Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación! 1 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación!

Los vehículos que llevaban el equipo de filmación y al elenco de la película llegaron temprano ese día, acabando con la quietud que siempre reinaba en el pueblo; pero no se detuvieron ahí, llegando hasta los límites del bosque en el que los productores habían decidido filmar la película en su totalidad. Había sido una apuesta a la suerte preferir usar ese lugar como un escenario natural y prescindir de los foros artificiales. Sin embargo, no era la primera vez que se hacía algo así, pero la producción no debía parecerse en nada a las ordinarieces de “películas reales”, filmadas con la cámara de algún aficionado.

-Vamos holgazanes, muévanse rápido; vociferaba a través de un megáfono el ayudante del director. -No tenemos todo el tiempo del mundo y el campamento ya debería estar montado hace rato

Durante varias semanas la paz del lugar se vería perturbada por un ejército de personas que con sus equipos y luces correrían  sin parar de un lado para otro.

En un pueblo alejado del mundo, en un lugar olvidado se extendía un bosque oscuro y tenebroso; el escenario perfecto para desarrollar una historia de terror y muerte, donde los protagonistas deberían luchar a cada momento por su vida. Y precisamente por su lúgubre aspecto había sido elegido para esta realización.

-¿Está todo listo para comenzar el rodaje?; preguntó el director a su ayudante.

-En cuanto los actores estén listos; contestó Hugo.

-Muy bien, silencio ahora; gritó el director. -Luz, cámara y… ¡Acción!

Las cuatro parejas de excursionistas se internaban plácidamente sin ninguna preocupación en la espesura, disfrutando del aire puro y de la tranquilidad reinante en el lugar, del cual gozarían  durante una semana lejos del bullicio de la ciudad.

-¡Corten!; gritó el director. -Prepárense para la siguiente escena.

-Este rodaje va a ser como un paseo por el campo; comentó Andrés. -Me queda muy bien este papel de tipo rudo.

-Es interesante este proyecto; opinó Paola, abriendo una botella de agua.

-Con mi talento no creo que demoremos mucho; dijo Álvaro.

-El halago viene de muy cerca; rió  Fernanda.

-¿Las estrellas quieren una invitación para trabajar?; preguntó Hugo al grupo de actores que bromeaban.

-Ya vamos; contestó Francisco.

Las escenas se sucedían una tras otra sin ningún contratiempo, por lo que la película estaría lista dentro de los plazos previstos. Sin embargo, también crecía el desorden y la suciedad en el bosque, a pesar de que en reiteradas oportunidades el ayudante del director los reprendió a todos.

Paola corría casi al borde del pánico, su mirada vidriosa y su respiración agitada indicaba que se encontraba al borde del desmayo. La bestia venía detrás y estaba a punto de darle alcance. Ella se volvió para ver, pero solo se escuchaban rugidos y veía ramas que se agitaban. Los técnicos de efectos especiales habían amarrado cordeles plásticos a las ramas y tiraban de ellos para agitarlas, junto con algunas grabaciones de gruñidos creaban la ilusión perfecta de una persecución; Paola solo debía imaginarse que realmente estaba siendo perseguida por un ser aterrador. Tan concentrada estaba ella en parecer lo más asustada posible que no se percató de la rama que estaba atravesada en el suelo; su pie derecho se enredó en ella y cayó violentamente al suelo.

-¡Corten!; gritó enojado el director al ver a su estrella sujetándose la pierna y llorando de dolor.

El médico que la fue a revisar movió la cabeza de un lado a otro.

-Lo siento; dijo al director. -Paola se quebró un hueso y va a estar enyesada  al menos dos meses.

-¡No tenemos dos meses!; gruñó furioso el director.

-Lo siento querida, pero voy a tener que reemplazarte; dijo el director.

-Usted no puede hacer eso; explotó la actriz.

-Si revisas tu contrato te darás cuenta de que sí puedo; rebatió él.

-Vamos; dijo el médico a Paola. -Debo enyesarte la pierna enseguida.

-¡Reemplazarme a mí!, alegaba sola la actriz. -¿Quién se cree que es este director de segunda?

