Relatos sorprendentes

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Tétrada Oscura – Capítulo N° 3 – Conspiración 22 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 3

Conspiración

-Seguro mi papá sufriría un ataque si me viera haciendo estas labores de dueña de casa; pensó Isabel mientras lavaba el montón de loza sucia que había en la cocina. Los niños hace una hora se habían acostado y  Tomás como siempre se las ingenió para acostarse y dejarla con todo el aseo.

-Listo, un vaso de bebida y a descansar; se dijo Isabel sacando un paquete de galletas de la alacena y llenando un  largo vaso de refresco, que se partió en su mano cuando lo atravesó una flecha que alcanzó a esquivar justo antes de que diera en su cara. Con un rápido movimiento se puso a cubierto bajo una mesa mientras tiraba las galletas contra la ampolleta, dejando la cocina a oscuras.

Tendiendo la mano la flecha clavada en la pared comenzó a vibrar y voló hasta su palma.

-¡Un elfo claro!; dijo furiosa para sí.

Por la cocina no podía salir y la entrada principal de la casa tampoco era buena idea, las habitaciones también eran peligrosas; la única salida que se le ocurrió fue la pequeña ventana del baño. Con todas las luces apagadas salió de la cocina, justo cuando dos flechas más se clavaban en la pared.

-Debo recordar agrandar esta ventana; pensó Isabel mientras salía por ella, con la única idea de alejarse lo antes posible de su casa y de su familia. No se detuvo en mirar para atrás mientras las puertas y ventanas quedaron cubiertas por dentro con gruesas enredaderas; la casa quedaría sellada mientras ella se encargaba de su atacante.

Una flecha se clavó en un árbol junto a ella justo cuando pudo ingresar al bosque que había junto a la ciudad. Afortunadamente estaba nublado y la foresta se extendía oscura, ocultando su huida. Otra flecha la pasó rosando peligrosamente cerca; definitivamente su cabello rubio era un verdadero tiro al blanco para quién trataba de matarla. Sin detenerse su apariencia y vestimenta se volvieron oscuras, confundiéndose con las sombras del bosque, al tiempo que tomaba una rama rota, que en su mano se convirtió en el mortífero arco de un elfo oscuro.

Un suave impulso en su carrera elevó a Ethiel entre las ramas de los árboles, ocultándola de su perseguidor. Con sus oídos y oscuros ojos recorrió  los alrededores y dónde ellos le indicaron hizo volar una negra flecha que habría abatido a cualquiera que estuviese frente a ella; pero esta vez su enemigo era otro elfo. Girando en el aire el atacante esquivó la flecha y antes de caer al suelo disparó una de las suyas hacia Ethiel, quien la eludió saltando de la rama donde estaba parada.

Frente a frente ambas criaturas del bosque se acechaban mutuamente. El cabello desagradablemente claro de él a Ethiel le hacía ponerse de peor humor del que ya estaba; mientras que él trataba de penetrar en los negros ojos de profunda oscuridad de ella. En sus manos sus respectivos arcos se convirtieron en afiladas espadas ansiosas de chocar entre sí.

-¿Por qué te has atrevido a romper la paz entre nuestros pueblos?; preguntó Ethiel girando la espada entre sus dedos.

-¿Acaso ahora los elfos oscuros prefieren hablar en vez de pelear?; respondió el elfo claro. -¿O tal vez tienes miedo?

Ethiel podía soportar cualquier cosa menos que la trataran de cobarde. Avanzando lanzó varios golpes con su espada a su insolente enemigo. Sin embargo, él resultó ser tan ágil y rápido como ella.

Aunque de madera, el golpe de ambas armas hacía retumbar el bosque entero con un tono metálico. Ni el mejor de los aceros forjado por los humanos podía imitar siquiera el filo y resistencia de las espadas elfas, que ahora chocaban en una frenética danza mortal. Hacía siglos que Ethiel no se enfrentaba a un rival que valiese la pena hasta ahora y eso la emocionaba mucho.

Con el rabillo del ojo la elfa vio como una piedra comenzaba a temblar bajo las órdenes de su contendor.

-Eres demasiado lento elfo claro; opinó Ethiel haciendo volar la piedra contra su enemigo, el que la rechazó con su espada. -Al menos reconozco que eres bueno con el arco y la espada.

Los movimientos de la elfa oscura eran tan sigilosos que el elfo no se percató de nada hasta que sus manos y pies fueron enrollados por flexibles lianas que lo dejaron completamente inmóvil.

-Nunca ustedes podrán igualar nuestro control sobre la naturaleza; dijo burlona Ethiel a su prisionero. -Ahora habla, ¿por qué trataste de matarme?

-Pierdes tu tiempo basura oscura, no sabrás nada por mí; respondió el elfo.

-Mmm, veamos si aprieto un poco aquí y estiro por aquí a lo mejor te convenzo de confesar; dijo la elfa moviendo su mano y haciendo que las muñecas de su oponente fueran sometidas a una intensa presión y sus brazos y piernas dolorosamente estirados.

-Deberías saber que los elfos claros no cedemos ante la tortura. Puedes hacerme lo que quieras; respondió el elfo a Ethiel.

-¡Francine!, por favor ven enseguida a dónde estoy yo; dijo la elfa oscura al aire.

-¿Con quién hablas?; preguntó el elfo claro.

Aunque todos los elfos estaban acostumbrados a ver cosas más allá de lo común y corriente, no dejó de sentirse sorprendido cuando se formó un círculo brillante frente a él, por el cual apareció una joven mujer humana.

-¿Qué tienes aquí Ethiel?; preguntó Francine.

-Esta porquería trató de matarme; explicó la elfa. -Quiero saber por qué.

-¿Por qué no me cuentas tus secretos?; preguntó Francine al elfo.

-Pierdes tu tiempo; respondió él seguro de sí mismo.

-¡Vaya!, eres un chico rudo; opinó la vampiresa. -Veamos cuánto.

Como si caminara por una casa de muchas habitaciones, Francine comenzó a penetrar dentro de la mente del prisionero.

-¿Por qué tu pueblo rompió la paz con el mío?; volvió a preguntar Ethiel.

-Ningún otro elfo claro está involucrado; respondió el elfo a pesar de su intento de resistencia.

-¿Por qué trataste de matar a Ethiel?; preguntó Francine.

-Se me ordenó hacerlo; contestó el prisionero.

-¿Por qué a mí?; preguntó la elfa.

-Hay órdenes de matarlas a las cuatro; contestó el elfo.

Francine y Ethiel se miraron sorprendidas.

-¿Por qué?; preguntó a su vez la vampiresa.

-Porque juntas son una fuerza difícil de contener y que a la larga estorbaría cualquier intento de cambiar el equilibrio de poder; confesó el prisionero sin poder resistir la influencia de la mente de Francine que doblegaba su voluntad.

-¿Quién dio la orden?; preguntó Ethiel.

-No lo sé; respondió con gran esfuerzo el elfo.

-Confiesa; presionó más la vampiresa sobre su mente. -No puedes resistirte.

-La orden la dio…; el prisionero no logró responder ya que en medio de un agudo grito se envolvió en llamas que brotaron desde su interior, reduciéndolo a cenizas en pocos segundos.

¡Francine!, lo mataste; reclamó Ethiel frustrada porque su prisionero estuvo a punto de confesar para quién trabajaba.

-No fui yo; se defendió la vampiresa. -Alguien  más impidió que siguiera  hablando. Alguien tan poderoso como para matar a distancia.

-Debemos avisar a las otras inmediatamente; opinó la elfa.

Francine fue lanzada bruscamente al suelo tras recibir un violento golpe por la espalda.

Instintivamente Ethiel se volvió con la espada en la mano lista para combatir.

-¡Déjate ver o te mato inmediatamente!; ordenó la elfa alzando una de sus manos.

Una poderosa onda de choque impactó a Ethiel; sin embargo ésta no alcanzó a tocarla, gracias a la barrera protectora que formó su anillo.

-¿Quién diablos se atreve a golpearme por la espalda?; preguntó furiosa Francine con los ojos rojos de rabia, mientras sus suaves manos se transformaban en letales zarpas.

¿Estás bien?; preguntó Ethiel a su compañera.

-Lo estaré en cuanto le arranque el corazón al que me pegó; contestó ella.

-Es necesario atraparlo con vida para interrogarlo; recordó la elfa a la impetuosa vampiresa.

-Ya lo encontré; dijo Francine lista para cazar a su agresor.

-No te confíes mucho, parece ser poderoso; aconsejó Ethiel.

-Pierde cuidado; respondió Francine desapareciendo al correr tras su víctima.

El hombre en el bosque sabía que el viento que de improviso se había levantado no era normal; sin embargo, no podía detectar su origen. Ante la duda, con sus manos descargó varias andanadas de ondas de choque en caso de que planeasen atacarlo por sorpresa. Él estaba plenamente consciente de su gran poder y aunque le habían advertido de que sus objetivos eran un hueso duro de roer, sabía que podría con ellas.

