Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La Modelo 27 noviembre 2017

Filed under: Últimas noticias,Últimos post,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 23:17
Tags: , ,

Registro Safe Creative N° 1710013637849  Safe Creative #1710013637849 
Boris Oliva Rojas

 

 

La Modelo

-Esta es la dirección; dijo para sí misma la joven.

Era una suerte que recién egresada hace un mes de la escuela de modelos, la hayan llamado para el casting para el comercial de una nueva línea de lencería de una afamada marca. Vestida con su mejor tenida y portando un archivador lleno de fotografías suyas, tocó el timbre del despacho ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio del centro. Sin ascensor y con largos pasillos mal iluminados, no tenía ningún letrero ni logotipo en su puerta. Supuso que, como le habían contado, las agencias que hacían los casting no tenían oficinas fijas y en cambio arrendaban una cuando la necesitaban.

Una recepcionista de mediana edad le abrió la puerta con una sonrisa.

-Hola, me citaron a un casting a las once; dijo la joven a la mujer.

-Pasa, llegaste temprano, eres la primera; la invitó la mujer. -Todavía no llega nadie.

-A quién madruga Dios le ayuda; respondió la joven citando el viejo refrán.

-Así es, tienes razón; asintió la mujer. -Mientras, por favor llena esta ficha con tus datos personales.

Las murallas estaban decoradas sin mucho estilo con varias fotografías en blanco y negro. Estaba la recepción más unas cuantas puertas cerradas. La oficina parecía ser muy grande, a juzgar por la separación de las puertas del pasillo.

Ninguna otra modelo llegaba, lo que llenaba de esperanzas a la joven. Cerca de las once y veinte, una mujer de unos cuarenta años, acompañada de un hombre llegó casi corriendo.

-Hola, disculpa el atraso, es que se alargó una reunión con el cliente. -Vaya, ¿no ha llegado nadie más?; preguntó a la recepcionista.

-Solo esta señorita; respondió ella.

-Bueno, déjame revisar tu ficha y te llamo enseguida para que nos conozcamos mejor; dijo la mujer, que parecía ser la encargada de la selección.

Después de algunos minutos de tensa espera la mujer hizo pasar a la joven a su oficina.

-Veo que recién egresaste de la escuela de modelaje; dijo la mujer.

-Sí, hace un mes; contestó algo nerviosa la joven.

-Por lo visto no tienes mayor experiencia; comentó el hombre, con una máquina fotográfica colgando del cuello.

-Bueno, la verdad es que no; respondió inquieta la joven. -Salvo mi práctica.

-¿Tienes fotos?; preguntó la mujer.

-Sí, claro; respondió la joven pasándole su portafolio.

-Mmm; opinó el hombre. -Parece que le agradas a la cámara.

-Gracias; contestó la joven a lo que parecía un alago.

-Sin embargo me gustaría ver fotos frescas. ¡Desnúdate!; ordenó la mujer.

-¿Perdón, cómo dijo?; preguntó confundida la joven.

-Que te desnudes; repitió la mujer. -Recuerda que esta es una campaña para una línea de ropa interior.

-Sí, claro; respondió la joven, que se sentía como una tonta y la novata que era.

-Quédate con brassier y braga solamente; pidió el hombre.

-¡Magnífica!; exclamó la mujer. -Permíteme la cámara a mí; pidió al fotógrafo.

-¡Estupenda!; dijo ella mirando a través del lente fotográfico. -Tu piel parece porcelana y capta muy bien la luz y la sombra. Tu figura parece haber sido esculpida a mano; decía la mujer, captando cada ángulo del cuerpo de la joven, que lucía una radiante sonrisa, ahora al sentirse tan elogiada.

-Puedes vestirte; ordenó la mujer, pasando la cámara a su compañero.

-A mí me parece bien; dijo él mirando de arriba abajo a la chica. -Pero necesitamos entrevistar a más postulantes.

