Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

ALMA 12 marzo 2012

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ALMA – Jaume Moreso Mallofré

 

Todo empezó con la forja de las grandes espadas. Seis fueron las que nacieron en los fuegos de la Montaña Crepitante; y Seis fueron las que se entregaron a los Seis líderes de las razas gobernantes del mundo de Asor. Los gritos de triunfo estallaron en el aire cuando los Seis paladines alzaron sus espadas en dirección al cielo.

La celebración y el efecto de la victoria inundaron sus corazones, y ese jolgorio les volvió ciegos.

Pues todos ellos fueron engañados…

En secreto, en los abismos negros de la Montaña Crepitante, una Séptima Espada fue forjada, con toda la malicia y la infamia de la perversión más extrema. Una Espada con voluntad propia, una Espada con vida propia, una Espada con Alma.

Una a una, las demás espadas fueron quebradas con el poder de “Alma”, sembrando a su alrededor el desconcierto y la confusión. Las Legiones del Caos fueron llamadas a la guerra y un maremágnum de batallas horrorosas asoló los pueblos y ciudades de nuestro mundo.

Poco a poco los ejércitos nobles que defendían la libertad, fueron cayendo a la Sombra, y el poder oscuro de Murkar el Impostor, quién empuñaba a Alma, se desparramó por gran parte del mundo.

Y así, durante décadas interminables de guerra y de muerte, el caos arrolló el mundo.

Para Vigo, un chico de doce años, todo empezó el día en que su ciudad natal fue arrasada por un ejército de criaturas abisales. Aunque sólo era un niño, y no podía entender el mal ignoto que se derramaba ante él, su espíritu era fuerte, y consiguió mantenerse rígido en los dominios de la cordura.
Entonces, oyó el grito atroz que provenía de una criatura, cuya masa y figura, producían el trastorno a la sensatez humana, y el desmayo a cualquier observador. Pero él se mantuvo despierto y atento, frenéticamente atento a ese cuerpo abominable asido a una espada titánica que desprendía colores e imágenes enloquecedoras a su alrededor.

Y mientras las llamas del horror se impregnaban en su cara, mientras la destrucción se reflejaba en sus irislandias, mientras los cuerpos despedazados y mutilados de su gente se imprimían en su pupila, él, ahí escondido entre las rocas¸ juró venganza. Juró que perseguiría a cada uno de esos seres y los destrozaría hasta llegar a su líder, para aplastarlo con todo el peso del odio.

Entonces el niño murió. Pero el monstruo nació en su interior.

Se dice, que la primera persona que lo encontró, desfalleció de pena al ver el extremo sufrimiento acumulado en su rostro. Durante varios meses, Vigo no pronunció palabra alguna, y los caballeros de Valamis que se hicieron cargo de él, aseguran que no habían visto tanto dolor y tanto odio acumulado en mucho tiempo ha.

Pero Vigo supo canalizar todo ese odio y todo ese dolor en el arte del combate. Supo canalizarlo todo a través de la espada. Con tan solo dieciocho años se alistó a filas para combatir en la guerra. Muchas fueron las hazañas que se contaron de él luchando contra las hordas del caos, y rápidamente, imparable, iba escalando peldaños dentro del ejército de Valamis.

A los veinte años fue nombrado general de la cuarta división de caballeros Valamienses e inició y dirigió numerosas incursiones a las tierras del caos. Por entonces, Vigo ya se había convertido en uno de los espadachines más famosos del mundo; y sus destrezas y habilidades eran alabadas hasta en las tierras más lejanas.
Uno a uno, sus adversarios iban cayendo, y él sólo pensaba en consumir su venganza, en asesinar a ese monstruo abominable que destruyó su vida.

Esta ansia de venganza se tornó en obsesión, y Vigo tan solo vivía para combatir, para derramar sangre, para esgrimir con mortal maestría su gigantesco mandoble.

Pasaron los años, y en la vida de Vigo sólo había muerte. Se entrenaba día y noche, y en las batallas luchaba como un verdadero monstruo. La gente empezó a temerle y hasta sus camaradas se alejaban de él. Se dice que quién veía a Vigo combatir, nunca más volvía a hablar.

A los treinta años su cara se había surcado de arrugas, y su frente marchita, sembrada de cicatrices, demostraba la perversión del monstruo en el que se había convertido. En su mente sólo había cabida para pensamientos de matanza y de destrucción; y sus habilidades habían llegado ya, al extremo más alto.

Así que para él ya había llegado la hora de partir.

Abandonó todo con lo que había vivido y se encaminó hacia las tierras de la Sombra, donde la criatura Murkar aguardaba en los abismos negros.
Pero no se fue solo. Kujat, un leal caballero de la orden de Tamisis, le acompañó para así ser su fiel escudero.

Durante largos días caminaron a través de las andurriales latitudes de una tierra donde no podía existir la vida. La Sombra se espesaba a medida que se iban acercando a la Montaña Crepitante y las horas cada vez eran más oscuras.
Kujat presenció terribles batallas contra los guerreros del caos, portadores de plagas y de pandemias; y se estremeció ante las matanzas que Vigo iba sembrando por los yermos muertos de las latitudes cenicientas.

Hasta que un día, casi agotadas todas sus provisiones, Kujat y Vigo llegaron al pie de la montaña oscura, que les recibió con un estruendo ensordecedor y una violenta hecatombe de explosiones volcánicas. Y allí arriba, entre el fuego y la oscuridad, se encontraba erguido ese horror, la abominación de los confines oscuros.

Cuando Vigo le vio, lanzó un grito de desafío y de rabia tan espantoso que pareció que la línea del horizonte se tambaleara, y que la tierra temblara. Kujat, con el cuerpo invadido por un pavor dantesco, tan solo pudo observar como Vigo subía vertiginoso la ladera, y se perdía en las tinieblas materiales de unas alturas de abismo.

La bestia le esperaba al otro lado, preparada para librar el mayor duelo de ese tiempo. Entonces Vigo apareció cortando la oscuridad, y se abalanzó como un monstruo de pesadilla sobre el horror estigio de ese reino infernal.

El estallido demencial que se produjo hizo retroceder al guerrero. Entonces se dio cuenta del verdadero poder de esa espada maldita que empuñaba la bestia Murkar, y por segunda vez, su imagen volvió a penetrar en su retina.

Ni la fantasía más retorcida y enfermiza podría llegar a transmitir la indecible repugnancia que propagaba esa espada. Ese detestable olor, tan aborrecible y asqueroso como su misma imagen, marearon con un hálito nauseabundo al vengativo… De su empuñadura surgía una ingente cantidad de tentáculos con vida propia que invadían todo el brazo de Murkar; y ese ojo, ese ojo enorme que se retorcía en medio del filo de la espada, no dejaba de observarle con perversa felonía.

El choque de espadas volvió a inundar los abismos negros, y por unos instantes que parecieron eternos, el monstruo se enfrentó con todas sus energías a esa bestia que era el eje de su obsesión y el significado de su vida.

De pronto, un grito espeluznante retumbó por todos los ecos estériles de la inmensidad muerta, y la espada se desprendió del cuerpo de la bestia, que cayó destrozada al suelo, desparramando por toda la pendiente una inimaginable perversión de líquidos.

Vigo soltó también su espada, y se tambaleó.

La venganza se había consumado al fin.

Entonces fue cuando Kujat llegó a la cima, y sus ojos contemplaron lo que iba a suceder:

Vigo se tambaleó de nuevo, y cayó en el suelo, cubriéndose el pecho con un brazo. La sangre le borboteaba de las numerosas heridas, y su muerte parecía inmediata. Pero entonces oyó una voz en su cabeza, una voz envenenada que le prometía el poder y la gloria. Una voz que le mareaba y le llenaba la mente de una mordaz ponzoña.
Gritó preso del pánico, sin poder controlar su cuerpo; pero con un gran esfuerzo consiguió abrir los ojos, y entonces se horrorizó hasta un extremo insospechado al descubrirse empuñando esa maldita espada.
El Ojo no dejaba de mirarle y le envenenaba con su maldito tacto. Las tinieblas se espesaban a su alrededor y el caos volvía a nacer en su cuerpo. Entonces entendió que él era su nuevo huésped, y que estaba cayendo en las Sombras, para convertirse en su eterno esclavo.

Kujat no llegó a gritar, Alma se adelantó al pobre caballero.

 

Jaume Moreso i Mallofré 13 septiembre 2011

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Autor de poesía, narrativa fantástica, erótica, de súper héroes, de ciencia ficción, terror y misterio. En su página de autor en Bubok podréis encontrar sus obras: “OUTRE”, “Estimada Montse” (catalán) y “Jénova: la sombra de Sefirot”

Páginas web del autor:

jaumemoreso.bubok.es

jaumeadiel.blogspot.com

Novela “Jénova: la sombra de Sefirot” en PROYECTOJENOVA.WORDPRESS.COM


Jaume Moreso i Mallofré (12 de julio de 1981) escritor español/catalán especializado en la narrativa de terror, de fantasía y de ciencia ficción.
Parte de su obra destaca por un lenguaje lovecraftiano muy depurado, con detalladas descripciones y pasajes realmente visuales e impactantes. El vigor de su literatura pues, se debe en gran parte a la influencia de H.P.Lovecraft, pero también al terror oscuro y romántico de Poe, a la sutileza de Maupassant, al retorcido futurismo de Card o a la descripción sorprendente y poética de Tolkien. No obstante, todas estas influencias se visten y se funden en un estilo muy propio, definido y personal.
Su obra destaca por la variedad conceptual y temática. Desde la inocente, encantadora o rebelde poesía sentimental; pasando por la desenfadada y épica novela juvenil fantástica y de ensueño, hasta los relatos de fantasía o la novela de ciencia ficción y de horror extremo.

Mis relatos en este blog:

El profeta loco

El soldadito de plomo

Alma

Última carta desesperada

Mastín del bosque

La maniobra de Neferneferuatón

La cosecha

El extraño caso de Sara de la Poer

Reptante destino

La leyenda de San

El argentino mefistofélico

Sexo hasta el fin de los tiempos




 

Sexo hasta el fin de los tiempos 29 julio 2011

Filed under: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 0:58
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Personas de todo tipo se reunían cada noche en ese bar. Todas, sin excepción, eran untadas con azúcar y miel, con la dulzura del erotismo, con las emociones a flor de piel de la sensualidad.

Centenares de vidas se cruzaban, algunas convergían, se fusionaban en el arte del sexo. Algunas veces hasta la chispa del amor nacía entre dos personas, otras veces simplemente surgía un rato de charla, y otras tantas los caminos no llegaban a conectar. Pero en el global, ese era un sitio de encuentro de muchas vidas, donde multitud de miradas, orquestras enteras de voces diversas y una sinfonía sin igual de alientos, olores y fragancias se mezclaban como en el lujurioso palacio de un exultante y lascivo sultán.

Esa noche tenía que ser una de muchas tantas, una más en los incontables sucesos del tiempo. Pero sus anales estaban excitados y encrespadas sus semanas, calientes las fechas… ¡y más deseosos cada uno de los pequeños días!

Algo fluctuaba esa noche, algo especial y único que la convertía en un suceso singular. El Destino se dio cuenta, la misma Tierra lo percibió. Artemisa estaba expectante, Venus anhelaba que se desarrollara, que sucediera lo que se avecinaba…

Entonces, esas aromas mágicas que volvían locas a las estrellas, que llenaban de envidia al universo entero, volvieron navegando por la infinita noche, entre la eternidad del cosmos, a su única dueña, ahí, en el cénit, en un punto irrisorio en medio de la vastedad.

Por su melena y alrededor de cada cabello danzaban las encimas de su perfume, cuales luciérnagas nocturnas en los más grandes pilares de la magnífica Karnak. Las curvas de su cuello transportaban innumerables deseos carnales, sueños y fantasías indescifrables, pero tan vivos que casi se podían sentir, y tocar…

Ese era el deseo que cualquier hombre, y mujer, sentía y le crecía dando tamborazos en su interior.

Esa mujer despertaba hasta los secretos más antiguos y antediluvianos de nuestra existencia, los más ocultos legados de las semillas de Eva y Adán. Poseía la lujuria, era dueña de la sensualidad, la reina del erotismo y la poseedora de toda belleza. Sus pechos resaltaban con un busto perfecto, y lucían un bronceado y un cálido color más jugoso que el fruto quimérico y de fantasía de la perdida Lemuria, o de la Atlántida. El escote que los decoraba abrazaba tiernamente unos pezones que se adivinaban voluminosos y perfectamente redondos bajo la fina tela de la blusa.

Cuando se movía, con la agilidad del viento, sus pechos danzaban sutilmente con la gracia de una yegua, briosa e indómita, bajo el velo violeta y carmesí de una nebulosa salpicada de estrellas.
Dos volcanes se encendían en la cumbre de esos dos frutos y explotaban en un maremágnum de estremecimientos que recorrían de arriba abajo cada hilo de su blusa. El vientre descendía como las sábanas dulces y desembocaba en el puerto de una isla paradisíaca. Sus caderas sinuosas, con un arte que envidiaría la más atrevida de las bailarinas, dibujaban el mito del Grial y de su deseado contenido.

Entonces la copa de ese magnífico brebaje se inclinó ligeramente hacia un lado cuando unas de sus piernas se posó suavemente encima de la otra, con esbelto y alegre movimiento.

Todo su cuerpo vibró, como conducido por notas invisibles de una orquestra quimérica. Y su pecho se irguió, siguiendo la curvatura de los movimientos de su cabeza.

El aire se desplazó, la luz y la oscuridad se fusionaron en respuesta al movimiento de sus brazos, sus manos crearon el aura que la envolvió.

Mientras su mirada se paseaba por el ambiente, su grácil melena saltaba como una alegre potrilla, y su tierno flequillo, fiel confidente, acariciaba su frente dorada como una gota la brisa de primavera, como el polen la flor de un prado.

Y fue en ese preciso momento, acariciada, abrazada y navegando, cuando su mirada se posó en él. Vio sus ojos y sus miradas se quedaron enganchadas. Sus almas conectaron entonces, su pupila entró en su pupila y sus voces, inaudibles, se escucharon mutuamente.

Se quedaron mirándose con tanta intensidad que hasta las dimensiones y las perspectivas se ruborizaron. El espacio se comprimió, y de pronto los dos estaban tan cerca que se podían tocar…

Ella acarició su hombro dulcemente, y él la respondió con el contacto de sus robustas pero delicadas manos en su cintura.

Sus miradas bailaron un tango, mientras sus cuerpos se acercaban cada vez más y sus cinturas, acompasadas, dibujaban el símbolo de la fertilidad que en eras remotas tan deseado y tan venerado hubiera sido por las tribus de Ra.

Entonces nacieron las palabras, y también se abrazaron, encadenándose, como se encadenaban los suspiros, uno a uno.

Las primeras caricias trotaron por sus cuerpos. Primero suavemente, luego a toda velocidad, como una camada de bueyes salvajes o quizá de caballos.

Luego vino la estampida de sueños, y la erección casi perfecta pudo sentirla ella muy cerca de su sexo… acercándose, rozando, palpando el valle entre sus caderas.

Quiso sentirla también en su culo, entre sus nalgas, ese contacto la había encendido, más ardientemente que cualquier ifrit del desierto.

Giró lentamente sobre sí misma, cogiendo las manos de él y dirigiéndolas hacia sus nalgas, fregando sus voluptuosos muslos hasta llegar a su sexo escondido, pero que él podía sentir, latir, vibrar de excitación.

Ella también pudo sentir, muy cerca de su ano, posándose en la esponjosa cama del río que pasaba entre sus nalgas y unía sus dos destinos más erógenos, el caliente e hinchado glande que empezaba a desprender esa aroma tan especial del sexo masculino.

La chica apretó su cuerpo contra el de él, moviendo su culo arriba y abajo y empujándolo contra la dureza de ese miembro viril que conseguía ese protagonismo abrumador golpeando suavemente, con potentes tamborazos de viva pasión, ese lugar secreto y privado en la carne de la hija de Lilith.

Cada vez más, la prominencia de ese potente pene adquiría más presencia, bajo los pantalones, e incluso a través de los tejidos de sus ropas ella lo sentía arder, privilegiado, en el centro de su ano.

Poseída por la lujuria que desprendía esa polla, bajó la mano con rapidez, cogió las suyas, y las envió cual pájaro mensajero hacia esas cumbres de altura de reto y aventura que se erigían en el seno de su pecho.

Y mientras él cogía con hambre los frutos de ella, suaves, deliciosos, de capricho… las manos de la excitada mujer volvían a descender como una decidida águila hacia la bragueta que contenía esa polla que se batía por salir.

Las manos del joven amante no paraban de estrujar y acariciar aleatoriamente los carnosos pechos de la bella hija de Lilith. Sus dedos, de vez en cuando, trazaban torbellinos vertiginosos sobre los pezones de esas cumbres que hubieran dejado sin aliento al mismísimo Imperio Inca.

Los dulces y esponjosos pechos de esa Afrodita moderna se fusionaban con las manos del joven amante. Parecía como si los pechos cobraran vida propia, y con un movimiento decidido se volcaran entre las manos de él, fregando y acariciando con adulación los dedos intrépidos y veloces, cuales hijos de Urano y Gea.

Entonces los dos amantes se apropiaron y robaron un “aleluya” desvergonzadamente, mancillando con atrevimiento los dominios de la sagrada iglesia. Se rieron de ella, con un “aleluya” humedecido de las primeras segregaciones de esa polla que asomó su rosado glande al exterior cuando los sinuosos dedos de la impetuosa soñadora lo abrazaron, lo acariciaron y lo acompañaron hacia fuera.

Las aromas se bañaban unas con otras, ungiéndose de colores huidizos, imposibles de atrapar. Sólo ellos dos se bañaban con esos colores de otro mundo, que ni la más bella Perséfone, Diosa de la Fertilidad, habría llegado a contemplar.

El pene erecto y duro del amante salió entonces, cobijado entre los dedos cálidos que lo abrazaban y lo poseían. Se pegó en el valle entre las nalgas de la excitada mujer, golpeando con una sacudida el ano que allí se escondía. Ella, con ligereza, pero muy lentamente, siguiendo un itinerario sinuoso de esbeltas curvaturas empezó a subirse la falda tejana. Debajo de ella las bragas empezaban a humedecerse con el líquido dulce que hubiera conquistado a la lujuriante Dánae.

Esas nalgas firmes y voluptuosas, envueltas por unas sedas finas y agradables, dignas de la más exquisita obra de Aracne, se destaparon y nacieron como lo hace el sol en el este. Sus carnes formaban una figura redondeada perfecta que haría soñar al mismísimo Arquímedes. Parecían flotar y levitar con gallardía, al ritmo del respirar de los intrépidos amantes. Los dos jadeaban sedientos de placer, con un deseo inexpugnable, potente e inexpugnable, pero con la parsimonia y el deleite de dejarse llevar suavemente, con ternura, saboreando cada instante, cada caricia, cada roce, cada sabor y cada olor, cada movimiento…

Y fue con el siguiente movimiento cuando ella se apartó a un lado la fina tela de las bragas. La estiró con suavidad y se la puso, sujeta, a un lado de su nalga. El ano parecía latir, ahora descubierto, y se abría osadamente ante el sibarita y enorme glande que se hospedaba lentamente en su carne. La piel húmeda del pene remojaba ese cobijo de doradas dunas que lo llamaba a entrar.

Un dedo fugaz de la fogosa mujer llegó de su boca al ano, mojado con la saliva gustosa y escurridiza que se ungió con sutil diligencia por todo el exterior del ano, y un poco hacia dentro, cuando el dedo se internó ligeramente, sólo para volver a salir y dar paso a la entusiasta polla que se humedeció con esa misma saliva.

