Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Tras los cristales de aquel balcón 18 septiembre 2009

Este relato se lo dedico a tantas personas que sufren

el infierno en vida que supone la soledad y el aislamiento.

Cuidemos de nuestros mayores.

Lola Montalvo


Tras los cristales de aquel balcón


De: Lola Montalvo Carcelén




Le habían acercado al balcón y podía ver el mundo a través de los impolutos cristales. La tarde era espléndida. El parque aparecía muy hermoso con sus doradas galas otoñales. Unos niños jugaban con el barro, resultado de la lluvia del día anterior; tenían sus sonrientes caritas embadurnadas, las manos pringosas. Un perrillo correteaba a su alrededor esperando ser incluido, sin éxito, en el infantil ritual. Una bicicleta reposaba inerte en la hierba esperando a que su dueño se acordara de ella y la hiciera volver a la vida.

El pálido sol de octubre iluminaba sin calentar; sus tenues rayos se posaban sobre la piel de sus rugosas manos, su calidez era casi una caricia. ¡Cómo añoraba su resplandor en los cabellos, la brisa en la cara!

Emilia necesitaba cambiar de postura. El mullido asiento de silicona, recubierto de suave felpa, resultaba un duro sillar de granito cuando llevaba más de una hora sobre él. Habían olvidado alisar del todo la tela y una arruga le estaba mortificando los glúteos, dificultando que pudiera concentrar su atención en la lectura que Elisa desgranaba con voz monótona e irritante, atascándose en las sílabas, asesinando las palabras.

Emilia intentó tragar sin éxito. A veces su lengua, sus labios y su garganta se negaban a coordinarse de forma voluntaria. Una pequeña cantidad de saliva se le escurrió por la comisura de sus paralizados labios. Elisa le limpió con un brusco movimiento utilizando un pañuelo de perfumado algodón, mientras protestaba entre dientes. Estaba claro que su objetivo en esta vida era mantener todos los enseres de la casa limpios como una patena y eso incluía a la anciana de la silla de ruedas.

La anciana sólo tenía dos o tres años más que Elisa, la mujer que se encargaba de su cuidado, pero esta mínima diferencia de edad no impedía que, de forma reiterada, se refiriera a ella llamándola abuela o anciana o vieja, las escasas veces que la familia de Emilia llamaba por teléfono interesándose por su salud o por el devenir de su monótona y asquerosa vida.

El cuerpo de Emilia era una cárcel. Su alma se encontraba encerrada en una carcasa vacía e inerte, pero su espíritu gritaba anhelante de libertad y de vida. En su interior no balbuceaba sonidos sin sentido, no gemía, no babeaba, no se hacía sus necesidades encima. En su interior gritaba reclamando su libertad robada por un coágulo de sangre que, sin aviso, sin piedad alguna, había paralizado su cuerpo y la había dejado tirada en una fría celda para siempre. Para siempre.

De eso hacía ya tres años.

Elisa dio por terminada su mortificante lectura y cerró el libro con un golpe sordo. Emilia suspiró aliviada. Cada día le resultaba más difícil soportar la hora que dedicaban a esa tarea. Las pocas ganas que su cuidadora le ponía a tan sencilla labor hacían que el bello relato resultara un tormento a sus oídos.

Era evidente que los libros nunca habían sido uno de los entretenimientos de primera elección para esa mujer. Consideraba esta faena una obligación rutinaria, imprescindible para estimular el encogido cerebro de la vieja y como tal lo llevaba a cabo. Por ello el resultado no pasaba de ser un ronroneo monótono e irritante.

Los niños del parque se levantaron del suelo, se sacudieron las sucias ropas y se fueron corriendo. Uno de ellos cogió la bicicleta y, con la agilidad propia de su edad, se fue pedaleando a toda velocidad, dejando un rodal en el húmedo barro del suelo. La mujer sentada en la silla de ruedas envidió a la bicicleta. Unos segundos antes estaba olvidada en el suelo y ahora era un elemento enérgico y fuerte, casi con vida propia. Emilia sintió cómo se le atenazaba la garganta por el llanto, pero de su torpe glotis no salió sonido alguno. Sólo sus húmedos ojos dejaron caer tibias lágrimas de sufrimiento y dolor, que no escaparon a la atención escrupulosa de Elisa; la mujer sacó su siempre presente y perfumado pañuelo y la limpió mientras indicaba en voz alta su intención de no olvidar que debía pedir cita para el oftalmólogo. Tanta lágrima sólo podía deberse a una rija. ¡Como si la vieja le diera pocas cosas que hacer, encima, una más!