Después de unos minutos de barrer todos los alrededores con sus golpes, el viento desapareció tan rápido como había surgido. Satisfecho de sí mismo el brujo sonrió en su interior.

No se podría saber bien qué fue más fuerte; el golpe que lo arrojó a diez metros de distancia o la sorpresa que sintió al verse lanzado por el aire o la impresión al sentir como afiladas garras se hundían dolorosamente en su hombro derecho.

-Agradece que mi amiga quiere interrogarte; dijo Francine sobre la espalda del brujo, sin sacar sus garras de él. -Si no te habría sacado ya el corazón.

Concentrando su voluntad, a pesar del terrible dolor que sentía en su hombro, desde el suelo el hombre logró generar un chorro de fuego en el aire que envolvió a la vampiresa, la que para su desagradable sorpresa se cubrió con una barrera que impidió que las llamas la tocaran.

Dispuesto a lanzar otro ataque inmediatamente el hechicero alzó ambas manos. Su grito de dolor desgarrador se escuchó por todo el bosque, cuando dos afiladas ramas le perforaron ambas manos y las ataron tras su espalda.

-Eres muy ingenua si piensas que sin mis manos no puedo dañarlas elfa; respondió el brujo.

-¡Cállate!; ordenó Ethiel a su prisionero.

El brujo no alcanzó a pronunciar ni una palabra cuando varias ramas y hojas le rodearon la boca, tapándosela como si fuesen una mordaza que le impedía hacer uso de su voz.

-Muy bien, ahora vas a contestar todas nuestras preguntas; ordenó Francine al hombre.

En ese preciso instante el suelo comenzó a temblar con fuerza.

-Algo grande se aproxima; advirtió Ethiel. -Salgamos de aquí.

El hechicero se sonrió burlón de las ingenuas y torpes mujeres, pensando que sería liberado pronto.

Francine y Ethiel juntas tomaron del brazo al prisionero cuando un gran tronco chocó contra la barrera de los anillos de ambas. Frente a los tres se abrió un portal que los sacó del bosque, alejándoles por el momento de los atentados en su contra.

A través del pentagrama en el suelo la elfa oscura y la vampiresa, junto con su prisionero a rastras, se materializaron en el sótano de la bruja.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó Mireya ante la inesperada llegada de sus compañeras.

-Eso es lo que tenemos que averiguar; dijo Ethiel arrojando al suelo al prisionero. -Este idiota y un elfo claro trataron de matarnos.

-¿No se supone que esos elfos son relativamente pacífico?; preguntó Cristina.

-Sin embargo tenía órdenes de asesinarnos a las cuatro; agregó Francine.

-¿Quién te mandó?; preguntó enojada Cristina y la verdad es que no era para menos.

La mordaza que el prisionero tenía en su boca cayó al suelo, dejándolo en libertad de hablar.

-¡Contesta!; ordenó Ethiel.

Sin decir nada y con una sonrisa burlona en sus labios, una espesa niebla oscura empezó a emanar del cuerpo del hechicero.

-Ni siquiera lo intentes; advirtió Mireya, formando un anillo de fuego en torno al cuerpo del brujo, con las llamas de las antorchas. -O te quemo ahora mismo.

-Solo matándome podrán salvarse; rio triunfante el hombre. -Pero si lo haces no podrán averiguar nada.

El tipo tenía razón, no podía arriesgarse a matarlo. Primero tenían que averiguar quién podía mover asesinos sobrenaturales en su contra.

En eso pensaban todas cuando el caldero empezó a hervir con fuerza y una columna de humo se elevó, la que después de un rato se materializó como el conocido demonio de ellas.

-¡Mi señor!; saludó Mireya, sorprendida de ver aparecer sin aviso a Lucifer.

-Se te hizo una pregunta brujo; ordenó el demonio. -¡Contéstala!

-No tengo por qué contestarte; respondió altivo el hechicero. -Quién quiera que seas.

-¡Osas desafiar al señor de los ángeles caídos!; exclamó con los ojos en llamas y con una voz que hizo temblar las paredes y el piso.

-No reconozco tu autoridad; lo desafió el insolente brujo.

-Por lo general no me involucro en estos asuntos, pero no tolero que una sabandija insignificante me falte el respeto; habló furioso el poderoso demonio.

-No te mataré, pero personalmente torturaré tu alma por el resto de la eternidad, en cuanto la tétrada termine contigo.

-¿Quién quiere acabar con la tétrada?; preguntó Ethiel a punto de perder la paciencia.

Una vez más del cuerpo del hechicero comenzó a brotar la niebla negra, en un aviso de que se disponía a atacar.

-¡No en mi presencia insolente!; gritó furioso Lucifer. -Todos tus poderes se acaban aquí y ahora; dijo mientras una luz cubría al brujo.

Mostrando una gran debilidad y cansancio, el hombre cayó de rodillas al suelo al serle arrancada su esencia sobrehumana.

-Ahora es todo suyos, averigüen todo lo que sabe; ordenó el demonio, sentándose en un trono de piedra negra que apareció junto al altar.

-No tengan ninguna compasión con él, recuerden que quieren matarlas; mandó Lucifer a la Tétrada Oscura.

-¿Cuántos asesinos hay tras nosotras?; preguntó Mireya.

-No lo sé; contestó el prisionero, bajo el control mental de Francine. -Por lo que entiendo se reunió a un grupo diverso para el trabajo.

-¿Cuál es la naturaleza de ese grupo?; preguntó Cristina.

-No son humanos, si eso quieres saber; respondió el brujo.

-¿Quién está detrás de todo esto?; preguntó Ethiel.

-No lo sé, a mí me contactó otro brujo; respondió el prisionero. -Pero a alguien le escuché el nombre de Athatriel.

El nombre quedo resonando como el eco de una campana en la mente del demonio. Rápidamente Lucifer se puso de pie ante un nombre que hace miles de millones de años no escuchaba.

Las cuatro miembros de la tétrada estaban atónitas por la expresión de sorpresa en el rostro del más poderoso demonio.

-¿Quién es Athatriel, mí señor?; preguntó respetuosamente Mireya.

-Es alguien de quien no creí volver a saber nunca; respondió Lucifer.  -Cuando yo y mis seguidores nos revelamos a la voluntad de nuestro padre, había un ángel especialmente rebelde y soberbio, incluso más que yo; a tal punto que se opuso a mi padre y a mí al mismo tiempo, negándose a aceptar cualquier tipo de autoridad u orden, no importando de dónde proviniera. Ante semejante insolencia, entre ambos lo condenamos por toda la eternidad a una existencia fuera del tiempo y del espacio. Sabíamos que algunos de sus seguidores habían logrado escapar y ocultarse de nosotros, pero hasta ahora no habíamos tenido ninguna noticia de sus actividades.

-¿Qué es lo que pretenden?; preguntó Ethiel al prisionero.

-Eliminarlas para que no puedan impedir la liberación de Athatriel; contestó fatigado el brujo.

-Debe ser un chiste; opinó incrédulo Lucifer ante la inocencia casi infantil del prisionero. -Esa prisión no puede ser abierta por nadie. Ni Dios ni yo podemos hacerlo por separado; solo combinando nuestros poderes es posible lograrlo.

-Igual podemos destruir el mundo que él creó y tú gobiernas; dijo insolente el brujo.

-Decirlo es más fácil que hacerlo; respondió Francine con los ojos rojos de rabia.

-Puede que así sea, pero por último eliminaremos a las perritas falderas de este pobre diablo; continuó el prisionero mirando a Cristina.

Con los ojos luminosamente dorados Cristina estaba perdiendo la paciencia.

-Creo que ya hemos escuchado suficiente de esta basura; sentenció Lucifer. -Cristina, Francine, la cena está servida.

Cristina no se hizo esperar, cambiando su forma se abalanzó sobre el brujo, cerrando sus terroríficas fauces en su carne, al mismo tiempo que Francine clavaba sus garras en su pecho y sus afilados colmillos en su garganta. Aunque Mireya y Ethiel habían visto muchísimas veces a Cristina matar como licántropa, nunca antes la habían visto alimentarse y realmente no era un espectáculo muy agradable, así es que prefirieron mirar directamente a Lucifer y hablar con él.

-El asunto es sorprendente hasta para mí; comentó el demonio. -Aunque Athatriel fue encerrado en lo que se podría llamar una cárcel de alta seguridad, varios seguidores suyos en La Tierra se mezclaron con humanos, surgiendo varios semidioses, los cuales se han ocultado entre los humanos, para tratar de romper el orden establecido por mí. Por lo visto ahora se están alzando en contra de ustedes, ya que son la encarnación de mi autoridad sobre el mundo.

-¿Cuán poderosos son los enemigos?; preguntó Mireya.

-Bastante, ya que son descendientes de ángeles caídos y su mezcla con humanos da resultados maravillosos; comentó el demonio. -Además existe la probabilidad, aunque remota por las consecuencias que tendría para ellos, de que intervinieran directamente algunos ángeles caídos seguidores de Athatriel.

