Relatos sorprendentes

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La Última Equivocación 8 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas  

 

 

La Última Equivocación

La hora del taco no era tan terrible esa tarde; lo más probable era que todos se hubiesen retirado temprano para ver el partido de la selección de futbol.

Marlene conducía tranquila, aprovechando la poca cantidad de vehículos que había en la calle. Al pasar frente al supermercado un destello cruzó por su mente, como un frio fantasmagórico que acaricia la nuca helándote de angustia.

-Se me olvidó que tenía que pasar al supermercado; se recriminó  a sí misma. -Y justo hoy tengo invitados.

Cuatro cuadras más allá, Marlene viró en la esquina para retroceder e ir a comprar. Si tenía suerte no habría mucha gente.

A pesar de ser día viernes el supermercado estaba casi vacío; el partido de futbol en que la selección se jugaba su puesto en la próxima Copa Mundial había causado un gran revuelo.

-Cabezas de pelota; comentó Marlene para sí.

Después de un rato salió con las manos llenas de bolsas. El estacionamiento subterráneo estaba vacío, aunque eso no inquietó a la mujer, que no era la primera vez que lo veía así. Sin embargo, una sensación de incomodidad la embargó al llegar junto a su vehículo; con ambas manos ocupadas no tenía como sacar las llaves.

-Mmm, ¿cuándo van a inventar los autos inteligentes?; se preguntó mientras dejaba las bolsas en el suelo.

El dolor agudo del golpe seco en la nuca hizo que todo se volviera negro frente a Marlene.

Amarrada, amordazada y con los ojos tapados Marlene despertó en un automóvil que no era el suyo; con un fuerte dolor de cabeza y algo mareada, se dio cuenta de que hace un rato el vehículo corría por una carretera, pero debido a que los raptores habían dado varias vueltas, estaba totalmente desorientada.

Sin saber cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba, Marlene sintió que el auto se detenía. La voz de una mujer ordenó que la llevaran dentro de la casa.

-Vamos que tenemos que movernos rápido; dijo un hombre.

Por las voces Marlene pudo contar a cinco personas, ninguna de las cuales le decía nada a ella.

Un hombre la tomó de los brazos, que llevaba atados a la espalda y la condujo con relativa suavidad a un sótano, frío y mal iluminado, con olor a desinfectante, molesto y opresor al olfato. El hombre abrió una puerta aparentemente metálica, por el sonido que hizo e introdujo a la mujer en ella, sacándole la venda que la cegaba.

-¿Quiénes son y por qué me han traído aquí?; preguntó inmediatamente Marlene mirando al hombre a la cara.

-Tranquila y todo será más fácil; respondió él.

-¿Qué quieren?; quiso saber ella. -Si es dinero, sepan que no tengo ni para hacer cantar a un ciego.

-A su debido tiempo lo sabrá; terminó el hombre. -Ahora descanse; dijo cerrando la puerta con llave al salir.

¿Me habrán secuestrado de verdad o será una broma de algunos de mis amigos?; se preguntó la mujer. -Claro que si fuese solo una broma no me habrían pegado tan fuerte en la cabeza. Supongo que es un secuestro real, ¿pero por qué?

Sola en su celda Marlene tenía tiempo de sobra para hacerse una y otra pregunta sin respuesta.

-¿Será que se dedican al tráfico de blancas?; seguía preguntándose ella.     -Por último me hubiesen preguntado primero; irme a vivir con un multimillonario petrolero o un emir árabe no es tan mala idea después de todo.

En eso gastaba el tiempo Marlene cuando escuchó que introducían una llave en la cerradura.

-Coma un poco; ordenó la mujer llevando una bandeja con comida.

-Si no me suelta las manos es difícil que pueda; respondió Marlene. -Si están pensando en pedir rescate por mí olvídenlo, mi familia y yo somos pobres.

-Aunque no lo crea, usted vale mucho dinero; respondió la mujer.

-No sé a qué se refiere; contestó la cautiva.

-No importa; agregó la captora. -Ahora coma.

Aprovechando un descuido Marlene se abalanzó contra la celadora y salió corriendo. En un abrir y cerrar de ojos logró subir la escalera que conducía al primer piso. Pudo correr un par de metros por un angosto pasillo, cuando un fornido tipo la abrazó fuerte y levantó, dejando sus pies en el aire.

-No la lastimes; ordenó otro hombre. -La necesitamos entera.

-Mejor procedamos enseguida, antes de que nuestra invitada nos cause más líos; sugirió la mujer que salió del sótano.

-Tienes razón; coincidió el hombre. -Preparen todo.

-Vamos señorita; dijo el hombre que la retenía. -Ustedes dos vigilen que no venga nadie.

Marlene fue conducida de vuelta al sótano, en cuyo lóbrego interior el musculoso sujeto abrió una puerta que hasta ahora la muchacha no había visto.

-¿Qué me van a hacer?; preguntó asustada al ver el interior de la macabra habitación.

Un quirófano, un frío y blanco quirófano la recibió con su inquietante lámpara gigantesca que alumbraba una camilla de operaciones.

¡No! esto es una barbaridad; gritó la muchacha forcejeando y tratando furiosamente de librarse de la férrea presión ejercida por el hombre que la sujetaba.

