Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Una familia normal 20 octubre 2009



RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL VI CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2007 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

Una familia normal


De: Lola Montalvo Carcelén



Los libros me permitieron, cuando era pequeña, que sus historias me llevaran lejos,
que la fea vida que me tocó vivir fuera menos espantosa y que un soplo de esperanza
iluminara mi corazón.
Os doy con este relato un trozo de mí.
Lola


Anita cerró el libro. Su madre ya le había llamado tres veces y por el tono de voz se evidenciaba su enorme enfado. Papá se retrasaba otra vez para comer y Anita debía ir a buscarlo. La novela que había NIÑA LEYENDOcomenzado a leer esa mañana debía esperar. Suspiró con fastidio y ajustó mejor el papel de periódico que había utilizado para forrar el libro; mamá pocas veces se preocupaba de supervisar las lecturas que devoraba a un vertiginoso ritmo, pero debía ser cautelosa. No dudaba que su eterno mal humor empeoraría en segundos si comprobara que estaba leyendo Cumbres borrascosas, de E. Brontë. <<¡Una mocosa de once años no debería jamás posar sus ojos en esas sucias historias…!>>. Meses atrás la castigó durante dos semanas sin salir a la calle porque la había sorprendido leyendo La Dama de Blanco, de W. Collins. En un arranque de furia, su madre había roto el libro y no sólo no había podido saber en qué culminaba tan fascinante y misteriosa historia, si no que aún estaba ahorrando para poder sustituirlo por otro y devolvérselo a Paqui, su vecina. Anita todavía se sonrojaba al recordar el bochorno que había sentido al explicarle lo sucedido. Su madre era una ignorante y se avergonzaba por ello.

Un nuevo grito de su madre hizo respingar a la niña. Con temblorosas manos decidió esconder su nuevo libro bajo el colchón de su cama. Arregló la colcha y corrió a la cocina.

Eran más de las dos y media y hacía un calor insoportable. La calle estaba desierta. <<¡Normal –pensó Anita-, a estas horas y con este calor la mayor parte de la gente estaría comiendo al fresco de sus cocinas!>>. Por la empedrada calle sólo correteaban algunas lagartijas y cuatro moscas revoloteaban sobre unos restos de basura. Anita entornó los ojos en un intento vano de evitar el resplandor cegador del sol. A través de una ventana abierta le llegó el sonido amortiguado de un noticiario radiofónico y una chicharra chirriaba entre las macetas de los balcones. El sudor le empapaba la espalda y la cara. ¡Cómo odiaba el calor, el implacable sol! ¡Cómo odiaba tener que ir a buscar a su padre por los bares del pueblo! Fermín, que así se llamaba, solía frecuentar cinco tascas distintas, cada una en una punta de la población. Cuando estaba con sus amigotes y con un tinto en la mano se le olvidaba que tenía mujer e hijos y era capaz de pasarse horas y horas sin molestarse en regresar a casa. Marisol, su madre, se negaba a dejarle hacer su santa voluntad y a la hora de comer o de cenar, si no había vuelto –lo que pasaba una vez sí y otra también- enviaba a uno de sus hijos a buscarlo. Marisol luchaba por tener una familia normal y una familia normal come y cena junta, por lo menos las escasas veces que su trabajo como sirvienta se lo permitía. Poco le importaba que, las contadas ocasiones que se sentaban todos a la mesa, Fermín no probara bocado y apartara el plato de guiso con gesto de asco y hastío y dejara caer la cabeza sobre el mantel, anestesiado por los vapores del alcohol.

Anita asomó la cabeza por la puerta del bar Ambrosía. La fresca penumbra del establecimiento fue un agradable alivio para su congestionada carita. Tardó unos segundos en poder ver entre las sombras. La barra estaba vacía y Bruno, el dueño, comía sentado en una de las mesas al tiempo que veía el noticiario en uno de los escasos televisores que existían en el pueblo. <<Tu padre hace rato que se fue>>. El hombre no apartó ni un momento la vista de la pantalla mientras le hablaba con la boca llena. Anita volvió a sumergirse en el aplastante calor de la calle. El sol era cada vez más insoportable.

