Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El último magnate 19 mayo 2010


El último magnate

De: Enrique Arias Vega



Visto de lejos, Don Antonio María Álvarez Hinojosa parecía un vegetal. En silla de ruedas, su cuerpo enjuto prácticamente cubierto por entero con una manta escocesa de entretiempo, la cabeza ladeada y un hilillo de baba escurriéndose con intermitencia por la comisura derecha de sus labios, no ofrecía un aspecto humano. Al menos, el de un humano con las constantes vitales en funcionamiento.

De cerca, en cambio, se observaba que aquel cuerpo estragado por los años lo habitaba un anciano malignamente vivo. Sus ojos vivarachos e inquietos lo delataban. Mostraban a un ser que todavía vivía, que estaba empeñado en seguir haciéndolo y que pretendía que los demás padeciesen por ello. Abrió la boca y su aliento y sus palabras los lanzó al enfermero que a metro y medio de él lo miraba con suspicacia.

—Usted se llama Manolo, ¿no? —le preguntó el viejo.

—En efecto —le dijo el asistente sanitario a su paciente. Se acuclilló a su lado, acomodando mejor la manta que se había deslizado un poco sobre las piernas de Don Antonio.

—¿Le gusta su trabajo? —siguió preguntándole éste, con una perfecta y modulada dicción que parecía imposible que saliese de aquel cuerpo deteriorado y de aquella boca colgante y escorada hacia la derecha.

—Pues sí —contestó el otro, con una leve vacilación que denotaba lo improbable de su aserto.

—Aún es pronto para que haga alegremente afirmaciones que no son ciertas —le dijo el viejo, con una lucidez increíble, dado su aspecto y condición.

—Pero no me quejo —insistió Manolo.

Su paciente, mejor dicho, su patrono, lo miró de hito en hito:

—Lleva sólo dos días cuidándome, ¿no?

El asistente no supo muy bien si se trataba de una pregunta o de una afirmación. Lo cierto es que el viejo le cargaba un poco y, lo que es peor, le inquietaba. ¿Estaría tan enfermo como decía? ¿No se habrían confundido los médicos?

Como si estuviese leyendo sus pensamientos directamente, sin que nada ni nadie pudiese velarlos, el viejo le explicó:

—Me quedan muy pocas semanas de vida. Pero usted no se preocupe —añadió, al ver que el otro iba a hacer un gesto disuasorio—, que no será por culpa suya; simplemente me ha llegado la hora.

—No se crea. A veces los médicos se equivocan —dijo el enfermero mecánicamente, sin convicción.

—Es un hecho incontrovertible, hijo mío. Por eso me dan mañana ese homenaje nacional dichoso, con la venida del ministro y de todos esos gilipollas que quieren condecorarme y soltar discursos electorales a mi costa. Lo peor —suspiró— es que no tengo fuerzas para oponerme.

El enfermero empezó a mover la silla de ruedas, buscando un lugar más soleado en la galería de la enorme casona.

—Déjelo, déjelo, que estoy bien aquí —dijo el prohombre—. Lo que sí le voy a pedir es que coja un bloc y cualquiera de los bolígrafos que hay en aquella mesa.

Mientras el joven, sorprendido, obedecía las insólitas instrucciones que le daba el antiguo editor —¿para qué querría aquel carcamal un bloc y un bolígrafo, si apenas podía sostenerlos en sus manos? —, éste continuó:

—Usted sabe, como todo el mundo, que jamás concedo entrevistas, que soy lo que se dice un tipo huraño y misántropo, que no me gusta la gente y que no voy por ahí explicándole mi vida a nadie…

Manolo lo sabía perfectamente. Como acababa de decir el viejo, sus rarezas y su misantropía de solitario impenitente eran conocidas de todo el mundo. Lo que nadie había conseguido todavía era una entrevista en la que el multimillonario contase los aspectos menos públicos de su vida.

Nuevamente el anciano pareció sajar la mente del otro como con un estilete:

—Pues ahora voy a hacerle a usted unas declaraciones exclusivas, mire por dónde.

A Manolo, que se había sentado al lado de su paciente, se le cayó el bloc de sus rodillas de la impresión recibida. El viejo se rió:

—Je, je, je. No le creería si me dijese que no le interesa saber nada de mi vida. Sería la única persona de este país a la que le pasase eso.

—No. En absoluto. No. Claro que me interesa su vida. Por supuesto —contestó con aturdimiento el enfermero.

