Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Regreso a Lisboa 29 noviembre 2010


 

Regreso a Lisboa

De: Enrique Arias Vega


Manuel no había vuelto a Lisboa en treinta años.

La moderna autovía de ahora no se parecía en nada a la vieja carretera de doble dirección, con baches y episódicas obras de arreglo en el firme, por la que transitó entonces. Obviamente, todo había cambiado de aquella ocasión a ésta: la gente, los automóviles, el paisaje… Acababa de dejar una España diferente a la de 1974 y entraba en un Portugal también muy distinto. Entre otras características diferenciadoras, entre ambos países ya no existía una frontera, con su aduana y la siniestra policía de Franco esperándote a tu regreso.

Se miró en el espejo retrovisor tras parar en la gasolinera. Sí, todo había cambiado: hasta él. Tenía menos pelo y más canas; un bigote enteramente blanco y unas arrugas profundas que le surcaban las mejillas como sendos navajazos.

—Eres casi un viejo —se dijo, bajando del coche.

Mientras estiraba las piernas, observó con detenimiento la gasolinera con surtidores automáticos de carburantes variados. ¿Sería la misma de entonces? Probablemente. Aquélla de hacía treinta años tenía una entrada polvorienta y sólo dos postes de combustible que eran accionados por un empleado cejijunto que al andar arrastraba la pierna izquierda. ¿Cómo es que se acordara con tanta precisión de aquellos detalles tan nimios?

Realmente, en todos los años transcurridos no había podido olvidar lo que ocurrió fugazmente en aquella gasolinera. Al volver de los servicios, pagó el importe por el llenado del depósito al empleado renqueante y entró en el Renault 4L que conducía. Hasta aquel momento no se percibió que ella estaba allí, sentada en el asiento del copiloto.

—¿Le importa llevarme hasta Lisboa?

Sorprendido, miró a la chica rubia que tenía las piernas recogidas bajo la barbilla y los pies enfundados en mocasines sobre la tela del asiento.

—¿Cómo dice?

—Que si va hacia Lisboa podría llevarme. ¿No le importa?

            Era una forma un tanto brusca de hacer auto-stop. Imperativa. Casi de hechos consumados. Aun así, se oyó a sí mismo contestar a la chica:

—Supongo que sí.

De esa manera comenzó la semana más increíble de su vida. Probablemente, la única semana en que haya estado vivo de verdad.

¿Qué hacía ahora allí, al volante de su deteriorado Volkswagen Passat tres décadas después? Probablemente rendía culto al recuerdo, a la nostalgia, a la melancolía de un pasado irrepetible e irrecuperable. En cualquier caso, estaba allí, queriendo atraparlo.

El puente del 25 de abril se llamaba entonces de Oliveira Salazar. Pero se trataba del mismo puente, esbelto y majestuoso, desperezándose sobre la desembocadura del Tajo. Antes de llegar a él, la muchacha ya le había explicado que tenía 18 años y que era estudiante de Bellas Artes.

—¿Y tú, cuántos años tienes?

—Veinticinco —le contestó él.

—¿Y qué haces?

—Trabajo como economista en una empresa multinacional.

En vez de mostrar admiración, la chica replicó, con una mueca de desdén:

—¡Bah! Un capitalista…

—¡Oye, oye! —se picó él— Que he venido a ver la Revolución de los Claveles.

—¡Turismo revolucionario…!—  se indignó ella. Y dejando de mirarle, se giró hacía la ventanilla del lado derecho del automóvil.

El comienzo no había podido ser peor. Manuel paró el coche y, encarándose con ella, le espetó:

—Si tanto te molesta ir conmigo, supongo que podrás seguir andando desde aquí tú sola.

Ella le miró de hito en hito y finalmente se echó a reír:

—¡Qué mono te pones cuando te enfadas! ¿Cómo te llamas?

Aquello le desarmó totalmente:

—Manuel. ¿Y tú?

