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El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 4 – Revelación 22 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 4
Revelación

-Creo que con esto es suficiente; opinó Rubén al subir la segunda maleta al auto. -Total vamos a estar una semana no más en la parcela del tío Reimundo.

-Una semana de descanso, ¡que rico!; comentó Fresia. -Sobretodo sin papeleos e informes.

En menos de una hora el vehículo devoró la separación entre Isla de Maipo y la parcela en las afueras de Melipilla.

-Ya llegamos; dijo Espinoza cruzando un macizo portón de hierro, que daba  a un camino interior que llevaba a la casa patronal.

-¡Guau, cuantos árboles frutales!; exclamó la muchacha sacando la cabeza por la ventanilla.

-Sí, aunque mi tío los cultiva solo por hobby y para consumo de la familia; explicó Rubén, quien antes de detener el vehículo hizo sonar insistentemente la bocina para hacerse notar.

-¿Pero quién mete tanta bulla?; salió preguntando un hombre mayor de la casa.

-Hola tío, soy yo; saludó Espinoza.

-¡Hijo, tanto tiempo sin verte!; lo saludó efusivamente Reimundo, dándole un fuerte abrazo.

-¿Pero a quién tenemos aquí?; preguntó cariñosamente el hombre al ver a la acompañante de su sobrino.

-Ella es Fresia, ya te hable de ella; respondió Rubén. -Fresia este es mi tío Reimundo.

-Encantada de conocerlo señor; contestó la joven.

-El placer es mío señorita; agregó el hombre.

-Tío espero que no haya inconvenientes en quedarnos una semana aquí sin avisarte antes; quiso saber Espinoza.

-Claro que no, ya sabes que la casa es grande; respondió Reimundo.          -Además está disponible la cabaña del antiguo capataz.

-¿Qué opinas?; preguntó Rubén a Fresia.

-¿No será demasiada patudes de nuestra parte?; pensó ella. -No quisiera que se crearan una falsa imagen de mí, de nosotros. Aay…, ya me enredé.

-Tranquila mi niña; la calmó el dueño de la casa. -Ya era hora de que alguien le echara el lazo a este chiquillo y mejor si es alguien tan linda como usted.

Fresia no pudo evitar sonrojarse por el piropo y la vergüenza.

-Entonces no hay problema; concluyó Espinoza.

A lo lejos se divisaba un caballo que se acercaba a todo galope, montado por una mujer un poco mayor que Fresia, que parecía una verdadera amazona.

-Primito, te acordaste de los campesinos y viniste a vernos; saludó la mujer.

-Hola Renata como ha pasado el tiempo, ya eres toda una…; Rubén se detuvo meditando. -¿Cómo lo digo para no tratarte de vieja?

-Hola, tú debes ser Fresia; saludó la mujer a la joven, bajando ágilmente de su cabalgadura.

-Sí, encantada; contestó ella.

-Llegaron justo a tiempo; comentó Renata. -Acabamos de cambiarle el agua a la piscina.

-Nos vendría bien un chapuzón antes de almorzar; opinó Rubén.

-Ven, vamos a ponernos traje de baño; invitó la anfitriona  a su nueva amiga.

-¿Cómo han estado las cosas por acá?; preguntó Espinoza a su tío cuando las mujeres entraron a la casa.

-Más o menos no más; contestó pensativo Reimundo. -Las cosas han estado algo tensas entre los parceleros.

-¿Peleas?; quiso saber Rubén.

-No es eso. Ha habido cosechas que se han podrido o secado y animales que se han enfermado y muerto sin razón aparente, según los veterinarios.

-¿Habrá algo malo en el agua o la tierra?; preguntó Espinoza.

-No, nada. Unos agrónomos ya revisaron todo varias veces, tomaron muestras y las llevaron a Santiago pero no encontraron nada malo; explicó Reimundo a su sobrino.

-Algo tiene que haber; comentó Rubén pensativo.

-Bueno hijo, después seguimos conversando de esto; cortó Reimundo.        -Ahora anda a ponerte traje de baño para que le muestres la piscina a tu novia.

-Fresia no es mi novia; corrigió Rubén. -Es solo una buena amiga.

Espinoza después de un rato llegó a la piscina, que se encontraba en medio de un claro de verde césped y rodeado de varios árboles autóctonos. Fresia ya estaba metida en el agua junto a Renata, al ver llegar a su amigo salió para ayudarlo a poner en el suelo unas frutas y bebidas que él traía.

-¡Que bombón!; exclamó Espinoza al ver el esbelto cuerpo de Fresia que lucía un diminuto bikini y su morena piel brillante por el agua.

-¿Me está piropeando Teniente Espinoza?; preguntó la muchacha.

-Claro que no Sargento Huaiquimil; respondió él. -Eso sería acoso sexual.

-Lástima, yo ya me estaba haciendo ilusiones; respondió ella mordiendo una manzana y rozando el brazo de Rubén con su espalda.

-Si quieren los dejo solos; ofreció Renata maliciosamente, haciendo de cómplice con Fresia.

-No, no te preocupes; contestó Rubén algo incómodo.

-Tienes razón amiga, creo que vas a tener que esforzarte un poco más para que este lerdo se despabile contigo; agregó Renata. -Aunque si quieres te presento a unos cuantos huasos jóvenes y fortachos que sí te tomarán muy en cuenta.

-De ninguna manera; objetó Espinoza. -Yo soy su amigo.

-¿Y son guapos?; preguntó la muchacha a su amiga.

-Guapísimos; contestó ella.

Fresia dio un respingo cuando Rubén desde atrás abrazó su cintura.

-Ok, creo que hay que volver al agua o a algunos les a dar fiebre con todo este calor; propuso Renata.

La risa entre los tres amigos fue instantánea ante el comentario que cortó oportunamente la situación que se empezaba a poner un poco embarazosa.

-Deberías trabajar de casamentera prima;  comentó Rubén.

-A eso me dedico; respondió ella guiñándole un ojo a la pareja.

-¿Qué te ha parecido la parcela?; preguntó Renata durante la cena a Fresia.

-Es muy linda y grande; respondió ella. -Sobre todo he disfrutado mucho la piscina.

-Aprovéchenla mientras puedan; comentó Reimundo.

-¿A qué te refieres tío?; preguntó Rubén.

-Si es que se siguen perdiendo las cosechas y los animales, no vamos a tener como pagar los créditos; indicó él.

-Ya encontraremos una solución tío; opinó Renata.

-Mañana hay una reunión de parceleros; contó el dueño de la casa. -Ahí se va tratar este asunto.

-Renata tiene razón; opinó Rubén. -Ya se descubrirá cual es el problema.

-Ustedes son muy optimistas; comentó Reimundo.

-Yo conozco al alcalde de Isla de Maipo, si quieres puedo hablar con él y pedirle su apoyo; ofreció Rubén.

-Espero que no estés pensando en vender; opinó Renata.

-No quisiera, pero las deudas se acumulan y no hay como pagarlas; observó Reimundo.

-¿Don Reimundo?; interrumpió Fresia.

-Dime mijita; contestó él.

-¿Podemos ir mañana con Rubén a la reunión de los parceleros?; preguntó la joven. -Nosotros tenemos experiencia en investigaciones, por nuestro trabajo y a lo mejor descubrimos algo que a los expertos se les haya pasado por alto, por no estar familiarizados con el trabajo policial.

-Eres muy amable Fresia. Claro  que pueden asistir; aceptó el parcelero.

-Claro que sería en forma extraoficial; aclaró Rubén.

-Ves tío, no estás solo en esto; agregó Renata tomándole las manos.

-Para mí que todo esto es obra de un kalkú; dijo la señora que ayudaba con los quehaceres de la casa, mientras servía café a todos. -Nada de esto es normal.

-¿A qué se refiere señora Rosa?; preguntó Rubén.

-¿Dónde se ha visto que las cosechas se pudran y los animales se enfermen y mueran de un día para otro, o que las frutas se sequen en la noche?; preguntó la mujer.

-Creo que ya le expliqué que la brujería y las malas artes no existen; recordó Renata.

-Lo que pasa es que la señora Rosita es de origen mapuche; explicó Reimundo. -Y creen en brujos y espíritus malvados.

-Yo también soy mapuche; respondió Fresia, que de alguna forma sintió algo de discriminación por las tradiciones y creencias de su pueblo.

-No pretendí ofender a nadie con mi comentario; aclaró el hombre. -Es solo que tiene que haber una explicación más racional.

-No se preocupe don Reimundo, aunque soy de origen mapuche, también soy policía; explicó Fresia. -Y estoy convencida de que primero hay que agotar todas las posibles causas lógicas entes de aventurar cualquier juicio.

-Yo solo decía no más; contestó la señora Rosa. -Mejor vuelvo a mi cocina.

-Vas a ver que todo va a salir bien Rosita; le dijo Renata, dándole un beso para tranquilizarla.

-Dios la escuche Renatita; contestó la mujer al retirarse a la cocina.

-¿Ya has visto el cielo nocturno de aquí?; preguntó Renata a Fresia, sirviendo dos copas de licor e invitándola afuera.

-Claro, no debe ser muy distinto al que se ve en La Isla; contestó ella.

-Ven con nosotras Rubén; lo llamó Renata. -No te quedes dormido; le dijo dándole un empujón para ponerlo al lado de la muchacha.

-¿Qué tío?; preguntó la mujer. -Si no intervengo estos dos no se van a casar nunca.

A pesar del tono color canela de la piel de Fresia, el rojo de su rostro resultó más que visible.

-¿Y tú cuando te vas a casar?; preguntó Rubén a su prima.

-¿Y para qué?; respondió ella. -Pero ustedes son el uno para el otro.

-Me sirvo un trago y los alcanzo enseguida; indicó ella a la pareja.

Las estrellas llenaban el cielo como cientos de diamantes desparramados sobre terciopelo negro. La brisa levemente tibia del verano creaba una atmósfera muy agradable, condimentada delicadamente por el canto de las ranas y grillos.

-¿Qué opinas?; preguntó Fresia a Rubén.

-Parece una situación un poco difícil para los dueños de las parcelas. ¿Qué crees tú?; quiso saber él.

-La verdad es que no estoy del todo segura; contestó la  muchacha. -Esto es algo que…; el vaso que sostenía se le escapó de los dedos y dio un paso atrás sorprendida.

-¿Qué pasa?; preguntó Rubén preocupado.

-Me pareció ver muchas sombras que volaban por todos lados; contestó ella.

-¿Cómo El Bulto?; preguntó Espinoza en voz baja.

-No. Eran pequeñas y traslucidas; explicó Fresia. -Era más bien como nubes negras que volaban cerca del suelo y entre los árboles.

 

-Hola chicos; saludó Renata el vaso roto.

-Disculpa se me cayó el vaso; se excusó Fresia. -A veces soy un poco torpe.

-No te preocupes, toma el mío; le entregó. -Yo voy por otro.

 

-¿Estás segura?; preguntó Espinoza.

-Totalmente; respondió ella.

-¿Quieres que llame a Milenka Ivanovich?; quiso saber él.

-Claro que no, ¿cómo se te ocurre?; preguntó Fresia.

-¿Por qué no?; preguntó él.

-Recuerda que está embarazada; le indicó ella. -Lo que menos necesita es involucrarse en estas cosas.

-Es cierto, lo había olvidado; recordó Espinoza dándose una palmada en la frente. -Hormazabal se las ingenió para poner fuera de combate a la poderosa Shuvani.

-Ya chicos volví; interrumpió Renata de nuevo. -Espero sinceramente que no me hayan echado de menos. Es que deben concentrarse más en ustedes; les dijo a ambos enfrentándolos.

-¿Qué opinas Renata?; preguntó Rubén.

-He vivido toda mi vidaen esta parcela y desde que papá murió el tío Reimundo ha sido mi familia; contestó poniéndose seria por primera vez en el día. -No  quisiera que esta parcela se perdiera.

-¿Crees que la señora Rosa tenga razón?; preguntó Espinoza.

-Claro que no, esas son leyendas; contestó ella. -En todo caso mañana voy a ir a Santiago a la Escuela de Agronomía. Ahí conozco a alguien que tal vez pueda ayudarnos; también voy a ir al Servicio de Ganadería y Agricultura.

-¿Pero no habían venido especialistas?; quiso saber Fresia.

-Sí, vinieron, pero no me pienso quedar de brazos cruzados sin hacer nada; contestó decidida ella. -Además esta vez me voy a meter yo para motivarlos y guiarlos.

-Renata es ingeniero forestal; aclaró Rubén.

-Voy a estar fuera dos días; Explicó ella. -Por favor cuiden al tío Reimundo hasta que yo vuelva; Rosita ya es de edad y no puede sola con toda la casa.

-Anda tranquila; le respondió Fresia. -Nosotros los cuidaremos a ambos.

Con todos los presentes hablando al mismo tiempo era difícil que alguien se entendiera.

-Por favor silencio; pidió el presidente de la agrupación de parceleros.  -Todos podemos decir lo que deseemos, pero en orden.

-Las cosechas se siguen secando durante la noche; contó uno de los presentes. -Y ni siquiera ha habido heladas que lo expliquen.

-Ya perdí a todas mis vacas; narró otro. -Durante una noche murieron cuatro sin ninguna razón aparente.

-Ninguna de las semillas que he sembrado han germinado; agregó otro.

-No tengo cómo pagar los créditos que pedí al banco para semillas; contó otro parcelero. -Todas las cosechas se han podrido.

-Como ves sobrino, esto está afectando a muchas personas; comentó Reimundo a Rubén.

-¿Hace cuánto empezó esta situación?; preguntó Rubén levantando la mano.

-¿Con quién tenemos el placer?;  preguntó el líder de los parceleros.

-Es mi sobrino Rubén Espinoza; respondió Reimundo.

-Mis animales comenzaron a morir a fines de junio; indicó uno.

-Ese mismo mes perdí mis primeras siembras; contó otro.

-También mis cosechas se pudrieron por esa fecha; dijo otro.

 

-Fines de junio; observó Fresia. -¿Por qué no me sorprende?

-¿Alguna idea? ; preguntó Rubén a la  muchacha.

-¿Qué ocurre a fines de junio de cada año?; preguntó ella en voz baja.

-Noche de San Juan en la tercer semana; respondió él. -¡El solsticio de invierno!

-Hay un incendio en la parcela de los Reinoso; gritó un hombre que llegó corriendo.

-Vamos a ayudar; dijo uno de los parceleros saliendo junto a otros.

A los pocos minutos varios vehículos llegaron, aunque nadie pudo hacer nada para detener las llamas que consumieron varias hectáreas de trigo.

Sabiendo bien como proceder, los vecinos del agricultor afectado cavaron largas zanjas para impedir que el fuego se extendiera más allá de esa plantación. Cuando los bomberos llegaron ya nada había que hacer; el fuego había acabado con todo el trigal.

-Esto es la ruina; se lamentaba el dueño de la siniestrada propiedad. -Voy a poner en venta la parcela.

-No puede hacer eso; intervino Rubén. -Aun no se ha perdido todo.

-¿Acaso está ciego joven?; preguntó el hombre. -Aquí no queda nada más que tierra quemada.

-Rubén, ven mira; lo llamó Fresia disimuladamente.

-¿Qué encontraste?; preguntó él.

-Huellas, pero no quiero que otros las vean; indicó ella.

Lejos de donde estaban reunidos los parceleros, dos pies se marcaban perfectamente en medio de las cenizas del trigo quemado.

-El fuego no quemó ese lugar; observó Espinoza. -Es como si alguien hubiese estado parado en medio del fuego, mientras éste quemaba el sembradío.

-Eso es lo que pienso; opinó Fresia.

-Voy a informarle al jefe; dijo Rubén sacando su celular.

-Aló mi mayor, soy el Teniente Espinoza; se comunicó con su superior. -Es posible que tengamos una situación especial en el sector parcelero en las afueras de Melipilla.

-¿Está usted ahí?; preguntó el oficial.

-Sí señor, junto con la Sargento Huaiquimil; contestó Espinoza. -Por favor  mande unas patrullas a mis coordenadas, para interrogar a los testigos y poder cubrir nuestro trabajo real.

-¿Necesita al Teniente Hormazabal y a la señorita Ivanovich?; preguntó el oficial.

-Negativo señor, el Teniente Hormazabal está en un caso en Santiago y la señorita Ivanovich está con licencia prenatal; indicó Espinoza.

-No me agrada que solo la mitad de la unidad se encargue de estas cosas; opinó el mayor de carabineros.

-Lamentablemente no es fácil ampliarla; observó el Teniente Espinoza.

-De eso nos preocuparemos después; comentó el oficial. -Procedan con precaución y discreción; en todo caso están autorizados para hacer uso de fuerza letal si es necesario.

-Así es que la señora Rosa tenía razón; opinó Rubén.

-Me temo que sí; afirmó Fresia, tomando una muestra de la hierba sin quemar que quedó bajo los pies del sospechoso y la puso en una bolsa autosellable.

-Por lo visto este brujo controla el fuego y es invulnerable a él, porque de lo contrario estaría su cadáver también; observó el Teniente Espinoza.

-Volvamos con tu tío, debemos interrogar a la señora Rosa; opinó la Sargento Huaiquimil. -Aparentemente ella sabe más de lo que parece.

-¿Señora Rosa, puedo pasar?; preguntó Fresia golpeando la puerta de la habitación de la sirvienta de la casa.

-Si señorita pase; contestó la mujer dejando entrar a la muchacha.

-Usted dijo que creía que un kalkú estaba causando los problemas  en las parcelas. ¿Tiene alguna prueba de ello?; preguntó la policía.

-Bueno, la verdad es que no sabría decirle; contestó evasivamente la mujer.

-Puede confiar en mí; la tranquilizó Fresia tomándole las manos. -En mi familia ha habido muchas machis y no me atrevería a burlarme de usted.

-¿Lo dice en serio niña Fresia?; preguntó la señora Rosa.

-Claro que sí, incluso mi abuela quería que yo me convirtiera en una; contó la joven mapuche.

-Entiendo; contestó la mujer.

-Sí, yo vi personalmente al kalkú, una noche en que me desvelé; comenzó a contar la mujer luego de meditarlo un rato. -Estaba estrellado, así es que se notaba bien como se paseaba entre los animales y después éstos caían al suelo.

-¿Le vio la cara?; quiso saber la muchacha.

-No, porque tenía una manta con capucha que le tapaba hasta la nariz; contestó la señora Rosa.

-¿Está segura de que era un kalkú?; le preguntó Fresia.

-Claro que sí; le respondió la mujer. -Lo vi convertirse en un pájaro negro e irse volando, igual que como la estoy viendo a usted ahora.

-¿Eso cuando fue?; preguntó la joven.

-La primera vez fue hace tres meses; respondió la señora Rosa.

-¿Lo ha visto más veces?; preguntó la policía.

-Hoy mismo lo vi antes de que empezara el incendio de la otra parcela; contestó  asustada la mujer.

-Bueno señora Rosa, yo voy a averiguar lo que pueda; la sereno Fresia. -Y por favor no le diga a nadie que habló conmigo.

-No le diré a nadie señorita; contestó la mujer. -¿Es verdad que usted es policía?

-Sí señora Rosa, soy carabinera; reconoció la muchacha.

En la cocina junto a Rubén, Fresia acercó un fósforo encendido a la paja que había en la huella encontrada en el lugar del incendio. En forma casi instantánea ésta ardió con una brillante llama azul.

-Es lo que me temía; comentó ella.

-Ahí estuvo presente un brujo; concluyó Espinoza.

-¿Esperamos que vuelva  a atacar para atraparlo?; preguntó la sargento.

-No conocemos su patrón de ataque, ni sabemos cuándo lo hará de nuevo; observó Rubén. -Sugiero que lo capturemos ahora mientras se encuentre cansado.

-Es algo parecido  a lo que yo tenía en mente; agregó Fresia. -¿A propósito, qué dijo el jefe?

-Que lo matemos si es necesario; respondió Espinoza.

-Listo o no, te invito a pasear; dijo Fresia a Rubén.

-Vamos, que yo te cubro la espalda; aceptó.

La noche estrellada y el campo convenientemente solitario preparaba el campo de batalla apropiado.

-“Poderoso y noble Pillán de mi pueblo, recubre a tu hija con el poder de la tormenta. Te ruego escuches el llamado de tu humilde sierva”; dijo Fresia con los brazos en alto.

-“Aluhes, almas amigas, traigan ante mí a mi enemigo”;  continuó la muchacha.

Un fuerte viento acompañó a un remolino formado por varias sombras traslúcidas que arrastraban a un tipo alto y delgado, cubierto por una manta negra.

-¿Quién se atreve a molestarme?; preguntó el brujo. -Oh, ya veo, una niña jugando a machi; dijo al ver a la  muchacha. -Morirás por tu insolencia.

Un fuerte golpe de viento lanzó lejos a Fresia, quien sin embargo no sufrió daño alguno.

-Esta vez te equivocaste kalkú; dijo la joven tendiendo un brazo hacia lo alto. -“Invoco la fuerza de los espíritus de la tormenta y el rayo.

Sin que hubiese ninguna nube en el cielo, sin ningún origen visible, una portentosa descarga eléctrica golpeó el cuerpo del brujo. Tirado en el suelo y con la ropa humeante, el hombre se levantó lentamente.

-Veo que te subestimé nuruve, pero yo soy más poderoso que tú; agregó con una sonrisa burlona el brujo. -Siente ahora el verdadero dolor del poder absoluto.

La temperatura subió bruscamente y el pastizal comenzó a arder en torno al hechicero, avanzando al fuego en un círculo que se acercaba más y más a Fresia. Espinoza disparó todas sus balas, pero éstas caían como plomo derretido antes de llegar a su blanco.

-“Antiguos Pillanes, invoco su máximo poder”; gritó Fresia resistiendo apenas el intenso calor. -“Soplen espíritus del viento y del hielo y congelen el infierno con su poder”.

Una gélida onda de viento que nacía de la muchacha chocó contra el anillo de fuego del brujo. El cambio brusco de temperatura casi aturdió al Teniente Espinoza. El fuego perdió toda su energía para terminar extinguiéndose en forma casi instantánea.

-Esto se acaba aquí y ahora; dijo Fresia extendiendo bruscamente sus brazos.

Una poderosa onda de choque lanzó al brujo entre unos árboles, dejándolo gravemente herido. El hechicero alzó su vista por última vez cuando alguien se agachó junto a él y le retiró su sortija.

-Eres una vergüenza para tu clase, nunca debí confiar este trabajo a ti estúpido inútil; dijo Renata poniéndose el anillo en su mano izquierda, haciendo juego con el que llevaba en la derecha.

-Cayó por aquí; dijo Rubén entre los árboles.

-Aquí está; dijo Fresia junto al cadáver del brujo.

-Creo que ya todo acabó; opinó Espinoza.

La muchacha se quedó quieta un segundo y se levantó con los puños cerrados.

-Demoraste mucho en dar la cara bruja; dijo ella caminando hacia la salida del bosquecillo.

-Parece que si quieres un trabajo bien hecho tienes que hacerlo tú misma; dijo Renata apuntando una de sus manos hacia Rubén.

-¡Cuidado!; gritó Fresia.

La mano de la mujer se desvió justo lo suficiente para que la descarga de energía mágica del anillo solo rozara a Espinoza. El golpe lo lanzó a unos metros de donde se hallaba.

-Maldita bruja; gritó furiosa la  joven mapuche.

-Pequeña y tonta principiante, ni siquiera estás a mi nivel y pretendes desafiarme; la increpó Renata.

-“Fuerzas oscuras del cielo y la tierra acudan al llamado de su ama que lo ordena”; invocó la bruja.

-“Poderosos espíritus del pasado y del futuro elévense contra la bruja rebelde; gritó Fresia. -“Viento de muerte ven a mí”.

Un gran remolino bajó del cielo y envolvió a Renata. Un desgarrador grito se escuchó en su interior.

-¡No!; gritó la bruja.

En una explosión de luz violeta al remolino que aprisionaba a la hechicera se disolvió.

Parada en medio del campo, con el cabello desordenado, Renata respiraba furiosa mirando a Fresia.

-Ahora sí brujita, vas a sufrir por última vez; gritó Renata.

Ambos anillos de la hechicera se volvieron incandescentes cuando ella los apuntó hacia la  muchacha.

-¡No lo harás!; gritó Rubén mientras un chorro de fuego surgía de su mano derecha y envolvía a Renata sin tocarla.

-¡Vaya primito!; ya me parecía raro que yo fuera la única de la familia; dijo ella apagando el fuego con un movimiento de su mano.

-“Antiguos Pillanes supremos, invoco su ayuda para que concedan a esta nuruve su máximo poder. Viento de hielo, trae tu muerte congelada”; dijo Fresia alzando sus brazos.

Un nuevo descenso brusco de la temperatura cubrió de hielo el campo, llenando de escarcha la ropa y cabellera de Renata.

-Esto no me detendrá; dijo ella. -Siente el calor del infierno.

La temperatura comenzó a subir rápidamente.

-Calla tu boca ponzoñosa que nadie te volverá a escuchar bruja negra; gritó Rubén.

Renata no pudo terminar su conjuro, ya que su voz dejó de salir de sus labios. Sorprendida se llevó la mano a su garganta pero su voz ya se había agotado.

-“Espíritus del hielo y la tierra encierren en su tumba eterna a esta bruja”; dijo Rubén mirando a Renata, la que quedó inmovilizada de pies a cabeza mientras una mezcla de hielo y piedra congelada comenzaba a envolverla.

Encerrada en una roca traslúcida Renata quedó atrapada e indefensa.

Con las manos temblando y el rostro desencajado Fresia se acercó al sarcófago de piedra. La impenetrable prisión comenzó a vibrar y a volverse más opaca y compacta, quedando reducida a un gran trozo de metal oscuro.

-Arde para siempre en el infierno prima; dijo Rubén cubriendo el  metal con sus manos y envolviéndolo en una resplandeciente  flama que comenzó a derretir la roca, reduciéndola a una simple mancha negra en la tierra.

Espinoza se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, no pudiendo creer aun los hechos que acababan de ocurrir.

Fresia también se sentía consternada por el desenlace que habían tenido los acontecimientos y solo atinó a abrazar fuerte a Rubén.

-¿Estás bien teniente?; preguntó la muchacha a su compañero.

-Si pareja, es solo un caso más y ya está resuelto; respondió él.

-Aquí estaré yo para cuando quieras hablar de esto; ofreció Fresia.

-Ya vámonos y no nos pongamos sentimentales; dijo Rubén tomándola de la mano y caminando hacia  la casa.

-Me sorprendiste hoy brujo; le dijo la muchacha a su pareja.

-Yo me sorprendí más de mi mismo; contesto Rubén.

-Espera  a que le cuente a Milenka; dijo la muchacha.

-En ese caso mejor  no le cuentes; opinó Rubén riendo. -Acuérdate que está esperando  a una pequeña Shuvani.

-Oh a un brujito; respondió Fresia.

En la sala de la casa Reimundo meditaba cabizbajo sentado en un sillón.

-Tío, no sabes cuánto lo siento; trató de excusarse Rubén por la muerte de Renata.

El hombre se levantó de su asiento y se paseó pensativo por el salón.

-No te estoy culpando; respondió Reimundo. -Pasó lo único que podía ocurrir con dos brujos puestos en dos bandos opuestos enfrentándose.

-No puedo entender cómo Renata nos logró engañar a todos; comentó Rubén.

-Renata eligió su destino; opinó Reimundo. -Ella sola selló su final.

-¿Tu lo sabías tío?; preguntó Rubén.

-Tenía mis sospechas pero hasta esta noche no estaba seguro; contestó el hombre.

-Esto es realmente lamentable; opinó Fresia.

 

-Siéntate, tenemos que hablar; pidió Reimundo. -¿Sabías que tú eras un brujo también?

-No sé que me ha impresionado más, descubrir que Renata lo era o que yo lo soy; meditó Espinoza.

-Y por lo visto tu amiga también lo es; observó Reimundo.

-Pero nada de esto lo ha sorprendido a usted; comentó Fresia. -Por lo visto está familiarizado con la brujería, o al menos sabe de ella.

-La verdad es que hace tiempo me enteré de la existencia de ustedes; reconoció Reimundo. -Mi padre, tu abuelo por parte de tu madre y por tanto también el de Renata, también lo era.

-Mamá siempre me habló de historias de brujos y del diablo, pero pensé que solo eran leyendas locales no más; comentó Rubén.

-Al parecer es una condición hereditaria que se salta una generación; opinó Reimundo.

-No sé qué pensar; comentó Espinoza.

-Esa es tu herencia y ya la has recibido y deberás vivir con eso por el resto de tu vida; sentenció Reimundo. -Tú deberás elegir el uso que le darás.

-Creo que ya ha elegido; opinó Fresia tomándole la mano a Rubén.

-Esto es algo impactante; opinó él. -¿Cómo sabré si estoy actuando en forma correcta?

-Desde el momento en que te estás haciendo esa pregunta, es porque ya has elegido el camino que quieres seguir; dijo Reimundo. -En todo caso tienes a tu lado alguien que te entiende y confío en que ella te ayudará a mantenerte en el camino correcto. Ojalá alguien hubiese guiado a tu prima.

Desde la entrada de la sala la señora Rosa escuchaba con una caja en la mano. Reimundo asintió con la cabeza cuando la  miró.

-Perdón por meterme en lo que no me importa; dijo ella entrando en el salón.

-Pase señora Rosa, usted es de la familia; la invitó el patrón. -Además usted conoció a mi padre desde hace tiempo.

-Sí, es cierto; recordó ella con una sonrisa. -El señor era una gran persona y a pesar de lo poderoso que era jamás se aprovechó de ello ni abusó de nadie.

-Yo no recuerdo  mucho a mi abuelo; meditó un rato Rubén. -Mi mamá no me contaba mucho de él.

-Claro que lo hacía; opinó Reimundo. -Todas las historias que te contaba se relacionaban de alguna forma con él.

-Su abuelo dejó una herencia para alguno de sus nietos; dijo la señora Rosa abriendo la caja que llevaba. Un gran anillo de oro con una piedra negra descansaba en ella.

-Es el anillo de tu abuelo; indicó Reimundo. -Al momento de fallecer dijo que en su debido tiempo el anillo elegiría a quien realmente lo mereciera.

Cuando Rubén tomó la caja para verlo mejor, la negra piedra se volvió escarlata y comenzó a brillar con fuerza.

-Parece que el anillo ha encontrado su nuevo dueño; comentó la señora Rosa.

-Tómalo hijo, es tuyo por derecho; indicó Reimundo.

-Vaya esto no es algo de lo que uno se entere todos los días; comentó Rubén.

-Lo sé, pero esa es la realidad, te guste o no; opinó Fresia.

-Lo que no entiendo bien es ¿por qué Renata quería perjudicar a todos los parceleros?; preguntó Espinoza.

-Supongo que quería quedarse con todas las tierras; opinó la señora Rosa.

-¿Qué hay de especial aquí?;  preguntó Fresia.

-Mi padre siempre decía que en esta tierra se junta el poder del cielo y la tierra y se mezclan en una sola energía mágica.

-En otras palabras es un campo de energía mágica concentrada; concluyó la muchacha.

-Y si ella se apoderaba de él, nada la podría detener; opinó Rubén.

-Afortunadamente ustedes pudieron detener a tiempo a esa bruja mala; opinó la señora Rosa.

-¿Qué va a pasar ahora?; preguntó Reimundo.

-Ahora ustedes van a intentar llevar una vida normal; indicó Rubén.

-Y sobretodo mantengan al secreto de lo que aquí ocurrió esta noche; pidió Fresia.

-Quédense tranquilos; los tranquilizó Reimundo. -Solo  les pido una cosa.

-¿Qué podemos hacer por ti tío?;  preguntó Rubén.

-Que cuando ustedes hereden esta tierra harán un buen uso de la magia contenida aquí; pidió Reimundo.

-Pero aún falta mucho para eso tío; replicó Rubén.

-Pero ese momento tarde o temprano llegará; continuó Reimundo. -Y quiero estar seguro de que harán lo correcto.

-Está bien tío, te lo prometo; concluyó Rubén.

-Y yo estaré a su lado para asegurarme de que cumpla su promesa; agregó Fresia.

 

 

 

Magia Negra – Capítulo 3 – Leyenda 19 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 3
Leyenda

-Mejor manejo yo; sugirió Renata a Luis. -Estás un poco mareado.

-Sí toma; aceptó él pasando las llaves del auto a su esposa.

El casamiento de sus amigos en Malloco había estado bastante animado y también regado, por lo que debían volver con cuidado a Isla de Maipo, sobre todo en la traicionera carretera que une a este último pueblo con Talagante, llena de curvas, subidas y bajadas, que aún a plena luz del día había que tomar con manos firmes y ojos despiertos; por lo cual Renata conducía a irrisorios cuarenta kilómetros por hora, en una carretera habilitada para noventa.

Después de unos minutos a su derecha se divisaba el Puente Naltahua, sobre el hilo de plata del Río Maipo, lo que le indicó que en solo un poco minutos más podría acostarse a descansar.

-Despierta; dijo ella a Luis. -Ya estamos por llegar.

Una curva a la izquierda y entrarían al pueblo, solo pasar la pequeña arboleda de eucaliptus y listo.

Renata casi volcó el auto cuando este de improviso se fue violentamente contra la cuneta. De un golpe se la pasó la borrachera a Luis.

-¿Estás bien?; preguntó éste a su esposa, que tenía todo el cabello sobre la cara.

-Sí, ¿y tú?; preguntó ella a su vez.

-Un poco saltón, pero bien; respondió él.

-Creo que se rompió un neumático; opinó Renata.

La sorpresa y luego el miedo se apoderó de la pareja cuando un fuerte golpe lanzó el vehículo de costado, diez metros hacia adelante.

-¿Pero qué diablos?; preguntó estupefacto Luis.

-¿Qué fue eso?; preguntó Renata entre sorprendida y asustada.

