Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Herencia 14 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Herencia

-Hace tiempo que debíamos habernos tomado estas vacaciones; comentó Javiera a Enrique, quien conducía el lujoso todoterreno camino a la casa de verano que tenían en la precordillera.

-Es cierto, pero recuerda que yo siempre insistía para que lo hiciéramos; respondió él, con la vista fija en el camino.

-Lamentablemente no es tan fácil delegar la dirección de todas las empresas; observó con toda naturalidad Javiera, quien era la única heredera de una de las fortunas más grandes del país y si es que no del continente, dueña de tantas empresas que casi no las recordaba fácilmente a la primera.

-Tal vez esta sea la oportunidad para pensar en tener un heredero; opinó Enrique.

-Voy a estudiar su propuesta; contestó sonriendo ella, como si hablase con uno de sus asesores de negocios.

La luz de la luna permitía divisar la casa desde el camino, aunque más correcto era hablar de una mansión enclavada en medio de los cerros.

-Al fin llegamos; comentó Enrique estacionando el vehículo frente a la puerta principal.

-Que espectacular, dos semanas sin saber de negocios, ni pleitos, ni nada; respondió Javiera con placer en la voz.

Aunque no iban seguido a la propiedad, un empleado se preocupaba de que el refrigerador y la alacena estuviesen bien abastecidos y todo correctamente limpio y ordenado.

-¡Impecable!; opinó Enrique. -Como siempre José ha dejado todo perfecto.

-Recuérdame aumentarle el sueldo; comentó Javiera.

Desde temprano la pareja se dispuso a disfrutar de la gran piscina y de la tranquilidad de la soledad. El agua fresca, la brisa suave y el sol tibio de la mañana acariciaban la dorada piel de la millonaria, mientras Enrique hablaba con alguien por celular desde dentro de la casa.

-¿Un jugo?; ofreció él a su esposa, besándola en el cuello.

-Gracias, precisamente iba a buscar uno; aceptó ella.

Era tal la calma del lugar que claramente escucharon un vehículo que se estacionaba en la entrada.

-No lo puedo creer; reclamó algo contrariada Javiera.

-¿Alguien sabía que vendríamos?; preguntó Enrique.

-Nadie; contestó ella.

Una llave se introdujo en la puerta y las risas de una pareja que entraba risueña llegaron hasta la piscina.

Pilar se quedó inmóvil al ver a su jefa y amiga parada frente a ella, luciendo un diminuto bikini.

-Javi, Enrique, disculpen no sabíamos que estaban ustedes aquí. Como me diste un juego de llaves y me dijiste que viniera cuando lo deseara, yo….Mejor nos vamos; dijo Pilar a Diego, el abogado de Javiera.

Después de pasada la sorpresa, con una sonrisa Javiera se encogió de hombros.

-Es culpa mía Pili, tu eres mi asistente personal y debí avisarte que vendríamos; contestó ella a su amiga.

-¿Hace mucho que andan juntos?; preguntó Enrique a Diego pasándole una lata de cerveza.

-Bueno, la verdad es que nosotros solo somos amigos; se defendió éste.

-Sí, cómo no; insistió burlón Enrique.

-Te encanta meterte en la cama de los demás; reprendió con una sonrisa Javiera a su marido  mientras guiñaba un ojo de complicidad a su amiga.

-Ya váyanse a poner traje de baño y métanse a la piscina, es una orden; bromeó la millonaria.

-No quisiéramos molestar; titubeó tímidamente el abogado.

-Oh no te preocupes, la casa es bastante grande para los cuatro y la piscina también; lo tranquilizó la millonaria.

-En ese caso; agregó Pilar desabotonando su blusa y luciendo el bikini que ya llevaba puesto.

-¡Vaya!, ya andabas preparada; observó embobado Enrique.

-Soy una asistente eficiente y siempre lista; respondió ella.

-Creo que necesitas enfriarte un poco; dijo Javiera vaciándole un jarro de agua con hielo en la cabeza a su marido. Ante la cara de vergüenza de Enrique, los tres amigos largaron a reír.

-Ya pues señor abogado, estoy esperando a que se saque los pantalones; ordenó con una sonrisa Javiera.

-Yo puedo ayudarte; le ofreció Pilar desabrochándole el cinturón a su acompañante.

-Puedo solo gracias; contestó Diego tratando de mantener la compostura.

-Si quieres te ayudo yo; agregó Enrique cerrándole un ojo.

-Gracias pero prefiero a Pilar; respondió el abogado.

-No sabes lo que te pierdes; insistió Enrique lanzándole un beso con los labios.

Los tres se retorcían de risa a costa del abogado, el que volvió a los pocos minutos.

-¡Abogado!, por lo visto gasta todo su sueldo en gimnasios; observó Javiera admirando la bien formada musculatura de Diego. -Desde ahora se va a trabajar sin camisa; dijo ella relamiéndose los labios.

-Un momento, yo lo vi primero; alegó Pilar abrazando a su amigo por la espalda y posando sus manos en su firme abdomen.

El paisaje era realmente alucinante bajo la blanca luz de la luna llena; el ambiente era incitante e insinuante  a la vez, invitando a tomarse unos tragos sumergidos en las burbujeantes aguas del yacusi junto a la piscina.

Ya bien entrada la noche ambas parejas se retiraron a sus respectivas habitaciones en medio de risitas y cuchicheos. Entre sueños Javiera giró y buscó con su mano el cuerpo de su marido; al no hallarlo se despertó y vio que estaba afuera  hablando con Diego y Pilar. Aunque aguzó el oído no pudo entender de qué hablaban; movida por la curiosidad se levantó y dirigió a la piscina.

-¿Pasa algo?; preguntó ella a los demás en medio de un bostezo.

-Estábamos discutiendo de un proyecto que se le ocurrió a Enrique; contó Diego.

-¿En serio?; quiso saber Javiera. -¿De qué se trata?

-Bueno, es un pequeño negocio que te estaba preparando y quería regalártelo para tu cumpleaños; explicó Pilar.

-Grandioso, estropearon la sorpresa; reclamó Enrique.

-¿Y qué sería?; preguntó curiosa Javiera.

-Es una florería pequeñita y muy tierna que Enrique quiere comprarte; aclaró Pilar.

-Qué lindo eres; opinó Javiera. -Siento haberte echado a perder la sorpresa.

-No hay problema, siempre que pongas cara de sorprendida cuando te entregue las llaves; aceptó Enrique.

-Bueno, ya que todo se aclaró propongo que nos vayamos a dormir; sugirió Diego.

Javiera hasta el otro día se durmió con una sonrisa en los labios, su marido no dejaba de demostrarle su amor.

Todo el día lo pasaron relajándose en la piscina y bromeando de todo. Realmente esto es lo que los cuatro amigos necesitaban, alejados del frío mundo de los negocios y del dinero. La noche era la hora del yacusi. Ese era el regalo perfecto para cerrar el día.

-Permiso; pidió Javiera. -Debo ir al tocador.

Cuando iba de regreso a la piscina, la millonaria al pasar frente al escritorio sintió una curiosidad casi infantil por saber más detalles del nuevo proyecto de su marido.

-Este debe ser; supuso Javiera tomando una carpeta del cajón del antiguo escritorio de ébano.

Los ojos de ella se abrían cada vez más a medida que leía cada página, no pudiendo dar crédito a lo que veía. Pensando que se trataba de un borrador de un nuevo proyecto se encontró con un nuevo testamento en que Enrique figuraba como único heredero de ella, firmado por Diego como abogado y por ella y debidamente legalizado ante notario.

-¿Pero qué diablos es esto?; se preguntó en voz alta con el ceño fruncido.

Junto a los documentos encontró una reserva de avión a su nombre a Europa con fecha de hace dos días atrás.

Indignada se levantó con los papeles en la mano, dispuesta a encarar a los sinvergüenzas de su marido y su abogado. Al llegar a la biblioteca se topó de cara con ambos.

-¿Me pueden explicar qué significa todo esto?; preguntó furiosa a los dos hombres.

-Tranquila, no es lo que parece; trató de explicar el abogado.

-¿Crees que soy estúpida acaso?, aquí falsificaron mi firma; estalló Javiera. -¿Y esta reserva de avión?

-Vamos cielo, no lo hagas más difícil; pidió Enrique apuntándole con una pistola.

-No creas que te saldrás con la tuya tan fácilmente; lo desafió ella.

-Yo creo que sí. Nadie sabe que estamos aquí y nadie te echará de  menos ya que en este momento estás paseando por Europa y el avión en que regreses va a sufrir un lamentable accidente; dijo triunfante Enrique.

-¿Pero por qué?; preguntó Javiera.

-Dinero, muchísimo dinero; respondió fríamente su marido.

-Pero a ti no te falta nada; observó apenada ella.

-No me gusta estar viviendo de tu limosna y sometido a tus caprichos; respondió Enrique.

-¿Y vas a dispararme aquí acaso?; respondió desafiante Javiera.

En un momento en que Enrique bajó la vista, ella aprovechó de lanzarle un florero, golpeándole en la cara. A causa del golpe la pistola se le cayó de la mano y Javiera se apoderó de ella, encañonando a  ambos.

-No se muevan malditos; ordenó ella mientras tomaba un teléfono y comenzaba a marcar el número de la policía. -Ahora los dos se van a secar en la cárcel.