—Rosa, Rosa Couto. ¿Sabes una cosa, Manoel? —le preguntó, pronunciando su nombre con una dulce y melosa entonación portuguesa—. Me gustas. Sí, me gustas, creo que nos vamos a entender muy bien.

Él se azoró y, arrancando de nuevo el coche, le dijo que le parecía una mujer extraña.

—¿Por qué lo dices?, ¿porque te he dicho que me gustas? —inquirió ella.

—No. Porque eres rubia. Nunca había visto antes a una portuguesa con el pelo rubio.

—Seguramente porque conocerás a pocas chicas portuguesas—  le replicó, riéndose con una alegría limpia, relajada, trasparente.

Dio varias vueltas con el Volkswagen por el centro de la ciudad y no encontró muchos recuerdos. Sí, ahí seguían la plaza del Rosío y la avenida da Liberdade, pero sin pintadas revolucionarias ni la presencia entonces estimulante de los uniformes verde olivo. No existía ya la pensión donde vivió una apasionada y frenética semana de amor y sexo. Un feo edificio de apartamentos ocupaba su lugar, mancillando la memoria de algo inolvidable. Recorrió el barrio del Chiado, casi irreconocible por el paso del tiempo y por el gran incendio que hacía bastantes años cambió la fisonomía de aquella zona comercial con nuevos y rotundos edificios más funcionales que los de entonces. Se paró para ordenar sus recuerdos y evitar su deterioro por una realidad que se empeñaba en arrumbarlos. Lo hizo parado en una gris y aburrida plaza do Comerço, tan distinta a aquella que congregó a decenas de miles de manifestantes mientras él y Rosa, exultantes de pasión y fervor revolucionario, aproximaban sus cuerpos jóvenes y emocionados.

—¿Tienes dónde hospedarte? —le había preguntado ella.

—Alquilé una habitación en una pensión, por medio de una agencia.

—Bueno. Pues yo me voy a casa de unos camaradas.

            Le explicó, con una pasmosa naturalidad que dejó asombrado a aquel joven que venía de la represiva España de Franco, que pertenecía a un grupúsculo de extrema izquierda y que ya había estado allí en los días siguientes al 25 de abril en que tuvo lugar la revolución de los capitanes.

—Volví a Coimbra, para organizarme con los camaradas de allí. Pero mi sitio está aquí, en Lisboa. Aquí se va a fraguar la Cuba de Europa, que dice el coronel Otelo Saraiva de Carvalho, el amigo del pueblo.

Todo ello era apasionadamente nuevo para Manuel.

—Acompáñame a la pensión y ayúdame a instalarme. Luego, si me lo permites, me gustaría ir contigo a conocer a tus camaradas.

Manuel no era ningún activista político. Sí, un antifranquista convencido que se había ilusionado, como tantos de sus compatriotas, con la caída del régimen de Oliveira Salazar en Portugal y había ido a ver el experimento revolucionario con sus propios ojos en espera de que en España sucediese otro tanto. El viaje entre la gasolinera y la capital le había permitido explicarle a Rosa todo eso.

Ella le acompañó a la pensión. Allí, sin saberse cómo, antes de que él abriera su equipaje hicieron el amor por primera vez. Para Manuel fue una experiencia gloriosa, magnífica, total. No supo lo que había significado para Rosa. Ésta solamente le dijo:

—Vamos a buscar mi mochila al coche. Prefiero quedarme aquí, contigo, y así evitaré que Joao pretenda acostarme conmigo.

Eso fue todo.

Aparte de vivir una enloquecida semana descubriendo sus cuerpos palmo a palmo, centímetro a centímetro, amándose sin pausa y sin freno, Rosa le enseñó otras cosas a Manuel: la ciudad vieja de Alfama, el barrio marinero, la zona industrial de Setúbal, al otro lado del estuario del Tajo… Y le introdujo en los vericuetos de la revolución: conoció al comandante Almada Contreiras — “está casado con una compatriota tuya”, le explicó la chica—, oyeron los discursos promisorios de los generales Vasco Gonçalves y Costa e Gomes, vieron los movimientos asamblearios de soldados, enseñantes, periodistas… Un día, incluso, su célula tuvo un encuentro con el almirante Rosa Coutinho: “No es pariente mío”, rió la chica, jugando con el parecido de sus nombres respectivos. El almirante, un marino ensoberbecido por el casual papel revolucionario que le había tocado representar sin pretenderlo, pontificó sobre un futuro socialista para Portugal sin saber que, a partir de entonces, inexorablemente no habría de cumplirse ni una sola de sus predicciones.