-¿Y eso sería malo para nosotras?; preguntó Ethiel.

-En la antigüedad, en las primitivas culturas, a ellos les llamaron dioses; aclaró Lucifer.

-Esto no me gusta nada; dijo Cristina preocupada.

-En todo caso ustedes tienen el poder suficiente para derrotar a los hijos de los ángeles rebeldes del tercer bando; dijo el demonio. -Respecto a los ángeles directamente, sus anillos las protegerán de sus ataques; sin embargo, ustedes no tienen forma de lastimarlos a ellos.

-No puedo creer que seres espirituales deseen asesinarnos; meditó Mireya.

-Eso quiere decir que les tienen miedo y las consideran una amenaza para sus planes; opinó con cierto orgullo en la voz el demonio.

Una gran llamarada surgida en el pentagrama grabado en el piso llamó la atención de las cuatro mujeres. Desde el centro del fuego mismo salió caminando un hombre relativamente joven, elegantemente vestido y de educados modales.

-Padre, ¿por qué has solicitado mi presencia?; preguntó el recién llegado.

-Hijo se ha detectado actividad de los ángeles caídos seguidores de Athatriel; contó el demonio.

-Por favor explícame padre; pidió en forma muy educada el recién llegado.

-Hace pocas horas hubo dos intentos de asesinato contra la Tétrada Oscura, Damián; explicó Lucifer.

-¿Padre, hijo, Damián?; preguntaron las mujeres.

-Mmm; meditó un rato Mireya. -El Anticristo.

-En persona hechicera; respondió el hombre.

-Hijo deseo que apoyes y coordines las actividades de la Tétrada Oscura; solicitó Lucifer.

-¿Qué significa exactamente eso?; preguntó Ethiel.

-Quiere decir que de ahora en adelante ustedes están bajo mis órdenes; respondió Damián.

-Eso no estaba en el trato; replicó Cristina.

-Tampoco estaba en los planes la intervención de un  tercer bando de ángeles; respondió Damián.

-¿Por qué deberíamos trabajar para usted?; preguntó Francine.

-Porque nos beneficiaríamos mutuamente; agregó Lucifer. -Verán, nosotros no podemos intervenir directamente.

-Pero ustedes nos ayudan a contener esta rebelión antes de que crezca y yo pongo todos los recursos disponibles a su servicio para detener a los que quieren matarlas; continuó Damián.

-En el fondo todos nosotros tenemos los mismos enemigos; explicó Lucifer.

Mientras hablaban con las cuatro mujeres, ambos demonios sostenían una conversación privada fuera de la percepción de todas, incluso de la de Francine.

-Hijo es necesario que te encargues de que la tétrada encuentre la esmeralda de mi corona; ordenó Lucifer.

-¿Crees que sea prudente?; preguntó Damián. -Recuerda que se nos ha prohibido intentar recuperarla.

-Por eso mismo la Tétrada Oscura lo hará; continuó Lucifer.

-En el caso de que la encontraran; continuó argumentando Damián. -Si ellas no son compatibles con la energía de la esmeralda morirán inmediatamente.

-¡Que así sea entonces!; respondió Lucifer.

-Pero si son compatibles, ¿tienes claro lo que eso implicaría?; preguntó Damián a su padre.

-Ilústrame hijo, ya que parece que tu si lo sabes; respondió el antiguo demonio

-Su poder aumentaría a un nivel igual o incluso superior al de un arcángel; concluyó Damián.

-En ese caso no sería culpa nuestra que ellas, en defensa propia terminaran matando a los ángeles de Athatriel; sonrió para sí Lucifer.

-¿Y si se vuelven en contra nuestra?; quiso saber Damián.

-Para evitar eso debes ganarte la fidelidad de la Tétrada Oscura; respondió el señor de los demonios.

-Supongo que me puedo acostumbrar; dijo Cristina mirando de arriba abajo a su nuevo jefe.

-Si usted lo ordena no hay problema por mí; respondió Mireya.

-¡Está bien!, si eso nos ayuda a acabar con los asesinos; aceptó Ethiel.

-Apoyo a “Campanita”; opinó Francine mirando a la elfa.

-¿Quieres probar a esta hadita?; contestó Ethiel poniendo la punta de su cuchillo en el cuello de la vampiresa.

-¡Cálmate!; ordenó Mireya.

-Ella empezó; se defendió Ethiel.

Francine se resguardó detrás de Mireya y le sacó la lengua a la elfa, burlándose de ella.

-¿Padre estás seguro de que ellas son la fuerza infernal más poderosa?; preguntó el demonio, observando el infantil comportamiento de las mujeres.

-Definitivamente hijo; respondió Lucifer. -Cuando combaten juntas su poder y coordinación de equipo  las vuelven imparables.

-Entonces debemos trabajar en un ambiente más apropiado y controlado que este; propuso Damián.

-Procede como lo estimes conveniente; autorizó su padre desapareciendo de la presencia de todos.

-Bueno, si ya terminaron de jugar, acompáñenme a mis oficinas; ordenó el representante de Lucifer en La Tierra.

-Pero que tipo más aburrido; opinó Ethiel.

-Concéntrense que se están jugando la vida en esto; observó el demonio.

-Nuestros enemigos lo tienen más que claro; dijo la elfa con su arco en una mano.

-Muy bien, cuento entonces con la estratega de las sombras; le respondió Damián.

Desde el piso en medio del salón subterráneo se elevó una gran llama que danzaba como en cámara lenta.

-Por favor acompáñenme; ordenó el demonio entrando primero en el fuego.

Tras él, una a una las cuatro mujeres cruzaron a una nueva etapa de su vida. Una etapa incierta, con un destino no claro ni definido, en una lucha por sobrevivir.

Definitivamente el lugar donde llegaron era todo lo contrario a lo que esperaban encontrar. No había ni oscuridad, ni fuegos eternos que llenaran el aire con olor a azufre, como lo describían las narraciones alegóricas; ni lamentos de tormentos sin fin de condenados a un suplicio por toda la eternidad.

-No es como lo imaginaba; comentó Mireya en medio de una elegante oficina finamente decorada.

-Nunca crean todo lo que lean de los demonios; observó Damián.

-Me encanta este estilo de vida; opinó Francine, recorriendo el amplio y cómodo despacho.

-¿Aquí organizaremos nuestras estrategias?; preguntó Ethiel poco convencida.

Mirando de pies a cabeza  a la elfa Damián pasó una de sus manos frente a ella en el aire.

-Así está mejor; opinó el demonio frente a la rubia mujer vestida con un elegante traje de dos piezas.

-No está nada de mal; pensó Isabel observando su tenida en un espejo.      -Me gusta este traje, gracias.

-Señorita, ¿podría por favor prepararnos unos tragos?; pidió Damián por intercomunicador.

-Con permiso señor; dijo una joven mujer vestida como la típica secretaria de un importante ejecutivo.

Sin prestar mayor atención a las cuatro mujeres, la secretaria se dirigió a un pequeño bar de fina madera de ébano y preparó cinco copas de licor.

-¿Lo desea flameado señor?; preguntó educadamente a su jefe.

-Sí, por favor; respondió él en forma muy cortés.

Con toda naturalidad la mujer pasó su mano sobre las cinco copas, inflamando su contenido.

-¿Su secretaria es una bruja?; preguntó Mireya.

-¿Bruja?; preguntó la mujer como si hubiese sido ofendida, extendiendo dos impresionantes alas de fuego, ante un gesto de autorización de Damián. Encendiendo una intimidante espada flamífera se aproximó a Mireya.

-Creo que no pretendió ofenderla; la detuvo el demonio.-No es una bruja, es un ángel caído que trabaja para mí.

-Uno de los muchos que servimos a Lucifer y a su representante en La Tierra; dijo la mujer entregando una de las copas a su jefe.

-Me disculpo; dijo humildemente Mireya, entendiendo que se estaban moviendo en otro nivel de influencia; en la clase alta, por así decirlo.

-Aquí vamos a averiguar las identidades de los asesinos que están tras ustedes y nos adelantaremos a ellos; explicó El Anticristo. -Síganme por favor; pidió a las mujeres.

Ante ellas había una gran sala llena de computadoras, pantallas y mapas que mostraban distintas imágenes, como noticieros. Varios técnicos y operadores estaban pendientes de los monitores, bajo la vigilancia de un severo señor que supervisaba el trabajo de todos.

-Esta es la Tétrada Oscura; presentó Damián a las mujeres al jefe de su personal. -Debemos identificar y localizar a los asesinos enviados a matarlas, por los seguidores de Athatriel.

-Muy bien señor; contestó el hombre.

-Según nuestro monitoreo, en La Tierra hay doscientos ángeles caídos de Athatriel y un  número indeterminado de seguidores, debido a que su actividad hasta ahora ha sido de bajo perfil.

