Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 1 12 junio 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 16:44

El Despertar

Oscuridad. Allí donde miro sólo veo oscuridad. Como si un inmenso y tupido manto lo cubriera todo. Envuelto en él, a tientas, intento desplazarme, adherirme a algo, lo que sea, que me aporte sensación de estabilidad. No siento el suelo bajo mis pies, pataleo en vano, consumo tiempo y energía sin obtener nada a cambio. No sé dónde me encuentro e ignoro cómo he llegado aquí. Floto a la deriva en un espacio vacío, huérfano de luz, enemigo del calor. Limitado por una resistencia parecida a la que ejerce el agua al ser atravesada por un cuerpo, sin embargo, al margen del malestar que experimento, respiro, luego… no estoy sumergido aunque pudiese jurar que así fuera.

Suspendido en el vacío, oigo susurros plagados de palabras que inducen al sosiego. Siento la imperiosa necesidad de dejarme seducir por ellas, y a pesar, de no poder evitar sentirme como un insecto atrapado en un jugo dulzón, bajo cuya superficie inocua, se prevé un fondo oscuro de naturaleza cruel, mi tenaz instinto de supervivencia me hace prevalecer.

Los susurros se tornan voces y con inquietante amabilidad, me invitan a cerrar los ojos y sumergirme en el olvido. No obstante, el atractivo inducido en dicha sugerencia no consigue persuadirme, por lo que, las susodichas, receptivas a mí firmeza, optan por sincronizarse y aumentar el tono.

Mi corazón se acelera. Siento sus latidos golpear con fuerza contra mi pecho. Me cuesta respirar. ¡Necesito salir de aquí! Con los ojos desorbitados, escudriño en el vacío, y aún siendo consciente de la futilidad de mis intentos, reanudo mi pataleta, dando zarpazos al vacío hasta perder la noción del tiempo.

A punto de desfallecer, este desesperado empeño por alcanzar la libertad, se ve milagrosamente recompensado por mi, olvidado, sentido del tacto; el cual, asentado en la yema de mis dedos, me transmite la certeza de haber rozado algo. Gracias a esa nimiedad, se reaviva en mí la chispa de la esperanza.

Procurando mantener la calma, cambio de estrategia. Abandono las pataletas y me aventuro a desplazarme. No resulta fácil. Me muevo con lentitud aunque no sea esa mi intención. Es como ir contra corriente en el sentido más estricto y literal de la expresión.
La ausencia de luz y el entorno insólito, entorpecen notablemente la incursión, sin embargo, no ceso de dar interminables brazadas hasta colisionar, en un momento dado, con una inesperada barrera. Con ciertas reservas, extiendo el brazo arriesgándome a tocarla. Palpo con timidez su superficie. Al tacto, se muestra blanda, rugosa y calida. Intuyo que es de materia orgánica aunque dicha sospecha sea perturbadora.

Curiosamente, las voces, cambian de actitud, acorde con los acontecimientos suben una octava y se tornan imperativas. Por mi parte, ajeno a sus apremios, medito unos segundos antes de continuar. Concluyendo, en deslizarme paralelamente a la citada barrera, alentado por el anhelo de hallar alguna grieta o fisura que me proporcione la libertad.

Sumido en este periplo tenebroso, buceo cauteloso procurando eludir la densidad de esta sustancia, la cual, parece aumentar por segundos. No es que el líquido, o lo que sea, que me rodea, se esté condensando, simplemente, me fallan las fuerzas.

Cuesta horrores mantener el ritmo. Transcurrido un tiempo me percato de que la barrera parece no tener fin. Quizá esté dando vueltas en círculo. ¿Pero cómo saberlo con certeza?

Las voces vuelven a cambiar, se tornan gritos, estos, se pisan unos a otros, en un galimatías frenético y ensordecedor, que pasa del acoso verbal a la intimidación en cuestión de segundos. Siento la imperiosa necesidad de taparme los oídos, pero no sirve de nada, es como si estos brotaran de lo más recóndito de mi cerebro. ¿Por qué reaccionan así? ¿Tal vez esté cerca de la salida? Lamentablemente, mis cavilaciones se ven interrumpidas, sin previo aviso, por un dolor agudo en el pecho, que me paraliza y me hace perder la conciencia. Experimento una intensa sensación de descenso, y en el proceso, la algarabía de gritos, que acribillaban mis tímpanos, disminuyen el volumen, dando paso al silencio más absoluto. Fundido con la nada, el dolor desaparece, la respiración se detiene y la luz de mis ojos se apaga clavando el vacío de sus pupilas en el infinito. El silencio y la ausencia de sensaciones parecen ralentizar el tiempo, exhibiendo mi cuerpo inerte, despojado de su chispa vital, flotando, esperpéntico, a la deriva, en algún punto indeterminado de esta oscuridad.