—Pues vamos a allá. Escriba, escriba. Lo primero que debo decirle es que yo he sido un sinvergüenza, un perfecto amoral.

Don Antonio María Álvarez Hinojosa, que al día siguiente iba a recibir la medalla de oro al Mérito en el Trabajo, la encomienda de Isabel la Católica y otras condecoraciones y prebendas varias, en una competición contrarreloj de diversas autoridades por evitar que se muriese antes de recibirlas, no había sido un pervertido sexual ni nada parecido. Su amoralidad, según él, se había referido a los asuntos de negocios, “de dinero”, como prefería calificarlos.

Había comenzado su carrera como representante de artistas noveles a los que invariablemente estafaba. La bisoñez de sus representados y sus ganas de triunfar en el mundo del espectáculo facilitaban las cosas. Su tendencia natural a que no hubiera por medio ningún papel firmado completaba la sencillez del fraude. El momento más delicado lo pasó con una cantante que empezaba a despuntar y que incluso había sido preseleccionada para actuar en el Festival de Benidorm, aunque había caído en las eliminatorias previas.

—¡Ah, no! —dijo Carmina, que así se llamaba la aspirante a estrella de los escenarios— Yo no actúo si no cobro ahora mismo.

El empresario del teatro que había contratado a la artista estaba atónito. Faltaban cinco minutos para la actuación y allí estaban los tres: la cantante, su representante y él en el camerino que Antoñito —es decir, el futuro Don Antonio María Álvarez Hinojosa— conocía muy bien, pues no en vano era la sexta vez que llevaba a algunos de sus representados a actuar en aquella sala.

Antoñito sacó del bolsillo derecho de su chaqueta el dinero que acababa de cobrar por la actuación que iba a tener lugar a continuación:

—¡Aquí lo tienes! —y se lo mostró a Carmina con un gesto melodramático— ¿Dónde lo vas a guardar? ¿En las tetas?

La chica se quedó desconcertada ante la actitud impredecible de su representante. Éste aprovechó la vacilación de la artista para dirigirse al empresario:

—¿No tienes un lugar donde esté seguro el dinero durante la actuación de mi estrella? ¿No habrá por aquí una caja de seguridad donde guardarlo unos minutos? —preguntó, sabiendo perfectamente que existía dicha caja.

—Pues sí —dijo, sudoroso, el empresario, que quería que aquello acabase ya y que la chica saliese al escenario donde empezaban a producirse murmullos de impaciencia entre el auditorio—. Tras aquel cuadro hay una caja fuerte.

—No se hable más —zanjó el tema Antoñito—. Dame la llave de la caja.

El otro cumplió la orden como un autómata. El futuro editor metió el dinero en el cofre empotrado en la pared, lo cerró con llave y le dio ésta a la chica.

—¿Estás contenta ahora? Ahí tienes tu dinero bien seguro mientras dure tu actuación. Y aquí tienes la llave de la caja fuerte, que eso sí que puedes meter entre las tetas sin que te las deforme.

Carmina, visiblemente emocionada, le dio un beso antes de salir pitando hacia el escenario. Cuando abandonaba el camerino, se volvió hacia Antoñito y aún tuvo tiempo de decirle:

—Eres un sol, cariño. No era necesario que guardases el dinero, pero, en fin, gracias.

Salió palpándose el vestido por encima de los senos, como para garantizar que la llave siguiese allí, a resguardo de las malévolas intenciones de su representante, al que conocía demasiado bien.

Eso creía ella, claro. Si le hubiese conocido algo mejor habría sabido que en un momento determinado le había dado el cambiazo de la llave de la caja por otra que ya llevaba encima en previsión de esa contingencia, porque él sí que conocía de verdad a la chica, a ésa y a todas las que eran como ella, que iban corriendo camino de ninguna parte. Él, en cambio, cogió el dinero y fue corriendo a ponerlo a buen recaudo. Su camino hacia la riqueza sí que estaba asegurado.

—¿Qué le parece? —le preguntó Don Antonio María Álvarez Hinojosa a su enfermero, que escribía como un poseso mientras sudaba unos goterones grandes y espesos como grumos de leche cuajada. Levantando la vista del bloc, dijo con sincera admiración:

—¡Esto es la hostia!

—Pues siga escribiendo, que no hemos hecho más que comenzar.

Lo de las artistas duró lo que duró. Y Antoñito salió bastante bien librado del asunto. Sólo le partieron la cara un par de novios de artistas despechadas y estafadas. Perdió un diente, pero ni un solo duro de los que deshonestamente había afanado.

