Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Tétrada Oscura – Capítulo N° 4 – El Despertar 24 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 4

El Despertar

El sol entraba por la ventana dándole un tono apacible a la rústica cabaña. Francine abrió lentamente los ojos, como si recién hubiese salido de un sueño; Isabel aun dormía plácidamente en el sillón; Mireya abrió la puerta y se unió a Cristina que afuera contemplaba el paisaje, mientras una benévola brisa agitaba su cabello.

-¿Qué ha pasado?; preguntó la bruja a su amiga.

-No lo sé. Hace poco desperté y vi que estábamos en esta cabaña de campo; contó Cristina. -Lo  último que recuerdo fue una terrible batalla en la que pasaron cosas muy extrañas.

Francine contempló a Isabel y se preguntó cómo habían llegado ahí. Las voces que llegaban del exterior terminaron por despertar a la elfa, quien luego de estirarse un poco finalmente abrió sus ojos, para contemplar sorprendida la cabaña donde despertó.

-¿Dónde estamos?; preguntó Isabel a Francine, quien acomodaba su cabello.

-Parece el campo; respondió la joven.

Isabel se encaminó hacia la puerta y se reunió con sus compañeras.

-Tuve un sueño muy extraño; comentó Isabel a Mireya y Cristina.

-No fue ningún sueño; la corrigió Francine. -Miren sus ojos.

Efectivamente Isabel pudo comprobar cómo tanto en los ojos de Cristina, como de Mireya y Francine, intensas llamas danzaban en ellos.

-¡Sus ojos son de fuego!; exclamó la elfa.

-Al igual que los tuyos; le indicó Francine.

Las cuatro mujeres se quedaron contemplando como hipnotizadas el fuego que acompañaba su mirada. Resultaba obvio que no habían soñado y que algo muy desacostumbrado había ocurrido.

Del suelo surgió una gran llama y de ella un hombre.

-¡Damián!; exclamó Cristina.

-Me alegro mucho de que ya se encuentren mejor; respondió él abrazando a las cuatro mujeres.

-¿Qué ha pasado y dónde estamos?; preguntó Mireya.

-Conversemos adentro en forma más cómoda; sugirió el demonio invitándolas a pasar a la casa.

-¿Qué nos pasó?; preguntó Isabel.

-¿Qué es lo último que recuerdan?; quiso saber Damián.

-Habíamos encontrado la esmeralda y nos transportamos a la Patagonia; respondió Cristina.-Luego  fuimos atacadas.

-Eran cientos contra nosotras cuatro y nos defendimos en forma desesperada; agregó Francine.

-De alguna forma logramos derrotarlos; continuó Mireya. -Entonces un gran resplandor cubrió todo.

-Eran ángeles caídos que nos atacaron; siguió Isabel contando lo que recordaba. -Luego todo se vuelve muy confuso. Recuerdo mucho fuego que se movía en el aire.

-Espadas flamíferas; comentó Damián. -Ustedes mataron a los doscientos ángeles de Athatriel.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó Mireya.

-¿Por qué en nuestros ojos hay fuego?; quiso saber Isabel un poco asustada.

Después de un rato de silencio y pasearse pensativo Damián trató de explicarles a las muchachas lo que estaba pasando.

-Por algún motivo la energía de la esmeralda armonizó con la de ustedes. Cuando ésta se rompió, ustedes absorbieron la radiación que se liberó, la cual atrajo lo fragmentos de ella, como si sus cuerpos fueran una especie de imán. Los cristales de la esmeralda se fusionaron con sus organismos, generando un aumento en sus poderes naturales; explicó el demonio.

-¿Pero por qué el fuego en los ojos?; insistió Isabel.

-Siendo mi padre el dueño de la esmeralda, como ángel portador de la luz y el fuego de la sabiduría, la joya posee o mejor dicho almacenó su esencia y como ahora la gema está dentro de ustedes, de cierta forma la reflejan; continuó Damián.

-¿Cómo es que pudimos aniquilar a doscientos ángeles con tanta facilidad?; preguntó Mireya.

-Como Lucifer es el ángel más poderoso, parte de sus poderes fueron transferidos a su joya símbolo y de ella a ustedes.

-¿Y qué significa esto?; preguntó Cristina haciendo aparecer una espada flamífera en su mano.

-La espada flamífera es el arma principal de un ángel; explicó Damián.  -Como ustedes ahora poseen la energía de un ángel, era de esperar que pudieran generarlas y controlarlas; concluyó el demonio.

-Tengo miedo; dijo Francine sentada en el suelo con las manos abrazando sus piernas. -Yo absorbí completamente a algunos ángeles con mi cuerpo.

-La energía de la esmeralda dentro de ustedes ha incrementado y modificado sus poderes y habilidades naturales. De alguna forma tú ahora te alimentas de energía vital en vez de sangre; solo una pequeña modificación.

-¿Pequeña, a esto llama pequeña?; gritó la vampiresa empuñando una espada de fuego.

-¡Cálmate Francine!, por favor, no quiero hacerte daño; dijo Cristina poniéndose entre Damián y ella, con otra espada de iguales características.

-Todas estamos asustadas por lo que está pasando; intervino Mireya. -Pero no debemos olvidar que somos amigas y lo que le pasa a una le está pasando a las otras también.

-¿Recuerdas lo que sentiste cuando te volviste vampiresa?; preguntó Damián a Francine, bajando la espada de Cristina.

-Recuerdo que me sentí muy poderosa, pero muy confundida a la vez, tenía miedo porque no sabía que pasaría después conmigo; contó Francine, recordando desde el fondo de su memoria.

-¿Y cómo lograste vencer ese miedo?; siguió preguntando el demonio.

-La vampiresa que me convirtió se quedó a mi lado, me enseñó a alimentarme y me mostró lo que yo era capaz de hacer. Siempre ha sido un gran apoyo para mí y le estaré eternamente agradecida porque nunca me ha dejado sola; concluyó Francine muy emocionada.

-De igual forma yo nunca te dejaré sola y te apoyaré en todo este proceso de adaptación. Lo mismo que a todas ustedes; dijo Damián bajando y apagando las espadas de Cristina y Francine.

-¿Qué va a pasar ahora con nosotras?; preguntó Isabel.

