Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cómo participar en el blog 24 mayo 2011

Filed under: Últimas noticias,Últimos post,Información — catigomez @ 10:45


Aunque en principio parezca complicado, es muy fácil participar. Voy a explicaros paso a paso lo que hay que hacer para ser autor/a del blog. Para tener más claro el funcionamiento del blog, os sugiero que le déis un vistazo a las Normas. Recordad que aquí no hay plazos de entrega, ni límites en extensión de los textos, ni en frecuencia de participación, ni fechas de caducidad… Ni siquiera limitaciones de tipo de obra, pues aunque el blog se llame Relatos… podéis publicar aquí lo que queráis (cuentos, poemas, avances de vuestras novelas… y, por supuesto, relatos). Yo en ningún momento voy a corregir ni a censurar vuestras obras; pero, eso sí, como ya os digo en las Normas, no voy a permitir apologías del terrorismo, xenofobia y temas por el estilo. Creo que es razonable, ¿no os parece? Pues empecemos.


-Lo primero que debéis hacer para poder participar en el blog, es registraros en WordPress.




Es muy sencillo, os dan un nombre de usuario para poder entrar en el blog, vosotros elegís vuestra contraseña y le indicáis vuestra dirección de correo electrónico. Si queréis aprovechar la ocasión para abrir vuestro propio blog en WordPress, pinchad en la opción “Sign up for a blog, too”, y lo solicitáis ahí, pero esto no es necesario para participar aquí.


-Después debéis enviarme un correo a relatossorprendentes@gmail.com con vuestro nombre de autor (o vuestro pseudónimo, si lo preferís) y la dirección de correo electrónico con la que os habéis registrado, para que yo os pueda autorizar en el blog. Para poder autorizaros, os enviaré a vuestro correo una invitación desde WordPress; al aceptarla, pinchando en el enlace que allí veréis, ya seréis autores del blog.

Una vez registrados, ya podéis crear vuestra página de autor, con una foto vuestra o una imagen con la que os sintáis identificados y un texto de presentación para que los lectores os vayan conociendo, en donde contéis lo que queráis contar, así como la dirección de vuestras páginas web o blogs (si las tenéis), vuestras obras publicadas (si las tenéis también, cosa que no es imprescindible para participar aquí, por supuesto) y cualquier información que queráis dar para presentaros a vuestros lectores; en esta misma página de autor podréis ir añadiendo el listado de las obras que vayáis publicando en el blog. Vuestra página de autor se podrá ver en la pestaña superior “Amigos autores” (o bien en “Participa”, si eres un recién llegado), y en el cuadro de la derecha “Páginas de autor”. Y vuestro listado de obras se irá añadiendo automáticamente al cuadro “Autores”.




-Bien. Ahora que os habéis registrado y ya tenéis vuestra propia página, ya podéis participar en el blog siempre que queráis. Sólo tenéis que entrar en el blog pinchando en “Acceder” en el cuadro verde de la derecha titulado “Entrada al blog”




-Al entrar, os conducirá directamente a vuestro “Escritorio”. Allí tendréis vuestro nombre (en la esquina superior derecha), la información del blog y las opciones del menú (en varios cuadros grises a la izquierda). Seleccionad “Entradas” y “Añadir nueva” y podréis empezar a escribir.



-Ya estáis en el editor de textos. Poned un título a vuestra obra, y escribid o copiad vuestro texto. Si lo vais a copiar desde Word, es mejor copiarlo antes en el accesorio WordPad (lo tenéis en Windows) y luego volver a copiarlo desde allí y pegarlo en este editor de WordPress, de otra forma da algunos problemas. De todos modos, es mejor escribir aquí directamente para que la letra y los saltos de párrafo sean los correctos. ¡Ah!, y no olvidéis firmarlo con vuestro nombre de autor o vuestro pseudónimo. Una vez escrito el texto, seleccionad del cuadro “Categorías” (abajo, a la derecha) las opciones “Últimos post” y “Amigos autores” (o bien “Participa”, según en qué pestaña se encuentre tu página de autor) y pinchad en el botón azul “Publicar”. Veréis que la página se actualiza y sale la opción “Vista previa”. Pinchad allí y veréis vuestro texto en el blog.


Veréis que la letra, previamente, sale muy pequeña y los párrafos muy apretados. Podréis hacer algunos cambios pinchando en la pestaña HTML de vuestro editor de textos. Aquí os doy algunos trucos para mejorar el aspecto de vuestras obras.


-Sólo os pido que, antes de publicar cualquier cosa en el blog, la registréis previamente, para seguridad de todos. No importa dónde, en Creative Commons, en Safe Creative o en el Registro de Propiedad Intelectual. La cuestión es que la obra esté perfectamente protegida antes de difundirla por la Red. El blog tiene una licencia doble, de Creative Commons y de Safe Creative, del tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas, que significa que cualquiera puede copiar aquí nuestras obras y difundirlas, pero siempre nombrando al autor de forma explícita, no pudiendo cambiar nada del texto ni extraer obras derivadas a partir de ella, ni pudiendo obtener beneficio comercial con su explotación. Es decir, lo que podríamos llamar “publicidad gratuita”, pues nos pueden ayudar a promocionar nuestra obra y a nosotros como sus autores, pero no van a poder explotarla comercialmente (sin nuestro consentimiento, claro está), ni van a poder utilizarla para hacer sus propias creaciones. Pero este registro sólo protege al texto como parte del blog; no lo podríais utilizar para publicar vuestra obra en otro lugar. Por eso, insisto aunque me ponga pesada, en que deberéis registrar vuestra obra donde mejor os parezca antes de publicarla aquí. Así estará doblemente protegida.

Si lo preferís así, podéis ponerle un Copyright a vuestra obra (todos los derechos reservados); de esta forma no se podría copiar ni difundir vuestra obra, pero estaría totalmente “blindada”. Es vuestra elección. Si lo queréis así, por favor, ponedle el código de forma explícita al final del texto.


Espero haberos aclarado un poco más las cosas. Si tenéis alguna duda, por favor, dejad aquí un comentario o mandadme un correo a la dirección del blog.

Muchas gracias por uniros a nosotros. Espero que, desde este momento, os sintáis en vuestra casa, con total libertad para participar siempre que queráis. Sin prisas… Sin agobios… Sin competencias… ¿No os apetece empezar ya?




Safe Creative #1007200004196

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Cómo añadir un código Safe Creative en vuestro relato 24 febrero 2010

Filed under: Últimas noticias,Información — catigomez @ 20:40
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Cómo alguno de vosotros me ha comentado que tiene dificultades para completar este proceso, voy a explicaros paso a paso cómo añadir el código de registro de vuestro relato en el editor de textos de WordPress. Vayamos por partes:



1-Supongamos que queréis publicar aquí un relato. Previamente me habéis hecho caso y lo habéis registrado en Safe Creative (¡¡gracias!! ;D). Lo primero que os encontráis en vuestra página de Safe Creative, es un listado con todas vuestras obras registradas. Elegid la que os apetece publicar aquí y pinchad en “Obtener etiquetas”:



2- La siguiente pantalla os muestra las distintas etiquetas que existen para identificar vuestra obra. Elegid la que más os guste y pinchad sobre ella:



3- Una vez elegida, os mostrará el cuadro con el texto en html de ese código. Seleccionad ese texto y copiadlo (Ctrl+C):



4- Ahora volved al blog y entrad en el editor de textos. Una vez escrito o pegado vuestro relato, pinchad en la pestaña “HTML” y bajad con el cursor hasta el final de la página. Allí, pegad el código de Safe Creative que habíais copiado (Ctrl+V). Después poned algún espacio en blanco (recordad, <!- – br – ->):



5- Volved a pinchar en la pestaña “Visual” y comprobad que el código se ha pegado correctamente. Ahora sólo falta editarlo para que, al seleccionarlo, envíe al lector a una nueva pestaña. Para eso pinchad sobre el código y elegid la imagen parecida a un paisaje:



6- Se os abrirá un cuadro de edición de la imagen. Seleccionad la pestaña “Opciones avanzadas”:

Y luego, marcad el cuadro “Abrid el enlace en una nueva ventana” . Luego pinchad en “Actualizar”:



Ya sólo os falta pinchar en “Publicar” para tener vuestro relato listo en el blog. Una vez publicado, pinchad sobre el código de Safe Creative para estar seguros de que os lleva al lugar correcto.

¡¡Listo!!


Safe Creative #1003045687655

 

Álbum de fotos 2 febrero 2010

Filed under: Últimas noticias,Información — catigomez @ 19:35
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Voy a ir mostrando aquí las preciosas fotos que me estáis enviando para ilustrar vuestros relatos. Así, si alguien ve alguna que le guste para su relato, no tiene más que copiarla o pedírmela, y yo se la pondré encantada. ¡Además de escritores, sois unos fotógrafos estupendos! Recordad que si alguien quiere poner algún tipo de licencia a sus fotografías o prohibir su distribución por Internet, deberá avisar cuando las envíe. ¡Gracias a tod@s, artistas!


Claudia Aynel

LagoClaudia2

Claudia Aynel-Jotunheim

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/kjosfossen-ii.jpg?w=237&h=381

Claudia Aynel-Kjosfossen

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/istanbul-i.jpg?w=500&h=332

Claudia Aynel-Istambul

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/santa-sofia-i-copia.jpg?w=439&h=252

Claudia Aynel-Santa Sofía

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/ayasofia-i.jpg?w=280&h=416

Claudia Aynel-Ayasofía

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/bluemosque-i.jpg?w=600&h=440

Claudia Aynel-Bluemosque


Wiskott

Wiskott-Gener 2010

Wiskott-Gener 2010-6

Wiskott-Gener 2010-7

Wiskott-Gener 2010-18

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Wiskott-Gener 2010-48

Wiskott-Tarragona gener 2010

Wiskott-Tarragona 2010-135

Wiskott-Tarragona 2010-135

Wiskott-Tarragona 2010-136

Wiskott-Tarragona 2010-136

Wiskott-Tarragona 2010-141

Wiskott-Tarragona 2010-141

Wiskott-Tarragona 2010-172

Wiskott-Tarragona 2010-172

Wiskott-Tarragona 2010-178

Wiskott-Tarragona 2010-178

Wiskott-Tarragona 2010-154

Wiskott-Tarragona 2010-154

Wiskott-Tarragona 2010-153

Wiskott-Tarragona 2010-143

Wiskott-Tarragona 2010-64

Wiskott-Tarragona 2010-190

Wiskott-Tarragona 2010-175

Wiskott-Tarragona 2010-173

Wiskott-Tarragona 2010-164

Wiskott-Tarragona 2010-147

Wiskott-Dsc00101

Wiskott-Dsc00108

Wiskott-Dsc00112

Wiskott-1902210-09

Wiskott-1902210-014

Wiskott-1902210-017

 

Trucos para el editor de textos 15 enero 2010

Filed under: Últimas noticias,Información — catigomez @ 20:53
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EDITADO Y AMPLIADO:

Como habréis podido comprobar, el editor de texto tiene algunas limitaciones. La más evidente es el diminuto tamaño de la letra, un auténtico “quema-retinas”, pero también habréis comprobado que a veces los párrafos aparecen amontonados porque los espacios entre ellos apenas son evidentes. He encontrado algunos truquillos en código html, que podréis aplicar pinchando en esa pestaña (HTML) después de haber escrito vuestro relato, y añadiéndolos en el lugar correspondiente.

Por ejemplo:

-Para lograr un tamaño de letra más legible, podéis utilizar el siguiente código:

<span style=”font-size:medium;”> al principio del texto o delante de cada párrafo que queráis cambiar para una letra de tamaño mediano. Es el que yo uso para aumentar la letra de todos vuestros relatos. El código que marca el final de éste es </span>. Da mejores resultados si se utiliza delante de cada párrafo, es decir, al principio de cada frase después de un punto y aparte. En ese caso no hace falta que utilicéis en final (</span>), porque se marca automáticamente.

Si preferís una letra aún más grande, podéis probar a escribir large en vez de medium. Por ejemplo, así quedaría una línea en large:

Más grande todavía…

-Para un espacio en blanco bien visible, podéis poner <!- -br- ->, una vez por cada espacio que queráis. Así:

<!- -br- ->

<!- -br- ->

equivaldría a dos espacios en blanco.

