Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El Guardián del Lago (I) 8 septiembre 2009

El Guardián del Lago (I)

De: Claudia Aynel

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Sarkan, señor de la tierra de Voklat, contempló escéptico lo que le mostraba Yuryl, su anciano consejero.

–¿Aquí?—preguntó Sarkan, frunciendo el ceño. Yuryl sonrió y asintió. Sarkan, apretando los labios, paseó una vez más la vista sobre el paisaje. Frente a él se abría un valle redondo, como un tazón, rodeado por una corona de picos nevados. Aquel valle cóncavo estaba ocupado hasta la mitad de su profundidad por un extenso lago. Sarkan recorrió con los ojos la lisa superficie de agua, que reflejaba las nubes como si fuera un espejo, dejando que se volcara sobre ella el azul luminoso del cielo. Se acarició el mentón, pensativo. Por muchas dudas que tuviera, no podía dejar de reconocer que se trataba de un hermoso lugar. “Podría vivir aquí para siempre”, se dijo sonriendo. Cuando se volvió de nuevo hacia Yuryl, se le borró la sonrisa. Al sentir sobre sí la mirada penetrante del anciano, tan inquisitiva, no pudo evitar encogerse, intimidado. Yuryl, con su larga barba blanca y sus brillantes ojos azules, de pronto ya no era más su sabio consejero. Se había convertido en un espíritu del lugar. Un dios de agua, cielo azul y nieve. El anciano habló con voz solemne:

–Mi señor, estáis a punto de dar el paso que no fue capaz de dar Tarkan el Magnífico, vuestro glorioso ancestro. ¿Estáis dispuesto a terminar su tarea?

Sarkan se encaró con Yuryl, ceñudo. ¿Por qué no iba a estarlo? ¿Acaso no era él Sarkan el Grande, conquistador victorioso, respetado y temido señor de una codiciada tierra? Sacudió su melena de rizos rubios y se irguió echando hacia atrás su manto. Desafió orgulloso la mirada del anciano. Yuryl observó todos sus movimientos con los ojos entornados. Dijo, con un amago de sonrisa:

–Veo que estáis dispuesto, mi señor. Como de costumbre, frente al desafío, no sólo no retrocedéis, sino que, además, os mostráis decidido y resuelto—su sonrisa se hizo más amplia–Eso me agrada. Os ayudaré gustoso a cumplir vuestros deseos. Mas debo advertiros: puede que os cueste más caro de lo que pensáis el hacer realidad todos esos sueños.

Sarkan resopló enojado.

–Nada ha sido fácil para mí, hasta ahora—dijo apoyando la mano sobre el pomo de su espada—He luchado muy duro para conseguir todo lo que poseo. Ya me conoces, Yuryl. Yo no me arredro ante nada. Dime lo que hay que hacer. Te aseguro que no voy a echarme atrás, por difícil que sea la tarea.

–Por supuesto que no—contestó Yuryl, aun sonriendo.—Conozco vuestro temperamento—dejó de sonreír y suspiró—Pero esta vez no será como en otras ocasiones. No se tratará de entrar en batalla y luchar hasta la muerte. Tampoco de arremeter contra el enemigo—Se apoyó en su báculo y miró a Sarkan fijamente– Mi señor, esta vez os tocará resistir. Aguantar hasta lo indecible. Esta vez tendréis que agachar la cabeza y tener paciencia.

Sarkan arqueó las cejas, sorprendido. Yuryl continuó:

–Paciencia, resistencia, perseverancia. Tendréis que estar dispuesto a hacer sacrificios. Os esperan las más duras pruebas.

Sarkan rió fuertemente y palmeó la espalda del anciano. ¿De qué hablaba Yuryl? ¿Qué eran duras pruebas para él? Que le dieran lo que fuera: crudos inviernos, feroces alimañas, hambre, sed… Sarkan el Grande tenía una voluntad de hierro.

Yuryl conocía desde hacía tiempo a su joven señor, y era capaz de interpretar hasta el más leve de sus gestos. Cuando vio la expresión de aquel rostro juvenil, tan arrogante y segura de sí misma, estuvo a punto de aconsejarle que se olvidara de aquel proyecto.