-Salgamos de aquí; sugirió él mientras soltaba su cinturón de seguridad.

Antes de que ella alcanzase a responder, con asombro notaron como el auto era levantado en el aire por una negra y gigantesca mano. Con terror vieron como un colosal ser, oscuro como una nube negra, se alzaba por sobre los eucaliptus y los observaba a más de diez metros de altura.

Sin poder moverse de la impresión, la pareja nada pudo hacer cuando sintieron que el vehículo volaba por el aire para terminar estrellándose estrepitosamente contra el pavimento.

Renata semiinconsciente y sangrando por la boca miró hacia su derecha, solo para ver el cuerpo sin vida de su esposo. A los pocos segundos su corazón también se detuvo y su mente se nubló para siempre.

Alertados por los vecinos que fueron despertados por el estrepito del golpe del metal contra el concreto, bomberos, ambulancias y policías llegaron al lugar del extraño accidente.

-Típico de madrugada del sábado; comentó uno de los bomberos.

-¿Cuándo van a entender que alcohol y autos es una muy mala combinación?; opinó el otro.

-Deben haber ido a más de cien kilómetros por hora; observó uno de los policías. -Perdieron el control del vehículo aquí, para terminar volcándose a ciento cinco metros adelante.

-El impacto fue tan violento que tanto la conductora como el acompañante fallecieron en forma instantánea; observó uno de los paramédicos.

-¿Ocurre algo cabo?; preguntó un carabinero a otro que alumbraba el pavimento con su linterna.

-No es nada mi sargento, es solo que no veo ninguna marca desde el punto en que el vehículo perdió el control hasta el que se produjo el volcamiento; indicó el policía.

-La verdad es un poco extraño; observó el oficial. -En todo caso la alcoholemia muestra que ambas víctimas estaban bajo el efecto del alcohol y usted sabe lo que eso puede producir.

-Tiene razón mi sargento; aceptó el uniformado.

Jacinto volvía tambaleándose luego de una noche de juerga. Era una típica noche de agosto así es que la calle estaba totalmente vacía. El viento movía las nubes y éstas ocultaban momentáneamente la luna, sumiendo la calle en sombras móviles que se deslizaban silenciosas a medida que las nubes cruzaban frente al astro nocturno.

En su borrachera el hombre tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Envalentonado por el alcohol metió una mano al bolsillo de la chaqueta; sus dedos tantearon el frío metal y empuñaron con firmeza la navaja.

Sin aviso previo Jacinto se volvió y blandiendo el arma blanca en el aire enfrentó a su acosador. La calle se extendía solitaria, el hombre se rió de sí mismo y devolvió la navaja a la chaqueta.

Cuando se disponía a continuar su camino de regreso a su casa, con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra que se movía entre los eucaliptus. No le iba a dar importancia, cuando frete a él una mole negra tan alta como los árboles que la ocultaban, se abrió paso entre ellos y de unas cuantas zancadas llegó junto al aterrado borracho, quien acababa de recuperar la sobriedad.

-¡El Bulto!; gritó sin que nadie lo escuchara en medio de la noche en la calle solitaria.

Jacinto corrió rápido, como nunca lo había hecho antes pero de nada le sirvió el esfuerzo. Sin moverse de su lugar, la cosa oscura y gigantesca estiró uno de sus largos brazos y atrapó de una pierna al infortunado tipo.

Retorciéndose, colgado de cabeza, el hombre trataba de soltarse sin ningún éxito. Con total desprecio por su presa, El Bulto arrojó el cuerpo de Jacinto al pavimento. Atontado, adolorido y con algunos huesos rotos, éste intentó ponerse de pie para tratar de escapar de su agresor de pesadillas. Un topón más lo lanzó rodando contra la cuneta, hasta que finalmente Jacinto dejó de moverse.

La noche seguía su curso en la pequeña ciudad y la leyenda surgida de los miedos supersticiosos de la gente de campo continuaba sembrando la muerte.

La fiesta estaba en su máximo apogeo, la música alta y las risas estridentes rompían la quietud de la noche. Marcia destapó otra botella de cerveza cuando sintió que el piso se zamarreaba bajo sus pies; las paredes de la casa se quejaron en un crujido sordo.

-¡Es un terremoto!; gritó Paola asustada.

-¡Cálmense!, ya va a pasar; gritó Esteban.

Los hechos dieron la razón al joven cuando el suelo dejó de sacudirse.

-Estuvo fuerte pero ya pasó; comentó Marcia aun temblorosa. ¿Están todos bien?

-Sí, pero no puedo comunicarme por teléfono con mi casa; observó Paola.

Cuando la calma había regresado, el fuerte estruendo tomó a todos por sorpresa. Zamarreados y azotados contra las paredes y piso, con los muebles volando por todos lados, el desconcierto y el miedo dominaban lo que antes había sido una fiesta más de fin de semana; los gritos de dolor y desesperación reemplazaron las risas y la música.

Los crujidos de la casa, sacudida a más de quince metros de altura por un bulto negro y gigantesco, que se confundía con los añosos eucaliptus, eran los únicos ruidos que se escuchaban ya en su interior.

-¡Es El Bulto!; exclamó Paola al ver la oscura mole que sostenía la casa, antes de caer inconsciente.

Como un niño que se aburre de un juguete, El Bulto arrojó la maltrecha vivienda contra el suelo, para simplemente terminar retirándose en medio de las sombras.

El estruendo del derrumbe de la casa despertó a todo el vecindario; los curiosos no tardaron en agolparse ante la destruida construcción. Los escombros formaban una composición macabra teñida de rojo.

-¡Se derrumbó la casa con todos adentro!; exclamó una mujer entre llantos.

Las sirenas a lo lejos indicaban que la ayuda ya venía en camino; pero los vehículos de emergencia no necesitaban darse prisa. La situación superó todas las peores expectativas de los rescatistas; solo escombros a ras del suelo y cuerpos sepultados bajo ellos.

-¡No se queden ahí parados como idiotas!; gritó el comandante del cuerpo de bomberos del pueblo. -Busquen sobrevivientes.

Con la mayor esperanza todos comenzaron a remover los escombros, pero pronto ésta se esfumó al ir topándose solo con cadáveres. Después de un par de horas veinte cuerpos yacían cubiertos con lonas negras.

-Aaaah; se escuchó un lastimero gemido cuando ya los rescatistas pensaban que su penoso trabajo había terminado.

-¡Esperen!, hay alguien con vida; gritó un bombero al escuchar el quejido.

Sin que se diese una orden al respecto, todos se dirigieron hacia el lugar de donde provenían los agónicos lamentos y con extremo cuidado desenterraron a una joven mujer con sangre en la cabeza y un hilo rojo que corría de sus labios.

-Rápido estabilícenla con un traje antishock; ordenó un médico. -Capitán pida un helicóptero en seguida, debemos llevarla  a Santiago cuanto antes; solicitó al policía a cargo de la seguridad.

Paola yacía totalmente inmovilizada a una camilla sin saber qué estaba ocurriendo.

El típico ruido del helicóptero se aproximaba rápidamente al lugar de los hechos, ya que no había ni un segundo que perder. El paramédico que atendía a la joven sintió como ésta le apretó con fuerza la mano y abrió grande los ojos.

-¡El Bulto! ¡El Bulto! ¡Fue El Bulto!; balbuceó con voz entrecortada la muchacha.

La mascarilla de oxígeno se llenó de sangre y su cuerpo se convulsionó, la mano que sujetaba al paramédico se soltó y ella cayó inconsciente.

-¡Está sufriendo un paro cardiaco!; gritó éste al médico.

-¡Unidad de electroshock ahora!; gritó el doctor.

Con mano veloz el médico rajó la ensangrentada blusa de la mujer y acercó las paletas cargadas de electricidad. Una y otra, y otra vez; el cuerpo se elevó en varias ocasiones a causa de las descargas eléctricas, pero la chica no reaccionaba.

-¡Vamos!, despierta; gritó el galeno con la frente cubierta de sudor.

-Ya doctor déjela ir; lo afirmó el comandante de bomberos. -No  hay nada que usted o nosotros podamos hacer por ella, ha muerto.

-Es totalmente insólito lo que ha ocurrido esta noche; comentó el comandante al capitán de la policía uniformada.

-¿Qué cree que pudo haber destruido así una casa relativamente nueva?; preguntó el policía.

-No lo sé; respondió el bombero. -Es la primera vez que veo algo así.

-Fue El Bulto; intervino una mujer de entre los muchos curiosos reunidos en el lugar de la tragedia. -La niña lo dijo antes de morir.

-Señora, esas cosas no existen; intentó calmarla el policía.

-Nada más tiene la fuerza para hacer esto; opinó un anciano. -Mi abuelo me contó que es un gigante más grande que los eucaliptus.

-Sé que es terrible todo esto pero debe haber otra explicación; insistió el policía.

-Déjelo capitán; intervino el comandante. -Mientras más pronto nosotros averigüemos las causas de este terrible accidente, más pronto podremos calmar a la población.

Días arduos de trabajo siguieron a los expertos del cuerpo de bomberos, pero no lograban dar con las causas del derrumbe que costó la vida de veintiún jóvenes. Como un favor especial al alcalde del pueblo, el intendente regional solicitó que un equipo de ingenieros de una universidad pública  prestara apoyo y asesorara a los investigadores de bomberos, pero ni aún así lograron encontrar una explicación lógica. Era como si la casa hubiese sido arrancada del suelo y estrellada violentamente contra el pavimento, rompiendo de un solo golpe sus pilares y techo, convirtiéndose en la tumba de todos esos muchachos que solo disfrutaban de una fiesta más; de su última fiesta en realidad.

Mientras los rumores del Bulto se apoderaron del pueblo. Las calles se vaciaban apenas comenzaba a oscurecer y los negocios cerraban sus cortinas con las primeras sombras del ocaso. De la noche a la mañana Isla de Maipo se había convertido en un pueblo fantasma cuando caía la oscuridad. A pocos kilómetros de la capital y en pleno siglo veintiuno, el miedo supersticioso ante lo inexplicable se había apoderado de sus habitantes. Típico pueblo colonial campesino, rico en mitos y leyendas, era un nutritivo caldo de cultivo para que todos los miedos ocultos resurgieran; y quién los culparía y ni se imaginaban de cuan ciertos eran sus temores.

-Que agradable es este pueblo al atardecer; opinó la joven paseando de la mano de su pareja.

-Sí, a pesar de estar cerca de Santiago aún conserva su encanto de campo.

La brisa empezaba a refrescar cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la Cordillera de la Costa; sin embargo la temperatura ya se hacía más tolerable con la proximidad de la primavera.

-Buenas tardes; saludó Fernando a una señora que estaba parada junto a la puerta de una casa. Sin embargo, la mujer en vez de contestar corrió a encerrarse y cerrar la puerta con llave.

La gente que caminaba por la calle aceleró el paso y se dirigió a toda prisa a sus destinos.

-Sé que algunas personas le tienen miedo a las gitanas, pero esto es exagerado; comentó la muchacha. -Y ni siquiera ando vestida como gitana.

-No creo que sea por ti Milenka; observó Fernando Hormazabal al ver que todos los negocios cerraban sus cortinas.

En unos cuantos minutos la pareja era los únicos transeúntes que permanecían en la calle; incluso los automóviles habían desaparecido. En un santiamén el pueblo dio la impresión de estar deshabitado.

-¡Que curioso!; exclamó Fernando. -Mejor volvamos a la hostería y tratemos de averiguar qué asusta tanto a los habitantes del pueblo.

-Quedamos en que este fin de semana sería solo para nosotros, sin trabajo; reclamó la gitana.

-¿Y quién está hablando de trabajo?; respondió Fernando. -Dime que no sientes un poco de curiosidad por saber que pasa aquí.

-Bueno, sí algo, pero yo solo quiero relajarme un poco; opinó Milenka.

-Tranquila, te prometí un fin de semana especial y eso es lo que tendrás; la calmó Fernando pasando su brazo por la delgada cintura de la Shuvani.

Poco antes de las siete de la tarde la pareja llegó a la hostería donde se hospedaban desde temprano en la mañana. Como era de esperarse, ahí también la puerta estaba cerrada con llave; Milenka golpeó con sus nudillos la puerta de calle. Después de insistir un par de veces, al fin el dueño del albergue salió a abrir, dejando ver su miedo.

-Si hubiese demorado un poco más le habría lanzado una maldición gitana; dijo tal vez en broma la muchacha.

-Por favor señorita no diga eso ni en broma; pidió el hombre persignándose un par de veces.

-¿No me diga que cree en esas cosas en pleno siglo veintiuno?; le preguntó Milenka.

-Yo no creo en brujas, pero de que las hay, las hay; citó un viejo refrán el hombre.              -Además últimamente han ocurrido cosas terribles en el pueblo y que los expertos no pueden explicar.

-¿Es por eso que todos los habitantes se ven tan asustados al atardecer?; preguntó Hormazabal.

-Es todo por culpa del Bulto; comentó la mujer del dueño, trayendo una gran tetera con un mate.

-No creo que estas cosas le interesen a los jóvenes de la ciudad; la interrumpió su marido.

-Se sorprendería de las cosas que hemos visto; agregó la gitana. -Además no todo lo que existe se puede ver.

-Bueno, si no les da miedo, ni se aburren les contaremos; aceptó la mujer.

-Soy todo oídos; dijo Fernando Hormazabal sentándose atento en una silla, mientras Milenka chupeteaba con agrado el mate que le ofreció la mujer del posadero.

-Hace dos semanas; comenzó a narrar el hombre en voz baja. -Durante una fiesta, veintiún jóvenes murieron aplastados cuando la casa donde estaban se derrumbó sobre ellos; los bomberos y los carabineros no saben cómo es que los pilares, las paredes y el techo se molieron aplastándolos a todos.

-Una de las niñas antes de fallecer, aseguró que fue El Bulto; agregó la mujer.

-¿Qué es El Bulto?; preguntó Fernando.

-Es un ser gigantesco, del porte de los eucaliptus, o más tal vez; explicó el hombre. -Negro como una sombra y fuerte como un coloso.

-Se dice que asusta a la gente que sale de farra en la noche; continuó la mujer. -A lo mejor El Bulto fue el que mató al matrimonio Díaz; venían de una fiesta en Malloco.

-Puede ser; meditó el hombre. -Dicen que el auto quedó aplastado como si lo hubiesen lanzado cien metros por el aire. Los pobres murieron enseguida.

-Veo que están enterados de muchas cosas que pasan en el pueblo; observó la gitana.

-Es que tenemos un hijo que es carabinero y él nos cuenta algunas cosas; comentó la mujer. -Claro que es un secreto.

-No se preocupe señora, no le contaremos a nadie que nos dijo; la tranquilizó Milenka en voz baja.

-¿Qué opinas tú?; le preguntó Hormazabal a su pareja.

-Entre mi pueblo se habla de espíritus y seres que pueden ser invocados por una magia muy poderosa; respondió ella.

-¿Usted no es chilena joven?; preguntó la mujer.

-Soy gitana; respondió con naturalidad Milenka.

-¿Lo de la maldición era verdad entonces?; preguntó preocupado el hombre.

-Era solo una broma; aclaró la muchacha.

-Uff, que alivio; contestó él persignándose.

-¿Otro matecito mi niña?; ofreció la mujer.

-Está muy bueno; aceptó la joven Shuvani.

-No es común ver una pareja de gitanos con…; quedó dubitativo el hombre.

-Paisanos, a los no gitanos les llamamos paisanos; explicó Milenka. -Fernando siempre ha sido amigo de mi tribu.

-Ella me acepta como soy y yo la acepto a ella con todo lo que eso implica; comentó él.

-A lo mejor los demás no lo tomen tan bien; pensó la mujer.

-De eso nos preocuparemos a su debido tiempo; opinó Milenka.

-¿Quién sería capaz de invocar a un ser tan terrible como El Bulto?; preguntó la mujer.

-Alguien que conoce muy bien la magia negra; opinó Milenka.

-¿Pero por qué?; preguntó el hombre.

-También existe la posibilidad de que todo tenga una explicación más natural; comentó Fernando.

-Es cierto; apoyó la gitana. -Algunas cosas casi inexplicables tienen su causa en las fuerzas de la naturaleza.

-Puede ser; asintió el posadero. -Pero yo nací en La Isla y no existe una fuerza que pueda levantar una casa desde sus cimientos.

-En Estados Unidos los tornados pueden elevar hasta trenes enteros; opinó Hormazabal.

-Pero que yo sepa aquí no hay tornados; objetó la mujer.

-Bueno ya es tarde y nuestros huéspedes querrán descansar; comentó el hombre para terminar la conversación.

La luna llena y el cielo despejado creaban una atmósfera placentera que invitaba a caminar de noche.

-No deberíamos estar afuera a esta hora; comentó Blanca a Diego.

-No me digas que tú también le tienes miedo al Bulto; se burló él.

-No es eso, pero han pasado cosas muy raras últimamente; recordó ella.

-Sí, puros accidentes por culpa del alcohol; observó Diego.

-Está bien, pero quedémonos donde haya más luz; solicitó ella a su novio.

-Qué extraña se ve la plaza sin nadie más; observó el muchacho.

-Parece parte de una película de misterio; comentó la joven. -La Isla ya no es como antes.

-Mis papás quieren que nos vayamos a vivir a Santiago; contó Diego.

-Mi viejo piensa que la gente supersticiosa se está sugestionando con la leyenda del Bulto; comentó Blanca.

-Lo mismo creo yo; mencionó el joven.

-Lo más raro es que aún no saben cómo se derrumbó la casa de la fiesta; recordó ella.

 La noche seguía avanzando y los jóvenes no se percataban de la hora.

-Ya es tarde; observó Diego. -Mejor te llevo a tu casa antes de que tu papá haga sonar la sirena del cuartel de bomberos.

-Sí, a veces exagera un poco; reconoció ella.

De pronto el crujido de madera que se parte dejó en silencio a la pareja. Los eucaliptus añosos de un bosquecillo cercano se partieron, empujados por colosales brazos negros. Los ojos grandes y brillantes del Bulto fijaron su siniestra mirada en la pareja de jóvenes enamorados.

-¡Es El Bulto!; gritó aterrorizada Blanca.

-¡No puede ser real!; exclamó Diego. -¡Corre, huyamos!

No más de diez metros los jóvenes lograron alejarse del lugar.

Con solo estirar uno de sus brazos el gigante levantó de una pierna al muchacho, quien se retorcía intentando inútilmente soltarse.

-Por favor ayúdennos; gritaba desesperada la muchacha, pero nadie acudía en su auxilio; por el contrario todos en las cercanías se escondieron a rezar, esperando que todo terminase.

Los gritos de terror y desesperación se convirtieron en un estridente alarido cuando de un solo tirón el gigantesco ser partió en dos el cuerpo de Diego, arrojándolo al piso en medio de un gran charco de sangre. Los gritos histéricos de Blanca atrajeron la atención del monstruo, quién acercando su descomunal mano la levantó de una pierna.

Con los nervios de punta Milenka tapaba sus oídos para no oír los desgarradores gritos de la muchacha, hasta que no pudo soportarlo más y corrió hacia la puerta.

-¿Qué hace niña?, El Bulto la va a matar a usted también; intentó detenerla la esposa del hospedero.

-Tengo que tratar de ayudarla, insistió la gitana abriendo la puerta y saliendo decidida  a la calle.

-“Espíritus del pasado y del futuro, acudan al llamado de su sierva.

En esta noche negra invoco el poder del Triunvirato Caído; concedan a esta Shuvani el poder de la tormenta y del rayo, de la tierra y del fuego”.

-“Por las fuerzas negras del infierno te ordeno regresar a donde naciste.

Vuelve a la oscuridad de la noche y cae bajo el poder de mi voz y la fuerza de mi mano”.

Ante la sorpresa de todos, incluso de Hormazabal que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones de Milenka, incandescentes rayos azules y blancos comenzaron a brotar de sus dedos, mientras su cabellera flotaba en un viento que se originaba en ella misma. Las descargas eléctricas lastimaban sin cesar al engendro de magia negra, mientras fuertes ráfagas de viento lo golpeaban violentamente. Por otro lado Fernando vaciaba su pistola sobre la cosa.

-“Vuelve al infierno de donde saliste”; le ordenó finalmente la gitana. Inmediatamente El Bulto se esfumó en el aire sin dejar huellas de su presencia, salvo los restos del cuerpo del muchacho.

Sin que nada la sostuviese, Blanca cayó sobre la tierra húmeda de la plaza, lo cual impidió que su cuerpo se reventase contra el pavimento; gravemente herida, pero con vida gracias a la decidida y oportuna intervención de la gitana.

-Aun está con vida; avisó el dueño de la hostería, junto a la joven que yacía sin sentido en el suelo.

-¿Cómo te sientes?; preguntó Hormazabal a Milenka que se veía muy agitada.

-Un poco cansada pero bien; contestó ella.

-No sé cómo lo hizo señorita, ni qué es usted, pero le acaba de salvar la vida a esa niña; dijo la esposa del hospedero.

-Había escuchado hablar de brujas, pero esta es la primera vez que veo una; opinó el hombre. -No sé si estar contento por ello o si sentir mucho miedo de usted.

-¿Qué dices tonto?; lo reprendió su esposa. -Esta jovencita arriesgó su vida para salvar a la niña.

-Mi esposa tiene razón; coincidió el hombre. -Es usted muy valiente.

-O muy tonta; agregó Fernando Hormazabal.

-No podía quedarme de brazos cruzados; respondió la Shuvani.

Las sirenas de las ambulancias y carabineros que se aproximaban perforaron la noche.

-Respecto a la intervención de Milenka; dijo Fernando al matrimonio. -Preferiría que no la mencionaran.

-Comprendo; aceptó el hombre. -No se preocupen.

-Somos buenos para guardar secretos; coincidió su esposa.

-Muchas gracias; respondió la gitana. -Los paisanos por lo general son poco comprensivos con estas cosas.

Casi en seguida las unidades de emergencia llegaron al lugar de los hechos.

-Es la hija del comandante del cuerpo de bomberos; la reconoció un para- médico. -Aun vive.

Tras revisarla rápidamente, decidió de inmediato. -Está estable, debemos trasladarla al hospital.

-Hay un cadáver aquí; dijo uno de los carabineros. -¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó al ver el cuerpo mutilado del joven.

-Los atacó El Bulto; dijo la mujer del hospedero. -Todos lo vimos.

-Señora esa cosa no existe; la interrumpió el uniformado. -Si no me dice la verdad la detendré por complicidad en un posible homicidio.

-La señora dice la verdad; intervino Fernando.

-¿Y usted quién es?; preguntó el carabinero, quien no reconoció al forastero.

-Teniente Fernando Hormazabal, de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil; respondió mostrando su placa al uniformado. -Mi colega Milenka Ivanovich, de criminalística.

-Mi Teniente esto es muy poco habitual; respondió el carabinero.

-Lo sé, pero yo también vi a un gigante de más de veinte metros destrozar a la víctima; agregó el detective. -Posiblemente huyó al descargarle todas mis balas; concluyó mostrando su pistola vacía.

A la mañana siguiente el clima en la alcaldía era el de un verdadero manicomio. A puerta cerrada estaba reunido el alcalde, junto con el mayor al mando de la prefectura de carabineros, el subprefecto de la policía civil y el comandante del cuerpo de bomberos; también se solicitó la presencia del Teniente Fernando Hormazabal y de la señorita Milenka Ivanovich.

Aceptar de la noche a la mañana la veracidad de las leyendas era algo que incomodaba a más de alguien. Todos de una u otra forma estaban preparados para catástrofes naturales, homicidas o incluso actos terroristas; pero algo muy distinto era tener que creer que la causa de las últimas tragedias era El Bulto. Una entidad gigantesca surgida de quién sabe qué parte y peor aún, controlada por una mente muy poderosa y a la vez completamente desquiciada.

-¿Señores, se dan cuenta de lo increíble que es esto?; preguntó el alcalde sin saber cómo comenzar.

-Yo mismo considero todo esto ilógico; opinó el comandante del cuerpo de bomberos. -Y sin embargo, aunque así sea mi hija está grave en el hospital y su novio cortado en dos en la morgue.

-Entre los testigos que vieron a la criatura cometer el último crimen hay un oficial de la policía civil y una funcionaria de criminalística; informó el mayor de carabineros.

-Que pasen el Teniente Hormazabal y la señorita Ivanovich; solicitó el subprefecto.

-Teniente Hormazabal, señorita Ivanovich; saludó el alcalde. -En primer lugar quisiera aclarar que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial.

-Por supuesto Señor Alcalde; aceptó el detective.

-¿Teniente Hormazabal, podría relatar los acontecimientos de anoche en los que falleció un joven y una muchacha resultó herida?; solicitó el subprefecto de la policía.

-Junto a la señorita Ivanovich alojábamos en una hostería cerca de la plaza. A eso de la media noche escuchamos gritos pidiendo auxilio; explicó el detective.  -Salimos a ver qué ocurría; vimos que la víctima era sostenida en el aire por una gigantesca criatura; después de un rato partió con sus manos a la víctima y atrapó enseguida a la mujer. Le disparé todas las balas de mi arma de servicio y se esfumó, dejando caer a la muchacha.

-¿Hacia dónde escapó?; preguntó el comandante de bomberos.

-No escapó señor; aclaró el Teniente Hormazabal. -Se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

-Comprendo; aceptó el subprefecto.

-¿Podría describir a la criatura teniente?; pidió el mayor de carabineros.

-Altura aproximada de veinte metros, color negro, sin rasgos visibles, como una figura de masilla negra, ojos grandes y brillantes; indicó Hormazabal.

-¿Algo más?; preguntó el bombero.

-Sí; agregó Milenka. -A pesar de su tamaño se movía con gran agilidad y sin hacer ruido.

-Lo que ambos están describiendo es El Bulto; explicó el mayor. -Un ser perteneciente al folclore popular de esta zona. Es solo una leyenda.

-Debo recordarle que esa leyenda mutiló al novio de mi hija y ella está internada grave en el hospital; intervino el comandante.

-Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio; comentó Hormazabal. -De lo que estoy seguro es que le disparé diez balas, pero no me dio la impresión de que eso lo dañara.

-Esto es difícil de creer; opinó el alcalde.

-Puedo asegurarle Señor Alcalde que un oficial de la Brigadade Homicidios de la policía no se impresiona con facilidad y es muy preciso en sus observaciones, sobre todo tratándose de un teniente; aseveró el subprefecto.

-Suponiendo que nos estamos enfrentando a algo anormal; meditó el mayor. -¿Podría tratarse de algún tipo de animal desconocido?

-Resulta muy poco probable; intervino Milenka. -Ya que esa criatura se desmaterializó en el aire, y hasta donde alcanzan mis conocimientos, eso no lo hace ningún animal.

-¿Entonces qué sugiere que puede ser?; preguntó el comandante.

-Aunque resulte difícil de creer, pienso que en esta oportunidad estamos lidiando con algo sobrenatural; concluyó la gitana.

-¿Insinúa que es un fantasma el responsable de las últimas muertes violentas que han ocurrido en el pueblo?; preguntó el mayor.

-Claro que no, un fantasma no puede influir en este plano, en cambio ese ente tiene control completo sobre la materia; agregó Milenka.

-¿Y usted cree realmente en esas cosas señorita?; preguntó el alcalde del pueblo.

-Independiente de lo que yo crea, lo que vi anoche era bastante real y mortífero; dijo ella. -Mi experiencia y las cosas que he vivido me han enseñado a tener la mente abierta y no negar lo que no puedo comprender.

-Señor subprefecto, si lo que yo vi no es real, quiere decir que no soy apto para este trabajo; dijo el Teniente Hormazabal poniendo su placa en la mesa.

-Tranquilícese teniente, aquí no estamos juzgando a nadie, es solo que cuesta creer que estas cosas sean reales; lo calmó el oficial.

-Mientras más tiempo demoren en creer, pueden ocurrir más muertes; advirtió Milenka.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo lo que está ocurriendo; objetó el bombero.

-No vamos a llegar a ninguna parte así; opinó Milenka mirando a Fernando. -Mejor me encargo yo sola de esto.

-¿A qué se refiere señorita?; quiso saber el alcalde.

-¿No creerán que fueron las balas del Teniente Hormazabal las que alejaron a ese ente?; preguntó la gitana mirándolos a todos.

-De ser cierto, ¿qué otra cosa pudo ser, si era la única arma presente?; consultó el mayor.

-Fui yo quien lo alejó; confesó Milenka.

-¿Qué tipo de arma usó señorita?; quiso saber el carabinero.

-No usé ningún arma; respondió ella. -Soy una Shuvani.

-¿Qué es eso?; concluyó el comandante de bomberos.

-En términos simples, una bruja gitana; aclaró Hormazabal.

-¿Una bruja?; rió el subprefecto. -Ahora sí que esto es una locura.

-¿Lo duda acaso?; preguntó severa Milenka apoyando fuerte sus manos sobre la mesa, bajo las cuales ésta comenzó a humear, quedando profundamente marcadas sus huellas en la madera chamuscada, mientras su cabello se mecía solo.

-Esto es increíble; opinó el bombero examinando la caliente huella de las manos de la Shuvani, mientras revisaba las manos y brazos de ella buscando algún aparato extraño.

-¿Qué opina comandante?; preguntó el alcalde.

-Esto es Isla de Maipo, ¿por qué no podrían ser reales las leyendas?; respondió él encogiéndose de hombros.

-Creo que al fin nos vamos a entender; intervino Hormazabal.

-¿Usted sabía de las habilidades de la señorita Ivanovich teniente?; preguntó el subprefecto.

-Desde poco más de un  año lo sé señor; respondió éste. -Cuando tengamos tiempo le puedo contar, si es que Milenka no se opone.

-Si es que salimos vivos de esto; comentó ella.

-¿Qué necesita para realizar su trabajo y detener a ese monstruo?; ofreció el alcalde.

-Información que relacione a las víctimas entre sí; pensó ella, quien ya se estaba acostumbrando a razonar como detective por su relación con uno.

-Cuente con ella; ofreció el subprefecto.

-Nuestros archivos están a su disposición; agregó el mayor de carabineros.

-¿Pero de dónde surgió ese ser y por qué?; preguntó el alcalde.

-Estos seres pueden ser creados por conocedores y practicantes de la magia negra; explicó la Shuvani.

-¿Magia negra?; preguntó el comandante. -¿Quiere decir que en La Isla hay un brujo o bruja que está matando a nuestros vecinos mediante ese monstruo?

-No se me ocurre una mejor explicación; respondió Milenka.

-Es increíble todo esto; opinó el mayor de carabineros.

-Es cierto, pero eso no significa que no sea real; opinó el Teniente Hormazabal.

-En ese caso debemos enfocarnos en encontrar al loco que está detrás de todo este asunto; aconsejó el subprefecto.

-Mi consejo es manejar esto con la mayor discreción posible; sugirió el Teniente Hormazabal. -Bajo ninguna circunstancia a la población se le debe confirmar la existencia del Bulto.

-Y menos mencionar la existencia de un brujo en el pueblo; agregó el mayor de carabineros. -De lo contrario se desencadenaría pánico colectivo, que podría desembocar en una cacería de brujas ciega e irracional.

-El caos sería incontrolable; agregó el alcalde. -Esto no debe llegar a las autoridades superiores, ni siquiera el Señor Gobernador, que es mi amigo personal, se puede enterar.

-Eso puede ser un poco complicado; opinó el mayor de carabineros. -Hay procedimientos que cumplir e informes que llenar.

-Estoy seguro de que se pueden omitir ciertos detalles en esos informes y es aceptable aplicar la verticalidad del mando; sugirió el Teniente Hormazabal.

-¿Usted ya lo ha hecho teniente?; preguntó el subprefecto.

-Bueno señor, esta no es la primera vez que estoy en un caso de características sobrenaturales; explicó Hormazabal. -Y la verdad es que no se ve muy bien en los informes la mención de brujería, demonios y fenómenos paranormales.

-Aunque no me agrada, estoy de acuerdo con el teniente; apoyó el comandante de bomberos.

-Creo que tiene razón teniente; aceptó el subprefecto. -Si seguimos los procedimientos se nos calificará de locos y terminaremos relegados a quién sabe dónde.

-Está decidido entonces; concluyó el alcalde. -Todas las pesquisas para dar con el o los responsables de esta crisis, así como las acciones para neutralizar la amenaza que implican serán conducidas con la máxima discreción y reserva.

-Señores, instruyan a sus subalternos para la búsqueda de posibles accidentes causados por el abuso de la ingesta de alcohol; ordenó el alcalde.

-Teniente Hormazabal, usted y la señorita Ivanovich quedan a cargo del caso; ordenó el subprefecto al detective y a la gitana.

-Adiós descanso; reclamó Milenka en voz baja.

-Resuelvan esto y les prometo las mejores vacaciones de su vida; ofreció el alcalde que la escuchó.

-Soliciten el personal que requieran para esta misión; ofreció el subprefecto.

-Gracias señor, pero cuantas menos personas estén enteradas, será más seguro; rechazó Hormazabal.

-En ese caso tengo a la persona indicada; agregó el oficial de carabineros.

Dos horas después en una oficina de la prefectura de la policía uniformada, el Teniente Hormazabal y la gitana revisaban los expedientes de todas las víctimas de muertes misteriosas de las últimas semanas, tratando de encontrar algo que las relacionase entre sí.

-¿Has encontrado algo en común Shuvani?; preguntó el detective a Milenka.

-Nada paisano; respondió ella. -Tenemos un matrimonio, un grupo de jóvenes, un borracho y una pareja de enamorados; aparte de vivir en el  mismo pueblo no tenían ninguna relación entre sí.

-Espero poder ayudarles en eso; dijo un hombre que entró sin golpear. -Permítanme presentarme, soy el Teniente Rubén Espinoza, se me ordenó apoyarlos en este caso.

-Buenas tardes, soy el Teniente Fernando Hormazabal, de investigaciones. Esta es la señorita Milenka Ivanovich; saludó Hormazabal.

