Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Subterráneo 13 noviembre 2017

Filed under: Últimos post,Mis relatos,Página de autor,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 22:20
Tags: , ,

Registro Safe Creative N° 1707283157207  Safe Creative #1707283157207
Boris Oliva Rojas

 

Subterráneo

El accidente ocurrido la noche anterior en las excavaciones de la nueva estación del metro, era una demora totalmente imprevista en los trabajos. Afortunadamente, a pesar de lo inverosímil y espectacular del suceso, no había resultado lastimado ningún trabajador; claro que sería muy difícil poder recuperar pronto la excavadora, la cual en forma inesperada, después de un sismo de mediana intensidad cayó en un foso de veinte metros de profundidad, por debajo de los diez metros bajo el nivel del suelo donde movía rocas y tierra resultantes del trabajo de perforación del nuevo túnel. El lecho rocoso donde la máquina quedó estacionada pocos minutos antes de la hora de descanso, crujió y se abrió bajo ella sin que nadie pudiese imaginarlo o esperarlo; fue simplemente como si se la hubiese tragado la tierra. Los ingenieros estructurales recriminaban a los geólogos  por no informar apropiadamente de las peculiaridades y características del terreno donde se efectuaría el trabajo. Por su parte los trabajadores se negaban a regresar a la faena.

A pesar de las excusas y explicaciones de la empresa contratista encargada de llevar a cabo las obras, las autoridades del Ministerio de Obras Civiles decidieron suspender los trabajos hasta tener un informe detallado de los geólogos de la Universidad Estatal y de la Asociación de Seguridad del Trabajo.

El doctor Fernández, director del Laboratorio de Estudio de Suelos y Estructuras Geológicas, del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Estatal, consideró que el incidente era algo peculiar, pero no lo suficientemente interesante como para merecer su valiosa atención, así es que decidió que su ayudante, el profesor Huerta, se encargaría del asunto.

-Buenos días, mi nombre es Pablo Huerta y me envió el Ministerio de Obras Civiles para realizar un estudio geológico del terreno y poder evaluar los riesgos reales de los trabajos que se realizan aquí; dijo tras esperar un rato a que la mujer que estaba en el computador dándole la espalda terminase de trabajar.

-Vaya, ¿ya no reconoces a tu ex esposa? Pensé que no habíamos terminado tan mal; respondió Carmen.

-Mmm, no sabía que tú estabas trabajando aquí; comentó Pablo.

-Soy una de las geólogas de la empresa contratista; respondió ella.

-¿Entonces me podrías tratar de explicar qué pasó aquí?; preguntó Pablo a la geóloga.

-Aparentemente hay una fosa que no detectamos, la cual colapsó después del último sismo; respondió ella.

-¿Y nadie la notó antes?; consultó Pablo algo molesto.

-En primer lugar, la excavadora fue estacionada sobre lo que ahora sabemos era una losa de granito de tres metros de grosor, nada hacía suponer que estaba hueco abajo, ya que no corre ningún río subterráneo, ni hay registros volcánicos en esta zona que indicaran la presencia de galerías magmáticas; explicó Carmen.

-¿Y en segundo lugar?; preguntó Pablo.

-En segundo lugar no me merezco que seas tan agresivo conmigo, ni me culpes a mí sin revisar todos los antecedentes; agregó Carmen.

-No te estoy culpando de nada; observó Pablo. -Es solo que me cuesta creer que no lo hayan notado antes.

-Si te encuentras con tres metros de granito macizo bajo tus pies, ¿creerías que estas parado sobre una lámina que se va a romper y te va a tragar?; preguntó ella.

-¿Por qué no usaron un radar de penetración profunda?; preguntó a su vez el geólogo.

-Porque los antecedentes geológicos de esta zona no lo indicaban necesario, de hecho la presencia de esa grieta es anómala; respondió la geóloga.

-¿Se habrá abierto con el terremoto de 2010?; preguntó Pablo más para sí que para su colega y ex esposa.

-En realidad me siento algo culpable. Si esto hubiese pasado cuando la estación estuviera operativa y en uso a plena capacidad habrían muerto cientos de personas; opinó Carmen cabizbaja.

-Sé que eres muy metódica y cuidadosa en tu trabajo y si tú no lo viste nadie habría podido hacerlo; alentó Pablo a Carmen.

-Gracias; respondió simplemente ella.

-Esta vez sugiero que utilicemos el radar de penetración profunda en toda el área y no solo en el sector que rodea a la estación; sugirió Carmen más animada.

-Esa es mi chica; apoyó Pablo, como hacía cuando trabajaban juntos hace años.

Una densa e incómoda atmósfera se formó  entre ambos.

-¿Y el viejo no considera este asunto digno de él que te mandó a ti?; preguntó Carmen para romper la tensión.

-Digamos que al profesor Fernández ya no le entusiasma mucho el trabajo de campo; comentó Pablo.

-Pero a papá siempre le ha gustado; observó Carmen.

-Desde que renunciaste al laboratorio se ha encerrado prácticamente; agregó el geólogo.

-Fue una decisión difícil. Si seguía apegada a él nunca podría surgir como persona y como profesional; contestó Carmen.

-¿Y eso implicaba alejarte de mí también?; preguntó Pablo.

-Yo quería trabajar por mi cuenta, fuera de la universidad; tú no pudiste aceptar eso. Te dejaste influenciar tanto por mi padre que incluso llegaste a acusarme de traición y otras idioteces que no viene al caso  recordar. Al fin buscabas cualquier excusa para discutir y nuestra convivencia pacífica se hacía cada día más complicada; continuó Carmen con el rostro enrojecido.

-Reconozco que fui un idiota, pero comprende que a tu papá lo veía como el máximo exponente de sabiduría del mundo; respondió Pablo.

-Ese es el problema principal. Lo preferiste a él y no a tu esposa; comentó Carmen con rabia.

-Bueno, no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Mejor concentrémonos en el trabajo; aconsejó Pablo.

-El radar de penetración está montado en una camioneta, pensaba usarlo cuando llegaste; avisó Carmen.

A pesar de que hace años que su relación había terminado, Pablo era consciente de la capacidad profesional de ella.

Al moverse por las calles de los alrededores de las excavaciones el dispositivo de radar escudriñaba en busca de más grietas que pudiesen poner en peligro los trabajos. Sin embargo, lo que mostró el plano generado por la computadora a partir de los datos recopilados, no era lo que esperaban los geólogos ver.

-¿Qué es esto?; preguntó Carmen al ver la imagen en la pantalla.

-Parece una red de galerías; observó Pablo.

-Eso parece, pero no sabía que existieran; comentó Carmen.

-¿Serán de la época de la colonia?; preguntó el geólogo.

-¿A cien metros de profundidad y a través de granito?, lo dudo mucho. Deben ser de origen natural; opinó ella.

-Pero no existen antecedentes al respecto; observó Pablo.

-Claro que sí, pero nadie les dio mayor importancia; insistió Carmen.

-¿Te refieres al Santa Lucia?; preguntó él.

-Precisamente, recuerda que es de origen volcánico; recordó ella.

-Esto sí que le llamaría la atención al profesor; opinó Pablo.

-¿Y que se quede con toda la gloria del descubrimiento?, olvídalo, este hallazgo es nuestro; observó Carmen.

-Tienes razón, hagamos historia; asintió Pablo. -¿Tienes suficiente cable y lámparas?

-Suficiente para unos cuantos kilómetros; respondió ella.

Provistos del equipo apropiado, ambos geólogos se dispusieron a descender desde el punto hasta donde había caído la excavadora.

Al despejar un poco el terreno, ante ellos se abrió la entrada de una galería que se internaba bajo tierra.

-Ponte la mascarilla; sugirió Pablo a Carmen. -Dudo mucho que el aire sea suficientemente puro para respirar bien.

Después de avanzar por un túnel con una suave pendiente llegaron a una bifurcación que se abría en dos galerías. El altímetro indicaba que se encontraban a cien metros bajo el nivel de la calle.