Por fin, la niña encontró a Fermín en el cuarto bar en el que buscó. Estaba recostado en el mostrador con un vaso de vino en una mano y un cigarrillo en la otra. El rizado pelo le caía en descolocados y grasientos mechones sobre la frente, los oscuros ojos entrecerrados por efecto del humo y de la borrachera, los pantalones medio caídos y la camisa fuera del cinturón. Estaba solo. El dueño se había cansado de esperar a que se largara y le había dejado el vaso lleno de vino mientras almorzaba con su esposa en la trastienda de la tasca. Anita les vió a través de una cortinilla de cintas de plástico que había clavada en el dintel de la puerta de la cocina, sentados alrededor de una mesa demasiado baja y comiendo en silencio.

Antes de mirar a su hija, Fermín tiró el cigarrillo al suelo y apuró el vino de un sólo trago. Anita pensó que se atragantaría, pero su capacidad de trasegar alcohol parecía infinita y lo tragó sin dejar escapar ni una gota entre sus húmedos labios. <<Me extrañaba que no hubiera llegado aún mi perro guardián>>. Su lengua se negaba a responder a sus deseos y las palabras salieron de su boca pastosas y torpes; susurrantes y roncas. Dejó el vaso en la mesa con un estrepitoso golpe. Hizo un gesto con la mano a modo de despedida dirigido al dueño y a la mujer y, sin mediar palabra, apoyó su manaza en el hombro de Anita. La niña tropezó por efecto de la inesperada carga por lo que decidió agarrar a su padre por la cintura. Salieron del bar y se encaminaron a casa. Anita recordó agradecida que el trayecto hacia su calle sería todo cuesta abajo. Su padre caminaba con paso torpe, tropezaba constantemente y daba zancadas demasiado largas. La niña no podía adaptar su paso al de Fermín y éste se dejaba caer cada vez más sobre ella. El hombre resopló. Anita sintió un inmenso asco al llegarle a la cara el rancio y ebrio aliento. Pensó con alivio que la mayor parte de sus vecinos estarían sesteando o descansando en los frescos interiores de sus hogares y su penosa estampa, zigzagueando agarrada a su padre, escaparía de sus críticas miradas. Se avergonzaba de él y odiaba que la vieran así. Su vida era un asco y su casa un infierno. Menos mal que se podía permitir ciertos ratos de libertad leyendo sus novelas.

Apretó los brazos alrededor del corpachón de su padre y se enderezó lo que pudo bajo su excesivo peso; un nudo le agarrotaba la garganta y las lágrimas pugnaban por salir.

Una vez en casa la bronca fue inevitable. Marisol estaba harta de tanta ausencia y de tanta borrachera. Los gritos y los insultos brotaron del menudo cuerpo de la mujer pero traspasaron a Fermín sin afectarle lo más mínimo, como si de Rayos X se tratara. Anita estaba segura de que la mayoría del vecindario estaría enterándose de todo; las ventanas estaban abiertas de par en par y en la calle el silencio era desolador. Los vecinos comentarían con pesar el drama de Marisol y su marido el borracho <<¡Pobre mujer y pobres niños!>>, exclamarían con exagerados aspavientos. Mientras, el marido borracho, ajeno a todo y pasando de largo a su enfurecida esposa, se dejó caer como un saco de patatas sobre el desvencijado sofá de la salita, ignorando la mesa que estaba dispuesta para comer desde hacía varias horas. Fermín se encontraba ya inconsciente segundos antes de que su cabeza se posara con sordo rebote sobre uno de los cojines.