La vista de Javiera se nubló de golpe y su cuerpo inconsciente cayó al piso.

-Lo siento mucho querida; dijo Pilar empuñando el candelabro con que acababa de golpear la cabeza de su amiga.

La cabeza le dolía intensamente cuando recobró la consciencia. Ya no se encontraba en la casa; la jalaban por uno de los faldeos cordilleranos.

-Desgraciados, no se saldrán con la suya; gritaba Javiera. -Me  las van a pagar muy caro.

-Grita todo lo que quieras, aquí nadie te oirá; contestó Pilar.

-Llegamos, aquí es; señaló Enrique deteniéndose frente a la entrada de una mina abandonada.

-Vamos dispárale; ordenó la mujer a Enrique.

-¿Y dejar una bala fácil de rastrear?; objetó éste.

-Entra ahí; dijo Diego empujándola al interior de la mina.

-Aquí nadie te encontrará nunca; comentó Enrique arrojando un cartucho de dinamita al interior, el que selló para siempre la entrada del socavón, cuyas rocas aplastaron a Javiera.

Los tres asesinos celebraban su crimen perfecto. Pilar se besaba con ambos hombres sin que nadie se lo pudiese impedir, mientras ellos limpiaban todos los rastros de la pelea.

Poco a poco Javiera recobró el conocimiento, cuando trató de moverse se dio cuenta de que estaba aplastada por varias toneladas de roca. Recordó todo lo que había pasado esa noche y no lograba entender cómo es que aún se encontraba con vida; sin embargo, sabía que pronto moriría. Le dolía todo el cuerpo y el aire era muy escaso.

A pesar de que la cueva había quedado totalmente sellada, la oscuridad no era absoluta. Una extraña luminiscencia azulosa iluminaba con tonos sobrenaturales su tumba de piedra. Por el piso brillantes cristales azules parecían moverse hacia ella, acercándose a su cuerpo sangrante y agonizante. Con su mano temblorosa tomó y apretó algunos de aquellos cristales que parecían tener vida propia y dejó escapar por última vez el aire de sus pulmones.

El cadáver de Javiera yacía sepultado bajo varias toneladas de roca, en su tumba iluminada por ese extraño mineral radioactivo que había dado lugar a varios mitos que alguna vez ella había escuchado en la zona y que hablaban de extrañas luces azules y apariciones fantasmagóricas en los cerros cercanos, pero a los que nunca les había dado importancia.

-Pronto amanecerá; observó Diego. -Es mejor que nos vayamos.

-Yo me iré a la noche, para que nadie me vea; opinó Enrique. -Ustedes quédense aquí y hagan como que vinieron a descansar aprovechando que Javiera está en Europa; aconsejó a sus cómplices. -Sigan con el plan y pronto seremos asquerosamente ricos.

El automóvil del asesino se internó en la noche en camino a la ciudad, dando un paso más en el crimen perfecto. Pilar y Diego se quedaron en la mansión de la montaña dándose la vida de ricos que tanto ambicionaban.

-¿Cómo me veo?; preguntó la mujer luciendo uno de los finos vestidos de la difunta millonaria y varias de sus joyas.

-Pareces toda una reina; respondió Diego admirando los diamantes del collar que llevaba su pareja.

La luna iluminaba los roqueríos y quebradas cordilleranas, solo el viento se movía entre los riscos. Un fantasmagórico resplandor azul manaba de entre las rocas como relataban las viejas leyendas de los arrieros.

Un leve temblor, un deslizamiento de piedras por otro lado; un crujido de rocas al caer era el ruido sordo que se escuchó por un instante; la montaña crepitó como si una tumba se hubiese abierto. Bajo la luz de la luna, entre las rocas una mano se asomó; una mano distinta a otras manos, una mano que brillaba con luz propia, con un resplandor azuloso, una mano fría y dura, traslucida y cristalina.

Luego un brazo, luego otra mano; finalmente la tierra se abrió. Un cuerpo, una persona,….tal vez en otro tiempo, pero ahora ya no; una mente fría como el cristal que la contenía, guiada por un odio intenso, profundo, por una promesa de venganza lanzada en la noche, una fuerza que no podía ser contenida sino con la muerte de sus asesinos.

Sabía dónde debía dirigirse, no había planes complicados de venganza. Su gélido pensamiento le indicaba que solo debía localizar y matar, nada más importaba y no le molestaba ninguna duda. Ahora era todo tan simple.

Se levantó en toda su altura, miró las estrellas e inhaló hondo el frío  aire cordillerano, pero sus pulmones no se dilataron, no sintió como de costumbre el aire entrar por su nariz y cruzar por su garganta. Una vez más lo intentó, pero sintió su pecho rígido; lo tocó con sus manos y lo sintió duro, frío. No podía respirar, no podía estar viva y sin embargo lo estaba. Miró sus manos y con estupor notó que podía ver a través de ellas y de esa luminiscencia azul. Despacio llevó sus dedos a su rostro. El contacto fue impersonal, como si con guantes de cristal tocase una escultura de cristal; sin tacto, sin sensaciones, un rostro frío, anguloso y duro. El rose de los dedos produjo un zumbido parecido al que se oye al rosar el borde de una copa con agua.

Trató de gritar, pero su garganta no se movió, se concentró un poco más pero lo único que logró fue emitir un agudo sonido que nunca había escuchado. Un animal corrió asustado a esconderse, las rocas crujieron nuevamente ante la aguda vibración que perforó la noche.

Dio un paso vacilante, sus piernas estaban rígidas y pesadas. Caminó despacio al principio, más rápido después. Aprendía a moverse nuevamente, insegura como un niño que aprende a caminar; paso tras paso su confianza aumentaba, su andar se tornó seguro, su paso firme.

No sentía dolor, no sentía cansancio. Sabía que no debería estar viva, sin embargo lo estaba y continuaba su avance inexorable y decidida.

No tenía problemas para orientarse, ni dificultades para ver en la noche, ya que la oscuridad se apartaba a cada paso que daba. De pronto le pareció tan natural la luz que emanaba de su cuerpo que se preguntó cómo no la necesitaba antes. Ese pensamiento le hizo cierta gracia y trató de sonreír, pero sus labios no se movieron siquiera; no había flexibilidad en sus rasgos, pero tampoco la había en su objetivo. Mataría a quienes la habían traicionado y nada ni nadie lo podría impedir.

Las luces de la mansión ya estaban a la vista y se acercaban más y más. Nadie la vio entrar; se ocultó un rato tras unos árboles, luego se dirigió a la piscina esperando poder encontrar allí a los asesinos. La piscina estaba vacía, pero escuchó risas venir de la casa; se acercó hasta una ventana y con rabia vio a Pilar y Diego jugando en su cama.

-Ahhh; gritó Pilar al ver la figura en la ventana.

-¿Qué pasa?; preguntó el hombre.

-Vi a alguien que nos observaba; respondió agitada la mujer.

Diego se levantó a mirar por la ventana pero no vio a nadie.

-No hay nadie; dijo a Pilar. -Tiene que haber sido un reflejo de la piscina.

-Es posible, se veía como con un brillo azuloso; meditó la mujer. -Por un momento me pareció que era Javiera.

-Ella está muerta, bajo toneladas de rocas y nunca la encontrarán; calmó Diego a la mujer.

-Supongo que estoy un poco nerviosa; aceptó Pilar.

-Ya se te pasará cuando empieces a gastar todos esos millones de dólares; le dijo el abogado mordisqueándole suavemente una oreja.

Al rato, ambos cansados se durmieron abrazados. Un ruido de algo que cayó despertó a la pareja.

-Hay alguien más en la casa; dijo Pilar asustada.

-Quién quiera que sea no va a salir vivo de aquí; comentó amenazante Diego tomando la pistola que había dejado sobre el velador.

Despacio ambos se dirigieron al escritorio, de donde provenía un extraño resplandor azul. Un grito de terror escapó de la garganta de Pilar al ver la brillante figura que avanzaba lentamente hacia ellos.

-¡Javiera!; gritó la mujer, reconociendo los rasgos de la muerta en el rostro de la cosa que la sujetaba del cuello y la levantaba sin esfuerzo en el aire.

Una bala en el hombro de la cosa produjo un ruido de vidrio al ser golpeado, pero no le causó daño alguno. Con rabia la extraña mujer arrojó a Pilar al suelo y centró su atención en el abogado, el que disparaba sin ningún resultado todas las balas de su arma sobre la cosa esa que avanzaba sin inmutarse siquiera hacia él.

Aterrado Diego salió huyendo de la casa, dejando sola a Pilar con la criatura que  la miraba con sus cristalinos ojos cargados de odio.

-¿Por qué estás tan asustada amiga?; preguntó con una voz aguda y chirriante la mujer de cristal. -Soy yo Javiera, tu amiga.

-Discúlpame, yo no quería, Enrique me obligó; se intentó disculpar Pilar. -Yo no quería que murieras.

-Pero yo no estoy muerta; contestó Javiera con su voz vidriosa. -Claro que ahora que lo recuerdo, ustedes tres sí me asesinaron.

Pilar estaba tan aterrada que se hallaba al borde del colapso nervioso. A tropezones salió corriendo del escritorio, por el amplio pasillo de la mansión.