-Creo que no; opinó la mujer. -Querida, tú y yo podemos hacer grandes negocios si te interesa.

-¿Quiere decir que tengo el trabajo?; preguntó ella mientras se abotonaba sin apuro su blusa.

-Claro que sí, pero tendrás que firmar un contrato exclusivo, por al menos un año con nuestra agencia de modelos; contestó la mujer. -¿Qué dices, te interesa?

-¡Sí!, por supuesto; respondió emocionada la joven.

-Señorita, por favor traiga un contrato de trabajo por un año a nombre de la joven que está con nosotros; ordenó a la recepcionista.

A los pocos minutos el hombre, que había ido a la otra habitación, volvió con dos sobres.

-Aquí tienes una copia de las fotografías que te sacamos, otra es nuestra; dijo entregándole uno de los sobres a la modelo.

Tras revisar el contrato de cinco hojas, la joven aceptó la pluma fuente que le tendió la mujer. Por un tonto descuido, al recibirla se pinchó un dedo con su punta; una roja gota de sangre cayó sobre el papel ensuciando el contrato.

-¡Oh, disculpe!, manché el contrato; dijo afligida la muchacha.

-Descuida, firma tranquila, vamos a suponer que este pacto se selló con sangre; bromeó la mujer.

La joven sonrió nerviosa y estampó su firma al final del contrato por triplicado.

-Entonces, nos vemos mañana mismo a las nueve; dijo la mujer recibiendo la copia del documento manchada con sangre. -Y no es necesario que vengas vestida de manera formal.

La joven estuvo todo el día revisando el catálogo de la ropa interior que debería modelar. Las prendas eran tan lindas que sacaban varias expresiones de exclamación de ella.

Al otro día estaba media hora antes en la oficina de la agencia de modelos, practicando en el espejo del baño distintas expresiones.

Cinco minutos antes de la hora acordada la mujer llegó sola a la oficina.

-Hola querida. Mi fotógrafo tuvo que llevar a su mujer de urgencia al médico, creo que se rompió una pierna; explicó ella. -Pero yo saco fotografías muy buenas también.

-¿Te parece si empezamos con este conjunto?; preguntó a la joven mostrándole un brassier y bragas de encaje negro.

-Sí claro; aceptó la modelo.

La ropa interior realzaba toda la belleza y juventud de la muchacha, la cual fue capturada en cada fotografía hábilmente tomada por la mujer.

-¡Eres magnífica!; la alabó ella. -Juntas vamos a arrasar el mercado de la moda.

-¿En serio lo cree?; preguntó la joven.

-Claro que sí, llevo años en esto y tú eres una delicia para los ojos; opinó la mujer sin dejar de apretar el obturador de la cámara.

-Aun no es seguro, pero una prestigiosa marca europea me encargó que hiciera un catálogo de alta costura. -¿Te interesaría?; peguntó la mujer.

-¿Es en serio?; preguntó emocionada la joven modelo. -Si yo no tengo experiencia.

-Tienes un porte y desplante muy distinguido y natural; contestó la mujer.    -La  experiencia se gana paso a paso.

-Pues claro que me interesa; respondió la joven.

Después de varias horas de incesantes fotografías, la modelo se sentía muy cansada, pero muy contenta y emocionada.

-Bueno querida, es suficiente por hoy; terminó la mujer. -Ve a descansar y nos vemos mañana a las nueve.

Cuando la joven se hubo vestido y se disponía a marcharse la mujer la detuvo.

-Espera, falta el pago por esta sesión; dijo ella pasándole un cheque.

-Tiene que haber un error; observó la joven. -Esto es demasiado.

-Tú vales mucho más; aclaró la mujer. -Juntas vamos a ganar mucho dinero.

La joven modelo estaba impresionada y emocionada a más no poder; en sus manos tenía un cheque con más del doble de dinero ganado en un mes el último verano y por trabajar solo unas cuantas horas.

