Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Yo Deseo 21 junio 2011


Yo Deseo


De: O. P. Wilkituski


¿Alguna vez habéis deseado haber nacido en otro tiempo o en otro lugar? ¿Vivir una vida sin preocupaciones? Yo sí. Pero a veces, los deseos se cumplen…

Cuando desperté, tenía la cara enterrada en el fango y no sabía dónde me encontraba. Me incorporé lentamente y sacudí la cabeza, intentando despejarme. Pronto me dí cuenta de que allí había alguien más. Tenía la vista borrosa, pero podía oírlos. Y tocarlos.

Me tambaleé hacia mi izquierda y mi costado acabó apoyado en una fría barra metálica, mientras yo trataba de acostumbrarme a la sensación de mareo. Al fin, comprendí que estaba en una jaula, y esa masa que se agitaba, quejándose, a mí alrededor, eran mis compañeros. Docenas… No, cientos de ellos.

¿Habría funcionado mi deseo? Desde luego, estaba en otro lugar, y probablemente en otro tiempo. Pero debía existir una explicación lógica. Yo nunca había creído en ridiculeces como los pozos de los deseos.

Al otro lado de los barrotes, una puerta metálica se abrió con un chirrido, iluminando el interior en penumbra del edificio. Un grotesco hombre, bastante sucio, entró con un saco al hombro, que dejó caer a algunos metros de mí, en el borde de la verja.

-Vuestra ración de hoy -gruñó el hombre.

-¡Espere! -le grité yo- Yo no debería estar aquí, señor. ¡No se vaya! ¡Sáqueme de aquí!

Demasiado tarde. La puerta se cerró con un fuerte golpe, al mismo tiempo que una lenta estampida, formada por mis nuevos vecinos, se dirigía hacia el lugar donde el tipo había volcado el saco. Procuré apartarme hacia un lado para que no me arrollasen, y fue entonces cuando me di cuenta de lo débil que estaba. Mis piernas apenas podían sostener mi cuerpo.

Me senté en una esquina mientras observaba a mis hambrientos compañeros alimentarse, entre chillidos y empujones. Algunos ni siquiera podían llegar a la comida, incluso pude entrever algunos cuerpos tumbados en el suelo, pisados accidentalmente una y otra vez por el tránsito de la masa.

¿En qué infierno me había metido? Miré mi antebrazo. Allí descubrí un número tatuado entre los montones de barro que tenía pegados y las magulladuras. Recordaba que el día anterior, habíamos estado hablando de las vidas más fáciles que se podían tener. Habíamos pensado en varias opciones que consistían únicamente en vivir sin preocupaciones, dormir, la comida y el sexo. Recordaba también que al final, entre risas y bromas, habíamos arrojado unas monedas al pozo de los deseos, sin tomárnoslo muy en serio… ¿Qué había pedido yo al final? Había pensado en vivir como en la prehistoria, pero obviamente, eso no era la prehistoria. No tenía ni idea de qué había deseado, aunque notaba algo distinto en mi cuerpo que no conseguía identificar. Tenía que recordarlo. Tenía que recordar cuál había sido mi deseo.

Algo mojado y caliente me despertó de pronto, salpicándome la cara. Me había dormido sin darme cuenta, y ya había pasado toda una noche. Levanté la cabeza y pude percibir un fuerte olor a vómito. Cuando escuché de nuevo el característico sonido de una garganta regurgitando, alcé la vista un poco más hasta encontrarme con la cara de uno de mis compañeros. Algo me resultaba familiar. Supuse que el cuerpo en el que ahora estaba tendría sus propios recuerdos, pero una parte de mí, la parte que quería hacerme recordar mi vida anterior, gritaba dentro de mi cabeza para hacerme ver que había algo extraño en mis compañeros.

Salté hacia atrás de sorpresa y terror cuando vi que a mi compañero le faltaba uno de sus ojos, en cuyo lugar había un agujero mal curado, cubierto de sangre seca. Y cuando abrió de nuevo la boca, pude ver que la bilis se escurría a través de unos dientes demasiado desgastados como para deberse a una erosión natural. Alguien los había pulido mecánicamente.

-¿Te encuentras bien? -le pregunté- ¿Te ha sentado mal la comida?

Silencio.

-¿Cómo te has hecho eso? ¿Has tenido un accidente?

De nuevo, silencio fue la respuesta que obtuve. La puerta se abrió otra vez y el mismo hombre del día anterior entró, esta vez sin ningún saco sobre el hombro.

-¡Menos mal que ha vuelto! -exclamé con alegría- Esto es un error. Tiene que sacarme de aquí… y debería atender a mi compañero, creo que se ha puesto enfermo. Pero ¿¡qué hace!? ¡Oiga! -chillé mientras me agarraba bruscamente y me arrastraba sin ninguna consideración junto con otros prisioneros de aquella celda.

