Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El páramo 18 octubre 2009

El páramo


De: A. J. González



Sin duda nunca olvidaré aquel maldito verano del veintisiete. Me había prometido con la señorita Aline Bugle. Estudiábamos juntos medicina en Londres. Había vivido junto a ella un noviazgo de cinco maravillosos años, al final de los cuales terminamos nuestros estudios y nos disponíamos a comenzar una vida juntos y a formar una familia.
Creo que hubiéramos sido felices, y cuando pienso en ello maldigo aquellas tierras infames donde el hombre pierde la cordura. Me refiero al páramo, ¿a qué si no? Es un lugar inhóspito, donde hace falta recorrer muchas millas para llegar a casa de algún vecino, donde el contacto con otro ser humano puede hacerse difícil cuando el tiempo se vuelve inclemente y el viento del norte azota con furia, donde la cordura del hombre es engullida por la enormidad de aquellas solitarias tierras.

Aline me confesó que sentía aprensión por aquella tierra donde se había educado con la única compañía de sus padres y de su extravagante hermano.
Desde el principio me sentí muy atraído por su carácter nostálgico y plácido. Estos atributos habían hecho de ella una mujer en extremo sensible y cariñosa. Siempre pensé que el ambiente en el que se educó habría influido notablemente en la adquisición de tales cualidades, pero nunca habría imaginado con qué fuerza se impone al alma un paraje tan sobrecogedoramente solitario.

Los padres de Aline habían fallecido hacía mucho tiempo, y ahora su hermano, Adrien Bugle. Vivía solo en la casa donde aprendieron a caminar.
Fue este el motivo por el que mi prometida me suplicó que marcháramos aquel verano a visitar a Adrien. No necesitó pedírmelo dos veces. Si bien me producía cierta aprensión alejarme de la populosa ciudad, ¿qué significaría
aquel corto verano frente a una vida entera de dicha?
Cuando nos adentrábamos por el páramo con mi nuevo automóvil, sentía en el pecho una opresión, provocada sin duda por aquella terrible y solitaria inmensidad. Una sensación de tristeza se apoderaba de mí. ¿Cómo pudo Aline vivir durante tantos años en aquel lugar tan apartado?
Reconozco que mi carácter se ensombreció durante el corto intervalo en que viví allí. Aline me observaba preocupada cuando torcía el gesto y a penas se atrevía a contrariarme, pues tan pronto me sobrevenía un acceso de melancolía como estallaba en ira. Pero no os he hablado de su hermano.
Decía antes que Aline lo describía como un joven excéntrico. Yo reservaría este apelativo a alguien con clase. Adrien era simple y llanamente un loco. Todo lo que ella tenía de plácida y sosegada, lo tenía él de inquieto y desmandado.
Si ella era reflexiva e inteligente, él era osco y estúpido.

Una mañana le sorprendí amputando la cola a una lagartija. Cuando se percató de mi presencia estalló en un acceso de risa nerviosa:
-Jajaja. mira cómo se mueve –decía con esa voz que la gente estúpida ha hecho característica.
-No tiene nada de extraordinario –contesté yo censurando tan abominable actitud. Él se limitó a mirarme desde el suelo, frunciendo el ceño hasta el imposible y tras dedicarme una grosera sonrisa se marchó.

Aline se mostraba visiblemente ofendida. Durante los primeros días pensé que la causa de su enfado era el imperdonable comportamiento de su hermano. Esto me reforzó más si cabe en mi postura. Si hubiera sabido desde el principio que era mi actitud frente a él, lo que la disgustaba, hubiera cambiado el trato que le dedicaba, pero, ¡habría sido tan difícil! ¿No podía ella valorar el esfuerzo realizaba permaneciendo en la casa con aquel loco?
Pero todo se torció. Naturalmente la culpa fue de él. Una mañana, al levantarme, vi a Aline frente a la chimenea, calentándose. Yo permanecía en pie bajo el umbral del salón, tenso, esperando a que de un momento a otro apareciera aquel estúpido, pero ella me dijo que había salido a la primera luz de la mañana a cazar con Andrew Burdock. Un vecino que vivía a apenas seis millas de allí.