-Teniente, señorita; saludó el uniformado, que ahora andaba de civil, golpeando sus tacos.

-Olvidemos las formalidades teniente, al fin y al cabo tenemos el mismo rango; ofreció el detective.

-Bueno Rubén, estamos buscando alguna relación entre las víctimas de muertes violentas de los últimos días, en caso de que sean provocadas premeditadamente por algún asesino sicópata; explicó el detective.

-Un asesino serial no es tan difícil, pero un brujo es otra cosa; comentó el carabinero.

-¿Eh?; preguntó sorprendido Hormazabal.

-Ya fui puesto al tanto de todos los detalles; respondió Espinoza.

-¿Usted cree en eso teniente?; preguntó Milenka.

-Soy la quinta generación de mi familia nacido aquí; explicó él. -Digamos que soy de mente abierta.

Después de revisar los expedientes el Teniente Espinoza anotó la fecha y hora de muerte de cada una de las víctimas bajo su fotografía.

-Todos murieron de noche, entre las 23 y las 03 del día siguiente; observó Milenka.

-Por lo visto el asesino manda al Bulto cuando hay más oscuridad; opinó Espinoza.

-Es lógico, así lo oculta entre las sombras; comentó Hormazabal.

-Permiso; dijo una joven carabinera al golpear la puerta y entrar. -Aquí están las fichas que solicitaron.

-Gracias sargento, déjelas en el escritorio; ordenó el Teniente Espinoza.

La joven uniformada se quedó estática mirando las fotografías en la pared.

-Y todo por querer divertirse; comentó ella haciendo un gesto de rechazo con la cabeza, mientras con un dedo tocaba cada una de las fechas.

-Gracias sargento, puede retirarse; ordenó el Teniente Hormazabal.

-Yo, lo siento señor; se cuadró ella disculpándose.

-Espere; la detuvo la gitana cuando ésta giró para marcharse. -Dígame qué encontró que nosotros no.

-Tal vez no sea nada señora; respondió la uniformada.

-Vamos sargento, cuéntenos; pidió Espinoza.

-A lo mejor es solo coincidencia, pero en todos esos días hubo cambio de fase lunar; explicó ella. -¡Son las víctimas del Bulto!; exclamó sorprendida mirando a los oficiales y a la gitana. -¡Eso es brujería!

-Sargento, esas son solo habladurías; interrumpió Espinoza. -Le diré la verdad, aunque es un secreto de investigación. Estamos tras un asesino serial.

-Teniente Espinoza, está bien; intervino la Shuvani. -La sargento se dio cuenta sola y muy rápido de la verdad.

-Efectivamente, son las víctimas del Bulto; confesó Milenka. -Pensamos que fue invocado por un brujo o bruja para cometer estos asesinatos.

-¿Cómo supo que había brujería involucrada en esto sargento?; preguntó el Teniente Espinoza.

-Es algo que mi abuela siempre decía. -Si alguien muere cuando cambia la luna, es porque un brujo o espíritu malo lo mató; comentó ella.

-Parece que su abuela era muy sabia; opinó Milenka.

-En mi familia ha habido muchas machis; explicó la joven.

-La Sargento Fresia Huaiquimil es de origen mapuche; aclaró el Teniente Espinoza.

-¿Y usted qué sabe de la sabiduría de su pueblo?; preguntó la gitana.

-Mi abuela quería que yo me convirtiera en una machi, pero yo decidí ingresar a la policía; explicó la uniformada.

-Ya veo; concluyó Milenka.

-Sargento Huaiquimil, desde ahora hasta nueva orden queda asignada a esta investigación; ordenó el Teniente Espinoza.

-La reserva debe ser absoluta; advirtió el Teniente Hormazabal.

-Pierda cuidado señor; respondió ella. -Además si ando hablando de brujos y del Bulto todos se van a burlar de mí.

-Además se originaría histeria colectiva; agregó Espinoza y no queremos que empiece una cacería ciega de brujas.

-Sobre todo yo; comentó Milenka sonriendo, lo que extrañó un poco a los dos uniformados.

-Bien, veamos el posible perfil de los sospechosos; sugirió Hormazabal.

-Solitario; pensó Milenka.

-Aislado y poco sociable; agregó la Sargento Huaiquimil mientras anotaba en una pizarra.

-Emocionalmente inestable; continuó el Teniente Espinoza.

-Introvertido; sugirió el Teniente Hormazabal.

-Socialmente resentido; pensó Espinoza.

-Con tiempo para dedicarse a la magia; opinó Milenka.

-Sin trabajo; agregó Fresia.

-Comencemos a descartar; sugirió Hormazabal.

-Todas las víctimas o estaban o se habían divertido con alguien más al momento de su deceso; observó Fresia.

-Lo que podría significar que al homicida eso le resulta especialmente desagradable; meditó Espinoza.

-Posiblemente en algún momento de su vida, éste fue aislado o rechazado; supuso Hormazabal.

-Pero eso no es motivo suficiente para querer matar a la gente; opinó la gitana. -Tiene que haber algo más.

-¡Bruja maldita!, ¿por qué tenías que meterte?; se preguntó el hombre paseándose sin cesar en la penumbra de la cueva oculta entre los cerros de Naltagua. -¿Cómo pudiste vencer a mi criatura?

-Ya estoy un poco cansada; comentó Fresia. -¿Podemos salir a tomar un poco de aire al patio?

-La verdad es que llevamos muchas horas sin descansar; apoyó Hormazabal.

-Salgamos a tomar un poco de aire fresco; accedió Espinoza poniéndose de pie.

-¡Idiota, ven para acá!; gritó el hombre a un enclenque muchacho que estaba sentado al fondo de la cueva.

-Diga mi amo; respondió servicialmente.

-Quiero que vayas a averiguar todo lo que puedas sobre la bruja que se atrevió a interferir con mis planes; le ordenó a su sirviente.

-Como ordene amo; contestó el muchacho.

El hombre le arrojó un polvo que contenía en una bolsa de piel e inmediatamente, por arte de magia, el esclavo se convirtió en un gran pájaro negro que luego de graznar emprendió el vuelo.

-Que rico es el aire aquí; observó Milenka llenando los pulmones con el aire campestre.

-Nada que ver con el de la capital; opinó Espinoza.

A Fresia le pareció ver una sombra en el piso que se movía en círculos, pero al principio no le dio importancia; sin embargo, poco después notó que esta aumentaba de tamaño. Sin decir ni una palabra desenfundó su arma de servicio y disparó hacia un gran pájaro que giraba sobre ellos.

Sin vida el ave se precipitó contra el suelo.

-¿Por qué mataste a ese pájaro?; preguntó el Teniente Hormazabal.

Sin que la sargento necesitara explicárselo, el pájaro muerto cambió de forma ante todos, transformándose en el sirviente del brujo.

-Nos estaba espiando; respondió Fresia.

-¡Demonios!; gritó furioso el brujo en su escondite al darse cuenta de lo ocurrido.

-¿Cómo lo reconociste?; peguntó Milenka a la policía.

-Pude ver que lo envolvía una nube oscura de aspecto muy maligno; explicó ella. -Supongo que es un don que heredé de mis ancestros.

El disparo atrajo a todo el resto de los carabineros.

 -Este hombre saltó la muralla e intentó atacar a la Sargento Huaiquimil; explicó el Teniente Espinoza. -Ella se defendió haciendo uso de su arma de servicio. Todos nosotros somos testigos.

-Supongo que eso ahorrará un poco de papeleos; opinó un carabinero.

-Identifíquenlo e infórmenme luego; ordenó Espinoza.

-Como diga mi teniente; respondió el carabinero.

-Mejor entremos; sugirió el Teniente Hormazabal. -Por lo visto quien está detrás de todo ya sabe de nosotros.

-¿Pero qué diablos fue eso?; preguntó el Teniente Espinoza sin poder dar crédito a la transformación que tuvo lugar frente a sus propios ojos.

-Era un brujo que se había convertido en un pájaro para espiarnos; respondió la sargento. -Mi abuela me habló varias veces de ellos, pero no creí que vería uno yo misma.

-Espero que ahora estén plenamente conscientes de lo que enfrentamos; comentó el Teniente Hormazabal.

-Esto es magia negra; afirmó Fresia.

-¿Y cómo vamos a lidiar con quién está detrás?; preguntó el uniformado.

-¿Cómo dicen ustedes los paisanos?; preguntó Milenka tratando de recordar algo. -Ah sí, “El fuego se combate con fuego”; dijo mientras el agua en un jarro comenzaba a hervir por sí sola y las ventanas se abrieron de golpe.

-¿Acaso quiere decir que usted también es una bruja?; preguntó el Teniente Espinoza.

-La verdad es que soy una Shuvani; respondió Milenka.

-¿Y qué es eso?; preguntó Fresia, que nunca había escuchado la palabra.

-Es una sacerdotisa gitana; indicó el Teniente Hormazabal. -Y yo he presenciado personalmente el despliegue de su poder, así es que diríjanse a ella con humildad y respeto.

-Creo que eso no era necesario; opinó la gitana. -Al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.

-Yo solo te estoy presentando como mereces, sabia Shuvani; respondió el detective inclinando la cabeza ante ella.

-La única forma de enfrentar a un brujo poderoso es con magia negra; indicó Milenka.

-Y este debe ser muy poderoso para poder invocar al Bulto; opinó Espinoza.

-Por lo que pude ver anoche El Bulto es algo impresionante; comentó Hormazabal.

-¿Vieron al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Sí, pero lamentablemente solo pude salvar a la hija del comandante de bomberos; contó cabizbaja Milenka. -No actué a tiempo.

-No es culpa tuya; la consoló Hormazabal. -Si no hubieses detenido a esa cosa, también habría matado a la chica.

-Pero solo lo alejé; reflexionó la gitana. -No sirve de nada si no derrotamos al brujo que lo controla.

-¿Pudo ver al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Como dije solo lo desvanecí temporalmente; aclaró la gitana.

-Debe ser bastante buena en su trabajo Milenka para lograr eso; opinó el Teniente Espinoza.

-Solo le ayudo en lo que puedo al Teniente Hormazabal; comentó Milenka.

-Bueno, mejor concentrémonos en el caso; ordenó Hormazabal.

-Lo más probable es que no pueda hacerlo sola nuevamente; opinó la Shuvani. -El brujo ya debe saber de mí.

-¿Sus ancestros le enseñaron algo que pueda ser de alguna utilidad?; preguntó el detective a la carabinera.

-Solo algo de algunas hierbas y algunas canciones; contestó Fresia.

Milenka pudo notar el nerviosismo de la joven mapuche al responder.

-Necesito ir al baño; dijo la gitana. -¿Me podría acompañar Fresia?

-Sí claro, vamos; accedió la joven.

-¿Qué opina?; preguntó Hormazabal.

-Si yo fuese el asesino, siendo un sicópata antisocial, me aislaría del resto del pueblo para irme a vivir a los cerros; respondió Espinoza.

-¿Hay muchas cuevas en estos cerros?; quiso saber el detective.

-Desde aquí hasta más allá de la Mina Naltahua, los cerros tienen más hoyos que un queso; comentó el carabinero.

-Es demasiado terreno para cubrir; opinó Hormazabal.

-Esto va a tomar tiempo; observó el uniformado.

-Y tiempo es lo que menos tenemos; acotó el detective. -Sobre todo ahora que el brujo sabe de nosotros, puede volverse más osado.

-Pero la Sargento Huaiquimil dedujo que actúa solo durante las noches de cambio de luna; recordó Espinoza.

-Lo que nos da una semana entre uno y otro ataque del Bulto; calculó Hormazabal.

-A menos claro está que mande a su monstruo como un caballo desbocado a destruir sin discernimiento; opinó el Teniente Espinoza.

-Hasta el momento sus ataques han sido dirigidos contra todo aquel que de una u otra forma se está divirtiendo; recordó el detective. -Esperemos que no cambie su modus operandi.

-Hay cosas que los paisanos no tienen por qué enterarse; comentó Milenka cerrando con llave la puerta del baño. -Puedes confiar en mí.

-No es fácil; dijo Fresia bajando la vista y moviendo nerviosamente los pies. -Siempre he tratado de llevar una vida normal para poder adaptarme a los demás.

-¿A qué le tienes miedo?; preguntó la gitana.

-Hay más; reconoció Fresia. -Cuando era niña un hombre trató de atacarme; al defenderme perdí el control y estuve a punto de matarlo. Mi madre se echó la culpa para protegerme; continuó Fresia. -Juré que eso nunca volvería a pasar.

-No puedes suprimir tu naturaleza; aclaró la gitana. -Solo tienes que convertirte en la dueña de ti misma.

-No entiendes, soy peligrosa; rebatió la Sargento Huaiquimil mientras un papelero de acero se aplastaba sobre sí mismo, quedando reducido a una bola informe de metal.

-Si llega a ser necesario yo misma te detendré; respondió Milenka mientras una fuerza invisible oprimía a  la joven contra la pared. -Pero cuando llegue la hora de pelear, lo deberás hacer con todas tus fuerzas y sabiduría.

-Está bien, confiaré en ti; aceptó Fresia.

-Y yo en tu don; respondió la gitana.

-Faltan solo tres días para el próximo cambio de luna; observó preocupado el Teniente Hormazabal, mirando el calendario que colgaba en la muralla.

-Y supongo que esta vez el ataque será directo contra nosotros, por haber interferido en los planes del brujo; comentó el Teniente Espinoza.

-Eso es casi seguro; opinó la gitana al entrar al despacho junto a la mapuche. -Pero esta vez su criatura recibirá un castigo por partida doble.

-Si es que no nos aplasta primero; pensó el carabinero en voz alta.

-Supongo que sabes que la velocidad en nuestra respuesta es vital, sabia Shuvani; advirtió Hormazabal.

-También la astucia en el combate; opinó Fresia.

-Ella tiene razón; apoyó Milenka. -Mientras ustedes dos distraen al Bulto, yo lo ataco por un lado y antes de que logre desvanecerse, Fresia lo remata con otro ataque no esperado.

-¿Ella también?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Sí; contestó la Shuvani. -Juntas podemos detener a ese monstruo.

-Eso espero; contestó la joven mapuche no muy convencida de ello.

-Bueno, si no resulta, que no se diga que no lo intentamos; comentó el Teniente Espinoza, haciendo girar su pistola en un dedo, como un pistolero del lejano oeste norteamericano.

La noche tibia y estrellada, la luna en cuarto creciente, nadie en la calle más que uno que otro perro. Dos hombres evidentemente borrachos avanzan en medio de risotadas sin respeto alguno por el descanso de los demás. Tambaleándose uno enciende un cigarro y le ofrece otro a su amigo; la mano le tiembla y los cigarros se desparraman por el suelo. Grandes ojos brillantes los observan desde lo alto; El Bulto los ha descubierto y los hará pagar su osadía, castigará su alegría de vivir.

Como un rayo uno de los hombres desenfunda una pistola y dispara en repetidas ocasiones contra el gigante oscuro; imitándolo el otro no vacila al apretar el gatillo. Ante una señal ambos tipos corren a ocultarse tras una gruesa columna de concreto, sin dejar de disparar.

-“Fuerzas oscuras del inframundo, acudan en ayuda de su servidora”; gritó la Shuvani con ambos brazos en alto al tiempo que se elevaba un fuerte viento que acumuló negras nubes.

El Bulto inmediatamente se volvió hacia la insolente gitana.

-“Llamo a los Pillanes que controlan la tierra, el fuego y el cielo, cubran a su machi con la fuerza de la tormenta y del rayo”; se escuchó potente la voz de Fresia.

-“Invoco el poder oscuro de la Profana Trinidad”; continuó Milenka apuntando una de sus manos hacia la criatura.

Una violenta y poderosa descarga eléctrica golpeó de lleno a la cosa, haciéndola temblar. Sin embargo, pronto se repuso del impacto y avanzó hacia la gitana.

-“Viento helado de la montaña sopla, yo te lo ordeno”; gritó Fresia mientras la temperatura bajaba bruscamente y un gran remolino envolvía al gigante.

-“Hielo mortal, envuelve a este engendro en su tumba eterna”; ordenó Milenka.

Los movimientos del Bulto se volvieron poco a poco más lentos y torpes, hasta que a pocos metros de la gitana quedó totalmente inmóvil, encerrado en una tumba de cristal impenetrable.

-¡Ahora!; gritó la Shuvani.

Fresia con los dos brazos extendidos concentró toda su atención en el congelado Bulto. El hielo comenzó a crujir y temblar, mientras un ronco quejido salía de la criatura que estaba siendo aplastada por todos lados. Reduciéndose a cada instante de tamaño, la tumba congelada comenzó a volverse opaca, hasta finalmente quedar convertida en una fría roca en medio de la calle.

-“Ábranse los abismos del infierno y sepulten en un pozo sin fondo a esta abominación”; ordenó la Shuvani, golpeando con su bastón la tierra.

Un sordo temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies y el piso comenzó a rajarse, avanzando una trizadura        que se abrió ancha bajo la roca en que yacía para siempre El Bulto, tragándosela y cerrándose sin dejar marca alguna.

El viento helado cesó y la temperatura volvió a la normalidad. Los dos policías salieron de su escondite y se dirigieron hacia donde estaban las dos mujeres.

-Lo lograron; las felicitó el Teniente Hormazabal. -Esta vez sí que fue destruido El Bulto.

Milenka miró de reojo a Fresia, quien tenía la respiración agitada y las manos crispadas.

-Aléjense despacio; advirtió Milenka mientras lentamente comenzaba a desenvainar la espada que permanecía oculta en su bastón.

La muchacha estaba a punto de perder el control, como tanto temía si liberaba su poder.

-Tranquila Fresia; le habló la Shuvani ocultando la espada tras su espalda y acercándose lentamente hacia la joven. -Ya todo ha terminado.

La chica miró  a la gitana con el rostro desencajado por la tensión y finalmente cayó desmayada.

Los dos policías no decían nada; el Teniente Espinoza no entendía bien que estaba pasando con su colega y el Teniente Hormazabal confiaba en la sabiduría y buen juicio de la gitana.

Milenka se arrodilló junto a Fresia y le acercó algo a la nariz, con lo que despertó casi en seguida.

-Lo logramos, hemos acabado con El Bulto; le contó la gitana a la policía mientras la ayudaba a ponerse de pie.

-De nada servirá si no encontramos al brujo que lo creó y acabamos con él; respondió la joven mapuche poniéndose de pie.

Respirando hondo y cerrando los ojos Fresia se concentró en sí misma.

-“Gran espíritu que vive en el viento sé mis ojos y muéstrame dónde se oculta el mal”; dijo la machi.

La gran sombra de un cóndor cruzó el cielo rumbo a los cerros. Fresia con la mirada en lo lejos permanecía distante viendo lo que el ave veía; recorriendo cerro tras cerro volaba junto al cóndor. De pronto su vista se fijó en el hilo de humo que salía de una de las cuevas; una corriente de viento agitó la fogata y ella vio a su morador sin que éste se percatase.

-Lo encontré; dijo Fresia después de un rato. -Está poco antes de llegar al Escorial; se ve furioso y muy agotado.

-Aunque lo vi con mis propios ojos aun no puedo creerlo; comentó sorprendido el Teniente Espinoza.

-Eso fue impresionante sargento; reconoció el Teniente Hormazabal ante Fresia.

-La verdad es que no imaginé que yo pudiera hacer eso; reconoció ella.

-Es solo cuestión de práctica y dejarse llevar; agregó la Shuvani.

-Ahora sí creo que lo he visto todo; pensó en voz alta Espinoza.

-Aun no ha visto nada teniente; le corrigió la gitana.

-Ya sabemos dónde está el brujo, sugiero que vayamos enseguida por él; propuso Fresia más segura de sí misma.

-¿Qué opinas Shuvani?; preguntó Hormazabal a Milenka.

-El brujo debe encontrarse débil ahora, aprovechemos la oportunidad y vayamos a buscarlo; sugirió la gitana.

-La forma más directa de llegar al Escorial es a caballo; comentó el Teniente Espinoza. -Pero vamos  a tener que esperar hasta que salga el sol.

-Pero el brujo podría escapar; advirtió Fresia. -Vayamos ahora.

-Entre los cerros, en medio de la noche, a caballo podríamos matarnos; la interrumpió el carabinero.

-El Teniente Espinoza tiene razón; reconoció el Teniente Hormazabal.         -Mejor esperemos hasta que aclare.

-Tal vez yo tenga la solución; opinó Milenka sacando una bolsita de tela negra de su ropa.

La gitana vació su contenido en una de sus manos y sopló el polvo que se acumuló. Una pálida esfera blanca se formó en el aire como una pequeña luna, que sin ser muy brillante disipaba las tinieblas a su alrededor, aportando una conveniente claridad extra en medio de la oscuridad.

-Ahí está la solución; reconoció la mapuche. -Ahora solo falta conseguir cuatro caballos.

-De eso me encargo yo; dijo Espinoza. -Vuelvo en diez minutos.

-¿Cree que pueda conseguir transporte a esta hora?; preguntó Hormazabal a Fresia cuando el carabinero se retiró.

-Su familia tiene un fundo en la zona, de seguro poseen muchos caballos; indicó ella.

A los quince minutos el Teniente Espinoza volvía montado en un brioso potro marrón y tiraba de otros tres magníficos ejemplares.

-El transporte ha llegado; dijo él acariciando el cuello de su corcel.

-¿Rifles?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Como una segunda alternativa, solo en caso de que la magia no funcione; respondió el uniformado.

-Déjelos; intervino Milenka. -Aunque son resistentes, las armas de fuego funcionan bien contra los perros del infierno y otras criaturas.

-Creo que no deseo saber qué es eso; opinó Espinoza.

Los caballos se desplazaban silenciosos entre los cerros. La esfera luminosa se movía casi a ras del suelo para evitar que los descubriesen antes de tiempo. Fresia que había visto el camino hacia la guarida del brujo encabezaba la marcha.

-¿Cómo te sientes Milenka?; preguntó el Teniente Hormazabal a la gitana.

-Tranquila, pero no confiada en exceso; respondió ella. -Por lo visto nos enfrentamos a un brujo muy poderoso.

-Mmm; pensó el detective. -Cada día te vuelves más sabia Shuvani; tu madre estaría orgullosa de ti.

-Con la ayuda de Fresia y del Teniente Espinoza aumentan nuestras posibilidades.

-Sin embargo no hay que descuidarse; advirtió el detective.

-No lo hago; reconoció ella. -Pero si la situación se complica recurriré a medidas extremas.

-¿A qué te refieres?; quiso saber él.

-¿Fernando  recuerdas la otra vez que estuvimos en estos cerros?; preguntó la gitana.

-Claro que me acuerdo; contestó el detective. -Fue algo de locos.

-Pues bien, esa  vez…; Milenka no alcanzó a terminar de hablar cuando la interrumpió la sargento.

-Estamos a dos kilómetros del escondite del brujo; indicó ella. -Sugiero que dejemos los caballos aquí y continuemos a pie.

-Es una buena idea; apoyó el Teniente Espinoza.

En silencio como sombras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas y desniveles de los cerros. Hormazabal comprobó con dolor que no era una buena idea afirmarse con las manos en el suelo, lleno de escorias y rocas rotas y afiladas, recuerdos mudos de la antigua actividad minera de la zona.

-Creo que es conveniente apagar la luz; sugirió Fresia en voz baja a  Milenka.

-Pienso lo mismo; contestó ella mientras la esfera luminosa comenzaba a volverse más y más pequeña, hasta terminar por desaparecer completamente.

-Ahora concéntrense en cada paso que den; aconsejó el Teniente Espinoza en medio de la oscuridad.

Lentamente, tratando de meter el menor ruido posible, los cuatro avanzaban en silencio hacia la guarida del brujo. Después de unos minutos Fresia se agachó tras unas rocas e hizo una señal con la mano a los otros.

El resplandor de una fogata brillaba en el interior de una de las cueva en la que el hechicero se ocultaba.

Milenka sacó cuatro bolsitas de tela de su bolsillo y entregó una a cada uno de sus compañeros.

-Son amuletos que los protegerán de la magia del brujo; explicó. -Ocúltenlos entre sus ropas.

-Yo también traje un talismán; dijo el Teniente Espinoza pasándole bala a su rifle.

-Usted y el Teniente Hormazabal córtenle el paso al brujo si es que intenta escapar; ordenó la Shuvani.

-Yo voy con usted; dijo Fresia mirando hacia la cueva.

-Mejor cúbreme la espalda desde aquí; pidió la gitana. -El brujo no sabe de ti y no se esperará un segundo ataque; tú eres nuestra arma secreta, como dicen ustedes.

-¡Cuídate!; le dijo el detective a la Shuvani tomándole la mano.

Lo más sigilosamente posible, Milenka se escabulló hasta la entrada de la cueva. En el interior el brujo echaba distintos polvos y pociones en un caldero lleno de líquido en ebullición que despedía vapores incandescentes.

Sin quitarle la vista de encima la gitana vació el espeso líquido contenido en un pequeño frasco, justo en la entrada de la cueva en que el hechicero  había establecido su morada. Con la mano derecha llena de tierra negra la Shuvani ingresó rápidamente y la arrojó al rostro del brujo.

-“Maldigo tus poderes”; gritó la gitana mientras el hombre confundido trataba de limpiarse los ojos.

-¿Cómo te atreves mocosa insolente?; gritó furioso el hechicero. -Por tu estupidez nunca saldrás con vida de aquí; amenazó el tipo elevando una de sus manos.

Con frustración y el rostro desencajado por la rabia el brujo notó que nada ocurría.

-Eres muy hábil pequeña, pero yo soy más viejo y sabio; le advirtió a la joven gitana.

-“Por la fuerza del rayo,

Por lo que muere y por lo que está por nacer.

Doblégate  ante el poder de las Shuvanis”;

gritó Milenka mientras una fuerte corriente de viento lanzaba al hechicero contra la rocosa pared.

-Un truco tan insignificante no podrá detenerme; sonrió el brujo poniéndose de pie. -Sola viniste a tu muerte y nadie te protegerá pequeña brujita.

-Cuenta de nuevo; se escuchó la voz de la gitana, que sonaba como si fuese la de distintas mujeres, mientras su rostro cambiaba rápidamente.

-“Espíritus de las Shuvanis de ayer y de mañana, acudan al llamado de su hermana”; dijo Milenka mientras varias manos invisibles sostenían al hechicero, al tiempo que desenvainaba la espada que ocultaba en su bastón.

-Ni lo sueñes bruja; le advirtió él apuntándole con su rojo anillo.

De un golpe inesperadamente Milenka se encontró atontada en el suelo. Sin levantarse levantó un brazo y una terrible descarga eléctrica golpeó al brujo, haciéndole caer de rodillas.

Los destellos de luz del combate salían de la cueva y la tierra temblaba amenazante. Incapaz de poder esperar más tiempo ante la incertidumbre, el Teniente Hormazabal se arrastró hasta una roca casi en la boca misma de la cueva.

A regañadientes el Teniente Espinoza lo siguió hasta su nuevo escondite y apuntó su rifle hacia el interior de la cueva.

-Maldita bruja, ya vas a ver; gritó el brujo poniéndose de pie como si nada.  -Prepárate a morir.

-“Invoco el poder de la Profana Trinidad Infernal”; dijo la Shuvani con los brazos en alto mientras un fuerte temblor hacía caer al brujo.

-“Espíritu que habita en los cerros muéstrale tu fuerza a mi enemigo”; se escuchó la voz de Fresia que entró a la cueva en ayuda de la gitana.

Imposibilitado de levantarse por la presión generada con el conjuro de Fresia que lo aplastaba, el brujo buscó con sus dedos el mango de una larga daga que ocultaba entre su ropa.

La alevosa intención del hechicero se vio frustrada por un certero disparo del rifle de Hormazabal que arrojó lejos el arma.

-Sin hacer trampa; dijo Hormazabal apuntando directo a la cabeza del brujo, listo para volársela de ser necesario.

-Malditos, ahora todos morirán; gritó amenazante el furioso hechicero, anulando el conjuro de Fresia a quien derribó con un golpe del poder de su anillo.

El líquido del caldero comenzó a hervir a borbotones y a derramarse por el piso, moviéndose como si tuviese vida propia.

-“Levántate hijo mío y acaba con estas brujas”; ordenó el brujo.

Una masa oscura empezó a formarse en el líquido y a crecer hasta unos tres metros, convirtiéndose en una versión más pequeña del Bulto.

-Ahora prepárense para sentir mi verdadero poder; rió maliciosamente el brujo.

-Ya que abriste las puertas del infierno; comentó Milenka. -Entonces que se liberen los perros infernales.

-¿Se volvió loca acaso?; se preguntó el Teniente Hormazabal al escuchar las nefastas palabras de la Shuvani.

Un denso humo negro emanó del lugar donde la gitana había vaciado el líquido oscuro y espeso que llevaba. Ante el asombro de todos y la preocupación de Hormazabal, al disiparse éste dos monstruosos perros del averno gruñían contra El Bulto.

La baba de los infernales animales goteaba sin cesar sobre la tierra, quemándola como el más fuerte de los ácidos.

-Llévenlo de vuelta al hoyo negro  del cual salió; ordenó la Shuvani a las bestias, las cuales se lanzaron sobre el engendro invocado por el demente hechicero, hundiendo sus agudos colmillos en su oscura carne.

En medio de los ladridos de los perros y los gritos de la criatura, ésta se desplomó en medio de un gran charco formado por su sangre, negra como el petróleo.

El Teniente Hormazabal apuntaba nervioso su rifle sobre los terroríficos canes.

-Contrólalos, contrólalos; rogaba en voz baja el detective, esperando que la gitana no perdiese el dominio sobre los animales.

-De vuelta al infierno ahora; ordenó la Shuvani.

La negra sangre del Bulto comenzó a  arder, envolviendo completamente a la criatura, que se retorcía bajo las fauces de los perros.

Los mastines del infierno se volvieron hacia Milenka y Hormazabal estuvo a punto de apretar el gatillo de su rifle, cuando se disolvieron en medio de una negra nube de humo.

-¡Esto no es posible!; exclamó incrédulo el brujo. -Nadie es más poderoso que yo.

-Ríndete enseguida; ordenó Fresia sacando un par de esposas.

-Eso nunca; gritó furioso el hechicero, tomando un báculo que estaba sobre una mesa.

En forma refleja Fresia extendió bruscamente sus brazos y el brujo cayó de espalda sobre los escombros y rocas molidas. A pesar del tremendo golpe recibido, el hechicero no soltó su báculo y lo apuntó contra Fresia.

Inesperadamente, sin que ninguna mano la manipulase, la espada de Milenka que estaba tirada en el suelo, salió disparada y giró bajo la cabeza del hechicero, decapitándolo de un certero y limpio golpe. El cuerpo sin cabeza del brujo permaneció de rodillas un momento, para finalmente desplomarse.

Los tenientes Espinoza y Hormazabal entraron corriendo a la cueva para verificar que las mujeres estuviesen bien.

-Al fin se acabó; comentó Espinoza.

-Aun no del todo; corrigió la Shuvani. -Fresia, por favor encárgate definitivamente de los restos del brujo.

-“Poderoso Pillán que controlas los cerros y el fuego de la tierra, haz arder a este maldito en el fuego eterno”.

La tierra se abrió bajo el hechicero, con un sonido ronco de algo pesado que se arrastra, y una mano incandescente atrapó su cuerpo, llevándoselo hasta el fuego que nunca se extingue.

-Así se hace Fresia; felicitó Milenka a la carabinera. -Ahora sí acabó todo.

-Entonces vayámonos de aquí; propuso el Teniente Espinoza.

-Sí, ya no hay nada más que hacer; respondió la gitana, mientras devolvía su espada a su vaina.

Cuando todos salieron de la cueva y se hubieron alejado varios metros, un poderoso relámpago cayó sobre el cerro, derrumbando la cueva y sepultando para siempre su oscuro secreto.

-Bueno, creo que con esto se cierra el caso del Bulto; comentó el Teniente Hormazabal.

-No puedo creer aun todo lo que ha pasado; opinó el Teniente Espinoza.

-Ni yo; agregó la Sargento Huaiquimil mirándose las manos.

-Es mejor que se acostumbren, porque han comenzado un viaje sin regreso; dijo Milenka.

-¿Y ahora?; preguntó la gitana al detective.

-Supongo que de vuelta a Santiago; respondió él.

-¡Esperen!, recuerden que les prometí las mejores vacaciones de su vida; mencionó el alcalde que se acercó al grupo.

-Pero mi descanso anual aun está lejos; reconoció Hormazabal.

-De eso me encargo yo; dijo el subprefecto de policía palmeando el hombro del detective.

 

Magia Negra – Capítulo 2 – Entre Cerros 15 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

                 

  Magia Negra
Capitulo N° 2
Entre Cerros

-Gracias papá, desde aquí seguimos solos; dijo Pamela sacando su mochila del auto, mientras su novio Juan se colgaba la suya a la espalda.

-Cuídense; les pidió el padre de ella mientras encendía el motor del auto.

-No se preocupe Don Esteban, esta no es la primera vez que hacemos este paseo; recordó Juan.

-Ni tampoco la última; comentó Pamela. -A propósito, un día de estos podrías venir con nosotros papá.

-Mis días de subir y bajar cerros ya pasaron, mejor prefiero dormir una siesta bajo un árbol; rechazó él.

-Como quiera, usted se lo pierde; respondió Juan.

La cadena de cerros se extendía hasta donde la vista alcanzaba.

-Vamos que hay mucho que recorrer; apremió Pamela a Juan.

-Tranquila que tenemos mucho tiempo; la calmó él.

El sol seguía su avance por el cielo azul del verano y pronto alcanzaría su punto más alto; el medio día estaba por llegar y también la hora de almorzar.

-¿Almorzamos en la cueva de siempre?; preguntó Pamela.

-Estaba pensando que podríamos comer un poco más adelante; opinó Juan. -Para variar un poco la rutina.