-Los dos asesinos que han dado la cara hasta ahora son un elfo claro y un brujo; contó Isabel que lucía su forma humana, ya que le gustó el traje que le obsequió el demonio. -Antes de morir el brujo confesó que lo había contactado otro brujo para el trabajo.

-Podemos empezar por ahí; opinó el ejecutivo, haciendo una señal a uno de sus analistas.

-Existen cinco brujos que no han demostrado ningún tipo de actividad dedicada a nosotros; indicó el hombre. -No se ha podido establecer en forma clara a quien sirven; es como si tratasen de mantenerse ocultos.

-Ese es el brujo que trató de matarnos; observó Francine ante una fotografía.

-Atrapen a los otros brujos para interrogarlos; ordenó Damián.

-Comiencen un rastreo inmediatamente de ellos; ordenó el coordinador.

-Tal vez si les ponemos una carnada podríamos atraparlos; meditó Cristina.

-Y cuando lleguen por su víctima nosotros los atrapamos; concluyó el coordinador.

-Es importante atrapar al mayor número posible de sus colaboradores; opinó Damián.

-¿Por qué no tratamos mejor de capturar a los ángeles de Athatriel?; preguntó Francine.

-Porque sus poderes están muy por debajo de los de un ángel caído; observó la secretaria de Damián.

-Ella tiene razón, es mejor que ustedes se ocupen solo de sus colaboradores; opinó el administrador.

-Yo me puedo ofrecer de carnada; pensó Cristina. -No creo que esperen alguna trampa. Claro que tienen que estar listos para ayudarme.

-No te preocupes, nosotros no permitiremos que sufras daños; la tranquilizó el coordinador.

-Lo decía por mi atacante; aclaró Cristina. -Si ustedes se demoran mucho es probable que tenga que matarlo.

Las nubes movidas por el viento ocultaban la luna llena que intentaba colar su luz blanquecina en el gran parque en el medio de la ciudad. A esa hora ya no había ningún paseante, por lo que Cristina podría cazar tranquila, ya que sentía un gran deseo de comer carne humana esa noche. Caminaba despacio, olfateando el aire, la respiración agitada, la piel mojada en sudor. A su agudo olfato llegó el aroma inconfundible de comida; su boca se llenó de saliva y sus ojos se volvieron hermosa y siniestramente dorados.

Su presa no tenía ninguna sospecha del destino que le aguardaba, simplemente se paseaba plácidamente por el solitario parque, disfrutando de la tranquilidad de la soledad en la noche. Cristina hizo un gran rodeo, ocultándose entre los árboles para tomar a su víctima por sorpresa.

La joven dejó que la bestia que habitaba en su interior, saliese en total libertad a la superficie. El hombre solo sintió el golpe en la espalda que lo lanzó boca abajo al suelo y la gran presión que lo aplastaba.

Hay cosas que uno no espera, ni cree que puedan ocurrir y cuando ocurren, por lo general provocan un momento de inactividad mental y desconcierto paralizante. Precisamente eso es lo que ocurrió a Cristina cuando se encontró tirada de espaldas en el suelo, al ser rechazada por su presa con un violento y poderoso movimiento de sus brazos. Rápidamente la licántropa se puso de pie, con los pelos del cuello erizados por la descarga de adrenalina.

-¡Sorpresa loba!; dijo el hombre de pie y con los puños cerrados. -Prepárate para morir.

Cristina no se hizo de rogar y lanzó un rápido zarpazo a la cara del extraño hombre, golpe que esquivó fácilmente y devolvió una fuerte patada  al pecho de la licántropa. La loba estaba totalmente desconcertada; nunca había conocido a un hombre más fuerte que ella y que además pudiese golpearla en su forma de loba. Furiosa se lanzó nuevamente al ataque, asestando un tremendo puñetazo en la cara del extraño; sin embargo, para su pesar no le hizo ningún daño.

El intercambio de golpes ya habría matado a cualquier otro ser, menos a ellos, que parecían dos titanes luchando. Sin ninguna idea mejor, la loba dio un traicionero rodillazo entre las piernas a su rival; cuando él se dobló de dolor ella asestó un duro puñetazo en el rostro del hombre, dejándolo tirado en el suelo. Exhausta la bestia abrió sus fauces, dejando escapar un largo aullido a la luna que asomaba su disco entre las nubes.

Su grito de victoria se vio interrumpido cuando una llama negra la envolvió completamente. De entre los matorrales apareció el brujo que intentaba calcinarla.

-A pesar de todo tu esfuerzo igual morirás en mis manos; dijo el hechicero.

-Yo no estaría tan segura; opinó Mireya lanzando una poderosa onda de choque contra el brujo, arrojándolo aparatosamente al suelo.

Antes de que pudiese ponerse de pie, las pequeñas hojas del césped crecieron formando una irrompible mortaja entorno a él.

-Tenemos al segundo; comentó Ethiel mirando el bulto que se retorcía en el suelo.

-Y también atrapamos a este bruto; agregó Cristina con una mano en su tórax y un labio partido y con cara de dolor que no pasó desapercibida por Mireya.

-Parece que te dieron una buena golpiza; observó Mireya alumbrando los ojos de Cristina con una pequeña luz.

-Ese tipo resultó increíblemente fuerte, casi me mata en mi otra forma; contestó la joven aun sin poder creerlo. -Aahhg, eso dolió; se quejó cuando Mireya la tocó en el costado.

-Tienes una costilla rota; observó la bruja.

-Y si no hubiese sido por la barrera me habría quemado viva el brujo; pensó Cristina mirando su anillo.

-Volvemos ahora; avisó Ethiel cuando se elevó una llamarada desde el suelo.

-Atrapamos a dos prisioneros; informó Mireya cuando se materializó en el centro de control de las actividades del Anticristo. -Un brujo y este tipo que no sé qué es pero fue capaz de herir a la loba.

-Mmm; observó el coordinador. -Es un híbrido entre ángel caído y humano.

-Yo me encargaré de ella; dijo la secretaria de Damián, tocando a Cristina en un hombro.

-Ya no me duele; observó la licántropa.

-Déjame ver; pidió Mireya.

-¡Tu costilla está soldada!; exclamó al revisar a Cristina. -Y las heridas de tu rostro también han desaparecido.

-Si fuiste seriamente lastimada en tu forma de bestia por un híbrido, imagina lo que habría sido capaz de hacerte un ángel caído, que es muchísimo más fuerte y poderoso; comentó la secretaria.

-Pueden ir a descansar unas horas; las autorizó el coordinador de operaciones.

Cristina se tendió en un cómodo sofá que estaba en una acogedora sala de descanso y después de un rato se  quedó profundamente dormida.

-Dejemos que descanse; opinó Francine. -La pobre la pasó mal.

-Me cuesta creer que a pesar de su fuerza la hayan golpeado tanto; comentó Ethiel.

-Estoy preocupada por lo que pueda pasar; razonó Mireya. -Los seguidores  de Athatriel se van a volver cada vez más difíciles de contener.

-Y estaremos juntas esperándolos; agregó Francine.

La puerta de la sala se abrió  y por ella entró Damián.

-Bien hecho muchachas, hicieron un excelente trabajo; las felicitó el demonio.

-Pero Cristina casi no la cuenta; observó Mireya.

-Pero demostraron que nada las puede detener cuando actúan juntas; las alabó él.

-Mireya y Ethiel, si lo desean pueden ir a ver a sus familias; sugirió Damián.

-¡Mi familia!, la dejé encerrada hace casi dos días; recordó Ethiel.

-La verdad es que han pasado dos meses en el mundo de los humanos; explicó Damián.

-¡Dos meses!; exclamó sorprendida Mireya.

-Sí pero ellos quedaron suspendidos en el tiempo y hasta ahora en sus sueños han estado viviendo una vida normal con ustedes; agregó el demonio.

-Francine puedes ir dónde lo desees; ofreció él.

-Gracias, pero aquí estoy bien; contestó ella.

Damián se sentó en el respaldo del sofá y comenzó a acariciar la cabeza de la dormida Cristina.

-Realmente la misión se complicó un poco; meditó el demonio. -La próxima vez se encargarán mis ayudantes de ella.

-¿Qué significa eso?; preguntó Isabel.

-Quiere decir que no me arriesgaré a que algo les pase; respondió él. -Tú y Mireya tienen hijos y mi padre no me perdonaría si algo le pasara a Francine y a mí no me gustaría arriesgar a Cristina.

-No me gusta que peleen mis batallas; respondió Isabel.

-Ustedes no están capacitadas para enfrentar a híbridos o a ángeles caídos; opinó Damián. -Y tengan por seguro que en algún momento decidirán intervenir. Sin embargo, tal vez exista una manera de lograr incrementar sus poderes.

-¿De qué forma?; preguntó Francine.

-Encontrando la esmeralda de la corona de mi padre; pensó Damián. -Sin embargo, será difícil conseguirla.

