Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cacería 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.

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