Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La cosecha 19 enero 2010


La cosecha


De: Jaume Moreso i Mallofré


La mujer estaba sentada en el columpio, con la mirada perdida hacia el lago, que ese día resplandecía con la fantasmagórica luminosidad que le enviaba una Luna menguante y perversamente garfiosa.
De pronto, un pícaro haz de luz se le escapó al astro frío. Burlón y dionisíaco, incidió maliciosamente sobre una lacerante y ponzoñosa hoja de metal empuñada por la mujer. Ella percibió el destello blanquecino, helado y mordaz. Segura de sí misma, sabiendo que su vida había llegado al final, cerró los ojos y dejó volar su mente en fútiles cavilaciones. Levantó el cuchillo a la altura de su rostro, y el impulso de su muñeca lanzó el puñal con malvada intención hacia su garganta. Y mientras la vil hoja empezaba a sesgar la piel de su cuello, algo brilló en el horizonte, y se produjo un destello tan fuerte que obligó a la suicida a abrir los ojos. Y en ese preciso instante, cuando la sangre empezaba a derramarse por su cuello, y los gestos espasmódicos de su rostro dibujaban un gorgoteo suplicioso, sus ojos llegaron a contemplar el horror cósmico de las estrellas, el indecible e inimaginable horror del universo que estaba cayendo en el mundo. En ese último momento, cuando la vida abandonaba su endeble cuerpo y sus ojos contemplaban el caos absoluto, sintió pánico. No pudo contener las lágrimas e incluso en la muerte, siguió llorando de horror, de un horror más insondable que el abisal pozo de Demócrito, y que en los últimos momentos la poseyó, para siempre.

Los rayos de luz siguieron cayendo sobre el lago, mofándose del cuerpo inerte de lo que antes había sido una hembra humana saludable y nutritiva. Y el mundo entero, sintió el impacto cósmico, la llegada del averno y de la estéril desesperación. Y en un fugaz instante que pareció eterno debido a la ausencia de oscuridad, el planeta entero hirvió de chispeantes chorros luminosos de una energía secreta y recelosamente guardada.

La cortedad se adueñó del corazón de los humanos, y al ver la mefistofélica miríada de luces que brillaba en el cielo, por todas partes, por todo el universo; se encogieron sobre si mismos, llorando y gritando patéticamente poseídos por el horror absoluto. Sus ojos se negaban a contemplar el caos astral que se derramaba y se vertía a través de la inmensidad, pero sus voluntades son débiles y se quiebran con facilidad. Y no tardaron en hundirse en la más desesperada perdición, cayendo en el Hades de la fatalidad esteral en medio de burbujeantes y orgásmicos chapoteos de un océano universal de energía cósmica.

La tierra se resquebrajaba, se agrietaba y se rompía incesantemente, liberando unos gases mohosos que revelaban fugazmente las mismísimas entrañas del planeta. Los mares crepitaban con furia, saltando encrespados y lamiendo vertiginosamente las ciudades humanas en medio de la más terrible hecatombe sideral. Y entonces, el fondo oceánico, poseído por la salvajería de Pan, emergió fantásticamente desatando el más terrible de los pandemoniums.

Ninguna pesadilla humana podría llegar a transmitir el indecible caos infinito que rebasa cualquier tipo de imaginación. La Humanidad no era nada, no significaba nada. Su existencia había sido irrisoria; y ante el poder absoluto y caótico del cosmos, todo se hundió en la más terrible miseria. La tierra se rompió, estallando en medio de los fuegos del purgatorio. Los océanos estallaron y, evaporándose instantáneamente, sacaron a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua.

Entonces fue cuando aparecieron…

Millones de grotescas máquinas voladoras emergieron de los negros y tenebrosos lodos oceánicos, y ascendiendo cuales demonios alados a través de remotas regiones de tinieblas, cazaron uno a uno a los endebles y patéticos humanos que corrían y se contorsionaban en un ridículo intento por huir. El mundo entero se anegó de la barbarie metálica de esas máquinas. Por dónde aparecían, la vida entera dejaba de existir. El planeta mismo estaba siendo asesinado, por unas crueles y malditas ansias de destrucción.