Sentado ahora en una cafetería cercana a la plaza del Marqués do Pombal, rememoraba todo aquello. ¿Por qué había vuelto, treinta años después, al escenario de su amor juvenil, del descubrimiento de aquella pasión amorosa absorbente y total? No estaba seguro de ello. Hace seis meses no se le hubiese ocurrido hacerlo. Pero entonces aún no le había abandonado Carmen, su mujer, cansada de su vida mezquina y sin horizonte, según ella, de su vulgaridad y de su espíritu acomodaticio, arguyó al dejarlo, como si no hubiese sido más sencillo decirle, simplemente:

—He decidido irme con Iván  —como así fue.

Allí estaba. Treinta años después. Treinta años más viejo. Treinta años más fracasado. Enfrascado en estos pensamientos no se había dado cuenta de la presencia en la mesa contigua de tres muchachas jóvenes hasta que una de éstas rió con una risa franca, trasparente, musical. Entonces la miró. Su estómago súbitamente se encogió y empezó a dolerle con espasmos irregulares y ardorosos.

De Rosa sólo le habían quedado dulces recuerdos y unas cuantas fotos de aquella semana fabulosa e increíble. La chica formaba ya parte física de él, para evidente desesperación del tal Joao, que había aceptado de pésimo grado la presencia de Manuel en el grupo.

—No es más que un burgués de mierda —había dicho en voz alta a sus otros compañeros, en un momento en que sabía que Rosa podía oírle.

Ante los gestos pretendidamente disuasorios de otra camarada, que intentaba avisarle de la cercanía de la pareja en la creencia de que Joao no se había dado cuenta, éste añadió:

—Y, para colmo, trabaja como lacayo de una multinacional.

A Rosa, todo esto no le importaba de ninguna manera. Parecía absolutamente enamorada del español, sin disminuir un ápice por eso su actitud y su militancia revolucionarias.

Al ver ahora a las chicas de la mesa del al lado, Manuel, nervioso, rebuscó las fotos que llevaba consigo. Algunas eran convencionalmente cursis, de la típica pareja enamorada, con los brazos entrelazados o mirándose a los ojos. En otras, Rosa y él habían buscado escenarios turísticos para poder captarlos. Finalmente, tenía en su poder un tercer grupo de fotografías que podrían calificarse de revolucionarias o, al menos, de más peligrosas desde una mentalidad represiva: en ellas la pareja posaba con soldados del MFA, ante pasquines anticapitalistas, en una manifestación con banderas rojas… Por culpa de estas fotos fue detenido en su regreso a España por una suspicaz policía fronteriza que registraba con celo en aquellos días el equipaje de todos los que regresaban de Portugal, particularmente si eran jóvenes.

Estuvo en comisaría tres días y tres noches hasta que lo soltaron sin darle más explicaciones. Pidió sus fotos y un guardia uniformado le dijo de mala manera que no incordiase más si no quería recibir una hostia. Un policía de la Brigada Político Social, sin embargo, se apiadó de él. Sacó las fotografías de un cajón y se las dio:

—Tu novia, ¿no?

—Sí —dijo un mustio Manuel, quebrado por los tres días de reclusión.

—Quédatelas. Pero escucha mi consejo: esa chica no te conviene.

Esa chica, la de las fotos, estaba ahora allí, en la mesa de al lado de aquella cafetería. Treinta años después. Pero igual que entonces. Manuel, con las viejas instantáneas en su mano, no pudo evitar dirigirse hacia la chica:

—Rosa… Rosa Couto –dijo, en voz más alta de lo que había esperado.