Anita sabía que debía apartarse de la furia de su madre. Se sentó a la mesa del comedor y engulló a toda prisa el gazpacho y el pescado guisado, ya frío y gelatinoso. Retiró todos los platos de la mesa y quitó el mantel. Marisol se encontraba en la cocina fregando los cacharros mientras lloraba y sorbía por la nariz, a la vez que murmuraba su eterna retahíla de asco y dolor. Ni se fijó en la pequeña que aprovechó la ocasión para escabullirse a su cuarto y poder seguir con la única diversión que le hacía soportable su existencia. Leer.

Dani escuchó toda la trifulca acostado en su cama. Cualquiera podría pensar que estaba dormido; en camiseta y calzoncillos sobre la colcha, los brazos bajo la cabeza, los ojos cerrados. Sólo su agitada respiración y sus mandíbulas fuertemente apretadas delataban el enorme esfuerzo que estaba realizando para impedir que el llanto hiciera convulsionar su cuerpo y su alma. Odiaba a su padre; odiaba a su madre por permitir que siguiera amargándoles la existencia y odiaba su vida. Sólo existía una pequeña luz entre tanto pesar. Anita. Por ella aguantaba ese infierno, sólo por ella seguía en la casa. Él era el único que se ocupaba de que su hermana llevara una vida medianamente normal. La llevaba al colegio y la recogía, se encargaba de que comiera y de que se bañara todos los días. El trabajo de Marisol la alejaba de casa durante más de doce horas al día e impedía que se cuidara de la niña. Su padre ignoraba a todos y se dejaba llevar por su vicio. Dani no recordaba cuándo fue la última vez que trabajó más de una semana seguida, pero seguro que hacía mucho, mucho tiempo. Aparte de borracho era un vago; una sanguijuela que se bebía sin pudor los pocos duros que entraban en la casa gracias a su trabajo y al de su madre. Dani se lo decía a la cara cuando tenía ocasión y a cambio recibía los erráticos pero contundentes golpes de su padre, a los que jamás correspondía. No dudaba que si él no estuviera en casa sería su pequeña hermana la que se llevaría la tunda el día que tocara bronca. Desde que se levantaba hasta que se acostaba tenía que contener unas irresistibles ganas de largarse y mandar a sus padres al infierno, pero sabía que no debía hacerlo; no, sin su hermana no. Él no debía irse de aquella casa sin llevarse a Anita y el ridículo sueldo que recibía como aprendiz de mecánico no era suficiente para costear sus planes. Debía esperar.

El joven escuchó a su madre coger las llaves y salir a la calle, cerrando tras de sí con un portazo que hizo temblar las endebles puertas y los cristales de las ventanas. No se despidió de nadie. Hacía tiempo que nunca lo hacía. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que le dio un abrazo, un beso o le regaló una sonrisa. Dani se giró en la cama, colocándose de lado, y se abrazó las piernas. Algo debía hacer. Algo podría hacer para posibilitar que esta situación terminara. Así no se podía vivir.

Harto de estar acostado, se levantó de la cama y se puso el pantalón. Su habitación daba directamente a la salita, así que lo primero que vió al abrir la puerta fue a Fermín acostado en el sofá, roncando. El hombre giró la cabeza con gran esfuerzo y el sonido cesó como por arte de magia. Dani evitó mirarle y se aproximó al cuarto de Anita. La puerta estaba cerrada, pero aseguraría que se oían voces en el interior. Se aproximó y aplicó la oreja en la desgastada y roída madera. ¡Sí, sí, Ana estaba hablando en susurros y sola! Quizá estaba leyendo en voz alta. Pegó lo más que pudo la oreja a la puerta. Se asombró al comprobar que su hermana dirigía preguntas a alguien, pero lógicamente nadie le daba la réplica. Tras un breve instante la niña rompió el sepulcral silencio de la casa con una sonora y alegre carcajada; el sonido era hermoso y sería muy deseado si no fuera por que seguidamente añadió: <<¡Qué ocurrencias tienes! Sabes cómo hacerme reír>>.