Los cerros donde ellos acostumbraban pasear, estaban llenos del mudo recuerdo de un pasado marcado por una hace tiempo agotada actividad minera artesanal.

-¿Qué te parece este sitio?; preguntó Pamela al llegar a una suave planicie en uno de los cerros.

-Se ve bien para armar el campamento; opinó Juan. -Veamos que tal esa cueva para que pasemos la noche en ella.

-Voy a explorarla; dijo Pamela entrando en ella.

El desgarrador y aterrorizado grito que su novia lanzó, hizo que a Juan se le pusieran todos los pelos de punta.

-¡¿Qué ocurre?! ¿Estás bien?; preguntó él corriendo en ayuda de su pareja.

Dentro Pamela estaba estática en el suelo, con la mirada fija en la pared de roca. El espectáculo era realmente macabro, propio de una película de terror.

-¿Pero qué diablos es esto?; preguntó Juan al ver los dos cuerpos clavados en la roca.

-Salgamos de aquí; propuso Pamela temblando de miedo.

-Debemos llamar a la policía; opinó Juan.

-Aló, mi nombre es Juan Rivera; dijo él al comunicarse con la operadora de la policía. -Llamo para reportar dos asesinatos en los cerros de…

El teléfono comenzó a chicharrear haciendo difícil la comunicación.

-Aló, ¿me escucha?; preguntó la operadora cuando la llamada finalmente se cortó.

Afortunadamente había tenido tiempo suficiente para poder triangular el lugar de donde se había hecho la llamaba. Sin pérdida de tiempo la mujer dio aviso a la unidad policial más cercana del lugar, para despachar una patrulla a investigar.

El fuerte golpe recibido le había abierto una profunda herida en la cara a Juan; al despertar vio atónito como Pamela era elevada por una mano invisible y aun con vida la clavaban en la roca, mientras su cuello era apretado hasta asfixiarla, por los dedos de un atacante también invisible. Sin poder creer lo que estaba pasando Juan intentó ponerse de pie, pero de pronto se vio flotando en el aire para terminar con la espalda pegada a la roca.

Aunque no veía nada, sentía como fierros invisibles perforaban sus manos y piernas.

Extraños símbolos aparecieron sobre la piel sangrante del pecho de Pamela, lo mismo que sobre la de Juan, pero ya nada sentía porque su garganta había sido aplastada por una poderosa fuerza.

-Creo que este será un dolor de cabeza de los grandes; opinó uno de los detectives al ver los cuatro cadáveres clavados en la roca.

-Central, adelante; llamó por teléfono el otro policía. -Manden un equipo de criminalística y forenses al lugar.

-Parece un asesinato ritual; opinó el otro detective. -¿Quién pudo hacer esto?

-Solo un loco; contestó su compañero.

-Acordonemos la escena del crimen, hasta que lleguen los laboratoristas; sugirió uno de los policías.

Una hora después, varios policías y especialistas buscaban pistas y huellas que les diesen un indicio de lo acontecido en las últimas horas.

-Las víctimas fueron asesinadas en distinto momento; informó uno de los oficiales de criminalística. -La data de muerte de la última pareja es de hace tres horas solamente.

-¿Quién dio aviso de los sucesos?; preguntó el detective.

-Es irónico, pero una de las víctimas del último crimen reportó los primeros homicidios; contestó el especialista.

-Eso quiere decir que el asesino estaba oculto cuando descubrieron los cuerpos de las otras víctimas; meditó el oficial.

-Lo más extraño es que la data de muerte de las dos primeras víctimas es de hace tres días.

-¿Hay alguna huella?; preguntó el teniente.

-Solo diez metros delante de la roca donde los clavaron; dijo el criminalista rascándose la cabeza. -No entiendo cómo es que los pusieron en esa roca sin marcar las pisadas sobre la tierra suelta.

-¿Ya se sabe la causa de la muerte?; preguntó el teniente.

-Estrangulamiento en las cuatro víctimas; indicó el forense acercándose a los oficiales. -Las cuatro fueron clavadas en la pared rocosa con grandes clavos de hierro. Los símbolos grabados  sobre sus pechos sugieren que fueron parte de un ritual de algún tipo de secta satánica.

-¿Tienen alguna fotografía que me puedan facilitar ahora?; quiso saber el teniente.

-De hecho sí; contestó el criminalista acercando su teléfono celular al del oficial.

-Gracias, voy al cuartel en Santiago a ver que puedo averiguar; dijo el detective retirándose.

Tras revisar la base de datos de homicidios rituales, el teniente se echó para atrás en su asiento. Internet tampoco era de mucha ayuda por la gran cantidad de información basura que había dando vuelta. El día había sido pesado y los ojos del policía comenzaron a cerrarse; el timbre del celular lo sacó del letargo en que el cansancio lo estaba sumiendo.

-Hola paisano, te echaba de menos y quería escucharte; saludó la gitana.

-Hola Shuvani, eres justo la persona con quien quería hablar; contestó el Teniente Hormazabal.

-¿También me echas de menos?; preguntó coquetamente la joven gitana.

-Ya sabes que sí; respondió el policía. -Pero necesito que me des una mano.

-¿Quieres leerme la suerte paisano?; preguntó juguetona Milenka.

-Quería que me ayudaras en un caso; contó el teniente. -Eres la persona indicada para eso.

-Que bueno, así me vienes a ver, para que no te olvides de mí y me cambies por una paisana; agregó ella.

-Como si fuera muy fácil romper un hechizo de magia roja; opinó el policía.

-Yo no te he hechizado; respondió Milenka. -Ni siquiera lo necesito, soy lo bastante buena como para haberte conquistado sola.

-Nunca tanto, vieja bruja; respondió riendo el detective.

-De vieja no tengo nada y de bruja tal vez; cortó la gitana bromeando.

-Ja, se cree muy linda, encantadora, irresistible y amorosa la niña; siguió molestando Hormazabal.

-Discúlpate por decirme vieja; mandó Milenka.

-No quiero; rió el policía.

-Como quieras, total hay varios gitanos que quisieran a una Shuvani como esposa; agregó la gitana. -Chao paisano.

-Espera; la interrumpió Hormazabal. -Eres joven y hermosa.

-Así está mejor; rió triunfante Milenka.

-Ahora tú dime lo que quiero escuchar; pidió él.

-¿Qué cosa?; preguntó ella.

-Lo que sientes por mí; indicó él.

-Me agradas, no eres como los otros paisanos y por eso me caes bien; contestó la gitana.

-¿Solo eso?; quiso saber el detective.

-Debería haber algo más; preguntó ella.

-Pues claro; dijo Hormazabal. -Vamos, dímelo.

-No quiero; respondió ella.

-Vamos, dilo; insistió el detective.

-No; respondió riendo Milenka. -Está bien, te amo; contestó ella con voz casi inaudible.

-No escuché; respondió el policía.

-Dije que te amo; contestó Milenka alzando un poco la voz, tapándose enseguida la boca con una mano y riendo.

-Yo también te amo; contestó a su vez Hormazabal.

-Bueno Milenka, nos vemos mañana y vístete con ropa cómoda; dijo el policía. -Puede ser un día algo ajetreado.

-Te espero temprano mañana; se despidió la gitana.

Aunque no tenía otra idea, ni alguien más a quien recurrir, no estaba seguro si debería involucrar a Milenka en ese caso. Estuvo a punto de llamarla para decirle que mejor no lo acompañara, pero se detuvo. Podía creer que él no confiaba lo suficiente en ella; por otro lado, la Shuvani había demostrado estar lo suficientemente capacitada como para defenderse sola. Simplemente ella se podría sentir ofendida, tanto como gitana, como sacerdotisa y como persona. Solo le pediría su opinión y uno o dos consejos sobre el caso, pero no la expondría a ningún peligro.

El auto se estacionó cerca de la carpa de la Shuvani, donde ella lo esperaba como si nada hubiese entre ambos.

-Saludos sabia Shuvani; dijo el Teniente Hormazabal cuando ella salió a recibirlo.

-¿Qué te trae por aquí paisano?; preguntó Milenka.

-Venía humildemente a solicitar tu sabia ayuda Shuvani; contestó el Teniente Hormazabal.

-Aguarda un rato ahí paisano; dijo Milenka entrando a su carpa, de donde sacó algunas cosas.

-Vamos paisano; indicó ella a los pocos minutos, llevando un viejo bastón.   -Era de mi abuela; mencionó Milenka al ver que el policía lo observaba.

Cuando el auto se hubo alejado bastante y el campamento gitano ya no se veía, el Teniente Hormazabal lo estacionó a un costado del camino y pasó su mano por el rostro de la muchacha.

-Hola Shuvani; la saludó nuevamente.

-Hola paisano; contestó ella devolviéndole la caricia.

Luego de un beso continuaron su camino hacia los cerros donde habían ocurrido los extraños asesinatos.

-Abre la guantera; pidió el policía a la gitana. -Mira esas fotografías y dime qué opinas.

Después de estudiarlas con atención la Shuvani volvió a guardarlas.

-Esto es malo, muy malo; comentó ella.

-Lo sé y ni siquiera hay huellas; contó el detective.

-Los demonios y espíritus no dejan huellas si no lo desean; mencionó ella.

-¿Insinúas que a esas personas las mató un fantasma?; preguntó el policía.

-No precisamente; respondió Milenka. -Me parece que es otra cosa, pero no estoy segura de qué.

-Ahí hay un informe de los datos recopilados en la escena de los crímenes; indicó el teniente. -¿Sabes leer castellano?

-Claro que sé; contestó ofendida Milenka. -No soy cualquier gitana. Soy una Shuvani.

-Bueno, tranquila; la calmó Hormazabal. -No quise ofenderte.

Después de leer los documentos con calma, Milenka guardó silencio un  rato.

-Sí, todo indica que fue un ente del otro lado; opinó la gitana. -Lo peor de todo es que es invisible para nosotros; continuó Milenka.

-¿Se te ocurre por qué las víctimas son dos parejas?; preguntó el detective.

-Creo que tiene que ver con las fuerzas opuestas de la existencia; meditó la Shuvani. -Lo que me lleva a pensar en los símbolos.

-¿Sabes qué significan?; pregunto Hormazabal.

-No exactamente, pero me acuerdo que una vez mi madre me habló de que existían símbolos muy antiguos y secretos que se usaban en algunos rituales para abrir una entrada entre este mundo y el otro; recordó Milenka.

-Si es que tienes razón, es mejor que te lleve de vuelta al campamento; dijo el teniente bajando la velocidad del auto.

-Ni se te ocurra paisano; rehusó la gitana. -No te dejaré solo en esto.

-No me perdonaría si te pasara algo malo; insistió el detective.

-Ni yo me perdonaría si te pasara algo a ti y yo no estuviese ahí para ayudarte; contestó ella.

-Está bien pareja, sigamos adelante; terminó el Teniente Hormazabal acelerando el vehículo.

Poco rato después la patrulla se detenía en los faldeos de los cerros donde ocurrieron los macabros hechos.

-¿Llegamos?; quiso saber la Shuvani.

-Sí, en  estos cerros ocurrieron los asesinatos; contestó Hormazabal.

-Entonces vamos; dijo Milenka apoyada en el bastón.

-Espera; la detuvo el policía. -Mejor cámbiate de ropa.

-Pero este vestido es cómodo; negó ella.

-¿No pretenderás subir los cerros con vestido y tacos?; preguntó Hormazabal. -Mejor ponte esa ropa.

-Mmm, bueno; aceptó ella. -Pero ándate para allá, no quiero que mires mientras me cambio.

-No miraré; respondió él. -Está bien; terminó por aceptar ante un gesto de la gitana.

-No te des vuelta paisano; advirtió Milenka. -No  mires.

-No estoy mirando; se defendió él.

-Si me miraste; insistió ella. -Yo te vi.

-No es verdad; contestó Hormazabal.

-Ahora puedes mirar; avisó Milenka. -¿Cómo me veo?

-Maravillosamente bien; observó el Teniente Hormazabal  a la gitana vestida de jeans y camiseta.

-Gracias paisano; respondió ella apoyándose en su hombro.

-Mejor concentrémonos que esto puede ser delicado; la detuvo él.

-Tienes razón, después habrá tiempo para jugar; reflexionó la gitana.

-Si es que sobrevivimos; pensó en silencio el policía, recordando que las víctimas también eran parejas.

-Bebe esto paisano, nos abrirá la mente a otras realidades; mandó Milenka pasándole un frasco con líquido.

-Pero…; se negó el policía.

-Confía en mí; respondió ella bebiendo el contenido de su frasco.

-No siento nada especial; comentó Hormazabal al notar que el brebaje no le producía nada.

-En su momento te permitirá percibir más allá de lo común; respondió Milenka.

El sol matinal comenzaba a entibiar la suave brisa que recorría los cerros. El aire puro, distinto al de la ciudad, era un verdadero regalo para los pulmones.

-Este paisaje tiene cierto encanto especial; comentó la gitana, deteniéndose un momento para respirar hondo.

-Y sin embargo aquí están pasando cosas horribles; recordó el policía.

-Y por eso mismo no debemos descuidarnos paisano; aconsejó la Shuvani.

-Ya estamos por llegar; indicó el detective. -Detrás de la otra loma está la escena de los crímenes.

-Debemos estar listos para cualquier cosa; aconsejó la gitana.

Los cuerpos ya habían sido retirados por los forenses y en su lugar sus contornos habían sido marcados con tiza en la roca. Una cinta amarilla demarcaba el lugar como área de investigación policial.

-¿Pero qué es eso?; preguntó el Teniente Hormazabal al ver una especie de capa de agua en la roca que se movía en forma extraña.

-Lo que yo sospechaba; observó Milenka. -Alguien está tratando de abrir una comunicación con el otro lado.

-¿Pero hacia dónde y para qué?; preguntó el policía.

-¡Ayúdame!; rogó la gitana mientras era levantada en el aire.

Rápidamente el teniente se volvió y perfectamente pudo ver como una silueta rojiza sostenía del cuello a su compañera, quien forcejeaba por impedir que esas manos invisibles se cerraran más en torno a su garganta.

Como un rayo el Teniente Hormazabal cogió el bastón de la gitana que había caído al suelo durante el ataque y asestó un fuerte golpe en la espalda del ente. Despreciando a su presa inicial, abrió su mano y la soltó para fijar su atención en el policía. Con total facilidad, como si sus ochenta kilos no significaran nada, lo levantó con una mano.

Con mucho dolor en el cuello, pero con vida aun, desde el suelo Milenka pudo ver como su compañero luchaba por no ser estrangulado por esa mano que se cerraba con una fuerza colosal.

-¡Te maldigo, maldito  engendro del infierno!; gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio, que llevaba en una bolsa en su cintura.

El ente, furioso por la insolencia de la gitana, soltó al policía y se volvió hacia ella, quien sin inmutarse lo esquivó y corrió hacia Hormazabal para ayudarle a levantarse; al mismo tiempo cogió el bastón que había caído junto a él.

-Toma el bastón y concéntrate en mi voz; ordenó Milenka golpeando con fuerza la tierra con la punta de éste.

-“Yo te maldigo en nombre del aire, del agua, de la tierra y del fuego.

Con los espíritus del pasado te ordeno volver al hoyo apestoso del que saliste.

Vuelve al infierno maldito engendro.”

La tierra tembló como si un terremoto la agitase, quebrándose en una profunda zanja. Una mano huesuda, sin  carne y con la piel pegada  a los huesos, agarró una de las piernas del ente y lo arrastró hacia abajo. De igual forma en que había aparecido, la grieta en el suelo se cerró.

-Esto fue algo fuera de lo común; opinó el policía. -¿Te encuentras bien?

-Sí, ¿y tú?; le preguntó ella con voz áspera, mientras le revisaba las marcas de dedos en el cuello.

-Algo zamarreado, pero sobreviviré; respondió el teniente, pasado con cuidado sus dedos sobre el enrojecido cuello de la gitana. -Creí que te iba a perder; comentó él.

-No creas que te librarás de mí tan fácilmente; respondió ella.

-¿Esto no ha terminado verdad?; preguntó el policía, mirando la líquida película sobre la roca.

-Ni siquiera ha empezado; contestó preocupada la gitana.

Unos cuantos ladridos se escucharon a lo lejos, a los cuales no les dieron mayor importancia. Poco después éstos se repitieron más cerca, pero esta vez sonaron anormalmente raros. Sin perder tiempo la Shuvani trazó varios círculos concéntricos con su bastón, mientras con la otra mano vaciaba un frasco con un extraño líquido, al tiempo que entonaba un extraño canto en lengua Romaní, cuyas palabras el Teniente Hormazabal no lograba entender, para terminar trazando un círculo de sal en torno a ella y el policía.

-Alguien soltó los perros del infierno; comentó la Shuvani.

Lo cual no sorprendió y hasta le pareció lo más lógico y esperable al Teniente Hormazabal, a quien a esta altura del partido ya nada le sorprendía.

-¿Crees que esos círculos los pararán?; preguntó el policía. -Bueno, toma por si acaso; le dijo pasándole una pistola con el cargador lleno.

-Reconozco que estas cosas a veces sirven; respondió la gitana.

Cuatro grandes perros negros, con largo pelo erizado y ojos brillantes, se abalanzaron ladrando sobre la pareja. Antes de que el policía se lo dijese la gitana apretaba el gatillo disparando sobre las bestias sobrenaturales, acción que el detective imitó.

No menos de cinco balas recibieron tres de los perros antes de caer tirados y arder en llamas; sin embargo, el cuarto seguía avanzando.

-Ya no tengo balas; gritó la gitana al ver que la corredera de su pistola no volvía a su sitio.

Antes de que Hormazabal pudiese contestar, el animal saltó sobre él. Una delgada hoja de acero le atravesó el corazón, cuando la Shuvani desenfundó y le clavó la espada oculta en el bastón. El perro cayó  a los pies del policía y después de temblar convulsivamente ardió como sus compañeros.

-Esto podría servirme para algo; dijo Milenka recibiendo en un frasco la sangre de la bestia infernal, que cubría el acero.

-Ilegal, pero bastante útil en caso de emergencia; comentó el policía mirando la espada.

La Shuvani ya no lo escuchaba; con los ojos cerrados y los brazos en alto entonaba otro de esos extraños cantos en su lengua nativa.

-“Espíritus de ayer y mañana, vengan en ayuda de su hermana. Shuvanis de tiempos pasados denme su poder y sabiduría”.

El Teniente Hormazabal permanecía en silencio, no queriendo romper la concentración de la gitana.

Con los ojos brillantes como el sol Milenka se volvió y encaminó sus pasos hacia la roca. Diciendo algunas palabras que escapaban a la comprensión del policía, la Shuvani echó tierra de cementerio sobre la sangre del perro diablo, junto a otro polvo que Hormazabal no supo reconocer. Entonando otro de sus cantos la gitana comenzó a dibujar extraños símbolos alrededor de lo que parecía ser una lámina de agua sobre la roca. Con sus trazos ella se aproximaba cada vez más a la extraña superficie, aumentando a su vez la fuerza de su canto.

De pronto al Teniente Hormazabal le pareció que algo ocurría al rostro de Milenka; por un momento le pareció ver en él a su difunta madre. Supuso que se trataba de una simple ilusión, cuando notó que otra cara aparecía en él; pudo reconocer a la abuela de Milenka, muerta hace varios años, cuando él era solo un cadete en la escuela de detectives. Entonces él comprendió, los espíritus de antiguas Shuvanis acudían al llamado de su descendiente.

El canto de la gitana se convirtió en un coro de muchas voces que entonaban un viejo conjuro para sellar el portal abierto hacia el otro lado. Las voces subieron hasta un volumen que hacía vibrar el aire del lugar, hasta que por fin, lentamente la roca comenzó a recuperar su aspecto normal.

Milenka se volvió hacia el Teniente Hormazabal, quien en vez de ver a su joven y hermosa gitana, tenía en frente a su vieja madre que con su voz característica le hablaba desde el mundo de los espíritus.

-Bendito seas; dijo el espíritu de la vieja Shuvani antes de desaparecer.

Los ojos de Milenka dejaron de brillar y sus piernas se doblaron como delgada hierba. El Teniente Hormazabal corrió hacia el desvanecido cuerpo de la gitana y con sumo cuidado tomó su cabeza y la apoyó en sus piernas.

Después de algunos minutos la Shuvani dio signos de estar recuperando la consciencia.

-Ya todo está bien; dijo ella cerrando los ojos y sin deseos ni energía para ponerse de pie.

-Lo lograste Shuvani; comentó el detective.

-Lo hicimos juntos paisano; corrigió ella.

-Tu madre me habló; le contó el policía.

-¿Y qué te dijo?; preguntó la gitana.

-Me dijo bendito seas paisano; respondió él. -¿Sabes lo qué eso significa?

-Creo que sí; respondió ella poniéndose lentamente de pie. -Significa exactamente lo que dijo.

-¿Nos vamos ya?; sugirió el policía.

-Sí, ya no me gusta este paisaje; contestó la gitana tomando de la mano a Hormazabal y apoyándose en el bastón que le dejara su madre.

-¿Y qué voy a decir en mi informe?; preguntó el detective. -No puedo decir que un ente invisible era el asesino y que quería abrir una puerta a otro mundo, ni que nos atacaron unos perros demonios.

-En eso no te puedo ayudar yo, querido paisano; contestó Milenka.

 

 

Magia Negra – Capítulo 1 – Brujería 13 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

 Magia Negra
Capitulo N° 1
Brujería

-Hace tiempo que no veía una película tan entretenida; comentó Daniel a Susana a la salida del cine.

-Sí, estuvo bastante buena; opinó ella.

-Aún es temprano, podríamos pasar a comer algo; propuso Daniel.

-Está bien; aceptó Susana. -Total mañana es sábado.

Eso estaba planeando la pareja cuando una desaliñada gitana, de edad poco definida les cortó el paso.

-Paisana déjame verte la suerte; dijo la mujer.

-No gracias; rehusó Susana.

-No seas orgullosa paisana; insistió la gitana.

-No gracias; volvió a rechazarla Susana.

-Dame un billete entonces; pidió la gitana.

-Ya no molestes más vieja; le gritó de mal humor Daniel, dándole un empujón a la mujer.

-Maldito seas paisano; le respondió enojada la gitana. -Te perseguirá la maldición gitana.

Mejor vámonos; pidió Susana algo asustada.

-Ya vamos a comer mejor; sugirió Daniel. -No le hagamos caso a esta vieja.

-Ya no tengo tanto apetito; respondió ella.

-No le hagas caso, todas las gitanas son así; opinó él.

La pareja entró a un restorán chino que permanecía abierto a esa hora y se relajó, olvidando el disgusto que les hizo pasar la gitana.

-Necesito ir al baño; se excusó Susana poniéndose de pie.

-Sí, anda; aceptó Daniel.

Cuando él se disponía a beber un poco más de vino, notó que algo se movía en su plato. Con el tenedor escarbó y encontró una cucaracha viva entre la comida.

-¡Qué asco!; exclamó Daniel. -Mozo, venga por favor; llamó molesto al tipo que los había atendido.

-¿Se le ofrece algo señor?; preguntó servicial el empleado.

-Sí, dígale al cocinero que a esta cucaracha le falta cocción; contestó sarcástico Daniel pasándole el plato al joven.

Cuando Susana volvió del baño vio que su pareja conversaba un poco enojado con el cocinero, quien se disculpaba exageradamente por algo.

-¿Qué pasa?; preguntó ella.

-Nada serio; respondió Daniel. -Me salió un pelo en la comida.

-Señor, lo siento  mucho, es muy extraño y lamentable; se excusó el dueño. -En compensación la cuenta corre por la casa.

-Está bien, dejémoslo así; aceptó Daniel.

-Por favor señora acepte este pequeño obsequio; ofreció la esposa del dueño entregándole una pequeña estatuilla de Buda a Susana.  -Les traerá buena suerte.

-Gracias; aceptó ella algo confundida.

-Bueno, creo que es hora de irnos; dijo Daniel mirando su reloj.

Las calles de la ciudad ya no se veían tan congestionadas como hace unas horas; la noche había caído hace rato y muy pocos vehículos circulaban por el pavimento. De improviso el automóvil se inclinó un poco y las ruedas se balancearon sin control.

-¡Demonios!; exclamó Daniel, deteniéndose a un costado. -Se pinchó un neumático.

-¿Traes el de repuesto, verdad?; preguntó Susana.

-Sí, ayúdame a cambiarlo; respondió él.

-Ya van dos; mencionó ella.

-¿Dos qué?; preguntó Daniel sacando la rueda de repuesto del portamaletas.

-Dos cosas malas te han pasado desde que la gitana te tiró esa maldición; comentó Susana.

-Haa,nada que ver. Es solo coincidencia; opinó Daniel sin darle importancia mientras metía la gata hidráulica bajo el auto. -Igual el neumático estaba algo viejo y la goma se pone más blanda.

-¿No me digas que crees en esas cosas?; preguntó sonriendo él mientras se limpiaba las manos con un paño.

-La verdad es que no sé, siempre se ha dicho que las gitanas tienen poderes; respondió ella.

-Son solo cuentos; contestó él. -La magia no existe.

-Claro que existe; rebatió Susana. -Mi abuela me contó muchas cosas que vio o supo.

-Tú lo has dicho, tu abuela; contestó Daniel. -La gente de esa época creía hasta en el diablo.

-Si es cierto; aceptó Susana. -Pero cuando el río suena es por algo.

-Sí, porque a alguien se le cayó un piano al agua; bromeó Daniel.

-No te rías, nací en un pueblo chico donde se creía en esas cosas; se defendió ella.

-Yo tampoco nací en Santiago; respondió Daniel. -Pero no por eso voy a creer en maldiciones gitanas y brujerías.

-Sin embargo, yo he leído que no todo es falso; insistió Susana.

Así se fueron discutiendo el resto del camino.

Al otro día el despertador comenzó a sonar insistentemente a las seis de la mañana.

-Hoy es sábado; reclamó Susana. -¿Por qué no lo apagaste?

-Estaba seguro que lo había desconectado; se defendió él volviendo a dormirse.

A la mañana el asunto de la gitana había dejado de ser un tema de conversación y la pareja pensaba qué hacer ese día.

-Voy a comprar pan fresco mientras  piensas en algo; avisó Daniel.

-Trae algo rico; pidió Susana.

Después de un rato él volvía con las compras. No se percató cuando se rompió la rama de árbol, que cayó justo frente suyo. Si Daniel hubiese alcanzado a dar otro paso más, le abría golpeado de lleno en la cabeza.

-Ya me aburrió esta broma; dijo para sí esquivándola.

-Te demoraste un poco; comentó Susana, quien ya tenía la mesa puesta.

-Había muchas señoras de edad avanzada; se excusó Daniel.

 Mientras Susana tomaba una ducha Daniel en la cocina echaba una variada mezcla de hierbas, verduras y condimentos en la licuadora.

-¿Qué preparas?; preguntó ella desde el dormitorio.

-Jugo de verduras; respondió Daniel. -¿Quieres un poco?

-Déjame verlo; pidió Susana.

Daniel le mostró la verde mezcolanza de vegetales y demases a su mujer.

-Se ve horrible; rechazó ella. -Y  huele mucho peor.

-Bueno, tú te lo pierdes; respondió Daniel mientras sin inmutarse siquiera se bebía todo el desagradable contenido del vaso.

El viento movía lentamente las nubes, dejando aparecer entre algunos claros de cielo la luna que mostraba sus cuernos, para ocultarse nuevamente al poco rato. La típica noche de otoño había obligado a prender algunas fogatas en el campamento gitano, para poder combatir el frío del invierno que ya se acercaba.

Los perros comenzaron a ladrar nerviosos. Un viento tibio que presagiaba una llovizna pasó entre las carpas y agitó las fogatas.

Un extraño entró al campamento, junto con una ráfaga de viento que apagó los fuegos. La vieja gitana salió de su carpa atraída por los perros que gemían asustados.

-Eres muy valiente o muy tonto para venir aquí de noche paisano; dijo ella.  -¿Vienes a rogar que te quite la maldición?

-¿Acaso me vas a lanzar otra maldición?; preguntó Daniel.

-¿A qué viniste paisano?; preguntó desafiante la mujer.

-A devolverte el favor  gitana; respondió él.

-¿Qué sabes tú de esas cosas paisano tonto?; se rió la gitana. -Maldito paisano.

-¡Cállate vieja bruja!; gritó Daniel.

La mujer se llevó las manos a la garganta, cuando las palabras no pudieron salir de su boca.

-¿Qué pasa gitana?; preguntó Daniel. -¿Acaso te comió la lengua el ratón?

Al no poder hablar a pesar de su esfuerzo, en su desesperación la vieja gitana mordió fuerte su lengua, provocándose un profundo corte. Furiosa y asustada la mujer dio un fuerte grito que despertó a todo el campamento.

-¿Qué está pasando?; preguntó el jefe de la tribu con un cuchillo en la mano.

-No te metas gitano; dijo Daniel dando una dura mirada al hombre, quien como si una invisible mano lo elevase, fue arrojado contra un árbol.

Otro gitano salió de su carpa empuñando una escopeta, pero cayó de espalda, como si lo hubiesen empujado.

El viento arreciaba moviendo rápido las nubes. Los gitanos se encontraban fuera de sus carpas armados con lo que tuvieran a mano. Un gitano armado con un rifle disparó contra Daniel, pero la bala se derritió antes de tocarlo; el calor que su cuerpo producía quemaba el pasto a su alrededor.

Uno de los gitanos lo atacó con una gran hacha, pero en medio de gritos su ropa se inflamó al acercarse a Daniel, cayendo al suelo envuelto en llamas.

-¿Quieren ver maldiciones de verdad?; preguntó Daniel abriendo los brazos.

El agua de la lluvia enseguida se convirtió en negra aceite que ensució todo lo que tocaba. El trueno estalló y cientos de sapos y alimañas comenzaron a caer de las nubes. El pánico se apoderó de los gitanos, los que escaparon corriendo en distintas direcciones, dejando abandonadas todas sus pertenencias.

Solo la vieja gitana permaneció en el campamento, mudo testigo de la furia del brujo.

-Fue una mala idea lanzarme una maldición gitana, mira lo que provocaste; dijo hipócritamente Daniel.

La gitana trataba de hablar, pero de su boca no podían salir palabras.

-No te entiendo; dijo Diego. -Habla más claro. Dicho esto la voz volvió  a la garganta de la gitana.

-¿Quién diablos eres?; preguntó la mujer a duras penas por su lengua herida.

-Solo un humilde brujo; contestó Daniel. -¿O creías que solo los gitanos tenían magia?

-Puedo quitarte la maldición paisano, pero por favor déjanos en paz; imploró la mujer.

-Gracias, pero ya me la saqué yo solo; rechazó él.

-Entonces te ruego que nos perdones y te vayas; pidió ella.

-No es tan sencillo; explicó Diego. -Verás, hay una reputación que debo cuidar. ¿Te imaginas si dejara que cualquiera viniera y me maldijera?, eso no sería digno.

-No pretendí insultarte gran brujo; trató de excusarse la gitana.

-Lo entiendo, pero comprende que debo dar un ejemplo; respondió Daniel.

Un fuerte viento arrojó de espaldas al suelo a la vieja gitana. Las maderas de una destartalada carreta comenzaron a temblar hasta que se desprendieron, para formar entre sí una gran cruz.

Algo arrastró a la mujer depositándola encima de la cruz. Con terror en la mirada vio como a sus manos se acercaron afilados clavos.

-¡No por favor, no!; gritó en medio del dolor cuando el metal atravesó sus manos y pies.

Una fuerza invisible levantó la cruz, clavándola en la tierra, dejando a la gitana cabeza abajo, crucificada e imposibilitada de escapar.

Alaridos de dolor estremecían la noche cuando el cuerpo de la vieja mujer fue envuelto por las llamas, los cuales pronto cesaron y el aire se llenó de un olor a carne quemada.

Con paso calmo el brujo abandonó el campamento gitano, dejando clavada en una cruz invertida su advertencia para otros insolentes.

Entre los árboles sus ojos llenos de miedo y dolor, rabia y pena, inundados de lágrimas observaban el macabro espectáculo. De niña su madre le había hablado de la magia de su pueblo, de leyendas e historias  de poderes más allá de la comprensión de los paisanos y no destinados para todos sus hermanos. También le había contado de demonios y espíritus malignos  que atacaban los poblados y hacían mal por gusto, enfermando y matando solo por placer.

Si bien la magia del pueblo Romaní se convertía a veces en maldiciones, sobre todo contra los paisanos, esta era solo para asustarlos, jamás les provocaba un daño serio o mortal; en cambio la magia que había atacado a su campamento era mala, oscura y cruel, no solo había aterrorizado, también había provocado muerte y destrucción y su madre fue la que más sufrió. Su cuerpo, mudo testigo del mal que cayó sobre el campamento aun ardía cabeza abajo en una cruz demoniaca.

Sus ojos querían cerrarse para no ver tal abominación, pero ella se resistía. Quería recordar todo lo que ocurría; el odio comenzaba a crecer en su interior y el recuerdo de los últimos y agónicos minutos de la vida de su madre le darían la fuerza para buscar al asesino y hacerlo pagar por todo, aunque se tratase de un brujo que hace poco creía que existía solo en los cuentos de las mujeres más ancianas de la tribu; y sin embargo, existía y lo había visto asesinar a su madre.

Milenka sin decir ninguna palabra a nadie se encerró en la carpa que compartía con su madre. Con el corazón herido se sentó frente al espejo y peinó su largo cabello negro para relajarse algo. No se inmutó ni asustó cuando en el cristal plateado se apareció el rostro de su difunta madre.

-Guíalos con sabiduría; le dijo el espectro de la anciana gitana.

Milenka cubrió su rostro con sus manos y en silencio lloró unos minutos para luego respirar hondo, secar sus lágrimas y arreglar su cabello.

Lista o no, debería asumir su destino y ocupar el lugar de su madre como Shuvani de la tribu. En respetuoso silencio toda la tribu la aguardaba afuera de su carpa.