-¿Y por qué no han intentado ustedes recuperarla?; preguntó Francine.

  -Porque al momento de ser expulsado mi padre y sus ángeles, se nos prohibió todo intento de buscarla; contó Damián. -Porque ella contiene la esencia de todos los poderes de Lucifer. Y se llegó, después de una larga guerra, al trato de que a nosotros se nos permitiría actuar con libertad sobre los humanos a través del libre albedrío de ellos; siempre y cuando no intentásemos recuperar la esmeralda.

-¿Pero si lo hacemos nosotras bajo sus órdenes no será como si ustedes hubiesen roto el pacto?; preguntó Mireya.

-No les estoy dando ninguna orden al respecto, solo les estoy contando una vieja historia; aclaró el demonio. -Además este lugar se encuentra fuera del mundo de los humanos y no puede ser vigilado desde ninguna dimensión.

-¿Valdrá la pena?; meditó Francine.

-Si los ángeles caídos nos atacan, no podremos proteger a nuestras familias; comentó Isabel. -Mis hijos son híbridos y si los atacan no estaré yo para defenderlos.

-Ya entiendo, ustedes piensan en defender a sus familias; opinó Francine.   -En cambio yo no tengo a nadie, ya que soy huérfana hace más de tres siglos. Sin embargo, las apoyaré en todo lo que decidan.

-Gracias hermana; contestó Mireya. -Sabía que podríamos contar contigo en todo.

-La decisión es de ustedes; aclaró Damián.  -Pero deben tener claro que no tendrán nuestra ayuda; estarán solas en esto.

-Por ahora deseo que ustedes tres vayan a estar unos días con sus familias y después lo conversen bien entre las cuatro; pidió el demonio a Mireya, Isabel y Cristina, que hace un rato había despertado. -Si lo deseas puedes salir también; dijo a Francine. -Eso sí, no digan a nadie lo que está ocurriendo; ordenó Damián a la Tétrada Oscura.

Hacía tiempo que Cristina no estaba realmente cerca de sus padres y decidió pasar una semana con ellos. Los días los usaron en recordar viejos tiempos y contar distintas anécdotas; eran muchos los años que debían recuperar. Esa semana coincidió con una luna llena y aprovecharon la oportunidad para salir a cazar los tres juntos, cómo lo hacían cuando ella era una adolescente aún; al final de la cacería los tres aullaron juntos para la luna.

Isabel por su parte se dedicó a regalonear a su esposo e hijos y a jugar lo más que pudo con ellos.

En cuanto a Mireya, usó sus días para estar junto a su familia, sin hacer nada en particular; solo disfrutó de su compañía.

Francine se hallaba sola en el mundo y decidió quedarse en el centro de operaciones de Damián. Durante unos minutos estuvo meditando si realmente quería esto para ella. Por tres siglos fue solo la mucama de unos ricos y no había más emoción en su vida que preocuparse de que nada faltara a su señora; sin embargo, ahora era parte de algo que realmente parecía importante. Personalmente se sentía importante y que los demás de verdad la necesitaban. Ahora tenía a las hermanas que siempre deseó. Se sentía valiosa, importante y querida. Definitivamente esto era para ella.

A las dos horas de haber salido, Cristina, Mireya e Isabel se reunieron nuevamente con Francine, a la que saludaron efusivamente. A la joven vampiresa le sorprendió tan grande muestra de cariño por parte de sus amigas por solo dos horas de separación, pero después recordó que el tiempo pasaba mucho más rápido fuera de ese lugar.

-Bueno creo que debemos tomar una decisión; comentó Cristina.

-Si los que están tras nosotras actúan como una mafia, es de esperarse que quieran matar a nuestros seres queridos  también; opinó Mireya.

-A mí lo único que me interesa es proteger a mi familia; dijo Isabel cambiando el color de sus ojos.

-La mía se desenvuelve como una manada, por lo cual se puede proteger a sí misma; opinó Cristina.

-¡Pero mis hijos no!; exclamó Mireya. -Ellos solo son humanos.

-Como yo lo veo; comentó Isabel. -La única forma de salvar a mi familia es matando antes a los asesinos.

-Y solo se podrá si somos más fuertes que ellos; opinó Francine.

-Yo voto porque busquemos esa piedra y que pase lo que tenga que pasar; dijo decidida Isabel.

-Yo opino lo mismo; apoyó Mireya.

Cristina se paseaba en silencio sin decir nada. -Supongo que es lo más sensato; comentó.

-Está decidido, hagámoslo; concluyó Francine.

-¿Pero dónde debemos buscar?; preguntó Isabel.

-Alguna vez escuché una leyenda de que cuando Lucifer se reveló contra su padre, al perder la guerra en el cielo fue arrojado de él y la esmeralda que portaba su corona se desprendió y estrello contra La Tierra, haciéndola cambiar la posición de sus polos; contó Mireya.

-¿La leyenda habla de algún lugar en particular?; preguntó Cristina.

-Dicen algunas tradiciones que cayó en el Polo Norte; continuó la bruja.

-Eso está bastante lejos; observó Isabel.

-No tanto, recuerda que dije que se invirtieron los polos; aclaró Mireya. -Lo que antes era el Polo Norte, ahora  es el Polo Sur.

-Creo que voy a necesitar un abrigo; opinó Cristina.

-Parece que las cuatro necesitaremos abrigos; comentó Isabel.

-¿Me pueden explicar?; pidió Francine.

-Si la interpretación es correcta, la esmeralda cayó en algún lugar de la Antártida; aclaró Mireya.

-Nos tomará una eternidad hallarla; opinó Francine.

-Sin contar que podemos morir congeladas rápidamente ahí; pensó Cristina.

-Yo no; intervino Francine. -Pero estoy acostumbrada al calor.

-La Antártida es demasiado grande; meditó Mireya. -¿Cómo la encontraremos?

-Es posible que la capacidad de rastreo de los anillos nos pueda ayudar; opinó Isabel.

-Tal vez, pero no pretenderás que la recorramos completa; objetó Cristina.  -Mide trece millones de kilómetros cuadrados.

-Y si nos perdemos, en cien metros podríamos morir congeladas; agregó Mireya.

-No podemos buscar a ciegas; opinó Francine. -Es inconcebible el solo imaginarlo.

Damián entró en eso en la sala donde estaban las mujeres discutiendo qué hacer.

-¿Qué decidieron mis amigas?; preguntó amistosamente. -¿Irán a tratar de  recuperar la esmeralda sagrada?

-Si es que no morimos en el intento; comentó Isabel.

-¿No se consideran suficientemente poderosas?; preguntó el demonio.        -Ustedes lo pueden todo; las animó.

-Si las leyendas son reales, la piedra se encuentra en algún lugar de la Antártida; intervino Cristina. -Y caminar a ciegas en ese lugar sería un suicidio hasta para nosotras.

-En eso tienen razón; aceptó Damián.

-¿Entonces cómo lo podríamos hacer?; preguntó Mireya.

-La esmeralda se encuentra exactamente bajo la superficie de la Antártida, en un sistema de gigantescas cavernas; explicó el demonio.

-¿Qué distancia deberíamos recorrer antes de llegar hasta la entrada de las cavernas?; preguntó Cristina.

-Diez kilómetros; contestó el demonio.

-¡Diez kilómetros!, en medio de la nieve a varios grados bajo cero; exclamó sorprendida Isabel.

-Es lo más cerca que se puede para que no detecten la intrusión; explicó Damián.

-Vamos a necesitar equipo especial para ese clima tan extremo; opinó Mireya.

-Aparte de ropa muy gruesa; agregó Francine.

-Eso y más este regalo; dijo Damián entregando una hermosa pulsera de oro a cada una de las mujeres. -Las protegerán del frío extremo; sus anillos, por otro lado, las guiarán hasta la entrada de la Tierra Hueca y una vez dentro, hasta la piedra.

En un solitario aeródromo de Tierra del Fuego se había reunido un nutrido grupo de científicos que cargaba distintos equipos de investigación en un gran avión todo pintado de blanco, en el que ya habían subido un vehículo para la nieve, también blanco. Junto al avión se detuvo una caravana de autos negros que escoltaban a un pequeño vehículo de pasajeros.

-Pensé que esto era secreto; comentó Mireya.

-Y lo es; respondió Damián. -Ocultas a la vista de todos en una expedición científica.

-Cuando suban al avión estarán solas; avisó el coordinador de operaciones a las mujeres. -No tendrán ninguna forma de comunicarse con nosotros. Solo podrán abrir un portal cuando tengan la piedra y no deben materializarse directamente en nuestra base.

-Confío en que todo saldrá bien; dijo Damián a la tétrada. -No hay nadie más capacitado que ustedes para esta misión.

-Gracia señor; respondió Mireya. -No le fallaremos.

-Tenga café caliente para cuando regresemos; pidió Isabel.

-Por favor cuídense y buena suerte; deseó el demonio a las cuatro mujeres, mirando directamente a los ojos a Cristina y dedicándole una sonrisa.