-No ganas nada discutiendo; le dijo en voz baja el ayudante del director. -Mejor reclámale a tu representante por no fijarse bien en lo que decía tu contrato.

-¿Reclamarle?; preguntó Paola. -A ese lo voy a despedir enseguida; dijo furiosa.

-Esto es lo único que faltaba; decía para sí el nervioso director. -¿A quién diablos voy a conseguir ahora para el rol estelar?

-¡No!; gritó la joven que llevaba una jarra de limonada cuando ésta se le cayó. -Terrible desgracia sin par para este noble elixir que no podrá alcanzar la gloria saciando la sed del mundo; dijo ella llevándose las manos al corazón con una expresión de aflicción en el rostro. -Bah, líquido tonto que no supiste mantenerte en tu lugar, ahora sécate como las hojas de otoño y esfúmate como la nieve en primavera.

-¿Mmm?; dijo el  director volviéndose a mirar a la joven, que hablaba así ante un hecho sin importancia, expresando sentimientos tan opuestos.

-Hey niña, ven acá un momento; la llamó él. -¿Cómo te llamas?

-Ligia señor, ¿en qué puedo servirlo?; contestó amablemente ella.

-¿Dónde estudiaste actuación?; preguntó él.

-¿Yo?, en ninguna parte; respondió ella. -Solo jugaba un poco. Ya sabe, entre tanta estrella famosa una se entusiasma también.

-Ya veo; comentó el director.

-¿Quieres actuar en la película?; preguntó él luego de meditarlo un rato.

-¿Es en serio?; preguntó ella.

-¿Me ves cara de broma acaso?; preguntó molesto él.

-Por supuesto que no señor; se disculpó la joven. -Es solo que no soy actriz.

-¿Pero te gustaría?; insistió él.

-Claro que sí señor; respondió ella. -Me encantaría poder empezar como extra, yo…

-¿Te volviste loca acaso?; la cortó él. -Te estoy ofreciendo el papel protagónico.

-¿Qué cosa dijo?; preguntó ella sin poder dar crédito a lo que oía.

-Quiero que reemplaces a Paola, ya que se rompió una pierna y no puede continuar; explicó a la muchacha.

-¿Se burla de mí acaso?; preguntó en forma defensiva la joven. -Le advierto que no soy ninguna tonta ingenua de la que se puedan aprovechar.

-Nada de eso querida; respondió el director. -Sé reconocer el talento cuando lo veo y tú tienes bastante.

-No sé qué decir; contestó emocionada ella.

-Si te interesa di que sí; dijo él. -Oportunidades como esta se dan una sola vez en la vida y si es que se dan.

-Sí me interesa; respondió la muchacha. -Claro que me interesa.

-Tenemos un trato entonces; dijo el director tendiéndole la mano. -Pasa más tarde con mi ayudante para firmar un contrato.

-Está bien señor; respondió Ligia.

-Como saben Paola se accidentó y no vamos a poder contar con ella para el resto de la filmación; comentó Hugo a los actores.

-¿Qué va a pasar con la película?; quiso saber Andrés.

-Ligia va a unirse al elenco desde ahora; explicó Hugo.

-¿Quién es Ligia?; preguntó Fernanda.

-La nueva actriz que va a trabajar con ustedes; indicó el director. -Por el buen término de la producción espero que la acojan bien, de lo contrario…

-Hola querida, bienvenida; la saludó Fernanda.

-Encantado; agregó Francisco.

Álvaro con  mirada de fresco se aplicó aerosol para el aliento.

-Álvaro para servirte; la saludó besándole la mano a la joven.

-Muchas gracias, estoy muy emocionada; respondió Ligia.

La joven nueva actriz demostró ser muy versátil y rápida para memorizar sus líneas, así como muy hábil para simular cualquier emoción, lo que tenía muy contento al director por su descubrimiento. Muy pronto se convirtió en la favorita de todos, sobre todo de Álvaro que a cada oportunidad que se le presentaba trataba de seducirla, pero ella lograba zafarse de él en forma siempre muy amable y elegante, lo que le hacía mucha gracia al resto del elenco.

