Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Pasado y presente 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Pasado Y Presente

 

-El estuco del salón se encuentra en buen estado, aunque necesita una capa de pintura blanca; observó Sandra.

-Las vigas se ven muy bien a pesar de la edad de la casa; comentó Jorge.

-Parece que quién construyó esta casa sabía muy bien cómo hacerlo; opinó la mujer a su esposo.

-¡Qué impresionante!, a pesar de tener casi trescientos año los muebles se encuentran en perfectas condiciones; observó Sandra.

Lo único que denotaba el tiempo transcurrido era la capa de polvo que se había acumulado con el paso de los años; nada que un paño no pudiese solucionar.

-Me habría acostumbrado a vivir en medio de todo este lujo; pensó en voz alta Jorge.

-Solo si hubieses sido de la aristocracia, de lo contrario habrías sido o un esclavo o un peón en esa época; comentó Sandra.

-Sí, y eso no habría sido nada agradable, sobre todo teniendo en cuenta a quien pertenecía esta propiedad; agregó Jorge.

La pareja subió al segundo piso a revisar en qué estado estaban las habitaciones.

La vieja casona de la época de la colonia se encontraba en muy buen estado y no requeriría mucho esfuerzo para ser dejada como antaño cuando sus moradores habitaban en ella hace casi tres siglos. Sin embargo, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos necesitaba un informe detallado antes de comenzar los trabajos de restauración y convertirla en el segundo museo histórico del país. Los dos expertos elegidos para realizar esa delicada tarea contaban con apenas tres semanas para entregar dicho informe; por lo cual, deberían permanecer, a lo menos, dos semanas alojando en la antigua casona. Teniendo en cuenta que ambos eran un matrimonio de arquitectos, especialistas en construcciones antiguas y conservación de arte, no debería haber mayor problema para ello.

-Qué raro, no me calzan las dimensiones; dijo Sandra, dándole unos golpecitos a su medidor laser. El gran salón de baile se extendía magnífico  ante la pareja, con sus lámparas colgantes y su chimenea empotrada en la pared del fondo.

-Se supone que mide lo mismo que el comedor de la mansión; comentó Jorge.

-Sí, pero es cinco metros más corto, aunque no se nota a simple vista; observó Sandra.

-Déjame medir a la antigua; sugirió Jorge y sacando una huincha de medir procedió a tomar las medidas del gran salón.

-¿Te imaginas lo impresionante que debe haber sido bailar aquí?; pensó Sandra.

-¿Me hablaste?; preguntó Jorge a su esposa, mientras guardaba su huincha.

-No nada; contestó Sandra.

-Tienes razón, mide quince metros de largo y no veinte como teóricamente se suponía; indicó Jorge.

-Supongo que alguien debe haberse equivocado cuando hicieron el plano de la propiedad; concluyó Sandra, mientras caminaba junto a cada una de las  cuatro murallas, con la mano rosando el suave estuco; acción que siempre hacía en cada casa antigua en la que estaban, para impregnarse de la esencia de la estructura y de sus constructores, como decía ella. De pronto se detuvo de golpe y retrocedió unos centímetros con la mano siempre apoyada. Con los ojos cerrados acarició lentamente una parte de la pared, luego avanzó un metro más y de nuevo se detuvo. Sacando un fino lápiz de mina marcó dos líneas en la muralla, separadas un metro la una de la otra.

-¿Qué encontraste?; preguntó Jorge con curiosidad.

-¿A ti qué te parece?; contestó Sandra, mientras le tomaba la mano y la deslizaba suavemente por un sector de la muralla, rozando casi el estuco.

-Si no me equivoco, aquí hay una puerta condenada; contestó su marido.

-Lo mismo pienso yo; apoyó Sandra.

-Mejor le informamos al jefe antes de proceder; pensó el arquitecto, mientras sacaba su teléfono celular para comunicarse con el director en Santiago.

-¿Y?; preguntó Sandra después de un rato, dominada por una gran excitación.

-Nos autoriza a abrirla, pero con mucho cuidado para no provocar deterioro innecesario en el resto de la muralla; contestó Jorge, comunicándole a su esposa lo que el jefe del proyecto le había dicho.

Con cortes delicados de un cuchillo cartonero, Sandra y Jorge fueron penetrando lentamente el estuco que cubría la puerta condenada, hasta que tocaron con la hoja de acero la madera oculta. Con una delgada espátula lograron, al cabo de un largo y delicado trabajo, remover todo el estuco. Luego de unas horas la puerta por largos siglos olvidada quedaba a la vista.

