Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Subterráneo 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Subterráneo

El accidente ocurrido la noche anterior en las excavaciones de la nueva estación del metro, era una demora totalmente imprevista en los trabajos. Afortunadamente, a pesar de lo inverosímil y espectacular del suceso, no había resultado lastimado ningún trabajador; claro que sería muy difícil poder recuperar pronto la excavadora, la cual en forma inesperada, después de un sismo de mediana intensidad cayó en un foso de veinte metros de profundidad, por debajo de los diez metros bajo el nivel del suelo donde movía rocas y tierra resultantes del trabajo de perforación del nuevo túnel. El lecho rocoso donde la máquina quedó estacionada pocos minutos antes de la hora de descanso, crujió y se abrió bajo ella sin que nadie pudiese imaginarlo o esperarlo; fue simplemente como si se la hubiese tragado la tierra. Los ingenieros estructurales recriminaban a los geólogos  por no informar apropiadamente de las peculiaridades y características del terreno donde se efectuaría el trabajo. Por su parte los trabajadores se negaban a regresar a la faena.

A pesar de las excusas y explicaciones de la empresa contratista encargada de llevar a cabo las obras, las autoridades del Ministerio de Obras Civiles decidieron suspender los trabajos hasta tener un informe detallado de los geólogos de la Universidad Estatal y de la Asociación de Seguridad del Trabajo.

El doctor Fernández, director del Laboratorio de Estudio de Suelos y Estructuras Geológicas, del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Estatal, consideró que el incidente era algo peculiar, pero no lo suficientemente interesante como para merecer su valiosa atención, así es que decidió que su ayudante, el profesor Huerta, se encargaría del asunto.

-Buenos días, mi nombre es Pablo Huerta y me envió el Ministerio de Obras Civiles para realizar un estudio geológico del terreno y poder evaluar los riesgos reales de los trabajos que se realizan aquí; dijo tras esperar un rato a que la mujer que estaba en el computador dándole la espalda terminase de trabajar.

-Vaya, ¿ya no reconoces a tu ex esposa? Pensé que no habíamos terminado tan mal; respondió Carmen.

-Mmm, no sabía que tú estabas trabajando aquí; comentó Pablo.

-Soy una de las geólogas de la empresa contratista; respondió ella.

-¿Entonces me podrías tratar de explicar qué pasó aquí?; preguntó Pablo a la geóloga.

-Aparentemente hay una fosa que no detectamos, la cual colapsó después del último sismo; respondió ella.

-¿Y nadie la notó antes?; consultó Pablo algo molesto.

-En primer lugar, la excavadora fue estacionada sobre lo que ahora sabemos era una losa de granito de tres metros de grosor, nada hacía suponer que estaba hueco abajo, ya que no corre ningún río subterráneo, ni hay registros volcánicos en esta zona que indicaran la presencia de galerías magmáticas; explicó Carmen.

-¿Y en segundo lugar?; preguntó Pablo.

-En segundo lugar no me merezco que seas tan agresivo conmigo, ni me culpes a mí sin revisar todos los antecedentes; agregó Carmen.

-No te estoy culpando de nada; observó Pablo. -Es solo que me cuesta creer que no lo hayan notado antes.

-Si te encuentras con tres metros de granito macizo bajo tus pies, ¿creerías que estas parado sobre una lámina que se va a romper y te va a tragar?; preguntó ella.

-¿Por qué no usaron un radar de penetración profunda?; preguntó a su vez el geólogo.

-Porque los antecedentes geológicos de esta zona no lo indicaban necesario, de hecho la presencia de esa grieta es anómala; respondió la geóloga.

-¿Se habrá abierto con el terremoto de 2010?; preguntó Pablo más para sí que para su colega y ex esposa.

-En realidad me siento algo culpable. Si esto hubiese pasado cuando la estación estuviera operativa y en uso a plena capacidad habrían muerto cientos de personas; opinó Carmen cabizbaja.

-Sé que eres muy metódica y cuidadosa en tu trabajo y si tú no lo viste nadie habría podido hacerlo; alentó Pablo a Carmen.

-Gracias; respondió simplemente ella.

-Esta vez sugiero que utilicemos el radar de penetración profunda en toda el área y no solo en el sector que rodea a la estación; sugirió Carmen más animada.

-Esa es mi chica; apoyó Pablo, como hacía cuando trabajaban juntos hace años.

Una densa e incómoda atmósfera se formó  entre ambos.

-¿Y el viejo no considera este asunto digno de él que te mandó a ti?; preguntó Carmen para romper la tensión.

-Digamos que al profesor Fernández ya no le entusiasma mucho el trabajo de campo; comentó Pablo.

-Pero a papá siempre le ha gustado; observó Carmen.

-Desde que renunciaste al laboratorio se ha encerrado prácticamente; agregó el geólogo.

-Fue una decisión difícil. Si seguía apegada a él nunca podría surgir como persona y como profesional; contestó Carmen.

-¿Y eso implicaba alejarte de mí también?; preguntó Pablo.

-Yo quería trabajar por mi cuenta, fuera de la universidad; tú no pudiste aceptar eso. Te dejaste influenciar tanto por mi padre que incluso llegaste a acusarme de traición y otras idioteces que no viene al caso  recordar. Al fin buscabas cualquier excusa para discutir y nuestra convivencia pacífica se hacía cada día más complicada; continuó Carmen con el rostro enrojecido.

-Reconozco que fui un idiota, pero comprende que a tu papá lo veía como el máximo exponente de sabiduría del mundo; respondió Pablo.

-Ese es el problema principal. Lo preferiste a él y no a tu esposa; comentó Carmen con rabia.

-Bueno, no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Mejor concentrémonos en el trabajo; aconsejó Pablo.

-El radar de penetración está montado en una camioneta, pensaba usarlo cuando llegaste; avisó Carmen.

A pesar de que hace años que su relación había terminado, Pablo era consciente de la capacidad profesional de ella.

Al moverse por las calles de los alrededores de las excavaciones el dispositivo de radar escudriñaba en busca de más grietas que pudiesen poner en peligro los trabajos. Sin embargo, lo que mostró el plano generado por la computadora a partir de los datos recopilados, no era lo que esperaban los geólogos ver.

-¿Qué es esto?; preguntó Carmen al ver la imagen en la pantalla.

-Parece una red de galerías; observó Pablo.

-Eso parece, pero no sabía que existieran; comentó Carmen.

-¿Serán de la época de la colonia?; preguntó el geólogo.

-¿A cien metros de profundidad y a través de granito?, lo dudo mucho. Deben ser de origen natural; opinó ella.

-Pero no existen antecedentes al respecto; observó Pablo.

-Claro que sí, pero nadie les dio mayor importancia; insistió Carmen.

-¿Te refieres al Santa Lucia?; preguntó él.

-Precisamente, recuerda que es de origen volcánico; recordó ella.

-Esto sí que le llamaría la atención al profesor; opinó Pablo.

-¿Y que se quede con toda la gloria del descubrimiento?, olvídalo, este hallazgo es nuestro; observó Carmen.

-Tienes razón, hagamos historia; asintió Pablo. -¿Tienes suficiente cable y lámparas?

-Suficiente para unos cuantos kilómetros; respondió ella.

Provistos del equipo apropiado, ambos geólogos se dispusieron a descender desde el punto hasta donde había caído la excavadora.

Al despejar un poco el terreno, ante ellos se abrió la entrada de una galería que se internaba bajo tierra.

-Ponte la mascarilla; sugirió Pablo a Carmen. -Dudo mucho que el aire sea suficientemente puro para respirar bien.

Después de avanzar por un túnel con una suave pendiente llegaron a una bifurcación que se abría en dos galerías. El altímetro indicaba que se encontraban a cien metros bajo el nivel de la calle.

-Hay algo que no me cuadra; comentó Pablo.

-Sí, ya lo noté; asintió Carmen. -Este túnel se ve demasiado derecho y la pendiente que bajamos era matemáticamente constante.

-Como si fuese artificial; opinó Pablo.

-¿Pero quién podría perforar túneles en el granito?; objetó Carmen. -Ya  sabes lo que costó construir el túnel bajo el San Cristóbal;  imagina el tremendo trabajo de ingeniería que esto significaría si alguien lo hubiese construido.

-Creo que tienes razón; aceptó él luego de meditar un rato.

-Tal vez no del todo; corrigió Carmen, alumbrando con su linterna un extraño símbolo grabado en una de las paredes de roca.

-¿Qué es eso?; preguntó Pablo.

-No tengo ni idea, nunca había visto este signo antes; contestó ella.

Despacio ambos siguieron avanzando por la galería, alumbrando el piso y las paredes. La oscuridad era menos profunda de lo que se esperaba, pero de igual forma era necesario el uso de linternas.

-Mira; dijo Pablo alumbrando una gran cantidad de símbolos en lo que parecía ser una especie de escritura.

-Parecen runas; observó Carmen.

-¿Pero quién pudo haberlas escrito?; preguntó él.

-No lo sé; respondió ella.

La luz de la lámpara de Carmen comenzó a disminuir en intensidad.

-Es mejor que volvamos; sugirió Pablo. -Las linternas se van a apagar pronto.

-Primero déjame sacar unas fotos a estos símbolos; pidió ella.

-¡Esto es increíble!; exclamó Pablo.

-Y que lo digas; coincidió Carmen.

-¿Reconoces algunos de estos símbolos?; preguntó el geólogo.

-Ninguno; respondió ella. -Pero se asemejan a las runas nórdicas.

-Sí, a mí me dio la misma impresión; opinó Pablo.

-Creo que esto es más grande de lo que pensaba al principio; comentó Carmen.

-Propongo que consultemos con un amigo que es profesor de la Facultad de Arqueología; sugirió Pablo. -Es bastante bueno en su campo y además es muy discreto.

-No entiendo Pablo, si estas galerías no son de origen natural, ¿quién las construyó?; preguntó Carmen. -Y lo más extraño, ¿dónde están los escombros o restos de tamaña construcción?

-Es posible que esto esté aquí desde hace mucho tiempo y recién lo descubrimos ahora; opinó él. -Los  constructores deben haber sido meticulosos en sus obras.

-¿Pero quienes habrán sido?; preguntó ella.

-No lo sé, tal vez  mi amigo tenga alguna idea; contestó Pablo.

El salón de clases estaba lleno de alumnos del primer año de arqueología, escuchando atentos la clase del profesor Sergio Donoso.

-Hola Sergio; saludó el geólogo cuando se hubieron retirado los estudiantes.

-Pablo, que sorpresa; respondió el profesor. -¿Deseas cambiarte de profesión?

-De hecho necesitamos su consejo profesor Donoso; comentó Carmen.

-Por favor dime Sergio; saludó él tomando suavemente la mano de ella.

-Te presento a Carmen Fernández; presentó Pablo. -Carmen, este es Sergio Donoso, el arqueólogo del que te hablé.

-Queríamos pedirte un  favor;  dijo Pablo.

-¿De qué se trata?; preguntó Sergio.

-Necesitamos que, por favor, nos digas qué son estos signos; explicó Carmen mostrándole unas fotografías impresas de los extraños símbolos.

-Mmm, parecen runas; observó Sergio. -Pero definitivamente no son del alfabeto nórdico. ¿Dónde las encontraron?

-En unas formaciones rocosas que encontramos mientras hacíamos excavaciones para una de las nuevas estaciones del tren subterráneo; contestó Pablo.

-Parece una mezcla de distintos alfabetos rúnicos; comentó Sergio. -¿Tienen la roca donde estaba inscrito?

-Bueno es algo complicado; respondió Carmen.

-Verás, encontramos esos símbolos en las paredes de una galería subterránea que encontramos por accidente al realizar las excavaciones del metro; explicó Pablo.

-¿Qué galerías?; preguntó Sergio.

Carmen miró a Pablo con una pregunta en los labios que no necesitaba pronunciar en voz alta.

-Está bien contémosle todo; respondió el geólogo.

-En fin, si queremos tu ayuda es justo que compartamos contigo toda la información de que disponemos; aceptó ella.

-Todo esto pasó por accidente. Una de nuestras excavadoras cayó a una grieta que se abrió al colapsar lo que debió ser una fosa natural. Realizamos un sondeo con un radar de penetración profunda para ver el estado del terreno cerca de la obra. El radar mostró la existencia de una red de galerías subterráneas de varios kilómetros de extensión; explicó Carmen mostrando el mapa impreso de las galerías.

-No hay registro de la existencia de esos túneles en Santiago; indicó el arqueólogo. -¿A qué profundidad se encuentran?

-A cien metros bajo el nivel del suelo, cavados en roca de granito; agregó Pablo.

-¿Es en serio?; preguntó Sergio, sabiendo que su amigo no acostumbraba bromear cuando de trabajo se trataba.

-Totalmente; observó el geólogo. -Pero eso no es todo; por las características de las estructuras da la impresión de que no son de origen natural.

-¡Pero eso es imposible!; exclamó Sergio. -Habría algún testimonio de ello, y nadie lo ha mencionado en toda nuestra historia.

-Nosotros estamos tan sorprendidos como tú; opinó Carmen.

-¿Crees que sean de origen incaico?; preguntó Pablo.

-No lo sé, tendría que revisarlo en terreno para poder formular una hipótesis; opinó el arqueólogo.

-Me parece bien; respondió Carmen.

-Desearía que nos acompañara la profesora Blanca Rojas; experta en lenguajes primitivos y simbología; pidió Sergio.

-Si Carmen lo autoriza no tengo ninguna objeción; respondió Pablo.

-Supongo que no hay problema; asintió ella.

Temprano al otro día, los cuatro expertos descendieron hasta la entrada del primer túnel. Cada uno portaba una mochila con varias baterías de repuesto para sus linternas, así como dos cilindros extras de aire, para aumentar su autonomía en la expedición.

-¿Esto es una broma?; preguntó Blanca después de recorrer cerca de un kilómetro. -A mí se me habló de un hallazgo arqueológico en unas galerías en la roca, pero lo que aquí tenemos es un túnel artificial.

-Eso parece ser; apoyó Carmen. -Y como en sus paredes encontramos símbolos rúnicos grabados, Pablo sugirió consultarle a expertos en la materia.

-Y a propósito aquí está el primero; dijo Pablo mostrando la muralla con su linterna.

-Mmm, sí. Esto parece escandinavo, es un símbolo que significa luz o claridad; opinó Blanca. -Pero esto no indica nada.

Siguieron avanzando hasta llegar al conjunto de símbolos que habían fotografiado la vez anterior.

-Esto es interesante; comentó la arqueóloga luego de estudiarlos detenidamente y tocarlos con sus dedos. -Esto no tiene sentido.

-¿Por qué?; preguntó Sergio.

-Porque esto es una mezcla de alfabeto nórdico, maya, egipcio y sanscrito; contestó Blanca.

-La verdad es que también a nosotros nos tiene desconcertados esto; opinó Pablo. -No existe ningún  registro de la existencia de una red de galerías, ya sea de origen volcánico o hídrico en esta zona. En un principio pensamos que tenía un origen natural y decidimos explorar; pero al percatarnos de que descendíamos por una pendiente constante, que tanto el suelo como las paredes y el techo eran totalmente lisos, empezamos a suponer que su origen era artificial.

-Lo cual fue confirmado por los símbolos gravados en las paredes; agregó Carmen. -Como esto no data de una fecha reciente de construcción y al no entender el significado de los símbolos, decidimos buscar la asesoría de arqueólogos.

-O sea nosotros; concluyó Sergio.

-Pero esto tiene un acabado muy fino, no coincide con albañilería antigua; objetó Blanca. -Las únicas estructuras con una terminación tan perfecta que he visto de la antigüedad, son la Puerta del Sol de Los Incas, la Pirámide de Gizah y el Valle de Los Reyes de Egipto, las construcciones romanas, griegas y babilonias; pero cultural y temporalmente distan mucho de esto.

-Mi opinión personal es que esto es de origen moderno, no más allá del siglo diecinueve; agregó Sergio.

-¿Existe algún registro histórico al respecto?; consultó Pablo.

-Ninguno, pero eso no significa que no exista; opinó la arqueóloga.

-En eso coincido contigo; opinó Carmen. -Sin embargo, el despliegue de maquinaria y mano de obra, así como el movimiento de materiales no habría pasado desapercibido; ya ves todo el barullo que hay arriba solo para construir una estación de metro; objetó la geóloga.

-Es cierto, no es llegar y construir bajo una ciudad sin que nadie lo note; apoyó Pablo.

Conversando como iban, llegaron hasta una bifurcación donde el túnel se abría en dos galerías.

-¿Hacia dónde seguimos?; consultó Sergio.

-Me gustaría poder explorar todo, pero no se puede de una sola vez; opinó Carmen. -Así es que da lo mismo; vamos por la galería de la derecha; dijo marcando una flecha en su mapa, para indicar la dirección seguida.

De su mochila Pablo sacó un par de balizas luminosas para marcar el punto de bifurcación y puso otra a cinco metros en el túnel que se abría a la derecha.      -Así no nos perderemos; observó él.

-Llevamos caminando una hora; observó Sergio. -Esto es inmenso.

-Aquí hay otra bifurcación; indicó Carmen. -¿Derecha o izquierda?

Al igual que la  vez anterior Pablo marcó el camino con dos balizas, que brillaban en forma intermitente. Por su parte Carmen dibujó una flecha sobre el mapa para indicar la dirección.

-Miren; señaló Blanca, indicando la muralla con una mano. -Ahí hay otros símbolos.

Cuatro símbolos distribuidos de manera vertical en línea se observaban nítidamente en una de las paredes de la galería por la que avanzaban. El primer símbolo parecía un rayo (ξ), el segundo se asemejaba a una letra Z con ángulos rectos ( Ζ ), el tercero era un par de segmentos paralelos separados por un espacio vacío (⊇  ⊆) y el cuarto era claramente una flecha que indicaba hacia la otra galería (  ⇒  ).

Después de analizarlos un rato, Blanca recorrió con su linterna el piso del túnel, hasta que el rayo de luz dio con un brusco cambio de pendiente en el camino.

-Interesante; opinó la arqueóloga. -Es un aviso de peligro, si no me equivoco significa “Peligro, desnivel o caída, camino cortado, seguir por la otra galería”.

-Voy a marcar ese hoyo; dijo Pablo, poniendo tres balizas frente a él y trazando una línea con pintura luminosa.

Carmen marcó el lugar en el mapa y el grupo se internó en la otra galería.

-Debo cambiar mi botella de aire; dijo Blanca después de un rato.

-Creo que todos debemos hacerlo; sugirió Sergio.

-No me parece; opinó Carmen quitándose la mascarilla. -Sientan, hay una corriente de aire fresco.

-Es cierto; apoyó Blanca, quitándose también la suya.

-¿Pero de dónde viene?; preguntó Pablo. -Estamos lejos de la superficie y de la entrada del túnel.

-Tratemos de encontrar por donde entra; propuso Sergio.

-¿Quiénes creen que hayan construido estos túneles?; preguntó Carmen a los arqueólogos.

-No lo sé; respondió Sergio. -Nunca había visto algo así; es casi anacrónico.

-Y hasta ahora no hemos visto ninguna escritura, excepto los signos que encontramos atrás, los cuales parecen ser funcionales, de advertencia; agregó Blanca.

-Por ahí se siente más fresco el aire; observó Carmen, caminando más rápido.

-¡Cuidado!; grito Blanca al ver en la muralla los signos del rayo y el del desnivel, grabados en la roca.

Carmen no alcanzó a reaccionar y dando un grito cayó en un hueco en el camino; todos corrieron a socorrerla. Cinco metros más abajo la geóloga se movía lentamente algo aturdida.

-¿Carmen estás bien?; gritó preocupado Pablo.

-Me lastimé una pierna; contestó ella con voz quejumbrosa.

-Espera, no trates de moverte, vamos a bajar; aconsejó Sergio.

-Yo bajaré; se ofreció Blanca. -Ustedes tienen que sostener una cuerda para que yo llegue hasta ella.

Protegida con guantes la arqueóloga se descolgó por la cuerda mientras Pablo y Sergio la sostenían con toda la fuerza de sus brazos, ya que debido a lo liso de las superficies, no había ningún punto donde fijar la cuerda.

-Tranquila, déjame ver esa pierna; pidió Blanca. -Tengo alguna experiencia en primeros auxilios.

-Mmm, no está rota; observó la arqueóloga. -Pero  te la dislocaste a la altura de la rodilla, es necesario volver a poner los huesos en su lugar.

-Por favor no, que me duele mucho; imploró Carmen.

-Está bien, tranquila; respondió Blanca. -Solo te vendaré.

-¡Carmen mira!; gritó la arqueóloga apuntando hacia la pared de su derecha.

Cuando Carmen se volvió a mirar, Blanca con un rápido movimiento reacomodó la pierna de la geóloga, la que soltó un grito de dolor.

-Hey, duele menos; observó Carmen. -Gracias.

-Carmen está bien, solo se dislocó una pierna, pero ya se la acomodé; avisó Blanca a sus compañeros que aguardaban arriba.

Con su linterna la arqueóloga notó que frente a ella se habría otro túnel desde el que llegaba aire fresco. Mirando con mayor atención las murallas, pudo observar que estaban cubiertas de signos que parecían haber sido sacados de diferentes culturas.

-Chicos, tienen que venir a ver esto; dijo impresionada por el hallazgo.

-¿Qué hay?; preguntó Sergio.

-Signos, cientos de ellos; contestó Carmen, quien se apoyaba en el bastón que acostumbraba llevar Blanca cuando salía a terreno.

De su mochila Pablo sacó una caja plástica en cuyo interior había una extraña pistola.

-¡Oye!, ¿a quién vas a matar?; preguntó el arqueólogo.