-¡No huirás de mí!; gritó con voz tan aguda Javiera que un espejo se rompió en mil pedazos frente a la mujer.

Pilar como hipnotizada a causa del miedo, veía avanzar el azul resplandor fantasmal que acompañaba al cuerpo de la extraña. Con la espalda pegada a la muralla, no podía ya alejarse de esa cosa que estaba cada vez más cerca de ella.

-¿No eras tan valiente cuando me mataste?; preguntó Javiera con su desagradablemente aguda voz.

-Por favor no hables más; rogó Pilar, llevándose las manos a los oídos para protegerlos de ese terrible sonido.

-¿No te gusta mi voz acaso?; preguntó la extraña agudizando un poco más su voz.

-Me duele; lloró Pilar.

Los labios de Javiera se separaron un poco más y por ellos escapó un chillido tan agudo que casi resultaba imperceptible. En medio de un grito de dolor, los oídos de Pilar comenzaron a sangrar, escurriendo hilos de sangre por entre sus dedos. El dolor era tan intenso que cayó de rodillas ante la extraña, quien se agachó junto a ella.

-Disculpa, no pretendí hacerte tanto daño; dijo Javiera, acariciando con su fría mano el rostro de Pilar.

Dos delgadas líneas rojas se marcaron en la mejilla de la mujer, deslizándose dos gotas de sangre por ella.

-Lo siento, creo que sin querer te corté con mi mano; se excusó Javiera.      -Parece que mis uñas cortan como vidrio. Bueno, por lo visto si son de vidrio; dijo pasando un dedo por la otra mejilla de Pilar.

El motor del auto de Diego que intentaba escapar interrumpió la situación en que se encontraba la mujer.

-Creo que tu amiguito quiere irse sin ti; dijo la extraña a la mujer. -Voy a hablar con él, espérame que vuelvo pronto; dijo Javiera poniéndose de pie.

Caminando hacia él Diego vio a la extraña mujer, cuyo cuerpo brillaba como un gran prisma despidiendo rayos de colores al ser tocado por las luces del automóvil. Pisando el acelerador hasta el fondo, lanzó el vehículo hacia adelante con la intensión de embestir a la extraña.

El golpe fue como si el vehículo hubiese chocado contra un muro de concreto, quedando totalmente aplastado por delante; con un golpe en la frente Diego intentó poner marcha atrás para escapar de ahí.

Con paso firme, como si nada la hubiese golpeado, la extraña se acercó a la puerta del conductor, cortando el vidrio con una de sus uñas y empujándolo con su puño duro como una piedra.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Javiera con su voz hiriente como cientos de agujas afiladas.

Abriendo lentamente sus labios dejó salir un grito tan estridente que todos los vidrios del vehículo estallaron. Sonido que dejó de ser perceptible por el oído humano; los oídos de Diego comenzaron a sangrar y la sangre a correr por su rostro. Las manos de él se crisparon sobre su cabeza, cuando ella forzó aún más su voz. En medio de un grito desgarrador de dolor, la cabeza del abogado estalló en pedazos, desparramando su contenido en todo el interior del automóvil.

La extraña se dirigió con paso calmado hacia la casa, donde se encontraba Pilar inconsciente tirada en el pasillo. Mareada por el terror la mujer pudo ponerse de pie, justo cuando por debajo de una puerta vio el resplandor azul que nuevamente venía hacia ella. Quería huir, pero su atacante venía por la única vía posible de escape; sin saber qué hacía, corrió hacia el otro extremo del pasillo, solo para terminar topándose con una pared.

La extraña se acercaba lentamente hacia ella, al fin y al cabo ya no había prisa.

-Adiós Pilar, no me olvides; dijo la mujer, despidiéndose de la que en otra época creyó su amiga.

Lentamente se alejó por el pasillo caminando hacia el jardín. Pilar apoyada en la pared apretaba su cuello, tratando de impedir que su sangre abandonase su cuerpo por el corte que con una de sus uñas Javiera hiciera en él. La vista se le oscureció y sus  piernas por fin se doblaron, cayendo de bruces al piso en medio de un gran charco de sangre.

La extraña mujer buscó por todas partes en caso de que Enrique se hubiese ocultado intentando escapar de su venganza. Después de revisar toda la casa se convenció de que él no estaba en ella. Por último revisó en el garaje, como última opción. Tendido en el suelo, con un disparo en la frente, yacía tirado el cadáver de José, el joven cuidador.

Movida por un extraño impulso cargó en sus brazos el cuerpo sin vida y se dirigió con él hacia los cerros. La luna acompañaba su marcha fúnebre. El extraño resplandor azul avanzaba por entre las rocas, siempre rodeando a la mujer.

El suelo estaba cubierto de pequeños cristales azules que comenzaron a moverse cuando la mujer depositó su cargamento en él. Lentamente los cristales se acercaron al cadáver; una extraña luminiscencia azul lo envolvió completamente por un rato.

Durante una hora la mujer estuvo contemplando con su rostro inexpresivo la transformación que experimentaba el cuerpo del hombre.

Poco a poco las rígidas extremidades de él comenzaron a cobrar vida; lentamente se puso de pie mientras la mujer observaba su cristalino cuerpo, frío, brillante y similar al de ella.

-¿Recuerdas qué pasó?; preguntó ella con su voz aguda y vibrante con un tono metálico.

El hombre trató de hablar, pero de su garganta solo surgió un zumbido agudo que hizo vibrar algunas rocas. Intentándolo nuevamente logró articular unas pocas palabras.

-Sí, me dispararon, pero no entiendo, ¿por qué no estoy muerto?; habló él con un  tono chirriante en la voz.

-No lo sé; contestó la mujer. -A mí también intentaron matarme.

-¿O tal vez lo lograron?; dijo ella mirando sus manos de cristal.

-¿Qué nos ocurrió?; preguntó intrigado él.

-Creo que obtuvimos la oportunidad de cobrar venganza; opinó ella.

-¿Sabes quién soy yo?, o debo decir ¿quién era yo?; preguntó ella al extraño hombre.

-Sí te reconozco, a pesar de que ambos hemos cambiado completamente; contestó él.

-Debemos vengarnos de quien nos traicionó; dijo la extraña.

-Eso será fácil; opinó él. -Solo debemos atraerlo hacia nosotros.

La extraña pareja caminó lentamente hacia la mansión, iluminando el camino a medida que avanzaban con su fantasmagórico resplandor azul.

-Enrique, soy Pilar, por favor vuelve enseguida, ha ocurrido un inconveniente; habló una voz por celular.

-¿De qué se trata?; preguntó el hombre.

-No puedo decírtelo por teléfono, es urgente; insistió la mujer.

-Está bien voy para allá, nos vemos luego; accedió Enrique.

-Viene para acá; dijo Javiera cambiando su voz al extraño.

-Muy bien, esta noche se hará justicia para ambos; opinó el extraño hombre.

A las pocas horas el vehículo de Enrique se estacionaba junto al auto de Diego.

-¿Pero qué es lo que pasó aquí?; preguntó en voz alta al ver el desagradable espectáculo que había en su interior.

Todas las luces de la mansión se hallaban apagadas y la puerta abierta; Enrique caminó hacia ella, no sin antes empuñar la pistola que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Todo estaba oscuro y en silencio, aparentemente no había nadie en la casa.

Por debajo de la puerta cerrada del escritorio se colaba una fría luz azulosa. Enrique se dirigió sigilosamente, con el arma firme en su mano. La manilla del picaporte se movió silenciosamente y sin hacer ruido Enrique entró en el despacho y disparó dos veces contra quien estaba parado frente a él. Las balas rebotaron sobre una superficie dura, sonando como si hubiesen golpeado contra un grueso cristal blindado.

-Hola querido, ¿me has echado de menos?; habló una mujer con un chirriante tono de voz.

-¡¿Javiera?!, pero tu estas muerta; exclamó Enrique.

-La verdad es que no estoy tan segura; dijo la extraña iluminada toda con ese resplandor azuloso que llenaba la habitación con una fría claridad.

-Bueno, no sé qué te ha pasado, pero me encargaré de que esta vez sí mueras definitivamente; dijo Enrique disparando su pistola.

El proyectil salió del arma y dio en el rostro de la mujer, pero terminó incrustado en una pared. Una y otra vez Enrique apretó el gatillo, sin que ninguna de las balas ocasionase el más mínimo daño a la extraña; varios golpes sobre cristal blindado y todos los proyectiles terminaron en las paredes.

Rápidamente con la vista Enrique recorrió la habitación buscando con que atacar a la extraña. Por alguna desconocida circunstancia el cuerpo de ella había experimentado una increíble mutación y su carne había  cambiado a duro cristal. Pero el cristal se puede romper según sabía él, así es que debía buscar algo duro y pesado y debía hacerlo enseguida o no lo contaría. Lentamente fue moviéndose hacia la chimenea para poder tomar el atizador.

Enrique descargó con fuerza el pesado fierro contra la cabeza de la mujer, la que en un acto reflejo puso su brazo por delante para protegerse del golpe. El impacto contra la extremidad de la extraña fue violento y acompañado por un agudo sonido. La mano le dolió intensamente a Enrique, ya que toda la energía del golpe se le devolvió por el metal, que quedó vibrando.

-Vaya, por lo visto soy más dura que el diamante; dijo la mujer mirando su brazo, con su voz que hacía doler los oídos. -¿Y cuán duro eres tú?