La emoción embargaba a ambos arquitectos; quienes se sentían unos verdaderos arqueólogos que descubrían la tumba perdida de un legendario faraón. Como hipnotizados permanecieron frente a la puerta durante un rato.

Un poco de aceite en las oxidadas bisagras y la puerta, condenada en extrañas circunstancias, con un sordo crujido cedió y dio paso a una oscura habitación de unos cinco metros de largo. Después de tres siglos el aire nuevamente ventilaba la enrarecida atmosfera  de su lóbrego interior. ¿Qué habrá ocurrido aquí?, ¿qué  oscuros secretos encerraba?, ¿por qué condenaron su puerta?

Jorge y Sandra sabían que antiguamente se acostumbraba condenar una puerta para ocultar la existencia de alguna habitación que albergaba un terrible y vergonzoso recuerdo, alejándolo de miradas curiosas, condenándolo al olvido por cómplices encubridores que solo deseaban proteger el apellido de alguna poderosa familia.

Cuando el aire se hubo por fin renovado, Sandra y Jorge entraron a la recién descubierta habitación, premunidos de poderosas linternas y cámaras fotográficas. Con fotografías, medidas y un esquema de la habitación y su contenido, prepararon un informe especial que enviarían vía correo electrónico al encargado del proyecto

Oscura y siniestra la habitación condenada daba a primera vista la impresión de haber sido un lugar en el que se provocó mucho dolor y sufrimiento. ¿Qué otra cosa se podría suponer si empotrados en una muralla había dos pares de grilletes y un látigo tirado en el suelo corroboraba dicha impresión?

Sandra en sueños fue transportada a una mitificada página de la historia, encarnando a la tristemente célebre Catalina de los Ríos y Lizperger; entregando, ella misma, dolor y placer, amor y odio. El sueño fue tan intenso que se despertó con la respiración muy agitada, el cuerpo cubierto de sudor y un temblor que la recorría de pies a cabeza. El intenso placer que sentía le impedía volver a dormirse, por lo cual se levantó y dirigió a la cocina a comer algo de fruta. Al pasar frente al salón de baile se detuvo ante la puerta y, cogiendo una linterna, entró en la olvidada habitación. Imaginaba a La Quintrala impartiendo crueles castigos a sus enemigos y a sus amantes; se imaginaba a sí misma en el papel de la sádica y malvada mujer. Mientras recorría el lugar con su linterna, un brillo en el suelo llamó su atención, la luz había dado en algo metálico; curiosa Sandra se agachó y tanteando con la mano, encontró un hermoso anillo de oro que lucía un gran y rojo rubí, admirando la valiosa joya por un instante, no pudo contener el deseo de ver como se veía en su mano. El anillo calzaba perfecto, como si hubiese sido creado especialmente para ella.

La mujer se acercó a las paredes, tocando las cadenas y los grilletes, riendo y girando sobre sí misma; sus ojos se posaron sobre un rebenque de tres puntas que colgaba siniestro en una esquina; se acercó con paso calmo, lo cogió y acarició su empuñadura, como lo hacía su dueña hace siglos. En el pasado La Quintrala reía junto a una hoguera.

Rato después Sandra volvió a la cama y se durmió profundamente. Cerca de las nueve de la mañana se levantó de muy buen ánimo y entusiasmo, al punto que el trabajo avanzó mucho esa mañana; era como si ella hubiese vivido toda la vida en esa casa y conociese las vivencias de sus primeros dueños.

-Ven que quiero besarte; decía Sandra a Jorge a cada rato, al tiempo que lo rozaba con su mano.

-Veo que amaneciste muy entusiasmada hoy querida; dijo Jorge.

-No te imaginas cuanto; contestó Sandra mientras jugaba con el anillo que tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta.

El resto del día pasó sin novedad. A eso de las ocho de la noche Jorge estaba tomando notas mientras revisaba un pilar. Bajando la escalera vio que su esposa se acercaba cadenciosa hacia él, vistiendo uno de los antiguos vestidos que ya habían sido arreglados por los restauradores, su cabello peinado a la usanza del siglo dieciocho y en su mano derecha luciendo un impresionante anillo de rubí.

-¿Y esa pinta?; preguntó sorprendido a Sandra.