Su siguiente paso en la escalada hacia una posición social relevante fue el de hacerse empresario. Pero no del mundo del espectáculo, donde su crédito había menguado un tanto, ya que la gente es muy maledicente y cuenta historias de las que no tiene más que pruebas circunstanciales pero que mellan injustamente la honra del personal.

Lo que hizo fue obtener una licencia de radio. Mejor dicho: se convirtió en  socio industrial de un chacinero que él sí que consiguió la licencia merced a sus influencias políticas como “camisa vieja” del pasado régimen franquista.

—Nos vamos a forrar —le dijo a su socio.

Fue cierto a medias. El que se forró fue él. A su socio no le fue tan mal como a las aspirantes a estrella que había desplumado en otra época. Lo que entraba en caja por publicidad salía en pagos de producción que iban, generalmente, al bolsillo de Antoñito. Por ejemplo, en sus viajes a Francia para cubrir en directo la vuelta ciclista.

En realidad, Antoñito nunca viajó a Francia para seguir el día a día del Tour. Encerrado en casa, se pertrechó de un televisor y de un buen aparato de radio que captaba varias emisoras francesas. Con toda esa panoplia informativa dio el pego durante veintitantas jornadas consecutivas. Es más, un número cada vez mayor de oyentes de la emisora juraba que era la mejor retransmisión del Tour de France que jamás habían oído. El locutor-productor-estafador daba tanta viveza a sus intervenciones, conseguía tal capacidad de comunicación y hacía unos cortes tan perfectos sobre el sonido de fondo de las emisoras francesas que nadie habría podido creer que todo aquello se hacía desde un ático de la calle Ibiza.

Visto el éxito, observó que las retransmisiones quedaban mejor no yendo a ningún sitio que haciéndolas realmente en directo desde el lugar de los hechos.

—¿Sabe usted lo de Edgar Rice Burroughs, el autor de las novelas de Tarzán de los Monos? —preguntó Don Antonio, interrumpiendo el relato del que puntualmente tomaba nota su enfermero.

—Pues no —dijo éste.

—Todas las novelas de Tarzán están situadas en África, donde jamás puso los pies su autor.

—La verdad es que no lo sabía.

—Lo mejor no es eso —añadió el viejo—. Cuando Burroughs se hizo famoso y sus novelas se habían traducido ya a muchísimos idiomas, un periodista quiso saber si no le apetecía ir a África y ver cómo era de verdad y en qué se parecía o no a los escenarios de sus novelas…

El viejo calló un momento, esperando ver el efecto de sus palabras. Su interlocutor acabó preguntándole, con curiosidad:

—¿Y qué contestó?

—Que no. Su argumento fue muy simple: “No quiero ir porque si el paisaje de África no se parece al que he descrito quedaré hecho polvo”.

Antes de que su escribiente lograse reponerse de la sorpresa, el editor continuó su relato:

—He de darme prisa; no sea que me muera aquí mismo dejándole mi historia a medias —y rió, con un siniestro sentido del humor.

Así que a partir de aquel momento el socio industrial de la emisora, o sea, Antonio —lo de Antoñito había quedado arrumbado al tiempo que la última de las tonadilleras a las que representó de aquella manera tan singular—, no fue jamás a ningún sitio, quedándose mondas y lirondas las dietas de desplazamiento, el coste de los hoteles, el precio del transporte y cualquier otra gabela que se le ocurría añadir.

Lo mejor del caso es que el éxito le acompañaba siempre. La serie radiofónica más escuchada en el país durante aquellos años fue una que hizo en Estados Unidos y que se titulaba “Norteamérica, de costa a costa”. Duró dos años y medio y a lo largo de ella se perdió en los manglares del delta del Mississippi, subió a pie por la escarpada ladera del cañón del Colorado, fue atracado en el Harlem neoyorkino, participó en un rodeo en Nuevo Méjico, entrevistó a los participantes de las 500 millas de Indianápolis, etcétera, etcétera, etcétera. Y, lo mejor de todo, sin salir de su escondrijo de la calle Ibiza, aunque él vivía ya en una confortable casa con jardín en la urbanización de La Moraleja.

Cuando estaba en España, es decir, cuando emergía de su refugio o guarida madrileña, se dedicaba a otro tipo de estafas: las editoriales.

El procedimiento era tan sencillo como el de la radio, lo que reforzaba su creencia en la complementariedad de los medios de comunicación y de que el que sirve para uno sirve también para los demás.

