Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Escalera jubilada 25 enero 2010


Escalera jubilada


De: Wiskott


Es curioso cómo el entorno acaba copiando el aspecto de los moradores, usuarios o propietarios.

Cuando se instaló en aquel piso nunca hubiera imaginado que le tocaría ver, oler y escuchar las vidas casi caducadas de unos vecinos a los que apenas conocía de vista. Algunas veces les había cedido el paso para mirar la manera en que acarreaban con lentitud penosa sus cuerpos en un bloque que carecía de ascensor. Siempre llevando bolsas casi vacías y las llaves en la mano, la cabeza gacha, apenas conscientes de su presencia junto a ellos, como si se movieran en otra dimensión y no la vieran hasta el momento justo de murmurar un saludo o un agradecimiento por dejarles pasar primero.

Era la más joven en aquella escalera, junto con otra mujer, viuda ya, que solo le llevaba siete años y que le explicó de cabo a rabo los entresijos de los vecinos y los sucesos más interesantes del edificio.

Así fue como supo que el bloque, víctima del fuego en dos ocasiones estaba habitado por una anciana que ejerció el oficio más viejo del mundo durante su juventud, (“tiene un hijo que fue a un colegio de pago, interno, es muy buena persona.” ), un matrimonio que no se hablaba con la familia de él,( ” él está casi ciego.”) dos hermanas que tenían el televisor a un volumen escandaloso que solo enmudecía cuando se equivocaban de botón y lo apagaban, ( “la mayor tiene un ojo de cristal” – le susurró.) , otra anciana a la que le hacía la compra y que llevaba años sin salir a la calle, ( “cuando le subo la bolsa siempre me dice que se sentará en una silla a esperar a la muerte, que no se me ocurra llamar a una ambulancia.”)

El resto de pisos esperaba vacío la llegada de alguien nuevo.

La primera ocasión la propició el televisor.

Oyó que picaban a su puerta, no al interfono sino a la puerta del piso.

Cuando abrió se encontró a una anciana de pelo amarillento, vestida con ropas oscuras que delataban mejor la caspa y los cabellos y que despedía el olor de amoníaco inconfundible de un sexo húmedo y una ropa interior tan sucia como gastada.

– Buenos días.

-Buen día, joven. Es que no está la señora del tercero y mi hermana ha apagado la tele y no podemos encenderla. ¿ Le sabría mal entrar un momento a mirar el mando?

No quería hacerlo pero no se le ocurría nada convincente para negarse.

Cogió las llaves, cerró su puerta y siguió a la mujer un piso más arriba.

Un recibidor minúsculo con dos figuras de porcelana pasadas de moda conducía a una salita de estar con una mesa a un lado y un televisor que, pese a su antigüedad, aún era demasiado moderno y sofisticado para ellas, y que ocupaba su sitio frente a un sofá maloliente, cubierto parcialmente por la manta con la que debían taparse mientras lo miraban.

Le pusieron el mando en la mano, mirándola con una expresión de cachorro juguetón. Todos los botones estaban cubiertos por celo, excepto los que permitían cambiar de canal y los de encendido y apagado. Este último tenía rastros de goma y supuso que debía estar tapado también.

Apretó el botón ” On” y le preguntó a la anciana si tenía celo. Cuando se lo trajo volvió a tapar la tecla de apagado y le devolvió el mando.

La hermana ” Ojo de cristal” no apareció en todo el rato, cosa que agradeció, devolvió un ” No hay de qué” a la anciana y bajó a su casa.

Se metió en la ducha de inmediato y puso toda su ropa en la lavadora.

Horas después, aún tenía ese olor en la memoria.

Pasadas tres semanas del incidente del mando, bajó la viuda del tercero a pedirle ayuda.

-Es que vengo de hacerle la compra y no me abría, así que la he llamado a voces y me ha contestado que se ha caído y no puede levantarse. Yo tengo llaves pero no me hace gracia entrar sola.

-¿Por qué?- preguntó.

-Ya sabes como es la gente mayor de desconfíada.

Cuarto piso. Diferente televisor, diferente anciana, olor idéntico.

Había entrado al excusado y tropezado y caído al suelo del mismo. Tenía la ropa a la altura de las rodillas y un charco amarillo transparente delataba lo ocurrido.

Tuvieron que alzarla entre las dos y sentarla en la cama, limpiarla, cambiarle la ropa y las sábanas y después de eso, sin saber por qué, se encontró mirando su reloj de pulsera y preguntándole a la anciana si había desayunado algo. Un no tembloroso la obligó a calentarle un vaso de leche en el fogón más despejado de grasa que pudo hallar en la cocina. Tuvo que sostenerle el vaso como a un niño porque temblaba tanto que la leche bailaba salvaje junto al borde. La mujer lagrimeaba y hacía gestos de dolor. Miró a la vecina del tercero y le sugirió en un susurro llamar al médico.

-Dirá que no.

-No le pregunte. Llame y cuando lleguen ya veremos.

Lo que vieron fue la transformación de una anciana desvalida en una caricatura de sí misma, gritona y malhablada.

-¡¡¡ No quiero ir a morirme al hospital!!! ¡¡¡ Quiero morirme aquí en mí casa!!! ¡¡¡¿ Por qué los has llamado, mala p…?!!!

Los dos de la ambulancia la calmaron para examinarla pero cuando acabaron y expusieron la necesidad de ingresarla para ver en profundidad el estado de las caderas y otros huesos volvió a enloquecer. La acarrearon hasta el vehículo de todas formas y no volvió a saber más del asunto hasta cinco días después, cuando la del tercero bajó a informar de la muerte de la anciana.

-Fuí a verla todos los días, los tres primeros aún me insultaba pero al cuarto ya ni me conocía.

-¿ Le dijo algo el especialista que la llevaba?

-Que sufrió una parada cardíaca.En paz descanse.

-Sí, en paz descanse.

Volvió a entrar mientras la del tercero emprendía el ascenso a su casa, con un punto de tristeza y la pregunta a medio formar en su cerebro.

¿Puede una persona, estresada y fuera de su escenario cotidiano, apagar su vida como quien apaga una luz? Las hormigas pueden parar su corazón si se ven en una situación de peligro. ¿Puede hacerlo una persona? ¿Es posible?

 

One Response to “Escalera jubilada”

  1. cebolledo Says:

    Me ha gustado. Muy interesante… e inquietante.


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