-¿Aún sigue intentándolo?; preguntó Fernanda a Ligia.

-Sí, igual es lindo, pero no sé; respondió la joven.

-Ya sé, es dulce como un chocolate en un día de calor, pero tan pegajoso que te aburre; opinó Fernanda.

-Sí, eso mismo; rió Ligia. -Se ve que ya lo intentó contigo.

-Si no me equivoco, creo que lo ha intentado con todas las mujeres que se le han puesto por delante; contestó Fernanda.

-¿Y le ha resultado con alguna?; quiso saber la joven.

-Con algunas, pero menos de las que él jura; comentó Fernanda.

-En todo caso no tengo en mis planes involucrarme con nadie; aclaró Ligia.

-Me parece bueno eso; opinó Fernanda. -Sobre todo teniendo en cuenta que recién estás empezando en este negocio.

Francisco mostraba un profundo corte en su brazo derecho tras sufrir el ataque de uno de esos simios salvajes que ya habían matado a Paola en una especie de ritual religioso. Las cámaras colocadas sobre rieles permitían gravar la escena de la persecución en un ángulo que la hacía ver muy intensa, al ir enfocando el rostro del actor; mientras otra cámara enfocaba en forma amplia el lugar en que los técnicos de efectos especiales habían montado una trampa en la que se supone que moriría ensartado el personaje encarnado por Francisco. El director de fotografía mantenía su brazo derecho en alto, haciéndolo caer justo en el instante en que el actor llegaba al lugar señalado.

Todas las cámaras captaron el momento del clímax de la escena en que decenas de puntas afiladas atravesaron el cuerpo del actor.

-¡Corten!; gritó el director. -Todo salió perfecto; felicitó en voz alta a todos.

Los técnicos de efectos especiales corrieron a ayudar al actor a salir del aparataje montado para simular su muerte. Uno de ellos palpó el líquido rojo que manaba del cuerpo de Francisco y retrocedió cayendo de espalda. Todos se miraron desconcertados cuando Fernanda lanzó un agudo grito al ver colgando con los brazos sueltos el cuerpo destrozado de su compañero.

-¡Está muerto!; gritó el otro técnico.

-¿Cómo diablos ocurrió esto?; preguntó gritando el director.

-No lo entiendo señor; trató de explicar el jefe de efectos especiales. -Hace un rato que habíamos montado el equipo; eran solo imitaciones de madera hechas con silicona, totalmente inofensivas. No lo comprendo, hemos hecho este truco varias veces sin ningún problema.

-¿Le parece que esto es silicona?; preguntó furioso el director quebrando una punta de madera con sus manos.

-Le juro que hasta hace una hora ahí había silicona; gritó furioso el jefe de técnicos. -Lo único que se me ocurre es que alguien deliberadamente cambió todo.

-¿Quién tiene acceso a este lugar?; preguntó Hugo.

-¿Se refiere aparte de actores, técnicos, personal de apoyo y directores?; preguntó el jefe de técnicos.

-¿Eso quiere decir que hay un asesino entre nosotros?; preguntó Andrés.

Fernanda lloraba desconsolada abrazada a Ligia, la que tenía sus ojos cerrados.

-Salgamos de este lugar y que nadie toque ni altere nada; ordenó Hugo.

-¿Qué vamos a hacer?; preguntó Álvaro.

-Nosotros nada; respondió Hugo. -Pero la policía debe encargarse de esto; dijo mirando al director.

-Éste solo se limitó a mover una mano en gesto de asentimiento.

-Este es el fin; dijo abatido el director a Hugo. -La ruina total.

-Creo que lo más importante ahora es aclarar este asesinato; respondió el ayudante.

-¿Piensas que hay un asesino entre nosotros?; preguntó el director.

-¿Se le ocurre una explicación mejor?; insistió Hugo.

-No lo sé, mejor dejemos todo en manos de la policía. -Debemos tratar de continuar con la filmación; se lo debemos a Francisco. Esta película será un homenaje a su memoria.

A la hora el campamento se había llenado de policías y peritos de la unidad de criminalística que tomaban muestras en el lugar del asesinato. Uno a uno todos los miembros sin excepción fueron interrogados y sus huellas digitales tomadas.