-A nadie; respondió el geólogo, mientras a escasos centímetros de la pared rocosa apretó el gatillo y una punta de metal con un agujero en la parte trasera, como si de una gran aguja se tratase, se clavó profundamente en la roca.

-¿Qué fue eso?; preguntó Blanca al escuchar la detonación.

-Una pistola de anclaje; respondió Carmen. -Vaya, este ex mío vino preparado.

Ante la sorpresa de Sergio, Pablo enganchó un mosquetón a la argolla del clavo fijo en la roca y ató a él el extremo de la cuerda. A los pocos minutos los hombres se reunían con las dos mujeres.

Fascinada Blanca sacaba fotografías sin parar; tenía que estudiar esto con mayor detenimiento, pero por ahora debía recopilar la mayor cantidad de información que pudiera.

-Voy a tener trabajo por meses o años tratando de traducir esto; comentó entusiasmada la arqueóloga.

-Ahora falta averiguar quiénes y cuando los escribieron; opinó Sergio.

-Y determinar la técnica empleada; pensó en voz alta Carmen, que caminaba cojeando afirmada en el bastón. -Esto supera la calidad de los trabajos del tren subterráneo.

-Deberíamos volver; aconsejó Pablo.

-No, no, debemos continuar; insistió Carmen. -Ya estoy mejor.

-Podemos volver mañana; apoyó Sergio.

-Vamos, este es el descubrimiento del siglo. Debemos seguir adelante; siguió insistiendo porfiadamente la geóloga.

-¡Vean esto, rápido!; llamó apremiante Blanca.

-¿Qué hallaste?; preguntó entusiasmada Carmen.

La arqueóloga solo apuntó con un dedo. En la pared rocosa estaba estampada en bajo relieve la huella de una mano.

-Los constructores de los túneles dejaron su marca; opinó Sergio. -No es algo fuera de lo común.

-Pero hay algo que no está bien; observó Pablo. -Esa huella tiene solo cuatro dedos.

Los cuatro expedicionarios se miraron sorprendidos unos a otros, esperando que uno dijera algo. Como una niña  curiosa Carmen apoyó su mano derecha en la huella. Lo siguiente que ocurrió dejó estupefactos a los cuatro aventureros; parte de la pared de granito comenzó a deslizarse con un ruido pesado de rocas que se arrastran, dejando a la vista un túnel que había permanecido oculto. Sin decir palabra, la geóloga penetró lentamente en él alumbrando todo con su potente linterna. Cuando los demás hubieron cruzado, la puerta en la roca se cerró tras ellos, con el mismo pesado sonido.

Alarmado Pablo se volvió para comprobar que la entrada, o salida, ya no estaba abierta.

-Ahora sí que la hiciste buena; reclamó molesto a su ex esposa.

Sin inmutarse, Carmen revisó la roca a su espalda hasta que encontró una huella de mano en ella, en la que apoyó la suya. La roca se deslizó lentamente dejando a la vista la especie de sala en la que ella había caído.

-Aquí está la cerradura, no seas tan cobarde; recriminó a Pablo. -Deja marcar este punto en el mapa; continuó ella como si de lo más normal se tratase.  -Veamos, la cámara con esta puerta está aquí; dijo encerrando el lugar en un círculo.  -Pero no veo esta galería.

-¿Cómo que no?, si estoy seguro que escanee con el radar a dos kilómetros a la redonda y hasta ahora nos hemos movido solo en línea recta; se defendió Pablo.

-Pues mira, aquí no aparece; mostró la geóloga el mapa.

-No entiendo por qué no se ve; respondió pensativo Pablo.

-Tal vez en la roca hay algún mineral que bloquea el radar; pensó Carmen.  -Sé que tú lo hiciste bien, ya que estaba contigo.

-Eso quiere decir que si continuamos nos moveríamos a ciegas; acotó Sergio.

-Pero no podemos volver, debemos averiguar más; propuso Blanca.  -Necesitamos más datos.

-Podemos ir marcando el camino con balizas; sugirió Carmen.

-Solo quedan dos; observó Pablo. -Pero podemos usar pintura luminosa, al menos de esa queda bastante.

-Entonces sigamos; pidió la geóloga.

-¿Y tú pierna?; preguntó Sergio.

-Puedo caminar, un poco lento, pero no hay problema; respondió Carmen.

-Mi linterna se está agotando; observó Pablo. -Debo cambiarle la batería.

-Apaguen sus linternas; dijo inesperadamente Blanca.

-Pero no veremos nada; objetó Sergio.

-Háganme caso, solo un momento, por favor; insistió ella.

-¿Qué ocurre Blanca?; preguntó Carmen apagando su linterna.

-No lo puedo creer; exclamó Pablo cuando todos hubieron apagado sus luces.

-Se puede ver; observó Sergio.

-No veo ningún foco o alguna fuente de luz; acotó Pablo.

-Debe ser algo en el material de las paredes de la galería; reflexionó Carmen.

-¿Cómo lo notaste Blanca?; preguntó Sergio.

-Fue solo una impresión, creo que nadie más notó que seguía claro detrás de nosotros; explicó la arqueóloga.

-Bueno, como sea, esto nos facilita un poco más esta marcha; opinó Pablo.

En la cabeza de los cuatro investigadores había más preguntas que respuestas. El hallazgo de una galería invisible al radar a ciento cinco metros de profundidad, detrás de una puerta oculta, así como la extraña luminiscencia de las paredes, indicaba que esta no era una obra arqueológica común y corriente; y qué decir de la huella de mano de cuatro dedos que accionaba un mecanismo automático que abría y cerraba la puerta que comunicaba la sala con dicha galería. Todo hacía pensar que se hallaban frente a la obra de un pueblo poseedor de grandes avances tecnológicos.

Era fácil que la imaginación se disparase y ellos en el fondo lo sabían, así es que trataban solo de obtener datos, sin adelantar ninguna hipótesis.

Aprovechando la claridad natural del lugar, Pablo se dedicó a observar con mayor atención la roca que formaba las paredes.

-Carmen, esto no es granito; dijo después de rasparla con la punta de su martillo y palparla con la mano.

-¿Cómo dices?; preguntó sorprendida ella.

-Este material es artificial; concluyó él.

-¿Está hecha de concreto u hormigón?; consulto Sergio.

-No lo sé; observó la geóloga. -No reconozco el material, pero por su textura yo diría que es sintético.

Incrédula Blanca encendió su linterna y con ella alumbró la pared, dejando a la vista una superficie totalmente lisa y pulimentada.

-Esta calidad en el trabajo de la piedra la he visto solo en el sarcófago de Keops; observó Sergio. -Yo diría que estamos ante la obra de un pueblo muy avanzado.

-La combinación de símbolos mayas, escandinavos, sanscritos y egipcios a primera vista indicaría que en algún momento, este pueblo tuvo contacto con dichas culturas.

-¿Cuándo habrán sido construidas estas galerías?; preguntó Carmen.

-Es difícil decirlo sin puntos de referencia; respondió el arqueólogo. -Tal vez la datación por termoluminiscencia podría funcionar, pero no estoy seguro.

-Otra vez se siente una corriente de aire fresco; observó Pablo.

-¿Provendrá del exterior?; preguntó Blanca.

-A esta altura ya no sé qué creer; contestó Pablo.

-¿Escuchan eso?; preguntó Carmen.

-¿Qué cosa?; preguntó Sergio.

-Un ruido muy leve de baja frecuencia, es como el de un motor eléctrico; respondió la geóloga.

-Eso es imposible; opinó Pablo.

-A lo mejor es mi imaginación; pensó Carmen.

Así hablaban mientras la arqueóloga se distrajo observando un conjunto de símbolos que había en una de las paredes, no dándose cuenta de que sus compañeros se habían alejado; emocionada buscó la cámara fotográfica que llevaba en  su chaqueta. La pared se deslizó silenciosamente y no se  percató de una mano que la sujetó de un brazo y otra le tapaba a la vez la boca impidiéndole gritar.

-¿Qué opinas de todo esto Blanca?; preguntó Sergio  a su colega.

Un lapso inusitadamente prolongado de silencio molestó al arqueólogo.

-Blanca, te estoy hablando; reclamó Sergio volviéndose hacia atrás. Atónito vio que no había nadie tras él.

-¡Hey esperen!; gritó a Carmen y Pablo que avanzaban un poco más adelante.

-¿Qué ocurre?; preguntó el geólogo.

-Blanca se quedó atrás; respondió el arqueólogo. -Volvamos a buscarla, no quisiera dejarla sola acá.

Un silencio total inundaba la galería, solo roto por el suave eco del grito de Sergio.

-¡Miren!; exclamó Carmen agachándose. -Es la máquina fotográfica de ella.

-¿Pero dónde se metió?; preguntó Pablo.

-Habrá retrocedido más; supuso Sergio acelerando el paso para encontrar pronto a su compañera.

Después de unos minutos de caminata Sergio llegó hasta el punto donde se hallaba la puerta que conectaba con la sala a la que Carmen había caído.

-No creo que haya salido;  opinó Pablo. -No sin avisarnos.

-Volvamos hasta donde encontramos su máquina fotográfica; sugirió la geóloga.

Al poco rato los tres se encontraron junto a la marca en el piso que Pablo había hecho donde estaba tirada la cámara.

-Habrá caído en alguna trampa oculta; pensó Sergio.

-Tiene que haber alguna clase de interruptor por alguna parte; opinó Carmen.

La oscuridad del túnel por donde estaba siendo llevada Blanca era total; la impresión y el miedo al verse arrastrada en medio de las sombras había hecho que ella se desmayara.

La cabeza le giraba y los ojos se adaptaban nuevamente a la tenue luz que la rodeaba. El suelo donde se hallaba tendida era definitivamente metálico, lo mismo que las paredes y el techo; no había ninguna puerta en el reducido espacio, lo que le hizo comprender que la habían puesto en una celda. ¿Pero quién o quiénes la encerraron?

-Tiene que haber una puerta oculta en algún lado; supuso Sergio tocando distintos signos en la pared. -No puede haberse esfumado así como así.

Aunque había palpado cada uno de los símbolos grabados en la roca, una y otra vez, Sergio seguía insistiendo, no queriendo alejarse del lugar donde probablemente había desaparecido Blanca. Casi en forma obsesiva seguía intentándolo, hasta que sus dedos notaron que una de las marcas estaba sobresalida respecto a las demás; albergando un deseo presionó ese signo. Silenciosa, a diferencia de la vez anterior, la pared de roca se deslizó ante sus ojos, dejando a la vista la entrada de otra galería; aunque dejar a la vista era decir demasiado, ya que lo que se abría frente a los tres expedicionarios era un hoyo negro, que no permitía ver nada sin luz artificial.

Encendiendo sus linternas a su máxima potencia de penetración, ingresaron cautelosamente en aquella negrura.

-¡Blanca!; gritó a todo pulmón Sergio, pero ninguna respuesta llegó de vuelta hasta sus iodos.

  Si no fuese por los potentes rayos de luz de las linternas, la oscuridad habría sido absoluta; lo que le recordó a Pablo una ocasión en la que había quedado atrapado en una mina de oro a causa de un derrumbe y se le había agotado su linterna, hallándose sumido en la más opresiva oscuridad. Carmen prácticamente había removido con sus propias manos, hasta que sus dedos sangraron, las rocas que tenían encerrado a su esposo; y ahora, siete años después, pudo percibir el miedo que el recuerdo le provocaba a él. Su respiración comenzó a acelerarse y su frente se llenó de traspiración. Sintiendo pena aún por él, ella le tomó su mano y pudo notar la fuerte presión con que la apretaba; aun así no lo quiso soltar y poco a poco la tensión de los músculos del geólogo disminuyó y su respiración se volvió relajada nuevamente. El  mismo recuerdo en ella le hizo sentir un impulso de abrazar fuerte a su ex marido, pero se contuvo.

Carmen no estaba segura de que fuese lo correcto internarse por esa galería para buscar a Blanca; aunque no la conocía, no creía que fuese tan imprudente como para aventurarse sola por un camino  desconocido que no aparecía en el mapa. 

-¿Sergio, crees tú que Blanca entró a esta galería?; preguntó la geóloga. Lo siguiente que ella escuchó la dejó perpleja; silencio, el más completo y total silencio.

-¿Sergio, estás bien?; insistió Carmen.

-¡Sergio!; gritó fuerte Pablo, pero no hubo ninguna respuesta a ese llamado.

-Retrocedamos y vamos a buscarlo; sugirió el geólogo. -No puede estar muy lejos.

Carmen y Pablo desanduvieron el camino recorrido, disolviendo las tinieblas con sus linternas, en busca de su compañero. Ambos estaban totalmente desconcertados, era como si la tierra se lo hubiese tragado, simplemente Sergio parecía haberse esfumado en el aire.

-Aquí termina el camino; observó Carmen ante la pared que cerraba la entrada a la galería. -¿Crees que Sergio haya salido sin avisarnos?

-Tal vez de un estudiante podría esperarlo, pero él es un profesor con mucha experiencia de campo; opinó Pablo. -No es del tipo impulsivo o imprudente.

-Sin embargo, aquí no está; comentó Carmen.

-Puede que haya trampas en estos túneles, lo que explicaría la desaparición de Sergio y Blanca; pensó Pablo.

-¿Pero dónde estarán?; preguntó Carmen.

-No lo sé; respondió el geólogo.

Sergio no sabía cuánto tiempo había pasado. Cuando despertó su cabeza giraba un poco y se sentía desorientado; tenía la espalda apoyada sobre las piernas de alguien.

-No trates de levantarte aun, espera a que pase el mareo; sugirió Blanca acariciándole la cabeza.

-¿Blanca?, ¿dónde estamos?; preguntó Sergio sentándose en el suelo.

-Creo que estamos encerrados en una especie de celda; dijo ella.

-¿Pero quién nos puso aquí?; preguntó el arqueólogo.

-No lo sé, a mí me trajeron inconsciente y a ti solo te arrojaron aquí; respondió ella.

-¿Y Carmen y Pablo?; preguntó Blanca.

-Te estábamos buscando los tres en una galería que había oculta en una pared; respondió Sergio.

-La misma por donde me trajeron a mí; opinó Blanca.

-¿Has escuchado algún ruido desde que estas aquí?; preguntó Sergio.

-Nada, tampoco he visto a nadie; respondió ella. -Esto  definitivamente echa por tierra la teoría de que esta es una reliquia arqueológica, porque está en pleno uso.

Silenciosamente la puerta de la celda comenzó a abrirse, los dos cautivos tenían sus corazones latiendo a cien kilómetros por hora, expectantes de conocer a sus captores.

-¿Qué está pasando?; preguntó Carmen a Pablo. -¿Dónde están Blanca y Sergio?

-No lo sé; fue la limitada respuesta del geólogo, que sabía tanto como su compañera.

-Tengo miedo; agregó ella. -Por favor no me dejes sola.

-Tranquila, todo se aclarará; trató de calmarla Pablo, no tan convencido de sus palabras.

-Quiero irme; rogó Carmen.

-No podemos abandonar a Sergio y Blanca; objetó el geólogo. -Pero salgamos por ahora de esta galería.

Tomados de la mano ambos caminaron lo más rápidamente posible hacia la puerta que ocultaba la galería donde se encontraban. Tras ellos la oscuridad les pisaba los talones. A poco andar palpaban ansiosos los distintos símbolos grabados en la roca.

-Tiene que haber algún interruptor por aquí; opinó Pablo, pasando sus manos por toda la superficie. Inesperadamente la luz de ambas linternas comenzó a disminuir rápidamente.

-¡Las linternas se van a apagar!; exclamó Carmen alarmada.

Cambiémosles rápido las pilas; apremió Pablo.

Con mano presurosa buscaron en sus mochilas baterías nuevas. Temblorosos reemplazaron las baterías gastadas. La angustia subió como un sabor amargo por la garganta de Carmen; la nueva batería tenía menos carga que la anterior. Lo mismo pudo comprobar Pablo en su linterna; casi en la penumbra la geóloga apretó la mano de él. Finalmente las linternas de ambos terminaron por apagarse, dejándolos sumidos en la más completa e impenetrable negrura. Angustiados palpaban la muralla tratando de encontrar la forma de salir de ese túnel, hacia la galería principal que estaba iluminada.

Lejanos pasos se escuchaban aproximarse lentamente a través de la oscuridad.

-Escucha, alguien viene; dijo ella a Pablo.

-¡Sergio, Blanca!, ¿son ustedes?; gritó éste, pero nadie contestó

Los pasos se escuchaban cada vez más fuerte. Quién fuese estaba cada vez más cerca.

-¿Quién está ahí?; gritó Carmen con la voz entrecortada y la mano apretada a la de Pablo.

El silencio del túnel solo era roto por los pasos que se acercaban y la respiración agitada de la mujer. De pronto se hizo un silencio total; Carmen intuía que había alguien más junto a ella. Cuando sintió que alguien la sujetaba por los brazos y tiraba de ella, trató de zafarse y gritó con todas sus fuerzas.

-No dejes que me lleven, por favor; imploró a Pablo.

Pero su compañero poco o nada podía hacer, ya que a él también lo estaban sujetando. De un golpe logró soltarse de su agresor, sabía que lo había golpeado en el rostro y éste había caído al piso.

-¡Carmen!; gritó desesperado, pero ella ya no estaba junto a él. Furioso, sorprendido e impotente sintió que lo sujetaban entre dos de los brazos, impidiéndole toda posible reacción. Sin darse cuenta cayó en un profundo letargo, y sus músculos dejaron de responder a su voluntad; finalmente su conciencia se nubló.

La puerta de la celda terminó por fin de abrirse, la impresión de Blanca y de Sergio también, fue una mezcla de incredulidad y estupor. Tres individuos vestidos con uniformes de una pieza, botas y cinturón. Dos hombres y una mujer de un metro ochenta, piel muy clara, ojos muy grandes de amplias y negras pupilas, orejas levemente alargadas, cabello claro y lo más impactante, con tan solo cuatro dedos en cada mano.

Mientras en Blanca y Sergio la emoción que dominaba era asombro y estupor, en los tres extraños era una mezcla de repulsión y miedo, el cual era más evidente en la mujer.

Sin mediar palabra, los prisioneros fueron conducidos por un largo pasillo iluminado por una claridad crepuscular que parecía provenir de todas direcciones. Al poco andar, vieron como los cuerpos inanimados de Pablo y Carmen eran depositados, con poco cuidado por cuatro extraños armados, en el piso de una celda similar a la que ellos ocuparon hace un rato. Poco después llegaron a una sala con unos cuantos instrumentos; aunque opusieron resistencia, sobre todo Sergio, fueron sentados en dos sillas de cuyo respaldo surgió una banda metálica que los enrolló por el torso, dejándolos inmóviles.

La frente de Blanca estaba cubierta de gotas de sudor, muestras del  miedo que la dominaba.

En total silencio la mujer acercó una especie de lámpara de pie a los prisioneros, de la cual surgió un rayo de luz que recorrió la cara de ambos. En una pantalla aparecieron, como si de una película se tratase, escenas de lo vivido por ambos durante los dos últimos días.

Los dos hombres intercambiaron palabras en un idioma ininteligible para los arqueólogos, a lo cual la mujer replicaba con evidente desagrado.

-Evidentemente estos seres vienen de la superficie; opinó el mayor de los extraños.

-Debemos averiguar cuál es su misión  y  cuanto saben de nosotros; agregó el otro.

-Si llega a saberse que los invasores han llegado hasta nuestras ciudades, va a cundir un pánico difícil de controlar; observó la mujer evidentemente asustada. -Y no es para menos, ya que son horribles.

-La doctora Zinhar tiene razón; opinó el menor de los dos hombres. -Aún se relata en nuestra historia, en forma muy precisa los horrores de la primera invasión.

-Por lo visto lo más prudente para el bien de nuestro pueblo es mantener en secreto este incidente; concluyó el mayor de los extraños.

-Permítanme presentarme, yo soy Narthar, jefe de esta unidad; dijo el hombre en perfecto castellano.

-¿Cuál es su misión en nuestro mundo?; preguntó directamente el otro hombre, de nombre Xanther.

-¿Misión?, no tenemos ninguna misión; respondió Sergio. -Somos científicos que investigamos en forma tranquila unos extraños túneles.

-Ni siquiera sabíamos de su existencia, ni queremos tener ningún problema con ustedes; agregó Blanca.

-¿De igual forma que cuando nos invadieron hace un millón de ciclos solares?; gritó alterada la doctora Zinhar. -A pesar de todo el tiempo transcurrido, aun nuestros historiadores nos recuerdan cuando llegaron sus astronaves y les acogimos como amigos, pero al poco tiempo nos atacaron; dijo ella con lágrimas de  rabia y dolor en los ojos.

-No sé de qué nos hablan; respondió confundido Sergio.

-Hace un millón de años ni siquiera existía nuestra especie; agregó Blanca.

-Por lo visto ustedes no saben lo que realmente ocurrió en este planeta; comentó Narthar. -Les explicaré lo que dijo la doctora Zinhar.

-Hace un millón de ciclos solares, o años  como ustedes los llaman, nuestros ancestros vivían en la superficie; las ciudades florecían en armonía con el medio ambiente y educábamos nuestras mentes y cuerpos en paz. La curiosidad y el deseo de obtener más conocimientos nos impulsaron a enviar sondas y naves exploradoras más allá de este sistema planetario; relató Narthar.

-Algunos años después nuestros sistemas de vigilancia captaron un mensaje armónico y matemático. Entusiasmados los científicos de esa época los invitaron a venir a conocernos y les dieron la ubicación exacta de este planeta; agregó Xanther.

-Nuestro pueblo recibió a los recién llegados como amigos; sin embargo, al poco tiempo comenzaron a llegar las naves de combate. Intentaron resistir y lo lograron por un tiempo, pero nuestras ciudades fueron bombardeadas y todos sus habitantes asesinados; continuó Zinhar con un nudo en la voz.

