Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El año de “la jambre” 27 agosto 2009

El año de “la jambre”


De: Diego Castro Sánchez




Era el día de la Virgen del Carmen y la ciudad lucía sus mejores galas.

Javierín Buitrago había dejado la pensión por la mañana, justo cuando las cornetas y tambores de la banda militar se dejaron caer bajo la ventana de su habitación. La señora Mariana, una cuarentona entradita en carnes, viuda de guerra para más señas, le había echado un guiño antes de despedirlo.

-Hasta luego buen mozo, ¿a dónde iras con tan buena planta? –Javierín sonrió con amabilidad; la señora bien podría ser su madre.

Llevaba las tripas pegadas desde el día anterior, así que echó mano de su cuadernillo de notas y carboncillo suficiente como para echar el día. La gente iba y venía con aire sonriente, como si los sones de fiesta alejaran por un momento la hambruna y la penuria que a diario asolaban las calles.

La Plaza Mayor estaba abarrotada de mujeres, que se peleaban en las esquinas para ver quien se quedaba con el mejor sitio; puestos de flores, de barquillos o de almendras garrapiñadas. El mercado de abastos era un hervidero. Los mayetos de las pedanías cercanas exponían sus productos en plena calle, en una exultante sinfonía de colores y olores.

A Javierín se le caía la baba con los tomates reventones, a punto de explotar de maduros que estaban; poco a poco se fue internando en el intrincado laberinto de calles del centro. Llegó a las puertas de “El Cafetín”; el Sinforio estaba en la puerta, con su cara colorada y su expresión siempre alegre; el olor a churros recién hechos le pegó un pellizco en la boca del estómago.

De camino a la Plaza de Las Galeras se cruzó con el “Sebas”; el viejo “limpia” estaba dale que te pego al lustre, liado a fondo con las botas de un señor mayor de aspecto estirado.

-Este al menos saca para llenar el buche. –Cavilaba Javierín, mientras continuaba caminando en dirección a los muelles.

-Buenos días “Sebas”. –Saludó al pasar.

-Con Dios chavalote. –Contestó el limpiabotas sin levantar la vista de los botines.

-Tú a lo tuyo “Sebas”. –Le recriminó el señor mayor, en medio de una vaharada de humo azul, procedente del enorme cigarro habano que estaba fumando.

-A mandá. –

Las campanas de la Prioral tañían por alegrías, justo cuando la banda del Tercio de Infantería de Marina se abrió paso desde las explanadas del puerto pesquero; los aburridos soldados llevaban formados desde por la mañana, con un café aguado y un par de churros en el estómago.

-¡Ya vienen, ya vienen! –Las cornetas se unieron a los sones de los tambores, como uno solo –un, dos, marchen, un dos, marchen –con el soniquete monocorde de las marchas militares.

-Y yo sin comer desde ayer. –Pensó Javierín, al pasar junto a las cajas de pescado que se amontonaban en el cantil del muelle; los ojos desmesuradamente abiertos de las brótolas de Conil, le hicieron agudizar el ingenio. En los tinglados del muelle, apoyados sobre unos tendejones, un grupo de guardiamarinas conversaba con indiferencia. El buen porte de los militares le hizo albergar esperanzas.

-Si me camelo a estos, hoy lleno la panza. –Aún le quedaba, que no era poca cosa, la opción de aferrarse a las hambrientas caderas de la señora Mariana; cuando el hambre aprieta y uno no tiene un mal chusco que echarse al gañote, más vale gallina vieja que retortijón de tripas.

-Buenos días, señores guardiamarinas. ¿Hacen unas caricaturas? A sus novias les van a encantar; también puedo dedicarles alguna rima; no son gran cosa, pero dan el pego.

-Mira tú el pintamonas ¡pues no nos quiere inmortalizar! –El comentario del más avispado fue seguido de una sonora carcajada. De repente, la imagen de la señora Mariana, deslizándose libidinosa entre las sábanas de su catre, se hizo realidad en la imaginación del pobre Javierín.

Siguió su camino, preso ya de la desesperanza.

