Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Flores para los muertos 10 agosto 2009

Flores para los muertos


De: Yolanda Díaz de Tuesta






Para Jorge, era un trabajo sencillo.


La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella.

No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente.

Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias.

Él prefería robarle a los muertos.

Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos…

Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja.

Y en la casa de la vieja.

Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí.

Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla.

La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica.

Jorge se sentía enfermo, y se iba.

Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario.

Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina.

Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro.

Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa.

Jorge le tendió la flor.

La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino.

Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue.

Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros.

Pero, esa noche, la chica no estaba.

No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella.

Entonces, supo lo que había pasado.

La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa.

Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies.

La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca.

– Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso.

Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada.

La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones.

Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta.

Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable…

Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron.

Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido…

¿O sí?

¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios.

Y entonces, vio la rosa.

La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores.

Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo.

– Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…


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5 Responses to “Flores para los muertos”

  1. sens Says:

    Impresionante relato. Me ha poco menos que fascinado la historia, y la manera en que está narrado.

    Enhorabuena.

  2. Ágatta Says:

    Muchas gracias, cielo ;DD

  3. Es el segundo relato tuyo que leo. Supongo que no te consideras una escritora amateur que está aprendiendo, porque sabes que tu estilo es muy bueno. Este relato merece estar en un recopilatorio del círculo Lovercraft, y no soy un adulador. Me ha encantado y me gustaría que escribieses un libro de relatos de terror e incluyeras este. En cualquier caso me lo voy copiar para cuando tenga el aparato de e-books y así podré disfrutarlo cuando quiera.

    Tan sólo dos apuntes si me lo permites. Son dos expresiones que creo que tendrían que cambiar porque destruyen toda la ambientación creada:

    1.- “entrar en furia”. Se entiende perfectamente lo que quieres decir, pero es el significado subjetivo de la palabra “entrar” lo que estropea la frase. Entrar es el comienzo, podría significar esperanza si quieres o cualquier cosa que tenga que ver con el principio de algo. En cualquier caso me ha dejado descolocado y no porque sea un rebuscado, si no porque me ha detenido y he tenido que reflexionar por qué.
    Pienso que quedaría mejor “Estallar de furia” o simplemente “ponerse furiosa” “Estallar” representa el final y el caos. La mente del lector va a sugerir inconscientemente todas las asociaciones que conoce de la palabra.
    En cualquier caso no parece una forma muy correcta y parece más un vicio del habla o algo así. Creo que en este punto el texto debería seguir deslizándose de la forma tan brillante en que lo has hecho en todas las demás partes.

    2.- “Notó cómo la carne se deshacía como mantequilla bajo sus nudillos.” Estás en la catarsis. Es el momento. Esta ha de ser la frase fundamental del cuento, porque es la punta. Aunque lo que sigue el desenlace, esta es la catarsis.
    Creo que aquí ha fallado la comparación de la carne de la vieja con algo que se come y que es delicioso. Es cierto que lo has elegido por sus propiedades, pero hay otras muchas cosas que la tienen y no nos sugieren algo nutritivo, como por ejemplo: gelatinoso (observa que esta palabra sugiere la propiedad y no la cualidad nutritiva del material), viscoso, pulposo, oleaginoso.
    “Notó cómo la carne se deshacía como brea oleaginosa alrededor sus nudillos”
    Todo lo escrito en esta frase sugiere esa idea de pavor espectorante que quieres transmitir.

    Me ha encantado. Perdona que me halla centrado tanto en esto, pero es lo único que he encontrado y creo que corrigiendo eso no es buena, si no perfecta.

    Te seguiré en bubok, y si estás en el proyecto de bubok nómada me apuntaré por si tienes la bondad de enviarme alguno de tus libros.
    En cualquier caso estoy muy interesado en comprar tus libros en digital en cuanto consiga mi lector de e-books.

    Muchas gracias por el relato y por el momento que me has hecho pasar.

  4. Díaz de Tuesta Says:

    Muchas gracias por el comentario, por el ánimo que me has dado para seguir escribiendo y, especialmente, por los apuntes sugeridos ;DD

    Como verás, he retocado. Estos temas suelen ser un poco subjetivos, pero todo texto puede mejorarse, y me han convencido tus argumentos. Eso sí, no he usado “oleaginoso”, nunca hubiera usado yo ese adjetivo (el maestro Lovecraft sí jajaja). A ver si te convence así 😉

    Me alegra de verdad que hayas disfrutado con la lectura ;DDD

  5. He disfrutado mucho con esta y con las otras, y estoy seguro de que disfrutaré de igual modo con tus novelas. No sólo eres una escritora con mucha técnica y mucha pasión, si no que además mantienes el equilibrio perfecto entre personalidad y humildad, porque has atendido a mis sugerencias y has resuelto mucho mejor que como te había sugerido.

    Muchas gracias a ti por estos relatos tan buenos. No importa cuánto se haya leído. Con escritoras como tú siempre se aprende. Siempre tendrás algo que aportar. Seguiré tus pasos vivamente, pero con educación, no como la vieja de tu relato ;P.

    Por supuesto que te animo a que sigas escribiendo. No sólo eso. Te lo pido.

    Un besazo y enhorabuena.

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