Elisa retiró los frenos de las ruedas y llevó la silla al salón; la situó al lado de uno de los mullidos sillones y encendió la televisión; subió el volumen del aparato dejándolo demasiado alto. Jamás se había molestado en saber que el ictus había dejado a la anciana paralizada, no sorda. Ése era el motivo por el cual nunca se preocupaba de contener su verborrea delante de ella, y por ello la criticaba o la reñía cuando lo creía necesario. Emilia ignoró el absurdo programa que llenaba la enorme pantalla. Cerró los ojos y se abandonó a sus recuerdos. Era lo único que le quedaba de su vida. Era lo único que podía controlar a su antojo haciéndolos volver una y otra vez.

Recordó el amado rostro de Santiago, su esposo. En su mente recreó cada detalle, cada gesto, cada arruga del añorado rostro del que fue su único y más auténtico amor. En su imaginación le devolvió la vida y la sonrisa. Le devolvió la capacidad de abrazarla y hacerla sentirse excepcional, hermosa, inteligente. Junto a él volvió a ser joven, esbelta y ágil. Agarrada a su brazo saltó, bailó, corrió y amó como cuando, muchos años atrás, Santiago rebosaba vida y Emilia era la persona más feliz del mundo.

Recordó a sus hijos cuando eran pequeños. En su memoria le decían a cada instante que la querían. Abrazaba sus prietos cuerpecitos y aspiraba su dulce fragancia a jabón y caramelo. Las pequeñas manitas, siempre pringosas, acariciaban su rostro con tacto de terciopelo…

La televisión enmudeció de repente y la mujer abrió los ojos. Le costaba volver a la cruda realidad que su cuerpo le imponía. Elisa volvió a limpiarle las lágrimas refunfuñando. ¡Dichosa rija!; no debía olvidar pedir cita al oftalmólogo. Una enorme servilleta de cuadros fue colocada alrededor de su cuello y otra cubrió su regazo. Apareció ante su cara una cuchara que le acercó una humeante pasta grumosa de color verde a la boca. Emilia la abrió mecánicamente. De nada serviría resistirse. Otras veces lo intentó y su implacable cuidadora no dudó en utilizar las más variadas armas ofensivas hasta que consiguió abrirle la boca y apretarle los labios, de tal forma que no tuvo más remedio que tragar el repugnante mejunje que solía prepararle como comida. A Emilia le encantaría decirle, si pudiese, que los purés que le cocinaba a diario tenían un sabor muy desagradable, pero eso a Elisa le habría traído sin cuidado. Su obligación, entre otras muchas, era alimentarla; y eso es lo que hacía. Mezclaba varios ingredientes en una olla, los cocía, los trituraba y los ponía en un plato. En ningún momento se planteaba si su comida era o no sabrosa. Emilia recordó lo mucho que le gustaba saborear las fresas en primavera, los aterciopelados melocotones en verano…

Otra cucharada de grumoso puré y sus recuerdos fueron bruscamente relegados a un recóndito e inhóspito rincón.

La dura tarea de acostar, lavar y cambiar de ropa a Emilia la realizaba Elisa sola. Se ayudaba de una grúa electrónica que le permitía levantarla y girarla casi sin esfuerzo. Por la noche, antes de acostarla, la aseaba y le colocaba un pañal limpio. Masajeaba con crema hidratante las zonas enrojecidas en la piel de los glúteos, piernas y talones, resultado de las horas de presión sobre el asiento de la silla de ruedas, y la acostaba en la cama de lado, sujeta entre almohadones. Esta ardua labor la realizaba murmurando entre dientes, increpando a Emilia, riñéndola por no moverse o por no colaborar en su aseo y su cuidado. ¡Como si ella fuera capaz! La giraba hacia un lado y hacia otro como si su cuerpo fuera un saco de patatas, con indiferencia, casi con desprecio. Cuando por fin su cuidadora se marchaba y la dejaba sola en el cuarto, Emilia lloraba sin control intentando lavar su desesperación, su rabia y su dolor. Rogaba para que un milagro la librara de su tortura. Rezaba a Dios pidiéndole que se la llevara. Estaba segura de que la vida, su vida, no mejoraría nunca y que su única salida era morirse. Sabía que muerta estaría mucho mejor que de esa manera tan horrenda.

Una mañana Emilia presintió que algo nuevo pasaba. Elisa estaba más nerviosa de lo normal. No la había sacado a pasear por el parque, como solía hacer a diario, porque estaba muy atareada, según se dignó a explicarle. Trajinaba de un lado a otro como una locomotora; su enorme trasero esquivaba a duras penas las esquinas de los muebles y los marcos de las puertas. La escuchó canturrear mientras trabajaba largo tiempo en la habitación del fondo, la de las dos camas, que nunca se usaba y que llevaba cerrada más de cinco años. ¿A qué se debería? ¿Qué estaría pasando? Elisa no se molestaría en explicarle el motivo de tanto movimiento y tanta furia limpiadora. Ella tampoco podía preguntar, así que esperó.