-Hay algo que no me cuadra; comentó Pablo.

-Sí, ya lo noté; asintió Carmen. -Este túnel se ve demasiado derecho y la pendiente que bajamos era matemáticamente constante.

-Como si fuese artificial; opinó Pablo.

-¿Pero quién podría perforar túneles en el granito?; objetó Carmen. -Ya  sabes lo que costó construir el túnel bajo el San Cristóbal;  imagina el tremendo trabajo de ingeniería que esto significaría si alguien lo hubiese construido.

-Creo que tienes razón; aceptó él luego de meditar un rato.

-Tal vez no del todo; corrigió Carmen, alumbrando con su linterna un extraño símbolo grabado en una de las paredes de roca.

-¿Qué es eso?; preguntó Pablo.

-No tengo ni idea, nunca había visto este signo antes; contestó ella.

Despacio ambos siguieron avanzando por la galería, alumbrando el piso y las paredes. La oscuridad era menos profunda de lo que se esperaba, pero de igual forma era necesario el uso de linternas.

-Mira; dijo Pablo alumbrando una gran cantidad de símbolos en lo que parecía ser una especie de escritura.

-Parecen runas; observó Carmen.

-¿Pero quién pudo haberlas escrito?; preguntó él.

-No lo sé; respondió ella.

La luz de la lámpara de Carmen comenzó a disminuir en intensidad.

-Es mejor que volvamos; sugirió Pablo. -Las linternas se van a apagar pronto.

-Primero déjame sacar unas fotos a estos símbolos; pidió ella.

-¡Esto es increíble!; exclamó Pablo.

-Y que lo digas; coincidió Carmen.

-¿Reconoces algunos de estos símbolos?; preguntó el geólogo.

-Ninguno; respondió ella. -Pero se asemejan a las runas nórdicas.

-Sí, a mí me dio la misma impresión; opinó Pablo.

-Creo que esto es más grande de lo que pensaba al principio; comentó Carmen.

-Propongo que consultemos con un amigo que es profesor de la Facultad de Arqueología; sugirió Pablo. -Es bastante bueno en su campo y además es muy discreto.

-No entiendo Pablo, si estas galerías no son de origen natural, ¿quién las construyó?; preguntó Carmen. -Y lo más extraño, ¿dónde están los escombros o restos de tamaña construcción?

-Es posible que esto esté aquí desde hace mucho tiempo y recién lo descubrimos ahora; opinó él. -Los  constructores deben haber sido meticulosos en sus obras.

-¿Pero quienes habrán sido?; preguntó ella.

-No lo sé, tal vez  mi amigo tenga alguna idea; contestó Pablo.

El salón de clases estaba lleno de alumnos del primer año de arqueología, escuchando atentos la clase del profesor Sergio Donoso.

-Hola Sergio; saludó el geólogo cuando se hubieron retirado los estudiantes.

-Pablo, que sorpresa; respondió el profesor. -¿Deseas cambiarte de profesión?

-De hecho necesitamos su consejo profesor Donoso; comentó Carmen.

-Por favor dime Sergio; saludó él tomando suavemente la mano de ella.

-Te presento a Carmen Fernández; presentó Pablo. -Carmen, este es Sergio Donoso, el arqueólogo del que te hablé.

-Queríamos pedirte un  favor;  dijo Pablo.

-¿De qué se trata?; preguntó Sergio.

-Necesitamos que, por favor, nos digas qué son estos signos; explicó Carmen mostrándole unas fotografías impresas de los extraños símbolos.

-Mmm, parecen runas; observó Sergio. -Pero definitivamente no son del alfabeto nórdico. ¿Dónde las encontraron?

-En unas formaciones rocosas que encontramos mientras hacíamos excavaciones para una de las nuevas estaciones del tren subterráneo; contestó Pablo.

-Parece una mezcla de distintos alfabetos rúnicos; comentó Sergio. -¿Tienen la roca donde estaba inscrito?

-Bueno es algo complicado; respondió Carmen.

-Verás, encontramos esos símbolos en las paredes de una galería subterránea que encontramos por accidente al realizar las excavaciones del metro; explicó Pablo.

-¿Qué galerías?; preguntó Sergio.

Carmen miró a Pablo con una pregunta en los labios que no necesitaba pronunciar en voz alta.

-Está bien contémosle todo; respondió el geólogo.

-En fin, si queremos tu ayuda es justo que compartamos contigo toda la información de que disponemos; aceptó ella.

-Todo esto pasó por accidente. Una de nuestras excavadoras cayó a una grieta que se abrió al colapsar lo que debió ser una fosa natural. Realizamos un sondeo con un radar de penetración profunda para ver el estado del terreno cerca de la obra. El radar mostró la existencia de una red de galerías subterráneas de varios kilómetros de extensión; explicó Carmen mostrando el mapa impreso de las galerías.

-No hay registro de la existencia de esos túneles en Santiago; indicó el arqueólogo. -¿A qué profundidad se encuentran?

-A cien metros bajo el nivel del suelo, cavados en roca de granito; agregó Pablo.

-¿Es en serio?; preguntó Sergio, sabiendo que su amigo no acostumbraba bromear cuando de trabajo se trataba.

-Totalmente; observó el geólogo. -Pero eso no es todo; por las características de las estructuras da la impresión de que no son de origen natural.

-¡Pero eso es imposible!; exclamó Sergio. -Habría algún testimonio de ello, y nadie lo ha mencionado en toda nuestra historia.

-Nosotros estamos tan sorprendidos como tú; opinó Carmen.

-¿Crees que sean de origen incaico?; preguntó Pablo.

-No lo sé, tendría que revisarlo en terreno para poder formular una hipótesis; opinó el arqueólogo.

-Me parece bien; respondió Carmen.

-Desearía que nos acompañara la profesora Blanca Rojas; experta en lenguajes primitivos y simbología; pidió Sergio.

-Si Carmen lo autoriza no tengo ninguna objeción; respondió Pablo.

-Supongo que no hay problema; asintió ella.

Temprano al otro día, los cuatro expertos descendieron hasta la entrada del primer túnel. Cada uno portaba una mochila con varias baterías de repuesto para sus linternas, así como dos cilindros extras de aire, para aumentar su autonomía en la expedición.

-¿Esto es una broma?; preguntó Blanca después de recorrer cerca de un kilómetro. -A mí se me habló de un hallazgo arqueológico en unas galerías en la roca, pero lo que aquí tenemos es un túnel artificial.

-Eso parece ser; apoyó Carmen. -Y como en sus paredes encontramos símbolos rúnicos grabados, Pablo sugirió consultarle a expertos en la materia.

-Y a propósito aquí está el primero; dijo Pablo mostrando la muralla con su linterna.

-Mmm, sí. Esto parece escandinavo, es un símbolo que significa luz o claridad; opinó Blanca. -Pero esto no indica nada.

Siguieron avanzando hasta llegar al conjunto de símbolos que habían fotografiado la vez anterior.

-Esto es interesante; comentó la arqueóloga luego de estudiarlos detenidamente y tocarlos con sus dedos. -Esto no tiene sentido.

-¿Por qué?; preguntó Sergio.

-Porque esto es una mezcla de alfabeto nórdico, maya, egipcio y sanscrito; contestó Blanca.

-La verdad es que también a nosotros nos tiene desconcertados esto; opinó Pablo. -No existe ningún  registro de la existencia de una red de galerías, ya sea de origen volcánico o hídrico en esta zona. En un principio pensamos que tenía un origen natural y decidimos explorar; pero al percatarnos de que descendíamos por una pendiente constante, que tanto el suelo como las paredes y el techo eran totalmente lisos, empezamos a suponer que su origen era artificial.

-Lo cual fue confirmado por los símbolos gravados en las paredes; agregó Carmen. -Como esto no data de una fecha reciente de construcción y al no entender el significado de los símbolos, decidimos buscar la asesoría de arqueólogos.

