Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Mar siniestro 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar Siniestro

La verdad es que el arriendo de la cabaña había resultado bastante más barato de lo que habían calculado. Eran pocos los turistas que iban a descansar a la playa en los meses de invierno, así es que los dueños de las cabañas hacían importantes rebajas, en comparación con los exorbitantes precios que cobraban a los veraneantes. Ese era uno de los motivos por los que Roxana y Alejandro habían elegido tomarse las vacaciones en invierno; la otra razón era que podían disfrutar de la playa casi para ellos solos. Aunque las frías aguas del Océano Pacifico no recomendaban baños muy largos, si podían pasear durante horas por la solitaria playa.

Alejandro y Roxana llevaban cinco años viviendo juntos, aunque no tenían hijos, así es que su rutina de descanso era solo para dos.

Como oscurecía temprano en esa época del año se retiraban también temprano a la cabaña. Después de comer algo, por lo general se sentaban frente al televisor a ver alguna película.

-¿Algo entretenido?; preguntó Alejandro.

-Solo noticias; contestó Roxana. En ese instante el comentarista del noticiero hablaba sobre una serie de extraños suicidios de hombres que simplemente se internaban caminando en el mar, según testigos que los habían visto, o que habían visto sus huellas en la arena. La policía sospechaba que se podía tratar de algún tipo de secta religiosa; aunque en realidad solo había especulaciones, ya que hasta el momento no se había podido recuperar ningún cadáver.

-¿Qué opinas?; preguntó Roxana a su pareja.

-Hummm, debe ser alguna secta religiosa; sabes lo peligrosos y tontos que son los fanáticos; respondió Alejandro.

Alejandro casi no pudo pegar los ojos; al lado suyo, su mujer, fue asaltada por varias pesadillas esa noche. Y despertaba en medio de gritos. Cansado se levantó y fue a la cocina a prepararle un agua de melisa a Roxana, a ver si así podía descansar y de pasada dejarlo descansar a él.

-Por favor tómate esto, tienes los nervios de punta mujer; la sentó en la cama y le ofreció el sedante. -¿Qué has estado soñando que es tan terrible?; le preguntó.

-Una tonta pesadilla, o varias pero parecidas; contestó Roxana. Soñé que te ahogabas, supongo que es por la noticia de los suicidios.

-Tranquila, solo fue un sueño, relájate; la calmó Alejandro.
La noche siguiente fue él quien entró en el mundo de los sueños. Caminaba por la playa; la luna se alzaba reflejándose en la superficie del mar y alumbraba la arena. Sentada en una roca una mujer de edad mediana, pero muy bella; cabellera vaporosa y vestido ceñido por la brisa, ojos entre azul y verde como gotas de mar. Alejandro se acercó atraído hacia ella. Caminan tomados de la mano, el agua moja los pies descalzos de ambos; la luna le da un aire extraño a la mujer, como cristalino. Ella se detiene mirando hacia mar adentro y camina. El agua roza sus rodillas; Alejandro va con ella. Las olas juegan con sus muslos; Alejandro va con ella. El agua roza su cuello; Alejandro se inquieta pero va con ella. El mar inmenso los cubre; Alejandro va con ella, el rostro envuelto por una capa de aire. Se acercan a una construcción oscura; las criaturas del mar se alejan de ella; Alejandro siente miedo, mucho miedo, la sangre se hiela en sus venas, tiene miedo. Agitado despierta en medio de gritos, Roxana lo abraza hasta que se duerme nuevamente.

-Tuviste una pesadilla anoche. ¿Qué soñaste?; pregunta Roxana.

-No me acuerdo de haber soñado; responde Alejandro.

-Gritabas, estabas muy asustado; contestó ella.

-No recuerdo; dijo él sinceramente.

La noche siguiente Alejandro vuelve al sueño. La construcción tiene un color mezclado entre gris y verde oscuro musgoso. El miedo se apodera de Alejandro; la mujer va con él, el miedo crece, la mujer lo arrastra hacia la construcción; él se resiste, pero no puede oponerse, lo arrastra, lo arrastra. El miedo se ha convertido en pánico. Alejandro despierta en medio de gritos. Roxana lo abraza y se duerme. Alejandro no recuerda nada en la mañana.

Las pesadillas se han vuelto recurrentes. Siempre las mismas; Alejandro muestra signos de cansancio, Roxana está preocupada.

En la noche el sueño avanza un poco más. Criaturas con cola en vez de piernas; sirenas de la mitología, pero no son hermosas mujeres mitad pez; seres con afilados dientes, escamas viscosas, manos membranosas, agallas en el cuello; lo capturan, lo arrastran al interior de la construcción; la mujer, hermosa, de cabellos vaporosos, de largas piernas va con él. Ya no es amiga; ella ordena; ella grita; ella amenaza a las criaturas; estas le temen, le temen y obedecen sumisas. Alejandro despierta gritando, esta vez recuerda; recuerda y cuenta la pesadilla a Roxana.