La chica se volvió, mirándolo con sorpresa.

—¿Qué quiere usted?

—Usted… Tú… ¿Tú eres Rosa, Rosa Couto? —preguntó, sabiendo que era imposible.

—No. Usted se confunde. Me llamo Rosa, Rosa Carvalho. Rosa Couto es mi madre.

Él no añadió nada. Mientras una lágrima de desprendió de su párpado derecho y se acomodaba en el surco de su mejilla, le pasó las fotos.

Aún no habían transcurrido treinta años desde entonces. Todavía faltaban unos meses. Rosa le despidió a las afueras de Lisboa. La noche anterior habían hecho el amor como posesos, con una intensidad y un ardor únicos, como si se tratase de la última noche. Efectivamente fue la última noche de su relación, aunque ellos lo ignoraban en aquellos momentos.

—Te escribiré —le había dicho ella.

—Yo también. Y te llamaré por teléfono.

—Iré a verte a España pronto. Para entonces ya habréis hecho la revolución también vosotros.

—Dios te oiga —dijo él, por hábito, como si la Providencia tuviera algo que ver en esos asuntos.

Nunca volvieron a saber uno del otro.

La chica le devolvió las fotos, sorprendida e intrigada:

—Sí, es mi madre. He visto alguna de esas fotos en mi casa.

Ahora eran los dos ojos de Manuel los que lagrimeaban. “Seré estúpido”, se dijo. “¡Su hija!, ¡claro que es su hija!”.

De creer en el cálculo matemático de probabilidades, sólo habría habido una entre un billón de que sucediese algo semejante. Pero había ocurrido. Manuel había regresado treinta años después a Lisboa en busca de una chica de la que estuvo enamorado cuando fue joven y a las pocas horas había dado con su hija. En un sitio tan improbable como cualquiera otro: en la terraza de una moderna cafetería donde tres chicas bien vestidas y bien cuidadas, con aspecto de pertenecer a buenas familias, charlaban de forma intrascendente.

—¿Qué ha sido de tu madre? —preguntó a la chica rubia con la misma mirada azul y directa de la Rosa que él conoció.

—Por favor, dejadme un rato a solas con este señor —pidió a sus amigas. Éstas, con un gesto de comprensión, accedieron y fueron hacia el interior de la cafetería a pagar la cuenta.

Ella cambió de mesa y se sentó en la del desconocido:

—¿Fue usted amigo de mi madre?

—Sí, fuimos muy amigos —dijo él, con un suspiro—. En una época se puede decir incluso que fuimos más que amigos.

La chica asintió.

—¿Y qué quiere ahora de mi madre?

—Saber qué ha sido de ella.

—No sé si ella querrá.

Aquella sinceridad impertinente y sin subterfugios era exactamente igual a la de Rosa. Pero, ¿realmente fue sincera cuando le dijo, al despedirse, “iré a verte en seguida a España”? Nunca fue a España, nunca le escribió, nunca le llamó por teléfono, pese a que tenía todos sus datos. ¿Los habría perdido? ¿Y qué si hubiese sido así? El también le escribió a las direcciones que ella le había dado y le llamó a sus números de teléfono sin ningún resultado. Hubo cartas devueltas, otras que simplemente no tuvieron respuesta, llamadas telefónicas que nadie contestó, alguna en que sólo obtuvo la desabrida frase de “no es aquí”. Dos veces, dos, una voz masculina que atendió al teléfono fue algo más explícita:

—Ahora no está. Le dejaré el recado de que ha llamado —dijo una vez.

—Hace tiempo que se mudó. Si llama o se pone en contacto conmigo le diré que tiene un mensaje de usted —–contestó en la segunda ocasión.

Eso fue todo.

Pasó el tiempo, se espaciaron los intentos por encontrarla, la vida siguió su curso, conoció a Carmen y, aunque nunca pudo olvidar a Rosa, dejó de perseguir su rastro evanescente.

Hasta ahora.

—No sé si ella querrá —había dicho la chica.

