Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El viaje 29 diciembre 2009

El viaje

De: Enrique Arias Vega


A Mercedes, el reforzamiento de las medidas de seguridad en los aeropuertos le parecía muy bien. No era ninguna persona quisquillosa, de ésas que creen que se vulneran sus derechos en cuanto un funcionario le pide el carné de identidad o cuando alguien solicita su acreditación para penetrar en un lugar de acceso restringido.

—¿Quién ha hecho su equipaje? —le preguntaba una empleada de la compañía aérea en la terminal de Barajas.

—Yo misma —contestó.

—¿Y ha dejado de tener el equipaje bajo su control en algún momento desde que lo hizo hasta ahora?

—No.

Su hijo contemplaba fascinado este interrogatorio previo a obtener la carta de embarque para el vuelo a Nueva York.

Nada más pasar el control, Mercedes explicó al pequeño que todo aquello era por su bien:

—Hay que evitar que un terrorista o cualquier otro asesino se cuele en el avión y cometa una fechoría.

—Podría hacer estallar nuestro avión, por ejemplo —comentó el niño, demostrando un gran sentido común a sus ocho años.

Mercedes suspiró con satisfacción. Estaba contenta de la educación que había dado hasta ahora a Ricardito pese a que un niño sin padre tiene unas lógicas carencias que ella no podía satisfacer del todo. Aunque era mejor eso que convivir con un sinvergüenza que lo mejor que hizo por ella fue abandonarla a los dos años de matrimonio. Por lo menos, desde entonces nadie había vuelto a ponerle la mano encima.

Ricardo hijo, ajeno a los pensamientos de su madre, miraba la gente que, como ellos, aguardaba a embarcar en el vuelo transoceánico.

—No te muevas de mi lado, querido —le dijo Mercedes—, que en seguida nos llamarán por un altavoz.

Junto a ellos, una pareja mayor rebuscaba algo en su equipaje de mano:

—Los tenía por aquí, seguro —le decía ella, compungida, a su enfadado marido.

—¡Es que nunca sabes dónde dejas las cosas!

—Los debo haber metido en este bolso…

—¡Mira que no encontrar los billetes! –se impacientaba el hombre.

—La culpa la tiene tanta medida de seguridad y tanta monserga. Le ponen a una tan nerviosa que luego no sabe dónde tiene la cabeza.

Mercedes sonreía, comprensiva, aunque a ella cualquier prevención policial nunca le parecía excesiva y consideraba que la disculpa de la anciana respondía a una actitud pueril. Apenas habían pasado dos años desde el atentado terrorista contra las Torres Gemelas con su espeluznante resultado. Por eso, incluso consideraba insuficientes y frágiles las medidas de seguridad que se solían tomar en un viaje a aéreo a Nueva York.

La llamada por megafonía para embarcar interrumpió sus reflexiones:

—¿Es ése nuestro vuelo, mamá?

—Sí, hijo —y levantándose del asiento dio su mano al niño.

Les esperaba por delante un largo trayecto aéreo. Por eso, Mercedes había decido no ir directamente a Orlando, para cumplir así su promesa de llevar a Ricardito a Disney World. Pasarían primero un par de días en Nueva York, donde ella se divertiría más que en el parque de atracciones de Florida.

Una amable azafata les mostró sus asientos de clase turista. Les correspondían los dos contiguos a la ventanilla. Entre ellos y el pasillo central quedaba un tercer asiento para otro pasajero. Ella, conociendo de sobra a su hijo, decidió dejarle la plaza del medio, más próxima al pasillo y, en consecuencia, más cercana también a los lavabos adonde querría ir en seguida Ricardito.

Al poco de estar instalados en su lugar, llegó el pasajero del asiento inmediato a los suyos. Su hijo acababa de darle un codazo para que ella se apercibiese de su aparición. Se acercó a su oído y susurró:

—Mamá, mira qué hombre más malo nos ha tocado al lado.

Mercedes, que se había inclinado para oír mejor a su hijo, miró por encima de su cabeza y vio a un viajero que le sonreía en un forzado intento de amabilidad. Su aspecto, empero, era torvo. Se trataba a todas luces de un árabe que no se había afeitado en varios días. Una nube eclipsaba en parte el iris de su ojo izquierdo. El hombre no dijo nada. Sólo sonreía. Pero su sonrisa, en vez de cordial, resultaba más amenazadora que una escopeta de cañones recortados.

A la mujer le entraron una desazón y una angustia impensadas segundos antes al ver a aquel individuo sentado en la plaza contigua a su hijo. Su compañero de pasaje había sido el último en subir, con lo que la azafata había anunciado ya la obligación de abrocharse los cinturones, plegar las minúsculas mesitas individuales y demás ritual acostumbrado al inicio de un viaje aéreo. Mercedes y el niño habían quedado presos, al menos temporalmente, entre el fuselaje del avión y el tipo aquél malencarado. La mujer se persignó como hacía siempre antes de cualquier viaje. Aquella vez con más motivo.