Roxana está intranquila; su instinto de policía está diciéndole cuidado. Pide favores y cobra favores; consigue los nombres de los parientes más cercanos a las víctimas de suicidios en el litoral. Tal vez esté equivocada, tal vez se esté dejando llevar por su imaginación, pero su instinto está muy acelerado; hay una relación, ¿pero cuál?

Pudo entrevistar a algunos parientes de algunas víctimas y al fin encontró un punto en común en los casos; pero lo que descubrió no le gusto y por el contrario la inquietó más; todas las víctimas, antes de haber cortado su existencia, sufrieron períodos de intensas pesadillas, que en ningún caso podían recordar, excepto la última. Todos soñaban con una mujer que los llevaba al fondo del mar.

Roxana empezó a asustarse, Alejandro recordó la última pesadilla, al igual que las víctimas. Podía ser el punto en común, o podía ser solo coincidencia, pero su experiencia le había enseñado a no descartar ninguna pista, por muy vaga que esta fuera. Por las dudas, mientras Alejandro dormía, Roxana le esposó las dos manos a la cama y se durmió, pensando en cuál sería su siguiente paso. Tres horas después, se despertó al sentir que la puerta de calle se habría. Al mirar a su lado, con estupor se percató que ambas esposas estaban abiertas y estaba sola en la cama. En forma casi instintiva, en forma casi refleja, tomó la pistola y la linterna que guardaba en el cajón del velador y salió corriendo hacia la playa, mientras colgaba al cuello la insignia que la identificaba como oficial de policía, maniobra tantas veces repetida, que ya se había vuelto automática en ella.

No tardó mucho en dar con el rastro de huellas en la arena; las siguió y la condujeron hasta el borde mar, donde las olas ya las borraban. Buscó con la linterna por si encontraba alguna pista; cuando ya había perdido las esperanzas, un rayo de luz golpeó contra un objeto brillante que atrajo su atención. Una pulsera, una pulsera de mujer de curiosos diseños. Con un lápiz la tomó y la puso dentro de una bolsa plástica que selló enseguida.

Mientras conducía su automóvil, relataba por celular a su jefe lo ocurrido, camino al cuartel regional de la policía. No descartaba la posibilidad del suicidio, pero también cabía que se tratase de secuestros y quería encargarse del caso. Su jefe la autorizó, aunque iba en contra de todo procedimiento, pero sabía que de todas formas Roxana se involucraría; y así, al menos podría tenerla controlada y bajo vigilancia. A veces lamentaba que su mejor comisario fuera hija de un prefecto de la Brigada Contra El Crimen Organizado, claro que a ella lo que menos le gustaba es que se mencionase ese hecho.

Cuando Roxana llegó al cuartel regional, se dirigió directamente a la unidad de criminalística, para que analizaran la pulsera. Después de un par de largas horas, el oficial a cargo, un tipo con más títulos universitarios que botones en su uniforme se veía confundido. -¿Comisario López de dónde sacó esa pulsera?; preguntó el oficial.

-La encontré en una playa, es la única pista en un posible caso de múltiples secuestros; contestó Roxana. -¿Qué me puede decir de ella?

-Puedo decirle lo que no es; habló enigmático el profesional. -Esa pulsera está hecha de un metal que nunca había visto y no creo que alguien más lo haya visto.

-No entiendo. ¿A qué se refiere?; preguntó Roxana.

-El material del que hicieron esa pulsera no pertenece a la Tabla Periódica de Elementos; concluyó el oficial, como no queriendo decir lo que acababa de decir.

-Mire Doctor, he tenido una noche muy difícil y no estoy de humor para bromas; explotó Roxana.

Por la cara extremadamente seria y dura del oficial, Roxana comprendió que no bromeaba en lo más mínimo. -Lo siento mucho mi comandante, no fue mi intensión faltarle el respeto, ni dudar de su capacidad profesional, pero este es un caso muy delicado; se disculpó ella.

-Está bien comisario, acepto su disculpa y no la sancionaré, porque la verdad, es que yo estoy tanto o más confundido que usted; confesó el oficial, indicando con un gesto la pared tapizada de diplomas universitarios.

-¿Entonces qué podemos concluir?; preguntó Roxana.

-Existen tres posibilidades, pero ninguna me gusta; contestó el oficial. -Primero, que sea un elemento natural de este planeta, pero aún no descubierto. Segundo, que sea un elemento creado artificialmente. Tercero que sea un elemento de origen extraterrestre.

-La tercera no me convence mucho. ¿Qué hay de las alternativas uno y dos?; pregunto la policía.

-Según mi experiencia, son igual de probables que la tercera. Además jamás había visto una manufactura tan perfecta. No encontré marcas de herramientas, ni signos de fundición. La verdad es que estoy confundido; reconoció el especialista.

-Hagamos un trato comandante, si usted guarda todo esto en secreto hasta resolver el caso, le prometo, que si puedo le regalaré la pulsera, para que se gane uno o dos Premios Nobel; sugirió Roxana.

-Trato hecho, además no tenía ninguna gana de llenar un informe que hablara de marcianitos y platillos voladores; aceptó el oficial.