Sarkan, sonriendo, aguardó a que el anciano hablara. Pues Yuryl se había quedado inmóvil, apoyado sobre su báculo, hundiendo su mirada pensativa en las azules y tranquilas aguas. Así dejaron pasar unos instantes.

Por fin, Yuryl se incorporó.

–Allí hay un anillo de pequeñas olas, mi señor ¿Alcanzáis a verlo?—dijo señalando hacia el centro del lago. Sarkan aguzó la vista. Lo veía, sí, aunque apenas se distinguía. Varios anillos concéntricos sobre el agua, que se movían hacia dentro y hacia fuera.

–Hay algo allí—dijo en voz alta–¿Qué es?

Yuryl golpeó indeciso la tierra con su bastón. Tarkan el Magnífico también había preguntado eso. Cuando él, Yuryl, le habló de sacrificios, también se había mostrado dispuesto. Hasta que Yuryl le desveló el secreto: el delicado hilo del que penderían su felicidad y sus más anhelados deseos. Tarkan, nada más escucharle, no lo pensó dos veces: subió a su caballo, picó espuelas, y se olvidó del lago y las montañas. Construyó un hermoso castillo en la villa de Karalya. Vivió feliz hasta que, siendo ya un hombre maduro, encontró la muerte en una batalla.

Sarkan escudriñaba la superficie del lago. Yuryl contempló el regio perfil de su joven señor. Tal vez aquel guerrero aguerrido pero de corazón limpio, era, después de todo, el designado, pensó el anciano consejero. Decidió abrirle las puertas al destino. Dijo lentamente:

–Lo que hay en el centro del lago, mi señor, es la primera piedra de vuestra nueva fortaleza.

Un año después, Sarkan, envuelto en un manto bordado, contemplaba de nuevo aquel paisaje: luminoso cielo, picos nevados, piedra gris y agua mansa de lago. “Sólo ha pasado un año”, se decía contento. Mientras oteaba el horizonte, el viento arremolinó sus rubios cabellos.

Yuryl, en cuanto tuvo claro que Sarkan aceptaba el reto, se puso en marcha. Ordenó cortar grandes bloques de piedra gris de las laderas de la montaña. Mandó traer gruesos troncos de árboles del cercano bosque de Latya. Y envió a mensajeros hasta los confines de Voklat para que le trajeran arcilla del río Salya y polvo de las canteras de Balkar.

–No lo entiendo—dijo Sarkan riendo, en cuanto se enteró de lo último—Si lo que necesitas es un poco de barro y de polvo ¿Por qué envías a mis mensajeros tan lejos?

–Mi señor, ese barro y ese polvo tienen virtudes que los hacen únicos—replicó el anciano, muy serio.— Así ocurre a veces. Hasta la materia más despreciable puede llegar a ser insustituible.—fijó sus ojos en los del joven y añadió—No tardaréis, mi señor, en daros cuenta.

Sarkan contempló, asombrado, cómo, bajo las órdenes de Yuryl, los esclavos mezclaban trozos de la piedra gris de la montaña con arcilla de Salya y polvo de Balkar. Después, tomando como base la roca plana que turbaba en el centro del lago la superficie del agua, Yuryl hizo que los esclavos esparcieran la mezcla rodeando aquella roca hasta que, al contacto con el agua, aquel conglomerado se volvía tan duro como la piedra. Al cabo de unos días Sarkan, asombrado, caminaba por encima de su nuevo territorio: una isla circular, de unos cincuenta pasos de ancho, en el centro mismo de aquel maravilloso lago.

–Y ahora, mi señor—dijo el anciano, cuando Sarkan sonrió satisfecho, tras examinar su islote gris—comienza el verdadero trabajo.

“Tan sólo un año”, se dijo de nuevo Sarkan, admirado. Era lo que había llevado construir la Torre de Iznir, como todos la llamaban. Una gran fortaleza circular que se erguía recia e imponente por encima de las serenas aguas del lago. La piedra gris de las montañas con la que estaba construida, brillaba al amanecer, en el ocaso, o bajo el sol intenso del verano. Entonces, más que realizada en piedra, la fortaleza de Sarkan parecía bellamente trabajada sobre plata.