-Aquí van a aprender a conocer y a controlar su nueva naturaleza y los nuevos poderes que implica; respondió Damián.

-¿Dónde es “aquí”, exactamente?; quiso saber Mireya.

-Creamos este lugar en un plano fuera del tiempo y del espacio normal, para que puedan meditar y entrenarse en sus nuevas habilidades; respondió el demonio.

-¿Estamos prisioneras?; preguntó Isabel.

-Claro que no; respondió Damián. -Es solo que mientras no aprendan a dominar toda la energía que generan sus cuerpos, es mejor que permanezcan aquí, o podrían destruir todo cuanto existe.

-O sea que estamos prisioneras; concluyó Mireya.

-¿Ha pasado mucho tiempo desde que llegamos?; preguntó Isabel.

-Aquí el tiempo carece de todo significado; explicó Damián. -Al salir de aquí, pueden hacerlo en cualquier período de tiempo o lugar que deseen.

-¿Y cuándo comienza nuestro entrenamiento?; preguntó resignada Cristina.

-¡Ahora mismo!; dijo una estruendosa voz en medio de una llamarada.

-¿Y quién es este?; preguntó Isabel.

-Soy Telal y seré su instructor en esta nueva etapa de su existencia; contestó el recién llegado demonio.

-No parece gran cosa; comentó la elfa mirándolo de arriba a abajo en forma despectiva.

Un fuerte resplandor iluminó toda la cabaña.

-¿Ahora me mostrarás respeto pequeña elfa?; dijo el ángel luciendo unas poderosas alas de fuego y vistiendo una impenetrable armadura roja, mientras con una mano sostenía por el cuello a Isabel y la levantaba a varios centímetros del suelo, mientras en la otra blandía una espada flamíferas que apuntaba hacia las otras mujeres.

-Mejor muestra respeto a tu maestro; ordenó Damián a Isabel.

-Está bien me equivoqué, es impresionante; aceptó la elfa.

-¡Así está mejor!; contestó Telal soltando a Isabel, cuyo cuello  mostraba  la marca de sus dedos.

-Veamos si realmente son tan buenas como dicen; comentó Telal.

Decenas de elfos claros comenzaron a descargar sus flechas contra la cabaña.

-¡Nos atacan!; gritó Mireya.

-Elfa sal a pelear; ordenó el demonio.

-Pero si va sola la matarán; opinó Cristina.

-Si la matan entonces quieres decir que no es digna de la esmeralda sagrada; comentó Damián.

Abriendo un poco la puerta Ethiel disparó contra cada blanco que su vista fijaba, pero la cantidad de atacantes era demasiado alta y sus venablos insuficientes.  Inesperadamente, de un empujón en la espalda, Telal arrojó a Ethiel fuera de la cabaña. Cientos de flechas volaron directamente hasta ella, amenazando con aniquilarla inevitablemente. Un proyectil en su pierna la hizo caer al suelo; Cristina desesperada se transformó en la bestia con la intensión de ayudar a su amiga.

-¡Déjala sola!; le ordenó Telal.

-¡La matarán!; objetó Francine.

-Puede ser, o puede ser que no; comentó Damián, quién permanecía sereno como si nada pasara. -Miren.

Las flechas caían al suelo antes de tocar el cuerpo de Ethiel, detenidas por una barrera invisible, a pesar de que ninguna de las cuatro amigas llevaba las sortijas entregadas por el señor de los ángeles caídos. Sus ojos literalmente despedían  fuego y con un total desprecio al dolor, la elfa oscura rompió la flecha clavada en su pierna. Poniéndose lentamente de pie en su mano derecha se materializó una brillante espada de llameante hoja. Presa de una gran furia Ethiel corrió contra el grupo de atacantes, mientras las flechas sin cesar rebotaban en su escudo. Sin detener su carrera con su mano izquierda hizo flotar decenas de pequeños guijarros que cayeron como una lluvia de explosivos sobre la masa de elfos claros.  Los enemigos sobrevivientes rodearon con sus afiladas espadas a la mujer, lanzándose en una formación de hojas cortantes que la mutilarían totalmente si llegasen a tocarla. Con rápidos movimientos de su espada Ethiel rompió varias hojas de las armas contrarias, para después consumir la vida de los elfos claros que tocaba con el mortífero fuego de la espada. Con solo dos enemigos vivos al frente, Ethiel hizo desaparecer su arma para enfrentarlos a mano limpia.

-¿Pero qué hace?; preguntó Mireya.

Con un suave movimiento de sus dedos, las espadas de los elfos claros se soltaron de sus manos y quedaron flotando en el aire, para ante un gesto de la elfa, cortar la cabeza de sus propios dueños.

-¡Es impresionante!; exclamó Francine cuando Ethiel volvía cojeando hasta la cabaña.

-¡Lo lograste!; la felicitó Mireya.

-Tu desempeño fue realmente patético; la reprendió Telal. -Si la flecha hubiese dado en un órgano vital, ahora estarías muerta. Demoraste demasiado en activar tu barrera.

-Es muy fácil decirlo si lo protege una armadura; opinó Cristina.

Con una dura mirada de fuego el demonio salió de la cabaña haciendo desaparecer su escarlata armadura y quedando cubierto solo por un delgado traje de tela; sin decir ni una palabra Damián le disparó a quemarropa en forma traicionera por la espalda. El fuego mágico y devastador de la espada flamífera rebotó en una resplandeciente barrera que cubrió al desprevenido demonio. Las cuatro mujeres observaban lo ocurrido con la boca abierta.

-Sus respuestas tienen que ser casi reflejas; les dijo Telal volviéndose hacia ellas con una maligna sonrisa en los labios. -Sobre todo  la generación del escudo.

-Creo que tenemos mucho que aprender; aceptó Ethiel.

-Así es, pero tenemos toda la eternidad para ello; contestó el demonio.

-Muy bien, empecemos el entrenamiento en combate; dijo entusiasmada Cristina.

-¿Combate?, ¿estás bromeando?; preguntó en forma burlona el demonio.   -Primero aprenderán a defenderse con sus nuevas barreras, luego pasaremos a otras etapas.

-Obedezcan a Telal en todo lo que les diga; ordenó Damián. -Él es uno de los mejores guerreros infernales.

-Así será Señor; respondió Mireya.