-Los sobrevivientes se refugiaron en cavernas y comenzaron una guerra de guerrillas contra los invasores, que establecían colonias por todo el planeta. La desesperación en nuestro pueblo crecía y tal vez también la locura. Mediante armas de destrucción masiva las emergentes ciudades de los humanos fueron destruidas y también su tecnología. Con el pasar del tiempo experimentaron una involución cultural y se perdió todo recuerdo de su origen; narró Xanther.

-Aunque ustedes ya no representaban un peligro para nosotros, la contaminación del planeta causada por la guerra, obligó a nuestros ancestros a refugiarse bajo tierra y abandonar la superficie. El tiempo continuó su avance y miles de generaciones comenzaron a evolucionar poco a poco. Ya no somos los mismos que llegaron a este mundo subterráneo; nuestro organismo se adaptó a las nuevas condiciones ambientales y surgió, al fin, una nueva especie, nosotros; concluyó el profesor Narthar profundamente emocionado.

-¿Nunca han tratado de volver a la superficie?; preguntó Blanca.

-No podemos exponernos a la radiación cósmica, ni a la radiación solar sin equipos especiales de protección; explicó Xanther.

-Lo que menos deseamos es tener contacto con ustedes; opinó Zinhar.

-Por ahora hemos terminado; dijo Xanther.

-¿Puedo hacer una pregunta?; consultó Sergio.

-Adelante; autorizó Zinhar.

-¿Dónde estamos exactamente?; preguntó el humano.

Los tres extraños se miraron como si se consultaran entre ellos si debían entregar dicha información a los seres de la superficie.

-No creo que les sirva saberlo, pero les diré. Se encuentran en una de nuestras ciudades a siete kilómetros de profundidad, usando su sistema de medidas; contestó con una sonrisa cruel Zinhar.

-¿Ciudades?; observó Blanca. -¿Cuántos son de su especie?

-Cinco mil millones; respondió con naturalidad el profesor Narthar.

Con un chasquido la cinta metálica se abrió; dos guardias armados los condujeron hasta la celda donde se encontraban Carmen y Pablo, quienes comenzaban a salir de la inconsciencia.

-¿Qué opinan?; preguntó Narthar en su propio idioma a sus colegas.

-Debemos impedir que informen de nuestra existencia; opinó la mujer. 

-Concuerdo con Zinhar; apoyó Xanther.

-Su sola presencia ya es peligrosa, sugiero que los ejecutemos; sentenció la doctora Zinhar.

-Es probable que hayan cambiado con el aislamiento en este planeta y ya no sean un peligro para nuestro pueblo; opinó el profesor.

 -Permítame recordarle que esa misma ingenuidad fue la que casi extinguió a nuestros ancestros; rebatió Zinhar.

El profesor Narthar era consciente de que tras las palabras y el rechazo hacia los humanos por parte de la doctora Zinhar, había una respuesta instintiva transmitida de generación en generación durante un  millón de años y que probablemente compartía todo el mundo. A pesar del interés científico que en él despertaban los intrusos, sabía que en el fondo ella tenía razón.

Carmen se puso de pie tambaleándose, tan mareada que Sergio tuvo que afirmarla para que no cayese.

-¡Blanca, Sergio!; exclamó Pablo. -¿Dónde estamos?

-Prisioneros; contestó éste mientras ayudaba a Carmen a sentarse.

-¿Pero de quiénes?; preguntó Carmen.

Sergio no alcanzó a contestar la pregunta cuando se abrió la puerta y entraron dos guardias que los condujeron por el pasillo.

-De ellos; respondió Blanca.

Carmen cerró los ojos y los abrió de nuevo incrédula y asustada de lo que veía.

-¿Qué son?; preguntó Pablo.

-Los habitantes originales de este planeta; respondió Sergio.

-¿De qué hablas?; preguntó Carmen intrigada.

No alcanzó a obtener respuesta cuando se abrió la puerta de otra habitación.

-Aquí están todos los prisioneros; informó un guardia.

-Gracias, pueden retirarse; autorizó  el profesor Narthar.

-¿Qué significa esto?; preguntó Pablo.

-Ustedes entraron sin autorización a nuestro mundo; respondió Zinhar.        -Pero eso es común en su especie.

-No entiendo; dijo Carmen.

-Nosotros somos los descendientes de los habitantes originales de este planeta. Ustedes descienden de invasores que llegaron hace un millón de años desde el otro extremo de la galaxia; explicó el profesor Narthar. -Durante miles de generaciones nos hemos mantenido alejados de ustedes, hasta ahora.

-Su presencia aquí se mantendrá en secreto, ya que de saberse provocaría pánico en toda la población; agregó Xanther.

-No podemos permitir que vuelvan a la superficie y den a conocer nuestra existencia a sus autoridades militares; continuó Zinhar.

-Esto no es justo, nosotros no somos responsables de lo que hayan hecho nuestros antepasados; reclamó Blanca.

-Además nosotros somos científicos, no nos interesa la política ni lo militar; agregó Pablo.

-Sin embargo, están genéticamente programados como guerreros e invasores y eso los hace peligrosos como especie; argumentó Zinhar.

-Siento tener que darle la razón a mi colega; respondió el profesor Narthar.   -Pero ella tiene razón.

-La vuestra es una especie genéticamente acondicionada para invadir y destruir otros mundos; observó Xanther.

-Me temo que nunca podrán volver a la superficie, ni abandonar estas instalaciones; concluyó Narthar.

-Ahora necesitamos averiguar cuánto saben realmente; dijo Zinhar escaneando el rostro de Carmen y Pablo con el mismo aparato usado en Sergio y Blanca.

Inmediatamente apareció en la pantalla el mapa de túneles descubiertos por los geólogos.

-Son antiguas galerías abandonadas que comunicaban con la superficie; observó preocupado Xanther.

-Localice la ubicación de esos archivos; ordenó Narthar a Zinhar.

Inmediatamente los recuerdos de Carmen mostraron su oficina y su computador portátil. Los recuerdos de Sergio permitieron ver su despacho y las fotografías de los símbolos encontrados en las rocas. Pablo y Blanca no mostraban nada nuevo, ya que ellos no habían almacenado información sobre los hallazgos.

Sin más que querer saber de los prisioneros, por el momento estos fueron llevados de vuelta a su celda.

-¡Esto es una locura!; exclamó Carmen.

-Tenemos que tratar de escapar; opinó Pablo.

-Va a ser un poco difícil; opinó Sergio. -Estamos a siete kilómetros de profundidad.

-Pero de alguna forma nos trajeron hasta acá; comentó Blanca.

-Debe haber algún ascensor que comunica con la superficie; meditó Carmen.

-Debemos intentar llegar a él; sugirió Pablo.

-Cuando los guardias vuelvan a buscarnos los neutralizaremos entre los cuatro y escapamos.

Una hora después la puerta de la celda se abrió y dos guardias armados ingresaron por ellos. Antes de que pudieran reaccionar, Sergio y Pablo les cayeron encima; de un rodillazo en el estómago y un puñetazo en la cara Sergio derribó a uno, en tanto que Pablo lanzaba al otro de cabeza contra la pared de metal. Sin pérdida de tiempo Pablo se apoderó de una de las armas y los cuatro echaron a correr; probando suerte en varias puertas, finalmente dieron con un ascensor. Después de revisar los controles un minuto, Blanca presionó un botón y el ascensor comenzó su desplazamiento hacia arriba.

Ante la demora de los guardias con los prisioneros, la doctora Zinhar fue a ver qué los detenía. Grande fue su sorpresa al ver a los guardias en el suelo.

-Los prisioneros han escapado. Están armados y uno de los guardias está muerto; informó la mujer por un intercomunicador.

En otra sala el profesor Narthar meditaba sobre el giro que habían experimentado los acontecimientos.

Zinhar entró furiosa donde se encontraba el profesor.

-Le advertí que esta era una situación peligrosa; recriminó ella. -Ahora debemos impedir que lleguen a la superficie e informen de nuestra existencia.

-Siento no haberla escuchado Zinhar; respondió apesadumbrado Narthar.   -Usted  tenía razón.

-Los fugitivos han llegado a una galería  a dos mil metros de la superficie. El siguiente módulo de ascenso los llevará hasta arriba y no podremos capturarlos; informó la mujer observando un punto rojo en una red de galerías en una pantalla.

-Muy bien, manden dos cazadores; ordenó cabizbajo el profesor.

Después de unos minutos de rápido ascenso, el elevador se detuvo a dos kilómetros de la superficie.

-Hasta aquí llegamos en este ascensor; observó Pablo. -Debemos buscar otro que llegue a la superficie y podamos salir de aquí.

La puerta del módulo se abrió hacia una larga galería iluminada por la ya habitual claridad crepuscular.

-¿Hacia dónde vamos?; preguntó Blanca.

-Supongo que da lo mismo, en algún lugar tiene que haber otro ascensor; opinó Sergio.

Al poco andar el gruñido de un animal rompió el silencio del túnel.

-¿Qué fue eso?; preguntó asustada Carmen.

-Mejor no lo averigüemos; aconsejó Pablo.

Cada uno de los cuatro prófugos pensaba en poner la mayor distancia posible entre ellos y la cosa que los perseguía. El agotamiento empezaba a hacer mella en la resistencia de ellos. El aire comenzaba a faltarle a Blanca e inevitablemente empezó a rezagarse, quedando alejada de los demás. Las piernas de ella se doblaron y cayó de bruces al suelo; al volverse Sergio vio que una bestia de largas garras, que se asemejaba a un gigantesco topo bípedo, estaba por alcanzarla. Con largas zancadas él llegó junto a ella y la jaló de una mano justo cuando la bestia se abalanzaba sobre ella. De no haber sido por la rápida reacción de Sergio, su amiga habría sido despedazada por el monstruo, cuyas afiladas garras arañaron profundamente la pierna derecha de Blanca.

La detonación de un disparo del arma que Pablo le quitó a uno de los guardias, distrajo a la criatura el tiempo suficiente como para que pudieran alejarse de ella.

Ayudada por Pablo y Sergio, Blanca logró correr, mientras Carmen los apremiaba.

-Vengan metámonos en esta bifurcación; dijo ella desde una entrada que quedaba oculta por un ángulo en la galería.

La bestia perdió momentáneamente el rastro de los humanos, lo que aprovecharon para revisar la lastimada pierna de Blanca.

-Hay una vena rota; observó Carmen. -Por suerte no se dañó ninguna arteria importante, pero igual  va a ser necesario aplicar un torniquete para evitar el desangramiento.

-Usa mi cinturón; dijo Pablo pasándoselo.

Desde la otra galería llegaba a los oídos de los fugitivos los gruñidos de la bestia que los buscaba.

-Sigamos caminando; sugirió Pablo. -Aprovechemos que perdió el rastro.

La bestia aspiró una gran cantidad de aire con su monstruosa nariz, logrando sentir el olor de la sangre de Blanca. Dando un rugido la criatura entró a la misma galería por donde huían los fugitivos.

-Nos ha descubierto; gritó Blanca aterrada.

El monstruo se escuchaba cada vez más cerca y los prófugos trataban de acelerar, lo que no era fácil con Blanca herida.

Las piernas de todos comenzaron a flaquear y volverse pesadas, el aire no era suficiente para los pulmones y las fuerzas escaseaban.

-Entremos en esa otra galería; indicó Pablo con una mano.

La bestia estaba cerca, pero no los vio bien debido a sus atrofiados ojos.

Un paso en falso torció un tobillo de Sergio, el que cayó de lado antes de poder cambiar de galería. El monstruo aceleró su carrera, dándole alcance cuando éste se ponía de pie.

Un alarido de dolor detuvo en seco a Blanca, Pablo y Carmen, quienes con horror vieron como la bestia levantaba con sus garras el cuerpo de Sergio y lo arrojaba al piso. Mal herido el arqueólogo se retorcía en el suelo.

-Aún está con vida; observó Blanca.

Pablo sacó la pistola y apuntó contra la bestia, pero el gatillo se trabó y el proyectil nunca salió.

-Hay que salvarlo; gritó Blanca, justo cuando la bestia abría el pecho de Sergio de un zarpazo.

-Ya es tarde para él, está muerto; cortó Pablo.

-Tratemos de escapar ahora; dijo Carmen.

-Ahí hay otra bifurcación; observó Pablo. -Vamos por ahí para confundir a la bestia.

La pierna de Blanca sangraba profusamente y ella empezaba a sentirse mareada.

-Sácate el pantalón; ordenó Pablo a ella.

-¿Te volviste loco acaso?; reclamó Carmen.

-El animal está guiándose por su olfato; explicó Pablo. -Démosle un falso rastro.

-Entiendo; asintió Carmen.

Juntos quitaron la ensangrentada prenda de Blanca y la arrojaron lejos de la entrada a la otra galería.

Enloquecida por el olor a sangre, la bestia se arrojó sobre la enrojecida tela del pantalón. Furiosa y confundida la criatura rugió al no encontrar una presa.

Ya Pablo y Carmen, junto con la cada vez más débil Blanca se hallaban relativamente lejos de la entrada de dicha galería, donde la bestia trataba de encontrar nuevamente el rastro de sus objetivos.

La criatura no tardó mucho en sentir nuevamente  el olor a sangre y traspiración de los tres humanos que huían por otro túnel. Dando un rugido se lanzó tras sus víctimas, presa de un frenesí incontenible por volver a matar.  

Al sentir nuevamente a la bestia tras ellos los prófugos hicieron un nuevo esfuerzo, casi al límite de resistencia por acelerar la carrera. Unos cuantos segundos y veinte metros lograron ganar de ventaja extra; Carmen empezaba a sentir calambres en su abdomen por el sobresfuerzo a que estaban siendo sometidos sus músculos. Sin embargo, quien más sentía los efectos de la desesperada fuga era Blanca, cuya sangre empezaba a disminuir peligrosamente en su cuerpo. La arqueóloga comenzó a rezagarse y presa de un profundo agotamiento cayó de rodillas.

-¡Blanca!; gritó Carmen cuando la bestia de un salto le daba alcance.

Sin detenerse a pensarlo siquiera, Pablo disparó contra el monstruo, con mejor resultado que la vez anterior. Un resplandeciente proyectil impactó a la criatura, haciéndola caer sin vida. Blanca algo aturdida por la impresión veía pasar lentamente el tiempo. Con un gran esfuerzo pudo ponerse de pie.

Con los ojos desorbitados Carmen vio como Blanca era elevada en el aire por largas y horribles garras que atravesaban su espalda. Un violento rugido hizo retumbar las galerías.

-¡Hay otra bestia!; gritó Carmen al borde casi de la locura.

-¡Corre!; le urgió Pablo tomándola de la mano y arrastrándola casi.

Nuevamente la carrera se reanudó en forma desesperada.

Los geólogos no creían lo que estaba ocurriendo. Dos de sus compañeros estaban muertos en las garras de monstruos de pesadilla.

La bestia dejó tirado el cuerpo destrozado de Blanca y concentró su atención en los dos sobrevivientes, quienes trataban a duras penas de al menos mantener la distancia entre ellos y el monstruo. El geólogo disparaba hacia atrás sin mirar ni apuntar; la bestia saltaba de un lado a otro esquivando los proyectiles que estallaban sin tocarla, lo que retrasaba su avance.

La pistola dejó de disparar, las balas se habían acabado. Pablo sintió como se le erizaban los pelos de la nuca; la bestia ganaba terreno y estaba por darles alcance. Inesperadamente para Carmen, él soltó su mano y se detuvo.

-¿Qué haces?; preguntó confundida.

-Si seguimos juntos nos matará a ambos; respondió Pablo.

-Pero podemos lograrlo juntos; rebatió Carmen.

-Vete, yo lo distraeré; insistió Pablo.

-¡No quiero!; porfió ella.

-No seas tonta y escapa; ordenó él dándole un empujón.

Llorando Carmen obedeció. Un grito de dolor la hizo volverse; con espanto vio como la bestia abría a Pablo desde el cuello hasta la cintura.

Como pudo, ella siguió corriendo mientras pensaba en los años que había perdido separada de su esposo; tiempo que ya nunca podría recuperar. Ahora Carmen se hallaba sola, sola con la bestia; se sentía perdida y las fuerzas ya la abandonaban.

Los músculos ya no respondían a las órdenes que enviaba su cerebro; sus pulmones le ardían y las lágrimas  no la dejaban ver con claridad. Había por fin llegado hasta el límite de su capacidad.

La bestia se acercaba rápidamente. Inexplicablemente sintió una gran calma interior, el miedo cesó y su respiración se relajó. Lentamente Carmen giró sobre sus pies para quedar viendo cara a cara al monstruoso ser; cerró sus ojos y se dejó caer de rodillas, no viendo venir el golpe que hizo rodar su cabeza lejos de su cuerpo.

Todo había llegado a su fin para los cuatro curiosos exploradores que encontraron su tumba eterna en esa extraña red de galerías.

-Bueno doctora Zinhar, esto se ha acabado ya; dijo apesadumbrado el profesor Narthar. -Los intrusos están muertos.

-Aún queda hacer desaparecer toda la información que pueda delatar nuestra existencia; observó ella.

En medio de la noche un hombre y una mujer se acercan a la obra de excavación de la estación del tren subterráneo.

-Buenas noches señorita Fernández; saludó el vigilante. -¿Va a trabajar de noche hoy?

-Solo vengo a buscar mi computador personal para trabajar un poco en casa; contestó Carmen.

Después de revisar todos los papeles de la geóloga, la pareja recogió unas fotografías y un plano de galerías, así como un computador personal.

-Ya me retiro; se despidió la mujer del vigilante.

-Buenas noches señorita y no trabaje mucho; respondió el guardia.

A las pocas horas, lejos de allí, las llamas consumían el despacho del arqueólogo Sergio Donoso.

La pareja contempló las estrellas por un rato.

-No comprendo cómo es que los humanos pueden vivir aquí; dijo la mujer a su compañero.

-Es cierto, este lugar es tan hostil que nosotros necesitamos usar trajes de aislamiento para no envenenarnos; asintió el hombre.

-Volvamos a casa; recomendó la mujer.

-Si vámonos de este horrible lugar. Ya cumplimos nuestra misión; aceptó el hombre.

Una vez que se cerró la escotilla externa ambos apagaron el camuflaje holográfico de sus trajes y pudieron quitarse los cascos y así respirar con libertad el limpio aire de su mundo subterráneo.

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Paseo campestre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Paseo Campestre

 

-¡Papá tengo hambre!, ¿a qué hora va a llegar la mamá con la comida?; preguntó la pequeña Alicia de ocho años, mientras jugaba con su pelota.

-Tranquila, ya va a llegar; respondió José, revolviendo juguetonamente  el cabello de la menor de sus tres hijos.

-Si siempre andas pensando en comer te vas a parecer a tu pelota; dijo Paola, burlándose de su hermana.

-Y tú pareces un lápiz, flacuchenta; contestó Alicia sacándole la lengua a su hermana.

-Sí, verdad; contestó ésta tocándose su vientre plano y su cintura, orgullosa de su figura.

-Hola gente, llegué yo; saludó Juan, equilibrando una pelota de básquetbol en un dedo y sosteniendo un libro en la otra mano.

Los verdes ojos de Alicia se posaron en la pelota que giraba en el dedo de su hermano, dejando tirada la que ella tenía. Moviéndose despacio sin quitarle la vista de encima, se fue poniendo detrás de Juan, lanzando un manotazo a la pelota para arrebatársela; pero ésta escapó se sus dedos, ya que su hermano la tiró hacia arriba. Cuando los dos se disponían a disputarse el balón, Paola dando un salto se apoderó de ella, pasándola rápidamente de una mano a la otra.

Entre risas los dos hermanos se disponían a apropiarse de la pelota que ahora su hermana hacía rebotar en el piso.

-Ya, los tres basquetbolistas cálmense, que van a romper algo con esa pelota; dijo José  que no tenía ganas de recoger cosas rotas a esa hora.

Soltando la pelota, Paola centró su atención en las luces que se encendían y apagaban en el ecualizador del equipo de música, las cuales seguía con sus ojos verdes cómo los de su hermana y su madre y trataba de tocar con sus dedos.

Los tres hermanos se volvieron al mismo tiempo cuando la puerta de la casa se abrió.

-¡Mamá!; gritaron los tres niños al unísono cuando Mónica entró.

-Hola mis tesoros; saludó ella dando un beso a cada uno de sus hijos.         -¿Cómo se han portado?

-Aparte de querer jugar basquetbol dentro de la casa, bien; contestó José, saludando de un beso a su esposa.

-Perdón mi rotería Paty, te presento a mi familia, José mi esposo, mi hijo mayor Juan, Paola la del medio y la pequeña Alicia; presentó Mónica tomando en brazos a la pequeña.

-Ya no soy pequeña, tengo ocho años; reclamó la menor de las niñas. -Pero regalonéame igual; dijo hundiendo la cabeza en el cuello de su madre, dejando escapar un suave ronroneo.

-Hola Paty; contestaron los cuatro en un saludo sincero.

-Paty y yo somos compañeras de trabajo y la invité a cenar con nosotros esta noche; contó Mónica.

-Siempre son bien venidas tus amistades; respondió José.

-Muchas gracias, eres muy amable; contestó Paty, agradeciendo ser bienvenida.

-¿Y la comida china?; preguntó Alicia olfateando el aire.

-No me van a creer, pero no pude encontrar nada bueno; explicó Mónica.    -Pero traje pizza de carne picada con champiñones.

-Sí, que rico; gritó Alicia aplaudiendo.

-Por favor pon la mesa mientras yo me cambio de ropa; pidió Mónica a José.

Paty no sabiendo que hacer mientras esperaba que volviera su amiga, recorrió con la mirada la habitación, deteniéndose ante los bien nutridos libreros que había por todos lados.