-Me gusta más que la ropa que llevaba puesta. Tú también deberías vestirte en forma más apropiada; le contestó ella.

-¡Mmm, sí!, ¿por qué no?, no creo que se nos vuelva a presentar esta oportunidad. Disfrazarnos como aristócratas de la época de la colonia, en una mansión del siglo dieciocho, suena divertido; terminó convenciéndose Jorge.

Al cabo de un rato Sandra y Jorge parecían un señor y una dama de la aristocracia criolla de la colonia.

Tras algunas copas de vino y algunos bailes, Sandra empezó a tornarse muy apasionada y agresiva. En un arrebato besó violentamente a su esposo, casi impidiéndole respirar. Sin poder contenerse la mujer mordió con fuerza el labio de su marido, el que la apartó de su lado.

-Contrólate, ¿qué te pasa?; preguntó extrañado él.

-¿Te atreves a rechazarme?; contestó Sandra, con los ojos fulgurantes de rabia, al tiempo que tomaba el rebenque que colgaba de su cintura y asestaba un fuerte golpe en la mejilla de Jorge.

-¿Te volviste loca acaso?; protestó él.

Sandra miró el rebenque que se agitaba aún en su mano, tres rojas marcas en la cara de su marido y la mirada de estupor de éste. Dejando caer el instrumento de castigo al suelo, se cubrió el rostro con sus manos y salió llorando del salón, no pudiendo creer lo que acababa de hacer.

Esa noche Jorge decidió dormir en otra habitación y cerrar la puerta con llave, ya que realmente se asustó por el violento y extraño comportamiento de Sandra.

Al día siguiente cuando Jorge se despertó, se percató de que su mujer había salido temprano de la casa. Cerca del medio día ella volvió.

-¿Dónde fuiste?; preguntó él.

-Salí a recorrer el pueblo, ¿hay algún problema acaso?; contestó altanera ella.

-Claro que no, puedes hacer lo que te dé la gana; dijo molesto él.

-Me alegro que pienses eso, porque me molesta mucho que me controlen; respondió la mujer.

-¿Y ese anillo?; preguntó Jorge.

-Es mío; contestó Sandra mientras lo admiraba.

-No lo había visto nunca; observó Jorge.

-Lo he tenido toda la vida, me lo regaló mi padre; contestó Sandra.

Jorge no quiso hacer más preguntas, recordando el incidente de la noche anterior; así es que decidió volver a su trabajo.

Sandra por su lado recorría la casona, como si hace tiempo que no la viera.

Jorge no lograba concentrarse y no se sacaba de la cabeza el anillo que estaba usando su esposa ahora. Estaba seguro de que nunca lo había visto y sin embargo lo encontraba extrañamente conocido, pero no sabía por qué. Sin poder contener más su duda, decidió telefonear a su suegro.

-Don Juan, disculpe que lo moleste, ¿puedo preguntarle si usted alguna vez le regaló a Sandra un anillo de oro con un rubí?

-Claro que no, ¿tienes idea lo que eso debe costar?; contestó el padre de su esposa.

-¿Está todo bien? ; preguntó Don Juan.

-Sí, no se preocupe, es solo una idea muy vaga que yo tenía en mi cabeza, gracias; contestó Jorge y cortó la comunicación.

Al día siguiente Sandra era la de siempre y muy apenada se acercó a su esposo.

-Jorge…, amor…, te debo una disculpa; no sé qué me pasó, ni por qué me comporté así. Supongo que me deje llevar por mi personificación de La Quintrala. ¿Podrás alguna vez perdonarme?; habló suplicante a su marido.

Jorge acarició su rostro y la abrazó suavemente. Sandra era la de costumbre; vistiendo jeans, polera y luciendo una única joya, su anillo de matrimonio.

Los trabajos de inspección ya estaban terminados, ahora solo restaba redactar el informe para la Dirección de Bibliotecas.

Jorge se detuvo ante un impresionante retrato de cuerpo entero de la bella Catalina de los Ríos y Lizperger y decidió tomarle una fotografía para adjuntarla al informe. Mientras tanto frente a un espejo Sandra acomodaba su cabello; en su mano derecha resplandecía un rojo rubí.

-¿Vienes ya?; se escuchó la voz de Jorge, quién la llamaba ansioso por partir.

-Si amor, voy saliendo; contestó la mujer, dándole la espalda al espejo y cerrando la puerta de la habitación tras de sí.

