Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Despertarse sin saber dónde 29 noviembre 2010


Despertarse sin saber dónde

De: Enrique Arias Vega


Ignoro exactamente qué hago aquí. Por qué estoy en este tren que no sé adónde me ha de llevar.

Ha sido un impulso, quizás infantil. Como una evocación imperiosa de mi infancia perdida. Un presentimiento probablemente inútil de que algo podría suceder que me permitiese recuperar lo que nunca tuve. Por eso veo desfilar por la ventanilla, velocísimos, a los postes del tendido eléctrico. Me hacen guiños como de esperanza. Sé que es una ilusión óptica, pero me aferro a ella con determinación, con convicción, incluso, de que todavía puede ocurrir cualquier cosa que cambie mi vida.

Hace sólo dos días no podía ni imaginar nada de esto. Lo inició aquella mujer que me esperaba en el rellano de la escalera y que me abordó cuando yo iba a entrar en mi apartamento:

—¿Ana? —me preguntó, con un punto de vacilación— ¿Ana Miranda?

Asentí, con cierta prevención. ¿Conocía de algo a aquella mujer? ¿Pretendería venderme alguna cosa?

—Quiero hablarle de su padre —dijo, de golpe.

Repentinamente, se me encogió el estómago.

La dejé entrar conmigo en casa. Allí, realmente no me habló de mi padre, sino de su marido:

—Mi esposo se está muriendo —hizo una pausa—. Cáncer.

Era una mujer tranquila, aún guapa a pesar de sus ¿sesenta años? Parecía resignada ante lo inevitable, ante cualquier cosa que le tuviese reservada la vida:

—Juan, mi esposo, no hace más que hablarme últimamente del padre de usted. Dice que él es el culpable de su desaparición y que quiere contarle a usted todo.

Prosiguió, como el mensajero que tiene bien aprendido su papel y que no quiere que se le olvide lo más importante en medio de la exposición:

—Encuentra a su hija, me dijo, para que yo hable con ella y pueda morir en paz. No lo conseguiré si no cuento a la hija de Manolo Miranda todo lo que yo sé, lo que pasó aquella noche.

—¿Qué noche? ¿La que desapareció? ¿Qué pasó? —inquirí, con la respiración alterada y empleando una vehemencia que no preveía cuando la mujer comenzó su relato.

—Eso debe explicárselo Juan.

Fui con ella a un pabellón deprimente del Hospital Gómez Ulla. Los hay mejores, pero aquél, por el ambiente claustrofóbico, por la anticipada presencia letárgica de la muerte, me sobrecogió.

El marido de la mujer abrió los ojos al oírnos entrar y formuló una pregunta a su esposa con la mirada:

—Sí, es ella —dijo la mujer.

Sin esperar siquiera a que tomásemos asiento, comenzó a hablar. Con dificultad, pero con pasión. Sin detenerse, pese al jadeo creciente que acompañaba a su explicación:

—Nunca me perdonaré lo que pasó aquel día. Toño Muñoz, que en paz descanse, y yo fuimos los culpables. Quisimos gastarle una broma a tu padre y jamás previmos lo que podía pasar.

Tosió un poco. Esperé a que continuase.

—Él siempre nos decía que le gustaría tomar un tren del que ignorase su destino, dormirse nada más subir a él y despertarse horas después en un sitio lejano, ignoto, que no supiese cuál era. Nos lo contaba siempre. Estaba pesadísimo con esa historia o lo que fuese. Un día y otro día.

Ignoraba eso de mi padre. En realidad nunca supe nada de mi padre salvo que desapareció misteriosamente. De súbito.

La mujer del moribundo izó un poco su espalda y ahuecó la almohada, a fin de que estuviese más cómodo. Juan —no sabía su apellido— continuó la rememoración de lo ocurrido hacía treinta años:

—Una noche en que salimos de copas los tres, Toño y yo decidimos gastarle una broma a tu padre, a ver si así se le quitaban las ganas de contarnos siempre la misma batallita. Tú debías tener un año entonces —tenía dos, en realidad— y estabas con tu madre en casa.