“Igual que entonces”, pensó Manuel. “Entonces tampoco quiso saber de mí nunca más”.

—¿Verá usted pronto a su madre? —preguntó el hombre con inseguridad a aquella chica que era igual a la que él conoció, un poco más mayor, quizás, que la Rosa a la que él había amado apasionada y dolorosamente.

—Claro. Hoy mismo.

—¿Podrá entregarle estas fotografías y preguntarle si querría verme aunque fuese sólo un momento? —y le dio el número de su teléfono móvil.

Manuel no supo qué hacer a partir de aquel momento. Su búsqueda que parecía imposible cuando decidió emprender el camino a Lisboa había concluido casi nada más empezar. Y lo peor es que aún ignoraba con qué resultado.

Estaba demasiado nervioso para ir al hotel. Era peor hacer un turismo convencional que le llevase a la Torre de Belem o que se prolongase hasta Cascaes o Sintra. Decidió, pues, refugiarse en el invernadero de la Estufa Fría, el gigantesco y exótico jardín botánico lisboeta, donde podría encontrarse a solas consigo mismo.

<p style="text-align: justify;"Allí se le acumularon atropelladamente los pensamientos. Le abrumaron los recuerdos. Él y Rosa, los dos solos, bajando por las tortuosas calles de Alfama, ahítos de vino verde barato, gritando “Salazar ya ha caído, Franco está en camino”, “España y Portugal, abajo el capital” y otros eslóganes que iban inventando por el camino. En otra ocasión, ellos y todo su grupo de jóvenes comunistas jaleando a unos soldados que habían acorralado a unos presuntos contrarrevolucionarios:

—¡La PIDE al paredón! —gritaban, aludiendo a la policía política del antiguo régimen.

—¡Hay que acabar con los bastardos capitalistas!

Sudaba, y no sólo por el calor de aquella sección de plantas tropicales del invernadero, cuando sonó el teléfono. Era Rosa, Rosa Carvalho, la hija:

—Dice mi madre que si puede pasar a verla —y le dio una dirección.

—¿Ahora?

—Sí, tiene que ser ahora porque más tarde debe asistir a una reunión muy importante.

No pudo dejar de sonreír. ¡Rosa y sus importantes reuniones políticas! Al parecer no había cambiado tanto.

Diez minutos antes de la hora fijada, Manuel ya estaba en la dirección recibida por teléfono. Para su sorpresa, no se trataba de una casa, sino de un imponente y moderno edificio de oficinas en el renovado barrio del Chiado.

Una elegante secretaria, con una falda ajustada y unos zapatos con increíbles tacones de aguja, le introdujo en un antedespacho alfombrado, con luces indirectas, un hilo musical que desprendía una suave y adormecedora melodía y muebles que seguramente serían muy caros, aunque Manuel no entendía de aquellas cosas.

Tras veinticinco minutos de espera se abrió la puerta opuesta a aquella por la que había entrado y apareció una mujer de mediana edad, esbelta, y con un traje sastre de impecable corte:

—Hola, Manoel —le dijo, con la melosa y dulce entonación de entonces, y se sentó en la butaca contigua a la suya.

No le besó, ni le dio la mano. Simplemente se sentó. Manuel, que había empezado a levantarse, se quedó a mitad del ademán, en un ridículo gesto que no se sabía si iba o venía, si tenía malestar de vientre o si pretendía alcanzar alguna cosa. Con la indefinible aunque desagradable sensación de ser un estúpido, volvió a sentarse.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo ella, que seguía llevando la iniciativa de aquel encuentro.

—Sí —balbució él, sin saber a ciencia cierta a qué atenerse.

—Fue una semana magnífica la que pasamos juntos —continuó Rosa—. La he recordado muchas veces. Pero vosotros tenéis un escritor que creo que dice que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

—¿Es por eso por lo que no quisiste volver a verme ni contestaste mis llamadas? —Manuel se iba reponiendo poco a poco del estupor padecido.

—Sí —esta vez fue ella quien respondió escuetamente.

