Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Reptante destino 11 abril 2010


Reptante destino


De: Jaume Moreso i Mallofré



Muchas veces me pregunto si lo natural de las casualidades, si la sencillez de los sucesos es simplemente el enlace casual de cadenas arbitrarias y aleatorias o, por el contrario, existe algo más en esta realidad, algo ajeno a nosotros, algo que tiene un poder distinto e imposible de comprender por la mente humana.

Esto sonaría muy normal si procediese de una persona de fe, de fuertes convicciones espirituales. Hasta sonaría comprensible y adecuado para una persona estándar, de clase media y con una vida de lo más ordinaria. Pero ninguno de estos es mi caso.

Soy doctorada en física y mi carrera profesional me ha llevado a los peldaños más altos de la investigación científica. Toda mi vida, la ciencia ha sido mi guía, mi norte y la solución de todas mis cuestiones. Pero… pero recientemente, ha sido asaltada mi cordura con una cuestión que la ciencia no puede responder.

Sin poder comprender lo sucedido, estoy perdida, levitando y flotando entre ecos vacíos de horas muertas. Mi reloj ha perdido todos los instantes, y la ciencia, orgullosa y vanidosa, ha caído en un pozo de ignorancia, cuyas negras paredes, son la oscuridad de lo desconocido.

Por eso, ahora, perdida y perdidas mis creencias, no he podido sino encaminarme a la búsqueda de respuestas en lo intangible, en lo etéreo y fugaz de lo espiritual. Me he encaminado a la búsqueda del destino, y del significado que éste pueda tener.

Si hoy os cuento mis experiencias, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia, no es para diversión de mis lectores, es porque necesito encontrar un poco de paz en mi corazón, porque, porque… es tan incomprensible lo que me pasó este viernes día 21 de septiembre, que no puedo guardármelo en mi interior.

Mis propios sentimientos se contradicen, se niegan a aceptar su propio testimonio, y yo habría de estar totalmente loca si lo aceptara. No obstante, no estoy loca, y con toda seguridad, no sueño.

Lo que pasó este viernes es una simple cadena de sucesos domésticos que, separados uno a uno e individualmente, no se les puede atribuir nada especial ni sobrenatural, pero es en el conjunto cómo se les debe ver, y este terrible conjunto es el que me ha dejado anonadada y perdida; anonadada y perdida una mente con amplios conocimientos científicos, con fuertes convicciones racionales.

Así que, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia es porque todos mis intentos de esclarecer los pormenores que se han visto implicados, han sido totalmente en vano.

Y es en los pormenores, en estas implicaciones, dónde se deben buscar las respuestas, pues lo global es tan complejo y tan sobrenatural, se aleja tanto del raciocinio humano, que es inútil tratar de esclarecerlo por los métodos y las herramientas que nosotros conocemos.

Seguramente nadie podrá dudar del carácter, un tanto outré, de la historia que os voy a relatar y tengo que decir que todo sucedió como lo voy a contar. No es fantasía, ni ficción. Ni ningún delirio… Aunque sería comprensible pensar esto, y yo lo pensaría, sin duda alguna, si fuera una lectora ajena. Pensaría que, sin duda, la persona que lo ha escrito está desequilibrada, ha enloquecido o fantasea. Pero el caso es muy diferente, pues yo no estoy loca ni tengo fantasías.

Para poder contaros lo sucedido este viernes 21 de septiembre tengo que remontar en el tiempo muy, muy atrás. Cuando yo tan sólo era una muchacha de quince años de edad…

Era el verano del 86. Nos fuimos yo y mi familia a pasar unas vacaciones en una confortable cabaña en el bosque, al lado de un pueblo diminuto y poco conocido. Los sucesos empezaron a producirse el segundo día, tomando un curso imparable y que guió completamente nuestros actos.

Salimos todos a dar un paseo por el claro de un bosque. Al cabo de un rato, y habiéndonos separado ligeramente, me di cuenta que, en el borde del claro, se desplazaba un brillante riachuelo que serpenteaba por la falda de una alta montaña. Divertida, me metí en el río. Me cubría sólo hasta las nalgas, y el agua era tan clara que te invitaba a chapotear en ella. Y así lo hice.

Fui corriendo, chapoteando y saltando, curso a bajo por el río. De pronto oí un grito ahogado de terror, y reconocí, sin ningún tipo de duda, la voz de mi madre. Aceleré el paso, angustiada, hacia la procedencia del grito de la mujer que me había dado la vida. La vi muy pocos segundos más tarde. Estaba al otro lado del riachuelo, con la mirada presa del pánico. Ante ella reptaba y se contorsionaba una terrible y a la par magnífica serpiente.

En ese momento llegaron mi padre y mi hermana pequeña. No pudieron contener su espanto al ver a tan terrible bestia, y mi hermana sólo era una niña de diez años y no pudo controlar sus instintos. Gritó horrorizada, y eso alteró al formidable reptil, que se abalanzó salvajemente contra el cuerpo de mi madre. La mordedura fue terrible, y la mujer que me había traído a la vida cayó inconsciente al suelo.

Mi padre cogió desesperado a su mujer y, viendo que no abría los ojos, se puso muy nervioso y empezó a gritar. Mi hermana se puso a llorar sonoramente, que no es de extrañar para una niña tan pequeña, pero sí que era extraña la tranquilidad y la seguridad que se había posado en mí. Ordené a mi padre que cogiera a su mujer en brazos y me siguiera. “Rápido” le dije “No hay tiempo que perder. Cogeremos el coche y la llevamos al hospital de la ciudad más cercana”. Y así fue. En menos de media hora llegamos al hospital, espoleados por una prisa vertiginosa y por el miedo a las funestas consecuencias que podría traer el veneno que se extendía por el cuerpo de mi pobre madre.

Los médicos le sacaron la ponzoña y la salvaron, pero necesitaría mucho descanso hasta poder recuperarse. Así que, aquel viaje que pretendía ser el de unas divertidas vacaciones, se convirtió en una triste espera y en un consternado velatorio para la salud y la recuperación de mi madre.

Mi padre se pasaba los días enteros en el hospital, al lado de su mujer, y nosotras casi nunca lo veíamos, así que pasamos casi todos los días solas y las inquietudes y el miedo no tardaron en hacer acto de presencia.

La metamorfosis empezó muy pronto, justo cuando volvimos a la casa de vacaciones. Al poner el primer pie en el hall ya me di cuenta de que algo no cuadraba. Todo estaba ordenado, diferente a cuando una familia ajetreada con ganas de diversión llega a una casa y se instala en ella con prisas y ganas de salir a tomar el aire.

Y mis sospechas se acrecentaron aún más cuando entré en la cocina. Me di cuenta que la silla no estaba en el lado correcto de la mesa. Es decir, recuerdo perfectamente dónde se dejó la silla cuando salimos a pasear, y lo sé porque fui yo quién se sentó en ella y la dejó mal puesta al lado de la nevera al salir.

Observando aún más atentamente, vi que faltaban los cuchillos grandes de cortar la carne y una ventana (recuerdo haberlas cerrado todas antes de ir al lamentable paseo) estaba abierta de par en par. Algo no cuadraba en la composición de la escena. No recordaba perfectamente el estado de la cocina en el momento que salimos (a excepción de las cosas que yo toqué), ya que sólo pasamos escasas horas en la casa, pero estoy segura que cuando llegamos del hospital, la cocina estaba diferente. Eran sutiles y casi imperceptibles para alguien poco observador, sí, pero yo me di cuenta de ellos, de esos cambios…

Pensé sobre el asunto toda la tarde y hacia la hora de dormir me vino a la mente una angustiosa inquietud: ¿la cocina había sido utilizada mientras estábamos ausentes? ¿pero cómo? ¿por quién?

