Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Sombras 5 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Sombras

A Raquel le costaba precisar en su mente cuanto tiempo había pasado desde la llegada de las sombras, lo vivido en los últimos días, la constante tensión y el permanente miedo, le daban la sensación de que habían transcurrido varios meses o tal vez solo algunos días. En alguna parte había leído que la pérdida de la noción del tiempo era un síntoma común en situaciones de gran estrés, por períodos muy prolongados; y ver desaparecer ante sus ojos a decenas de personas, arrastradas por las sombras, era definitivamente una situación altamente estresante.

Hasta el momento ella había corrido con suerte, no así sus vecinos, amigos y familiares. Por alguna razón que no comprendía podía percibir cuando las sombras estaban por aparecer; tal vez una pequeña variación en la presión atmosférica o un leve cambio de temperatura, ella no lo sabía, pero al menos su subconsciente lo detectaba y eso le bastaba. Era un instinto de supervivencia que los demás no tenían y que le había permitido escapar hasta el momento.

Frente a un edificio cuya entrada principal estaba ampliamente iluminada por grandes focos, se sentó a descansar un momento. La claridad le hizo sentir una sensación de calma que hacía tiempo que había olvidado. Ese pequeño oasis de luz le permitió respirar con calma por un instante, mientras sus ojos se comenzaban a cerrar; el cansancio y el sueño reclamaban su cuerpo que tarde o temprano debería relajarse.

Raquel se resistió a dormirse y abrió grande los ojos para que el aire fresco de la noche pudiera despertarla. Todo estaba bien, dentro de lo posible en las actuales condiciones; la claridad llegaba a unos treinta metros de donde ella descansaba, dándole un cierto margen de seguridad.

Sus pupilas se dilataron de golpe y los pelos de todo el cuerpo se le erizaron, cuando su instinto se puso en alerta. Aunque no veía nada, rápidamente se puso de pie; aguzando la vista pudo verla aparecer en medio de la oscuridad. La sombra era como una emanación de las tinieblas que comenzaban donde terminaba el claro que la cobijaba. Hasta el momento no lo había pensado, pero le encontró cierta similitud a las proyecciones de las amebas que en el colegio vio en la clase de biología, en su época de estudiante; también le pareció similar a las burbujas que comienzan a formarse ante una brisa en las láminas de agua con jabón, con las que le encantaba jugar cuando niña.

La sombra, con la difusa apariencia de una persona, carente de todo rasgo y sin bordes definidos, se acercaba lentamente hacia ella; sin ninguna prisa, como una nube oscura que parecía un fantasma de humo, sin un cuerpo sólido.

Con el corazón latiendo en su garganta, Raquel trató de abrir la puerta del edificio, pero ésta estaba cerrada con llave; desesperada buscó otra forma de entrar y poder ocultarse. Tras tantear un par de ventanas, también cerradas para su pesar, la última cedió bajo la presión de sus manos; lo más rápido que pudo ella se encaramó en el borde y logró introducirse justo cuando sentía que la sombra estaba por sujetarla de los pies. Casi cayendo de cabeza al piso, la atormentada y aterrorizada Raquel se escapó y cerrando apresuradamente la ventana se alejó corriendo por el vestíbulo del brillante edificio, todo lleno de vidrios que poco o nada la ocultaban de las sombras que se escondían en la noche afuera.

Atravesando una puerta, con la respiración entrecortada se encontró  en un largo pasillo; sin dejar de correr llegó hasta la pared del fondo, donde comenzaba  otro corredor; como nadie la seguía, Raquel se sentó un momento para recuperar el aire y esperar a que los muslos dejaran de dolerle, por el esfuerzo de la carrera con que huyó de la sombra.

En eso estaba cuando a sus oídos llegó un sonido extraño, tardó un rato en identificarlo pero estaba segura; se trataba del llanto de una niña. Con dudas al principio, porque hace tiempo que no veía ni escuchaba a nadie más; segura luego, Raquel se puso de pie y comenzó a buscar en silencio a la otra sobreviviente.

Siguiendo el suave lloriqueo, que más parecía un gemido, sus pasos la llevaron hasta una puerta cerrada. Con mano temblorosa tomó el pomo de la cerradura y lentamente lo giró. El llanto cesó inmediatamente, pero claramente pudo oír una respiración agitada en la habitación.  Rápidamente pulsó el interruptor junto a la puerta y una blanca luz inundó todo, alejando la oscuridad en la que podían ocultarse las sombras.

La sala era una gran oficina llena de cubículos de trabajo; caminando despacio llegó hasta el que estaba justo en el centro. Acurrucada como un animalito asustado una niña de unos siete años miraba con los ojos llenos de lágrimas a Raquel, que con una sonrisa le tendía una mano. Temblorosa la niña tomó a la mujer y dejó que la sacara despacio de la precaria seguridad de su escondite.

-Hola pequeña; saludó Raquel a la niña. -¿Llevas mucho rato ahí?

La niña sin decir nada se encogió de hombros y negó con la cabeza, mientras secaba con sus manitos las lágrimas de sus ojos.

-¿Estás con alguien más?; quiso saber Raquel.

-No, todos se han ido; contestó la niña.

-Yo también estoy sola; respondió Raquel. -¿Me puedo quedar a tu lado?

-Sí; respondió la pequeña, con un brillo en la mirada que podría interpretarse como una fugaz sonrisa.

-¿Has visto a alguien más?; preguntó Raquel.

-No, parece que ya no hay nadie más; contestó la niña.

-Bueno, ya nos arreglaremos; contestó Raquel tomándola de la mano y caminando despacio por el corredor.

En la mitad del pasillo había una máquina dispensadora de alimentos.

-¿Tienes hambre?; preguntó Raquel a la pequeñita, buscando algunas monedas en los bolsillos de su pantalón.

La niña solo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

Raquel sacó dos paquetes de galletas de la máquina, pasándole uno a la pequeña. Cuando terminó de abrir el suyo, con horror vio como una sombra envolvía un brazo de la niña y en medio de sus llantos la arrastraba alejándola de ella, para terminar desapareciendo dentro de una nube oscura que se había formado en una pared.

Sin nada que poder hacer para ayudar a la infortunada niña, Raquel corrió lo más rápido que pudo por el pasillo. Sus ojos se posaron sobre una puerta de emergencia al fondo del pasillo; sin dejar de correr empujó la barra de escape y la puerta cedió bajo su peso. Si no hubiese alcanzado a sujetarse del pasamanos, de seguro habría caído rodando escalera abajo. Una súbita idea cruzó por su cabeza.

Haciendo el mayor ruido posible al caminar, bajó corriendo los peldaños. Descolgó un extintor de incendios de una de las paredes y lo hizo rodar hacia abajo. Hecha un ovillo se ocultó en un hueco bajo la escalera y aguardó en silencio un momento; como nada ocurría, caminó lo más suavemente que pudo hacia los pisos superiores. Después de subir varios niveles supuso que las sombras confundidas habrían ido tras un falso rastro, lo que le daría una oportunidad de poder ocultarse mejor.

Despacio abrió la puerta de emergencia y asomó primero la cabeza para ver si era seguro salir. No se veía nada malo cerca, así es que con paso dubitativo al principio salió al pasillo, iluminado por una fría luz blanca proveniente del techo.

Grandes ventanas permitían ver las calles de la ciudad, carentes de la habitual actividad y bullicio reinantes antes de la llegada de las sombras. Los vehículos detenidos en forma desordenada, algunos estrellados, las veredas sin peatones. Raquel tomó consciencia de la situación y del estado de abandono en el que encontraba; hasta ahora no había estado plenamente consciente de que a lo mejor ella era la única persona en la ciudad, fuera de las sombras. ¿Pero qué eran?, ¿por qué habían llegado?, ¿qué querían?, ¿por qué se los estaban llevando a todos? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Raquel no sabía cuánto tiempo más podría escapar de ellas; solo el miedo a lo que se ocultaba a sus sentidos le daba fuerzas para seguir corriendo.

Su pulso se aceleró de golpe; ya venían, se habían percatado del engaño y nuevamente estaban tras ella. Correr era lo único que podía hacer; era imprescindible que se alejara de ese lugar. Desde el fondo del pasillo, de en medio de una creciente penumbra emergió la sombra, que lentamente se aproximaba a ella. Con insistencia pulsó varias veces los botones de uno de los ascensores; la puerta se abrió justo a tiempo cuando la sombra estaba por alcanzarla.

Rápidamente los números en la pantalla luminosa del ascensor iban retrocediendo, hasta que éste se detuvo en la planta baja. Nuevamente Raquel se encontró en medio del vestíbulo, separada de la noche solo por los delgados vidrios de las paredes. Más allá ella sabía que se ocultaban las sombras y que por el momento, en medio de la luz estaría a salvo.

La sensación de seguridad se esfumó tan rápido como había llegado. Una sombra se materializó en el aire y comenzó a acercarse a ella; Raquel intentó correr, pero saliendo de una pared otra le cortó el paso; trató de escapar en otra dirección, pero otra sombra surgió de la nada. De todos lados las sombras salían y la rodeaban.

Una fría niebla la afirmó de un brazo, luego otra y otra y otra más. Varias frías, difusas y viscosas sombras sujetaban a Raquel, arrastrándola hacia abajo en medio de sus gritos y forcejeos tratando de librarse, con su corazón latiendo peligrosamente rápido.

-¡Sujétenla!; gritó una voz. -Debo inyectarla antes de que sufra un ataque al corazón.

-Pónganle una mascarilla con oxígeno puro; dijo otra voz.

Varias sombras rodeaban a Raquel antes de que sus ojos se cerraran después varios días de incesante vigilia.

-¿Me escucha doctora?; preguntó un hombre canoso dentro de un traje de aislamiento de máximo nivel.

-Las sombras me atraparon; contestó Raquel. -¿Qué pasó?

-Nunca ha existido ninguna sombra, Raquel. Lo último que vio fue un equipo médico de emergencia que la rescató justo a tiempo; explicó el hombre. -¿Recuerda qué ocurrió?

-Algo; respondió ella. -Hubo una alerta de ataque químico; se nos envió a evacuar a la población civil; comenzó a recordar.

-Efectivamente; afirmó el médico. -Fue un ataque con gas del miedo; bastante eficiente por lo que usted pudo comprobar cuando se le rompió el traje aislante.

-¿Cuánto tiempo pasó?; preguntó Raquel.

-Desde que quedó expuesta, hasta que logramos atraparla, cinco horas; explicó el doctor. -Y vaya que nos hizo correr.

-¿Solo cinco horas?; preguntó ella. -Creí que habían sido varios días escapando de esas sombras.

-¿Sombras?; preguntó el hombre.

-Sí, me perseguían sombras parecidas a siluetas difusas de personas, como fantasmas; explicó Raquel.

-Supongo que se refiere a nuestro equipo de rescate; opinó el doctor.          -Afortunadamente hemos podido contener y evacuar a tiempo a la población. Sin embargo, algunos no lo han resistido y sus corazones han fallado.

-¿Existe algún antídoto?; preguntó ella.

-Solo un sedante fuerte. Lamentablemente no hemos podido neutralizar el agente y la ciudad será evacuada; explicó el médico. -Por el momento usted no se preocupe y agradezca que la encontramos a tiempo.

-Descanse y permanezca en cama hasta que su cuerpo se haya limpiado de la toxina. Es una orden doctora; recalcó el doctor, indicando su insignia de oficial de ejército.

-Estoy muy cansada y solo deseo dormir; respondió Raquel llevándose el borde de su mano derecha a la sien y tendiéndose suavemente en su cama.

Las sombras ya se habían ido y no la atormentaban. Tras correr sin cesar hasta el límite de sus fuerzas, Raquel al fin pudo relajarse y cerrar sus ojos.

 

 

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Mar de Ensueño 3 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar de Ensueño

-Permítanme darles la bienvenida; dijo el capitán a los ocho pasajeros que durante una semana disfrutarían del mar de Grecia a bordo de la goleta de lujo de 55 metros de largo.