Mientras despegaba el avión, Mercedes miró desesperadamente a su alrededor. ¿No habría la posibilidad de evitar a ese tipo?, ¿de cambiar de lugar? Cada vez que su vecino la miraba a ella o al niño —¿por qué lo hacía?—, aumentaba su inquietud.

En cuanto se estabilizó el aparato y se permitió que los pasajeros pudiesen desplazarse de un sitio a otro, el árabe, seguro que era un árabe, se repitió a sí misma la mujer, se dirigió dos filas más allá a cuchichear con un paisano suyo. El parecido entre ambos hombres era aún más sobrecogedor. Allí debía haber gato encerrado.

Mercedes cambió de lugar a Ricardito, dejándole al lado de la ventanilla, interponiéndose, por así decirlo, entre él y la oscura amenaza que presagiaba aquel hombre. Luego pulsó el timbre de llamada de la azafata. Cuando ésta llegó, aprovechó la ausencia de su vecino de fila para hablar de él a la muchacha:

—¿Ha visto aquel hombre?

—Sí, pero no entiendo.

—Tiene una pinta horrible.

—Ya, pero…

—Y no me gusta nada cómo mira a mi hijo.

—¿Qué quiere que haga?

—¿Por qué no le sienta al lado de su amigo y pone a otra persona en su lugar? ¡Ah! Y no le quiten el ojo de encima. Yo que el comandante de este aparato no me fiaría de esos dos.

La desconcertada azafata se dirigió hacia la cabina del piloto, mirando con aprensión a los dos tipos de los que le había hecho recelar aquella pasajera.

Al cabo de nada, la auxiliar de vuelo hizo el camino de vuelta y fue directa a donde estaban los dos árabes. No habló con ellos, sino con el caballero que ocupaba el otro asiento y que, ajeno a todo, leía una revista de finanzas.

El cambio de puesto se hizo en un santiamén. El pasajero de la revista pareció un poco sorprendido al principio, pero hizo gestos de asentimiento cuando la azafata le mostró con el dedo a Mercedes, quien, pendiente de todo lo que ocurría, le sonrió dulcemente de inmediato. También la miraron agradecidos los dos árabes, quienes pensaron que ella se había tomado todas aquellas molestias para que pudiesen viajar juntos.

Al final, pues, todos tan contentos. El caballero de mediana edad que ahora les tocó al lado se mostró un poco azorado al llegar junto a ellos y les pidió disculpas en inglés. Aquello le encantó a Mercedes, formada en un colegio bilingüe y que aprovechaba cualquier oportunidad para mejorar su conocimiento del idioma.

—Perdone que le pidiera que se cambiase de sitio, pero es que aquellos dos individuos no me gustan un pelo.

—La verdad es que no me he fijado en ellos —dijo el hombre, mientras se calaba unas gafas de gruesa montura con las que miró a los aludidos.

—Hoy día hay que tener mucho cuidado con la gente, con la de cosas que están pasando.

El hombre se giró hacia ella:

—Yo no me preocuparía demasiado. Cada vez hay más controles en los aeropuertos y las medidas de seguridad son más completas. No creo que haya que obsesionarse.

Ricardito miraba muy serio a aquel señor cuyas palabras no entendía. Éste, al darse cuenta, le dirigió una sonrisa a la que el niño correspondió confianzudamente. Volviéndose hacia la madre del pequeño, continuó exponiéndole su punto de vista.

—Si no se lo toma a mal, le diré que no hay que guiarse por los prejuicios. Yo lo único que observo en aquellos caballeros es que, efectivamente, parecen árabes. Y eso no es ningún delito, que yo sepa.

A Mercedes, el oír calificar de “gentlemen” a aquellos dos individuos le hizo mucha gracia. Más relajada ya por la presencia de aquel señor tan comedidamente educado y comprensivo, se aprestó a pasar el mejor viaje posible.

Seis horas de vuelo dan para muchas confidencias. Incluso para establecer una relación casi familiar. Así se enteró de que Jonathan R. Smith, que así se llamaba el recién llegado, era un viajante de Illinois que volvía a Estados Unidos tras unas largas vacaciones por Europa:

—A veces hay que desconectar —le dijo a la mujer sentada ahora a su lado.

Ella le contó prácticamente su vida: la equivocación de su matrimonio, las sevicias que practicaba con ella el padre de Ricardito, cómo estaba afortunadamente en una situación económica desahogada y que hasta ahora no había pensado en volver a casarse.

Su vecino no era tan locuaz. Le dijo que le gustaba más Europa que los Estados Unidos pero que allí, claro, no tenía las mismas posibilidades profesionales que en América.

—Y eso que lo he probado. Sin demasiada insistencia, debo decirlo, pero sí que lo he intentado.

No, no estaba casado. Nunca lo había estado, le contestó a una pregunta de la que se disculpó en seguida Mercedes:

—Quizás soy demasiado indiscreta —se azoró.