La Tétrada Oscura abordó el avión, el que encendió inmediatamente sus motores camino al continente blanco.

-Huuyy, el jefe te coqueteó; dijo Francine haciéndole cosquillas a Cristina.

-Nada de eso, es solo que es muy amable con todas; se defendió ella.

Isabel miraba con curiosidad el vehículo todoterreno que las llevaría a través de diez kilómetros  de hielo, nieve y frío. -¿Cómo serían los hijos de una mujer lobo y el hijo de Lucifer?; preguntó en voz alta para sí misma, bromeando a costa de Cristina que estaba roja de vergüenza.

-Mejor concentrémonos en nuestra misión; sugirió Mireya. -Descansemos un rato mientras podamos.

El viaje duraría unas cuantas horas, que las cuatro aprovecharon para dormir un poco, ya que les esperaba una jornada muy dura.

-En quince minutos llegaremos a nuestro destino; las despertó la voz del piloto por altoparlante. -Prepárense para el descenso.

-Es mejor que nos pongamos la ropa aislante; sugirió Isabel tomando una bolsa con su nombre.

Después de un rato las cuatro estaban completamente equipadas, vestidas con gruesos trajes aislantes de frío color blanco, antiparras y mascarillas.

Dos mecánicos hacían una última revisión del vehículo para nieve.

-¿Vamos a aterrizar luego?; preguntó Cristina.

-¿Quién dijo que vamos a aterrizar?; preguntó el técnico.

-Sí, para seguir por nuestra cuenta; agregó la bruja.

-No vamos a aterrizar; contestó el otro técnico.

-¿Y cómo vamos a descender entonces?; preguntó Isabel.

-El vehículo va a ser lanzado con paracaídas junto con ustedes; respondió el otro.

-¡Oh, no!, nada de eso; respondió Cristina girando rápidamente.                   -No cuenten conmigo, me da miedo.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Mireya, mientras ella e Isabel la sujetaban de un brazo cada una y la arrastraban hacia el carro todoterreno.

-Vamos, no seas tan cobarde; la retó Francine. -Imagínate que es un ascensor solamente.

-Un ascensor de dos kilómetros y sin freno; respondió Cristina mientras Isabel le acomodaba los cinturones de seguridad.

-Descenso en treinta segundos; sonó la voz del piloto por altavoz.

Las compuertas del avión se abrieron bajo el vehículo, dejándolo caer al vacío. A los pocos segundos los paracaídas se abrieron frenado el descenso sin control. Cristina tenía los ojos fuertemente cerrados, afirmando las manos de Mireya e Isabel; Francine permanecía tranquila como si esa caída fuese algo sin importancia.

Con un leve zamarreo el vehículo tocó el congelado y blanco suelo. Francine sentada en los controles soltó los paracaídas y encendió el motor, poniendo en movimiento el carro.

-Muy bien, estamos a nueve y medio kilómetros de nuestro objetivo; indicó la vampiresa. -En menos de una hora estaremos ahí.

Como quince minutos después las luces del vehículo temblaron y se apagaron, lo mismo que el motor, quedando el carro inmóvil.

-¿Por qué nos detenemos?; preguntó Cristina.

-No hay electricidad; informó Francine. -Voy a revisar el sistema eléctrico.

Después de un rato la vampiresa sacó la cabeza de entre los cables. -La batería está totalmente descargada; informó Francine.

-Mi reloj se detuvo; observó Mireya, que deseaba ver la hora.

-Y el mío; agregó Isabel.

-Lo mismo que el mío; observó Cristina.

-¡Qué raro!; opinó Mireya.

-Tiene que haber sido un pulso electromagnético; supuso Francine.

-Supongo que quieren asegurarse de que nadie se acerque a la esmeralda; pensó Isabel.

-¿A qué distancia estamos?; preguntó Cristina.

-Cinco kilómetros; respondió Francine.

-Tendremos que seguir a pie; opinó Mireya.

-Se está levantando viento blanco; observó Cristina. -Mejor nos amarramos una a la otra para no perdernos; dijo ella afirmando una cuerda a la cintura de Mireya y otra a la de Isabel.

El viento al soplar levantaba una tupida cortina de nieve que impedía ver a más de unos cuantos centímetros. Si no hubiese sido por los bastones con punta y porque Francine y Cristina forzaban al máximo sus sobrehumanas fuerzas, les habría sido imposible avanzar.

A través de sus guantes aislantes se podía ver el brillo de sus anillos, que les indicaban la dirección que debían seguir para llegar hasta la esmeralda sagrada.

-Llevamos apenas doscientos metros y estoy cansada; se quejó Mireya.

-Tenemos que tratar de aguantar; dijo Isabel también reflejando agotamiento en su voz.

-Traten de no hablar; aconsejó Cristina.

Después de interminables minutos de castigo, la ventisca amainó dando paso a un increíblemente azul cielo despejado.

-Guau; exclamó Francine. -Nunca había visto un cielo así de azul.

-Se supone que la entrada a la Tierra Interior debería estar cerca; dijo Mireya mirando su anillo. -Pero todo se ve completamente liso.

-No creo que el jefe se haya equivocado; opinó Cristina.

-Huuumm; murmuró burlona Isabel.

-Tiene que estar por aquiiiii…; comentó Francine mientras caía por un profundo agujero que estaba oculto por la nieve, arrastrando consigo a sus compañeras que estaban unidas a ella por las cuerdas de vida.

Si no hubiese sido por las barreras protectoras generadas por las sortijas, solo Francine habría sobrevivido a una caída de más de cien metros.

-Creo que la encontramos, dijo Cristina mirando a su alrededor.

-¡Esto es asombroso!; exclamó Isabel, admirando el frondoso bosque de grandes árboles que se extendía frente a ellas y el sonido inconfundible de un río que llegaba hasta sus agudos oídos.

-Aquí hay un microclima que ha permitido la proliferación de vida vegetal al menos, en esta gigantesca caverna; supuso Mireya.

-Será más fácil buscar la esmeralda que si hubiese nieve y viento; opinó Francine.

-Empecemos entonces; dijo Cristina moviendo su mano en distintas direcciones, hasta que su anillo se iluminó.

-¡Por ahí!; exclamó Mireya poniéndose en movimiento hacia la dirección que indicaba su anillo.

-Espera; la detuvo Francine. -No vestidas así; le advirtió mientras se despojaba de su gruesa ropa térmica.

La señal las guiaba hacia el río, pero debían cruzar el bosque para llegar a él.

Después de bajar la pequeña colina donde se encontraban, se hallaron frente al límite de la foresta. A cada paso que Isabel daba, su apariencia cambiaba totalmente; inmediatamente Ethiel se puso al frente de la caravana, dejándose  guiar por sus instintos y finos sentidos. El piso era firme y el bosque se veía verde y sano, libre de todo signo de contaminación o daño humano.

Sin percatarse Mireya pisó una rama que, como su fuese un animal la comenzó a envolver entera, mientras grandes hojas crecían cerca de su cabeza, acercándose peligrosamente a ella.

-Es una planta carnívora; advirtió Ethiel. -No muevas ni un músculo o te apretará más hasta reventarte; explicó la elfa mientras levantaba su afilada espada y la dejaba caer en la mortífera mortaja que envolvía a su compañera. Las ramas rotas cayeron al suelo retorciéndose y secándose inmediatamente.

-Eso estuvo cerca; opinó Mireya. -Gracias amiga.

-No te preocupes; contestó la elfa. -Pero debemos ser más cuidadosas aquí.

El  exuberante bosque que no obstante era poseedor de una gran belleza, no estaba carente de grandes peligros. Aunque aún no habían visto a ningún animal, Ethiel estaba convencida de que tenía que haberlos.

Francine caminaba distraídamente admirando el paisaje, muy distinto de su natal París; por mirar para atrás no se percató de la gigantesca tela de araña en la que se enredó.

-¡Puag, que pegajoso!; exclamó ella mientras trataba de librarse de la red que la aprisionaba. Los movimientos de la vampiresa atrajeron la atención de la dueña de la trampa. Asustada Francine trataba desesperada de soltarse, pero cada movimiento que hacía la enredaba más.

-No me puedo librar; dijo la joven vampiresa llorando y con mucho miedo en la voz.

-Quédate quieta; ordenó Mireya. -Mientras más te muevas más te vas a enredar. Una llama brotada del báculo de la bruja derritió la telaraña, dejando en libertad a su presa.

-No es necesario que expliques nada; dijo comprensiva Cristina poniendo una mano en la espalda de Francine, mientras ésta secaba sus lágrimas.

-¿Aracnofobia?; preguntó discretamente Ethiel a Mireya.

-Me da la impresión de que sí; respondió ella. -En todo caso no me habría gustado sentir loa colmillos de esa araña; comentó la bruja.  A propósito, ¿notaste el tamaño que tenía?

-Sí era del porte de un gato; respondió Ethiel.