-¡Cuántos libros!, debe haber cómo un millón; opinó exagerando.

-No tanto, solo son mil ciento cincuenta; corrigió Juan.

-Mil ciento cincuenta y uno; corrigió Alicia. -Hoy  compré uno; dijo orgullosa pasándolo a la amiga de mamá.

-“Alicia en el País de las Maravillas”, no sabía que fuera tan grueso; observó Paty mirándolo de perfil.

-Obvio, los libros pequeños son para bebes; opinó la niña.

-Es entretenido, yo lo leí hace tiempo; comentó Paty.

-Lo compré porque trata de una niña que se llama igual que yo; aclaró Alicia.

-Así es; asintió Paty.

-Claro que ella no era tan linda como yo; opinó Alicia mirando la portada del libro. -Ella tenía el pelo rubio y desteñido y no negro como el mío.

-La verdad es que tienes un pelo muy lindo; dijo Paty pasando la mano por la cabellera de la niña. -Y tus ojos verdes también son muy bonitos y combinan muy bien con tu pelo.

-¡Que increíble que todos tengan el cabello oscuro y los ojos claros!; observó Paty mirándolos a todos.

-Sobre todo teniendo en cuenta que el color claro de ojos está determinado por genes recesivos; aclaró Juan.

-Supongo que es la marca distintiva de la familia; opinó José.

-¿Demoré mucho?; preguntó Mónica entrando al living, vistiendo jeans y una camiseta estrecha que marcaba su esbelta y atlética figura, que producía un efecto hipnótico al desplazarse en forma felina.

-Me vas a tener que contar tu secreto para tener ese cuerpazo; dijo Paty mirando a Mónica, que a pesar de sus cuarenta años y ser madre de tres hijos, se conservaba como si tuviese veinte años.

-No es ningún secreto, es solo hacer un poco de ejercicio y evitar estar mucho rato quieta; aclaró a su amiga.

-¿Te sirves leche?; preguntó Mónica a Paty mientras llenaba cinco vasos del blanco líquido.

-No gracias. Soy intolerante a la lactosa; rehusó la aludida.

-Qué lástima, es muy rica; opinó Paola.

-Mamá, quiero pizza, tengo hambre; solicitó Alicia tirando del brazo a su madre.

-Si vamos, ya es tarde; contestó ella.

Los niños devoraron la pizza con gran placer y no se dieron cuenta de que habían estado haciendo una larga sobremesa.

-¡Oh, la hora que es!; exclamó Paty viendo su reloj. -No me di cuenta que se había hecho tan tarde.

-A esta hora es difícil que consigas un taxi, mejor te quedas a pasar la noche aquí; sugirió Mónica.

-¿Pero no será mucha molestia para ustedes?; preguntó ella.

-Claro que no; apoyó José. -Además es peligroso salir a esta hora de la noche a la calle.

-Supongo que tienes razón; aceptó Paty.

-Mañana jueves y el viernes es feriado, así es que no hay que preocuparse de levantarse para ir a trabajar.

-¿Papá, vamos a ir al campo estos días?; preguntó Paola, haciendo rodar una bolita de miga de pan sobre la mesa.

-Es una buena idea, pero tendríamos que salir de madrugada mañana para aprovechar el día; asintió José.

-¿Quieres ir cuatro días al campo con nosotros?; preguntó Mónica a su amiga.

-Si vamos, es bonito; invitó también Alicia, abrazándose a uno de los brazos de Paty.

-No sé qué decir, son ustedes muy amables; respondió la mujer.

-Di que sí; dijo Paola. -Te va a gustar.

-Está bien, acepto; contestó Paty. -Pero deberé pasar a buscar ropa a mi casa.

-No es necesario, tu eres de mi misma talla, así es que yo te  presto; ofreció Mónica.

En la habitación de las niñas armaron un saco de dormir para la improvisada invitada. La temperatura aunque un poco alta de las noches de verano permitía dormir en forma profunda.

Entre sueños un ruido extraño despertó a Paty, pero después de un rato ante el total silencio en la casa, volvió a dormirse plácidamente hasta las seis de la mañana en que voces y carreras la despertaron. La familia estaba preparando todo para partir lo antes posible a la casa del campo, no muy lejos de la ciudad.

-Hola, ¿cómo pasaste la noche?; preguntó Mónica.

-Bien, aunque me despertó un ruido raro; respondió Paty. -¿Tienen un gato?

-No, no tenemos; contestó Paola.

-Y yo quiero uno, pero no quieren regalármelo; dijo Alicia haciendo un puchero con la boca.

-Recuerda que eres alérgica hijita; le respondió su madre, pasándole la mano tras las orejas.

-Me pareció escuchar un gato que ronroneaba, pero debo haber estado soñando; meditó Paty.

Después de una hora y media de viaje, los paseantes llegaron a una casita en una parcela en el campo.

-Guau, que lindo paisaje; opinó Paty complacida y contenta de haber aceptado la invitación.

Los niños sin decir palabra salieron corriendo detrás de una pelota de basquetbol.

-¡Qué bien juegan Juan y Paola!; exclamó Paty. -¿Pero no lastimarán a la pequeña?

-Oh, ella estará bien; opinó José. -Mira cómo se mueve.

La pequeña Alicia era muy rápida y ágil con la pelota y podía esquivar fácilmente a sus hermanos mayores.

-¿Esta parcela es de ustedes?; quiso saber Paty.

-Sí, José la heredó de un tío  que falleció hace varios años; explicó Mónica.

-Ya veo; contestó Paty observando a los niños jugar.

Unas cuantas tórtolas que picoteaban el suelo en busca de alimento atrajeron la atención de Alicia, la que tiró la pelota a un lado y comenzó a seguirlas muy despacio para no asustarlas. Distraídamente se fue alejando cada vez más  de donde estaban los demás, hasta perderse de vista. Después de media hora regresó como si nada.

-¿Se puede saber dónde andaba la señorita?; preguntó muy seria Mónica.

-Salí a explorar; respondió con toda naturalidad la pequeña Alicia.

-Está bien, pero debes tener cuidado; aconsejó la mamá con una sonrisa en los labios.

-¡Que niños!, siempre hay que estar pendiente de ellos; comentó Mónica a su amiga.

-Disculpa, ¿qué me decías?; preguntó Paty avergonzada, que se había perdido en el profundo color de los ojos de su amiga, los que por efecto de la luz del sol que incidía en ellos, brillaban como dos esmeraldas.

-Te decía que hay que estar pendiente de esos niños, se escabullen a cada rato; comentó Mónica. 

-Como todos los niños no más; supuso Paty ya que no tenía hijos.

Ese mismo día José preparó un asado, mientras Mónica y Paty se encargaban de la ensalada y los niños de ir a cortar fruta fresca.

El aire del campo era revitalizante y el cielo nocturno aparecía cuajado de estrellas, con una banda lechosa que lo cruzaba.

-Nunca había visto tantas estrellas; comentó fascinada Paty a su amiga, mientras bebían una copa de vino de la zona.

-Y tenemos hasta nuestro propio pedacito de la Vía Láctea; contestó indicando con su mano el camino blanco en el cielo.

Después de un rato, pasada la medianoche, todos se retiraron a dormir. Cerca de la una treinta de la madrugada, Paty estaba leyendo un entretenido libro que encontró sobre la mesa de centro del living, cuando el maullido de varios gatos la distrajo de su lectura.

-Vaya, gatos. Al menos no va a haber riesgo de toparse con ratones; comentó aliviada para sí, ya que le resultaban muy desagradables los roedores.

-¿Cómo estuvo tu primera noche en el campo?; preguntó Paola mientras bebía un gran vaso de leche acompañada de galletas.

-Genial y dormí mejor después de escuchar a los gatos y saber que no me toparía con ratones por ahí; contestó risueña Paty.

-Espero que no te hayan molestado los gatos; dijo José.

-No, para nada; respondió la invitada.

-En el campo siempre hay roedores y es bueno tener gatos; opinó Mónica.  -Si es que es correcta la idea, ya que ellos siempre hacen lo que quieren y van a donde les viene en gana.

La noche la pasaron jugando Monopolio entre los seis y ya cerca de la una se fueron todos a dormir. Los gatos se escuchaban maullar y ronronear más que la noche anterior, con lo que a Paty le costaba lograr conciliar el sueño. Desvelada decidió ir a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando iba de vuelta a su cama se le cruzó un gato negro, con verdes ojos, que la hizo saltar del susto al verlo en forma repentina.

-¡Miércale!, gato de porquería, me asustaste; le gritó Paty al animal, el que se escabulló en la oscuridad tras dar un fuerte maullido.

Todos se veían algo somnolientos a la mañana siguiente; aparentemente los gatos no habían dejado a nadie dormir bien.

-Los gatos estuvieron harto inquietos anoche; comentó Paty.

-Dímelo a mí, que casi no he dormido; contestó Mónica bostezando.

Mientras cenaban la noche siguiente la luz se apagó de pronto, dejando toda la casa a oscuras.

-Se quemó un fusible; dijo José, poniéndose de pie. -Voy a cambiarlo.

-En la cocina hay linternas Paty, ¿puedes traerlas?; preguntó Mónica a su amiga.

Mientras buscaba entre los cajones se escuchó el maullido de un gato, mezcla en parte gruñido y en parte ronroneo, que produjo una inmediata descarga de adrenalina en Paty, haciéndole parar los pelos de la nuca. Apurada encendió una  linterna y fue al comedor donde estaban los demás. La luz de la linterna hizo brillar cinco pares de puntos luminosos azules y verdes, que empezaron a acercarse a ella, en medio de ese espeluznante ruido que hacen los gatos cuando están por atacar. Sin poder pronunciar sonido alguno con su garganta, Paty retrocedió aterrada, hasta que su espalda chocó contra la pared y sintió como muchos afilados y pequeños dientes se clavaban en su carne y agudas garras como pequeños cuchillos arañaban y cortaban su piel. Finalmente su boca pudo emitir un desgarrador grito de terror y dolor que pronto se apagó en medio de la oscuridad.

El sábado por la tarde Paty llamó a su novio Víctor para informarle que pronto volvería a la ciudad y para aprovechar de saludarlo.

-Hola amor, ¿cómo lo estás pasando?; preguntó Víctor.

-Estupendo cariño, me gustaría que estuvieras aquí conmigo; respondió Paty por celular.

-A mí también me gustaría, pero no puedo; continuó Víctor.

-Me voy a quedar hasta mañana, así es que nos vemos el lunes; informó Paty a su novio.

-Está bien, diviértete, nos vemos el lunes; se despidió él.

El día lunes Víctor esperó en vano que su novia lo llamara, así es que decidió telefonearle él para saber si había vuelto bien; sin embargo, el teléfono sonaba y sonaba y Paty no contestaba. Así pasó todo el día y el martes también. El día miércoles llegó y Víctor se encontraba inquieto.

Paty no había vuelto a trabajar desde el miércoles de la semana pasada, tampoco estaba en su casa y hacía días que sus amigos no la veían. Preocupado de que algo malo le hubiese pasado, Víctor se dirigió a la policía para dar aviso de la desaparición de su novia. La respuesta de las autoridades lo dejaron con gusto a nada, pero poco más podía hacer, que esperar a que ella se comunicara con él.

En el trabajo de Paty, Víctor se las ingenió para averiguar que ella había salido de ahí acompañada de una tal Mónica.

Revisando las libretas y papeles que Paty tenía en su casa, pudo dar con la dirección de la casa de su compañera de trabajo.

La propiedad se veía sola, las ventanas tenían las cortinas juntas y la puerta estaba cerrada. Después de golpear y tocar el timbre un rato, se convenció de que no había nadie en ella.

Ya las ideas se le estaban acabando a Víctor. Necesitaba encontrar a Paty, pero no sabía dónde más buscarla. Cuando empezaba a descontrolarse, recordó que el teléfono celular que le había regalado en su último cumpleaños, contaba entre sus aplicaciones, con una función de GPS. Impaciente buscó el manual del móvil para ver cómo funcionaba; después de un rato logró cargar el visualizador del GPS del teléfono de Paty en su propio móvil. Al menos era un avance, ahora faltaba cruzar los dedos y esperar a que el celular aun estuviera encendido y que a Paty se le hubiese ocurrido activar el GPS.

Ansioso a más no poder, Víctor miraba la pantalla del celular, hasta que se cargó en ella un mapa y un punto rojo empezó a brillar en él. No estaba muy lejos el lugar que indicaba; unos ciento cincuenta kilómetros por la Ruta 78, no más de una hora y media de viaje en auto. Casi corriendo Víctor puso en marcha el motor y partió raudo hacia donde lo guiaba la señal en el mapa.

Ya era de tarde, así es que llegaría cerca de las 19 horas; aún estaría claro y dispondría de algunas horas para buscar a Paty.

Casi al límite de la velocidad permitida veía a los otros vehículos pasar raudos, a medida que las ruedas del auto iban devorando los kilómetros que lo separaban de su destino.

Con los latidos del corazón en el cuello, Víctor llegó hasta una parcela aislada a unos cinco kilómetros alejada de la carretera principal, en la que se divisaba una casa de tipo campestre en medio de un paisaje dominado por cerros, un pequeño bosque y varios tipos de árboles frutales. El campo era muy lindo en realidad y esperaba que Paty hubiese decidido tomarse unos días de vacaciones y que su celular estuviese descargado solamente y que al verlo llegar se lanzara a sus brazos. Deseaba que eso ocurriese, pero un presentimiento casi supersticioso lo embargaba.

Víctor estacionó su auto fuera de la casa y como no se veía a nadie, golpeó la puerta. Después de unos minutos Mónica salió a abrir.

-Buenas tardes, mi nombre es Víctor Carvajal y soy novio de Paty. En su trabajo me dijeron que a lo mejor la podía encontrar aquí; mintió él.

-Hola, sí pasa, yo soy Mónica; contestó la mujer. -Efectivamente Paty pasó el fin de semana largo con nosotros, pero el domingo volvió a la ciudad.

Un hombre bebiendo un vaso de leche entró al living.

-Amor, él es Víctor, el novio de Paty; lo presentó la mujer. -Este es mi esposo José.

-Encantado José; respondió Víctor.

-¿Algún problema con Paty?; preguntó José. -Espero que el aire del campo no le haya hecho mal.

-Desde el sábado no he sabido de ella y ya es viernes; explicó Víctor al matrimonio.

-¿La haz llamado a su celular?; preguntó Mónica.

-Sí, pero no responde; continuó Víctor. -A lo mejor se le quedó aquí.

-No, y estoy segura de eso; afirmó Mónica. -Porque el domingo, cuando se despidió de los niños y nosotros, lo estaba olvidando y yo misma se lo pasé y vi cuando lo guardó en su chaqueta.

-Hola mami; saludó Alicia.

-Hija, este es Víctor el novio de Paty; lo presentó Mónica.

-Hola Víctor; respondió la niña.

-¿Hijita, recuerdas a qué hora se fue Paty a la ciudad el domingo?; preguntó José a su hija.

-No tengo idea, pero era después de almuerzo; respondió la niña, la cual salió corriendo al encuentro de sus hermanos.

Víctor sabía que por algún motivo esas personas estaban mintiendo, ya que el mismo teléfono celular de Paty lo había guiado hasta allí.

La llegada del ocaso comenzaba a teñir de rojo el cielo, ya pronto caería la noche. Por ahora sería mejor retirarse y pensar con calma que hacer.

-Bueno, gracias por todo y disculpen las molestias; dijo Víctor poniéndose de pie para retirarse.

-No es ninguna molestia; respondió José. -Suerte en encontrar a Paty.

Al caminar hacia la puerta, la mirada de Víctor se posó sobre la chimenea, en cuya moldura descansaban los lentes ópticos  que Paty había comprado el lunes de la semana pasada; como si no los hubiese visto salió de la casa. La noche en el exterior ya caía y las primeras estrellas empezaban a asomarse en el cielo del campo.

Víctor intuía que algo estaba mal y debía averiguar por qué le estaban mintiendo esas personas. A poco andar detuvo el vehículo y con las luces apagadas volvió a aproximarse a la parcela; por suerte para él ésta no tenía portón externo, así es que pudo ingresar sin dificultad. Una vez dentro estacionó el auto detrás de un árbol y ahí esperó a oscuras varias horas hasta que se apagaron las luces de la casa.

Si quería encontrar a Paty esta era la oportunidad para buscarla. La luna llena le permitía moverse con cierta seguridad por medio del potrero que lo separaba de la casa. Sus ojos trataban de encontrar cualquier pista, cualquier rastro que lo condujera hasta el paradero de su novia.

Sigilosamente Víctor llegó hasta el granero que había cerca de la casa. Sus intentos por entrar se vieron frustrados  por la presencia de un grueso candado que cerraba la puerta. Dejándose llevar por la desesperación, unida a la impotencia que le provocó encontrar la puerta cerrada del granero, marcó el número del celular de Paty, sin esperar escuchar respuesta.

Después de unos segundos de espera, llegó claro a sus oídos el sonido del timbre de llamada que avisaba que era él quien llamaba y que había programado junto a Paty. La fuente del sonido no estaba a más de cinco metros de distancia de él, repicando dentro del granero. Frenético envistió varias veces la puerta con el hombro hasta que finalmente el candado terminó por ceder y la entrada quedó expedita.

Un penetrante y nauseabundo olor a carne en descomposición golpeó violentamente sus fosas nasales, como pudo encendió la linterna de su teléfono para poder orientarse en la oscuridad. Cuando la luz inundó el granero, Víctor no pudo contener los vómitos que subían rápidamente por su garganta, mientras sus piernas comenzaban a temblar amenazando con quitarles el apoyo.

En medio de un montón de paja yacía el cadáver de Paty, o lo que quedaba de él, a medio devorar por lo que parecía haber sido el ataque de varios animales salvajes.

-Vaya que tierna reunión familiar; dijo sarcásticamente José.

-¡Qué han hecho malditos sicópatas!; gritó furioso Víctor, abalanzándose contra el hombre. Éste sin ningún esfuerzo de un salto quedó parado sobre una viga.

Víctor se vio rodeado por un hombre, una mujer, dos niñas y un niño; cinco pares de ojos siniestramente brillantes lo observaban; cinco gargantas de cinco personas de las cuales salía el ruido hecho por los gatos al amenazar.

Inesperadamente la niña pequeña clavó unos afilados dientes en el brazo derecho del Víctor, haciéndolo sangrar. De un golpe él la rechazó, cayendo ella al suelo.

-¡Mamá!, no me gusta que la comida me pegue; alegó la niña mientras su rostro comenzaba a cambiar, volviéndose redondeado.

-A lo mejor quiere jugar antes de la cena; dijo la niña mayor, con una voz extraña, mientras daba un zarpazo en una de las piernas de Víctor, con lo que ya parecía ser la pata de un gato.

Lentamente, sin ninguna prisa, los cinco miembros de la familia adquirieron la forma de cinco siniestros gatos cuyo oscuro pelaje se confundía con la profundidad de la noche. El padre fue el último en llevar a cabo la espeluznante metamorfosis.

-Querida; dijo él con el mismo sobrenatural tono de voz. -A lo mejor cinco pequeños gatos no son lo suficientemente divertidos para nuestra visita; ¿por qué no le das algo más emocionante con qué jugar?

Asintiendo con un maullido, la que hace tan solo unos minutos era la mujer de nombre Mónica empezó a aumentar lentamente de tamaño, hasta convertirse, frente a los aterrados ojos de Víctor, en una gran y poderosa pantera negra, cuyo rugido dejó oír a todo pulmón dentro del galpón, en medio de la noche. Acompañando los rugidos de la madre, los otros cuatro felinos se unieron en un coro de rugidos suaves de gatos listos para arrojarse sobre su presa.

Víctor miró la puerta del granero abierta y comprendió que tenía dos opciones, dejarse asesinar encerrado donde estaba, o bien salir al campo e intentar correr lo más rápido posible para llegar hasta el auto y escapar de aquella pesadilla. Volviéndose lentamente corrió hacia la puerta, internándose en la penumbra. Con su característico rugido capaz de helar la sangre, los gatos se lanzaron en su persecución. El dolor punzante de su pierna herida le llenaba los ojos de lágrimas, nublándole la vista y haciendo más difícil su carrera.

Cojeando y con la pierna sangrando pocos metros lo separaban de su automóvil. Cuando creyó que lograría llegar a él, la pantera le cortó el paso con un amenazador rugido, con sus ojos brillantes cómo dos brasas verdes. Intimidado por el imponente animal, Víctor frenó en seco y retrocedió para tratar de escapar por otro lado, los otros cuatro felinos avanzaban lentamente hacia él, moviéndose para alterar su rumbo; lo estaban guiando hacia el pequeño bosque que había cerca de allí.

Un fuerte rugido de la pantera hizo retumbar la noche. Sin otro lugar a donde poder ir, Víctor corrió hacia los árboles, arrastrando la pierna herida, ya que el dolor y la fatiga aumentaban en intensidad.

El aire comenzaba a faltarle y los pulmones le ardían; agotado se apoyó en un árbol. No veía a los gatos, pero podía escuchar sus maullidos que aparentemente provenían de todas las direcciones. Se aproximaban, los escuchaba cada vez más cerca. Ya un poco más repuesto continuó su carrera. Tropezó, cayó, se levantó y siguió corriendo; volvió a caer, sus piernas ya no respondían bien.

Algo similar debía haber padecido Paty. Esto no podía estar pasando de verdad. Era totalmente ilógico; estas cosas no existen más que en las películas de terror. Y sin embargo la prueba tangible eran sus heridas en el brazo y en la pierna.

Siguió corriendo; los gatos estaban cada vez más cerca. Los oía y su corazón ya quería dejar de latir. Esto era una locura. A lo mejor él había enloquecido; pensó para sí.