Del silencio surge una voz nueva. Su vibración, suave y dulce reconforta:

– Tranquilo. Todo va a salir bien. – Con el eco de esas palabras vuelvo en mí. Todo parece transcurrir con extrema lentitud, como si fuera a cámara lenta. Abro los ojos al tiempo que voy recuperando la conciencia. – Oscuridad, sólo veo oscuridad…

De súbito, todo se acelera frenéticamente, bombardeándome con imágenes de una crudeza repulsiva, producto de mi pasado más inmediato. Colocándome, irónicamente, justo en el mismo lugar en el que me hallaba antes de desvanecerme. Con la excepción, de que ahora, las escurridizas barreras se ciernen sobre mí.

No sé cómo, al perder la conciencia, el oscuro lugar en el que flotaba, menguó hasta retenerme en una especie de burbuja con tendencia a seguir disminuyendo, a pasos agigantados, el escaso espacio que queda a mí alrededor.

El pánico se apodera de mi, sin perder tiempo, apoyo brazos y piernas en sus paredes, con la previsible e ingenua intención de detenerlas. Mis miembros se hunden en su superficie como si fuera de goma. Esta elasticidad inesperada me sobrecoge, se diría, que, la omnipresente membrana que me envuelve, acelera su contracción acorde con la intensidad de mis estímulos.

No consigo mantenerme erguido. Intento ganar tiempo, flexionando las piernas y clavando las rodillas por un lado mientras hago presión con las manos y los codos por otro, pero sólo consigo acabar de rodillas con la cabeza gacha sin que la esfera deje de disminuir.
Tras incontables intentos fallidos, termino en posición fetal, completamente aprisionado en un envoltorio que no me permite mover ni un dedo, y aun así, sigue oprimiéndome sin piedad. Quiero gritar, pero el pánico y la escasez de espacio me lo impiden. Esa sustancia elástica y carnosa está tan pegada a mí que se diría que somos una misma cosa.
Como una desmedida anaconda, relamiéndose ante su festín, ciñe el envoltorio hasta no poder más. Los codos se me clavan en las costillas haciéndolas crujir. La caja torácica se resiente y los pulmones pierden espacio para dilatarse. La presión ejercida por este organismo alcanza límites insospechados. – Ha de haber un modo de salir de aquí. – Los huesos comienzan a sonar, uno tras otro, armonizando este espectáculo macabro. Demasiado agotado y aturdido para poder reaccionar. Un predecible sonido seco en mi nuca anuncia el golpe de gracia y finaliza el sufrimiento. Se repite el estado de paz interior. Vuelvo a caer en el pozo sin fondo y en dicho descenso imploro…: – ¡Déjenme morir!
Milagrosamente, después de haberlo deseado hasta la saciedad y haber perdido toda esperanza, diviso una luz distante, minúscula, parecida a una estrella. Esta, a pesar de la lejanía, hace uso de una poderosa atracción gravitatoria, atrapándome y atrayéndome hacia ella.
Dicha situación acelera mi caída libre, ganando velocidad progresivamente a medida que el vacío que me separa de ese faro en mitad de la nada disminuye, dejando tras de mí, una estela de vida sin vivir que se desintegra a modo de cola de cometa solitario predestinado a colisionar irremediablemente con el destino que le impone su trayectoria.

La citada luz minúscula crece y crece a medida que me acerco a ella. Pasa de ser un punto en la distancia a convertirse en un sol descomunal que casi lo cubre todo. Su luz intensa, cegadora por momentos, emite ondas calidas. Grata brisa que reconforta a este cuerpo erosionado por las inclemencias del frío de las tinieblas.
Atrás, casi difuminado por el espacio, se adivina un punto oscuro y diminuto del que nada quiero saber. Ante mi nace un nuevo horizonte, en el cual se materializa un agujero demencial del que emana una luz tan poderosa que atraviesa la membrana de mis parpados, obligándome a apartar la cara.
Llegado a este punto, poco o nada puedo decir, los acontecimientos se desarrollan a demasiada velocidad, no hay tiempo para pensar o sentir nada. Ese inmenso remolino de luz incandescente que se halla ante mi, se abre como una gigantesca boca que absorbe todo lo que se encuentra a su paso engulléndome con la mayor de las simplezas.