Si queréis un espacio en blanco más exacto, podéis utilizar los siguientes códigos

(Fuente: WordPress http://wpbtips.wordpress.com/2009/06/10/formatting-text-pt-1/ ):

Encima del párrafo: <p style=”padding-top:14px;”>

Debajo del párrafo: <p style=”padding-bottom:14px;”>

Encima y debajo del párrafo: <p style=”padding-top:14px;padding-bottom:12px;”>

Sólo tenéis que variar los valores que hay delante de px para obtener un espacio más o menos grande.

-Si queréis un tamaño de letra aún más grande y en negrita, podéis utilizar los códigos <h1> y </h1>. Es el que yo uso para los títulos de vuestras obras. Se utiliza delante y detrás del título, así:

<h1>Título de la obra</h1>

Título de la obra

Podéis probar también con otro número (h2 o h3, por ejemplo) para cambiar de tamaño. También podéis utilizar la pestaña desplegable que aparece en VISUAL (Párrafo), pero a mí me da mejores resultados el código html.

Y eso es todo, por el momento. Seguiré investigando más trucos para ir mejorando el aspecto de nuestros relatos, que también es importante. Creo que es fundamental todo lo que sirva para lograr que al visitante le resulte agradable la lectura, para que se sienta cómodo con nosotros y desee volver. ¿A que sí? Me gustaría que probaseis los trucos, que jugaseis con ellos para ver qué resultado os dan; y si alguien conoce más trucos, o tiene algún problema concreto con el editor de textos, sería estupendo que lo comentase aquí para que todos podamos aprender algo nuevo. Pero cuidado, porque en WordPress no se permiten todos los códigos html, por motivos de seguridad. En estas páginas podréis consultar sus condiciones (¡suerte que existe el traductor de Google para los que no hablamos inglés!):


http://en.support.wordpress.com/code/


http://www.w3schools.com/tags/default.asp


 

Imágenes 6 noviembre 2009

Filed under: Últimas noticias — catigomez @ 21:40

Me gusta ilustrar los relatos con las imágenes que me parecen más adecuadas. De todas formas, si prefieres que tu relato no tenga ilustraciones o no te gustan las que he elegido, no tienes más que decírmelo y las quitaré o cambiaré enseguida. ¡Tú eres el dueño de tu imaginación! Y si prefieres ponerlas tú mismo y no te pertenecen, recuerda poner el enlace a la página donde las encontraste.


Siempre pongo el enlace al lugar en donde encontré la imagen, con sólo pinchar sobre ella. No obstante, si eres el dueño de los derechos de la imagen o el propietario de la página donde la encontré, y no quieres que la imagen aparezca en este blog, por favor, ponte en contacto conmigo y la retiraré de inmediato.

 

Comenzamos… 7 agosto 2009

Bueno, amigos, ya podéis empezar a añadir vuestros relatos y a disfrutar con los que aquí encontréis. Estáis en vuestra casa. Pero, por favor, no olvidéis respetar las normas. Gracias y volved por aquí siempre que os apetezca disfrutar de la nueva literatura.

 

Magia Negra – Capítulo 2 – Entre Cerros 15 diciembre 2017

Filed under: 1,Últimos post,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 2:08
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Boris Oliva Rojas

                 

  Magia Negra
Capitulo N° 2
Entre Cerros

-Gracias papá, desde aquí seguimos solos; dijo Pamela sacando su mochila del auto, mientras su novio Juan se colgaba la suya a la espalda.

-Cuídense; les pidió el padre de ella mientras encendía el motor del auto.

-No se preocupe Don Esteban, esta no es la primera vez que hacemos este paseo; recordó Juan.

-Ni tampoco la última; comentó Pamela. -A propósito, un día de estos podrías venir con nosotros papá.

-Mis días de subir y bajar cerros ya pasaron, mejor prefiero dormir una siesta bajo un árbol; rechazó él.

-Como quiera, usted se lo pierde; respondió Juan.

La cadena de cerros se extendía hasta donde la vista alcanzaba.

-Vamos que hay mucho que recorrer; apremió Pamela a Juan.

-Tranquila que tenemos mucho tiempo; la calmó él.

El sol seguía su avance por el cielo azul del verano y pronto alcanzaría su punto más alto; el medio día estaba por llegar y también la hora de almorzar.

-¿Almorzamos en la cueva de siempre?; preguntó Pamela.

-Estaba pensando que podríamos comer un poco más adelante; opinó Juan. -Para variar un poco la rutina.

Los cerros donde ellos acostumbraban pasear, estaban llenos del mudo recuerdo de un pasado marcado por una hace tiempo agotada actividad minera artesanal.

-¿Qué te parece este sitio?; preguntó Pamela al llegar a una suave planicie en uno de los cerros.

-Se ve bien para armar el campamento; opinó Juan. -Veamos que tal esa cueva para que pasemos la noche en ella.

-Voy a explorarla; dijo Pamela entrando en ella.

El desgarrador y aterrorizado grito que su novia lanzó, hizo que a Juan se le pusieran todos los pelos de punta.

-¡¿Qué ocurre?! ¿Estás bien?; preguntó él corriendo en ayuda de su pareja.

Dentro Pamela estaba estática en el suelo, con la mirada fija en la pared de roca. El espectáculo era realmente macabro, propio de una película de terror.

-¿Pero qué diablos es esto?; preguntó Juan al ver los dos cuerpos clavados en la roca.

-Salgamos de aquí; propuso Pamela temblando de miedo.

-Debemos llamar a la policía; opinó Juan.

-Aló, mi nombre es Juan Rivera; dijo él al comunicarse con la operadora de la policía. -Llamo para reportar dos asesinatos en los cerros de…

El teléfono comenzó a chicharrear haciendo difícil la comunicación.

-Aló, ¿me escucha?; preguntó la operadora cuando la llamada finalmente se cortó.

Afortunadamente había tenido tiempo suficiente para poder triangular el lugar de donde se había hecho la llamaba. Sin pérdida de tiempo la mujer dio aviso a la unidad policial más cercana del lugar, para despachar una patrulla a investigar.

El fuerte golpe recibido le había abierto una profunda herida en la cara a Juan; al despertar vio atónito como Pamela era elevada por una mano invisible y aun con vida la clavaban en la roca, mientras su cuello era apretado hasta asfixiarla, por los dedos de un atacante también invisible. Sin poder creer lo que estaba pasando Juan intentó ponerse de pie, pero de pronto se vio flotando en el aire para terminar con la espalda pegada a la roca.

Aunque no veía nada, sentía como fierros invisibles perforaban sus manos y piernas.

Extraños símbolos aparecieron sobre la piel sangrante del pecho de Pamela, lo mismo que sobre la de Juan, pero ya nada sentía porque su garganta había sido aplastada por una poderosa fuerza.

-Creo que este será un dolor de cabeza de los grandes; opinó uno de los detectives al ver los cuatro cadáveres clavados en la roca.

-Central, adelante; llamó por teléfono el otro policía. -Manden un equipo de criminalística y forenses al lugar.

-Parece un asesinato ritual; opinó el otro detective. -¿Quién pudo hacer esto?

-Solo un loco; contestó su compañero.

-Acordonemos la escena del crimen, hasta que lleguen los laboratoristas; sugirió uno de los policías.

Una hora después, varios policías y especialistas buscaban pistas y huellas que les diesen un indicio de lo acontecido en las últimas horas.

-Las víctimas fueron asesinadas en distinto momento; informó uno de los oficiales de criminalística. -La data de muerte de la última pareja es de hace tres horas solamente.

-¿Quién dio aviso de los sucesos?; preguntó el detective.

-Es irónico, pero una de las víctimas del último crimen reportó los primeros homicidios; contestó el especialista.

-Eso quiere decir que el asesino estaba oculto cuando descubrieron los cuerpos de las otras víctimas; meditó el oficial.

-Lo más extraño es que la data de muerte de las dos primeras víctimas es de hace tres días.

-¿Hay alguna huella?; preguntó el teniente.

-Solo diez metros delante de la roca donde los clavaron; dijo el criminalista rascándose la cabeza. -No entiendo cómo es que los pusieron en esa roca sin marcar las pisadas sobre la tierra suelta.

-¿Ya se sabe la causa de la muerte?; preguntó el teniente.

-Estrangulamiento en las cuatro víctimas; indicó el forense acercándose a los oficiales. -Las cuatro fueron clavadas en la pared rocosa con grandes clavos de hierro. Los símbolos grabados  sobre sus pechos sugieren que fueron parte de un ritual de algún tipo de secta satánica.

-¿Tienen alguna fotografía que me puedan facilitar ahora?; quiso saber el teniente.

-De hecho sí; contestó el criminalista acercando su teléfono celular al del oficial.

-Gracias, voy al cuartel en Santiago a ver que puedo averiguar; dijo el detective retirándose.

Tras revisar la base de datos de homicidios rituales, el teniente se echó para atrás en su asiento. Internet tampoco era de mucha ayuda por la gran cantidad de información basura que había dando vuelta. El día había sido pesado y los ojos del policía comenzaron a cerrarse; el timbre del celular lo sacó del letargo en que el cansancio lo estaba sumiendo.

-Hola paisano, te echaba de menos y quería escucharte; saludó la gitana.

-Hola Shuvani, eres justo la persona con quien quería hablar; contestó el Teniente Hormazabal.

-¿También me echas de menos?; preguntó coquetamente la joven gitana.

-Ya sabes que sí; respondió el policía. -Pero necesito que me des una mano.

-¿Quieres leerme la suerte paisano?; preguntó juguetona Milenka.

-Quería que me ayudaras en un caso; contó el teniente. -Eres la persona indicada para eso.

-Que bueno, así me vienes a ver, para que no te olvides de mí y me cambies por una paisana; agregó ella.

-Como si fuera muy fácil romper un hechizo de magia roja; opinó el policía.

-Yo no te he hechizado; respondió Milenka. -Ni siquiera lo necesito, soy lo bastante buena como para haberte conquistado sola.

-Nunca tanto, vieja bruja; respondió riendo el detective.

-De vieja no tengo nada y de bruja tal vez; cortó la gitana bromeando.

-Ja, se cree muy linda, encantadora, irresistible y amorosa la niña; siguió molestando Hormazabal.

-Discúlpate por decirme vieja; mandó Milenka.

-No quiero; rió el policía.

-Como quieras, total hay varios gitanos que quisieran a una Shuvani como esposa; agregó la gitana. -Chao paisano.

-Espera; la interrumpió Hormazabal. -Eres joven y hermosa.

-Así está mejor; rió triunfante Milenka.

-Ahora tú dime lo que quiero escuchar; pidió él.

-¿Qué cosa?; preguntó ella.

-Lo que sientes por mí; indicó él.

-Me agradas, no eres como los otros paisanos y por eso me caes bien; contestó la gitana.

-¿Solo eso?; quiso saber el detective.

-Debería haber algo más; preguntó ella.

-Pues claro; dijo Hormazabal. -Vamos, dímelo.

-No quiero; respondió ella.

-Vamos, dilo; insistió el detective.

-No; respondió riendo Milenka. -Está bien, te amo; contestó ella con voz casi inaudible.

-No escuché; respondió el policía.

-Dije que te amo; contestó Milenka alzando un poco la voz, tapándose enseguida la boca con una mano y riendo.

-Yo también te amo; contestó a su vez Hormazabal.

-Bueno Milenka, nos vemos mañana y vístete con ropa cómoda; dijo el policía. -Puede ser un día algo ajetreado.

-Te espero temprano mañana; se despidió la gitana.

Aunque no tenía otra idea, ni alguien más a quien recurrir, no estaba seguro si debería involucrar a Milenka en ese caso. Estuvo a punto de llamarla para decirle que mejor no lo acompañara, pero se detuvo. Podía creer que él no confiaba lo suficiente en ella; por otro lado, la Shuvani había demostrado estar lo suficientemente capacitada como para defenderse sola. Simplemente ella se podría sentir ofendida, tanto como gitana, como sacerdotisa y como persona. Solo le pediría su opinión y uno o dos consejos sobre el caso, pero no la expondría a ningún peligro.

El auto se estacionó cerca de la carpa de la Shuvani, donde ella lo esperaba como si nada hubiese entre ambos.

-Saludos sabia Shuvani; dijo el Teniente Hormazabal cuando ella salió a recibirlo.

-¿Qué te trae por aquí paisano?; preguntó Milenka.

-Venía humildemente a solicitar tu sabia ayuda Shuvani; contestó el Teniente Hormazabal.

-Aguarda un rato ahí paisano; dijo Milenka entrando a su carpa, de donde sacó algunas cosas.