—Cuando hablo de estafa editorial no me refiero a la colección de revistas gráficas titulada “Un reportero en América”. Al fin y al cabo no era más que la versión impresa de mis aventuras radiofónicas. En eso, al menos, había una base —dijo el viejo, casi convencido de haber actuado honestamente al menos una vez en su vida.

—¿A qué se refiere, entonces, cuando habla de “estafa editorial”?

—A lo de las revistas en quiebra.

El procedimiento, ya había empezado a explicarlo, era muy sencillo. Partía de su fama alcanzada como avezado e intrépido periodista, como radiofonista de éxito y como autor de la serie editorial de “Un reportero en América” que le había hecho ganar sus primeros millones.

Basándose en todos esos hechos que lo acreditaban como un perfecto profesional de los medios de comunicación, se dirigía a las revistas que perdían dinero y se ofrecía a quedárselas con todo su pasivo:

—¿Hará frente a todas nuestras deudas? —solía preguntarle el incrédulo editor de turno.

—Por supuesto —contestaba aquel caballero del mundo de la información.

Luego, cuando la revista de marras era ya de su propiedad, se dirigía a sus acreedores:

—Ustedes saben quién soy —les decía.

Prácticamente todos lo sabían.

—En mis manos, esta revista será una mina de oro. Sólo necesito su colaboración. Así que les propongo que conviertan sus créditos en acciones de la sociedad o, mejor aún, que hagamos una moratoria a medio plazo que me permita la reflotación de la publicación. Si no lo hacen, perderán ustedes todo lo que se les debe. Si, en cambio, aceptan mi propuesta todos saldremos ganando una fortuna.

Casi todos solían picar, perdón, aceptar. Pero sólo uno ganaba la fortuna prometida: él. Aprovechándose de la moratoria, de no tener que pagar durante una temporada el papel, la impresión, la distribución, lo que fuera, la revista no le costaba un duro y sin embargo él cobraba a toca teja la venta de ejemplares y la inserción de publicidad. Luego, cuando la situación se hacía insostenible, se dirigía a los acreedores, a quienes decía de forma compungida:

—¡Lástima! No ha sido posible, pese a todos mis esfuerzos. Lo siento.

Y les dejaba colgados con el doble de impagados que cuando se había hecho cargo de la revista. Mientras tanto, él se llevaba todo el dinero que había sido capaz de arramblar.

El toque maestro de la operación, la guinda del pastel, por así decirlo, lo constituía su relación con los mejores escritores del momento.

Antes de que siguiese con su narración, Manolo, el enfermero, interrumpió al viejo para preguntarle algo que no le había quedado claro:

—¿Por qué dejó el mundo de la radio, con la de dinero que estaba sacando de él?

—Hijo mío, has de saber que hasta la mejor mina agota sus filones. Un buen minero ha de saber cuándo se ha acabado una veta e irse entonces con sus aperos de buscador de oro a otra parte. Es lo que me pasó a mí.

Traducido a un lenguaje más prosaico, eso quería decir que al cabo de los años su socio descubrió el pastel. Fue de la manera más tonta. Resulta que el continuado e ininterrumpido éxito en sus trapacerías le hizo a Antonio ser más descuidado. Se atrevió a retransmitir en directo las primeras sesiones parlamentarias de las Cortes democráticas después de Franco. Su modus operandi era el habitual: robaba el sonido directo de otra emisora y cuando el locutor de la radio rival iba a intervenir bajaba el volumen y hablaba él. Con más gracia y más intencionalidad que el otro, por supuesto.

La primera sospecha surgió porque Antonio no estaba acreditado en las Cortes. La segunda, más sólida, sobrevino porque nadie le había visto no ya en el hemiciclo, sino tampoco en los pasillos ni en el bar, sitios más frecuentados por los periodistas que sus estrictos lugares de trabajo.

Lo sorprendente es que el socio de Antonio hubiera tardado tanto tiempo en averiguar su superchería. Al enterarse, a punto estuvo de matar al estafador. Éste lo disuadió a duras penas:

—No sé de qué te quejas. Gracias a mi imaginación y a mi capacidad de fabulación te has hecho rico. No tanto como yo, de acuerdo. ¿Pero qué querías? ¿Una radio convencional de musiquitas y consultorios tontorrones para los oyentes? Yo te he hecho hacer LA RADIO, así, con mayúsculas, una de las más oídas del país y de las más respetadas.

Aquello del respeto sulfuró aún más al socio capitalista de Antonio, acentuó su sentido de la vergüenza y del ridículo. Pero fue precisamente ese sentimiento de humillación y de descrédito lo que salvó al estafador:

—No querrás que todo el mundo se entere de lo que ha pasado en tu empresa… —arguyó.