-¿Conocía bien a la víctima?; preguntó el detective a cargo de la investigación a Ligia, que temblaba aun con un vaso de agua en la mano.

-No mucho, apenas comencé a actuar aquí hace poco, cuando la actriz protagónica se accidentó y tuvo que ser reemplazada; contestó ella al policía.

-¿Antes conocía a alguien del staff?; siguió interrogándola.

-A nadie, cuando llegaron los de la película entré a trabajar como auxiliar, al igual que otros; respondió la joven.

-¿Por qué me hace estas preguntas?; preguntó Ligia. -¿Acaso cree que yo tuve algo que ver en la muerte de Francisco?

-Hasta no encontrar al verdadero asesino, todos son sospechosos; explicó el detective.

El estado anímico de todos era muy malo y no era para menos después de lo ocurrido. Sin embargo, el director estaba empecinado en continuar con la filmación.

-No estoy muy segura si es lo correcto; comentó Fernanda.

-Todos estamos muy abatidos por la terrible muerte de Francisco, pero debemos hacerlo por él, como una manera de rendirle un homenaje póstumo; dijo el director.

-Yo estoy de acuerdo; respondió Ligia. -Se lo debemos como una muestra de respeto a su persona.

-Creo que tienes razón; aceptó Andrés.

-Opino igual; coincidió Álvaro.

-Está bien; aceptó al fin Fernanda.

-¡Excelente!, sacaremos adelante esta producción como Francisco hubiese querido. Terminaremos con ella y será un homenaje para nuestro compañero caído; sentenció el director.

Después de unos días de investigación, la policía no había dado con ninguna pista que condujese al o los asesinos. Finalmente autorizaron continuar con el rodaje, con la condición de que nadie abandonase el campamento. Los actores se esforzaban hasta el límite para lograr que la película fuese digna de la memoria de Francisco.

Al poco tiempo Ligia ya había demostrado ser tan capaz como el más experimentado de los actores. Ya no se parecía a la jovencita tímida e insegura de hace unas semanas; al igual que a los demás, la muerte de Francisco parecía haberla cambiado.

A pesar de todo, la filmación seguía su curso y estaba editada más de la mitad, así es que el director decidió darles un día libre a todo el personal.

Álvaro caminaba distraídamente por el bosque, cuando un dulce canto de mujer llamó su atención y dirigió su andar al lugar de donde provenía la hipnótica voz. Al poco andar vio a Ligia que junto al rio tomaba agua en sus manos y la esparcía en sus firmes, bronceados y bien torneados muslos. Álvaro pisó una rama cuyo sonido al romperse hizo que la joven se volviese a verlo; en vez de asustarse o sentirse avergonzada, le sonrió y sin dejar de mirarlo, siguió mojando sus piernas que brillaban bajo la luz del sol, con movimientos suaves y lentos, como dirigiendo la mirada de Álvaro que la miraba embobado. Él siguió avanzando sin quitarle la vista de encima, hasta llegar a un metro de la joven; dio un paso más y su pie se posó sobre una piedra mojada cubierta de lama, resbalándose como si hubiese pisado una barra de jabón. No pudiendo mantener el equilibrio, la cabeza del actor golpeó una piedra, quedando inmediatamente inconsciente, con la cara sumergida en el agua. La corriente movió el cuerpo hasta el centro del rio alejándolo del lugar.

Ligia sin inmutarse continuó su tarea de asearse y refrescarse en el curso de agua que había reclamado la vida de Álvaro.

A la hora de almuerzo todos echaron de menos al actor y decidieron salir a buscarlo.

-¿Adónde habrá ido?; peguntó de mal humor Hugo. -La policía dio órdenes precisas de no abandonar el campamento.

-La última vez que lo vi dijo que iba a estirar las piernas al bosque; respondió Andrés.

-Mejor vamos a buscarlo; sugirió Fernanda. -Puede haberle pasado algo.

-¡Álvaro!, ¡Álvaro!; gritaban todos mientras caminaban entre los árboles, pero él no contestaba.

-¡Demonios!; gritó Hugo al ver un cuerpo tirado junto al rio.