De un golpe Enrique se vio lanzado contra la pared, sintió como si le hubiesen dado con un garrote en vez de un brazo. Medio aturdido logró ponerse de pie y corrió hacia la puerta para intentar salvar su vida. Desagradable fue su sorpresa cuando otra de esas cosas le cortó el paso; de un solo golpe la criatura, que aparentemente era un hombre, lo lanzó al otro extremo de la habitación.

-¿Es este tu asesino?; preguntó la mujer en un tono dolorosamente agudo.

-Sí, es este; contestó el hombre con el mismo tipo de voz.

-Por favor no me hagan daño; rogó Enrique. -Tengo mucho dinero, podemos compartirlo.

-Ya es demasiado tarde para eso; gritó el hombre.

Los vidrios temblaron amenazando con romperse. Enrique tuvo que cubrirse los oídos para detener el zumbido que le produjo esa voz.

-A esta insignificante criatura le resulta desagradable nuestra voz; contó la extraña mujer al hombre, al tiempo que emitía un agudo chirrido que hizo que Enrique gritara de dolor mientras la sangre manaba de sus oídos.

-Ya entiendo; respondió el hombre. -Realmente parece muy frágil.

Abriendo levemente los labios, el extraño hizo vibrar su garganta en una frecuencia inaudible por el oído humano. Inmediatamente Enrique cayó desmayado. A los pocos minutos él recobró el conocimiento, presa de un intenso mareo que le impedía ponerse de pie; la cabeza le dolía y los oídos le silbaban. Algo estaba hablando la extraña pareja, pero no entendía bien que decían; supuso que tenía los tímpanos rotos.

-¿Sabes qué es lo que nos ocurrió?; preguntó el hombre a la mujer.

-Solo recuerdo que él me mató y después me había convertido en esto; respondió ella. -Parece que tiene que ver con un mineral azul que hay en esos cerros.

-Es extraño esto y sin embargo, siento como si esto fuera lo más natural; opinó el extraño.

-Yo también me siento así; meditó la mujer. -Distinta pero cómoda, cómoda y poderosa.

-¿Qué vamos a hacer con él?; preguntó el hombre con su voz chirriante.

-Terminemos con esto de una vez; contestó la mujer con el mismo tono de voz.

Ambos extraños se volvieron hacia Enrique, emitiendo un agudo grito que se fue haciendo cada vez más inaudible. Presa de un intenso dolor y en medio de un terrible grito, él se llevó las manos a la cabeza, hasta que en un momento ésta le estalló, desparramando su cerebro por toda la habitación.

Sin decir ni una palabra, la pareja se volvió y caminó lentamente a la puerta; la habitación quedó nuevamente a oscuras cuando la resplandeciente luminiscencia azul se retiró junto con los extraños.

La mujer que alguna vez se llamó Javiera miró una vez más la piscina en que disfrutara en otra vida. La mansión oscura ahora era un vago recuerdo de una antigua existencia que yacía sepultada bajo toneladas de rocas. Todo ese lujo ya no significaba nada para ella; este mundo ya no era el suyo.

Abriendo grande su boca la mujer lanzó un estridente grito hacia la casa. Imitándola el hombre la acompañó en esa demoledora nota que hizo retumbar la mansión hasta su fundación, rompiendo sus murallas y pilares en una estruendosa detonación que la redujo a escombros.

Sin ninguna atadura la pareja se internó lentamente en los cerros.

De vez en cuando algunos arrieros o excursionistas aseguran haber visto una fantasmagórica luminiscencia azul que se mueve por las quebradas, o un hombre o una mujer, o a veces ambos, enteros de cristal azul luminoso  que contemplan las estrellas como esperando algo.

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-Bueno hija espero que lo pases muy bien en tus vacaciones; deseó Fabiola a Tamara.

-Eso téngalo por seguro tía; contestó Paola. -Aquí no hay como aburrirse.

-Quédate tranquila, tu hija va a estar bien; intervino Mónica.

-Qué suerte la de ustedes tener esta parcela; opinó Fabiola.

-Sí, es cierto; coincidió Mónica con su amiga. -Si quieres  quédate tú también.

-Me encantaría, pero tengo que trabajar; se excusó Fabiola. -En realidad quiero que Tamara empiece a ser un poco más independiente.

-Te entiendo; apoyó Mónica la decisión de su amiga. -En todo caso ya sabes cómo llegar.

-No he visto a tu marido; observó Fabiola.

-Está en Santiago viendo la venta de una propiedad, va a llegar un poco más tarde; explicó Mónica. -Mis otros críos estarán jugando por ahí.

-Mejor, así no nos molestan con sus tonterías; opinó Paola, pensando en su hermano mayor y en su hermana menor. -Tamara y yo tenemos mucho de qué hablar, ¿verdad amiga?

-Sí, por supuesto; coincidió ella.

-Bueno te dejo, por favor llámame si necesitas algo; se despidió Fabiola de su hija.

-Si mami, no lo olvidaré; se despidió Tamara de su madre. -Dale un beso de mi parte a mi papi y dile al pesado de Iván que no entre a mi pieza; pidió por último a su madre.

-No te preocupes, tu pieza estará igual de desordenada que como la dejaste; respondió Fabiola mientras su hija se alejaba corriendo.

-¡Qué grande está Tamara!; exclamó Mónica. -Debe tener muchos pretendientes en el colegio.

-Es cierto, pero ella sabe cómo manejarlos; contestó Fabiola a la observación de su amiga. -Ha crecido y se ha desarrollado muy rápido; mira el cuerpazo que se gasta y tiene solo quince años.

-Salió a ti no más; opinó Mónica admirando la figura de su amiga.

Apenas Fabiola se hubo ido, las dos jóvenes salieron corriendo a la laguna que había en el centro de la parcela.

-Mira, nos invaden; dijo Juan a Alicia, indicando a las amigas que se aproximaban.

-No dejaremos que se apoderen de nuestro planeta; contestó la pequeña Alicia riendo y lanzándoles una pelota de ping pong a Paola y Tamara.

-Capitana Tamara, hay nativos hostiles; dijo Paola a su amiga. -Proceda con cautela y neutralícelos.

-A sus órdenes comandante; respondió Tamara lanzándole de vuelta la pelota a la niña, quien la esquivó haciéndose a un lado.

-Ataque soldado; ordenó Juan a su hermana, la que echó mano a una bolsa llena de pelotas.

-Cúbrete; mandó Paola a Tamara.

Después de un incesante intercambio de pelotas, Tamara afinó su puntería y dio con una a Alicia.

-Agghh, me han herido, me muero; dijo llevándose las manos al pecho y cayendo en cámara lenta al suelo, moviendo cómicamente sus brazos y piernas.   -Ya me morí; agregó con una risita.

-Los derrotamos capitana, tomemos su planeta; dijo Paola sentándose sobre su hermana menor.

-Te engañe, la bala no me tocó; dijo la pequeña poniendo sus dedos sobre el vientre de su hermana.

-Cosquillas no, cosquillas no; rogó Paola retorciéndose en el pasto mientras su hermana se divertía haciéndole cosquillas por todos lados.

-Ríndete; le ordenó Alicia.

-Nunca; respondió valientemente Paola.

-Entonces te seguiré torturando; dijo mientras la rosaba por toda su piel.

-Está bien, me rindo; aceptó por fin la joven.

Mientras los cuatro niños se secaban al sol se escuchó un curioso silbido.

-¿Qué es eso?; preguntó con curiosidad Tamara.

-Nos están llamando para almorzar; respondió Juan.

-Menos mal, ya me moría de hambre; opinó la pequeña.

Cuando se estaban poniendo algo de ropa, Alicia se acercó a Tamara.

-Que rico perfume tienes; opinó olfateándola.

-No tengo ningún perfume; respondió ella.

-Pero hueles muy rico; insistió la niña.

-No le hagas caso a mi hermana, es un poco rara; intervino Paola.

El olor a carne asada inundaba el aire, despertando el apetito en los cuatro amigos.

-¡Asado, que rico!; exclamó Tamara mirando al papá de Paola cocinar la carne, mientras Mónica a su lado armaba la ensalada.

-Hola Tamara; saludó José con una sonrisa a la amiga de su hija.

-Hola tío; contestó ella con un ademán de su mano.

Después de disfrutar un delicioso almuerzo, los cuatro se pusieron a jugar con una pelota de voleibol.

-Que juego más aburrido; dijo Alicia después de un rato. -Mejor traten de quitarme la pelota si pueden; los desafió apoderándose del balón.

Cuando lanzaba la pelota para arriba, Paola de un salto la equilibró en una de sus manos.

-Toma es tuya; dijo mientras se la lanzaba a Juan, cuando Alicia trataba de recuperarla.

-No dejes que la tome; dijo éste arrojándola a Tamara.

Antes de que ella pudiese atraparla, de un inesperado salto la pequeña Alicia la apresó con sus manos.

-¡Guau, qué salto!; exclamó sorprendida Tamara.

-Reconózcanlo, soy demasiado buena para ustedes; dijo triunfante la niña, mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.

La noche la pasaron jugando Monopolio y comiendo galletas y leche.

-Bueno niños, creo que ya es tarde, deben ir a acostarse; opinó Mónica.