-Vamos paisano; indicó ella a los pocos minutos, llevando un viejo bastón.   -Era de mi abuela; mencionó Milenka al ver que el policía lo observaba.

Cuando el auto se hubo alejado bastante y el campamento gitano ya no se veía, el Teniente Hormazabal lo estacionó a un costado del camino y pasó su mano por el rostro de la muchacha.

-Hola Shuvani; la saludó nuevamente.

-Hola paisano; contestó ella devolviéndole la caricia.

Luego de un beso continuaron su camino hacia los cerros donde habían ocurrido los extraños asesinatos.

-Abre la guantera; pidió el policía a la gitana. -Mira esas fotografías y dime qué opinas.

Después de estudiarlas con atención la Shuvani volvió a guardarlas.

-Esto es malo, muy malo; comentó ella.

-Lo sé y ni siquiera hay huellas; contó el detective.

-Los demonios y espíritus no dejan huellas si no lo desean; mencionó ella.

-¿Insinúas que a esas personas las mató un fantasma?; preguntó el policía.

-No precisamente; respondió Milenka. -Me parece que es otra cosa, pero no estoy segura de qué.

-Ahí hay un informe de los datos recopilados en la escena de los crímenes; indicó el teniente. -¿Sabes leer castellano?

-Claro que sé; contestó ofendida Milenka. -No soy cualquier gitana. Soy una Shuvani.

-Bueno, tranquila; la calmó Hormazabal. -No quise ofenderte.

Después de leer los documentos con calma, Milenka guardó silencio un  rato.

-Sí, todo indica que fue un ente del otro lado; opinó la gitana. -Lo peor de todo es que es invisible para nosotros; continuó Milenka.

-¿Se te ocurre por qué las víctimas son dos parejas?; preguntó el detective.

-Creo que tiene que ver con las fuerzas opuestas de la existencia; meditó la Shuvani. -Lo que me lleva a pensar en los símbolos.

-¿Sabes qué significan?; pregunto Hormazabal.

-No exactamente, pero me acuerdo que una vez mi madre me habló de que existían símbolos muy antiguos y secretos que se usaban en algunos rituales para abrir una entrada entre este mundo y el otro; recordó Milenka.

-Si es que tienes razón, es mejor que te lleve de vuelta al campamento; dijo el teniente bajando la velocidad del auto.

-Ni se te ocurra paisano; rehusó la gitana. -No te dejaré solo en esto.

-No me perdonaría si te pasara algo malo; insistió el detective.

-Ni yo me perdonaría si te pasara algo a ti y yo no estuviese ahí para ayudarte; contestó ella.

-Está bien pareja, sigamos adelante; terminó el Teniente Hormazabal acelerando el vehículo.

Poco rato después la patrulla se detenía en los faldeos de los cerros donde ocurrieron los macabros hechos.

-¿Llegamos?; quiso saber la Shuvani.

-Sí, en  estos cerros ocurrieron los asesinatos; contestó Hormazabal.

-Entonces vamos; dijo Milenka apoyada en el bastón.

-Espera; la detuvo el policía. -Mejor cámbiate de ropa.

-Pero este vestido es cómodo; negó ella.

-¿No pretenderás subir los cerros con vestido y tacos?; preguntó Hormazabal. -Mejor ponte esa ropa.

-Mmm, bueno; aceptó ella. -Pero ándate para allá, no quiero que mires mientras me cambio.

-No miraré; respondió él. -Está bien; terminó por aceptar ante un gesto de la gitana.

-No te des vuelta paisano; advirtió Milenka. -No  mires.

-No estoy mirando; se defendió él.

-Si me miraste; insistió ella. -Yo te vi.

-No es verdad; contestó Hormazabal.

-Ahora puedes mirar; avisó Milenka. -¿Cómo me veo?

-Maravillosamente bien; observó el Teniente Hormazabal  a la gitana vestida de jeans y camiseta.

-Gracias paisano; respondió ella apoyándose en su hombro.

-Mejor concentrémonos que esto puede ser delicado; la detuvo él.

-Tienes razón, después habrá tiempo para jugar; reflexionó la gitana.

-Si es que sobrevivimos; pensó en silencio el policía, recordando que las víctimas también eran parejas.

-Bebe esto paisano, nos abrirá la mente a otras realidades; mandó Milenka pasándole un frasco con líquido.

-Pero…; se negó el policía.

-Confía en mí; respondió ella bebiendo el contenido de su frasco.

-No siento nada especial; comentó Hormazabal al notar que el brebaje no le producía nada.

-En su momento te permitirá percibir más allá de lo común; respondió Milenka.

El sol matinal comenzaba a entibiar la suave brisa que recorría los cerros. El aire puro, distinto al de la ciudad, era un verdadero regalo para los pulmones.

-Este paisaje tiene cierto encanto especial; comentó la gitana, deteniéndose un momento para respirar hondo.

-Y sin embargo aquí están pasando cosas horribles; recordó el policía.

-Y por eso mismo no debemos descuidarnos paisano; aconsejó la Shuvani.

-Ya estamos por llegar; indicó el detective. -Detrás de la otra loma está la escena de los crímenes.

-Debemos estar listos para cualquier cosa; aconsejó la gitana.

Los cuerpos ya habían sido retirados por los forenses y en su lugar sus contornos habían sido marcados con tiza en la roca. Una cinta amarilla demarcaba el lugar como área de investigación policial.

-¿Pero qué es eso?; preguntó el Teniente Hormazabal al ver una especie de capa de agua en la roca que se movía en forma extraña.

-Lo que yo sospechaba; observó Milenka. -Alguien está tratando de abrir una comunicación con el otro lado.

-¿Pero hacia dónde y para qué?; preguntó el policía.

-¡Ayúdame!; rogó la gitana mientras era levantada en el aire.

Rápidamente el teniente se volvió y perfectamente pudo ver como una silueta rojiza sostenía del cuello a su compañera, quien forcejeaba por impedir que esas manos invisibles se cerraran más en torno a su garganta.

Como un rayo el Teniente Hormazabal cogió el bastón de la gitana que había caído al suelo durante el ataque y asestó un fuerte golpe en la espalda del ente. Despreciando a su presa inicial, abrió su mano y la soltó para fijar su atención en el policía. Con total facilidad, como si sus ochenta kilos no significaran nada, lo levantó con una mano.

Con mucho dolor en el cuello, pero con vida aun, desde el suelo Milenka pudo ver como su compañero luchaba por no ser estrangulado por esa mano que se cerraba con una fuerza colosal.

-¡Te maldigo, maldito  engendro del infierno!; gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio, que llevaba en una bolsa en su cintura.

El ente, furioso por la insolencia de la gitana, soltó al policía y se volvió hacia ella, quien sin inmutarse lo esquivó y corrió hacia Hormazabal para ayudarle a levantarse; al mismo tiempo cogió el bastón que había caído junto a él.

-Toma el bastón y concéntrate en mi voz; ordenó Milenka golpeando con fuerza la tierra con la punta de éste.

-“Yo te maldigo en nombre del aire, del agua, de la tierra y del fuego.

Con los espíritus del pasado te ordeno volver al hoyo apestoso del que saliste.

Vuelve al infierno maldito engendro.”

La tierra tembló como si un terremoto la agitase, quebrándose en una profunda zanja. Una mano huesuda, sin  carne y con la piel pegada  a los huesos, agarró una de las piernas del ente y lo arrastró hacia abajo. De igual forma en que había aparecido, la grieta en el suelo se cerró.

-Esto fue algo fuera de lo común; opinó el policía. -¿Te encuentras bien?

-Sí, ¿y tú?; le preguntó ella con voz áspera, mientras le revisaba las marcas de dedos en el cuello.

-Algo zamarreado, pero sobreviviré; respondió el teniente, pasado con cuidado sus dedos sobre el enrojecido cuello de la gitana. -Creí que te iba a perder; comentó él.

-No creas que te librarás de mí tan fácilmente; respondió ella.

-¿Esto no ha terminado verdad?; preguntó el policía, mirando la líquida película sobre la roca.

-Ni siquiera ha empezado; contestó preocupada la gitana.

Unos cuantos ladridos se escucharon a lo lejos, a los cuales no les dieron mayor importancia. Poco después éstos se repitieron más cerca, pero esta vez sonaron anormalmente raros. Sin perder tiempo la Shuvani trazó varios círculos concéntricos con su bastón, mientras con la otra mano vaciaba un frasco con un extraño líquido, al tiempo que entonaba un extraño canto en lengua Romaní, cuyas palabras el Teniente Hormazabal no lograba entender, para terminar trazando un círculo de sal en torno a ella y el policía.

-Alguien soltó los perros del infierno; comentó la Shuvani.

Lo cual no sorprendió y hasta le pareció lo más lógico y esperable al Teniente Hormazabal, a quien a esta altura del partido ya nada le sorprendía.

-¿Crees que esos círculos los pararán?; preguntó el policía. -Bueno, toma por si acaso; le dijo pasándole una pistola con el cargador lleno.

-Reconozco que estas cosas a veces sirven; respondió la gitana.

Cuatro grandes perros negros, con largo pelo erizado y ojos brillantes, se abalanzaron ladrando sobre la pareja. Antes de que el policía se lo dijese la gitana apretaba el gatillo disparando sobre las bestias sobrenaturales, acción que el detective imitó.

No menos de cinco balas recibieron tres de los perros antes de caer tirados y arder en llamas; sin embargo, el cuarto seguía avanzando.

-Ya no tengo balas; gritó la gitana al ver que la corredera de su pistola no volvía a su sitio.

Antes de que Hormazabal pudiese contestar, el animal saltó sobre él. Una delgada hoja de acero le atravesó el corazón, cuando la Shuvani desenfundó y le clavó la espada oculta en el bastón. El perro cayó  a los pies del policía y después de temblar convulsivamente ardió como sus compañeros.

-Esto podría servirme para algo; dijo Milenka recibiendo en un frasco la sangre de la bestia infernal, que cubría el acero.

-Ilegal, pero bastante útil en caso de emergencia; comentó el policía mirando la espada.

La Shuvani ya no lo escuchaba; con los ojos cerrados y los brazos en alto entonaba otro de esos extraños cantos en su lengua nativa.

-“Espíritus de ayer y mañana, vengan en ayuda de su hermana. Shuvanis de tiempos pasados denme su poder y sabiduría”.

El Teniente Hormazabal permanecía en silencio, no queriendo romper la concentración de la gitana.

Con los ojos brillantes como el sol Milenka se volvió y encaminó sus pasos hacia la roca. Diciendo algunas palabras que escapaban a la comprensión del policía, la Shuvani echó tierra de cementerio sobre la sangre del perro diablo, junto a otro polvo que Hormazabal no supo reconocer. Entonando otro de sus cantos la gitana comenzó a dibujar extraños símbolos alrededor de lo que parecía ser una lámina de agua sobre la roca. Con sus trazos ella se aproximaba cada vez más a la extraña superficie, aumentando a su vez la fuerza de su canto.

De pronto al Teniente Hormazabal le pareció que algo ocurría al rostro de Milenka; por un momento le pareció ver en él a su difunta madre. Supuso que se trataba de una simple ilusión, cuando notó que otra cara aparecía en él; pudo reconocer a la abuela de Milenka, muerta hace varios años, cuando él era solo un cadete en la escuela de detectives. Entonces él comprendió, los espíritus de antiguas Shuvanis acudían al llamado de su descendiente.

El canto de la gitana se convirtió en un coro de muchas voces que entonaban un viejo conjuro para sellar el portal abierto hacia el otro lado. Las voces subieron hasta un volumen que hacía vibrar el aire del lugar, hasta que por fin, lentamente la roca comenzó a recuperar su aspecto normal.

Milenka se volvió hacia el Teniente Hormazabal, quien en vez de ver a su joven y hermosa gitana, tenía en frente a su vieja madre que con su voz característica le hablaba desde el mundo de los espíritus.

-Bendito seas; dijo el espíritu de la vieja Shuvani antes de desaparecer.

Los ojos de Milenka dejaron de brillar y sus piernas se doblaron como delgada hierba. El Teniente Hormazabal corrió hacia el desvanecido cuerpo de la gitana y con sumo cuidado tomó su cabeza y la apoyó en sus piernas.

Después de algunos minutos la Shuvani dio signos de estar recuperando la consciencia.

-Ya todo está bien; dijo ella cerrando los ojos y sin deseos ni energía para ponerse de pie.

-Lo lograste Shuvani; comentó el detective.

-Lo hicimos juntos paisano; corrigió ella.

-Tu madre me habló; le contó el policía.