-¿Ethiel?; preguntó el demonio.

-Está bien; aceptó resignada la rebelde elfa.

-¿Cuándo volverá Señor?; preguntó Cristina a Damián.

-Cuando ustedes tengan algo bueno que mostrarme; respondió él.

De igual forma que como había llegado, Damián abandonó el campo de entrenamiento de la Tétrada Oscura, no sin antes hacerle una advertencia a Telal.

-Gánate su confianza y no las presiones tanto como para que se enfurezcan contigo. Las vi asesinar fácilmente a doscientos ángeles caídos; advirtió el demonio.

-No se preocupe Señor, no le fallaré; respondió Telal. -Y si muero, quiere decir que soy indigno de la confianza de su padre.

De una mesa el demonio tomó una manzana y se la arrojó a Mireya, quién la atrapó en el aire.

-¿Hechicera, puedes explicarnos lo que acabas de hacer?; preguntó Telal.

-¿Yo?, nada; respondió Mireya. -¿Ahh, se refiere a la manzana?

-Sí, explícalo; le pidió el demonio.

-Solo la atrapé en el aire; respondió ella.

-¿Lo pensaste o fue un acto reflejo?; continuó él.

-No lo pensé, fue un movimiento reflejo; aclaró ella.

-De igual forma deben poder activar sus barreras protectoras; explicó el demonio. -Debe ser un acto totalmente reflejo, porque si lo piensan antes de hacerlo pueden recibir un ataque mortal antes de poder defenderse.

Las cuatro mujeres miraban atentas al demonio, prestando atención a cada una de sus palabras. Inesperadamente Francine se volvió rápidamente hacia atrás, asestando un rápido zarpazo con sus garras al cuello de un enorme simio que estuvo a punto de ensartar un gran puñal en su espalda.

-A eso me refería precisamente; comentó Telal. -Sus reacciones deben ser reflejas como la de la vampiresa, en este caso. ¿Entendieron?

-Eso no es tan fácil de lograr; opinó Mireya.

-Entonces es mejor que nos pongamos a trabajar pronto; respondió el demonio. -Vamos afuera.

-Tomen esto; dijo Telal pasándole una antiparras a cada una.

-¿Y esto?; preguntó Francine.

-No quiero que queden tuertas por ser muy lentas, antes de terminar su entrenamiento; agregó él.

-Pero…; Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando una tupida lluvia de guijarros comenzó a golpearla.

-Auch, esto duele; reclamó Mireya.

-No lo haría si hubiesen puesto sus escudos; las reprendió Telal. -Y les advierto que en cualquier momento serán atacadas sin aviso.

-Necesito un bosque oscuro para poder meditar; comentó Ethiel. -Debo conectarme con mi naturaleza y con el entorno.

-Lo mismo yo; agregó Cristina.

-Las cuatro lo harán a solas; respondió el demonio. -La Tétrada Oscura y cada una por separado, es poderosa cuando sus instintos y reflejos controlan sus acciones; es probable que la fusión con la esmeralda las haya aletargado momentáneamente. Vayan y regresen cuando estén listas.

Las sombras que se mueven y los murmullos de los árboles era lo que la elfa oscura necesitaba para sentirse viva. Cerró los ojos y abrió los brazos, dejando que los espíritus del bosque entraran en ella. Sentía que su ser estaba desequilibrado, de igual forma como cuando empezó a vivir como Isabel; sin embargo, aprendió a centrar ambas partes con la ayuda de la noche del bosque, igual a como volvía a hacerlo en esta oportunidad. El aire entró revitalizante en sus pulmones, llenándola de la paz que tanto necesitaba; su respiración se emparejó con la respiración del bosque. Con sus ojos cerrados Ethiel pudo ver el verde resplandor de la esmeralda sagrada en su interior, interfiriendo con el normal flujo de energía entre el bosque y ella. Poco a poco los latidos de su corazón comenzaron a disminuir y su respiración a relajarse. Suaves sarcillos envolvieron la cintura de ella y la elevaron del suelo; delicadas hojas acariciaron su rostro trayéndole la calma que sentía cuando su madre la arrullaba para dormir.

La luz que venía del bosque y la que emanaba de la esmeralda comenzaron a latir juntas hasta igualar su ritmo y unificarse en un solo pulso. La verde luz de la gema creció lentamente, llenando todo el ser de la elfa oscura. Suavemente, como si se tratase de una delicada y frágil escultura, las lianas depositaron con cuidado el cuerpo de Ethiel que dormía plácidamente. Luego de un rato ella se levantó y con una mirada de paz caminó lentamente hacia la cabaña. La joven elfa oscura esa noche había nacido nuevamente, convertida en más de lo que era al principio de su vida; más de lo que cualquier elfo antes lo fue.

Siempre la luna llena la hacía sentirse segura, al igual que el sol a los humanos; esta vez no era distinto y la tranquilidad de la noche le permitía relajarse y descansar. Parada sobre una roca Cristina se quedó en silencio contemplando el plateado disco de la luna que iluminaba todo el paisaje que alcanzaba a divisar con sus dorados ojos. La luz blanca del astro bañaba por dentro a la licántropa, pero no se movía como siempre; ahora Cristina sentía una fuerte turbulencia en su interior. Cerró sus ojos y pudo ver el verde brillo de la esmeralda que recorría su cuerpo en forma caótica, llevando desorden a todos lados. Aspiró profundamente el aire fresco de la noche y vio como la luz de la luna al juntarse con la de la esmeralda se unían en un rápido remolino en el que se mezclaban ambas. Giraba y giraba rápido sin control; más despacio ahora, cada vez más lentamente el giro comenzó a volverse armónico y sereno, hasta convertirse en una suave danza de luz; una luz que la llenaba de paz interior. Con sus ojos dorados, rodeados por un brillante anillo verde, Cristina bajó del monte donde esta noche había vuelto a nacer. Ahora ya no había ninguna duda en la mente de la loba; lo comprendía todo con una sabiduría que lo abarcaba todo.

En el bosque Mireya caminaba con paso seguro, al llegar a un claro asiente con satisfacción por el lugar encontrado y extiende sus brazos; bajo su voluntad un pentagrama de fuego se formó en su centro. Este era el mejor lugar para que  la hechicera pudiese meditar. Habían pasado muchos siglos desde que Mireya formó su primer pentagrama de fuego para ponerse en armonía con las fuerzas que le daban sus poderes y ahora le producía una sensación similar a aquella vez.

