Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Mastín del bosque 17 enero 2010


Mastín del bosque


De: Jaume Moreso i Mallofré


No sabría deciros mi nombre, pues nunca nadie me ha puesto uno, ni tampoco lo he necesitado. Tampoco sé si nací, ni tengo conocimiento del tiempo que pasé ahí, ni de mi edad. Sólo sé, que cómo cada día, me levantaba del regazo del ser con el que vivía. Éste también se levantaba y salíamos a correr en medio de un paraje habitado por seres de pelo verde y piel marrón, sin intercambiar sonido alguno, palabra alguna; pues tampoco necesitaba hablar, ni tampoco conocía el lenguaje.

Después de correr nos acercábamos a un lugar donde fluía un líquido azulado como el cielo, pero a su vez, parcialmente transparente. Era un líquido que siempre manaba fresco y el ser que existía a mi lado, me enseñó a metérmelo en la boca y hacer que me entrara en el cuerpo. Luego supe que eso que bebía era agua, y era vital e imprescindible para mi existencia.

Jamás me pregunté qué habría más allá de ese lugar sembrado de seres de corteza marrón y de pelo verde, de criaturas que flotaban en el aire con una incansable agitación de sus extremidades membranosas o de otras que se arrastraban por el suelo, contorsionándose y tambaleándose extrañamente.

Lo único que hacía era sobrevivir, alimentarme y dormir.

Con el transcurso de las comidas fui conociendo nuevas cosas. Conocí lo que era el dolor y el sufrimiento, la angustía y luego la agonía. Más adelante conocí el significado de la muerte; y llevados por su mano, sentí el miedo y el temor; y también la pena.

Con cada nueva víctima en nuestras fauces, conocí más de cerca eso que sentía, y que ahora sé que es la misericordia. Por eso, en ese preciso momento, sentí la necesidad de hablar, de poder comunicarme con el ser que me cuidaba. Pero como no conocía las palabras, sólo pude emitir gruñidos rasposos y huecos gimoteos. También le hice gestos con mis dos extremidades delanteras; las puse en mi rostro y luego en el pecho, emitiendo un leve lloriqueo. Creo que me entendió, y yo también entendí algo: que eso que amartillaba en mi interior me anunciaba la excitación.

Con el tiempo fui aprendiendo cosas nuevas. Aprendí que yo y “el ser” éramos sumamente diferentes. Su rostro era alargado y huesudo, con las facciones remarcadas. En cambio mi rostro era mucho más redondeado y fino, con una piel muy lisa, la cual mi compañero le encantaba lamer con una lengua mucho más grande y abultada que la mía.
Su mandíbula también era mucho más prominente que la mía, y en vez de boca, un hocico se alargaba profusamente siendo coronado por una nariz chata de orificios que no paraban de olfatear con ahínco. Yo, en cambio, no tenía esa capacidad de saber tanto mediante el olfato. Sí que sabía percibir vagamente según qué cosas, y distinguía el olor que emanaban esos seres inmóbiles de pelaje verde y voluminoso que rodeaban hasta el infinito nuestro hogar; pero no llegaba, ni por asomo, a las capacidades de mi compañero peludo.
En efecto, su cuerpo estaba recubierto totalmente de pelo, y encima de sus extremidades traseras una larga y juguetona cola despuntaba siempre alerta y vigilante. Yo no tenía esta cola tan risueña, ni sus divertidas orejas coronando su cabeza; pero estos detalles que podrían parecer insignificantes en ese lugar salvaje, a mí me revelaron esa diferencia esencial que había entre nosotros dos.

Un día fuimos a trotar entre verdes pelos gigantes que brotaban del suelo y sujetaban infinitas cantidades de redonditas y esferas de multitud de colores entre un vasto e inacabable paisaje llano que se prolongaba hasta el infinito. Trotábamos alegres y hasta en algún breve instante llegué a galopar a dos patas. Esos instantes de luz y de felicidad, del más radiante y maravilloso esplendor me llenaron el cuerpo. Pero quién iba a pensar que ese momento de gloria iba a irse tan rápido para dejar paso a la confusión y al horror posterior.

Pues de pronto mi compañero se paró, y sus aullidos juguetones fueron sustituidos por un gruñido amenazador. Y ahí estaba, el objeto y el motivo de la indignación de mi acompañante perruno.