Alejandro recuperó poco a poco la consciencia; en un principio creyó que soñaba, pero no, realmente estaba bajo el agua. No lo entendía, pero estaba respirando aire; era, por lo que notó, gracias a una especie de burbuja que le cubría la cara. Sus manos no se movieron bajo sus órdenes, estaban sujetas a su espalda por frías esposas. Fuera de la celda extrañas criaturas hacían guardia; cola en lugar de piernas, manos membranosas, escamas viscosas, agallas en el cuello y filosos dientes. La maldita pesadilla se había retirado del mundo de los sueños y ocupaba ahora la realidad. La mujer de la playa, hermosa y vaporosa, nadó hacia la celda, en su cintura llevaba una especie de bastón.

-Ven conmigo esclavo; dijo a Alejandro.
-¡Yo no soy esclavo!; gruñó Alejandro.

Ella nada dijo, solo apuntó su bastón a él. Dolor intenso como una onda recorrió todo su cuerpo; de rodillas en el suelo Alejandro comprendió que no era conveniente discutir, al menos no aún…

La mujer lo condujo ante una puerta grande, se diría que hasta ridículamente grande; con movimiento lento y pesado se abrió, dando paso a una gran galería con aire, llena de celdas en sus costados. Celdas con prisioneros resignados a un destino incierto. Al final del pasillo otra puerta, fría y siniestra. Un ascensor, sube, sube y sigue subiendo. Una isla; una mina; trabajadores; esclavos, son esclavos; son los supuestos suicidas, los ahogados en el litoral.

Los esclavos sacan mineral bajo la mirada de guardias armados, hombres y mujeres con bastones en la mano. Hombres y mujeres respirando en cascos con líquido. Hombres y mujeres idénticos en apariencia a cualquier hombre o a cualquier mujer; hombres y mujeres que no pueden respirar aire; hombres y mujeres adaptados para respirar bajo el agua solamente.

Alejandro definitivamente no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Una situación de ciencia ficción. Una condición de explotación y humillación insoportable. El trabajo sin descanso era demasiado duro. ¿Cuántos días han pasado?, no lo sabe; es fácil perder la noción del tiempo. La fuerza disminuye, el agotamiento aumenta. En su celda bajo el agua ya ni siquiera se pasea como gato encerrado, como en los primeros días. Alejandro demasiado débil se tambalea y pierde el equilibrio; su centinela se apresura a sostenerlo. Algo le habla pero no entiende nada; esa especie de sirena intenta decirle algo; al parecer es una hembra y en su mirada se percibe lástima por los humanos. Algo quiere decirle, pero llega una mujer y la golpea con su bastón; un grito de dolor intenso sale de su garganta y escapa nadando. La mujer lo mira con desprecio y se aleja.

Al tomar a Alejandro de las manos, la sirena puso algo en ellas; cuando estaba solo las abrió y vio que se trataba de un alga. En un dedo faltaba su anillo; la sirena debió haberlo tomado al retirar sus manos de las de él. ¿El alga qué haría?; la miraba y dudaba si comerla o no; podía ser venenosa, o podía romperse la burbuja de aire que le cubría la cara. Cualquiera de las dos posibilidades era peligrosa, pero si no corría riesgos no veía un futuro muy prometedor para él en ese lugar. Despacio, con cuidado, acercó el alga a la boca; más cerca, más cerca; al fin la tocó y presionó un poco; la burbuja no se rompía; siguió empujando, el alga atravesó la capa de aire sin romperla. El alga llegó a su boca; la masticó; la tragó. El efecto fue inmediato; el dolor cesó, el cansancio desapareció, la fuerza volvió. La sirena le había ayudado, pero por eso fue castigada.

La sirena nadó y se alejó lo más que pudo de la siniestra construcción. Subió a la superficie y sigilosamente se acercó a la orilla. Era peligroso, pero sabía que alguien buscaba a uno de los humanos prisioneros. Se trataba de una hembra, similar a las que la habían castigado tantas veces. ¿De dónde vinieron?, no lo sabía. ¿Cuándo llegaron?, lo ignoraba; cuando ella nació ya estaban en el mar. Pero en la superficie las cosas no eran tan distintas; los humanos también eran crueles, lo sabía. Pero los humanos no eran sus enemigos; los machos y hembras que respiraban en el mar, si eran sus enemigos y debía servirlos solo por el poder de sus bastones. Si tan solo no los tuvieran, pensaba.

Todas las noches veía que la hembra humana buscaba en el mar a su compañero. Esta noche se aproximaría; esta noche tenía algo para ella y abriendo una de sus manos membranosas miró el anillo de Alejandro.

Ahí estaba la humana caminando por la playa. Cuando pasó cerca la sirena saltó sobre una roca. Instintivamente Roxana desenfundó su pistola y le apuntó; al verla, la sirena miró la lanza que aun llevaba, abrió su mano y la dejó caer. La policía sabía lo que eso significaba y guardó lentamente el arma en el cinturón.