—¿Y qué ha sido de tu vida, si es que puede saberse? —preguntó él, sin evitar ya el tono sarcástico que sin querer le iba saliendo.

—Me casé.

—Si, ya veo. He conocido a Rosa. ¿Tienes más hijos?

—No. ¿Y tú?

—No. Carmen y yo no hemos tenido hijos —omitió decirle que ella le había dejado, aunque su inconsciente reacción inicial fue la de habérselo contado.

—Ya.

Hubo un incómodo silencio, propio de aquellas visitas de cumplido que no saben qué decirse, hasta que lo acabó rompiendo ella, a todas luces más desenvuelta que él:

—¿Sigues trabajando para las multinacionales, como antes?

—Pues no. Aquella semana y los acontecimientos revolucionarios que viví cambiaron mi vida. Dejé de trabajar en la empresa y me puse a dar clases en un colegio a chavales de secundaria.

—¿Clases?

 —Sí, de matemáticas.

Hubo otro silencio espeso y pegajoso, pero esta vez fue él quien le puso fin:

—A ti, en cambio, no te ha ido mal.

—No te creas. Enviudé cuando Rosita era aún muy pequeña.

—Me refiero desde el punto de vista económico. Ya sabes: tu ropa y la de la niña, esta oficina… ¿Trabajas aquí?

—Sí, es la sede principal de mis empresas, el holding desde el que controlo todas mis compañías.

—¿Tus compañías…?

—Claro. Soy la propietaria de una veintena de empresas: inmobiliarias, seguros, import-export,… esas cosas. Nosotros hemos hecho la reconstrucción de gran parte del Chiado, donde se encuentra este edificio.

Aquella mujer se asemejaba a la Rosa que Manuel había amado treinta años antes. Pero, a medida que hablaba y subrayaba con ademanes sus afirmaciones, se parecía menos a aquella joven arrebatadamente hermosa y pasional que le había insuflado el espíritu revolucionario. Empezaba a parecerle hasta fea, con un tic que antes no tenía y que le arqueaba la ceja derecha.

Sumido en estas reflexiones momentáneas, apenas si se dio cuenta de que ella le estaba entregando las fotos:

—Son  muy bonitas —le decía—. Conservo algunas de ellas, en las que se ve a dos adolescentes, bueno, a dos jóvenes, que se amaban. Me parecen muy tiernas. Otras, más comprometidas, las destruí en su día.

Manuel no tenía ganas de hablar. Por eso, hasta sintió cierto alivio cuando la estirada secretaria de antes penetró en la sala, interrumpiendo aquella inútil conversación:

—Doña Rosa —le dijo—, le recuerdo que le están esperando los periodistas en la sala de juntas.

—¡Ah! Muchas gracias, María Dulce —le respondió.

Se levantó, dando por finalizada la reunión.

—Lo siento. Me hubiese gustado estar más tiempo contigo, recordando los viejos tiempos. Pero, como ves, me esperan. Soy la presidenta de la Asociación de Mujeres Conservadoras de Portugal —dijo, con una sonrisa, como anticipándose a la previsible sorpresa de Manuel— y debo presentar un comunicado de protesta por el libertinaje artístico de una exposición fotográfica patrocinada por la alcaldía. Estos políticos progresistas de ahora confunden el arte con la pornografía y esto no se puede consentir.

Y María Dulce, la eficiente secretaria de ademanes masculinos, ahora se daba cuenta de ello, acompañó a Manuel hasta la puerta de salida.


(Este cuento quedó finalista del Premio Vargas Llosa NH de Relatos (2004) y del Premio Internacional de Cuentos Max Aub (2004). Pertenece al libro de relatos Nada es lo que parece (ENRIQUE ARIAS VEGA.- Ediciones Beta III Milenio.- Bilbao.- 2008.- 211 páginas).

Fuente – http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/regreso-a-lisboa-1282179.html

 

One Response to “Regreso a Lisboa”

  1. Fernando Carmelo Says:

    Bueno, bueno de veras. Con metáfora actual, oculta y muchas veces real.


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