Aquello salvó a Antonio, en efecto, pero acabó para siempre con la emisora.

—¿Dónde estábamos? —preguntó el viejo, que había perdido el hilo con aquella digresión.

—En sus relaciones con los escritores –le contestó el enfermero, repasando sus apuntes.

—¡Ah, sí!

Una de las maneras de hundir definitivamente a las revistas que necesitaba quitar de en medio el editor que iba a ser condecorado muchos años después con la medalla al Mérito en el Trabajo, la encomienda de Isabel la Católica y otras distinciones consistía en fichar a precio de oro a grandes escritores.

Ellos estaban encantados de firmar unos contratos como los que no habían visto en su vida. Sus firmas, sus artículos, ayudaban a vender la revista en que colaboraban y a hacer ganar más dinero a Antonio. Pero, por otra parte, cuando quebraba la publicación respectiva los escritores se quedaban sin cobrar.

—Tengo la solución para tu problema —les decía el editor a cada uno de ellos cuando acudían a él hechos un basilisco.

Los autores, entrampados por la expectativa pretérita de unos ingresos que nunca habían llegado a tener, le escuchaban, deseosos de agarrarse a un clavo ardiendo.

—Tengo el argumento para una novela que, si la escribes en un par de meses, hago que gane un nuevo premio de literatura que voy a crear.

Bueno. Hubo de establecer una prelación entre los autores de su cuadra, por usar una terminología hípica, ya que todos no podían ganar simultáneamente el premio. En cualquier caso, ni un escritor dejó de aceptar la propuesta, ya que la única alternativa posible era la de quedarse compuesto y sin ingresos.

Con esos mimbres, su premio se convirtió en el más prestigioso del país y comenzó a vender novelas como rosquillas.

—Era una simple cuestión de cálculo —explicaba don Antonio a su atento cronista enfundado en su bata blanca—: con los mejores escritores tenía garantizada la notoriedad del galardón y podía pagarlo muy bien; a su vez, el reclamo de ese premio era la mejor publicidad y la más barata posible para mi nueva colección literaria. Así, hasta hoy.

—¿Y dice que los argumentos de las novelas ganadores siempre han sido de usted?

—Claro, hijo mío. ¿Qué quieres, que un hombre con mi imaginación desbordante premie argumentos de tres al cuarto de autores pusilánimes y acomodaticios, con menos neuronas que un mosquito? ¡No, hombre, no! Ellos han puesto la escritura, la pluma, que es lo suyo. La imaginación, las ideas, los argumentos… han sido míos. Si no, no habrían valido un comino.

La lánguida tarde había bostezado hacía ya largo rato y estaba a punto de acostarse entre las sombras de la noche. Manolo miró a su jefe con una admiración no disimulada, como esperando alguna otra revelación, alguna consigna, lo que fuera. Pero el viejo había callado, adoptando la misma actitud adormecida y vegetativa del comienzo.

Con cuidado, como si temiese hacerle salir bruscamente de su ensimismamiento, el enfermero se atrevió a hacerle una pregunta:

—¿Por qué, si nunca ha dicho a nadie nada de todo esto, me lo cuenta ahora a mí?

Don Antonio María Álvarez Hinojosa permanecía callado, como si hubiese muerto de súbito. Sólo un ligero estremecimiento de su mano derecha indicaba que el multimillonario aún seguía en este mundo.

De pronto, abrió los ojos como los faros de una locomotora, sonrió abiertamente y preguntó a su vez al joven:

—¿Todavía no sabes por qué lo he hecho?

—Pues no.

—Porque eres tan sinvergüenza y tan amoral como yo.

—No… no entiendo.

—Claro que lo entiendes. Tú no eres ningún enfermero, sino un periodista aprovechado que ha buscado cómo estar cerca de mí para ver qué podía sonsacarme. Pues ya ves. A mí nunca me ha engañado nadie. Ni tú. ¿Qué te creías? Pero te lo he explicado todo. Sólo un sinvergüenza puede comprender perfectamente a otro. Por eso es por lo que te he contado toda mi vida.

Se hizo el silencio al mismo tiempo que la noche. Entonces, el viejo le dijo al joven, como si estuviese entregándole el testigo en una turbia carrera de relevos:

—Y ahora, por favor, llévame a la cama, que necesito descansar.



Fuente – http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/el-ultimo-magnate-1477087.html


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