-¿Y qué te dijo?; preguntó la gitana.

-Me dijo bendito seas paisano; respondió él. -¿Sabes lo qué eso significa?

-Creo que sí; respondió ella poniéndose lentamente de pie. -Significa exactamente lo que dijo.

-¿Nos vamos ya?; sugirió el policía.

-Sí, ya no me gusta este paisaje; contestó la gitana tomando de la mano a Hormazabal y apoyándose en el bastón que le dejara su madre.

-¿Y qué voy a decir en mi informe?; preguntó el detective. -No puedo decir que un ente invisible era el asesino y que quería abrir una puerta a otro mundo, ni que nos atacaron unos perros demonios.

-En eso no te puedo ayudar yo, querido paisano; contestó Milenka.

 

 

Magia Negra – Capítulo 1 – Brujería 13 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

 Magia Negra
Capitulo N° 1
Brujería

-Hace tiempo que no veía una película tan entretenida; comentó Daniel a Susana a la salida del cine.

-Sí, estuvo bastante buena; opinó ella.

-Aún es temprano, podríamos pasar a comer algo; propuso Daniel.

-Está bien; aceptó Susana. -Total mañana es sábado.

Eso estaba planeando la pareja cuando una desaliñada gitana, de edad poco definida les cortó el paso.

-Paisana déjame verte la suerte; dijo la mujer.

-No gracias; rehusó Susana.

-No seas orgullosa paisana; insistió la gitana.

-No gracias; volvió a rechazarla Susana.

-Dame un billete entonces; pidió la gitana.

-Ya no molestes más vieja; le gritó de mal humor Daniel, dándole un empujón a la mujer.

-Maldito seas paisano; le respondió enojada la gitana. -Te perseguirá la maldición gitana.

Mejor vámonos; pidió Susana algo asustada.

-Ya vamos a comer mejor; sugirió Daniel. -No le hagamos caso a esta vieja.

-Ya no tengo tanto apetito; respondió ella.

-No le hagas caso, todas las gitanas son así; opinó él.

La pareja entró a un restorán chino que permanecía abierto a esa hora y se relajó, olvidando el disgusto que les hizo pasar la gitana.

-Necesito ir al baño; se excusó Susana poniéndose de pie.

-Sí, anda; aceptó Daniel.

Cuando él se disponía a beber un poco más de vino, notó que algo se movía en su plato. Con el tenedor escarbó y encontró una cucaracha viva entre la comida.

-¡Qué asco!; exclamó Daniel. -Mozo, venga por favor; llamó molesto al tipo que los había atendido.

-¿Se le ofrece algo señor?; preguntó servicial el empleado.

-Sí, dígale al cocinero que a esta cucaracha le falta cocción; contestó sarcástico Daniel pasándole el plato al joven.

Cuando Susana volvió del baño vio que su pareja conversaba un poco enojado con el cocinero, quien se disculpaba exageradamente por algo.

-¿Qué pasa?; preguntó ella.

-Nada serio; respondió Daniel. -Me salió un pelo en la comida.

-Señor, lo siento  mucho, es muy extraño y lamentable; se excusó el dueño. -En compensación la cuenta corre por la casa.

-Está bien, dejémoslo así; aceptó Daniel.

-Por favor señora acepte este pequeño obsequio; ofreció la esposa del dueño entregándole una pequeña estatuilla de Buda a Susana.  -Les traerá buena suerte.

-Gracias; aceptó ella algo confundida.

-Bueno, creo que es hora de irnos; dijo Daniel mirando su reloj.

Las calles de la ciudad ya no se veían tan congestionadas como hace unas horas; la noche había caído hace rato y muy pocos vehículos circulaban por el pavimento. De improviso el automóvil se inclinó un poco y las ruedas se balancearon sin control.

-¡Demonios!; exclamó Daniel, deteniéndose a un costado. -Se pinchó un neumático.

-¿Traes el de repuesto, verdad?; preguntó Susana.

-Sí, ayúdame a cambiarlo; respondió él.

-Ya van dos; mencionó ella.

-¿Dos qué?; preguntó Daniel sacando la rueda de repuesto del portamaletas.

-Dos cosas malas te han pasado desde que la gitana te tiró esa maldición; comentó Susana.

-Haa,nada que ver. Es solo coincidencia; opinó Daniel sin darle importancia mientras metía la gata hidráulica bajo el auto. -Igual el neumático estaba algo viejo y la goma se pone más blanda.

-¿No me digas que crees en esas cosas?; preguntó sonriendo él mientras se limpiaba las manos con un paño.

-La verdad es que no sé, siempre se ha dicho que las gitanas tienen poderes; respondió ella.

-Son solo cuentos; contestó él. -La magia no existe.

-Claro que existe; rebatió Susana. -Mi abuela me contó muchas cosas que vio o supo.

-Tú lo has dicho, tu abuela; contestó Daniel. -La gente de esa época creía hasta en el diablo.

-Si es cierto; aceptó Susana. -Pero cuando el río suena es por algo.

-Sí, porque a alguien se le cayó un piano al agua; bromeó Daniel.

-No te rías, nací en un pueblo chico donde se creía en esas cosas; se defendió ella.

-Yo tampoco nací en Santiago; respondió Daniel. -Pero no por eso voy a creer en maldiciones gitanas y brujerías.

-Sin embargo, yo he leído que no todo es falso; insistió Susana.

Así se fueron discutiendo el resto del camino.

Al otro día el despertador comenzó a sonar insistentemente a las seis de la mañana.

-Hoy es sábado; reclamó Susana. -¿Por qué no lo apagaste?

-Estaba seguro que lo había desconectado; se defendió él volviendo a dormirse.

A la mañana el asunto de la gitana había dejado de ser un tema de conversación y la pareja pensaba qué hacer ese día.

-Voy a comprar pan fresco mientras  piensas en algo; avisó Daniel.

-Trae algo rico; pidió Susana.

Después de un rato él volvía con las compras. No se percató cuando se rompió la rama de árbol, que cayó justo frente suyo. Si Daniel hubiese alcanzado a dar otro paso más, le abría golpeado de lleno en la cabeza.

-Ya me aburrió esta broma; dijo para sí esquivándola.

-Te demoraste un poco; comentó Susana, quien ya tenía la mesa puesta.

-Había muchas señoras de edad avanzada; se excusó Daniel.

 Mientras Susana tomaba una ducha Daniel en la cocina echaba una variada mezcla de hierbas, verduras y condimentos en la licuadora.

-¿Qué preparas?; preguntó ella desde el dormitorio.

-Jugo de verduras; respondió Daniel. -¿Quieres un poco?

-Déjame verlo; pidió Susana.

Daniel le mostró la verde mezcolanza de vegetales y demases a su mujer.

-Se ve horrible; rechazó ella. -Y  huele mucho peor.

-Bueno, tú te lo pierdes; respondió Daniel mientras sin inmutarse siquiera se bebía todo el desagradable contenido del vaso.

El viento movía lentamente las nubes, dejando aparecer entre algunos claros de cielo la luna que mostraba sus cuernos, para ocultarse nuevamente al poco rato. La típica noche de otoño había obligado a prender algunas fogatas en el campamento gitano, para poder combatir el frío del invierno que ya se acercaba.

Los perros comenzaron a ladrar nerviosos. Un viento tibio que presagiaba una llovizna pasó entre las carpas y agitó las fogatas.

Un extraño entró al campamento, junto con una ráfaga de viento que apagó los fuegos. La vieja gitana salió de su carpa atraída por los perros que gemían asustados.

-Eres muy valiente o muy tonto para venir aquí de noche paisano; dijo ella.  -¿Vienes a rogar que te quite la maldición?

-¿Acaso me vas a lanzar otra maldición?; preguntó Daniel.

-¿A qué viniste paisano?; preguntó desafiante la mujer.

-A devolverte el favor  gitana; respondió él.

-¿Qué sabes tú de esas cosas paisano tonto?; se rió la gitana. -Maldito paisano.

-¡Cállate vieja bruja!; gritó Daniel.

La mujer se llevó las manos a la garganta, cuando las palabras no pudieron salir de su boca.

-¿Qué pasa gitana?; preguntó Daniel. -¿Acaso te comió la lengua el ratón?

Al no poder hablar a pesar de su esfuerzo, en su desesperación la vieja gitana mordió fuerte su lengua, provocándose un profundo corte. Furiosa y asustada la mujer dio un fuerte grito que despertó a todo el campamento.

-¿Qué está pasando?; preguntó el jefe de la tribu con un cuchillo en la mano.

-No te metas gitano; dijo Daniel dando una dura mirada al hombre, quien como si una invisible mano lo elevase, fue arrojado contra un árbol.

Otro gitano salió de su carpa empuñando una escopeta, pero cayó de espalda, como si lo hubiesen empujado.

El viento arreciaba moviendo rápido las nubes. Los gitanos se encontraban fuera de sus carpas armados con lo que tuvieran a mano. Un gitano armado con un rifle disparó contra Daniel, pero la bala se derritió antes de tocarlo; el calor que su cuerpo producía quemaba el pasto a su alrededor.

Uno de los gitanos lo atacó con una gran hacha, pero en medio de gritos su ropa se inflamó al acercarse a Daniel, cayendo al suelo envuelto en llamas.

-¿Quieren ver maldiciones de verdad?; preguntó Daniel abriendo los brazos.

El agua de la lluvia enseguida se convirtió en negra aceite que ensució todo lo que tocaba. El trueno estalló y cientos de sapos y alimañas comenzaron a caer de las nubes. El pánico se apoderó de los gitanos, los que escaparon corriendo en distintas direcciones, dejando abandonadas todas sus pertenencias.

Solo la vieja gitana permaneció en el campamento, mudo testigo de la furia del brujo.

-Fue una mala idea lanzarme una maldición gitana, mira lo que provocaste; dijo hipócritamente Daniel.

La gitana trataba de hablar, pero de su boca no podían salir palabras.

-No te entiendo; dijo Diego. -Habla más claro. Dicho esto la voz volvió  a la garganta de la gitana.

-¿Quién diablos eres?; preguntó la mujer a duras penas por su lengua herida.

-Solo un humilde brujo; contestó Daniel. -¿O creías que solo los gitanos tenían magia?

-Puedo quitarte la maldición paisano, pero por favor déjanos en paz; imploró la mujer.

-Gracias, pero ya me la saqué yo solo; rechazó él.

-Entonces te ruego que nos perdones y te vayas; pidió ella.

-No es tan sencillo; explicó Diego. -Verás, hay una reputación que debo cuidar. ¿Te imaginas si dejara que cualquiera viniera y me maldijera?, eso no sería digno.

-No pretendí insultarte gran brujo; trató de excusarse la gitana.

-Lo entiendo, pero comprende que debo dar un ejemplo; respondió Daniel.

Un fuerte viento arrojó de espaldas al suelo a la vieja gitana. Las maderas de una destartalada carreta comenzaron a temblar hasta que se desprendieron, para formar entre sí una gran cruz.

Algo arrastró a la mujer depositándola encima de la cruz. Con terror en la mirada vio como a sus manos se acercaron afilados clavos.

-¡No por favor, no!; gritó en medio del dolor cuando el metal atravesó sus manos y pies.

Una fuerza invisible levantó la cruz, clavándola en la tierra, dejando a la gitana cabeza abajo, crucificada e imposibilitada de escapar.

Alaridos de dolor estremecían la noche cuando el cuerpo de la vieja mujer fue envuelto por las llamas, los cuales pronto cesaron y el aire se llenó de un olor a carne quemada.

Con paso calmo el brujo abandonó el campamento gitano, dejando clavada en una cruz invertida su advertencia para otros insolentes.

Entre los árboles sus ojos llenos de miedo y dolor, rabia y pena, inundados de lágrimas observaban el macabro espectáculo. De niña su madre le había hablado de la magia de su pueblo, de leyendas e historias  de poderes más allá de la comprensión de los paisanos y no destinados para todos sus hermanos. También le había contado de demonios y espíritus malignos  que atacaban los poblados y hacían mal por gusto, enfermando y matando solo por placer.

Si bien la magia del pueblo Romaní se convertía a veces en maldiciones, sobre todo contra los paisanos, esta era solo para asustarlos, jamás les provocaba un daño serio o mortal; en cambio la magia que había atacado a su campamento era mala, oscura y cruel, no solo había aterrorizado, también había provocado muerte y destrucción y su madre fue la que más sufrió. Su cuerpo, mudo testigo del mal que cayó sobre el campamento aun ardía cabeza abajo en una cruz demoniaca.