Con sus ojos cerrados y sus brazos abiertos a los costados, el cuerpo de la bruja se despegó del suelo desafiando la fuerza de la gravedad. Dentro de sí pudo ver la esmeralda como un corazón latiendo en forma descoordinada. El fuego en su interior rodeaba a la joya pero no lograba tocarla. La respiración de ella se volvió tenue y serena, suave y apacible. El fuego de Mireya rozó la gema y la envolvió delicadamente, armonizando con ella su vibración; poco a poco el latido de la esmeralda se hizo monótono y lento, constante y estable. El fuego y la luz de la esmeralda se volvieron uno sol y el verde resplandor de la joya inundó todo el cuerpo de la hechicera, logrando el equilibrio que ella necesitaba.

Francine no era muy buena para los cambios, de hecho a ella le acomodaba mucho llevar una vida rutinaria, aunque de vez en cuando se salía de ella. Sin embargo, esta era una situación un tanto extrema. Reconocía que sentía miedo por no poder comprender bien lo que estaba pasando, de igual forma que sintió hace tres siglos, cuando dejó de ser humana; y de igual forma esta vez también se adaptaría. Al igual que en esa ocasión cerró sus ojos y dejó que la noche entrase en su interior. Por sus venas vio correr la roja sangre que bañaba su ser; también pudo ver la luz de la esmeralda, que no dejaba circular bien su sangre. La noche ejercía cierto influjo en ella que la relajaba y la llenaba de una sensación de paz y poder; lentamente se sentía más y más serena. Vio en su interior que una luz verde comenzaba a llenar sus venas, recorriéndola toda por dentro. Francine ahora lo entendía todo y ninguna duda ni miedo la embargaba, volviéndose una sola con la joya que brillaba en su interior.

Caminando tranquilas, pero seguras de sí mismas, las cuatro mujeres regresaron a la cabaña, donde las aguardaba Telal.

Una tupida lluvia de flechas, fuego y pequeños proyectiles las recibieron de regreso de su retiro, pero nada logró dañarlas gracias a las barreras que automáticamente aparecieron en forma refleja en torno a ellas, protegiéndolas de cualquier amenaza.

-Muy bien, lo han logrado; dijo el demonio a las mujeres. -Ahora pueden comenzar su entrenamiento.

-¿Podemos ir a desayunar primero?; preguntó Mireya. -Estuvimos toda la noche meditando.

-Vayan; autorizó el demonio.

-Me siento muy bien; comentó Isabel a sus amigas.

-Igual que yo; coincidió Cristina.

-¿Y tú Francine?; preguntó Mireya.

-El miedo ya desapareció y me siento más tranquila; opinó la vampiresa.     -¿Y tú?

-Nuevamente me siento centrada; contestó Mireya.

-Entonces ya estamos listas para comenzar nuestro entrenamiento; comentó Isabel.

-Solo déjame terminar mi café; pidió Cristina.

Mientras sostenía la taza de café, toda la cabaña se vino abajo, aplastando a las cuatro amigas bajo los escombros. Un brillante resplandor acompañó a la explosión que hizo volar todo por el aire. Con satisfacción el demonio vio a sus discípulas cubiertas por sus brillantes barreras, mientras las cuatro empuñaban poderosas espadas flamíferas.

-Las felicito, han reaccionado como se debía esperar de la Tétrada Oscura; dijo orgulloso Telal. -Pueden guardar sus espadas. Ahora que ya superaron el problema de sus defensas, ya pueden comenzar su entrenamiento en combate.

-Primero empezaremos con el uso de la espada flamífera.

-A mí me encanta pelear con espada; comentó Isabel.

-Muy bien, pero ya no quiero verte más como humana aquí; reprendió el demonio a la elfa.

-Yo ya he visto cómo se usan las espadas; mencionó Francine.

-Ver un combate es muy distinto a participar en uno; observó Telal.

-Igual yo soy muy rápida; recordó la vampiresa.

-No se trata solo de rapidez, sino de poder canalizar tu energía; corrigió el demonio. -La llama de la espada flamífera se alimenta de la propia energía de su dueño. Por otro lado, como ya lo pudieron comprobar es una de las armas más mortíferas que existe, reservada solo para ángeles y ahora para ustedes también; aclaró Telal a las cuatro inexpertas guerreras.

Cristina nunca había sentido antes en sus manos la vibración de dos espadas flamíferas chocando entre sí y Mireya nunca había usado una antes. La fuerza del golpe de Cristina hacía temblar el brazo entero de Mireya, que no parecía tener oportunidad ante la superioridad física de la licántropa, quien la tenía casi de rodillas. De pronto una negra niebla emanó del cuerpo de la hechicera y su espada comenzó a brillar con más fuerza; sosteniendo su arma con una mano, con la otra lanzó una onda de choque luminosa que hizo saltar lejos a Cristina.

La espada de la loba cambió su brillo y de ella se proyectó un intenso rayo de energía que golpeó de lleno a la bruja, chocando contra una luminosa barrera que no lo dejaba tocarla. Otro rayo salido de la espada de Mireya cortó la descarga de la espada de Cristina. La loba se hizo a un lado y casi en un pestañeo se puso frente a la bruja. Ambas espadas se golpearon varias veces, cada vez con mayor rapidez y fuerza. Los ojos de ambas mujeres eran dos hogueras en sus rostros que emanaban a cada golpe de espada.

Ethiel desde pequeña había sido entrenada en el uso de espadas, una espada flamífera no era muy distinta a cualquier otra, pensaba ella. Francine alguna vez vio a unos soldados dar una impresionante exhibición de esgrima y aun recordaba algunos de los movimientos; por otro lado, tenía la velocidad, fuerza y reflejos de los vampiros, lo que la convertía en una poderosa guerrera, según ella.