¿Quién era esa criatura?, ¿qué era esa criatura? No lo sabía. La sirena extendió su mano y Roxana vio el anillo que en ella había. La criatura hizo un gesto con la cabeza indicándole que lo tomara. Era de Alejandro; una sonrisa se dibujó en el triste rostro de la humana, también en el de la sirena. Roxana comprendió que Alejandro estaba vivo; había una esperanza de recuperarlo, pero necesitaba datos; Roxana necesitaba más información. ¿Cómo comunicarse?, eran tan distintas; el cerebro de los humanos era tan lento, tan mecánico.

La sirena de pronto abandonó la roca y volvió al agua. -Espera; gritó Roxana. Con una ola que rompió, la sirena se sentó en la orilla. Después de pensar un rato empezó a dibujar en la arena; dibujó la torre y dibujó las celdas con humanos dentro; dibujó sirenas machos y hembras con lanzas fuera de las celdas; dibujó mujeres y hombres con armas amenazando a los humanos y a las sirenas. Dibujó la isla y la mina. Dibujó a los humanos esclavizados y a los captores con cascos llenos de líquido.

Roxana comprendió; pero también se dio cuenta de que la estaban tratando como a una niña.

-¿Cuántos son?; preguntó mostrando sus dedos al contar.

La sirena empezó a hacer rayas bajo cada figura. Veinte humanos, cien sirenas y quince humanoides acuáticos. Solo quince; Roxana meditó, debían ser muy fuertes o sus armas muy convincentes. Ahora faltaba averiguar lo más importante, ¿dónde estaban prisioneros?

-Si tan solo me pudieras mostrar el lugar; dijo Roxana. En eso recordó que poco antes de salir de vacaciones, cargo una versión móvil de mapas del fondo marino en su celular, solo por curiosidad, sin ningún fin; parece que ahora podría serle útil. Despacio sacó su móvil; buscó distintos mapas y los fue mostrando a la sirena; esta los miraba con atención y movía la cabeza en forma negativa; varios mapas, pero nada; finalmente la sirena recorrió con su mano uno de los mapas y apuntó con un dedo en la pantalla. Al fin Roxana tenía una ubicación; la aplicación le indicó las coordenadas. Al momento de sacar el celular, la policía encendió la cámara frontal del teléfono; la sirena había quedado grabada en un video mientras revisaba los mapas.
-Muchas gracias; dijo Roxana a la sirena, mientras tomaba sus manos y depositaba en ellas el medallón que Alejandro le había regalado. La criatura sonrió y volvió al agua, desapareciendo en ella.

-¿Y ahora qué hago?, eso está en alta mar; meditó Roxana.

-¡Papá!, hola; necesito tu ayuda, es urgente que hablemos; se comunicó Roxana con su padre el Prefecto López. -Por teléfono no puedo darte ningún detalle, es algo extremadamente delicado. Veámonos en el restaurante de siempre a las seis; te esperare. Chao y gracias.

En una mesa reservada de un lujoso restaurante, Roxana espera a su padre. El alto oficial llegó al poco rato.

-Hola cielo. ¿Qué ocurre hija? ¿Por qué tanto misterio?; preguntó él.

Con voz muy baja Roxana trata de explicarle la situación a su padre. -Estoy a cargo de la investigación de los suicidios en el litoral central. Una de las víctimas aparentemente es Alejandro; el oficial se sorprendió y tomó las manos de su hija, en un típico gesto de él para infundirle valor. -Sin embargo; prosiguió ella, hay antecedentes que indican que él y los demás desaparecidos han sido secuestrados y se encuentran cautivos como esclavos.

-¡Esclavos!; exclamó el Prefecto López.

-Según parece están extrayendo un metal desconocido, según el jefe de criminalística del cuartel regional de la policía. Según indicó, las propiedades físicas y químicas superan al titanio, al diamante y al oro combinados. La noche que desapareció Alejandro encontré esto en la playa y la llevé a criminalística para que la analizaran; el especialista de la unidad no daba crédito a lo que descubrió; Roxana le pasó la bolsa con la pulsera.

-¿Quién es el especialista que hizo el análisis?; preguntó el prefecto.

-El Doctor Rolando Faundez; contestó Roxana.

-¡Rolando Faundez!, vaya; exclamó el prefecto. -Él es uno de los grandes misterios de la policía; un científico de su nivel que se dedica a la investigación policial.

-Según un informante muy especial, las víctimas están en una isla en alta mar, cautivos en una prisión submarina. Tengo las coordenadas, el número de víctimas, el número de guardias, que también son esclavos y el número de los perpetradores. No quisiera imaginarme qué pasaría si ese metal cae en malas manos papá; concluyó Roxana.

-¿Tu informante estaría dispuesto a atestiguar?; preguntó el Prefecto López.

Había llegado la parte más difícil de explicar.

-La verdad es que es algo especial, digamos que no es algo común; contestó evasivamente Roxana.

-Sin rodeos comisario; ordenó el prefecto.

-Está bien Señor; contestó la policía, al momento que mostraba el video a su padre.

-¿Qué es esto hija?; preguntó confundido.