Y la vista que se dominaba desde la plataforma almenada que remataba aquella Torre era amplísima. Desde allí Sarkan podía contemplar por entero su señorío de Voklat; También, si se giraba hacia el sur, alcanzaba a ver el vecino reino de Kravok; Y si se volvía hacia el norte, llegaba a vislumbrar el mar con el que lindaba el cercano reino de Vyalar. Todos esos lugares eran ahora bien visibles desde su atalaya. “Cuantos territorios por conquistar”, se decía ambicioso y sonriente Sarkan.

Yuryl, por supuesto, fue espléndidamente recompensado por su magnífico trabajo. El anciano recibió sus honores con orgullo y alegría. Sentía que había culminado con éxito la labor de toda una vida. Sentado junto a su señor, en un momento en el que nadie les escuchaba, Yuryl se inclinó hacia Sarkan y murmuró:

–Mi señor, lo habéis conseguido. Al erigir esta fortaleza, os habéis adueñado del Lago Sagrado de vuestros antepasados. Ahora ya nada os detendrá. De estas benditas aguas recogeréis fuerza y fortuna. Expandiréis vuestras fronteras. Venceréis en cada batalla. Gracias al poder de las aguas de Iznir, conseguiréis honores, territorios, riquezas y alabanzas.

Sarkan sonrió satisfecho.¿Qué no llegaría a ser suyo ahora? Su mente se deslizó por encima de las tierras que a diario oteaba. Yuryl interrumpió sus pensamientos.

–No va a ser fácil, mi señor, como ya os expliqué. Por todo lo que consigáis tendréis que pagar a cambio un altísimo precio.

Así dijo el anciano, algo adusto. Sarkan se volvió hacia él, ceñudo. Yuryl continuó sin amedrentarse:

–¿Recordáis el consejo que os di, mi señor?

El rostro de Sarkan se ensombreció. ¿Cómo no iba a recordarlo?. Murmuró con voz ronca:

–Ya te lo dije hace tiempo, Yuryl. Sarkan el Grande jamás se arredra ante nada.

Yuryl, al escucharle, se sintió inquieto. Había percibido la duda y la vacilación en sus palabras…

El día anterior, Sarkan había tenido su primer encuentro con Klarvan. El señor de Voklat bajaba a caballo hacia el castillo que había construido Tarkan el Magnífico en la villa de Karalya. Iba acompañado por Yuryl y por su séquito. Caía la noche. Nada más dejar atrás el empinado camino de la montaña, se encontraron rodeando una destartalada casa. Yuryl le hizo una señal de advertencia.

–Es aquí, mi señor—murmuró. Sarkan contempló ceñudo aquel feo edificio. El dueño no se preocupaba, desde luego, por mantener aquella casa habitable y aseada. La descuidada paja del tejado se desprendía a trozos. Los muros de piedra estaban sucios y agrietados. Nadie barría el umbral polvoriento. Todo en aquel lugar respiraba desaliño y vagancia. Tan sólo un elemento de aquella casa parecía bien conservado: el molino de madera de grandes palas, que remataba una de las fachadas, y que giraba sin cesar, empujado por el agua que derramaba una cantarina cascada.

–¿Klarvan es molinero, pues?—preguntó Sarkan. Yuryl asintió diciendo:

–Esa es su ocupación aparente.

Cuando estaban a punto de pasar de largo, una cabeza de cabellos ralos e hirsutos de desvaído color dorado, apareció por la desgastada puerta. Sarkan se irguió tenso sobre su montura. Aquella cabeza era espantosamente fea. Dos acuosos y ladinos ojos verdes fijaron su vista en el joven guerrero. La nariz achatada y deforme se arrugó despectiva. La boca esbozó una sonrisa taimada y casi por completo desprovista de dientes.

–Vaya, vaya—dijo el hombrecillo con voz estridente— Qué sorpresa. Mirad quien acaba de bajar de la montaña.