De pronto vio que el paisaje subía rápidamente. En su carrera desesperada cayó en un desnivel del terreno. Adolorido trató de incorporarse, pero sus músculos se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro.

Resignado a su extraño final se sentó en el suelo esperando el ataque por tanto rato dilatado. Esperó por varios minutos, pero nada ocurría. De a poco se incorporó y apoyado en un árbol aguardó. La quietud de la noche solo era rota por el canto de los grillos y las ranas, pero no se oía ningún ruido fuera de lo normal. Parecía que los gatos se habían marchado, o tal vez nunca estuvieron ahí.

En eso meditaba cuando uno a uno vio aparecer cinco pares de puntos luminosos que lo rodeaban. Ya estaba totalmente agotado y nada hizo para impedir que los ojos  se aproximaran cada vez más.

Los cinco gatos se lanzaron al mismo tiempo sobre su presa. Los gritos de Víctor llenaron el bosque, quebrando la tranquilidad aparente de la noche. Pequeños dientes y garras afiladas como agujas desgarraron la carne hasta que todo signo de vida en él cesó.

-Mami, Paty tenía mejor sabor; opinó la pequeña Alicia lamiendo su mano roja con la sangre de Víctor.  

-Es cierto, pero aunque ya cenaste, igual vas a tomar un vaso de leche cuando volvamos a la casa; dijo Mónica a su hija menor.

El día estaba espléndido y los niños se veían contentos en el colegio. Las vacaciones estaban por comenzar y las risas eran más intensas y relajadas.

-¿Silvia, hablaste con tu mamá para que te diera permiso de pasar una o dos semanas de vacaciones en la parcela de mi familia?; preguntó Paola a su amiga, mirándola con sus ojos intensamente verdes, como dos esmeraldas que fulguraban con luz propia.  

 

Noche eterna

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Boris Oliva Rojas

 

 

Noche Eterna

El cordón montañoso aunque no muy alto, daba la oportunidad de realizar una entretenida excursión, especial atractivo para algunos brindaban los varios socavones y pirquenes abandonados hace tiempo ya por viejos buscadores de mineral que surgieron en forma artesanal en torno a la gran mina de cobre que extraía el metal de la tierra cerros adentro. Pequeñas grutas hechas en los cerros más alejados para buscar una posible beta funcionaban estupendamente como refugios temporales para excursionistas y vagabundos.

La noche primaveral dejaba ver en todo su esplendor las estrellas del hemisferio sur.

Jorge parecía todo un cavernícola tratando de encender la fogata mientras Víctor cortaba la carne y Viviana preparaba la ensalada. Berta mientras tanto observaba las luces del pueblo cercano y el hilo de plata del río que brillaba bajo la luna llena.

-Deberían ver lo hermosas que se ven desde aquí las estrellas; comentó Berta a sus amigos al entrar en la cueva.

-Nunca las vez así en Santiago; opinó Viviana. -Por eso me gusta venir cada vez que puedo para acá.

-Sobre todo porque tus padres viven aquí; comento Jorge.

-A mí también me gusta volver de vez en cuando; dijo Víctor, quien había nacido y vivido su niñez y adolescencia en una de las parcelas de los alrededores. -Claro que igual ahora no sabría vivir fuera de Santiago.

-La suerte de ustedes dos; observo Berta. -Conocerse en Santiago y descubrir que nacieron en la misma zona.

La noche avanzaba despacio; la carne asada y la cerveza inundaban el interior de la cueva con una agradable atmósfera de aroma y calor. La conversación pasaba de un tema a otro, desde las coincidencias de la vida, hasta los terribles acontecimientos ocurridos en la provincia en el pasado cercano, pasando por las marcas que la extracción de cobre había dejado en el paisaje y las leyendas que se entrelazaban con la realidad en la zona.

-Mmm, parece que la cerveza me está haciendo efecto; comentó Víctor que sintió que se balanceaba.

De pronto el piso comenzó a vibrar.

-Está temblando; observo alarmada Berta.

-Tranquila ya va a pasar; pensó Jorge.

Sin embargo, en vez de disminuir el movimiento aumentó su fuerza y un ruido de quebradura de rocas acompañó el estremecimiento de la Tierra.

-¡Es un terremoto!; gritó Viviana.-Salgamos de aquí.

Apenas podían mantenerse en pie y a duras penas lograron salir de la cueva. Rodados de rocas caían cuesta abajo en el cerro vecino. Las luces del pueblo se apagaron. Después de eternos dos minutos el violento sismo concluyó, dejando visibles cicatrices en el suelo y en las laderas de los cerros. Sobre el río el puente que unía los cerros con el pueblo, yacía tirado como un gran animal cuyas patas se hubieran roto.

-¿Están todos bien?; preguntó Víctor.

-Zamarreada y muy asustada; contestó Viviana.

-Si también estoy bien; agregó Berta.

-Y yo; dijo Jorge.

-No puedo comunicarme por teléfono; observó Viviana, quién insistía con su celular.

-Espera un rato; aconsejó Jorge. -Siempre cae la señal con esto.

-Miren, un fantasma; dijo Berta indicando una forma voluptuosa que salía de entre las rocas.

La aparición se elevó cerca de un metro sobre las rocas, iluminando el área con un resplandor sobrenatural.

-¿Qué será esa cosa?; preguntó Jorge.

Eso, con una forma indefinida los observaba sin hacer nada.

-Se ve pacifico; opinó Viviana. -Que lindos colores tiene.

Casi sin poder contener el impulso ella avanzó extendiendo su brazo.

-¡No te acerques!, es una nube de plasma; gritó Víctor.

La advertencia llegó muy tarde a los oídos de Viviana, quién ya daba el paso que la acercaba demasiado a la extraña aparición. Un rayo de electricidad emanó de la nube luminosa golpeando la mano de la mujer, lanzándola de espalda a dos metros de distancia.

-¡Viviana!; gritaron todos al ver a su amiga inmóvil en el suelo.

Jorge revisó rápidamente los signos vitales y constató que el golpe sola la había hecho perder el sentido.

-Está inconsciente solamente, por suerte no fue mucha electricidad, de lo contrario habría detenido su corazón; explicó Jorge a sus compañeros.

De a poco Viviana fue recuperando la consciencia hasta que pudo despertar al cabo de unos minutos.

-Ay, me duele todo, ¿qué me pasó?, ¿por qué estoy en el suelo?; preguntó confundida aún.

-¿Recuerdas qué te golpeó?; preguntó Jorge  mientras revisaba las pupilas de la joven con una linterna.

-Recuerdo que hubo un terremoto y ahora que estoy en el suelo, nada más; contestó ella.

-¿Recuerdas la nube brillante que parecía como un fantasma?; preguntó Víctor.

-¿Un fantasma?; preguntó confundida Viviana.

-Bueno, no exactamente, era una nube de plasma, supongo que de radón. Demoré un poco en reconocerlo y no alcancé a avisarte a tiempo para que no la tocaras y recibiste una descarga eléctrica fuerte; aclaró Víctor.

-No recuerdo nada de eso; dijo Viviana.

-Es normal con una electrocución;  explicó Jorge.

-¿Qué hora es?; preguntó Berta.

-Son las…, vaya mi reloj se detuvo; observó Viviana.

-Debe haber sido por el golpe eléctrico; comentó Víctor.

-Tu cerebro también se desconectó, pero eso es normal; bromeó Jorge.

Víctor trató varios minutos de comunicarse con la casa de Viviana en el pueblo sin mucho éxito; hasta que por fin, después de un rato, alguien contestó al otro lado.

-Aló, aló, ¿Sandra?, hola, soy Víctor. Estamos bien ¿y ustedes?

-Muy asustados todavía; contestó la mujer desde el pueblo.

-Vamos a demorar en regresar. No se preocupen, es que el puente se vino abajo con el terremoto; contó Víctor.

La llamada se cortó así es que no pudo decir más. La comunicación por celular seguía siendo muy mala después de los terremotos, a pesar de los esfuerzos por arreglarla.

En eso el suelo comenzó a moverse nuevamente, pero esta vez con menos fuerza.

-Está temblando de nuevo; dijo Berta asustada.

-Es una réplica; observó Jorge. -Va a haber varias.

-Ya pasó; dijo Víctor al poco rato. -Se va a estar moviendo por varios días.

-¿Qué hacemos?, ¿esperamos a que nos rescaten o tratamos de volver?; preguntó Jorge.

-El puente se calló; observó Viviana. -Podríamos tratar de pasar por encima o por el lado, al final no hay mucha agua en el río.

-Quedarse aquí es peligroso por los derrumbes que puede haber; opinó Víctor.

-Entonces tratemos de cruzar con cuidado el río; propuso Jorge.

-Recojamos todo entonces; dijo Berta.

Algo nerviosos los cuatro amigos ingresaron a la cueva para juntar sus cosas.

-Miren; dijo Víctor. -Hay algo labrado en la roca; con el movimiento debe haberse descubierto.

-Es algo que está escrito en la roca; observó Berta. -“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron, levántate ya criatura de destrucción y trae tu sombra de maldad y muerte a este mundo. Ven a mi llamado, yo te lo ordeno”; leyó ella en voz alta.

-Vaya que raro; comentó Jorge.

-Algún chiflado lo habrá escrito ahí; opinó Víctor. -Y el terremoto botó las rocas que lo tapaban.

-Recuerden que en esta zona hay muchas leyendas de brujas; comentó Viviana.

Cerro más arriba, lejos de la mirada de ojos humanos unas rocas rodaron cuesta abajo, dejando atrás una grieta en la pared de piedra. Una mano con garras y pelos, si mano es la palabra correcta para describirla, asomó en la oscura noche.

El cielo se cubrió de nubes ocultando la luna. La noche se tornó negra, de una negrura profunda y espesa, que lo invadía todo; una negrura que era una ausencia total de luz.

-Se nubló; dijo Berta. -Pero que oscuro está, no puedo ver nada a más de un metro de distancia.

-Así como está no creo que podamos cruzar el puente; opinó Jorge.

-Mejor esperamos a que se despeje y aclare un poco; aconsejó Viviana.

Víctor de su mochila sacó una linterna y un foco busca caminos para alumbrar la noche. -Esto nos ayudará a ver mucho mejor; comentó. Sin embargo, el foco no alumbraba a más de diez metros y la linterna con suerte a cinco metros de donde se encontraban.

-¡Qué extraño!; observó Víctor. -El foco tiene un alcance de quinientos metros y la linterna de ciento setenta y apenas alumbran.

-Deben estar gastadas las pilas; opinó Jorge.

-No creo, son nuevas, mira; dijo poniendo la mano frente al foco, con lo que se podía ver incluso los huesos de lo potente que era la luz.

-Probemos con esto; sugirió Jorge sacando una pequeña caja con una pistola lanza bengalas.

-Apunta hacia el río; aconsejó Viviana. -No vayamos a causar un incendio.

Jorge disparó la bengala al aire esperando, al igual que los demás, que iluminara todo con el típico resplandor rojizo. Sin embargo, lo único que se vio fue el punto incandescente que se elevaba y describía una parábola hasta apagarse, pero sin llegar a romper el manto de tinieblas que cubría todo.

-¡Que me parta un rayo!; exclamó incrédulo Jorge. -No entiendo cómo es que una bengala no alumbra nada.

-A lo mejor está mala, lanza otra; sugirió Berta.

Así lo hizo pero el resultado fue igual al anterior. Una oscuridad que lo cubría todo, como una cortina impenetrable.

-Parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que amanezca; opinó Víctor.

Un fuerte viento tibio, como cuando uno sopla una vela, extinguió completamente la fogata, dejando a los cuatro amigos sumidos en la más absoluta penumbra.

-Hey, el fuego se apagó; reclamó sorprendida Berta.

Lo único que quedaba era el resplandor de las brasas que no duraría mucho. El silencio fue roto por una carcajada horrible que parecía provenir de todos lados a la vez.

-¿Qué fue eso?; preguntó con los pelos de punta Viviana.

-Se oyó como una carcajada; observó Víctor.

-Tengo mucho miedo; dijo Berta.

-Alguien debe estar tratando de jugarnos una broma aprovechándose de la oscuridad; opinó Víctor.

-Si logro atrapar al desgraciado, no le van a quedar ganas de volver a hacer bromas; comentó Jorge.

-¿Escucharon eso?; preguntó Viviana.

-Parecen pisadas; observó Berta.

-Alguien se está moviendo en torno a nosotros; observó Víctor.

-Puede ser un puma; opinó Jorge.

-Alumbremos con las linternas; sugirió Víctor, encendiendo las suyas.

En lo poco que los rayos de luz podían penetrar en la extraña y profunda oscuridad, una horrible figura cruzó corriendo dejando ver su espeluznante apariencia.

-¿Qué es esa cosa?; preguntó casi gritando Viviana.

Los cuatro gritaron al mismo tiempo de la impresión; su pulso acelerado y las pupilas dilatadas. Lo que vieron no calzaba dentro de los parámetros normales. Aunque la visión fue fugaz, pudieron notar que medía cerca un metro setenta, tenía garras, la piel cubierta de pelos y una sonrisa cruel y con dientes como agujas. La cosa se escabulló a las tinieblas en medio de aterrorizantes carcajadas, dejando un penetrante olor a azufre en el aire.

-¿Qué demonios está pasando?; preguntó Jorge algo inquieto.

-Alguien con un disfraz nos quiere asustar; opinó Víctor.

En eso el suelo comenzó a moverse violentamente por una de las muchas replicas que venían después del terremoto.

-Ahora va a ver ese idiota; dijo Jorge avanzando enojado hacia la oscuridad.

-Espera, no vayas; pidió Viviana, pero él ya no escuchaba razones.

Internándose en la noche, Jorge salió de la vista de sus amigos. De pronto un alarido llegó desde las tinieblas.

-¡Jorge!, ¿qué pasa?; gritó Víctor.

De en medio de la penumbra salió la criatura, sujetando del cuello roto con las garras el cuerpo inerte de Jorge, por el que se deslizaba su sangre.

Dejando escapar un grito de terror, las mujeres y Víctor vieron como esa cosa arrojaba con desprecio a sus pies el cadáver degollado de su amigo, ocultándose luego en la oscuridad en medio de su horrorosa carcajada.

-Salgamos de aquí; dijo Víctor tomando de la mano a Berta y a Viviana. -No debemos separarnos; Berta alumbra para adelante, Viviana alumbra el piso.

Los tres amigos trataban de alejarse lo más rápido posible de aquel lugar, barriendo con sus linternas el terreno frente a ellos para no caer cerro abajo. Gritos guturales y carcajadas alteraban el silencio, aterrándolos cada vez más.

-¿Qué es lo que está ocurriendo?; preguntó Viviana. -¿Qué es esa cosa?

-No lo sé; contestó Víctor. -Debemos esperar a que amanezca para salir de aquí e ir a la policía.

-Pero ya son las nueve de la mañana y aún no ha aclarado; observó Berta.

-No lo entiendo, el sol debería haber salido hace rato; comentó Viviana.

-¿Qué produce esta oscuridad tan impenetrable?; preguntó Víctor.

-¿Será por el terremoto?; conjeturó Berta.

-No lo creo, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?; observó Viviana.

Un terrible grito hizo que a los tres amigos se les helara la sangre de susto; aunque ya hacía rato que el susto se había convertido en terror.

-¿No será porque leí lo que estaba escrito en la roca?; opinó Berta.

-¿Te refieres a algo así como un conjuro de magia negra?; preguntó Víctor.

-Sí, ¿se te ocurre una explicación mejor para esta negrura tan grande y esa cosa que mató a Jorge?; consultó ella.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo esto; opinó Viviana.

-¿Acaso piensas que esto es muy natural?; insistió Berta.

-Estamos dejando que nuestra imaginación se dispare, debemos mantener la calma; aconsejó Víctor.

-¿Mantener la calma?, ¿de qué hablas?, Jorge está muerto; dijo Berta con lágrimas que corrían por sus mejillas.

Víctor no supo que contestarle a la mujer; además, tampoco habría alcanzado a decirle algo. Al pasar bajo un árbol, dos fuertes y peludas manos se apoderaron de él. Un alarido que hizo retumbar los cerros alertó a las dos mujeres de que Víctor ya no estaba con ellas. En medio de histéricas carcajadas, el cadáver decapitado del hombre fue arrojado a los pies de ellas. Un grito de terror escapó de sus gargantas; con los ojos muy abiertos vieron como alguien les arrojaba a la cara la cabeza de su amigo.

El pánico se apoderó de las mujeres, quienes corrieron despavoridas de ese sitio, sin preocuparse de nada más que de huir. Detrás de ellas sentían los pasos que las seguían y las carcajadas sicóticas de su perseguidor. Sin tener consciencia del tiempo transcurrido, ambas seguían corriendo a pesar de que ya no se oía ningún ruido tras ellas.

Tan desesperadas y descontroladas iban que Viviana no se percató de que se acababa el camino y cayó del cerro arrastrando a Berta con ella. Aunque la caída no fue a más de un metro de desnivel, el dolor que le produjo el golpe fue agónico.

 -Me quebré una pierna; lloraba Viviana sosteniéndose la pierna derecha. 

La linterna junto a ellas, le permitió a Berta ver como arrastraban a su amiga hacia las penumbras, en medio de gritos de terror y desesperación, al tiempo que hundía sus dedos en la tierra para impedir que se la llevaran; lo único que consiguió con esto fue que sus manos sangraran al romper su piel.

Aterrada y en medio de llanto, Berta subió hasta el camino; cojeando por haberse torcido un tobillo y con el rostro todo arañado por haber caído entre unas ramas, trataba de escapar. Ya no podía pensar, solo su instinto de supervivencia la hacía seguir corriendo. Carcajadas la perseguían y la  acosaban provenientes de todos lados.

El dolor de su pie era insoportable, pero aún podía  apenas continuar. Casi arrastrándose llegó a una roca y ahí se recostó agotada un rato. Presa de un pánico indescriptible, vio como esa cosa se aproximaba lentamente hacia ella, dejando ver sus afilados dientes; el aire se volvió irrespirable por el penetrante olor a azufre que lo inundaba. Berta trataba de retroceder, pero era imposible porque su espalda estaba pegada a la roca.

La criatura seguía aproximándose a ella; la mujer sintió un golpe en la cara, luego dolor y finalmente nada más.

Arrastrándola de un brazo el ser la llevó  hasta la cueva, que se encontraba iluminada por un rojo resplandor, depositándola en una especie de mesa de roca. Con un cuchillo de piedra en una mano, la criatura comenzó a recitar un antiguo y oscuro conjuro.

-“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron; levántense ya criaturas de destrucción y traigan su sombra de maldad y muerte a este mundo. Vengan mis hermanos y tomen este mundo en esta noche eterna”.

Berta estaba totalmente consciente pero incapacitada para moverse. Dando un alarido de terror y dolor sintió como el cuchillo se clavaba en su pecho; con los ojos desorbitados vio como la criatura tomaba su aún palpitante corazón en sus manos y lo devoraba. Finalmente la vida de Berta se extinguió en medio del pánico más indescriptible, quedando con los ojos abiertos en una mirada de terror.

En las paredes y en el suelo, y por todas partes del planeta se abrieron grietas por donde empezaron a salir millones de horribles criaturas. En una eterna noche que cubría todo el mundo, la muerte y el terror comenzaban su reinado macabro. El dominio de los humanos de este mundo llegaba para siempre a su fin.

 

 

Corre, Corre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Corre, Corre

Silvana se agachó agotada para poder tratar de recuperar el aire; los músculos le ardían y pesaban, pero debía seguir corriendo o él la alcanzaría. Lo había perdido una cuadra atrás en medio de la gente, pero sabía que en cualquier momento él la volvería a localizar y si lograba atraparla la mataría.

No entendía cómo había terminado en esta frenética carrera por salvar su vida. Se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana, tras una corta ducha se vistió y tomó desayuno; cerca de las siete y treinta estaba lista para salir. Entonces, desde su habitación, escuchó un ruido en la cocina; al ir a ver que era encontró su cartera abierta y una taza rota con el café derramado en el piso. Un ladrón había entrado; armada de un palo revisó la casa, pero no había nadie; una cortina se movió y el corazón casi se salió de su pecho, el sudor cubría su frente. Podía escuchar la respiración del bandido, su olor inundaba todo el aire; de pronto vio el brillo de una hoja de acero y una sombra que se abalanzó hacia ella. Despavorida corrió hacia la puerta, estaba cerrada con llave y no podía abrirla, sus manos temblaban; dejó caer el palo y logró introducir la llave en la cerradura. Cuando puso un pie en la calle, sintió en el cuello el aliento del asaltante y el silbido del cuchillo que pasaba rozando su espalda; los pelos de la nuca se le pusieron de punta mientras echaba a correr hacia la avenida.

Con un poco más de energía en sus piernas Silvana reanudó su carrera, escuchó la voz cavernosa de él que le gritaba que la mataría; estaba aterrada, él la alcanzaría. No quería morir, el miedo a la muerte la consumía; no así, no de esta forma. Angustiada sintió como dos fuertes manos la sujetaban de los hombros; el pánico le impidió gritar.

-¡Señorita!, ¿qué le ocurre?; preguntó el carabinero que la había afirmado de los hombros cuando estuvo a punto de ser atropellada.

-¡Quiere matarme!, me está alcanzando; gritó angustiada mientras apuntaba para atrás.

La calle estaba vacía, había llegado a una plaza solitaria a esa hora de la mañana. Su perseguidor se había ocultado ante la presencia del uniformado.

Silvana miró con ojos angustiados al carabinero; el calor cubrió su rostro, sus oídos dejaron de escuchar los ruidos que le llegaban y finalmente todo se oscureció. El cuerpo de ella descansaba desmallado en los brazos del policía.

Veinte minutos después, los paramédicos la hacían recuperar la conciencia.