Esa cavilación me desconcertó, y de pronto me sentí asustada y desprotegida, yo sola con mi hermana pequeña…

Al día siguiente corroboré la veracidad de mi angustia: también faltaban alimentos en la despensa y alguien había sacado la bolsa de las basuras. Me subió un escalofrío por la espalda y me asusté. Ahora estaba segura que alguien se había colado en nuestra casa aprovechando nuestra ausencia, ¿pero quién?

Me decidí a llamar a la policía. El teléfono estaba en la mesilla de la entrada, pero… ¿y la guía telefónica…? Recuerdo claramente esa guía telefónica, pequeña como un libro de bolsillo y no más gruesa que una agenda. Y estoy segura que cuando nos instalamos en la casa, la guía estaba al lado del teléfono.

Rebusqué por todos sitios y al abrir el primer cajón, ahí estaba, guardada cuidadosamente. La abrí, y entonces me di cuenta de la página que había sido arrancada. Me estremecí aún más.

Sin saber hacia dónde conducir mis pensamientos volví otra vez a la cocina, para ver si encontraba otros indicios de la presencia del intruso.

Con la guía telefónica en las manos me senté en una silla delante de la mesa central. Miré a mí alrededor, y luego otra vez a la guía. ¡Las páginas siguientes a la arrancada estaban marcadas! ¡Claro! ¡El intruso había escrito algo y por eso lo arrancó, pero no pensó en que la presión y la fuerza del lápiz habrían dejado marca en las páginas siguientes!

La mente me iba a una velocidad vertiginosa. Excitada por el nuevo descubrimiento me puse a escudriñar detenidamente la siguiente página a la arrancada. Las marcas no habían quedado muy definidas, y desde la mesa estando, con la opacidad de la madera y la luz ambiental, me era imposible ver nada con claridad.

“Necesito luz y un filtro” pensé “algo que me muestre las marcas… a través… por dentro… ¡claro! ¡El cristal de la ventana!” y diciendo esta última palabra, arranqué la página con decisión. Me abalancé hacia la ventana y puse el papel contra el cristal, sujetándolo con las dos manos. Observé, con los ojos bien abiertos, con una atención frenética cada detalle y cada contorno de la hoja.

Ese círculo era demasiado claro, y además parecía trazado a conciencia, como si la mano del autor hubiera estado girando varias veces… Y además era un círculo perfecto y había quedado marcado con total claridad.

“¡¿Un círculo?!” vociferé por mis interiores “¿qué puede significar un solo círculo?”.

Y me quedé pensando, mientras los rayos del sol atravesaban el cristal de la ventana, y luego al papel para incidir directamente sobre mi cara. La luz era placentera, y me hacía ver con claridad, y no sólo hablando estrictamente del sentido de la vista, sino que también tenía un extraño efecto sobre mi intelecto. Pero entonces los rayos de luz se volvieron más agresivos, parecía que las nubes se habían abierto, dejando paso directamente, a un sol agobiado y lleno de cólera. Los ojos se me resintieron al impacto luminoso, pero sobre todo al ígneo que azotó mi mirada. Tuve que girar la cara, y mis manos se perdieron en el aire, dejando caer el papel que se interponía entre yo y el exterior. Y entonces se produjo un instante que colapsó al tiempo. Fue veloz, fue fugaz pero por un instante fue eterno. Como una hoja en una ráfaga de viento, como un fotograma en una escena de un minuto, como el electrón perdido en la chispa de un rayo… Cuando mi mirada giraba y se cerraba para evadir esos crueles rayos del sol, cuando dejaba de ver al frente, a ese papel que había estado observando y que ahora se desprendía hacia el suelo, dejando visible el exterior, mis ojos pudieron captar un minúsculo fotograma de la realidad, como si de pronto, una rendija entre la verdad y el tiempo se hubiera abierto, enlazando un momento imposible en un instante increíble, que llegó a mi cerebro y me produjo una visión monstruosamente vívida mientras mis ojos no veían nada.

El grito que soltó entonces mi garganta fue estrepitoso, pero la sombra que se cruzó en mi existencia aún fue peor.

Cuando desperté el rostro asustado de mi hermana estaba chillando a viva voz. Intenté pronunciar algo, no sé qué dije, pero su cara se apacentó y sus labios dejaron de temblar. Entonces me contó que había bajado corriendo al oírme gritar de una forma horrible, y que cuando llegó a la cocina yo estaba tumbada en el suelo, sin conocimiento.

“¿Qué te ha pasado hermanita?” me preguntó ella, pero yo no pude responder, ya que desconocía la razón de mi fuerte shock. Lo último que recordaba eran los fuertes rayos de sol, sardónicos y maliciosos, mareándome y nublando mi juicio. Luego todo se lo tragaron las tinieblas.

Al día siguiente la sombra de los hechos ya se había diluido, como el café en demasiada agua, como la energía mecánica con demasiada superficie de fricción. Pero mis dudas y mis sospechas continuaban.

A primera hora de la mañana salimos a comprar, y mientras recorríamos el camino hacia el pueblo, mis ojos no podían dejar de observar la frondosa maleza que crecía en los límites del bosque. La oscuridad que ahí se formaba, entre una densidad casi selvática, se podrían esconder ojos acechantes y envidioso. No dejaba de pensar en ello, y de vigilar cada rincón y evaluar todos los caminos y accesos.

Al cabo de unos minutos llegamos al pueblo. Pero mi desasosiego no se calmó, ya que cuando entramos a la primera tienda, nos encontramos dos hombres de aspecto preocupado que cuchicheaban palabras oscuras y repletas de misterio. Oímos que un poco más abajo del valle, a la orilla del río, la misma mañana de nuestro encuentro con la serpiente, se produjo un terrible asesinato. Un hombre nórdico, de pelo rubio y piel lívida, había matado a cuchilladas a una pobre mujer también de origen nórdico.

Nos quedamos heladas de espanto, pues nos dimos cuenta, que eso había sucedido a escasos metros del encuentro de mi madre con la serpiente. Si ese terrible reptil no se hubiera cruzado en el camino de mi madre, posiblemente hubiera chocado con el asesino, y no me atrevo a pensar lo que podría haber sucedido.

Trastornadas por la noticia, nos volvimos de camino a la cabaña. Cuando hubimos llegado a la entrada, donde se abría un extenso cultivo, mi hermana pequeña me avisó de algo extraño. “¿Lo oyes?” me preguntaba “¿Lo oyes? ¡Ese siseo mezquino de la serpiente!”. Me quedé helada de miedo, pues ahí delante, levantada como una magnífica criatura de mito, se alzaba tan temible criatura. Nos siseaba y nos amenazaba con sus terribles colmillos y en ese momento pude contemplar una alucinación más temible que cualquier pesadilla que acecha en las horas de insomnio.

La serpiente crecía imparablemente, todo su cuerpo se hinchaba y se expandía y entonces su cabeza cobraba unas dimensiones inimaginables. La boca se le abría, crujiendo, y de su garganta empezaba a brotar una especie de jadeo, o quizá era un gruñido, ronco e infernal, que sólo el delirio de la peor enajenación podría llegar a imitar.

Y fue cuando su propio cuerpo, gomoso y blando, empezó a ser devorado por esa cabeza titánica e infernal que vi de nuevo ese círculo. Se recortaba y propagaba una extraña oscuridad que rodeaba con un aura de magia primigenia y ancestral todo el contorno de la criatura reptil.

Entonces vi esos dos colmillos enloquecidamente suicidas, que perforaban la carne de su propio cuerpo, y como la criatura se enroscaba siguiendo el trazado del anillo, devorándose a sí misma entre un holocausto de ruidos perversos que se reverberaban como tiránicas oleadas de magma ardiente que incineraba mi mente y me hacía ver las mismísimas latitudes de un Hades de mito y leyenda.