—Qué va —le dijo el hombre—. Con los años que tengo es lógico que lo pregunte. Pero —añadió, con un deje de tristeza— nunca he encontrado a la mujer capaz de hacerme dejar la soltería.

Mercedes se había olvidado ya por completo de los dos tipos malencarados que la habían asustado. De hecho, ambos parecían dormir como dos benditos uno al lado del otro. Así, desmadejados y con los ojos cerrados, parecían menos siniestros y casi, casi, nada peligrosos.

Entre el almuerzo, la proyección de una película, los consabidos viajes de Ricardito al lavabo, la oferta de un café por los auxiliares de vuelo, otra merienda al cabo de un rato… el tiempo iba pasando. Antes de que el viaje llegase a su fin fue ella quien tomó la iniciativa:

—Quizás podríamos vernos mientras estemos en Nueva York.

La voz le sonó un poco trémula, con un amago de falsete a consecuencia del nerviosismo que le había producido su propia osadía.

—Me temo que no va a ser posible —dijo el caballero—, porque yo enlazo nada más llegar con un vuelo a Minneapolis. Tal parece que llevamos direcciones opuestas.

Al ver un esbozo de decepción en el rostro de ella, intentó arreglarlo:

—Tenga, no obstante, mi número de teléfono—, dijo apuntándolo en un trozo de papel—. No llevo a mano ninguna tarjeta de visita.

De inmediato, al hombre se le iluminó el rostro con una nueva idea:

—¿Por qué no me da usted su dirección en Orlando? Podría ir a verles en un par de días, en que habré acabado ya lo más urgente que tengo que hacer en Minneapolis y en Saint Paul, ya sabe, las dos ciudades gemelas —dijo, como si ella tuviese que estar familiarizada con la geografía de Estados Unidos.

En seguida añadió una justificación con la que suavizar un interés que podría parecer demasiado manifiesto e incorrecto por la mujer:

—Además de visitarles, si usted necesita ir de compras por la ciudad, en ese caso yo podría acompañar al niño a ver alguna atracción de Disney World.

Era un hombre encantador, pensó Mercedes. Lo más opuesto que había visto nunca a Ricardo padre, “el difunto”, como gustaba decir para sus adentros aunque aquel mal nacido desgraciadamente no hubiese muerto todavía.

Con la promesa implícita de verse en unos pocos días en Orlando, se despidieron. Al llegar a la terminal, ella se vio haciendo cola con el niño agotado por el viaje y apoyado en su cadera. Estaban en una larguísima fila de ciudadanos extranjeros que debían cumplimentar sus formularios ante los parsimoniosos funcionarios de inmigración. El señor Smith, en cambio, con muy pocos connacionales más pasó de inmediato con su pasaporte norteamericano, camino de la terminal de la compañía aérea que le iba a llevar a Minnesotta.

No volvió a verle más.

Realmente, la frase no es del todo exacta.

No le volvió a ver a él. Pero sí a su rostro.

Nada más girarse después que el hombre se hubiese alejado por una puerta del fondo se encontró de nuevo, frente a frente, con su cara. En la foto clavada en la pared junto a otras había algunas diferencias con el Jonathan R. Smith a cuyo lado había viajado más de seis mil kilómetros, con el que se había sincerado y al que había comenzado a tomar un inopinado cariño. Se trataba de un pasquín que decía simplemente, como en las viejas películas del Oeste, “wanted”. Se buscaba a aquel individuo —James R. Stevenson, se llamaba en realidad— como peligroso pedófilo, culpable al menos de una veintena de horribles crímenes sexuales con niños de tres a diez años.

Mercedes se quedó vacía, yerta, en estado casi cataléptico. Apunto de desmayarse, oyó a su lado la voz de Ricardito con su cantinela acostumbrada:

—Mamá, quiero ir al water.

Justo entonces, antes de poder salir de su parálisis estupidizante, los dos árabes que habían coincidido con ella en el vuelo la reconocieron desde el recodo de la fila inmediata, en la que se hallaban esperando su turno, y la saludaron con simpatía:

—Señora, ha sido muy amable al permitirnos hacer el viaje juntos, ya que hacía años que mi colega, el doctor Ahmad Said, catedrático de la Universidad de Columbia, y yo no nos veíamos —le dijo uno de ellos, que tenía una mancha lechosa cubriéndole parte del ojo izquierdo, lo que le confería un patético y siniestro semblante patibulario.



Este cuento, que se desarrolla en el trayecto aéreo de Madrid a Nueva York, fue finalista en el Certamen de Relatos Breves “Revista digital I.E.S. Ventura Morón” (2007) y pertenece al libro Nada es lo que parece (ENRIQUE ARIAS VEGA.- Ediciones Beta III Milenio.- Bilbao.- 2008.- 211 páginas.- 15 euros).



Fuente: Artículos Gratuitos Online de Articuloz.com – http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/el-viaje-1558672.html

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