En la ahora solitaria habitación, la imagen de Sandra golpeaba desesperada contra el vidrio del espejo, tratando inútilmente de hacerse oír, ya que su grito quedaba ahogado en su prisión.

 

El viaje de regreso a Santiago transcurrió en silencio. Sandra durante todo el trayecto miraba hacia afuera del automóvil, con una curiosidad casi infantil. Ya en la carretera ella dio un grito de miedo al ver un bus que venía en sentido contrario, como si fuera la primera vez, ya dentro de la capital su rostro mostraba una expresión de asombro que era delatada por su boca que se abría de vez en cuando sin pronunciar palabras; solo observaba.

-Sandra muéstrame el plano de la casona, por favor; pidió Jorge.

-¿Dónde está?; preguntó ella.

-En el escritorio, en el notebook; contestó Jorge.

Sandra tomó el computador con sus manos y lo miró por todos lados; como no lo encontraba lo sacudió en el aire para hacer caer el plano de la casona.

-Aquí no hay nada; dijo Sandra a Jorge, mientras seguía zamarreando el notebook en el aire.

-¡Que estás graciosa!, estamos atrasados, por favor muéstramelo y después jugamos si quieres; observó Jorge.

-¡Te dije que aquí no hay nada!; gritó Sandra con las manos empuñadas de rabia. -¿Cómo te atreves a hablarme así a mí?

-Cálmate, no es para tanto; pidió Jorge a su irascible esposa.

Ésta sin decir palabra alguna se dio la vuelta y marchó, cerrando de un golpe la puerta del estudio.

En la habitación, Sandra decidió arreglar su cabello. El espejo del tocador devolvió la imagen de una mujer del siglo dieciocho, cuyos ojos irradiaban una gran crueldad y desprecio por los demás.

-Definitivamente ésta se está volviendo loca; pensó Jorge refiriéndose a su esposa.

Como el tiempo para entregar el informe se estaba acabando, decidió que mejor lo terminaba él solo. Las fotografías tomadas en la casona permitirían hacerse una idea de la forma de vida de la aristocracia en esa época y podría ser recreada en el nuevo museo. Cuando tocó el turno de la fotografía del retrato de Catalina de los Ríos, Jorge sin querer posó su vista en la mano derecha de la mujer, que lucía una sortija roja. Al realizar una ampliación de esa parte, Jorge pudo notar con asombro que se trataba de un anillo de oro con un gran rubí; el mismo que llevaba ahora su esposa.

-Qué extraño, el comportamiento de Sandra se alteró cuando empezó a usar ese anillo. Está actuando como una neurótica, agresiva y a la vez apasionada, casi al límite de la sicosis. Esto me recuerda la historia de La Quintrala; pensó Jorge. La sola idea de que la mente de Sandra se hubiese perturbado, provocándole una especie de doble personalidad le resultaba difícil de creer, pero el hecho era que ella desde hace unos días ya no era la misma. Lo más probable es que fuese solo estrés y que con un poco de descanso pasaría y todo volvería a la normalidad.

 

En la vieja casona, mientras tanto, la desesperación de Sandra en su prisión aumentaba día a día; sus golpes contra el espejo de nada servían para romperlo. Esto era una verdadera locura; jamás en su vida imaginó que terminaría encerrada en un espejo, mientras otra mujer le robaba su vida, su esposo y su cuerpo.

 

Jorge y Sandra fueron a entregar el informe sobre el estado de conservación de la mansión de Los Ríos y Lizperger. Al salir del edificio, una gitana les cortó el paso para leerles la suerte y aprovechar de sacarles algo de dinero fácil.

-Maldita bruja; gritó la vieja gitana cuando vio los ojos de la mujer y salió corriendo muy asustada.

-¡Vieja loca!; le gritó Sandra.

Sin avisar, Sandra salió a caminar un rato.

-¿Dónde fuiste?; preguntó Jorge cuando ella volvió a casa.

-Asuntos míos; contestó cortante a su esposo.

Al otro día en las noticias hablaban del hallazgo del cadáver degollado de una vieja gitana.

 

Los días pasaban y el carácter de Sandra empeoraba. Su altanería y soberbia eran extremos; nada que ver con la mujer con que Jorge se había casado.

Continuas llamadas telefónicas a las que ella respondía con monosílabos y salidas sin avisar, ni comentar al regreso. Jorge simplemente no tenía ni idea de lo que su esposa hacía durante el día y la noche.