En seguida me relajé y me senté junto a ella, afable y con un buen humor que no había sentido hasta entonces. Ante su mirada de reproche le aseguré que cambiaría mi actitud frente a su hermano. Ella aseguraba que Adrien estaba disgustado.
Le hacía sentir miserable e inferior. Él no tuvo la oportunidad de estudiar como nosotros. Supliqué y aseguré que cambiaría mi actitud. Aquella tarde saldría con él a pasear, charlaríamos y todo cambiaría.
Pero nada de esto ocurrió. Cinco horas después, se abrió la puerta de la calle con estrépito y se cerró con más estrépito aún. Aline había hecho la comida y preparado la mesa para dos, porque no esperábamos a Adrien hasta más
tarde. Sin embargo había entrado como un vendaval. Traté de tomarme aquella violenta intromisión de la manera más natural, pero el loco de Adrien no se conformó con eso y escupió su demencia sobre nosotros.

-¡Aline, hermana! –gritaba desbarradamente.- ¡Sube a la habitación, ponte a salvo. Ya viene!
-¿Quién viene? –preguntó ella visiblemente exaltada.
-¡Él. Corre, no preguntes! –contestó quedándose sin aire en los pulmones y acabando en un gorjeo que hubiera provocado las risas de todo el café du Lacke.

En seguida me incorporé para atajar aquella indeseada situación, e iba a reprenderle cuando unos golpes sordos atronaron en la puerta. Aline,
saltó hacia la escalera, sorprendida. Tras una pausa se repitió la llamada. Adrien había caído completamente pálido al suelo.

-¿Pero bueno, no vas a abrir? –pregunté yo, perdiendo la paciencia. Ante su pasividad la abrí yo mismo.

Ante mí apareció un hombre completamente helado. Su rostro estaba blanquecino, incluso sus labios habían perdido el color. Sin embargo mantenía una postura erguida y apuesta, cosa que admiré dado el visible penoso estado en que se encontraba.

-Entre, señor, y caliéntese frente al fuego. Mi mujer –me permití referirme a ella en estos términos, y ¡Cuánto me equivoqué!- le servirá un tazón de caldo bien caliente.
-¿Por qué me has abandonado, Adrien? – preguntó aquel lanzándole una mirada fulgurante, haciendo caso omiso de mi gentileza.
-¡Oh!, has venido a matarme, ¡Maldito! –gritó Adrien enloquecido, al punto del desmayo!
-¿Quién es usted, caballero? –le interrogué.
-Me llamo Andrew Burdock. He salido esta mañana de caza con Adrien y me ha abandonado después de que sufriera un aparatoso accidente –lancé una fulgurante mirada al loco.
-No te he abandonado. Te has muerto, y después me has perseguido todo el camino. ¿Es que no lo ves? –me impelió finalmente.- ¿Es que no ves que está muerto?
-¿Cómo habría de verlo si está vivo, memo ignorante? –estalle de indignación.
-¡Me golpeé la cabeza y me abandonaste! – exclamó Andrew visiblemente ofendido.
-Te golpeaste la cabeza y perdiste la vida –se defendía Adrien arrastrándose hasta la pared.
-¿Crees que estaría aquí si hubiera muerto, maldito loco? –replicó Andrew.
-Pero yo vi… vi cómo caíste por aquel barranco. Vi tu cabeza aplastada contra las rocas.
-¡Sólo me hice un rasguño!
-¡Esto es demasiado para mí. Vámonos Aline! –grité enfurecido tendiéndole la mano.
-Si él lo dice es porque es verdad, George – decía ella aterrada desde la escalera.
-¡Maldita sea! ¿Os habéis vuelto todos locos? Me marcho a Londres. Llámame cuando regreses. Esto es demasiado para mí. ¿Me permite? –dije apartando bruscamente a Andrew.

Subí en mi coche y nunca volví a saber más de Aline. Pudo haberse enfadado irreconciliablemente conmigo. En cualquier caso el páramo hace enloquecer a cualquiera. Sin embargo, aún me invade la nostalgia cuando la recuerdo.


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