Parece mentira, pero recordaba perfectamente aquella época: la ausencia de mi padre al día siguiente y la angustia de los días posteriores. Seguramente no me acordaba directamente de todo ello; es imposible con la edad que tenía cuando ocurrieron aquellos hechos. Debían tratarse de recuerdos recreados, de reconstrucción de las emociones vividas a raíz de las explicaciones de mi madre; pero lo cierto es que lo recordaba todo perfectamente. Juan continuaba hablando:

—Lo emborrachamos. Y no veas de qué manera. Cuando ya estaba inconsciente lo metimos en un expreso con destino a Sevilla. ¿No quería despertarse en un tren sin saber dónde estaba? Pues eso —hizo un rictus de amargura—. Por fin iba a conseguirlo.

Mi padre nunca volvió. Desapareció completamente. Sin dejar rastro. Mi madre, con una angustia infinita, acudió a la policía. No podía aportar ningún dato que sirviese a los investigadores para averiguar el paradero de mi padre. Todo fue inútil. Pasaron los años y no volvimos a saber nada de él. Las autoridades cerraron el caso.

—¿Por qué no nos dijisteis nada a nosotros?, ¿o a la policía? —le espeté, con indisimulado rencor.

—No nos enteramos de su desaparición hasta varios días después. Entonces nos entró miedo. Luego, Toño me convenció de que si tu padre había desaparecido es porque así lo había querido, que habría aprovechado la oportunidad para largarse de casa, para abandonar deliberadamente a su mujer y a su hija.

Me miró con tristeza. Con remordimiento. Sendas lágrimas humedecieron sus pupilas.

—No tengo perdón, lo sé. Pero he querido contártelo antes de morirme para hacerlo en paz conmigo mismo, para descargar mi conciencia. Sé que ahora es inútil lo que yo pueda decir, lo que yo pueda hacer, pero le debía esta explicación a la hija de Manolo y, gracias a mi mujer —le apretó la mano, con laxitud, sin fuerza—, Dios me ha permitido hacerlo.

No podía perdonar a aquel hombre que hace unos minutos ni siquiera conocía. No podía decirle “gracias por su confesión, qué peso me quita usted de encima, me alegro de saber por fin lo que pasó hace treinta años”. No, no podía hacerlo.

Lo odiaba.     

Sólo se me ocurrió decir:

—O sea, que el tren iba con destino a Sevilla…

Y me fui sin despedirme del moribundo. Sin darle mi bendición, mi perdón, mi compasión o lo que fuera que él pretendiese exactamente de mí.

Eso había sucedido hace dos días. Ayer, siguiendo un impulso imprevisible, pedí permiso en la oficina y saqué un billete en el AVE para el trayecto Madrid-Sevilla. Pensé que era lo que hubiese deseado mi madre, de estar aún viva. Tantos años de angustia, tanta tristeza acumulada que la había llevado a la tumba, lo merecían.

Aquí estoy. En este tren que tampoco sé yo adónde me ha de llevar. Viendo pasar meteóricamente a mi lado los postes de la catenaria. Hace treinta años mi padre no pudo verlos. Era de noche y él estaba sin sentido, intoxicado por el alcohol. ¿Qué habría pensado cuando se hubo despertado? ¿Por qué no quiso volver? ¿Sería verdad que, en el fondo de su inconsciente, deseaba perdernos de vista a mí y a mi madre? ¿Le habría dado tanta vergüenza lo ocurrido como para no atreverse a regresar a casa?

Son absurdos estos pensamientos. También el que esté yo aquí. ¿Qué espero encontrar en este viaje sin sentido? Han pasado treinta años. Entonces no existía el AVE y los trenes a vapor tardaban muchísimo más en este recorrido. Había infinidad de paradas y papá —¿hace cuántos años que no pronuncio esta palabra, “papá”?—  podría haberse bajado en cualquiera de ellas. Podría, incluso, haber muerto.