Era un ser pequeño y aparentemente frágil. Estaba en una posición muy rara, alzado hacia arriba con sólo las dos patas traseras en el suelo, y levantado con el cuerpo recto y erguido. No obstante, estando levantado no era mucho más alto que yo o mi amigo peludo.

Sus dos patas delanteras le cubrían la boca y me fijé que le temblavan ridículamente. Sus ojos estaban fíjamente posados sobre mi compañero, pero cuando me acerqué andando normalmente a cuatro patas, su expresión aún se agravió mucho más. Sus ojos se llenaron de ese miedo que yo ya había conocido tiempo atrás y me miró con una expresión de terror mezclada con pena y con otros inescrutables instintos imposibles de descifrar.

En ese momento me asaltaron unas sensaciones imposibles de describir. Mirando a ese ser, vi tantas similitudes conmigo que me tambaleé confuso. Me di cuenta que era muy semejante a mí aunque llevara encima de su cuerpo unas pieles extrañas de diferentes colores. Entonces me fijé atentamente en su rostro desencajado por el miedo, en su pelo que le cubría la cabeza, igual que a mí; y en su postura, sobre todo en su postura a dos patas… y pensé en cómo yo también había podido levantarme a dos patas durante unos breves instantes.

Lentamente me preparé y me fui alzando, sin la intención de parecer agresivo, pero sus ojos aún se abrieron más y la criatura cayó al suelo, sentada en una posición un tanto rara. Me acerqué aún más a ella, avanzando torpemente a dos patas, con pasos vacilantes y toscos. Entonces no aguanté más el equilibrio y me abalancé de nuevo a mi postura original, cayendo de cuatro patas a escasos centímetros del rostro de la criatura.

Tan cerca de ella pude sentir el olor de su piel y me ruborizé. En ese momento se acercó gruñendo mi compañero y, de pronto, de la boca del ser salió un sonido cambiante y complejo. Al principio más fuerte y uniforme, pero se apagó lentamente en un chillido. Pero no era un chillido normal como los nuestros, me di cuenta que era algo mucho más complejo… entonces vi que de sus ojos salía un líquido transparente como aquél que bebíamos, y se deslizaba por su rostro hasta caer al suelo.

En ese momento me perdí en su rostro, en ese líquido y en ese sonrosado color de sus mejillas… mi dedo tocó su piel y sentí una descarga que jamás olvidaré… y tan sumido estaba en mi fascinación, que el estruendo ensordecedor que estalló a mi lado a duras penas me pudo sacar de mi ensoñación. Era parecido al de una tormenta, pero sólo fue una vez, y vi como el ser de rosadas mejillas gritó y el líquido de sus ojos aún emanaba con más intensidad.

Cuando me giré, el horror y el caos invadieron ávidamente mis visiones. Mi compañero se encontraba tumbado en el suelo, con su cuerpo sangrando entre espasmos y agonía. Me lancé a él, con un grito desesperado, buscando la fuente de su herida y cuando la encontré, la lamí y le chupé el mal que tenía ahí dentro.

Chupé y escupí, chupé y escupí…

Hasta que no pude más y me abrazé a él… y acaronando su rostro en el mío vi cómo su expresión de dolor moría y se extingía con él el último gruñido de sus fauces.

Grité y grité y grité…

Hasta que la misma conmoción llegó a mí, anunciada por el estruendo ensordecedor.

Cuando desperté me encontraba en un sitio muy diferente al cual había vivido siempre, llevaba pieles de extraños colores encima y la criatura de mejillas sonrosadas estaba ahí, con muchas otras criaturas parecidas a ellas, y parecidas a mí…

Con el tiempo me enseñaron muchas cosas y ahora creo saber qué soy… pero, ¿es eso seguro? ¿soy eso que dicen que soy? un… ¿un humano..?

No sé qué pensar, pues abajo, detrás de mi cintura, una prominente protuberancia peluda está empezando a asomar… y cuando la acaricio sólo recuerdo a mi compañero perruno, a mi amigo peludo que me cuidó y ahora que conozco el lenguaje, puedo decir que le amé y que jamás le olvidaré…

 

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