Sus ojos querían cerrarse para no ver tal abominación, pero ella se resistía. Quería recordar todo lo que ocurría; el odio comenzaba a crecer en su interior y el recuerdo de los últimos y agónicos minutos de la vida de su madre le darían la fuerza para buscar al asesino y hacerlo pagar por todo, aunque se tratase de un brujo que hace poco creía que existía solo en los cuentos de las mujeres más ancianas de la tribu; y sin embargo, existía y lo había visto asesinar a su madre.

Milenka sin decir ninguna palabra a nadie se encerró en la carpa que compartía con su madre. Con el corazón herido se sentó frente al espejo y peinó su largo cabello negro para relajarse algo. No se inmutó ni asustó cuando en el cristal plateado se apareció el rostro de su difunta madre.

-Guíalos con sabiduría; le dijo el espectro de la anciana gitana.

Milenka cubrió su rostro con sus manos y en silencio lloró unos minutos para luego respirar hondo, secar sus lágrimas y arreglar su cabello.

Lista o no, debería asumir su destino y ocupar el lugar de su madre como Shuvani de la tribu. En respetuoso silencio toda la tribu la aguardaba afuera de su carpa.

-Esta tierra ha quedado maldita, dijo Milenka. -Debemos marcharnos a campos más puros.

-Así se hará Shuvani, dijo el hijo del jefe, quien había asumido la dirección de la tribu tras la reciente muerte de su padre.

Es sabido por todos que a los Romaní no les gusta hacer a los paisanos parte de sus problemas; sin embargo, no falta algún pueblerino que ve algo y da aviso a las autoridades. Esta fue una de esas ocasiones, en que alguien vio lo que ocurría en el campamento gitano y llamó anónimamente a la policía. Aunque al recibir la llamada le dieron poca importancia, cuando llegaron a la escena del crimen, o mejor dicho de los crímenes, a todos los policías se les borró de golpe la sonrisa de los labios.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó el oficial de policía, al ver el cadáver aun humeante de la vieja gitana.

-¿Qué vienes a hacer aquí paisano?; preguntó el jefe de la tribu al policía.

-Tengo que investigar qué pasó aquí; dijo el policía indicando la cruz humeante.

-Tú no podrás hacer nada paisano; respondió el gitano.

A todo esto los otros gitanos se comenzaron a juntar ante la presencia de la patrulla, lo que puso un poco nerviosos a los otros detectives.

-Yo voy a hablar con este paisano; dijo Milenka acercándose al grupo.

-Como quieras; aceptó el jefe.

Luego de observar a la joven gitana, el detective entendió de quien se trataba.

-Saludos Shuvani; saludó el detective inclinando la cabeza. -Que Santa Sara te bendiga.

-¿Conoces nuestras tradiciones paisano?; preguntó Milenka.

-Conozco y respeto a tu madre; contestó el teniente. Pido permiso a este pueblo y a ti sabia Shuvani, para poder trabajar.

-Acompáñame a mi carpa paisano; pidió Milenka.

-No veo a tu madre; observó el Teniente Hormazabal.

-Mi madre se ha marchado ya, aunque la viste afuera; respondió Milenka mirando la cruz, mientras una sombra cubría su dulce rostro.

-¿Sabes quién lo hizo?; preguntó el policía.

-Anoche un paisano entró tarde al campamento y nos atacó; respondió la muchacha. -No pudimos defendernos siquiera.

-¿Lo habías visto antes?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Nunca, pero parece que tenía problemas con mi madre; respondió ella.  -También mató al jefe de nuestra tribu y a otro gitano.

-¿Y no pudieron detenerlo?; preguntó el policía.

-Era muy poderoso y ni las balas lo tocaban; contestó Milenka.

-Debe haber usado un chaleco antibalas; pensó el detective.

-¿Estaba armado?; preguntó el policía a la gitana.

-No le vi ningún arma; respondió ella.

-¿Entonces cómo me explicas que nadie lo hubiese parado mientras mataba a tres de ustedes?; quiso saber Hormazabal.

-Porque ese paisano es un brujo; contestó la mujer.

-¿Brujo?; preguntó el policía. -¿Insinúas que usó magia?

-Para ustedes los paisanos es difícil creer en esas cosas; comentó ella.  -Pero para mi gente es algo natural.

-Entiendo; asintió el policía.

-No me crees paisano; opinó Milenka.

-No importa lo que yo crea; contestó él. -Pero debo investigar qué ocurrió realmente aquí; por eso pido tu permiso para que yo y mis hombres podamos trabajar, para atrapar al asesino de tu madre.

-Hazlo, pero con respeto; accedió Milenka.

-Gracias, sabia Shuvani; aceptó el Teniente Hormazabal.

-Milenka, mi nombre es Milenka; contestó la joven sacerdotisa gitana.

-Gracias Milenka, te prometo atrapar a ese maldito; afirmó el detective.

Algunos gitanos esperaban fuera de la carpa a la Shuvani, mientras que los tres policías aguardaban ansiosos junto a la patrulla, bajo la mirada recelosa y desconfiada de otro grupo.

En medio de la expectación de todos, Milenka y el Teniente Hormazabal salieron juntos.

-Estos paisanos van a trabajar en el campamento y moverán los cuerpos de nuestros muertos; informó ella a todos. -Ellos atraparán al brujo que mató a nuestros hermanos.

-Pero eso profanará su carne y su recuerdo; objetó de mala forma un gitano. -No estoy de acuerdo en que estos paisanos se metan.

-¡Calla tu lengua insolente y muestra respeto, la Shuvani ha hablado!; se escuchó la voz severa y a la vez paternal del gitano más anciano de la tribu, ante cuya presencia  todos los jóvenes bajaron la mirada.

-Si la Shuvani lo ha consentido, que así sea; ordenó el jefe de la tribu. -Nadie moleste a los paisanos y contesten todas sus preguntas.

-Serás un sabio jefe al igual que lo fue tu padre; respondió Milenka al jefe.

-Bueno paisano, ponte a trabajar, que nosotros haremos lo nuestro; autorizó la Shuvani retirándose junto al anciano y al jefe de la tribu.

La cena estaba un poco condimentada, lo que dio algo de sed a Daniel, así es que se dirigió a la cocina a servirse un trago de agua. Afuera el viento mecía los árboles y silbaba al pasar entre los cables eléctricos. Justo cuando un relámpago rajó el negro manto de la noche, Daniel levantó la cabeza; la impresión que se llevó le hizo soltar vaso, el que se molió en el suelo, al ver el rostro de la vieja gitana muerta reflejado en la ventana.

-¿Todo bien?; preguntó Susana desde el living al escuchar el ruido del vaso al romperse.

-Sí, se me cayó un vaso; respondió Daniel.

Un gesto de molestia cruzó momentáneamente el rostro de él.

La frente de Milenka estaba cubierta de gotas de transpiración y se sentía muy exhausta, pero no podía descansar hasta encontrar al brujo que había asesinado a su madre y hacerlo pagar.

-¿Tiene alguna pista doctor?; preguntó el Teniente Hormazabal al forense.

-No, pero puedo decirle lo que no tengo; respondió él.

-Supongo que hay algo peculiar; opinó el detective.

-Cuando un objeto o persona se quema con algún elemento incendiario de cualquier tipo, siempre quedan restos de derivados del combustible; explicó el profesional.

-Algo había leído al respecto; comentó Hormazabal.

-Sin embargo, en este caso no hay nada. La combustión fue limpia, por así decirlo; aclaró el forense.

-¿Entonces con qué quemaron a las dos víctimas de fuego?; preguntó el policía.

-Aparentemente el fuego se produjo por exposición a una fuente muy intensa de calor, no química; continuó el médico.

-Ya…, entonces el asesino es Superman y los mató con su visión calórica; dijo sarcástico el detective.

-No creo que haya sido él, pero sí le puedo asegurar que usó una fuente muy poderosa y controlada de calor; respondió el forense. -Personalmente  no sé qué arma usó el asesino, pero sí que es muy poderosa.

Sin ninguna pista la investigación podía extenderse por mucho tiempo, dedujo el teniente, pero a veces eso pasaba; ahora había un criminal suelto en las calles, que no permitiría que quedase sin castigo. El único lugar donde podría sacar algo en claro era el campamento gitano. Cerca del medio día llegó cuando éste ya estaba prácticamente desarmado, listos sus moradores para marcharse de ese lugar maldito.

-Hola paisano, ¿qué quieres?; saludó Milenka.

-Saludos Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Qué quieres saber?; preguntó ella.

-¿Tú viste al asesino de tu madre?; preguntó el policía.

La gitana bajó la mirada y guardó silencio un momento, con voz apagada respondió.

-Nunca olvidaré ese rostro; contestó la joven Shuvani.

-Entiendo; comentó el detective.

-¿Estarías dispuesta a acompañarme al cuartel de policía para que tú describas al asesino y hagan un retrato de él?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-¿De qué serviría eso?; quiso saber Milenka.

-Si conocemos su rostro podremos buscarlo por todos lados; contestó el policía.

-¿Y cuándo lo encuentren, crees que lo van a poder atrapar?; preguntó ella.

-Confía en la policía Milenka; pidió el detective.

-Confío en ti paisano; respondió la gitana.

-¿Entonces me acompañarás al cuartel policial?; insistió el teniente.

-Pero nosotros nos vamos a ir de este lugar; informó la joven.

-Es solo por unas horas; aclaró el detective.

-Está bien paisano, para que puedas seguir con tu trabajo; aceptó Milenka.

Al poco rato el auto del Teniente Hormazabal se estacionaba frente al cuartel policial.

-Esta oficial va a dibujar al asesino con la descripción que hagas; indicó el policía a Milenka.

Después de unos minutos, sobre la hoja de papel apareció exacto el rostro de Daniel, con una sombría expresión de maldad.

-Gracias Milenka, con esto podremos atraparlo; dijo el policía.

-¿Ya puedo volver con mi gente?; preguntó la gitana.

-Espera un momento; pidió el detective, pasándole un teléfono celular a la muchacha.

-Llámame en caso que me necesites o recuerdes algo útil; indicó el teniente. -Mi número está grabado ya.

-Bueno paisano; respondió Milenka guardando el teléfono en un bolsillo de su vestido.

-Te llevo de vuelta a tu campamento; ofreció el policía.

-No gracias paisano; rehusó ella. -Conozco el camino.

La fría noche fue perturbada por las pisadas que entraron donde hace unas horas se hallaba el campamento gitano; ningún perro, ni ninguna voz de alarma dieron el aviso. Daniel se encontró con un sitio baldío solamente; los gitanos habían movido su campamento hacia otro lugar, lejos de la tierra maldita por el brujo.

-¡Malditos gitanos!; gritó Daniel apretando los puños con rabia. Un relámpago rompió el negro velo de la noche, cuando se desencadenó el aguacero.

En medio de la lluvia claramente llegó a los oídos del brujo la risa de la vieja gitana.

-Me la vas apagar gitana; gritó enojado Daniel.

Milenka se sentía cansada y su frente brillaba con gotas de humedad, pero no iba a desistir en su esfuerzo por hacer pagar al brujo, aunque sabía que eso era peligroso. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el repiqueteo del celular del policía.

-Milenka te llamaba para preguntarte si has recordado algo más, lo que sea; dijo el Teniente Hormazabal.

-No he recordado nada paisano; respondió ella. -Que estés bien.

-No dudes en llamarme; insistió el detective.

-Bueno, yo te llamaré si me acuerdo de algo; contestó ella.

El nuevo campamento estaba en silencio; habiendo quedado el dolor en la otra tierra podían dormir en paz. De pronto los perros comenzaron a ladrar frenéticos; Milenka de un salto se puso de pie y salió corriendo de su carpa.

Los ojos de la gitana se dilataron cuando vieron que el brujo se encontraba en el campamento, sujetando del cuello el cuerpo sin vida de un gitano, que arrojó con desprecio al barro. De alguna forma él había logrado dar con ellos.

-¿En serio pensaste que podrían escapar de mí?; preguntó Daniel.

Algunos gitanos salieron armados de sus carpas y dispararon contra el hechicero, sin que las balas siquiera lo tocaran.

-Aún no aprenden; dijo él arrojándolos contra un montón de palos afilados, matándolos en forma instantánea.

Milenka intentó golpearlo con un palo, pero la rechazó de un solo empujón, botándola de espalda.