Todos corrieron hasta la orilla, para ver el rostro azuloso del cadáver de Álvaro, que había sido devuelto por el agua.

-¡No puede ser!; dijo Ligia a punto de caer al suelo si no hubiese sido porque Andrés la sostuvo justo a tiempo. Fernanda la abrazó mientras la joven lloraba descontrolada.

-Tranquila; le decía Fernanda sin dejar de abrazarla.

-¿Cómo quieres que esté tranquila si Francisco y Álvaro están muertos?; preguntó ella. -Todos vamos a morir; gimió entre sollozos.

-Nada de eso; rebatió el director. -Nadie más va a morir.

-Parece un accidente; opinó el forense. -Debe haberse acercado a la orilla y pisó una de estas resbalosas piedras; indicó el especialista. -Al caer se golpeó la cabeza y cayó al agua ahogándose.

-¡Quiero irme a mi casa!; dijo llorando Ligia.

-Lo siento señorita, pero con dos muertes seguidas en un mismo lugar no puedo permitir que nadie salga de aquí; indicó el detective.

-Pero estamos atrapados con un asesino, que a lo mejor también mató a Álvaro; contestó Fernanda.

-Aun así, nadie puede irse de aquí; cortó tajante el policía.

Andrés estaba meditando y fumando en el bosque cuando algo tirado en el suelo llamó su atención y se agachó a recogerlo. Era una pequeña joya; él sabía que la había visto antes pero no recordaba exactamente dónde. Un crujido sobre su cabeza lo hizo mirar para arriba justo en el instante en que una gruesa rama se rompía del árbol junto a él y le aplastaba la cabeza.

-Hace rato que no veo a Andrés; comentó Ligia a Fernanda.

-Es cierto, ahora que lo mencionas, hace horas que no sé de él; pensó Fernanda.

-¿No creerás que él es el asesino?; preguntó la actriz.

-Ya no sé qué creer; contestó Ligia. -Pero en todo caso no pienso alejarme de ti, no quiero estar sola.

La joven se veía tan asustada y vulnerable que Fernanda no pudo evitar sentir lástima por ella.

-Tienes razón, es mejor que nos mantengamos juntas; aceptó ella.

-¿Han visto a Andrés?; preguntó Hugo a las mujeres.

-No; respondió Ligia. -Hace rato que no aparece.

-Voy a avisarle al director; dijo el hombre. -Puede que no sea nada, pero…

El director estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a la puerta. En vista de que no respondió al saludo de su ayudante, éste lo tocó en un hombro; el cuerpo sin vida del director rodó por el piso, con una estaca clavada en su corazón.

Antes de que Hugo pudiese reacciona, una fuerte corriente de aire lo empujó de bruces sobre la mesa, clavándose en su pecho la lanza de una pequeña estatuilla de un caballero medieval. Agónico se pudo sacar la punta de metal de su cuerpo y trastabillando salió al patio. Aterradas ambas mujeres lo vieron caer cubierto de sangre.

-¡Corre!; gritó Ligia a Fernanda, mientras le tomaba la mano y huían hacia al bosque.

Su frenética carrera las llevó al lugar donde estaba tirado el cadáver de Andrés. Un grito desgarrador de Ligia que heló la sangre de Fernanda le indicó que debían seguir huyendo.

-Ya no puedo correr más; dijo Fernanda después de un rato, deteniéndose y apoyando agachada sus manos en los muslos.

-Aquí es un buen lugar; dijo Ligia apoyándose en el tronco de un árbol.

Con la respiración entrecortada por el cansancio y el miedo, con la piel mojada en transpiración, Fernanda observaba como una delgada rama de ese árbol se comenzaba a agitar como un látigo y como tal se lanzaba contra ella. El golpe en el cuello hizo caer su cabeza a los pies de Ligia.

Aún con vida el cerebro, los ojos de Fernanda pudieron ver la malévola sonrisa de Ligia antes de apagarse.

Cuando a la mañana siguiente llegó la policía para continuar las pesquisas, todo el equipo de investigadores quedó atónito. El  campamento y los alrededores, así como las carreteras y caminos fueron cerrados por barricadas policiales.