-Mejor cálmese; aconsejó la mujer.

Una sensación de calor corrió por el brazo derecho de Marlene y una pesada somnolencia la embargó. Aunque no la durmió completamente, el tranquilizante la relajó bastante, anulando su resistencia pero no su miedo ante un destino final que se abría aterrador ante ella. Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraba atada de pies y manos con sendas correas de cuero a la mortífera cama.

-¿Por qué?; preguntó Marlene con un nudo en la garganta.

-Porque tus órganos valen millones para nuestro cliente querida; contestó la mujer.

-Lo peor es tener que dañar este exquisito cuerpo; agregó en forma libidinosa el hombre acariciando el abdomen desnudo de la muchacha, mientras sádicamente hacía brillar la hoja del bisturí que sostenía en su mano derecha.

-¡No, no!, por favor no lo hagan; suplicaba Marlene mientras se retorcía en la camilla.

-Vamos a tener que dormirla completamente; sugirió el hombre.

-Ya tengo lista la anestesia; contestó la mujer con una jeringa en una bandeja de acero.

Con un algodón empapado en alcohol, la mujer comenzó a limpiar el brazo de aterrada muchacha. Marlene tenía el rostro empapado en traspiración a causa del terror que la dominaba.

-¡No, por favor no!; gritó la joven cuando la aguja rozó su piel.

Los azules ojos de la chica se volvieron rojos de golpe, quedando cruzados por una línea delgada; su suave piel se tornó rápidamente dura y oscura.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó atónita la mujer cuando la aguja se le quebró.

El cuerpo encorvado de la muchacha se tornó duro y macizamente musculoso y de sus crispadas manos crecieron curvas y gruesas garras.

Ante la incrédula mirada de los traficantes de órganos, el bello rostro de Marlene perdió su armonía y encanto. La boca desmedidamente abierta dejaba ver un pozo negro coronado por decenas de finos y agudos dientes, semejantes a una sierra de leñador.

-¿Qué diablos es esto?; preguntó el hombre al borde del espanto.

De lo que había sido la delicada muchacha, ahora no quedaba nada. Mezcla de locos, de criaturas de distinto tipo, con rasgos anfibios, reptiles, mamíferos y humanos, sin ningún orden lógico; era una cosa más que un solo ser definido, que luchaba por zafarse de sus ataduras.

-¡Salgamos de aquí!; gritó la mujer cuando la cosa de un tirón cortó las correas que inmovilizaban sus piernas y sin esfuerzo aparente liberaba sus brazos.

-¡Corre!; dijo el hombre a su compañera, pero ésta solo alcanzó a dar un alarido cuando su cara fue literalmente arrancada de un zarpazo, que afortunadamente también le cortó la garganta, dándole el beneficio de una muerte casi instantánea.

Sin pensarlo dos veces el hombre corrió hacia la puerta, tratando de salvar su poco valiosa y miserable vida, pero cuando iba a tomar la cerradura, vio como la puerta era salpicada de sangre; de su propia sangre, desparramada cuando una mano de la cosa atravesó su espalda y salió por su pecho. Sus manos resbalaron por la puerta ensangrentada al desplomarse sin vida al frio piso de baldosas hasta hace poco blancas.

El alarido de la mujer al ser mutilada atrajo a otro de los hombres, el que blandiendo una pistola de grueso calibre bajó corriendo la escalera del sótano. Todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta ante la visión de la cosa que chorreaba de sus manos la sangre de sus cómplices.

El olor a adrenalina penetró a raudales a las fosas nasales de la cosa, enloqueciéndola prácticamente de rabia y sed de muerte; dando un extraño rugido el monstruoso animal se abalanzó sobre el hombre, quien no dudó en disparar una y otra vez en forma inútil sobre la mole de músculos y garras que corría hacia él. Los disparos solo enojaron más a la cosa, cuya gruesa piel no era ni siquiera rasguñada por las balas.

De un solo golpe el tórax y abdomen del hombre quedaron cruzados por cuatro profundos surcos que dejaron a la vista sus desgarrados órganos.

Ante los disparos y los gruñidos de la cosa los otros dos criminales saltaron de su silla en la cocina, sacando inmediatamente sus armas de la ropa. Huellas de grandes pisadas ensangrentadas subían desde el sótano y seguían por el angosto pasillo de la vieja casona.

Un furioso y salvaje gruñido acompañó el golpe que uno de los hombres recibió en la cabeza, arrancándole la mitad del cráneo.

Espantado el otro hombre trató de defenderse con su pistola, pero las balas no lograban romper la dura piel de la cosa; desesperado, con el arma vacía, el hombre la arrojó contra el animal, sin hacerle ni el menor daño. De un salto la cosa derribó al hombre y lo despedazó literalmente a zarpazos.

Durante dos días había nevado sin cesar y la nieve había creado un grueso manto blanco en el exterior.

Grandes zancadas de pisadas ensangrentadas se marcaban en la nieve fresca; poco a poco las huellas se fueron haciendo más cercanas y con marcas más pequeñas. Pisadas ensangrentadas de una persona descalza que caminaba hacia  la ciudad.

 

 

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