El caluroso glande abarcó todo el orificio, abriéndolo aún más, y penetró con fuerza hacia dentro. La mujer lanzó un gemido cuando notó que la polla le entraba. Abrió un poco más las piernas, para dejar paso al miembro viril que se adentraba con potencia. Cada vez estaba más adentro y su imponente tamaño se clavaba entre las nalgas de la Afrodita de nuestro tiempo. Mientras desaparecía en su interior y sus venas se hinchaban con lujuria, parecía que aumentara en grosor y que la piel se tensara hasta el límite.

De pronto, con un golpe seco que produjo un sonido húmedo y jabonoso, el amante penetró totalmente a la ardiente mujer. Ella se abalanzó hacia delante con un gesto bravío, rebotando una y otra vez con salvajería contra el cuerpo musculoso de su amante. Luego se abalanzó finalmente, con un movimiento amortiguado y flexible, hacia delante, para quedar su torso transversal al de él, y así, su culo y su ano más recto y amoldado a su polla.

El pene iba para atrás, pero sin salir, y volvía a penetrar con fuerza hasta el máximo, hasta el interior total. Su glande chocaba con las paredes y la piel de ese miembro se estiraba y se tensaba tan salvajemente que le llegaba a producir cierto dolor, pero sobre todo le ardían unas llamas bravas como si estuvieran crepitando alrededor de la polla y el ano.

La carne de la polla se mezclaba con el interior de la mujer, mientras su vagina empezaba a salivar el jugo dulce de una corrida. Él seguía y seguía, dándole fuerte con esa lanza de Jasón que salía, alejándose por un espacio sugerente que creaba por momentos una visión excitante que lo ponía más y más cachondo.

Cuando veía su polla salir de ese culo precioso y perfecto, y esa imagen le envolvía, le conquistaba el cerebro, el amante se ponía hirviendo, con la sangre circulando por todo su cuerpo a una velocidad inmedible.

Sus caderas alrededor de las esponjosas carnes y rosada piel de ese cuerpo escultural, su fuerte polla hinchada y con las venas palpitando, tensa y rígida, clavada en el ano que se abría rojo y fogoso en ese lecho de fantasía… las reacciones nerviosas y las sacudidas en respuesta a la penetración salvaje, los movimientos en las caderas de la hija de Lilith, y sus estremecimientos con cada penetración total, sus manos agitándose de un lado para otro con cada nueva sacudida, las convulsiones de su espalda mientras el semen ardiente y dulce llenaba toda la cueva y la polla escupía con cólera rociando todo el interior…

En efecto, entonces el entusiasta amante se corrió, golpeando al mismo tiempo con mucha más potencia el ano de la mujer. Sus gemidos volaban espoleados, con decisión y entusiasmo; pero entre el ruido del local y la música que sonaba con magnificencia llenándolo todo, se disolvían rápidamente sin llegar a ser oídos por nadie.

Poco a poco él fue saliendo del interior de esa reina del sexo, y mientras el pene surgía del interior del ano, mil y una aromas y olores afloraban a la vez, con suculenta elegancia.

El aire se espesaba a su alrededor, con esas aromas dulces y pesadas cuales frutos de ensueño de la perdida isla de Mu.

Se quedaron unos largos instantes abrazados, unidos y en contacto… con sus tórridas pieles acariciándose, arrimadas, rozándose… entre los líquidos de golosina que se vertían entre sus sexos.

El tiempo pasaba casi sin dar testimonio, con descuido omitido, y corría lánguidamente mientras la nueva Afrodita se volvía a poner formalmente sus finas ropas. Sensualmente se giró, hacia su salvaje amante, y los dos desataron la más grande tormenta alrededor del beso que sus labios concibieron.

Las dos lenguas se bañaron en unos mares de espumosas oleadas, que chocaban unas con otras y se fusionaban en dulces y salados.

Como un rayo fulminante, una tormenta, un volcán calcinador, un huracán, un tifón, un tsunami, un viento arrasador, ¡y cuántas cosas más! El beso les llevó volando hasta lugares insospechados, para volver a bajar, suave y plácidamente, hasta la penumbra protectora de ese rinconcito que los había amparado.

Sus miradas entonces lo dijeron todo, y no hizo falta palabra alguna. Se cogieron de la mano y avanzaron decididamente entre la muchedumbre. Travesaron con presteza toda la ancha sala y pronto llegaron a la salida de ese palacio de lozana lujuria.

Ante ellos se abrieron los vientos frescos de una noche neptuniana, oscura y violeta a la vez. La frescura del ambiente les animó a moverse ágilmente, correteando a veces, otras tantas saltando, y otras muchas jugando a osados juegos.

Se perdieron entre las serpenteantes calles que se cruzaban laberínticamente a los pesados pies de las torres babilónicas y elefantinas que se erguían colosales, como grandes titanes, hacia la Luna que ese día resplandecía con la gracia del velo de Selene.

Las nubes danzaban en el aire, congregándose cada vez más, y relatando una nueva luminosidad que se recortaba entre sus curvas y entre sus pliegues esponjosos. La luz de la Luna, plateada y amable, se dispersaba por doquier en finos halos que se hilaban en trenzas y tridentes, cada cual más bello y entrañable.

-¡Me gusta tu nombre!- pronunció de pronto el intrépido aventurero -Freyja… tiene una sonoridad muy elegante… y no sé porque me trae cadencias muy remotas y quizá divinas…-

-El tuyo también me gusta mucho- respondió ella, liberando de nuevo esas notas y esos acordes mágicos que flotaban por la noche neptuniana como una biguidibela de mil y un colores -Eros… me transmite mucha seguridad, y deseo…-

Él se giró inmediatamente al escuchar esas últimas palabras, la cogió por la cintura con atrevimiento, y la elevó hacia el cielo, abrazándola cariñosamente contra su pecho. Los dos amantes rieron y se besaron, cantaron y hablaron durante horas, sobre lo magnífica que estaba siendo esa noche y cuán afortunados se sentían por haberse conocido.

-¡Qué noche más entrañable!- suspiró Eros -¡ojalá no acabara nunca…!-

-¡Ojalá no acabara nunca!- repitió con deseo Freyja -pero la realidad es un tanto diferente… pues esta mañana, a primera hora, parto en dirección a mi país, Tailandia, la bella y virgen Tailandia…-

-¡Tailandia! ¡Qué país tan precioso! ¡Me encantaría visitarlo alguna vez!- respondió con emoción el joven amante.

-¿De verdad? ¡Pues quizá el destino nos depare un nuevo encuentro!- exclamó Freyja con excitación -¿Está muy lejos tu hogar… de mi exótica tierra?- preguntó entonces.

-¡Hay una larga distancia!- emitió Eros con entusiasmo -¡Pero nada que no se pueda superar!-.

-¿Y dónde se halla esta lejana tierra de la que provienes?- preguntó Freyja con interés.

-En el borde de Europa con Rusia, se llama Estonia, ¡y yo vivo en la ciudad costera de Tallin!-.

-¿Es bonita esta ciudad?- preguntó Feyja animadamente.

-Ohhh…- murmulló Eros -de noche el cielo se esconde, la ciudad brilla en medio la oscuridad total… arde el horizonte, y se encienden las estrellas mientras las olas del mar reflejan las luces de las calles y de los puertos…-

-Vaya… sí que debe ser bonita… me gustaría visitarla alguna vez…-

-Entonces, ¡ahí te recibiré yo!-.

-¡Me encantaría! ¿Iremos a ver los puertos y el cielo arder?- exclamó Freyja con fruición.

-¡Claro! ¡Veremos los puertos y las estrellas, el cielo arder y las montañas nevadas flotando entre la niebla y el fuego del éter!-

-¡Oh! ¡Qué belleza! ¡Me encantaría ver el mar de tu país…! En mi ciudad no tenemos mar, y lo echo de menos…- confesó la dulce soñadora.

-¿Cuál es el nombre de tu bienaventurada ciudad? ¡Seguro que es igual de preciosa cómo tú!- recitó Eros cada palabra con romanticismo, halagando las cualidades femeninas de la dulce Freyja.

-Su nombre es Bangkok, ¡aunque también se la conoce por “La Ciudad de las Sonrisas”!- respondió emocionada y con orgullo la audaz soñadora.

Y así, durante horas, tan intensas que parecían eternas vidas estelares, hablaron sobre ellos y sobre el futuro, cantaron, rieron y se enamoraron…

Entonces, de pronto sus miradas descubrieron que los dominios del asfalto y del alquitrán estaban terminando. Se encontraban muy cerca de sus límites, y a partir de ahí una vasta extensión de arena titilaba con sosiego bajo la luz plateada de la Luna, que en ese momento relucía completa, entre la magia del velo de Selene.

Cogidos de la mano se divirtieron al pisar ese nuevo terreno, y corrieron hacia la nueva playa desconocida. El territorio les recibió amablemente, chisporroteando polvo de hadas e iluminando el sendero hacia el agua, pero sin encender la oscuridad que les salvaguardaba de los alrededores.

Cuales Rati y Kama, se lanzaron riendo sobre la arena, se revolcaron en ella, untándose de la magia de su sal. Sus manos acariciaban sus cuerpos desenfrenadamente, sin pudor y sin miedos. La timidez se había quedado en la ciudad, no había sitio para ella. Ahora, los dos osados amantes, se despojaban de sus ropas con audacia. Se tiraban uno encima del otro, para sentir el contacto de sus pieles, y de sus carnes, que se calentaban con excitación y lujuria.

Cuando Eros le quitó la falda y las bragas a Freyja, ella tuvo que levantar las piernas ligeramente hacia arriba, juntas, para luego volverlas a bajar y separarlas alrededor del cuello de Eros, quién en esa posición, se acercó con ánimo y lascivia hacia el sexo húmedo de la impúdica amante.

Lamió el clítoris delicadamente, con suavidad, para después acariciar los labios vaginales con sus dedos, abrirlos ante su boca e introducirles la lengua, esponjosa y húmeda. Cada vez iba más rápido, agitaba y removía la lengua arriba y abajo, circularmente, con fuertes sacudidas que despertaban los gemidos auténticos y de verdadero placer de la ardiente concubina.

Poco a poco él fue subiendo, en dirección a sus pechos, sin dejar de lamer todo su cuerpo. Se deleitó unos instantes con esos frutos erógenos, mientras ella se contorneaba de placer, abriendo sus piernas con fuerza y arrimando su vagina contra el vientre y la mano del intrépido amante que seguía masturbándola con energía.

Freyja subía su pecho con cada nuevo gemido de placer, contorneando su silueta con un movimiento reptilesco de gran sensualidad. Su pecho se erguía, subiendo sus pechos hacia arriba, como dos grandes cumbres, perfectamente redondas y con un volumen de ensueño.

Entonces el libidinoso amante llegó hacia su boca, y los dos se juntaron en un lúbrico beso, y en un lascivo abrazo. Las piernas de Freyja rodearon a Eros, mientras el miembro viril del intrépido amante se posaba encima del sexo de la amada soñadora, abriendo sus labios, y acariciando su interior.

Los líquidos untaron los dos sexos, y entre ese mar lujurioso y de dulces sabores, el pene entró con ímpetu dentro de las carnes de Freyja, penetrando su vagina y desatando la orquesta morbosa de gemidos y palabras de obscena lujuria.

Selene columpiaba la bóveda celeste con su velo, mientras los cuerpos desnudos de los dos amantes se mecían en una fusión de líquidos excitantes. Y así, durante intensos minutos de gozo y placer, los dos amantes se fusionaban en el arte del sexo…

Freyja asumió de pronto el dominio orquestal, girando con su impúdico amante y poniéndose encima de él. Sentada en esa nueva posición, clavada al portentoso, duro y ardiente pene que la penetraba, volvió a gemir y a sacudir su cabeza arriba y abajo.

Se puso un momento de pie, en cuclillas, como si quisiera sentarse en una silla, amoldando sus nalgas, su culo y su sexo, encima del miembro tenso y duro que la penetraba. Y apoyada con sus manos en el vientre de Eros, movió con energía sus nalgas y su culo arriba y abajo, sacando el pene de su interior, para volver a clavarse en él con golpes energéticos. Sus pechos bailaban con fuertes arremetidas, acurrucada su perfecta forma entre los brazos tensos de la excitada hija de Lilith.

Los dos gimieron, gritaron y sacaron a volar por el viento, palabras de lujuriosos significados. Sus sombras se imprimían en la arena, dejando huella, un recuerdo inmortal que sólo ellos dos conocerían, y que en el futuro podrían revivir, repetir y renacer en él.

Los minutos pasaban, intensos, veloces, raudos y audaces; mientras en su interior el sexo les dibujaba la idea de un futuro brillante, juntos y enamorados para la posteridad. La imagen de ese futuro cada vez cobraba más cuerpo y claridad, del mismo modo que la Luna, fantásticamente brillante arriba en el cielo. El Astro Gris brillaba con una intensidad magnífica y nunca vista, reflejándose en el mar y en sus olas, como el velo de Selene, volando con ondulada languidez encima del agua salada.

¡¿Pero qué fue eso?!

Una expresión de terrible horror se reflejó entonces en el agua. Los mares cambiaron, se estremecieron ante tal imagen. La playa se quedó muda.

Arriba, en las alturas, un llanto suave, tímido y débil murmullaba detrás de la Luna. Fugazmente se veía la figura de Selene moverse de un lado a otro. Su velo se desprendió, y cayó succionado hacia los espacios exteriores, y de pronto se destapó algo horrible, la pavorosa verdad escondida, ¡que de pronto se asomaba al mundo!

El rostro de Selene salió detrás de la Luna, llorando, con la mirada perdida, y gritando confusas palabras de desorientación.

“¡Huid! ¡Huid!”

“¡Huid! ¡Huid!”

Pero nadie podía escuchar esas palabras… algo empezaba a suceder, algo que acalló a la Diosa griega. Su rostro se desencajó del horror, se mirada, totalmente perdida, con los ojos espeluznantemente abiertos, sucumbieron a las tinieblas.

La Luna, ahora brillaba con una luz espectral, mostrando su apócrifa giba que se hinchaba y crecía como el cuerpo gomoso de un sapo. Crecía y crecía, cada vez más. En el cielo, las nubes se dispersaron, los pájaros dejaron de volar y la noche neptuniana se apagó.

La Luna, con su espantoso tamaño llenó todo el horizonte, emitiendo con sus destellos fríos y mordaces, la fealdad, el espanto y la locura. El horizonte se tambaleó, en el momento que la Luna llegó hasta él. Su tacto raspó las montañas, que cayeron al compás, como pisadas por los pies de un castillo inmenso.

Ya estaba tan cerca la Luna, ¡que parecía poderse tocar! Y en ese instante, cuando el océano se estremecía ante el inexorable contacto con ese cáustico astro de maliciosa frialdad, las olas se agitaron, arremolinadas y abriéndose hacia el cielo.

Sería insensato y de locura pensar que el agua, las olas y cada una de sus gotas pudieran salpicar la superficie polvorosa de la Luna, pero cuando Eros y Freyja se giraron, sorprendidos, asustados y asqueados por un nuevo ruido que asomaba de dentro del mar, de las profundidades insondables de oscuras latitudes, sus ojos contemplaron como esa giba corrompida se mojaba con el agua salada de un mar benevolente y amable, adulterando cada una de sus gotas bajo los influjos detestables de un mal acechante.

Entonces, los dos amantes, unidos, compenetrados en el arte del sexo, vieron como la Luna caía en medio del mar Mediterráneo, como un pesado titán de quimérica fantasía, y abría las aguas que se estremecían, se agitaban y se convulsionaban creando un inmenso tsunami que crecía y crecía hasta ocultar la luz de las estrellas.

Con los ojos muy abiertos, vieron como el tsunami se abalanzaba sobre ellos, sobre las ciudades y las costas europeas. Pero no tuvieron miedo de eso, no, para ellos fue fácil asumir que lo que un día se irguió artificialmente, de nuevo, ahora, el tiempo hubiera decidido que ya había llegado el momento de volverlo a hundir.

No tuvieron miedo de ello, no… había otra cosa… algo antinatural, ciclópeo e inhumano… algo que latía, algo que vibraba y zumbaba entre las olas…

Incontables protuberancias de horrendas formas, imposibles de detallar, se abrían repartidas por todo el tsunami, como siniestros gérmenes y horripilantes virus gigantes que pretendían invadir el planeta. Entonces se supo la verdad. La verdad oculta bajo la fingida falsedad, bajo la tergiversada imagen que los ojos de Eros y Freyja percibían con asco:

>> Un enjambre innominable de pura maldad, que volaba por el cielo esparciéndose por doquier, sembrando el caos y la locura. Turbando el mismo aire, haciendo temblar a las estrellas, retorciendo de horror a la vida misma. Eran interminables ríos de ilimitada corrupción, de una inacabable depravación que se mezclaba, bullía y hervía como los impuros y degenerados líquidos de la ultratumba, trayendo con infinito desenfreno, la muerte y la putrefacción, la infinita contaminación que contagiaba con inmortal perversión la locura y la perdición absoluta.

Un enjambre innombrable de indestructible calamidad, un torrente de malicie y depravación maldita que traía consigo nefastas catástrofes, una hecatombe interminable que llevaba el devastador mensaje del pandemónium eterno. Una mefistofelia torrencial, un hervidero de pura maldad que desataba los fuegos del purgatorio y nos hacía ver los mismísimos límites del fuego del Éreb. <<

Las explosiones se sucedieron repentinamente, con inagotable intensidad, por todo el planeta, por todo el mundo, alrededor de la existencia, en todo el universo.

En los ojos de los dos amantes destellaban los fuegos de la muerte, brillaban y resplandecían con horripilante belleza. Sus cuerpos temblaron, el espeluznante temor encogió sus corazones. Se abrazaron y se besaron, intentando ignorar lo que sucedía a su alrededor. Haciéndose un espacio infranqueable, único para ellos dos. Desplazando el horror hacia sus confines, al exterior, evitándolo, superándolo…

-Creo que nunca podré visitar tu “Ciudad de las Risas”…- dijo Eros, con pesar, pero con seguridad.

-Y yo jamás podré ver el cielo arder, el éter envuelto en llamas, flotando encima de las montañas nevadas y cristalinas de tu ciudad de Tallin…- susurró Freyja acompañando un suspiro.

-Pues hagámoslo ahora…- musitó Eros.

-Sí… hagámoslo ahora…- suspiró Freyja -visitémoslas ahora y hagamos de éste, el más grande de todos los momentos… ¿sí?-.

-Sí…-

Y con estas últimas palabras, los dos intrépidos amantes apremiaron un movimiento acompasado y armonioso, de suaves pero energéticos balanceos, arriba y abajo, rozándose y acariciándose en sus sexos. Dedicaron todas sus energías, todo su ímpetu y toda su voluntad. Dieron toda su vida, hasta el máximo en el sexo más grande y magnífico de toda la historia, que estaba a punto de desencadenar el súmmum placer.

Las arenas de la playa se ondulaban ante el paso de las naves alienígenas que sembraban la muerte a su alrededor. Todo se despeñaba, todo caía, todo era destruido… pero los dos intrépidos amantes seguían haciendo el amor, en medio del caos absoluto. Impertérritos, valientes, con gallardía e ímpetu. Los dos cuerpos se mecían energéticamente, se movían vertiginosamente a gran velocidad. Sus sexos se acariciaban y se rozaban, como sus manos, sus cuerpos, y sus abrazos. Los orgasmos empezaron a llegar, asomándose con una potencia que acallaba el ruido de las explosiones.

En medio del universal pandemónium, de los fuegos de la cólera y la devastación, los gemidos volaban raudos por el aire, salpicando el fuego y la ceniza, el humo y la ruina. Los líquidos de fabulosa dulzura subían por el pene erecto que penetraba a Freyja, mientras las aromas que salían de su vagina anunciaban ya sus propios líquidos, que empezaban a salir acompañando un orgasmo apoteósico.