-Ya vuelve en sí; escuchó a lo lejos que alguien hablaba.

-¿Recuerda qué ocurrió señorita?; preguntaba otro carabinero.

Incorporándose despacio, Silvana le contó cómo había descubierto a un ladrón en su casa, el cual la había tratado de matar y perseguido por la calle, hasta que se encontró con el carabinero y el atacante había escapado.

-Es necesario que revisemos su casa en busca de huellas dactilares señorita Fernández, ¿sería tan amable de acompañarnos?; solicitó un sargento de carabineros.

-Si por supuesto; contestó Silvana. -Aunque aún estoy muy asustada.

-No tiene nada que temer, personal nuestro la escoltará; la tranquilizó el sargento.

La patrulla de carabineros, junto a un cuartel móvil, se detuvo frente a la casa. Silvana bajó del auto junto a dos uniformados. La puerta de calle estaba abierta, tal como la había dejado ella al escapar del ladrón. Con guantes quirúrgicos los policías se dirigieron a la cocina para buscar huellas. Sobre la mesita de la cocina estaba la taza con el café helado ya y junto a ella la cartera de Silvana bien cerrada.

-Usted contó que el asaltante había roto una taza y abierto su cartera, señorita Fernández, ¿cómo explica esto?; preguntó el sargento.

-Yo no lo entiendo, juro que estaba todo revuelto, por el ruido de la taza que se quebró supe que había entrado alguien a la casa; respondió Silvana toda confundida.

-La puerta trasera y todas las ventanas están cerradas mi sargento; informó un carabinero.

-¿Señorita Fernández, está consumiendo algún tipo de medicamento o relajante para los nervios últimamente?; preguntó el policía.

-¡Claro que no!, ¿acaso insinúa que yo inventé  todo esto o me estoy drogando?; contestó enojada Silvana.

-No dije eso señorita, es solo que a veces la imaginación nos juega malas pasadas y si uno está tomando alguna sustancia especial, éstas pueden parecer muy reales; explicó el carabinero.

-No estoy tomando nada sargento; aseguró ella algo ofendida.

-Bueno, si necesita algo más, le dejo mi tarjeta para que me llame; se despidió el carabinero. Los dos vehículos policiales se retiraron, dejando a Silvana  sumida en la incertidumbre.

Una semana llevaba Silvana encerrada en su casa, sin atreverse a salir ni a la esquina. Alguien la vigilaba, había visto un auto sospechoso parado cerca de su casa y la observaban con binoculares o cámaras fotográficas. No entendía por qué lo hacían, pero estaba ciento por ciento segura de ello. Era mejor mantener las cortinas cerradas.

El encierro la tenía muy nerviosa, así es que decidió llamar por teléfono a su mejor amiga Carmen.

-Hola Carmen, ¿podrías venir por favor?; pidió Silvana a su amiga, sin dar mayores detalles, ya que claramente escuchó que alguien levantaba un teléfono y escuchaba la conversación, la respiración de la otra persona se oía muy distante, luego colgaron antes que ella y escuchó el clic al otro lado de la línea.

Su teléfono había sido intervenido por alguna razón que ella ignoraba; ¿pero quién podría haberlo hecho? y ¿para qué?

Silvana estaba  helada de la impresión y con su cabeza llena de preguntas sin respuestas.

-¿Quién me estará vigilando?; se preguntaba.

-Alguien intervino mi teléfono, ¿pero cuándo y cómo?; meditaba tratando de pensar. -Los carabineros estuvieron revisando todo, ellos tienen que haber sido.

Una hora después Carmen llegó a casa de Silvana, quién la tomó de la mano y la sacó antes de que ella pudiera hablar.

-Vamos a caminar y a tomar un helado a la esquina; dijo a Carmen.

-¿Qué pasa amiga?, estás muy asustadiza últimamente; observó Carmen.

-La semana pasada trataron de matarme; contó Silvana a su sorprendida amiga.

-¿Qué cosa?; exclamó Carmen.

-Un ladrón entró a mí casa y cuando lo pillé, trató de matarme y me persiguió por la calle; agregó.

-¿Diste aviso a carabineros?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no me creyeron porque todo estaba ordenado en la casa y eso que ésta quedó de cabeza antes de poder arrancarme; narró Silvana.

-Pero que  horrible; opinó Carmen.

-Y eso no es todo; agregó la afligida Silvana. -Toda esta semana me han estado vigilando desde un auto.

-Puede ser la policía; pensó Carmen.

-No creo, porque me fijé que me han estado sacando fotos desde ese auto; comentó Silvana.

-También me tienen intervenido el teléfono fijo y hay micrófonos en la casa; continuó llorando esta vez.

-¿Pero por qué?; preguntó sorprendida Carmen. -¿Estás metida en algún grupo político?, ¿o le debes plata a alguien?, ¿o algo con drogas?

-No, nada de eso. No sé por qué me están haciendo todo esto, ni quién está detrás; observó Silvana.

Después de fumar un cigarrillo en silencio, Carmen tomó una  decisión.       -Quédate en mi casa hasta que todo se solucione; ofreció a su amiga.

-¿De verdad harías eso por mí?; preguntó Silvana.

-¡Por supuesto!; respondió tomándole la mano. -Quédate el tiempo que sea necesario.

Durante los dos días siguientes Silvana pudo disfrutar de algo de la calma que no tenía en su propia casa. Volvía una tarde del almacén cuando vio un auto con los vidrios negros que avanzaba lentamente tras ella. Nerviosa  aceleró el paso y el auto dio la vuelta en una esquina; muy agitada llegó a casa de Carmen.

-¿Qué pasa?; pregunto ésta.

-Un auto me estaba siguiendo; contó Silvana, mientras con manos temblorosas encendía un cigarrillo.

-No hay nadie afuera; observó Carmen tras mirar por la ventana.

-¿Por qué a mí?; preguntó Silvana poniéndose a llorar.

-Tranquila, todo va a salir bien; la consoló Carmen abrazándola.

Antes de acostarse a dormir, Silvana pudo comprobar que el auto que la seguía en la tarde estaba estacionado frente a la casa.

Carmen se despertó sobresaltada por un ruido en el living. Alumbrada por la linterna de su celular fue a ver qué ocurría. Una mano le tapó la boca; Silvana le impidió gritar mientras le indicaba la cortina que se agitaba. Aterrada vio el brillo del acero de un cuchillo y una sombra que se acercaba a ellas.

-Salgamos de aquí; rogó Silvana a Carmen.

El agresor se lanzó para interceptarlas antes de que llegaran a la puerta. El doble seguro de la cerradura costó unos segundos valiosos. Cuando Silvana cruzó el umbral de la puerta, con horror vio como el cuchillo se hundía en la espalda de Carmen, quién caía sin vida ante sus ojos.

Aterrada Silvana corrió sin mirar atrás, sintiendo los pasos de su perseguidor que se acercaban. El aire le faltaba y solo la adrenalina le permitía seguir adelante; su carrera descontrolada la llevó sin darse cuenta a la casa de su novio Héctor. En algún momento había perdido de vista al hombre que la seguía.

-Por favor ábreme rápido; rogó Silvana mientras golpeaba desesperada la puerta de su novio.

-¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?; preguntó Héctor medio dormido aún.

-Me quieren matar. Mataron a Carmen y ahora quieren matarme a mí; gritó Silvana mientras entraba corriendo a la casa de Héctor.

Sorprendido él no alcanzó a cerrar la puerta cuando un hombre armado con un cuchillo ensangrentado entró de un empujón a su casa. Del golpe Héctor cayó al suelo, pero se puso de pie en seguida. Silvana vio, sin saber qué hacer, como ambos hombres se enlazaban en una pelea; el asesino lanzó una puñalada a Héctor, pero éste detuvo su mano en el aire, mientras con la otra mano lo golpeaba tan violentamente que su cabeza fue a estrellarse contra el vértice de metal de la mesa de centro, oyéndose un ruido horrible de un cráneo al romperse. El asesino yacía inmóvil en el suelo, mientras manaba mucha sangre de una gran herida en su cabeza.

Con los ojos cerrados Silvana se arrojó a los brazos de su novio, quién la apretó contra su pecho; tras un temblor de éste, sus brazos se soltaron. Abriendo los ojos, con terror vio como el criminal aún estaba con vida y clavaba el cuchillo una y otra vez en la espalda de Héctor. Con la hoja de acero chorreando sangre, el hombre se abalanzó finalmente contra Silvana; la luz se apagó y sus ojos se cerraron. Ya todo había acabado.

A la mañana siguiente la señora que hacía el aseo en la casa de Héctor, encontró el macabro escenario de la tragedia desarrollada durante la noche anterior. En medio de lágrimas y gimoteos, logró dar aviso a la policía.

Si tan solo hubiesen escuchado mejor a Silvana, todo esto se habría podido evitar, pero no lo hicieron. Lamentablemente, ahora la policía solo podía hacer las pesquisas pertinentes para aclarar las circunstancias en que se produjeron estos violentos asesinatos.

-Doctor Sánchez, ¿qué puede decirme de Silvana Fernández?; preguntó el detective.

-Silvana era paciente mía; hace un año empecé a tratarla. Aseguraba que alguien la vigilaba; pensaba que su teléfono estaba intervenido y su casa llena de micrófonos. Estaba segura que alguien quería matarla y en más de una ocasión que la persiguieron con un cuchillo en plena calle; relató el siquiatra al detective.

-¿Qué opina usted al respecto?; consultó el policía.

-Bueno yo, junto a un  grupo de colegas, diagnosticamos que Silvana Fernández padecía de esquizofrenia paranoide y que todo estaba dentro de su mente. Para controlarla se le recetó antipsicóticos, pero hace dos semanas dejó de tomarlos. Le advertí que eso podía ser muy peligroso, pero no me hizo caso. ¿Se ha metido en algún lio acaso?; preguntó el médico, que ante la orden judicial que llevaba el detective, no había tenido más remedio que contestar todas las preguntas de él.

-Anoche fueron asesinados la señorita Carmen Tapia y el señor Héctor Rojas, amiga y novio de la señorita Fernández respectivamente. El arma homicida fue un cuchillo de cocina; contó el policía al siquiatra. -Las huellas  de la señorita Fernández están en el cuchillo, así como también se encontró sangre de ambas víctimas en sus manos y en su ropa. Físicamente ella está bien, pero parece haber caído en un estado catatónico que la aisló totalmente de la realidad. Ahora está recluida en una institución siquiátrica con una camisa de fuerza, para su propia protección y la del personal, ya que ha tenido cuadros muy violentos, pero parece estar totalmente ausente de este mundo; concluyó el detective.

-Nunca debí permitir que ella dejara de tomar sus medicamentos; se lamentaba el doctor Sánchez, con la cabeza apoyada en sus manos, quién de alguna forma se sentía responsable en parte de esta tragedia.

 

 

Saludos del Brujo Negro

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Saludos del Brujo Negro

BRUJO NEGRO

Bienvenidos a la oscuridad y a las tinieblas. En mi mundo encontrarán terror, sangre, muerte y destrucción. 

Aquí sentirán el poder de la magia negra y de las fuerzas que habitan lejos y fuera de los sentidos de los humanos.
Verán ciudades arder desde sus cimientos y mundos enteros estallar.
Mi pluma los llevará a conocer personajes que pasan de la risa al llanto, del llanto al miedo, del miedo al terror y del terror a la muerte.
Déjense guiar por las letras escritas con mezcla de la más oscura magia negra y sangre y sazonadas con algo de deliciosa herejía.

Los saluda el Brujo Negro

 

Encuentro de mundos

 

Encuentro de Mundos

 

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Boris Oliva Rojas

 

 

Encuentro De Mundos

 

-Al fin llegamos; dijo la mujer a su novio, al momento de descender del avión.

-Primera vez que estoy en España; comentó él.

-Y yo, fue una suerte que nos hayan regalado estos pasajes; opinó ella.

-¡Sí!, serán las vacaciones perfectas, tú, yo y Sevilla; pensó el hombre.

-Y te servirá para practicar tu castellano; observó ella.

-Si es que tenemos tiempo; le contestó el norteamericano, tomándola de la cintura y atrayendo su cuerpo hacia él.

-Buenos días; saludó amablemente la recepcionista. -¿Primera vez en España?

-Sí de vacaciones; contestó el hombre.

-Queremos ir a pasarlas a uno de los pueblos cerca de la ciudad; continuó ella. -Después nos dedicaremos a conocer la ciudad de Sevilla.

-Entiendo. ¿Están de luna de miel?; preguntó curiosa la mujer tras el mesón.

-No; contestó él.

-Sí, corrigió ella.

-La verdad es que no estamos casados; aclaró el hombre.

-No se necesita estarlo para ser un matrimonio; opinó ella.

-Le encuentro toda la razón señorita: opinó la recepcionista del hotel.   -Bueno, aquí tienen una guía turística de toda la provincia de Sevilla. Un taxi los puede llevar hasta un lindo pueblo que está a una hora de la ciudad, estoy segura que les encantará; dijo entusiasmada la joven a la pareja de turistas.

-Gracias, es usted muy gentil; dijo el hombre, tratando de controlar su acento norteamericano.

-Yo misma puedo arreglar la reserva de una cabaña de descanso allá; solo muestren mi tarjeta de presentación en la oficina de turismo de la municipalidad y todo listo para disfrutar de sus vacaciones; ofreció servicialmente la empleada del hotel.

-Muchas gracias, es usted muy amable; dijo la turista chilena, estrechándole suavemente la mano.

Temprano al día siguiente un taxi los estaba esperando para llevarlos hasta el pueblito donde pasarían un mes de tan ansiadas vacaciones. Ya que, aunque llevaban varios meses viviendo juntos, por motivos de trabajo no habían podido descansar y compartir mucho a solas.

Poco a poco el paisaje se fue haciendo más rural, hasta que llegaron a un pequeño pueblo de casitas blancas. Tras pagar el taxi, se dirigieron a la oficina pública del municipio, como les recomendó la joven del hotel.

-Buenos días, ¿en qué los puedo ayudar?; preguntó una señora tras un escritorio.

-Buenos días, estamos de vacaciones y en el hotel en Sevilla nos dijeron que pasáramos por aquí para ver la reserva de una cabaña; respondió la recién llegada mujer junto a su pareja.

-Sí precisamente aquí la tengo. ¿Se van a quedar mucho tiempo aquí?; preguntó la encargada.

-Un mes; contestó contenta la turista.

-Estupendo; el pueblo es muy tranquilo y acogedor y esta es la mejor época del año; comentó la funcionaria. -Solo necesito que llenen esta ficha.

Los dos turistas leyeron y anotaron toda la información solicitada y se la devolvieron a la encargada.

-Muchas gracias, señor Robert Norton y señorita Katherine Bravo, que disfruten de sus vacaciones; contestó esta.

-Sí, gracias, hace tiempo que queríamos estas vacaciones; contestó Robert.

-La cabaña ya está amoblada, ustedes solo deben comprar los víveres; avisó la funcionaria.

-Gracias; contestó Katherine.

La pareja salió de la mano y se dirigió lentamente a la cabaña, que estaba en las afueras del pueblo, junto a un lindo bosque.

-Está muy lindo el paisaje; comentó Katherine.

-Sí, es muy tranquilo; observó Robert.

-Vamos al pueblo a hacer algunas compras; sugirió la mujer.

-Bueno, pero primero ven; le contestó él, tomándola de la cintura para besarla.

-Gánatelo; le respondió ella sonriendo, mientras le pasaba las maletas para que él desempacara.

El pueblo era pequeño y tranquilo, con sus casitas blancas y un único supermercado. La tranquilidad del lugar se sentía en el aire, haciéndolo especialmente apropiado para relajarse.

-Buenos días; saludó amablemente la encargada del local.

-Buenos días; contestó la pareja devolviendo el saludo.

-¿Turistas verdad?; preguntó la tendera.

¿Cómo lo sabe?; contestó Robert.

-Es fácil, ustedes no son del pueblo, tampoco son españoles, esta es la mejor época del año y tienen cara de recién casados en su luna de miel; observó la encargada.

-Sí, casi; solo que no es nuestra luna de miel; respondió Katherine mientras le giñaba un ojo a Robert. Venimos de vacaciones desde Chile.

-Excelente elección; afirmó la mujer del supermercado.

-¿Van a quedarse muchos días?; preguntó ella.

-Un mes; respondió Robert.

-¿Y dónde van a alojar?; siguió preguntando muy entusiasmada la curiosa tendera.

-En una cabaña cerca del bosque; respondió Katherine.

-Entiendo; dijo muy seria ahora la mujer. -Es un hermoso lugar, pero deben saber que hay lobos y ya han cobrado la vida de algunos imprudentes que se han internado en el bosque de noche.

-Gracias por la advertencia y no se preocupe, que la noche la usaremos para otras cosas; respondió Robert.

-Bueno, gracias por todo; se despidió Katherine, luego de pagar la compra.

-Hola, buenos días, me llevo esto solamente; dijo una clienta a la tendera, mientras veía salir a la pareja.

-¿Tienes alguna de tus lindas rosas que me puedas regalar?; preguntó la encargada del supermercado a la joven mujer.

-No en este momento, pero la próxima vez que pase te traigo algunas; contestó ella.

-Gracias, nos vemos; se despidió la encargada.

-Cuando le pase algo malo, recién va a aprender que no debe andar con tanto dinero encima; opinó para sí la mujer, mientras veía salir a la joven

Katherine ataba sus zapatillas mientras conversaba con Robert acerca del pueblo.

-Me gusta aquí, el paisaje es muy bonito; comentó ella.

-Sí, el bosque parece un lugar de cuentos; asintió él.

-Llegamos hace cuatro días, ¿qué te parece si vamos a explorar?; sugirió ella.

-¿Y los lobos?; objetó Robert.

-No he escuchado ninguno. Aún está claro  y salen solo de noche según la encargada del supermercado; rebatió Katherine.

-Bueno vamos; accedió Robert. -¿Qué podría pasarnos?

El bosque no era muy tupido; una lluvia de rayos dorados pasaba entre las copas de los árboles, el aire era muy fresco, aliviando los ardores del verano.

-¡Mira lo que tenemos aquí!; exclamó Katherine al llegar junto a un río en el que se formaba una laguna de cristalinas y refrescantes aguas.

Sin decir ni una palabra la joven comenzó a desnudarse entrando al agua, la cual le llegaba hasta poco más debajo de los hombros.

-Ven a bañarte conmigo; invitó Katherine a su novio, el cual se maravillaba cada vez que veía desnuda a su bella mujer, como si fuera la primera vez.

Después de jugar un rato en el agua, la pareja se tendió sobre una gran roca para secar sus cuerpos al sol; una vez secos se vistieron y emprendieron el camino de regreso a la cabaña. Tomados de las manos caminaban alegremente y sin preocuparse de nada más que de disfrutar de la belleza del lugar y de la mutua compañía. De pronto, sin aviso, Katherine se detuvo en seco.

-¿Qué pasa?; preguntó Robert a ella.

-Alguien nos está observando; respondió la mujer.

-Tranquila, debe ser algún lugareño que sale a pasear o a recoger leña; intentó mantenerla calmada él.

-No me parece, nos vigilaba mientras nos bañábamos y ahora nos está siguiendo; observó Katherine.

-¿Estás segura?; preguntó él.

-Totalmente; respondió ella.

De pronto de detrás de un árbol salió una joven mujer de negra cabellera.

-¿Quieren jugar conmigo?; preguntó la joven con un marcado acento francés.

Sin entender por qué razón, Robert sintió que todos los músculos de su cuerpo se volvían infinitamente pesados, no pudiendo mover ni un dedo; lo cual su pareja notó.

Con asombro y sin creer lo que pasaba, Robert y Katherine vieron crecer los colmillos y las uñas convertirse en afiladas garras en la joven mujer que tenían frente a ellos.

-¿Quieren que juguemos?; volvió a preguntar la extraña.

-Me temo que no; contestó Katherine tomándola de una muñeca y apretando con tanta fuerza que la hizo caer de rodillas de dolor.

Sorprendida, la extraña mujer giró su mano y golpeó con una pierna a la turista, quién cayó de espaldas al suelo. Intrigada la joven dejó que  ella se levantara, en vez de atacarla en el suelo.

-Tú no eres humana; eres demasiado fuerte y no pude bloquear tu mente; dijo la joven con los ojos brillantes, mirando a Katherine de pies a cabeza. -Eres un androide; concluyó después de un rato.

-¿Qué eres tú?; preguntó la androide.

-Para ustedes una pesadilla hecha realidad. Después de desarmarte me alimentaré de la sangre de tu amiguito; respondió la joven con una siniestra sonrisa en sus labios, más macabra aún por la presencia de sus colmillos.

-Tan solo quisiera que lo intentaras; respondió Katherine, cuyos ojos se volvieron fríos e inexpresivos, carentes de todo signo de emociones.

Sin mediar más palabras la extraña lanzó una violenta patada a la cara de Katherine, la cual fue detenida por una de sus piernas.

-Esto va a ser muy entretenido; dijo la joven atacando con sus garras esta vez, pero el golpe fue bloqueado y tomándole el brazo Katherine la lanzó al aire, sin mayor efecto, ya que la mujer cayó de pie como si de un felino se tratase.

Robert miraba sorprendido sin poder mover ni un músculo. Sabía que Katherine cambiaba totalmente cuando se activaba su modalidad su combate, pero últimamente lo había olvidado. Quería ayudarla pero no podía.

Por su parte Katherine atacó a la mujer con una serie de varias patadas, pero la extraña las detuvo fácilmente. En respuesta la mujer lanzó una pierna directo a la cara de la androide; sin embargo, la detuvo en el aire a escasos centímetros de su blanco, cuando su reloj de pulsera se iluminó y comenzó a sonar insistentemente.