Las carpas comenzaron a arder, las llamas y los gritos se extendieron por todo el campamento. El espectáculo de los gitanos corriendo envueltos en llamas, para caer retorciéndose era aterrador.

Milenka trataba de moverse pero estaba inmovilizada por un gran peso que la aplastaba contra el suelo.

Daniel tomó una pala que había tirada y lentamente se acercó a la gitana que yacía indefensa en el suelo. Con un violento impulso el brujo golpeó el cuello de Milenka con el filo de la herramienta.

Con el pulso desbocado y empapada en sudor la gitana despertó de la horrible pesadilla.Asustada y consciente del peligro que se cernía sobre su tribu, apretó contra su pecho el teléfono que le diese el Teniente Hormazabal y se volvió a dormir.

Daniel sonreía maliciosamente en su departamento. No solo la gitana podía provocar miedo.

Milenka preparaba un montón de amuletos, pócimas y talismanes para que todos se pudiesen proteger del brujo. Con sus propias manos la Shuvani escarbó la tierra alrededor del campamento y enterró varios talismanes, encerrándolo completamente en un círculo protector; inmediatamente después desparramó tierra de cementerio y sangre de gallina para fortalecer aun más el poder de la magia gitana.

Ya llevaba muchas horas revisando las bases de datos de los archivos policiales y no daba con nada. Demasiado cansado, el Teniente Hormazabal estaba esperando que el Servicio Nacional de Identificación y Registro Civil le enviase la identidad del sospechoso. Mientras se preparaba una taza de café, a su computadora llegó el tan ansiado mensaje; sin embargo, no era lo que él esperaba.

-“El retrato hablado, cuya identificación solicitó no corresponde a ningún ciudadano, tanto nacido, como extranjero de nuestra nación. Por lo tanto, no es posible entregar una respuesta positiva sobre su identidad”; indicaba el comunicado del Registro de Identificación.

-Así que este tipo no existe; comentó para sí el policía. -¿Quién diablo eres?

-Bueno, es hora de cobrar favores; dijo Hormazabal marcando el número de un amigo de la Interpol.

-¿Aló?; contestaron en el otro lado de la línea.

-Tanto tiempo; saludó el detective. -Te llamaba para pedirte un favor súper grande. Verás, hay un sospechoso de asesinato cuyo retrato hablado no nos ha servido mucho para saber quién es.

-Entiendo; respondió el agente. -Mándamelo por correo electrónico a ver qué encuentro.

-Ya te lo mandé; indicó Hormazabal. -Gracias.

-Te llamaré en cuanto averigüe algo; se despidió el oficial de la Policía Internacional.

-Aburrido, para distraerse un poco el policía comenzó a leer en internet sobre maldiciones, gitanos y magia en general, pero aparte de encontrar todo muy divertido, no le interesó mayormente. En eso estaba cuando su teléfono le devolvió al mundo real.

-¿Qué pudiste averiguar?; preguntó ansioso el Teniente Hormazabal.

-Tu sospechoso se llama Daniel Briceño, de nacionalidad española; era profesor de historia, pero fue expulsado de la universidad donde hacía clases por influir negativamente sobre sus alumnos; contó el agente.

-¿De qué forma?; preguntó intrigado Hormazabal.

-Magia negra y esas cosas; contestó el agente.

-¿Sabes cuál es su residencia actual?; quiso saber el policía.

-Ahí está el problema; contestó el agente. -Briceño murió a los treinta y cinco años, hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial.

-Para estar muerto parece que ha estado bastante activo estos días; opinó el teniente.

-Esa es la información que existe de él; observó el agente.

-¿Sabes si tuvo descendientes?; preguntó el policía.

-Ninguno; agregó el agente. -¿Qué opinas?

-Que alguien está usando su identidad; supuso el detective.

-Bueno, gracias; se despidió el policía del agente. -Te debo una.

Tras meditarlo un momento, el detective decidió llamar a la gitana para comentarle lo que había averiguado.

-Hola paisano; contestó Milenka.

-El tipo que describiste supuestamente murió hace setenta años, por lo que no tenemos forma de saber quién es realmente, a menos que lo atrapemos; informó el policía.

-Te dije que no encontrarías nada paisano; le recordó Milenka. -En todo caso yo…

En medio de chicharreos la comunicación se cortó; podía ser por la tormenta, pero aun así el Teniente Hormazabal se preocupó y puso de pie, tomando las llaves de su patrulla y cerciorándose de que el cargador de su pistola estuviese lleno.

Las nubes se movían rápido y el viento soplaba tibio; la tormenta caería en cualquier momento. Después de conducir unos minutos a toda velocidad, el policía llegó hasta el campamento gitano.

-Necesito hablar con la Shuvani; le dijo a uno de los gitanos.

-Ella está ocupada; respondió él sin intenciones de dejarlo pasar.

-Está bien, que pase; dijo Milenka desde su carpa.

-No debiste venir paisano, esto se va a poner muy malo hoy; lo recriminó ella.

-Yo te puedo ayudar; le contestó el teniente.

-Realmente no creo que puedas hacer mucho; opinó ella.

-Aun así me quedaré; insistió él.

-En ese caso lleva este amuleto contigo; le pidió la gitana pasándole una bolsita negra.

-Gracias, pero tengo el mío; respondió el policía mostrándole su pistola.

-Mira paisano, si no lo usas yo misma te voy a maldecir; ordenó la Shuvani metiéndoselo en un bolsillo de la chaqueta.

Milenka salió de la carpa a dar unas últimas instrucciones a la tribu, antes de la llegada del brujo.

-Mejor no la contradigas paisano; dijo el anciano de la tribu, a quién Hormazabal no había notado en la carpa. -Es tan testaruda como su madre y su abuela; le dijo el viejo gitano palmeándole un hombro.

-Nuestro hermanos ya están listos; avisó Milenka entrando en la carpa.  -Esperemos  que el brujo no venga esta noche, pero el viento lo anuncia.

Daniel con paso firme se acercó al campamento; todos dormían y esta vez nadie escaparía. Ni siquiera los perros lo sintieron llegar, el viento agitaba los árboles y aullaba como lobo sediento de sangre.

Su andar se detuvo ante un súbito mareo que hizo girar todo a su alrededor. Tambaleándose el brujo retrocedió, saliendo del círculo trazado por la Shuvani. La tierra comenzó a temblar hasta que los talismanes quedaron a la vista, removiendo algunos y rompiendo el anillo protector.

Una tormenta eléctrica se desencadenó ante la furia de Daniel. La Shuvani salió de su carpa para intentar detenerlo, mientras los otros gitanos huían del campamento como ella lo ordenara.

-Aléjense rápido de aquí; gritó Milenka. -Tú también ándate paisano; dijo al Teniente Hormazabal.

-Ni creas que te dejaré solacon este loco; respondió él en medio de la lluvia que caía a chusos.

Una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Daniel, cuando un rayo alcanzó a un gitano, pulverizándolo en el acto.

Instintivamente el policía desenfundó su arma y disparó contra el brujo, sin lastimarlo en lo más mínimo.

-No estorbes basura; dijo Daniel moviendo una mano.

Un fuerte viento lanzó por el aire al detective, quedando tirado inmóvil al caer al barro.

Con el viento golpeándola fuerte en la cara, los relámpagos estallando cerca, Milenka concentró toda su fuerza en su voz.

-“Yo te maldigo brujo,

por la llama, por el viento,

por la masa, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”.

Gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio en la cara al brujo.

 -Tonta, ¿crees que eso me puede hacer algo a mí?; preguntó sarcástico Daniel moviendo su mano; sin embargo, nada le ocurrió a la gitana.

La maldición de la Shuvani había anulado lo poderes del hechicero al menos momentáneamente. Frustrado y furioso asestó un puñetazo en la cara a la joven gitana, dejándola mareada en el suelo.

Descontrolado por la rabia, Daniel se aproximó al policía con un hacha que había junto a una pila de leña; contempló un momento al policía antes de bajar la hoja cortante sobre su cabeza.

Tres detonaciones hirieron la noche; las balas, sin que nada las detuviese, perforaron el pecho del brujo, haciéndolo caer de espalda. La gitana de pie, con el pelo pegado a su cara sostenía aun la pistola humeante del Teniente Hormazabal, mientras veía caer un relámpago sobre Daniel quelo redujo a cenizas.

Aun algo mareada por el golpe, Milenka llegó corriendo junto al cuerpo del detective, el que para su sorpresa aun respiraba.

Lentamente el policía abrió sus ojos, para ver el hermoso rostro de la Shuvani que lo observaba con una sonrisa. Un poco aturdido aun, se quedó un rato más con la cabeza apoyada en los muslos de la gitana.

-Parece que tus talismanes si sirven; dijo Hormazabal sacando la bolsita de terciopelo negro de su chaqueta.

-No me vuelvas a asustar así paisano; dijo Milenka sacándose un mechón de cabello de la cara.

-Está bien, pero avísame un poco antes para la próxima vez; respondió el detective.

-¿Ahora crees en la magia gitana paisano?; preguntó Milenka, ayudándole a ponerse de pie y dándole un beso en la cara.

-Siempre he creído en la magia Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -¿Por qué crees que era amigo de tu madre?

La lluvia había mezclado las cenizas del brujo con el barro y Milenka lo revolvió con su pie, antes de caminar hacia su carpa. Junto a ella el Teniente Hormazabal rozaba su mano sin llegar a tomársela, mientras ella se sonreía en silencio. Total, un secreto más no significaba mucho en la vida de una Shuvani, llena de secretos.

Desde su carpa el más anciano de los gitanos terminaba de fumar, mientras los veía caminar y se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo él sabía guardar los secretos de su nieta.

 

 

 

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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La Última Equivocación 8 diciembre 2017

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La Última Equivocación

La hora del taco no era tan terrible esa tarde; lo más probable era que todos se hubiesen retirado temprano para ver el partido de la selección de futbol.

Marlene conducía tranquila, aprovechando la poca cantidad de vehículos que había en la calle. Al pasar frente al supermercado un destello cruzó por su mente, como un frio fantasmagórico que acaricia la nuca helándote de angustia.

-Se me olvidó que tenía que pasar al supermercado; se recriminó  a sí misma. -Y justo hoy tengo invitados.

Cuatro cuadras más allá, Marlene viró en la esquina para retroceder e ir a comprar. Si tenía suerte no habría mucha gente.

A pesar de ser día viernes el supermercado estaba casi vacío; el partido de futbol en que la selección se jugaba su puesto en la próxima Copa Mundial había causado un gran revuelo.

-Cabezas de pelota; comentó Marlene para sí.

Después de un rato salió con las manos llenas de bolsas. El estacionamiento subterráneo estaba vacío, aunque eso no inquietó a la mujer, que no era la primera vez que lo veía así. Sin embargo, una sensación de incomodidad la embargó al llegar junto a su vehículo; con ambas manos ocupadas no tenía como sacar las llaves.

-Mmm, ¿cuándo van a inventar los autos inteligentes?; se preguntó mientras dejaba las bolsas en el suelo.

El dolor agudo del golpe seco en la nuca hizo que todo se volviera negro frente a Marlene.

Amarrada, amordazada y con los ojos tapados Marlene despertó en un automóvil que no era el suyo; con un fuerte dolor de cabeza y algo mareada, se dio cuenta de que hace un rato el vehículo corría por una carretera, pero debido a que los raptores habían dado varias vueltas, estaba totalmente desorientada.

Sin saber cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba, Marlene sintió que el auto se detenía. La voz de una mujer ordenó que la llevaran dentro de la casa.

-Vamos que tenemos que movernos rápido; dijo un hombre.

Por las voces Marlene pudo contar a cinco personas, ninguna de las cuales le decía nada a ella.

Un hombre la tomó de los brazos, que llevaba atados a la espalda y la condujo con relativa suavidad a un sótano, frío y mal iluminado, con olor a desinfectante, molesto y opresor al olfato. El hombre abrió una puerta aparentemente metálica, por el sonido que hizo e introdujo a la mujer en ella, sacándole la venda que la cegaba.

-¿Quiénes son y por qué me han traído aquí?; preguntó inmediatamente Marlene mirando al hombre a la cara.

-Tranquila y todo será más fácil; respondió él.

-¿Qué quieren?; quiso saber ella. -Si es dinero, sepan que no tengo ni para hacer cantar a un ciego.

-A su debido tiempo lo sabrá; terminó el hombre. -Ahora descanse; dijo cerrando la puerta con llave al salir.