-O sea nosotros; concluyó Sergio.

-Pero esto tiene un acabado muy fino, no coincide con albañilería antigua; objetó Blanca. -Las únicas estructuras con una terminación tan perfecta que he visto de la antigüedad, son la Puerta del Sol de Los Incas, la Pirámide de Gizah y el Valle de Los Reyes de Egipto, las construcciones romanas, griegas y babilonias; pero cultural y temporalmente distan mucho de esto.

-Mi opinión personal es que esto es de origen moderno, no más allá del siglo diecinueve; agregó Sergio.

-¿Existe algún registro histórico al respecto?; consultó Pablo.

-Ninguno, pero eso no significa que no exista; opinó la arqueóloga.

-En eso coincido contigo; opinó Carmen. -Sin embargo, el despliegue de maquinaria y mano de obra, así como el movimiento de materiales no habría pasado desapercibido; ya ves todo el barullo que hay arriba solo para construir una estación de metro; objetó la geóloga.

-Es cierto, no es llegar y construir bajo una ciudad sin que nadie lo note; apoyó Pablo.

Conversando como iban, llegaron hasta una bifurcación donde el túnel se abría en dos galerías.

-¿Hacia dónde seguimos?; consultó Sergio.

-Me gustaría poder explorar todo, pero no se puede de una sola vez; opinó Carmen. -Así es que da lo mismo; vamos por la galería de la derecha; dijo marcando una flecha en su mapa, para indicar la dirección seguida.

De su mochila Pablo sacó un par de balizas luminosas para marcar el punto de bifurcación y puso otra a cinco metros en el túnel que se abría a la derecha.      -Así no nos perderemos; observó él.

-Llevamos caminando una hora; observó Sergio. -Esto es inmenso.

-Aquí hay otra bifurcación; indicó Carmen. -¿Derecha o izquierda?

Al igual que la  vez anterior Pablo marcó el camino con dos balizas, que brillaban en forma intermitente. Por su parte Carmen dibujó una flecha sobre el mapa para indicar la dirección.

-Miren; señaló Blanca, indicando la muralla con una mano. -Ahí hay otros símbolos.

Cuatro símbolos distribuidos de manera vertical en línea se observaban nítidamente en una de las paredes de la galería por la que avanzaban. El primer símbolo parecía un rayo (ξ), el segundo se asemejaba a una letra Z con ángulos rectos ( Ζ ), el tercero era un par de segmentos paralelos separados por un espacio vacío (⊇  ⊆) y el cuarto era claramente una flecha que indicaba hacia la otra galería (  ⇒  ).

Después de analizarlos un rato, Blanca recorrió con su linterna el piso del túnel, hasta que el rayo de luz dio con un brusco cambio de pendiente en el camino.

-Interesante; opinó la arqueóloga. -Es un aviso de peligro, si no me equivoco significa “Peligro, desnivel o caída, camino cortado, seguir por la otra galería”.

-Voy a marcar ese hoyo; dijo Pablo, poniendo tres balizas frente a él y trazando una línea con pintura luminosa.

Carmen marcó el lugar en el mapa y el grupo se internó en la otra galería.

-Debo cambiar mi botella de aire; dijo Blanca después de un rato.

-Creo que todos debemos hacerlo; sugirió Sergio.

-No me parece; opinó Carmen quitándose la mascarilla. -Sientan, hay una corriente de aire fresco.

-Es cierto; apoyó Blanca, quitándose también la suya.

-¿Pero de dónde viene?; preguntó Pablo. -Estamos lejos de la superficie y de la entrada del túnel.

-Tratemos de encontrar por donde entra; propuso Sergio.

-¿Quiénes creen que hayan construido estos túneles?; preguntó Carmen a los arqueólogos.

-No lo sé; respondió Sergio. -Nunca había visto algo así; es casi anacrónico.

-Y hasta ahora no hemos visto ninguna escritura, excepto los signos que encontramos atrás, los cuales parecen ser funcionales, de advertencia; agregó Blanca.

-Por ahí se siente más fresco el aire; observó Carmen, caminando más rápido.

-¡Cuidado!; grito Blanca al ver en la muralla los signos del rayo y el del desnivel, grabados en la roca.

Carmen no alcanzó a reaccionar y dando un grito cayó en un hueco en el camino; todos corrieron a socorrerla. Cinco metros más abajo la geóloga se movía lentamente algo aturdida.

-¿Carmen estás bien?; gritó preocupado Pablo.

-Me lastimé una pierna; contestó ella con voz quejumbrosa.

-Espera, no trates de moverte, vamos a bajar; aconsejó Sergio.

-Yo bajaré; se ofreció Blanca. -Ustedes tienen que sostener una cuerda para que yo llegue hasta ella.

Protegida con guantes la arqueóloga se descolgó por la cuerda mientras Pablo y Sergio la sostenían con toda la fuerza de sus brazos, ya que debido a lo liso de las superficies, no había ningún punto donde fijar la cuerda.

-Tranquila, déjame ver esa pierna; pidió Blanca. -Tengo alguna experiencia en primeros auxilios.

-Mmm, no está rota; observó la arqueóloga. -Pero  te la dislocaste a la altura de la rodilla, es necesario volver a poner los huesos en su lugar.

-Por favor no, que me duele mucho; imploró Carmen.

-Está bien, tranquila; respondió Blanca. -Solo te vendaré.

-¡Carmen mira!; gritó la arqueóloga apuntando hacia la pared de su derecha.

Cuando Carmen se volvió a mirar, Blanca con un rápido movimiento reacomodó la pierna de la geóloga, la que soltó un grito de dolor.

-Hey, duele menos; observó Carmen. -Gracias.

-Carmen está bien, solo se dislocó una pierna, pero ya se la acomodé; avisó Blanca a sus compañeros que aguardaban arriba.

Con su linterna la arqueóloga notó que frente a ella se habría otro túnel desde el que llegaba aire fresco. Mirando con mayor atención las murallas, pudo observar que estaban cubiertas de signos que parecían haber sido sacados de diferentes culturas.

-Chicos, tienen que venir a ver esto; dijo impresionada por el hallazgo.

-¿Qué hay?; preguntó Sergio.

-Signos, cientos de ellos; contestó Carmen, quien se apoyaba en el bastón que acostumbraba llevar Blanca cuando salía a terreno.

De su mochila Pablo sacó una caja plástica en cuyo interior había una extraña pistola.

-¡Oye!, ¿a quién vas a matar?; preguntó el arqueólogo.

-A nadie; respondió el geólogo, mientras a escasos centímetros de la pared rocosa apretó el gatillo y una punta de metal con un agujero en la parte trasera, como si de una gran aguja se tratase, se clavó profundamente en la roca.

-¿Qué fue eso?; preguntó Blanca al escuchar la detonación.

-Una pistola de anclaje; respondió Carmen. -Vaya, este ex mío vino preparado.

Ante la sorpresa de Sergio, Pablo enganchó un mosquetón a la argolla del clavo fijo en la roca y ató a él el extremo de la cuerda. A los pocos minutos los hombres se reunían con las dos mujeres.

Fascinada Blanca sacaba fotografías sin parar; tenía que estudiar esto con mayor detenimiento, pero por ahora debía recopilar la mayor cantidad de información que pudiera.

-Voy a tener trabajo por meses o años tratando de traducir esto; comentó entusiasmada la arqueóloga.

-Ahora falta averiguar quiénes y cuando los escribieron; opinó Sergio.

-Y determinar la técnica empleada; pensó en voz alta Carmen, que caminaba cojeando afirmada en el bastón. -Esto supera la calidad de los trabajos del tren subterráneo.

-Deberíamos volver; aconsejó Pablo.

-No, no, debemos continuar; insistió Carmen. -Ya estoy mejor.

-Podemos volver mañana; apoyó Sergio.

-Vamos, este es el descubrimiento del siglo. Debemos seguir adelante; siguió insistiendo porfiadamente la geóloga.