Su comportamiento íntimo también cambió; cuando ella lo seducía, la pasión y el desenfreno emanaban por cada poro; incluso más que cuando se conocieron en la universidad.

-Estoy preocupado por ti, estas muy diferente y alterada últimamente. Puede que sea estrés y pienso que deberías ver a un médico para que te diera algo para los nervios; sugirió Jorge a Sandra.

-¡Qué lindo!, está preocupado por su señora, mi esclavo favorito; contestó burlona ella, jugando con el cabello de su esposo y luego tomándolo de la nuca lo atrajo hacia sus labios.

Días después, Jorge comenzó a sentirse extraño; su pulso se aceleraba a veces, la cabeza le dolía y experimentaba algo de vértigo. Por solo precaución, decidió visitar a un médico amigo para que lo examinara. Como varios exámenes salieron negativos, el doctor solicitó un examen más detallado de sangre. A la semana siguiente, el Doctor Sandoval citó preocupado a Jorge a su consulta.

-¿Cómo van las cosas entre tú y Sandra?; preguntó el médico.

-Bien, ¿por qué lo preguntas?; inquirió Jorge.

Por algo muy extraño que se encontró en tu sangre.

-¿Extraño?, ¿se trata de alguna enfermedad?; preguntó Jorge.

-No exactamente; respondió el facultativo, tratando de pensar muy bien lo que debía decir. -No se halló ningún  patógeno, ni alteraciones fuera de lo normal para tu edad, tampoco hay signos de alguna enfermedad.

-¿Entonces qué tengo?; preguntó Jorge, quien a esta altura de la conversación ya estaba preocupado.

-¿Tú trabajas con antimonio?; preguntó el médico.

-¿Antimonio?, no nunca lo he usado. Sé que los restauradores a veces lo ocupan, pero yo no; contestó confundido Jorge.

-Bueno, en tu sangre encontramos antimonio y es necesario sacarlo pronto. Quiero que te internes a la brevedad en un hospital, para hacer una diálisis completa a tu sangre; de lo contrario, si aumenta un poco más, en un mes puedes morir; concluyó tajante el Doctor Sandoval.

-¿Pero cómo puede haber pasado?; preguntó Jorge.

-Dices que tú no tienes ningún contacto con antimonio en tu trabajo ni en tu vida diaria; entonces eso quiere decir que, o bien tú lo ingeriste intencionalmente o que alguien te lo está dando sin que te des cuenta; opinó el médico.

-¿No estarás insinuando que Sandra me está envenenando?  Es una locura; alegó Jorge.

-Yo no te dije eso, pero es la persona con que estás más cerca; observó el doctor.

Jorge molesto se puso de pie por la insinuación de su amigo, pero tuvo que sentarse enseguida por un mareo que le hizo perder el equilibrio.

-Bueno, como sea; dijo el médico. -El lunes a primera hora quiero verte para internarte. Mientras tómate esto para los mareos; se despidió de Jorge entregándole una caja de medicamento.

-¡Que idiotez!, Sandra está muy rara últimamente, pero de ahí a querer asesinarme, me parece muy descabellado; pensó Jorge para sí camino a casa.

Cuando llegó a casa, Sandra no se encontraba, así es que decidió tenderse a dormitar un rato. Horas después ella regresó de su paseo. Su atención fue atraída por el examen médico de su marido, prestando especial interés en el nombre del médico tratante.

-¿Estás enfermo?; preguntó al entrar en la habitación, sentándose en la cama y tocando la frente de Jorge.

-Algo; Sandoval dice que debe ser un virus, que pasará en una semana más o menos con descanso; contestó a su mujer.

-Voy a salir, ¿necesitas que te compre algún remedio?; preguntó ella a su esposo.

-Si, por favor cómprame este remedio; pidió Jorge pasándole una receta.

Cuando Sandra se hubo marchado, Jorge empezó a revisar entre sus cosas. Esperaba no encontrar nada fuera de lo común, pero sus esperanzas se rompieron cuando, al fondo del closet, sus dedos tocaron un pequeño frasco de vidrio; con movimiento lento lo sacó y para su asombro, leyó su etiqueta, “Antimonio, veneno, manéjese con extremo cuidado”, una calavera completaba la composición.

En la tarde siguiente Jorge recibió una inesperada llamada telefónica.

