Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La Cueva Del Lobo 30 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

La Cueva Del Lobo

Por primera vez en toda su historia, desde que sus habitantes se aventuraron a las estrellas, el planeta Tierra había decidido establecer relaciones diplomáticas con otro mundo.

En el centro del poder gobernante del planeta Korex, el embajador polipotenciado de La Tierra intercambiaba opiniones y puntos de vista con su similar korexiano.

-Es un hecho realmente memorable que las rutas de navegación de las naves exploradoras de ambos mundos hayan coincidido; celebró Rantar, Primer Ministro  del Consejo Korexiano.

-El encuentro de ambos planetas abre expectativas inimaginables y que nos beneficiarán mutuamente, señor ministro; agregó el embajador Rinardi del planeta Tierra.

-Sobre todo teniendo en cuenta que ambos planetas se hallan en  extremos opuestos de la galaxia; opinó Rantar.

-Comparto su entusiasmo señor ministro; asintió el diplomático terrícola.      -Utilizando los portales hiperespaciales pronto podremos establecer un intercambio comercial mutuamente fructífero.

-Así lo espero señor embajador; aceptó el Ministro Rantar.

-No imaginábamos que otra civilización hubiese desarrollado la capacidad para viajes hiperespaciales; comentó Vandor, jefe del alto mando militar korexiano.

-La verdad es que recién estamos dando los primeros pasos; explicó Rinardi. -Aún estamos muy lejos de la capacidad alcanzada por vuestra civilización.

-Tal vez eso se pueda solucionar con los acuerdos de intercambio cultural y comercial que nos atañen señor embajador; opinó Rantar.

-Estoy muy entusiasmado al respecto señor ministro; asintió Rinardi.

-¿Qué opina Vandor?; preguntó Rantar al militar, cuando el embajador terrícola se hubo retirado.

-Ni siquiera nuestros niños son tan inocentes e ingenuos; observó Vandor.

-Por lo que me ha comentado el embajador Rinardi, el planeta Tierra es muy rico en una gran cantidad de recursos naturales y biodiversidad; indicó Rantar.

-Nunca está de más contar con una reserva extra; opinó maliciosamente Vandor.

-Aunque quede al otro extremo de la galaxia; agregó el gobernante korexiano.

-Ya todo está preparado señor ministro; informó el  militar.

-Entonces procedamos; autorizó Rantar.

En medio de la noche un destacamento armado irrumpió en las dependencias ocupadas por el embajador Rinardi. El secretario y a la vez guardaespaldas del diplomático terrícola intentó repeler el ataque con una pistola que llevaba oculta, pero fue acribillado sin ninguna misericordia.

A rastras Rinardi fue conducido ante Rantar y Vandor, como un vulgar delincuente, sin tener en ninguna consideración su alto rango.

-¿Qué significa esto señor ministro?; exigió saber Rinardi. -Estos soldados han asesinado a mi asistente y me han apresado.

-Terminemos con esta farsa señor embajador; dijo Vandor. -Su civilización no tiene nada que ofrecer a la nuestra. Si hemos sido amables con usted es solo por el interés que los recursos naturales de su planeta ha despertado en nosotros.

-Como usted generosamente nos entregó las coordenadas exactas del planeta Tierra, ya no tiene ningún valor para nuestro gobierno; agregó hipócritamente el Ministro Rantar.

-Mi gobierno no permitirá semejante afrenta; gruño el humillado diplomático de La Tierra. -Tenga por seguro que…. El embajador Rinardi fue callado de golpe por un fulminante disparo en la cabeza.

La vida en La Tierra seguía su rutina de siempre, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, desde más allá de las estrellas. Una rutina a la que todos se habían acostumbrado durante siglos de devenir en un mundo estructurado.

Más que miedo, fue desconcierto lo que provocó que dos cruceros de combate korexianos ingresaran al sistema solar con intenciones hostiles. Sin embargo, la  sorpresa inicial dio paso a millones de años de evolución de instintos guerreros que albergaban en sus genes los terrícolas.

Todas las defensas orbitales fueron apuntadas contra las naves enemigas; descargando la furia de su poder contra ellas; sin embargo, los korexianos eran guerreros natos y no se detenían ante nada cuando entraban en combate.

