Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Y mamá besó a Gaspar 11 enero 2010

En la década de los 50, hubo un villancico inglés que popularizó Tommie Connor que se titulaba ‘I saw mommy kissing Santa Claus’. Era un villancico muy corto que hablaba de un niño que pillaba a su madre besando al gordo de la barba.

Permitidme que hoy haga una adaptación de ese villancico y lo convierta en un relato para celebrar la víspera de reyes, pero llevándolo a nuestras costumbres.



Y mamá besó a Gaspar


De: Roberto Arévalo Márquez


Era una noche de reyes de mucho frío. El viento soplaba fuerte y se respiraba un ambiente húmedo, como si fuera a llover en cualquier momento y nos fuera a estropear aquella cita tan especial. Iba de la mano de mamá, quién me llevaba al centro para ver la cabalgata de los Reyes Magos, algo que llevaba esperando desde el inicio de la Navidad, y que era lo que más ilusión me hacía.

No obstante, mamá parecía bastante enfadada. No dejaba de mirar su reloj y suspiraba muy a menudo cuándo, tras mirar por los alrededores, veía cómo papá llevaba tarde otra vez. Y eso que este año lo había prometido, asegurando varias veces que por fin estaría conmigo para ver a los Reyes.

A mí, sin embargo, me daba igual. Yo sólo quería ver a Gaspar. Mi rey favorito, el mejor de tres, con esa barba larga y marrón, y lleno de caramelos para regalar. Era el más simpático, para mí el más gentil, y el más alto y de camello más hermoso. Verle aquella noche, momentos antes de empezar a entregar regalos, era lo más bonito que me podía pasar, y tenía muy claro que el enfado de mamá no me lo iba a estropear, ni mucho menos la ausencia de papá.

Las calles estaban llenas de gente, de otras mamás y otros papás con sus niños a cuestas mientras desfilaban los carromatos, los camellos y los elefantes… Los pajes lanzaban caramelos y desde los tronos, los tres reyes saludaban y lanzaban besos. Pero para mí, sólo había ojos para uno de ellos: Gaspar.

A veces me volvía hacia mamá llena de ilusión y ella me dedicaba una sonrisa forzada mientras comentaba algo sobre papá. Pero yo no respondía. Sólo asentía para volver a mirar al frente y continuar viendo a mi rey favorito, a quien sólo podía ver en ese momento hasta el año siguiente.

Al final, papá no llegó a tiempo. El desfile había terminado y las dos ya nos disponíamos a irnos cuándo él llamó por teléfono. Entonces, mamá le dijo que estaba harta, que siempre la misma excusa y que había tenido que ver a los reyes otro año sin él. Y aunque yo le tiraba de la manga para decir que no pasaba nada, ella continuó reprendiéndole con la misma dureza que hacía conmigo cuándo no me terminaba la comida.

Tras colgar a papá, mamá me llevó a dar una vuelta antes de volver a casa. Nos paramos en un puesto para comer un churro y hablamos durante un rato. Seguía con la expresión extraña, pero parecía más distraída. Me preguntó si estaba nerviosa, si había pedido muchas cosas y si pensaba si el rey me lo traería todo. Claro, que a esa pregunta vino la de siempre:

– Si has sido buena, seguro que te lo trae… aunque no sé yo –me decía, pero a mí me daba igual. Con haber visto a Gaspar era suficiente.

Me comí el churro llena de felicidad. Había sido una tarde grandiosa, había visto a Gaspar, a mi Rey favorito, y ahora sólo tenía que irme a dormir para esperarle, aunque mi mayor ilusión, más incluso que los juguetes que me dejase a los pies del árbol, era poder verle y estrecharle entre mis brazos.

Cuál fue mi sorpresa que al entrar en casa, las luces de colores estaban encendidas y sentado en el sofá de mi casa ¡Estaba Gaspar! Yo me quedé helada, inmóvil sobre el sitio sin soltar la mano de mamá, mientras ella por fin sonreía de oreja a oreja. La miré y me soltó, animándome a correr tras Gaspar para darle ese abrazo que tanto había pedido. Y así lo hice. Corrí todo lo que pude hasta que me dejé caer en su regazo. Él sonreía y me llamaba por mi nombre. Me preguntaba si me había gustado el desfile y después me pidió que le diera un beso, algo que no dudé en hacerlo y, vaya, ¡Olía cómo papá!