Estaba rígida, paralizada por el horror. Pero al fin, desperté de ese terrible suplicio y vi como el reptil giraba su cabeza y se perdía reptando a través del bosque. Lo que me horrorizó entonces fue ver como mi hermana salía corriendo detrás de la bestia. “¡Hermana!” grité “¡Qué haces, vuelve!”. Nunca olvidaré lo que me contestó: “¡Tengo que seguirla, me lo ha pedido! ¡Natalia! ¡La serpiente me está hablando!”

Un desconcertante hormigueo recorrió mi espalda. Mis piernas no obedecieron al instante y me quedé paralizada, estancada en mis propios miedos. Pero cuando el cuerpo de mi “pequeñita” se fundió con la oscura naturaleza que se atiborraba ahí delante, me sobresalté instintivamente. Empecé a correr, aún más asustada que por la viva impresión que me causó ese monstruo.

No la veía, pero la escuchaba. Unas zancadas más adelante empecé a distinguir su voz, llamándome, y al cabo de unos segundos empecé a distinguir su silueta, contorneada vagamente por una especie de bruma que flotaba a su alrededor.

Su contorno se dibujaba cada vez más a mis ojos, y se recortaba entre la espesa naturaleza del bosque. Yo la seguía, a trompicones, arañándome contra las fuertes ramas. De pronto su figura desapareció entre la maleza. Grité su nombre con todas mis fuerzas, asustada e histérica, y salté entre los arbustos por los que ella había desaparecido.

La caída fue vertiginosa y sorprendente, pues me vi deslizándome a través de unos matorrales tan densos y tan cerrados que podría perfectamente asegurar que habían crecido artificialmente a modo de túnel o de tobogán.

Cuando salí al otro extremo, me di cuenta que había traspasado toda la ladera este de la montaña, que había recorrido varios centenares de metros en poquísimo tiempo.

Entonces alcé la vista y vi un hombre albino, con una tez extraordinariamente lívida y reluciente, con unos ojos abultados y vidriosos como los de un pez. El cuchillo de cocina que se asía a su puño goteaba de sangre y manchaba la verde hierba del terrible color de la muerte. A sus pies, una mujer que parecía estar embarazada, se tapaba el cuello con las dos manos, intentando contener la sangre que le borboteaba de la terrible herida que le había seccionado ese detestable hombre rubio.

Creo que entonces grité y vi como el hombre se abalanzaba sobre mí, con el terrible cuchillo hacia delante. Pero algo paso muy a ras de suelo, como impulsado desde una gran distancia, y el monstruo albino tropezó cayendo fatalmente al suelo. Se oyó un grito pegajoso, y un suplicio de rabia. Su mismo cuchillo había travesado su cuerpo.

Antes de caer inconsciente, vi a mi pequeña hermana, levantándose fatigosamente del suelo, después de una potente caída, y detrás de ella, una serpiente portentosa siseaba al son del balanceo de los árboles.
Cuando salí de las sombras, estaba en el mismo hospital al que habíamos traído a mi madre. Ella ya estaba totalmente recuperada y todos me abrazaron emotivamente cuando me desperté. Instantes después me confirmaron la muerte de ese monstruoso hombre albino y el de su pobre víctima. Jamás volvimos a ese pueblo ni a hablar de él. Todo se perdió en los rincones oscuros de nuestra memoria.

Hasta el pasado día 12 de septiembre, veintitrés años después de lo sucedido.

Era media tarde. Yo andaba por un callejón poco transitado de la ciudad. A mano derecha fluía el río Sena, con toda su pompa y su grandeza. El cantar de los pájaros coqueteaba con mis oídos mientras una agradable y fresca brisa mesaba mis cabellos. La explosión me cogió totalmente desprevenida, pues yo andaba con la mirada perdida, y no pude advertir que un camión de alto tonelaje estaba perdiendo el control, dirigiéndose inexorablemente hacia unos pesados muros que se alzaban al inicio del puente.

Muchos coches derraparon en todas direcciones. Algunos consiguieron evitar el accidente, otros no tuvieron tanta suerte, y colisionaron contra las vallas del Pont du Guillaume le Conquérant, contra el mismo camión, o contra otros coches… el caos fue tremendo, pero al cabo de unos instantes, los espectadores que ahí nos congregábamos, pudimos ver, aliviados, que nadie había resultado herido.

Observé un poco más el espectáculo. Como la policía, diversas ambulancias y hasta camiones de bomberos y un par de grúas llegaban por la misma carretera y desde el otro lado del puente. Entonces me lamenté de la hora que era, y de que el puente estaba totalmente extraviado. Tendría que elegir otro camino de regreso a casa, pues el que yo cogía habitualmente ahora estaba sumido en la confusión y era imposible pasar por ahí.

Así que me desvié de mi ruta inicial cogiendo la Voie sur Berge, resiguiendo el ancho curso de agua de un río memorable que había visto multitud de sucesos históricos. Sucesos que se reflejaban en la superficie de esa agua oscura y opaca, tan oscura y opaca como ese círculo que de pronto se había formado en el centro de mi visión. Ese círculo que de un instante a otro había aparecido delante de mí, ¡encima del mismo río, encima del mismo aire, encima de la misma tierra, encima de la misma Ruan! Y entonces un cúmulo de recuerdos pasó por mi mente, en forma de imágenes que se deslizaban frenéticamente por las aguas del Sena. Las veía flotar, una a una, imágenes de años olvidados y resentidos en las profundidades más oscuras de las pesadillas que cualquier persona se negaría a haber vivido.

Vi los cuchillos, untados de alguna sustancia roja y pegajosa; vi la hoja de la guía telefónica, recortándose contra el cristal de la ventana; y vi los malditos rayos de sol, ¡que relampagueaban detrás de un cuerpo delgado, zigzagueante y oscuro!; vi una silla, girando con locura; una habitación vacía y una silueta agazapada en la oscuridad; vi también una mujer hinchada, ¡otra vez ese líquido viscoso!, la maleza y un túnel hecho de ramas y hierbas… y volví a ver el papel que resbalaba y descubría fugazmente el exterior, unos colmillos amarillentos, tiránicos y viles como las malas artes de la tortura… otra vez el papel y una silueta verde que se asomaba… el papel y el círculo… ¡y una silueta escamada, gomosa y reptil que se succionaba a ella misma! Y entonces fue cuando la volví a ver, esa visión escalofriante y nauseabunda que la cordura había sepultado en el rincón más oscuro y estigio de mi mente bajo las rencorosas lápidas del olvido.

La visión volvió a emerger a la superficie y esos colmillos horripilantes se volvieron a clavar en mi cuerpo. Grité y grité y grité de dolor bajo esa terrible tortura. Su lengua lamía todo mi cuerpo y me succionaba hacia sus entrañas. Unos gases nauseabundos de otro mundo me penetraban todo el cuerpo, y ese líquido… ¡ese líquido escalofriante y abrasador me corroía la piel!

Y así, siendo devorada de nuevo por ese monstruo primigenio y subterráneo, caí desmayada, gritando de horror pero no sin luchar ante tan temible amenaza.

Cuando las tinieblas se disolvieron me encontré tumbada en el suelo, en el mismo sitio donde sucumbí a una alucinación que había despertado después de dormir un letargo de veintitrés años.

Por la posición del sol en el cielo deduje que no había estado mucho rato inconsciente, sólo unos pocos minutos. Aún tenía la sensación que algo me amenazaba y que un poder siniestro y caprichoso estaba jugando conmigo. ¡Pero cómo podía pensar yo eso! Era irracional y descabellado, sin sentido, pero después de lo que había experimentado… ¿cómo no podía creerlo? Cualquier cosa era posible ya.