El Barquillero

-¡Camarones, mojama! ¡Prueben el jamón del mar! –Anunciaban a voz en grito los vendedores ambulantes, adueñándose de las esquinas más concurridas de la ciudad. La gente pudiente, con sus estiradas levitas, sus chisteras y pamelas, se encaminaban con evidente buen humor hacia las tabernas de la ribera; hasta Javierín llegaba el aroma del arroz caldoso que se cocía en las perolas de cada tasca.

-Y yo sin un real. –Se lamentaba en silencio, cada vez más compungido. El agujero de su estómago crecía cada vez más. Javierín rebuscó en su faltriquera y comprobó que estaba tieso; más que la mojama que vendían por las esquinas.

La procesión de aquel año iba a ser la comidilla durante mucho tiempo; o al menos ese era el parecer general de la concurrencia. Javierín pasó de refilón frente a la puerta de la conocida Casa del Marqués de Purullena –éste si que puede –reflexionó mientras asomaba la cabeza al patio con curiosidad.

Con más hambre que un lagarto detrás de una pita husmeó el aire y cogió al volapié la fragancia dulzona del azafrán, adornado quizás con una pizca de perejil, lo justo para dar color. Entró de puntillas procurando no hacer ruido.

Al fondo del corredor se distinguía el entrechocar de cacharros y un alboroto inusual.

Acuciado por la curiosidad penetró hasta la cocina. La mulata no había visto una cosa como aquella en la vida. El animalito daba tumbos por la cocina intentando dar con una salida, mientras el agua borboteaba en la cazuela, anunciando que había dado el primer hervor.

-¡Ay señor! Tenga usted cuidado. –La criada dio un respingo echando el cuerpo hacia atrás. –La enorme langosta chasqueaba sus pinzas con aire amenazador.

-¡Tríncala ahora! –Animó Javierín, al tiempo que cortaba el paso del huidizo bicho. -¡Semejante barbaridad! ¡¿De dónde ha salido?! –Exclamó admirado por la presencia del crustáceo. La mulata se abalanzó sobre él por detrás; en menos de un santiamén estaba hirviendo en la perola, no sin antes haberse defendido a brazo partido.

-¡Ay señor, que me ha mordido la muy p…! –Se lamentaba la mulata, mientras le enseñaba un feo corte en el antebrazo.

-No te preocupes guapetona, esto no es ná. –Dijo llevándose la herida a los labios, a la vez que chupaba con fruición los bordes de la herida. Ya no sabía de que tenía más hambre, si de hembra o de hambre.

-¡Quita pa ya, ladrón! –La mulata se alejó meneando las caderas.

-Por lo menos déjame que pruebe el arroz, huele que alimenta. –La criada volvió al poco, con un plato de guiso humeante entre las manos.

-Anda “esmayao”, come a gusto, come contento, pero luego… -Javierín se arrellanó en la silla de esparto y echó mano de la cuchara. El caldo espeso y amarillo, preñado de tropezones, resbaló por la comisura de sus labios. Comió con avaricia hasta “jartarse”, con un instinto atávico, como el que arrastra un hambre centenaria. Aquella era “la jambre” de la que había oído hablar tanto a su madre en las cuevas de la Sierra San Cristóbal, y antes que a ella a su abuela, ni se sabe donde. Hambre de pobre, de miserable, de la que te seca por dentro.

Javierín Buitrago masticaba con miedo a perder bocado, como si le fueran a quitar la comida de la boca; mientras la mulata se reía a carcajadas apoyada en el umbral de la cocina.

-¡Come muerto de hambre, come que mañana Dios dirá!

FIN


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3 Responses to “El año de “la jambre””

  1. catigomez Says:

    Fantástica ambientación y estupendas descripciones. Como siempre, Diego.

  2. rarevalo Says:

    Este relato ya lo leí en tu blog en blogspot. Me gustó mucho, muy curioso y divertido. Aunque pasar hambre no lo sea, sino que es lo peor del mundo… Menuda catarsis se pegó el prota del relato. Saludos

  3. Claudia Aynel Says:

    Qué estilo tan ágil y lleno de colorido. Me encanta. Estoy deseando leer más de tus relatos.


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