-Pero no tengo sueño; reclamó Alicia dando un gran bostezo.

-Ya dije. Buenas noches; ordenó la madre.

La cama de Tamara era muy cómoda y se durmió rápidamente. A eso de las dos de la madrugada fue despertada por un extraño ruido; aguzando un poco el oído se dio cuenta de que eran varios gatos que corrían y maullaban de un lado para otro. Como estaba acostumbrada a ese barullo en la ciudad no le dio mayor importancia y se volvió a dormir.

-Hola qué tal dormiste; preguntó Mónica a la joven.

-Bien, claro que me despertaron los gatos; respondió Tamara.

-Sí, ellos; pensó José. -Hace un tiempo nos adoptaron como familia y decidieron quedarse a vivir aquí; explicó él.

-En todo caso no me molestan; agregó la joven, recordando que era una invitada de los dueños de la casa.

-Mmm, leche que rico; observó ella para relajarse.

-Qué bueno que te guste, es muy nutritiva; opinó Mónica.

-A nosotros nos encanta; intervino Alicia.

La noche siguiente luego de jugar un juego de estrategia militar, Tamara se puso a leer un rato antes de dormir. Los gatos se escuchaban más inquietos que la vez anterior y no la dejaban concentrarse en su lectura, así es que recurrió a medidas extremas, se puso los audífonos de su mp3 para no oírlos.

-Anoche sí que estuvieron activos los gatos; comentó Mónica que parecía no haber dormido mucho.

-Sí, algo; respondió Tamara sin darle mayor importancia.

La parcela era muy linda, pero lo que más le llamaba la atención a la amiga de Paola era el bosque que poseía cerca de la casa.

-¡Qué lindas se ven las estrellas desde aquí!; comentó Tamara a Paola, admirando el cielo nocturno del campo.

-Sí, realmente es muy bonito; contestó ella.

-Tienes razón hija; agregó Mónica que también se unía a disfrutar de la noche, junto con toda su familia y su invitada.

-Me gusta tu aroma; comentó Alicia acercándose a la joven amiga de su hermana.

-Es cierto, hueles muy bien; observó José girando en torno a Tamara.

Mónica, Paola, Alicia, José y Juan, los cinco comenzaron a caminar en círculo  alrededor de la joven, la que comenzó a sentirse inquieta.

-Oigan me están poniendo nerviosa; dijo Tamara con un tono de preocupación en la voz. -¿A qué están jugando?

-Jugamos al gato y al ratón querida; respondió Mónica con sus brillantes ojos verdes fijos en la joven. -Tú eres el ratón.

Entre sorprendida y asustada, Tamara vio como el rostro de su amiga Paola comenzaba a volverse redondeado, en tanto que los dedos de sus manos se recogían, quedando éstas convertidas en las patas de un gran felino que asomaba sus afiladas garras.

-¡Un monstruo!; fue lo único que alcanzó a decir la joven cuando la que fuese hace poco su amiga le dio un zarpazo en el brazo izquierdo, provocándole tres profundos cortes.

Casi sin control, a pesar de su herida, Tamara se largó a reír casi a carcajadas.

-Mejor así; opinó José. -Tu  locura hará más divertido el juego.

La pequeña Alicia, que ahora lucía como una robusta y negra gata de verdes ojos como encendidas esmeraldas, se lanzó sin previo aviso sobre el rostro de la muchacha.

-¡Tontos gatitos!; exclamó Tamara en medio de risas, mientras con una mano sostenía en el aire a su atacante, mirándola con ojos intensamente amarillos.

Desconcertada la familia sintió como crujían los huesos de la pequeña, mientras daba un último y lastimero maullido de miedo y dolor.

Los cuatro rodearon gruñendo amenazantes a la inesperada agresora, cuya estatura aumentó varios centímetros mientras su cuerpo se cubría rápidamente de un pelaje rojizo y sedoso, a la vez que sus delicadas manos se convertían en poderosas zarpas armadas de gruesas y afiladas garras y un agudo aullido escapaba de sus fauces coronadas de terroríficos colmillos.

La luna en todo su esplendor brillaba en el cielo campestre, alumbrando con su fría luz la escena macabra en que se había convertido la noche.

Ante la imponente apariencia adoptada por la aparentemente frágil Tamara, los cuatro sobrevivientes huyeron hacia el bosque, dejando a un lado el cuerpo sin vida de la pequeña Alicia, que lucía nuevamente su carita de niña y por cuya boca entreabierta caía un hilo de sangre.

La licántropa sabía que el bosque era para ella el escenario propicio para cazar; sin embargo, no se confiaba, ya que ella estaba sola y ellos eran cuatro. Guiándose por su sensible olfato podía percibir la presencia de las extrañas criaturas; el rastro le llegaba de todos lados, lo que la hizo deducir que los felinos se habían separado para rodearla.

Un aullido rompió el silencio de la foresta. Cuatro carreras en distintas direcciones; la bestia ya sabía que ruido hacían al correr los gatos por entre los árboles y hojarascas. Sigilosamente avanzaba como un fantasma, olfateando el aire y aguzando el oído. Un profundo silencio se apoderó del bosque; eso podía significar solo una cosa, los gatos se ocultaban en los árboles. Después de meditarlo un rato, ella concluyó que esa era una buena opción y los imitó.

Consciente de que en cualquier momento podía caer en una emboscada, los sentidos de ella estaban más despiertos que de costumbre. A sus oídos llegó el sonido de una respiración agitada y los latidos de un corazón que bombeaba acelerado indicándole donde estaba su presa.

Juan se sentía cansado y agobiado, nunca antes había tenido que huir de nadie ni de nada, pero ahora todo era distinto; la presa se había convertido en cazadora y para colmo su hermanita había sido muerta por ese monstruo. Por un minuto Juan adoptó nuevamente su forma humana, para poder sentarse mejor y descansar un rato en la rama donde estaba trepado.

Solo un minuto, nada más, el tiempo necesario para pensar que hacer. Un minuto, no necesitó más tiempo ya que la velocidad era una de sus principales características; tiempo suficiente para sujetar a su presa y romperle el cuello entre sus mandíbulas. Un aullido de muerte sacudió la noche; los gatos comprendieron que acababa de caer otro de ellos. En el suelo, sobre un manto de hojas bajo un árbol, yacía el cuerpo destrozado de Juan; la bestia no estaba devorando a sus presas como de costumbre, esta vez era solo por el placer de matar.

El brazo de Tamara aun sangraba, pero no hizo nada para impedirlo, al contrario con él rozó algunas ramas y hierbas, dejando un claro rastro de sangre.

El olfato del macho lo guió fácilmente hasta donde se encontraba su presa. Corriendo silenciosamente como una negra sombra llegó hasta una gran mancha de sangre en el suelo; una mancha y nada más. Demasiado tarde se dio cuenta de la trampa en que había caído; la bestia lo inmovilizó en el suelo con una de sus poderosas manos. Con el hocico chorreando sangre y baba lo levantó entre sus fauces y con un violento chasquido lo partió en dos. El pequeño tamaño de los gatos en comparación con el suyo los hacia una presa demasiado fácil y hasta aburrida para la que horas atrás era Tamara.

Otro aullido en medio de la noche hizo comprender a las dos hembras que la suerte estaba sellada para ambas a menos que tomaran la iniciativa.

Un estridente rugido, pero esta vez de un felino muchísimo más grande que simples gatos puso en alerta a la loba. Un segundo rugido proveniente de otra dirección del bosque recibió el primero en respuesta.

En medio de la noche comprendió que el juego se había acabado. Las hembras no serían presa fácil y hasta podrían ser muy mortíferas si se descuidaba. Sus oídos le indicaban que el tamaño de las gatas era considerablemente grande ahora.

Silenciosamente por el rabillo del ojo vio una sombra que se lanzaba sobre ella desde la rama de un árbol. Con un  rápido giro logró rechazar a su atacante de un manotón mientras que le descargaba las garras de su otra mano. Como cien agujas sintió las garras de la pantera cortar en su hombro.

Paola recuperaba su forma humana mientras se retorcía de dolor en el suelo con una profunda herida en el pecho y otra en su muslo derecho, impidiéndole transformarse para escapar o luchar.

Enloquecida de rabia por el dolor de su hombro y por el olor de la sangre de la joven, la bestia se disponía a rematarla cuando un aterrador y fuerte rugido a su espalda la hizo volverse rápidamente; a escasos cinco metros otra pantera, más grande y más negra que la anterior la observaba con dos incandescentes brasas verdes.

Las dos criaturas se paseaban una frente a la otra, como estudiándose mutuamente. Finalmente sin previo aviso, el felino se lanzó con las patas delanteras extendidas y sus mandíbulas separadas. La licántropa con ambas manos sujetó las patas de la pantera y juntas rodaron por el suelo a causa de la fuerza del salto. El sonido de los colmillos al cerrarse las fauces de los animales era igual al de piedras que se golpeaban. La pantera trató de hacer uso de las garras de sus patas traseras, pero éstas  fueron inmovilizadas por las rodillas de la bestia, cuyo peso no la dejaba moverse casi. Finalmente la loba logró apresar entre sus fauces el cuello del felino, el que se desgarró con facilidad como tantos otros bajo la presión de aquella formidable combinación asesina de músculos y colmillos.