Dani se estremeció y sintió cómo se le ponía la carne de gallina aún teniendo en cuenta que ese día de julio era especialmente caluroso y bochornoso. Llamó a la puerta con pequeños golpes de los nudillos. <<¡Pasa, Dani!>>. Anita estaba sentada en su cama con las piernas cruzadas y un libro sobre la almohada. Sonreía de oreja a oreja y estaba completamente sola.

Subió la empinada cuesta corriendo. Su hermana estaba al final de la calle. Eran casi las diez y media de la noche y no había apenas nadie; sólo algún que otro parroquiano tomaba el fresco sentado a la puerta de su casa. La mayoría de los habitantes del pueblo se dedicaban a las tareas del campo y tan dura labor obligaba a irse pronto a la cama. Dani apretó el paso. Estaba claro que la pequeña iba a buscar una vez más a su padre. La había visto a lo lejos cuando regresaba a su casa tras dar una vuelta al salir del taller. Su menuda figura resaltaba a la pálida luz de las pocas farolas que había en la calle, saltando y jugando en la acera. Cuando el muchacho consiguió alcanzarla y se acercó a ella escuchó, una vez más, cómo Anita hablaba sola. Sí, sin lugar a dudas estaba manteniendo una animada charla con alguien; pero Dani no veía a nadie. ¿Se estaría volviendo loca? Quien sabe, pero quizá su madre estaba en lo cierto y tanto leer la estaba llenando la cabeza de paja. Anita se giró al escuchar a su hermano llamarla, mientras corría hacía ella casi sin aliento. Su hermosa sonrisa iluminó lo que las farolas dejaban en sombras.

– ¿Con quién hablas? -, preguntó Dani.

– Contigo -, respondió sin perder la sonrisa, pícara.

– Y antes, ¿con quién hablabas antes de llegar yo? -. Su sonrisa se ensanchó aún más.

– Con un amigo, pero ya se ha ido.

Anita no dio a su hermano ninguna explicación y él no quiso preguntar. Quizá no se había fijado bien y esa persona torció por la bocacalle que habían dejado atrás. Dani miró a su espalda intentando, deseando más bien, dar forma al hilo de su pensamiento.

Juntos recorrieron los bares que su padre solía frecuentar pero no lo encontraron. En el último establecimiento, La Bodega Rage, la dueña, una mujer muy guapa y muy resuelta, les dijo con los brazos en jarras que Fermín se había ido y que le dijeran que no se le ocurriera volver hasta que no hubiera pagado la cuenta, que ya pasaba de varios duros. A su padre hacía tiempo que nadie le fiaba y debía abonar cada consumición al marcharse. A Dani le extrañó que en este bar le hubieran dado de beber a crédito.

Decidieron regresar a casa. Anita ya no reía ni saltaba y, con temblorosos dedos, tomó la mano de su hermano que encontró fría y sudorosa. Unidos por un nefasto presentimiento, se miraron y echaron a correr a su casa todo lo rápido que las cortas piernas de Anita les permitían. Al llegar a la entrada de su casa encontraron la puerta abierta. Se pararon en seco. Dentro se escuchaban gritos y objetos chocar contra el suelo y las paredes. Su padre rugía ciego de furia y su madre le insultaba con voz chillona y desesperada. Anita, sin soltar la mano de su hermano tiró de él hacia el interior de la casa, cerrando tras de sí. Dentro, en la sala de estar, la imagen era desoladora. Marisol y Fermín; sangre, cristales rotos, furia y odio. Consiguieron separarlos. Fermín, lleno de ira cogió la pata de una silla rota y se abalanzó sobre ellos. Marisol se interpuso entre la bestia y sus hijos, empujándoles fuera de la salita. La mujer resbaló y cayó al suelo. La puerta de la calle estaba cerrada así que los jóvenes se metieron en la habitación de Dani. Anita empezó a llorar y a gritar histérica, mientras su padre golpeaba la puerta del cuarto haciéndola zarandear. El muchacho sujetaba por dentro las embestidas pero aguantaría poco. A cada golpe la puerta se abría un poco más. Pero, cuando creía que no resistiría un nuevo empellón, la puerta se cerró súbitamente. Fermín empujaba y pateaba, pero no se abrió ni un milímetro. Dani se quedó de piedra y dio un paso atrás. ¡Él no estaba sujetando, ni siquiera estaba apoyado y la puerta no se movía bajo la brutal fuerza de Fermín! Miró a su hermana, asombrado, asustado. Anita miraba al frente, hacia una pared vacía. Y sonreía.