Las explosiones seguían sucediéndose, acompasadamente, monótonamente. Un grito locuaz y libidinoso de Eros emancipó entonces estas explosiones, que se descontrolaron. El joven amante empezó a correrse, su orgasmo era total, reverberando movimientos y sonidos hacia la vagina de su joven amante. Ella los percibió, y fueron el desencadenante de su orgasmo. Freyja apretó muy fuerte las caderas, sacudiendo todo su cuerpo y tensándolo arriba, contra el de su joven amante. Entonces los dos orgasmos vibraron, palpitaron, trepidaron y estallaron inspirando a la invasión alienígena, que explotó con la candencia del fuego y se lo tragó todo, en medio de la eterna oscuridad del cosmos.



Jaume Moreso i Mallofré


 

El argentino mefistofélico 15 febrero 2011

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EL ARGENTINO MEFISTOFÉLICO

Dedicado a Jorge Riofrio,
gran amigo y compañero.


Las ramas y las hierbas secas crujían bajo el cuerpo del pobre chico mutilado, que avanzaba con torpeza. La única pierna que le quedaba se agitaba frenéticamente tratando de impulsar su cuerpo hacia delante, huyendo de algo, o de alguien… Detrás de él unas pisadas más fuertes y persistentes se acercaban con espeluznante monotonía…

El chico miraba de un lado a otro, con el rostro desencajado por el terror, tratando de encontrar una salvación, o esperando despertar de esa pesadilla. Pero el terrible dolor que sentía en su pierna cortada, le aseguraba, lamentablemente, que eso no era ningún sueño.

Había perdido mucha sangre y el mundo estaba huyendo de él, escurridizo, como sombras vagas imposibles de atrapar, que persigues durante evos de ensueño… Pero entonces, de pronto, un ruido seco volvió a traerlo hacia la realidad. Giró la cabeza con lentitud, tratando de mirar hacia atrás, temiendo lo que podría ver… y ahí estaba él, sujetando dos cuchillos de cocina untados con sangre humana, el argentino mefistofélico…

-Les dije: “¡No me rompan los helados!” Les dije… se lo dije, sí, se lo dije: “¡No me rompan los helados!” ¡Se lo dije…! ¡Infiernos!- salían estas palabras de su boca que no dejaba de moverse, gesticulando con demencia -¡No me rompan los helados!- y gritando con cólera, él le rompió la cabeza por la mitad, al pobre muchacho mutilado…

¡Qué triste final para ese pobre chico! ¡Con una pierna menos, la cabeza abierta, muerto de sed y hambriento! Ahora os preguntaréis qué demonios tiene de importante que estuviera muerto de sed y tuviera hambre, cuando le habían cercenado una pierna y partido la cabeza. ¡Qué estúpida insignificancia! ¿No? ¡Pues no! Y para que lo comprendáis, ahora tengo que volver atrás, y contaros las circunstancias que llevaron a este pobre chico a su triste final.

Su nombre era Antonio, Antonio González. Muchos le llamaban Antoñete, pero bueno, no es muy importante. Prosigamos. El pobre infeliz se había quedado tirado en una carretera polvorienta en medio de la calurosa plana del Urgell, cuando la chatarra de su coche decidió que ya era momento de pasar a mejor vida.

Asqueado y muerto de calor, bajo unos crueles rayos de sol, anduvo durante horas en medio de la nada, tratando de llegar a algún pueblo, o zona habitada. Al rato, sus ojos contemplaron, aliviados y con esperanza, un bar restaurante que clavaba sus cimientos en un flanco de la carretera.

“La Dulcísima: endulza tu vida” rezaba el eslogan.

Entonces, Antoñete dudó unos instantes, pensando que si entraba en ese lugar le podrían confundir con algo que no es. Pero bueno, vayamos al grano. Antoñete tenía mucha hambre, y sed, tal y como os he contado en el último episodio de su vida. Así que decidido a medias, entró en el bar…

El lugar se veía bonito y limpio, eso no se podía poner bajo la sombra de la duda, pero la gente… mmmmmmm… la gente… era la clientela más rara que había visto nunca. Había caras de todo tipo, expresiones sardónicas y pretenciosas, voces lúgubres y otras tantas muy viriles… pero ninguna como la que de pronto empezó a brotar de las cuerdas vocales de alguien que estaba saciando su ludopatía en una máquina de lo más vanidosa:

-¡Eres más tonto! ¡Argentino tenías que ser! ¡Sudaca! ¡Ay…!- vomitó ese ser, con un gruñido de ultratumba. Un puñado de cacahuetes le rebotaron en la cabeza y por toda la cara, en respuesta a sus palabras. El camarero de la barra se los tiraba con una sonrisa en los labios, mientras decía:

-¡¿Qué dices, princeset?! ¡Hablá bien! ¡Hablá más fuerte! ¡Que no se te endiende! ¡Toma, come cacahuetes mono! ¡Pero qué tonto eres! ¡Pero qué tonto…!- y se ponía a reír con una postura de macho dominante que apabullaba a la pobre cocinera que en ese instante cruzaba la barra para entrar a su lugar de trabajo.

De mientras, otro camarero, muy diferente a este primero, no tan macho ni viril, corría de un lado a otro del bar atendiendo servilmente a la clientela. Se le veía cansado e irritado, y más aún cuando las viejecitas le hacían ese ruidito chispeante que se alarga entre dientes.

Sacando pecho y haciendo de tripas corazón, Antoñete se adentró en el bar, acercándose a la barra donde el primer camarero, el más machote y varonil, se pavoneaba hablando de mujeres, con un cliente de posturas fanfarronas.

-Por favor…- dijo, con un hilo de voz -¿Me pone una cerveza y uno de esos bocadillos?- pidió tímidamente, señalando la vitrina que tenía delante. Pero no obtuvo respuesta alguna. El camarero argentino siguió hablando de mujeres, sin prestarle atención.
-¿Por favor?- insistió pasados unos minutos.
-No me moleste- contestó el camarero -estoy ocupado trabajando, ¡¿no lo ve?!-.
-Oh, vaya…- suspiró Antoñete -pues cuando pueda…-.
-Sí, sí…- contestó el camarero viril.

Pero pasaron los minutos, y el pobre Antoñete seguía sin ser atendido. Por su cabeza pasaban pensamientos críticos y de desprecio que no osaba decir en voz alta. “Seguro que si fuera una tía bien guapa como algunas de las que habla este tío, me prestaría más atención. ¡Ostras! ¡Pero cómo soy un tío!” pensó en ese momento.

Entonces buscó con la mirada al otro camarero, a ver si éste le prestaba más atención. ¡¿Pero cuál fue su sorpresa?! ¡El otro también estaba hablando! Unas señoras le habían preguntado cómo se llamaba, según lo que parecía, interesadas en un anuncio puesto por el camarero en el que promocionaba su tercer libro que iba a publicar en agosto.

-Me llamo Jaume- respondió el camarero, haciéndose el interesante.
-¿Jaume qué más?- inquirió una señora de mediana edad que lo miraba con palpable interés.
-Ahhh…- balbuceó -Moreso…-
-Tendré que acordarme- dijo esta clienta, mirándolo de arriba abajo -así podré decir que te conozco cuando seas un escritor famoso…- y le guiñó un ojo con picardía.
-Bueno… no sé si seré famoso…- respondió tímidamente el camarero aprendiz de escritor.
-¡Ya verás que sí! ¡Con este estilo que tienes! ¡Mejor que un torero!- le volvió a guiñar el ojo.
El camarero escritorzuelo no supo qué decir, estaba ruborizado y miraba hacia otros lados.
-¿Y sobre qué es este libro que publicas?- se interesó la señora, que lo miraba hambrienta.
-Ah… bueno… son relatos cortos de fantasía, terror y alguno de erótico…-
-Oh, caramba, erótico… qué interesante…-
El camarero tragó saliva.
-Si bueno- se anticipó a decir -también tengo alguno de terror medio cómico… por ejemplo el que se titulará “El Argentino Mefistofélico”, y será algo como que… basado en algunas cosas reales…-
-¿Y me lo dejarás leer no?- preguntó la señora, con picardía.
-Sí, ¡claro! Cuando lo saque traeré algunos ejemplares aquí para vender…- terminó la frase débilmente, con un suspiro, cuando unos gritos le alertaron.
-¡Rompan con cuidado! ¡Rompan con cuidado! ¡Infiernos!- llegaba volando, como una bofetada, una voz masculina, potente y armónica -si total… ¡lo paga el jefe!-.
Otra voz, más debilucha, que no se llegaba a entender, respondía a esos comentarios mordaces. Pero la voz masculina era más potente, y llegaba con persistente intensidad, aplacando a la otra -¿Y el coso? ¡¿Qué no lo sabes? ¡¿Con qué sí?! ¡Ya te diré yo a dónde va el coso! ¡Mira!- de pronto se escuchó un golpe muy fuerte, precediendo a un crujido de huesos.

La mirada del camarero intento de escritor se tornó en sorpresa, y se acercó preocupado al lugar del misterioso ruido. Un hombre alto, con un suéter ridículo y un bigote de lo más curioso, salió de la cocina, con pasos anchos y decididos. Su cabeza no paraba de balancearse con entusiasmo, y su boca, debajo de ese mustacho rimbombante, se contorneaba frenéticamente de un lado a otro, abriéndose y cerrándose como si corriera una cremallera imaginaria.

-“¡Cuiden los vasos!” Les dije… ¡Sí! ¡Vaya si les dije! “Cuiden la vajilla, que es cara…” les dije… ¡Pero no! ¡Todo son pérdidas! ¡Todo… todo son pérdidas!- balbuceaba con rabia, como un rinoceronte después de una colonoscopia -¡Ay…! ¡Pero ya verán cuando les descuente del sueldo…!-.

El otro camarero, el macho alfa, no se había inmutado demasiado. Ahora hablaba de sus músculos y de los ejercicios que hacía en el gimnasio, demostrando algunos movimientos mientras sacaba pecho. De pronto miró de reojo al señor mayor cuando decía: “-¡Qué paciencia tengo que tener! ¡Me van a salir canas verdes! ¡Infiernos! ¡Canas verdes!-”. Y se desplazó discretamente en dirección a la puerta de salida, cruzándose un momento con dos viejetes que le pedían la cuenta al argentino bigotudo, que no paraba de renegar.
-Señor, señor…- decía un viejete -¿Quién me cobra los dos chocolates con porras?- preguntaba, con un billete de cincuenta euros entre los dedos. El argentino del bigote le arrebató el billete con un zarpazo de sus fornidas manos, antes que ni siquiera el pobre viejete pudiera reaccionar.

-¡Cincuenta dólares! ¡Ya está bien! Ahora les cobro yo y luego les vuelve a cobrar mi hijo. Así les cobro doble, y hacemos ganancia. ¡Qué les parece!-.
Los viejetes se intercambiaron miradas de incredulidad, pero no llegaron a pronunciar fonema alguno ya que de pronto llegó el otro camarero, el que soñaba con ser escritor, ¡qué iluso!
-Pero pibe… ¡Pero pibe!- tartamudeó el camarero rabino -¡¿Qué le has hecho a la cocinera?!-.
-¡Tú calla!- escupió el bigotudo -¡Que siempre estás hablando!-.
-¿Yo? ¿Yo?- balbuceaba -yo… yo no hablo… es el otro… todos hablan y yo soy el que trabajo…-
-¡Sí, claro! ¡Tú siempre diferente! ¡Estos catalanes! ¡Siempre quieren ser diferentes a los demás! ¿Pues sí? ¡Ahora te haré diferente!- y no terminó de pronunciar la última sílaba cuando atravesó el pecho del pobre iluso quijotesco  con un imponente cuchillo de carnicero.
-¡Toma! ¡Ahora sí que eres diferente! ¿Qué te parece?-.
-Oh… oh… vaya…- balbuceaba el catalufo, entre gorgoteos sanguinolientos -no lo he visto venir, me has pillado desprevenido…-
-¡Infierno! ¡Porque no prestas atención a las cosas!- respondió entre carcajadas de enajenación acumulada -¡Poder de observasión…! ¡Poder de observasión!-.
-Pe… pero… pero… si aquí… sólo, sólo… trabajo yo…- balbuceaba el camarero catalán, mientras todas sus energías le abandonaban y caía lánguidamente al suelo, cogiéndose patéticamente al ridículo suéter del argentino bigotudo -¡Joder!- gritó, terminando al fin con su vergonzoso drama, y su vida llena de ilusiones y pajaritos se desvaneció.

Toda la clientela gritó. Se levantaron precipitadamente de sus sillas, tirando platos y tazas en su patoso intento por huir.

-¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!- gritaba el argentino, mefistofélicamente, alargando las “es” con un acento cantarín -¡Rómpanlo todo! ¡Rompan con cuidado! Total… ¡No lo pagan ellos!-.

Los rostros de pavor y de inquietud se mezclaban con aborrecible fealdad, gritando y suplicando que no les hicieran daño. Se empujaban unos a otros, como las viejecitas en las colas de los supermercados, cuando tratan de llegar primeras a la caja. Se abalanzaron todos en precesión hacia la salida, pero ahí estaba el otro camarero, el “macho man”, que con una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, cerró a cal y canto la puerta de salida.

La gente fue presa de la ansiedad. Algunos desfallecieron al instante, otros vomitaron y algunos se mearon encima, patidifusos y perdidos en ataques de pánico. Entonces, el argentino mefistofélico saltó por encima de la barra, empuñando dos profusos cuchillos de carnicero que inspiraron horror a la clientela, encogiéndoles el corazón con agobio, y con la pesadilla de la carnicería que estaba por venir.

“¡¿Pero qué fue de Antoñete?!” Muchos os preguntaréis.

De pronto parecía que hubiese desaparecido, ¡pero no! El pobre Antoñete seguía en la barra, ¡sin ser atendido! Y en medio de cabezas volando, y rodando por el suelo, miembros descuartizados, sangre brotando por doquier y salpicando toda la estancia, el pobre Antoñete, muerto de hambre y sediento, se arrastraba a gatas por el suelo, esquivando los cuerpos despellejados, que le caían encima; las cabezas rebanadas, que le rebotaban como pelotas de fútbol; los brazos cortados y arrancados, que se le pegaban como si quisieran agarrarlo; y las tazas y vasos que seguían rompiéndose.

-¡Eso! ¡Eso!- continuaba gritando, mefistofélicamente, ese argentino bigotudo, de ridículo suéter encima de una feliz barriguita.

Antoñete aprovechó la confusión para escabullirse hacia atrás, pensando que en el almacén habría una ventana por donde pudiera escapar. Pero repentinamente una garra se le clavó en el tobillo.

-¡Tú! ¡Ven aquí, pendejo boludo! ¡Que eres un lerdo, un lerdo!- y escupiendo estas palabras sarcásticamente, clavó su temible cuchillo en la rodilla de Antoñete, que gritó como un friki dopado al conseguir la última edición de su serie Manga favorita. Volvió a levantarlo en el aire, desgarrando la pierna del pobre infeliz, y salpicando el techo con un chorro rojizo. Y entonces, con una expresión de divertimiento, volvió a golpear la pierna, con una arremetida contundente, que seccionó el miembro en dos. Antoñete gritó desesperado, y se impulsó atormentado hacia delante, tratando de huir. El argentino sanguinario, divertido con su entretenimiento, se descuidó por un instante y no se percató de la huida de nuestro triste protagonista.

Antoñete subió como pudo hacia la ventana, que efectivamente, se abría en el almacén hacia el exterior. Se despeñó por ella, y huyó arrastrándose tan lejos como pudo. Sin haber sido atendido, sediento y muerto de hambre, para terminar, ay sí… terminar, como ya sabemos…

Jaume Moreso i Mallofré

 

La leyenda de San

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LA LEYENDA DE SAN

Para Kasandra, la belleza ptolemaica
y una auténtica luchadora.


Kapokianas son sus ropas, ¡de kilims oscuros y ligeros como gotas!
Ataviada con suma ligereza, ¡sus gráciles movimientos son una belleza!
Siempre activa, siempre vital, ¡siempre luchando contra el mal!
Aunque se desate el mismo infierno, ¡ella siempre luchará in aeterno!
Ningún enemigo la detendrá, ¡con fulminantes ataques ella vencerá!
Discreta y simple, pura y natural, ¡su gloria relucirá con brillo inmortal!
Rápida como el rayo, veloz como el viento, ¡lucha con todo su aliento!
Ahora se va, la victoria nos ha dado, ¡pero volverá con un propicio hado!

“Canción de la sureña”


En las vastas tierras de Antanis, los Humanos vivían replegados en la más absoluta subyugación bajo las garras de Cainathoth, una bestia infernal que imperaba con la ley del acero y la muerte. Sus huestes oscuras de bestias y demonios se paseaban por las anchas tierras sembrando el horror y el castigo de la muerte.

Sólo una pequeña facción de humanos resistía, y mantenía en pie su dignidad y su bienestar, en la ciudad fortaleza de Esanis. Pero fuera de sus murallas la Sombra lo cubría todo. La muerte vagaba caprichosamente, a lomos de la locura y la codicia, y las gentes Humanas vivían con la congoja en su corazón, asediados por el miedo que acecha, por el terror que encoje, que encarcela la libertad.

Las constantes incursiones de hordas infernales se cobraban con muchas vidas Humanas, esclavismo y la subyugación tiránica en el pago de tributos. Los pueblos Humanos, repartidos por todo el continente, vivían aterrorizados bajo la Sombra que provenía del norte, en la matriz del mal, en su morada más allá de las Montañas Negras, en la tierra volcánica de Shug Gorgosh, donde moraba la maldad. Sus miradas, cubiertas por una sombra, miraban taciturnas y tristes hacia el norte, temiendo constantemente nuevos asaltos, incursiones, saqueos y matanzas indiscriminadas. Sus ilusiones habían muerto. Sus expectativas, aplastadas por la tiranía. Su futuro, negro y vacío.

Hasta que un día, algo empezó a suceder…

Los ejércitos de Esanis se estaban movilizando. Durante mucho tiempo y en silencioso secreto, se habían estado trazando planes contra Cainathoth. Los generales Esanienses habían dedicado largo tiempo en idear sus estrategias, en crear planes de ataque para asesinar de una vez por todas a esa criatura infernal.
Demasiado tiempo había pasado. Demasiado sufrimiento, demasiada muerte… ya se había aguantado suficiente. Era hora de actuar.

En la ciudad fronteriza de Nomil, en el borde del mundo Humano con Shug Gorgosh, los ejércitos Humanos estaban listos para la gran batalla de su tiempo, quizá para la última batalla en la que la mayoría perderían la vida, por una noble causa, para liberar el pueblo de la tiranía de Cainathoth.

Los ciudadanos y ciudadanas de esa noble ciudad rezaron por la victoria de los ejércitos Esanienses, mientras los veían adentrarse en la tierra de la Sombra, y las figuras de treinta mil soldados se perdían en la oscuridad. No se sabe qué pasó en esa tierra infernal, ni los horrores que vivieron esos soldados, pero de todos ellos, sólo un centenar volvieron con vida. La mayoría desquiciados, enloquecidos o trastornados.

El mundo estaba perdido.

Ni el más grande ejército Humano, que se unió en una desesperada incursión, pudo derrotar a la bestia Cainathoth, quién estalló en cólera y mandó una hueste de demonios hacia la ciudad de Nomil, para impartir su castigo de muerte.

El azote fue terrible.
Los ejércitos negros volvieron entonces al castillo de Murgol, habiendo saciado su sed de sangre, dejando tras de sí columnas de humaredas, fuegos extendiéndose entre cenizas y miles de cadáveres ensangrentados que cubrían los pavimentos, la tierra, los cultivos y la hierba…

Los pocos supervivientes enterraron con el horror impregnado en sus retinas los cadáveres devastados, sin vida, de sus familiares y gente querida. Se tragaron sus recuerdos y memorias, vomitando el odio, la pena y la desesperación, hundiéndose en la apatía, perdiéndose en los laberínticos caminos de la derrota y la renuncia.