Lentamente el cuerpo inanimado de Mónica volvió a recuperar su forma normal. Paola, gravemente herida sintió el calor de la sangre y de la baba cayendo por su rostro cuando las mandíbulas de la bestia se cerraron sobre su cabeza.

El sol comenzaba a despuntar por la cordillera cuando Tamara volvió a la casa de campo. Aunque ya no sangraba, su hombro y brazo le dolían un poco. Bajo la ducha aseó bien las heridas mientras el agua quitaba los restos de sangre y carne de su boca.

Hurgueteando por toda la casa encontró un botiquín con varios medicamentos y vendas. Para su sorpresa también había un frasco de suero antirrábico, el cual no dudó en inyectarse inmediatamente por si acaso. Una vez seca vendó sus heridas y se dirigió a la cocina. Tanta actividad le había despertado el apetito, pero esta vez quería comida común y corriente.

Sin nada más que hacer tomó su teléfono para pedir que la fueran a buscar.

-Hola mamá, ¿podrías por favor venir a buscarme ahora?; pidió por celular.

-¿Ya te aburriste?; preguntó Fabiola.

-Digamos que esta familia se puso algo pesada conmigo; contestó sin más detalles.

-Espero que no sea nada serio; pensó su madre.

-Aquí te cuento; respondió Tamara y colgó.

A las dos horas Fabiola estacionaba su auto frente a la casa campestre.

-Hola hija, ¿qué te pasó?; preguntó la mujer al ver los vendajes en el brazo izquierdo de su hija.

-Tuve problemas con unos gatos, pero ya lo solucioné; explicó a su madre.

-¿Y dónde está la familia que no los veo?; preguntó intrigada Fabiola.

-Ven, sígueme al granero; pidió Tamara a su madre.

En el piso del granero yacían los cuerpos destrozados de los cinco miembros de la familia. Después de la sorpresa inicial, Fabiola olfateó el aire y se arrodilló junto a los cadáveres para olerlos mejor.

-Ya veo; fue lo único que dijo la mujer mientras se sacudía los pantalones y sacaba un encendedor de su chaqueta. De un puntapié dio vuelta un bidón de combustible, acercando a él la llama; la paja que había en el granero propagó el fuego rápidamente, consumiéndolo completamente en pocos minutos.

-Vamos, volvamos a casa; propuso Fabiola a su hija.

-¿Vez que tengo razón hija?; dijo la mujer a la joven.

-¿En qué mamá?; preguntó ésta.

-Las apariencias engañan; sentenció Fabiola.

-Y eso que se veían tan normales como tú o como yo; opinó Tamara.

Después de mirarse mutuamente, ambas estallaron en una estridente risotada.

 

Casa gótica

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Boris Oliva Rojas

 

 

Casa Gótica

Cada vez que Juana pasaba frente a esa antigua casa se quedaba extasiada admirando los complicados adornos que le daban más el aspecto de una catedral gótica en miniatura que de una vivienda. Sin embargo, la similitud terminaba con el escudo de armas que coronaba su fachada principal; el cual representaba la cabeza  de un carnero o algo por el estilo.

Por lo que podía apreciar a simple vista, era una construcción muy sólida, nada de la tabiquería que se acostumbra usar ahora.

Juana calculaba que la casa gótica, como ella la llamaba, debía haber sido construida a fines del siglo XIX o principios del XX; tal vez perteneciente a alguno de los famosos millonarios surgidos de la explotación de los yacimientos salitreros del norte o de las minas de carbón del sur, que mencionaban los libros de historia.

Esa tarde no era la excepción, después de admirarla por algunos minutos cerró su chaqueta para protegerse del viento otoñal y continuó su camino a la casa que arrendaba con una amiga, con quien compartía los gastos.

Hace dos años que había llegado del sur a vivir a la capital, en busca de mejores oportunidades; gracias a los contactos de un tío suyo, encontró rápidamente trabajo. Desde el primer día congenió muy bien con Teresa y al cabo de unos meses se les ocurrió que podrían arrendar juntas una casa y así ahorrar algo de dinero. Una tarde mientras conocían los alrededores, pasaron frente a la casa; si hubiese sido una persona se podría haber dicho que fue amor a primera vista, aunque más parecía una obsesión, ya que necesitándolo o no, desde esa vez Juana hacia un rodeo innecesario para pasar frente  a aquella magnifica propiedad antes de ir directamente a su casa.

Había cosas que en Juana y Teresa coincidían y otras discrepaban totalmente, pero a pesar de todo se llevaban muy bien. Juana prefería las películas de aventuras, en tanto que Teresa las de terror, así es que los fines de semana alternaban las películas; en cambio a ambas les fascinaba la música rock de los ochenta y noventa. Por otro lado, Teresa acostumbraba lucir siempre de negro, incluyendo el color de sus uñas, mientras que Juana prefería jeans y uñas rojas. Con el tiempo cada una se acostumbró a los gustos y forma de ser de la otra. Juana no tenía pareja desde que llegó a la ciudad a pesar de los intentos de Teresa por conseguirle una; Teresa en cambio tenía varios amigos y amigas a los cuales en un principio solía invitar a casa; al ver que a veces esto le molestaba a Juana, acordaron que semana por medio cada una podría disponer de la casa para sí sola por dos noches.

La fijación de Juana por la casona había llegado hasta el punto de que había puesto fotografías de ella en el fondo de escritorio de su computador y se pasaba horas retocándolas o modificándolas un poquito e imaginando cómo sería su interior.

El último cumpleaños de Juana cayó un viernes que a Teresa le correspondía la casa, pero como ella estaba muy ocupada cocinando y preparando cosas para sus invitados, no quiso importunarla. Al ver que preparaba la mesa para una cena de dos personas y ponía en ella una caja de terciopelo negro con una cinta roja de regalo, intuyó que ya era hora de dejar a solas a su amiga.

-Supongo que tu invitado ya debe estar por llegar, así es que te dejo sola para no molestar; dijo Juana al ver que Teresa se había puesto un vestido de fiesta nuevo, de color negro como era de esperarse.

-Espera, no te vayas. Esta noche tú eres mi invitada, a menos que quieras pasar tu cumpleaños sola; dijo Teresa con una sonrisa.

-¡Te acordaste!; respondió Juana contenta abrazando a su amiga.

-¡Claro que me acordé! y he estado toda la tarde preparando la celebración. A propósito, hay algo para ti encima de tu cama; le comentó Teresa.

Curiosa Juana fue a ver de qué se trataba. Encima de la cama había muy estirado un vestido de fiesta nuevo igual que el de Teresa, pero de color rojo. Después de un rato salió luciendo su nueva tenida, emocionada como una niña chica.

-Es precioso; dijo Juana. -Muchas gracias.

-Y te queda súper bien; observó Teresa.

La cena la pasaron riendo, contando anécdotas y bromeando y cada cierto tiempo los ojos de Juana se iban hacia la caja de terciopelo negro; Teresa se sonreía pero no decía nada, mientras su amiga tamborileaba con los dedos.

-Ábrelo, es para ti; dijo por fin Teresa.

Con dedos apresurados Juana soltó la cinta y levantó la tapa. Con aire de curiosidad miró la joya y la tomó en el aire para verla mejor.

-Es muy lindo, muchas gracias; dijo Juana sinceramente.

-Si piensas que el pentagrama invertido es un símbolo satánico permíteme corregirte, espera un poco; pidió Teresa parándose y volviendo al poco rato con un libro.

-Mira, aquí dice que este es un símbolo que protege de las malas energías; explicó a su amiga.

-Ya veo; contestó Juana mientras ojeaba con curiosidad el libro.

-Déjame ponértelo; ofreció Teresa.

-Sí; aceptó Juana. -Vaya, es pesado.

-Es de plata maciza pura; respondió Teresa.

-Pero  debe haberte costado mucho dinero; opinó Juana.

-Oh, por eso no te preocupes; dijo Teresa no dándole importancia. -Lo importante es que a ti te guste.

-Me encanta, no sé cómo agradecértelo; contestó ella.

-Me lo puedes agradecer usándolo siempre; respondió Teresa.

Después de seguir charlando varias horas más y por efecto del vino también, Juana dio un gran bostezo.

-Huy, perdón, ya me dio tuto; se disculpó con Teresa.

-Yo también estoy cansada; respondió ésta. -Vámonos a dormir y mañana vemos que hacemos para seguir celebrando.

-Muchas gracias, eres la mejor amiga que alguien podría tener; agradeció Juana.

En sueños la mente de Juana voló por todos lados. Soñó con el medallón, con Teresa y también con la casa; soñó que la reja se abría sola y cruzaba el gran jardín que había enfrente. La puerta de la mansión estaba abierta y Juana atravesó el umbral; un gran recibidor que comunicaba a un salón fue lo primero que había. Una escalera de mármol llevaba a un segundo piso, en tanto que gruesas columnas de piedra parecían sostener el cielo. Iluminada con candelabros con grandes velas que creaban una atmosfera embriagante de sombras danzantes. Hacia el otro extremo una puerta conducía a un largo pasillo con grandes ventanales con rojas cortinas que dejaban entrar la luz de la luna. Una sólida escalera de piedra llevaba a un pasillo subterráneo alumbrado por antorchas, que llegaba hasta una gran puerta de gruesa madera y hierro donde estaba grabado el mismo escudo que coronaba la entrada de la mansión; el mismo carnero, pero esta vez dentro de un  pentagrama invertido.