Me tuve que sentar. Mi mente estaba siendo asaltada por un maremágnum de ideas y pensamientos. La ciencia, la física… me había entregado a ellas durante todos estos años, y mi mente estaba entrenada y preparada para descifrar los secretos del universo. Yo estaba preparada y trabajaba día a día siguiendo el método científico, desentramando los enigmas de la realidad, con seriedad y rigor, basándome en los hechos, en lo tangible, en lo probable.

Cosas como éstas… no tenían cabida en la ciencia, era impensable, era irracional, ¡era insensato! Pero no obstante, yo lo estaba viviendo, aquí, ahora, en mi piel, en mi intelecto, en mi alma… ¡Por el Cielo! ¡Nunca me había sentido tan perdida y tan atacada!

La información me llegaba de numerosas fuentes. Del pasado, del presente… del futuro. Porque, ¿qué más podía suceder? Lo que yo había visto y sentido no era una enajenación, no era el delirio de una loca.

De pronto pensé en todos mis conocidos y colegas de trabajo, en todos los científicos del mundo, en la misma ciencia… ¿Qué es eso? Dime ¿Qué es eso…?

La Humanidad se guiaba por la ciencia, mis compañeros de carrera y de escuela trabajaban duro, entregaban sus vidas en ello y para estas personas, para toda la comunidad científica, la ciencia es la verdad y nuestra luz, la luz que ilumina la oscuridad y desvela todos los enigmas. Pero, pero… ¿y si estamos equivocados? Ellos trabajan, ahora mismo, en este instante, siguen estudiando, pensando y siguiendo el método científico… ellos, la comunidad, todos… ¿y si estamos ignorando algo? Se nos escapa… se escurre de nuestro conocimiento, nos evade, esquiva nuestras capacidades… estamos ciegos, no lo vemos, ¡pero ahora yo lo he visto! He visto y he comprendido que estamos perdidos.

Ya no siento el respaldo de la ciencia, la guía en ella. De pronto veo que todos están equivocados, que son unos ilusos e ignorantes y siguen ciegos un camino vanidoso que sólo se alimenta a sí mismo, ¡ignorando las otras realidades que pueden existir!

¿Realidades? ¿Realidades paralelas… podría ser eso?

Les compadezco, compadezco a toda la Humanidad, somos ciegos y estúpidos, a nuestro alrededor pasan cosas que nunca llegaremos a contemplar, y si las contemplamos, nunca las llegaremos a entender…

¿Qué pasó entonces? Un hombre albino, monstruoso y antinatural, un cuchillo ensangrentado, una mujer embarazada, un túnel incomprensible, un momento que se había perdido entre el humo y la bruma, ¡pero que de pronto había vuelto a emerger a la superficie como un cadáver mal enterrado!

Yo estaba experimentando algo horroroso y macabro, algo que el resto del mundo ignora, en su propia isla en medio de océanos negros. Los envidio, ¡ojalá nunca hubiera visto lo que vi! Es lo más misericordioso del universo, la ignorancia de la Humanidad. Sí… ya lo creo. No hay nada más misericordioso que la ciencia. Cada una en su propio camino nunca llegará muy lejos. Por separado, sin control, sin coordinación; no estamos destinados a emprender grandes viajes.

Ya lo creo… ¿pero si un día esto que me sucede a mí se manifiesta a escala mundial? No puedo llegar a imaginar el caos y la locura, ¡ante la revelación de la verdad! ¡De que no estamos solos! De que hay otros seres, más antiguos y ancestrales, más perversos y caprichosos que juegan a nuestro alrededor y nos utilizan a su antojo…

Sin duda que entonces la Humanidad expirará su último aliento, y despavoridos los últimos supervivientes huiremos de esta funesta luz, para refugiarnos en una nueva era de tinieblas…

No, no puede ser así. La ignorancia no es un regalo, el universo no es misericordioso, ¡es un farsante! La Humanidad vive en esta farsa de realidad, y lo que yo he vivido, me da las respuestas que tan ansiosamente en la ciencia he buscado, y nunca encontrado…

No, no es misericordioso, porque no hay nada misericordioso, la realidad es cruel, pero conocerla, para mí, ahora es una fortuna.

Ante el horror puedo volver a vislumbrar la luz, ahora me levanto. ¡Sí…! Vuelvo a sentir las piernas, las energías me vuelven. ¡Ya lo creo! El río Sena vuelve a fluir, la vida de Ruan vuelve a hervir… siento el suelo, siento el espacio. ¡Ahora noto el Planeta moverse! ¡Oh, por el Cielo! ¡Veo las estrellas y las galaxias! ¡Oh, Dios! Nunca hubiera pensado que utilizaría esta palabra, jamás… la había descartado de mis creencias… pero ¿qué es lo que acabo de ver? Dios mío, si existes aquí o en algún otro sitio ayúdame, dame fuerzas porque esas luces, ¡esas auras y esas criaturas azuladas de otra dimensión me han mirado! He visto los confines de la realidad y del universo, y ahora sé que algo tiene que volver a ocurrir.

No sé si para bien o para mal, pero algo debe ocurrir. Necesito valor y fuerza, no me esconderé, no huiré. Sea lo que sea lo afrontaré… Pero debo plantearme mis acciones y prepararme.

Sin darme cuenta, aún maravillada y a la vez horrorizada, subí por las escaleras hacia el puente Jeanne d´Arc. Estaba decidida. Primero debía avisar a mi hermana y contarle lo sucedido.

Así que emprendí el camino hacia su casa, trazando mentalmente el itinerario más corto a seguir. Ella vivía cerca del teatro De la Pie Rouge en la Rue du Cordier, así que por ahora debía seguir recto por la Rue Jeanne d´Arc hasta llegar delante de la chef-d´ouvre de la arquitectura gótica del Palais de Justice. A mano derecha quedaba la Rue Saint-Lö, una de las avenidas más concurridas y agitadas de toda la belle Ruan. Seguí adelante, ignorando ese magnífico complejo comercial de la Galerie de l´Espace du Palais; y dejando atrás los más emblemáticos recintos culturales de la ciudad.

A partir de ahí la caminata empezó a ser más ágil, pues el barrio que ahí se hospedaba era muy tranquilo y poco agitado, todo lo contrario a la zona que había dejado atrás, que era el centro neurálgico, comercial y económico de Ruan.

Al cabo de unos minutos de angustiada carrera, giré a la derecha por la Rue Bailliage. Ya quedaba poco, a unas tres o cuatro manzanas de ahí se encontraba el edificio de mi hermana. Ya quedaba poco… ¿Pero qué demonios era eso? ¡Había una serpiente, una serpiente dibujada en un cartel! Miré a mi alrededor, ¿dónde estaba? ¿Qué era eso? ¡El museo de las Bellas Artes! No podía ser una casualidad. El cartel rezaba algo de una exposición de pinturas sobre reptiles y varias criaturas centro africanas. Pero no, eso no podía ser una casualidad.

Crucé la acera y me acerqué al cartel. ¡Por el Cielo! ¡Esa criatura mezquina! Era la misma, ¡la misma criatura del bosque que atacó a mi madre! Pero no podía divagar, tenía que seguir adelante. Miré el reloj, eran ya las 19:25, las luces de las farolas empezaban a encenderse, los últimos rayos del sol se perdían detrás de los tejados y las sombras de la noche se cernían sobre la ciudad.

Di la espalda al museo y entonces, cuando me disponía a reemprender el paso el extraño cimbreo de unas bombillas que se encendían en ese instante me alertó. Giré la cabeza, asqueada con ese ruido, y vi una congregación de luces fosforescentes que brillaban y cimbreaban al son de espasmos eléctricos.