Cainathoth estaba satisfecho con la matanza.

Los Humanos ahora sabían con quién trataban, y que las osadías eran castigadas, que enfrentarse a él conllevaba represalias terribles. Los vientos de muerte soplaban por toda la región, la monotonía y la rendición se olían en el aire, la total sumisión se percibía en la tierra.

Pero algo diferente empezó a flotar en el ambiente… algo que Cainathoth, con toda su arrogancia y pedantería, no había llegado a imaginar.

En las alturas del castillo de Nomil, ciudad invadida por las huestes de Demonios, una silueta oscura se recortaba contra la puesta de sol. Su capa ondeaba con el viento, dibujando contornos y trazados sinuosos que traían el mensaje de una épica venganza. De pronto algo brilló en ella, una luz circular que navegaba como el fulgor centelleante de las estrellas. Los Demonios se percataron de ello, observaron hacia las alturas y allí vieron esa silueta, empuñando dos espadas fantásticamente brillantes que emitían destellos y luces enigmáticas.

Los gritos de desafío fueron horrendos y desquiciantes. Lo que salía de sus gargantas -si se les podía llamar gargantas a esos informes, abominados y deformados cuellos- era la antítesis de todo lo sano, era una vorágine de fiebres enfermizas y fobias espeluznantes.
Ningún guerrero, soldado, bárbaro, gladiador o caballero, hubiera podido aguantar en pie, dentro de los dominios de la cordura, ante ese espectáculo de repulsiva perversión y locura.

Pero esa figura, impertérrita, impávida, respondió con un gesto estoico a las horrendas criaturas que se balanceaban ahí abajo en un baile de obscena repugnancia. Levantó las dos espadas en alto, y de inmediato éstas empezaron a brillar con una luz estentórea y eléctrica que crujía y crepitaba, liberando rayos coléricos de electricidad.

Entonces empezó a correr por las alturas del castillo de Nomil, dirigiéndose hacia la plaza central. Las criaturas infernales la persiguieron, y ante sus ojos llameantes pudieron contemplar con arrogancia y odio un espectáculo acrobático, en el que la figura misteriosa se deslizaba con la elegancia de un cisne, como si estuviese esquiando en una pendiente tremendamente empinada, y con un gran salto se presentaba con osadía en medio de la hueste de Cainathoth, en la plaza central de Nomil, ahora devastada, destruida, envuelta en cenizas y fuego, y cubierta por la Sombra… Todas esas bestias gritaron al unísono, y se abalanzaron salvajemente a la captura de esa sombra enigmática que las estaba retando.

Su larga melena, negra como el carbón, más oscura y profunda que la propia Sombra, empezó a volar con determinación y protagonismo, remarcándose en medio de la oscuridad al ritmo de sus movimientos acrobáticos.

Atacaba con la contundencia de un toro, y con la precisión de un águila. Sus movimientos felinos mareaban a los Demonios, quienes no podían acertar sus estocadas ni adivinar los ataques de la guerrera misteriosa. Se movía y se deslizaba con una velocidad pasmosa. Sus cabriolas y piruetas eran resueltas, repentinas y fugaces. De pronto, podía estar abatiendo a dos Demonios de espalda a otros tantos, quienes la atacarían con furia, pero con un salto ágil y veloz, esquivaría todos sus ataques, se posicionaría girando sobre ella misma y volteando su cuerpo en el aire, como un hada o una ninfa voladora, en el flanco o las espaldas de esos seres, para derrotarles con un ataque repentino y fulminante.

Sus espadas parecían dos pinceles gigantes que pintaban trazos sinuosos en el aire. Y al mismo tiempo que esgrimía sus estocadas, también las ilustraba con esos filos mágicos que conducían haces resplandecientes de una luz rosada, crepitante como un rayo.

Y así, fulminadas, una a una la bestias fueron cayendo, bajo las raudas y electrizantes arremetidas de esa sombra misteriosa que por momentos se destapaba, brillando con luz propia entre las tinieblas de la Sombra, mostrando en sus movimientos ágiles y diestros, una elegante y delicada belleza femenina.
Tiró abajo los estandartes horrendos del ejército de Cainathoth, expulsando a los Demonios restantes, que huyeron despavoridos ante un único adversario contra el que ni todos juntos pudieron plantarle cara.

La voz corrió rápidamente, y en poco tiempo todo el mundo hablaba de lo mismo, cuchicheando, entre dientes, pero con esperanza. La noticia de la derrota de las huestes oscuras sorprendió a todos, propagándose por el ancho mundo.

Algo brillante se encendió en esas habladurías, en esas historias que volaban de boca en boca. Las gentes, marchitas, y con el espíritu decaído, empezaron a revivir entonces, alabando las hazañas de esa guerrera misteriosa que había desafiado a la Oscuridad con una valentía imperturbable.

El Mal se agitó entonces en las tierras de Shug Gorgosh, rugiendo con furia y despertando el horror volcánico. En el trono de Murgol, el Emperador Cainathoth estalló en cólera. No podía tolerar este desafío, esta burla insensata de una muchacha cualquiera que había atacado con ilusas pretensiones los ejércitos de la Sombra. Llamó a armas a todas sus bestias, y las envió bajo el mando de sus mejores lugartenientes hacia la ciudad fortaleza de Esanis. El castigo sería terrible, los Humanos nunca volverían a plantarle cara.

El final estaba próximo. La mayoría de los Esanienes se preparaban para huir, hacia las escarpadas Tierras Marchitas del sur. Estaban haciendo sus bolsas y organizando sus provisiones cuando una voz, de singular belleza y entonación, les sorprendió:

-¡¡Amigos norteños!!- resonó armoniosa y cristalina a través de las anchas calles adoquinadas de Esanis -¡No debéis huir! ¡No tengáis miedo! ¡No temáis a la Oscuridad!-.

Los ciudadanos y ciudadanas entonces levantaron los ojos y la vieron por primera vez, a las puertas de esa honorable ciudad. Ahí estaba, la guerrera misteriosa de la que se cantaban gestas y hazañas contra la Oscuridad. La enigmática guerrera, tan deseada y admirada, y que era la última esperanza del pueblo Humano…

-¡Mi nombre es San Danarkas! ¡Y he venido de las lejanas tierras del sur para traeros esperanza! ¡No temáis buenas gentes, yo plantaré cara a lo abominable! ¡Y os doy mi palabra que lucharé hasta mi último aliento!-.

La gente gritó, vitoreando y aplaudiendo, aclamando su nombre, exaltando sus palabras. Muchos se acercaron emocionados y maravillados hacia ella, contemplando ensimismados su magnífico porte, su sensual belleza…:

>> San era de constitución fuerte, con una musculatura discreta pero energética y briosa. De figura atlética y estilizada, era más alta que muchos hombres, y sobresalía con protagonismo entre toda la gente que la rodeaba, admirándola.

Su agilidad era espectacular, y más sus destrezas marciales que la convertían en una ninja respetada y temida en las lejanas tierras del sur. De entre todas sus habilidades en el arte de la batalla la que dominaba mejor era la esgrima. Blandía dos espadas de considerable tamaño con una rapidez y una celeridad casi imposibles de atajar. Estas dos espadas, de un color rosado, con sombras y reflejos violetas que por momentos parecían moverse en el filo como si tuvieran vida, eran ligeramente curvadas como las cimitarras, y lucían con singular personalidad runas mágicas y símbolos cabalistas totalmente desconocidos para el hombre de ese tiempo.

Algo excepcional dentro de las habilidades de San era su dominio absoluto del combate a distancia, con arco, ballesta o lanza. Y cabe remarcarlo, ya que la doctrina y la disciplina ninja no presume de este dominio. Pero San, con toda su pericia y talento, manejaba magistralmente un arco mágico de jade que disparaba flechas encantadas como verdaderos rayos caídos desde el cielo.

Su pelo, negro como el carbón, lucía brillante y energético como ríos babilónicos de fértil vida. Del mismo modo que sus cejas, de sinuosidad sutil, delicado y fino trazo y saludable volumen. Su piel morena, oscura y con exquisitos reflejos dorados, transmitía energía y vitalidad inagotable. En sus brazos, o sus tersas, fuertes y atléticas piernas era donde se podía apreciar más, esta vida sin fin, esta inacabable energía.

Sus puños, robustos pero delicados y suaves a la vez, blandían con ímpetu y rigor sus espadas fantásticamente brillantes. Y es que, aunque fuese una guerrera entrenada y curtida en la guerra, su feminidad y belleza no habían menguado en absoluto, todo al contrario. Con toda esa fuerza, entrenamiento, vigor y vitalidad, su cuerpo lucía con energética belleza unos pechos firmes y voluminosos, unas nalgas y unos contornos sensuales, preciosos, firmes y fuertes, y más su vientre, plano y terso, que dibujaba los soñados caminos de ensueño entre prados de infinita lujuriante belleza.

Todo su cuerpo era deseado y admirado, una belleza sobrenatural en un mundo de mundana vulgaridad… <<

-¡Volved a vuestras casas amigos! ¡Quedaos en vuestra ciudad!- retumbó de nuevo la bella voz de San -y no tengáis miedo por la fragua de la batalla, ¡por el conflicto que acaecerá! Yo les detendré, aquí, aquí mismo, ¡una línea debe trazarse!- y al instante de terminar de pronunciar estas últimas palabras, miles de tambores sonaron al acorde anunciando el inicio de la batalla que decidiría el destino del pueblo Humano.

San se adelantó unos pasos, saliendo fuera de las murallas de Esanis.

Los ciudadanos la observaron desde sus ventanas, con una preocupación extrema que llenaba sus miradas, y cogiéndose fuertemente de las manos, desearon fervientemente el buen augurio a la joven heroína.

Su única esperanza era una guerrera que vino de unas tierras tan lejanas y desconocidas que ni siquiera su nombre conocían. La guerrera sureña San DanarKas que vino a traerles esperanza en estas horas aciagas… y si ella no conseguía expulsar ese inconcebible ejército de criaturas abisales que avanzaban como una avalancha hacia la ciudad de Esanis, nadie más podría…

Los tambores volvieron a tronar aún con más potencia, y su ensordecedor bramido voló implacable por el viento que ondeaba descontroladamente los espantosos estandartes demoníacos. Los corazones de los últimos habitantes de Esanis se encogieron con el terror, y conteniendo las lágrimas, dedicaron una última mirada anhelante a San para luego ocultarse y rezar por la victoria.

San estaba sola, absolutamente sola ante el avance estrepitoso de un millar de Demonios, que cubrían la loma de la montaña como un espeso follaje infernal. Por todas partes, desde todos los rincones, llegaban más y más Demonios, asediando cada vez más cerca a la única y última defensora de los pueblos libres.

San levantó las espadas en el aire, que brillaron con una intensidad fulgurante, y liberaron miles de chispas en todas direcciones. Gritó y pronunció unas palabras desconocidas en su dialecto de las tierras del sur. Entonces, en respuesta a sus palabras y oraciones, el cielo estalló en una gran tormenta, lanzando rayos fulminantes en dirección a las dos espadas que San empuñaba hacia el firmamento.

Los rayos caían una y otra vez, a una velocidad de vértigo e instantáneamente envolvían los filos de las espadas con su luz centelleante. A su vez los filos de las espadas propagaban a su alrededor rayos eléctricos de un color violeta, que flotaban con agilidad y una vivaz presteza alrededor de San, creando una especie de escudo protector.

Varias explosiones respondieron al espectáculo de San, quién abrió los brazos, inclinó las espadas hacia delante, y se preparó para el ataque.

Repentinamente una bola gigantesca de fuego cayó encima de la sureña, generando una terrible explosión que llenó varios metros a la redonda de un fuego infernal y abrasador. Muchas más bolas de fuego emergieron en el cielo, lanzadas por enormes catapultas situadas en las últimas filas del ejército de Cainathoth.

El cielo chispeante y electrizado con la magia de San se tiñó de rojo. Los rayos relamían las bolas de fuego que surcaban el aire, emancipando la furia ígnea de las rocas candentes del ejército negro, que estaban a punto de caer sobre San y la ciudad sitiada de Esanis.

Pero entonces algo se revolvió entre las llamas, y hubo una gran explosión cegadora. Rutilantes rayos eléctricos atravesaron el fuego infernal y se expandieron por el aire, chocando contra las rocas incendiadas, y haciéndolas añicos antes de que cayeran a su objetivo. San emergió entre el fuego, refulgiendo con una luz que palpitaba y se expandía por momentos. Innumerables rayos coléricos se fundían con ella, y otros más salían disparados de su cuerpo. Sus brazos tensados hacia el aire describieron un movimiento giratorio, y a la velocidad de la luz un rayo gigantesco saltó desde el cielo para chocar en la espada de San, arremolinarse en su filo y volver a salir disparado, guiado por el movimiento de la sureña que atrapó el rayo, lo controló, lo dominó y lo dirigió como un cohete hacia una de las catapultas de las huestes oscuras.

La explosión hizo añicos el artefacto de Cainathoth y fulminó a varios Demonios que estaban cerca.

San volvió a atacar decididamente. Los rayos volaban por el cielo como verdaderos arcanos fulgurantes del dios supremo del Olimpo. Una a una las máquinas de guerra demoníacas fueron desintegradas, aniquilando a decenas de Demonios que estaban demasiado cerca.

La hueste de Cainathoth gritó con furia, y las primeras filas iniciaron una estrepitosa carga llena de alaridos, gritos, gruñidos, crujidos de madera y roca bajo los cascos de los guerreros y todo tipo de trompeteos demenciales tocando sacrílegas melodías.

San se posicionó para la carga. Flexionó las piernas inclinando el torso ligeramente hacia delante, y extendiendo su brazo derecho hacia atrás, apuntando diagonalmente hacia el cielo, volvió a realizar el mismo movimiento giratorio que atraía los rayos. Daba la impresión de como si fuera a lanzar algo sumamente pesado, y flexionaba las piernas de tal modo que todo el peso lo recibiera la de delante.

La hueste estaba cada vez más cerca, se le tiraba encima, las primeras líneas estaban a punto de chocar contra ella… un estallido cegó los Demonios que intentaban envolver a San, y cuando recobraron la vista vieron como la guerrera sureña les lanzaba un rayo fulminante que cayó sobre ellos, destrozando sus cuerpos y abriendo una brecha en el suelo.

Los Demonios que venían por detrás saltaron entre el humo y las chispas, y con sus enormes cuerpos se lanzaron sobre San, quién giró sobre sí misma, como si llevara algún artefacto en los pies que le permitiera patinar, y con un gesto sublime esquivó todos los golpes, se internó en medio de las filas de Demonios y mandó una serie de raudas estocadas que hicieron caer a muchos de ellos.

Un enorme mandoble cayó en dirección a su cabeza, asido a los puños de una bestia grotescamente infernal y enorme. San paró el golpe con las dos espadas, para luego tirarse al suelo evitando el terrible hachazo de otro Demonio, dar una serie de volteretas, burlando una sucesión de golpes contundentes que hicieron añicos las rocas y levantarse de nuevo para detener las espadas envenenadas de un Demonio ponzoñoso, devolverle un golpe tajante que separó su cabeza del cuerpo, girase de espaldas para frenar una multitud de proyectiles lanzados por unos artefactos que parecían fusiles, guiar su brazo derecho al flanco, con la hoja de la espada bien levantada para chocar contra una lanza que la amenazaba, dar un doble giro vertiginoso, haciendo serpentear sus dos espadas en curvaturas helicoidales que cercenaron los cuerpos de sus adversarios, levantarlas en el aire, llamar dos rayos mortales y lanzarlos al frente para hacer volar por los aires a un centenar de bestias horripilantes que le frenaban el paso.

El humo lo llenó todo. Las rocas chasqueaban con los rayos recién producidos, pero las bestias infernales seguían llegando por todas direcciones. Había tantas que inexorablemente iban a aplastar a la guerrera sureña por muy rápida que fuese.

Ella lo sabía.

Decidió tomar la iniciativa y adentrarse hasta el interior de las filas de Demonios a toda velocidad, sin que las bestias tuvieran la oportunidad de lanzarse encima y dejarla sin espacio.

Empezó a correr hacia el frente, primero a baja velocidad, con los brazos tendidos hacia atrás, y apuntando sus dos espadas hacia el cielo, que estrepitosamente volvía a encenderse con miles de rayos coléricos. Aceleró la carrera, sus piernas se agitaban a una velocidad pasmosa, y chafaban el suelo con tanta fuerza que sus huellas quedaban rodeadas por pequeñas grietas.

Ya tenía los Demonios encima, quedaban muy pocos metros para el choque de masas. Saltó en el aire, con gran propulsión, y conjurando dos rayos de rutilante energía eléctrica, los lanzó hacia las primeras bestias que tenía a tiro. Cayó entre la humareda y los cuerpos devastados, y tuvo que moverse rápidamente hacia atrás para no ser embestida por una mole gigantesca que manejaba dos hachas del tamaño de un hombre con tal fuerza que reventó una roca de más de diez metros de envergadura con su terrible ataque.

Siguió esquivando golpes y ataques brutales, y derrapando con una pierna estirada y todo su cuerpo agachado a ras de suelo, disparó un nuevo rayo a las criaturas abisales que la sitiaban. Saltó por encima de uno, dejando atrás su cuerpo partido por la mitad. Giró hacia el flanco, y fulminó varios Demonios que se le acercaban, esquivó un sable dentado que se dirigía a su estómago, bloqueó la maza de otro enemigo, y volviendo a girar sobre sí misma, atrajo un rayo de las alturas, lo hizo girar alrededor de su espada, como si jugara con algún malabarismo, y lo lanzó imitando el disparo de un fusil sobre el cuerpo de una bestia de tamaño ciclópeo que estaba a punto de atacar con su enorme maza. El monstruo salió a la vista, por detrás de los humos levantados, con el torso agujereado y todo su vientre carbonizado.

San reactivó la marcha hacia delante, hacia las últimas filas del ejército, dividiéndoles y perforándoles, como una larga bobina perfora una pared de roca. Zigzagueaba y giraba, saltaba y retozaba con agilidad, rebotaba en las rocas y se lanzaba por el suelo, se impulsaba de nuevo y corría como una gacela para atacar con decisión a las criaturas aberrantes que la hostigaban.

Y en medio del bullicio de gritos y gruñidos, de los estridentes metales al chocar, de chirridos y chasquidos de las rocas y los rayos, de los estallidos del fuego y el fragor de la batalla, San siguió luchando, enemigo tras enemigo, asalto tras asalto, en un hervidero de enemigos cuyo número y valor cada vez era más reducido. Pero ellos no eran los únicos que se veían mermados por la duración de la batalla, las energías de San también se debilitaban, y cada vez se sentía más cansada.

Continuamente corría, esquivaba los ataques, alargaba la espada hacia el cielo para atraer nuevos rayos, y los lanzaba en todas direcciones, teniendo que pisar muy fuerte con sus piernas para poder aguantar los fuertes empellones que le lanzaban las exhalaciones de los rayos, empujándola hacia atrás.

Pero al fin el curso de la batalla parecía ponerse de su lado. Las huestes negras empezaron a retirarse, huyendo hacia las montañas en desbandada. San había conseguido reducirlas significativamente, y las que quedaban ya no osaban enfrentarse a sus rayos fúlgidos.

La tierra se despejó, los humos se disiparon, el fuego se apagó…

Las gentes de Esanis salieron de sus escondites, para alabar a San y glorificar su gran hazaña, mientras desde la loma de las montañas una nueva figuraba se acercaba con pasos contundentes. San lo percibió, sintió su poder en lo más hondo del alma, y se estremeció con el nuevo enemigo que le deparaba su destino.