-Esta es la mejor forma de pasar su luna de miel; dijo la azafata a Valeria y Cesar, mientras entregaba delicadas copas de champaña a los recién casados, a los padres de ambos ya los padrinos de la boda.

-Por favor todos sonrían; pidió el sobrecargo mientras sacaba algunas fotografías a los pasajeros y a los oficiales.

-Muchas gracias, son muy amables; respondió Valeria.

-Realmente los chicos fueron muy generosos al invitarnos a este viaje; comentó Susana  a Manuel.

-Aun no me acostumbro a que nuestra hija se haya casado; opinó Manuel.

El viento suave mecía suavemente la hermosa goleta, que navegaba en un mar azul oscuro y bajo un cielo intensamente del mismo color.

En la cubierta los ocho pasajeros disfrutaban del suave bamboleo y del tibio sol matinal, siempre atendidos por la gentil azafata y el atento sobrecargo.

-¿Cómo ve el viaje capitán?; preguntó el doctor en el puente de mando.

-Como se pronostica el clima para esta semana, va a ser un típico paseo y de lo único que nos deberemos encargar será entretener a este grupo de millonarios; respondió el capitán, acostumbrado a esa rutina.

Como era de costumbre el capitán acompañó en su mesa a la pareja de recién casados y a sus invitados.

-Tiene una magnífica nave capitán; comentó Rolando, el padre de  Cesar.

-Muchas gracias, en realidad es un placer gobernarla; respondió él.

-Brindemos por los novios; propuso Pablo alzando su copa.

-¡Por los novios!; contestaron todos con sus copas en alto.

-Muchas gracias mis amigos y familiares; dijo Cesar. -Gracias por estar aquí.

-¿Bromeas?; preguntó Jorge. -Ni loco me perdería un viaje en yate por las islas griegas.

Un suave silbido en la radio del capitán interrumpió la plática.

-Discúlpenme, pero debo atender este llamado; se excusó él.

-Por favor, adelante; autorizó Victoria, la acompañante de Rolando.

-¿Qué pasa?; preguntó por radio el capitán al marinero que estaba de guardia en el timón.

-Por favor venga al puente, señor; respondió el marinero sin dar detalles.

-Me debo excusar un instante, parta atender asuntos rutinarios del barco; se disculpó el capitán al momento de ponerse de pie.

-Comprendemos; respondió Manuel. -Siempre es importante mostrar la cabeza mandante a los subalternos.

-Con su permiso señoras; respondió el marino dando la vuelta y dirigiéndose al puente.

-¿De qué se trata?; preguntó el oficial al marinero.

-Acabo de divisar un bote salvavidas a la deriva, señor; respondió éste.

-Dirijámonos hacia él; ordenó el capitán, recordando su deber de siempre prestar ayuda en altamar.

A los pocos minutos la goleta se colocó suavemente junto a un bote de goma en el cual yacía una mujer inconsciente.

-Aún  está con viva. Llévenla a la enfermería; ordenó el doctor a dos marineros.

-¿Ocurre algo capitán?; preguntó Cesar al ver que transportaban en camilla a una mujer.

-Encontramos a esta mujer a la deriva en un bote, inconsciente, sin agua ni comida; explicó el capitán. -La rescatamos como corresponde y como lo ordenan las leyes de los marinos.

-Tiene toda la razón capitán; apoyó Manuel. -Yo soy marino jubilado de la armada y ese es un deber sagrado. Personalmente participé en varias misiones de rescate.

-Por favor querido, no creo que el señor capitán tenga tiempo para escuchar historias de la época de los barcos a remos; le interrumpió riendo Susana.

-Para que sepas serví en una fragata de combate; le respondió orgulloso su marido.

-Para mí será un honor intercambiar experiencias con un viejo lobo de mar; dijo el capitán.

-Ves querida, entre marineros nos entendemos; contestó triunfante Manuel.

El doctor terminaba de conectar una bolsa de suero a la mujer cuando golpearon la puerta.

-Adelante capitán; respondió el médico.

-¿Cómo supo que era yo?; preguntó éste.

-En diez años trabajando juntos he aprendido a reconocer su forma de tocar; contestó el doctor.

-¿Cómo se encuentra nuestra inesperada visita?; preguntó el capitán.

-Muestra signos de deshidratación, desnutrición e insolación; explicó el médico. -Aparentemente llevaba varios días a la deriva. En todo caso con el suero que le apliqué, en unas cuantas horas estará mucho mejor.

-Me comuniqué con la autoridad marítima y dicen que nosotros evaluemos si la víctima requiere atención de urgencia; informó el capitán.

-No lo creo necesario; opinó el médico. -Mire, ya recobra la consciencia.

-¿Dónde estoy?; preguntó con voz débil la mujer, intentando sentarse.

-Con calma; aconsejó el doctor. -La rescatamos hace poco en un bote salvavidas. Aún está débil. 

-Está a bordo de la goleta  Poseidón; le dijo el capitán. -¿Puede indicarnos qué ocurrió?

-Paseábamos unos amigos y yo en un yate. Se produjo una pelea bajo la cubierta; se derramó combustible y hubo una explosión. -No alcanzamos a pedir auxilio; solo yo logré escapar arrojándome al agua. Uno de los botes salvavidas no se quemó y me afirmé de él. Como pude logré inflarlo; explicó la mujer.

-Es una verdadera suerte; opinó el médico.

-¿Hace cuánto que ocurrió esto?; preguntó el capitán.

-No lo sé. Estuve varios días flotando sin saber que hacer; explicó la mujer. -Luego comencé a sentir mucho sueño y me dormí y ahora despierto aquí.

-Realmente es un milagro señorita…; opinó en forma suspensiva el capitán, esperando  que la mujer se identificase.

-Juana, Juana Beltrán; respondió ella.

-Encantado señorita Beltrán; saludó el doctor, que estaba más que extasiado por la perfecta belleza de ella, cuyo cuerpo además era proporcionalmente ideal, ni que hubiese sido un maniquí hecho a mano.

-¿Cuál es su opinión profesional doctor?; preguntó el capitán.

-La señorita necesita descansar, pero no se requiere atención médica especializada, ni de urgencia; respondió el médico. -Cuando regresemos a puerto podemos llevarla con las autoridades.

-Me sorprende que nadie se haya enterado antes; opinó el capitán.

-Todo pasó muy rápido; comentó ella.

-Fue una suerte que nosotros pasásemos cerca; observó el doctor.

-Es cierto; el mar es tan grande que nadie la habría encontrado, si tan solo hubiésemos estado a un grado de distancia; meditó el capitán.

-Bueno, mi paciente necesita descansar; cortó el médico.

-¿Cómo se encuentra la muchacha?; preguntó Valeria.

-Se recupera en la enfermería; respondió el capitán. -Quisiera disculparme por todas las molestias que este suceso está provocando. Si lo desean podemos dirigirnos inmediatamente a puerto, para que alguien más se haga cargo de la señorita Beltrán y ustedes puedan continuar con sus vacaciones sin ninguna preocupación.

-Oh no se preocupe capitán, no es ninguna molestia; consintió Valeria.        -Además, será agradable poder hablar con una chica de mi misma edad.

-Es usted muy generosa señora Valeria; opinó el marino.

El sobrecargo quedó de una pieza al entrar a la enfermería y ver a la mujer sentada en la camilla, cubierta con una bata que dejaba ver mucho.

-Disculpe señorita; se excusó el marinero. -Olvidé que estaba usted aquí.

-Vamos a tener que hacer algo para que no lo olvide de nuevo; dijo ella acariciando la mejilla de él.

Por un momento el sobrecargo perdió consciencia de todo cuanto lo rodeaba, excepto del rostro que lo observaba y de esa fugaz caricia.

-Qué bueno que lo encuentro; dijo el médico al entrar a la enfermería. -Hey, le estoy hablando; insistió el doctor. 

-Perdón doctor, creo que no lo escuché entrar; se disculpó el sobrecargo.

-Sí, ya me di cuenta; contestó el médico, al posarse su mirada en el pecho de la mujer que subía y bajaba rítmicamente.

-Aun no le he dado las gracias por salvarme; dijo ella con voz cautivadora al doctor, a la vez que acariciaba su mejilla.

-No es nada, contestó el médico después de un lapso de tiempo que no sabía si había sido largo o corto.

-¿Cómo se siente Juana?; preguntó el médico.

-Mucho mejor ya, gracias doctor; respondió ella. -Pero como estuve muchos días en ese bote salvavidas, sin poder moverme, me gustaría caminar un rato para estirar las piernas.

-Sí, adelante; consintió el doctor. -No veo ningún inconveniente en ello.

La mujer fue acompañada por el doctor y el sobrecargo. Sus caderas se contorneaban sugerentemente a cada paso que daba.

En la cubierta Cesar conversaba animadamente con Pablo, mientras que Victoria y Susana bebían un trago bajo un quitasol. Todos los hombres quedaron boquiabiertos ante la vista de la seductora mujer.

-Hola, veo que ya has vuelto al mundo de los vivos; le dijo Valeria tendiéndole la mano para saludarla. -Mi nombre es Valeria.

-Encantada, yo soy Juana; contestó la mujer estrechándole la mano a su anfitriona, con una sonrisa y un extraño brillo en la mirada.

Una desagradable sensación recorrió a Valeria, pero prefirió no decir nada para no ser descortés. Mientras todos se acercaron para saludar a la extraña.

-Pero que criatura más encantadora; comentó Manuel, no pudiendo evitar admirar las perturbadoras curvas de la mujer.

-¡Papá! ¿Qué va a pensar nuestra invitada?; lo reprendió Valeria.

-Es usted un galán; respondió ella coquetamente.

-Disculpa al fresco de mi marido; dijo Susana para no quedar como una tonta.

-No hay cuidado; contestó Juana.

-Debes estar muy acostumbrada a que todos admiren tu belleza; agregó Pablo.

-¿Desde cuándo puedes ver la belleza de una mujer?; preguntó Jorge arqueando las cejas.

-Encantado le mostraré todo el barco; le ofreció el capitán.

-Es usted muy amable; respondió Juana.

-Entonces vamos; agregó el oficial tendiéndole un brazo.

Todos los hombres siguieron con la mirada a la mujer.

-Es un lindo barco capitán; observó ella.

-Gracias, es toda una belleza; aceptó él.

-¿Y se mueve solo con velas?; preguntó Juana.

-Claro que no. También posee un motor que se usa cuando no hay viento; explicó el marino.

-¡Vaya hombres!; exclamó Susana mirándolos a todos. -Se vuelven locos apenas una joven les mueve el trasero.

-Hay algo en ella que me da mala espina. Es una sensación difícil de explicar; agregó Valeria.

-Lo sé querida, se llama celos; opinó Victoria.

-En todo caso no es su culpa que sea tan atractiva; comentó Jorge.

-¿No me digas a que a ti también te gusta?; preguntó Susana.

-¡Guacala!, no; respondió él. -No me imagino junto a una mujer. Aunque si yo fuera heterosexual, de seguro me gustaría.

Susana no podía dormir bien, así es que se levantó para salir a tomar un poco de aire fresco, acompañada de un generoso vaso de whisky.

Apoyada en la baranda de la borda del barco se puso a mirar la estela luminosa que éste dejaba tras sí; era una posición bastante arriesgada, sobre todo con unos cuantos vasos en el cuerpo. Susana nada pudo hacer para afirmarse cuando una mano la empujó fuerte por la espalda, haciéndola caer por la borda.

Sin que nadie se percatara abordo, la embarcación se alejó de la mujer, dejándola mareada en medio del mar. El terror se apoderó de ella cuando sintió que algo rozaba sus piernas y varias aletas puntiagudas comenzaron a formar un círculo a su alrededor. El ataque de los tiburones hizo desaparecer todo rastro del cuerpo de la mujer.