-¿Don Jorge Díaz?, habla con el inspector Ramón Chávez, de la Brigada de Homicidios, ¿podría, por favor venir a nuestra oficina?; dijo el hombre al otro lado del teléfono.

-¿Qué ocurre?; quiso saber preocupado Jorge.

-Es sobre el Doctor Marcos Sandoval; ha sufrido un accidente fatal y como usted es la última persona que lo vio con vida quería hacerle algunas preguntas.

-¿Marcos muerto?, no lo puedo creer; contestó Jorge. -Voy para allá.

En el cuartel de la policía, Jorge fue recibido por el Inspector Chávez en su despacho.

-Gracias por venir señor Díaz. Tengo entendido que usted y el Doctor Sandoval eran amigos; dijo el detective.

-Sí, hace años que nos conocemos; contestó Jorge.

-El señor Sandoval cayó anoche del balcón de su departamento. Aparentemente había bebido mucho y perdió el equilibrio, precipitándose al vacío; informó el policía.

-Usted lo visitó ayer en su consulta Don Jorge, ¿algún motivo en particular?; interrogó el oficial.

-Sí, es que me he sentido algo indispuesto últimamente y lo fui a ver como a mi doctor; respondió Jorge.

-Espero que no sea nada serio; dijo el policía.

-No lo sé; faltaba hacer algunos exámenes, pero parece que solo es un virus estacional; comentó Jorge.

-Bueno señor Díaz, gracias por su cooperación, cualquier cosa se la haremos saber; respondió el inspector, al momento que estrechaba la mano de Jorge y se despedía de él.

Al salir del cuartel policial, Jorge se sentía como dentro de un extraño sueño.

-Sandoval muerto, el veneno entre las cosas de Sandra, también la vieja gitana muerta (recordó la noticia), el cambio en su personalidad, son demasiadas coincidencias juntas. Esto es una locura, no puede ser real, Sandra no es una asesina sicópata. Sin embargo parece ser otra mujer, ¿qué habrá desencadenado ese cambio de personalidad?; reflexionaba Jorge mientras caminaba.

-Me estoy dejando llevar por mi imaginación, estas son solo coincidencias. Hay una explicación lógica para todo esto; meditó Jorge con más calma.

Cuando Jorge llegó a casa Sandra ya había regresado.

-¿De dónde vienes con esa cara?; preguntó ella.

-De la policía, es que mi amigo Marcos Sandoval ha muerto en un accidente; contestó apesadumbrado Jorge.

-Cuanto lo siento; respondió Sandra. -Es peligroso acercarse a un balcón si estás con unos tragos de más; sin darte cuenta puedes perder el equilibrio y no alcanzar a afirmarte y terminas estrellándote en el pavimento; reflexionó pensativa la mujer mientras se miraba en un espejo.

Los labios de Jorge se separaron de la impresión, no podía creer lo que oía; él nunca mencionó la forma de morir de Marcos.

-¡Catalina!; llamó Jorge.

-Dime; contestó la mujer volviéndose hacia él.

-¡Vaya!, veo que ya descubriste quién soy. Lamentablemente es demasiado tarde para ti y para tu amada Sandra; contestó la mujer que hablaba a través de los labios de su esposa, mientras una mueca burlona se dibujaba en ellos.

-¿Qué has hecho con Sandra?; preguntó alterado Jorge.

-Cómo tú pronto morirás, creo que mereces saberlo; dijo cínicamente la sicótica mujer.

-Ella se quedó en la casona de mi familia; la encerré en el espejo de mi habitación; dijo La Quintrala con la mayor naturalidad.

-Pero eso es imposible; exclamó Jorge.

-En esta época ustedes ya no creen en la brujería, ¿de qué otra forma podría estar yo aquí después de tres siglos de muerta?; contestó la mujer, quien se paseaba ahora por el living con su rebenque en la mano.

-Ya me aburriste Jorge, ya no te necesito más; dijo la enferma mujer, tomando el rebenque por el otro extremo.

Cuando el mango de metal del arma estaba por partir la cabeza de Jorge, una mano empuñada se estrelló contra la mandíbula de la que parecía ser la dulce Sandra; la que cayó inconsciente en la alfombra. Afortunadamente Jorge había alcanzado a esquivar el golpe y asestar un certero puñetazo en la cara de ella.