Saliendo de las profundidades del cosmos una nave nodriza terrícola se unió al combate contra los invasores. La suerte estaba sellada y la contienda solo podía tener un ganador. Las detonaciones y disparos hacían temblar todo el sistema solar, pero la lucha era desigual.

Las defensas planetarias terminaron por ceder. No obstante las naves defensoras no retrocedían.

Finalmente todo terminó; un vencedor y un perdedor era el resultado de la batalla en el espacio.

A la deriva, sin energía, la nave nodriza terrestre era remolcada por los cruceros korexianos. Como un trofeo de combate dedicado a sus gobernantes, la nave terrícola corría la misma suerte que otras tantas naves de otros tantos mundos caídos.

-Los cruceros que destruyeron las defensas de La Tierra están arribando y traen como trofeo una nave terrícola; informó Vandor al consejo korexiano.

-Excelente, que preparen la invasión final; ordenó Rantar.

En eso una violenta detonación estremeció entero el edificio del gobierno.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó alarmado  uno de los consejeros.

-Señor, nuestras propias naves nos están atacando; informó corriendo un soldado.

-Esto es obra de los terrícolas; concluyó Vandor. -Que neutralicen esas naves inmediatamente.

-Imposible señor, son cruceros de asalto; indicó el soldado.

Los disparos de ambas naves no discriminaban ningún blanco en particular, no respetando ni a civiles.

-Señor  la ciudad está bajo ataque; informó Vandor. -Deben evacuar inmediatamente el gobierno.

-¿Cómo es esto posible?; preguntó incrédulo Rantar.

-Los terrícolas deben haberse apoderado de nuestras naves y nos atacan en forma traicionera; opinó Vandor.

-Derriben inmediatamente esas naves; ordenó Rantar, totalmente fuera de sí por la furia.

La destrucción causada por el alevoso ataque era aterradora; la gente huía despavorida en las calles tratando de escapar de los disparos y de los edificios que caían. La cantidad de muertos causados por el bombardeo era difícil de precisar.

Ambas naves, que ya se hallaban en la atmosfera, comenzaron a balancearse al perder su sustentación antigravitatoria, para finalmente terminar cayendo al ser anulados sus motores y armas vía control remoto.

El alivio de los korexianos se esfumó en un santiamén cuando las compuertas de los cruceros se abrieron. Con horror los ciudadanos vieron descender a sus compatriotas, o lo que quedaba de ellos, con implantes mecánicos que les daban más una apariencia de máquinas programadas para matar sin compasión a quien se pusiese en su camino. Junto a ellos decenas de bestias biomecánicas se desplegaron por doquier, llevando la muerte en sus armas y mandíbulas de metal.

El pánico se apoderó de todo el mundo; si bien los soldados biomecánicos avanzaban sin ninguna prisa, confiando en la certeza de sus disparos, los “perros” daban caza rápidamente a todo quien tratase de escapar, mostrando la fiereza y poder de sus mordedura que todo lo rompía.

En la órbita del planeta la nave terrícola encendió todas sus luces y se estabilizó, apoyando con sus armas la carnicería que provocaban en la superficie las tropas de asalto.

-La nave terrícola está totalmente operativa; observó Rantar con el rostro cubierto de sudor. -Todo era una trampa y caímos en ella.

-Desde ella controlan a esos monstruos; observó Vandor. -Debe ser destruida cueste lo que cueste.

Varias naves despegaron para atacara a la traicionera nave terrícola; sin embargo, algunas ni siquiera lograban elevarse de sus rampas, alcanzadas por los disparos de la nave atacante. Las que pudieron salir de la atmósfera descargaron sin piedad sus armas sobre la nave terrícola, pero sus defensas eran fuertes y sus armas devastadoras.

La estación de combate de defensa planetaria de Korex activó su impresionante arsenal de proyectiles balísticos, mientras disparaba varias ráfagas de energía contra la nave terrícola.

Parte del casco de la nave nodriza fue golpeado directamente por uno de esos rayos; inmediatamente todas las armas fueron apuntadas contra ese punto vulnerable.

Una gran bola resplandeciente iluminó todo el firmamento, al estallar los motores cuánticos cuando el proyectil la alcanzó. La estación espacial desapareció de la órbita korexiana, golpeada por un proyectil salido de la nada.

El hiperespacio se abrió dejando salir a otra nave nodriza similar a la anterior, escoltada por tres destructores estelares.