Todo el mundo se paró a media carrera, la voz se deshizo en sus lenguas, las palabras cesaron de inmediato.

La oscura figura se acercaba decididamente, y el ruido de sus pisadas cada vez era más audible, y se expandía con estridencia como si un gran martillo de roca golpeara una ancha placa de metal. Era tan insoportable que todo el mundo gritó. Pero ese grito no fue nada comparado con el siguiente, cuando la figura del nuevo ser apareció a la vista, y su cuerpo mutante asaltó las visiones de las pobres gentes que caían al suelo patidifusas ante tan repentina aparición.

No tardó un segundo en atacar. No hubo un instante para respirar. La bestia se impulsó con sus enormes patas de león encima de San, quién cayó al suelo bajo las voluminosas garras de lobo que estrujaban el cuerpo de la guerrera sureña, impulsadas por la portentosa fuerza de un torso hinchado y hercúleo del toro más gigante que ha pisado la faz de la tierra.

Su cabeza se inclinó desde lo alto de un cuerpo descomunal, hacia el cuerpo de su presa. Sus fauces rugían pausadamente, soltando grandes vahos de aliento putrefacto. Observó con deleite la presa, desvalida e indefensa, y paseando su larga lengua de serpiente, abrió una enorme boca reptiliana que de un solo bocado podría tragarse un ser Humano.

Levantó a San en el aire con deleite. Sus espadas mágicas cayeron al suelo. La sacudió un poco, viendo su cuerpo inerte balancearse sin control, y al observar que no había fuerza alguna en esa criatura, la arrojó hacia los afilados colmillos que formaban la colosal dentadura de esa cabeza titánica de caimán.

Estaba a punto de tragársela, convencido de su victoria, cuando todo el cuerpo de San se enderezó y se tensó en el aire. Sus miembros se agitaron con fuerza, y desenvainando un arco misterioso de su espalda, lanzó una saeta electrificada sin que ninguna flecha hubiera sido puesta en su cuerda.

La saeta impactó de lleno en el rostro de Cainathoth, que cayó de espaldas al suelo y rugió desesperadamente tapándose el rostro animalesco y mutante con las dos garras.

San aterrizó dificultosamente, y casi sin poder ponerse en pie volvió a apuntar con su arco jade a la bestia reptiliana y bestialmente mutante que aullaba como un lobo.

Incognoscible es el horror oculto que ha vivido desde los arcanos del mismo submundo hasta las nuevas eras de las bestias, y se ha mezclado con ellas y ha mutado formándose a base de lo más inconcebible…

Los dedos de San cogieron la cuerda invisible del arco que brillaba con la fuerza de la naturaleza, la acariciaron como el hilo mágico del arpa de un mito griego. La tensaron amablemente y unas palabras enigmáticas flotaron alrededor… se encendió una chispa, que correteó eléctricamente por todo el hilo y lo envolvió con una serpentina centelleante. En la punta de sus dedos un fulgor mayor surgió, atrayendo toda la refulgencia del hilo, y con un movimiento suave soltó la cuerda mágica…

Se produjo una rápida y chispeante explosión delante del arco. Fue un instante fugaz, un breve momento. Pero desde dentro, en su interior, algo que latía con una fuerza quimérica, emergió como el tridente de un dios marino y se abalanzó en dirección a la bestia Cainathoth liberando un ruido parecido al de frotar una piedra sobre una superficie rugosa.

La flecha mágica perforó el cuello abominable de Cainathoth, despertando en él un rugido caótico que parecía provenir de diferentes gargantas animales. La bestia se levantó de un salto, como avivada por un flagel, y pateó con sus enormes piernas leónidas a la guerrera sureña, que estando debilitada y herida no pudo esquivar el ataque.

Cainathoth siguió atacando con sus portentosas extremidades, cegado en un ojo y con el cuello perforado. Sus golpes eran brutales y agujereaban la misma tierra. San casi no podía esquivar esas duras arremetidas. Saltaba y se arrastraba por el suelo entre las piedras que volaban, el polvo que se levantaba en grandes cortinas y las rocas que estallaban en añicos, mezclándose con la ceniza que se extendía alrededor del cuerpo de la bestia infernal.

San sabía que no podía batirse cuerpo a cuerpo con ese enorme monstruo, que su fuerza no podía rivalizar con la de Cainathoth y que un solo golpe más de ese monstruo seguramente la mataría… tenía que esquivar, correr y arrastrarse y alejarse tanto como pudiera de los ataques descontrolados del general de los ejércitos demoníacos.

Debía encontrar una posición favorable que le diera la posibilidad de volver a disparar su arco mágico.

El momento llegó pronto. San saltó a un lado, cayendo de espaldas, se levantó de nuevo para volver a caer mientras esquivaba la zarpa de Cainathoth, que perdiendo el equilibro, tropezaba con unas rocas y caía al suelo produciendo un caos que protegió la huída de San.

Y entonces, estando a una distancia favorable, San volvió a conjurar su saeta mágica… la envió directa a la cabeza.
Esa tenía que haberle matado. Los ojos de San brillaron con esperanza al contemplar que el cuerpo de Cainathoth no emitía ruido alguno, ni se movía en absoluto. Se acercó con precaución, tambaleándose y tropezando con los agrestes desniveles y depresiones de una tierra devastada y surcada de grietas.

La bestia aún parecía respirar. San se horrorizó al contemplarla de más cerca, de verla ahora con claridad, estando abatida en el suelo. Dio un paso atrás, sin poder contener su espanto ante una risa sardónica que la bestia infernal exhalaba con su último aliento. Todo su cuerpo empezó a brillar con el color del fuego, sus latidos se intensificaron llegando a convertirse en tremendas explosiones…

San trató de huir, pero carecía del tiempo suficiente… El Demonio Cainathoth estalló desintegrándolo todo a su alrededor, abriendo un cráter profundo y oscuro que se tragó media ciudad de Esanis.

Cuando los supervivientes Esanienses salieron de sus escondites en busca de su Heroína, vieron aterrados el resultado, y aunque sus deseos eran fuertes, jamás encontraron a su salvadora…

>> A los veinticinco años, la valiente, la estoica, la legendaria San DanarKas desapareció entre los fuegos de la muerte que destruyeron para siempre y se llevaron al mismo purgatorio al general Cainathoth.

San desapareció dejando tras de sí un legado de valor y gloria inmortal, sus hazañas dieron la vuelta al mundo y la leyenda empezó a cobrar forma.

Hay algunos que piensan que aunque San haya muerto, ella nunca nos abandonó. Que aquella valiente y estoica guerrera continúa aquí, en algún lugar, velando por nuestra seguridad.

Y hasta hay algunos otros, más atrevidos, que no creen que San haya muerto. Aseguran que nuestra heroína sobrevivió a la gran catástrofe, y que ahora, encubierta por el velo de la falsa muerte, sigue luchando, protegiéndonos de los males del mundo, haciendo frente a la Oscuridad, poniéndola a raya…

Sola, anónima… simple, natural y pura, sin la codicia de una recompensa, de los halagos, los festejos o cualquier reconocimiento. Sólo con el deseo de dar al mundo la libertad y la prosperidad de un nuevo futuro…
Esto es lo que muchos desearían, aunque la innegable catástrofe y sus terribles resultados nos priven de ello…

Al menos, a mí, me gusta pensar, es más, quiero y estoy seguro de saber que San sigue viva, pues en los países del sur, más allá de las montañas azuladas, donde todos los caminos se acaban, ha llegado el murmullo, débil y plácido, de las hazañas de una espadachina que maneja dos espadas rosadas más rápidas que el viento, más vertiginosas que un rayo… y que su arco verde jade nunca tiene flechas, pero siempre acaba con sus adversarios. <<

Jaume Moreso i Mallofré


 

REPTANTE DESTINO 5 abril 2010

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REPTANTE DESTINO

Muchas veces me pregunto si lo natural de las casualidades, si la sencillez de los sucesos es simplemente el enlace casual de cadenas arbitrarias y aleatorias o, por el contrario, existe algo más en esta realidad, algo ajeno a nosotros, algo que tiene un poder distinto e imposible de comprender por la mente humana.

Esto sonaría muy normal si procediese de una persona de fe, de fuertes convicciones espirituales. Hasta sonaría comprensible y adecuado para una persona estándar, de clase media y con una vida de lo más ordinaria. Pero ninguno de estos es mi caso.

Soy doctorada en física y mi carrera profesional me ha llevado a los peldaños más altos de la investigación científica. Toda mi vida, la ciencia ha sido mi guía, mi norte y la solución de todas mis cuestiones. Pero… pero recientemente, ha sido asaltada mi cordura con una cuestión que la ciencia no puede responder.

Sin poder comprender lo sucedido, estoy perdida, levitando y flotando entre ecos vacíos de horas muertas. Mi reloj ha perdido todos los instantes, y la ciencia, orgullosa y vanidosa, ha caído en un pozo de ignorancia, cuyas negras paredes, son la oscuridad de lo desconocido.

Por eso, ahora, perdida y perdidas mis creencias, no he podido sino encaminarme a la búsqueda de respuestas en lo intangible, en lo etéreo y fugaz de lo espiritual. Me he encaminado a la búsqueda del destino, y del significado que éste pueda tener.

Si hoy os cuento mis experiencias, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia, no es para diversión de mis lectores, es porque necesito encontrar un poco de paz en mi corazón, porque, porque… es tan incomprensible lo que me pasó este viernes día 21 de septiembre, que no puedo guardármelo en mi interior.

Mis propios sentimientos se contradicen, se niegan a aceptar su propio testimonio, y yo habría de estar totalmente loca si lo aceptara. No obstante, no estoy loca, y con toda seguridad, no sueño.

Lo que pasó este viernes es una simple cadena de sucesos domésticos que, separados uno a uno e individualmente, no se les puede atribuir nada especial ni sobrenatural, pero es en el conjunto cómo se les debe ver, y este terrible conjunto es el que me ha dejado anonadada y perdida; anonadada y perdida una mente con amplios conocimientos científicos, con fuertes convicciones racionales.

Así que, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia es porque todos mis intentos de esclarecer los pormenores que se han visto implicados, han sido totalmente en vano.

Y es en los pormenores, en estas implicaciones, dónde se deben buscar las respuestas, pues lo global es tan complejo y tan sobrenatural, se aleja tanto del raciocinio humano, que es inútil tratar de esclarecerlo por los métodos y las herramientas que nosotros conocemos.

Seguramente nadie podrá dudar del carácter, un tanto outré, de la historia que os voy a relatar y tengo que decir que todo sucedió como lo voy a contar. No es fantasía, ni ficción. Ni ningún delirio… Aunque sería comprensible pensar esto, y yo lo pensaría, sin duda alguna, si fuera una lectora ajena. Pensaría que, sin duda, la persona que lo ha escrito está desequilibrada, ha enloquecido o fantasea. Pero el caso es muy diferente, pues yo no estoy loca ni tengo fantasías.

Para poder contaros lo sucedido este viernes 21 de septiembre tengo que remontar en el tiempo muy, muy atrás. Cuando yo tan sólo era una muchacha de quince años de edad…

Era el verano del 86. Nos fuimos yo y mi familia a pasar unas vacaciones en una confortable cabaña en el bosque, al lado de un pueblo diminuto y poco conocido. Los sucesos empezaron a producirse el segundo día, tomando un curso imparable y que guió completamente nuestros actos.

Salimos todos a dar un paseo por el claro de un bosque. Al cabo de un rato, y habiéndonos separado ligeramente, me di cuenta que, en el borde del claro, se desplazaba un brillante riachuelo que serpenteaba por la falda de una alta montaña. Divertida, me metí en el río. Me cubría sólo hasta las nalgas, y el agua era tan clara que te invitaba a chapotear en ella. Y así lo hice.

Fui corriendo, chapoteando y saltando, curso a bajo por el río. De pronto oí un grito ahogado de terror, y reconocí, sin ningún tipo de duda, la voz de mi madre. Aceleré el paso, angustiada, hacia la procedencia del grito de la mujer que me había dado la vida. La vi muy pocos segundos más tarde. Estaba al otro lado del riachuelo, con la mirada presa del pánico. Ante ella reptaba y se contorsionaba una terrible y a la par magnífica serpiente.

En ese momento llegaron mi padre y mi hermana pequeña. No pudieron contener su espanto al ver a tan terrible bestia, y mi hermana sólo era una niña de diez años y no pudo controlar sus instintos. Gritó horrorizada, y eso alteró al formidable reptil, que se abalanzó salvajemente contra el cuerpo de mi madre. La mordedura fue terrible, y la mujer que me había traído a la vida cayó inconsciente al suelo.

Mi padre cogió desesperado a su mujer y, viendo que no abría los ojos, se puso muy nervioso y empezó a gritar. Mi hermana se puso a llorar sonoramente, que no es de extrañar para una niña tan pequeña, pero sí que era extraña la tranquilidad y la seguridad que se había posado en mí. Ordené a mi padre que cogiera a su mujer en brazos y me siguiera. “Rápido” le dije “No hay tiempo que perder. Cogeremos el coche y la llevamos al hospital de la ciudad más cercana”. Y así fue. En menos de media hora llegamos al hospital, espoleados por una prisa vertiginosa y por el miedo a las funestas consecuencias que podría traer el veneno que se extendía por el cuerpo de mi pobre madre.

Los médicos le sacaron la ponzoña y la salvaron, pero necesitaría mucho descanso hasta poder recuperarse. Así que, aquel viaje que pretendía ser el de unas divertidas vacaciones, se convirtió en una triste espera y en un consternado velatorio para la salud y la recuperación de mi madre.

Mi padre se pasaba los días enteros en el hospital, al lado de su mujer, y nosotras casi nunca lo veíamos, así que pasamos casi todos los días solas y las inquietudes y el miedo no tardaron en hacer acto de presencia.

La metamorfosis empezó muy pronto, justo cuando volvimos a la casa de vacaciones. Al poner el primer pie en el hall ya me di cuenta de que algo no cuadraba. Todo estaba ordenado, diferente a cuando una familia ajetreada con ganas de diversión llega a una casa y se instala en ella con prisas y ganas de salir a tomar el aire.

Y mis sospechas se acrecentaron aún más cuando entré en la cocina. Me di cuenta que la silla no estaba en el lado correcto de la mesa. Es decir, recuerdo perfectamente dónde se dejó la silla cuando salimos a pasear, y lo sé porque fui yo quién se sentó en ella y la dejó mal puesta al lado de la nevera al salir.

Observando aún más atentamente, vi que faltaban los cuchillos grandes de cortar la carne y una ventana (recuerdo haberlas cerrado todas antes de ir al lamentable paseo) estaba abierta de par en par. Algo no cuadraba en la composición de la escena. No recordaba perfectamente el estado de la cocina en el momento que salimos (a excepción de las cosas que yo toqué), ya que sólo pasamos escasas horas en la casa, pero estoy segura que cuando llegamos del hospital, la cocina estaba diferente. Eran sutiles y casi imperceptibles para alguien poco observador, sí, pero yo me di cuenta de ellos, de esos cambios…

Pensé sobre el asunto toda la tarde y hacia la hora de dormir me vino a la mente una angustiosa inquietud: ¿la cocina había sido utilizada mientras estábamos ausentes? ¿pero cómo? ¿por quién?

Esa cavilación me desconcertó, y de pronto me sentí asustada y desprotegida, yo sola con mi hermana pequeña…

Al día siguiente corroboré la veracidad de mi angustia: también faltaban alimentos en la despensa y alguien había sacado la bolsa de las basuras. Me subió un escalofrío por la espalda y me asusté. Ahora estaba segura que alguien se había colado en nuestra casa aprovechando nuestra ausencia, ¿pero quién?

Me decidí a llamar a la policía. El teléfono estaba en la mesilla de la entrada, pero… ¿y la guía telefónica…? Recuerdo claramente esa guía telefónica, pequeña como un libro de bolsillo y no más gruesa que una agenda. Y estoy segura que cuando nos instalamos en la casa, la guía estaba al lado del teléfono.

Rebusqué por todos sitios y al abrir el primer cajón, ahí estaba, guardada cuidadosamente. La abrí, y entonces me di cuenta de la página que había sido arrancada. Me estremecí aún más.

Sin saber hacia dónde conducir mis pensamientos volví otra vez a la cocina, para ver si encontraba otros indicios de la presencia del intruso.

Con la guía telefónica en las manos me senté en una silla delante de la mesa central. Miré a mí alrededor, y luego otra vez a la guía. ¡Las páginas siguientes a la arrancada estaban marcadas! ¡Claro! ¡El intruso había escrito algo y por eso lo arrancó, pero no pensó en que la presión y la fuerza del lápiz habrían dejado marca en las páginas siguientes!

La mente me iba a una velocidad vertiginosa. Excitada por el nuevo descubrimiento me puse a escudriñar detenidamente la siguiente página a la arrancada. Las marcas no habían quedado muy definidas, y desde la mesa estando, con la opacidad de la madera y la luz ambiental, me era imposible ver nada con claridad.

“Necesito luz y un filtro” pensé “algo que me muestre las marcas… a través… por dentro… ¡claro! ¡El cristal de la ventana!” y diciendo esta última palabra, arranqué la página con decisión. Me abalancé hacia la ventana y puse el papel contra el cristal, sujetándolo con las dos manos. Observé, con los ojos bien abiertos, con una atención frenética cada detalle y cada contorno de la hoja.

Ese círculo era demasiado claro, y además parecía trazado a conciencia, como si la mano del autor hubiera estado girando varias veces… Y además era un círculo perfecto y había quedado marcado con total claridad.

“¡¿Un círculo?!” vociferé por mis interiores “¿qué puede significar un solo círculo?”.

Y me quedé pensando, mientras los rayos del sol atravesaban el cristal de la ventana, y luego al papel para incidir directamente sobre mi cara. La luz era placentera, y me hacía ver con claridad, y no sólo hablando estrictamente del sentido de la vista, sino que también tenía un extraño efecto sobre mi intelecto. Pero entonces los rayos de luz se volvieron más agresivos, parecía que las nubes se habían abierto, dejando paso directamente, a un sol agobiado y lleno de cólera. Los ojos se me resintieron al impacto luminoso, pero sobre todo al ígneo que azotó mi mirada. Tuve que girar la cara, y mis manos se perdieron en el aire, dejando caer el papel que se interponía entre yo y el exterior. Y entonces se produjo un instante que colapsó al tiempo. Fue veloz, fue fugaz pero por un instante fue eterno. Como una hoja en una ráfaga de viento, como un fotograma en una escena de un minuto, como el electrón perdido en la chispa de un rayo… Cuando mi mirada giraba y se cerraba para evadir esos crueles rayos del sol, cuando dejaba de ver al frente, a ese papel que había estado observando y que ahora se desprendía hacia el suelo, dejando visible el exterior, mis ojos pudieron captar un minúsculo fotograma de la realidad, como si de pronto, una rendija entre la verdad y el tiempo se hubiera abierto, enlazando un momento imposible en un instante increíble, que llegó a mi cerebro y me produjo una visión monstruosamente vívida mientras mis ojos no veían nada.

El grito que soltó entonces mi garganta fue estrepitoso, pero la sombra que se cruzó en mi existencia aún fue peor.

Cuando desperté el rostro asustado de mi hermana estaba chillando a viva voz. Intenté pronunciar algo, no sé qué dije, pero su cara se apacentó y sus labios dejaron de temblar. Entonces me contó que había bajado corriendo al oírme gritar de una forma horrible, y que cuando llegó a la cocina yo estaba tumbada en el suelo, sin conocimiento.

“¿Qué te ha pasado hermanita?” me preguntó ella, pero yo no pude responder, ya que desconocía la razón de mi fuerte shock. Lo último que recordaba eran los fuertes rayos de sol, sardónicos y maliciosos, mareándome y nublando mi juicio. Luego todo se lo tragaron las tinieblas.