Ethiel atacó a Francine con varios golpes rápidos para hacerla retroceder y tenerla siempre en actitud defensiva, pretendiendo no dejarla tomar la iniciativa en el combate, para así cansarla finalmente. Sin embargo, la vampiresa tenía mucha fuerza y era muy rápida, con lo cual la que terminó retrocediendo en un momento fue Ethiel. Con un movimiento de su mano izquierda la elfa hizo estallar el suelo bajo Francine, haciéndola volar por el aire. Sin inmutarse ésta, desde lo alto disparó sobre la barrera de la elfa, mientras con la mano izquierda formó un torbellino de fuego que envolvió a su compañera. Golpeando ambas manos Ethiel disolvió la vorágine de llamas, disparando luego una delgada llama verde con su espada, la cual fue detenida por un rayo similar de la espada de Francine. La onda expansiva de ambas energías chocando, fue como si hubiese estallado una bomba nuclear pequeña.

-¡Suficiente!; ordenó Telal. -Detengan sus combates ahora mismo. Las cuatro amigas al mismo tiempo apagaron sus espadas de fuego y se detuvieron frente a su maestro.

-Apenas estaba entrando en calor; comentó Ethiel.

-Yo podría haber seguido peleando por siempre; pensó Mireya.

-Es entretenido; opinó Cristina.

-A mí también me gustó; dijo Francine.

-Me alegra que estén tan entusiasmadas, porque este solo es el comienzo; concluyó el demonio.

Después de descansar un poco y meditar un rato sobre las últimas enseñanzas, la Tétrada Oscura se volvió a reunir con Telal para continuar su entrenamiento en el uso de las espadas.

-¿Qué es eso?; preguntó Francine indicando cuatro estatuas que representaban ángeles con armaduras y espadas.

-Son imágenes de arcángeles y van a practicar tiro al blanco en ellas; contestó Telal.

-¿Con flechas?; preguntó Ethiel haciendo aparecer su arco en su mano.

-Claro que no, recuerden que las espadas flamíferas pueden disparar descargas de energía; corrigió el demonio.

-¿Qué gracia tiene esto?; preguntó Cristina mientras en su mano aparecía una espada y lanzaba una llama contra una de las estatuas.

-No le hizo nada; observó Mireya. -Voy a probar yo. Una densa niebla emanó del cuerpo de la bruja cuando su espada descargó su energía contra el blanco.

-Son unas niñitas; dijo Ethiel lanzando una intensa llamarada contra la estatua que tenía al frente sin lograr hacerle nada.

-Parece que son muy duras; dijo Francine con fuego en sus ojos y llamas en la hoja de su espada que volaron como un solo chorro concentrado de energía contra una de las estatuas, sin siquiera rayarla.

-Van a tener que esforzarse mucho más si quieren romper la barrera protectora de un arcángel; observó enojado Telal.

Aunque las cuatro se concentraron aumentando la intensidad de sus disparos, ninguna logró producirle daño a las estatuas.

-Están usando su fuerza normal; las reprendió el demonio. -Recuerden que ahora poseen el poder de la esmeralda sagrada. ¡Úsenlo o ríndanse!

-Parece que necesitan un estímulo especial; continuó Telal.

Cuatro poderosos chorros de fuego fueron disparados por las cuatro estatuas contra las cuatro mujeres. Sus barreras desviaron las llamas mientras sus espadas aumentaban la potencia de sus disparos.

-¡Ustedes son la Tétrada Oscura!; les gritaba Telal. -Son la fuerza demoniaca más grande que existe. No hay nada más poderoso que ustedes; las arengaba el demonio. -Demuéstrenme que Lucifer no se equivocó al elegirlas a ustedes.

Los ojos de las cuatro mujeres se llenaron de fuego y una flameante aura las rodeó. Las llamas de sus espadas se convirtieron en rayos cargados de energía que golpearon violentamente contra las barreras protectoras de los arcángeles, anulándolas totalmente. Sin nada que las protegiese de tan formidables armas, las cuatro estatuas que representaban a cuatro arcángeles se desmaterializaron en un cegador resplandor.

Telal orgulloso de su habilidad como instructor sonreía por el logro de sus discípulas.

Una formidable y gigantesca figura se hizo presente en el campo, bajo la mirada maligna del demonio.

-Destrúyanlo o las matará; ordenó Telal a las mujeres.

Sin inmutarse siquiera, dominadas por la esencia contenida en la gema sagrada, las mujeres apuntaron sus espadas contra el colosal ente. Intensos y devastadores rayos salieron de las cuatro armas, sin que ninguno lograse dañarlo; por más que aumentaba la potencia de las descargas amenazando con inflamar todo cuanto había alrededor, la criatura no se detenía.

-Las cuatro en un solo golpe; pensó Telal.

Las agudas mentes de la Tétrada Oscura percibieron el pensamiento del demonio y sin decir ni una palabra, apuntaron sus espadas a un mismo punto frente al coloso. Los rayos coincidieron formando una bola de luz que se disolvió en la forma de un impresionantemente poderoso rayo que dio de lleno en el centro del pecho de la criatura, partiéndolo en varios pedazos que se convirtieron en una lluvia incandescente de luz.

Aunque ellas no lo notaban, Telal pudo ver como las cuatro mujeres brillaban como si se hubiesen convertido en arcángeles o algo más y eso lo llenaba de satisfacción.

¡Excelente!; las felicitó el demonio. -Cada vez que combatan deben usar el increíble poder que confiere la esmeralda sagrada. Ahora ustedes son muy superiores a lo que eran antes de ser la Tétrada Oscura y deben estar conscientes y orgullosas de ello.

-Esta arma es increíble; opinó Ethiel.

-La espada es solo una manifestación del poder que existe  dentro de ustedes; explicó Telal. -Son mucho más que eso; sus poderes van mucho más allá.

-Siempre he sido muy buena peleando con mis manos; comentó Cristina.

-Igual que yo; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

-Esa habilidad, al igual que todas las otras que poseen, se amplificaron hasta el infinito ahora que son una sola con la esmeralda; agregó el demonio. -No es el arma la que las hace poderosas, es su capacidad para trabajar en equipo en forma totalmente coordinada. Aun desarmadas sus ataques deberían ser devastadores y fulminantes, no importando el número de enemigos que enfrenten. Un ataque combinado de ustedes cuatro debe tener la capacidad de producir una destrucción masiva si así lo desean.

-Nunca me habría imaginado algo así; opinó Mireya.

-¿Cuán fuertes nos hemos vuelto?; preguntó Cristina.