¿Me habrán secuestrado de verdad o será una broma de algunos de mis amigos?; se preguntó la mujer. -Claro que si fuese solo una broma no me habrían pegado tan fuerte en la cabeza. Supongo que es un secuestro real, ¿pero por qué?

Sola en su celda Marlene tenía tiempo de sobra para hacerse una y otra pregunta sin respuesta.

-¿Será que se dedican al tráfico de blancas?; seguía preguntándose ella.     -Por último me hubiesen preguntado primero; irme a vivir con un multimillonario petrolero o un emir árabe no es tan mala idea después de todo.

En eso gastaba el tiempo Marlene cuando escuchó que introducían una llave en la cerradura.

-Coma un poco; ordenó la mujer llevando una bandeja con comida.

-Si no me suelta las manos es difícil que pueda; respondió Marlene. -Si están pensando en pedir rescate por mí olvídenlo, mi familia y yo somos pobres.

-Aunque no lo crea, usted vale mucho dinero; respondió la mujer.

-No sé a qué se refiere; contestó la cautiva.

-No importa; agregó la captora. -Ahora coma.

Aprovechando un descuido Marlene se abalanzó contra la celadora y salió corriendo. En un abrir y cerrar de ojos logró subir la escalera que conducía al primer piso. Pudo correr un par de metros por un angosto pasillo, cuando un fornido tipo la abrazó fuerte y levantó, dejando sus pies en el aire.

-No la lastimes; ordenó otro hombre. -La necesitamos entera.

-Mejor procedamos enseguida, antes de que nuestra invitada nos cause más líos; sugirió la mujer que salió del sótano.

-Tienes razón; coincidió el hombre. -Preparen todo.

-Vamos señorita; dijo el hombre que la retenía. -Ustedes dos vigilen que no venga nadie.

Marlene fue conducida de vuelta al sótano, en cuyo lóbrego interior el musculoso sujeto abrió una puerta que hasta ahora la muchacha no había visto.

-¿Qué me van a hacer?; preguntó asustada al ver el interior de la macabra habitación.

Un quirófano, un frío y blanco quirófano la recibió con su inquietante lámpara gigantesca que alumbraba una camilla de operaciones.

¡No! esto es una barbaridad; gritó la muchacha forcejeando y tratando furiosamente de librarse de la férrea presión ejercida por el hombre que la sujetaba.

-Mejor cálmese; aconsejó la mujer.

Una sensación de calor corrió por el brazo derecho de Marlene y una pesada somnolencia la embargó. Aunque no la durmió completamente, el tranquilizante la relajó bastante, anulando su resistencia pero no su miedo ante un destino final que se abría aterrador ante ella. Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraba atada de pies y manos con sendas correas de cuero a la mortífera cama.

-¿Por qué?; preguntó Marlene con un nudo en la garganta.

-Porque tus órganos valen millones para nuestro cliente querida; contestó la mujer.

-Lo peor es tener que dañar este exquisito cuerpo; agregó en forma libidinosa el hombre acariciando el abdomen desnudo de la muchacha, mientras sádicamente hacía brillar la hoja del bisturí que sostenía en su mano derecha.

-¡No, no!, por favor no lo hagan; suplicaba Marlene mientras se retorcía en la camilla.

-Vamos a tener que dormirla completamente; sugirió el hombre.

-Ya tengo lista la anestesia; contestó la mujer con una jeringa en una bandeja de acero.

Con un algodón empapado en alcohol, la mujer comenzó a limpiar el brazo de aterrada muchacha. Marlene tenía el rostro empapado en traspiración a causa del terror que la dominaba.

-¡No, por favor no!; gritó la joven cuando la aguja rozó su piel.

Los azules ojos de la chica se volvieron rojos de golpe, quedando cruzados por una línea delgada; su suave piel se tornó rápidamente dura y oscura.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó atónita la mujer cuando la aguja se le quebró.

El cuerpo encorvado de la muchacha se tornó duro y macizamente musculoso y de sus crispadas manos crecieron curvas y gruesas garras.

Ante la incrédula mirada de los traficantes de órganos, el bello rostro de Marlene perdió su armonía y encanto. La boca desmedidamente abierta dejaba ver un pozo negro coronado por decenas de finos y agudos dientes, semejantes a una sierra de leñador.

-¿Qué diablos es esto?; preguntó el hombre al borde del espanto.

De lo que había sido la delicada muchacha, ahora no quedaba nada. Mezcla de locos, de criaturas de distinto tipo, con rasgos anfibios, reptiles, mamíferos y humanos, sin ningún orden lógico; era una cosa más que un solo ser definido, que luchaba por zafarse de sus ataduras.

-¡Salgamos de aquí!; gritó la mujer cuando la cosa de un tirón cortó las correas que inmovilizaban sus piernas y sin esfuerzo aparente liberaba sus brazos.

-¡Corre!; dijo el hombre a su compañera, pero ésta solo alcanzó a dar un alarido cuando su cara fue literalmente arrancada de un zarpazo, que afortunadamente también le cortó la garganta, dándole el beneficio de una muerte casi instantánea.

Sin pensarlo dos veces el hombre corrió hacia la puerta, tratando de salvar su poco valiosa y miserable vida, pero cuando iba a tomar la cerradura, vio como la puerta era salpicada de sangre; de su propia sangre, desparramada cuando una mano de la cosa atravesó su espalda y salió por su pecho. Sus manos resbalaron por la puerta ensangrentada al desplomarse sin vida al frio piso de baldosas hasta hace poco blancas.

El alarido de la mujer al ser mutilada atrajo a otro de los hombres, el que blandiendo una pistola de grueso calibre bajó corriendo la escalera del sótano. Todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta ante la visión de la cosa que chorreaba de sus manos la sangre de sus cómplices.

El olor a adrenalina penetró a raudales a las fosas nasales de la cosa, enloqueciéndola prácticamente de rabia y sed de muerte; dando un extraño rugido el monstruoso animal se abalanzó sobre el hombre, quien no dudó en disparar una y otra vez en forma inútil sobre la mole de músculos y garras que corría hacia él. Los disparos solo enojaron más a la cosa, cuya gruesa piel no era ni siquiera rasguñada por las balas.

De un solo golpe el tórax y abdomen del hombre quedaron cruzados por cuatro profundos surcos que dejaron a la vista sus desgarrados órganos.

Ante los disparos y los gruñidos de la cosa los otros dos criminales saltaron de su silla en la cocina, sacando inmediatamente sus armas de la ropa. Huellas de grandes pisadas ensangrentadas subían desde el sótano y seguían por el angosto pasillo de la vieja casona.

Un furioso y salvaje gruñido acompañó el golpe que uno de los hombres recibió en la cabeza, arrancándole la mitad del cráneo.

Espantado el otro hombre trató de defenderse con su pistola, pero las balas no lograban romper la dura piel de la cosa; desesperado, con el arma vacía, el hombre la arrojó contra el animal, sin hacerle ni el menor daño. De un salto la cosa derribó al hombre y lo despedazó literalmente a zarpazos.

Durante dos días había nevado sin cesar y la nieve había creado un grueso manto blanco en el exterior.

Grandes zancadas de pisadas ensangrentadas se marcaban en la nieve fresca; poco a poco las huellas se fueron haciendo más cercanas y con marcas más pequeñas. Pisadas ensangrentadas de una persona descalza que caminaba hacia  la ciudad.

 

 

 

Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Refugio 6 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Refugio

La lluvia arreciaba cada vez más, haciendo a cada paso más difícil avanzar. Con la ropa pegada al cuerpo y mojados hasta los huesos, la pareja caminaba entre los árboles tratando de encontrar el refugio de los guardabosques para secarse y esperar a que terminase la lluvia.

-Recuérdame que no volvamos a salir de campamento en otoño; comentó Esteban a Diana.

-¿Ya te asustaste de unas cuantas gotitas?; preguntó ella a si esposo.

-Estoy mojado hasta la médula; reclamó él. -Aahh, ahí está el refugio.

En medio del bosque y la lluvia el humo de la chimenea y la luz de las ventanas invitaban a los caminantes a acercarse y cobijarse.

-Parece que ya lo están ocupando; observó Diana.

-Es para todos los que lo necesiten; opinó Esteban. -Y esta noche creo que nosotros también calificamos.

Ambos llegaron junto a la cabaña y golpearon la puerta para no asustar a quien estuviese dentro. Un hombre de mediana edad les abrió algo recelosos.

-Buenas noches; saludó Esteban. -¿Este es el refugio de los guardabosques?

-No; contestó el hombre. -De hecho se encuentra a un kilómetro hacia el sur.

-Ay no; se quejó Diana temblando de frío.

El hombre mirándolos de pies a cabeza, esbozó una leve sonrisa.

-Por favor pasen a secarse, están estilando; los invitó. -Acérquense al fuego o pescarán una pulmonía.

-Muchas gracias, es usted muy amable; aceptó Esteban.

-Muchas gracias; contestó Diana. -Permiso.

-No quisiéramos causarle alguna molestia; dijo Esteban, sintiéndose un poco incómodo.

-No se preocupen; dijo el hombre. -No es ninguna molestia.

Desde la cocina salía un agradable aroma a comida y la voz de un hombre que canturreaba.

-Invita a nuestros visitantes a cenar; dijo el hombre que estaba en la cocina.

-No quisiéramos molestar; objetó Diana.

-No faltaba más; agregó el hombre saliendo de la cocina con cuatro jarros humeantes con chocolate caliente.

-No es un día muy bueno para salir a pasear en el bosque; observó uno de los hombres.

-No pensamos que nos pillaría la lluvia antes de llegar a la cabaña de los guardabosques; contestó Diana.

-Bueno, aquí pueden pasar la noche; agregó el otro hombre, que había vuelto a la cocina.

-¿Ustedes viven aquí?; preguntó Esteban calentándose las manos en la chimenea.

-Solo en las vacaciones; contestó uno de los hombres. -El resto lo pasamos en la jungla de cemento.

-¿Ustedes acostumbran salir de excursión con este clima?; preguntó a la vez uno de los hombres.

-La verdad es que nunca nos preocupamos mucho de eso; contestó Diana.  -Es solo que esta vez no calculamos bien.

El calor de la hoguera, sumado a un poco de licor, después de varias horas de pláticas sin mayor importancia, finalmente terminaron por relajar a los cuatro ocupantes de la cabaña.

-Hay una habitación disponible que pueden ocupar con total libertad; dijo uno de los hombres. -Lo que es yo, me voy a dormir.

-Buenas noches y gracias de nuevo; respondió Esteban.

-No hay por qué; agregó el otro hombre. -Que descansen.

La lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y el viento sacudía el techo; sin embargo, la tormenta permanecía afuera y el interior de la cabaña se mantenía seco y temperado.

Diana y Esteban durmieron plácidamente todo el resto de la noche. Al amanecer, la tormenta aún  no cesaba y poco a poco la mujer fue abriendo sus ojos; para su sorpresa notó que no lograba moverse. Sus muñecas y tobillos se hallaban fuertemente atados a las esquinas de la cama.

-¿Esteban qué ocurre?; preguntó ella, entre sorprendida y asustada.

-¿Esteban?; insistió Diana ante el silencio de su marido.

Poco rato después, él despertó y se dio cuenta de que se encontraba inmovilizado con correas de cuero sobre la única mesa que había en la cabaña.

Los dos hombres vistiendo túnicas rojas se acercaron a él y lo miraron con desprecio.

-¿Qué creen que están haciendo malditos locos?; preguntó furioso.              -¿Dónde está mi esposa?, ¿qué han hecho con ella?

-A ella la espera un destino grandioso; contestó uno de los hombres.

-Y tú la ayudarás a alcanzarlo; agregó el otro, acercando un gran cuchillo al cuello de Esteban.

-¡No! Deténganse;  gritó él, mientras la hoja de acero abría su garganta y la sangre inundaba su boca.

-¡Esteban! ¿Qué pasa?; preguntó Diana  a gritos.

La sangre de Esteban caía de su cuello y era recibida por uno de los hombres en un cuenco de greda.

-Aquí está tu marido; dijo el hombre, vaciando parte de la sangre sobre la cara de Diana.

-¡No!; gritó ella llena de terror.

Entre ambos hombres esparcieron la sangre de Esteban por todo el cuerpo de Diana, dejando su piel totalmente cubierta y roja.

El fuego en la chimenea se agitó y cobró más fuerza. Como dando un salto las llamas se desprendieron de los maderos ardientes y se posaron sobre la cama donde yacía Diana.