Las luces se encendían y se apagaban, como traumatizadas por un error eléctrico, trazando signos y formas geométricas sin sentido. Pero entonces vi algo claro, una figura se formaba en el juego de esas bombillas, una figura serpenteante que de algún modo parecía que se moviese y con la cabeza señalaba la siguiente calle que se dirigía hacia el norte.

Un poco atemorizada, pero no indecisa, me acerqué hacia la esquina de esa callejuela estrecha y oscura. No había ni un alma, ni un sonido, todo estaba dormido, tan quieto y silencioso como una tumba. El suelo parecía recién asfaltado y, en general el contorno de la calle era irregular y se adivinaba anticuado.

Aún quedaba en pie una valla de las obras, que en ese momento se tambaleó hacia delante y hacia atrás llevado por una fuerte ráfaga de aire que se internó como un espasmo hacia dentro del callejón, para perderse su sonoridad y su helada friega entre las espesas sombras del interior.

El cemento aparentaba estar recién seco y perfectamente alisado, pero parecía verse una irregularidad marcada. Era una línea, de un palmo de ancho que avanzaba zigzagueante por esa callejuela hasta perderse en la oscuridad.

Me adentré en el callejón, con cautela y temor. Si había un mensaje en todo eso, tenía que descifrarlo. Ese camino me desviaba un poco para llegar al piso de mi hermana, pero no podía obviar que algo estaba ocurriendo, así que saqué pecho y puse rumbo hacia ese Palacio de Cnosos de oscuridad laberíntica que se insinuaba ante mí.

Avanzando lentamente con todo el cuerpo rígido y tenso empecé a sentir como el eco se ponía juguetón. En medio de la oscuridad total, entre unos negros muros que escondían la mirada de los astros y de la Luna, sólo podía oír el eco recrearse con mis tacones en su juego infantil e irritante. La oscuridad anegaba mi visión y no podía discernir nada, cada vez me sentía más rodeada y más abrazada por unas tinieblas que parecían materiales y que en cualquier momento podrían sacar sus garras y atraparme en ese callejón interminable.

De pronto empecé a oír una especie de soplido. Pero no el soplido ágil y libre de una ráfaga de aire, que vaga por doquier; sino que era un soplido encarcelado, saliendo fatigosamente de su prisión, como si fuera escupido con gran esfuerzo y emergiera con una presión enfurecida.

Cada vez lo sentía más cerca, y a medida que avanzaba entre la oscuridad, abriéndome paso entre el negro absoluto, sentía con más claridad ese sonido y poco a poco empecé a percibir su naturaleza. Parecía un líquido, un líquido muy poco denso, ya que alrededor del sonido principal se podían percibir una multitud de sonidos chispeantes que se dispersaban por todos sitios.

Una sensación de alerta crecía vigorosamente en mi interior, asediando mis sentidos y poniendo en guardia todos mis instintos. Estuve a punto de girar y salir corriendo varias veces, pero al final me pude mantener íntegra ante el miedo y seguí adelante.

El sonido continuaba, y no estaba inmóvil, parecía que se moviera por ahí delante, oscilando de un lado a otro, inquieto, nervioso.

Aceleré el paso, estaba harta de ir a tientas y quería llegar de una vez por todas al otro extremo de la callejuela, y salir por fin a dónde me tuviera que conducir ese fortuito camino.

Entonces se produjo lo inesperado. Primero lo sentí en la pierna, cuando me agarró con fuerza y me arrastró al suelo. Resbalé un buen trecho y sentí que el suelo se untaba de algún tipo de líquido. Intenté reincorporarme pero las piernas me patinaron por encima de ese líquido. Me lastimé un tobillo y el golpe en la cabeza fue realmente fuerte. Me quejé sonoramente, y maldije mientras el eco se reía de mí.

Sentí de nuevo esa presencia enemiga que se acercaba otra vez contra mí. Me reincorporé rápido, lista para saltar o contraatacar si era necesario. El silbido giraba y volvía, casi lo tenía encima. Sentí el frío de una ráfaga líquida que empapaba todo mi cuerpo y el sonido de un arroyo de agua que corría impasible por detrás de un ser rubio, fantásticamente lívido, con una piel blanquecina y escamada como la de un anfibio; empuñaba un cuchillo ensangrentado y corría hacia mí, con una horripilante expresión en la cara.

Entonces grité aterrorizada, pero también enfadada y llena de rabia; y en ese instante noté como el enemigo estaba a punto de golpearme. Salté a un lado, mientras con las manos cazaba el arma de ese hostigador oscuro.

Algo se agitó y se revolvió al otro lado, con energía, con ímpetu, pero yo apreté más y estiré con todas mis fuerzas. Algo estalló y el agua empezó a fluir a borbotones, salpicando todo mi cuerpo. La manguera rebotó contra la pared, con tal violencia que destrozó parte del cemento.

Tanteé a mi alrededor… ¿había sido sólo eso, una manguera? No, no era sólo una manguera… un respirar maligno me confesó que mi asaltante no era una alucinación.

Sus pisadas se acercaron, poco a poco, traicioneramente entre la oscuridad. Cogí la manguera con fuerza, rodeando todo su extremo en mi brazo y la hice volar con toda mi energía contra ese enemigo oscuro y cobarde que me asediaba en medio de la noche.

Su grito horripilante y odioso dibujó una sonrisa en mis labios, mientras me esforzaba para evitar que el pánico se apoderara de mí. Pero el cuerpo ya empezó a temblarme inconscientemente y temí su nueva ofensiva.

El nuevo sonido me heló la sangre. Era un siseo, mezquino y burlón que se paseó a mi alrededor. Entonces mi asaltante entrecortó su respiración y se quedó en silencio, hasta el mismo eco calló, asustado. Me balanceé hacia un lado, desplazándome unos pasos hacia la pared. Noté que mi invisible enemigo también se movía, pero no hacía mí, sino hacia lo lejos. ¿Qué pretendía? Empecé a moverme, en dirección hacia la salida del callejón, y sentí que él también se desplazaba.

“No puedo dejarle escapar” pensé por mis adentros, y aceleré el paso, persiguiendo el ruido de las pisadas de mi agresor. Pero era muy rápido y cada vez le oía más lejos. Y allí, al final del callejón, donde por fin se filtraba la bendita luz de las farolas, pude ver su silueta humana. Era de verdad, estaba sucediendo, todo era real.

Aceleré mi persecución, a toda carrera, histérica por atraparle, por atrapar la verdad.

Entre la poca gente que ahí deambulaba, podía seguir su silueta, vestida con ropas oscuras, que avanzaba sinuosamente y a toda velocidad por la Rue de la Glacière.

Mis pulmones estaban a punto de estallar y sentía que me faltaba el aire. La garganta me dolía como mil demonios, y entre bocanada y bocanada mi cabeza iba de un lado para otro. La nueva luminosidad de la enorme avenida del Boulevard de l´Yser impactó en mis ojos como el flash de una cámara, y con tanta intensidad de luces, de colores y de movimiento me sentí mareada y exhausta. El contraste era demasiado exagerado, y la silueta oscura y encorvada de mi perseguido se difuminaba y se perdía en el decorado como un trazo demasiado líquido en un lienzo a la acuarela.

Seguí corriendo, a trompicones, entre la gente que se alteraba y se asustaba ante mi frenético paso. Tenía que esquivar y apartarme de delante el gentío que se cruzaba en mi camino, como si de un sueño se tratase y todo se volviera confuso e inaudito y necesitara sacudir, zarandear y empujar a un lado todo lo que se ponía en mi línea de visión.