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Y La Luz Se Hizo 24 febrero 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 0:44

Brotó del diáfano, limpio y blanco suelo de la imaginación. Tomo conciencia de sí misma al minuto de haber nacido. Se deleitó con el vacío que la rodeaba y sintió deseos de llenarlo. Abrió su boca y de ella surgió una bella, envolvente y delicada canción. Sorprendida, se dijo en voz alta: – ¡Sé crear canciones! 

Tan pronto terminó de hablar, brotó a su alrededor un grupo de entidades similares a ella. Aprisionándola dentro de un coro en forma de círculo perfecto e infranqueable. Y antes de que pudiera asimilar los acontecimientos, las criaturas que la rodeaban, tomaron conciencia de sí mismas, exclamando al unísono: – ¡Nosotras también! 

Del mismo modo, antes de que las entidades del coro en forma de círculo perfecto hubiesen terminado de hablar; brotaron tras ellas, otras entidades, en mayor número, aprisionándolas dentro de otro coro en forma de círculo perfecto e infranqueable. E igualmente, antes de que pudieran asimilar los acontecimientos, las criaturas que las rodeaban, tomando conciencia de sí mismas, exclamaron al unísono: – ¡Nosotras también! 

Así, uno tras otro, fueron brotando grupos de entidades en este páramo diáfano, limpio y blanco de la imaginación. Doblando su número cada nueva generación, aprisionando al grupo anterior dentro de un coro en forma de círculo perfecto e infranqueable, y entonando al unísono la reiterada exclamación “¡Nosotras también!” una vez adquirían conciencia de sí mismas. Extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Como si el eco de la exclamación de la primera entidad, aportara, de algún modo, los nutrientes requeridos para hacer brotar al grupo posterior. 

Incontables veces rodeada por esa multitud inmersa en un ciclo de expansión constante, sintió debilidad, aturdimiento, miedo. Vulnerable, se vio pequeña, diminuta, insignificante ante esa aglomeración apabullante. Se arrugo, se encogió y se desplomó indefensa a los pies de esta. Encerrada en sí misma, lloró avergonzada por su atrevimiento. – ¡Esto me pasa por creer que había hecho algo único, algo especial! – y sin más, se lanzó en picado al oscuro pozo del olvido. 

Pero cuando todo parecía perdido, se percató de una presencia luminosa que se abría camino entre sus raptores en dirección a ella. Una vez esta atravesó la última barrera, se animó tímidamente a alzar la vista para verla, pero la luz que proyectaba era tan cegadora que tuvo que apartarla. La presencia luminosa se aproximó a ella, se inclinó, cogió su mano y acercando los labios a su oído, susurro con una voz celestial: – Sí, ellas también crean canciones. Pero nunca serán como las tuyas. Las de ellas, son fruto de una extraña admiración por tu ingenio. Una peligrosa devoción, en la que se intuye una suplantación inconfesada de tu persona. Copias mediocres incapaces de definir un estilo propio, y sin embargo, seguidoras incondicionales de tu doctrina.  Porque tú creas tendencia, y ellas se nutren de ella. No lo dudes. Eres un ser único, excepcional, y en consecuencia, todo lo que proviene de ti también lo es. Ahora levanta. Es hora de brillar. 

Embriagada por la emoción, se puso en píe reconfortada. Miró a su alrededor, deteniéndose a observar cada uno de los rostros de las entidades que la rodeaban, hasta llegar, finalmente, al rostro de la presencia luminosa, que no dejaba de observarla. Gratamente sorprendida, al comprobar que su luz ya no la cegaba, le regaló una hermosa sonrisa y la presencia luminosa le obsequio con una igual. Acto seguido, se puso a danzar de alegría, entonando su canción con toda la fuerza de su corazón, sin percatarse, de que entre más se entregaba a su obra, más luz irradiaba su ser. 