Con horror la mujer sintió como las flamas la envolvían, pero sin embargo no la quemaban. Un intenso, pero a la vez placentero calor la recorría entera y llenaba su cuerpo, haciéndola retorcerse sin que ella pudiese evitarlo. De pronto sintió su cuerpo curvarse y temblar entero, para finalmente perder la consciencia.

Los rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana de la cabaña. Diana abrió los ojos con una plácida sonrisa en sus labios y estiró sus brazos como despertando de un agradable y reparador sueño.

-¿Cómo está la orgullosa y hermosa futura madre?; preguntó uno de los hombres, cuando ella se sentó a la mesa a desayunar.

-Hambrienta; contestó Diana, mientras se saboreaba ante un suculento plato de carne cruda y acariciaba su vientre que lucía seis meses de embarazo.

 

 

Sombras 5 diciembre 2017

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Sombras

A Raquel le costaba precisar en su mente cuanto tiempo había pasado desde la llegada de las sombras, lo vivido en los últimos días, la constante tensión y el permanente miedo, le daban la sensación de que habían transcurrido varios meses o tal vez solo algunos días. En alguna parte había leído que la pérdida de la noción del tiempo era un síntoma común en situaciones de gran estrés, por períodos muy prolongados; y ver desaparecer ante sus ojos a decenas de personas, arrastradas por las sombras, era definitivamente una situación altamente estresante.

Hasta el momento ella había corrido con suerte, no así sus vecinos, amigos y familiares. Por alguna razón que no comprendía podía percibir cuando las sombras estaban por aparecer; tal vez una pequeña variación en la presión atmosférica o un leve cambio de temperatura, ella no lo sabía, pero al menos su subconsciente lo detectaba y eso le bastaba. Era un instinto de supervivencia que los demás no tenían y que le había permitido escapar hasta el momento.

Frente a un edificio cuya entrada principal estaba ampliamente iluminada por grandes focos, se sentó a descansar un momento. La claridad le hizo sentir una sensación de calma que hacía tiempo que había olvidado. Ese pequeño oasis de luz le permitió respirar con calma por un instante, mientras sus ojos se comenzaban a cerrar; el cansancio y el sueño reclamaban su cuerpo que tarde o temprano debería relajarse.

Raquel se resistió a dormirse y abrió grande los ojos para que el aire fresco de la noche pudiera despertarla. Todo estaba bien, dentro de lo posible en las actuales condiciones; la claridad llegaba a unos treinta metros de donde ella descansaba, dándole un cierto margen de seguridad.

Sus pupilas se dilataron de golpe y los pelos de todo el cuerpo se le erizaron, cuando su instinto se puso en alerta. Aunque no veía nada, rápidamente se puso de pie; aguzando la vista pudo verla aparecer en medio de la oscuridad. La sombra era como una emanación de las tinieblas que comenzaban donde terminaba el claro que la cobijaba. Hasta el momento no lo había pensado, pero le encontró cierta similitud a las proyecciones de las amebas que en el colegio vio en la clase de biología, en su época de estudiante; también le pareció similar a las burbujas que comienzan a formarse ante una brisa en las láminas de agua con jabón, con las que le encantaba jugar cuando niña.

La sombra, con la difusa apariencia de una persona, carente de todo rasgo y sin bordes definidos, se acercaba lentamente hacia ella; sin ninguna prisa, como una nube oscura que parecía un fantasma de humo, sin un cuerpo sólido.

Con el corazón latiendo en su garganta, Raquel trató de abrir la puerta del edificio, pero ésta estaba cerrada con llave; desesperada buscó otra forma de entrar y poder ocultarse. Tras tantear un par de ventanas, también cerradas para su pesar, la última cedió bajo la presión de sus manos; lo más rápido que pudo ella se encaramó en el borde y logró introducirse justo cuando sentía que la sombra estaba por sujetarla de los pies. Casi cayendo de cabeza al piso, la atormentada y aterrorizada Raquel se escapó y cerrando apresuradamente la ventana se alejó corriendo por el vestíbulo del brillante edificio, todo lleno de vidrios que poco o nada la ocultaban de las sombras que se escondían en la noche afuera.

Atravesando una puerta, con la respiración entrecortada se encontró  en un largo pasillo; sin dejar de correr llegó hasta la pared del fondo, donde comenzaba  otro corredor; como nadie la seguía, Raquel se sentó un momento para recuperar el aire y esperar a que los muslos dejaran de dolerle, por el esfuerzo de la carrera con que huyó de la sombra.

En eso estaba cuando a sus oídos llegó un sonido extraño, tardó un rato en identificarlo pero estaba segura; se trataba del llanto de una niña. Con dudas al principio, porque hace tiempo que no veía ni escuchaba a nadie más; segura luego, Raquel se puso de pie y comenzó a buscar en silencio a la otra sobreviviente.

Siguiendo el suave lloriqueo, que más parecía un gemido, sus pasos la llevaron hasta una puerta cerrada. Con mano temblorosa tomó el pomo de la cerradura y lentamente lo giró. El llanto cesó inmediatamente, pero claramente pudo oír una respiración agitada en la habitación.  Rápidamente pulsó el interruptor junto a la puerta y una blanca luz inundó todo, alejando la oscuridad en la que podían ocultarse las sombras.

La sala era una gran oficina llena de cubículos de trabajo; caminando despacio llegó hasta el que estaba justo en el centro. Acurrucada como un animalito asustado una niña de unos siete años miraba con los ojos llenos de lágrimas a Raquel, que con una sonrisa le tendía una mano. Temblorosa la niña tomó a la mujer y dejó que la sacara despacio de la precaria seguridad de su escondite.

-Hola pequeña; saludó Raquel a la niña. -¿Llevas mucho rato ahí?

La niña sin decir nada se encogió de hombros y negó con la cabeza, mientras secaba con sus manitos las lágrimas de sus ojos.

-¿Estás con alguien más?; quiso saber Raquel.

-No, todos se han ido; contestó la niña.

-Yo también estoy sola; respondió Raquel. -¿Me puedo quedar a tu lado?

-Sí; respondió la pequeña, con un brillo en la mirada que podría interpretarse como una fugaz sonrisa.

-¿Has visto a alguien más?; preguntó Raquel.

-No, parece que ya no hay nadie más; contestó la niña.

-Bueno, ya nos arreglaremos; contestó Raquel tomándola de la mano y caminando despacio por el corredor.

En la mitad del pasillo había una máquina dispensadora de alimentos.

-¿Tienes hambre?; preguntó Raquel a la pequeñita, buscando algunas monedas en los bolsillos de su pantalón.

La niña solo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

Raquel sacó dos paquetes de galletas de la máquina, pasándole uno a la pequeña. Cuando terminó de abrir el suyo, con horror vio como una sombra envolvía un brazo de la niña y en medio de sus llantos la arrastraba alejándola de ella, para terminar desapareciendo dentro de una nube oscura que se había formado en una pared.

Sin nada que poder hacer para ayudar a la infortunada niña, Raquel corrió lo más rápido que pudo por el pasillo. Sus ojos se posaron sobre una puerta de emergencia al fondo del pasillo; sin dejar de correr empujó la barra de escape y la puerta cedió bajo su peso. Si no hubiese alcanzado a sujetarse del pasamanos, de seguro habría caído rodando escalera abajo. Una súbita idea cruzó por su cabeza.

Haciendo el mayor ruido posible al caminar, bajó corriendo los peldaños. Descolgó un extintor de incendios de una de las paredes y lo hizo rodar hacia abajo. Hecha un ovillo se ocultó en un hueco bajo la escalera y aguardó en silencio un momento; como nada ocurría, caminó lo más suavemente que pudo hacia los pisos superiores. Después de subir varios niveles supuso que las sombras confundidas habrían ido tras un falso rastro, lo que le daría una oportunidad de poder ocultarse mejor.

Despacio abrió la puerta de emergencia y asomó primero la cabeza para ver si era seguro salir. No se veía nada malo cerca, así es que con paso dubitativo al principio salió al pasillo, iluminado por una fría luz blanca proveniente del techo.

Grandes ventanas permitían ver las calles de la ciudad, carentes de la habitual actividad y bullicio reinantes antes de la llegada de las sombras. Los vehículos detenidos en forma desordenada, algunos estrellados, las veredas sin peatones. Raquel tomó consciencia de la situación y del estado de abandono en el que encontraba; hasta ahora no había estado plenamente consciente de que a lo mejor ella era la única persona en la ciudad, fuera de las sombras. ¿Pero qué eran?, ¿por qué habían llegado?, ¿qué querían?, ¿por qué se los estaban llevando a todos? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Raquel no sabía cuánto tiempo más podría escapar de ellas; solo el miedo a lo que se ocultaba a sus sentidos le daba fuerzas para seguir corriendo.

Su pulso se aceleró de golpe; ya venían, se habían percatado del engaño y nuevamente estaban tras ella. Correr era lo único que podía hacer; era imprescindible que se alejara de ese lugar. Desde el fondo del pasillo, de en medio de una creciente penumbra emergió la sombra, que lentamente se aproximaba a ella. Con insistencia pulsó varias veces los botones de uno de los ascensores; la puerta se abrió justo a tiempo cuando la sombra estaba por alcanzarla.

Rápidamente los números en la pantalla luminosa del ascensor iban retrocediendo, hasta que éste se detuvo en la planta baja. Nuevamente Raquel se encontró en medio del vestíbulo, separada de la noche solo por los delgados vidrios de las paredes. Más allá ella sabía que se ocultaban las sombras y que por el momento, en medio de la luz estaría a salvo.

La sensación de seguridad se esfumó tan rápido como había llegado. Una sombra se materializó en el aire y comenzó a acercarse a ella; Raquel intentó correr, pero saliendo de una pared otra le cortó el paso; trató de escapar en otra dirección, pero otra sombra surgió de la nada. De todos lados las sombras salían y la rodeaban.

Una fría niebla la afirmó de un brazo, luego otra y otra y otra más. Varias frías, difusas y viscosas sombras sujetaban a Raquel, arrastrándola hacia abajo en medio de sus gritos y forcejeos tratando de librarse, con su corazón latiendo peligrosamente rápido.

-¡Sujétenla!; gritó una voz. -Debo inyectarla antes de que sufra un ataque al corazón.

-Pónganle una mascarilla con oxígeno puro; dijo otra voz.

Varias sombras rodeaban a Raquel antes de que sus ojos se cerraran después varios días de incesante vigilia.

-¿Me escucha doctora?; preguntó un hombre canoso dentro de un traje de aislamiento de máximo nivel.

-Las sombras me atraparon; contestó Raquel. -¿Qué pasó?

-Nunca ha existido ninguna sombra, Raquel. Lo último que vio fue un equipo médico de emergencia que la rescató justo a tiempo; explicó el hombre. -¿Recuerda qué ocurrió?

-Algo; respondió ella. -Hubo una alerta de ataque químico; se nos envió a evacuar a la población civil; comenzó a recordar.

-Efectivamente; afirmó el médico. -Fue un ataque con gas del miedo; bastante eficiente por lo que usted pudo comprobar cuando se le rompió el traje aislante.

-¿Cuánto tiempo pasó?; preguntó Raquel.

-Desde que quedó expuesta, hasta que logramos atraparla, cinco horas; explicó el doctor. -Y vaya que nos hizo correr.

-¿Solo cinco horas?; preguntó ella. -Creí que habían sido varios días escapando de esas sombras.

-¿Sombras?; preguntó el hombre.

-Sí, me perseguían sombras parecidas a siluetas difusas de personas, como fantasmas; explicó Raquel.

-Supongo que se refiere a nuestro equipo de rescate; opinó el doctor.          -Afortunadamente hemos podido contener y evacuar a tiempo a la población. Sin embargo, algunos no lo han resistido y sus corazones han fallado.

-¿Existe algún antídoto?; preguntó ella.

-Solo un sedante fuerte. Lamentablemente no hemos podido neutralizar el agente y la ciudad será evacuada; explicó el médico. -Por el momento usted no se preocupe y agradezca que la encontramos a tiempo.

-Descanse y permanezca en cama hasta que su cuerpo se haya limpiado de la toxina. Es una orden doctora; recalcó el doctor, indicando su insignia de oficial de ejército.

-Estoy muy cansada y solo deseo dormir; respondió Raquel llevándose el borde de su mano derecha a la sien y tendiéndose suavemente en su cama.

Las sombras ya se habían ido y no la atormentaban. Tras correr sin cesar hasta el límite de sus fuerzas, Raquel al fin pudo relajarse y cerrar sus ojos.