La figura que perseguía cada vez se volvía más borrosa y cada vez más tuve que guiarme por mis instintos para poder seguir su estela. Era como una mancha negra, que dejaba rastro en el aire, y se propagaba como una enfermedad.

Al fondo vi que esa guía se alzaba varios pies en el aire, por encima de un banco y unas jardineras. A la velocidad que iba en un momento me encontré delante del banco. No podía vacilar, si dudaba todo podía fracasar por culpa de una mala reacción en un instante tan preciso. Sin pensar en nada, sin importarme lo demás, sólo me concentré en prepararme para un salto como cualquier otro que hubiera hecho en mi vida.

Pisé con fuerza, al ritmo de mi alocado corazón. Cada latido era un tamborazo que me llenaba de vital energía. Entonces levanté una pierna, mientras la otra me impulsaba encima del banco. Lo pisé fuerte, escuchando como sus maderas crujían bajo mi bota y me propulsé con todas mis energías mientras con la otra pierna ascendía por encima del respaldo metálico golpeándolo con contundencia y saliendo disparada por encima de flores y arbustos; y travesando dos abetos con los brazos cruzados y el cuerpo inclinado hacia delante.

Durante unos segundos que parecían que se congelaban, me vi volando por encima de ese verde parapeto. La distancia era larga y entre fogonazos de ideas y vacilaciones dudé de si lo podría superar. Mi cuerpo caía, a una velocidad de vértigo hacia el extremo de la cerca. Me estiré tanto como pude quedándome totalmente vulnerable a una mala caída. El duro asfalto golpeó contra mis pies, la fuerza de la caída me fue devuelta por el gris hormigón y avanzó por mis piernas hacia mis rodillas. Tenía que flexionarme y amortiguar esa fuerza de reacción, pero eso no era suficiente, necesitaba canalizar toda esa velocidad producida o sino el impacto sería desastroso.

La acera terminaba a dos palmos de mi cabeza, y el desnivel hasta la calle era de poco más de un palmo. Era peligroso pero seguramente me sería de beneficio ya que tendría más espacio para inclinarme hacia delante con el hombro preparado para voltear sobre mí misma.

El impacto fue doloroso pero conseguí reimpulsar todo mi cuerpo para dar una voltereta y caer de nuevo con las piernas hacia delante. La energía cinética hizo el resto, y en un instante volví a estar de pie y seguí mi persecución frenética evitando cualquier obstáculo que se pusiera en mi camino.

Su figura aún seguía en mi campo de visión y todo se movía de un lado a otro, todo temblaba y se zarandeaba. Mis visiones se entrecortaban entre edificios que bailaban, mis piernas que se agitaban incesantemente, personas de todo tipo que vibraban, otra vez mis piernas, moviéndose constantemente y pisando fuerte; coches que se sacudían, farolas y postes que se cruzaban por mi camino con movimientos abruptos, otra vez mis piernas, enloquecidas que palpitaban al ritmo de los tamborazos de mi corazón; ahora mis brazos, oscilando de un lado a otro, nerviosos y tensos; una valla, dos, tres; una cabina telefónica que se agitaba, un transeúnte que se lanzaba angustiado a un lado, otro transeúnte, asustado, que se apartaba patosamente de mi camino; más transeúntes que vibraban y se contorsionaban…

¡Oh no! La figura había desaparecido, mi enemigo me había evadido, ¡ya no lo veía! Y mientras todo temblaba y mi cuerpo corría a toda velocidad, mi cabeza no dejaba de moverse de un lado a otro, buscando a ese maldito bastardo.

Entonces la Rue de l´Avalasse se bifurcaba y no sabía hacia donde seguir. Se me acababa el espacio, tenía que decidirme, no podía parar, tenía que decidirme sin aflojar la carrera, ¿pero a dónde? ¿Dónde habrá ido ese maldito…? ¡Oh no! ¡Oh no! En mi interior gritaba enfurecida esperando que mis gritos me revelaran una respuesta. Pero mi voz pronto pasó a segundo plano, cuando toda mi atención fue captada por un perro, ronco y seco, que me alertó. ¡Por vida! ¡¿Qué problema tenía ese perro?! Me ladraba con frenesí desde la otra calle y no dejaba de perseguirme con la mirada. Entre todo el gentío que ahí se movía, había fijado su mirada y sus ladridos atentamente hacia mi dirección. Su dueño, atónito, casi no lo podía controlar, y yo, siguiendo otra vez mi instinto, esperando que no me fallara, seguí el camino que creía que el perro me estaba indicando.

Subí, subí y subí todo recto por la Rue Louis Malliot, sin ver a mi enemigo pero también sin darme por vencida. En la siguiente esquina me paré un segundo, a mirar a izquierda y derecha. Buscaba una pista, una intuición que me guiara por el buen camino.

¡Fue un siseo! ¡Eso fue un siseo! Entre el ruido de los automóviles, los tubos de escape y todos los gases que silbaban por la gran metrópoli se hizo protagonista el siseo de la serpiente, ¡otra vez! Lo busqué con la mirada, ¿de dónde había venido? ¡Entonces algo cayó del cielo! Y chafándose contra el suelo, produjo un ruido tosco pero a la vez cristalino y armónico. Y allí, al otro extremo de la calle, vi hecha añicos y mezclada entre tierra y flores, una torreta de barro que había caído de algún balcón.

No dudé un solo instante y salí corriendo en esa dirección, subiendo aún más en dirección norte por la Rue du Champ des Oiseaux. La garganta me ardía como si llevara el mismo infierno en mi interior. Mi cuerpo me decía que parase, me pedía que aflojase esa carrera; y a veces no podía aguantar y me sentía débil y quería darme por vencida, pero resistía, resistía y los ojos empezaron a llorarme perlas saladas que se mezclaban con el agua que había salpicado todo mi cuerpo.

Y mientras resoplaba el aire fatigosamente, teniendo la sensación de que no habría suficiente para mis pulmones, vi a lo lejos un fogonazo eléctrico que se propagó por los cables eléctricos colgados en las fachadas, emitiendo una ruidosa comparsa de chasquidos y chispas anaranjadas que se difuminaban por el aire.

Muchos vecinos se alertaron. Los que estaban en la calle gritaron palabras de sorpresa, otros sacaron la cabeza por la ventana, sorprendidos y a la vez irritados, viendo qué es lo que había sucedido.

Yo me quedé igual de estupefacta, pero sabía que eso tampoco era otra casualidad. Tres de esas calles habían quedado a oscuras, con todos los vecinos correteando de un lado para otra sumidos en la confusión. Sólo quedó una calle con luz, el Passage Begin, el cual quedaba a mi izquierda.

Me adentré al estrecho pasaje con agilidad, esquivando los trastornados y a la vez enfadados vecinos, pero de pronto una voz familiar hizo que despertara de esa persecución de pesadilla.

“¡Natalia! ¡Natalia!” gritaba la voz de mi hermana. Me giré hacia la procedencia de su voz, totalmente pasmada y sin saber cómo reaccionar. “¡Natalia! ¡Hermana! ¡Aquí, aquí! ¿A dónde vas tan rápido? ¡Corrías como una liebre!” me dijo acercándose a paso ágil hacia mí.

“¡Hermana!” balbuceé “¡¿Qué haces aquí?¡ ¡¿Por qué no estás en casa?!”

“Tenía un asunto de trabajo y he tenido que salir de improviso…” me respondió ella sin darle importancia “¡¿Pero qué demonios ha pasado aquí?! ¡De pronto todo ha estallado y se ha quedado a oscuras! ¡Y luego te he visto a ti correr como una loca! ¿Estás bien? ¿Dónde ibas?”