Todos en el campamento habían sido asesinados en forma violenta, directores, técnicos y auxiliares, así como los actores; nadie había escapado de la carnicería. Luego de revisarlo todo el detective se percató de que faltaba el cadáver de una de las actrices, por lo cual decidió internarse en el bosque por si lo hallaba.

Paseando sola entre los árboles el policía encontró a Ligia, en aparente estado de shock.

-¿Ligia, está usted bien?; preguntó el detective.

-Ahora lo estoy; contestó ella con una sonrisa.

-¿Fue usted?; le preguntó el policía.

-Demoró mucho en descubrirlo; contestó ella caminando lentamente hacia él.

-No se mueva; le ordenó el detective apuntándole con su pistola. -No siga acercándose. No se saldrá con la suya.

-¿Y cómo cree que lo impedirá, si no puede ni moverse de la arena movediza en la que cayó?; le desafió ella.

Efectivamente el policía se hundía rápidamente en la mortal trampa, mientras de la espalda de la mujer crecían dos grandes alas y dos orejas puntiagudas reemplazaban a las   que tenía hace poco. No dejándose intimidar el detective disparó varias veces contra el hada; sin embargo, las balas la atravesaban sin lastimarla.

Ya junto al policía, Ligia se quedó observando como la arena cubría completamente su cabeza, no quedando rastros de él.

 

Con un suave aleteo el hada se elevó y voló juguetonamente entre los árboles.

-¿Qué se habrán creído estos humanos para venir a ensuciar mi bosque?; se preguntó a sí misma en voz alta, mientras se desvanecía en un punto de luz.

 

 

 

 

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Travesuras En El Bosque

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Boris Oliva Rojas

 

 

 

Travesuras En El Bosque

-¿Estás segura de que este es el camino correcto a la cabaña?; preguntó Juan a su esposa Carmen quién conducía el 4 x 4 en lo que más que un camino solo parecía una huella apenas visible.

-Claro que sí; contestó ella. -A menos que el GPS que compraste funcione mal.

-Yo solo preguntaba; se defendió él.

-Ahí está; contestó ella cuando a solo cien metros se veía la pequeña cabaña en medio del bosque.

-Al fin; contestó el pequeño Ricardo ya cansado del viaje.

-No podemos entrar aun; lo paró su padre.

-¿Y por qué no?; preguntó inocente el niño.

-Porque las casas de campo hay que ventilarlas un rato y echar un poco de desinfectante antes de entrar; explicó su madre, consciente de la posibilidad de que pudiese haber restos de microbios dejados por roedores.

-¡Que aburrido!; contestó el niño cruzando los brazos en un gesto de disgusto.

-Bueno, si quieres terminar en un hospital y perderte las vacaciones entra no más; agregó Juan.

-No gracias, puedo esperar; respondió Ricardo.

-Ok familia, ya está todo limpio; dijo Carmen saliendo con un tubo de desinfectante ambiental en la mano y una mascarilla en la cara.

-Desempaquemos y salgamos a explorar; dijo Juan atándose sus botines de excursión.

-Yo estoy lista; contestó Carmen arremangando las mangas de su camisa de mezclilla.

El bosque era grande y formado por árboles de distintos tipos que dejaban pasar los rayos del sol matutino, creando una atmósfera con tenues tonos dorados. Una suave brisa hacía que la temperatura fuese más que agradable.

Las hojarascas y hojas secas sembradas por el suelo crujían a cada paso que los excursionistas daban, produciendo un cierto efecto de misterio que le daba un encanto especial al entorno.

No lejos de ahí se oía el sonido inconfundible de un arroyo que corría cerca. A poco andar los tres llegaron a un claro en el bosque junto al curso de agua, que en ese punto formaba un pequeño remanso.

-Miren podemos bañarnos aquí; dijo el niño a sus padres.

-Se ve seguro; lo apoyó su padre.

-Creo que estas vacaciones van a ser mejor de lo que pensaba; agregó entusiasmada Carmen mientras se desabrochaba la camisa.

-¡Oye!, ¿qué haces?; la interrumpió Juan pensando en el niño.