-Espero que no tengamos más sorpresas como esa; pensó Mireya.

Al poco rato la señal de los anillos las llevó hasta la orilla del río que corría apacible cerca del límite del bosque.

-¡Cuidado!; susurró Cristina. -Junto al río hay un enorme oso.

Instintivamente casi, la joven dejó salir a la bestia que habitaba en ella.

-Espera, no le hagas daño; intentó detenerla Ethiel, pero ya era muy tarde y la loba se abalanzó sobre el gigantesco animal; sin embargo, el oso se paró en sus dos patas traseras, alzándose tres metros y medio, con lo que aun con sus dos metros de alto, la licántropa parecía pequeña a su lado.

De un golpe el oso derribó a la loba, lo que la hizo enfurecer aún más.

-Tranquilízate; le pidió Ethiel a la loba. -Ese  oso solo defiende su territorio. Déjame manejarlo a mí.

Con los ojos como fuego la licántropa miró a la elfa oscura y poco a poco se fue calmando, hasta que recuperó su forma humana.

El animal estaba fuera de control y arremetió contra las mujeres, pero varias raíces se enredaron en sus patas, logrando detenerlo. Entre sus manos Ethiel tomó un poco de agua del río y la ofreció al oso; sus compañeras la observaban con un nudo en la garganta.

-Tranquilo, nadie te va a hacer daño; dijo Ethiel acercando lentamente las manos al hocico del animal. -Todo va a estar bien; nosotras solo queremos pasar por aquí.

Lentamente, con desconfianza al principio, el gran oso aceptó el agua que le ofrecía la extraña mujer.

-Buen chico; dijo la elfa acariciando suavemente la cabeza del oso.

Comprendiendo el error que había cometido, Cristina tomó un poco de miel que encontró en el hueco de un árbol y lenta y humildemente la puso a los pies del animal y se alejó sin darle la espalda y con la mirada en el suelo. Entendiendo el gesto el oso aceptó la miel que la otra mujer le estaba obsequiando.

-Ya podemos continuar; informó Ethiel a sus compañeras.

Un rugido de dolor estremeció el bosque cuando una afilada flecha se clavó en una pata del gran animal.

-Es una flecha de elfo claro; gritó furiosa Ethiel. -Nos han seguido; dijo parada junto al oso para cubrirlo con su barrera de energía. Aunque la verdad no sabía si eso serviría.

Varias flechas negras volaron hacia el lugar de donde había surgido el proyectil que había herido al pobre oso.

Una bola negra se elevó de la mano de la bruja y voló entre los árboles, llevando muerte en su interior. Envuelto por un enjambre de insectos negros que lo picaban por todos lados, entre gritos de desesperación salió corriendo el elfo que disparó contra el oso. Furiosa Ethiel cargó una negra flecha en su arco y con calma, como disfrutando el momento, la hizo volar hasta la frente de su blanco, asomando su punta por la parte trasera de su cabeza.

Una llama de fuego negro voló hacia la elfa oscura, pero fue detenida por otra similar salida del báculo de Mireya. Mientras los dos brujos combatían entre sí, Ethiel elevó ambas manos al aire; a los pocos segundos el fuego que intentaba contener Mireya cesó repentinamente, justo cuando un alarido se escuchó entre los árboles. El brujo no se alcanzó a dar cuenta cuando varias ramas atravesaron su cuerpo en distintas partes.

-Déjame ayudarte amiguito; dijo Ethiel retirando la flecha de la pata del oso. -Ese malvado no te volverá a hacer daño; le dijo al animal mientras ponía una hoja sobre la herida, formando una venda con ella.

De pronto el suelo comenzó a temblar bajo los pies de las cuatro mujeres.

-¿Pero qué es eso?; preguntó Mireya.

-Algo muy grande aparentemente; opinó Francine.

Los hechos le dieron la razón a la vampiresa. Un gigantesco coloso de cuatro metros de alto y puro músculo llegó corriendo hasta donde ellas estaban.

Cristina se transformó instantáneamente en la bestia, mientras Francine de un salto se elevaba hasta la altura del gigante y asestaba un tremendo puñetazo en su mandíbula.

Una potente onda de choque lanzada por Mireya derribó al gigante de espalda; oportunidad que la licántropa aprovechó para lanzarse sobre él, descargando sus garras sobre el pecho del coloso.

La elfa no perdió ni un segundo para cubrir al monstruo con una lluvia de flechas.

Cuando todas creían que el gigante yacía  sin vida, éste se levantó y arrancó las flechas de su cuerpo y botó a Ethiel de un golpe en un hombro; la elfa oscura yacía inconsciente en el suelo. Levantando su enorme pierna el coloso pretendió aplastarla, cuando dando un rugido el gran oso lo abrazó por la espalda y lo levantó en el aire, cerrando sus brazos en un poderoso abrazo que trituró todas sus costillas. Agónico el colosal hombre no pudo detener la mano de Francine que cruzó dos veces su garganta, desgarrándola y acabando con su vida.

El oso se acercó a la caída Ethiel y lamió su rostro hasta que ella logró abrir sus ojos.

-Yo también te quiero; dijo la elfa abrazando el ancho cuello del animal.

-Pensé que te perderíamos; dijo Francine, contenta de ver a su compañera con vida.

-Gracias a esta noble criatura no ocurrió; opinó Ethiel sentándose en el suelo.

-Tu hombro está dislocado; dijo Mireya revisando a la elfa.

-Es cierto; asintió Ethiel, tomándolo con la otra mano y acomodándolo con fuerza, con el crujido característico de huesos rosándose.

-Aay, que valiente; opinó Cristina ayudando a su amiga a ponerse de pie.

Inesperadamente el gigantesco oso se iluminó y convirtió en una esfera de luz verde que se quedó flotando en el aire frente a las cuatro forasteras. Con un rápido impulso la luz se dirigió hacia un claro donde había una especie de cráter.

-Es la esmeralda sagrada; comentó Mireya, quien no entendía lo que acababa de pasar.

La esfera luminosa se elevó un poco más y desapareció completamente.

-¡La encontramos!; exclamó emocionada Francine.

En medio del cráter semienterrada había una gran e intensamente verde esmeralda, la cual radiaba una deslumbrante luz que iluminaba todo alrededor.

De una mochila Mireya sacó una caja metálica en la que con mucho cuidado depositó la preciada joya perdida.

-La tenemos ya; dijo Cristina. -Salgamos de aquí.

Frente a la Tétrada Oscura se formó un círculo de luz por el cual atravesaron las cuatro mujeres; las recibió el frío viento marino de Tierra del Fuego, siguiendo las instrucciones del  coordinador de la misión, de no transportarse hasta la base del representante de Lucifer en La Tierra.

Una intensa llama negra envolvió a la Tétrada cuando un brujo descargó toda su energía contra ellas. A través de la barrera que las protegió pudieron ver como una multitud sin límite de elfos claros, gigantes y otros extraños seres se acercaban rápidamente hacia ellas.

-Listas o no muchachas, debemos pelear como nunca lo hemos hecho; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

El arco de Ethiel estaba listo para disparar su carga de muerte, mientras la bruja se rodeaba de una densa niebla oscura y Cristina convertida en la bestia perforaba el aire con un agudo aullido.

Una tras otra la elfa oscura lanzó sus flechas al aire derribando a un enemigo con cada una de ellas; en las actuales condiciones no se podía desperdiciar ningún recurso.

Primero un fuerte viento cruzó entre los atacantes, que se convirtió pronto en un silbido que se volvía cada vez más agudo y que finalmente estalló en un gran estruendo que retumbó por todos lados. Los cadáveres cubrían una gran extensión de terreno y Francine jadeaba con los ojos rojos como brasas incandescentes y sus brazos llenos de sangre hasta los codos.

La barrera protectora de la loba brillaba a su máxima intensidad, cubriéndola contra la incesante lluvia de flechas que la acribillaban, mientras lanzaba grandes peñascos que aplastaban gran cantidad de enemigos.

Mireya comenzaba a agotar su fuego mágico que hacía arder a varios atacantes.

Una lluvia de proyectiles cayó sobre la posición rival cuando la elfa oscura bajó de un golpe la mano que había levantado miles de guijarros del piso.

A pesar del gran estrago causado en la horda de seguidores de Athatriel, su número era mortíferamente mayor que el de la Tétrada Oscura y la energía de ellas comenzaba a disminuir y mostraban signos de fatiga.

Sin que nadie pudiese preverlo, una flecha de elfo claro perforó la caja que contenía la esmeralda sagrada. La punta del proyectil logró enterrarse en la gema, la que ante la mirada de horror de las mujeres se partió en varios pedazos.

-¡Está rota!; gritó Mireya con la voz entrecortada.

Los trozos de la fracturada piedra comenzaron a brillar y a vibrar violentamente, saltando hacia las mujeres, que fueron heridas en distintas partes de su cuerpo por los fragmentos de cristal, quedando tiradas en el suelo mientras un verde resplandor las envolvía y desaparecía luego dentro de ellas.