Los ruidos cesaron.

Al poco, una pareja de la guardia civil se llevaba a Fermín esposado al cuartelillo y una blanca y destartalada ambulancia se llevaba a Marisol a un hospital de la ciudad. Dani y Anita pasaron la noche en casa de Paqui, la amiga de la niña.

Todo había acabado.

<<Aún hoy, si cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos, veo a mi hermana sentada junto a mí en un banco de la estación de autobuses. Nuestra maleta descansa entre nosotros. Mamá está muy enferma y no puede ocuparse de nosotros, así que nos envían a casa de la tía Nati. No sabemos si volveremos a casa. Pero yo creo que no.

<<Anita casi no habla desde aquella noche y no quiere separarse de mí, por lo que Paqui se vió obligada a dejarnos dormir en el cuarto que tenía preparado para sus hijos, una bonita habitación empapelada con alegres colores y con dos camitas. Ana no quiere contestar a mis preguntas. No contestó tampoco las de los médicos. Todos insisten en que esa reserva es efecto del miedo que pasó y que se curará con el tiempo. Sólo habla de cosas banales, de libros, de cómo será la casa de tía Nati.

<<No para de leer. Paqui le ha regalado varios tomos de una colección de niños llamada Los cinco. La pobre mujer se siente culpable y me asegura que se arrepiente de haberle prestado novelas más propias de mayores que de niños de su edad. Yo no creo que ese haya sido el problema. El verdadero problema ha sido vivir en una casa con un padre borracho y violento. Nada más.

<<Sigue hablando sola; yo la escucho a veces, pero ya no le pregunto. Sólo temo que haya perdido la razón y no se recupere nunca. Una vocecilla en mi interior, insistente y quisquillosa, me repite una y otra vez que algo ocurrió aquella noche en mi habitación. Pero he decidido no escucharla, no pensar; no quiero entender.

<<El autobús entra en el andén. Paqui mete nuestra maleta en el maletero y ayuda a Anita a subir. Nos da un beso y nos asegura que nos escribirá. Yo sé que es sincera y que nos ha cogido cariño. Ella nos ha dado en una semana los besos que no hemos recibido en meses. Nos sentamos en la parte trasera del vehículo. No viaja apenas nadie y los asientos están prácticamente vacíos. Paqui nos saluda con la mano y se va. El autobús arranca. Anita se asoma por la ventanilla y yo pego mi cara a la suya. No hay nadie en los andenes, pero mi hermana hace un gesto con la mano, saluda y se despide de alguien. <<¡Adiós, adiós!>>, dice sonriendo pero con lágrimas en los ojos. Dirijo mi mirada hacia donde creo que se dirige la suya. Pero no hay nadihttp://ceaugmas.files.wordpress.com/2009/08/viajar-en-bus-01.jpge. Aún así, creo que mi hermana en verdad está hablando con algo real, así que me sumo a su gesto y a su despedida. El autobús gira y se mete en la carretera nacional, aumentando la velocidad con un intenso rugido. Mi mano coge la de mi hermana y nos dejamos llevar.

<<Si cierro los ojos y me abandono a los recuerdos, soy capaz de sentir como si fuera hoy mismo, la felicidad que me embargaba y que fluía por nuestras manos entrelazadas al alejarnos de nuestro pueblo, aquélla cálida y luminosa mañana de julio de mil novecientos setenta>>.

FIN


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