Sarkan, recordando el consejo de Yuryl, contuvo su ira frente a aquella falta de respeto, y apretó los labios. Hizo por sonreír y esbozó un saludo. Klarvan, sonriendo burlón, no se molestó en devolvérselo.

–¡Fijaos! ¡Si es el engreído señor de Voklat! —exclamó risueño– ¡Rodeado por su corte de arrogantes caballeros!¿Cómo estáis hoy, mi señor?

Sarkan no contestó, e hizo ademán de apresurarse. Pero Klarvan no le dejó continuar camino. Con sorprendente agilidad, se apartó de la puerta y se plantó frente al caballo de Sarkan. Este no tuvo más remedio que detener a su animal, pues no podía avanzar sin arrollar a Klarvan. Al ver que su señor se hallaba por completo a su merced, la sonrisa del molinero se hizo aun más amplia.

–Veo que estáis dispuesto a conversar—dijo paseando sus ojos acuosos por encima de Sarkan y sus hombres—Qué bonitos sobrevestes llevan vuestras tropas. Y vos, mi señor, qué precioso manto bordado lucís.—suspiró–¿Sabéis? Paso mucho frío aquí, en mi molino, junto al río. Ese bonito manto que lleváis me vendría muy bien para calentarme.

Sarkan, ceñudo, apretó fuerte las riendas con las manos. Klarvan, encantado con aquella reacción, continuó espoleándole:

–Mi señor, no seáis tan tacaño y tan altivo ¿vais a negarle a vuestro más humilde siervo el calor de una prenda de abrigo?

Sarkan respiró hondo. Yuryl ya se lo había advertido. Con una forzada sonrisa, que más bien era una mueca de rabia, se desprendió de los hombros el manto. Tomándolo con una mano, se lo tendió amablemente a Klarvan.

–Tomad. Esta será una noche fría. Es la voluntad del señor de Voklat concederle esta merced a su molinero.

Klarvan estalló en carcajadas al oírle. No hizo movimiento alguno para alcanzar el manto. Sarkan, furioso y humillado, se dio cuenta de lo estúpido que parecía, permaneciendo allí con el brazo extendido, mientras aquel hombrecillo se carcajeaba despreciando su regalo. Klarvan balbuceó entre risotadas:

–¡Dejadlo caer al suelo, mi señor! ¡No os preocupéis si se mancha de barro!

Sarkan no tuvo más remedio que hacer lo que le decían. Dejó caer sobre el lodo del camino su manto bordado. Después, picó de inmediato espuelas a su caballo. Sus hombres, avergonzados por aquella afrenta a la que no podían responder, marcharon tras él apresurando el paso. Mientras se alejaban, pudieron escuchar la voz de Klarvan que decía burlona:

–¡Será una noche fría, mi señor, sin duda! ¡Sobre todo para algunos hombres que cabalgan hacia Karalya!

Yuryl lo había contemplado todo sin decir ni una palabra. Observó consternado a su señor mientras apuraban la marcha. Sarkan, respirando entrecortadamente y con el rostro enrojecido, apretaba las riendas con tanta fuerza que sus nudillos estaban pálidos. El joven guerrero no dijo ni una palabra hasta que estuvieron instalados en el castillo de Karalya. Una vez allí, Sarkan tomó del brazo a Yuryl y siseó:

–No pienso contenerme. Voy a matar a ese rufián de Klarvan.

Yuryl se encogió de hombros, sombrío.

–Si Klarvan muere, mi señor, ya sabéis lo que os aguarda.

Sarkan soltó el brazo de Yuryl. Se palmeó furioso las piernas.

–¿Por qué precisamente él, y no otro?—gritó iracundo. Yuryl se apoyó con cansancio en su báculo.

–Porque, mi señor—dijo lentamente—no hay otro como Klarvan. Es único. Conoce a la perfección los caminos del agua. Por eso fue elegido para encargarse de tan importante tarea. Por eso Klarvan, ese miserable, ese rufián, y no otro, fue designado para ser el Guardián del Lago.

Sarkan se pasó una mano por los ojos. Se dejó caer sobre una silla. Miró al anciano con ojos fieros y murmuró:

–Hablas de él como si fuera una especie de mago.

