caldo de carne y vino blanco. Pero el segundo grito fue ya inconfundible y, temiendo que algo le hubiese ocurrido a alguna vecina, abrí la ventana que comunica con el patio. Agucé el oído y a punto estuve de preguntar a gritos, cuando escuché un nuevo lamento con toda claridad. Y al momento supe de dónde venía. No era de una vecina. Ni siquiera era una voz conocida. Y sin embargo, caló tan hondo en mí que olvidé por completo lo que estaba haciendo y me asomé sin cautela por la ventana. Adolfo me tiene prohibido hacer tal cosa. Siempre dice que lo que ocurra en el edificio de enfrente, no es cosa nuestra. Que nuestro ejército sabe muy bien lo que tiene que hacer para mantener el orden, y que algún día acabarán con todos los endemoniados que están queriendo llevar al traste al país. Pero yo oigo cosas en el mercado. Y sé las historias que cuentan sobre la Academia de Aviación. Y sé lo que dicen que hacen con los que tienen allí encerrados. Nunca supe quién gritó aquella tarde. Sólo sé que su voz sonaba femenina y muy joven, tal vez apenas una muchacha, que llamó angustiada a su madre, a una madre que nunca escuchó su llamada. Y aunque nunca tuve hijas, en aquel momento sentí que era a mí a quien llamaba. Sentí su lamento arañando mis entrañas. Me quedé muy quieta, esperando, anhelando volver a oír su voz, pero nunca volvió. Y, sin saber por qué, rompí a llorar. Lloré amargamente, como nunca lo había hecho en mi vida. Lloré por ella y por esa madre que nunca estuvo ahí para oír su lamento y que, sin embargo, yo sabía que escucharía todas las noches durante el resto de su vida. Como hice yo a partir de ese día.


Adolfo y Ricardo llegaron a un tiempo. Y después los invitados. Traté de ser la anfitriona perfecta, aunque el asado estaba seco y había olvidado la guarnición. Adolfo no me lo reprochó, pero por su mirada sé que aquel día le defraudé un poquito. Cualquier otro día me habría dolido su mudo reproche, pero aquella noche no me importó. Aquella noche sólo pensaba en que mi mundo era un poco más pequeño, un poco más triste y mucho, mucho menos ordenado de lo que había sido hasta entonces. Sigo sin comprender la política, pero desde aquel día he dejado de prestar atención a las opiniones de Adolfo y Ricardito y comienzo a preguntarme, por primera vez en mi vida, si tendrán siempre la razón.


Cada tarde, cuando mis hombres no están en casa, vuelvo a asomarme a escondidas a la ventana de la cocina. Me asusta volver a oír un lamento como aquél, pero al mismo tiempo, lo espero. Porque pienso que de esta forma están menos solos. De esta forma hay una madre acompañándoles en su último momento. Aunque no sea la suya.




Gandía, 20 de mayo de 2009
Catalina Gómez Parrado

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6 Responses to “La burbuja de cristal”

  1. Claudia Aynel Says:

    Me ha gustado mucho, aunque me ha puesto los pelos de punta. ¿Buen comienzo para una novela corta?

  2. catigomez Says:

    Muchas gracias, Claudia. Pues no lo había pensado, pero podría ser…

  3. Muy duro y muy real, y además el dsarrollo psicológico de la protagonista es plausible. Personalmente me hiere un poco leer cosas así de realistas. Tan sólo dos apuntes.

    Es el segundo relato tuyo que leo y pienso que quizá podrías generar más tensión al principio, porque siempre consigues que me enganche a mitad del relato, aunque finalmente el resultado es bueno, y quizá sólo sea cosa mía, pero parece un texto plano.
    Es ascendente y consigues la emoción a través de la historia. El mismo principio con que obtuviste tu recurso en el anterior relato lo mantienes en este, así que creo que es propio de ti y eso es muy bueno.

    Pieno que conseguirías más tensión y capturarías más la atención cambiando un poco los principios. Por ejemplo, en este tipo de relatos puedes utilizar una descripción del caos o la decadencia que envuelven a la mujer.

  4. catigomez Says:

    Estoy de acuerdo contigo, Josep, creo que mi estilo es así, sosegado, hace entrar poco a poco en la historia, como cuando entras a bañarte en el mar, caminando lentamente hasta sumergirte.