Pronto saldría de dudas.

Sonó un timbre. Emilia escuchó cómo abrían la puerta de la calle. Unas voces lejanas le llegaron por el largo pasillo. Varios pies acompañaron a los de Elisa hasta la sala. Una fresca vaharada de perfume impregnó el aire de la amplia estancia. Era un aroma delicioso, familiar. Nadie hablaba. Emilia no podía ver de quienes se trataba, ya que su cuidadora le había colocado ante el balcón para que pudiera disfrutar de la hermosa vista del parque.

Un par de pies se acercaron a su silla. Una voz de mujer susurró a su oído. Su aliento olía a menta. <<Abuela>>. Un reconocimiento instantáneo. Elena. Un beso en la mejilla con unos labios firmes y carnosos. Una piel suave y fresca. Un roce con la fibrosa bufanda que le había protegido del frío de la mañana otoñal. <<¿Cómo estás, abuela?>>

Su nieta se arrodilló colocándose frente a ella. Cogió sus manos y las apretó. Era un gesto cálido y sincero. Hacía tanto tiempo que nadie le había tocado así. Elena estaba muy hermosa. La piel de sus mejillas aparecía enrojecida por el frío de la calle. Aún conservaba unas pequitas en la nariz, de las muchas que habían poblado su rostro durante la niñez. Los ojos color miel, de dulce mirada, enmarcadas por tupidas pestañas negras. Había crecido mucho y ya era toda una mujer. Una vocecilla llamó desde atrás; apenas un susurro. <<¡Mamá!>> Emilia se quedó helada. ¡Elena tenía un hijo! ¿Se habría casado? La anciana fue consciente de que su estéril y lacio gesto no reflejaba la sorpresa y la curiosidad que le reconcomían por dentro. ¡Habría deseado preguntar tantas y tantas cosas! <<Abuela, esta es mi hija, Estrella>> Una carita se asomó por encima del brazo de Elena, mostrando, apenas, unos ojillos negros y un mechón de pelo rubio y rizado.

Emilia fue consciente de que su vida iba cambiar por completo desde ese momento. Sintió una inmensa calidez en los inquietos ojos de la pequeña, al tiempo que un torrente de esperanza se abrió por su ajado cuerpo, guiado por la mano de su nieta que apretaba la suya con fervor; un gesto que, muy a su pesar, no pudo corresponder.

Se habían levantado muy temprano. Elisa no estaba acostumbrada a su nueva carga de trabajo y necesitaba desentenderse lo más pronto posible de la vieja. Así se lo hizo saber cuando encendió la potente luz del techo de su cuarto con malicioso rictus, cegándola por unos instantes. Desde su cotidiana ubicación ante el balcón del salón pudo escuchar cómo su nieta se iba a trabajar. Volvería tarde y no vendría a comer. Elisa puso la radio y se perdió por los dormitorios mientras acompañaba con agradables gorgoritos las canciones. Era una mujer ignorante y una cruel sargentona, pero cantaba muy bien. A Emilia casi le resultaba que Elisa se transformaba con la música, volviéndose casi humana. La vieja copla le trajo recuerdos rancios y tristes.

Algo la sobresaltó. Algo había caído sobre su regazo. No podía bajar la cabeza para mirar qué había sido. No fue necesario. Una manita cogió sus dedos y empezó a acariciar su piel. La niña se puso en su campo de visión. Sonreía de oreja a oreja. La habían peinado y perfumado y estaba muy bonita. <<Mamá se ha ido a trabajar. ¿Puedo quedarme contigo?>> El silencio de Emilia fue interpretado como un mudo asentimiento, así que Estrella desapareció momentáneamente trayendo consigo un taburete, que colocó a sus pies y en el que se sentó.

Observaron en silencio la mañana, el parque, la gente ir y venir. <<Tengo seis años y ya sé leer>> Como por arte de magia apareció entre sus menudas manos un libro con unos bonitos dibujos de animales en la portada. Lo abrió y comenzó a leer. La niña separaba las sílabas y se equivocaba con algunas letras y palabras; Emilia comprobó que su atención no podía despegarse del cantarín desgranar del relato infantil. <<¿Te ha gustado, abuelita?>> Una vez más, su silencio fue interpretado al gusto de la pequeña. <<Me alegro, a mí también. Es mi cuento preferido>>

A media mañana salieron a dar un paseo. La niña agarró la mano de la anciana y así caminó a su lado. Ignorando la impertérrita presencia de Elisa que empujaba la silla, le contó historias utilizando a los gorriones del parque como protagonistas. Le explicó cómo eran las casas de las hormigas. Le indicó cuales eran los pensamientos de las lagartijas cuando se quedaban paradas bajo el sol. Le desveló el secreto nunca contado de las abejas: susurraban bellas canciones a las flores a cambio de su néctar.