-¡Vean esto, rápido!; llamó apremiante Blanca.

-¿Qué hallaste?; preguntó entusiasmada Carmen.

La arqueóloga solo apuntó con un dedo. En la pared rocosa estaba estampada en bajo relieve la huella de una mano.

-Los constructores de los túneles dejaron su marca; opinó Sergio. -No es algo fuera de lo común.

-Pero hay algo que no está bien; observó Pablo. -Esa huella tiene solo cuatro dedos.

Los cuatro expedicionarios se miraron sorprendidos unos a otros, esperando que uno dijera algo. Como una niña  curiosa Carmen apoyó su mano derecha en la huella. Lo siguiente que ocurrió dejó estupefactos a los cuatro aventureros; parte de la pared de granito comenzó a deslizarse con un ruido pesado de rocas que se arrastran, dejando a la vista un túnel que había permanecido oculto. Sin decir palabra, la geóloga penetró lentamente en él alumbrando todo con su potente linterna. Cuando los demás hubieron cruzado, la puerta en la roca se cerró tras ellos, con el mismo pesado sonido.

Alarmado Pablo se volvió para comprobar que la entrada, o salida, ya no estaba abierta.

-Ahora sí que la hiciste buena; reclamó molesto a su ex esposa.

Sin inmutarse, Carmen revisó la roca a su espalda hasta que encontró una huella de mano en ella, en la que apoyó la suya. La roca se deslizó lentamente dejando a la vista la especie de sala en la que ella había caído.

-Aquí está la cerradura, no seas tan cobarde; recriminó a Pablo. -Deja marcar este punto en el mapa; continuó ella como si de lo más normal se tratase.  -Veamos, la cámara con esta puerta está aquí; dijo encerrando el lugar en un círculo.  -Pero no veo esta galería.

-¿Cómo que no?, si estoy seguro que escanee con el radar a dos kilómetros a la redonda y hasta ahora nos hemos movido solo en línea recta; se defendió Pablo.

-Pues mira, aquí no aparece; mostró la geóloga el mapa.

-No entiendo por qué no se ve; respondió pensativo Pablo.

-Tal vez en la roca hay algún mineral que bloquea el radar; pensó Carmen.  -Sé que tú lo hiciste bien, ya que estaba contigo.

-Eso quiere decir que si continuamos nos moveríamos a ciegas; acotó Sergio.

-Pero no podemos volver, debemos averiguar más; propuso Blanca.  -Necesitamos más datos.

-Podemos ir marcando el camino con balizas; sugirió Carmen.

-Solo quedan dos; observó Pablo. -Pero podemos usar pintura luminosa, al menos de esa queda bastante.

-Entonces sigamos; pidió la geóloga.

-¿Y tú pierna?; preguntó Sergio.

-Puedo caminar, un poco lento, pero no hay problema; respondió Carmen.

-Mi linterna se está agotando; observó Pablo. -Debo cambiarle la batería.

-Apaguen sus linternas; dijo inesperadamente Blanca.

-Pero no veremos nada; objetó Sergio.

-Háganme caso, solo un momento, por favor; insistió ella.

-¿Qué ocurre Blanca?; preguntó Carmen apagando su linterna.

-No lo puedo creer; exclamó Pablo cuando todos hubieron apagado sus luces.

-Se puede ver; observó Sergio.

-No veo ningún foco o alguna fuente de luz; acotó Pablo.

-Debe ser algo en el material de las paredes de la galería; reflexionó Carmen.

-¿Cómo lo notaste Blanca?; preguntó Sergio.

-Fue solo una impresión, creo que nadie más notó que seguía claro detrás de nosotros; explicó la arqueóloga.

-Bueno, como sea, esto nos facilita un poco más esta marcha; opinó Pablo.

En la cabeza de los cuatro investigadores había más preguntas que respuestas. El hallazgo de una galería invisible al radar a ciento cinco metros de profundidad, detrás de una puerta oculta, así como la extraña luminiscencia de las paredes, indicaba que esta no era una obra arqueológica común y corriente; y qué decir de la huella de mano de cuatro dedos que accionaba un mecanismo automático que abría y cerraba la puerta que comunicaba la sala con dicha galería. Todo hacía pensar que se hallaban frente a la obra de un pueblo poseedor de grandes avances tecnológicos.

Era fácil que la imaginación se disparase y ellos en el fondo lo sabían, así es que trataban solo de obtener datos, sin adelantar ninguna hipótesis.

Aprovechando la claridad natural del lugar, Pablo se dedicó a observar con mayor atención la roca que formaba las paredes.

-Carmen, esto no es granito; dijo después de rasparla con la punta de su martillo y palparla con la mano.

-¿Cómo dices?; preguntó sorprendida ella.

-Este material es artificial; concluyó él.

-¿Está hecha de concreto u hormigón?; consulto Sergio.

-No lo sé; observó la geóloga. -No reconozco el material, pero por su textura yo diría que es sintético.

Incrédula Blanca encendió su linterna y con ella alumbró la pared, dejando a la vista una superficie totalmente lisa y pulimentada.

-Esta calidad en el trabajo de la piedra la he visto solo en el sarcófago de Keops; observó Sergio. -Yo diría que estamos ante la obra de un pueblo muy avanzado.

-La combinación de símbolos mayas, escandinavos, sanscritos y egipcios a primera vista indicaría que en algún momento, este pueblo tuvo contacto con dichas culturas.

-¿Cuándo habrán sido construidas estas galerías?; preguntó Carmen.

-Es difícil decirlo sin puntos de referencia; respondió el arqueólogo. -Tal vez la datación por termoluminiscencia podría funcionar, pero no estoy seguro.

-Otra vez se siente una corriente de aire fresco; observó Pablo.

-¿Provendrá del exterior?; preguntó Blanca.

-A esta altura ya no sé qué creer; contestó Pablo.

-¿Escuchan eso?; preguntó Carmen.

-¿Qué cosa?; preguntó Sergio.

-Un ruido muy leve de baja frecuencia, es como el de un motor eléctrico; respondió la geóloga.

-Eso es imposible; opinó Pablo.

-A lo mejor es mi imaginación; pensó Carmen.

Así hablaban mientras la arqueóloga se distrajo observando un conjunto de símbolos que había en una de las paredes, no dándose cuenta de que sus compañeros se habían alejado; emocionada buscó la cámara fotográfica que llevaba en  su chaqueta. La pared se deslizó silenciosamente y no se  percató de una mano que la sujetó de un brazo y otra le tapaba a la vez la boca impidiéndole gritar.

-¿Qué opinas de todo esto Blanca?; preguntó Sergio  a su colega.

Un lapso inusitadamente prolongado de silencio molestó al arqueólogo.

-Blanca, te estoy hablando; reclamó Sergio volviéndose hacia atrás. Atónito vio que no había nadie tras él.

-¡Hey esperen!; gritó a Carmen y Pablo que avanzaban un poco más adelante.

-¿Qué ocurre?; preguntó el geólogo.

-Blanca se quedó atrás; respondió el arqueólogo. -Volvamos a buscarla, no quisiera dejarla sola acá.

Un silencio total inundaba la galería, solo roto por el suave eco del grito de Sergio.

-¡Miren!; exclamó Carmen agachándose. -Es la máquina fotográfica de ella.

-¿Pero dónde se metió?; preguntó Pablo.

-Habrá retrocedido más; supuso Sergio acelerando el paso para encontrar pronto a su compañera.

Después de unos minutos de caminata Sergio llegó hasta el punto donde se hallaba la puerta que conectaba con la sala a la que Carmen había caído.

-No creo que haya salido;  opinó Pablo. -No sin avisarnos.

-Volvamos hasta donde encontramos su máquina fotográfica; sugirió la geóloga.

Al poco rato los tres se encontraron junto a la marca en el piso que Pablo había hecho donde estaba tirada la cámara.

-Habrá caído en alguna trampa oculta; pensó Sergio.

