Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Última carta desesperada 17 enero 2010


Última carta desesperada


De: Jaume Moreso i Mallofré


Amado mío:

Escribo esta carta bajo una terrible desesperación que ha anegado hasta el último rincón de mi alma. Tú no la conoces, esta desesperación, esta fatalidad que me ha perseguido desde el día en que nací. Es el miedo que acecha, el terror con un nombre propio, pero que de cualquier identidad carece. Es el sino del horror, de la pesadilla que me ha tocado vivir y que me convierte los días en noches oscuras y vacías.

Estoy harta. Ya no puedo más. Ya no aguanto más…

Esta noche, cuando la luz de la luna asome por vez primera entre los cristales de mi ventana, habrá llegado mi fin. No me atrevo a decirte cómo será o qué ocurrirá, sólo sé que esas malditas nubes que flotan impasibles en el cielo lo anuncian, mofándose de ello, riéndose de mí.

No trataré de convencerte de nada, ni de juzgar ni de denunciar nada. Tan sólo espero, que cuando leas esta página, atropelladamente garabateada, llegues a entender porque deseo tanto el olvido o la muerte.

>> El verdadero horror empezó cuando mis padres me obligaron a casarme con un hombre rico que me sacaba el doble de edad y que no conocía de nada. Yo sólo tenía diecinueve años, era una niña, indefensa y sola, y mis palabras o deseos no significaban nada.

Era el año 1940. La Guerra Civil por fin había acabado. Fue el acontecimiento más importante y decisivo de nuestra historia, tal y cómo dijo el authentique et sincère George Orwell con su gran “Homenaje a Catalunya”. Pero después de ella no vino nada nuevo, ni hubo ninguna buena voluntad de mejorar las cosas.

Fue la dictadura su gran legado, una dictadura larga y cruel dónde las mujeres sólo cumplíamos un papel: el de la esclava para el marido. Y ése era el rol que me tocó interpretar ya desde temprana edad. Todo era una farsa, un montaje, una obra de teatro puesta en escena con vil perversión y nefastas consecuencias.

Creo que de haber podido elegir, habría elegido poder morir de rodillas o tirada sobre el sucio barro con un tiro en la cabeza. Quizá juntamente con el gran García Lorca, o al lado de cualquier otro artista injustamente odiado y despreciado por ejercer sus propias libertades o, simplemente, por ser diferente.

Pero eso no podía ser, y ojalá me hubieran asesinado de esa manera, y me hubieran liberado de vivir este tormento, este Hades de desesperación donde es un hombre, un sólo y único hombre el que lleva los cuernos y la cola del diablo.
No me asesinaron de esa manera, no… pero me han estado asesinando todos estos años, hasta hoy…

Mi vida no significa nada, nunca he tenido expectativas, ni objetivos ni nada qué hacer. Mis ilusiones -si de lo que me ha ilusionado se le puede llamar ilusión- fueron aplastadas como apestosas cucarachas bajo pesadas botas. Mis sueños -¿qué es eso, dime, qué es eso?- creo que nunca han existido, han sido una sombra de lo que quedó de mi alma después del día de mi boda.

Desde entonces, me he pasado mi vida suplicando al cielo un poco de clemencia, un poco de amor y de estima. En mis pesadillas se han mezclado fugaces rayos de luz anunciando mi príncipe azul. Pero él nunca ha llegado. Y yo lo he llamado, y he gritado. Pero la inmensidad azul me ha ignorado.

En su lugar, y a su antojo, otro hombre me desposa cada noche, me viola y me tortura bajo la fría y maldita mirada de un astro herido. La luz mortecina esconde estas agresiones, y el maquillaje hace el resto. Nunca salgo de casa, nunca salgo a la luz del sol. Yo sólo cocino, limpio, cocino, y sangro cuando me viola.

¡Maldito sea todo! ¡Maldito seas tú que no has venido! ¡Maldito sea el cielo, que ignora mi dolor! ¡Maldita sea la luna, con esa detestable giba garfiosa que atormenta mi alma! Maldito sea todo… malditas sean las nubes, que cuando oigan el ruido seco de la tierra cuando me abrace, ¡seguirán danzando impasibles en el cielo! <<

Ya no puedo más. No logro ni contener mis lágrimas.

Ya no me queda nada.

Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que te he contado lo que jamás he expresado a nadie. No sé cómo lo haré, y tengo mucho miedo, pero debo hacerlo, necesito hacerlo. Necesito morir ahora… saltando a la sórdida calle de abajo, dónde probablemente mi cuerpo pase varios días destrozado y roto antes de que nadie sienta un poco de lástima por mí.

Ha llegado el momento, ya no tengo dudas.

¡¿Qué?!

¡¿Qué ha sido ese golpe?!

Oigo pasos, se acercan…

Puedo sentir un cuerpo pesado golpeando contra la puerta…

…algo forcejea con el pomo…

…no, no quiero, no quiero…

¡Dios mío! ¡Esa mano! ¡Aléjate, por favor! ¡No! ¡No…!

¡La ventana! ¡La ventana…!

 

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