-Mi informante; contestó Roxana. -No es broma, ni estoy loca; yo misma gravé ese video, toqué y me comuniqué con esa criatura. Según me informó, hay veinte prisioneros, cien centinelas como ella, también prisioneros y quince perpetradores. Los prisioneros están recluidos en una instalación submarina, vigilada por esas especies de sirenas; la prisión está conectada con la isla mediante un ascensor. Los perpetradores vigilan a los prisioneros protegidos con cascos, ya que aunque en apariencia son como nosotros, pueden respirar solo bajo el agua. Los secuestradores están provistos por lo que parece ser algún tipo de arma electrónica que neutraliza con un golpe de intenso dolor. Para ellos tiene una importancia primordial la extracción de ese metal.

El oficial escuchaba en silencio. Su hija se había acercado a él como policía y no como su pariente, así es que sabía que ella no bromeaba; al fin y al cabo él mismo la había entrenado y educado.

-Si lo que me dijiste es verdad, si ese metal cae en malas manos, pondría en peligro la seguridad nacional. ¿Quién más sabe de todo esto?; preguntó.

-Solo tú y el Doctor Faundez; contestó Roxana.

-¿Sabe también de las sirenas?; consultó.

-No, eso no lo sabe; contestó Roxana.

-No necesita saberlo; ordenó el prefecto. -Ahora quiero que vayamos a ver al doctor.

Como de costumbre, el Prefecto López empezaba a compartimentalizar la información; parecía más un espía que un policía y eso inquietaba a Roxana.

Unas cuantas horas después, padre e hija ingresaban a uno de los cuarteles regionales de la policía y se dirigían al laboratorio del Doctor Faundez.

-Prefecto López, comisario. ¿A qué se debe el honor de su visita?; saludó el analista.

-Comandante; saludó respetuosa Roxana ante el oficial superior.

-Doctor Faundez. ¿Usted analizó una evidencia metálica que le trajo la comisario?; interrogó el prefecto.

-Así es prefecto. La comisario solicitó máximo secreto al respecto; contestó el especialista.

-Actuó apropiadamente comandante; asintió el alto oficial. -Si su primera impresión es correcta, el mal uso de ese metal podría comprometer seriamente la seguridad nacional.

-Coincido con usted prefecto. La resistencia a altas presiones de dicho metal supera la del titanio; su dureza es mayor que la del diamante; su incapacidad para reaccionar con otros elementos, lo vuelve totalmente incorruptible y su estructura cristalina impide que pueda ser roto o penetrado. Una coraza creada con él sería indestructible y un proyectil podría romper cualquier blindaje; informo el comandante de criminalística.

-Comandante Faundez, por favor prepare un informe lo más detallado posible de esta sustancia, incluyendo sus apreciaciones en lo que a potencial defensivo y ofensivo se refiere. Las máximas autoridades deben ser puestas al tanto, para que tomen las medidas pertinentes; además quisiera que usted, con sus propias palabras explique a las autoridades sobre su descubrimiento; solicitó el prefecto.

Unas horas después un auto junto a dos escoltas sin marca salían del cuartel policial; en su interior iban el Prefecto López, la Comisario López y el Comandante Faundez, llevando el informe y la pulsera en un estuche sellado.

Cuando ya estaban en la capital, a unas cuadras del centro se les acercaron dos automóviles con los vidrios polarizados; al observarlos, Roxana advirtió a su padre. -Esos autos nos siguen.

-Tranquila, nos escoltarán desde este lugar a nuestro destino; explicó él.

-¿Vamos al cuartel general?; preguntó Roxana.

-¡No!, vamos a reunirnos con el Director de la Agencia Nacional de Inteligencia; explicó el prefecto.

-Pero por aquí no vamos a la oficina de Calle Tenderini; observó Roxana.

-Esa es solo para la televisión, vamos a la otra; dijo su padre.

Los vehículos entraron a un paso bajo nivel y se enfilaron hacia una bifurcación cerrada por una valla de trabajo. Roxana pensó que se estrellarían, pero no fue así, ya que la valla se desplazó al aproximarse el primer auto.

Los tres automóviles se detuvieron en una zona cuadrada sin ninguna marca o señal; Roxana estaba confundida. En eso el piso empezó a bajar. Estaban sobre un gran montacargas que los llevó varios pisos bajo tierra. Aparentemente el trabajo de su padre tenía ramificaciones que ella no sospechaba.

Cuando el ascensor se detuvo descendieron del auto y una puerta se abrió. Tras ella cuatro guardias armados los esperaban; después de verificar sus identificaciones, uno de ellos dijo escuetamente: -El Director los espera, síganme. Tras recorrer un largo pasillo, llegaron a una puerta metálica que se abrió y los guardias se retiraron. Después de las presentaciones de rigor, el Prefecto López pidió al Doctor Faundez que relatara su descubrimiento al Director de la Agencia Nacional de Inteligencia.

-Hemos descubierto que se está extrayendo en forma clandestina un metal con características muy especiales. Sus implicaciones tácticas superan todos los materiales conocidos actualmente. Puede resistir cualquier tipo de impacto y perforar cualquier sustancia. En este informe puede ver todos los detalles técnicos al respecto; explicó el científico.