Tras darse una larga ducha se sentó frente a su tocador a peinarse y ponerse crema facial. -Vaya, ¿qué tenemos aquí?; dijo tomando un cabello y sacándolo. -¡Una cana!

-Parece que realmente agota este trabajo; opinó mirando su rostro un poco cansado. -Nada que una siesta y una crema no puedan arreglar.

Al otro día la jefa ya había llegado y tenía todo preparado para una sesión de fotografía tipo glamour, con un sillón rojo, una mesa de centro y cortinas de gasa.

Era todo como un juego, así es que las horas pasaron volando para la modelo; si no hubiese sido por el dolor articular y muscular que empezó a molestarla, no se habría dado cuenta del cansancio.

Tras una ducha tibia y un vaso de leche con un relajante muscular se durmió plácidamente. Una máscara facial en rostro y párpados debería borrar las ojeras que le habían aparecido.

Al otro día la mujer llegó justo a las nueve y la hizo pasar a la oficina.

-Mandé las primeras fotos al cliente y están fascinados; explicó la mujer.      -Están tan encantados contigo que quieren que seas su modelo y rostro oficial de campaña este año. ¿Qué te parece?

-¡Es increíble!, no sé qué decir; exclamó la joven.

-Di que sí y hagámonos famosas; dijo la mujer con una sonrisa. -Pero bueno, trabajemos. ¿Sabes sacar fotografías?

-Solo con cámaras automáticas; respondió la modelo.

-Hoy vas a aprender a sacar fotografías profesionales; dijo la mujer mientras desabrochaba su blusa y se quitaba la falda. -Yo  seré tu modelo.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la mujer se veía bien, claro que se notaba en la textura de su piel y en la firmeza de sus músculos su edad; al fin y al cabo los años pasan y no pasan en balde.

La joven se sentía incómoda con la cámara, le costaba enfocar y usar la luz en forma manual.

-Solo deja de pensar en la cámara como una herramienta; aconsejó la mujer. -Vela  como una extensión de tu mente y tus ojos.

La mujer posaba muy bien; debía haber sido modelo cuando joven.

A pesar de todo, la modelo se sentía muy cansada cuando llegó a casa. Su piel se sentía levemente menos tersa y encontró otras canas en su cabello.

Durante la semana siguiente las sesiones fueron muy cansadoras, pero eran las últimas. El día viernes la jefa le entregó un grueso catálogo del cliente.

-Tu primer trofeo; dijo la mujer sonriendo. -Ahora nos vamos a celebrar  y en la tarde siguen tus clases de fotografía.

De vuelta del restaurante y después de varios tragos, la jefa comenzó a posar, mientras la muchacha la fotografiaba. Su piel a través de la lente se veía tersa y lozana, muy distinta de la anterior sesión; sus músculos estaban firmes y tonificados. Podía ser tal vez por el alcohol ingerido, pero la jefa se veía veinte años más joven.

-No quisiera ser indiscreta; dijo la joven. -¿Pero estás aplicándote algún tratamiento rejuvenecedor?

-La verdad es que sí; respondió la mujer.

-Lo que es yo, me siento cansada y dolorida, como si tuviera más de cincuenta años; se quejó la muchacha.

-Debe ser el exceso de trabajo; opinó la mujer. -Esta vida agota y no es solo brillo, luces y ropa bonita como piensa la gente.

Después del baño la joven, como todas las tardes se sentó frente  a su tocador; sin embargo, esta vez casi no se reconoció. Su pelo estaba lleno de canas, sus ojos rodeados por un par de ojeras se veían cansados y coronando su demacrado rostro, cuatro líneas cruzaban su frente y su piel se notaba marchita. Esto tal vez era normal por el cansancio y las largas sesiones; sin embarga, lo que más le molestaba  era el dolor punzante que sentía en sus manos y rodillas.