Aquel enorme hombre acabó por meterme en la parte trasera de un camión, también abarrotado de otros como yo. Todos marcados con un número en su antebrazo. Uno de ellos parecía respirar con dificultad.

Varias horas después, por fin, las puertas traseras del camión se abrieron. Me moría de sed y de hambre. Esperaba que nos diesen algo, cualquier cosa, aunque volviesen a meternos otra vez en otro de esos lugares, en aquella especie de “campos de concentración”. Pero no fue así. Varios tipos más, cada uno con un aspecto más aterrador que el anterior fueron bajándonos del vehículo.

Eché un último vistazo hacia el interior del compartimento, buscando con los ojos a aquel compañero que casi no podía respirar al comienzo del trayecto. Al fin, lo vi, y definitivamente, ya no iba a respirar nunca más…

Un miedo terrible me invadió ante la posibilidad de que pudiese sucederme a mí lo mismo. Me agité con nerviosismo, por lo que aquellos tipos se apresuraron en contenerme, agarrándome y llevándome de vuelta al grupo sin ninguna delicadeza.

Formábamos una fila que iba avanzando hacia el interior de un edificio con lentitud. Con una cruel lentitud. Lo que me colocaba en una situación de miedo que no podría soportar durante mucho más tiempo.

-¡Yo no debería estar aquí! -traté de convencerlos una vez más, sin éxito alguno.

Cuando llegó mi turno para entrar en la imponente construcción, intenté retroceder unos pasos hacia atrás. Veía la puerta al final de un largo pasillo. Reconocía lo que era. Intenté caminar hacia atrás, retrasando lo inevitable.

-¡Camina! -me gritó uno de los hombres, arreándome una patada en el trasero que me hizo dar un traspiés y caer al suelo.

Era una cámara de gas.

Poco a poco, el destino al que me había enviado mi deseo se iba aclarando en mi mente. Pero no debía ser así. No debería haber sido así. No tuve todas las posibilidades en cuenta. Me lamenté, con lágrimas brillantes deslizándose por mi rostro. O por el rostro de mi nuevo cuerpo. Aquella ni siquiera era mi verdadera cara…

Y sin darme cuenta, allí estaba. En el interior de la cámara de gas. Tosí. Tosí de nuevo. No podía parar de toser. Sentía el gas deslizarse dentro de la sala y la sensación de picor en mi garganta. Escocía mucho. Caí de costado. De pronto, casi dejé de sentir. Me adormecí. Y la puerta se abrió, o al menos, noté que sus visagras hacían un ruido metálico.

-¿Ya está bien atontado? -escuché a uno de los hombres, casi como un eco lejano.

-¿Qué más da? -dijo el otro- Tenemos prisa.

Sentí el suelo deslizarse debajo de mi, o quizás era yo quien me deslizaba sobre él. Noté también que colgaban mi cuerpo boca abajo, suspendido en el aire. Y olía ese terrible olor… El olor de la sangre.

Un líquido caliente, espeso, de sabor ferruginoso, me salpicó una mejilla y rozó mis labios. Ni siquiera tenía fuerzas para rebelarme contra el asesino de mis compañeros o escapar antes de que me tocase a mí. Pero mi turno llegó.

Quise usar mis brazos para golpear al hombre, que se me acercó despacio, sin prisas, cubierto de rojo y con un enorme cuchillo que emitía destellos plateados. Mis músculos no respondían, ninguno de ellos. ¡Si apenas podía mantenerme consciente!

Finalmente, sentí el frío acero deslizarse a través de la carne. Cuando el cuchillo se retiró de mi cuello, una catarata de sangre se derramó en el suelo, y pude notar perfectamente como el líquido se deslizaba a través de mi garganta, llenando mi boca con el sabor de mi propia sangre, que se filtraba entre mis labios, precipitándose en largos hilos que iban a morir al suelo enrejado.

Supuse que todos mis compañeros habrían muerto ya, y que yo, inmóvil y cubierto por aquel tinte macabro, lo parecería, sin lugar a dudas. Bajaron uno a uno los cadáveres y nos colocaron en una cinta que nos llevó hacia un lugar que preferiría no haber conocido jamás.

Seguramente, muy pocos habrían seguido vivos y conscientes como yo llegados a este punto. Mientras la cinta se acercaba a su final, yo recordé perfectamente mi deseo. Comprendí lo que me había resultado chocante en cuanto a mi propio cuerpo y a mi compañeros…

“Quiero irme a mi casa” intenté articular.

Quedaban muy pocos metros para el final del trayecto. Quedaban muy pocos metros para los tanques de agua hirviendo que separarían mi piel, mi grasa y el resto de mi cuerpo. Quedaban muy pocos metros para mi muerte, cuando…

Deseé con todas mis fuerzas no haber pedido nunca haber nacido siendo un cerdo.

O.P.Wilkituski

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One Response to “Yo Deseo”

  1. A.Sithis Says:

    Genial, me ha encantado la crítica, me encanta como detallas, sigue escribiendo! Un saludo!


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