-Si ese metal cae en las manos de nuestros vecinos, nuestra soberanía podría verse seriamente comprometida. Si cubrieran sus vehículos y naves con él o fabricasen proyectiles, nuestras fuerzas armadas no podrían parar su avance; opinó el Prefecto López, que ahora hablaba como un estratega militar más que como un policía.

-Comprendo; dijo simplemente el Director. -Doctor Faundez, en nombre de la Nación debo darle las gracias por su gran aporte; desde aquí nos encargaremos nosotros.

El Doctor Faundez comprendió que su presencia ya no era requerida. -Gracias señor Director. Si usted me disculpa, pero la labor policiaca no se detiene y se requiere mi presencia en mi cuartel.

-Comprendo Comandante; puede retirarse. Una escolta lo llevará hasta donde usted desee. Entenderá que la discreción en este caso es de seguridad nacional, lo mismo que la existencia y ubicación de estas dependencias; advirtió solapadamente el Director.

-No se preocupe señor Director, se guardar secretos; respondió el Comandante Faundez.

Una escolta condujo al comandante al cuartel regional de la policía. Cuando encendió su computador, se percató de que todos los datos e informe relacionados con el extraño metal habían sido borrados. Bajo el teclado encontró un papelito que decía “Prefecto López”. -Adiós Premio Nobel; comentó el científico que se encogió de hombros y se puso su bata de trabajo.

En el cuartel de la ANI, los policías siguen reunidos con el Director de inteligencia.

-Tenemos las coordenadas y datos estratégicos de la operación clandestina de extracción; dijo el Prefecto López, mirando a su hija para que explicara.

-La extracción es en una isla en alta mar; veinte prisioneros la realizan bajo el control de quince elementos hostiles armados; los prisioneros son alojados en una instalación submarina, vigilada por cien guardias, también cautivos; las celdas están conectadas con la isla a través de un ascensor; informó Roxana.

-El viaje ha sido largo hasta aquí, supongo que deseará comer algo señorita. Un guardia la acompañará a la cafetería; le ofreció el Director.

Cuando quedaron solos el policía se paseó preocupado. -Tenemos otro problema Director; mientras le mostraba el video grabado por Roxana. -Esa es la informante de mi hija y uno de los cien guardias submarinos; indicó el policía.

-¿Quién más lo sabe?; preguntó el Director, mientras borraba el video.

-Solo mi hija; respondió el Prefecto.

-Ella no debería saber la existencia de las sirenas; comentó el director de inteligencia. Tenemos dos alternativas Prefecto, usted lo sabe.

-Mi hija es totalmente confiable y discreta. Puedo responder por ella Director; habló el policía.

-Por eso le dije que hay dos alternativas; si no fuera su hija simplemente la haríamos desaparecer. La opción que le ofrezco es reclutarla en nuestras filas; respondió el Director.

-Que pase; dijo el Director por citófono. Un guardia hizo entrar nuevamente a Roxana a la oficina de Director.

-Comisario López, su padre me ha informado que su discreción al manejar la información referente a este caso y a todas sus ramificaciones; así como su desempeño en la policía, la harían un valioso elemento en la seguridad de la Nación. Le haré un ofrecimiento que le recomiendo aceptar; es un nuevo trabajo; dijo el Director a Roxana.

-Ya tengo un trabajo como policía; respondió Roxana.

-Y puedes seguir desempeñándolo; dijo su padre. -Lo que se te ofrece es ingresar a la Agencia Nacional de Inteligencia.

-¿Cómo tú papá?; preguntó Roxana.

-Su padre es un miembro de muy alto rango en la agencia; confesó el Director.

Roxana vio su teléfono sobre el escritorio y comprendió que había tenido acceso a secretos que algunas personas preferían mantener así. Entendió que se hallaba entre espías y que lo que le ofrecían no estaba en discusión; la alternativa podía ser muy perjudicial para su salud y aceptar parecía ser la única forma de salvar a Alejandro. Respiró hondo y al fin aceptó.

-La felicito, bienvenida a la Agencia Nacional de Inteligencia; le estrechó la mano el Director.

-Por como mira su teléfono, supongo que se preguntará desde cuando sabemos de la existencia de las sirenas. La verdad es que desde hace varios años. Logramos un acuerdo con su especie; ellas nos ayudan a vigilar nuestra soberanía bajo el agua y nosotros no interferimos con su forma de vida, ni su sociedad. Hace unos años nos percatamos de la desaparición de varias de ellas, pero no le dimos mayor importancia; ahora sabemos, gracias a usted, que habían sido tomadas prisioneras, por los mismos que secuestraron a nuestros compatriotas; se explayó el Director.

-La alianza con esa especie es estratégica para la seguridad de nuestro país; así es que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para rescatar ilesas a todas las sirenas y a nuestros compatriotas también comisario; dijo el Director.

-Desde ahora el alto mando se encargará de todo. Recuerden que esto es un secreto de máximo nivel. Pueden retirarse; terminó el Director, dirigiéndose al Prefecto López y a su hija.