Al otro día al desayuno todos echaron de menos a Susana.

-¿Papá has visto a la mamá?; preguntó Valeria.

-Yo pensé que estaba contigo; contestó él.

-La verdad es que yo tampoco la he visto; intervino Victoria.

-Ni yo; agregó Pablo.

-Mejor avisemos al capitán; sugirió Cesar.

-¿Ocurre algo?; preguntó el aludido, que justo entraba al comedor, acompañado de Juana y el doctor.

-No sabemos dónde está mi madre; le informó nerviosa Valeria.

-La buscaremos por toda la nave. Debe estar en alguna de las dependencias; pensó que la señora tal vez estaba teniendo alguna aventura con uno de sus marineros. -Detengan el barco; ordenó por radio al timonel.

Tras revisar todo el barco, la preocupación en Valeria se convirtió en miedo; su madre no estaba a bordo y no faltaba ningún bote salvavidas. En la cubierta el doctor se agachó para recoger un vaso tirado junto a la borda.

-Capitán, mire esto; dijo el médico indicando el vaso que aún tenía restos de whisky.

Ambos oficiales se miraron mutuamente, pues sabían lo que eso implicaba. La mujer borracha debía haber perdido el equilibrio y de alguna forma caído por la borda.

-Don Manuel, señora Valeria; habló lentamente el capitán. -Me temo que la señora Susana no se encuentra abordo.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó alarmada Valeria.

-La señora ayer bebió demasiado y tarde anoche, mientras todos dormíamos, debe haber salido a la cubierta; supuso el médico. -Pensamos que perdió el equilibrio y cayó por la borda.

-¡Mamá!; exclamó Valeria al momento de caer desmayada.

-Lo siento mucho Don Manuel, dijo el capitán dándole su pésame.

Todos se volvieron cuando escucharon que Juana estaba canturreando algo.

-Discúlpenme, no quise ser indolente, ni irrespetuosa de su pérdida, pero así calmo mis nervios; se excusó la mujer.

-Muchas gracias capitán; dijo Manuel estrechándole la mano. -Mi esposa bebía más de la cuenta a veces y bueno…, pasó lo más lamentable.

Ayudada por el doctor Valeria se puso de pie.

-¿Cómo pueden estar tan tranquilos?; preguntó a todos.

La única que lloraba aparte de Valeria era Victoria, pero en cambio los hombres se veían muy calmados.

-Hija, no hay nada que hacer al respecto; contestó Manuel. -Tu madre se ha ido.

-¡Qué vergüenza!; exclamó Victoria tomando del hombro a Valeria y llevándola a su camarote.

-¡Victoria!, cálmate; le dijo Rolando mientras se alejaba consolando a Valeria.

-Lo siento mucho; dijo él a Manuel.

-Gracias, así es la vida; contestó éste.

-Señora Valeria, cuente conmigo para lo que sea; le ofreció la azafata, que le llevó un agua de hierbas para que se relajara un poco.

-¿Pero qué le ocurre a estos hombres?; preguntó Victoria.

-Es esa mujer. Desde que llegó todos andan como idiotas; comentó Valeria.

La azafata miró meditativa hacia el pasillo de la goleta. A ella también le parecía que sus compañeros estaban actuando en forma rara.

Todo el día Valeria estuvo encerrada llorando en su camarote. Ya en la noche salió un rato a la cubierta. Un chapoteo en el agua llamó su atención y poco después escuchó la voz de su madre que la llamaba.

-¿Mamá?; preguntó corriendo hacia la borda.

 En una visión fugaz le pareció ver a una mujer en el agua, pero esta se sumergió; claramente vio una gran cola de pez que golpeaba la superficie. Sorprendida se acercó más a la baranda para ver mejor, justo cuando una figura difusa saltaba del agua y la arrastraba con ella bajo la superficie.

La espuma que se formó se disolvió rápidamente, no quedando rastros del rapto de Valeria. Se escuchó nuevamente el chapoteo de algo golpeando el agua y luego nada.

El camarote estaba cerrado con llave, así es que Cesar se fue a dormir a otro, para no molestar a su esposa.

-¿Victoria, cómo amaneció Valeria?; preguntó Cesar a la amiga de su padre.

-¿Acaso no durmieron juntos?; preguntó extrañada ella.

-No. Tenía la puerta cerrada con llave, así es que la dejé tranquila y yo dormí en otro; contestó él.

-No la he visto aun; respondió la mujer. -Voy a ver cómo sigue.

Victoria caminó sin poder entender por qué eran tan fríos los hombres.

-Valeria, ¿estás bien?; preguntó ella al encontrar la puerta del camarote cerrada. Preocupada fue hasta el camarote de la azafata para que le abriera la puerta.

-¿Qué ocurre señora Victoria?; preguntó la azafata.

-¿Por favor podría abrirme la puerta del camarote de Valeria?; pidió Victoria. -Está  cerrado con llave y deseo ver como sigue mi nuera.

-Por supuesto, vamos; respondió la azafata.

Antes de cometer un error que le podría costar el trabajo, la azafata golpeó la puerta antes de abrirla.

-¿Se encuentra bien señora Valeria?; preguntó la joven a través de la puerta cerrada. Como nadie respondió, decidió usar su llave maestra y abrió el camarote.

Ante las dos mujeres se mostró un cuarto vacío que desconcertó a ambas.

¡Capitán!; gritó Victoria. -Valeria no aparece por ningún lado.

-Es cierto señor; afirmó la azafata.

-Por favor mantén la calma; le pidió Rolando. -La encontraremos.

Después de que revisaron el barco de punta a punta, se dieron cuenta de que ella ya no estaba a bordo.

-La señora Valeria estaba muy afectada por la muerte de su madre; meditó el doctor. -Me temo que perdió la razón y…

-Es una lástima, comentó Cesar. -No pudo con su pena.

-¡Es tu esposa!, ¿eso es lo único que piensas decir?; gritó Victoria a su hijastro.

-¡Capitán!, volvemos a puerto; ordenó furiosa la mujer. -Las autoridades se encargarán.

-Creo que tiene razón señora; respondió el capitán. -Timonel, a toda marcha al puerto.

La goleta enfiló su proa hacia tierra para dar cuenta a las autoridades de los hechos acontecidos en los últimos días. Impulsándose con su motor a toda potencia, la nave en vez de acercarse a esta, se alejaba más de ella.

-Timonel, le ordené dirigirse al puerto; le llamó la atención el capitán, al darse cuenta que no llevaban el rumbo correcto.

-Hacia allá vamos capitán; contestó éste sin dejar de mirar la pantalla de radar. -Mire, en el radar se divisa la costa.

-Es cierto, disculpe, se excusó el capitán. -Siga ese rumbo; dijo al ver él también el borde de tierra en la pantalla de radar.

Sin embargo el radar solo indicaba mar abierto, mientras que la ecosonda mostraba una capa delgada flotando un poco más adelante. En la cubierta Juana canturreaba una hermosa melodía.

Tan consternados estaban todos que nadie notó la escolta que acompañaba a la goleta en su navegar.

La azafata se detuvo en el marco de una escotilla al escuchar conversar a los hombres en cubierta.

-Miren; dijo Cesar indicando con la mano. -Ya se ve el puerto.

-Es cierto; confirmó Manuel. -Llegaremos en unos cuantos minutos.

Sin embargo la azafata solo veía mar abierto frente a ellos. Lo que más le llamó la atención fue que el canturreo de Juana se había vuelto más intenso. Movida por su curiosidad, con su teléfono celular trató de grabar esa extraña escena.

Victoria llegó furiosa junto a los demás.

-¿Hacia dónde nos dirigimos?; preguntó indignada. -Se supone que debíamos volver al puerto.

-Pero si ya estamos por llegar; le respondió Rolando, apuntando hacia el mar abierto.

-¿Acaso te volviste loco?; ahí no hay nada más que agua; observó ella.

La azafata que seguía grabando todo oculta, vio como Juana se aproximó lentamente a Victoria, abriendo grande su boca y dejando ver una serie de delgados y afilados dientes agudos como agujas.

-¡Aléjese de mí!; gritó Victoria cuando Juana la tomó por los hombros y la acercó a la borda.

A pesar de forcejear con fuerza con su atacante, Victoria no pudo impedir ser lanzada al agua, donde varias manos y grandes aletas la sujetaron y arrastraron al fondo.

Aterrada la azafata se alejó tratando de hacer el menor ruido posible para que la extraña mujer no la descubriese. En su desesperada huida raspó su mano en un borde cortante de una placa de lata; apretando los dientes retuvo el grito de dolor que eso le produjo. Sin saber qué hacer, la joven se encerró con llave en su camarote.

Después de un rato indeterminado, la goleta se estremeció desde la proa hasta la popa, como si fuese una gran ballena herida. Sobresaltada la azafata salió corriendo hacia el puente de mando.

-¿Qué pasó capitán?; preguntó asustada.

-Parece que nos enredamos en sargazos; respondió él. -Pero no importa, mire estamos a una cuadra del puerto.

La joven solo veía mar abierto a su alrededor. Cerca Juana entonaba una dulce canción que todos los hombres abordo acudieron a escuchar. Varias voces más se unieron en un extraño coro. Decenas de mujeres con cola de pez asomaban su torso por sobre la superficie, tendiendo sus brazos hacia la goleta.

Mientras corría hacia su camarote, con el teléfono celular en la mano, vio como uno a uno todos los hombres saltaron por la borda, hacia los brazos y las fauces hambrientas de las criaturas.

-¡Sirenas!; exclamó corriendo la joven. -Esto no puede ser real.

Como pudo cerró la puerta y buscó algo con que defenderse, pero no tenía nada que pudiese servir como un arma. El picaporte de la puerta comenzó a girar lentamente, mientras ella apoyaba su cuerpo para impedir que ésta se abriese; pero quien empujaba desde el otro lado tenía mucha más fuerza que ella  y sus pies resbalaron sobre el piso de madera.

Juana la sujetó de los hombros y la joven pudo ver su aterradora sonrisa, llena de cuchillos afilados. Trató de soltarse, pero un puñetazo en la cara la privó de sentido. Arrastrándola de un brazo, la mujer llevó a la azafata a la cubierta y una vez allá, sin ningún esfuerzo la levantó y arrojó al mar, donde como pirañas las sirenas se abalanzaron sobre ella. Una roja espuma cubrió la superficie del agua, hasta que después de un  rato no quedaba ni rastros, ni un testigo que pudiese relatar tan extraños y macabros acontecimientos.

Con sus cincuenta metros de largo, la veloz lancha Olimpia llevaba a cabo su rutinario patrullaje entre las islas.

Afortunadamente en ningún momento había requerido hacer uso de su poderoso armamento en combate; no obstante, la Teniente Adriana Dimitreas sentía un creciente orgullo en su pecho cada vez que subía a bordo. En numerosas ocasiones su padre, el Almirante Aquiles Dimitreas le había ofrecido transferirla a un “barco de verdad”, pero ella siempre se había opuesto, porque debía “flotar por sí misma”, como ella decía. No le importaba que todos los días solo se preocupara de vigilar las costas de las islas como si fuese un simple policía; ese era su barco y ella lo amaba.

Y ahí estaba otro velero de millonarios, disfrutando de la belleza de las islas griegas. El timonel bajó la velocidad y se acercó despacio a la elegante goleta Poseidón y la saludó con su bocina; como no recibió respuesta del yate, volvió a insistir, sin que la otra nave contestase.

-No se ve nadie en la cubierta; observó la Teniente Dimitreas, viendo por binoculares. -Intentemos por radio; sugirió la oficial revisando un libro con las frecuencias de las distintas embarcaciones.

-Goleta Poseidón, aquí patrulla Olimpia, cambio; llamó la teniente. A través de la radio solo se escuchaba estática. -¿Goleta Poseidón, necesitan ayuda?; insistió la oficial.

-¿Ocurre algo teniente?; preguntó el capitán entrando al puente.

