Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Una portería en la pared 15 diciembre 2009

Una portería en la pared


De: Daniel Jerez Torns




Hans y sus amigos buscaban un lugar donde poder jugar a la pelota. Herman traía una tiza robada de la escuela. Frank protegía su pelota ferozmente. Intentaron en varias plazas concurridas, pues su madre le decía que siempre se moviera por lugares transitados, pero fueron increpados por varios vecinos y comerciantes al intentar pintar la portería en algunas paredes.
– Me parece que hoy no vamos a jugar a fútbol – dijo Herman mientras jugaba con la tiza en sus dedos.
Sin embargo, Hans no se daba por vencido.
– Vamos, sigamos buscando.
Anduvieron durante una hora y cuando ya se daban por vencidos encontraron el lugar perfecto. Se miraron todos con una gran sonrisa en los labios. Ha nadie le importará que pintemos en esta pared, pensó Hans.
– Parece que todo el mundo viene a pintar aquí. – dijo Herman. Y así era. Toda la pared estaba llena de dibujos con muchos coloridos y palabras escritas.
Herman, el encargado de custodiar la tiza, llevó a cabo con gran destreza la tarea de dibujar en la
Portería por Daquella manera.pared los dos postes y el travesero de la portería, acción que requirió de la ayuda de Hesse subiéndolo a hombros. Al finalizar tenía las manos totalmente blancas.
Al ser siete hicieron dos equipos de tres y uno haría de portero. Frank, que aún mantenía la pelota en sus manos, espero la señal para lanzarla al aire y comenzar el partido.
Transcurridos unos minutos Hans pudo darse cuenta de que la gente les miraba de una forma extraña, pero le daba igual, disfrutaba jugar a fútbol con sus amigos.
Al día siguiente la portería aún seguía allí dibujada.
– ¿De qué será esta pared? – Preguntó Frank con la pelota en sus brazos.
– ¿A qué te refieres?
– Pues que es muy grande, ¿no?
Hasta ese momento Hans no se había parado a pensar en la pared y ahora que se fijaba realmente tenía un tamaño fuera de lo normal.
– No sé. Será la casa de alguien importante. – contestó Hans.
– ¿Ah sí?
– Claro, esto debe ser el jardín y más adentro estará la mansión. A lo mejor un castillo.
– ¡Ostras! Pues allí dentro si que podríamos jugar a fútbol.
– Es verdad. Mientras aquí jugamos en la calle, seguro que al otro lado lo hacen sobre la hierba y con porterías de verdad. – Al oír la reflexión de Herman, Hans tuvo envidia de los que vivían en el jardín y pensó que no era justo que el jardín solo lo disfrutaran unos pocos.
– Venga, juguemos de una vez.
El partido fue todo un éxito, ya que Hans marcó tres goles, pero al haber lloviznado el suelo de la calle con fina capa de barro y suciedad que las ropas de los chicos se encargaron de absorber.
Al llegar a casa su madre miró alarmada los pantalones de Hans.
– ¿Se puede saber que has hecho?
– Hemos jugado a fútbol, mamá.
– ¿Y se puede saber dónde? Mira como tienes los pantalones de sucios.
– Pues hemos encontrado una pared muy larga con dibujos y allí hemos jugado.
– Aja… – Las noticias de la radio centraron la atención de su madre. De repente, ésta lanzó al suelo los pantalones sucios y se dirigió al teléfono. Hans veía que algo importante había pasado. Se fue a su habitación y decidió dibujar para distraerse. Al cabo de una hora su madre abrió la puerta.
– Vamos Hans, abrígate que nos vamos.
– ¿A dónde mamá?
Su madre no respondió. Raramente salían de noche, así que aquello tenía que estar relacionado con las llamadas.
Una vez en la calle quedó aún más extrañado al ver la cantidad de gente que caminaba alrededor suyo. Todos parecían ir en la misma dirección. Se encontró con Herman y sus padres.
– ¿Sabes que está pasando? – le preguntó éste.
– No lo sé. Mi madre oyó algo por la radio y luego el teléfono no paró de sonar. Oí algo de que por fin iba a caer.
– ¿Y qué caerá?
De forma inesperada todas las personas empezaron a chillar y a empujarse los unos a los otros. A trompicones y cogidos de la mano de sus padres, los dos amigos se situaron en primera fila del espectáculo que iba a darse esa noche. La imagen que vieron les dejó boquiabiertos. Justo enfrente de ellos estaba la portería que Herman había pintado esa mañana en la pared. El miedo se apoderó de él al pensar que les habían llevado allí para castigarle por haber pintado la portería en la pared. Sin embargo no entendía que hacía tanta gente allí. Al mirar la cara de su amigo Herman apreció que él también estaba asustado y que seguramente pensase que los iban a castigar por aquello.
Le sorprendió ver encima de la pared a mucha gente la gente. Y todas parecían estar contentas, cantando, bailando, con botellas en la mano. Todo el mundo parecía estar muy contento. Y sucedió lo más inesperado. Una gran grúa empezó a despedazar la pared. Trozos y más trozos iban cayendo. Este el castigo: dejarnos sin portería, pensó Hans.
Los dos amigos miraban con gran expectación lo que les depararía el otro lado de la pared. A medida que la pared se deshacía, un sentimiento de confusión invadió a Hans y Herman. Vieron que al otro lado no había ningún jardín, si no que estaba repleto de edificios y gente, mucha gente.
– ¿Y ahora dónde jugaremos a fútbol? – le preguntó preocupado Herman. Pero Hans no le oía debido a los gritos de la gente que repetían una y otra vez: “A caído el muro”.


Berlín, 9 de noviembre de 1989

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