-Tiene que haber alguna clase de interruptor por alguna parte; opinó Carmen.

La oscuridad del túnel por donde estaba siendo llevada Blanca era total; la impresión y el miedo al verse arrastrada en medio de las sombras había hecho que ella se desmayara.

La cabeza le giraba y los ojos se adaptaban nuevamente a la tenue luz que la rodeaba. El suelo donde se hallaba tendida era definitivamente metálico, lo mismo que las paredes y el techo; no había ninguna puerta en el reducido espacio, lo que le hizo comprender que la habían puesto en una celda. ¿Pero quién o quiénes la encerraron?

-Tiene que haber una puerta oculta en algún lado; supuso Sergio tocando distintos signos en la pared. -No puede haberse esfumado así como así.

Aunque había palpado cada uno de los símbolos grabados en la roca, una y otra vez, Sergio seguía insistiendo, no queriendo alejarse del lugar donde probablemente había desaparecido Blanca. Casi en forma obsesiva seguía intentándolo, hasta que sus dedos notaron que una de las marcas estaba sobresalida respecto a las demás; albergando un deseo presionó ese signo. Silenciosa, a diferencia de la vez anterior, la pared de roca se deslizó ante sus ojos, dejando a la vista la entrada de otra galería; aunque dejar a la vista era decir demasiado, ya que lo que se abría frente a los tres expedicionarios era un hoyo negro, que no permitía ver nada sin luz artificial.

Encendiendo sus linternas a su máxima potencia de penetración, ingresaron cautelosamente en aquella negrura.

-¡Blanca!; gritó a todo pulmón Sergio, pero ninguna respuesta llegó de vuelta hasta sus iodos.

  Si no fuese por los potentes rayos de luz de las linternas, la oscuridad habría sido absoluta; lo que le recordó a Pablo una ocasión en la que había quedado atrapado en una mina de oro a causa de un derrumbe y se le había agotado su linterna, hallándose sumido en la más opresiva oscuridad. Carmen prácticamente había removido con sus propias manos, hasta que sus dedos sangraron, las rocas que tenían encerrado a su esposo; y ahora, siete años después, pudo percibir el miedo que el recuerdo le provocaba a él. Su respiración comenzó a acelerarse y su frente se llenó de traspiración. Sintiendo pena aún por él, ella le tomó su mano y pudo notar la fuerte presión con que la apretaba; aun así no lo quiso soltar y poco a poco la tensión de los músculos del geólogo disminuyó y su respiración se volvió relajada nuevamente. El  mismo recuerdo en ella le hizo sentir un impulso de abrazar fuerte a su ex marido, pero se contuvo.

Carmen no estaba segura de que fuese lo correcto internarse por esa galería para buscar a Blanca; aunque no la conocía, no creía que fuese tan imprudente como para aventurarse sola por un camino  desconocido que no aparecía en el mapa. 

-¿Sergio, crees tú que Blanca entró a esta galería?; preguntó la geóloga. Lo siguiente que ella escuchó la dejó perpleja; silencio, el más completo y total silencio.

-¿Sergio, estás bien?; insistió Carmen.

-¡Sergio!; gritó fuerte Pablo, pero no hubo ninguna respuesta a ese llamado.

-Retrocedamos y vamos a buscarlo; sugirió el geólogo. -No puede estar muy lejos.

Carmen y Pablo desanduvieron el camino recorrido, disolviendo las tinieblas con sus linternas, en busca de su compañero. Ambos estaban totalmente desconcertados, era como si la tierra se lo hubiese tragado, simplemente Sergio parecía haberse esfumado en el aire.

-Aquí termina el camino; observó Carmen ante la pared que cerraba la entrada a la galería. -¿Crees que Sergio haya salido sin avisarnos?

-Tal vez de un estudiante podría esperarlo, pero él es un profesor con mucha experiencia de campo; opinó Pablo. -No es del tipo impulsivo o imprudente.

-Sin embargo, aquí no está; comentó Carmen.

-Puede que haya trampas en estos túneles, lo que explicaría la desaparición de Sergio y Blanca; pensó Pablo.

-¿Pero dónde estarán?; preguntó Carmen.

-No lo sé; respondió el geólogo.

Sergio no sabía cuánto tiempo había pasado. Cuando despertó su cabeza giraba un poco y se sentía desorientado; tenía la espalda apoyada sobre las piernas de alguien.

-No trates de levantarte aun, espera a que pase el mareo; sugirió Blanca acariciándole la cabeza.

-¿Blanca?, ¿dónde estamos?; preguntó Sergio sentándose en el suelo.

-Creo que estamos encerrados en una especie de celda; dijo ella.

-¿Pero quién nos puso aquí?; preguntó el arqueólogo.

-No lo sé, a mí me trajeron inconsciente y a ti solo te arrojaron aquí; respondió ella.

-¿Y Carmen y Pablo?; preguntó Blanca.

-Te estábamos buscando los tres en una galería que había oculta en una pared; respondió Sergio.

-La misma por donde me trajeron a mí; opinó Blanca.

-¿Has escuchado algún ruido desde que estas aquí?; preguntó Sergio.

-Nada, tampoco he visto a nadie; respondió ella. -Esto  definitivamente echa por tierra la teoría de que esta es una reliquia arqueológica, porque está en pleno uso.

Silenciosamente la puerta de la celda comenzó a abrirse, los dos cautivos tenían sus corazones latiendo a cien kilómetros por hora, expectantes de conocer a sus captores.

-¿Qué está pasando?; preguntó Carmen a Pablo. -¿Dónde están Blanca y Sergio?

-No lo sé; fue la limitada respuesta del geólogo, que sabía tanto como su compañera.

-Tengo miedo; agregó ella. -Por favor no me dejes sola.

-Tranquila, todo se aclarará; trató de calmarla Pablo, no tan convencido de sus palabras.

-Quiero irme; rogó Carmen.

-No podemos abandonar a Sergio y Blanca; objetó el geólogo. -Pero salgamos por ahora de esta galería.

Tomados de la mano ambos caminaron lo más rápidamente posible hacia la puerta que ocultaba la galería donde se encontraban. Tras ellos la oscuridad les pisaba los talones. A poco andar palpaban ansiosos los distintos símbolos grabados en la roca.

-Tiene que haber algún interruptor por aquí; opinó Pablo, pasando sus manos por toda la superficie. Inesperadamente la luz de ambas linternas comenzó a disminuir rápidamente.

-¡Las linternas se van a apagar!; exclamó Carmen alarmada.

Cambiémosles rápido las pilas; apremió Pablo.

Con mano presurosa buscaron en sus mochilas baterías nuevas. Temblorosos reemplazaron las baterías gastadas. La angustia subió como un sabor amargo por la garganta de Carmen; la nueva batería tenía menos carga que la anterior. Lo mismo pudo comprobar Pablo en su linterna; casi en la penumbra la geóloga apretó la mano de él. Finalmente las linternas de ambos terminaron por apagarse, dejándolos sumidos en la más completa e impenetrable negrura. Angustiados palpaban la muralla tratando de encontrar la forma de salir de ese túnel, hacia la galería principal que estaba iluminada.

Lejanos pasos se escuchaban aproximarse lentamente a través de la oscuridad.

-Escucha, alguien viene; dijo ella a Pablo.

-¡Sergio, Blanca!, ¿son ustedes?; gritó éste, pero nadie contestó

Los pasos se escuchaban cada vez más fuerte. Quién fuese estaba cada vez más cerca.

-¿Quién está ahí?; gritó Carmen con la voz entrecortada y la mano apretada a la de Pablo.

El silencio del túnel solo era roto por los pasos que se acercaban y la respiración agitada de la mujer. De pronto se hizo un silencio total; Carmen intuía que había alguien más junto a ella. Cuando sintió que alguien la sujetaba por los brazos y tiraba de ella, trató de zafarse y gritó con todas sus fuerzas.