-La goleta Poseidón no contesta nuestro saludo, ni la radio, señor;  informó la oficial al capitán. -Tampoco se ve a nadie en su cubierta.

-Puede que estén todos borrachos abajo, pero igual vaya con unos cuantos hombres a verificar teniente; ordenó el capitán.

-Muy bien señor; respondió la teniente.

A los pocos minutos un bote zodiac con la Teniente Dimitreas y cuatro marineros se detenía junto a la goleta.

-Revisen todo el yate; ordenó la oficial a sus hombres.

A simple vista no se veía nadie en la cubierta; el puente estaba vacío y la goleta navegaba a la deriva. El motor estaba apagado y el barco se movía con sus velas infladas por un suave viento.

La tripulación y los pasajeros no estaban a bordo. El primer pensamiento que cruzó por la mente de la Teniente Dimitreas, fue que habían sido víctimas del ataque de piratas.

Luego de revisarlos camarotes desechó esa primera suposición. En varios la teniente encontró joyas y dinero, así como otros artículos de valor.

Con todos los botes sin arriar y los chalecos salvavidas aun colgados en sus ganchos, sin signos de violencia o lucha, era como si los ocupantes de la goleta se hubiesen esfumado sin dejar rastro.

-Teniente; llamó por radio un marinero; -No hemos encontrado a nadie a bordo.

-Muy bien, recojan las bitácoras; ordenó la oficial, mientras revisaba el camarote de la azafata.

-Teniente, hay una mujer en la enfermería; informó otro marinero. -Está inconsciente pero aún con vida.

-Muy bien, llevémosla a bordo de la Olimpia; ordenó la oficial.

Cuando la Teniente Dimitreas estaba por salir del camarote, una mancha de sangre en el diario de vida de la azafata atrajo su atención, así es que decidió llevarlo consigo.

-Nos retiramos; avisó por radio a la lancha.

-Lancen el ancla para que este barco no siga derivando y vaya a provocar un accidente; ordenó a uno de los marineros. -Después avisaremos para que un remolcador venga a buscarlo.

-Capitán llevamos a una mujer inconsciente; informó la teniente a su superior. -Por otro lado, el resto de los ocupantes ha desaparecido sin dejar huellas; es como si hubiesen saltado por la borda.

-¿Cree que es un acto de piratería, teniente?; preguntó el capitán.

-Negativo señor, encontré varias joyas y dinero; respondió ella.

-¿Qué opina al respecto?; insistió el oficial.

-No falta ningún bote ni chaleco salvavidas; es como si todos se hubiesen hecho humo; respondió la Teniente Dimitreas. -Después de revisar los libros de bitácora puede que sepamos qué es lo que pasó.

El oficial médico estaba al tanto y tenía todo listo para recibir a la sobreviviente de la goleta Poseidón.

-¿Ocurre algo doctor?; preguntó la teniente al ver la expresión que éste puso al ver a la mujer.

-No ocurre nada comandante; respondió el médico. -Es solo que es tan hermosa que es perturbadora.

-Trate de que pueda contestar algunas preguntas antes de regresar a la base; pidió la oficial. -Ella es la única persona que nos puede decir qué pasó con los ocupantes de ese yate.

-Pase en media hora a la enfermería teniente; aceptó el doctor.

-Gracias doctor, mientras voy a revisar la bitácora del Poseidón; dijo la Teniente Dimitreas.

-¿Perdón cómo dijo?; preguntó el médico ajustando su audífono.

-¿Aún no se acostumbra?; preguntó la teniente. -Le dije que voy a revisar la bitácora del Poseidón.

La explosión de una bomba de sonido había dañado uno de los oídos del médico de la Olimpia, por lo cual necesitaba usar audífono para escuchar bien y a veces olvidaba conectarlo.

-¿Qué ocurre?; preguntó la Teniente Dimitreas al entrar al puente y ver al capitán intentando comunicarse por radio.

-Aquí lancha Olimpia, cambio. Aquí Olimpia, cambio; insistía el oficial.

-La radio no funciona; comunicó el capitán a la teniente.

-El GPS y el radar también están fallando señor; informó el timonel. -¿Qué está ocurriendo señor?

-Probablemente hemos caído en un campo magnético; opinó la Comandante Dimitreas.

-La comandante tiene razón señor; observó el timonel viendo como la brújula giraba vuelta loca.

-Sáquenos de aquí; ordenó la oficial.

-Enseguida señora; obedeció el marinero.

Para poder salir de la zona con el molesto campo magnético, la lancha debió internarse mar adentro.

-Los sistemas de navegación funcionan normalmente de nuevo, pero la radio está muerta; informó el timonel.

-Que el ingeniero la revise; ordenó el capitán.

-Voy a la enfermería a ver a la mujer del Poseidón; avisó la teniente.

-Comandante Dimitreas; la llamó el capitán. -Trate de relajarse un poco.

-En cuanto volvamos a la base, señor; respondió la oficial.

-Va a ser muy buena capitán de navío; pensó para sí el capitán.

-Adelante teniente; dijo el doctor cuando la vio llegar a la enfermería. -La señorita Juana Beltrán acaba de despertar.

-Buenas tardes, soy la Teniente Adriana Dimitreas, de la Armada de Grecia; la saludó la oficial dándole la mano.

-Mi nombre es Juana Beltrán; respondió la mujer estrechándole la mano.

Una desagradable sensación que no pudo explicar incomodó a Adriana.

-Necesito hacerle unas preguntas respecto a los acontecimientos previos a su rescate de la goleta Poseidón; explicó la teniente.

-Es todo muy confuso pero trataré de ayudarle lo mejor que pueda; respondió la mujer.

-Encontramos el Poseidón flotando a la deriva, sin más ocupantes que usted; contó la oficial. -Según nuestros registros viajaba con diez tripulantes y ocho pasajeros, entre los cuales no figura usted.

-Originalmente yo estaba en un yate con unos amigos; hubo un accidente y éste se hundió. Yo logré sobrevivir unos cuantos días en una balsa salvavidas; explicó la mujer. -Otro yate me encontró y rescató; como yo estaba inconsciente me llevaron a la enfermería.

-¿Sabe qué ocurrió a bordo del Poseidón?; preguntó la teniente.

-Me levanté al otro día; continuó la mujer. -Pero como me había insolado demasiado me afiebré, así es que el médico me ordenó acostarme nuevamente. La fiebre aumentó y ya no recuerdo nada más hasta que desperté aquí.

-Entiendo; asintió la teniente. -Si recuerda algo más avíseme.

-¿Qué opina doctor?; preguntó Adriana.

-Su estado de salud coincide don su relato, comandante; observó el médico. -Presenta deshidratación, desnutrición y quemaduras solares, coincidentes con un naufragio.

-¿No le parece demasiada coincidencia que haya estado presente en dos incidentes distintos y sea la única sobreviviente en ambos?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-Para mí es solo mala suerte por un lado y buena por otro, por lograr salvarse; opinó el doctor, mientras la mujer canturreaba una melodía en la enfermería.

-¿Teniente, cómo se encuentra nuestra pasajera?; preguntó el capitán en el puente.

-Ya despertó, pero asegura no saber nada sobre lo ocurrido a bordo del Poseidón, por haber estado sedada en la enfermería. Lo más extraño es que ella fue la única sobreviviente de un naufragio y el  Poseidón la encontró a la deriva y la rescató; informó la Teniente Dimitreas.

-¿Demasiada coincidencia para usted?; quiso saber el capitán. -¿Qué dice la bitácora de la goleta Poseidón?

-Con la falla de los equipos de navegación aún no he tenido tiempo de revisarla señor; se excusó la teniente. -Ese campo magnético nos tomó por sorpresa.

-Lo sé comandante, a mí también me llama la atención que no nos hubiésemos topado con él en otras ocasiones; comentó el capitán. -¿Algo más que informar?

-La radio fue reparada pero no capta ni emite señales; informó la oficial. -El ingeniero opina que deberíamos poder comunicarnos y no sabe porque no lo logramos.

-Permiso para ingresar al puente; pidió el médico acompañado de la mujer.

-Capitán, quería agradecerle por haberme rescatado; dijo Juana.

-Es parte de nuestro deber señorita; contestó el oficial.

-Espero que yo no esté interrumpiendo una importante misión; comentó ella.

-Nuestra misión es ayudar a quien lo necesite en el mar; agregó el capitán.

-Igualmente quisiera expresarle mi agradecimiento; insistió ella.

 Mirando hacia la proa de la lancha la mujer comenzó a tararear una hermosa melodía.

-Capitán, tengo el puerto en el radar ya; dijo el timonel mirando la pantalla.

-Es cierto, asintió el capitán, viendo la línea costera claramente dibujada en la pantalla de radar.

-Magnífico; opinó el doctor. -Quiero cambiar este maldito aparato; dijo quitándose un momento su audífono que se le había desconectado. Inmediatamente la visión que el médico tenía cambió ante sus ojos, en la pantalla pudo ver que el radar solo mostraba agua y más agua. No se veía ninguna tierra en varias millas a la redonda, la lancha navegaba en mar abierto. Intrigado se puso nuevamente su audífono y pudo escuchar nuevamente a la mujer canturrear; en seguida volvió a ver la línea costera en el radar. Sin sacárselo lo apagó y para su sorpresa la imagen en la pantalla volvió a cambiar, desapareciendo la línea que marcaba la costa donde estaba el puerto.

La Teniente Dimitreas y el doctor se miraron mutuamente y cada uno vio la expresión de estupefacción en el rostro del otro. La mujer seguía entonando su dulce canto.

-Comandante, ya es hora de que le cambie el vendaje de su brazo; le recordó el doctor a la teniente.

-¿Está herida teniente?; preguntó el capitán.

-Es solo un rasguñó sin importancia; opinó ella.

-Eso lo decido yo comandante; intervino el médico. -Usted hace bien su trabajo que yo haré bien el mío.

-Como ordene doctor; obedeció la teniente. -Vamos a la enfermería.

Sin decir ni una palabra los dos caminaron rumbo a la enfermería de la lancha, una vez allí el doctor cerró la puerta con llave.

-¿Se dio cuenta de que estamos navegando en alta mar?; preguntó la Comandante Dimitreas.

-Lo sé, aunque yo también vi la línea costera en la pantalla de radar; contestó el médico. -Al menos mientras tuve encendido el audífono, después solo vi agua a varias millas a la redonda.

-Yo en ningún momento vi tierra doctor; comentó la teniente.

-¿Qué piensa que ocurrió en el puente comandante?; preguntó el médico.

-Usted es el doctor, usted dígame; respondió ella.

-Comenzamos a ver la tierra cuando la señorita Beltrán comenzó a cantar y personalmente yo dejé de verla cuando se me apagó el audífono y no podía escucharla; recordó el médico. -Lo que haya sido a usted no la afectó.

-¿Está insinuando que ella los hipnotizó con su canto?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-¿Ha escuchado alguna vez hablar de las sirenas?; preguntó el doctor.

-Todos los marinos hemos oído de las sirenas; contestó la oficial. -Pero son solo mitos.

-¿Y si realmente existieran?; insistió el médico.

-Si realmente existieran habría pruebas de ello; negó la teniente.

-Usted me pidió mi opinión comandante; respondió serio el doctor. -Y mi opinión es que esa mujer puede inducir un estado hipnótico e ilusiones con su canto.

-Es mejor que revise ahora la bitácora del Poseidón; meditó la teniente.

-Olvida algo comandante; dijo el doctor tomando un rollo de venda para envolver el brazo de Adriana.

-Es verdad; respondió ella guiñándole un ojo al médico. -Por un minuto olvidé que estoy herida.

El marinero Alexander Artemis era uno de los hombres más experimentados del cuerpo de patrulleras. Heredero de una larga dinastía de marinos, conocía casi todos los secretos del mar; con un carácter de hierro, no se inmutó ni siquiera cuando fue degradado desde teniente a marinero de primera, por golpear a un almirante. Absolutamente leal a la Teniente Dimitreas, nadie esperaría que la traicionara, o viceversa.