    De todos modos, esta historia no quiero cambiarla porque no me interesaba reflejar la crudeza y violencia de los que sufrían la represión de la dictadura, sino la “realidad” que vi en un documental. Te explico un poco la historia: en ese documental una mujer contaba su experiencia, no recuerdo si era en Argentina o en Chile, pero me impactó su historia aparentemente sencilla. Ella no había vivido en ningún momento la represión sobre ningún miembro de su familia, y durante mucho tiempo ni siquiera se interesó por lo que ocurría a su alrededor, más que los rumores que oía contar a los demás y a los que apenas daba crédito. Pero vivía cerca de uno de los centros de tortura y un día escuchó a un muchacho gritar llamando a su madre. Ella contó que fue tal el sufrimiento de aquella voz que nunca pudo olvidarla y que a partir de aquel día empezó a ver la dictadura de otra forma muy distinta. Ésa es la historia que a mí me interesaba reflejar en este relato, no el horror y el drama de los desaparecidos (aunque por supuesto también es protagonista del argumento), sino la falsa realidad, la “burbuja de cristal”, de aquellas personas que ignoraban lo que ocurría a su alrededor, tal vez influenciadas por los que apoyaban la dictadura o tal vez, simplemente, por puro desinterés hacia la política. Esas personas no vivieron el horror desde el principio, muchas de ellas nunca lo hicieron; pero otras, como la protagonista de mi relato, lo descubrieron de repente, ya avanzada la dictadura, y eso les cambió de algún modo. Eso rompió su burbuja.

  5. ajgonzalez Says:

    Oh, gracias por la aclaración. Ahora lo entiendo todo. No sólo no es necesario una descripción de la realidad al principio, si no que, es necesario que el relato empiece como lo has hecho, con una escena cotidiana de cualquier casa, con normalidad, porque tu protagonista vive en una burbuja.

    Entonces me he equivocado con el consejo. Me ha gustado mucho, en ese caso, tu juego conceptual y el relato adquiere nuevo valor para mí. Volveré a leerlo.

    Ahora que voy conociendo tu estilo creo que lo que debo hacer es ir dejándome llevar. Creo que lo que me ocurre es que no estoy para nada acostumbrado a un estilo como el tuyo.

    Es ligero y fresco, y funciona. Normalmente cuando alguien dice eso es para tratar de ocultar que la obra es simple, pero no en tu caso, porque escribes muy bien. Cada vez veo más tu estilo como un libro de Ana María Matute: Olvidado rey Gudú. La primera vez que lo empecé lo dejé a mitad porque lo veía muy lineal y parecía que no me conduciría a ninguna parte. Un año después volví a empezarlo y lo acabé.
    Bueno, te vas a reir, pero me tuvo tres días llorando. Se convirtió inesperadamente en uno de mis libros preferidos. Pero jamás he vuelto a leer un libro con ese estilo porque casi todo lo que me han brindado las editoriales era infumable.

    Tu estilo es parecido, vas ascendiendo lentamente, siempre hacia arriba, y no te das cuenta de lo que has ascendido hasta que miras abajo. Entonces sientes vértigo.

    Yo estoy acostumbrado a lecturas densas y pesadas, llenas de miles de detalles en cada línea, mil sabores y mil sentimientos. Ya me lo advertiste, pero yo avancé descuidadamente a través de tu jardín. Tú me decías: “Mira las margaritas del centro, imprégnate con su aroma” y yo me volvía hacia atrás pensando que debía haber una escala antes de llegar a las margaritas.

    Bien, ya estoy aquí. Siempre me han parecido hermosas tus margaritas, pero ahora, rodeado de ellas, pienso que el entorno que has creado para plantarlas es el ideal.

    Ya sólo me queda una cosa por hacer, que es leer tu novela. Espero que me llegue pronto.

    Y bueno, supongo que ya te lo imaginas, pero tienes el raro “honor” de ser una de las muy pocas escritoras vivas que me gustan.

    Un saludo y por favor, escribe otro relato para ir haciendo boca hasta que me llegue el libro.

  6. catigomez Says:

    ¡Menuda noticia me han dado! La revista de Internet “Narrativas” ha seleccionado este relato para que aparezca en su próximo número de octubre, junto con otro relato de nuestro nuevo compañero Federico Rodríguez. Encontraréis aquí la revista a mediados de octubre: http://www.revistanarrativas.com/ Muchísimas gracias a su editor, Carlos Manzano, por fijarse en este blog.

    ¡Estoy que exploto de alegría! 😀


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