Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

A. J. González 4 octubre 2009


ajgonzalezescritor



Autor de “Utopía literaria nº 1: Isidore Ducasse”, que podréis encontrar en su página de autor en Bubok.



Mi interés hacia la literatura comenzó en el momento en que sostuve por primera vez un libro en las manos. No recuerdo qué edad tendría, pero sí recuerdo que mi madre se sentaba junto a mi lecho y me leía un cuento ilustrado. Tras eso, el cuento acababa en mis manos y yo trataba de dilucidar entre aquellas inextricables líneas, qué sería lo que allí se decía.

Me pareció y aún me lo parece, algo casi mágico, el hecho de que con unas líneas escritas se narrara una historia que nos hiciera soñar, ver otros mundos y convertirnos en los protagonistas de muchas historias.

Hoy pienso que aquel comienzo fue maravilloso, pues en cuanto aprendí a leer empecé a hacerlo, y si bien la primera mitad de mi vida lo hice con moderación, e incluso con miedo de que aquella fuente de placer se agotara de pronto y no pudiera hallar ya, más autores que me gustaran, cuando descubrí que no sería así lo hice con voracidad, y gracias a ello, y gracias a los escritores a los que tanto debo, tengo la sensación de haber vivido mil vidas y la satisfacción de haberme podido formar como escritor, pues sólo dos cosas hacen al escritor: la literatura y la pasión.

No tenía aún un referente literario, cuando a los doce años descubrí El hobbit, de Tolkien. Este libro me mostró una nueva forma de entender la fantasía, que no había concebido hasta entonces. Después descubrí El señor de los anillos, cuyo único defecto, entre todas sus virtudes, es el de ser una obra demasiado corta.

Sentí en ese momento la primera pena literaria, pues pensé que había descubierto una estrella refulgente y se había apagado demasiado pronto. Pero después descubrí algunos cuentos deliciosos que también escribió, y la obra de su hijo, Christopher Tolkien, quien con gran esfuerzo y dedicación recopila y edita, aún hoy los viejos manuscritos de su padre.

Actualmente leo estos libros de una manera muy espaciada, pues así siento que siempre queda algo más sobre Tolkien por leer.

Después, con catorce años, descubrí las Crónicas vampíricas de Anne Rice, y disfruté mucho con la lectura de sus cinco primeras obras de la colección. Me mostró una manera más oscura, pero sensible, de entender la fantasía.

Tras esto, llegó un triste y largo periodo de decepciones, que debo agradecer a los promotores de la industria.

Tras dedicar tardes enteras a la búsqueda de alguna joya en las librerías, me marchaba de allí con algunos libros, que invariablemente me costaban el poco dinero que poseía, y que jamás debieron escribirse, o editarse al menos.

Con el tiempo he aprendido a buscar en los rincones y descartar el centro de las librerías, o todo lo que haya sido colocado con el fin de ser visto.

Durante este periodo llegué a leer hasta cinco veces los libros de Tolkien y Anne Rice que poseía, siempre doliéndome de que costara tanto encontrar algo de calidad en las librerías, hasta que el destino me colocó junto a un hombre. Si aún existen sabios en el mundo, fue él quien les enseñó lo que saben.

Recuerdo las conversaciones literarias que manteníamos hasta las cinco de la madrugada, y le agradezco el haberme abierto realmente las puertas a la literatura. Su nombre es Abel.

La literatura, hoy en día es muy singular, y esta singularidad hace perderse a mucha gente, y le impide evolucionar.

Por una parte están los libros que son anunciados en la televisión; que están en los escaparates de las librerías; y en su interior ocupan un puesto de honor; que aparecen en las grandes superficies de ventas y en general, son reseñados con algunos de estos epítetos: “…es una obra cumbre…” “…la obra maestra de…” “…los críticos la califican al mismo nivel que el señor de los anillos…” “…el best-seller…” “…Nº1 en ventas…”

Y por otra parte tenemos los libros que normalmente se encuentran en la trastienda, los rincones, o alguna polvorienta librería de viejo.

Entre los primeros habitan los best-sellers prefabricados, cuyo estilo y técnica dejan mucho que desear pero la lectura es muy fácil y el tema está de moda. Libros infantiles y juveniles de no ser por el contenido de violencia y sexo que suelen contener, y entre los últimos están Maturín, Kafka, Goethe, Víctor Hugo, y un largo etcétera cuyos méritos y excepcional calidad sería ocioso tratar de explicar, y que desde luego no necesitan aquellos pomposos y falsos epítetos.

Entre las editoriales pequeñas hay una graciosa costumbre, que es la de tratar la primera obra de un autor como “su obra cumbre”, a lo cual no entiendo cómo, estos escritores llenos de esperanza, que editan por primera vez, no se oponen, pues a la vista salta que es tan ridículo como hacer una presentación y firma de libros de un primer título, lo cual es tan habitual como lo anterior.

Pero dejaré estos sinsentidos pues no es el momento de hablar de ello. Tan sólo dije esto para tratar de explicar el cambio que experimenté en mis hábitos de lectura y la gran ampliación de horizontes que sentí, ya que ahora me movía como un lector experto por las librerías.

Platón destruyó todos mis esquemas y me obligó a reconstruirlos. Reorganizó mi forma de pensar; la lectura continuada de Gustav Meyrink me hizo subir la fiebre durante una enfermedad; Maturín me mostró un mundo tan desesperado y tan vívido que me provocó horribles pesadillas durante meses y al finalizar una obra de Víctor Hugo, lloraba con una desesperación sólo conocida en los momentos más duros de la vida.

Entonces entendí que la mayor virtud que podía adquirir una obra, era la de provocar en nosotros unos sentimientos, que si bien pueden parecer artificiales, no lo son, pues si los tienes es porque ha logrado capturarte, introducirte en su mundo y convertirte en el protagonista de la obra que leías. En definitiva te ha hecho vivir una vida entera en unas páginas, ¿y no es esto maravilloso? Pues independientemente de nuestras creencias, de momento tan sólo tenemos una vida, y aquel libro maravilloso nos hizo vivir otra distinta.

Había pasado desde los diez años escribiendo esbozos de novelas, cuentos y ensayos literarios que no merecían ser publicados ni merecen más mención que la que corresponde a la virtud que otorgan al que sueña con ser escritor.

Cuando tratamos de escribir una historia y no sabemos como resolver determinadas encrucijadas, sabemos que ha llegado el momento de leer otros diez o veinte libros, y enfrentarse de nuevo al mismo problema. Después surgirán más, pero es esta la pasión que hace al escritor.

Cuando me di cuenta de ello, aparté a un lado mi sueño de ser escritor y albergué el de aprender a escribir bien, pero lo coloqué a una distancia prudencial, pues lo único que importaba era leer muchos libros que me hicieran prosperar.

Así pasé cinco años de mi vida leyendo entre cincuenta y ochenta libros al año, aprovechando cualquier rato que tuviera libre, siempre con un libro en la mano.

Después escribí algunas páginas y comprobé que la calidad técnica de lo escrito era muy buena y que ya no sentía barreras ni limitaciones, y ese fue el momento, hace dos años ya (2007), en el que empecé a escribir.




Mis relatos en este blog:

El espejo

El páramo


 

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