Alejandro se alegró de ver a la sirena que lo había ayudado. Cuando no había nadie cerca, ella se acercó y tomando las manos de él, depositó en ellas el medallón de Roxana. Primero la sorpresa, después la alegría se apoderaron de la mente del hombre; la sirena se estaba arriesgando mucho por él y él lo agradecía enormemente. La criatura volvió a su puesto de guardia justo a tiempo para no ser vista por un hombre acuático que se acercaba.

El Director de la ANI citó a una reunión urgente a los personeros más importantes y necesarios para enfrentar la delicada situación. En tres automóviles separados llegaron los implicados. Francotiradores estaban apostados en todos los edificios aledaños. La seguridad era extrema; ya que había convocado al Almirante en Jefe de la Armada, al Almirante Comandante de la Flota, al Ministro de Defensa y en forma extraordinaria a Su Excelencia El Presidente de La República. Cuando todas las altas autoridades estaban reunidas junto a él, el Director de la ANI ordenó sellar el salón hasta nueva orden.

-Señor Presidente, Señor Ministro, Señores Almirantes; los he citado en forma urgente y extraordinaria porque nuestros agentes han descubierto una situación que afecta directamente a la seguridad nacional y pone en riesgo nuestra soberanía y nuestras alianzas estratégicas. Frente a ustedes tienen informes detallados.
Después de leerlos, el primero que habló fue el Ministro de Defensa. -¿Pretende burlarse de nosotros y de Su Excelencia El Presidente de La República, señor Director?

-Señor Ministro, lo que menos hace la Agencia Nacional de Inteligencia es jugar bromas. Cada uno de los antecedentes que ahí se menciona son ciento por ciento reales; gruñó el Director.

-Pero sirenas, es imposible; seguía sin dar crédito el Ministro de Defensa.

-Las sirenas son nuestros aliados estratégicos a los que se refiere el señor Director; aclaró el Almirante en Jefe.

-De hecho fui yo quién ordenó el establecimiento de dicha alianza en mi anterior período presidencial; confesó el Presidente de La República.

-La información que disponemos indica que hay cien sirenas y veinte humanos cautivos de quince humanoides acuáticos; los cuales los obligan a extraer un metal que si cae en manos enemigas, nuestra capital tendría que ser trasladada hasta la Antártica, porque perderíamos todo el territorio nacional. A las sirenas las obligan a vigilar a los humanos en una prisión submarina. La vigilancia en tierra la realizan los quince humanoides hostiles; los cuales deben llevar cascos fuera del agua, ya que no pueden respirar aire; eso les hace fáciles de identificar. Los hostiles están armados con bastones que lanzan un pulso que provoca un intenso dolor, inutilizando a su víctima; no sabemos si además tengan efecto letal, pero debemos suponer que sí.

-Nuestra primera prioridad es detener la extracción del metal; opinó el Ministro de Defensa.

-Debemos, en lo posible, liberar a todos los prisioneros; dijo el Almirante en Jefe. -Si permitimos que sirenas mueran en nuestras aguas territoriales, nuestra alianza con ellas se podría ver afectada.

-Tampoco debemos olvidarnos de nuestros compatriotas; comentó el Presidente de La República.

-Se requiere una acción coordinada en superficie y profundidades para asegurar el éxito de la misión; opinó el Almirante en Jefe de la Armada.

-Uno de los Scorpene puede encargarse de las acciones submarinas; mientras que una fragata de clase 23 es apropiada para un ataque de superficie rápido y preciso; y una unidad de desembarco y asalto se encargará del rescate de los rehenes en la isla; en cuanto a las sirenas, podemos ponerlas sobre aviso en la forma habitual, para que evacuen la zona cero antes del ataque; planteó el comandante de la flota.
-Muy bien Almirante; desde este momento usted queda al mando de las operaciones de rescate y neutralización, teniendo carta blanca; dijo el Presidente al comandante de la flota.

-Muy bien Su Excelencia; yo mismo asumiré el mando de la fragata, para poder coordinar en terreno las operaciones; respondió el aludido.

En una noche cercana desde un bote tiran al agua una bolsa plástica con una baliza señalizadora; en su interior escrito en una tela plástica un mensaje en un extraño idioma. A los pocos minutos, una mano membranosa se apodera de la bolsa. Las sirenas habían sido informadas de los planes de rescate de los prisioneros. El mensaje corrió de boca en boca hasta que todas las sirenas cautivas fueron puestas sobre aviso. El momento del rescate había sido informado a todas; los humanos atacarían en el momento establecido en forma puntual; todos los prisioneros debían alejarse lo más posible de la construcción enemiga. El ataque era inminente y los humanos no se detendrían; la cuenta atrás ya había comenzado.

Días después, durante una noche oscura sin luna, varias figuras silenciosas, sigilosas llegaban en el agua hasta la orilla de la isla. Una unidad de asalto de la armada tomaba posiciones de combate, en las inmediaciones de la mina de metal. Cargas explosivas fueron colocadas ocultas en el ascensor que comunicaba con la prisión. No se permitiría el regreso a las instalaciones submarinas.