Estuvo conmigo a solas durante más de una hora, mientras mamá hacía la cena sin dejar de sonreír, y lo hacía como nunca había visto. Y es que, claro, Gaspar estaba en nuestra casa. No era para menos.

Cuando acabó de hacer la cena, me la puso sobre la mesa y Gaspar se quedó conmigo viendo cómo comía sin dejar de contarme aventuras de su largo viaje junto a Melchor y Baltasar, y cuándo terminé, me llevó a la cama y me arropó. Fue entonces cuándo me dijo que tenía que irse. Él y sus dos amigos debían empezar a entregar regalos y no podía demorarse más. Yo asentí obediente, le di un beso y traté de dormir un poco. Pero si normalmente no dormía durante aquella noche ¡Cómo iba a hacerlo después de haber visto a Gaspar! Estaba tan emocionada que no dejaba de dar vueltas en la cama y por mi mente sólo pasaba un pensamiento. ¿Seguiría Gaspar en casa?

Fue en aquel momento cuándo, a pesar de haber prometido que me quedaría en la habitación sin moverme, salí y me asomé por la puerta del pasillo con timidez. Pero, no podía ser. Mis ojos estaban viendo algo que no podía creer. ¡Mamá estaba besando a Gaspar! Pero no un beso en la mejilla, cómo podía darle yo… ¡No!, era un beso de ésos como los que daba a papá, y el rey se reía intentando no hacer ruido, quitándole la ropa a mamá poco a poco y yo, escondida detrás de la puerta, no podía pensar en otro que no fuera papá.

Mamá le quitó la túnica, los zapatos y la corona, y le pidió que se quedase con la barba, algo que no entendí pero que imaginé que sería cosa de mayores, y cuando mamá se reclinó sobre el sofá, Gaspar se echó encima de ella… fue cuando ya no pude aguantar más, y corrí despavorida de nuevo hasta mi habitación, con los ojos abiertos de par en par sumida en la oscuridad azulaba que invadía mi habitación y pensando por qué tardaba tanto papá.

No pude dormir aquella noche. Me quedé en el silencio tratando de adivinar cuándo se iba Gaspar y llegaba papá, pero no llegué a saberlo. Cuándo el sol trajo el día de Reyes, salí con timidez de la habitación, andando con sigilo hasta la cama de mis padres. Sólo estaba mamá, dormida plácidamente, y ni rastro de papá. Salí de allí despacio y poco a poco llegué al salón. El árbol estaba encendido, con las luces parpadeando como a mí me gustaba. Sobre la estantería, mi bota estaba a rebosar de caramelos y a los pies de árbol había una gran cantidad de regalos, aunque no todos eran los míos. Había algunos de Gaspar que eran para papá… ¡Y yo me enfadé aún mucho más!

De pronto oí ruido en la cocina. Había alguien cocinando, haciendo el desayuno posiblemente, y yo corrí por si acaso todavía estaba el Rey. Pero no, era papá. Con su pijama azul y sus zapatillas con forma de garras de oso. Estaba despeinado, cómo todos los días nada más despertarse, por lo que había entrado y no le había escuchado. Me miró sonriente y yo me quedé contemplándole sin saber qué hacer o decir… ¡Y encima, él estaba más feliz de lo normal!

– ¿Qué pasa, pequeña? ¿No vas abrir los regalos? –me preguntó levantándome del suelo para darme un beso en la mejilla- un pajarito me ha dicho que ayer te visitó Gaspar ¿eh?

Y yo asentí, sin saber que hacer o decir… Y es que ¡¿Cómo le digo a papá, que ayer mamá besó a Gaspar?!


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One Response to “Y mamá besó a Gaspar”

  1. Griselda Gamarra Says:

    Menudo dilema para la niña!! Está genial


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