Juana se apoyó en la puerta y ésta cedió a su presión, abriéndose y dejando a la vista un gran salón con piso y paredes de piedra, iluminado por antorchas fijas en las paredes. Al fondo del salón, en una especie de tarima de piedra, había lo que parecía ser una gran mesa de granito, en cuyas esquinas ardían cuatro cirios negros.

Cuatro gárgolas de piedra custodiaban las cuatro esquinas del extraño salón. Justo en el centro del piso había un círculo abierto en el piso, del cual surgía un fuego que parecía no apagarse jamás.

La muralla detrás del altar y que quedaba justo frente a la puerta, estaba dominada por un inmenso cuadro que mostraba un pentagrama invertido con la cabeza de un carnero dentro. Las paredes de los lados tenían un cuadro cada una del alto de la misma, retratando una bella mujer con membranosas y grandes alas, que apuntaba uno de sus brazos hacia el pentagrama y el otro hacia las llamas que ardían eternas en el suelo.

La atmósfera se sentía cargada de electricidad, mientras que un extraño olor mezcla de almizcle con un suave toque de azufre penetraba en la mente alterando los sentidos.

Juana caminó hacia el altar, subiendo lentamente los escalones. Sus dedos recorrieron suavemente la piedra y se posaron sobre un puñal con una cabeza de carnero en la empuñadura.

Entonces la puerta se cerró violentamente y el fuego pareció cobrar vida.

Los ojos de Juana se abrieron lentamente cuando la luz del sol de la mañana dio en ellos.

Teresa en la cocina preparaba el desayuno.

-Remolona, ya está servido el desayuno; la llamó. -Ven antes de que se enfríe.

-Espera me voy a vestir; contestó Juana.

-Así no más, que se van a enfriar los huevos con champiñones; insistió su amiga.

-Voy corriendo; respondió Juana, a quien le encantaba ese desayuno y entró despeinada, vistiendo solo una corta camisola y pantuflas.

-Creo que se me pasó la hora; se disculpó con Teresa.

-No importa, total hoy es sábado; aceptó ella.

-¿Cómo dormiste?; preguntó.

-Bien, pero tuve un sueño súper raro; respondió Juana.

Mientras desayunaban, ella relató lo soñado a su amiga.

-Bueno, definitivamente el pentagrama invertido junto con la cabeza de carnero en su interior representa a Lucifer o Satanás, como quieras llamarlo. La mujer con alas debe haber sido Lilith, la esposa de Lucifer; explicó Teresa.

-O sea que soñé con demonios; dijo Juana.

-Según el mito, ambos son espíritus inmortales; continuó Teresa.-Dicen además que necesitan ocupar el cuerpo de un humano para poder moverse en este plano.

-¿Y qué pasa con la persona?; preguntó intrigada Juana.

-Su cuerpo, su mente y su alma deben morir y son reemplazados por las de esos espíritus; concluyó Teresa.

-Uy que miedo; opinó Juana.

-En todo caso solo es un mito; aclaró su amiga.

-Espero que no te haya dado mucho miedo; dijo Teresa. -Igual suena interesante.

-La verdad es que no era una pesadilla, incluso sentía mucha curiosidad y tranquilidad; meditó un rato Juana.

-Que bueno, no es gracioso tener una pesadilla; agregó Teresa.

-Menos mal, te habría despertado a gritos; pensó Juana.

-Y el zapatazo que te habría dado para despertarte; respondió bromeando su amiga.

Ambas rieron de buena gana.

Teresa miró el cuello de Juana y con satisfacción vio que llevaba puesto el colgante.

-Debe haber sido porque estuviste ojeando ese libro; dedujo Teresa apuntando a la mesa de centro.

-Sí, eso tiene que haber sido; coincidió Juana con ella.

La noche siguiente los sueños se volvieron a repetir y la siguiente y la que le seguía. Idénticos, excepto que ahora a Juana le parecía ver la silueta de su amiga a través de las llamas del círculo de fuego.

La próxima noche la figura de Teresa era más nítida y se podía distinguir que vestía una túnica negra que se traslucía con la luz que emanaba de las llamas, dejando ver de forma difusa su figura.

La siguiente noche, Teresa estaba de pie frente al altar con los brazos hacia arriba, sosteniendo el puñal en sus manos.

Una de las mañanas Teresa notó que Juana estaba inquieta y giraba entre sus dedos el medallón.

-¿Estás bien?; preguntó por fin.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?; respondió Juana en el tono más desagradable que escuchara Teresa de su amiga.

-Últimamente te he notado algo “especial”; dijo Teresa haciendo un gesto de comillas con los dedos.

-Yo estoy bien, ¿y tú?; devolvió la pregunta Juana.

-Está bien, disculpa si te molesté; respondió Teresa. -Es solo que me preocupo por ti.

-Tranquila que nada malo me pasa; contestó Juana, pasando un dedo por la nuca de su amiga, lo que hizo que una corriente eléctrica corriera por toda su espalda.

-Hoy te toca cocinar a ti; recordó Teresa.

-Ok; respondió su amiga sin más.

-Puré con filete y ensalada; ofreció Juana a la hora de almuerzo.

-Vaya, te han cambiado los gustos parece; comentó Teresa.

-¿Por qué lo dices?; preguntó su amiga.

-Esta carne está prácticamente cruda; observó.

-¿No te gustó?; preguntó Juana con una sonrisa.

-No es eso, tú sabes que así la como yo; respondió Teresa. -Es solo que tú la prefieres bien cocida.

-No me había dado cuenta de lo bien que sabe así; opinó Juana.

-Esta noche la casa es para ti; dijo Teresa.

-Es cierto; meditó Juana. -Hagamos una fiesta.

-¿Es en serio?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, quiero divertirme esta noche; contestó Juana.

-¡Perfecto!, voy a invitar a unos amigos; aceptó su amiga.

Todo quedó preparado para esa noche. Cerca de las diez, Juana se había puesto su vestido rojo.

-Los vas a matar a todos; opinó Teresa a modo de alago.

-Esa es mi intención; contestó Juana, mientras encendía un cirio negro es cada esquina.

-¿Y esas velas?; preguntó curiosa Teresa.

-Es para darle un ambiente especial; respondió enigmática ella.

-Parece que va a ser una fiesta muy entretenida; pensó Teresa.

El timbre sonó a eso de las diez quince minutos; cuatro amigos hombres de Teresa y dos mujeres llegaron juntos, trayendo algunas botellas de licor.

Todos charlaban amenamente mientras bebían un poco, cuando el timbre volvió a sonar; cinco amigos más llegaron y la fiesta se animó de verdad.

El alcohol y el desenfreno iban en aumento. A pesar de la cantidad ingerida, a Juana no parecía afectarle en lo más mínimo; dejándose llevar bailaba con cuatro hombres a la vez que la rodeaban deseosos mientras ella se contorneaba y los tocaba con sus manos y el sudor corría por su piel.

A la mañana siguiente Juana se despertó muy cansada por toda la actividad de la noche anterior. Al verla levantarse, Teresa solo se limitó a esbozar una sonrisa de aprobación, ya que era la primera vez que veía a su amiga divertirse de verdad. A Teresa la cabeza la dolía terriblemente por la resaca de la borrachera, a diferencia de Juana que estaba como si hubiese tomado solo agua de la llave durante toda la noche; simplemente el alcohol parecía no afectarle a ella.

De salida del trabajo Juana pasó al supermercado, de regreso a casa alguien la acechaba desde tras de un árbol. Ella caminaba sin percatarse de nada y como de costumbre se detuvo a admirar la casona antigua. Inesperadamente sintió un tirón en las bolsas; sorprendida se volvió viendo el cruel rostro de su atacante, el cual al ver que ella se resistía la tomo de la blusa rompiéndosela. Nadie había en la calle que la pudiese socorrer y ningún vehículo se detenía siquiera. Alterada logró separarse de la pared donde la había arrinconado el asaltante; comprendió que su vida estaba pendiendo de un hilo. Miró a todas partes buscando una salida, pero nadie la salvaría. A lo lejos las luces de un camión que no parecía querer detenerse se aproximaban rápidamente; furiosa dio un fuerte empujón a su agresor justo cuando el camión estaba por alcanzarlos. Las ruedas del pesado vehículo aplastaron el cuerpo del bandido, provocándole una muerte instantánea. Con una cruel sonrisa en los labios Juana emprendió el camino a casa como si nada hubiese ocurrido.

-¿Pero qué te pasó?; preguntó Teresa muy alarmada al ver la ropa rota de su amiga.

-Trataron de asaltarme cuando salí del supermercado; contestó Juana.

-¿Estás bien?, ¿te hicieron algo?; preguntaba Teresa mientras la revisaba entera. -Hay que avisar a la policía para que busquen a ese animal.

-No me hicieron nada, no te preocupes; respondió Juana. -No es necesario avisar a nadie.

-¿Cómo que no?; preguntó molesta su amiga.

-Al asaltante lo atropelló un camión y está muerto; explicó simplemente Juana.

-¿Cómo ocurrió eso?; preguntó intrigada Teresa.

-Cayó a la calle justo cuando venía un camión; explicó ella.

¿Y lo mató?; preguntó preocupada.