Al día siguiente la sombra de los hechos ya se había diluido, como el café en demasiada agua, como la energía mecánica con demasiada superficie de fricción. Pero mis dudas y mis sospechas continuaban.

A primera hora de la mañana salimos a comprar, y mientras recorríamos el camino hacia el pueblo, mis ojos no podían dejar de observar la frondosa maleza que crecía en los límites del bosque. La oscuridad que ahí se formaba, entre una densidad casi selvática, se podrían esconder ojos acechantes y envidioso. No dejaba de pensar en ello, y de vigilar cada rincón y evaluar todos los caminos y accesos.

Al cabo de unos minutos llegamos al pueblo. Pero mi desasosiego no se calmó, ya que cuando entramos a la primera tienda, nos encontramos dos hombres de aspecto preocupado que cuchicheaban palabras oscuras y repletas de misterio. Oímos que un poco más abajo del valle, a la orilla del río, la misma mañana de nuestro encuentro con la serpiente, se produjo un terrible asesinato. Un hombre nórdico, de pelo rubio y piel lívida, había matado a cuchilladas a una pobre mujer también de origen nórdico.

Nos quedamos heladas de espanto, pues nos dimos cuenta, que eso había sucedido a escasos metros del encuentro de mi madre con la serpiente. Si ese terrible reptil no se hubiera cruzado en el camino de mi madre, posiblemente hubiera chocado con el asesino, y no me atrevo a pensar lo que podría haber sucedido.

Trastornadas por la noticia, nos volvimos de camino a la cabaña. Cuando hubimos llegado a la entrada, donde se abría un extenso cultivo, mi hermana pequeña me avisó de algo extraño. “¿Lo oyes?” me preguntaba “¿Lo oyes? ¡Ese siseo mezquino de la serpiente!”. Me quedé helada de miedo, pues ahí delante, levantada como una magnífica criatura de mito, se alzaba tan temible criatura. Nos siseaba y nos amenazaba con sus terribles colmillos y en ese momento pude contemplar una alucinación más temible que cualquier pesadilla que acecha en las horas de insomnio.

La serpiente crecía imparablemente, todo su cuerpo se hinchaba y se expandía y entonces su cabeza cobraba unas dimensiones inimaginables. La boca se le abría, crujiendo, y de su garganta empezaba a brotar una especie de jadeo, o quizá era un gruñido, ronco e infernal, que sólo el delirio de la peor enajenación podría llegar a imitar.

Y fue cuando su propio cuerpo, gomoso y blando, empezó a ser devorado por esa cabeza titánica e infernal que vi de nuevo ese círculo. Se recortaba y propagaba una extraña oscuridad que rodeaba con un aura de magia primigenia y ancestral todo el contorno de la criatura reptil.

Entonces vi esos dos colmillos enloquecidamente suicidas, que perforaban la carne de su propio cuerpo, y como la criatura se enroscaba siguiendo el trazado del anillo, devorándose a sí misma entre un holocausto de ruidos perversos que se reverberaban como tiránicas oleadas de magma ardiente que incineraba mi mente y me hacía ver las mismísimas latitudes de un Hades de mito y leyenda.

Estaba rígida, paralizada por el horror. Pero al fin, desperté de ese terrible suplicio y vi como el reptil giraba su cabeza y se perdía reptando a través del bosque. Lo que me horrorizó entonces fue ver como mi hermana salía corriendo detrás de la bestia. “¡Hermana!” grité “¡Qué haces, vuelve!”. Nunca olvidaré lo que me contestó: “¡Tengo que seguirla, me lo ha pedido! ¡Natalia! ¡La serpiente me está hablando!”

Un desconcertante hormigueo recorrió mi espalda. Mis piernas no obedecieron al instante y me quedé paralizada, estancada en mis propios miedos. Pero cuando el cuerpo de mi “pequeñita” se fundió con la oscura naturaleza que se atiborraba ahí delante, me sobresalté instintivamente. Empecé a correr, aún más asustada que por la viva impresión que me causó ese monstruo.

No la veía, pero la escuchaba. Unas zancadas más adelante empecé a distinguir su voz, llamándome, y al cabo de unos segundos empecé a distinguir su silueta, contorneada vagamente por una especie de bruma que flotaba a su alrededor.

Su contorno se dibujaba cada vez más a mis ojos, y se recortaba entre la espesa naturaleza del bosque. Yo la seguía, a trompicones, arañándome contra las fuertes ramas. De pronto su figura desapareció entre la maleza. Grité su nombre con todas mis fuerzas, asustada e histérica, y salté entre los arbustos por los que ella había desaparecido.

La caída fue vertiginosa y sorprendente, pues me vi deslizándome a través de unos matorrales tan densos y tan cerrados que podría perfectamente asegurar que habían crecido artificialmente a modo de túnel o de tobogán.

Cuando salí al otro extremo, me di cuenta que había traspasado toda la ladera este de la montaña, que había recorrido varios centenares de metros en poquísimo tiempo.

Entonces alcé la vista y vi un hombre albino, con una tez extraordinariamente lívida y reluciente, con unos ojos abultados y vidriosos como los de un pez. El cuchillo de cocina que se asía a su puño goteaba de sangre y manchaba la verde hierba del terrible color de la muerte. A sus pies, una mujer que parecía estar embarazada, se tapaba el cuello con las dos manos, intentando contener la sangre que le borboteaba de la terrible herida que le había seccionado ese detestable hombre rubio.

Creo que entonces grité y vi como el hombre se abalanzaba sobre mí, con el terrible cuchillo hacia delante. Pero algo paso muy a ras de suelo, como impulsado desde una gran distancia, y el monstruo albino tropezó cayendo fatalmente al suelo. Se oyó un grito pegajoso, y un suplicio de rabia. Su mismo cuchillo había travesado su cuerpo.

Antes de caer inconsciente, vi a mi pequeña hermana, levantándose fatigosamente del suelo, después de una potente caída, y detrás de ella, una serpiente portentosa siseaba al son del balanceo de los árboles.
Cuando salí de las sombras, estaba en el mismo hospital al que habíamos traído a mi madre. Ella ya estaba totalmente recuperada y todos me abrazaron emotivamente cuando me desperté. Instantes después me confirmaron la muerte de ese monstruoso hombre albino y el de su pobre víctima. Jamás volvimos a ese pueblo ni a hablar de él. Todo se perdió en los rincones oscuros de nuestra memoria.

Hasta el pasado día 12 de septiembre, veintitrés años después de lo sucedido.

Era media tarde. Yo andaba por un callejón poco transitado de la ciudad. A mano derecha fluía el río Sena, con toda su pompa y su grandeza. El cantar de los pájaros coqueteaba con mis oídos mientras una agradable y fresca brisa mesaba mis cabellos. La explosión me cogió totalmente desprevenida, pues yo andaba con la mirada perdida, y no pude advertir que un camión de alto tonelaje estaba perdiendo el control, dirigiéndose inexorablemente hacia unos pesados muros que se alzaban al inicio del puente.

Muchos coches derraparon en todas direcciones. Algunos consiguieron evitar el accidente, otros no tuvieron tanta suerte, y colisionaron contra las vallas del Pont du Guillaume le Conquérant, contra el mismo camión, o contra otros coches… el caos fue tremendo, pero al cabo de unos instantes, los espectadores que ahí nos congregábamos, pudimos ver, aliviados, que nadie había resultado herido.

Observé un poco más el espectáculo. Como la policía, diversas ambulancias y hasta camiones de bomberos y un par de grúas llegaban por la misma carretera y desde el otro lado del puente. Entonces me lamenté de la hora que era, y de que el puente estaba totalmente extraviado. Tendría que elegir otro camino de regreso a casa, pues el que yo cogía habitualmente ahora estaba sumido en la confusión y era imposible pasar por ahí.

Así que me desvié de mi ruta inicial cogiendo la Voie sur Berge, resiguiendo el ancho curso de agua de un río memorable que había visto multitud de sucesos históricos. Sucesos que se reflejaban en la superficie de esa agua oscura y opaca, tan oscura y opaca como ese círculo que de pronto se había formado en el centro de mi visión. Ese círculo que de un instante a otro había aparecido delante de mí, ¡encima del mismo río, encima del mismo aire, encima de la misma tierra, encima de la misma Ruan! Y entonces un cúmulo de recuerdos pasó por mi mente, en forma de imágenes que se deslizaban frenéticamente por las aguas del Sena. Las veía flotar, una a una, imágenes de años olvidados y resentidos en las profundidades más oscuras de las pesadillas que cualquier persona se negaría a haber vivido.

Vi los cuchillos, untados de alguna sustancia roja y pegajosa; vi la hoja de la guía telefónica, recortándose contra el cristal de la ventana; y vi los malditos rayos de sol, ¡que relampagueaban detrás de un cuerpo delgado, zigzagueante y oscuro!; vi una silla, girando con locura; una habitación vacía y una silueta agazapada en la oscuridad; vi también una mujer hinchada, ¡otra vez ese líquido viscoso!, la maleza y un túnel hecho de ramas y hierbas… y volví a ver el papel que resbalaba y descubría fugazmente el exterior, unos colmillos amarillentos, tiránicos y viles como las malas artes de la tortura… otra vez el papel y una silueta verde que se asomaba… el papel y el círculo… ¡y una silueta escamada, gomosa y reptil que se succionaba a ella misma! Y entonces fue cuando la volví a ver, esa visión escalofriante y nauseabunda que la cordura había sepultado en el rincón más oscuro y estigio de mi mente bajo las rencorosas lápidas del olvido.

La visión volvió a emerger a la superficie y esos colmillos horripilantes se volvieron a clavar en mi cuerpo. Grité y grité y grité de dolor bajo esa terrible tortura. Su lengua lamía todo mi cuerpo y me succionaba hacia sus entrañas. Unos gases nauseabundos de otro mundo me penetraban todo el cuerpo, y ese líquido… ¡ese líquido escalofriante y abrasador me corroía la piel!

Y así, siendo devorada de nuevo por ese monstruo primigenio y subterráneo, caí desmayada, gritando de horror pero no sin luchar ante tan temible amenaza.

Cuando las tinieblas se disolvieron me encontré tumbada en el suelo, en el mismo sitio donde sucumbí a una alucinación que había despertado después de dormir un letargo de veintitrés años.

Por la posición del sol en el cielo deduje que no había estado mucho rato inconsciente, sólo unos pocos minutos. Aún tenía la sensación que algo me amenazaba y que un poder siniestro y caprichoso estaba jugando conmigo. ¡Pero cómo podía pensar yo eso! Era irracional y descabellado, sin sentido, pero después de lo que había experimentado… ¿cómo no podía creerlo? Cualquier cosa era posible ya.

Me tuve que sentar. Mi mente estaba siendo asaltada por un maremágnum de ideas y pensamientos. La ciencia, la física… me había entregado a ellas durante todos estos años, y mi mente estaba entrenada y preparada para descifrar los secretos del universo. Yo estaba preparada y trabajaba día a día siguiendo el método científico, desentramando los enigmas de la realidad, con seriedad y rigor, basándome en los hechos, en lo tangible, en lo probable.

Cosas como éstas… no tenían cabida en la ciencia, era impensable, era irracional, ¡era insensato! Pero no obstante, yo lo estaba viviendo, aquí, ahora, en mi piel, en mi intelecto, en mi alma… ¡Por el Cielo! ¡Nunca me había sentido tan perdida y tan atacada!

La información me llegaba de numerosas fuentes. Del pasado, del presente… del futuro. Porque, ¿qué más podía suceder? Lo que yo había visto y sentido no era una enajenación, no era el delirio de una loca.

De pronto pensé en todos mis conocidos y colegas de trabajo, en todos los científicos del mundo, en la misma ciencia… ¿Qué es eso? Dime ¿Qué es eso…?

La Humanidad se guiaba por la ciencia, mis compañeros de carrera y de escuela trabajaban duro, entregaban sus vidas en ello y para estas personas, para toda la comunidad científica, la ciencia es la verdad y nuestra luz, la luz que ilumina la oscuridad y desvela todos los enigmas. Pero, pero… ¿y si estamos equivocados? Ellos trabajan, ahora mismo, en este instante, siguen estudiando, pensando y siguiendo el método científico… ellos, la comunidad, todos… ¿y si estamos ignorando algo? Se nos escapa… se escurre de nuestro conocimiento, nos evade, esquiva nuestras capacidades… estamos ciegos, no lo vemos, ¡pero ahora yo lo he visto! He visto y he comprendido que estamos perdidos.

Ya no siento el respaldo de la ciencia, la guía en ella. De pronto veo que todos están equivocados, que son unos ilusos e ignorantes y siguen ciegos un camino vanidoso que sólo se alimenta a sí mismo, ¡ignorando las otras realidades que pueden existir!

¿Realidades? ¿Realidades paralelas… podría ser eso?

Les compadezco, compadezco a toda la Humanidad, somos ciegos y estúpidos, a nuestro alrededor pasan cosas que nunca llegaremos a contemplar, y si las contemplamos, nunca las llegaremos a entender…

¿Qué pasó entonces? Un hombre albino, monstruoso y antinatural, un cuchillo ensangrentado, una mujer embarazada, un túnel incomprensible, un momento que se había perdido entre el humo y la bruma, ¡pero que de pronto había vuelto a emerger a la superficie como un cadáver mal enterrado!

Yo estaba experimentando algo horroroso y macabro, algo que el resto del mundo ignora, en su propia isla en medio de océanos negros. Los envidio, ¡ojalá nunca hubiera visto lo que vi! Es lo más misericordioso del universo, la ignorancia de la Humanidad. Sí… ya lo creo. No hay nada más misericordioso que la ciencia. Cada una en su propio camino nunca llegará muy lejos. Por separado, sin control, sin coordinación; no estamos destinados a emprender grandes viajes.

Ya lo creo… ¿pero si un día esto que me sucede a mí se manifiesta a escala mundial? No puedo llegar a imaginar el caos y la locura, ¡ante la revelación de la verdad! ¡De que no estamos solos! De que hay otros seres, más antiguos y ancestrales, más perversos y caprichosos que juegan a nuestro alrededor y nos utilizan a su antojo…

Sin duda que entonces la Humanidad expirará su último aliento, y despavoridos los últimos supervivientes huiremos de esta funesta luz, para refugiarnos en una nueva era de tinieblas…

No, no puede ser así. La ignorancia no es un regalo, el universo no es misericordioso, ¡es un farsante! La Humanidad vive en esta farsa de realidad, y lo que yo he vivido, me da las respuestas que tan ansiosamente en la ciencia he buscado, y nunca encontrado…

No, no es misericordioso, porque no hay nada misericordioso, la realidad es cruel, pero conocerla, para mí, ahora es una fortuna.

Ante el horror puedo volver a vislumbrar la luz, ahora me levanto. ¡Sí…! Vuelvo a sentir las piernas, las energías me vuelven. ¡Ya lo creo! El río Sena vuelve a fluir, la vida de Ruan vuelve a hervir… siento el suelo, siento el espacio. ¡Ahora noto el Planeta moverse! ¡Oh, por el Cielo! ¡Veo las estrellas y las galaxias! ¡Oh, Dios! Nunca hubiera pensado que utilizaría esta palabra, jamás… la había descartado de mis creencias… pero ¿qué es lo que acabo de ver? Dios mío, si existes aquí o en algún otro sitio ayúdame, dame fuerzas porque esas luces, ¡esas auras y esas criaturas azuladas de otra dimensión me han mirado! He visto los confines de la realidad y del universo, y ahora sé que algo tiene que volver a ocurrir.

No sé si para bien o para mal, pero algo debe ocurrir. Necesito valor y fuerza, no me esconderé, no huiré. Sea lo que sea lo afrontaré… Pero debo plantearme mis acciones y prepararme.

Sin darme cuenta, aún maravillada y a la vez horrorizada, subí por las escaleras hacia el puente Jeanne d´Arc. Estaba decidida. Primero debía avisar a mi hermana y contarle lo sucedido.

Así que emprendí el camino hacia su casa, trazando mentalmente el itinerario más corto a seguir. Ella vivía cerca del teatro De la Pie Rouge en la Rue du Cordier, así que por ahora debía seguir recto por la Rue Jeanne d´Arc hasta llegar delante de la chef-d´ouvre de la arquitectura gótica del Palais de Justice. A mano derecha quedaba la Rue Saint-Lö, una de las avenidas más concurridas y agitadas de toda la belle Ruan. Seguí adelante, ignorando ese magnífico complejo comercial de la Galerie de l´Espace du Palais; y dejando atrás los más emblemáticos recintos culturales de la ciudad.

A partir de ahí la caminata empezó a ser más ágil, pues el barrio que ahí se hospedaba era muy tranquilo y poco agitado, todo lo contrario a la zona que había dejado atrás, que era el centro neurálgico, comercial y económico de Ruan.

Al cabo de unos minutos de angustiada carrera, giré a la derecha por la Rue Bailliage. Ya quedaba poco, a unas tres o cuatro manzanas de ahí se encontraba el edificio de mi hermana. Ya quedaba poco… ¿Pero qué demonios era eso? ¡Había una serpiente, una serpiente dibujada en un cartel! Miré a mi alrededor, ¿dónde estaba? ¿Qué era eso? ¡El museo de las Bellas Artes! No podía ser una casualidad. El cartel rezaba algo de una exposición de pinturas sobre reptiles y varias criaturas centro africanas. Pero no, eso no podía ser una casualidad.

Crucé la acera y me acerqué al cartel. ¡Por el Cielo! ¡Esa criatura mezquina! Era la misma, ¡la misma criatura del bosque que atacó a mi madre! Pero no podía divagar, tenía que seguir adelante. Miré el reloj, eran ya las 19:25, las luces de las farolas empezaban a encenderse, los últimos rayos del sol se perdían detrás de los tejados y las sombras de la noche se cernían sobre la ciudad.

Di la espalda al museo y entonces, cuando me disponía a reemprender el paso el extraño cimbreo de unas bombillas que se encendían en ese instante me alertó. Giré la cabeza, asqueada con ese ruido, y vi una congregación de luces fosforescentes que brillaban y cimbreaban al son de espasmos eléctricos.

Las luces se encendían y se apagaban, como traumatizadas por un error eléctrico, trazando signos y formas geométricas sin sentido. Pero entonces vi algo claro, una figura se formaba en el juego de esas bombillas, una figura serpenteante que de algún modo parecía que se moviese y con la cabeza señalaba la siguiente calle que se dirigía hacia el norte.

Un poco atemorizada, pero no indecisa, me acerqué hacia la esquina de esa callejuela estrecha y oscura. No había ni un alma, ni un sonido, todo estaba dormido, tan quieto y silencioso como una tumba. El suelo parecía recién asfaltado y, en general el contorno de la calle era irregular y se adivinaba anticuado.

Aún quedaba en pie una valla de las obras, que en ese momento se tambaleó hacia delante y hacia atrás llevado por una fuerte ráfaga de aire que se internó como un espasmo hacia dentro del callejón, para perderse su sonoridad y su helada friega entre las espesas sombras del interior.

El cemento aparentaba estar recién seco y perfectamente alisado, pero parecía verse una irregularidad marcada. Era una línea, de un palmo de ancho que avanzaba zigzagueante por esa callejuela hasta perderse en la oscuridad.

Me adentré en el callejón, con cautela y temor. Si había un mensaje en todo eso, tenía que descifrarlo. Ese camino me desviaba un poco para llegar al piso de mi hermana, pero no podía obviar que algo estaba ocurriendo, así que saqué pecho y puse rumbo hacia ese Palacio de Cnosos de oscuridad laberíntica que se insinuaba ante mí.