En un momento dado, su luz, eclipso el destello de la presencia luminosa que la había rescatado del oscuro pozo del olvido. Marcándose un antes y un después, entre lo  que era y lo que fue. Dejándose arrastrar por un poderoso aumento de su autoestima, sitio consolidarse la seguridad en sí misma, y  en consecuencia, aumentar la intensidad de su destello. Llegando a un punto en el que era imposible mirarla sin ser abrazado por su calor. Las entidades que la rodeaban, cegadas, se protegían usando sus brazos como escudo y apartando el rostro con los ojos fuertemente cerrados. Tal fue el nivel de energía alcanzado, que no pudo contenerlo en sí misma. Por lo cual, viéndose desbordada, se detuvo en seco y guardo silencio. Generando con este simple acto, una detonación descomunal de pura incandescencia, que vapuleo el delgado plano de esa curiosa y nítida realidad, y dio lugar a una poderosa bocanada de aire caliente; cuya onda expansiva arrasó con las entidades opresoras. Impactando de lleno contra las primeras filas de las mismas. Haciéndolas salir despedidas hacia atrás, proyectadas como misiles contra las que tenían a sus espaldas. Creando un inmenso y pirotécnico efecto domino, que se extendió hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Como una flor colosal abriéndose esplendorosa y cegadora al firmamento. 

Del mismo modo que brotaron del diáfano, limpio y blanco suelo de la imaginación, las entidades opresoras, fueron absorbidas sin dejar rastro. El silencio, dueño y señor de ese lugar, retorno de su momentáneo destierro  volviendo a reinar con su poderosa presencia. 

Sólo dos figuras se alzaban en el lugar. Una junto a la otra, a cual más luminosa, se fundían en un intenso y afectuoso abrazo. Seguidamente, cogidas de la mano, se dispusieron a marchar, pero antes, la protagonista de nuestra historia se detuvo, y con gesto infantil, frunciendo el ceño con la cara ladeada, preguntó a la entidad que la acompañaba: – ¿Qué acaba de pasar aquí? – y esta le respondió con suma tranquilidad: – Nada, solo ha nacido una estrella. 

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El Paladín Que No Llegó

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 0:27

Sé que soy un amasijo de defectos, pero si por unos segundos pudieras ver, en su justa medida, lo que siento por ti, me verías de otro modo. 

Sé, que no cubro tus expectativas. Que mi incapacidad para intuir esos pequeños detalles que tanto anhelas rompe todos tus esquemas. Pero, si pudieras abrir las puertas de mi mente y acceder a su mundo interior, comprenderías lo mucho que significas para mí, y te sentirías enajenada por mi amor. 

Sé que no es fácil creer lo que te digo. Que las palabras son solo eso, palabras. Pero si fueras capas de entender, que en mi caso, las palabras son un reflejo palpable de las emociones que residen en mí; quizá, solo entonces, comprenderías lo que representas para mí. 

Aun así, sé que siempre va a haber algo que nos separe. Algo que nos prive de nuestra mutua atención. La vida es compleja y sus constantes bombardeos de acontecimientos imprevistos, distraen y distancian más de lo estrictamente expuesto en el guion. 

Creerme cuando te digo, que no puedo hacer nada al respecto. Que no tengo poder para detener la vida en un instante, aunque sueñe con hacerlo. Pues, que bello sería regalarte un te quiero sincero, sin el ensordecedor ruido de fondo del extraño universo que ha modelado nuestra sociedad moderna. Sin nada que lo enturbie. Sin mayor resonancia que el eco de mi voz arropada por el silencio de un mundo que se nos antoja lejano. Ajeno a la tempestad que nos azota día tras día sin descanso. 

Que más podría añadir, salvo que soy, simple y llanamente, lo que ves. Un amasijo de defectos que se esfuerza en no ser la sombra del paladín que siempre esperaste, pero que nunca llego. 

Más, déjame aclararte, sin abrigar mala intención, que es probable, que el citado paladín se haya perdido en el camino de tu búsqueda. Que no poseyera ni la fuerza, ni el empuje, requeridos para subsistir en el mudo en el que habitamos tú y yo, lejos del atractivo y tentador reino de los sueños. Y añadiría para acabar, que cabe la posibilidad, de que yo, sea el individuo facultado para acometer dicha empresa. No, no aprovecho para echarme flores, pues, no sabría decirte, a ciencia cierta, si es real lo que te digo. Sin embargo, si que puedo asegurar, sin miedo a equivocarme; que yo siempre he estado aquí, a tu lado, y él, el eterno ausente, a día de hoy, simplemente, no se ha manifestado.