Para distraerse la joven modelo tomó el manual de la cámara fotográfica que le había obsequiado su jefa. Debió alejarlo bastante de sus ojos para poder leerlo. La máquina le estaba dando un poco de problemas, porque de pronto se encendió sola y no podía apagarla; en algún lado debía tener un interruptor, pero no daba con él. Por lo visto, sin proponérselo tendría grabado un video de ella esa tarde, hasta que se apagó sola.

Finalmente cansada, la muchacha se fue a la cama. En el velador la cámara se encendió nuevamente sola y filmó a la joven mientras dormía. Al otro día se levantó con mucho dolor en los huesos y fue a ver a un médico. Éste, después de revisar los resultados de los exámenes, a ella misma y la ficha con sus datos, habló despacio.

-¿Su edad es veinte años señorita?; preguntó el facultativo.

-Diecinueve, aun no cumplo veinte; corrigió la joven.

-Bien, los exámenes indican que entre otros problemas, usted está sufriendo descalcificación general, así como desgaste e inflamación en sus articulaciones. Los resultados indican que usted padece osteoporosis y artritis reumatoide; explicó el médico.-¿Algún antecedente en su familia o algún pariente cercano la sufre?

-Ninguno; respondió la muchacha.

-Ayer no pude leer bien; comentó al doctor.

-Me parece que es presbicia; dijo el médico.

-Pero doctor, eso da después de los cuarenta años y yo no tengo ni veinte; contestó ella.

-De hecho su edad biológica, en este momento, es de cerca de sesenta y cinco años.

-Pero eso es imposible doctor; alegó la joven. -¿Está diciéndome que de la noche a la mañana me volví vieja?

-En casos muy extraños eso puede ocurrir; contestó el médico. -¿Ha estado expuesta a algún tipoi de radiación últimamente?; preguntó el facultativo.

-No que yo sepa; contestó la muchacha mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

Agotada la abatida joven se fue a su casa y se tendió a descansar en su cama. Cansada se durmió y soñó con pasarelas y sesiones de fotografías; después de unas horas de un sueño reparador se levantó y preparó su comida.

Los medicamentos para el dolor que le dio el médico algo le ayudaban a soportarlos, pero se sentía sin fuerzas ni ánimo.

-¡Vaya que dura la batería de la cámara!; exclamó al ver encendida la máquina fotográfica.

Se volvió a dormir y apenas pudo levantarse al despertar; sus piernas estaban débiles y sus músculos se sentían y veían flácidos. Sin tener a nadie más  a quién recurrir, decidió llamar a su jefa.

-Hola, estoy enferma, por favor ven; la llamó con voz temblorosa.

A la media hora la mujer tocaba el timbre y la demacrada y adolorida joven le salió a abrir.

-¿Hola, qué tienes?; preguntó a la muchacha.

-No lo sé, el doctor dice que estoy envejeciendo muy rápido y sin motivos aparentes; explicó la joven. -Me duelen los huesos, estoy muy débil y me cuesta ver.

-Debe ser solo cansancio y una gripe; opinó la mujer. -Yo te veo igual de joven.

-¿En serio?; preguntó la muchacha.

-Pero claro; asintió la mujer. -No hay que creerle a los doctores.

-Supongo que tienes razón; aceptó la joven.

-Vamos, te ayudo a acostarte y te preparo una taza de té; ofreció la mujer.

Con cuidado arropó a la muchacha en la cama. Sus ojos se posaron en la cámara fotográfica que estaba en el velador y la tomó en sus manos con una sonrisa. Picaronamente la mujer le sacó una fotografía.

-Pronto nos reiremos de esta foto; dijo a la joven.

-Tómate este té, el líquido caliente te va a hacer sentir bien; le pasó la taza a la joven.

La infusión pasaba agradable por su garganta, produciéndole un leve sopor; sus ojos comenzaron a cerrarse y finalmente se durmió. La mujer puso nuevamente la cámara fotográfica en el velador y dejó a la muchacha durmiendo, para luego marcharse.