-Eso debemos averiguarlo; respondió Telal.

Con un pase de la mano del demonio sobre una mesa aparecieron distintos tipos de materiales, de distinta dureza. Bajo la presión de las finas manos de las mujeres, todos los metales se torcieron y aplastaron como simple papel; con sus dedos las rocas y minerales más duros quedaron reducidos a simple polvo; el filo de los aceros más cortantes no fue capaz de atravesar sus pieles.

-¡Es realmente increíble!; exclamó sorprendida Cristina.

Un gesto más de la mano de Telal hizo que cuatro hermosas y rojas rosas aparecieran en la mesa.

-Tomen las flores; ordenó el demonio.

Una a una las cuatro mujeres intentaron tomar las delicadas flores, con igual resultado cada una de ellas. En sus dedos las suaves rosas se deshicieron bajo la presión ejercida.

-Mmm; reclamó Mireya.

-Vaya que frágiles; opinó Cristina.

-Esas son rosas comunes y corrientes; corrigió Telal. -Lo que pasa es que ustedes ahora son muy poderosas, pero no saben controlar su fuerza. La fuerza y el poder sin control no sirven de nada. Deben ser capaces de aplastar cualquier cosa con sus manos y a la vez tener la delicadeza de poder acariciar a un bebe o tomar una flor sin romperla.

-Y se supone que yo soy cirujano; opinó Mireya mirando sus manos. -Mis dedos se han vuelto torpes.

-Solo están cansadas. Tómense el día de mañana libre y vayan a pasear al campo; las autorizó el demonio.

-Hace tiempo que no voy de paseo; meditó Cristina. -Supongo que será divertido.

Al otro día, cerca de la cabaña las esperaba un prado florido, junto a un bosquecillo de árboles frutales que proporcionaban una agradable sombra y un arroyo de cristalina agua fresca, que corría en medio. Insectos y hermosas aves multicolores completaban el cuadro y llenaban el aire con sus cantos.

-Qué lindo paisaje; dijo Mireya con los brazos abiertos, dejando que la fresca brisa moviera su cabello.

-Esto es vida; opinó Ethiel apoyando su espalda en un tronco y sentándose en el suelo con los ojos cerrados.

-¡Que lindas flores!; exclamó Cristina. -Quiero una.

La joven loba se agachó a recoger una colorida flor que abría sus pétalos para ella, invitándola a tomarla. Sin embargo, al intentar cogerla, la delicada planta se rompió entre sus dedos. Cristina miró con pena la rota flor y se quedó muy pensativa.

-Antes podía hacerlo, no veo motivos para no poder ahora. Tal vez no debo tratar de juntar mucho mis dedos; meditaba ella.

Otra flor rota, y otra más, y otra, y así siguió Cristina intentando coger una sin romperla. Ella era testaruda y no se rendía, hasta que por fin…

-¡Chicas!, ¡Chicas!; llegó corriendo y gritando junto a sus amigas.

-¿Qué ocurre?; preguntó Mireya.

-¿Nos atacan?; dijo Ethiel poniéndose de pie de un salto.

-¡Oh, nada de eso!; contestó la joven. -Miren, logré tomar una flor sin romperla, claro que me costó un poco; dijo mostrando un montón de rosas rotas.

¿Y solo por eso nos asustas?; la retó la elfa.

-Cristina tiene razón; opinó Mireya. -Ella logró recuperar la movilidad fina de sus manos. Nuevamente tiene control sobre sus músculos y por tanto sobre su fuerza.

-¡Eso mismo!; exclamó emocionada Cristina.

-Entonces es solo cuestión de practicar un poco; dijo Francine estirando sus brazos y bostezando. -Voy a intentarlo.

A la vampiresa le costó solo unos cuantos intentos lograr asir una flor y no hacerla pedazos en su mano.

-Vaya, a ti te resultó mucho más fácil que a mí; comentó Cristina.

-Siempre he tenido que ocultar mi verdadera fuerza; reconoció Francine.     -Los vampiros somos muchísimo más fuertes que los humanos y para poder vivir entre ellos hay que estar siempre conscientes de cada movimiento.

-Entiendo; aceptó Ethiel. -Se puede decir que siempre has tenido que cuidarte de no romper las flores humanas.

-Por así decirlo; reconoció la vampiresa.

-Supongo que será como volver a aprender a usar el instrumental quirúrgico; meditó Mireya para sí.

-Siempre se ha dicho que no hay nada que un elfo oscuro no pueda hacer; pensó Ethiel. -No veo por qué ahora tendría que ser distinto.

Mireya ya no estaba prestando atención a Ethiel, ya que se había puesto a jugar con una ramita entre sus dedos.

-Esto no se siente tan distinto a un bisturí; pensó para sí la bruja. -Tan solo tengo que soltar los músculos de las manos. El palito se molió bajo un leve movimiento de sus dedos; sin embargo, sabía que lo podría lograr.

-Vamos Mireya, tu puedes; se daba ánimo a sí misma. -¡Eso es!; exclamó contenta cuando pudo pasar un delgado palito entre todos sus dedos sin romperlo. -Ahora probaré con una flor.

Las flores eran mucho más frágiles que la madera; prueba de ello era el montón de ellas que se acumuló junto a la bruja, hasta que finalmente, después de mucho intentarlo, logró tomar una flor entre el índice y el pulgar derecho y controlar la presión para no aplastarla.

-Ahora solo faltas tú; dijo la bruja a la elfa.

-Tremendo desafío; dijo burlona Ethiel tomando una rosa por los pétalos con toda delicadeza y sin ningún esfuerzo.

-¡Mmm!, murmulló Mireya. -Con telequinesis no vale Ethiel; dijo a su amiga.

Al perder la concentración, la flor que sostenía la elfa se rompió en varios pedazos.

-Ya me parecía sospechoso; dijo Cristina cruzando sus brazos.

-Vamos, inténtalo de verdad; insistió Francine. -Sé que puedes lograrlo.

Respirando hondo Ethiel lo intentó una y otra vez y otra y otra y otra, hasta perder la cuenta. Pero ella no era de las personas que se dan por vencidas ante el fracaso y finalmente consiguió que sus manos pudieran tomar y sostener una flor sin romperla.