-Tranquilo; lo calmó ella mientras acomodaba el traje de baño que llevaba bajo la ropa.

-¿Tu ya sabías de este lugar verdad?; preguntó su marido con curiosidad.

-¿Por qué piensas eso?; preguntó ella cerrándole un ojo.

-Bueno creo que ya nos mojamos suficiente; opinó Juan. -Ya va a ser hora de almorzar. ¿Qué les parece si hacemos un asado?

-¡Sí!, que bien; exclamó contento Ricardo.

-Entonces movámonos rápido para que no se haga tan tarde; sugirió Carmen.

Después de una corta caminata los tres llegaron a la cabaña.

-¿Mmm, quién será esa niñita?; preguntó Carmen al ver a una pequeña de dorado cabello rizado que leía un libro de cuentos sentada en la entrada de la cabaña.

-Hola pequeña, ¿qué haces aquí solita?; preguntó la mujer a la niña.

-Salí a caminar y me perdí; respondió ella.

-¿Y tus papás dónde están?; preguntó Juan.

-Están en nuestra cabaña; respondió ella.

-¿Y te dejan salir sola?; preguntó Ricardo.

-Sí, ya soy grande; contestó la niña.

-A mí no me dejan salir solo; comentó él.

-¿Sabes cómo volver a tu cabaña?; preguntó Carmen.

-No, porque di muchas vueltas y no se para dónde queda; dijo tranquila la niña, no dándole mayor importancia al hecho de estar perdida.

-Más tarde vamos a ir a buscar a tus papás; dijo Carmen.

-¿Quieres almorzar con nosotros?; le preguntó Juan a la niña.

-Sí, tengo hambre; respondió ella.

Cuando la carne estuvo asada los tres se sentaron a la mesa a comer.

-¿Qué libro estás leyendo?; preguntó Carmen a la niña, tomando de sus manos el libro de cuentos.

-¡No lo toque!; gritó furiosa la niña. -Me lo dio mi mamá.

-Disculpa, yo solo quería saber cuál era; contestó confundida la mujer.

-Es Ricitos de Oro y Los Tres Osos; respondió la pequeña totalmente calmada, como si no se hubiese alterado en ningún momento.

Después de almorzar los cuatro salieron a recorrer el bosque en busca de la cabaña en que se alojaba la familia de la niña.

-¿Alguna parte del bosque te parece conocida?; preguntó Juan a la niña.

-Ninguna, todos los árboles son iguales; contestó ella mientras saltaba sobre cada flor silvestre que veía.

-¿Tienen celular tus papás?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no sé el número; respondió ella.

-Bueno trataremos de encontrar a tu familia; comentó Juan para tranquilizarla.

-¿Qué haces?; preguntó Ricardo a la niña al ver que ésta le daba un puntapié a un conejo que se le había acercado.

-Nada, solo estoy jugando; respondió ella.

-Niños por favor no se queden atrás; pidió Carmen.

Después de varias horas de recorrer gran parte del bosque no lograban dar con la cabaña.

-Empieza a oscurecer; comentó Carmen en voz baja a Juan. -Mejor volvamos y demos aviso a la policía sobre la niña perdida.

-Creo que tienes razón; aceptó él.

-Volvemos a la cabaña; avisó Carmen a los niños. -Mañana seguiremos buscando a tus padres; espero que no te moleste pasar la noche con nosotros.

-No me molesta; contestó la niña. -Yo ya soy grande.

-¡Pero mamá!; replicó Ricardo molesto por la decisión de su madre.

-¿Algún problema jovencito?; intervino Juan dándole una mirada muy severa a su hijo.

-Ninguno papá; respondió el niño bajando la vista.

-Debemos ser amables con nuestra amiguita; agregó Carmen.

Mientras preparaban la cena Juan se comunicó con la policía.

-Como le decía comisario, hoy encontramos a una niña de unos nueve años, extraviada en el bosque; contó él al policía. -Tratamos de ubicar la cabaña donde se aloja su familia pero no tuvimos suerte.

-Muy bien comisario Ríos, mañana temprano vamos a llevar a la niña a su oficina.