Lo arrasaron todo a su paso y ningún humano pudo escapar de sus diabólicas garras. Los pocos seres supervivientes que consiguieron esconderse, no tardaron en quemarse vivos en los mismísimos fuegos del infierno. Mamíferos, aves, anfibios, reptiles e incluso los insectos y las bacterias… Y entonces fue cuando la quimera de fuego lo consumió todo, y el espectáculo galáctico conjuró su mejor actuación:

>>La conmoción empezó repentinamente, emitiendo con una locura desenfrenada una vibración bulliciosa que emergió desde el centro del planeta. La Naturaleza luchó contra ello, desatando las mayores fuerzas volcánicas y los más devastadores tornados en medio de una universal tormenta de rayos. Pero nuestra gran madre Gaia no tardó en sucumbir y en ser aplacada por el horror que se vertió desde las estrellas, las cuales observaban con expectación y parpadeaban al compás de las explosiones.
Lo que antes había sido un planeta lleno de vida, se había convertido en una nube polvorienta y nauseabunda que se esparció por la oscura galaxia como la ceniza soplada por el viento. Con la misma facilidad con la que un humano aplasta con sus botas a una hormiga, esos seres destruyeron todo el planeta, arrastrando todo tipo de vida hacia la locura del horror.<<

Entonces, millones de naves manchadas con la pútrida muerte negruzca, regresaron como un maldito enjambre de muerte hasta el interior de sus naves nodrizas, las cuales se encontraban en detestable formación alrededor de lo que antes había sido la Tierra.

Había miles de ellas. Colosales, imponentes, repugnantes… como gigantescos gusanos interestelares que flotan en la monótona e ininterrumpida inmensidad negra. Dentro de ellos, algo latía con vida propia. Una forma de vida detestable y cruel, destructiva y portadora de todos los horrores. Los seres se encontraban en la sala de control, observando con ojos llameantes y viles su trofeo de caza. Las bestias reían -o al menos eso es lo que parecería, si no fuese por el movimiento incansable de sus lenguas escamosas, relamiéndose unos colmillos enormes y punzantes como ganzúas- y se movían con bruscos gestos alrededor de una máquina infernal preparada para saciar el apetito de unos seres más crueles que cualquier demonio del reino de Satanás.

De pronto, uno de ellos levantó su garra y pulsó algún tipo de control. El ruido que se reverberó entonces hasta la saciedad, tiñó de roja sangre las miradas ansiosas de los seres. Dentro de la cámara que ellos observaban se encontraban los millones de humanos cazados. Algunos ya habían muerto de horror, otros habían conseguido suicidarse, aunque la inmensa mayoría continuaba viva entre los líquidos execrables de su propio cuerpo. Sus miradas enloquecidas salieron de sus órbitas cuando vieron por vez primera esas titánicas palas dentadas que se les acercaban desde todos lados con maliciosa gula. Desde arriba bajaban con horripilante parsimonia unos taladros gigantes cuyas púas superaban ámpliamente el tamaño de un humano medio.

Y el horror llegó por fin cuando el primer grito fue arrancado de una de las gustosas gargantas de un humano macho. No tardó ni un segundo en llenarse la cámara de gritos enloquecedores y alaridos demenciales de dolor y de tormento. En inundarse toda la nave del ruido de los huesos al romperse, de los cráneos al ser triturados, de las columnas vertebrales al ser arrancadas de los cuerpos, o de las caderas al ser totalmente resquebrajadas y hechas puré. La sangré anegó toda la gigantesca sala, densificándose cada vez más, a medida que se mezclaba con la carne y los huesos triturados. Y de unos orificios gigantescos, por dónde podría pasar un camión, empezaron a salir con un movimiento vago y lánguido unos gusanos asquerosamente carnosos de un color rosado, que se enroscaban como fetos recién nacidos.

La comida estaría lista pronto.

Entonces el general Kilm-ab levantó la garra y profirió un jubiloso grito de victoria. La cosecha había sido un éxito, y ya tenían comida suficiente para proseguir su viaje.

Los motores se encendieron con vigorosa energía, los fuegos de plasma emergieron alrededor de las naves. Una nube crepuscular y preñada de millones de colores cual nebulosa jalbegante rodeó toda la expedición, y en un instante vertiginoso, todas las naves se lanzaron a la velocidad de la luz al curso de su camino, dejando tras de si, la vacía y estéril inmensidad de la muerte.

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2 Responses to “La cosecha”

  1. catigomez Says:

    El horror allende las estrellas… Lovecraftiano… Muy bueno, Jaume.


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