-Esta tierra ha quedado maldita, dijo Milenka. -Debemos marcharnos a campos más puros.

-Así se hará Shuvani, dijo el hijo del jefe, quien había asumido la dirección de la tribu tras la reciente muerte de su padre.

Es sabido por todos que a los Romaní no les gusta hacer a los paisanos parte de sus problemas; sin embargo, no falta algún pueblerino que ve algo y da aviso a las autoridades. Esta fue una de esas ocasiones, en que alguien vio lo que ocurría en el campamento gitano y llamó anónimamente a la policía. Aunque al recibir la llamada le dieron poca importancia, cuando llegaron a la escena del crimen, o mejor dicho de los crímenes, a todos los policías se les borró de golpe la sonrisa de los labios.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó el oficial de policía, al ver el cadáver aun humeante de la vieja gitana.

-¿Qué vienes a hacer aquí paisano?; preguntó el jefe de la tribu al policía.

-Tengo que investigar qué pasó aquí; dijo el policía indicando la cruz humeante.

-Tú no podrás hacer nada paisano; respondió el gitano.

A todo esto los otros gitanos se comenzaron a juntar ante la presencia de la patrulla, lo que puso un poco nerviosos a los otros detectives.

-Yo voy a hablar con este paisano; dijo Milenka acercándose al grupo.

-Como quieras; aceptó el jefe.

Luego de observar a la joven gitana, el detective entendió de quien se trataba.

-Saludos Shuvani; saludó el detective inclinando la cabeza. -Que Santa Sara te bendiga.

-¿Conoces nuestras tradiciones paisano?; preguntó Milenka.

-Conozco y respeto a tu madre; contestó el teniente. Pido permiso a este pueblo y a ti sabia Shuvani, para poder trabajar.

-Acompáñame a mi carpa paisano; pidió Milenka.

-No veo a tu madre; observó el Teniente Hormazabal.

-Mi madre se ha marchado ya, aunque la viste afuera; respondió Milenka mirando la cruz, mientras una sombra cubría su dulce rostro.

-¿Sabes quién lo hizo?; preguntó el policía.

-Anoche un paisano entró tarde al campamento y nos atacó; respondió la muchacha. -No pudimos defendernos siquiera.

-¿Lo habías visto antes?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Nunca, pero parece que tenía problemas con mi madre; respondió ella.  -También mató al jefe de nuestra tribu y a otro gitano.

-¿Y no pudieron detenerlo?; preguntó el policía.

-Era muy poderoso y ni las balas lo tocaban; contestó Milenka.

-Debe haber usado un chaleco antibalas; pensó el detective.

-¿Estaba armado?; preguntó el policía a la gitana.

-No le vi ningún arma; respondió ella.

-¿Entonces cómo me explicas que nadie lo hubiese parado mientras mataba a tres de ustedes?; quiso saber Hormazabal.

-Porque ese paisano es un brujo; contestó la mujer.

-¿Brujo?; preguntó el policía. -¿Insinúas que usó magia?

-Para ustedes los paisanos es difícil creer en esas cosas; comentó ella.  -Pero para mi gente es algo natural.

-Entiendo; asintió el policía.

-No me crees paisano; opinó Milenka.

-No importa lo que yo crea; contestó él. -Pero debo investigar qué ocurrió realmente aquí; por eso pido tu permiso para que yo y mis hombres podamos trabajar, para atrapar al asesino de tu madre.

-Hazlo, pero con respeto; accedió Milenka.

-Gracias, sabia Shuvani; aceptó el Teniente Hormazabal.

-Milenka, mi nombre es Milenka; contestó la joven sacerdotisa gitana.

-Gracias Milenka, te prometo atrapar a ese maldito; afirmó el detective.

Algunos gitanos esperaban fuera de la carpa a la Shuvani, mientras que los tres policías aguardaban ansiosos junto a la patrulla, bajo la mirada recelosa y desconfiada de otro grupo.

En medio de la expectación de todos, Milenka y el Teniente Hormazabal salieron juntos.

-Estos paisanos van a trabajar en el campamento y moverán los cuerpos de nuestros muertos; informó ella a todos. -Ellos atraparán al brujo que mató a nuestros hermanos.

-Pero eso profanará su carne y su recuerdo; objetó de mala forma un gitano. -No estoy de acuerdo en que estos paisanos se metan.

-¡Calla tu lengua insolente y muestra respeto, la Shuvani ha hablado!; se escuchó la voz severa y a la vez paternal del gitano más anciano de la tribu, ante cuya presencia  todos los jóvenes bajaron la mirada.

-Si la Shuvani lo ha consentido, que así sea; ordenó el jefe de la tribu. -Nadie moleste a los paisanos y contesten todas sus preguntas.

-Serás un sabio jefe al igual que lo fue tu padre; respondió Milenka al jefe.

-Bueno paisano, ponte a trabajar, que nosotros haremos lo nuestro; autorizó la Shuvani retirándose junto al anciano y al jefe de la tribu.

La cena estaba un poco condimentada, lo que dio algo de sed a Daniel, así es que se dirigió a la cocina a servirse un trago de agua. Afuera el viento mecía los árboles y silbaba al pasar entre los cables eléctricos. Justo cuando un relámpago rajó el negro manto de la noche, Daniel levantó la cabeza; la impresión que se llevó le hizo soltar vaso, el que se molió en el suelo, al ver el rostro de la vieja gitana muerta reflejado en la ventana.

-¿Todo bien?; preguntó Susana desde el living al escuchar el ruido del vaso al romperse.

-Sí, se me cayó un vaso; respondió Daniel.

Un gesto de molestia cruzó momentáneamente el rostro de él.

La frente de Milenka estaba cubierta de gotas de transpiración y se sentía muy exhausta, pero no podía descansar hasta encontrar al brujo que había asesinado a su madre y hacerlo pagar.

-¿Tiene alguna pista doctor?; preguntó el Teniente Hormazabal al forense.

-No, pero puedo decirle lo que no tengo; respondió él.

-Supongo que hay algo peculiar; opinó el detective.

-Cuando un objeto o persona se quema con algún elemento incendiario de cualquier tipo, siempre quedan restos de derivados del combustible; explicó el profesional.

-Algo había leído al respecto; comentó Hormazabal.

-Sin embargo, en este caso no hay nada. La combustión fue limpia, por así decirlo; aclaró el forense.

-¿Entonces con qué quemaron a las dos víctimas de fuego?; preguntó el policía.

-Aparentemente el fuego se produjo por exposición a una fuente muy intensa de calor, no química; continuó el médico.

-Ya…, entonces el asesino es Superman y los mató con su visión calórica; dijo sarcástico el detective.

-No creo que haya sido él, pero sí le puedo asegurar que usó una fuente muy poderosa y controlada de calor; respondió el forense. -Personalmente  no sé qué arma usó el asesino, pero sí que es muy poderosa.

Sin ninguna pista la investigación podía extenderse por mucho tiempo, dedujo el teniente, pero a veces eso pasaba; ahora había un criminal suelto en las calles, que no permitiría que quedase sin castigo. El único lugar donde podría sacar algo en claro era el campamento gitano. Cerca del medio día llegó cuando éste ya estaba prácticamente desarmado, listos sus moradores para marcharse de ese lugar maldito.

-Hola paisano, ¿qué quieres?; saludó Milenka.

-Saludos Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Qué quieres saber?; preguntó ella.

-¿Tú viste al asesino de tu madre?; preguntó el policía.

La gitana bajó la mirada y guardó silencio un momento, con voz apagada respondió.

-Nunca olvidaré ese rostro; contestó la joven Shuvani.

-Entiendo; comentó el detective.

-¿Estarías dispuesta a acompañarme al cuartel de policía para que tú describas al asesino y hagan un retrato de él?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-¿De qué serviría eso?; quiso saber Milenka.

-Si conocemos su rostro podremos buscarlo por todos lados; contestó el policía.

-¿Y cuándo lo encuentren, crees que lo van a poder atrapar?; preguntó ella.

-Confía en la policía Milenka; pidió el detective.

-Confío en ti paisano; respondió la gitana.

-¿Entonces me acompañarás al cuartel policial?; insistió el teniente.

-Pero nosotros nos vamos a ir de este lugar; informó la joven.

-Es solo por unas horas; aclaró el detective.

-Está bien paisano, para que puedas seguir con tu trabajo; aceptó Milenka.

Al poco rato el auto del Teniente Hormazabal se estacionaba frente al cuartel policial.

-Esta oficial va a dibujar al asesino con la descripción que hagas; indicó el policía a Milenka.

Después de unos minutos, sobre la hoja de papel apareció exacto el rostro de Daniel, con una sombría expresión de maldad.

-Gracias Milenka, con esto podremos atraparlo; dijo el policía.

-¿Ya puedo volver con mi gente?; preguntó la gitana.

-Espera un momento; pidió el detective, pasándole un teléfono celular a la muchacha.

-Llámame en caso que me necesites o recuerdes algo útil; indicó el teniente. -Mi número está grabado ya.

-Bueno paisano; respondió Milenka guardando el teléfono en un bolsillo de su vestido.

-Te llevo de vuelta a tu campamento; ofreció el policía.

-No gracias paisano; rehusó ella. -Conozco el camino.

La fría noche fue perturbada por las pisadas que entraron donde hace unas horas se hallaba el campamento gitano; ningún perro, ni ninguna voz de alarma dieron el aviso. Daniel se encontró con un sitio baldío solamente; los gitanos habían movido su campamento hacia otro lugar, lejos de la tierra maldita por el brujo.

-¡Malditos gitanos!; gritó Daniel apretando los puños con rabia. Un relámpago rompió el negro velo de la noche, cuando se desencadenó el aguacero.

En medio de la lluvia claramente llegó a los oídos del brujo la risa de la vieja gitana.

-Me la vas apagar gitana; gritó enojado Daniel.

Milenka se sentía cansada y su frente brillaba con gotas de humedad, pero no iba a desistir en su esfuerzo por hacer pagar al brujo, aunque sabía que eso era peligroso. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el repiqueteo del celular del policía.

-Milenka te llamaba para preguntarte si has recordado algo más, lo que sea; dijo el Teniente Hormazabal.

-No he recordado nada paisano; respondió ella. -Que estés bien.

-No dudes en llamarme; insistió el detective.

-Bueno, yo te llamaré si me acuerdo de algo; contestó ella.

El nuevo campamento estaba en silencio; habiendo quedado el dolor en la otra tierra podían dormir en paz. De pronto los perros comenzaron a ladrar frenéticos; Milenka de un salto se puso de pie y salió corriendo de su carpa.

Los ojos de la gitana se dilataron cuando vieron que el brujo se encontraba en el campamento, sujetando del cuello el cuerpo sin vida de un gitano, que arrojó con desprecio al barro. De alguna forma él había logrado dar con ellos.

-¿En serio pensaste que podrían escapar de mí?; preguntó Daniel.

Algunos gitanos salieron armados de sus carpas y dispararon contra el hechicero, sin que las balas siquiera lo tocaran.

-Aún no aprenden; dijo él arrojándolos contra un montón de palos afilados, matándolos en forma instantánea.

Milenka intentó golpearlo con un palo, pero la rechazó de un solo empujón, botándola de espalda.

Las carpas comenzaron a arder, las llamas y los gritos se extendieron por todo el campamento. El espectáculo de los gitanos corriendo envueltos en llamas, para caer retorciéndose era aterrador.

Milenka trataba de moverse pero estaba inmovilizada por un gran peso que la aplastaba contra el suelo.

Daniel tomó una pala que había tirada y lentamente se acercó a la gitana que yacía indefensa en el suelo. Con un violento impulso el brujo golpeó el cuello de Milenka con el filo de la herramienta.

Con el pulso desbocado y empapada en sudor la gitana despertó de la horrible pesadilla.Asustada y consciente del peligro que se cernía sobre su tribu, apretó contra su pecho el teléfono que le diese el Teniente Hormazabal y se volvió a dormir.

Daniel sonreía maliciosamente en su departamento. No solo la gitana podía provocar miedo.

Milenka preparaba un montón de amuletos, pócimas y talismanes para que todos se pudiesen proteger del brujo. Con sus propias manos la Shuvani escarbó la tierra alrededor del campamento y enterró varios talismanes, encerrándolo completamente en un círculo protector; inmediatamente después desparramó tierra de cementerio y sangre de gallina para fortalecer aun más el poder de la magia gitana.

Ya llevaba muchas horas revisando las bases de datos de los archivos policiales y no daba con nada. Demasiado cansado, el Teniente Hormazabal estaba esperando que el Servicio Nacional de Identificación y Registro Civil le enviase la identidad del sospechoso. Mientras se preparaba una taza de café, a su computadora llegó el tan ansiado mensaje; sin embargo, no era lo que él esperaba.

-“El retrato hablado, cuya identificación solicitó no corresponde a ningún ciudadano, tanto nacido, como extranjero de nuestra nación. Por lo tanto, no es posible entregar una respuesta positiva sobre su identidad”; indicaba el comunicado del Registro de Identificación.

-Así que este tipo no existe; comentó para sí el policía. -¿Quién diablo eres?

-Bueno, es hora de cobrar favores; dijo Hormazabal marcando el número de un amigo de la Interpol.

-¿Aló?; contestaron en el otro lado de la línea.

-Tanto tiempo; saludó el detective. -Te llamaba para pedirte un favor súper grande. Verás, hay un sospechoso de asesinato cuyo retrato hablado no nos ha servido mucho para saber quién es.

-Entiendo; respondió el agente. -Mándamelo por correo electrónico a ver qué encuentro.

-Ya te lo mandé; indicó Hormazabal. -Gracias.

-Te llamaré en cuanto averigüe algo; se despidió el oficial de la Policía Internacional.

-Aburrido, para distraerse un poco el policía comenzó a leer en internet sobre maldiciones, gitanos y magia en general, pero aparte de encontrar todo muy divertido, no le interesó mayormente. En eso estaba cuando su teléfono le devolvió al mundo real.

-¿Qué pudiste averiguar?; preguntó ansioso el Teniente Hormazabal.

-Tu sospechoso se llama Daniel Briceño, de nacionalidad española; era profesor de historia, pero fue expulsado de la universidad donde hacía clases por influir negativamente sobre sus alumnos; contó el agente.

-¿De qué forma?; preguntó intrigado Hormazabal.

-Magia negra y esas cosas; contestó el agente.

-¿Sabes cuál es su residencia actual?; quiso saber el policía.

-Ahí está el problema; contestó el agente. -Briceño murió a los treinta y cinco años, hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial.

-Para estar muerto parece que ha estado bastante activo estos días; opinó el teniente.

-Esa es la información que existe de él; observó el agente.

-¿Sabes si tuvo descendientes?; preguntó el policía.

-Ninguno; agregó el agente. -¿Qué opinas?

-Que alguien está usando su identidad; supuso el detective.

-Bueno, gracias; se despidió el policía del agente. -Te debo una.

Tras meditarlo un momento, el detective decidió llamar a la gitana para comentarle lo que había averiguado.

-Hola paisano; contestó Milenka.

-El tipo que describiste supuestamente murió hace setenta años, por lo que no tenemos forma de saber quién es realmente, a menos que lo atrapemos; informó el policía.

-Te dije que no encontrarías nada paisano; le recordó Milenka. -En todo caso yo…

En medio de chicharreos la comunicación se cortó; podía ser por la tormenta, pero aun así el Teniente Hormazabal se preocupó y puso de pie, tomando las llaves de su patrulla y cerciorándose de que el cargador de su pistola estuviese lleno.

Las nubes se movían rápido y el viento soplaba tibio; la tormenta caería en cualquier momento. Después de conducir unos minutos a toda velocidad, el policía llegó hasta el campamento gitano.

-Necesito hablar con la Shuvani; le dijo a uno de los gitanos.

-Ella está ocupada; respondió él sin intenciones de dejarlo pasar.

-Está bien, que pase; dijo Milenka desde su carpa.

-No debiste venir paisano, esto se va a poner muy malo hoy; lo recriminó ella.

-Yo te puedo ayudar; le contestó el teniente.

-Realmente no creo que puedas hacer mucho; opinó ella.

-Aun así me quedaré; insistió él.

-En ese caso lleva este amuleto contigo; le pidió la gitana pasándole una bolsita negra.

-Gracias, pero tengo el mío; respondió el policía mostrándole su pistola.

-Mira paisano, si no lo usas yo misma te voy a maldecir; ordenó la Shuvani metiéndoselo en un bolsillo de la chaqueta.

Milenka salió de la carpa a dar unas últimas instrucciones a la tribu, antes de la llegada del brujo.

-Mejor no la contradigas paisano; dijo el anciano de la tribu, a quién Hormazabal no había notado en la carpa. -Es tan testaruda como su madre y su abuela; le dijo el viejo gitano palmeándole un hombro.

-Nuestro hermanos ya están listos; avisó Milenka entrando en la carpa.  -Esperemos  que el brujo no venga esta noche, pero el viento lo anuncia.

Daniel con paso firme se acercó al campamento; todos dormían y esta vez nadie escaparía. Ni siquiera los perros lo sintieron llegar, el viento agitaba los árboles y aullaba como lobo sediento de sangre.

Su andar se detuvo ante un súbito mareo que hizo girar todo a su alrededor. Tambaleándose el brujo retrocedió, saliendo del círculo trazado por la Shuvani. La tierra comenzó a temblar hasta que los talismanes quedaron a la vista, removiendo algunos y rompiendo el anillo protector.

Una tormenta eléctrica se desencadenó ante la furia de Daniel. La Shuvani salió de su carpa para intentar detenerlo, mientras los otros gitanos huían del campamento como ella lo ordenara.

-Aléjense rápido de aquí; gritó Milenka. -Tú también ándate paisano; dijo al Teniente Hormazabal.

-Ni creas que te dejaré solacon este loco; respondió él en medio de la lluvia que caía a chusos.

Una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Daniel, cuando un rayo alcanzó a un gitano, pulverizándolo en el acto.

Instintivamente el policía desenfundó su arma y disparó contra el brujo, sin lastimarlo en lo más mínimo.

-No estorbes basura; dijo Daniel moviendo una mano.

Un fuerte viento lanzó por el aire al detective, quedando tirado inmóvil al caer al barro.

Con el viento golpeándola fuerte en la cara, los relámpagos estallando cerca, Milenka concentró toda su fuerza en su voz.

-“Yo te maldigo brujo,

por la llama, por el viento,

por la masa, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”.

Gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio en la cara al brujo.

 -Tonta, ¿crees que eso me puede hacer algo a mí?; preguntó sarcástico Daniel moviendo su mano; sin embargo, nada le ocurrió a la gitana.

La maldición de la Shuvani había anulado lo poderes del hechicero al menos momentáneamente. Frustrado y furioso asestó un puñetazo en la cara a la joven gitana, dejándola mareada en el suelo.

Descontrolado por la rabia, Daniel se aproximó al policía con un hacha que había junto a una pila de leña; contempló un momento al policía antes de bajar la hoja cortante sobre su cabeza.

Tres detonaciones hirieron la noche; las balas, sin que nada las detuviese, perforaron el pecho del brujo, haciéndolo caer de espalda. La gitana de pie, con el pelo pegado a su cara sostenía aun la pistola humeante del Teniente Hormazabal, mientras veía caer un relámpago sobre Daniel quelo redujo a cenizas.

Aun algo mareada por el golpe, Milenka llegó corriendo junto al cuerpo del detective, el que para su sorpresa aun respiraba.

Lentamente el policía abrió sus ojos, para ver el hermoso rostro de la Shuvani que lo observaba con una sonrisa. Un poco aturdido aun, se quedó un rato más con la cabeza apoyada en los muslos de la gitana.

-Parece que tus talismanes si sirven; dijo Hormazabal sacando la bolsita de terciopelo negro de su chaqueta.

-No me vuelvas a asustar así paisano; dijo Milenka sacándose un mechón de cabello de la cara.

-Está bien, pero avísame un poco antes para la próxima vez; respondió el detective.

-¿Ahora crees en la magia gitana paisano?; preguntó Milenka, ayudándole a ponerse de pie y dándole un beso en la cara.

-Siempre he creído en la magia Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -¿Por qué crees que era amigo de tu madre?

La lluvia había mezclado las cenizas del brujo con el barro y Milenka lo revolvió con su pie, antes de caminar hacia su carpa. Junto a ella el Teniente Hormazabal rozaba su mano sin llegar a tomársela, mientras ella se sonreía en silencio. Total, un secreto más no significaba mucho en la vida de una Shuvani, llena de secretos.

Desde su carpa el más anciano de los gitanos terminaba de fumar, mientras los veía caminar y se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo él sabía guardar los secretos de su nieta.

 

 

 

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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La Última Equivocación 8 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas  

 

 

La Última Equivocación

La hora del taco no era tan terrible esa tarde; lo más probable era que todos se hubiesen retirado temprano para ver el partido de la selección de futbol.

Marlene conducía tranquila, aprovechando la poca cantidad de vehículos que había en la calle. Al pasar frente al supermercado un destello cruzó por su mente, como un frio fantasmagórico que acaricia la nuca helándote de angustia.

-Se me olvidó que tenía que pasar al supermercado; se recriminó  a sí misma. -Y justo hoy tengo invitados.

Cuatro cuadras más allá, Marlene viró en la esquina para retroceder e ir a comprar. Si tenía suerte no habría mucha gente.

A pesar de ser día viernes el supermercado estaba casi vacío; el partido de futbol en que la selección se jugaba su puesto en la próxima Copa Mundial había causado un gran revuelo.

-Cabezas de pelota; comentó Marlene para sí.

Después de un rato salió con las manos llenas de bolsas. El estacionamiento subterráneo estaba vacío, aunque eso no inquietó a la mujer, que no era la primera vez que lo veía así. Sin embargo, una sensación de incomodidad la embargó al llegar junto a su vehículo; con ambas manos ocupadas no tenía como sacar las llaves.

-Mmm, ¿cuándo van a inventar los autos inteligentes?; se preguntó mientras dejaba las bolsas en el suelo.

El dolor agudo del golpe seco en la nuca hizo que todo se volviera negro frente a Marlene.

Amarrada, amordazada y con los ojos tapados Marlene despertó en un automóvil que no era el suyo; con un fuerte dolor de cabeza y algo mareada, se dio cuenta de que hace un rato el vehículo corría por una carretera, pero debido a que los raptores habían dado varias vueltas, estaba totalmente desorientada.

Sin saber cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba, Marlene sintió que el auto se detenía. La voz de una mujer ordenó que la llevaran dentro de la casa.

-Vamos que tenemos que movernos rápido; dijo un hombre.

Por las voces Marlene pudo contar a cinco personas, ninguna de las cuales le decía nada a ella.

Un hombre la tomó de los brazos, que llevaba atados a la espalda y la condujo con relativa suavidad a un sótano, frío y mal iluminado, con olor a desinfectante, molesto y opresor al olfato. El hombre abrió una puerta aparentemente metálica, por el sonido que hizo e introdujo a la mujer en ella, sacándole la venda que la cegaba.

-¿Quiénes son y por qué me han traído aquí?; preguntó inmediatamente Marlene mirando al hombre a la cara.

-Tranquila y todo será más fácil; respondió él.

-¿Qué quieren?; quiso saber ella. -Si es dinero, sepan que no tengo ni para hacer cantar a un ciego.

-A su debido tiempo lo sabrá; terminó el hombre. -Ahora descanse; dijo cerrando la puerta con llave al salir.

¿Me habrán secuestrado de verdad o será una broma de algunos de mis amigos?; se preguntó la mujer. -Claro que si fuese solo una broma no me habrían pegado tan fuerte en la cabeza. Supongo que es un secuestro real, ¿pero por qué?

Sola en su celda Marlene tenía tiempo de sobra para hacerse una y otra pregunta sin respuesta.

-¿Será que se dedican al tráfico de blancas?; seguía preguntándose ella.     -Por último me hubiesen preguntado primero; irme a vivir con un multimillonario petrolero o un emir árabe no es tan mala idea después de todo.

En eso gastaba el tiempo Marlene cuando escuchó que introducían una llave en la cerradura.

-Coma un poco; ordenó la mujer llevando una bandeja con comida.

-Si no me suelta las manos es difícil que pueda; respondió Marlene. -Si están pensando en pedir rescate por mí olvídenlo, mi familia y yo somos pobres.

-Aunque no lo crea, usted vale mucho dinero; respondió la mujer.

-No sé a qué se refiere; contestó la cautiva.

-No importa; agregó la captora. -Ahora coma.

Aprovechando un descuido Marlene se abalanzó contra la celadora y salió corriendo. En un abrir y cerrar de ojos logró subir la escalera que conducía al primer piso. Pudo correr un par de metros por un angosto pasillo, cuando un fornido tipo la abrazó fuerte y levantó, dejando sus pies en el aire.

-No la lastimes; ordenó otro hombre. -La necesitamos entera.

-Mejor procedamos enseguida, antes de que nuestra invitada nos cause más líos; sugirió la mujer que salió del sótano.

-Tienes razón; coincidió el hombre. -Preparen todo.

-Vamos señorita; dijo el hombre que la retenía. -Ustedes dos vigilen que no venga nadie.

Marlene fue conducida de vuelta al sótano, en cuyo lóbrego interior el musculoso sujeto abrió una puerta que hasta ahora la muchacha no había visto.

-¿Qué me van a hacer?; preguntó asustada al ver el interior de la macabra habitación.

Un quirófano, un frío y blanco quirófano la recibió con su inquietante lámpara gigantesca que alumbraba una camilla de operaciones.

¡No! esto es una barbaridad; gritó la muchacha forcejeando y tratando furiosamente de librarse de la férrea presión ejercida por el hombre que la sujetaba.

-Mejor cálmese; aconsejó la mujer.

Una sensación de calor corrió por el brazo derecho de Marlene y una pesada somnolencia la embargó. Aunque no la durmió completamente, el tranquilizante la relajó bastante, anulando su resistencia pero no su miedo ante un destino final que se abría aterrador ante ella. Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraba atada de pies y manos con sendas correas de cuero a la mortífera cama.

-¿Por qué?; preguntó Marlene con un nudo en la garganta.

-Porque tus órganos valen millones para nuestro cliente querida; contestó la mujer.

-Lo peor es tener que dañar este exquisito cuerpo; agregó en forma libidinosa el hombre acariciando el abdomen desnudo de la muchacha, mientras sádicamente hacía brillar la hoja del bisturí que sostenía en su mano derecha.

-¡No, no!, por favor no lo hagan; suplicaba Marlene mientras se retorcía en la camilla.

-Vamos a tener que dormirla completamente; sugirió el hombre.

-Ya tengo lista la anestesia; contestó la mujer con una jeringa en una bandeja de acero.

Con un algodón empapado en alcohol, la mujer comenzó a limpiar el brazo de aterrada muchacha. Marlene tenía el rostro empapado en traspiración a causa del terror que la dominaba.

-¡No, por favor no!; gritó la joven cuando la aguja rozó su piel.

Los azules ojos de la chica se volvieron rojos de golpe, quedando cruzados por una línea delgada; su suave piel se tornó rápidamente dura y oscura.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó atónita la mujer cuando la aguja se le quebró.

El cuerpo encorvado de la muchacha se tornó duro y macizamente musculoso y de sus crispadas manos crecieron curvas y gruesas garras.

Ante la incrédula mirada de los traficantes de órganos, el bello rostro de Marlene perdió su armonía y encanto. La boca desmedidamente abierta dejaba ver un pozo negro coronado por decenas de finos y agudos dientes, semejantes a una sierra de leñador.

-¿Qué diablos es esto?; preguntó el hombre al borde del espanto.

De lo que había sido la delicada muchacha, ahora no quedaba nada. Mezcla de locos, de criaturas de distinto tipo, con rasgos anfibios, reptiles, mamíferos y humanos, sin ningún orden lógico; era una cosa más que un solo ser definido, que luchaba por zafarse de sus ataduras.

-¡Salgamos de aquí!; gritó la mujer cuando la cosa de un tirón cortó las correas que inmovilizaban sus piernas y sin esfuerzo aparente liberaba sus brazos.

-¡Corre!; dijo el hombre a su compañera, pero ésta solo alcanzó a dar un alarido cuando su cara fue literalmente arrancada de un zarpazo, que afortunadamente también le cortó la garganta, dándole el beneficio de una muerte casi instantánea.

Sin pensarlo dos veces el hombre corrió hacia la puerta, tratando de salvar su poco valiosa y miserable vida, pero cuando iba a tomar la cerradura, vio como la puerta era salpicada de sangre; de su propia sangre, desparramada cuando una mano de la cosa atravesó su espalda y salió por su pecho. Sus manos resbalaron por la puerta ensangrentada al desplomarse sin vida al frio piso de baldosas hasta hace poco blancas.

El alarido de la mujer al ser mutilada atrajo a otro de los hombres, el que blandiendo una pistola de grueso calibre bajó corriendo la escalera del sótano. Todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta ante la visión de la cosa que chorreaba de sus manos la sangre de sus cómplices.

El olor a adrenalina penetró a raudales a las fosas nasales de la cosa, enloqueciéndola prácticamente de rabia y sed de muerte; dando un extraño rugido el monstruoso animal se abalanzó sobre el hombre, quien no dudó en disparar una y otra vez en forma inútil sobre la mole de músculos y garras que corría hacia él. Los disparos solo enojaron más a la cosa, cuya gruesa piel no era ni siquiera rasguñada por las balas.

De un solo golpe el tórax y abdomen del hombre quedaron cruzados por cuatro profundos surcos que dejaron a la vista sus desgarrados órganos.

Ante los disparos y los gruñidos de la cosa los otros dos criminales saltaron de su silla en la cocina, sacando inmediatamente sus armas de la ropa. Huellas de grandes pisadas ensangrentadas subían desde el sótano y seguían por el angosto pasillo de la vieja casona.

Un furioso y salvaje gruñido acompañó el golpe que uno de los hombres recibió en la cabeza, arrancándole la mitad del cráneo.

Espantado el otro hombre trató de defenderse con su pistola, pero las balas no lograban romper la dura piel de la cosa; desesperado, con el arma vacía, el hombre la arrojó contra el animal, sin hacerle ni el menor daño. De un salto la cosa derribó al hombre y lo despedazó literalmente a zarpazos.

Durante dos días había nevado sin cesar y la nieve había creado un grueso manto blanco en el exterior.

Grandes zancadas de pisadas ensangrentadas se marcaban en la nieve fresca; poco a poco las huellas se fueron haciendo más cercanas y con marcas más pequeñas. Pisadas ensangrentadas de una persona descalza que caminaba hacia  la ciudad.

 

 

 

Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Refugio 6 diciembre 2017

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Refugio

La lluvia arreciaba cada vez más, haciendo a cada paso más difícil avanzar. Con la ropa pegada al cuerpo y mojados hasta los huesos, la pareja caminaba entre los árboles tratando de encontrar el refugio de los guardabosques para secarse y esperar a que terminase la lluvia.

-Recuérdame que no volvamos a salir de campamento en otoño; comentó Esteban a Diana.

-¿Ya te asustaste de unas cuantas gotitas?; preguntó ella a si esposo.

-Estoy mojado hasta la médula; reclamó él. -Aahh, ahí está el refugio.

En medio del bosque y la lluvia el humo de la chimenea y la luz de las ventanas invitaban a los caminantes a acercarse y cobijarse.

-Parece que ya lo están ocupando; observó Diana.

-Es para todos los que lo necesiten; opinó Esteban. -Y esta noche creo que nosotros también calificamos.

Ambos llegaron junto a la cabaña y golpearon la puerta para no asustar a quien estuviese dentro. Un hombre de mediana edad les abrió algo recelosos.

-Buenas noches; saludó Esteban. -¿Este es el refugio de los guardabosques?

-No; contestó el hombre. -De hecho se encuentra a un kilómetro hacia el sur.

-Ay no; se quejó Diana temblando de frío.

El hombre mirándolos de pies a cabeza, esbozó una leve sonrisa.

-Por favor pasen a secarse, están estilando; los invitó. -Acérquense al fuego o pescarán una pulmonía.

-Muchas gracias, es usted muy amable; aceptó Esteban.

-Muchas gracias; contestó Diana. -Permiso.

-No quisiéramos causarle alguna molestia; dijo Esteban, sintiéndose un poco incómodo.

-No se preocupen; dijo el hombre. -No es ninguna molestia.

Desde la cocina salía un agradable aroma a comida y la voz de un hombre que canturreaba.

-Invita a nuestros visitantes a cenar; dijo el hombre que estaba en la cocina.

-No quisiéramos molestar; objetó Diana.

-No faltaba más; agregó el hombre saliendo de la cocina con cuatro jarros humeantes con chocolate caliente.

-No es un día muy bueno para salir a pasear en el bosque; observó uno de los hombres.

-No pensamos que nos pillaría la lluvia antes de llegar a la cabaña de los guardabosques; contestó Diana.

-Bueno, aquí pueden pasar la noche; agregó el otro hombre, que había vuelto a la cocina.

-¿Ustedes viven aquí?; preguntó Esteban calentándose las manos en la chimenea.

-Solo en las vacaciones; contestó uno de los hombres. -El resto lo pasamos en la jungla de cemento.

-¿Ustedes acostumbran salir de excursión con este clima?; preguntó a la vez uno de los hombres.

-La verdad es que nunca nos preocupamos mucho de eso; contestó Diana.  -Es solo que esta vez no calculamos bien.

El calor de la hoguera, sumado a un poco de licor, después de varias horas de pláticas sin mayor importancia, finalmente terminaron por relajar a los cuatro ocupantes de la cabaña.

-Hay una habitación disponible que pueden ocupar con total libertad; dijo uno de los hombres. -Lo que es yo, me voy a dormir.

-Buenas noches y gracias de nuevo; respondió Esteban.

-No hay por qué; agregó el otro hombre. -Que descansen.

La lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y el viento sacudía el techo; sin embargo, la tormenta permanecía afuera y el interior de la cabaña se mantenía seco y temperado.