Los monitores y pantallas de todo el planeta mostraron una única imagen. Un alto oficial con la bandera del planeta Tierra a su espalda les habló con una voz carente de rasgos emocionales.

-Korexianos, les habla el Almirante Petersen de la Flota Imperial Terrestre; se presentó el oficial terrícola. -Antes de continuar con esta inútil batalla, por favor dirijan su atención al quinto planeta de su sistema solar. Las pantallas mostraron una panorámica en tiempo real del sistema planetario korexiano.

Desde uno de los destructores terrícolas un gigantesco proyectil surcó el espacio a una vertiginosa velocidad hacia el quinto planeta. Una bola de fuego cubrió todo ese mundo, al tiempo que su superficie se fracturaba por todas partes, dejando escapar el líquido contenido de su núcleo, para terminar finalmente estallando en cientos de pedazos que se dispersaron por el espacio.

-¡Criminales!; gritó el Ministro Rantar. -Había dos millones de habitantes en ese planeta.

-Nunca debieron atacar el planeta Tierra; respondió el Almirante Petersen.

-¡Desgraciados!; rugió Vandor.

-Ahora les ordeno que se rindan inmediata e incondicionalmente ante el Imperio Terrestre; mandó el terrícola.

-Eso nunca; respondió Vandor, dominado por la rabia y la impotencia.

-Todas nuestras armas están apuntando al núcleo de Korex; agregó Petersen.

-Ustedes también morirían en la explosión; rebatió Rantar.

-Nuestra tecnología es mucho más avanzada que la de ustedes, podríamos saltar fácilmente al hiperespacio antes de la detonación; respondió el terrícola. -¿Se atreven a averiguarlo?

-No sería capaz de asesinar a miles de millones de inocentes; trató de razonar el  Ministro Rantar.

-¿Qué me lo impide?; respondió triunfante Petersen.

-Está bien, nos rendimos; aceptó el abatido mandatario. -Pero por favor le ruego que perdone a la población civil.

-Se lo prometo señor ministro; respondió el oficial terrícola. -Una cosa más, inhabiliten inmediatamente todas sus armas y naves de combate y destruyan enseguida todas sus bases militares.

La pantalla se apagó, dejando a todos sumidos en un silencioso sepulcral. El orgulloso gobierno del planeta Korex se había dejado llevar por la apariencia bonachona e inocente del embajador del planeta Tierra; sin embargo, en la confianza está el peligro y ahora se enfrentaban a una inminente aniquilación.

-No podemos hacer eso; objetó Vandor. -Quedaríamos totalmente indefensos ante los terrícolas.

-Ya lo estamos; observó cabizbajo Rantar. -Que destruyan todas las armas y bases militares; ordenó el gobernante. -Esa es la única forma de salvar a nuestro pueblo.

Rantar se había tenido que tragar su propio orgullo, pensando en el bien mayor de salvar la vida de los inocentes, que nada tenían que ver con las decisiones buenas o malas de sus gobernantes.

-El desarme se ha cumplido señor almirante; avisó Rantar. -Nos rendimos, pero por favor respete la vida de los civiles.

-Se lo prometo señor ministro; contestó Petersen, desde el puente de mando del destructor insignia, cortando en seguida la comunicación.

-Comuníquenme con las naves nodrizas; ordenó el oficial a un soldado.

-Aquí el Almirante Petersen. Despliéguense inmediatamente por todo el planeta y erradiquen toda forma de vida inteligente; ordenó a las naves invasoras. -Procedan según el protocolo acostumbrado.

Cientos de aviones terrícolas despegaron de las naves nodrizas, comenzando un devastador bombardeo en todas las ciudades de Korex. Unidades terrestres comenzaron a recorrer las calles para hacer más patente la ocupación. Los soldados biomecánicos se dispersaron buscando sobrevivientes y los perros fueron liberados, llevando la desesperación, el terror y la muerte entre sus quijadas.

Otro mundo había caído bajo la bota de hierro del Imperio Terrestre. Los korexianos aprendieron de la peor forma posible que nunca hay que entrar a la cueva de un lobo a molestar a sus habitantes; y eso fue precisamente lo que hicieron sus gobernantes. Fueron a desafiar a los lobos de la galaxia directamente a su madriguera y eso los condenó al olvido, junto a tantos otros mundos olvidados, desde que los terrícolas invadieron las estrellas.

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