Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La búsqueda de la felicidad 26 noviembre 2010

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:46

La búsqueda de la felicidad


El otro día, haciendo zapping, encallé en un canal en el que entrevistaban a un famoso. El tema era la búsqueda de la felicidad. Y entonces recordé algo que me pasó hace tiempo.

Hubo una temporada en mi niñez en la que solía ir a jugar con un amigo. Un compañero de clase. Íbamos a su casa y su madre nos daba la merienda. En su casa había un desván, repleto de tesoros para unos preadolescentes como nosotros.

Un día encontramos un libro antiguo de matemáticas. Como yo iba por ciencias, mi amigo me lo dejó llevar a mi casa. A los dos días se lo devolví.

Pero lo que no le devolví fueron una hojas manuscritas que había en su interior. Supuse que era un secreto de algún antepasado de mi amigo y, por algún motivo, no dije nada.

En aquellas hojas escrito a pluma y con letra caligráfica había un relato. Por los tachones y anotaciones parecía que era la traducción de un texto escrito en otro idioma.

La historia trataba de un rey de un lejano país. Un rey justo y sabio, y muy querido por su pueblo. Que vivía feliz con su esposa, admirado por sus súbditos y en paz con los países vecinos. Para colmar su felicidad, Alá tuvo a bien obsequiarle con tres hijas, a cuál más bella y cariñosa.

Llegado el momento, el rey llamó a su hija mayor y así le habló.

– Alisa, hija mía. Tú eres la mayor de mi descendencia. Y, como ordena nuestra ley y nuestra tradición, estás llamada a sucederme en el trono. Como buen padre que soy, te quiero mucho, pero también quiero a mi pueblo del que soy responsable. Por eso quiero que seas la mejor de las monarcas. Y sé que para ello tienes que encontrar la felicidad. Yo no puedo darte ese tesoro, así que tu madre y yo hemos pensado en mandarte a tierras lejanas a buscar tu destino. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Cuando consideres que estás preparada, volverás y recibirás el cetro de mis propias manos. Sólo una cosa más, en tu viaje no tendrás ayuda mía, ni por ser mi hija ni por mi fortuna, para que ello no sea un impedimento en tu aprendizaje. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Alisa, la primogénita, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando tan sólo lo estrictamente necesario.

Pasaron dos años y el rey no tuvo noticias de Alisa.

El rey llamó a su segunda hija y así le habló.

– Belisa, hija mía. Tú eres la segunda de mi descendencia. Como bien sabes, hace dos años tu madre y yo mandamos a tu hermana mayor a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fue despojada de todo privilegio, y ahora no sé si hice bien. Desconozco si no vuelve porque ha perecido en tierras lejanas o porque no se siente todavía suficientemente preparada.

Hoy a llegado tu hora, y es tu turno para viajar a países desconocidos. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Sin embargo, en tu viaje tendrás toda mi ayuda. Irás acompañada de tu séquito y dos de mis ministros de mayor confianza. Ellos te aconsejarán y protegerán. Visitarás todos los países en mi nombre y conocerás a todos sus dirigentes en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Belisa, la segunda, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando su séquito consigo.

Pasaron otros dos años y, considerando apropiado el momento, el rey llamó a su hija pequeña y así le habló.

– Carlisa, hija mía. Tú eres la menor de mi descendencia. Como bien sabes, hace años tu madre y yo mandamos a tus hermanas a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fueron a condición de volver cuando estuvieran suficientemente preparadas.

Hoy a llegado tu turno, y es tu hora de partir. No sé si hice bien enviando a tus hermanas al extranjero. Por eso tu viaje será por nuestro querido país. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Visitarás todas las ciudades y aldeas y conocerás a mis súbditos en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Carlisa, la pequeña, recogió sus cosas y partió, llevando a Alá consigo.

Llegados a este punto, no pude seguir leyendo. La siguiente hoja de papel estaba muy deteriorada. La tinta estaba borrosa y a penas se podía distinguir alguna frase. Lo poco que pude descifrar me dio a entender que las tres hijas volvían y que el rey había muerto.