No son pensamientos particularmente estimulantes. Pero no tengo otros. Tampoco me queda esperanza. Sólo la obstinada determinación de tomar este tren. La mía ha sido una decisión impulsiva, irreflexiva, más propia de la desesperación que de la lógica.

He leído un periódico y he tomado un café. He mirado por la ventanilla y, sobre todo, he pensado en lo ocurrido en estos últimos días y en qué pudo suceder en la noche en que desapareció mi padre. Queda poco tiempo hasta la primera parada: Ciudad Real. ¿Paró en Ciudad Real aquel fatídico tren que me arrebató a mi padre hace treinta años? Papá. Recuerdo la última vez que le llame así: “papá”. Para no llorar me levanto del asiento y paseo un poco. Así aireo la congoja, me digo a mí misma mientras esbozo un remedo de sonrisa.

El tren aminora la marcha. Ciudad Real. Ya estamos en Ciudad Real. No conozco esta localidad. Jamás he estado en ella. Cuando estudiaba en el colegio, jugaba con otra amiga a citar ciudades que no existían, que seguro que eran un invento de los profesores para hacernos estudiar más, o de los geógrafos, o de las autoridades turísticas del país. Se trataba de localidades inverosímiles, cuya irrealidad venía certificada porque no conocíamos a nadie que las hubiese visitado. En aquella relación de urbes improbables y fantasiosas figuraban Huesca, Soria y, por encima de todas las demás, Ciudad Real. ¿A alguien se le habría ocurrido bautizar con ese nombre a una ciudad verdaderamente real, existente, material, corpórea? Seguramente no.

Pues aquí estoy.

Me he bajado del tren con la misma  absurda determinación con la que subí a él. Con una obstinación ilógica. Sin saber por qué ni para qué. Afortunadamente, no cargo con equipaje: sólo un bolso y un neceser. Puedo hacer lo que quiera: quedarme en la ciudad o volver al convoy antes de que parta de nuevo; pasear por la estación o visitar la ciudad. Me invade una extraña sensación de libertad, de irrealidad, incluso. Como un sueño. El sueño de mi padre: despertarse en un tren sin saber dónde estás ni por qué has llegado hasta aquí.

No se me había ocurrido nunca, claro, pero debo ser igualita que mi padre: soñadora, inconsciente, insatisfecha… ¿Estaría insatisfecho mi padre con la vida que llevaba, con su trabajo y su familia? Yo sí lo estoy. Sola a los 32 años, con un matrimonio roto y un trabajo de subinspectora de Hacienda tras haberme quemado las pestañas haciendo oposiciones. ¡Menudo chollo de tía!

El tren reemprende su marcha. Ya no hay vuelta atrás. Paseo por la estación como podría haber hecho otra cosa. No hay nada especial que ver, la verdad sea dicha. Miro a uno y otro lado y me decido a entrar en la cantina. Ahora las llaman cafeterías, pero para mí son unas cantinas como las de antes, con el mismo café con leche malo que, eso sí, ahora cobran en euros en vez de en pesetas.

—Un café —le digo al hombre que atiende la barra.

—¿Cómo lo quiere?

—Da igual —contesto, con una desmayada vaguedad que llama la atención del hombre.

—¿Le pongo un poco de leche? —pero la suya no es una pregunta, sino una afirmación que formula mientras ya está preparando el cortado.

El barman es serio y circunspecto. Fornido, me digo, mientras observo sus espaldas. Al volverse, él me mira de hito en hito mientras su rostro empieza a fabricar una amable sonrisa que queda a medio hacer. Interrumpida. Cortada como por un cuchillo. Continúa mirándome intensamente, pero ahora con el ceño fruncido, como si le trajese algún recuerdo que no acaba de atrapar.