-No dejes que me lleven, por favor; imploró a Pablo.

Pero su compañero poco o nada podía hacer, ya que a él también lo estaban sujetando. De un golpe logró soltarse de su agresor, sabía que lo había golpeado en el rostro y éste había caído al piso.

-¡Carmen!; gritó desesperado, pero ella ya no estaba junto a él. Furioso, sorprendido e impotente sintió que lo sujetaban entre dos de los brazos, impidiéndole toda posible reacción. Sin darse cuenta cayó en un profundo letargo, y sus músculos dejaron de responder a su voluntad; finalmente su conciencia se nubló.

La puerta de la celda terminó por fin de abrirse, la impresión de Blanca y de Sergio también, fue una mezcla de incredulidad y estupor. Tres individuos vestidos con uniformes de una pieza, botas y cinturón. Dos hombres y una mujer de un metro ochenta, piel muy clara, ojos muy grandes de amplias y negras pupilas, orejas levemente alargadas, cabello claro y lo más impactante, con tan solo cuatro dedos en cada mano.

Mientras en Blanca y Sergio la emoción que dominaba era asombro y estupor, en los tres extraños era una mezcla de repulsión y miedo, el cual era más evidente en la mujer.

Sin mediar palabra, los prisioneros fueron conducidos por un largo pasillo iluminado por una claridad crepuscular que parecía provenir de todas direcciones. Al poco andar, vieron como los cuerpos inanimados de Pablo y Carmen eran depositados, con poco cuidado por cuatro extraños armados, en el piso de una celda similar a la que ellos ocuparon hace un rato. Poco después llegaron a una sala con unos cuantos instrumentos; aunque opusieron resistencia, sobre todo Sergio, fueron sentados en dos sillas de cuyo respaldo surgió una banda metálica que los enrolló por el torso, dejándolos inmóviles.

La frente de Blanca estaba cubierta de gotas de sudor, muestras del  miedo que la dominaba.

En total silencio la mujer acercó una especie de lámpara de pie a los prisioneros, de la cual surgió un rayo de luz que recorrió la cara de ambos. En una pantalla aparecieron, como si de una película se tratase, escenas de lo vivido por ambos durante los dos últimos días.

Los dos hombres intercambiaron palabras en un idioma ininteligible para los arqueólogos, a lo cual la mujer replicaba con evidente desagrado.

-Evidentemente estos seres vienen de la superficie; opinó el mayor de los extraños.

-Debemos averiguar cuál es su misión  y  cuanto saben de nosotros; agregó el otro.

-Si llega a saberse que los invasores han llegado hasta nuestras ciudades, va a cundir un pánico difícil de controlar; observó la mujer evidentemente asustada. -Y no es para menos, ya que son horribles.

-La doctora Zinhar tiene razón; opinó el menor de los dos hombres. -Aún se relata en nuestra historia, en forma muy precisa los horrores de la primera invasión.

-Por lo visto lo más prudente para el bien de nuestro pueblo es mantener en secreto este incidente; concluyó el mayor de los extraños.

-Permítanme presentarme, yo soy Narthar, jefe de esta unidad; dijo el hombre en perfecto castellano.

-¿Cuál es su misión en nuestro mundo?; preguntó directamente el otro hombre, de nombre Xanther.

-¿Misión?, no tenemos ninguna misión; respondió Sergio. -Somos científicos que investigamos en forma tranquila unos extraños túneles.

-Ni siquiera sabíamos de su existencia, ni queremos tener ningún problema con ustedes; agregó Blanca.

-¿De igual forma que cuando nos invadieron hace un millón de ciclos solares?; gritó alterada la doctora Zinhar. -A pesar de todo el tiempo transcurrido, aun nuestros historiadores nos recuerdan cuando llegaron sus astronaves y les acogimos como amigos, pero al poco tiempo nos atacaron; dijo ella con lágrimas de  rabia y dolor en los ojos.

-No sé de qué nos hablan; respondió confundido Sergio.

-Hace un millón de años ni siquiera existía nuestra especie; agregó Blanca.

-Por lo visto ustedes no saben lo que realmente ocurrió en este planeta; comentó Narthar. -Les explicaré lo que dijo la doctora Zinhar.

-Hace un millón de ciclos solares, o años  como ustedes los llaman, nuestros ancestros vivían en la superficie; las ciudades florecían en armonía con el medio ambiente y educábamos nuestras mentes y cuerpos en paz. La curiosidad y el deseo de obtener más conocimientos nos impulsaron a enviar sondas y naves exploradoras más allá de este sistema planetario; relató Narthar.

-Algunos años después nuestros sistemas de vigilancia captaron un mensaje armónico y matemático. Entusiasmados los científicos de esa época los invitaron a venir a conocernos y les dieron la ubicación exacta de este planeta; agregó Xanther.

-Nuestro pueblo recibió a los recién llegados como amigos; sin embargo, al poco tiempo comenzaron a llegar las naves de combate. Intentaron resistir y lo lograron por un tiempo, pero nuestras ciudades fueron bombardeadas y todos sus habitantes asesinados; continuó Zinhar con un nudo en la voz.

-Los sobrevivientes se refugiaron en cavernas y comenzaron una guerra de guerrillas contra los invasores, que establecían colonias por todo el planeta. La desesperación en nuestro pueblo crecía y tal vez también la locura. Mediante armas de destrucción masiva las emergentes ciudades de los humanos fueron destruidas y también su tecnología. Con el pasar del tiempo experimentaron una involución cultural y se perdió todo recuerdo de su origen; narró Xanther.

-Aunque ustedes ya no representaban un peligro para nosotros, la contaminación del planeta causada por la guerra, obligó a nuestros ancestros a refugiarse bajo tierra y abandonar la superficie. El tiempo continuó su avance y miles de generaciones comenzaron a evolucionar poco a poco. Ya no somos los mismos que llegaron a este mundo subterráneo; nuestro organismo se adaptó a las nuevas condiciones ambientales y surgió, al fin, una nueva especie, nosotros; concluyó el profesor Narthar profundamente emocionado.

-¿Nunca han tratado de volver a la superficie?; preguntó Blanca.

-No podemos exponernos a la radiación cósmica, ni a la radiación solar sin equipos especiales de protección; explicó Xanther.

-Lo que menos deseamos es tener contacto con ustedes; opinó Zinhar.

-Por ahora hemos terminado; dijo Xanther.

-¿Puedo hacer una pregunta?; consultó Sergio.

-Adelante; autorizó Zinhar.

-¿Dónde estamos exactamente?; preguntó el humano.

Los tres extraños se miraron como si se consultaran entre ellos si debían entregar dicha información a los seres de la superficie.

-No creo que les sirva saberlo, pero les diré. Se encuentran en una de nuestras ciudades a siete kilómetros de profundidad, usando su sistema de medidas; contestó con una sonrisa cruel Zinhar.

-¿Ciudades?; observó Blanca. -¿Cuántos son de su especie?

-Cinco mil millones; respondió con naturalidad el profesor Narthar.

Con un chasquido la cinta metálica se abrió; dos guardias armados los condujeron hasta la celda donde se encontraban Carmen y Pablo, quienes comenzaban a salir de la inconsciencia.

-¿Qué opinan?; preguntó Narthar en su propio idioma a sus colegas.

-Debemos impedir que informen de nuestra existencia; opinó la mujer. 

-Concuerdo con Zinhar; apoyó Xanther.

-Su sola presencia ya es peligrosa, sugiero que los ejecutemos; sentenció la doctora Zinhar.

-Es probable que hayan cambiado con el aislamiento en este planeta y ya no sean un peligro para nuestro pueblo; opinó el profesor.

 -Permítame recordarle que esa misma ingenuidad fue la que casi extinguió a nuestros ancestros; rebatió Zinhar.

El profesor Narthar era consciente de que tras las palabras y el rechazo hacia los humanos por parte de la doctora Zinhar, había una respuesta instintiva transmitida de generación en generación durante un  millón de años y que probablemente compartía todo el mundo. A pesar del interés científico que en él despertaban los intrusos, sabía que en el fondo ella tenía razón.