-¿Pero qué diablos quieren?; reclamó la mujer.

-Liz, por favor regresa al cuartel general; dijo una voz de hombre en francés.

-Pero ahora estoy ocupada; respondió la extraña.

-Es una orden General Laberne, vuelva inmediatamente al palacio, tenemos una alerta escarlata de nivel planetario; habló una severa mujer a través de la pulsera de la extraña.

-A sus órdenes Majestad, parto enseguida; respondió la mujer en francés.

-Tengo que irme, pero me gustaría seguir con esta pelea luego para ver quién es más ágil. ¿Qué hago con ustedes?; meditó la mujer. -Ya sé, van a venir conmigo. No teman que no les haré ningún daño y veré que nadie los lastime.

De pronto Robert notó que recuperaba su movilidad.

-Síganme por favor; pidió la mujer. -Por cierto, te felicito, tu habilidad en combate es muy grande; elogió la joven a Katherine.

Después de  un corto trecho llegaron a un claro en el bosque.

-Aquí no hay nada; observó Robert.

-No entiendo; agregó Katherine.

De la nada, en medio del claro apareció un extraño avión negro.

-Debemos ir a París lo más rápido posible; informó la mujer a la pareja. -Por  favor aborden el avión.

-No entiendo los controles, no se parece en nada a mi avión; observó sorprendido Robert.

-Debe ser un prototipo; opinó Katherine.

-Nada de eso, es un modelo estándar; aclaró la joven.

-Siéntense y abróchense los cinturones, volaremos a mach 7; avisó la mujer.

Un par de minutos después la nave surcaba invisible sobre las montañas. La francesa se paró de su asiento y se acercó a un armario empotrado en la pared, al poco rato volvió a su puesto, luciendo un extraño traje negro en cuyo lado izquierdo del pecho lucía una rosa negra dentro de un círculo rojo y en sus hombros jinetas con tres estrellas, indicando su rango de general de ejército.

-¿Quién es?; preguntó Katherine.

-Lizbeth Laberne, Princesa y general al mando de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira; se presentó la mujer.

La sorpresa en Robert estaba fuera de todos los parámetros.

-Es increíble; opinó Katherine.

-Lo sé, pero la realidad supera a la ficción Katherine; contestó la mujer.

-Por favor llámeme Cati; pidió la androide.

-¿Un diminutivo de tu nombre?; pregunto la vampiresa.

-No; es una sigla de “Computadora Cuántica de Análisis Táctico Integral”; corrigió la androide.

 

A los pocos minutos el increíble avión se posaba silenciosamente en el patio de un impresionante castillo ubicado en las afueras de París.

-Por favor llévenlos siempre visibles; indicó Lizbeth, pasándoles dos prendedores con el diseño de una rosa negra. -Ellos indican que ustedes están bajo mi protección y ningún vampiro intentará dañarlos en ningún país.

Al bajar del avión todos los soldados se cuadraron ante la presencia de su comandante en jefe.

-Vamos al centro de mando de combate y averigüemos por qué se atrevieron a interrumpir una pelea tan entretenida; dijo Lizbeth, muy segura de quién era y de cuál era su doble autoridad de Princesa y general de tres estrellas.

Tras bajar varios pisos, la pareja, junto a su inesperada anfitriona, llegaron ante una puerta protegida por dos guardias.

-Debo advertirles que jamás un humano ha entrado a este salón. Todo lo que en él vean o escuchen debe permanecer en secreto. De igual forma tampoco deben hablar a nadie de esta nación y de la existencia de vampiros. Confío en ustedes y en su discreción; por favor no me digan que me equivoqué al confiarles nuestro secreto; explicó la vampiresa.

-Puede estar tranquila Princesa; respondió Robert, quien comprendía que estaba vivo solo porque Lizbeth se había entretenido luchando con Cati y que estuvo muy cerca de haber sido su almuerzo.

-Guardaremos su secreto Lizbeth; contestó Cati, que se daba cuenta de que sin que nada la obligara, le había perdonado la vida a Robert y los había traído al corazón secreto de su mundo.

-Muchas gracias; respondió la Princesa. -Ahora entremos y veamos qué es tan importante que pone en peligro al planeta.

Cuando la pareja se acercó a la puerta, los dos guardias sacaron sus garras, listos para matarlos.

-Deténganse soldados, ellos vienen conmigo; ordenó la oficial.

Sin decir palabras, los guardias se cuadraron y saludaron militarmente a su comandante, dejándolos pasar al centro de mando táctico de la nación vampira.

El interior era parecido a lo que en las películas mostraban lo que podría  ser el centro del pentágono. Lleno de computadoras, monitores, mapas y terminales operados por militares, y un mapa esquemático del sistema solar.

Cuando Lizbeth y sus acompañantes entraron, todos los soldados se pusieron de pie y la saludaron como su rango lo merecía.

-Hija, gracias por venir tan rápido; la saludó la siempre bella Reina Lilith.

-Madre, Marcel, por favor díganme que es tan grave para decretar una alerta planetaria escarlata; solicitó la Princesa.

-¿Por qué están esos humanos aquí?; rugió el General Andreas Sartorius, comandante de la Fuerza de Respuesta Biológica de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira.

-Mírelos nuevamente con su visión infrarroja general; sugirió Lizbeth.

-¡Una androide!; exclamó sorprendido el general.

El General Sartorius estuvo a punto de reventar de rabia, pero se contuvo, al ver que ambos intrusos llevaban puestos los prendedores que indicaban que estaban bajo la protección de la Rosa Negra; consciente de que no había nada más dañino en el ejército, que desautorizar a un oficial de mayor jerarquía frente a subalternos, porque debilitaba la imagen de autoridad, guardó respetuosamente silencio.

-Cati, Robert, les presento a mi madre la Reina Lilith, a mi esposo el General Marcel  Renoir y a mi mano derecha el General Andreas Sartorius.

-Encantada de conocerlos, saludó Lilith en perfecto castellano, pero con un  agradable acento francés. -Siento que nos conozcamos en una situación que puede volverse muy crítica para el mundo entero si no la controlamos ahora.

-Pueden tomar asiento y descansar en la sala contigua y un soldado los atenderá en lo que requieran; ofreció Marcel.

-Tal vez Cati pueda ayudarnos a solucionar esto; opinó Lizbeth, quien aún no se enteraba de qué era tan grave.

-Lo agradezco, pero tenemos el equipo y el personal calificado para ello Alteza; contestó el General Sartorius.

-A lo mejor Cati puede  ser de alguna utilidad; insistió Lizbeth.

-Cati, por favor explícales que significa tu nombre; solicitó la Princesa.

-Cati son las siglas en castellano de Computadora Cuántica de Análisis Táctico Integral; explicó la androide  en perfecto francés.

Los músculos del General Sartorius se contrajeron y los pelos de su nuca se erizaron; la presencia del humano y la androide era inquietantemente peligrosa para la seguridad.

-Deseo beber un poco de agua, ¿me acompaña General Sartorius?; invitó Lizbeth.

-Encantado Alteza; aceptó cortésmente el aludido.

Dentro de la sala de descanso podrían hablar tranquilos sin que nadie los escuchara.

-¿Por qué está tan preocupado por mis invitados general?; preguntó Lizbeth. -Hable con toda confianza y libertad por favor.

-Porque, si no se ha dado cuenta Alteza, permítame informarle que ella es un androide de combate creado por humanos y la puso justo en el centro neurálgico de nuestro ejército; opinó el general.

-Se le olvida que usted también fue humano, general; mencionó la Princesa.

-Eso fue hace muchos siglos Alteza. Mi deber ahora es como general de ejército de la Nación Vampira y velar por su seguridad; contestó el oficial convencido de su deber y lealtad.

-Yo confío en ella y en el humano; dijo Lizbeth. -Le pido como a mi mano derecha que es, que por favor crea en mi juicio una vez más.

-Hasta ahora Alteza usted nunca se ha equivocado en sus decisiones; su criterio ante situaciones extremas es impecable y por eso la apoyaré en esto; aceptó el General Sartorius.

-Cada vez que usted y yo tenemos este tipo de discusiones, me convenzo más de que su gran celo militar y científico lo han convertido en mi mejor decisión general; meditó en voz alta Lizbeth, compartiendo sus pensamientos con su interlocutor.

-Su reconocimiento a mi desempeño me honra Princesa; contestó el oficial. -Muchas gracias.

-Gracias a usted General Sartorius; respondió Lizbeth, tendiendo la mano en una muestra de saludo y amistad. -Por favor acepte mi respeto y amistad.

-Me honra señora, pero ahora tenemos mucho trabajo y usted aún no ha sido puesta al tanto de la situación; concluyó el oficial.

-Por favor infórmeme; solicitó la Rosa Negra.

-Hace veinticuatro horas nuestra estación de monitoreo en la luna detectó una nave que se aproxima a la Tierra desde fuera del sistema solar. Por su tamaño consideramos que se trata de una nave nodriza. En este momento se encuentra cerca de la órbita de Urano y se acerca rápidamente; informó Sartorius.

-¿Ha tratado esa nave de establecer contacto con la Tierra?; preguntó Lizbeth.

-Negativo señora, hasta ahora no ha hecho nada; respondió el general.

-A lo mejor creen que la Tierra está deshabitada; pensó Lizbeth.

-Es poco probable, debido a la gran saturación de ondas de comunicación de la atmosfera y que salen del planeta; corrigió el oficial.

-Siguiendo el protocolo, la base lunar está en modo de vigilancia  fantasma desde que se detectó la nave. La información registrada por la base está siendo transmitida en máxima encriptación camuflada como ruido espacial, directo a nuestras computadoras de este centro; pero, lamentablemente, toda esta información es nueva para nosotros y difícil de analizar e interpretar; informó el General Sartorius.

-Comprendo. Volvamos al centro de control; solicitó Lizbeth. -Veamos si mi intuición respecto a Cati  es correcta.

-Cati, tenemos una nave alienígena desconocida que se aproxima a la Tierra; comunicó Lizbeth a la androide. -¿Tu serías tan amable de ayudarnos a analizar los datos disponibles?

-Por supuesto, solo necesito que me faciliten dos terminales y acceso a toda la información pertinente; solicitó la androide.

-Ocupa esos dos puestos; ofreció la Princesa.

Los dos operadores miraron confundidos al General Sartorius.

-Adelante, cédanle los terminales a la androide; autorizó el general.

Retirando una de las sillas Cati puso la otra al medio entre ambas estaciones de trabajo.

-Decodificaré la información proveniente de la base lunar y los satélites; ofreció un sargento.

-No es necesario, la puedo leer sin problema; respondió Cati.

Las manos de la androide volaban sobre ambos terminales, al tiempo que desde el monitor central veía pasar signos sin sentido para los demás.

-La información disponible indica que la nave alienígena es realmente una nave madre; su sistema de propulsión es cuántico, por lo que se puede deducir que viene de un sistema planetario muy distante de la Tierra. El tiempo estimado de arribo a su actual velocidad es de setenta y dos horas. Para mayor y mejor análisis se requiere más datos e intervención humana, perdón, quise decir vampira; corrigió Cati.

-Comentarios y sugerencias generales; solicitó la Reina.

-No estamos seguros de qué intenciones tiene esa nave en nuestro vecindario espacial; opinó el General Marcel Renoir. -Por lo tanto, es mejor abstenerse de cualquier acción hostil por parte nuestra hasta no estar completamente seguros; no podemos arriesgarnos a comenzar una guerra interplanetaria dejándonos llevar por un acto impulsivo o por miedo.

-Sin embargo, en caso de que ellos ataquen primero, no podemos estar indefensos; quién sabe si tendríamos la oportunidad o capacidad de defendernos; agregó la General Lizbeth Laberne. -Es  necesario que haya un acuartelamiento general de todas nuestras fuerzas armadas; todos los Vampiros Fantasma deben ser armados con todo su arsenal, incluyendo las nuevas armas de energía.

-En este caso creo conveniente que se informe a los humanos de esta situación, es posible que en caso de conflicto se requiera una acción combinada militar. La OTAN  puede encargarse de dar la voz de alarma; opinó el General Andreas Sartorius.

-Los tres tienen razón, por favor pongan en movimiento todas sus fuerzas generales; reconoció la Reina. -General Sartorius, enlace ahora con la OTAN, en su calidad de general de la misma.

Ya las órdenes eran claras, así es que los tres generales saludaron a la Reina y se dirigieron a sus respectivos centros de operaciones.

El centro de mando táctico de la OTAN hervía en actividad con los últimos datos aportados por el telescopio orbital Hubble.

-Vamos señores, necesitamos las conclusiones para hoy; apremiaba el General Sartorius a los oficiales humanos.

-Señor, es una nave de grandes proporciones, cuya trayectoria la conduce directo a la Tierra; informó un oficial.

-Las fotografías de la nave, sacadas por el Hubble hacen sospechar que se trata de una navío de combate; observó un vampiro infiltrado dentro de la OTAN.

-Opino lo mismo teniente; apoyó el General Sartorius, que debía conseguir el respaldo militar de la OTAN y de la ONU. -Citen al consejo de representantes de las distintas naciones enseguida.

Unas horas después los delegados de la OTAN se reunían en una asamblea secreta, bajo la petición del General Sartorius.

-Señores delegados, hace cuarenta y ocho horas el telescopio orbital Hubble detectó un objeto procedente de fuera el sistema solar; comenzó a explicar el general.

¿Un cometa o un meteoro?, general; preguntó el delegado de Alemania.

-Me temo que no señor delegado, las fotografías de distintos rangos del Hubble indican que se trata de un vehículo espacial; aclaró el militar.

Las voces de asombro llenaron todo el salón. Una serie de diapositivas se proyectó en medio del silencio.

-El análisis de las fotografías indica que se trata de una nave nodriza y posiblemente de guerra; informó Sartorius al auditorio.

-¿Supone que estamos ante una eventual invasión, general?; peguntó el representante del Reino Unido.

-Espero que no señor delegado; pero de ser este el caso, es necesario que estemos preparados para enfrentar un posible ataque. Es imprescindible que nuestras tropas estén en estado de alerta máxima a partir de ahora.

Después de meditar un rato, el consejo de la OTAN decretó alerta máxima a todas las fuerzas.

Bajo sugerencia del General Sartorius, la OTAN citó a reunión al consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Todas las tropas de las más poderosas potencias mundiales pasaron a un estado de alerta máxima, siendo la emergencia catalogada como ultra secreto, ya que el pánico podía causar más daños que el peor de los ataques posibles.

-General Laberne, una flotilla de naves menores ha salido de la nave madre; informó Cati, que monitoreaba toda la información que llegaba.

-En pantalla; ordenó Lizbeth.

El monitor mostró diez naves que se organizaban formando un triángulo.

-Esa es una formación de combate delta; observó Lizbeth alarmada.

-Establezcan una comunicación con encriptación fantasma con la base lunar; ordenó Lizbeth.

Al cabo de unos minutos se encendió un monitor mostrando a un oficial vistiendo un traje de material metalizado.

-Aquí la Rosa Negra; saludó Lizbeth.

-Es un honor Alteza; respondió el oficial.

-Olvidemos las formalidades coronel; cortó Lizbeth. -La escuadrilla que se aproxima ha adoptado una formación de combate. Que su escuadrón despegue inmediatamente en modo furtivo y se oculte  en el cinturón de asteroides; ante la menor señal de amenaza ataquen a discreción a las naves hostiles.

-Como ordene general; respondió el coronel al mando de la avanzada de la luna.

-Los cruceros Draconian y Nébula deben estar listos para entrar en combate contra la nave nodriza; ordenó la Princesa.

-Así será señora; asintió el coronel.

-Rosa Negra fuera; terminó Lizbeth cortando la comunicación.

Cuando la escuadrilla de naves enemigas pasó junto al cinturón de asteroides cerraron su formación y aceleraron enfilando hacia la Tierra. El comandante del escuadrón de interceptores ordenó el ataque. Dos naves extraterrestres caían bajo la acción de las naves furtivas. Sin saber el punto exacto de donde vino la descarga, contraatacaron disparando a discreción hacia los asteroides; una nave vampira estalló al ser alcanzada por las armas enemigas y otra perdió su camuflaje. La represalia de los vampiros fue fulminante, acabando con todas las naves alienígenas.

Ante el ataque sorpresa, la nave nodriza se acercó rápidamente al sector del cinturón de asteroides, lanzando varios escuadrones de naves al espacio.

A sus armas de energía, las naves interceptoras sumaron el uso de proyectiles termoguiados. Otro vampiro cayó, pero la capacidad de combate furtivo le dio la ventaja a las naves terrestres, eliminando a todos los atacantes.

Ante la grave amenaza que implicaba la nave nodriza, los poderosos cruceros Draconian y Nébula se unieron al combate.

Gracias al monitoreo que realizaban la base lunar y los satélites de vigilancia, desde el centro neurálgico de la Nación Vampira, podían ver los pormenores de la casi cinematográfica batalla espacial.

A Cati le costaba creer lo que sus ojos veían; semejante tecnología había permanecido oculta para su rastreo continuo en busca de información.

-Nunca imaginé que existiera esta tecnología; no entiendo cómo nunca la detecté; comentó en voz alta.

-Somos los maestros del camuflaje y de los secretos; contestó Lilith.

La artillería de ambos cruceros provocaba graves daños en el casco de la nave enemiga, la cual respondía con armas igualmente poderosas que arrancaban trozos de metal de las naves terrestres. Lamentablemente, un disparo certero destruyó el sistema de navegación del Nébula, el que quedó flotando a la deriva, imposibilitado de seguir combatiendo. El Draconian disparó todas sus armas contra la nave nodriza, cubriendo así la retirada del Nébula.

De frente a la nave enemiga, el Draconian fue alcanzado por varios disparos, resultando gravemente dañado.

A pesar del duro castigo recibido, la nave extraterrestre seguía avanzando rumbo a la Tierra.

-De aquí ni pasarán Alteza; se escuchó la voz del capitán del Draconian.

En la pantalla del centro de mando todos vieron en silencio como el Draconian aceleraba sus máquinas y se lanzaba a toda carrera, enfilando su proa hacia el motor de la nave enemiga.

-¡Capitán no!; gritó Lizbeth, mientras veía con espanto como el Draconian impactaba a toda velocidad contra la nave invasora.

Un cegador resplandor iluminó todo el centro de mando  de la Nación  Vampira. La nave alienígena había sido destruida, pero nadie celebraba; muy cara había costado la victoria. Un escuadrón de interceptores, un crucero destruido y otro casi inutilizado, había sido el precio a pagar.

Los libros de historia de la Nación Vampira siempre recordarían a los héroes caídos en esta batalla por la defensa de la Tierra.

-Señora, una segunda nave nodriza acaba de cruzar la órbita de Plutón. A  su velocidad actual llegará a la Tierra en treinta horas; informó Cati con preocupación en la voz.

Todos los presentes estaban consternados; sin las defensas espaciales, la batalla en el planeta sería inminente.

-General Laberne, estoy programada para desenvolverme en misiones de combate y exploración, con supresión de toda respuesta emocional; comentó Cati a Lizbeth luego de meditarlo un rato.

-Gracias Cati, sé que puedo contar contigo; respondió la Rosa Negra.

-Ni se le ocurra siquiera pensarlo; dijo Lizbeth a Robert, quién estudiaba el manual de un Vampiro Fantasma. -Ningún humano podría resistir la presión de un combate a mach 8 y menos sobrevivir a mach 10.

-Módulo de combate activado; dijo Cati volviéndose calculadora y fría como un bloque de hielo.

-Majestad deseo pedirle un favor; solicitó Cati a la Reina.

-Pídeme lo que sea; respondió Lilith.

-Por favor reúnan a las siguientes personas a bordo del submarino Tritón y escóltenlos hasta un laboratorio  submarino a mil metros de profundidad. Bioquímico Pablo Reyes, médico Bárbara Soto, profesor Ramón Cerda, bióloga marina Ximena Rozas, buzo táctico Paulina Ramírez, mecánico Juan Mardones, geólogo Pedro Alarcón y cartógrafa Juana Rivera; entregó la lista  a la Reina.        -Protéjanlos en caso de una invasión; pidió Cati a la Reina.  -Si algo me ocurre a mí, mi mente quedará respaldada en la computadora del Tritón y podrá eventualmente ser descargada en un nuevo cuerpo.

-Así se hará Cati, mis agentes los buscarán y protegerán; respondió Lilith.

Mirando a Robert la androide prosiguió hablando en voz muy baja. -El  ingeniero naval Ricardo Briceño y la analista de sistemas Marcia Díaz son mis creadores. Deseo pedirles que les den los medios para construirme un nuevo cuerpo en caso del que actualmente poseo sea destruido o seriamente dañado.

-Así será; aceptó Lilith.

Diez horas después, la tripulación del submarino Tritón era reunida abordo por herméticos soldados.

-¿De qué se trata todo esto?; preguntó muy ofendido el geólogo Pedro Alarcón.

-Alguien desea hablarles profesor Cerda; dijo un soldado abriendo un  maletín.

-¡Cati!; exclamaron todos.

-Buenos días señores y señoras. Hay poco tiempo que perder así es que vamos directo al grano. Por cierto Pablo, no intente rastrear esta transmisión; advirtió Cati. -Una nave nodriza extraterrestre de combate se aproxima a la Tierra en una posible misión invasora; su llegada se estima en veinte horas. Va a haber una violenta batalla por la defensa del planeta; obviamente el público y la población civil no lo saben. Hasta que pase el conflicto, deben permanecer en el laboratorio submarino. Dos submarinos de combate los escoltarán el tiempo necesario; informó la androide a sus atónitos compañeros.

-¿Esto es una broma Cati?; preguntó Ximena Rozas.

-No estoy programada para hacer bromas; contestó ella.