Su compañera de barra, una mujer que estaba atendiendo a otro cliente, se ha dado cuenta de la situación y observa inquieta al hombre. Lo mira y me mira a mí. Alternativamente. Su mirada va de uno a otro.

El hombre sigue concentrado en mi contemplación, con la taza de café en la mano. Su expresión empieza a ser dolorosa, por el esfuerzo casi físico de su concentración mental.

Me siento incómoda. Para cortar lo embarazoso de la situación, le pregunto:

—¿Cuánto le debo?

Pero no me contesta. Continúa mirándome con un descaro que en otras circunstancias hubiese sido ofensivo. En esta ocasión, no; sólo resulta patético. La mujer del otro extremo de la barra se acerca a nosotros justo en el instante en que el barman abre la boca:

—¿Marisa?

No ha sido exactamente una pregunta. Ha sonado a medio camino entre la manifestación y la súplica, entre el reconocimiento y la duda, entre la esperanza y el escepticismo.

Yo no me llamo Marisa, claro. Mi nombre es Ana. Marisa se llamaba mi madre. De repente sé qué hago aquí. De repente miro a ese hombre desconocido y me emociono. De repente…

Alguien me abanica con una cartulina en la que figura escrito “menú del día”. Estoy en una silla de la cafetería, donde me atiende la mujer de la barra. El barman, sentado a mi lado, continúa mirándome, pero ahora llora.

—¿Qué… qué ha pasado? —balbuzco, mientras intento incorporarme.

—Nada, hijita, que se ha desmayado —dice la mujer—. Pero ya pasó. Esté tranquila. Relájese.

 Me relajo. Pero recuerdo. “Marisa”, ¿”Marisa”?

—¿Me confundió con mi madre? —pregunto al hombre.

—Sí… Supongo… No sé… No recuerdo bien.

Pero recuerda. Empieza a hablar a raudales, como el agua embalsada por un dique cuando se abren las compuertas:

—Hace años, no sé, muchos años, conocí a una Marisa. Vivía con ella —dice, volviéndose hacia la mujer que sigue a su lado y al mío—. Era mi esposa. Ahora lo sé. Fue hace muchos años. Tenía una mujer y una hija. No había vuelto a acordarme de ellas. Pero la vi a usted y recordé. Sí, tenía una familia entonces, antes de lo del tren. Porque no recordaba nada de antes de lo del tren.

Vuelve a llorar. No sé si por lo que había olvidado, por haberlo recordado o por qué. Hay una mezcla de autocompasión y de rabia en su recuerdo, algo difícil de definir.

La mujer deja de mirar a su compañero y fija su mirada en mí:

—¿Y usted quién es?

—Me llamo Ana, Ana Miranda, y estoy en busca de mi padre, que desapareció hace treinta años —digo, con una frialdad y una tranquilidad que a mí misma me dejan pasmada.

—¿Y por qué cree que puede encontrarlo aquí…?

—Porque debo ser yo —la interrumpe el hombre, ya calmado.

 —¿Tú?

—¿Recuerdas cuando me encontraron malherido al borde de la vía? Claro, no puedes recordarlo porque tú no estabas allí. Pero lo sabes perfectamente, porque lo hemos hablado muchas veces. Y sabes también que no me acordaba de nada de lo ocurrido antes de que me atendiesen en el hospital y saliese del coma al cabo de dos semanas.

Se calla el hombre, ensimismado en los recuerdos súbitamente recuperados.

—¿Cómo se llama? —le pregunto con suavidad.

—Ricardo. Ricardo Ciudad. Pero antes me llamaba Manuel, Manuel Miranda.

Mi padre.

Rompo a llorar a mi vez. Sin desespero. Mansamente. Pero de forma continua, silenciosa, sin descanso.

