Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El espejo 18 octubre 2009

El espejo


De: A. J. González



¿Cuántas veces te has mirado en el espejo con un detenimiento quirúrgico. Cuántas veces te has buscado a ti mismo en tu propio reflejo y al verlo ante ti has pensado, ese soy yo. Es la imagen de quien tienes ante ti lo que te representa, lo que define tu ser y tu esencia o es tan sólo un artificio de tu imaginación para confundirte. No buscamos en esa acción la reafirmación de nuestra identidad?

Quizá no nos sentimos satisfechos. ¿Alguien puede afirmar lo contrario sin traicionarse a sí mismo. No ocultamos nuestro pesar tras una radiante sonrisa cuando se nos pregunta?

Somos los hijos de la tristeza. ¿Cuántas personas no se asomarán cada noche a las ventanas de sus casas, desde donde pueden contemplar toda la ciudad a placer. No ven tantas luces de tantas otras habitaciones, como estrellas hay en el cielo. No ven a los transeúntes, que corren apresuradamente a sus casas para hallar al fin un poco de paz? Entonces, ¿por qué se sienten estas personas tan solas, tan abandonadas, tan olvidadas? Finalmente, para escapar de tan turbadora visión se apartan violentamente de la ventana, y por último ven, aunque sólo sea fugazmente su rostro reflejado en ella.

Somos las víctimas de la fatalidad. Hacemos lo que se espera de nosotros. Quien tiene un sueño y lo alimenta es rápidamente despedazado por la gran masa humana, que jamás consentirá su felicidad. ¿Has acabado, como cada día de tu vida, una jornada laboral que no te satisface, y de camino a casa has encontrado un amigo. Habéis charlado animadamente? Ya puedes agachar la cabeza, pues tu amigo ya se ha marchado. La tristeza que te ahogaba y que casi habías olvidado durante la charla, se mantenía, sin embargo latente, y ahora se apodera nuevamente de ti, igual que de tu amigo, que retoma su camino cabizbajo.

¿Cuántas veces has corrido hacia algún espejo con la más viva ansiedad, para reconocerte en él. Es tu vida tan diferente a cuanto habías soñado, que necesitas sentir la reafirmación de contemplar tu propia imagen, pues no te
reconoces a ti mismo. Cuántas veces has pensado ante el espejo ese no soy yo?

Pensarás que soy un necio, un infeliz, un hombre frustrado y fracasado. Tienes razón. Pero te atreves a pensar todo aquello porque no miras en el fondo de tu corazón. Si lo hicieras verías el abismo que se cierne ante ti.

Contemplo mi rostro ante el espejo y lo que veo es un anciano apagado y corvo. Ese no soy yo. Pregunto, ¿quién eres tú? Y no hayo respuesta alguna, quizá porque la propia revelación sería más terrible que la sospecha. Pero, ¿Acaso no he podido notar un cambio apenas perceptible en la imagen? Sé que no es posible, pero también sé que no soy el anciano enjuto que tengo ante mí, ¿o quizá sí lo sea. Ha hecho la vida de mí lo que ahora veo reflejado en el espejo?

Tego ganas de salir huyendo, pero no me atrevo a mover un solo músculo. ¿Cuánto tiempo llevo en esta posición. Horas, minutos? No me hago una idea. En cualquier caso un tiempo que se me hace eterno. Y en todo este tiempo, un sólo cambio, aunque imperceptible. Apenas me atrevería a asegurar que fue real. ¿Soy yo el que tengo ante mí, es otro, o acaso es mi doble, que viene a atormentarme, a arrastrarme con él a través de ignotos senderos?
No me siento cansado, tan sólo abatido y profundamente triste, y sin embargo, ¿no llevo todas las edades del hombre frente al espejo?

Miro fijamente los ojos que tengo ante mí. ¿Son del mismo color que los míos? Diría que no, pero ¿cómo saberlo?
Permanecemos inmóviles los dos. ¿Por qué me atormenta de esa manera. No son esos los ojos de un difunto, apagados y fríos?
No asoma vestigio de felicidad alguno en su rostro. Supongo que en el mío tampoco, pero aquellos no son mis ojos, al menos eso creo, aunque no consigo recordar cómo son los míos.

De pronto, un cambio. Algo ha cambiado, aunque ahora la quietud vuelve a ser tan absoluta que no sabría explicar exactamente en qué consiste dicho cambio ni qué consecuencias puede tener. Trato de recordar. He pasado tanto tiempo frente al espejo que debería conocer con todo detalle cual era la postura de quien está frente a mí, pero parece que mis recuerdos se han adaptado a la nueva realidad. ¿O es que realmente nada a cambiado? Sin embargo aseguraría que sí, pero ha debido efectuarse de una forma muy sutil. ¿Está jugando conmigo. Qué se propone?

Me gustaría abandonar la habitación, escapar para siempre de ese aborrecible ser de ultratumba que me observa tan detenidamente, pero una fuerza violenta me detiene. ¿Y si cuando me mueva mi reflejo permanece impasible. No sería este hecho el preludio más absoluto de la locura.
Habría esperanza para mí después de contemplar un hecho así. No es mejor permanecer completamente inmóvil y albergar la terrible sospecha antes que confirmarla y sucumbir?

¿Quién eres tú? ¿Ha salido de su boca o de la mía? He visto sus labios moverse. Sin embargo no recuerdo haber movido los míos. Puedo ver el terror asomando a sus ojos, sin embargo los míos deben reflejar lo mismo.
Su angustia es palpable en el temblor de sus labios. Su rostro, levemente desencajado se transforma poco a poco en una mueca de terror, al tiempo que, como yo, descubre que no somos la misma persona.
Finalmente me vuelvo. No me atrevo a mirar. ¿Se habrá vuelto la imagen del espejo? No quiero verlo. El espanto atenaza cada fibra de mi ser. Me impele a escapar.

Salto atravesando el umbral de la puerta y me dirijo a grandes zancadas hacia mi habitación. Temo volverme y mirar. ¿Y si me persigue un extraño por el pasillo? Abro la puerta del dormitorio, penetro en él y cierro con fuerza, apoyando la espalda contra ella para evitar que vuelva a abrirse tras de mí, pero su contacto me hiere, me sugiere un peligro sobrenatural.
Me dirijo hacia la cama. No tengo por dónde escapar. Miro hacia la ventana, pero mi propio reflejo me espanta. No he tenido tiempo para verme en él, para ver al extraño ente del espejo, que se hace pasar por mí. Tampoco sé qué es lo que hubiera visto, pero prefiero no saberlo.

Avanzo un paso más hacia mi cama, pero, ¿qué es esto? Hay alguien acostado en ella. ¿Quién es? Lleva puesto mi pijama. Avanzo un par de pasos más, imbuido en el más vivo terror. Está vuelto de espaldas. Asomo la cabeza por encima del intruso y, ¡oh, cielos! ¿Acaso no soy yo ese que está tendido?
Percibo por primera vez el hedor a podredumbre que impregna la habitación. Ante mí no veo más que un despojo humano, una calavera
sin rostro. ¡Ese soy yo! ¿Pero cómo puede ser? No puede ser. Corro a la puerta. La abro con violencia. Necesito escapar de allí. Cierro tras de mí tratando de mitigar así el hedor de la muerte, y corro al baño.

Necesito mirarme al espejo, reconocerme en él y atraer así un poco de paz sobre mí.


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