“¡Por el Cielo hermana, está volviendo a suceder!” grité con dificultad, sin poder controlar mi voz.

“¿El qué? ¿Qué está volviendo a suceder?”

“Él… ¡Él…!”

“¡¿Quién?!” preguntó ella, con los ojos muy abiertos y alertada por el tono de mi voz “el… ¿el monstruo albino…?” preguntó al final, al cabo de unos segundos.

“¡Sí, sí…! Me ha atacado…” dije entre resoplidos y con la voz rasposa “¡y lo he estado persiguiendo por media ciudad!”

“¡Oh Dios mío!” gritó ella “¡¿Pero cómo puede ser?!”

“No lo sé hermana, estoy muy perdida…” tomé aire fatigosamente y me agaché, apoyándome con las manos en mis rodillas “la serpiente…”

“¡¿Qué?!”

“La serpiente también ha vuelto…”

Mi hermana se quedó muda, horrorizada al volver a ver imágenes siniestras de un pasado reprimido. Los recuerdos iban y venían y no podíamos pararlos, lo único que podíamos hacer era estar preparadas contra el mal que se cernía sobre nosotras.

“Tenemos que salir de aquí hermana…” le dije, conciliadoramente “¿Hermana? ¿Estás bien?”

“¿Eh…? Sí… sí…” respondió ella con expresión asustada.

“Tranquila cariño…” le susurré flojito “no dejaré que pase nada malo, ¿De acuerdo? Ahora vámonos…”

La cogí de la mano y nos alejamos de esa oscuridad que me infundía muy malas vibraciones, y tenía un mal presentimiento por el encuentro con mi hermana. Me retorcía el estómago la sola idea de que le pudieran hacer daño…

Ahora ella también estaba aquí. Habían sucedido muchas cosas, una cadena imparable de sucesos que al final nos condujeron hasta aquí, al Passage Begin. Entonces pensé en como hubiera llegado mi hermana hasta ahí en ese momento en concreto, y en como “algo”… algo que no puedo explicar ni comprender me guió a mí y condujo mi camino hasta este momento… ¿A mi hermana también le habría ocurrido lo mismo? ¿También su camino había sido manipulado y conducido hasta este momento…?

Entonces pensé que si… que si todo esto se había producido por la fuerza y la voluntad de algo ajeno a nosotras… algo primigenio… todo ya estaría marcado, todo ya estaría decidido y el destino ya habría echado sus cartas. Lo único que a nosotras nos quedaba hacer, era echar las nuestras…

Estaba segura que algo tenía que ocurrir y que el ataque que sufrí sólo fue un primer asalto. Debía estar preparada. ¡Tenía que estar preparada! Ahora no sólo por mí, sobre todo por mi hermana.

El mejor camino sería volver atrás, por el mismo camino, no adentrarnos en la oscuridad ya que si él… nos volvía a atacar seguramente buscaría el amparo de las sombras para perpetrar sus abyectos planes.

Entonces me pareció extraño notar que las voces ya no eran ni tan intensas ni tan multitudinarias como antes. Giré la cabeza hacia el camino por el cual había venido y lo único que vieron mis ojos fueron los negros espacios de la oscuridad. En las alturas, algo chispeaba y cimbreaba, creando una tenue luz que permitía entrever las siluetas babilónicas de la piedra y la madera.

Los chasquidos se intensificaba, y la luz emitida palpitaba como si tuviera vida propia, dibujando en el ambiente sombras macabras y ruines que danzaban a nuestro alrededor. La sombra estaba a punto de caer encima de nosotras.

Empezamos a correr, dejando atrás la oscuridad y viendo como los chasquidos y el fuego recorrían los cables persiguiendo nuestros pasos. Era como si todo hubiera tomado conciencia y el fuego y la oscuridad nos estuvieran asediando a través del cableado eléctrico.

Ya quedaba poco para salir al final de la calle, pero de repente un portentoso chasquido y una confusión de fuegos, rayos, chispas y chorros de luz nos hizo frenar en seco.

Sostuve con más fuerza la mano de mi hermana, y ella se arrimó a mí, asustada y temblorosa.

De cada lado la oscuridad se propagaba hacia nosotras.

Estando ahí en medio, nuestros cuerpos, delgados y pequeños, se empezaban a recortar entre una tenue luminosidad que poco a poco se iba apagando. Por todos lados la oscuridad empezaba a abrazar nuestros contornos y en pocos segundos nos encontramos totalmente a oscuras. Sólo, de vez en cuando, un chasquido y una excursión de chispas que se perdían con el viento, nos daba un poco de luz para discernir a nuestro alrededor.

De pronto oí un siseo apagado, y me pareció ver, en la oscuridad de un rincón, el contorno zigzagueante de un temible ser reptador. Me quedé paralizada de espanto, mientras volvían a asaltar a mi mente recuerdos vociferantes de unos años lejanos y olvidados.

Entonces advertí unos pasos sigilosos a nuestra espalda. Me quedé quieta, obsesionadamente atenta a cada sonido que llegaba a mis oídos.

Los pasos eran claros y cada vez estaban más cerca… No podía ser nadie más que él… ese sonido “encharcado” de pies mojados me transmitía sensaciones de felonía entre la oscuridad.

Me giré poco a poco, empujando suavemente a mi hermana detrás de mí. Ella temblaba, se le escapaban cortas expiraciones y daba bocanadas de aire entrecortadas y frenéticas. Le acaricié el brazo mientras me preparaba para el inminente ataque.

Las chispas empezaron a rugir como si supieran lo que estaba a punto de suceder, y su brillo se reflejó en la hoja ponzoñosa, terriblemente afilada y mordaz que se dirigía hacia nuestros cuellos.

Los movimientos de ese ser monstruoso empezaron a dibujarse ante mí. A escasos metros pude ver una oscuridad material que se movía y se metamorfoseaba en espantosas visiones que helarían la sangre a cualquier mortal.

El puñal se asía en uno de sus deformados puños, desprendiendo una luz antipática y grosera que me susurraba palabras de amenaza.

Empecé a temblar sin control alguno, sintiendo que el corazón me saldría del pecho. El brazo retorcido de ese ser se elevó a una distancia muy corta, y el vil puñal volvió a emitir un resplandor blanquecino que rebotó en mis córneas. Luego bajó a toda velocidad, sesgando el mismo aire y directo a mi cuello.

Me moví rápidamente hacia el exterior, con un reflejo espasmódico que vibró por todo mi cuerpo. Mis manos chocaron contra su brazo, y lo cogí con todas mis fuerzas y empecé a gritar y a darle patadas que él recibía casi sin inmutarse.

El monstruo también gritó, pero lo que surgió de su garganta… ¡Por el Cielo! Que puedo jurar que eso no era humano ni animal… y no sabría deciros porque ese ruido me transmitió imágenes abstractas e imposibles de un mundo oculto y subterráneo que ni una mente enfermiza y degenerada podría llegar ni tan siquiera a soñar.

El horror se propagó rápido por todo mi cuerpo, y mis brazos empezaron a flojear ante esa fuerza antinatural del ser albino.

Pero tenía que resistir, no podía flojear ahora… ¡no…! ¡No podía! “¡Lucha Natalia, lucha! ¡Lucha por tu hermana!” bramó mi mente en medio de un holocausto de ruidos producidos por una garganta del inframundo.

Mis brazos se volvieron a erguir, con ímpetu, y todo mi cuerpo se enderezo. El monstruo retrocedió un paso y el cuerpo le flaqueó ligeramente. Yo empujé aún más, con todas mis fuerzas, con todo mi aliento, gritando con locura.

Sentí gritar también a mi hermana y pronunciar mi nombre entre sollozos.