Emilia se vio inmersa en el fabuloso mundo de Estrella. Comprobó que durante las horas que llevaban juntas no se había entristecido ni una sola vez. Se reía en su interior de las ocurrencias y de la imaginación de su bisnieta. Habría dado media vida por poder sentarla en su regazo y abrazarla y besarla y acariciar su inocente cabecita. Por su parte, Estrella, aún consciente de la inmovilidad y del silencio de la anciana, le hacía participar de su mundo como si dispusiera de su vitalidad y su fortaleza. No pareció amedrentarse ante el gesto afásico de Emilia, su boca torcida y su ojo derecho medio cerrado; su parálisis no representaba ningún obstáculo para permitirle compartir sus juegos y para hacerle viajar con ella por su fantasioso universo. Interpretaba, muy acertadamente, por cierto, sus silencios en completas respuestas y aseveraciones. Emilia disfrutaba mucho y casi –solo casi- olvidaba su odiosa parálisis. Su situación había cambiado con la llegada de la niña. Y se sentía muy feliz y agradecida por tan enorme regalo.

Pasaron los días. Estrella empezó a ir al colegio; Emilia ansiaba que llegara la hora en que la niña regresaba. Las mañanas no cambiaron, pero las tardes se transformaron en un fantástico bullicio de meriendas con chocolate caliente, lecturas de cuentos, deberes de lengua y matemáticas y juegos. Estrella lo compartía todo con la anciana. A escondidas de Elisa, le dio galletas y batidos de variados y desconocidos sabores. Sus días comenzaban y terminaban con la carita de la niña y con sus tiernos besos. Apenas veía a su nieta. Su intensa jornada laboral restringía su presencia en la casa. Gracias a las explicaciones de la niña pudo enterarse de que la joven se había quedado sin trabajo en su ciudad natal, que no estaba casada pero que mantenía contacto con el padre de Estrella al que veía cada quince días. Elena no había considerado oportuno explicarle a su abuela su situación o, quizá fuese lo más acertado, lo más probable es que pensara que la anciana no entendería sus explicaciones.

Así pasó un año y, para sorpresa de Emilia, pasó volando.

Aquélla mañana Emilia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y se encontró a Estrella acostada a su lado. La pequeña la miraba. <<Abuelita, mamá dice que el domingo nos vamos para siempre>>

La separación fue horrible. Estrella lloró desconsolada durante horas. Elena con el gesto compungido recogió sus pertenencias en dos enormes maletas; para sorpresa de la anciana, le explicó que volvía con su pareja, el padre de Estrella. Se iban a una nueva ciudad para empezar una nueva vida, sin lastres, sin recuerdos, dijo. Emilia gritaba en su interior enloquecida. Las lágrimas rodaron por su rostro sin freno ni control. Por primera vez en años, Elisa no la criticó al limpiarle el rostro con su impoluto y siempre presente pañuelo. Por su gesto se podía entender que ella también sentía en lo más profundo de su rocoso corazón la imprevista partida. Elena bajó las maletas al taxi que las esperaba. Estrella se abrazó a Emilia. Entre sollozos, hipidos y besos le aseguró que no la olvidaría, que la llamaría todos los días, que la nombraría en voz alta al acostarse y al levantarse para que los pájaros pudieran llevarle el sonido de su voz nada más despertarse… Elena tuvo que soltar, por la fuerza, sus pequeñas manitas de los brazos de la abuela. La besó y aseguró que la quería, con voz rota y queda, mientras la pequeña forcejeaba y gritaba histérica. Los pasos y las voces se alejaron por el largo pasillo. La puerta de la calle se cerró. El frescor del salón se tornó rancio y espeso. El silencio de la casa fue sepulcral.

Emilia vio cómo se alejaba el taxi por la avenida. La carita de Estrella pegada al cristal de la ventanilla trasera mientras que con las manitas le decía adiós y le tiraba besos. Las copas de los árboles que engalanaban la vía engulleron el coche. La anciana mujer dirigió su mirada al parque.

Los vacíos columpios se mecían perezosos con la brisa de otoño. Algunos gorriones picoteaban entre los bancos de madera. Un perrito solitario se acercó corriendo y los pajarillos salieron volando en desordenada bandada. Aburrido y sin saber dónde ir olisqueó el aire frío. Levantó la vista al cielo y buscó, quién sabe el qué. Al pasear la mirada por el edificio de enfrente no encontró nada de su interés; sólo se topó con la mirada húmeda y triste de una anciana que se tapaba las piernas con una gruesa manta de cuadros y que le miraba con gesto vacío e inerte a través de los cristales de su balcón.

FIN


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