Cuando la joven despertó estaba confundida, ya que no sabía cuánto tiempo había dormido. El somnífero que la mujer puso en el té la había tenido sumida por varios días en un profundo sueño. Al intentar levantarse sus piernas fueron incapaces de sostenerla; como pudo logró sentarse en la silla del tocador. Ojala que no hubiese logrado hacerlo.

Sentada frente a ella, una anciana la miraba con ojos lánguidos; una anciana a la que nunca antes había visto, pero a la que reconoció inmediatamente. Sus temblorosas manos se acercaron despacio para tocar su arrugado y marchito rostro y su pelo blanco.

Se preguntaba por qué le estaba pasando esto. Si su frágil memoria no la engañaba, todo comenzó cuando empezó a trabajar en la agencia de modelos. Miró su velador y vio la cámara fotográfica encendida; siempre encendida, sin que su batería se agote nunca. Apoyándose en la mesita del tocador llegó hasta él y tomó la máquina. Sentada en el borde de la cama vio asombrada las fotografías que la cámara había tomado en forma automática. Una a una mostraba la secuencia en que, en el curso de pocas semanas, había pasado de una joven veinteañera a una anciana de noventa años.

Con lentitud se vistió, no porque lo quisiera, sino porque cada movimiento era terriblemente doloroso. Recordó que en el closet tenía un bastón que había comprado para un disfraz y que ahora de verdad sería su apoyo.

Pidió un taxi por teléfono y se dirigió a la oficina de la agencia de modelos. Los peldaños de las escaleras del viejo edificio parecían interminables. Agotada llegó hasta el cuarto piso y arrastrando los pies despacio llegó hasta la puerta sin nombres donde estaba aquella agencia donde todo empezó o mejor dicho donde todo terminó.

Después de un rato la recepcionista abrió la puerta.

-¿En qué le puedo ayudar señora?; preguntó amablemente sin reconocerla.

-Necesito hablar con la jefa; dijo la anciana. -Es sobre una de sus modelos que está muy enferma.

-Sí, claro, pase por favor; aceptó la secretaria.

Desde la oficina se escuchaban voces y risas, incluida la de alguien muy joven. Lo más rápido que sus cansadas piernas le permitieron se dirigió hacia allá.

La jefa de la agencia de modelos se veía bella y radiante, luciendo la apariencia de una muchacha de no más de veinte años.

-¿Qué me has hecho maldita?; se lanzó la anciana sobre la mujer. La adolescente que junto a su madre acompañaba a la dueña de la agencia, alcanzó a afirmarla cuando se le cayó el bastón y perdió el equilibrio.

-¡Abuela!; exclamó sorprendida la mujer. -¿Qué haces aquí?, ¿dónde está tu enfermera? La voy a despedir por descuidarte y dejarte sola.

-Por favor disculpen, es que mi abuelita no ha estado muy bien últimamente; dijo con cara de pena.

-No te preocupes; contestó la madre de la muchachita. -Hay que tener paciencia con las personas mayores.

-Es cierto; respondió la joven. -Pero volvamos a lo nuestro. ¿Ya firmaste el contrato?; preguntó a la jovencita, que no tenía más de quince años.

-Sí, aquí está firmado; dijo la niña emocionada pasándole los papeles manchados con una gota de sangre.

-¡No!; fue lo único que dijo la anciana antes de que la mujer la acompañara tiernamente hasta la salida, pero una vez allí la sacara de un empujón.

Al otro día, tirado en la calle encontraron el cadáver de una anciana de edad muy avanzada que había fallecido durante la noche. Las únicas identificaciones que llevaba consigo pertenecían a una joven de veinte años. Tal vez había robado la billetera o la había encontrado; podría haber sido también de alguna nieta; ¿quién podría saberlo? Era una anciana más de tantos indigentes que mueren anualmente en las calles de la ciudad.

Un forense de buen corazón se apiadaría de ella y le querría dar una identidad. Ni siquiera se podía imaginar la sorpresa que se llevaría al revisar sus huellas digitales.

Anuncios