Ricardo se despertó asustado al ver a la niña que lo observaba sin decir nada desde la puerta de la habitación. Claramente el chico vio que la pequeña tenía abrazada la blusa de Carmen, pero decidió hacerse el dormido.

-Adelante, los estaba esperando; saludó el comisario Ríos a la familia que llevaba a la niña extraviada.

-Como le conté por teléfono encontramos a la niña sentada frente a nuestra cabaña; explicó Juan al policía.

-¿Cómo te llamas?; preguntó el oficial a la niña.

-Sandra; contestó ella.

-¿Sandra cuánto?; volvió a preguntar el comisario.

-Yo, yo…, no lo recuerdo; contestó cabizbaja la niña.

-Entiendo; ¿desde cuándo que no lo recuerdas?; pregunto el policía.

-No lo sé; respondió la niña.

-Ya veo;  meditó el oficial. -Esta señorita te va asacar unas fotos y así sabremos quién eres y cómo ayudarte a encontrar a tus padres.

-Buen; aceptó la pequeña saliendo de la mano con la mujer policía.

-Con su fotografía y huellas digitales podremos averiguar rápidamente quién es y localizar a su familia; explicó el comisario.

-¿Cuánto tiempo cree que demoren?; preguntó Juan.

-No creo que más de una semana; respondió el policía.

-¿Y mientras tanto dónde quedará la niña?; preguntó Carmen.

-En un hogar del Servicio de Menores; respondió el comisario.

-Ni lo sueñe; objetó la mujer. -Se puede quedar con nosotros.

-¡No!; gritó Ricardo. -Ella me da miedo.

-¿Te ha hecho alguna cosa mala?; preguntó el policía inclinándose hacia el niño.

-No pero es muy rara y nos mira mucho; agregó él.

-Solo está asustada porque no está con su familia opinó Carmen tomándole una mano a su hijo para infundirle confianza.

-Está bien, creo que no hay problema; opinó el policía después de meditarlo un rato. -En cuanto tengamos alguna noticia les avisaremos.

-Muchas gracias comisario; se despidió Carmen.

-Gracias a ustedes; respondió él.

-Bueno ahora solo hay que esperar; dijo Juan.

Camino al auto la niña tomó de la mano a la pareja, lo que hizo enojar más aun a Ricardo.

-Después de almorzar saldré de nuevo a buscar la cabaña de esta pequeña; comentó Juan.

-Muy bien pero ve solo, ya que tengo cosas que hacer; dijo Carmen.

Juan se dirigió lentamente en la dirección contraria a la que siguieron en la búsqueda anterior. Como una hora después divisó una cabaña en medio del bosque. Golpeó la puerta y en vista de que nadie salía la empujó suavemente; sin resistencia está se abrió.

Las pupilas de Juan se dilataron rápidamente ante la súbita descarga de adrenalina que inundó sus venas. La escena que tenía frente a sus ojos parecía sacada de una pintura surrealista. Sentados a la mesa estaban un hombre, una mujer y un niño vestidos con ropa infantil de personajes sacados de cuentos de hadas, con las manos junto a tazones de avena y con un largo corte en sus cuellos. El cerebro de Juan se detuvo un momento ante la macabra composición.

Su primer impulso al lograr reaccionar fue correr a su cabaña mientras marcaba el número de celular de su esposa; después de varios intentos sin lograr comunicarse, aceleró el paso.

La luz escaseaba ya y su paso se vio interrumpido un par de veces por algunas raíces que sobresalían del suelo. Después de una frenética carrera contra el tiempo la cabaña se encontraba a solo cien metros. Aumentando su velocidad en un último esfuerzo Juan devoró la distancia que lo separaba de ella.

De un golpe abrió la puerta y cruzó el umbral, quedando clavado en el piso sin poder moverse.

Sentados a la mesa, con sus manos junto a tazones humeantes de avena y vestidos con ropa de personajes de cuentos, estaban Carmen y Ricardo inmóviles con el cuello cortado.

-Hola Papá Oso; fue lo último que escuchó Juan antes de que la hoja del cuchillo rebanara su garganta.