A cincuenta kilómetros de ahí el Almirante en Jefe de la Flota, en el puente de mando de la fragata, ordena cargar las coordenadas de la isla en las computadoras de combate. Inmediatamente, las baterías lanza misiles se apuntan hacia el lugar señalado.

A dos mil quinientos metros de la siniestra prisión submarina un submarino clase Scorpene permanece oculto en modo de navegación silenciosa; su sonar furtivo tiene localizado su objetivo.

Los trabajos de extracción del metal comienzan temprano al amanecer. Los veinte esclavos son llevados por sus captores hacia la mina. El comandante de la unidad de asalto identifica a los quince captores armados de extraños bastones.

Alejandro cansado deja caer por accidente su herramienta; molesto un guardia levanta su bastón para castigar su torpeza. El golpe se demora y nunca llega; las piernas del hombre se doblan y Alejandro lo ve caer silenciosamente con un puñal clavado en la base de la nuca. Una sombra y una mano en su boca le impiden hablar. Frente a él un soldado le indica con un dedo en la boca que guarde silencio y se oculta junto con el cadáver.

El capitán aprieta un botón en su reloj; informando mediante una señal al submarino y a la fragata que el ataque ha comenzado.

Una violenta explosión destruye el acceso al ascensor; la confusión y el desorden se apoderan de todos. Los guardias se ponen en alertas ante el ataque. Una mujer ve a uno de los soldados y apunta hacia él, haciéndolo caer retorciéndose de dolor; ella misma cae a su vez con el pecho atravesado por varios impactos de bala. Tanto soldados, como prisioneros y secuestradores se parapetan detrás de las rocas, para protegerse de los ataques de los otros. Los seres acuáticos cambian la posición de disparo en sus bastones. Trozos de rocas saltan por el aire al ser tocadas por las descargas de las extrañas armas.

Uno de los soldados es alcanzado por una descarga y lanzado fuerte al suelo. El médico corre a revisarlo. -Capitán, está muerto; informa a su jefe.

Los extraños están muy bien resguardados y sus armas son muy poderosas. El capitán toma la decisión más lógica al respecto. -Solicite apoyo a la fragata; ordenó al radioperador. Mientras tanto un soldado marca con un laser la posición exacta de los enemigos. A cincuenta kilómetros de ahí, el Almirante ordena el lanzamiento de un misil Harpoon contra el blanco fijado. A los pocos segundos sobre la isla se divisa un punto que se aproxima rápidamente hacia ella. En medio del fragor de la batalla, solo cuatro hostiles logran percatarse y alcanzan a lanzarse al mar por el acantilado que había a unos cuantos metros del lugar donde estaban.

La enemiga posición revienta en una bola de fuego bajo la explosión del proyectil lanzado por el buque de guerra. Cuerpos destrozados y equipo es lo único que queda luego del impacto de un proyectil conocido como el Asesino del Mar.

Veloces nadan los cuatro extraños sobrevivientes del ataque; les llama la atención el hecho de que no haya ninguna sirena en las cercanías de la base, pero no hay tiempo que perder preocupándose de eso. Lo único que importa ahora es poder llegar a uno de los vehículos de emergencia.

-Fuego torpedos uno y tres, ordenó el capitán del submarino. Dos Black Shark se acercaban silenciosos e imparables contra la base submarina.

Los cuatro fugitivos apresurados encienden los impulsores del submarino de emergencia, justo cuando la siniestra construcción revienta en mil pedazos tras el impacto de los dos torpedos.

-Capitán, un submarino enemigo está escapando señor; informa el operador de sonar.

-Persíganlo, no permitan que escape; ordenó el capitán. -Disparen torpedos dos y cuatro. Implacables como tiburones siguiendo un rastro de sangre, los proyectiles persiguieron y a los pocos minutos parten a la mitad a la nave enemiga.

En la isla los soldados piden transporte para llevar de vuelta a tierra a los recién rescatados prisioneros. En maletines especiales almacenan los bastones y distintos objetos que llevaban los extraños; especial atención prestan al casco y al líquido que contenía. Todo lo cual fue posteriormente transportado a las instalaciones de la ANI.

Tras tres semanas internados en el Hospital Naval, bajo estricto control de agentes de la ANI; las víctimas del secuestro fueron dadas de alta, tras ser sometidas a un completo lavado de cerebro para hacerles olvidar la existencia de las misteriosas sirenas. Todos; excepto a Alejandro, por petición especial del Prefecto López.

Roxana trataba de readaptarse al hecho de haber recuperado a su pareja tras una experiencia que nadie creería si la escuchara o si leyera estas páginas.

-Quiero que conozcas a alguien; dijo la mujer a Alejandro, mientras dirigía su automóvil hacia una bifurcación cerrada por una valla en un paso bajo nivel de la capital.

Mientras tanto, en el mar nada libre una sirena, que lleva gustosa en su cuello el medallón que una vez perteneciera a una humana que conoció poco antes de recuperar su libertad.

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