Como de costumbre Artemis recorrió toda la cubierta de la Olimpia y luego encendió un cigarrillo. El suave canto de una mujer lo condujo a una época muy lejana en su niñez. Las volutas de humo formaban figuras que lo hacían sonreír. Después de un rato apagó su cigarrillo y se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, para nunca más salir.

La bitácora del Poseidón no daba ninguna pista de lo ocurrido abordo con su tripulación y pasajeros. La Teniente Dimitreas se preparó una taza de café para disponerse a ver el diario de la azafata.

-“Otro viaje más y pronto me tomaré vacaciones. Esta vez se trata de una luna de miel con ocho pasajeros”.

-“El clima está magnífico. Este será un viaje muy tranquilo”.

-“Hoy hemos encontrado a una mujer sobreviviente en una balsa. Es joven y muy hermosa; todos los hombres andan “locos” por ella, pero algo tiene que me inquieta”.

-“La madre de la novia no se encuentra abordo; aparentemente bebió más de la cuenta y perdió el equilibrio, cayendo por la borda”.

-“La novia también ha desaparecido. Parece que no pudo sobrellevar la muerte de su madre y decidió poner fin a su vida”.

-“Los hombres se están portando muy raros. A ninguno parece importarle la muerte de ambas pasajeras”.

-“La madrastra del novio ha ordenado volver a puerto. El barco se está internando mar adentro”.

-“El timonel y el capitán aseguran que estamos cerca de la costa, aunque no es así”.

-“Es extraño, todo comenzó cuando subió esa mujer abordo”.

-“Estoy segura de que nos sigue algo”.

-“La señora que queda de los pasajeros está indignada por la actitud de todos los hombres. La mujer no deja de cantar”.

-“La mujer ha atacado a la señora y la ha arrojado al mar. Estoy segura que vi que fue atacada por sirenas. No estoy loca. La mujer no es humana, al menos no como todos; sus dientes son muy afilados y tiene muchos, también tiene mucha fuerza”.

-“Estoy asustada. Todas las mujeres del barco, excepto yo, están muertas”.

-“Nos hemos detenido de golpe. Según el capitán nos enredamos en sargazos. Pero dice que no importa porque estamos muy cerca del puerto. Eso no es verdad; estamos en alta mar y no se divisa ninguna tierra cercana”.

-“La mujer está cantando muy fuerte. Los hombres están junto a ella escuchándola. Hay sirenas en el agua; muchas de ellas. Todos los hombres se han arrojado al mar”.

-“Me he escondido en mi camarote. Ella viene por mí y no tengo ningún arma con que defenderme. No quiero morir, la escucho por el pasillo. Está por entrar…”

Aquí terminan las anotaciones que dejó la azafata en su diario antes de morir.

La taza de café de la teniente se enfrió en su mano. Encendió un cigarrillo para meditar sobre lo que acababa de leer. Al pasar su mano por el forro del diario, notó que algo sobresalía. Con su cuchillo corto y encontró una tarjeta de memoria de celular. Sin pensarlo siquiera, encendió su computador portátil e introdujo la tarjeta.

El cigarrillo se cayó de su boca abierta al ver la serie de fotografías en la que la mujer aparecía arrojando a otra al agua y a varias sirenas atacándola; así como la boca llena de dientes agudos y afilados de ella. También había un video que mostraba a todos los hombres del Poseidón arrojándose por la borda, mientras la mujer entonaba un extraño canto.

-Demonios, esto no puede ser real; dijo Adriana Dimitreas poniéndose de pie y desenfundando su pistola.

Corriendo llegó al puente donde el capitán, el doctor y dos marinos más observaban la pantalla de una computadora. Cuando la oficial entró los dos marineros le apuntaron con sus armas y la desarmaron.

-Teniente Dimitreas, queda arrestada por el asesinato del marinero Alexander Artemis; dijo el capitán.

-Yo no he matado a nadie; se defendió ella.

-No puede negarlo teniente; insistió el capitán. -En este video captado por las cámaras de seguridad se ve el momento exacto en que usted lo golpeó y arrojó su cuerpo al agua.

En el video se veía claramente como el marinero, luego de fumar, se arrojaba solo al mar y no volvía a salir.

-El doctor puede confirmarlo también; comentó el capitán.

-No hay nada que decir teniente; dijo el médico, viendo como el marinero muerto se había suicidado sin motivos aparentes.

-Llévensela y enciérrenla en el calabozo; ordenó el capitán.

Los dos marineros condujeron a la prisionera a una celda, mientras se oía el canto de la mujer.

Adriana dejó caer algo al piso sin que sus guardias lo notaran. Haciendo el doctor como que se agachaba a abrocharse un zapato, lo recogió y guardó en su bolsillo. Era una pequeña tarjeta de memoria portátil.

Por suerte estaba aprendiendo a leer los labios, así es que nadie sospechaba que no estaba usando el audífono.

La teniente fue encerrada en uno de los calabozos; cuando uno de los guardias la iba a esposar, el médico lo detuvo.

-No sea ridículo, nadie puede salir de ahí solo.

De camino a la enfermería, el doctor pasó por el diario de la azafata del Poseidón y lo ocultó en uno de los bolsillos de su pantalón. Encerrado en la enfermería el médico vio los últimos minutos de vida de los ocupantes de la goleta. La lectura del diario solo confirmó sus sospechas.

-Las mujeres no son afectadas; concluyó el doctor. -Por eso se deshacen de ellas, para que no les estorben cuando van a apoderarse de los hombres.

-¡La Teniente Radamantes!; se acordó el doctor de la segunda ingeniera.      -Debo avisarle.

En la sala de máquinas Atenea Radamantes terminaba de hacer sus anotaciones en su bitácora, cuando vio que dos marineros, con una extraña mirada se acercaban a ella, uno con una gruesa llave de tuercas en la mano. El extraño canto se escuchaba claramente por los altoparlantes.

-¿Qué necesitan?; preguntó a sus subalternos.

-Debe acompañarnos teniente; dijo uno.

-¿Qué ocurre?; preguntó la oficial.

-Tenemos órdenes de escoltarla a la cubierta; contestó el otro marino.

-¿Quién lo ordenó?; preguntó la teniente, que ya se encontraba de pie.

-Solo acompáñenos; dijo uno de los marineros tomándola de un brazo.

Intuyendo que algo andaba muy mal, la oficial sujetó al marinero con su brazo libre y le asestó un duro rodillazo en el estómago, dejándolo tirado en el piso.

El otro echó mano a su puñal de combate y enfrentó a su superior.

-Baje el cuchillo marino; ordenó la Teniente Radamantes.

En vez de obedecer, el hombre lanzó unas cuantas estocadas al aire. Sujetándole la mano, ella logró que a su atacante se le cayera el arma; sin embargo, él logró zafarse de la llave. Aun desarmado el marinero se abalanzó contra la teniente; ante lo cual la oficial levantó su pierna todo lo que le permitía su metro ochenta, aplastando la suela de su bota en la cara del insubordinado marino. Un ruido tras ella la hizo volverse rápidamente, con su pistola en la mano.

-¡No dispare teniente!, estoy con  usted; dijo el médico entrando en la sala de máquinas.

-¿Qué está ocurriendo doctor?; preguntó la oficial.

-La nave está bajo el control de fuerzas hostiles; informó el médico. -Ahora debemos liberar a la Comandante Dimitreas.

-Pero ella asesinó al marinero Alexander Artemis; recordó la oficial.

-Le aseguro que ella es tan inocente como usted; afirmó el doctor. -Si usted hubiese ido con esos hombres, ahora estaría prisionera o muerta.

-Está bien, confiaré en usted; aceptó la teniente. -Pero dejemos encerrados a estos dos; dijo ella trancando  con una barra la puerta de la sala de máquinas.

La Teniente Dimitreas se paseaba como gata enjaulada, tratando de pensar como escapar de la celda. Al ver que la manilla de la puerta comenzaba a moverse, se ocultó  a un lado para atacar a los guardias y tratar de escapar. Cuando la puerta finalmente se abrió, la comandante sujetó por el cuello a la Teniente Radamantes, pero ésta con facilidad se soltó y la hizo volar por el aire.

-Vengo a liberarla comandante; le dijo la oficial tendiéndole la mano para ayudarla a pararse.

-Hola doctor; saludó Dimitreas desde el suelo.

-Hay un motín a bordo, señora; informó la teniente. -Mis hombres trataron de matarme.

-Un motín que involucra a todos los hombres excepto el doctor; observó Adriana.

-Metamos  a estos dos al calabozo; sugirió la Teniente Radamantes, indicando a los dos guardias que estaban tirados inconscientes.

-¿Alguna conclusión?; preguntó la comandante.

-Después de ver el video y el diario del Poseidón y los acontecimientos en esta nave, me da la impresión de que las sirenas no pueden controlar a las mujeres; dedujo el médico.

-Es por eso que intentaron deshacerse de nosotras primero; concluyó Dimitreas.

-¿De qué están hablando?; preguntó la ingeniero mientras le pasaba una pistola a la comandante.

-¿No le ha dicho nada de las sirenas?; preguntó Adriana.

-La verdad es que se me había olvidado; reconoció el médico.

-¿Es en serio?; preguntó la teniente.

-Claro que sí; contestó su superior. -¿Qué cree que es el canto que se escucha por toda la nave?

-El canto de las sirenas hipnotiza a los hombres que lo escuchan y éstas los obligan a arrojarse al mar para devorarlos; explicó el doctor. -Pero éste no afecta ni a las mujeres, ni a los hombres con sordera; agregó indicando su audífono.

-Es difícil de creer comandante; opinó la Teniente Radamantes. -Pero eso explicaría todo y ante la duda…, procedamos con cautela.

-No mate a ningún tripulante, si puede evitarlo teniente; ordenó la Teniente Dimitreas.

-No se preocupe comandante, pero no le aseguro que más de alguno no resultará herido.

-Por mí está bien; aceptó Adriana.

En eso la lancha se corcoveó entera.

-Parece que hemos encallado; opinó Atenea.

-¡Vamos!; ordenó la comandante.

Las dos mujeres seguidas por el doctor irrumpieron en el puente de mando, donde se hallaba el capitán junto con dos marineros. Sin embargo, la sirena no estaba en él.

-Tenientes, están cometiendo un motín. Si no se rinden serán fusiladas; dijo el capitán.

-El que será fusilado es usted señor; respondió la Teniente Radamantes al ver como tres tripulantes se lanzaban al agua y eran devorados por decenas de hambrientas sirenas que se lanzaron como pirañas sobre ellos.

-Por el acto de traición al entregar la nave a fuerzas enemigas, no velar por la seguridad de sus subalternos y no encontrarse mentalmente capacitado, lo destituyo del mando capitán; dijo la Teniente Comandante citando el reglamento.

La Teniente Radamantes salió a la cubierta justo a tiempo para impedir, mediante certeros disparos en las piernas, que dos marineros se lanzaran a las fauces de las voraces criaturas.

Un tercer hombre asomó por una escotilla y disparó contra la oficial, derribándola herida.

Uno de los hombres que acompañaba al capitán intentó disparar contra la Teniente Dimitreas, pero el doctor le vació en la cara el polvo de un extintor de incendios, oportunidad que Adriana aprovechó para desarmarlo y dejarlo sin sentido de un golpe, mientras el doctor golpeaba en la cara al otro marinero con el extintor.

El capitán intentó sacar su pistola pero Adriana le asestó una fuerte patada entre las piernas, dejándolo sin aire.

-Amárrelos doctor; ordenó la comandante mientras salía a ayudar a la Teniente Radamantes.

Uno de los marineros disparó contra la Teniente Dimitreas, pero ésta esquivó la bala. Sin embargo, al disparar ella no pudo apuntar bien y su bala dio en el pecho de su atacante.