Una pequeña y linda avecita se posó sobre el hombro de la elfa y ella acercó su mano para cogerla como acostumbraba hacerlo. Sus tres compañeras sostuvieron la respiración, temiendo que verían escurrir los restos del pajarito entre los dedos de Ethiel. Para su sorpresa la elfa tomó con toda su mano a la avecita y la acarició con la otra sin hacerle ningún daño. Varias aves y animalitos salieron de entre los arbustos a jugar a la luz del sol, como invitando a las mujeres a que los tomaran.

Un suave conejito se acercó a Mireya y ella con recelo al principio lo acarició y luego lo levantó en el aire y lo abrazó con mucha delicadeza sin lastimarlo.

Un tierno cachorrito de lobo se aproximó a Cristina, con mano dubitativa le acarició tras las orejas y en vista de que no pasaba nada malo, le comenzó a hacer cosquillas en su pancita y finalmente lo tomó en brazos y lo meció  como si se tratase de un bebé.

Una pequeña ardilla llamó la atención de Francine y la tomó suavemente de la rama donde se alimentaba. Dócilmente el animalito dejó que la vampiresa le diese pedacitos de nueces y la acariciara.

-Creo que este ha sido mi mejor día de campo; opinó Ethiel.

-Pienso lo mismo; agregó Cristina besando al lobezno.

-Y yo; concluyó Francine, con la ardilla parada en su cabeza.

-Volvamos a la cabaña; sugirió Mireya. -Creo que ya descansamos suficiente.

En el cobertizo de la cabaña las esperaba Telal sentado en una cómoda silla mecedora.

-¿Cómo estuvo su día de descanso?; preguntó el demonio.

-Magnífico; respondió Cristina.

-Hace tiempo que no me divertía tanto de día; comentó Francine.

-Fue realmente confortable; agregó Ethiel.

-Lo disfrutamos muchísimo; dijo Mireya tomando una rosa de la mesa y poniéndola en su cabello.

-¡Excelente!; exclamó con satisfacción el demonio por el logro alcanzado por sus discípulas.

Cada día que pasaba el control sobre las espadas flamíferas aumentaba más y más y las mujeres comenzaban a aburrirse, cansadas de la rutina.

-Bueno, ya manejan bien sus espadas; reconoció el demonio. -Es tiempo de empezar a entrenar su habilidad a mano desarmada.

-Al fin, ya estaba hasta la punta de mis orejas de tanto entrenar con la espada; dijo Ethiel.

-Y vaya que son largas; mencionó Cristina.

-No tienen nada de malo; reclamó Ethiel.

-Yo no dije que tuvieran algo de malo; respondió Cristina. -Si es que no te molesta que toquen el techo.

-Cuando te agarre te voy a llenar de pulgas, quiltra; gruño la elfa corriendo tras Cristina.

-¿Son siempre así?; preguntó Telal.

-Solo cuando están aburridas; contestó Francine.

-¡Atención!; gritó autoritario el demonio.

En seco Ethiel y Cristina se detuvieron y pusieron rígidas.

-Ya que parece que tienen mucha energía nos van a demostrar como pelean sin armas; indicó Telal.

-Hasta ahora nadie ha sobrevivido a uno de mis ataques; comentó Cristina.

-Ni a los míos; agregó la elfa.

-Nuestras manos son armas mortales; rió la loba.

-Eso lo juzgaré yo; concluyó el demonio.

-Veamos si eres tan buena con tus manos como con tus palabras; desafió Telal a Cristina. -Transfórmate.

En un abrir y cerrar de ojos Cristina dejó salir al monstruo que dormía en su interior.

-Un simple cachorro lo haría mejor que tu; la despreció el demonio. -Tienes la esmeralda en ti, libérala.

Con un fuerte gruñido los ojos de la loba se llenaron de fuego y su pelaje se cubrió de llamas, en tanto que sus garras brillaban más que el disco del sol.

-Así me gusta; rió Telal. -Quiero una bestia capaz de hacer temblar a los ángeles; dijo el demonio encendiendo su aterradora espada de fuego, la  que descargó sobre la licántropa.

Con una sola mano Cristina atrapó la hoja flamífera de la espada y la rompió en medio de una lluvia de chispas. La otra garra golpeó contra la armadura de Telal, quien si no hubiese tenido su barrera activa a su máxima potencia, de seguro habría visto el final de su eterna existencia; al mismo tiempo una llamarada lo envolvió, por donde se alejó de Cristina y apareció junto a Mireya.

-¡Excelente!, eso es lo que quiero de ti; dijo satisfecho él de sí mismo por lograr esa reacción  en la licántropa, tal vez no siendo totalmente consciente de lo peligrosa de la situación.

-Mira esa estatua de arcángel; señaló Telal. -Está protegida por una barrera igual a la real. ¡Rómpela!

Como si esa hubiese sido la orden que deseaba escuchar, la loba descargó uno tras otro varios golpes con sus garras, sin lograr dañar el escudo de la estatua. Deteniéndose un momento, Cristina asestó un único golpe hacia adelante, manteniendo la presión como si estuviese empujando algo; finalmente, su mano comenzó a acercarse más a la estatua, hasta que sus garras de fuego la atravesaron y reventaron en medio de un violento estallido que despidió luz en todas direcciones.

El orgullo que sentía Telal por lo hecho por su discípula se podía leer en su oscura mirada.

-Sí, eres la bestia más poderosa; felicitó Telal a Cristina quien lanzó un aullido triunfante al aire. El viento agitaba su cabello y el sol hacía brillar su piel mojada en el sudor típico que acompañaba al paso entre mujer y bestia y entre bestia y mujer, mientras dos hogueras danzaban en las cuencas de sus ojos.

-Supera eso; ordenó el demonio a Francine.

-No puedo; respondió ella.

-¿Qué cosa?; preguntó atónita Mireya, no dando crédito a lo que oía decir a su compañera.

-No puedo; repitió la vampiresa. -Porque no hay nadie que se pueda comparar conmigo, ni acercarse a lo que yo puedo hacer.

-¡Conque esas tenemos!; exclamó Telal. -Muy bien, ten lo que deseas.

Decenas de indescriptibles y horribles criaturas rodearon a la vampiresa. En un santiamén sus ojos se volvieron hogueras y sus garras se asemejaron a cuchillos con el brillo  del metal fundido. Un remolino de fuego se elevó y Francine desapareció. Las criaturas caían decapitadas o con las entrañas abiertas, para enseguida arder en llamas.