Avanzando lentamente con todo el cuerpo rígido y tenso empecé a sentir como el eco se ponía juguetón. En medio de la oscuridad total, entre unos negros muros que escondían la mirada de los astros y de la Luna, sólo podía oír el eco recrearse con mis tacones en su juego infantil e irritante. La oscuridad anegaba mi visión y no podía discernir nada, cada vez me sentía más rodeada y más abrazada por unas tinieblas que parecían materiales y que en cualquier momento podrían sacar sus garras y atraparme en ese callejón interminable.

De pronto empecé a oír una especie de soplido. Pero no el soplido ágil y libre de una ráfaga de aire, que vaga por doquier; sino que era un soplido encarcelado, saliendo fatigosamente de su prisión, como si fuera escupido con gran esfuerzo y emergiera con una presión enfurecida.

Cada vez lo sentía más cerca, y a medida que avanzaba entre la oscuridad, abriéndome paso entre el negro absoluto, sentía con más claridad ese sonido y poco a poco empecé a percibir su naturaleza. Parecía un líquido, un líquido muy poco denso, ya que alrededor del sonido principal se podían percibir una multitud de sonidos chispeantes que se dispersaban por todos sitios.

Una sensación de alerta crecía vigorosamente en mi interior, asediando mis sentidos y poniendo en guardia todos mis instintos. Estuve a punto de girar y salir corriendo varias veces, pero al final me pude mantener íntegra ante el miedo y seguí adelante.

El sonido continuaba, y no estaba inmóvil, parecía que se moviera por ahí delante, oscilando de un lado a otro, inquieto, nervioso.

Aceleré el paso, estaba harta de ir a tientas y quería llegar de una vez por todas al otro extremo de la callejuela, y salir por fin a dónde me tuviera que conducir ese fortuito camino.

Entonces se produjo lo inesperado. Primero lo sentí en la pierna, cuando me agarró con fuerza y me arrastró al suelo. Resbalé un buen trecho y sentí que el suelo se untaba de algún tipo de líquido. Intenté reincorporarme pero las piernas me patinaron por encima de ese líquido. Me lastimé un tobillo y el golpe en la cabeza fue realmente fuerte. Me quejé sonoramente, y maldije  mientras el eco se reía de mí.

Sentí de nuevo esa presencia enemiga que se acercaba otra vez contra mí. Me reincorporé rápido, lista para saltar o contraatacar si era necesario. El silbido giraba y volvía, casi lo tenía encima. Sentí el frío de una ráfaga líquida que empapaba todo mi cuerpo y el sonido de un arroyo de agua que corría impasible por detrás de un ser rubio, fantásticamente lívido, con una piel blanquecina y escamada como la de un anfibio; empuñaba un cuchillo ensangrentado y corría hacia mí, con una horripilante expresión en la cara.

Entonces grité aterrorizada, pero también enfadada y llena de rabia; y en ese instante noté como el enemigo estaba a punto de golpearme. Salté a un lado, mientras con las manos cazaba el arma de ese hostigador oscuro.

Algo se agitó y se revolvió al otro lado, con energía, con ímpetu, pero yo apreté más y estiré con todas mis fuerzas. Algo estalló y el agua empezó a fluir a borbotones, salpicando todo mi cuerpo. La manguera rebotó contra la pared, con tal violencia que destrozó parte del cemento.

Tanteé a mi alrededor… ¿había sido sólo eso, una manguera? No, no era sólo una manguera… un respirar maligno me confesó que mi asaltante no era una alucinación.

Sus pisadas se acercaron, poco a poco, traicioneramente entre la oscuridad. Cogí la manguera con fuerza, rodeando todo su extremo en mi brazo y la hice volar con toda mi energía contra ese enemigo oscuro y cobarde que me asediaba en medio de la noche.

Su grito horripilante y odioso dibujó una sonrisa en mis labios, mientras me esforzaba para evitar que el pánico se apoderara de mí. Pero el cuerpo ya empezó a temblarme inconscientemente y temí su nueva ofensiva.

El nuevo sonido me heló la sangre. Era un siseo, mezquino y burlón que se paseó a mi alrededor. Entonces mi asaltante entrecortó su respiración y se quedó en silencio, hasta el mismo eco calló, asustado. Me balanceé hacia un lado, desplazándome unos pasos hacia la pared. Noté que mi invisible enemigo también se movía, pero no hacía mí, sino hacia lo lejos. ¿Qué pretendía? Empecé a moverme, en dirección hacia la salida del callejón, y sentí que él también se desplazaba.

“No puedo dejarle escapar” pensé por mis adentros, y aceleré el paso, persiguiendo el ruido de las pisadas de mi agresor. Pero era muy rápido y cada vez le oía más lejos. Y allí, al final del callejón, donde por fin se filtraba la bendita luz de las farolas, pude ver su silueta humana. Era de verdad, estaba sucediendo, todo era real.

Aceleré mi persecución, a toda carrera, histérica por atraparle, por atrapar la verdad.

Entre la poca gente que ahí deambulaba, podía seguir su silueta, vestida con ropas oscuras, que avanzaba sinuosamente y a toda velocidad por la Rue de la Glacière.

Mis pulmones estaban a punto de estallar y sentía que me faltaba el aire. La garganta me dolía como mil demonios, y entre bocanada y bocanada mi cabeza iba de un lado para otro. La nueva luminosidad de la enorme avenida del Boulevard de l´Yser impactó en mis ojos como el flash de una cámara, y con tanta intensidad de luces, de colores y de movimiento me sentí mareada y exhausta. El contraste era demasiado exagerado, y la silueta oscura y encorvada de mi perseguido se difuminaba y se perdía en el decorado como un trazo demasiado líquido en un lienzo a la acuarela.

Seguí corriendo, a trompicones, entre la gente que se alteraba y se asustaba ante mi frenético paso. Tenía que esquivar y apartarme de delante el gentío que se cruzaba en mi camino, como si de un sueño se tratase y todo se volviera confuso e inaudito y necesitara sacudir, zarandear y empujar a un lado todo lo que se ponía en mi línea de visión.

La figura que perseguía cada vez se volvía más borrosa y cada vez más tuve que guiarme por mis instintos para poder seguir su estela. Era como una mancha negra, que dejaba rastro en el aire, y se propagaba como una enfermedad.

Al fondo vi que esa guía se alzaba varios pies en el aire, por encima de un banco y unas jardineras. A la velocidad que iba en un momento me encontré delante del banco. No podía vacilar, si dudaba todo podía fracasar por culpa de una mala reacción en un instante tan preciso. Sin pensar en nada, sin importarme lo demás, sólo me concentré en prepararme para un salto como cualquier otro que hubiera hecho en mi vida.

Pisé con fuerza, al ritmo de mi alocado corazón. Cada latido era un tamborazo que me llenaba de vital energía. Entonces levanté una pierna, mientras la otra me impulsaba encima del banco. Lo pisé fuerte, escuchando como sus maderas crujían bajo mi bota y me propulsé con todas mis energías mientras con la otra pierna ascendía por encima del respaldo metálico golpeándolo con contundencia y saliendo disparada por encima de flores y arbustos; y travesando dos abetos con los brazos cruzados y el cuerpo inclinado hacia delante.

Durante unos segundos que parecían que se congelaban, me vi volando por encima de ese verde parapeto. La distancia era larga y entre fogonazos de ideas y vacilaciones dudé de si lo podría superar. Mi cuerpo caía, a una velocidad de vértigo hacia el extremo de la cerca. Me estiré tanto como pude quedándome totalmente vulnerable a una mala caída. El duro asfalto golpeó contra mis pies, la fuerza de la caída me fue devuelta por el gris hormigón y avanzó por mis piernas hacia mis rodillas. Tenía que flexionarme y amortiguar esa fuerza de reacción, pero eso no era suficiente, necesitaba canalizar toda esa velocidad producida o sino el impacto sería desastroso.

La acera terminaba a dos palmos de mi cabeza, y el desnivel hasta la calle era de poco más de un palmo. Era peligroso pero seguramente me sería de beneficio ya que tendría más espacio para inclinarme hacia delante con el hombro preparado para voltear sobre mí misma.

El impacto fue doloroso pero conseguí reimpulsar todo mi cuerpo para dar una voltereta y caer de nuevo con las piernas hacia delante. La energía cinética hizo el resto, y en un instante volví a estar de pie y seguí mi persecución frenética evitando cualquier obstáculo que se pusiera en mi camino.

Su figura aún seguía en mi campo de visión y todo se movía de un lado a otro, todo temblaba y se zarandeaba. Mis visiones se entrecortaban entre edificios que bailaban, mis piernas que se agitaban incesantemente, personas de todo tipo que vibraban, otra vez mis piernas, moviéndose constantemente y pisando fuerte; coches que se sacudían, farolas y postes que se cruzaban por mi camino con movimientos abruptos, otra vez mis piernas, enloquecidas que palpitaban al ritmo de los tamborazos de mi corazón; ahora mis brazos, oscilando de un lado a otro, nerviosos y tensos; una valla, dos, tres; una cabina telefónica que se agitaba, un transeúnte que se lanzaba angustiado a un lado, otro transeúnte, asustado, que se apartaba patosamente de mi camino; más transeúntes que vibraban y se contorsionaban…

¡Oh no! La figura había desaparecido, mi enemigo me había evadido, ¡ya no lo veía! Y mientras todo temblaba y mi cuerpo corría a toda velocidad, mi cabeza no dejaba de moverse de un lado a otro, buscando a ese maldito bastardo.

Entonces la Rue de l´Avalasse se bifurcaba y no sabía hacia donde seguir. Se me acababa el espacio, tenía que decidirme, no podía parar, tenía que decidirme sin aflojar la carrera, ¿pero a dónde? ¿Dónde habrá ido ese maldito…? ¡Oh no! ¡Oh no! En mi interior gritaba enfurecida esperando que mis gritos me revelaran una respuesta. Pero mi voz pronto pasó a segundo plano, cuando toda mi atención fue captada por un perro, ronco y seco, que me alertó. ¡Por vida! ¡¿Qué problema tenía ese perro?! Me ladraba con frenesí desde la otra calle y no dejaba de perseguirme con la mirada. Entre todo el gentío que ahí se movía, había fijado su mirada y sus ladridos atentamente hacia mi dirección. Su dueño, atónito, casi no lo podía controlar, y yo, siguiendo otra vez mi instinto, esperando que no me fallara, seguí el camino que creía que el perro me estaba indicando.

Subí, subí y subí todo recto por la Rue Louis Malliot, sin ver a mi enemigo pero también sin darme por vencida. En la siguiente esquina me paré un segundo, a mirar a izquierda y derecha. Buscaba una pista, una intuición que me guiara por el buen camino.

¡Fue un siseo! ¡Eso fue un siseo! Entre el ruido de los automóviles, los tubos de escape y todos los gases que silbaban por la gran metrópoli se hizo protagonista el siseo de la serpiente, ¡otra vez! Lo busqué con la mirada, ¿de dónde había venido? ¡Entonces algo cayó del cielo! Y chafándose contra el suelo, produjo un ruido tosco pero a la vez cristalino y armónico. Y allí, al otro extremo de la calle, vi hecha añicos y mezclada entre tierra y flores, una torreta de barro que había caído de algún balcón.

No dudé un solo instante y salí corriendo en esa dirección, subiendo aún más en dirección norte por la Rue du Champ des Oiseaux. La garganta me ardía como si llevara el mismo infierno en mi interior. Mi cuerpo me decía que parase, me pedía que aflojase esa carrera; y a veces no podía aguantar y me sentía débil y quería darme por vencida, pero resistía, resistía y los ojos empezaron a llorarme perlas saladas que se mezclaban con el agua que había salpicado todo mi cuerpo.

Y mientras resoplaba el aire fatigosamente, teniendo la sensación de que no habría suficiente para mis pulmones, vi a lo lejos un fogonazo eléctrico que se propagó por los cables eléctricos colgados en las fachadas, emitiendo una ruidosa comparsa de chasquidos y chispas anaranjadas que se difuminaban por el aire.

Muchos vecinos se alertaron. Los que estaban en la calle gritaron palabras de sorpresa, otros sacaron la cabeza por la ventana, sorprendidos y a la vez irritados, viendo qué es lo que había sucedido.

Yo me quedé igual de estupefacta, pero sabía que eso tampoco era otra casualidad. Tres de esas calles habían quedado a oscuras, con todos los vecinos correteando de un lado para otra sumidos en la confusión. Sólo quedó una calle con luz, el Passage Begin, el cual quedaba a mi izquierda.

Me adentré al estrecho pasaje con agilidad, esquivando los trastornados y a la vez enfadados vecinos, pero de pronto una voz familiar hizo que despertara de esa persecución de pesadilla.

“¡Natalia! ¡Natalia!” gritaba la voz de mi hermana. Me giré hacia la procedencia de su voz, totalmente pasmada y sin saber cómo reaccionar. “¡Natalia! ¡Hermana! ¡Aquí, aquí! ¿A dónde vas tan rápido? ¡Corrías como una liebre!” me dijo acercándose a paso ágil hacia mí.

“¡Hermana!” balbuceé “¡¿Qué haces aquí?¡ ¡¿Por qué no estás en casa?!”

“Tenía un asunto de trabajo y he tenido que salir de improviso…” me respondió ella sin darle importancia “¡¿Pero qué demonios ha pasado aquí?! ¡De pronto todo ha estallado y se ha quedado a oscuras! ¡Y luego te he visto a ti correr como una loca! ¿Estás bien? ¿Dónde ibas?”

“¡Por el Cielo hermana, está volviendo a suceder!” grité con dificultad, sin poder controlar mi voz.

“¿El qué? ¿Qué está volviendo a suceder?”

“Él… ¡Él…!”

“¡¿Quién?!” preguntó ella, con los ojos muy abiertos y alertada por el tono de mi voz “el… ¿el monstruo albino…?” preguntó al final, al cabo de unos segundos.

“¡Sí, sí…! Me ha atacado…” dije entre resoplidos y con la voz rasposa “¡y lo he estado persiguiendo por media ciudad!”

“¡Oh Dios mío!” gritó ella “¡¿Pero cómo puede ser?!”

“No lo sé hermana, estoy muy perdida…” tomé aire fatigosamente y me agaché, apoyándome con las manos en mis rodillas “la serpiente…”

“¡¿Qué?!”

“La serpiente también ha vuelto…”

Mi hermana se quedó muda, horrorizada al volver a ver imágenes siniestras de un pasado reprimido. Los recuerdos iban y venían y no podíamos pararlos, lo único que podíamos hacer era estar preparadas contra el mal que se cernía sobre nosotras.

“Tenemos que salir de aquí hermana…” le dije, conciliadoramente “¿Hermana? ¿Estás bien?”

“¿Eh…? Sí… sí…” respondió ella con expresión asustada.

“Tranquila cariño…” le susurré flojito “no dejaré que pase nada malo, ¿De acuerdo? Ahora vámonos…”

La cogí de la mano y nos alejamos de esa oscuridad que me infundía muy malas vibraciones, y tenía un mal presentimiento por el encuentro con mi hermana. Me retorcía el estómago la sola idea de que le pudieran hacer daño…

Ahora ella también estaba aquí. Habían sucedido muchas cosas, una cadena imparable de sucesos que al final nos condujeron hasta aquí, al Passage Begin. Entonces pensé en como hubiera llegado mi hermana hasta ahí en ese momento en concreto, y en como “algo”… algo que no puedo explicar ni comprender me guió a mí y condujo mi camino hasta este momento… ¿A mi hermana también le habría ocurrido lo mismo? ¿También su camino había sido manipulado y conducido hasta este momento…?

Entonces pensé que si… que si todo esto se había producido por la fuerza y la voluntad de algo ajeno a nosotras… algo primigenio… todo ya estaría marcado, todo ya estaría decidido y el destino ya habría echado sus cartas. Lo único que a nosotras nos quedaba hacer, era echar las nuestras…

Estaba segura que algo tenía que ocurrir y que el ataque que sufrí sólo fue un primer asalto. Debía estar preparada. ¡Tenía que estar preparada! Ahora no sólo por mí, sobre todo por mi hermana.

El mejor camino sería volver atrás, por el mismo camino, no adentrarnos en la oscuridad ya que si él… nos volvía a atacar seguramente buscaría el amparo de las sombras para perpetrar sus abyectos planes.

Entonces me pareció extraño notar que las voces ya no eran ni tan intensas ni tan multitudinarias como antes. Giré la cabeza hacia el camino por el cual había venido y lo único que vieron mis ojos fueron los negros espacios de la oscuridad. En las alturas, algo chispeaba y cimbreaba, creando una tenue luz que permitía entrever las siluetas babilónicas de la piedra y la madera.

Los chasquidos se intensificaba, y la luz emitida palpitaba como si tuviera vida propia, dibujando en el ambiente sombras macabras y ruines que danzaban a nuestro alrededor. La sombra estaba a punto de caer encima de nosotras.

Empezamos a correr, dejando atrás la oscuridad y viendo como los chasquidos y el fuego recorrían los cables persiguiendo nuestros pasos. Era como si todo hubiera tomado conciencia y el fuego y la oscuridad nos estuvieran asediando a través del cableado eléctrico.

Ya quedaba poco para salir al final de la calle, pero de repente un portentoso chasquido y una confusión de fuegos, rayos, chispas y chorros de luz nos hizo frenar en seco.

Sostuve con más fuerza la mano de mi hermana, y ella se arrimó a mí, asustada y temblorosa.

De cada lado la oscuridad se propagaba hacia nosotras.

Estando ahí en medio, nuestros cuerpos, delgados y pequeños, se empezaban a recortar entre una tenue luminosidad que poco a poco se iba apagando. Por todos lados la oscuridad empezaba a abrazar nuestros contornos y en pocos segundos nos encontramos totalmente a oscuras. Sólo, de vez en cuando, un chasquido y una excursión de chispas que se perdían con el viento, nos daba un poco de luz para discernir a nuestro alrededor.

De pronto oí un siseo apagado, y me pareció ver, en la oscuridad de un rincón, el contorno zigzagueante de un temible ser reptador. Me quedé paralizada de espanto, mientras volvían a asaltar a mi mente recuerdos vociferantes de unos años lejanos y olvidados.

Entonces advertí unos pasos sigilosos a nuestra espalda. Me quedé quieta, obsesionadamente atenta a cada sonido que llegaba a mis oídos.

Los pasos eran claros y cada vez estaban más cerca… No podía ser nadie más que él… ese sonido “encharcado” de pies mojados me transmitía sensaciones de felonía entre la oscuridad.

Me giré poco a poco, empujando suavemente a mi hermana detrás de mí. Ella temblaba, se le escapaban cortas expiraciones y daba bocanadas de aire entrecortadas y frenéticas. Le acaricié el brazo mientras me preparaba para el inminente ataque.

Las chispas empezaron a rugir como si supieran lo que estaba a punto de suceder, y su brillo se reflejó en la hoja ponzoñosa, terriblemente afilada y mordaz que se dirigía hacia nuestros cuellos.

Los movimientos de ese ser monstruoso empezaron a dibujarse ante mí. A escasos metros pude ver una oscuridad material que se movía y se metamorfoseaba en espantosas visiones que helarían la sangre a cualquier mortal.

El puñal se asía en uno de sus deformados puños, desprendiendo una luz antipática y grosera que me susurraba palabras de amenaza.

Empecé a temblar sin control alguno, sintiendo que el corazón me saldría del pecho. El brazo retorcido de ese ser se elevó a una distancia muy corta, y el vil puñal volvió a emitir un resplandor blanquecino que rebotó en mis córneas. Luego bajó a toda velocidad, sesgando el mismo aire y directo a mi cuello.

Me moví rápidamente hacia el exterior, con un reflejo espasmódico que vibró por todo mi cuerpo. Mis manos chocaron contra su brazo, y lo cogí con todas mis fuerzas y empecé a gritar y a darle patadas que él recibía casi sin inmutarse.