Carmen se puso de pie tambaleándose, tan mareada que Sergio tuvo que afirmarla para que no cayese.

-¡Blanca, Sergio!; exclamó Pablo. -¿Dónde estamos?

-Prisioneros; contestó éste mientras ayudaba a Carmen a sentarse.

-¿Pero de quiénes?; preguntó Carmen.

Sergio no alcanzó a contestar la pregunta cuando se abrió la puerta y entraron dos guardias que los condujeron por el pasillo.

-De ellos; respondió Blanca.

Carmen cerró los ojos y los abrió de nuevo incrédula y asustada de lo que veía.

-¿Qué son?; preguntó Pablo.

-Los habitantes originales de este planeta; respondió Sergio.

-¿De qué hablas?; preguntó Carmen intrigada.

No alcanzó a obtener respuesta cuando se abrió la puerta de otra habitación.

-Aquí están todos los prisioneros; informó un guardia.

-Gracias, pueden retirarse; autorizó  el profesor Narthar.

-¿Qué significa esto?; preguntó Pablo.

-Ustedes entraron sin autorización a nuestro mundo; respondió Zinhar.        -Pero eso es común en su especie.

-No entiendo; dijo Carmen.

-Nosotros somos los descendientes de los habitantes originales de este planeta. Ustedes descienden de invasores que llegaron hace un millón de años desde el otro extremo de la galaxia; explicó el profesor Narthar. -Durante miles de generaciones nos hemos mantenido alejados de ustedes, hasta ahora.

-Su presencia aquí se mantendrá en secreto, ya que de saberse provocaría pánico en toda la población; agregó Xanther.

-No podemos permitir que vuelvan a la superficie y den a conocer nuestra existencia a sus autoridades militares; continuó Zinhar.

-Esto no es justo, nosotros no somos responsables de lo que hayan hecho nuestros antepasados; reclamó Blanca.

-Además nosotros somos científicos, no nos interesa la política ni lo militar; agregó Pablo.

-Sin embargo, están genéticamente programados como guerreros e invasores y eso los hace peligrosos como especie; argumentó Zinhar.

-Siento tener que darle la razón a mi colega; respondió el profesor Narthar.   -Pero ella tiene razón.

-La vuestra es una especie genéticamente acondicionada para invadir y destruir otros mundos; observó Xanther.

-Me temo que nunca podrán volver a la superficie, ni abandonar estas instalaciones; concluyó Narthar.

-Ahora necesitamos averiguar cuánto saben realmente; dijo Zinhar escaneando el rostro de Carmen y Pablo con el mismo aparato usado en Sergio y Blanca.

Inmediatamente apareció en la pantalla el mapa de túneles descubiertos por los geólogos.

-Son antiguas galerías abandonadas que comunicaban con la superficie; observó preocupado Xanther.

-Localice la ubicación de esos archivos; ordenó Narthar a Zinhar.

Inmediatamente los recuerdos de Carmen mostraron su oficina y su computador portátil. Los recuerdos de Sergio permitieron ver su despacho y las fotografías de los símbolos encontrados en las rocas. Pablo y Blanca no mostraban nada nuevo, ya que ellos no habían almacenado información sobre los hallazgos.

Sin más que querer saber de los prisioneros, por el momento estos fueron llevados de vuelta a su celda.

-¡Esto es una locura!; exclamó Carmen.

-Tenemos que tratar de escapar; opinó Pablo.

-Va a ser un poco difícil; opinó Sergio. -Estamos a siete kilómetros de profundidad.

-Pero de alguna forma nos trajeron hasta acá; comentó Blanca.

-Debe haber algún ascensor que comunica con la superficie; meditó Carmen.

-Debemos intentar llegar a él; sugirió Pablo.

-Cuando los guardias vuelvan a buscarnos los neutralizaremos entre los cuatro y escapamos.

Una hora después la puerta de la celda se abrió y dos guardias armados ingresaron por ellos. Antes de que pudieran reaccionar, Sergio y Pablo les cayeron encima; de un rodillazo en el estómago y un puñetazo en la cara Sergio derribó a uno, en tanto que Pablo lanzaba al otro de cabeza contra la pared de metal. Sin pérdida de tiempo Pablo se apoderó de una de las armas y los cuatro echaron a correr; probando suerte en varias puertas, finalmente dieron con un ascensor. Después de revisar los controles un minuto, Blanca presionó un botón y el ascensor comenzó su desplazamiento hacia arriba.

Ante la demora de los guardias con los prisioneros, la doctora Zinhar fue a ver qué los detenía. Grande fue su sorpresa al ver a los guardias en el suelo.

-Los prisioneros han escapado. Están armados y uno de los guardias está muerto; informó la mujer por un intercomunicador.

En otra sala el profesor Narthar meditaba sobre el giro que habían experimentado los acontecimientos.

Zinhar entró furiosa donde se encontraba el profesor.

-Le advertí que esta era una situación peligrosa; recriminó ella. -Ahora debemos impedir que lleguen a la superficie e informen de nuestra existencia.

-Siento no haberla escuchado Zinhar; respondió apesadumbrado Narthar.   -Usted  tenía razón.

-Los fugitivos han llegado a una galería  a dos mil metros de la superficie. El siguiente módulo de ascenso los llevará hasta arriba y no podremos capturarlos; informó la mujer observando un punto rojo en una red de galerías en una pantalla.

-Muy bien, manden dos cazadores; ordenó cabizbajo el profesor.

Después de unos minutos de rápido ascenso, el elevador se detuvo a dos kilómetros de la superficie.

-Hasta aquí llegamos en este ascensor; observó Pablo. -Debemos buscar otro que llegue a la superficie y podamos salir de aquí.

La puerta del módulo se abrió hacia una larga galería iluminada por la ya habitual claridad crepuscular.

-¿Hacia dónde vamos?; preguntó Blanca.

-Supongo que da lo mismo, en algún lugar tiene que haber otro ascensor; opinó Sergio.

Al poco andar el gruñido de un animal rompió el silencio del túnel.

-¿Qué fue eso?; preguntó asustada Carmen.

-Mejor no lo averigüemos; aconsejó Pablo.

Cada uno de los cuatro prófugos pensaba en poner la mayor distancia posible entre ellos y la cosa que los perseguía. El agotamiento empezaba a hacer mella en la resistencia de ellos. El aire comenzaba a faltarle a Blanca e inevitablemente empezó a rezagarse, quedando alejada de los demás. Las piernas de ella se doblaron y cayó de bruces al suelo; al volverse Sergio vio que una bestia de largas garras, que se asemejaba a un gigantesco topo bípedo, estaba por alcanzarla. Con largas zancadas él llegó junto a ella y la jaló de una mano justo cuando la bestia se abalanzaba sobre ella. De no haber sido por la rápida reacción de Sergio, su amiga habría sido despedazada por el monstruo, cuyas afiladas garras arañaron profundamente la pierna derecha de Blanca.

La detonación de un disparo del arma que Pablo le quitó a uno de los guardias, distrajo a la criatura el tiempo suficiente como para que pudieran alejarse de ella.

Ayudada por Pablo y Sergio, Blanca logró correr, mientras Carmen los apremiaba.

-Vengan metámonos en esta bifurcación; dijo ella desde una entrada que quedaba oculta por un ángulo en la galería.

La bestia perdió momentáneamente el rastro de los humanos, lo que aprovecharon para revisar la lastimada pierna de Blanca.

-Hay una vena rota; observó Carmen. -Por suerte no se dañó ninguna arteria importante, pero igual  va a ser necesario aplicar un torniquete para evitar el desangramiento.

-Usa mi cinturón; dijo Pablo pasándoselo.

Desde la otra galería llegaba a los oídos de los fugitivos los gruñidos de la bestia que los buscaba.