La vampiresa se detuvo un momento y elevó sus brazos; un torbellino de fuego bajó del cielo y envolvió a varias criaturas, reduciéndolas a cenizas. Francine llevó sus manos a la cabeza y varias criaturas más gritaron de dolor y cayeron sin vida. Finalmente no quedaban más de diez rivales de ella y se puso frente a ellos, abriendo sus brazos. Las criaturas se iluminaron y sus figuras comenzaron a temblar, como la llama de una vela, hasta convertirse solo en luz que fue totalmente absorbida por el cuerpo de la vampiresa.

Telal asentía satisfecho con una sonrisa en los labios.

-¿Te divertiste?; preguntó el demonio a la vampiresa.

-Bastante; contestó Francine con la expresión más malvada que podía en su rostro.

Una sonrisa maligna se dibujaba en los labios de la Tétrada Oscura, que empezaban a tomar consciencia de lo que realmente significaba haberse fusionado con la esmeralda sagrada que contenía la esencia de Lucifer.

El fuego llenó las órbitas de los ojos de Mireya, cuando su báculo convertido en una brillante vara de fuego se materializó junto a ella y tomándolo en alto unas nubes incandescentes comenzaron a formarse en el cielo, de las cuales cayó una fuerte lluvia de fuego que convirtió el paisaje en un páramo quemado, sin ninguna muestra de vida. Luego de su mano surgió una ráfaga de viento blanco que congeló el anteriormente humeante campo quemado, estallando luego en una metralla de cristales de hielo que al caer nuevamente produjo profundas heridas en el suelo, acabando con toda forma de vida.

-Una elegante muestra de devastación; comentó Telal satisfecho.

Ethiel tomó un manojo de sus flechas y las arrojó con fuerza al aire; cientos de líneas luminosas rajaron el firmamento convirtiéndolo en fuego líquido que comenzó a caer como gotas de ácido que perforó toda la tierra. El suelo comenzó a temblar violentamente y pocos minutos después se fracturó en varios puntos distintos, por los que salió fuego y lava que avanzó cubriéndolo todo. El cielo se despejó nuevamente y un sol benevolente abrazó el páramo devastado; la tierra se cicatrizó de sus heridas y la brisa se llevó las cenizas. Pequeñas hojas crecieron por doquier y la vida volvió a nacer ahí, donde hace un momento solo había muerte. Ethiel bajó sus brazos y miró a Telal.

-Es increíble lo que has podido hacer; dijo el demonio. -Te has convertido en una fuerza de destrucción y de vida.

-¡Resulta tan fácil!; exclamó Ethiel. -Solo es cosa de dejarse llevar; la voluntad se convierte en realidad.

-Solo falta probar una cosa; meditó el demonio.  -¿Cómo son sus poderes combinados en un solo golpe?

Un golpe de las manos de Telal y todo delante de ellos se volvió opaco, como si una hoja de papel se pusiera por delante. Mireya miró con curiosidad al demonio.

-He puesto una barrera de energía diez veces más resistente que la de un arcángel; explicó Telal. -Quiero que traten de romperla.

Coordinadamente sin decir ni una palabra, las cuatro extendieron su brazo derecho. Un incandescente chorro de fuego salió de cada uno de ellos, coincidiendo los cuatro en un único punto, fusionándose en un solo rayo de incalculable energía, que golpeó la barrera creada por Telal y la atravesó como si no estuviera allí.

-¡Sorprendente!; pensó el demonio en voz baja.

¿Les molesta si aumento la resistencia a cien veces la de una barrera normal?; preguntó él.

Una sonrisa en los labios de Cristina fue la única respuesta. El golpe del rayo encontró la misma oposición que la vez anterior; absolutamente ninguna.

-Probemos una tercera vez; dijo Telal a las  mujeres.

Esta vez la barrera desprendía cierto resplandor. El rayo disparado por ellas chocó contra la pared de energía sin lograr dañarla. Una leve mirada entre las cuatro mujeres bastó para que se pusieran de acuerdo. Rodeadas de una densa niebla negra, aumentaron su esfuerzo; esta vez la barrera estalló en cientos de destellos de luz, elevando un viento huracanado que golpeó violentamente el rostro del demonio.

-¡Un millón más poderosa que la barrera de un arcángel! y la han roto con facilidad; pensó para sí.

-Estoy muy orgulloso de ustedes y complacido por sus logros; las felicitó Telal.

-No pensé que conocería a un mejor maestro que mi padre; dijo Ethiel tomándole la mano en forma de agradecimiento.

-Usted nos ha guiado en forma sabia; reconoció Mireya.

-Sus palabras me honran; respondió Telal ante sus discípulas. -Para finalizar tengo un obsequio para ustedes. Ante un gesto de la mano del demonio, las cuatro mujeres quedaron vestidas con impresionantes armaduras ligeras de color negro.

La Tétrada Oscura había terminado su entrenamiento en un lugar creado especialmente parta ellas, fuera del tiempo y del espacio.

Una gran llama surgió del suelo y de ella asomó Damián.

-Mi Señor; saludó respetuoso Telal al hijo de Lucifer.

A modo de saludo en un único movimiento coordinado, la Tétrada Oscura quedó formada frente al poderoso demonio, sin mover ni un músculo si él no lo ordenaba.

-Veo que ha cumplido a cabalidad si misión Telal; reconoció Damián. -Y no murió en el intento.

-La Tétrada Oscura se ha convertido en la fuerza más poderosa de todo cuanto existe, Señor; respondió con orgullo el demonio.

-Estamos listas para obedecer todas sus órdenes; dijo Ethiel.

-Estoy orgulloso de ustedes; respondió Damián. -Mi padre se sentirá honrado de contar con tan formidable fuerza en sus filas.

-El honor es para nosotras; respondió Mireya, con sus ojos en llamas.

-Ya pueden abandonar este lugar; indicó Damián.

-¿No teme que nos detecten?; preguntó Cristina.

-Ustedes ya no tienen nada que temer; explicó Damián. -Además  si lo desean, pueden volver totalmente indetectables sus poderes y la esencia de la esmeralda.

 

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