No lo comenté con mi amigo, al principio porque me daba vergüenza admitir que le había robado unas hojas. Después, no sé por qué.

Nunca llegué a saber el final del cuento. Si Alisa, Belisa o Carlisa habían encontrado o no la felicidad. Si la había encontrado el antepasado de mi amigo. Ni siquiera si había copiado la historia o se la había inventado. O si mi amigo la conocía y sabía su final.

Con el paso del tiempo, las vidas de mi amigo y la mía siguieron rumbos separados, perdimos el contacto y nunca más volví a saber de él. Pero el cuento de las hijas del rey ha vuelto a mi memoria con cierta periodicidad. Pero no tanto como para haber marcado mi vida.

El otro día, haciendo zapping, me acordé de mi amigo de la infancia. Tal vez haya encontrado la felicidad o tal vez no. Yo, por mi parte, vivo una vida tranquila y, curiosamente he tenido tres hijas: Alicia, Isabel y Carlota.

Cebolledo

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El Nudo Windsor

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:38

El Nudo Windsor


Pipipipíiii

Juan Antonio apagó el despertador. Ya llevaba unos minutos despierto, como siempre. Siempre se despierta antes de que suene el despertador. Un pequeño y viejo despertador de pilas que alguien le trajo hace años de Canarias. Con la esfera blanca y la palabra QUARTZ en negro.

Retiró las sábanas, sacó las piernas y se incorporó. Como siempre, se quedó unos instantes sentado en la cama, mirando a través de la ventana. Era un día lluvioso.

Le gustaba dormir con la persiana levantada. Para ver las estrellas mientras se quedaba dormido. Cuando el cielo estaba despejado podía ver Orión desde su cama. Las estrellas cuyos nombres conocía: Rigel, Betelgeuse, Bellatrix.

Bellatrix, “la guerrera”. Siempre le recordaba a aquella chica que conoció de chaval: Beatriz. Fue casi su amor platónico ¿qué habrá sido de ella? A veces sueña que la vuelve a ver, que se encuentran por casualidad, que recuerdan “viejos tiempos”.

Se introduce en el baño con el aparato de radio. El transistor de pilas ¿cuántos años tiene? ¿treinta, cuarenta? Oye las noticias mientras se asea. Radio nacional.

Sobre la silla del dormitorio la ropa que preparó la víspera. Calcetines a juego con los zapatos. Zapatos a juego con el cinturón. Ropa interior blanca. Camisa blanca. Y la corbata.

Frente al espejo se anuda la corbata. Nudo Windsor, por el duque de Windsor. No “Wilson”, como lo llamaba su padre. Su padre le enseñó a hacer ese nudo triangular, plano, perfecto. Y él se lo enseñará a su hijo cuando llegue el día.

Todo tiene que estar perfecto: la camisa planchada, la muda limpia, el nudo Windsor. Juan Antonio desprecia a los que se hacen el nudo simple, el “for-in-jan” de los británicos. Ese nudo no tiene clase, lo hace cualquiera.

Otra cosa es el medio-Windsor o nudo español, algo más elaborado. Ya indica un poco más de preparación. De cultura. Un pase por detrás, una vuelta a la derecha, un pase por delante y ya está.

Pero nada como el nudo Windsor, el auténtico, el completo.

También Juan Antonio tuvo su época rebelde y experimental. Cuando se hacía nudos exóticos: el Platsburg o el Saint Andrew. Y se sentía diferente, esnob, intelectual.

Estira las sábanas y cierra la ventana, que había permanecido abierta mientras se aseaba en el baño. Un café soluble, con leche, en el microondas, ese es su desayuno. Y una galleta maría.

Los zapatos brillantes, impecables. “La elegancia de un hombre se mide por la limpieza de sus zapatos” recuerda.

Un día más, que irá andando a la oficina. Un día más o un día menos. Tal vez hoy pase algo. Tal vez se encuentre con Beatriz, sonríe. Y queden para tomar un café… y se casen… y tenga un hijo.

Y así pueda enseñarle a hacer el nudo Windsor.

Cebolledo

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