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La Roca 29 noviembre 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 17:38

Esta es la historia de un vinicultor que vivía al pie de un volcán. Sus tierras tenían la particularidad de nacer en la base del mismo y extenderse algunas hectáreas en ascensión al cráter. Justo en la mitad de las susodichas había una enorme roca de piedra caliza que se elevaba como un gigantesco menhir, marcando la línea divisoria que delimitaba las tierras cultivadas de las que aún no lo estaban. Y es que, el vinicultor, no estaba dispuesto a ceder ante la citada roca. Soñaba con dejar sus tierras diáfanas antes de terminar de cubrirlas de vides, pero el obstáculo anteriormente expuesto enturbiaba sus aspiraciones, por lo que le había declarado la guerra encarecidamente. 


Todas las madrugadas, antes de salir el sol, dedicaba una buena parte de su tiempo a picotear la base de la roca, con la esperanza de que ese tronco pétreo cediera en cualquier momento y cayera vencido al suelo. Cuanto deseaba que llegase ese día. El día del fin del adversario. El día en el que sus tierras no se vieran mutiladas por ese miembro hostil para el cultivo.

Su esposa, una mujer humilde y trabajadora, llena de supersticiones, pensaba que la roca era propiedad de los duendes del fuego (unos personajes surgidos de las leyendas populares del lugar) y que su marido, con esa actitud, los estaba ofendiendo, por lo que el día menos pensado se vengarían por su osadía. 


Así transcurrían sus días. Él plantando cara a golpes de pico a su odiada roca y ella pidiéndole que dejase las cosas como estaban, que si los duendes la habían puesto ahí, seria por algo. Enzarzados en posturas irreconciliables convencidos de estar en posesión de la verdad, se distanciaban absurdamente uno del otro, inmersos en sus rutinas cotidianas.


Un buendía el volcán se levantó gruñón. Puestos a discutir él tenía todas las de ganar. El vinicultor, a pesar de oír el tronar de sus rugidos no se amedrentó, se apoyó el pico en el hombro (tal cual soldado de plomo) y partió de madrugada, desfilando rumbo a su obsesión. Haciendo oídos sordos a las suplicas de su mujer, que estaba convencida de que su marido había provocado la ira de los duendes del fuego.


El sonido del pico contra la roca apenas era audible debido a los crujidos del volcán. No obstante, indiferente a los acontecimientos, nuestro tozudo protagonista no cedió ni un ápice en su fijación y continuó picando con las miras puestas en las hectáreas que iba a recuperar.


De súbito, la tierra tembló con una violencia tal, que el inmenso menhir se doblego como una brizna al viento, cayendo, a plomo, sobre el vinicultor, sepultándolo por completo. Cuando el seísmo cesó nadie podría haber dicho que alguien había estado ahí.


Las horas transcurrieron y el volcán se calmó. Un silencio repentino pareció apoderarse de todo durante unos minutos; hasta ser roto por el canto de unos pájaros y el susurro de la brisa. Haciendo retornar a la sosegada atmosfera que acostumbra reinar en estos parajes.


Llegada la tarde, la mujer del vinicultor, viendo que no volvía, se aventuró a ir en su busca.


Al llegar a la zona de la roca se sobresaltó al verla derribada. Miró en todas las direcciones buscando a su marido pero no lo hallo. Guardó silencio un tiempo, hasta que una expresión de horror se dibujó en su cara, y con la misma, salió corriendo. Huyendo del lugar como alma que lleva el diablo.


Un mes más tarde, volvió al lugar acompañada por dos hombres. Se detuvieron delante de la roca abatida y ella les comento algo en voz baja señalando un costado de la misma.


Los hombres, que venían con unos fardos, sacaron de ellos sendos escoplo y martillo, y acto seguido, esculpieron en la piedra, acorde con los ecos de sus golpes en la distancia, el siguiente escrito:


“AQUÍ FUE ABDUCIDO POR LOS DUENDES DEL FUEGO EL HOSTINADO DE MI MARIDO.

EL DÍA QUE SEA LIBERADO, ESPERO QUE LEA ESTO, Y ENTIENDA,

QUE YO TENIA RAZÓN Y EL NO” 


 

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Una Luz Tenue 8 octubre 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 17:21

Una luz tenue, a un paso de la extinción, se desplaza en la noche. Podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera. Se desplaza sin rumbo, oprimida por un eterno nudo en el pecho, presa de la incertidumbre, interrogante ineludible de aquellos que han perdido el control de su destino; lamentándose, de que, en este corto espacio de tiempo que llamamos vida, nada tiene sentido.