-Sí, yo misma vi cuando le pasó por encima y lo molió entero; continuó Juana.

¡Pero qué horror!; exclamó Teresa.

-Se lo merecía; opinó Juana. -Bueno me voy a duchar.

Teresa quedó de una pieza ante la frialdad de su amiga.

Al rato Juana salió vistiendo una blusa blanca de gasa y unos jeans muy ajustados.

-Hoy viernes te toca a ti la casa, yo voy a salir a recorrer la ciudad; avisó a Teresa. -Hace siglos que no la veo de noche.

-Bueno cuídate; se despidió de Juana.

Quien conociera a Juana jamás creería que estaba recorriendo bar tras bar y club tras club, dejándose alagar por cuanto desconocido encontraba en ellos. Por más que bebía el alcohol parecía no afectarle. El calor en los clubes y su sensual forma de bailar mojaba su piel de transpiración, lo que hacía que quienes se acercaran a ella perdieran el control y quedaran sumidos a su voluntad; de eso se daba cuenta y deseaba cada vez más.

En un bar, un tipo que no fue de su agrado intentó sobrepasarse con ella; con desprecio lo alejó de su lado y los empleados lo arrojaron fuera. No conforme el hombre esperó a que ella saliera a la calle para seguir con lo que había empezado.

Juana caminó distraídamente sin rumbo fijo y al escuchar pasos tras ella, se detuvo un momento y siguió caminando; sus pasos la condujeron hasta un callejón sin salida. Triunfal el hombre se acercó a su futura víctima.

Juana buscó con la vista algo para defenderse, posándose sus ojos sobre un grueso palo. Sin ningún rastro de compasión descargó una y otra vez la improvisada arma sobre la cabeza del hombre.

El sol empezaba a despuntar por la cordillera cuando ella reanudó su recorrido.

-Llegaste tarde; dijo Teresa cuando Juana entró a la casa.

-Al contrario, es muy temprano, acaba de salir el sol; contestó risueña Juana.

-¿Te vas a acostar?; preguntó Teresa a su amiga.

-No estoy cansada. Me voy a duchar y si quieres salimos a trotar; propuso a ella.

-¿De dónde sacas tanta energía?; consultó curiosa Teresa.

-No lo sé, pero se siente fantástico; respondió Juana a su amiga.

No había mucha gente en el parque, parece que todo el mundo se había divertido la noche anterior. El sol quemaba a pesar del viento que soplaba.

Teresa se detuvo un poco preocupada.

-¿Qué pasa?; preguntó Juana.

-Ese perro que está allá es demasiado mañoso, la otra vez casi me mordió; contestó su amiga.

-Tranquila, no hay que tomarlo en cuenta y no muerde; la tranquilizó Juana.

Teresa iba nerviosa a pesar de las palabras de su amiga. El perro comenzó a gruñirles amenazante, pero cuando estaban cerca de él, agachó la cabeza y gimiendo se alejó corriendo de ahí.

-¿Ves?, a los perros no hay que tenerles miedo; observó Juana.

Después de tomar once, ya oscuro, ambas amigas salieron a pie por los alrededores. Posiblemente sin proponérselo llegaron hasta la casa gótica. La reja se encontraba abierta así es que la franquearon con aire distraído; recorriendo el gran parque frontal, se hallaron junto a la puerta de la casa, la cual casualmente también estaba abierta. Imprudentemente ambas se miraron y con una sonrisa de complicidad entraron en la casa, en la cual parecía no haber nadie.

-¡Hola!, ¿hay alguien?; preguntó Juana en voz alta, sin recibir respuesta.

-¿No hay nadie?; gritó a su vez Teresa, la cual tampoco obtuvo respuesta.

-Es exactamente como en el sueño; dijo Juana sumamente sorprendida.

-A lo mejor alguna vez estuviste aquí; opinó Teresa.

-No, nunca; respondió Juana.

-Puede que cuando muy niña y no lo recuerdas; insistió Teresa.

-No creo, bueno quién sabe; meditó su amiga.

-¿Existirá el subterráneo?; se preguntó Teresa.

-Averigüémoslo; propuso Juana.

Las dos impulsivas jóvenes avanzaron por el pasillo entre los rayos de luna que pasaban por entre las rojas cortinas de terciopelo. Al final del mismo encontraron una sólida escalinata de piedra cuyos peldaños descendían unos cuantos metros.

-Las antorchas están encendidas; comentó Juana en voz baja a su amiga.   -¿Quién las habrá prendido?

En respuesta ésta solo se encogió de hombros.

La cabeza del carnero dentro del pentagrama invertido las esperaba adornando una pesada puerta de negra madera, la cual se abrió bajo una suave presión de la mano de Teresa.

Un inmenso salón de piedra se extendía ante ellas. Un círculo abierto en el suelo dejaba salir grandes llamas danzantes; un altar de piedra dominaba la vista el entrar, coronado por un gran pentagrama invertido.

En las paredes colgaban grandes cuadros del alto de las mismas, en que aparecía retratada una mujer de belleza inusual con dos grandes alas membranosas. Cuatro gárgolas que parecían estar vivas, cada una en cada esquina, completaban la decoración.

Una atmósfera cargada de electricidad producía un agradable cosquilleo en la piel, el que mezclado con un olor de almizcle con azufre que despedían las llamas, hacía que los sentidos se excitasen y la mente se nublara.

-¡Esto es increíble!; exclamó Teresa.

-Es idéntico a mi sueño; respondió Juana.

-Tienes que haber estado alguna vez aquí; concluyó su amiga.

Teresa seguía hablando, pero Juana no lograba oír su voz, solo percibía el movimiento de sus labios. La vista se le comenzó a tornar borrosa y sintió el piso inclinarse, cayendo desmayada.

Poco a poco sus ojos se empezaron a abrir; no sabía cuánto  tiempo había pasado. Sorprendida descubrió que estaba desnuda acostada sobre la mesa de granito; aunque trató de moverse y hablar su cuerpo no respondió. Teresa estaba de pie junto a ella, cubierta solo con una traslucida túnica negra que dejaba ver su juvenil figura. Incrédula notó que del cuerpo de su amiga emanaba una extraña y vaporosa neblina negra.

Al tiempo que pronunciaba extrañas palabras, Teresa alzó en alto un gran puñal, el que dejó caer sobre el pecho de su amiga. La sangre de Juana comenzó a correr por la mesa del altar y bajando por la escalinata se deslizó hasta las llamas que brotaban del suelo, las cuales parecieron cobrar vida propia.

Con el corazón de Juana aun latiendo en sus manos, Teresa se acercó hasta el fuego y en él lo arrojó.

Sobresaltada Juana se despertó cuando el sol ya hacía rato que brillaba sobre la cordillera; junto a ella Teresa la observaba sentada en el borde de la cama en la casa que compartían. Sin decir nada Juana palpó ansiosa su pecho.

-Tranquila, no ha quedado ninguna marca mi señora; la calmó Teresa.

Una sonrisa macabra se dibujó en los labios de Juana, en tanto que sus ojos y los de Teresa se volvieron completamente negros, como si de dos pozos sin fondo se tratase. Del cuerpo de ambas comenzó a brotar una negra neblina, el aire de toda la habitación se llenó de un olor a almizcle y azufre y una atmosfera cargada de electricidad recorrió la espalda de ambas mujeres, haciéndolas temblar levemente de placer. Colgado del cuello de ambas, dos pentagramas invertidos de metal intensamente negro adornaban sus pechos.

El timbre de calle sonó y las mujeres fueron a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿La señorita Juana Gómez?; preguntó un hombre vestido de traje y corbata de costosa confección.

-Soy yo; respondió Juana. -¿En qué lo puedo ayudar?

-Mi nombre es Ramón Ramírez y soy abogado; se presentó el recién llegado.

-Espero no haberme metido en algún lio; pensó en voz alta Juana.

-Oh, nada de eso, al contrario; dijo él.

-Pase y explíqueme de que se trata; lo invitó Juana.

-Bueno, debo comunicarle que usted es la única heredera de la Mansión Martner, que por casualidad se ubica a un par de cuadras de aquí; explicó el abogado.

-¿Se refiere a la casa gótica?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, esa es una buena descripción; aceptó el hombre.

-¡Esto es increíble!; exclamó Juana.

-Bien, aquí están los documentos y la escritura de la propiedad; usted solo tiene que firmarlos y yo me encargaré de todos los trámites necesarios para hacer legal y efectiva la transferencia; explicó el abogado sacando una pluma fuente de oro.

Teresa miró a Juana con una sonrisa de satisfacción mientras estampaba su firma en varios papeles que el hombre le pasaba.

-Mmm, ¡qué extraño pero agradable aroma hay en el aire!; observó el abogado mientras guardaba los documentos en su maletín.

-Es un aromatizante ambiental; explicó Juana.

-Ya veo; respondió él. -Realmente es muy interesante el olor.

Amablemente de igual forma en que había llegado, el abogado se marchó.

Una vez que la puerta de la casa se cerró, los ojos de ambas mujeres volvieron a ser como dos negro agujeros de profundidad sin fin y una siniestra sonrisa se dibujó en ellas, al tiempo que Juana desplegaba unas impresionantes alas membranosas como las de las gárgolas y Teresa se arrodillaba a sus pies inclinando la cabeza.