Diana y Esteban durmieron plácidamente todo el resto de la noche. Al amanecer, la tormenta aún  no cesaba y poco a poco la mujer fue abriendo sus ojos; para su sorpresa notó que no lograba moverse. Sus muñecas y tobillos se hallaban fuertemente atados a las esquinas de la cama.

-¿Esteban qué ocurre?; preguntó ella, entre sorprendida y asustada.

-¿Esteban?; insistió Diana ante el silencio de su marido.

Poco rato después, él despertó y se dio cuenta de que se encontraba inmovilizado con correas de cuero sobre la única mesa que había en la cabaña.

Los dos hombres vistiendo túnicas rojas se acercaron a él y lo miraron con desprecio.

-¿Qué creen que están haciendo malditos locos?; preguntó furioso.              -¿Dónde está mi esposa?, ¿qué han hecho con ella?

-A ella la espera un destino grandioso; contestó uno de los hombres.

-Y tú la ayudarás a alcanzarlo; agregó el otro, acercando un gran cuchillo al cuello de Esteban.

-¡No! Deténganse;  gritó él, mientras la hoja de acero abría su garganta y la sangre inundaba su boca.

-¡Esteban! ¿Qué pasa?; preguntó Diana  a gritos.

La sangre de Esteban caía de su cuello y era recibida por uno de los hombres en un cuenco de greda.

-Aquí está tu marido; dijo el hombre, vaciando parte de la sangre sobre la cara de Diana.

-¡No!; gritó ella llena de terror.

Entre ambos hombres esparcieron la sangre de Esteban por todo el cuerpo de Diana, dejando su piel totalmente cubierta y roja.

El fuego en la chimenea se agitó y cobró más fuerza. Como dando un salto las llamas se desprendieron de los maderos ardientes y se posaron sobre la cama donde yacía Diana.

Con horror la mujer sintió como las flamas la envolvían, pero sin embargo no la quemaban. Un intenso, pero a la vez placentero calor la recorría entera y llenaba su cuerpo, haciéndola retorcerse sin que ella pudiese evitarlo. De pronto sintió su cuerpo curvarse y temblar entero, para finalmente perder la consciencia.

Los rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana de la cabaña. Diana abrió los ojos con una plácida sonrisa en sus labios y estiró sus brazos como despertando de un agradable y reparador sueño.

-¿Cómo está la orgullosa y hermosa futura madre?; preguntó uno de los hombres, cuando ella se sentó a la mesa a desayunar.

-Hambrienta; contestó Diana, mientras se saboreaba ante un suculento plato de carne cruda y acariciaba su vientre que lucía seis meses de embarazo.

 

 

Sombras 5 diciembre 2017

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Sombras

A Raquel le costaba precisar en su mente cuanto tiempo había pasado desde la llegada de las sombras, lo vivido en los últimos días, la constante tensión y el permanente miedo, le daban la sensación de que habían transcurrido varios meses o tal vez solo algunos días. En alguna parte había leído que la pérdida de la noción del tiempo era un síntoma común en situaciones de gran estrés, por períodos muy prolongados; y ver desaparecer ante sus ojos a decenas de personas, arrastradas por las sombras, era definitivamente una situación altamente estresante.

Hasta el momento ella había corrido con suerte, no así sus vecinos, amigos y familiares. Por alguna razón que no comprendía podía percibir cuando las sombras estaban por aparecer; tal vez una pequeña variación en la presión atmosférica o un leve cambio de temperatura, ella no lo sabía, pero al menos su subconsciente lo detectaba y eso le bastaba. Era un instinto de supervivencia que los demás no tenían y que le había permitido escapar hasta el momento.

Frente a un edificio cuya entrada principal estaba ampliamente iluminada por grandes focos, se sentó a descansar un momento. La claridad le hizo sentir una sensación de calma que hacía tiempo que había olvidado. Ese pequeño oasis de luz le permitió respirar con calma por un instante, mientras sus ojos se comenzaban a cerrar; el cansancio y el sueño reclamaban su cuerpo que tarde o temprano debería relajarse.

Raquel se resistió a dormirse y abrió grande los ojos para que el aire fresco de la noche pudiera despertarla. Todo estaba bien, dentro de lo posible en las actuales condiciones; la claridad llegaba a unos treinta metros de donde ella descansaba, dándole un cierto margen de seguridad.

Sus pupilas se dilataron de golpe y los pelos de todo el cuerpo se le erizaron, cuando su instinto se puso en alerta. Aunque no veía nada, rápidamente se puso de pie; aguzando la vista pudo verla aparecer en medio de la oscuridad. La sombra era como una emanación de las tinieblas que comenzaban donde terminaba el claro que la cobijaba. Hasta el momento no lo había pensado, pero le encontró cierta similitud a las proyecciones de las amebas que en el colegio vio en la clase de biología, en su época de estudiante; también le pareció similar a las burbujas que comienzan a formarse ante una brisa en las láminas de agua con jabón, con las que le encantaba jugar cuando niña.

La sombra, con la difusa apariencia de una persona, carente de todo rasgo y sin bordes definidos, se acercaba lentamente hacia ella; sin ninguna prisa, como una nube oscura que parecía un fantasma de humo, sin un cuerpo sólido.

Con el corazón latiendo en su garganta, Raquel trató de abrir la puerta del edificio, pero ésta estaba cerrada con llave; desesperada buscó otra forma de entrar y poder ocultarse. Tras tantear un par de ventanas, también cerradas para su pesar, la última cedió bajo la presión de sus manos; lo más rápido que pudo ella se encaramó en el borde y logró introducirse justo cuando sentía que la sombra estaba por sujetarla de los pies. Casi cayendo de cabeza al piso, la atormentada y aterrorizada Raquel se escapó y cerrando apresuradamente la ventana se alejó corriendo por el vestíbulo del brillante edificio, todo lleno de vidrios que poco o nada la ocultaban de las sombras que se escondían en la noche afuera.

Atravesando una puerta, con la respiración entrecortada se encontró  en un largo pasillo; sin dejar de correr llegó hasta la pared del fondo, donde comenzaba  otro corredor; como nadie la seguía, Raquel se sentó un momento para recuperar el aire y esperar a que los muslos dejaran de dolerle, por el esfuerzo de la carrera con que huyó de la sombra.

En eso estaba cuando a sus oídos llegó un sonido extraño, tardó un rato en identificarlo pero estaba segura; se trataba del llanto de una niña. Con dudas al principio, porque hace tiempo que no veía ni escuchaba a nadie más; segura luego, Raquel se puso de pie y comenzó a buscar en silencio a la otra sobreviviente.

Siguiendo el suave lloriqueo, que más parecía un gemido, sus pasos la llevaron hasta una puerta cerrada. Con mano temblorosa tomó el pomo de la cerradura y lentamente lo giró. El llanto cesó inmediatamente, pero claramente pudo oír una respiración agitada en la habitación.  Rápidamente pulsó el interruptor junto a la puerta y una blanca luz inundó todo, alejando la oscuridad en la que podían ocultarse las sombras.

La sala era una gran oficina llena de cubículos de trabajo; caminando despacio llegó hasta el que estaba justo en el centro. Acurrucada como un animalito asustado una niña de unos siete años miraba con los ojos llenos de lágrimas a Raquel, que con una sonrisa le tendía una mano. Temblorosa la niña tomó a la mujer y dejó que la sacara despacio de la precaria seguridad de su escondite.

-Hola pequeña; saludó Raquel a la niña. -¿Llevas mucho rato ahí?

La niña sin decir nada se encogió de hombros y negó con la cabeza, mientras secaba con sus manitos las lágrimas de sus ojos.

-¿Estás con alguien más?; quiso saber Raquel.

-No, todos se han ido; contestó la niña.

-Yo también estoy sola; respondió Raquel. -¿Me puedo quedar a tu lado?

-Sí; respondió la pequeña, con un brillo en la mirada que podría interpretarse como una fugaz sonrisa.

-¿Has visto a alguien más?; preguntó Raquel.

-No, parece que ya no hay nadie más; contestó la niña.

-Bueno, ya nos arreglaremos; contestó Raquel tomándola de la mano y caminando despacio por el corredor.

En la mitad del pasillo había una máquina dispensadora de alimentos.

-¿Tienes hambre?; preguntó Raquel a la pequeñita, buscando algunas monedas en los bolsillos de su pantalón.

La niña solo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

Raquel sacó dos paquetes de galletas de la máquina, pasándole uno a la pequeña. Cuando terminó de abrir el suyo, con horror vio como una sombra envolvía un brazo de la niña y en medio de sus llantos la arrastraba alejándola de ella, para terminar desapareciendo dentro de una nube oscura que se había formado en una pared.

Sin nada que poder hacer para ayudar a la infortunada niña, Raquel corrió lo más rápido que pudo por el pasillo. Sus ojos se posaron sobre una puerta de emergencia al fondo del pasillo; sin dejar de correr empujó la barra de escape y la puerta cedió bajo su peso. Si no hubiese alcanzado a sujetarse del pasamanos, de seguro habría caído rodando escalera abajo. Una súbita idea cruzó por su cabeza.

Haciendo el mayor ruido posible al caminar, bajó corriendo los peldaños. Descolgó un extintor de incendios de una de las paredes y lo hizo rodar hacia abajo. Hecha un ovillo se ocultó en un hueco bajo la escalera y aguardó en silencio un momento; como nada ocurría, caminó lo más suavemente que pudo hacia los pisos superiores. Después de subir varios niveles supuso que las sombras confundidas habrían ido tras un falso rastro, lo que le daría una oportunidad de poder ocultarse mejor.

Despacio abrió la puerta de emergencia y asomó primero la cabeza para ver si era seguro salir. No se veía nada malo cerca, así es que con paso dubitativo al principio salió al pasillo, iluminado por una fría luz blanca proveniente del techo.

Grandes ventanas permitían ver las calles de la ciudad, carentes de la habitual actividad y bullicio reinantes antes de la llegada de las sombras. Los vehículos detenidos en forma desordenada, algunos estrellados, las veredas sin peatones. Raquel tomó consciencia de la situación y del estado de abandono en el que encontraba; hasta ahora no había estado plenamente consciente de que a lo mejor ella era la única persona en la ciudad, fuera de las sombras. ¿Pero qué eran?, ¿por qué habían llegado?, ¿qué querían?, ¿por qué se los estaban llevando a todos? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Raquel no sabía cuánto tiempo más podría escapar de ellas; solo el miedo a lo que se ocultaba a sus sentidos le daba fuerzas para seguir corriendo.

Su pulso se aceleró de golpe; ya venían, se habían percatado del engaño y nuevamente estaban tras ella. Correr era lo único que podía hacer; era imprescindible que se alejara de ese lugar. Desde el fondo del pasillo, de en medio de una creciente penumbra emergió la sombra, que lentamente se aproximaba a ella. Con insistencia pulsó varias veces los botones de uno de los ascensores; la puerta se abrió justo a tiempo cuando la sombra estaba por alcanzarla.

Rápidamente los números en la pantalla luminosa del ascensor iban retrocediendo, hasta que éste se detuvo en la planta baja. Nuevamente Raquel se encontró en medio del vestíbulo, separada de la noche solo por los delgados vidrios de las paredes. Más allá ella sabía que se ocultaban las sombras y que por el momento, en medio de la luz estaría a salvo.

La sensación de seguridad se esfumó tan rápido como había llegado. Una sombra se materializó en el aire y comenzó a acercarse a ella; Raquel intentó correr, pero saliendo de una pared otra le cortó el paso; trató de escapar en otra dirección, pero otra sombra surgió de la nada. De todos lados las sombras salían y la rodeaban.

Una fría niebla la afirmó de un brazo, luego otra y otra y otra más. Varias frías, difusas y viscosas sombras sujetaban a Raquel, arrastrándola hacia abajo en medio de sus gritos y forcejeos tratando de librarse, con su corazón latiendo peligrosamente rápido.

-¡Sujétenla!; gritó una voz. -Debo inyectarla antes de que sufra un ataque al corazón.

-Pónganle una mascarilla con oxígeno puro; dijo otra voz.

Varias sombras rodeaban a Raquel antes de que sus ojos se cerraran después varios días de incesante vigilia.

-¿Me escucha doctora?; preguntó un hombre canoso dentro de un traje de aislamiento de máximo nivel.

-Las sombras me atraparon; contestó Raquel. -¿Qué pasó?

-Nunca ha existido ninguna sombra, Raquel. Lo último que vio fue un equipo médico de emergencia que la rescató justo a tiempo; explicó el hombre. -¿Recuerda qué ocurrió?

-Algo; respondió ella. -Hubo una alerta de ataque químico; se nos envió a evacuar a la población civil; comenzó a recordar.

-Efectivamente; afirmó el médico. -Fue un ataque con gas del miedo; bastante eficiente por lo que usted pudo comprobar cuando se le rompió el traje aislante.

-¿Cuánto tiempo pasó?; preguntó Raquel.

-Desde que quedó expuesta, hasta que logramos atraparla, cinco horas; explicó el doctor. -Y vaya que nos hizo correr.

-¿Solo cinco horas?; preguntó ella. -Creí que habían sido varios días escapando de esas sombras.

-¿Sombras?; preguntó el hombre.

-Sí, me perseguían sombras parecidas a siluetas difusas de personas, como fantasmas; explicó Raquel.

-Supongo que se refiere a nuestro equipo de rescate; opinó el doctor.          -Afortunadamente hemos podido contener y evacuar a tiempo a la población. Sin embargo, algunos no lo han resistido y sus corazones han fallado.

-¿Existe algún antídoto?; preguntó ella.

-Solo un sedante fuerte. Lamentablemente no hemos podido neutralizar el agente y la ciudad será evacuada; explicó el médico. -Por el momento usted no se preocupe y agradezca que la encontramos a tiempo.

-Descanse y permanezca en cama hasta que su cuerpo se haya limpiado de la toxina. Es una orden doctora; recalcó el doctor, indicando su insignia de oficial de ejército.

-Estoy muy cansada y solo deseo dormir; respondió Raquel llevándose el borde de su mano derecha a la sien y tendiéndose suavemente en su cama.

Las sombras ya se habían ido y no la atormentaban. Tras correr sin cesar hasta el límite de sus fuerzas, Raquel al fin pudo relajarse y cerrar sus ojos.

 

 

 

Mar de Ensueño 3 diciembre 2017

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Mar de Ensueño

-Permítanme darles la bienvenida; dijo el capitán a los ocho pasajeros que durante una semana disfrutarían del mar de Grecia a bordo de la goleta de lujo de 55 metros de largo.

-Esta es la mejor forma de pasar su luna de miel; dijo la azafata a Valeria y Cesar, mientras entregaba delicadas copas de champaña a los recién casados, a los padres de ambos ya los padrinos de la boda.

-Por favor todos sonrían; pidió el sobrecargo mientras sacaba algunas fotografías a los pasajeros y a los oficiales.

-Muchas gracias, son muy amables; respondió Valeria.

-Realmente los chicos fueron muy generosos al invitarnos a este viaje; comentó Susana  a Manuel.

-Aun no me acostumbro a que nuestra hija se haya casado; opinó Manuel.

El viento suave mecía suavemente la hermosa goleta, que navegaba en un mar azul oscuro y bajo un cielo intensamente del mismo color.

En la cubierta los ocho pasajeros disfrutaban del suave bamboleo y del tibio sol matinal, siempre atendidos por la gentil azafata y el atento sobrecargo.

-¿Cómo ve el viaje capitán?; preguntó el doctor en el puente de mando.

-Como se pronostica el clima para esta semana, va a ser un típico paseo y de lo único que nos deberemos encargar será entretener a este grupo de millonarios; respondió el capitán, acostumbrado a esa rutina.

Como era de costumbre el capitán acompañó en su mesa a la pareja de recién casados y a sus invitados.

-Tiene una magnífica nave capitán; comentó Rolando, el padre de  Cesar.

-Muchas gracias, en realidad es un placer gobernarla; respondió él.

-Brindemos por los novios; propuso Pablo alzando su copa.

-¡Por los novios!; contestaron todos con sus copas en alto.

-Muchas gracias mis amigos y familiares; dijo Cesar. -Gracias por estar aquí.

-¿Bromeas?; preguntó Jorge. -Ni loco me perdería un viaje en yate por las islas griegas.

Un suave silbido en la radio del capitán interrumpió la plática.

-Discúlpenme, pero debo atender este llamado; se excusó él.

-Por favor, adelante; autorizó Victoria, la acompañante de Rolando.

-¿Qué pasa?; preguntó por radio el capitán al marinero que estaba de guardia en el timón.

-Por favor venga al puente, señor; respondió el marinero sin dar detalles.

-Me debo excusar un instante, parta atender asuntos rutinarios del barco; se disculpó el capitán al momento de ponerse de pie.

-Comprendemos; respondió Manuel. -Siempre es importante mostrar la cabeza mandante a los subalternos.

-Con su permiso señoras; respondió el marino dando la vuelta y dirigiéndose al puente.

-¿De qué se trata?; preguntó el oficial al marinero.

-Acabo de divisar un bote salvavidas a la deriva, señor; respondió éste.

-Dirijámonos hacia él; ordenó el capitán, recordando su deber de siempre prestar ayuda en altamar.

A los pocos minutos la goleta se colocó suavemente junto a un bote de goma en el cual yacía una mujer inconsciente.

-Aún  está con viva. Llévenla a la enfermería; ordenó el doctor a dos marineros.

-¿Ocurre algo capitán?; preguntó Cesar al ver que transportaban en camilla a una mujer.

-Encontramos a esta mujer a la deriva en un bote, inconsciente, sin agua ni comida; explicó el capitán. -La rescatamos como corresponde y como lo ordenan las leyes de los marinos.

-Tiene toda la razón capitán; apoyó Manuel. -Yo soy marino jubilado de la armada y ese es un deber sagrado. Personalmente participé en varias misiones de rescate.

-Por favor querido, no creo que el señor capitán tenga tiempo para escuchar historias de la época de los barcos a remos; le interrumpió riendo Susana.

-Para que sepas serví en una fragata de combate; le respondió orgulloso su marido.

-Para mí será un honor intercambiar experiencias con un viejo lobo de mar; dijo el capitán.

-Ves querida, entre marineros nos entendemos; contestó triunfante Manuel.

El doctor terminaba de conectar una bolsa de suero a la mujer cuando golpearon la puerta.

-Adelante capitán; respondió el médico.

-¿Cómo supo que era yo?; preguntó éste.

-En diez años trabajando juntos he aprendido a reconocer su forma de tocar; contestó el doctor.

-¿Cómo se encuentra nuestra inesperada visita?; preguntó el capitán.

-Muestra signos de deshidratación, desnutrición e insolación; explicó el médico. -Aparentemente llevaba varios días a la deriva. En todo caso con el suero que le apliqué, en unas cuantas horas estará mucho mejor.

-Me comuniqué con la autoridad marítima y dicen que nosotros evaluemos si la víctima requiere atención de urgencia; informó el capitán.

-No lo creo necesario; opinó el médico. -Mire, ya recobra la consciencia.

-¿Dónde estoy?; preguntó con voz débil la mujer, intentando sentarse.

-Con calma; aconsejó el doctor. -La rescatamos hace poco en un bote salvavidas. Aún está débil. 

-Está a bordo de la goleta  Poseidón; le dijo el capitán. -¿Puede indicarnos qué ocurrió?

-Paseábamos unos amigos y yo en un yate. Se produjo una pelea bajo la cubierta; se derramó combustible y hubo una explosión. -No alcanzamos a pedir auxilio; solo yo logré escapar arrojándome al agua. Uno de los botes salvavidas no se quemó y me afirmé de él. Como pude logré inflarlo; explicó la mujer.

-Es una verdadera suerte; opinó el médico.

-¿Hace cuánto que ocurrió esto?; preguntó el capitán.

-No lo sé. Estuve varios días flotando sin saber que hacer; explicó la mujer. -Luego comencé a sentir mucho sueño y me dormí y ahora despierto aquí.

-Realmente es un milagro señorita…; opinó en forma suspensiva el capitán, esperando  que la mujer se identificase.

-Juana, Juana Beltrán; respondió ella.

-Encantado señorita Beltrán; saludó el doctor, que estaba más que extasiado por la perfecta belleza de ella, cuyo cuerpo además era proporcionalmente ideal, ni que hubiese sido un maniquí hecho a mano.

-¿Cuál es su opinión profesional doctor?; preguntó el capitán.

-La señorita necesita descansar, pero no se requiere atención médica especializada, ni de urgencia; respondió el médico. -Cuando regresemos a puerto podemos llevarla con las autoridades.

-Me sorprende que nadie se haya enterado antes; opinó el capitán.

-Todo pasó muy rápido; comentó ella.

-Fue una suerte que nosotros pasásemos cerca; observó el doctor.

-Es cierto; el mar es tan grande que nadie la habría encontrado, si tan solo hubiésemos estado a un grado de distancia; meditó el capitán.

-Bueno, mi paciente necesita descansar; cortó el médico.

-¿Cómo se encuentra la muchacha?; preguntó Valeria.

-Se recupera en la enfermería; respondió el capitán. -Quisiera disculparme por todas las molestias que este suceso está provocando. Si lo desean podemos dirigirnos inmediatamente a puerto, para que alguien más se haga cargo de la señorita Beltrán y ustedes puedan continuar con sus vacaciones sin ninguna preocupación.

-Oh no se preocupe capitán, no es ninguna molestia; consintió Valeria.        -Además, será agradable poder hablar con una chica de mi misma edad.

-Es usted muy generosa señora Valeria; opinó el marino.

El sobrecargo quedó de una pieza al entrar a la enfermería y ver a la mujer sentada en la camilla, cubierta con una bata que dejaba ver mucho.

-Disculpe señorita; se excusó el marinero. -Olvidé que estaba usted aquí.

-Vamos a tener que hacer algo para que no lo olvide de nuevo; dijo ella acariciando la mejilla de él.

Por un momento el sobrecargo perdió consciencia de todo cuanto lo rodeaba, excepto del rostro que lo observaba y de esa fugaz caricia.

-Qué bueno que lo encuentro; dijo el médico al entrar a la enfermería. -Hey, le estoy hablando; insistió el doctor. 

-Perdón doctor, creo que no lo escuché entrar; se disculpó el sobrecargo.

-Sí, ya me di cuenta; contestó el médico, al posarse su mirada en el pecho de la mujer que subía y bajaba rítmicamente.

-Aun no le he dado las gracias por salvarme; dijo ella con voz cautivadora al doctor, a la vez que acariciaba su mejilla.

-No es nada, contestó el médico después de un lapso de tiempo que no sabía si había sido largo o corto.

-¿Cómo se siente Juana?; preguntó el médico.

-Mucho mejor ya, gracias doctor; respondió ella. -Pero como estuve muchos días en ese bote salvavidas, sin poder moverme, me gustaría caminar un rato para estirar las piernas.

-Sí, adelante; consintió el doctor. -No veo ningún inconveniente en ello.

La mujer fue acompañada por el doctor y el sobrecargo. Sus caderas se contorneaban sugerentemente a cada paso que daba.

En la cubierta Cesar conversaba animadamente con Pablo, mientras que Victoria y Susana bebían un trago bajo un quitasol. Todos los hombres quedaron boquiabiertos ante la vista de la seductora mujer.

-Hola, veo que ya has vuelto al mundo de los vivos; le dijo Valeria tendiéndole la mano para saludarla. -Mi nombre es Valeria.

-Encantada, yo soy Juana; contestó la mujer estrechándole la mano a su anfitriona, con una sonrisa y un extraño brillo en la mirada.

Una desagradable sensación recorrió a Valeria, pero prefirió no decir nada para no ser descortés. Mientras todos se acercaron para saludar a la extraña.

-Pero que criatura más encantadora; comentó Manuel, no pudiendo evitar admirar las perturbadoras curvas de la mujer.

-¡Papá! ¿Qué va a pensar nuestra invitada?; lo reprendió Valeria.

-Es usted un galán; respondió ella coquetamente.

-Disculpa al fresco de mi marido; dijo Susana para no quedar como una tonta.

-No hay cuidado; contestó Juana.

-Debes estar muy acostumbrada a que todos admiren tu belleza; agregó Pablo.

-¿Desde cuándo puedes ver la belleza de una mujer?; preguntó Jorge arqueando las cejas.

-Encantado le mostraré todo el barco; le ofreció el capitán.

-Es usted muy amable; respondió Juana.

-Entonces vamos; agregó el oficial tendiéndole un brazo.

Todos los hombres siguieron con la mirada a la mujer.

-Es un lindo barco capitán; observó ella.

-Gracias, es toda una belleza; aceptó él.

-¿Y se mueve solo con velas?; preguntó Juana.

-Claro que no. También posee un motor que se usa cuando no hay viento; explicó el marino.

-¡Vaya hombres!; exclamó Susana mirándolos a todos. -Se vuelven locos apenas una joven les mueve el trasero.

-Hay algo en ella que me da mala espina. Es una sensación difícil de explicar; agregó Valeria.

-Lo sé querida, se llama celos; opinó Victoria.

-En todo caso no es su culpa que sea tan atractiva; comentó Jorge.

-¿No me digas a que a ti también te gusta?; preguntó Susana.

-¡Guacala!, no; respondió él. -No me imagino junto a una mujer. Aunque si yo fuera heterosexual, de seguro me gustaría.

Susana no podía dormir bien, así es que se levantó para salir a tomar un poco de aire fresco, acompañada de un generoso vaso de whisky.

Apoyada en la baranda de la borda del barco se puso a mirar la estela luminosa que éste dejaba tras sí; era una posición bastante arriesgada, sobre todo con unos cuantos vasos en el cuerpo. Susana nada pudo hacer para afirmarse cuando una mano la empujó fuerte por la espalda, haciéndola caer por la borda.

Sin que nadie se percatara abordo, la embarcación se alejó de la mujer, dejándola mareada en medio del mar. El terror se apoderó de ella cuando sintió que algo rozaba sus piernas y varias aletas puntiagudas comenzaron a formar un círculo a su alrededor. El ataque de los tiburones hizo desaparecer todo rastro del cuerpo de la mujer.

Al otro día al desayuno todos echaron de menos a Susana.

-¿Papá has visto a la mamá?; preguntó Valeria.

-Yo pensé que estaba contigo; contestó él.

-La verdad es que yo tampoco la he visto; intervino Victoria.

-Ni yo; agregó Pablo.

-Mejor avisemos al capitán; sugirió Cesar.

-¿Ocurre algo?; preguntó el aludido, que justo entraba al comedor, acompañado de Juana y el doctor.

-No sabemos dónde está mi madre; le informó nerviosa Valeria.

-La buscaremos por toda la nave. Debe estar en alguna de las dependencias; pensó que la señora tal vez estaba teniendo alguna aventura con uno de sus marineros. -Detengan el barco; ordenó por radio al timonel.

Tras revisar todo el barco, la preocupación en Valeria se convirtió en miedo; su madre no estaba a bordo y no faltaba ningún bote salvavidas. En la cubierta el doctor se agachó para recoger un vaso tirado junto a la borda.

-Capitán, mire esto; dijo el médico indicando el vaso que aún tenía restos de whisky.

Ambos oficiales se miraron mutuamente, pues sabían lo que eso implicaba. La mujer borracha debía haber perdido el equilibrio y de alguna forma caído por la borda.

-Don Manuel, señora Valeria; habló lentamente el capitán. -Me temo que la señora Susana no se encuentra abordo.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó alarmada Valeria.

-La señora ayer bebió demasiado y tarde anoche, mientras todos dormíamos, debe haber salido a la cubierta; supuso el médico. -Pensamos que perdió el equilibrio y cayó por la borda.

-¡Mamá!; exclamó Valeria al momento de caer desmayada.

-Lo siento mucho Don Manuel, dijo el capitán dándole su pésame.

Todos se volvieron cuando escucharon que Juana estaba canturreando algo.

-Discúlpenme, no quise ser indolente, ni irrespetuosa de su pérdida, pero así calmo mis nervios; se excusó la mujer.

-Muchas gracias capitán; dijo Manuel estrechándole la mano. -Mi esposa bebía más de la cuenta a veces y bueno…, pasó lo más lamentable.

Ayudada por el doctor Valeria se puso de pie.

-¿Cómo pueden estar tan tranquilos?; preguntó a todos.

La única que lloraba aparte de Valeria era Victoria, pero en cambio los hombres se veían muy calmados.

-Hija, no hay nada que hacer al respecto; contestó Manuel. -Tu madre se ha ido.

-¡Qué vergüenza!; exclamó Victoria tomando del hombro a Valeria y llevándola a su camarote.

-¡Victoria!, cálmate; le dijo Rolando mientras se alejaba consolando a Valeria.

-Lo siento mucho; dijo él a Manuel.

-Gracias, así es la vida; contestó éste.

-Señora Valeria, cuente conmigo para lo que sea; le ofreció la azafata, que le llevó un agua de hierbas para que se relajara un poco.

-¿Pero qué le ocurre a estos hombres?; preguntó Victoria.

-Es esa mujer. Desde que llegó todos andan como idiotas; comentó Valeria.

La azafata miró meditativa hacia el pasillo de la goleta. A ella también le parecía que sus compañeros estaban actuando en forma rara.

Todo el día Valeria estuvo encerrada llorando en su camarote. Ya en la noche salió un rato a la cubierta. Un chapoteo en el agua llamó su atención y poco después escuchó la voz de su madre que la llamaba.

-¿Mamá?; preguntó corriendo hacia la borda.

 En una visión fugaz le pareció ver a una mujer en el agua, pero esta se sumergió; claramente vio una gran cola de pez que golpeaba la superficie. Sorprendida se acercó más a la baranda para ver mejor, justo cuando una figura difusa saltaba del agua y la arrastraba con ella bajo la superficie.

La espuma que se formó se disolvió rápidamente, no quedando rastros del rapto de Valeria. Se escuchó nuevamente el chapoteo de algo golpeando el agua y luego nada.

El camarote estaba cerrado con llave, así es que Cesar se fue a dormir a otro, para no molestar a su esposa.

-¿Victoria, cómo amaneció Valeria?; preguntó Cesar a la amiga de su padre.

-¿Acaso no durmieron juntos?; preguntó extrañada ella.

-No. Tenía la puerta cerrada con llave, así es que la dejé tranquila y yo dormí en otro; contestó él.

-No la he visto aun; respondió la mujer. -Voy a ver cómo sigue.

Victoria caminó sin poder entender por qué eran tan fríos los hombres.

-Valeria, ¿estás bien?; preguntó ella al encontrar la puerta del camarote cerrada. Preocupada fue hasta el camarote de la azafata para que le abriera la puerta.

-¿Qué ocurre señora Victoria?; preguntó la azafata.

-¿Por favor podría abrirme la puerta del camarote de Valeria?; pidió Victoria. -Está  cerrado con llave y deseo ver como sigue mi nuera.

-Por supuesto, vamos; respondió la azafata.

Antes de cometer un error que le podría costar el trabajo, la azafata golpeó la puerta antes de abrirla.

-¿Se encuentra bien señora Valeria?; preguntó la joven a través de la puerta cerrada. Como nadie respondió, decidió usar su llave maestra y abrió el camarote.

Ante las dos mujeres se mostró un cuarto vacío que desconcertó a ambas.

¡Capitán!; gritó Victoria. -Valeria no aparece por ningún lado.

-Es cierto señor; afirmó la azafata.

-Por favor mantén la calma; le pidió Rolando. -La encontraremos.

Después de que revisaron el barco de punta a punta, se dieron cuenta de que ella ya no estaba a bordo.

-La señora Valeria estaba muy afectada por la muerte de su madre; meditó el doctor. -Me temo que perdió la razón y…

-Es una lástima, comentó Cesar. -No pudo con su pena.

-¡Es tu esposa!, ¿eso es lo único que piensas decir?; gritó Victoria a su hijastro.

-¡Capitán!, volvemos a puerto; ordenó furiosa la mujer. -Las autoridades se encargarán.

-Creo que tiene razón señora; respondió el capitán. -Timonel, a toda marcha al puerto.

La goleta enfiló su proa hacia tierra para dar cuenta a las autoridades de los hechos acontecidos en los últimos días. Impulsándose con su motor a toda potencia, la nave en vez de acercarse a esta, se alejaba más de ella.

-Timonel, le ordené dirigirse al puerto; le llamó la atención el capitán, al darse cuenta que no llevaban el rumbo correcto.

-Hacia allá vamos capitán; contestó éste sin dejar de mirar la pantalla de radar. -Mire, en el radar se divisa la costa.

-Es cierto, disculpe, se excusó el capitán. -Siga ese rumbo; dijo al ver él también el borde de tierra en la pantalla de radar.

Sin embargo el radar solo indicaba mar abierto, mientras que la ecosonda mostraba una capa delgada flotando un poco más adelante. En la cubierta Juana canturreaba una hermosa melodía.

Tan consternados estaban todos que nadie notó la escolta que acompañaba a la goleta en su navegar.

La azafata se detuvo en el marco de una escotilla al escuchar conversar a los hombres en cubierta.

-Miren; dijo Cesar indicando con la mano. -Ya se ve el puerto.

-Es cierto; confirmó Manuel. -Llegaremos en unos cuantos minutos.

Sin embargo la azafata solo veía mar abierto frente a ellos. Lo que más le llamó la atención fue que el canturreo de Juana se había vuelto más intenso. Movida por su curiosidad, con su teléfono celular trató de grabar esa extraña escena.

Victoria llegó furiosa junto a los demás.

-¿Hacia dónde nos dirigimos?; preguntó indignada. -Se supone que debíamos volver al puerto.

-Pero si ya estamos por llegar; le respondió Rolando, apuntando hacia el mar abierto.

-¿Acaso te volviste loco?; ahí no hay nada más que agua; observó ella.

La azafata que seguía grabando todo oculta, vio como Juana se aproximó lentamente a Victoria, abriendo grande su boca y dejando ver una serie de delgados y afilados dientes agudos como agujas.