Nadie habla, mientras los minutos tratan de reparar el estropicio moral causado por tantas revelaciones. El hombre, mi padre, reanuda su monólogo:

—Ahora me acuerdo que me caí del tren. Estaba tan borracho que no me di cuenta de lo que hacía y me caí del tren. Casi me mato. Estaba indocumentado y, entre el coma etílico y las graves lesiones causadas por la caída, nunca volví a acordarme de nada. Amnesia, ya sabe.

—Soy su hija —le digo, escuetamente—. Tu hija —rectifico, con un poco más de dulzura.

—Supongo. Eres igual que tu madre —contesta, tuteándome por primera vez.

—Pues ya me diréis qué hacemos —tercia la mujer, durante un rato muda a nuestro lado.

—No lo sé —dice mi padre—. No sabía que tenía una vida anterior que se me iba a presentar así, de improviso, haciéndome acordar de todo.

 —No es una vida anterior —insinúo—, es tu vida. Y yo soy tu hija.

—¿Y tu madre? ¿Qué es de tu madre?

—Murió.

Me parece vislumbrar una sensación de alivio en mi padre. ¿De verdad es eso? ¿Experimentaba algún resquemor profundo respecto a mi madre antes de su desaparición?

—Lo siento —dice, antes de que pueda seguir con mis especulaciones—. Pero eso simplifica las cosas.

—¿Cómo que las simplifica? ¿Es que no la querías?

—Claro que sí. La quería mucho, muchísimo. Pero hace más de treinta años que ya no era mi esposa. Ésta es mi esposa —dice, señalando a la mujer que, pálida, sigue a nuestro lado sin perder ni una sílaba de la conversación.

Coge su mano y la acaricia con afecto:

—Paula, realmente, fue quien me volvió a la vida. No sé qué hubiese hecho sin ella. Ella es mi mujer. Y ellos —dice, rebuscando una cartera en el bolsillo de su camisa y mostrándome las fotos que contiene— son mi familia.

La foto pequeña es de Paula. En la otra hay seis personas: Paula, mi padre, y cuatro muchachos jóvenes, tres chicos y una chica.

—Mis hermanos… —digo, levantando la vista de las fotos.

—No. Nuestros hijos. Los hijos de Paula y míos. Nuestra familia, la familia Ciudad Álvarez. Manuel Miranda ya no existe. Supongo que estará legalmente muerto. Murió hace treinta años.

—Pero…

 —Me he emocionado mucho al verte… ¿Ana? Ana, sí. Digo que me ha emocionado nuestro reencuentro, el recuperar de pronto mi pasado, el recordar por un instante que tuve otra vida. Pero he sabido también en seguida que esa vida murió con quien era yo hace treinta años. Ahora tengo una vida distinta, nueva, que no quiero perder por nada del mundo. Lo siento…

También yo lo siento. Por un momento había querido experimentar amor y gratitud por este desconocido. Gratitud, sí, porque no nos abandonó a mi madre y a mí, porque sólo se trató de un accidente. Pero este extraño que apenas se parece a mi padre, al padre que yo recuerdo, tiene otro mundo, otras obligaciones que atender.

—Me alegro de que estés vivo y de que no nos abandonaras entonces —le digo.

—Yo también me alegro de haberte conocido, Ana. Ven a vernos cuando quieras a Paula, a los chicos y a mí. La familia Ciudad Álvarez te recibirá con todo el afecto, pero nunca hablará de ese tal Manuel Miranda.

Perfilo una media sonrisa que obliga a mi padre a preguntarme:

 —¿Qué piensas?

—Que es muy sorprendente eso de subir a un tren ignorando su destino y despertarse luego sin saber dónde estás. Nos ha pasado tanto a ti como a mí.

Me levanto, doy un beso a aquel hombre. Se lo doy también a su mujer. Y lentamente me voy sin despedirme de ellos.


Este cuento pertenece al libro antológico Nada es lo que parece (ENRIQUE ARIAS VEGA.- Ediciones Beta III Milenio.- Bilbao.- 2008).


Fuente – http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/despertarse-sin-saber-donde-3191547.html

 

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