Él gritó aún más y todos los demás sonidos fueron acallados. Mi voz se atoró en mi garganta, horrorizada por la monstruosidad que se balanceaba y me presionaba a escasos centímetros de mi cuerpo.

Sentí su aliento, pútrido y nauseabundo, que chocaba contra mi cara y me hacía venir vascas. Su rostro resquebrajó la oscuridad apareciendo repentinamente ante mí, y en sus rasgos se hospedaban como gérmenes las expresiones más diabólicas y satánicas.

Sus colmillos brillaban amarillentos, y sus ojos, abultados y vidriosos, reflejaban mi mirada perdida en la confusión y el horror.

Una de mis manos se desaferró de sus brazos, casi caí entonces y el puñal rozó mi pecho, rasgándome la chaqueta. Él se balanceó de lado y me atacó repentinamente con su otro puño, mientras en el mismo instante mi mano se lanzaba a una ofensiva desesperada contra su viscosa cara de anfibio. Las escamas de su rostro se despellejaron con el corte de mis uñas que le arrancaron la putrefacta piel y un grito de rabia y de dolor. Entonces su puño golpeó brutalmente contra mi hombro y caí de espaldas en el suelo.

Me intenté reincorporar desesperadamente pero su bota impactó contra mi estómago, con tal fuerza que sentí como si las entrañas me explotaran. Mi hermana continuaba gritando y gimiendo y mis lágrimas empezaron a asomar en mis ojos.

Recibí otra patada de ese maldito. Esta vez en las costillas que me estallaron en añicos rasgándome la carne desde el interior. Grité, y con ese grito lance una de mis piernas contra sus rodillas, moviéndome en un trazo circular y empujando mi otra pierna con un segundo golpe contra su espinilla que hizo que se tambaleara y cayera de rodillas casi encima de mí.

Oí la hoja metálica del cuchillo que chocaba contra el hormigón, y se perdía deslizándose varios metros entre la oscuridad. Él saltó sobre mí y me atacó con la mano abierta, que se cebó con fuerza en mi cuello.

Mis dos puños juntos impactaron contra su brazo, mientras sentía que mi garganta se iba a romper. Si puño se desaferró de mi cuello y el aire comprimido salió escupido por mi boca. Tosí con violencia y dificultad.

Él volvió a intentarlo, con los dos brazos a la vez, que se clavaron en mi garganta y me estrujaron con una fuerza portentosa. Le golpeé una y otra vez, llorando de pánico ante la muerte, llorando de dolor al sentir que mi garganta se estaba rompiendo y que sus dedos empezaban a clavarse en mi cuello.

Era el fin, ya no podía luchar más, no me llegaba el aire, me estaba ahogando y mis brazos cayeron inútiles en el suelo.

Y entonces, ya habiendo perdido todas las esperanzas, ese escalofriante siseo volvió a llegar a mis oídos. Creo que él también lo oyó y sus puños se aflojaron ligeramente de mi cuello. Una sombra voló muy rápido por encima de mi cuerpo, impactando contra el maldito monstruo albino y tumbándolo a un lado.

El monstro se levantó de un golpe, para volver a recibir una nueva embestida de esa sombra.

Los dos seres voltearon por el suelo, golpeándose con locura y girando uno encima del otro.

El aire me entraba a trompicones y el cuello me dolía muchísimo. Las lágrimas me perlaban toda la cara y estaba tan malherida que casi no me podía mover. Me volteé de lado, hacia donde creía que estaba mi hermana y alargué la mano. Sentí aliviada el tacto de la suya y como se acercaba a cuclillas para abrazarme…

Cuando sentí su cuerpo no pude evitar temblar y estremecerme del dolor que corría por mis costillas rotas, mi estómago amoratado y mi garganta. Ella me acarició y lloró conmigo. Nos abrazamos muy estrechamente, intentando no escuchar los gritos sardónicos e infernales que brotaban por doquier y rebotaban contra todas las superficies como libélulas enloquecidas y ciegas.

Los alaridos eran demenciales y esos gritos de duelo hacían temblar los mismos cimientos de las torres negras que se alzaban a nuestro alrededor. Y mientras proseguía la batalla entre la sombra desconocida y el monstruo albino sentí de nuevo ese siseo…

Esta vez muy cerca de mí… demasiado cerca… me estremecí al oír su lengua reptil sisear en mi oído, tan cerca que noté su tacto rasposo y rudo. Y al ritmo de los gritos de pelea, las serpiente me siseaba al oído… los segundos se congelaban, no quería abrir los ojos. Esa monstruosa encarnación del suicidio y la locura primigenia me rozaba con su piel escamosa. La serpiente me tocaba y jugaba conmigo y yo sólo podía apretar tan fuerte como pudiera mis ojos.

De pronto un bufido me alteró, la serpiente me rozó la cara con su cola y se deslizó a lo lejos, bufando con energía. Y al ritmo de sus bufidos, se oyeron unos berridos quejumbrosos que terminaban en un lamentable hilo deshinchado. Entonces se hizo el silencio total.

Abrí los ojos.

Podía ver a mi hermana delante de mí, se había desmayado por el horror. No quería mirar, no quería… “no mires Natalia, no mires…” me decía mi subconsciente, pero no podía evitarlo.

Me levanté casi sin quererlo, mis piernas iban solas. Temblaban y me hacían tambalear pero apoyándome en una pared me pude mantener erguida sin mucha dificultad.

Estaba terriblemente asustada y creo que mi horror aumentó aún más, cuando ese reptil escamosamente antinatural rozó mi pierna. No trataré de explicar la espeluznante sensación de horror que me infundió, pues es imposible de transmitir con meras palabras humanas. Ni aún ahora, sabría determinar si el cuerpo de la bestia que me rozó era realmente sólido, o estaba parcialmente licuado, o quizá era… gaseoso… Pues la serpiente rozó, y a la vez penetró y atravesó mi pierna, mientras volvía hacia el lugar del conflicto. No sé porqué la seguí, no pude evitarlo.

Entonces vi lo que más me ha anonadado estos últimos días, y lo que ha hecho que me cuestionara tantas cosas:

En el suelo estaba tendido el monstruo albino, monstruosamente lívido y con el reflejo de la muerte en su rostro; e inclinado sobre él, en cuclillas, se encontraba otro hombre. Cuando me miró, creí perder el conocimiento. Entonces me vino a la mente una imagen fantásticamente vívida. La imagen del rostro de una mujer, tapándose la herida del cuello.

Una sonrisa, idéntica a la que podrían haber dibujado los labios de esa mujer asesinada, se formó en el rostro del extraño. Sus ojos relampaguearon y si digo que me miró con afecto no exageraría en absoluto, todo lo contrario. Pues una cálida sensación de paz y amor se originó en mi interior.

Entonces, el extraño, se levantó repentinamente y desapareció corriendo entre la oscuridad, acompañado por esa fabulosa criatura reptil que un día nos guió a mí y a mi hermana para salvar una vida humana que se gestaba en el interior de una mujer asesinada.


Jaume Moreso i Mallofré

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One Response to “Reptante destino”

  1. catigomez Says:

    Como ya te he dicho en el “feisbú”, esta historia es fascinante, me ha tenido enganchada desde el principio hasta el final. Me suena al esquema para una novela, creo que da para mucho más que para un relato corto; como mínimo, para una novela corta. Me encanta la relación premonitoria de las protagonistas con esa horrible serpiente que en realidad es positiva, porque les anuncia los crímenes y su posibilidad de intervenir o evitar las desgracias, pero que al mismo tiempo es escalofriante y terrorífica… Me ha encantado, Jaume. Si no tienes tiempo ahora, guárdala, pero promete que rescatarás esta historia y le darás el desarrollo que se merece. ¡Venga, porfaaaa…..! ;D


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