-¡Doctor venga!; gritó la oficial.

-La Teniente Radamantes aún vive; observó el médico. -La bala le atravesó el hombro.

 -Este hombre está muerto; dijo cabizbajo el doctor, luego de revisar al marinero caído.

-Yo no quería; comentó triste la teniente.

-No fue su culpa comandante; comentó el médico para reconfortarla.            -Podría haber sido usted.

La extraña invasora de la lancha apareció en la cubierta y aumentó la fuerza de su canto.

-¡Mátela doctor!; ordenó la mujer.

Las manos del médico comenzaron a temblar y sin poder controlarse se inclinó y recogió una de las pistolas.

-Lo siento comandante; dijo el médico. -No puedo evitarlo; dijo apretando el gatillo.

La Teniente Dimitreas por un pelo alcanzó a hacerse a un lado, cayendo al suelo. Desde esa posición golpeó las piernas del doctor, botándolo de espaldas.

-Discúlpeme doctor; le pidió la oficial cuando le golpeó la cara con su bota.

Frustrada la sirena corrió hacia la teniente, que aún no se incorporaba, mostrando sus afilados dientes.

-¡Muere perra maldita!; gritó la Comandante Dimitreas, mientras vaciaba todo el cargador de su pistola en la criatura.

Dando un chillido la sirena cayó sobre la cubierta, luciendo su verdadera apariencia golpeó el piso con su gran cola antes de quedar completamente inmóvil.

La Teniente Radamantes recobró la consciencia y ayudó a la comandante a arrastrar al doctor hasta el puente, donde el capitán y los dos marineros estaban maniatados en un rincón.

-Amárralo a la mesa; ordenó la comandante a la teniente.

Al despertar el doctor ya había recobrado la consciencia, con un gran dolor en la mandíbula.

-Hayy, ¿con qué me pegaron?; preguntó el médico.

-Lo siento mucho doctor, pero tuve que patearlo para que no me baleara; respondió Adriana.

-¿Eso hice?, la verdad es que no lo recuerdo; comentó el doctor.

Las sirenas en el mar comenzaron a entonar un monótono y dulce canto, bajo cuyo influjo los hombres en la cubierta comenzaron a acercarse a la borda.

-¡Salgamos de aquí!; gritó el doctor, que se había metido algodón a sus oídos para que no llegara ni un sonido a  su cerebro.

La comandante encendió el motor y aceleró, pero la embarcación no se movió de su sitio.

-¿Qué pasa que no avanzamos?; preguntó la Teniente Radamantes.

-La hélice debe estar enredada en los sargazos; supuso la Teniente Dimitreas mientras aceleraba más, sin lograr nada.

En eso Atenea se percató de que los dos marineros  que ella había herido estaban por llegar a la borda para saltar por ella.

-¡Demonios!; exclamó, mientras salía corriendo por ellos.

Justo cuando uno estaba por saltar al agua, la teniente lo sujetó del cuello y lo arrojó al piso, dándole un puñetazo en la cara que lo dejó aturdido. Al otro lo detuvo con su bota en el pecho.

Desde su puesto en el puente, la Comandante Dimitreas vio como varias sirenas cambiaban sus colas por piernas para intentar abordar la lancha.

Con un gran dolor y sangrando mucho por su herida, Atenea intentaba arrastrar a los dos hombres inconscientes hasta el puente.

-Suélteme para ir a ayudarla comandante; pidió el doctor. -No va a poder salvarlos sola.

No muy convencida, la teniente cortó las amarras del médico.

-Vaya, pero trate de no prestarle atención a su canto; solicitó la oficial.

Tragando saliva el doctor llegó corriendo hasta donde estaba la mujer a punto de desmayarse mientras tiraba de los cuerpos. Entre ambos lograron meter a los marineros al puente.

-El motor no sirve; comunicó la Comandante Dimitreas. -Saldremos con las hidroturbinas.

-Atenea, control táctico; ordenó Adriana.

Antes de poder obedecer la Teniente Radamantes cayó desmayada.

-Va a tener que arreglársela sola Adriana; avisó el doctor, mientras se quitaba la camisa para improvisar un vendaje en el brazo de la oficial herida.

-¿Está…?; preguntó a medias la comandante.

-Solo desmayada; aclaró el doctor. -Apúrese están por abordarnos.

-Sujétese de lo que pueda; avisó la teniente, mientras empujaba el acelerador de las turbinas hasta el fondo.

La lancha de ataque rápido de Clase Mercurio impulsada por dos poderosos chorros de agua salió disparada a 60 nudos, soltándose de las ataduras de sargazo que la aprisionaban dejándola a merced de las voraces sirenas.

-¿Pero qué está haciendo?; preguntó el doctor alarmado cuando la comandante hizo virar en redondo, a toda velocidad la embarcación, volviendo sobre su estela.

Poniendo su mano en una placa, está se deslizó dejando a la vista un panel lleno de interruptores con seguro. Liberando cuatro la comandante aceleró más.

-Voy a despedirme de ellas; dijo al doctor pulsando cuatro botones.

A los costados de la lancha cuatro compuertas se abrieron, dejando a la vista las catapultas antisubmarinos, que lanzaron cuatro tambores al agua.

Las cargas de profundidad al estallar levantaron grandes columnas de agua, poniendo fin a la vida de las sirenas que se encontraban a un kilómetro a la redonda.

Apenas se acabó la influencia de las criaturas sobre los hombres, estos recuperaron la consciencia.

-¿Qué está ocurriendo comandante?; preguntó el capitán al encontrarse de pronto, sin saber cómo, ni por qué, maniatado en el suelo.

-Es una larga historia señor. Cuando estemos en aguas seguras se la contaré; contestó la Teniente Dimitreas enfilando la proa hacia el puerto.

Con ayuda del doctor la Teniente Radamantes se pudo poner de pie.

-Creo que ya todo está bien; comentó a la comandante.

-Y mi padre piensa que esta asignación es aburrida; opinó la Teniente Dimitreas.

Después de contar al capitán todo lo acontecido en los últimos días, los tres agotados oficiales fueron citados ante el alto mando naval.

El Almirante Dimitreas junto al resto del alto mando de la flota, presidía el tribunal militar que investigaba los acontecimientos en los que cinco marineros murieron y varios resultaron heridos.

Después de escuchar las declaraciones de la Comandante Adriana Dimitreas, de la Teniente Atenea Radamantes y el Doctor Ulises Arístides y revisar todas las bitácoras y videos disponibles, se encerraron a deliberar.

Dos largas horas tuvieron que aguardar los tres inculpados antes de que los hicieran entrar para escuchar las conclusiones del tribunal castrense.

-Este tribunal, después de revisar todas las pruebas y escuchar sus declaraciones ha concluido que los actos extremos en los que ustedes incurrieron, obedecen a circunstancias extraordinarias para las cuales nadie está preparado, ni ha sido entrenado al respecto. Por lo tanto, se levantan todos los cargos de amotinamiento y asesinato.

Por otro lado, por el curso de los acontecimientos y las decisiones tomadas no pueden permanecer por más tiempo prestando servicios a bordo de la Lancha Patrullera Olimpia.

-Pero Señor…; intentó protestar la Teniente Dimitreas.

-Guarde silencio que aún no hemos terminado teniente; ordenó el almirante.

-Doctor Ulises Arístides, en vista de su problema auditivo se le ordena usar en forma permanente audífonos; indicó el juez.

-No es muy severa mi disfunción auditiva; intervino el médico.

-El tema no está en discusión Comandante Médico Ulises Arístides; dijo el almirante fijando una estrella en la jineta del doctor.

-Teniente Atenea Radamantes, este tribunal ha decidido, en base a su historial de servicio y a su desempeño en los últimos acontecimientos, trasladarla a la Fragata de Clase G-105, Zeus, con el grado de Teniente Comandante en el cargo de Primer Oficial; dijo el alto oficial.

-Yo no sé qué decir  señor; contestó ella.

-No tiene nada que decir Comandante. La decisión de este tribunal es definitiva; sentenció el almirante.

-En cuanto a usted Teniente Comandante Adriana Dimitreas, su comportamiento da mucho que desear; dijo mirando duramente el almirante a su hija, quien bajó la vista. -Por su desempeño más allá de lo que exige el deber, demostrando iniciativa y capacidad de mando en situaciones de extrema complejidad, se le asciende al rango de Capitán de Fragata, para que asuma inmediatamente el mando de la nueva Fragata Zeus de la Armada Griega.

-Esta vez no tienes como librarte hija; le dijo el Almirante Dimitreas mientras le prendía su nueva insignia al uniforme.

-Este tribunal levanta su sesión; concluyó el almirante golpeando el escritorio con un martillo.

La impresionante Fragata Zeus, joya de la Armada Griega y una de las más modernas y poderosas naves de combate del mundo, avanzaba a toda marcha bajo el mando de sus tres comandantes, que vivieron y sobrevivieron para contar la experiencia más increíble del mar.

 

 

Travesuras En El Bosque 1 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

 

Travesuras En El Bosque

-¿Estás segura de que este es el camino correcto a la cabaña?; preguntó Juan a su esposa Carmen quién conducía el 4 x 4 en lo que más que un camino solo parecía una huella apenas visible.

-Claro que sí; contestó ella. -A menos que el GPS que compraste funcione mal.

-Yo solo preguntaba; se defendió él.

-Ahí está; contestó ella cuando a solo cien metros se veía la pequeña cabaña en medio del bosque.

-Al fin; contestó el pequeño Ricardo ya cansado del viaje.

-No podemos entrar aun; lo paró su padre.

-¿Y por qué no?; preguntó inocente el niño.

-Porque las casas de campo hay que ventilarlas un rato y echar un poco de desinfectante antes de entrar; explicó su madre, consciente de la posibilidad de que pudiese haber restos de microbios dejados por roedores.

-¡Que aburrido!; contestó el niño cruzando los brazos en un gesto de disgusto.

-Bueno, si quieres terminar en un hospital y perderte las vacaciones entra no más; agregó Juan.

-No gracias, puedo esperar; respondió Ricardo.

-Ok familia, ya está todo limpio; dijo Carmen saliendo con un tubo de desinfectante ambiental en la mano y una mascarilla en la cara.

-Desempaquemos y salgamos a explorar; dijo Juan atándose sus botines de excursión.

-Yo estoy lista; contestó Carmen arremangando las mangas de su camisa de mezclilla.

El bosque era grande y formado por árboles de distintos tipos que dejaban pasar los rayos del sol matutino, creando una atmósfera con tenues tonos dorados. Una suave brisa hacía que la temperatura fuese más que agradable.

Las hojarascas y hojas secas sembradas por el suelo crujían a cada paso que los excursionistas daban, produciendo un cierto efecto de misterio que le daba un encanto especial al entorno.

No lejos de ahí se oía el sonido inconfundible de un arroyo que corría cerca. A poco andar los tres llegaron a un claro en el bosque junto al curso de agua, que en ese punto formaba un pequeño remanso.

-Miren podemos bañarnos aquí; dijo el niño a sus padres.

-Se ve seguro; lo apoyó su padre.

-Creo que estas vacaciones van a ser mejor de lo que pensaba; agregó entusiasmada Carmen mientras se desabrochaba la camisa.

-¡Oye!, ¿qué haces?; la interrumpió Juan pensando en el niño.

-Tranquilo; lo calmó ella mientras acomodaba el traje de baño que llevaba bajo la ropa.

-¿Tu ya sabías de este lugar verdad?; preguntó su marido con curiosidad.

-¿Por qué piensas eso?; preguntó ella cerrándole un ojo.

-Bueno creo que ya nos mojamos suficiente; opinó Juan. -Ya va a ser hora de almorzar. ¿Qué les parece si hacemos un asado?

-¡Sí!, que bien; exclamó contento Ricardo.

-Entonces movámonos rápido para que no se haga tan tarde; sugirió Carmen.

Después de una corta caminata los tres llegaron a la cabaña.