Francine apoyó sus manos en el suelo y levantó su cabeza mirando a sus compañeras. En sus ojos pudo ver las mismas extrañas llamas que ellas vieron en los suyos.

Lentamente las cuatro lograron ponerse de pie. Con una mano en el aire Ethiel elevó cientos de guijarros que incandescentes cayeron como pequeños explosivos, haciendo volar despedazados los cuerpos de una cantidad difícil de precisar de enemigos.

Las fauces de la loba se abrieron para dejar escapar un aullido que hizo temblar la tierra y el cielo y ante cuyo golpe decenas de enemigos cayeron sin vida.

La vampiresa corrió veloz entre los aterrorizados sobrevivientes que quedaban, para volver enseguida junto a sus compañeras. Tras ella cientos de cadáveres marchitos como hojas secas, quemadas por el sol del verano, se deshacían en polvo.

Los pocos atacantes que restaban con vida se lanzaron furiosos contra las cuatro mujeres; en forma casi refleja la bruja extendió sus brazos descargando una onda de energía tan intensa que vaporizó todo cuanto tocó.

Después de horas, o tal vez de solo minutos, todos aquellos que pretendieron asesinar a la Tétrada Oscura yacían convertidos en cenizas o polvo que el viento austral se encargó de limpiar.

-¿Qué fue lo qué ocurrió?; preguntó Mireya, mirando los ojos de fuego de sus compañeras.

-No lo sé; contestó Ethiel.  -De pronto me sentí cargada de una tremenda energía.

-Y yo; agregó Francine. -¿Qué fue lo que hice? Sentí que absorbía la vida en sí de todos, no solo su sangre, también se energía vital.

-¿Y la esmeralda?; preguntó Cristina, viendo vacía la caja rota que la contenía.

-No lo sé; respondió la bruja. -Estoy tan confundida como ustedes.

-¿Por qué me miras tanto?; preguntó algo incómoda Francine a la elfa.

-Tus ojos están extraños; dijo ella.

-¿Qué tienen de extraños?; preguntó la vampiresa.

-Tienen fuego en ellos; explicó Ethiel. -Los ojos de todas ustedes tienen fuego en su interior.

-También los tuyos; observó Mireya.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Cristina llevándose las manos a la cara.

-No lo sé; fue la inútil respuesta de Mireya, que estaba tan inquieta como sus amigas.

Su meditación se vio interrumpida por un cegador resplandor que cubrió todo el campo de batalla.

-Esto aún no acaba; dijo Cristina ante la imponente visión de los doscientos ángeles caídos seguidores de Athatriel que se involucraban abiertamente en la batalla, ante el inesperado giro que habían tomado los acontecimientos, sin importarles ser descubiertos.

Doscientos robustos guerreros con alas de fuego las enfrentaban, portando una devastadora espada flamífera cada uno de ellos.

La elfa empuñó firme su espada y recorrió el nuevo escenario con su mirada de fuego, avanzando temerariamente hacia los nuevos enemigos.

-Espera. No podrás con ellos; intentó detenerla Francine.

-Tal vez mi destino sea morir aquí; respondió corriendo decidida contra aquellos que podrían tratar de lastimar a sus hijos.

Sin inmutarse, ni preocuparse mayormente, dos ángeles caídos apuntaron sus espadas contra la valiente pero irreflexiva elfa oscura. Dos formidables chorros dorados de fuego chocaron contra la barrera de Ethiel, sin poder detener su decidido  avance.

-¡Es increíble!; exclamó Cristina. -La barrera de su anillo logró parar esa tremenda energía.

-No lo creo; dijo Mireya recogiendo algo del suelo. -No lleva su anillo; indicó la bruja mostrando la sortija de Ethiel que se había roto en la anterior batalla.

-¿Pero entonces de dónde salió ese escudo que la está protegiendo?; preguntó incrédula Francine.

-No lo sé. Tal vez sea por la esmeralda; supuso Mireya.

-Pero se rompió; recordó Cristina. -Todas lo vimos.

-¿Y dónde están los pedazos?; agregó la bruja.

-¿Quieres decir que se metieron en el cuerpo de Ethiel?; preguntó la vampiresa.

-No solo en el de ella; opinó Mireya. -También en los de nosotras. ¿O tienes alguna mejor explicación para lo que ahora está pasando?

Al llegar junto a los ángeles que le estaban disparando Ethiel levantó su humilde espada de madera. La sonrisa burlona de ellos se borró rápidamente cuando una formidable espada flamífera empuñada por la elfa oscura cortaba la hoja de fuego de las que ellos sostenían.

En la mano de la bruja su báculo negro se iluminó transformándose en una barra de fuego tan brillante y dorado como la espada de Ethiel. Sin pensarlo siquiera la elevó por sobre su cabeza y una lluvia de fuego cayó perforando las alas y cuerpos de los ángeles caídos, que ardían como nunca antes un ángel lo había hecho.

Las garras de la vampiresa se volvieron luminosas como si fuesen cuchillos del mismo fuego que las armas de sus compañeras y sin pensarlo dos veces cruzó el campo de batalla clavándolas en el corazón de un ángel enemigo; el fuego consumió desde adentro a su víctima, mientras se lanzaba contra otro y de un zarpazo le cortaba la cabeza y al igual que el anterior ardía envuelto en esas poderosas llamas que ahora dominaba la Tétrada Oscura.

El pelaje de la loba parecía formado por pequeñas llamas que desprendían chispas cuando se movía. Un golpe directo a su cara fue detenido como si nada por su mano, sin que la hoja de fuego de la espada la lastimara. Como una daga incandescente su mano atravesó el pecho de su atacante, consumiéndolo inmediatamente.

Nunca se había sabido que un ángel hubiese muerto y sin embargo decenas de cuerpos calcinados se volvían polvo bajo los pies de la Tétrada Oscura.

Una espada descargada directamente contra la cabeza de Francine paró en seco su trayectoria cuando chocó contra la hoja flamífera de la espada que se materializó en su mano. A la mente de la vampiresa llegó el recuerdo de alguna vez haber presenciado un combate con espadas; dando un gran salto y girando en el aire, de un golpe cortó una de las alas de su agresor. Un grito de dolor como jamás se había escuchado en este mundo hizo retumbar todo; un certero movimiento de su mano hizo rodar la cabeza del ángel caído, haciéndolo estallar en llamas.

En un momento de la batalla las cuatro mujeres quedaron juntas. Francine se llevó ambas manos a la cabeza en un gesto de desesperación.

-¡Salgan de mi mente!; gritó con las llamas en sus ojos más vivas que antes. Un grupo de ángeles caídos había descubierto la capacidad telepática de la vampiresa y estaba valiéndose de ello para atacarla.

-¡Les dije que salieran!; volvió a gritar Francine. Un agudo grito se escuchó proveniente de todos lados, cuando los ángeles que la atacaban se convirtieron en luz y fueron literalmente absorbidos por la vampiresa, que emanaba una gran cantidad de energía.

Sin necesidad de mediar palabras entre ellas, las cuatro apuntaron sus espadas flamíferas hacia los ángeles sobrevivientes y descargaron cuatro chorros de fuego que confluyeron en un mismo punto que se abrió en un abanico de luz que barrió con todo lo que había delante, desintegrando completamente a los pocos seguidores de Athatriel que quedaban con vida.

La batalla en que por primera vez los ángeles habían muerto llegó a su fin. Tras la Tétrada Oscura se elevó una poderosa llamarada por la que Damián apareció.

Las cuatro mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia el demonio.

-Lo han conseguido; dijo Damián felicitándolas.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Mireya con una voz que parecía un trueno, muy distinta de su normalmente suave hablar.

-¿En qué nos hemos convertido?; gritó Francine.

Las cuatro avanzaron juntas hacia Damián, aun empuñando sus espadas de fuego.

-¡Aléjate de ellas!; ordenó Lucifer dentro de la mente de su representante.   -Ahora ellas pueden matarte, sal de ahí hijo.

-Lo siento padre, pero no puedo dejarlas solas; respondió el demonio. -No las abandonaré; respondió Damián desobedeciendo a su padre.

-Muy bien, pero bajo tu responsabilidad; aceptó Lucifer.

-Soy yo, tranquilas amigas; trató de calmarlas el demonio. -No las lastimaré.

Lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco, Damián acercó su mano a la de Cristina y retiro su espada de ella.

-Todo estará bien; le dijo mientras la abrazaba.

Las cuatro espadas se apagaron y desaparecieron de las manos de la Tétrada Oscura. Las cuatro mujeres buscando apoyo abrazaron fuerte al demonio.

-Duerman y descansen mis queridas muchachas; dijo Damián con sus ojos llenos de fuego, mientras una gran llamarada los envolvía y sacaba de ahí llevándolos a un oculto lugar.

Lucifer sentado en un trono negro escuchaba atento a su hijo.

 

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