-¡Aléjese de mí!; gritó Victoria cuando Juana la tomó por los hombros y la acercó a la borda.

A pesar de forcejear con fuerza con su atacante, Victoria no pudo impedir ser lanzada al agua, donde varias manos y grandes aletas la sujetaron y arrastraron al fondo.

Aterrada la azafata se alejó tratando de hacer el menor ruido posible para que la extraña mujer no la descubriese. En su desesperada huida raspó su mano en un borde cortante de una placa de lata; apretando los dientes retuvo el grito de dolor que eso le produjo. Sin saber qué hacer, la joven se encerró con llave en su camarote.

Después de un rato indeterminado, la goleta se estremeció desde la proa hasta la popa, como si fuese una gran ballena herida. Sobresaltada la azafata salió corriendo hacia el puente de mando.

-¿Qué pasó capitán?; preguntó asustada.

-Parece que nos enredamos en sargazos; respondió él. -Pero no importa, mire estamos a una cuadra del puerto.

La joven solo veía mar abierto a su alrededor. Cerca Juana entonaba una dulce canción que todos los hombres abordo acudieron a escuchar. Varias voces más se unieron en un extraño coro. Decenas de mujeres con cola de pez asomaban su torso por sobre la superficie, tendiendo sus brazos hacia la goleta.

Mientras corría hacia su camarote, con el teléfono celular en la mano, vio como uno a uno todos los hombres saltaron por la borda, hacia los brazos y las fauces hambrientas de las criaturas.

-¡Sirenas!; exclamó corriendo la joven. -Esto no puede ser real.

Como pudo cerró la puerta y buscó algo con que defenderse, pero no tenía nada que pudiese servir como un arma. El picaporte de la puerta comenzó a girar lentamente, mientras ella apoyaba su cuerpo para impedir que ésta se abriese; pero quien empujaba desde el otro lado tenía mucha más fuerza que ella  y sus pies resbalaron sobre el piso de madera.

Juana la sujetó de los hombros y la joven pudo ver su aterradora sonrisa, llena de cuchillos afilados. Trató de soltarse, pero un puñetazo en la cara la privó de sentido. Arrastrándola de un brazo, la mujer llevó a la azafata a la cubierta y una vez allá, sin ningún esfuerzo la levantó y arrojó al mar, donde como pirañas las sirenas se abalanzaron sobre ella. Una roja espuma cubrió la superficie del agua, hasta que después de un  rato no quedaba ni rastros, ni un testigo que pudiese relatar tan extraños y macabros acontecimientos.

Con sus cincuenta metros de largo, la veloz lancha Olimpia llevaba a cabo su rutinario patrullaje entre las islas.

Afortunadamente en ningún momento había requerido hacer uso de su poderoso armamento en combate; no obstante, la Teniente Adriana Dimitreas sentía un creciente orgullo en su pecho cada vez que subía a bordo. En numerosas ocasiones su padre, el Almirante Aquiles Dimitreas le había ofrecido transferirla a un “barco de verdad”, pero ella siempre se había opuesto, porque debía “flotar por sí misma”, como ella decía. No le importaba que todos los días solo se preocupara de vigilar las costas de las islas como si fuese un simple policía; ese era su barco y ella lo amaba.

Y ahí estaba otro velero de millonarios, disfrutando de la belleza de las islas griegas. El timonel bajó la velocidad y se acercó despacio a la elegante goleta Poseidón y la saludó con su bocina; como no recibió respuesta del yate, volvió a insistir, sin que la otra nave contestase.

-No se ve nadie en la cubierta; observó la Teniente Dimitreas, viendo por binoculares. -Intentemos por radio; sugirió la oficial revisando un libro con las frecuencias de las distintas embarcaciones.

-Goleta Poseidón, aquí patrulla Olimpia, cambio; llamó la teniente. A través de la radio solo se escuchaba estática. -¿Goleta Poseidón, necesitan ayuda?; insistió la oficial.

-¿Ocurre algo teniente?; preguntó el capitán entrando al puente.

-La goleta Poseidón no contesta nuestro saludo, ni la radio, señor;  informó la oficial al capitán. -Tampoco se ve a nadie en su cubierta.

-Puede que estén todos borrachos abajo, pero igual vaya con unos cuantos hombres a verificar teniente; ordenó el capitán.

-Muy bien señor; respondió la teniente.

A los pocos minutos un bote zodiac con la Teniente Dimitreas y cuatro marineros se detenía junto a la goleta.

-Revisen todo el yate; ordenó la oficial a sus hombres.

A simple vista no se veía nadie en la cubierta; el puente estaba vacío y la goleta navegaba a la deriva. El motor estaba apagado y el barco se movía con sus velas infladas por un suave viento.

La tripulación y los pasajeros no estaban a bordo. El primer pensamiento que cruzó por la mente de la Teniente Dimitreas, fue que habían sido víctimas del ataque de piratas.

Luego de revisarlos camarotes desechó esa primera suposición. En varios la teniente encontró joyas y dinero, así como otros artículos de valor.

Con todos los botes sin arriar y los chalecos salvavidas aun colgados en sus ganchos, sin signos de violencia o lucha, era como si los ocupantes de la goleta se hubiesen esfumado sin dejar rastro.

-Teniente; llamó por radio un marinero; -No hemos encontrado a nadie a bordo.

-Muy bien, recojan las bitácoras; ordenó la oficial, mientras revisaba el camarote de la azafata.

-Teniente, hay una mujer en la enfermería; informó otro marinero. -Está inconsciente pero aún con vida.

-Muy bien, llevémosla a bordo de la Olimpia; ordenó la oficial.

Cuando la Teniente Dimitreas estaba por salir del camarote, una mancha de sangre en el diario de vida de la azafata atrajo su atención, así es que decidió llevarlo consigo.

-Nos retiramos; avisó por radio a la lancha.

-Lancen el ancla para que este barco no siga derivando y vaya a provocar un accidente; ordenó a uno de los marineros. -Después avisaremos para que un remolcador venga a buscarlo.

-Capitán llevamos a una mujer inconsciente; informó la teniente a su superior. -Por otro lado, el resto de los ocupantes ha desaparecido sin dejar huellas; es como si hubiesen saltado por la borda.

-¿Cree que es un acto de piratería, teniente?; preguntó el capitán.

-Negativo señor, encontré varias joyas y dinero; respondió ella.

-¿Qué opina al respecto?; insistió el oficial.

-No falta ningún bote ni chaleco salvavidas; es como si todos se hubiesen hecho humo; respondió la Teniente Dimitreas. -Después de revisar los libros de bitácora puede que sepamos qué es lo que pasó.

El oficial médico estaba al tanto y tenía todo listo para recibir a la sobreviviente de la goleta Poseidón.

-¿Ocurre algo doctor?; preguntó la teniente al ver la expresión que éste puso al ver a la mujer.

-No ocurre nada comandante; respondió el médico. -Es solo que es tan hermosa que es perturbadora.

-Trate de que pueda contestar algunas preguntas antes de regresar a la base; pidió la oficial. -Ella es la única persona que nos puede decir qué pasó con los ocupantes de ese yate.

-Pase en media hora a la enfermería teniente; aceptó el doctor.

-Gracias doctor, mientras voy a revisar la bitácora del Poseidón; dijo la Teniente Dimitreas.

-¿Perdón cómo dijo?; preguntó el médico ajustando su audífono.

-¿Aún no se acostumbra?; preguntó la teniente. -Le dije que voy a revisar la bitácora del Poseidón.

La explosión de una bomba de sonido había dañado uno de los oídos del médico de la Olimpia, por lo cual necesitaba usar audífono para escuchar bien y a veces olvidaba conectarlo.

-¿Qué ocurre?; preguntó la Teniente Dimitreas al entrar al puente y ver al capitán intentando comunicarse por radio.

-Aquí lancha Olimpia, cambio. Aquí Olimpia, cambio; insistía el oficial.

-La radio no funciona; comunicó el capitán a la teniente.

-El GPS y el radar también están fallando señor; informó el timonel. -¿Qué está ocurriendo señor?

-Probablemente hemos caído en un campo magnético; opinó la Comandante Dimitreas.

-La comandante tiene razón señor; observó el timonel viendo como la brújula giraba vuelta loca.

-Sáquenos de aquí; ordenó la oficial.

-Enseguida señora; obedeció el marinero.

Para poder salir de la zona con el molesto campo magnético, la lancha debió internarse mar adentro.

-Los sistemas de navegación funcionan normalmente de nuevo, pero la radio está muerta; informó el timonel.

-Que el ingeniero la revise; ordenó el capitán.

-Voy a la enfermería a ver a la mujer del Poseidón; avisó la teniente.

-Comandante Dimitreas; la llamó el capitán. -Trate de relajarse un poco.

-En cuanto volvamos a la base, señor; respondió la oficial.

-Va a ser muy buena capitán de navío; pensó para sí el capitán.

-Adelante teniente; dijo el doctor cuando la vio llegar a la enfermería. -La señorita Juana Beltrán acaba de despertar.

-Buenas tardes, soy la Teniente Adriana Dimitreas, de la Armada de Grecia; la saludó la oficial dándole la mano.

-Mi nombre es Juana Beltrán; respondió la mujer estrechándole la mano.

Una desagradable sensación que no pudo explicar incomodó a Adriana.

-Necesito hacerle unas preguntas respecto a los acontecimientos previos a su rescate de la goleta Poseidón; explicó la teniente.

-Es todo muy confuso pero trataré de ayudarle lo mejor que pueda; respondió la mujer.

-Encontramos el Poseidón flotando a la deriva, sin más ocupantes que usted; contó la oficial. -Según nuestros registros viajaba con diez tripulantes y ocho pasajeros, entre los cuales no figura usted.

-Originalmente yo estaba en un yate con unos amigos; hubo un accidente y éste se hundió. Yo logré sobrevivir unos cuantos días en una balsa salvavidas; explicó la mujer. -Otro yate me encontró y rescató; como yo estaba inconsciente me llevaron a la enfermería.

-¿Sabe qué ocurrió a bordo del Poseidón?; preguntó la teniente.

-Me levanté al otro día; continuó la mujer. -Pero como me había insolado demasiado me afiebré, así es que el médico me ordenó acostarme nuevamente. La fiebre aumentó y ya no recuerdo nada más hasta que desperté aquí.

-Entiendo; asintió la teniente. -Si recuerda algo más avíseme.

-¿Qué opina doctor?; preguntó Adriana.

-Su estado de salud coincide don su relato, comandante; observó el médico. -Presenta deshidratación, desnutrición y quemaduras solares, coincidentes con un naufragio.

-¿No le parece demasiada coincidencia que haya estado presente en dos incidentes distintos y sea la única sobreviviente en ambos?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-Para mí es solo mala suerte por un lado y buena por otro, por lograr salvarse; opinó el doctor, mientras la mujer canturreaba una melodía en la enfermería.

-¿Teniente, cómo se encuentra nuestra pasajera?; preguntó el capitán en el puente.

-Ya despertó, pero asegura no saber nada sobre lo ocurrido a bordo del Poseidón, por haber estado sedada en la enfermería. Lo más extraño es que ella fue la única sobreviviente de un naufragio y el  Poseidón la encontró a la deriva y la rescató; informó la Teniente Dimitreas.

-¿Demasiada coincidencia para usted?; quiso saber el capitán. -¿Qué dice la bitácora de la goleta Poseidón?

-Con la falla de los equipos de navegación aún no he tenido tiempo de revisarla señor; se excusó la teniente. -Ese campo magnético nos tomó por sorpresa.

-Lo sé comandante, a mí también me llama la atención que no nos hubiésemos topado con él en otras ocasiones; comentó el capitán. -¿Algo más que informar?

-La radio fue reparada pero no capta ni emite señales; informó la oficial. -El ingeniero opina que deberíamos poder comunicarnos y no sabe porque no lo logramos.

-Permiso para ingresar al puente; pidió el médico acompañado de la mujer.

-Capitán, quería agradecerle por haberme rescatado; dijo Juana.

-Es parte de nuestro deber señorita; contestó el oficial.

-Espero que yo no esté interrumpiendo una importante misión; comentó ella.

-Nuestra misión es ayudar a quien lo necesite en el mar; agregó el capitán.

-Igualmente quisiera expresarle mi agradecimiento; insistió ella.

 Mirando hacia la proa de la lancha la mujer comenzó a tararear una hermosa melodía.

-Capitán, tengo el puerto en el radar ya; dijo el timonel mirando la pantalla.

-Es cierto, asintió el capitán, viendo la línea costera claramente dibujada en la pantalla de radar.

-Magnífico; opinó el doctor. -Quiero cambiar este maldito aparato; dijo quitándose un momento su audífono que se le había desconectado. Inmediatamente la visión que el médico tenía cambió ante sus ojos, en la pantalla pudo ver que el radar solo mostraba agua y más agua. No se veía ninguna tierra en varias millas a la redonda, la lancha navegaba en mar abierto. Intrigado se puso nuevamente su audífono y pudo escuchar nuevamente a la mujer canturrear; en seguida volvió a ver la línea costera en el radar. Sin sacárselo lo apagó y para su sorpresa la imagen en la pantalla volvió a cambiar, desapareciendo la línea que marcaba la costa donde estaba el puerto.

La Teniente Dimitreas y el doctor se miraron mutuamente y cada uno vio la expresión de estupefacción en el rostro del otro. La mujer seguía entonando su dulce canto.

-Comandante, ya es hora de que le cambie el vendaje de su brazo; le recordó el doctor a la teniente.

-¿Está herida teniente?; preguntó el capitán.

-Es solo un rasguñó sin importancia; opinó ella.

-Eso lo decido yo comandante; intervino el médico. -Usted hace bien su trabajo que yo haré bien el mío.

-Como ordene doctor; obedeció la teniente. -Vamos a la enfermería.

Sin decir ni una palabra los dos caminaron rumbo a la enfermería de la lancha, una vez allí el doctor cerró la puerta con llave.

-¿Se dio cuenta de que estamos navegando en alta mar?; preguntó la Comandante Dimitreas.

-Lo sé, aunque yo también vi la línea costera en la pantalla de radar; contestó el médico. -Al menos mientras tuve encendido el audífono, después solo vi agua a varias millas a la redonda.

-Yo en ningún momento vi tierra doctor; comentó la teniente.

-¿Qué piensa que ocurrió en el puente comandante?; preguntó el médico.

-Usted es el doctor, usted dígame; respondió ella.

-Comenzamos a ver la tierra cuando la señorita Beltrán comenzó a cantar y personalmente yo dejé de verla cuando se me apagó el audífono y no podía escucharla; recordó el médico. -Lo que haya sido a usted no la afectó.

-¿Está insinuando que ella los hipnotizó con su canto?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-¿Ha escuchado alguna vez hablar de las sirenas?; preguntó el doctor.

-Todos los marinos hemos oído de las sirenas; contestó la oficial. -Pero son solo mitos.

-¿Y si realmente existieran?; insistió el médico.

-Si realmente existieran habría pruebas de ello; negó la teniente.

-Usted me pidió mi opinión comandante; respondió serio el doctor. -Y mi opinión es que esa mujer puede inducir un estado hipnótico e ilusiones con su canto.

-Es mejor que revise ahora la bitácora del Poseidón; meditó la teniente.

-Olvida algo comandante; dijo el doctor tomando un rollo de venda para envolver el brazo de Adriana.

-Es verdad; respondió ella guiñándole un ojo al médico. -Por un minuto olvidé que estoy herida.

El marinero Alexander Artemis era uno de los hombres más experimentados del cuerpo de patrulleras. Heredero de una larga dinastía de marinos, conocía casi todos los secretos del mar; con un carácter de hierro, no se inmutó ni siquiera cuando fue degradado desde teniente a marinero de primera, por golpear a un almirante. Absolutamente leal a la Teniente Dimitreas, nadie esperaría que la traicionara, o viceversa.

Como de costumbre Artemis recorrió toda la cubierta de la Olimpia y luego encendió un cigarrillo. El suave canto de una mujer lo condujo a una época muy lejana en su niñez. Las volutas de humo formaban figuras que lo hacían sonreír. Después de un rato apagó su cigarrillo y se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, para nunca más salir.

La bitácora del Poseidón no daba ninguna pista de lo ocurrido abordo con su tripulación y pasajeros. La Teniente Dimitreas se preparó una taza de café para disponerse a ver el diario de la azafata.

-“Otro viaje más y pronto me tomaré vacaciones. Esta vez se trata de una luna de miel con ocho pasajeros”.

-“El clima está magnífico. Este será un viaje muy tranquilo”.

-“Hoy hemos encontrado a una mujer sobreviviente en una balsa. Es joven y muy hermosa; todos los hombres andan “locos” por ella, pero algo tiene que me inquieta”.

-“La madre de la novia no se encuentra abordo; aparentemente bebió más de la cuenta y perdió el equilibrio, cayendo por la borda”.

-“La novia también ha desaparecido. Parece que no pudo sobrellevar la muerte de su madre y decidió poner fin a su vida”.

-“Los hombres se están portando muy raros. A ninguno parece importarle la muerte de ambas pasajeras”.

-“La madrastra del novio ha ordenado volver a puerto. El barco se está internando mar adentro”.

-“El timonel y el capitán aseguran que estamos cerca de la costa, aunque no es así”.

-“Es extraño, todo comenzó cuando subió esa mujer abordo”.

-“Estoy segura de que nos sigue algo”.

-“La señora que queda de los pasajeros está indignada por la actitud de todos los hombres. La mujer no deja de cantar”.

-“La mujer ha atacado a la señora y la ha arrojado al mar. Estoy segura que vi que fue atacada por sirenas. No estoy loca. La mujer no es humana, al menos no como todos; sus dientes son muy afilados y tiene muchos, también tiene mucha fuerza”.

-“Estoy asustada. Todas las mujeres del barco, excepto yo, están muertas”.

-“Nos hemos detenido de golpe. Según el capitán nos enredamos en sargazos. Pero dice que no importa porque estamos muy cerca del puerto. Eso no es verdad; estamos en alta mar y no se divisa ninguna tierra cercana”.

-“La mujer está cantando muy fuerte. Los hombres están junto a ella escuchándola. Hay sirenas en el agua; muchas de ellas. Todos los hombres se han arrojado al mar”.

-“Me he escondido en mi camarote. Ella viene por mí y no tengo ningún arma con que defenderme. No quiero morir, la escucho por el pasillo. Está por entrar…”

Aquí terminan las anotaciones que dejó la azafata en su diario antes de morir.

La taza de café de la teniente se enfrió en su mano. Encendió un cigarrillo para meditar sobre lo que acababa de leer. Al pasar su mano por el forro del diario, notó que algo sobresalía. Con su cuchillo corto y encontró una tarjeta de memoria de celular. Sin pensarlo siquiera, encendió su computador portátil e introdujo la tarjeta.

El cigarrillo se cayó de su boca abierta al ver la serie de fotografías en la que la mujer aparecía arrojando a otra al agua y a varias sirenas atacándola; así como la boca llena de dientes agudos y afilados de ella. También había un video que mostraba a todos los hombres del Poseidón arrojándose por la borda, mientras la mujer entonaba un extraño canto.

-Demonios, esto no puede ser real; dijo Adriana Dimitreas poniéndose de pie y desenfundando su pistola.

Corriendo llegó al puente donde el capitán, el doctor y dos marinos más observaban la pantalla de una computadora. Cuando la oficial entró los dos marineros le apuntaron con sus armas y la desarmaron.

-Teniente Dimitreas, queda arrestada por el asesinato del marinero Alexander Artemis; dijo el capitán.

-Yo no he matado a nadie; se defendió ella.

-No puede negarlo teniente; insistió el capitán. -En este video captado por las cámaras de seguridad se ve el momento exacto en que usted lo golpeó y arrojó su cuerpo al agua.

En el video se veía claramente como el marinero, luego de fumar, se arrojaba solo al mar y no volvía a salir.

-El doctor puede confirmarlo también; comentó el capitán.

-No hay nada que decir teniente; dijo el médico, viendo como el marinero muerto se había suicidado sin motivos aparentes.

-Llévensela y enciérrenla en el calabozo; ordenó el capitán.

Los dos marineros condujeron a la prisionera a una celda, mientras se oía el canto de la mujer.

Adriana dejó caer algo al piso sin que sus guardias lo notaran. Haciendo el doctor como que se agachaba a abrocharse un zapato, lo recogió y guardó en su bolsillo. Era una pequeña tarjeta de memoria portátil.

Por suerte estaba aprendiendo a leer los labios, así es que nadie sospechaba que no estaba usando el audífono.

La teniente fue encerrada en uno de los calabozos; cuando uno de los guardias la iba a esposar, el médico lo detuvo.

-No sea ridículo, nadie puede salir de ahí solo.

De camino a la enfermería, el doctor pasó por el diario de la azafata del Poseidón y lo ocultó en uno de los bolsillos de su pantalón. Encerrado en la enfermería el médico vio los últimos minutos de vida de los ocupantes de la goleta. La lectura del diario solo confirmó sus sospechas.

-Las mujeres no son afectadas; concluyó el doctor. -Por eso se deshacen de ellas, para que no les estorben cuando van a apoderarse de los hombres.

-¡La Teniente Radamantes!; se acordó el doctor de la segunda ingeniera.      -Debo avisarle.

En la sala de máquinas Atenea Radamantes terminaba de hacer sus anotaciones en su bitácora, cuando vio que dos marineros, con una extraña mirada se acercaban a ella, uno con una gruesa llave de tuercas en la mano. El extraño canto se escuchaba claramente por los altoparlantes.

-¿Qué necesitan?; preguntó a sus subalternos.

-Debe acompañarnos teniente; dijo uno.

-¿Qué ocurre?; preguntó la oficial.

-Tenemos órdenes de escoltarla a la cubierta; contestó el otro marino.

-¿Quién lo ordenó?; preguntó la teniente, que ya se encontraba de pie.

-Solo acompáñenos; dijo uno de los marineros tomándola de un brazo.

Intuyendo que algo andaba muy mal, la oficial sujetó al marinero con su brazo libre y le asestó un duro rodillazo en el estómago, dejándolo tirado en el piso.

El otro echó mano a su puñal de combate y enfrentó a su superior.

-Baje el cuchillo marino; ordenó la Teniente Radamantes.

En vez de obedecer, el hombre lanzó unas cuantas estocadas al aire. Sujetándole la mano, ella logró que a su atacante se le cayera el arma; sin embargo, él logró zafarse de la llave. Aun desarmado el marinero se abalanzó contra la teniente; ante lo cual la oficial levantó su pierna todo lo que le permitía su metro ochenta, aplastando la suela de su bota en la cara del insubordinado marino. Un ruido tras ella la hizo volverse rápidamente, con su pistola en la mano.

-¡No dispare teniente!, estoy con  usted; dijo el médico entrando en la sala de máquinas.

-¿Qué está ocurriendo doctor?; preguntó la oficial.

-La nave está bajo el control de fuerzas hostiles; informó el médico. -Ahora debemos liberar a la Comandante Dimitreas.

-Pero ella asesinó al marinero Alexander Artemis; recordó la oficial.

-Le aseguro que ella es tan inocente como usted; afirmó el doctor. -Si usted hubiese ido con esos hombres, ahora estaría prisionera o muerta.

-Está bien, confiaré en usted; aceptó la teniente. -Pero dejemos encerrados a estos dos; dijo ella trancando  con una barra la puerta de la sala de máquinas.

La Teniente Dimitreas se paseaba como gata enjaulada, tratando de pensar como escapar de la celda. Al ver que la manilla de la puerta comenzaba a moverse, se ocultó  a un lado para atacar a los guardias y tratar de escapar. Cuando la puerta finalmente se abrió, la comandante sujetó por el cuello a la Teniente Radamantes, pero ésta con facilidad se soltó y la hizo volar por el aire.

-Vengo a liberarla comandante; le dijo la oficial tendiéndole la mano para ayudarla a pararse.

-Hola doctor; saludó Dimitreas desde el suelo.

-Hay un motín a bordo, señora; informó la teniente. -Mis hombres trataron de matarme.

-Un motín que involucra a todos los hombres excepto el doctor; observó Adriana.

-Metamos  a estos dos al calabozo; sugirió la Teniente Radamantes, indicando a los dos guardias que estaban tirados inconscientes.

-¿Alguna conclusión?; preguntó la comandante.

-Después de ver el video y el diario del Poseidón y los acontecimientos en esta nave, me da la impresión de que las sirenas no pueden controlar a las mujeres; dedujo el médico.

-Es por eso que intentaron deshacerse de nosotras primero; concluyó Dimitreas.

-¿De qué están hablando?; preguntó la ingeniero mientras le pasaba una pistola a la comandante.

-¿No le ha dicho nada de las sirenas?; preguntó Adriana.

-La verdad es que se me había olvidado; reconoció el médico.

-¿Es en serio?; preguntó la teniente.

-Claro que sí; contestó su superior. -¿Qué cree que es el canto que se escucha por toda la nave?

-El canto de las sirenas hipnotiza a los hombres que lo escuchan y éstas los obligan a arrojarse al mar para devorarlos; explicó el doctor. -Pero éste no afecta ni a las mujeres, ni a los hombres con sordera; agregó indicando su audífono.

-Es difícil de creer comandante; opinó la Teniente Radamantes. -Pero eso explicaría todo y ante la duda…, procedamos con cautela.

-No mate a ningún tripulante, si puede evitarlo teniente; ordenó la Teniente Dimitreas.

-No se preocupe comandante, pero no le aseguro que más de alguno no resultará herido.

-Por mí está bien; aceptó Adriana.

En eso la lancha se corcoveó entera.

-Parece que hemos encallado; opinó Atenea.

-¡Vamos!; ordenó la comandante.

Las dos mujeres seguidas por el doctor irrumpieron en el puente de mando, donde se hallaba el capitán junto con dos marineros. Sin embargo, la sirena no estaba en él.

-Tenientes, están cometiendo un motín. Si no se rinden serán fusiladas; dijo el capitán.

-El que será fusilado es usted señor; respondió la Teniente Radamantes al ver como tres tripulantes se lanzaban al agua y eran devorados por decenas de hambrientas sirenas que se lanzaron como pirañas sobre ellos.

-Por el acto de traición al entregar la nave a fuerzas enemigas, no velar por la seguridad de sus subalternos y no encontrarse mentalmente capacitado, lo destituyo del mando capitán; dijo la Teniente Comandante citando el reglamento.

La Teniente Radamantes salió a la cubierta justo a tiempo para impedir, mediante certeros disparos en las piernas, que dos marineros se lanzaran a las fauces de las voraces criaturas.

Un tercer hombre asomó por una escotilla y disparó contra la oficial, derribándola herida.

Uno de los hombres que acompañaba al capitán intentó disparar contra la Teniente Dimitreas, pero el doctor le vació en la cara el polvo de un extintor de incendios, oportunidad que Adriana aprovechó para desarmarlo y dejarlo sin sentido de un golpe, mientras el doctor golpeaba en la cara al otro marinero con el extintor.

El capitán intentó sacar su pistola pero Adriana le asestó una fuerte patada entre las piernas, dejándolo sin aire.

-Amárrelos doctor; ordenó la comandante mientras salía a ayudar a la Teniente Radamantes.

Uno de los marineros disparó contra la Teniente Dimitreas, pero ésta esquivó la bala. Sin embargo, al disparar ella no pudo apuntar bien y su bala dio en el pecho de su atacante.

-¡Doctor venga!; gritó la oficial.

-La Teniente Radamantes aún vive; observó el médico. -La bala le atravesó el hombro.

 -Este hombre está muerto; dijo cabizbajo el doctor, luego de revisar al marinero caído.

-Yo no quería; comentó triste la teniente.

-No fue su culpa comandante; comentó el médico para reconfortarla.            -Podría haber sido usted.

La extraña invasora de la lancha apareció en la cubierta y aumentó la fuerza de su canto.

-¡Mátela doctor!; ordenó la mujer.

Las manos del médico comenzaron a temblar y sin poder controlarse se inclinó y recogió una de las pistolas.

-Lo siento comandante; dijo el médico. -No puedo evitarlo; dijo apretando el gatillo.

La Teniente Dimitreas por un pelo alcanzó a hacerse a un lado, cayendo al suelo. Desde esa posición golpeó las piernas del doctor, botándolo de espaldas.

-Discúlpeme doctor; le pidió la oficial cuando le golpeó la cara con su bota.

Frustrada la sirena corrió hacia la teniente, que aún no se incorporaba, mostrando sus afilados dientes.

-¡Muere perra maldita!; gritó la Comandante Dimitreas, mientras vaciaba todo el cargador de su pistola en la criatura.

Dando un chillido la sirena cayó sobre la cubierta, luciendo su verdadera apariencia golpeó el piso con su gran cola antes de quedar completamente inmóvil.

La Teniente Radamantes recobró la consciencia y ayudó a la comandante a arrastrar al doctor hasta el puente, donde el capitán y los dos marineros estaban maniatados en un rincón.

-Amárralo a la mesa; ordenó la comandante a la teniente.

Al despertar el doctor ya había recobrado la consciencia, con un gran dolor en la mandíbula.

-Hayy, ¿con qué me pegaron?; preguntó el médico.

-Lo siento mucho doctor, pero tuve que patearlo para que no me baleara; respondió Adriana.

-¿Eso hice?, la verdad es que no lo recuerdo; comentó el doctor.

Las sirenas en el mar comenzaron a entonar un monótono y dulce canto, bajo cuyo influjo los hombres en la cubierta comenzaron a acercarse a la borda.

-¡Salgamos de aquí!; gritó el doctor, que se había metido algodón a sus oídos para que no llegara ni un sonido a  su cerebro.

La comandante encendió el motor y aceleró, pero la embarcación no se movió de su sitio.

-¿Qué pasa que no avanzamos?; preguntó la Teniente Radamantes.

-La hélice debe estar enredada en los sargazos; supuso la Teniente Dimitreas mientras aceleraba más, sin lograr nada.

En eso Atenea se percató de que los dos marineros  que ella había herido estaban por llegar a la borda para saltar por ella.

-¡Demonios!; exclamó, mientras salía corriendo por ellos.

Justo cuando uno estaba por saltar al agua, la teniente lo sujetó del cuello y lo arrojó al piso, dándole un puñetazo en la cara que lo dejó aturdido. Al otro lo detuvo con su bota en el pecho.

Desde su puesto en el puente, la Comandante Dimitreas vio como varias sirenas cambiaban sus colas por piernas para intentar abordar la lancha.

Con un gran dolor y sangrando mucho por su herida, Atenea intentaba arrastrar a los dos hombres inconscientes hasta el puente.

-Suélteme para ir a ayudarla comandante; pidió el doctor. -No va a poder salvarlos sola.

No muy convencida, la teniente cortó las amarras del médico.

-Vaya, pero trate de no prestarle atención a su canto; solicitó la oficial.

Tragando saliva el doctor llegó corriendo hasta donde estaba la mujer a punto de desmayarse mientras tiraba de los cuerpos. Entre ambos lograron meter a los marineros al puente.

-El motor no sirve; comunicó la Comandante Dimitreas. -Saldremos con las hidroturbinas.

-Atenea, control táctico; ordenó Adriana.

Antes de poder obedecer la Teniente Radamantes cayó desmayada.

-Va a tener que arreglársela sola Adriana; avisó el doctor, mientras se quitaba la camisa para improvisar un vendaje en el brazo de la oficial herida.

-¿Está…?; preguntó a medias la comandante.

-Solo desmayada; aclaró el doctor. -Apúrese están por abordarnos.

-Sujétese de lo que pueda; avisó la teniente, mientras empujaba el acelerador de las turbinas hasta el fondo.

La lancha de ataque rápido de Clase Mercurio impulsada por dos poderosos chorros de agua salió disparada a 60 nudos, soltándose de las ataduras de sargazo que la aprisionaban dejándola a merced de las voraces sirenas.

-¿Pero qué está haciendo?; preguntó el doctor alarmado cuando la comandante hizo virar en redondo, a toda velocidad la embarcación, volviendo sobre su estela.

Poniendo su mano en una placa, está se deslizó dejando a la vista un panel lleno de interruptores con seguro. Liberando cuatro la comandante aceleró más.

-Voy a despedirme de ellas; dijo al doctor pulsando cuatro botones.

A los costados de la lancha cuatro compuertas se abrieron, dejando a la vista las catapultas antisubmarinos, que lanzaron cuatro tambores al agua.

Las cargas de profundidad al estallar levantaron grandes columnas de agua, poniendo fin a la vida de las sirenas que se encontraban a un kilómetro a la redonda.

Apenas se acabó la influencia de las criaturas sobre los hombres, estos recuperaron la consciencia.

-¿Qué está ocurriendo comandante?; preguntó el capitán al encontrarse de pronto, sin saber cómo, ni por qué, maniatado en el suelo.

-Es una larga historia señor. Cuando estemos en aguas seguras se la contaré; contestó la Teniente Dimitreas enfilando la proa hacia el puerto.

Con ayuda del doctor la Teniente Radamantes se pudo poner de pie.

-Creo que ya todo está bien; comentó a la comandante.

-Y mi padre piensa que esta asignación es aburrida; opinó la Teniente Dimitreas.

Después de contar al capitán todo lo acontecido en los últimos días, los tres agotados oficiales fueron citados ante el alto mando naval.

El Almirante Dimitreas junto al resto del alto mando de la flota, presidía el tribunal militar que investigaba los acontecimientos en los que cinco marineros murieron y varios resultaron heridos.

Después de escuchar las declaraciones de la Comandante Adriana Dimitreas, de la Teniente Atenea Radamantes y el Doctor Ulises Arístides y revisar todas las bitácoras y videos disponibles, se encerraron a deliberar.

Dos largas horas tuvieron que aguardar los tres inculpados antes de que los hicieran entrar para escuchar las conclusiones del tribunal castrense.