¿De qué sirve ser luz en la oscuridad si se desconoce el camino a seguir? Nutriéndose de un sin fin de frases hechas, cargadas de optimismo y buenas intenciones (que a fin de cuentas, no son más que máscaras de diversos colores para lucir según la ocasión, a razón de cómo se presente la mañana) anhela desde lo más recóndito de su ser, huir de este reino. Parasito insaciable que se nutre de su ser, debilitándola, hasta casi hacerla desaparecer. Ojalá pudiera dar un inmenso abrazo al espíritu de la felicidad, para así, brillar con la incandescencia que tanto la caracteriza.


No lo admite abiertamente, pero necesita encontrarla a toda costa. Aun sabiendo, que para hallarla, tendría que hacer borrón y cuenta nueva. Tendría que romper con todas las decisiones que la han catapultado a la prisión emocional en la que se encuentra. Pero… ¿Cómo hacer semejante cambio sin ocasionar daños colaterales?… ¿Qué culpa tienen los demás de las decisiones que ella, voluntariamente, ha tomado?…


Toda su vida ha procurado actuar con corrección. Es una entidad de principios y no puede hacer oídos sordos al reclamo de estos. Desearía, ser lo suficientemente egoísta como para cerrar el quiosco, echarse el petate al hombro y marcharse sin pensar en las consecuencias. Pero claro, si hiciera eso, ya no seria ella, seria otra cosa, y a esta luz, que baga solitaria en la noche, le gusta saber quien es. No podría mirarse al espejo y no reconocer su reflejo. En consecuencia, cuando llueven los gritos, cuando le persiguen las acusaciones, los reproches y las amenazas. Cuando nada de lo que hace es suficiente… Desconecta. Se transporta a otro lugar. Un lugar modelado a su antojo. Un refugio donde tiene la capacidad de cambiarlo todo sólo con un pensamiento. Un universo al que sólo puede acceder su forma etérea. Y en ese refugio insonorizado, aislado del mundo, se reescribe. Se reescribe por reescribirse. Sin pretensión alguna. Sin ambición. Sin doble intención. Sólo se reescribe. Porque al reescribirse se siente mejor. Porque es una buena terapia. Le ayuda a engañarse ha sí misma. Le da sentido a lo que no lo tiene. Es la inercia que tira de ella. Arrastrándola a seguir adelante sin cuestionarse los pormenores de su eterno desencanto.


Hay días, en los que, al reescribirse, se ve con fuerzas para encarase con el portal del destino, pararse ante él, y con la determinación que ha sido capaz de reunir, incitarse a cruzarlo. No obstante, duda… ¿Sería capaz de marchar sin haber abrazado a la felicidad?… ¿Sería capaz de marchar y dejar atrás sus responsabilidades?… Así pues, cerrando sus ojos inundados de lagrimas, se da la vuelta, dispuesta a retirarse a su prisión. Pero antes de retornar, vuelve la vista atrás, y durante unos segundos, observa el portal. Pues sabe, que en él, en alguna parte, hay otra entidad luminosa en las mismas condiciones que ella, un alma gemela que la necesita tanto como la necesita ella. Y susurrando, ruega, que esa entidad sea lo suficientemente fuerte como para romper sus cadenas y venir a rescatarla de las suyas.


Suspira y se aleja despacio de las prometedoras expectativas que le sugiere el portal. Reubicándose en su periplo rutinario y carente de estimulo, sin rumbo definido en las oscuras vías de la extinción. Cumpliendo con lo que se espera de ella, en la medida, en que se ve capaz de cumplir, y aferrada a la esperanza de que una entidad semejante la aleje de ese lugar.


Curiosamente, mientras todo esto sucede, al otro lado del portal del destino, una entidad llamada, Felicidad, espera paciente, con los brazos abiertos, a que la luz tenue, que podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera, se decida a cruzar la delgada línea que las separa.

yrunay

 

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Marco Santana 13 septiembre 2011

Filed under: Amigos autores,Página de autor — marcoasantanas @ 18:47
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Marco Santana


Autor de relatos, cantautor y diseñador gráfico, descubriréis el refugio de este soñador en su blog
Un hombre en una botella (http://marcoasantanas.blogspot.com/).