-¿Mmm, quién será esa niñita?; preguntó Carmen al ver a una pequeña de dorado cabello rizado que leía un libro de cuentos sentada en la entrada de la cabaña.

-Hola pequeña, ¿qué haces aquí solita?; preguntó la mujer a la niña.

-Salí a caminar y me perdí; respondió ella.

-¿Y tus papás dónde están?; preguntó Juan.

-Están en nuestra cabaña; respondió ella.

-¿Y te dejan salir sola?; preguntó Ricardo.

-Sí, ya soy grande; contestó la niña.

-A mí no me dejan salir solo; comentó él.

-¿Sabes cómo volver a tu cabaña?; preguntó Carmen.

-No, porque di muchas vueltas y no se para dónde queda; dijo tranquila la niña, no dándole mayor importancia al hecho de estar perdida.

-Más tarde vamos a ir a buscar a tus papás; dijo Carmen.

-¿Quieres almorzar con nosotros?; le preguntó Juan a la niña.

-Sí, tengo hambre; respondió ella.

Cuando la carne estuvo asada los tres se sentaron a la mesa a comer.

-¿Qué libro estás leyendo?; preguntó Carmen a la niña, tomando de sus manos el libro de cuentos.

-¡No lo toque!; gritó furiosa la niña. -Me lo dio mi mamá.

-Disculpa, yo solo quería saber cuál era; contestó confundida la mujer.

-Es Ricitos de Oro y Los Tres Osos; respondió la pequeña totalmente calmada, como si no se hubiese alterado en ningún momento.

Después de almorzar los cuatro salieron a recorrer el bosque en busca de la cabaña en que se alojaba la familia de la niña.

-¿Alguna parte del bosque te parece conocida?; preguntó Juan a la niña.

-Ninguna, todos los árboles son iguales; contestó ella mientras saltaba sobre cada flor silvestre que veía.

-¿Tienen celular tus papás?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no sé el número; respondió ella.

-Bueno trataremos de encontrar a tu familia; comentó Juan para tranquilizarla.

-¿Qué haces?; preguntó Ricardo a la niña al ver que ésta le daba un puntapié a un conejo que se le había acercado.

-Nada, solo estoy jugando; respondió ella.

-Niños por favor no se queden atrás; pidió Carmen.

Después de varias horas de recorrer gran parte del bosque no lograban dar con la cabaña.

-Empieza a oscurecer; comentó Carmen en voz baja a Juan. -Mejor volvamos y demos aviso a la policía sobre la niña perdida.

-Creo que tienes razón; aceptó él.

-Volvemos a la cabaña; avisó Carmen a los niños. -Mañana seguiremos buscando a tus padres; espero que no te moleste pasar la noche con nosotros.

-No me molesta; contestó la niña. -Yo ya soy grande.

-¡Pero mamá!; replicó Ricardo molesto por la decisión de su madre.

-¿Algún problema jovencito?; intervino Juan dándole una mirada muy severa a su hijo.

-Ninguno papá; respondió el niño bajando la vista.

-Debemos ser amables con nuestra amiguita; agregó Carmen.

Mientras preparaban la cena Juan se comunicó con la policía.

-Como le decía comisario, hoy encontramos a una niña de unos nueve años, extraviada en el bosque; contó él al policía. -Tratamos de ubicar la cabaña donde se aloja su familia pero no tuvimos suerte.

-Muy bien comisario Ríos, mañana temprano vamos a llevar a la niña a su oficina.

Ricardo se despertó asustado al ver a la niña que lo observaba sin decir nada desde la puerta de la habitación. Claramente el chico vio que la pequeña tenía abrazada la blusa de Carmen, pero decidió hacerse el dormido.

-Adelante, los estaba esperando; saludó el comisario Ríos a la familia que llevaba a la niña extraviada.

-Como le conté por teléfono encontramos a la niña sentada frente a nuestra cabaña; explicó Juan al policía.

-¿Cómo te llamas?; preguntó el oficial a la niña.

-Sandra; contestó ella.

-¿Sandra cuánto?; volvió a preguntar el comisario.

-Yo, yo…, no lo recuerdo; contestó cabizbaja la niña.

-Entiendo; ¿desde cuándo que no lo recuerdas?; pregunto el policía.

-No lo sé; respondió la niña.

-Ya veo;  meditó el oficial. -Esta señorita te va asacar unas fotos y así sabremos quién eres y cómo ayudarte a encontrar a tus padres.

-Buen; aceptó la pequeña saliendo de la mano con la mujer policía.

-Con su fotografía y huellas digitales podremos averiguar rápidamente quién es y localizar a su familia; explicó el comisario.

-¿Cuánto tiempo cree que demoren?; preguntó Juan.

-No creo que más de una semana; respondió el policía.

-¿Y mientras tanto dónde quedará la niña?; preguntó Carmen.

-En un hogar del Servicio de Menores; respondió el comisario.

-Ni lo sueñe; objetó la mujer. -Se puede quedar con nosotros.

-¡No!; gritó Ricardo. -Ella me da miedo.

-¿Te ha hecho alguna cosa mala?; preguntó el policía inclinándose hacia el niño.

-No pero es muy rara y nos mira mucho; agregó él.

-Solo está asustada porque no está con su familia opinó Carmen tomándole una mano a su hijo para infundirle confianza.

-Está bien, creo que no hay problema; opinó el policía después de meditarlo un rato. -En cuanto tengamos alguna noticia les avisaremos.

-Muchas gracias comisario; se despidió Carmen.

-Gracias a ustedes; respondió él.

-Bueno ahora solo hay que esperar; dijo Juan.

Camino al auto la niña tomó de la mano a la pareja, lo que hizo enojar más aun a Ricardo.

-Después de almorzar saldré de nuevo a buscar la cabaña de esta pequeña; comentó Juan.

-Muy bien pero ve solo, ya que tengo cosas que hacer; dijo Carmen.

Juan se dirigió lentamente en la dirección contraria a la que siguieron en la búsqueda anterior. Como una hora después divisó una cabaña en medio del bosque. Golpeó la puerta y en vista de que nadie salía la empujó suavemente; sin resistencia está se abrió.

Las pupilas de Juan se dilataron rápidamente ante la súbita descarga de adrenalina que inundó sus venas. La escena que tenía frente a sus ojos parecía sacada de una pintura surrealista. Sentados a la mesa estaban un hombre, una mujer y un niño vestidos con ropa infantil de personajes sacados de cuentos de hadas, con las manos junto a tazones de avena y con un largo corte en sus cuellos. El cerebro de Juan se detuvo un momento ante la macabra composición.

Su primer impulso al lograr reaccionar fue correr a su cabaña mientras marcaba el número de celular de su esposa; después de varios intentos sin lograr comunicarse, aceleró el paso.

La luz escaseaba ya y su paso se vio interrumpido un par de veces por algunas raíces que sobresalían del suelo. Después de una frenética carrera contra el tiempo la cabaña se encontraba a solo cien metros. Aumentando su velocidad en un último esfuerzo Juan devoró la distancia que lo separaba de ella.

De un golpe abrió la puerta y cruzó el umbral, quedando clavado en el piso sin poder moverse.

Sentados a la mesa, con sus manos junto a tazones humeantes de avena y vestidos con ropa de personajes de cuentos, estaban Carmen y Ricardo inmóviles con el cuello cortado.

-Hola Papá Oso; fue lo último que escuchó Juan antes de que la hoja del cuchillo rebanara su garganta.

 

La Cueva Del Lobo 30 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

La Cueva Del Lobo

Por primera vez en toda su historia, desde que sus habitantes se aventuraron a las estrellas, el planeta Tierra había decidido establecer relaciones diplomáticas con otro mundo.

En el centro del poder gobernante del planeta Korex, el embajador polipotenciado de La Tierra intercambiaba opiniones y puntos de vista con su similar korexiano.

-Es un hecho realmente memorable que las rutas de navegación de las naves exploradoras de ambos mundos hayan coincidido; celebró Rantar, Primer Ministro  del Consejo Korexiano.

-El encuentro de ambos planetas abre expectativas inimaginables y que nos beneficiarán mutuamente, señor ministro; agregó el embajador Rinardi del planeta Tierra.

-Sobre todo teniendo en cuenta que ambos planetas se hallan en  extremos opuestos de la galaxia; opinó Rantar.

-Comparto su entusiasmo señor ministro; asintió el diplomático terrícola.      -Utilizando los portales hiperespaciales pronto podremos establecer un intercambio comercial mutuamente fructífero.

-Así lo espero señor embajador; aceptó el Ministro Rantar.

-No imaginábamos que otra civilización hubiese desarrollado la capacidad para viajes hiperespaciales; comentó Vandor, jefe del alto mando militar korexiano.

-La verdad es que recién estamos dando los primeros pasos; explicó Rinardi. -Aún estamos muy lejos de la capacidad alcanzada por vuestra civilización.

-Tal vez eso se pueda solucionar con los acuerdos de intercambio cultural y comercial que nos atañen señor embajador; opinó Rantar.

-Estoy muy entusiasmado al respecto señor ministro; asintió Rinardi.

-¿Qué opina Vandor?; preguntó Rantar al militar, cuando el embajador terrícola se hubo retirado.

-Ni siquiera nuestros niños son tan inocentes e ingenuos; observó Vandor.

-Por lo que me ha comentado el embajador Rinardi, el planeta Tierra es muy rico en una gran cantidad de recursos naturales y biodiversidad; indicó Rantar.

-Nunca está de más contar con una reserva extra; opinó maliciosamente Vandor.

-Aunque quede al otro extremo de la galaxia; agregó el gobernante korexiano.

-Ya todo está preparado señor ministro; informó el  militar.

-Entonces procedamos; autorizó Rantar.

En medio de la noche un destacamento armado irrumpió en las dependencias ocupadas por el embajador Rinardi. El secretario y a la vez guardaespaldas del diplomático terrícola intentó repeler el ataque con una pistola que llevaba oculta, pero fue acribillado sin ninguna misericordia.

A rastras Rinardi fue conducido ante Rantar y Vandor, como un vulgar delincuente, sin tener en ninguna consideración su alto rango.

-¿Qué significa esto señor ministro?; exigió saber Rinardi. -Estos soldados han asesinado a mi asistente y me han apresado.

-Terminemos con esta farsa señor embajador; dijo Vandor. -Su civilización no tiene nada que ofrecer a la nuestra. Si hemos sido amables con usted es solo por el interés que los recursos naturales de su planeta ha despertado en nosotros.

-Como usted generosamente nos entregó las coordenadas exactas del planeta Tierra, ya no tiene ningún valor para nuestro gobierno; agregó hipócritamente el Ministro Rantar.

-Mi gobierno no permitirá semejante afrenta; gruño el humillado diplomático de La Tierra. -Tenga por seguro que…. El embajador Rinardi fue callado de golpe por un fulminante disparo en la cabeza.

La vida en La Tierra seguía su rutina de siempre, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, desde más allá de las estrellas. Una rutina a la que todos se habían acostumbrado durante siglos de devenir en un mundo estructurado.

Más que miedo, fue desconcierto lo que provocó que dos cruceros de combate korexianos ingresaran al sistema solar con intenciones hostiles. Sin embargo, la  sorpresa inicial dio paso a millones de años de evolución de instintos guerreros que albergaban en sus genes los terrícolas.

Todas las defensas orbitales fueron apuntadas contra las naves enemigas; descargando la furia de su poder contra ellas; sin embargo, los korexianos eran guerreros natos y no se detenían ante nada cuando entraban en combate.

Saliendo de las profundidades del cosmos una nave nodriza terrícola se unió al combate contra los invasores. La suerte estaba sellada y la contienda solo podía tener un ganador. Las detonaciones y disparos hacían temblar todo el sistema solar, pero la lucha era desigual.

Las defensas planetarias terminaron por ceder. No obstante las naves defensoras no retrocedían.

Finalmente todo terminó; un vencedor y un perdedor era el resultado de la batalla en el espacio.