-Este tribunal, después de revisar todas las pruebas y escuchar sus declaraciones ha concluido que los actos extremos en los que ustedes incurrieron, obedecen a circunstancias extraordinarias para las cuales nadie está preparado, ni ha sido entrenado al respecto. Por lo tanto, se levantan todos los cargos de amotinamiento y asesinato.

Por otro lado, por el curso de los acontecimientos y las decisiones tomadas no pueden permanecer por más tiempo prestando servicios a bordo de la Lancha Patrullera Olimpia.

-Pero Señor…; intentó protestar la Teniente Dimitreas.

-Guarde silencio que aún no hemos terminado teniente; ordenó el almirante.

-Doctor Ulises Arístides, en vista de su problema auditivo se le ordena usar en forma permanente audífonos; indicó el juez.

-No es muy severa mi disfunción auditiva; intervino el médico.

-El tema no está en discusión Comandante Médico Ulises Arístides; dijo el almirante fijando una estrella en la jineta del doctor.

-Teniente Atenea Radamantes, este tribunal ha decidido, en base a su historial de servicio y a su desempeño en los últimos acontecimientos, trasladarla a la Fragata de Clase G-105, Zeus, con el grado de Teniente Comandante en el cargo de Primer Oficial; dijo el alto oficial.

-Yo no sé qué decir  señor; contestó ella.

-No tiene nada que decir Comandante. La decisión de este tribunal es definitiva; sentenció el almirante.

-En cuanto a usted Teniente Comandante Adriana Dimitreas, su comportamiento da mucho que desear; dijo mirando duramente el almirante a su hija, quien bajó la vista. -Por su desempeño más allá de lo que exige el deber, demostrando iniciativa y capacidad de mando en situaciones de extrema complejidad, se le asciende al rango de Capitán de Fragata, para que asuma inmediatamente el mando de la nueva Fragata Zeus de la Armada Griega.

-Esta vez no tienes como librarte hija; le dijo el Almirante Dimitreas mientras le prendía su nueva insignia al uniforme.

-Este tribunal levanta su sesión; concluyó el almirante golpeando el escritorio con un martillo.

La impresionante Fragata Zeus, joya de la Armada Griega y una de las más modernas y poderosas naves de combate del mundo, avanzaba a toda marcha bajo el mando de sus tres comandantes, que vivieron y sobrevivieron para contar la experiencia más increíble del mar.

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación! 1 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación!

Los vehículos que llevaban el equipo de filmación y al elenco de la película llegaron temprano ese día, acabando con la quietud que siempre reinaba en el pueblo; pero no se detuvieron ahí, llegando hasta los límites del bosque en el que los productores habían decidido filmar la película en su totalidad. Había sido una apuesta a la suerte preferir usar ese lugar como un escenario natural y prescindir de los foros artificiales. Sin embargo, no era la primera vez que se hacía algo así, pero la producción no debía parecerse en nada a las ordinarieces de “películas reales”, filmadas con la cámara de algún aficionado.

-Vamos holgazanes, muévanse rápido; vociferaba a través de un megáfono el ayudante del director. -No tenemos todo el tiempo del mundo y el campamento ya debería estar montado hace rato

Durante varias semanas la paz del lugar se vería perturbada por un ejército de personas que con sus equipos y luces correrían  sin parar de un lado para otro.

En un pueblo alejado del mundo, en un lugar olvidado se extendía un bosque oscuro y tenebroso; el escenario perfecto para desarrollar una historia de terror y muerte, donde los protagonistas deberían luchar a cada momento por su vida. Y precisamente por su lúgubre aspecto había sido elegido para esta realización.

-¿Está todo listo para comenzar el rodaje?; preguntó el director a su ayudante.

-En cuanto los actores estén listos; contestó Hugo.

-Muy bien, silencio ahora; gritó el director. -Luz, cámara y… ¡Acción!

Las cuatro parejas de excursionistas se internaban plácidamente sin ninguna preocupación en la espesura, disfrutando del aire puro y de la tranquilidad reinante en el lugar, del cual gozarían  durante una semana lejos del bullicio de la ciudad.

-¡Corten!; gritó el director. -Prepárense para la siguiente escena.

-Este rodaje va a ser como un paseo por el campo; comentó Andrés. -Me queda muy bien este papel de tipo rudo.

-Es interesante este proyecto; opinó Paola, abriendo una botella de agua.

-Con mi talento no creo que demoremos mucho; dijo Álvaro.

-El halago viene de muy cerca; rió  Fernanda.

-¿Las estrellas quieren una invitación para trabajar?; preguntó Hugo al grupo de actores que bromeaban.

-Ya vamos; contestó Francisco.

Las escenas se sucedían una tras otra sin ningún contratiempo, por lo que la película estaría lista dentro de los plazos previstos. Sin embargo, también crecía el desorden y la suciedad en el bosque, a pesar de que en reiteradas oportunidades el ayudante del director los reprendió a todos.

Paola corría casi al borde del pánico, su mirada vidriosa y su respiración agitada indicaba que se encontraba al borde del desmayo. La bestia venía detrás y estaba a punto de darle alcance. Ella se volvió para ver, pero solo se escuchaban rugidos y veía ramas que se agitaban. Los técnicos de efectos especiales habían amarrado cordeles plásticos a las ramas y tiraban de ellos para agitarlas, junto con algunas grabaciones de gruñidos creaban la ilusión perfecta de una persecución; Paola solo debía imaginarse que realmente estaba siendo perseguida por un ser aterrador. Tan concentrada estaba ella en parecer lo más asustada posible que no se percató de la rama que estaba atravesada en el suelo; su pie derecho se enredó en ella y cayó violentamente al suelo.

-¡Corten!; gritó enojado el director al ver a su estrella sujetándose la pierna y llorando de dolor.

El médico que la fue a revisar movió la cabeza de un lado a otro.

-Lo siento; dijo al director. -Paola se quebró un hueso y va a estar enyesada  al menos dos meses.

-¡No tenemos dos meses!; gruñó furioso el director.

-Lo siento querida, pero voy a tener que reemplazarte; dijo el director.

-Usted no puede hacer eso; explotó la actriz.

-Si revisas tu contrato te darás cuenta de que sí puedo; rebatió él.

-Vamos; dijo el médico a Paola. -Debo enyesarte la pierna enseguida.

-¡Reemplazarme a mí!, alegaba sola la actriz. -¿Quién se cree que es este director de segunda?

-No ganas nada discutiendo; le dijo en voz baja el ayudante del director. -Mejor reclámale a tu representante por no fijarse bien en lo que decía tu contrato.

-¿Reclamarle?; preguntó Paola. -A ese lo voy a despedir enseguida; dijo furiosa.

-Esto es lo único que faltaba; decía para sí el nervioso director. -¿A quién diablos voy a conseguir ahora para el rol estelar?

-¡No!; gritó la joven que llevaba una jarra de limonada cuando ésta se le cayó. -Terrible desgracia sin par para este noble elixir que no podrá alcanzar la gloria saciando la sed del mundo; dijo ella llevándose las manos al corazón con una expresión de aflicción en el rostro. -Bah, líquido tonto que no supiste mantenerte en tu lugar, ahora sécate como las hojas de otoño y esfúmate como la nieve en primavera.

-¿Mmm?; dijo el  director volviéndose a mirar a la joven, que hablaba así ante un hecho sin importancia, expresando sentimientos tan opuestos.

-Hey niña, ven acá un momento; la llamó él. -¿Cómo te llamas?

-Ligia señor, ¿en qué puedo servirlo?; contestó amablemente ella.

-¿Dónde estudiaste actuación?; preguntó él.

-¿Yo?, en ninguna parte; respondió ella. -Solo jugaba un poco. Ya sabe, entre tanta estrella famosa una se entusiasma también.

-Ya veo; comentó el director.

-¿Quieres actuar en la película?; preguntó él luego de meditarlo un rato.

-¿Es en serio?; preguntó ella.

-¿Me ves cara de broma acaso?; preguntó molesto él.

-Por supuesto que no señor; se disculpó la joven. -Es solo que no soy actriz.

-¿Pero te gustaría?; insistió él.

-Claro que sí señor; respondió ella. -Me encantaría poder empezar como extra, yo…

-¿Te volviste loca acaso?; la cortó él. -Te estoy ofreciendo el papel protagónico.

-¿Qué cosa dijo?; preguntó ella sin poder dar crédito a lo que oía.

-Quiero que reemplaces a Paola, ya que se rompió una pierna y no puede continuar; explicó a la muchacha.

-¿Se burla de mí acaso?; preguntó en forma defensiva la joven. -Le advierto que no soy ninguna tonta ingenua de la que se puedan aprovechar.

-Nada de eso querida; respondió el director. -Sé reconocer el talento cuando lo veo y tú tienes bastante.

-No sé qué decir; contestó emocionada ella.

-Si te interesa di que sí; dijo él. -Oportunidades como esta se dan una sola vez en la vida y si es que se dan.

-Sí me interesa; respondió la muchacha. -Claro que me interesa.

-Tenemos un trato entonces; dijo el director tendiéndole la mano. -Pasa más tarde con mi ayudante para firmar un contrato.

-Está bien señor; respondió Ligia.

-Como saben Paola se accidentó y no vamos a poder contar con ella para el resto de la filmación; comentó Hugo a los actores.

-¿Qué va a pasar con la película?; quiso saber Andrés.

-Ligia va a unirse al elenco desde ahora; explicó Hugo.

-¿Quién es Ligia?; preguntó Fernanda.

-La nueva actriz que va a trabajar con ustedes; indicó el director. -Por el buen término de la producción espero que la acojan bien, de lo contrario…

-Hola querida, bienvenida; la saludó Fernanda.

-Encantado; agregó Francisco.

Álvaro con  mirada de fresco se aplicó aerosol para el aliento.

-Álvaro para servirte; la saludó besándole la mano a la joven.

-Muchas gracias, estoy muy emocionada; respondió Ligia.

La joven nueva actriz demostró ser muy versátil y rápida para memorizar sus líneas, así como muy hábil para simular cualquier emoción, lo que tenía muy contento al director por su descubrimiento. Muy pronto se convirtió en la favorita de todos, sobre todo de Álvaro que a cada oportunidad que se le presentaba trataba de seducirla, pero ella lograba zafarse de él en forma siempre muy amable y elegante, lo que le hacía mucha gracia al resto del elenco.

-¿Aún sigue intentándolo?; preguntó Fernanda a Ligia.

-Sí, igual es lindo, pero no sé; respondió la joven.

-Ya sé, es dulce como un chocolate en un día de calor, pero tan pegajoso que te aburre; opinó Fernanda.

-Sí, eso mismo; rió Ligia. -Se ve que ya lo intentó contigo.

-Si no me equivoco, creo que lo ha intentado con todas las mujeres que se le han puesto por delante; contestó Fernanda.

-¿Y le ha resultado con alguna?; quiso saber la joven.

-Con algunas, pero menos de las que él jura; comentó Fernanda.

-En todo caso no tengo en mis planes involucrarme con nadie; aclaró Ligia.

-Me parece bueno eso; opinó Fernanda. -Sobre todo teniendo en cuenta que recién estás empezando en este negocio.

Francisco mostraba un profundo corte en su brazo derecho tras sufrir el ataque de uno de esos simios salvajes que ya habían matado a Paola en una especie de ritual religioso. Las cámaras colocadas sobre rieles permitían gravar la escena de la persecución en un ángulo que la hacía ver muy intensa, al ir enfocando el rostro del actor; mientras otra cámara enfocaba en forma amplia el lugar en que los técnicos de efectos especiales habían montado una trampa en la que se supone que moriría ensartado el personaje encarnado por Francisco. El director de fotografía mantenía su brazo derecho en alto, haciéndolo caer justo en el instante en que el actor llegaba al lugar señalado.

Todas las cámaras captaron el momento del clímax de la escena en que decenas de puntas afiladas atravesaron el cuerpo del actor.

-¡Corten!; gritó el director. -Todo salió perfecto; felicitó en voz alta a todos.

Los técnicos de efectos especiales corrieron a ayudar al actor a salir del aparataje montado para simular su muerte. Uno de ellos palpó el líquido rojo que manaba del cuerpo de Francisco y retrocedió cayendo de espalda. Todos se miraron desconcertados cuando Fernanda lanzó un agudo grito al ver colgando con los brazos sueltos el cuerpo destrozado de su compañero.

-¡Está muerto!; gritó el otro técnico.

-¿Cómo diablos ocurrió esto?; preguntó gritando el director.

-No lo entiendo señor; trató de explicar el jefe de efectos especiales. -Hace un rato que habíamos montado el equipo; eran solo imitaciones de madera hechas con silicona, totalmente inofensivas. No lo comprendo, hemos hecho este truco varias veces sin ningún problema.

-¿Le parece que esto es silicona?; preguntó furioso el director quebrando una punta de madera con sus manos.

-Le juro que hasta hace una hora ahí había silicona; gritó furioso el jefe de técnicos. -Lo único que se me ocurre es que alguien deliberadamente cambió todo.

-¿Quién tiene acceso a este lugar?; preguntó Hugo.

-¿Se refiere aparte de actores, técnicos, personal de apoyo y directores?; preguntó el jefe de técnicos.

-¿Eso quiere decir que hay un asesino entre nosotros?; preguntó Andrés.

Fernanda lloraba desconsolada abrazada a Ligia, la que tenía sus ojos cerrados.

-Salgamos de este lugar y que nadie toque ni altere nada; ordenó Hugo.

-¿Qué vamos a hacer?; preguntó Álvaro.

-Nosotros nada; respondió Hugo. -Pero la policía debe encargarse de esto; dijo mirando al director.

-Éste solo se limitó a mover una mano en gesto de asentimiento.

-Este es el fin; dijo abatido el director a Hugo. -La ruina total.

-Creo que lo más importante ahora es aclarar este asesinato; respondió el ayudante.

-¿Piensas que hay un asesino entre nosotros?; preguntó el director.

-¿Se le ocurre una explicación mejor?; insistió Hugo.

-No lo sé, mejor dejemos todo en manos de la policía. -Debemos tratar de continuar con la filmación; se lo debemos a Francisco. Esta película será un homenaje a su memoria.

A la hora el campamento se había llenado de policías y peritos de la unidad de criminalística que tomaban muestras en el lugar del asesinato. Uno a uno todos los miembros sin excepción fueron interrogados y sus huellas digitales tomadas.

-¿Conocía bien a la víctima?; preguntó el detective a cargo de la investigación a Ligia, que temblaba aun con un vaso de agua en la mano.

-No mucho, apenas comencé a actuar aquí hace poco, cuando la actriz protagónica se accidentó y tuvo que ser reemplazada; contestó ella al policía.

-¿Antes conocía a alguien del staff?; siguió interrogándola.

-A nadie, cuando llegaron los de la película entré a trabajar como auxiliar, al igual que otros; respondió la joven.

-¿Por qué me hace estas preguntas?; preguntó Ligia. -¿Acaso cree que yo tuve algo que ver en la muerte de Francisco?

-Hasta no encontrar al verdadero asesino, todos son sospechosos; explicó el detective.

El estado anímico de todos era muy malo y no era para menos después de lo ocurrido. Sin embargo, el director estaba empecinado en continuar con la filmación.

-No estoy muy segura si es lo correcto; comentó Fernanda.

-Todos estamos muy abatidos por la terrible muerte de Francisco, pero debemos hacerlo por él, como una manera de rendirle un homenaje póstumo; dijo el director.

-Yo estoy de acuerdo; respondió Ligia. -Se lo debemos como una muestra de respeto a su persona.

-Creo que tienes razón; aceptó Andrés.

-Opino igual; coincidió Álvaro.

-Está bien; aceptó al fin Fernanda.

-¡Excelente!, sacaremos adelante esta producción como Francisco hubiese querido. Terminaremos con ella y será un homenaje para nuestro compañero caído; sentenció el director.

Después de unos días de investigación, la policía no había dado con ninguna pista que condujese al o los asesinos. Finalmente autorizaron continuar con el rodaje, con la condición de que nadie abandonase el campamento. Los actores se esforzaban hasta el límite para lograr que la película fuese digna de la memoria de Francisco.

Al poco tiempo Ligia ya había demostrado ser tan capaz como el más experimentado de los actores. Ya no se parecía a la jovencita tímida e insegura de hace unas semanas; al igual que a los demás, la muerte de Francisco parecía haberla cambiado.

A pesar de todo, la filmación seguía su curso y estaba editada más de la mitad, así es que el director decidió darles un día libre a todo el personal.

Álvaro caminaba distraídamente por el bosque, cuando un dulce canto de mujer llamó su atención y dirigió su andar al lugar de donde provenía la hipnótica voz. Al poco andar vio a Ligia que junto al rio tomaba agua en sus manos y la esparcía en sus firmes, bronceados y bien torneados muslos. Álvaro pisó una rama cuyo sonido al romperse hizo que la joven se volviese a verlo; en vez de asustarse o sentirse avergonzada, le sonrió y sin dejar de mirarlo, siguió mojando sus piernas que brillaban bajo la luz del sol, con movimientos suaves y lentos, como dirigiendo la mirada de Álvaro que la miraba embobado. Él siguió avanzando sin quitarle la vista de encima, hasta llegar a un metro de la joven; dio un paso más y su pie se posó sobre una piedra mojada cubierta de lama, resbalándose como si hubiese pisado una barra de jabón. No pudiendo mantener el equilibrio, la cabeza del actor golpeó una piedra, quedando inmediatamente inconsciente, con la cara sumergida en el agua. La corriente movió el cuerpo hasta el centro del rio alejándolo del lugar.

Ligia sin inmutarse continuó su tarea de asearse y refrescarse en el curso de agua que había reclamado la vida de Álvaro.

A la hora de almuerzo todos echaron de menos al actor y decidieron salir a buscarlo.

-¿Adónde habrá ido?; peguntó de mal humor Hugo. -La policía dio órdenes precisas de no abandonar el campamento.

-La última vez que lo vi dijo que iba a estirar las piernas al bosque; respondió Andrés.

-Mejor vamos a buscarlo; sugirió Fernanda. -Puede haberle pasado algo.

-¡Álvaro!, ¡Álvaro!; gritaban todos mientras caminaban entre los árboles, pero él no contestaba.

-¡Demonios!; gritó Hugo al ver un cuerpo tirado junto al rio.

Todos corrieron hasta la orilla, para ver el rostro azuloso del cadáver de Álvaro, que había sido devuelto por el agua.

-¡No puede ser!; dijo Ligia a punto de caer al suelo si no hubiese sido porque Andrés la sostuvo justo a tiempo. Fernanda la abrazó mientras la joven lloraba descontrolada.

-Tranquila; le decía Fernanda sin dejar de abrazarla.

-¿Cómo quieres que esté tranquila si Francisco y Álvaro están muertos?; preguntó ella. -Todos vamos a morir; gimió entre sollozos.

-Nada de eso; rebatió el director. -Nadie más va a morir.

-Parece un accidente; opinó el forense. -Debe haberse acercado a la orilla y pisó una de estas resbalosas piedras; indicó el especialista. -Al caer se golpeó la cabeza y cayó al agua ahogándose.

-¡Quiero irme a mi casa!; dijo llorando Ligia.

-Lo siento señorita, pero con dos muertes seguidas en un mismo lugar no puedo permitir que nadie salga de aquí; indicó el detective.

-Pero estamos atrapados con un asesino, que a lo mejor también mató a Álvaro; contestó Fernanda.

-Aun así, nadie puede irse de aquí; cortó tajante el policía.

Andrés estaba meditando y fumando en el bosque cuando algo tirado en el suelo llamó su atención y se agachó a recogerlo. Era una pequeña joya; él sabía que la había visto antes pero no recordaba exactamente dónde. Un crujido sobre su cabeza lo hizo mirar para arriba justo en el instante en que una gruesa rama se rompía del árbol junto a él y le aplastaba la cabeza.

-Hace rato que no veo a Andrés; comentó Ligia a Fernanda.

-Es cierto, ahora que lo mencionas, hace horas que no sé de él; pensó Fernanda.

-¿No creerás que él es el asesino?; preguntó la actriz.

-Ya no sé qué creer; contestó Ligia. -Pero en todo caso no pienso alejarme de ti, no quiero estar sola.

La joven se veía tan asustada y vulnerable que Fernanda no pudo evitar sentir lástima por ella.

-Tienes razón, es mejor que nos mantengamos juntas; aceptó ella.

-¿Han visto a Andrés?; preguntó Hugo a las mujeres.

-No; respondió Ligia. -Hace rato que no aparece.

-Voy a avisarle al director; dijo el hombre. -Puede que no sea nada, pero…

El director estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a la puerta. En vista de que no respondió al saludo de su ayudante, éste lo tocó en un hombro; el cuerpo sin vida del director rodó por el piso, con una estaca clavada en su corazón.

Antes de que Hugo pudiese reacciona, una fuerte corriente de aire lo empujó de bruces sobre la mesa, clavándose en su pecho la lanza de una pequeña estatuilla de un caballero medieval. Agónico se pudo sacar la punta de metal de su cuerpo y trastabillando salió al patio. Aterradas ambas mujeres lo vieron caer cubierto de sangre.

-¡Corre!; gritó Ligia a Fernanda, mientras le tomaba la mano y huían hacia al bosque.

Su frenética carrera las llevó al lugar donde estaba tirado el cadáver de Andrés. Un grito desgarrador de Ligia que heló la sangre de Fernanda le indicó que debían seguir huyendo.

-Ya no puedo correr más; dijo Fernanda después de un rato, deteniéndose y apoyando agachada sus manos en los muslos.

-Aquí es un buen lugar; dijo Ligia apoyándose en el tronco de un árbol.

Con la respiración entrecortada por el cansancio y el miedo, con la piel mojada en transpiración, Fernanda observaba como una delgada rama de ese árbol se comenzaba a agitar como un látigo y como tal se lanzaba contra ella. El golpe en el cuello hizo caer su cabeza a los pies de Ligia.

Aún con vida el cerebro, los ojos de Fernanda pudieron ver la malévola sonrisa de Ligia antes de apagarse.

Cuando a la mañana siguiente llegó la policía para continuar las pesquisas, todo el equipo de investigadores quedó atónito. El  campamento y los alrededores, así como las carreteras y caminos fueron cerrados por barricadas policiales.

Todos en el campamento habían sido asesinados en forma violenta, directores, técnicos y auxiliares, así como los actores; nadie había escapado de la carnicería. Luego de revisarlo todo el detective se percató de que faltaba el cadáver de una de las actrices, por lo cual decidió internarse en el bosque por si lo hallaba.

Paseando sola entre los árboles el policía encontró a Ligia, en aparente estado de shock.

-¿Ligia, está usted bien?; preguntó el detective.

-Ahora lo estoy; contestó ella con una sonrisa.

-¿Fue usted?; le preguntó el policía.

-Demoró mucho en descubrirlo; contestó ella caminando lentamente hacia él.

-No se mueva; le ordenó el detective apuntándole con su pistola. -No siga acercándose. No se saldrá con la suya.

-¿Y cómo cree que lo impedirá, si no puede ni moverse de la arena movediza en la que cayó?; le desafió ella.

Efectivamente el policía se hundía rápidamente en la mortal trampa, mientras de la espalda de la mujer crecían dos grandes alas y dos orejas puntiagudas reemplazaban a las   que tenía hace poco. No dejándose intimidar el detective disparó varias veces contra el hada; sin embargo, las balas la atravesaban sin lastimarla.

Ya junto al policía, Ligia se quedó observando como la arena cubría completamente su cabeza, no quedando rastros de él.

 

Con un suave aleteo el hada se elevó y voló juguetonamente entre los árboles.

-¿Qué se habrán creído estos humanos para venir a ensuciar mi bosque?; se preguntó a sí misma en voz alta, mientras se desvanecía en un punto de luz.

 

 

 

 

 

Travesuras En El Bosque

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Boris Oliva Rojas

 

 

 

Travesuras En El Bosque

-¿Estás segura de que este es el camino correcto a la cabaña?; preguntó Juan a su esposa Carmen quién conducía el 4 x 4 en lo que más que un camino solo parecía una huella apenas visible.

-Claro que sí; contestó ella. -A menos que el GPS que compraste funcione mal.

-Yo solo preguntaba; se defendió él.

-Ahí está; contestó ella cuando a solo cien metros se veía la pequeña cabaña en medio del bosque.

-Al fin; contestó el pequeño Ricardo ya cansado del viaje.

-No podemos entrar aun; lo paró su padre.

-¿Y por qué no?; preguntó inocente el niño.

-Porque las casas de campo hay que ventilarlas un rato y echar un poco de desinfectante antes de entrar; explicó su madre, consciente de la posibilidad de que pudiese haber restos de microbios dejados por roedores.

-¡Que aburrido!; contestó el niño cruzando los brazos en un gesto de disgusto.

-Bueno, si quieres terminar en un hospital y perderte las vacaciones entra no más; agregó Juan.

-No gracias, puedo esperar; respondió Ricardo.

-Ok familia, ya está todo limpio; dijo Carmen saliendo con un tubo de desinfectante ambiental en la mano y una mascarilla en la cara.

-Desempaquemos y salgamos a explorar; dijo Juan atándose sus botines de excursión.

-Yo estoy lista; contestó Carmen arremangando las mangas de su camisa de mezclilla.

El bosque era grande y formado por árboles de distintos tipos que dejaban pasar los rayos del sol matutino, creando una atmósfera con tenues tonos dorados. Una suave brisa hacía que la temperatura fuese más que agradable.

Las hojarascas y hojas secas sembradas por el suelo crujían a cada paso que los excursionistas daban, produciendo un cierto efecto de misterio que le daba un encanto especial al entorno.

No lejos de ahí se oía el sonido inconfundible de un arroyo que corría cerca. A poco andar los tres llegaron a un claro en el bosque junto al curso de agua, que en ese punto formaba un pequeño remanso.

-Miren podemos bañarnos aquí; dijo el niño a sus padres.

-Se ve seguro; lo apoyó su padre.

-Creo que estas vacaciones van a ser mejor de lo que pensaba; agregó entusiasmada Carmen mientras se desabrochaba la camisa.

-¡Oye!, ¿qué haces?; la interrumpió Juan pensando en el niño.

-Tranquilo; lo calmó ella mientras acomodaba el traje de baño que llevaba bajo la ropa.

-¿Tu ya sabías de este lugar verdad?; preguntó su marido con curiosidad.

-¿Por qué piensas eso?; preguntó ella cerrándole un ojo.

-Bueno creo que ya nos mojamos suficiente; opinó Juan. -Ya va a ser hora de almorzar. ¿Qué les parece si hacemos un asado?

-¡Sí!, que bien; exclamó contento Ricardo.

-Entonces movámonos rápido para que no se haga tan tarde; sugirió Carmen.

Después de una corta caminata los tres llegaron a la cabaña.

-¿Mmm, quién será esa niñita?; preguntó Carmen al ver a una pequeña de dorado cabello rizado que leía un libro de cuentos sentada en la entrada de la cabaña.

-Hola pequeña, ¿qué haces aquí solita?; preguntó la mujer a la niña.

-Salí a caminar y me perdí; respondió ella.

-¿Y tus papás dónde están?; preguntó Juan.

-Están en nuestra cabaña; respondió ella.

-¿Y te dejan salir sola?; preguntó Ricardo.

-Sí, ya soy grande; contestó la niña.

-A mí no me dejan salir solo; comentó él.

-¿Sabes cómo volver a tu cabaña?; preguntó Carmen.

-No, porque di muchas vueltas y no se para dónde queda; dijo tranquila la niña, no dándole mayor importancia al hecho de estar perdida.

-Más tarde vamos a ir a buscar a tus papás; dijo Carmen.

-¿Quieres almorzar con nosotros?; le preguntó Juan a la niña.

-Sí, tengo hambre; respondió ella.

Cuando la carne estuvo asada los tres se sentaron a la mesa a comer.

-¿Qué libro estás leyendo?; preguntó Carmen a la niña, tomando de sus manos el libro de cuentos.

-¡No lo toque!; gritó furiosa la niña. -Me lo dio mi mamá.

-Disculpa, yo solo quería saber cuál era; contestó confundida la mujer.

-Es Ricitos de Oro y Los Tres Osos; respondió la pequeña totalmente calmada, como si no se hubiese alterado en ningún momento.

Después de almorzar los cuatro salieron a recorrer el bosque en busca de la cabaña en que se alojaba la familia de la niña.

-¿Alguna parte del bosque te parece conocida?; preguntó Juan a la niña.

-Ninguna, todos los árboles son iguales; contestó ella mientras saltaba sobre cada flor silvestre que veía.

-¿Tienen celular tus papás?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no sé el número; respondió ella.

-Bueno trataremos de encontrar a tu familia; comentó Juan para tranquilizarla.

-¿Qué haces?; preguntó Ricardo a la niña al ver que ésta le daba un puntapié a un conejo que se le había acercado.

-Nada, solo estoy jugando; respondió ella.

-Niños por favor no se queden atrás; pidió Carmen.

Después de varias horas de recorrer gran parte del bosque no lograban dar con la cabaña.

-Empieza a oscurecer; comentó Carmen en voz baja a Juan. -Mejor volvamos y demos aviso a la policía sobre la niña perdida.

-Creo que tienes razón; aceptó él.

-Volvemos a la cabaña; avisó Carmen a los niños. -Mañana seguiremos buscando a tus padres; espero que no te moleste pasar la noche con nosotros.

-No me molesta; contestó la niña. -Yo ya soy grande.

-¡Pero mamá!; replicó Ricardo molesto por la decisión de su madre.

-¿Algún problema jovencito?; intervino Juan dándole una mirada muy severa a su hijo.

-Ninguno papá; respondió el niño bajando la vista.

-Debemos ser amables con nuestra amiguita; agregó Carmen.

Mientras preparaban la cena Juan se comunicó con la policía.

-Como le decía comisario, hoy encontramos a una niña de unos nueve años, extraviada en el bosque; contó él al policía. -Tratamos de ubicar la cabaña donde se aloja su familia pero no tuvimos suerte.

-Muy bien comisario Ríos, mañana temprano vamos a llevar a la niña a su oficina.

Ricardo se despertó asustado al ver a la niña que lo observaba sin decir nada desde la puerta de la habitación. Claramente el chico vio que la pequeña tenía abrazada la blusa de Carmen, pero decidió hacerse el dormido.

-Adelante, los estaba esperando; saludó el comisario Ríos a la familia que llevaba a la niña extraviada.

-Como le conté por teléfono encontramos a la niña sentada frente a nuestra cabaña; explicó Juan al policía.

-¿Cómo te llamas?; preguntó el oficial a la niña.

-Sandra; contestó ella.

-¿Sandra cuánto?; volvió a preguntar el comisario.

-Yo, yo…, no lo recuerdo; contestó cabizbaja la niña.

-Entiendo; ¿desde cuándo que no lo recuerdas?; pregunto el policía.

-No lo sé; respondió la niña.

-Ya veo;  meditó el oficial. -Esta señorita te va asacar unas fotos y así sabremos quién eres y cómo ayudarte a encontrar a tus padres.

-Buen; aceptó la pequeña saliendo de la mano con la mujer policía.

-Con su fotografía y huellas digitales podremos averiguar rápidamente quién es y localizar a su familia; explicó el comisario.

-¿Cuánto tiempo cree que demoren?; preguntó Juan.

-No creo que más de una semana; respondió el policía.

-¿Y mientras tanto dónde quedará la niña?; preguntó Carmen.

-En un hogar del Servicio de Menores; respondió el comisario.

-Ni lo sueñe; objetó la mujer. -Se puede quedar con nosotros.

-¡No!; gritó Ricardo. -Ella me da miedo.

-¿Te ha hecho alguna cosa mala?; preguntó el policía inclinándose hacia el niño.

-No pero es muy rara y nos mira mucho; agregó él.

-Solo está asustada porque no está con su familia opinó Carmen tomándole una mano a su hijo para infundirle confianza.

-Está bien, creo que no hay problema; opinó el policía después de meditarlo un rato. -En cuanto tengamos alguna noticia les avisaremos.

-Muchas gracias comisario; se despidió Carmen.

-Gracias a ustedes; respondió él.

-Bueno ahora solo hay que esperar; dijo Juan.

Camino al auto la niña tomó de la mano a la pareja, lo que hizo enojar más aun a Ricardo.

-Después de almorzar saldré de nuevo a buscar la cabaña de esta pequeña; comentó Juan.

-Muy bien pero ve solo, ya que tengo cosas que hacer; dijo Carmen.

Juan se dirigió lentamente en la dirección contraria a la que siguieron en la búsqueda anterior. Como una hora después divisó una cabaña en medio del bosque. Golpeó la puerta y en vista de que nadie salía la empujó suavemente; sin resistencia está se abrió.

Las pupilas de Juan se dilataron rápidamente ante la súbita descarga de adrenalina que inundó sus venas. La escena que tenía frente a sus ojos parecía sacada de una pintura surrealista. Sentados a la mesa estaban un hombre, una mujer y un niño vestidos con ropa infantil de personajes sacados de cuentos de hadas, con las manos junto a tazones de avena y con un largo corte en sus cuellos. El cerebro de Juan se detuvo un momento ante la macabra composición.

Su primer impulso al lograr reaccionar fue correr a su cabaña mientras marcaba el número de celular de su esposa; después de varios intentos sin lograr comunicarse, aceleró el paso.

La luz escaseaba ya y su paso se vio interrumpido un par de veces por algunas raíces que sobresalían del suelo. Después de una frenética carrera contra el tiempo la cabaña se encontraba a solo cien metros. Aumentando su velocidad en un último esfuerzo Juan devoró la distancia que lo separaba de ella.

De un golpe abrió la puerta y cruzó el umbral, quedando clavado en el piso sin poder moverse.

Sentados a la mesa, con sus manos junto a tazones humeantes de avena y vestidos con ropa de personajes de cuentos, estaban Carmen y Ricardo inmóviles con el cuello cortado.

-Hola Papá Oso; fue lo último que escuchó Juan antes de que la hoja del cuchillo rebanara su garganta.