Unos minutos después la mujer despertó, hallándose atada con amarras plásticas y amordazada en el automóvil de Jorge, quién conducía rápido y callado  hacia la antigua casona colonial. Junto a él, ella luchaba furiosa por soltar sus ataduras, pero solo conseguía lastimarse las muñecas; después de un rato desistió de sus intentos, permaneciendo quieta, con los ojos inyectados en odio.

A las pocas horas el automóvil se estacionaba frente a la mansión.  A tirones Jorge sacó a la mujer, que se resistía a caminar. La casa estaba oscura y helada. Jorge buscó la caja de interruptores y dio nuevamente la electricidad. Con gran esfuerzo logró subir a Catalina al segundo piso.

-Sandra, Sandra, ¿dónde estás?; preguntó gritando frente al gran espejo que había en la alcoba.

Entre tanto, la mujer trató de escapar pero Jorge alcanzó a sujetarla de un brazo.

En eso una neblina llenó el espejo y poco a poco se fue formando la imagen de Sandra. Con sus manos golpeaba el vidrio pero éste no se rompía; tampoco se podía escuchar lo que decía, pero en su rostro se veía una expresión de esperanza.

Mientras tanto, la mujer forcejeaba tratando de zafarse de la mano de Jorge, finalmente éste soltó la mordaza de su boca.

-¿Cómo saco a Sandra de ahí?; gritó furioso.

-No hay nada que tú puedas hacer, su cuerpo ahora me pertenece y ella estará atrapada para siempre en ese mundo; rió la cruel mujer.

Jorge estuvo tentado a golpear nuevamente a Catalina, pero se contuvo ya que sabía que lo único que lograría sería lastimar el cuerpo de Sandra y lo necesitaba en buenas condiciones si quería recuperar a su esposa.

Catalina trató de patear a Jorge, pero éste la esquivó, quedando ella de espalda al espejo. Al verla cerca, Sandra empezó a empujar hasta que el vidrio de alguna forma se volvió flexible y sus manos lograron asir el cabello de la mujer. Sin soltarla, Sandra tiró con fuerza de ella, atrayéndola más hacia la superficie del espejo, que ahora se veía como una película de agua.

A medida que Sandra tiraba del cabello la mujer quedó apoyada en el espejo; con un último y fuerte tirón Catalina atravesó al otro lado del espejo, cayendo al suelo el cuerpo inerte de Sandra.

Sandra al ver su cuerpo inconsciente se acercó al espejo tratando de salir de él. Catalina intentó impedírselo pero Sandra  la detuvo con un violento puñetazo en la cara, que la hiso caer de espalda.

El espejo esta vez cedió a la presión ejercida por Sandra, la cual pudo pasar una de sus manos, que fue sujetada  por Jorge, quién con todas sus fuerzas tiró de ella. Al salir de esta forma, Sandra cayó junto a su cuerpo, con el cual nuevamente se fusionó.

La primera reacción de Sandra al abrir sus ojos fue tocar todo su cuerpo, al cual hace días que había perdido las esperanzas de volver a sentir. Al hacerlo se percató que en su mano derecha aún se encontraba el anillo de rubí, con rabia se lo arrancó del dedo y lo arrojó contra el espejo, cayendo junto a los pies de La Quintrala.

Jorge y Sandra se miraron el uno al otro y sin decir nada se abrazaron durante varios minutos.

-Volveré, nunca los dejaré tranquilos; gritaba Catalina al otro lado el espejo.

Sandra intuyendo lo que la sicópata estaba diciendo, tomó un jarrón y lo arrojó contra el vidrio, el que se rompió en miles de pedazos, oyéndose el grito de dolor de una mujer.

La pesadilla terminaba; sin embargo, al llegar a la planta baja Jorge tuvo que sentarse en la escalera, víctima de un mareo. Explicó a Sandra que debía  internarse lo más pronto posible en un hospital, ya que Catalina lo había envenenado. Sin tiempo que perder, al otro día hicieron los trámites necesarios para la hospitalización. A los tres días Jorge era dado de alta.

La visión de Sandra y Jorge de la historia ya no sería la misma; por increíble que pareciera, sus vidas habían caído en las manos de la siniestra Quintrala y con horror pudieron comprobar en carne propia que una cosa es leer un libro de historia y otra muy distinta vivirla en carne propia.

Al fin podrían olvidarse de todo y rehacer sus vidas. La Quintrala se había ido para siempre.

¿O no?…

 

 

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