Soy un despistado avispado. Un desmemoriado que recuerda sólo lo que le llama la atención. Un inculto enamorado de la cultura. Así, podría seguir y seguir definiendo esa especie de disfunción “defecto-virtud” que anida en mi desequilibrado universo interior. Pero tranquilos, no lo voy ha hacer. Sí, es verdad, soy un desastre, pero siempre llevo el icono de “Estamos mejorando” pegado en la frente.



Mis relatos en este blog:

Un entrañable amigo

La pala

Un hombre en una botella

Caída y resurrección


 

La Botella Herida 20 agosto 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 0:13

Tiempo atrás, hubo un naufrago, en el mar de la vida, que lanzaba a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, que dichos envíos fueran correspondidos. Cosa que nunca sucedió. Por lo que, harto de esperar, decidió, un buen día, aventurarse, personalmente, a buscar las respuestas que tanto ansiaba.


Así pues, quedándole sólo dos botellas de las muchas que tuvo, extendió el brazo hacia ellas al azar, (sin siquiera mirarlas, sin sopesar cual seria la más apropiada para embarcarse en tan arduo viaje) escogiendo una botella hermosa, alta y estilizada, cubierta de motivos florales en relieve. Y sin más, se lanzo al mar, se introdujo en ella, y dejó que las olas les arrastrasen al interior.


La botella restante, de aspecto ordinario, liza, de cuello largo y cuerpo abombado, tirando a fondón. Arropada por el abrazo de la arena, y acariciada por el ir y venir de las olas, quedó sola con el alma rota. Mirando como las corrientes alejaban a su compañera, portando en su seno, a la fuente de su amor.


Sintiéndose traicionada, ahoga su desazón con el silencio de su llanto, y se tortura preguntándose, reiteradas veces, por qué no la escogió. ¿Cómo no pudo ver que ella contenía un alma, y la otra estaba hueca?


¿Qué se supone que debe hacer ahora que la persona amada ha destruido sus expectativas? ¿Cómo seguir adelante cuando siente que no puede confiar en nadie? Ojalá pudiese encontrar a alguien que la amase del mismo modo en que ella es capaz de amar. Alguien que tuviese principios parecidos a los suyos. Que fuera fiel sólo porque la fidelidad es lo propio cuando se ama de corazón.


El amor es injusto, y la dedicación a él ingrata. Después de permanecer tanto tiempo a su lado, escuchando sus mensajes embelesada, no concibe el hecho de que la haya abandonado; y menos de ese modo tan frío. Sin la gentileza de despedirse de ella. Sin el más mínimo detalle. – ¡Si se hubiese dado cuenta del amor que le procesaba! –Se lamenta suspirando. 


Se siente tan sola. La vida se le muestra como una pesada carga. Sin expectativas. Sin rumbo a seguir, ni un lugar al que ir, ni un objetivo por el que luchar. Desalentada, se deja llevar, porque la nada se le presenta como la única e ineludible alternativa.


¿De que sirve amar a quien no sabe amar en igual medida? ¿Cómo no pudo ver que se rezagaba premeditadamente? Que se escondía tras las otras con el fin de pasar el mayor tiempo posible a su lado. Anhelando ser la última botella que lanzara al mar. La última en adorarle. La última en portar sus mensajes de esperanza.


No se siente bien. Le duele el alma y no consigue sanar ese dolor. A la vez, la rabia le consume. Odia sufrir por culpa del egoísmo de su amado.


Decepcionada, se deja rodear por una inesperada corriente de aire, que, en forma de pequeño remolino, penetra en ella como una exhalación, y sale del mismo modo. Dejándola hueca, al tiempo, que hace sonar su boca al partir, como lo haría la sirena de un barco al hacerse a la mar.


El alma, que habitaba en ella, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por el inesperado remolino. Y al alejarse, envuelta en el reconfortante abrazo de la citada corriente, vuelve la vista atrás, con la intención de despedirse de su botella, pero no lo hace. Conmovida, por verla transformada en un mero recipiente de vidrio; sola, hueca y abandonada, en la orilla de los límites del mar de la vida. Siente como se le encoge el corazón ante esa estampa. Cierra los ojos, da un hondo suspiro, y se lamenta de que los hombres (aún siendo al azar) siempre escogen por el frasco, no por el contenido.

 yrunay

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