A la deriva, sin energía, la nave nodriza terrestre era remolcada por los cruceros korexianos. Como un trofeo de combate dedicado a sus gobernantes, la nave terrícola corría la misma suerte que otras tantas naves de otros tantos mundos caídos.

-Los cruceros que destruyeron las defensas de La Tierra están arribando y traen como trofeo una nave terrícola; informó Vandor al consejo korexiano.

-Excelente, que preparen la invasión final; ordenó Rantar.

En eso una violenta detonación estremeció entero el edificio del gobierno.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó alarmado  uno de los consejeros.

-Señor, nuestras propias naves nos están atacando; informó corriendo un soldado.

-Esto es obra de los terrícolas; concluyó Vandor. -Que neutralicen esas naves inmediatamente.

-Imposible señor, son cruceros de asalto; indicó el soldado.

Los disparos de ambas naves no discriminaban ningún blanco en particular, no respetando ni a civiles.

-Señor  la ciudad está bajo ataque; informó Vandor. -Deben evacuar inmediatamente el gobierno.

-¿Cómo es esto posible?; preguntó incrédulo Rantar.

-Los terrícolas deben haberse apoderado de nuestras naves y nos atacan en forma traicionera; opinó Vandor.

-Derriben inmediatamente esas naves; ordenó Rantar, totalmente fuera de sí por la furia.

La destrucción causada por el alevoso ataque era aterradora; la gente huía despavorida en las calles tratando de escapar de los disparos y de los edificios que caían. La cantidad de muertos causados por el bombardeo era difícil de precisar.

Ambas naves, que ya se hallaban en la atmosfera, comenzaron a balancearse al perder su sustentación antigravitatoria, para finalmente terminar cayendo al ser anulados sus motores y armas vía control remoto.

El alivio de los korexianos se esfumó en un santiamén cuando las compuertas de los cruceros se abrieron. Con horror los ciudadanos vieron descender a sus compatriotas, o lo que quedaba de ellos, con implantes mecánicos que les daban más una apariencia de máquinas programadas para matar sin compasión a quien se pusiese en su camino. Junto a ellos decenas de bestias biomecánicas se desplegaron por doquier, llevando la muerte en sus armas y mandíbulas de metal.

El pánico se apoderó de todo el mundo; si bien los soldados biomecánicos avanzaban sin ninguna prisa, confiando en la certeza de sus disparos, los “perros” daban caza rápidamente a todo quien tratase de escapar, mostrando la fiereza y poder de sus mordedura que todo lo rompía.

En la órbita del planeta la nave terrícola encendió todas sus luces y se estabilizó, apoyando con sus armas la carnicería que provocaban en la superficie las tropas de asalto.

-La nave terrícola está totalmente operativa; observó Rantar con el rostro cubierto de sudor. -Todo era una trampa y caímos en ella.

-Desde ella controlan a esos monstruos; observó Vandor. -Debe ser destruida cueste lo que cueste.

Varias naves despegaron para atacara a la traicionera nave terrícola; sin embargo, algunas ni siquiera lograban elevarse de sus rampas, alcanzadas por los disparos de la nave atacante. Las que pudieron salir de la atmósfera descargaron sin piedad sus armas sobre la nave terrícola, pero sus defensas eran fuertes y sus armas devastadoras.

La estación de combate de defensa planetaria de Korex activó su impresionante arsenal de proyectiles balísticos, mientras disparaba varias ráfagas de energía contra la nave terrícola.

Parte del casco de la nave nodriza fue golpeado directamente por uno de esos rayos; inmediatamente todas las armas fueron apuntadas contra ese punto vulnerable.

Una gran bola resplandeciente iluminó todo el firmamento, al estallar los motores cuánticos cuando el proyectil la alcanzó. La estación espacial desapareció de la órbita korexiana, golpeada por un proyectil salido de la nada.

El hiperespacio se abrió dejando salir a otra nave nodriza similar a la anterior, escoltada por tres destructores estelares.

Los monitores y pantallas de todo el planeta mostraron una única imagen. Un alto oficial con la bandera del planeta Tierra a su espalda les habló con una voz carente de rasgos emocionales.

-Korexianos, les habla el Almirante Petersen de la Flota Imperial Terrestre; se presentó el oficial terrícola. -Antes de continuar con esta inútil batalla, por favor dirijan su atención al quinto planeta de su sistema solar. Las pantallas mostraron una panorámica en tiempo real del sistema planetario korexiano.

Desde uno de los destructores terrícolas un gigantesco proyectil surcó el espacio a una vertiginosa velocidad hacia el quinto planeta. Una bola de fuego cubrió todo ese mundo, al tiempo que su superficie se fracturaba por todas partes, dejando escapar el líquido contenido de su núcleo, para terminar finalmente estallando en cientos de pedazos que se dispersaron por el espacio.

-¡Criminales!; gritó el Ministro Rantar. -Había dos millones de habitantes en ese planeta.

-Nunca debieron atacar el planeta Tierra; respondió el Almirante Petersen.

-¡Desgraciados!; rugió Vandor.

-Ahora les ordeno que se rindan inmediata e incondicionalmente ante el Imperio Terrestre; mandó el terrícola.

-Eso nunca; respondió Vandor, dominado por la rabia y la impotencia.

-Todas nuestras armas están apuntando al núcleo de Korex; agregó Petersen.

-Ustedes también morirían en la explosión; rebatió Rantar.

-Nuestra tecnología es mucho más avanzada que la de ustedes, podríamos saltar fácilmente al hiperespacio antes de la detonación; respondió el terrícola. -¿Se atreven a averiguarlo?

-No sería capaz de asesinar a miles de millones de inocentes; trató de razonar el  Ministro Rantar.

-¿Qué me lo impide?; respondió triunfante Petersen.

-Está bien, nos rendimos; aceptó el abatido mandatario. -Pero por favor le ruego que perdone a la población civil.

-Se lo prometo señor ministro; respondió el oficial terrícola. -Una cosa más, inhabiliten inmediatamente todas sus armas y naves de combate y destruyan enseguida todas sus bases militares.

La pantalla se apagó, dejando a todos sumidos en un silencioso sepulcral. El orgulloso gobierno del planeta Korex se había dejado llevar por la apariencia bonachona e inocente del embajador del planeta Tierra; sin embargo, en la confianza está el peligro y ahora se enfrentaban a una inminente aniquilación.

-No podemos hacer eso; objetó Vandor. -Quedaríamos totalmente indefensos ante los terrícolas.

-Ya lo estamos; observó cabizbajo Rantar. -Que destruyan todas las armas y bases militares; ordenó el gobernante. -Esa es la única forma de salvar a nuestro pueblo.

Rantar se había tenido que tragar su propio orgullo, pensando en el bien mayor de salvar la vida de los inocentes, que nada tenían que ver con las decisiones buenas o malas de sus gobernantes.

-El desarme se ha cumplido señor almirante; avisó Rantar. -Nos rendimos, pero por favor respete la vida de los civiles.

-Se lo prometo señor ministro; contestó Petersen, desde el puente de mando del destructor insignia, cortando en seguida la comunicación.

-Comuníquenme con las naves nodrizas; ordenó el oficial a un soldado.

-Aquí el Almirante Petersen. Despliéguense inmediatamente por todo el planeta y erradiquen toda forma de vida inteligente; ordenó a las naves invasoras. -Procedan según el protocolo acostumbrado.

Cientos de aviones terrícolas despegaron de las naves nodrizas, comenzando un devastador bombardeo en todas las ciudades de Korex. Unidades terrestres comenzaron a recorrer las calles para hacer más patente la ocupación. Los soldados biomecánicos se dispersaron buscando sobrevivientes y los perros fueron liberados, llevando la desesperación, el terror y la muerte entre sus quijadas.

Otro mundo había caído bajo la bota de hierro del Imperio Terrestre. Los korexianos aprendieron de la peor forma posible que nunca hay que entrar a la cueva de un lobo a molestar a sus habitantes; y eso fue precisamente lo que hicieron sus gobernantes. Fueron a desafiar a los lobos de la galaxia directamente a su madriguera y eso los condenó al olvido, junto a tantos otros mundos olvidados, desde que los terrícolas invadieron las estrellas.

 

Fantasía Oscura 29 noviembre 2017

Fantasía Oscura

La fantasía oscura es un subgénero de la ficción fantástica que puede referirse a obras literarias, cinematográficas y artísticas en general que combinan la fantasía con elementos de terror. A grandes rasgos, la expresión puede utilizarse para referirse a las obras fantásticas que exhiben una atmósfera oscura o sombría, o que transmiten una sensación de horror y espanto.

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Son obras escritas con oscuridad y tinieblas, terror, sangre, muerte y destrucción.  Se siente el poder de la magia negra y de las fuerzas que habitan  lejos y fuera de los sentidos de los  humanos. Los personajes pasan de la risa al llanto, del llanto al miedo, del miedo al terror y del terror a la muerte. Son letras  escritas con  mezcla de  la más oscura magia negra y sangre, y sazonadas con algo de deliciosa blasfemia.

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Es el medio por el cual podemos dejar volar nuestra imaginación sin límites, convirtiéndonos en los amos de la vida y la muerte. Bajo nuestra pluma o teclado todo se puede convertir en realidad. Crear mundos enteros es tan sencillo como chasquear los dedos y con la misma facilidad destruirlos si lo deseamos.

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En el mundo real podemos ser las personas más sencillas y generosas, pero cuando dejamos volar nuestras letra, nos convertimos en Dioses o Demonios todopoderosos, controlando el destino de nuestros personajes a nuestro antojo, …a veces…

Digo a veces porque, al menos en mi caso, se como empieza una historia, pero nunca cómo va a terminar. La trama se va desarrollando sola, los personajes desarrollan sus personalidades y adquieren una vida e identidad propia. Cada cuento se escribe solo, gracias a las consecuencias que provoca la  interacción de los personajes y la cascada de acontecimientos que desencadena una escena, generando hechos que ni siquiera se pueden imaginar antes de que sean plasmados sobre el papel. Es tan emocionante como estar viendo una buena película de terror, en que cada escena te saca escalofríos o exclamaciones de sorpresa y asombro, y estás tan entretenido que no quieres que ésta acabe y solo atisbas que podría tener un desenlace increíble y termines diciendo ¡guau qué película más buena!  

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Hay veces en que quedo totalmente en blanco y me hago la pregunta inquietante ¿qué voy a escribir ahora, si no se me ocurre nada?. Con el tiempo me he ido dando cuenta que no se puede tratar de forzar una idea. Las ideas surgen solas, con más facilidad cuando menos nos forzamos por lograrlo.

Cuando empecé a escribir lo hacía preocupado de si a mi lectora principal (mi hija), le gustaría a no cada cuento; pero después me di cuenta de que en realidad yo estaba escribiendo para mi. Si una historia logra emocionarme sigo escribiéndola hasta el final, pero si siento que se está volviendo demasiado lenta o me parecen aburridos los senderos que se van abriendo, simplemente la dejo archivada, esperando a que se me ocurra como modificarla. Es  por eso que, a mi parecer, el arte de escribir es un proceso dinámico, en que el escritor se vuelve parte y un observador de las aventuras, dramas y terrores de los personajes, de alguna forma compartiendo sus dudas, temores y a la vez manipulando el destino de ellos. Así el escritor puede dar rienda suelta a toda su perfidia y crueldad, y por qué no, a su sicosis, sin llegar a dañar a nadie en el  mundo real.

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Alguien dijo una vez que con esto podría atraer malas energías hacia mi, otra persona fue más allá y dijo que me iría al Infierno. Si me fuera al Infierno, supongo que me apoderaría de su trono y desde ahí seguiría escribiendo por toda la eternidad atrapando las almas de cada lector entre mis letras.

BRUJO NEGRO

P.D.: Los aficionados a escribir relatos de este género podríamos ponernos en contacto.

Atte.: El Brujo Negro