El monstruo también gritó, pero lo que surgió de su garganta… ¡Por el Cielo! Que puedo jurar que eso no era humano ni animal… y no sabría deciros porque ese ruido me transmitió imágenes abstractas e imposibles de un mundo oculto y subterráneo que ni una mente enfermiza y degenerada podría llegar ni tan siquiera a soñar.

El horror se propagó rápido por todo mi cuerpo, y mis brazos empezaron a flojear ante esa fuerza antinatural del ser albino.

Pero tenía que resistir, no podía flojear ahora… ¡no…! ¡No podía! “¡Lucha Natalia, lucha! ¡Lucha por tu hermana!” bramó mi mente en medio de un holocausto de ruidos producidos por una garganta del inframundo.

Mis brazos se volvieron a erguir, con ímpetu, y todo mi cuerpo se enderezo. El monstruo retrocedió un paso y el cuerpo le flaqueó ligeramente. Yo empujé aún más, con todas mis fuerzas, con todo mi aliento, gritando con locura.

Sentí gritar también a mi hermana y pronunciar mi nombre entre sollozos.

Él gritó aún más y todos los demás sonidos fueron acallados. Mi voz se atoró en mi garganta, horrorizada por la monstruosidad que se balanceaba y me presionaba a escasos centímetros de mi cuerpo.

Sentí su aliento, pútrido y nauseabundo, que chocaba contra mi cara y me hacía venir vascas. Su rostro resquebrajó la oscuridad apareciendo repentinamente ante mí, y en sus rasgos se hospedaban como gérmenes las expresiones más diabólicas y satánicas.

Sus colmillos brillaban amarillentos, y sus ojos, abultados y vidriosos, reflejaban mi mirada perdida en la confusión y el horror.

Una de mis manos se desaferró de sus brazos, casi caí entonces y el puñal rozó mi pecho, rasgándome la chaqueta. Él se balanceó de lado y me atacó repentinamente con su otro puño, mientras en el mismo instante mi mano se lanzaba a una ofensiva desesperada contra su viscosa cara de anfibio. Las escamas de su rostro se despellejaron con el corte de mis uñas que le arrancaron la putrefacta piel y un grito de rabia y de dolor. Entonces su puño golpeó brutalmente contra mi hombro y caí de espaldas en el suelo.

Me intenté reincorporar desesperadamente pero su bota impactó contra mi estómago, con tal fuerza que sentí como si las entrañas me explotaran. Mi hermana continuaba gritando y gimiendo y mis lágrimas empezaron a asomar en mis ojos.

Recibí otra patada de ese maldito. Esta vez en las costillas que me estallaron en añicos rasgándome la carne desde el interior. Grité, y con ese grito lance una de mis piernas contra sus rodillas, moviéndome en un trazo circular y empujando mi otra pierna con un segundo golpe contra su espinilla que hizo que se tambaleara y cayera de rodillas casi encima de mí.

Oí la hoja metálica del cuchillo que chocaba contra el hormigón, y se perdía deslizándose varios metros entre la oscuridad. Él saltó sobre mí y me atacó con la mano abierta, que se cebó con fuerza en mi cuello.

Mis dos puños juntos impactaron contra su brazo, mientras sentía que mi garganta se iba a romper. Si puño se desaferró de mi cuello y el aire comprimido salió escupido por mi boca. Tosí con violencia y dificultad.

Él volvió a intentarlo, con los dos brazos a la vez, que se clavaron en mi garganta y me estrujaron con una fuerza portentosa. Le golpeé una y otra vez, llorando de pánico ante la muerte, llorando de dolor al sentir que mi garganta se estaba rompiendo y que sus dedos empezaban a clavarse en mi cuello.

Era el fin, ya no podía luchar más, no me llegaba el aire, me estaba ahogando y mis brazos cayeron inútiles en el suelo.

Y entonces, ya habiendo perdido todas las esperanzas, ese escalofriante siseo volvió a llegar a mis oídos. Creo que él también lo oyó y sus puños se aflojaron ligeramente de mi cuello. Una sombra voló muy rápido por encima de mi cuerpo, impactando contra el maldito monstruo albino y tumbándolo a un lado.

El monstro se levantó de un golpe, para volver a recibir una nueva embestida de esa sombra.

Los dos seres voltearon por el suelo, golpeándose con locura y girando uno encima del otro.

El aire me entraba a trompicones y el cuello me dolía muchísimo. Las lágrimas me perlaban toda la cara y estaba tan malherida que casi no me podía mover. Me volteé de lado, hacia donde creía que estaba mi hermana y alargué la mano. Sentí aliviada el tacto de la suya y como se acercaba a cuclillas para abrazarme…

Cuando sentí su cuerpo no pude evitar temblar y estremecerme del dolor que corría por mis costillas rotas, mi estómago amoratado y mi garganta. Ella me acarició y lloró conmigo. Nos abrazamos muy estrechamente, intentando no escuchar los gritos sardónicos e infernales que brotaban por doquier y rebotaban contra todas las superficies como libélulas enloquecidas y ciegas.

Los alaridos eran demenciales y esos gritos de duelo hacían temblar los mismos cimientos de las torres negras que se alzaban a nuestro alrededor. Y mientras proseguía la batalla entre la sombra desconocida y el monstruo albino sentí de nuevo ese siseo…

Esta vez muy cerca de mí… demasiado cerca… me estremecí al oír su lengua reptil sisear en mi oído, tan cerca que noté su tacto rasposo y rudo. Y al ritmo de los gritos de pelea, las serpiente me siseaba al oído… los segundos se congelaban, no quería abrir los ojos. Esa monstruosa encarnación del suicidio y la locura primigenia me rozaba con su piel escamosa. La serpiente me tocaba y jugaba conmigo y yo sólo podía apretar tan fuerte como pudiera mis ojos.

De pronto un bufido me alteró, la serpiente me rozó la cara con su cola y se deslizó a lo lejos, bufando con energía. Y al ritmo de sus bufidos, se oyeron unos berridos quejumbrosos que terminaban en un lamentable hilo deshinchado. Entonces se hizo el silencio total.

Abrí los ojos.

Podía ver a mi hermana delante de mí, se había desmayado por el horror. No quería mirar, no quería… “no mires Natalia, no mires…” me decía mi subconsciente, pero no podía evitarlo.

Me levanté casi sin quererlo, mis piernas iban solas. Temblaban y me hacían tambalear pero apoyándome en una pared me pude mantener erguida sin mucha dificultad.

Estaba terriblemente asustada y creo que mi horror aumentó aún más, cuando ese reptil escamosamente antinatural rozó mi pierna. No trataré de explicar la espeluznante sensación de horror que me infundió, pues es imposible de transmitir con meras palabras humanas. Ni aún ahora, sabría determinar si el cuerpo de la bestia que me rozó era realmente sólido, o estaba parcialmente licuado, o quizá era… gaseoso… Pues la serpiente rozó, y a la vez penetró y atravesó mi pierna, mientras volvía hacia el lugar del conflicto. No sé porqué la seguí, no pude evitarlo.

Entonces vi lo que más me ha anonadado estos últimos días, y lo que ha hecho que me cuestionara tantas cosas:

En el suelo estaba tendido el monstruo albino, monstruosamente lívido y con el reflejo de la muerte en su rostro; e inclinado sobre él, en cuclillas, se encontraba otro hombre. Cuando me miró, creí perder el conocimiento. Entonces me vino a la mente una imagen fantásticamente vívida. La imagen del rostro de una mujer, tapándose la herida del cuello.

Una sonrisa, idéntica a la que podrían haber dibujado los labios de esa mujer asesinada, se formó en el rostro del extraño. Sus ojos relampaguearon y si digo que me miró con afecto no exageraría en absoluto, todo lo contrario. Pues una cálida sensación de paz y amor se originó en mi interior.

Entonces, el extraño, se levantó repentinamente y desapareció corriendo entre la oscuridad, acompañado por esa fabulosa criatura reptil que un día nos guió a mí y a mi hermana para salvar una vida humana que se gestaba en el interior de una mujer asesinada.


Jaume Moreso i Mallofré

 

El extraño caso de Sara de la Poer 22 enero 2010

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EL EXTRAÑO CASO DE SARA DE LA POER

El otro día, consultando diarios viejos de épocas ya pasadas, me encontré con un artículo sumamente curioso y extraño. Tan sólo diez líneas hablaban de ese suceso. ¡Tan poco espacio para un caso tan grave y sobrecogedor! Me pareció demasiado extraño, y quise curiosear un poco más. Busqué por otros diarios y revistas, y no encontré nada… nada de nada que contara lo más mínimo de ese asesinato múltiple tan escalofriante…

La escasa información que revelaba ese artículo era simplemente que una doncella joven, de buena casta y posición social, había enloquecido matando a plena luz del sol, y en medio de la calle, a doce transeúntes inocentes de tal demencia.

Nada más pude encontrar, y nada más pude saber de esta doncella que, debido a esta insensata causa, se convirtió en la protagonista principal de un teatro macabro y entrevisto. Por eso, me quedé ansioso por indagar en el asunto, por saber más de este comportamiento enajenado, por saber sus motivos y lo que pasó en la vida de esta doncella para transformarla en un monstruo asesino…

Si bien estos casos no son muy frecuentes, es seguro que cada uno de ellos marca un hito y deja impresa una huella de terror y de misterio en los corazones de la gente que habita y habitará el lugar donde se propició la locura. Por eso, me extrañó tanto que nada se supiera del asunto, pues su magnitud es tan ancha que, sin duda alguna, el entendimiento de la razón debe y tiene que apelar a la comprensión general de la Humanidad.

Ahora bien, cada uno de nosotros sabemos con certeza que, nunca jamás, perpetraríamos una idea semejante, aunque el subconsciente o la fantasía a este camino nos incitaran. No obstante, no es descabellada la idea de que quizá, otra persona sí que lo haría… Por eso, en mis meditaciones, sale muy a menudo esta idea, suscitándome asombro y afán de comprender cómo puede ser que una chica joven, una doncella con una vida que la mayoría de la gente deseamos, se lanzara al asesinato y la mutilación con una potente escopeta de caza.

De acuerdo, llegados a este punto debo confesar, para qué engañaros, que lo que más mueve mi afán de conocimiento es una curiosidad mórbida y enfermiza que me empuja a descifrar todos los pormenores y los detalles del asunto. Y creo que vale la pena indagar en ellos, pues cuando un tema afecta la mente con tanto vigor, siempre vale la pena dedicar un tiempo a pensarlo.

Si el lector quiere, que haga su propia meditación, saque sus propias ideas y conclusiones y, así, concluya satisfactoriamente su interés por el caso que nos ocupa. Yo, por mi lado, no estoy para nada satisfecho e invito, a los que sientan esta misma inquietud, a vagar conmigo por los quince años de la vida de esa doncella asesina.

Si aún estáis aquí, os doy la bienvenida y os notifico que mis vacilaciones han avanzado satisfactoriamente.

Bien, empecemos por el inicio, o sea, por la infancia de la desventurada doncella de rizos dorados. Supongamos, por un momento, que su familia no tenía nada de particular o de extraño. Era la típica y ordinaria familia, rica y acomodada, de la burguesía neoyorquina. Por tanto, lo especial de este asunto es de bien seguro que deberíamos buscarlo en los vericuetos más ocultos y dificultosos del alma de la doncella… podríamos llamarla… Sara.

Entonces… figurémonos de tal modo su infancia, que podamos identificarnos con ella; pues en el psiquismo humano no hay mayor herramienta de comprensión que la empatía hacia sus cónyuges o sus semblantes.

Bien, tomando como partida la riqueza de su familia y su buena posición social, podemos suponer que Sara vivía rodeada de todas las comodidades que uno pueda desear. Era una muchacha consentida, que siempre conseguía lo que se le antojaba. Pero no por eso dejaba de lado las responsabilidades de su vida o se comportaba de maneras impropias. Todo lo contrario. Sara era una chica responsable, que se comportada de manera ejemplar y enorgullecía, seguramente, a su padre y madre. Sin duda alguna, hacía honor al apellido que llevaba.

Sara no tenía muchas amistades, pues se dedicaba la mayor parte del tiempo al estudio y a las labores de su hogar. Seguía al pie de la letra las órdenes de sus padres y su vida se caracterizaba por el riguroso estudio, el temple y la seriedad con las que llevaba a cabo todas sus acciones, el esfuerzo para llegar a conseguir sus metas y sus objetivos o su dedicación a las tareas del hogar y de la familia.

La doncella se hacía mayor. Pasaban los años y cada vez era mejor considerada y su estampa era reconocida en todas las familias relacionadas con los De la Poer. Pero, con la llegada de su adolescencia, también llegaron otros intereses, otras inquietudes… y otros deseos.

Sara estaba ansiosa por ver mundo. Por abrir sus alas y volar… volar a lo más alto, allí dónde ningún avión pudiera llegar. Hacer cosquillas a las nubes y verlo todo desde una nueva perspectiva, singular y sin obligaciones. Pues era esto lo que más le empezó a molestar, las obligaciones.

Estaba harta de seguir las órdenes de sus padres, de pasarse el día estudiando, limpiando la casa o haciendo la comida. Ella quería salir a jugar, a divertirse, a conocer gente, a hacer amigos y amigas… y a conocer chicos. Sobre todo eso, sobre todo conocer chicos… pues cuando llega esta edad, una chica se siente inquieta y algo en su interior revolotea y la hace vibrar. Su sangre hervía, su corazón se desbocaba, su imaginación soñaba… y soñando, quiso empezar a vivir por ella, no por sus mayores.

Creo que todo cambió entonces, cuando su interés por los hombres despertó por primera vez, inocente e incauto. Ella no entendió por qué sus padres se enfadaron tanto por sus actos y tildaron su conducta de impropia y de vergonzosa. ¡Si ella sólo quería ser feliz! ¡Seguir sus sentimientos, puros y sinceros y hacer cosas bonitas!

Y empezaron a llegar las primeras disputas, y con éstas, el corazón indomable de una mujer soñadora y rebelde estalló en medio del universo en una infinitud de nebulosas crepusculares, preñadas de sueños, de ambiciones, de deseos y de placeres.

Sus padres, conducidos por la codicia, por los materialismos y las banalidades de una época de exultante pomposidad, negaron a la joven soñadora a convertirse en mujer, y lo que es peor, a luchar por sus sueños y sus deseos.

La pobre Sara se quedó encerrada en una vida gris y monótona. Justo cuando empezaba a vislumbrar la vida dorada y bella, cuando empezaba a ver la luz del amor y de la alegría, sus padres, sus superiores, sus mayores, sus amos; encarcelaron su felicidad y la encerraron en la vida que ellos mismos creían la correcta, según sus propias ideas cerradas y cortas de miras.

¡Qué detestable! ¡Qué odioso por su parte! Una chica debe actuar y decidir lo que le dicte el corazón, ¡no lo que le dicten los demás! Sus padres actuaban pensando en el buen camino de la chica, siguiendo unas ideas y unos dictámenes aprendidos en horas oscuras, cuando cualquier cosa era suficiente. ¡Pero eso no era asaz ni benévolo para una chica llena de luz y de alegría! Sara necesitaba cumplir sus propios deseos, llevar su propia vida y empezar a actuar cómo una mujer, ¡empezar a tomar las riendas de su destino!
Pero ellos no entendían que esas maneras eran sólo las suyas, las que ellos mismos habían inventado y habían impuesto a su dorada doncella… unas maneras anticuadas y carcomidas por lo artificioso y lo inflexible.

Entonces, cuando Sara cumplió los quince años, se vio envuelta por una segunda oscuridad más triste que las mismas tinieblas nocturnas. Su vida transcurría apenada entre horas bajas que caían cómo gotas de un rocío melancólico. Se pasaba las horas mirando a través de la ventana, viendo cómo la vida exterior bullía y circulaba sin ella, sin ella… ¡sin ella! Y de pronto, todos sus instantes perdidos, todos sus huecos objetivos, todos sus gritos mudos estallaron en un abanico de grises y negros que gritaban gemidos de odio y de envidia a los demás seres vivientes de la maldita ciudad.

Su corazón se ahogó entonces, y ahogadas todas sus ilusiones y esperanzas su vanidad empezó a crecer dentro de su alma, ansiando, envidiando, deseando la vida de los demás.
Envidiaba el paso firme de los hombres de negocios que cruzaban la calle. Envidaba los paseos elegantes y dulces de las señoritas solteras que coqueteaban con los mozos más apuestos. Envidiaba los sombreros que flotaban por debajo de su ventana, coronando las cabezas pomposas de viejas impostoras que vivían una vida robada. ¡Pues ella se la robaría!

Un día, ya no pudiendo aguantar más, ya no pudiendo soportar la envidia que oprimía su corazón, escapó de las prisiones de su hogar amparada por la masa ruidosa, viva y pegajosa, de una ciudad hirviente de leprosa existencia. Se mezcló entre esta masa vital, invisible, impersonal, sin nombre, sin significado… nadie la miraría, nadie le haría caso, podría llevar a cabo su terrible plan sin que nadie se diera cuenta de sus intenciones.

Pero entonces, cuando se acercaba hacia la tienda de armas, de entre la confusa multitud y el maremágnum de pasos, le pareció oír unas pisadas muy diferentes a las demás, unas pisadas con un ritmo adecuado y particular que la seguían. Se asustó. Su mirada brincó de un lado a otro, buscando quién la acechaba. Empezó a correr, huyendo de su propia paranoia y se asomó al portal de la tienda, sintiéndose protegida entre la oscuridad de unas pilastras anchas y profundas.

Ay Sara, ¡qué ilusa eres! ¡¿Por qué tienes miedo?! No debes temer nada, soy yo quien te sigue… no te preocupes, entra, ¡entra! Y coge lo que necesitas para satisfacer tu odio, tu venganza ¡y la envidia que te corroe!

Y Sara no dudó. Cómo conducida por un poder perverso y satánico, la blanca doncella entró corriendo al interior de la tienda, dejando tras de sí un susurro sinuoso llevado por el viento.

Entonces dentro ella compraría la escopeta más poderosa de la que dispusieran. No habría tenido ningún problema en adquirirla, ya que en esa ciudad, con dinero se puede conseguir cualquier cosa.

Con el arma en los puños Sara se sintió poderosa, y sus ansias de venganza rugían como leones enfurecidos. Sus pasos salieron vigorosamente, como un arrollo de agua que cae salvajemente por una catarata de aguas tenebrosas.

Entonces vinieron los estruendos, y un estallido final de horror. Mientras vacilaba, seguramente no me dio tiempo a percibir el primer trueno, el que anunciaba la tormenta. Pero el segundo… el segundo seguramente que todo el mundo lo oyó… y entre la terrible barahúnda pudieron escuchar el tercero, y el cuarto, y el quinto, y el sexto… y así hasta doce despiadados estruendos escupidos por la endemoniada arma de fuego que una doncella, frágil y bella, manejaba como la misma guadaña de la Muerte.

Si yo hubiera podido presenciar esa lujuria de asesinato… ¡por el cielo! Que seguramente me hubiera quedado diabólicamente maravillado, como por un poder perverso y satírico de una diablesa rubia, blanca y brillante como un ángel. Y seguramente, esa imagen se hubiera quedado grabada en mi retina para siempre: la imagen de doce cuerpos despedazados, contorsionados como un circo… y el humo… también el humo emanando de sus cuerpos y del arma de Sara… la lluvia, roja… salpicando el asfalto, la humedad mojando los cuerpos… y una doncella, blanca y pura, rubia como el oro, con la mirada hueca, con la vista perdida en el infinito, ignorando la sangre que salpicaba sus pálidas mejillas… ignorando la escopeta que se balanceaba inquieta, pendida en sus brazos finos y delicados…

Jaume Moreso i Mallofré