Yuryl sonrió y movió la cabeza diciendo:

–Algo así es, mi señor.

Sarkan quedó en silencio. Desde donde estaba, alcanzaba a vislumbrar una luz a través de la ventana. La reconoció de inmediato. Era la hoguera que algunas noches quedaba encendida en la alta plataforma de su Torre plateada. Suspiró desalentado. Qué humillado e infeliz dormiría esa noche. Y todo por mantener el brillo de aquella luz sobre las montañas.

Las predicciones que Yuryl hizo el día en que fueron reconocidos sus esfuerzos, resultaron ser del todo ciertas. Ningún rey o señor parecía capaz de detener el irresistible avance guerrero de Sarkan. El señor de Voklat se adueñó primero del vecino reino de Kravok. Ganó todas sus batallas sin apenas pérdidas de hombres o caballos. El rey Rawid de Kravok se dio por vencido. Sentía que no podía luchar contra un guerrero tan afortunado. Con Kravok ya en sus manos, Sarkan se dirigió hacia la tierra de Zokar. Tras varios encuentros en los que resultó victorioso, Hekli, el señor de Zokar terminó por rendirse. Fue entonces cuando Sarkan se dio cuenta de algo curioso: había forzado a los escribas a rehacer todos los mapas en menos de dos años. Se preparó para el siguiente paso: la conquista de Vyalar. Antes de lanzarse a su nueva campaña, Sarkan encendió una gran hoguera en su plataforma almenada. Mientras honraba a sus antepasados, contempló el cielo estrellado. Sintió de pronto una punzada en el alma. Intuyó que algo esencial para él, su más anhelado deseo, le estaba aguardando en Vyalar.

Pero nunca llegó a emprender aquella campaña. Pues el rey del Norte, Arwan, bastante nervioso por las noticias que le llegaban, decidió adelantarse a los acontecimientos y envió a Iznir una embajada. El día que sus lugartenientes se presentaron en el salón de la Torre, Yuryl le dijo en voz baja a Sarkan:

–El rey del Norte está asustado. Hará lo posible por hacerse amigo de vos y cerrar de inmediato un pacto. Tenéis todas las de ganar, mi señor, en este juego. Pues no lo olvidéis: es él, Arwan de Vyalar, el que viene a suplicaros.

Sarkan escuchó atentamente lo que le proponían aquellos enviados del Norte. Cesión de tierras, privilegios, alianzas… y ofrecían además algo muy valioso que serviría para atar aun más fuerte los lazos.

–¿Cómo es?—preguntó Sarkan, bastante interesado. El enviado sonrió con orgullo y contestó:

–Tan hermosa como un amanecer sobre las montañas.

Sarkan se irguió en su asiento. La expresión arrobada de aquel hombre no era fingida. Se acarició el mentón unos momentos. Luego dijo:

–Está bien, caballero de Vyalar. Decidle a vuestro rey que acepto.

(CONTINÚA EN EL GUARDIÁN DEL LAGO II)

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6 Responses to “El Guardián del Lago (I)”

  1. Claudia Aynel Says:

    Esta es la primera parte de mi relato. Si os ha gustado y queréis saber cómo termina, pasad a El Guardián del Lago (II). Espero que lo disfrutéis.

  2. Claudia Aynel Says:

    ¡Bueno, bueno! ¡Hasta con ilustraciones! Me encanta!

  3. catigomez Says:

    Le he puesto en el encabezado la foto que me mandaste de Noruega. ¿Te gusta cómo queda? A ver si encontramos alguna de caballeros que le pueda ir bien a Sarkan. Y me encantaría encontrar una de Klarvan, pero ésa sí que va a ser difícil…

    • Claudia Aynel Says:

      Guau, queda genial.
      Me temo que el caballero se resiste. Yo aun sigo buscando. Y lo de Klarvan…lo veo difícil, sí. Pero no tiro la toalla…

      (Por cierto, creo que tengo que poner este mensaje en algún otro sitio ¿no?)

  4. catigomez Says:

    Estupendo. Seguiremos buscando.

    (Todos los caminos conducen a Roma… ¿no dicen eso? 😉 Tú busca y lo encontrarás)


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