-Sigamos caminando; sugirió Pablo. -Aprovechemos que perdió el rastro.

La bestia aspiró una gran cantidad de aire con su monstruosa nariz, logrando sentir el olor de la sangre de Blanca. Dando un rugido la criatura entró a la misma galería por donde huían los fugitivos.

-Nos ha descubierto; gritó Blanca aterrada.

El monstruo se escuchaba cada vez más cerca y los prófugos trataban de acelerar, lo que no era fácil con Blanca herida.

Las piernas de todos comenzaron a flaquear y volverse pesadas, el aire no era suficiente para los pulmones y las fuerzas escaseaban.

-Entremos en esa otra galería; indicó Pablo con una mano.

La bestia estaba cerca, pero no los vio bien debido a sus atrofiados ojos.

Un paso en falso torció un tobillo de Sergio, el que cayó de lado antes de poder cambiar de galería. El monstruo aceleró su carrera, dándole alcance cuando éste se ponía de pie.

Un alarido de dolor detuvo en seco a Blanca, Pablo y Carmen, quienes con horror vieron como la bestia levantaba con sus garras el cuerpo de Sergio y lo arrojaba al piso. Mal herido el arqueólogo se retorcía en el suelo.

-Aún está con vida; observó Blanca.

Pablo sacó la pistola y apuntó contra la bestia, pero el gatillo se trabó y el proyectil nunca salió.

-Hay que salvarlo; gritó Blanca, justo cuando la bestia abría el pecho de Sergio de un zarpazo.

-Ya es tarde para él, está muerto; cortó Pablo.

-Tratemos de escapar ahora; dijo Carmen.

-Ahí hay otra bifurcación; observó Pablo. -Vamos por ahí para confundir a la bestia.

La pierna de Blanca sangraba profusamente y ella empezaba a sentirse mareada.

-Sácate el pantalón; ordenó Pablo a ella.

-¿Te volviste loco acaso?; reclamó Carmen.

-El animal está guiándose por su olfato; explicó Pablo. -Démosle un falso rastro.

-Entiendo; asintió Carmen.

Juntos quitaron la ensangrentada prenda de Blanca y la arrojaron lejos de la entrada a la otra galería.

Enloquecida por el olor a sangre, la bestia se arrojó sobre la enrojecida tela del pantalón. Furiosa y confundida la criatura rugió al no encontrar una presa.

Ya Pablo y Carmen, junto con la cada vez más débil Blanca se hallaban relativamente lejos de la entrada de dicha galería, donde la bestia trataba de encontrar nuevamente el rastro de sus objetivos.

La criatura no tardó mucho en sentir nuevamente  el olor a sangre y traspiración de los tres humanos que huían por otro túnel. Dando un rugido se lanzó tras sus víctimas, presa de un frenesí incontenible por volver a matar.  

Al sentir nuevamente a la bestia tras ellos los prófugos hicieron un nuevo esfuerzo, casi al límite de resistencia por acelerar la carrera. Unos cuantos segundos y veinte metros lograron ganar de ventaja extra; Carmen empezaba a sentir calambres en su abdomen por el sobresfuerzo a que estaban siendo sometidos sus músculos. Sin embargo, quien más sentía los efectos de la desesperada fuga era Blanca, cuya sangre empezaba a disminuir peligrosamente en su cuerpo. La arqueóloga comenzó a rezagarse y presa de un profundo agotamiento cayó de rodillas.

-¡Blanca!; gritó Carmen cuando la bestia de un salto le daba alcance.

Sin detenerse a pensarlo siquiera, Pablo disparó contra el monstruo, con mejor resultado que la vez anterior. Un resplandeciente proyectil impactó a la criatura, haciéndola caer sin vida. Blanca algo aturdida por la impresión veía pasar lentamente el tiempo. Con un gran esfuerzo pudo ponerse de pie.

Con los ojos desorbitados Carmen vio como Blanca era elevada en el aire por largas y horribles garras que atravesaban su espalda. Un violento rugido hizo retumbar las galerías.

-¡Hay otra bestia!; gritó Carmen al borde casi de la locura.

-¡Corre!; le urgió Pablo tomándola de la mano y arrastrándola casi.

Nuevamente la carrera se reanudó en forma desesperada.

Los geólogos no creían lo que estaba ocurriendo. Dos de sus compañeros estaban muertos en las garras de monstruos de pesadilla.

La bestia dejó tirado el cuerpo destrozado de Blanca y concentró su atención en los dos sobrevivientes, quienes trataban a duras penas de al menos mantener la distancia entre ellos y el monstruo. El geólogo disparaba hacia atrás sin mirar ni apuntar; la bestia saltaba de un lado a otro esquivando los proyectiles que estallaban sin tocarla, lo que retrasaba su avance.

La pistola dejó de disparar, las balas se habían acabado. Pablo sintió como se le erizaban los pelos de la nuca; la bestia ganaba terreno y estaba por darles alcance. Inesperadamente para Carmen, él soltó su mano y se detuvo.

-¿Qué haces?; preguntó confundida.

-Si seguimos juntos nos matará a ambos; respondió Pablo.

-Pero podemos lograrlo juntos; rebatió Carmen.

-Vete, yo lo distraeré; insistió Pablo.

-¡No quiero!; porfió ella.

-No seas tonta y escapa; ordenó él dándole un empujón.

Llorando Carmen obedeció. Un grito de dolor la hizo volverse; con espanto vio como la bestia abría a Pablo desde el cuello hasta la cintura.

Como pudo, ella siguió corriendo mientras pensaba en los años que había perdido separada de su esposo; tiempo que ya nunca podría recuperar. Ahora Carmen se hallaba sola, sola con la bestia; se sentía perdida y las fuerzas ya la abandonaban.

Los músculos ya no respondían a las órdenes que enviaba su cerebro; sus pulmones le ardían y las lágrimas  no la dejaban ver con claridad. Había por fin llegado hasta el límite de su capacidad.

La bestia se acercaba rápidamente. Inexplicablemente sintió una gran calma interior, el miedo cesó y su respiración se relajó. Lentamente Carmen giró sobre sus pies para quedar viendo cara a cara al monstruoso ser; cerró sus ojos y se dejó caer de rodillas, no viendo venir el golpe que hizo rodar su cabeza lejos de su cuerpo.

Todo había llegado a su fin para los cuatro curiosos exploradores que encontraron su tumba eterna en esa extraña red de galerías.

-Bueno doctora Zinhar, esto se ha acabado ya; dijo apesadumbrado el profesor Narthar. -Los intrusos están muertos.

-Aún queda hacer desaparecer toda la información que pueda delatar nuestra existencia; observó ella.

En medio de la noche un hombre y una mujer se acercan a la obra de excavación de la estación del tren subterráneo.

-Buenas noches señorita Fernández; saludó el vigilante. -¿Va a trabajar de noche hoy?

-Solo vengo a buscar mi computador personal para trabajar un poco en casa; contestó Carmen.

Después de revisar todos los papeles de la geóloga, la pareja recogió unas fotografías y un plano de galerías, así como un computador personal.

-Ya me retiro; se despidió la mujer del vigilante.

-Buenas noches señorita y no trabaje mucho; respondió el guardia.

A las pocas horas, lejos de allí, las llamas consumían el despacho del arqueólogo Sergio Donoso.

La pareja contempló las estrellas por un rato.

-No comprendo cómo es que los humanos pueden vivir aquí; dijo la mujer a su compañero.

-Es cierto, este lugar es tan hostil que nosotros necesitamos usar trajes de aislamiento para no envenenarnos; asintió el hombre.

-Volvamos a casa; recomendó la mujer.

-Si vámonos de este horrible lugar. Ya cumplimos nuestra misión; aceptó el hombre.

Una vez que se cerró la escotilla externa ambos apagaron el camuflaje holográfico de sus trajes y pudieron quitarse los cascos y así respirar con libertad el limpio aire de su mundo subterráneo.

Anuncios
 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s