-La computadora debe siempre estar conectada para respaldar mi mente, en caso de que yo sea destruida y deba ser implantada en un nuevo cuerpo; avisó la androide. -Y sobre todo, no se acerquen al portal entre realidades.

-Faltan Ricardo Briceño y Marcia Díaz; indicó Paulina Ramírez.

-Ellos fueron llevados a unas instalaciones especiales para construir un cuerpo de repuesto para mí; dijo Cati.

-Zarpen ahora y suerte; deseó la cibernética mujer.

Al mismo tiempo Ricardo Briceño y Marcia Díaz despertaron en una habitación extraña, sin saber cómo habían llegado allí.

-¿Qué pasó?; preguntó Marcia.

-Buenos días; dijo alguien.

Ricardo y Marcia se volvieron ante una voz conocida  pero que no esperaban escuchar ahí.

-¿Cati?; preguntó sorprendido Ricardo.

-Hola Ricardo; contestó ella. -Pedí que los trajeran aquí para solicitarles un gran favor.

-Tú dirás amiga; contestó Marcia.

-La Tierra está a punto de ser atacada por una nave extraterrestre de gran poderío. En caso de que mi cuerpo sea destruido, quiero que construyan otro para poder ser reinsertada en él.  Quiero seguir viviendo junto a Robert y deseo tener una póliza de seguros por así decir; dijo Cati yendo directamente al grano.

-La nave ha pasado la órbita de la luna; informó  un sargento desde su estación de trabajo.

-Alerta roja; gritó el General Marcel Renoir. -Prepárense a darles la bienvenida.

En el cuartel general de la OTAN, el comandante en jefe de la misma tomó el mando de las operaciones.

-Lancen  misiles interceptores.

Los silos de proyectiles nucleares, por primera vez desde su construcción dejaron salir su mortífero contenido. Escupiendo fuego cientos de proyectiles nucleares volaron como un enjambre de abejas asesinas hacia la nave invasora. Rápidamente los cohetes se acercaron a su gigantesco objetivo. Nadie respiraba casi, tratando de contener el momento, en los distintos centros de mando militar del planeta.

De la nave extraterrestre varios proyectiles pequeños y disparos de energía recibieron a las armas terrestres, haciéndolas estallar antes de que hicieran blanco.

-Demonios; gritó un soldado en el centro de mando vampiro.

-Todo se decidirá acá; dijo sombríamente Lizbeth. -Todos prepárense para la batalla.

-Modalidad de combate activada; dijo Cati carente de emoción en su voz.

-Necesito un arma; pidió Robert poniéndose de pie.

-Aquí va a estar más seguro señor Norton y con todo respeto, usted es solo un humano; comentó Lizbeth tratando de disuadirlo.

-Soy un soldado general y no me esconderé en la retaguardia mientras veo que mi mundo es atacado y otros pelean mis batallas; habló claro Robert.

-Valientes palabras; opinó Marcel. -Valientes  pero estúpidas, pero lo respeto como soldado; buena suerte capitán.

-Sígame; ordenó Lizbeth, abriendo un compartimiento en un muro.

En el hueco de la pared había dos trajes y unas cuantas armas.

-Deme ese traje negro; pidió Robert.

-Ese es un traje de combate furtivo, no sabría cómo usarlo; acotó la Princesa. -Usará este; dijo pasándole lo que parecía hecho de varias escamas o  placas pequeñas de metal. -Es una armadura ligera; no tan poderosa como el otro pero lo protegerá; tome esta pistola y por favor cuidado adonde apunta, ya que dispara cargas de plasma.

-La nave ha ingresado a la atmosfera; informó un sargento.

La llegada de la descomunal nave extraterrestre hizo que el miedo se apoderara  de los habitantes de París. Inmediatamente de sus entrañas surgieron varias naves menores que comenzaron a disparar hacia la ciudad. El miedo dio lugar  a terror, el que pronto se convirtió en pánico. La destrucción era espantosa, no pareciendo haber escapatoria posible; entonces el cielo entero rugió ante la llegada de los aviones caza de la OTAN.

Aunque las ametralladoras de poco servían, los proyectiles guiados por laser lograban derribar a las naves invasoras. Pero eran superados ampliamente en número.

-Los proyectiles de los aviones convencionales son efectivos; comentó un teniente en el salón de mando de la Nación Vampira.

-Pero son demasiadas naves y muy rápidas y las fuerzas de los humanos disminuyen a cada instante; observó un sargento.

-Que despeguen los Vampiros Fantasma en modalidad furtiva; ordenó la General Laberne.

-Aquí el General Andreas Sartorius, todas las naves de la OTAN repliéguense; ordenó el oficial.

-Pero señor podemos derrotarlos; respondió el líder del escuadrón.

-Es una orden capitán; desde ahora se encargará una unidad especial. Abandonen el espacio aéreo enseguida; repitió amenazante Sartorius.

Los pilotos sorprendidos debieron retroceder. Algunos lograron ver que las naves enemigas eran derribadas por proyectiles teleguiados y bolas de luz, pero no había ningún avión que las estuviera disparando; lo que aumentaba su confusión eran las fuertes turbulencias que agitaban el aire.

-Nuestras naves derriban sin dificultad a los invasores; celebró un soldado.

-Que dos escuadrones rodeen y ataquen a la nave nodriza; ordenó Lizbeth.

Como insectos los Vampiros Fantasma se lanzaron contra la nave madre, pero ni con sus poderosas armas lograban dañar en forma severa su casco.

-Señora, unidades de desembarco tocan tierra; informó Cati.

-Unidades de superficie despliéguense y ataquen; ordenó el General Renoir.

Varios vehículos blindados que estaban con su camuflaje furtivo activo se aproximaron a las unidades extraterrestres que tocaban tierra. Algunas ni siquiera lograron posarse cuando estallaban; otras sin embargo, consiguieron su objetivo y sus ocupantes descendieron abriendo fuego inmediatamente.

-Cati, dijiste que estabas programada para exploración y combate, muéstramelo y repórtate con la Teniente Ana Eguigurren, veamos de qué estas hecha; solicitó La Rosa Negra.

-Mi esqueleto es de titanio, mi cerebro es una computadora cuántica y mi…; no alcanzó a continuar Cati.

-Estoy hablando en forma figurativa Cati; aclaró la Princesa. -Lleva ese traje; dijo Lizbeth pasándole uno de los trajes negros.

-Gracias, pero no lo necesito;  declinó Cati.

-Puede que no, pero te permite hacerte invisible.

-En ese caso como ordene señora; contestó la androide.

La Teniente Ana Eguigurren le pareció muy joven a Cati, pero ya se había dado cuenta de que los vampiros prácticamente no reflejaban la verdadera edad que tenían.

-Hola, tú debes ser Cati, yo soy Ana; se presentó la teniente. -Me  dijeron que eres de Chile.

-Sí, en ese país fui construida; contestó Cati.

-Algo me comentaron; dijo la joven oficial. -Yo también soy chilena, al igual que mi esposa, que por cierto quiere que le lleve un regalo.

-Bueno holgazanes, ocúltense y a cazar a esos invasores; ordenó la teniente.

Cati vio como uno a uno los soldados desaparecían, al igual que lo hacía ella que había mirado el manual del traje.

Silenciosamente la unidad terrestre se acercó a los invasores y abrió fuego contra ellos, provocando varias bajas entre los enemigos; sin embargo, expertos en combate, se parapetaron tras su vehículo e hicieron fuego contra el lugar de donde provenían los disparos. Una descarga alienígena impactó de lleno en el pecho de un vampiro, haciéndolo caer de espalda al suelo, mientras perdía su camuflaje.

-Ay, eso dolió; dijo poniéndose de pie y disparando contra su atacante, vaporizándolo enseguida.

-Alto el fuego; ordenó Ana, al ver que solo quedaban dos invasores vivos de ese grupo.

-Atrápenlos con vida; ordenó la teniente, mientras lanzaba una cuerda hacia uno de los extraños, la que se enrolló en torno a él haciéndolo caer al suelo inmovilizado.

El otro invasor, al ver a su compañero en el suelo trató de huir, pero fue detenido por dos cuerdas que le apresaron las piernas y los brazos, cayendo duramente al suelo.

-Mira el regalito que le llevo a mi esposa; dijo Ana apuntando con su pistola a los dos prisioneros

De improviso, de entre unos escombros aparecieron dos invasores más que intentaban rescatar a sus compañeros cautivos, abriendo fuego a quemarropa contra los vampiros, cuyos trajes quedaron momentáneamente visibles. Moviéndose tan rápido como un vampiro Cati derribó y disparó contra los invasores, matándolos instantáneamente.

-No está nada mal; dijo Ana complacida con la reacción de Cati.

-Llevamos dos prisioneros con vida, informó un sargento una vez que se encontraban a bordo del vehículo de asalto.

-Diríjanse directamente al centro de confinamiento aislado; ordenó un radio operador.

Las instalaciones estaban a varios pisos bajo tierra y de alguna forma le parecían a Cati una mezcla entre hospital, laboratorio y prisión de máxima seguridad.

Cuando los prisioneros estuvieron bien encerrados en celdas aisladas, llegó una joven mujer de delantal blanco, acompañada de un señor mayor.

-Hola querida; la saludó la Teniente Eguigurren, dándole un suave beso en la boca. -Hola Doctor Lacroix.

-Hola Ana; saludó el médico.

-Les traje estos regalitos para que jueguen; les informó la teniente.

A las pocas horas el General Sartorius entraba casi corriendo al área de detención.

-¿Dónde están los prisioneros?; preguntó el general a un guardia.

-Sección de celdas herméticas señor; contestó el soldado.

-Buenos días general; saludó cortésmente María.

-Buenos días Doctora Troncoso y Doctor Lacroix; respondió el oficial. -¿Qué  pueden informarme sobre los invasores?

-Son humanoides por su apariencia, su traje es una armadura ligera. Ahora íbamos a realizar un escaneo de su anatomía; contestó el Doctor Lacroix.

-Sáquenle el casco a uno; ordenó el general. -Quiero  verle el rostro.

Un  técnico junto a dos guardias armados ingresaron a la celda del prisionero. Con los cañones de dos rifles muy cerca de su cabeza, el alienígena comprendió que era mejor no oponer resistencia. Con un leve giro del casco realizado por el técnico, este se soltó de su unión al traje del invasor, dejando oír un suave siseo al salir parte del gas que contenía.

El rostro del extraterrestre era desagradablemente liso comparado con el de un terrícola, dando la impresión de no tener rasgos faciales perceptibles por los humanos. Dos ojos redondos, una nariz y una boca como una línea formaban la cara, que parecía un boceto inicial de una caricatura.

Casi al instante de que el alienígena se encontró sin casco, llevó sus manos a la garganta, en un gesto de evidente  asfixia; cayendo luego al suelo en medio de convulsiones, mientras su piel se volvía gris cenicienta, pareciendo papel quemado; cesando rápidamente sus movimientos, para yacer sin vida en el piso de la celda.

-Interesante; fue lo único que dijo el general. -Analicen en seguida el contenido de sus tanques de aire; ordenó éste.

A los pocos minutos estaba listo el análisis del aire que respiraban los invasores.

-General, aquí tiene los resultados del análisis; dijo el Doctor Lacroix, entregando el informe al militar.

-No podía ser más fácil después de todo; opinó el general. -Respiran una atmosfera reductora, eso explica por qué murió de esa forma al quitarle el casco.

-El oxígeno es altamente tóxico para ellos; concluyó María.

-Exacto doctora, ahora solo tenemos que ver la forma de llenarles la nave madre con oxígeno y envenenarlos a todos de una vez; meditó el General Sartorius.

Una alarma rompió la rutina en la instalación subterránea. -Fuga en la sección de contención; señaló una voz por altoparlante.

El Doctor Lacroix, la Doctora Troncoso y el General Sartorius llegaron corriendo hasta la celda que estaba con la puerta rota, un guardia en el suelo incorporándose lentamente y las cuerdas que sujetaban al prisionero sueltas en el piso. La sección fue sellada inmediatamente para proteger el resto del complejo.

-Ahí está; gritó el Doctor Lacroix.

Al verse acorralado, el alienígena corrió hacia sus captores, tomando un  hacha desde un módulo de control de incendios y lanzándose directamente contra la Doctora Troncoso. El astil del hacha que se dirigía contra la cabeza de María se partió en dos bajo el golpe de la pierna de un guardia, el cual no dejaba de atacar al extraterrestre; un violento golpe trisó el cristal del casco, instintivamente el alienígena puso sus manos por delante para proteger su cabeza, pero sus dedos se quebraron al recibir otro golpe; finalmente la tercera patada terminó por partir la escafandra del casco, permitiendo el paso del mortífero oxígeno hasta los pulmones del invasor; el que cayó en medio de convulsiones y gestos de dolorosa asfixia que terminaron con su vida, volviéndose su piel como papel quemado.

-Excelente trabajo soldado; felicitó el oficial al guardia.

-Gracias general; dijo la soldado, llevándose la mano a un costado de su casco para replegarlo.

-¡Majestad!; exclamó el General Sartorius.

-No creía que me iba a quedar sin participar de la fiesta, ¿verdad?; dijo la Reina.

-Ahora entiendo a quién salió la Rosa Negra; comentó el general.

Mientras tanto los soldados continuaban su patrullaje en la sitiada ciudad.

-Teniente mire allá; dijo un cabo a Ana. -Un grupo de alienígenas está entrando a ese estacionamiento subterráneo.

-Qué extraño; opinó Ana. -Sigámoslos para ver de qué se trata.

En modo furtivo la patrulla pudo seguir a los invasores sin ser detectados, encontrándose con una construcción nueva dentro del abandonado edificio. A través de una puerta que se cerró inmediatamente, los alienígenas entraron en la nueva habitación construida por ellos.

-Debemos averiguar qué hay ahí; pensó Ana a través de su cintillo, para que toda su patrulla se enterase de sus ideas. -Cati y yo nos haremos visibles, ustedes permanezcan ocultos; ordenó la teniente a sus hombres.

Obedeciendo sus órdenes, los soldados mantuvieron activo su camuflaje, mientras su jefa y la androide hacían su aparición.

-¿Y ahora?; preguntó Cati en voz baja.

-Ahora a cambiar de uniforme; respondió Ana, cambiando la apariencia de su traje, para que fuera igual al usado por los soldados de la OTAN. Buscando entre los escombros encontró un trapo que enrolló en su pierna derecha a modo de vendaje.

Afirmándose del hombro de Cati, Ana se hizo la herida. -Toma tu pistola con la mano derecha y ayúdame a caminar; ordenó la teniente.

Fingiendo dolor y cansancio las dos mujeres entraron al subterráneo buscando un escondite. Al poco rato varios extraterrestres las rodearon y apuntaron con sus armas. Los vampiros, que permanecían ocultos estaban listos para ayudarlas en caso de necesidad.

Al verse rodeada Cati dejó caer su pistola al suelo y sin soltar a Ana se arrodilló con las manos en alto, los invasores procedieron a esposar a ambas mujeres con los brazos por la espalda. Con sus prisioneras entraron a su cuartel de campaña.

-General Sartorius venga a ver esto; dijo un sargento en el centro de mando vampiro. -La Teniente Eguigurren y la androide han sido tomadas prisioneras. Pero no entiendo, ¿cómo es que puedo verlas a las dos al mismo tiempo?

-¡Vaya, vaya!; exclamó Sartorius. -Parece que esta niña ha estado estudiando los informes de las misiones pasadas.

-No lo entiendo señor; dijo confundido el soldado.

-Es fácil; indicó el general. -Las ve a ambas al mismo tiempo porque alguien más las está viendo a ellas en modo furtivo. Ella se dejó capturar para permitir que su equipo pudiera ingresar sin ser detectado a la instalación enemiga.

Una vez dentro Ana apoyó bien su pierna derecha y con un fuerte movimiento de sus brazos rompió las esposas que la sujetaban, de igual forma que lo hacía Cati. Sorpresivamente, la unidad de Ana se hizo visible ante los invasores, no dándoles tiempo para reaccionar abriendo fuego inmediatamente sobre ellos. Sin necesitar más su disfraz, Ana devolvió la apariencia normal a su traje, pareciendo de pies a cabeza una estatua de mármol negro.

-Aseguren el lugar; ordenó la teniente. -Revisen todo y recojan algunas armas y equipo de comunicación; debemos aprender lo más que podamos de ellos.

Cati se sacó los guantes y apoyó sus manos sobre la computadora de la instalación enemiga. De sus dedos surgieron finos cables, como hilos que se introdujeron en la máquina.

-Señor, estamos recibiendo una gran cantidad de información. Tenemos coordenadas de otros puestos de avanzada alienígenas en la ciudad, así como códigos de comunicación y de acceso y distribución de las fuerzas invasoras en tierra; informó sorprendido un técnico al General Sartorius.

A los pocos minutos Cati se puso nuevamente los guantes.

-Ya no hay nada más útil en esta computadora; dijo ella.

-Vámonos de aquí; ordeno Ana. Pongan explosivos y volemos todo.

Al poco rato la unidad se camuflaba y abordaba su vehículo, alejándose del lugar, el cual reventó en una violenta explosión.

-Transmitan esas coordenadas a todas las unidades en tierra; ordenó el General Sartorius. -Todos los puestos de avanzada deben ser destruidos  a la brevedad.

Las patrullas y las unidades de asalto del ejército de vampiros se desplegaron en todas las coordenadas recibidas desde el centro de mando. En un ataque coordinado, todas las instalaciones que los alienígenas habían construido en la ciudad fueron destruidas, ya sea mediante explosivos o disparos de los vehículos blindados.

Luciendo como soldados del ejército convencional, la patrulla de la Teniente Eguigurren se internó en medio de la ciudad, donde la destrucción y la desolación eran las reinantes; a su paso algunos civiles se lanzaban a sus pies implorándoles protección. Las gargantas de todos los soldados se apretaron ante la desolación de la situación. Solo Cati permanecía impasible, sin ninguna emoción que le impidiera continuar avanzando entre las ruinas y los cadáveres repartidos por doquier. Al doblar en una esquina la patrulla se topó con tres alienígenas que trataban de cubrir su huida protegiéndose con algunas personas. Uno de los soldados apuntó su arma automáticamente para disparar contra los invasores.

-No disparen; ordenó Ana. -Tienen rehenes.

Disimuladamente Cati tomó tres trozos de escombro y los lanzó a increíble velocidad y con certera precisión, impactando en las escafandras de los cascos de los invasores, los que sin protección contra nuestra mortífera atmósfera cayeron en medio de violentas convulsiones y muriendo a los pocos segundos.

Las unidades blindadas en tierra seguían impidiendo nuevos desembarcos, lo cual significaba que las fuerzas alienígenas que habían aterrizado se estaban quedando sin provisiones y estaban siendo cazadas por los terrícolas. El estado anímico en las tropas invasoras decaía rápidamente; lo que originalmente iba a ser una misión de invasión rutinaria de un mundo primitivo, se había convertido en una verdadera guerra entre planetas. Los espías enviados a explorar la Tierra informaron que este planeta contaba con tecnología muy primitiva que no podía hacer frente a sus armas. Sin embargo, la tecnología de los terrícolas había destruido una nave nodriza, varios escuadrones caza, así como las unidades de desembarco y los puestos de avanzada. Él estaba cansado y se sentó entre unos escombros bajo un puente; no veía humanos, pero a lo lejos escuchaba las explosiones y los disparos y veía a la nave madre ser sometida a un violento castigo. Agobiado dejó a un lado su arma y sacó una cajita de su cinturón; una imagen holográfica de una mujer y dos pequeños se formó ante él; extendiendo su mano trató de tocarla, pero era solo una imagen; temía que esta vez no volvería a su hogar. No alcanzó a tomar su arma para defenderse, cuando una descarga de plasma golpeó su cabeza, quedando un mudo recuerdo de una familia que nunca más se  reuniría.

Ricardo y Marcia no podían creer lo que estaba ocurriendo; si no se los hubiese contado Cati pensarían  que solo era una broma. Pero sabían que ella no mentiría, ya que conocían cada uno de los circuitos desde el momento en que la diseñaron. Era como su hija y ella les había pedido algo muy especial que solo ellos le podían dar. En el taller en que habían estado trabajando los dos últimos días sin parar, se sentían como un niños dentro de una juguetería solo para ellos. Tenían todos los materiales necesarios para construir a diez Cati si así lo desearan y disponían de herramientas y equipos que ni siquiera conocían.

-Es increíble; comentó Marcia. -Demoramos quince años en reunir los materiales y construir a Cati y ahora en solo dos días tenemos casi listo un cuerpo idéntico al suyo, incluido su cerebro cuántico.

-No me imagino donde estamos, pero debe ser una instalación militar de una de las superpotencias que controlan el mundo; opinó Ricardo. -He escuchado a muchos técnicos y soldados hablar en distintos idiomas; parece que provienen de distintos países.

-¿Te refieres a algo así como la OTAN?; preguntó Marcia.

-Supongo; respondió Ricardo. -Esto definitivamente es una base militar.

La puerta se abrió y por ella entró una mujer asiática de una edad difícil de determinar, que traía una cajita en sus manos.

-Buenos días señorita Díaz y señor Briceño; yo soy la Doctora Yuriko Yashima.

-Buenos días; contestaron los dos.

-Que bien habla el castellano, doctora; observó Marcia.

-En realidad hablo diez idiomas y veintitrés dialectos; dijo la japonesa como si eso fuera lo más normal.

-Ya veo; respondió cortésmente Ricardo.

-Pero eso no es nada comparado con su genialidad señor y señorita; los alabó la Doctora Yashima. -He podido ver por video el desempeño de su androide en el campo de batalla; es realmente increíble. Su capacidad de respuesta física y la flexibilidad de su cerebro para activar o desactivar emociones la convierten en el soldado perfecto.

-Lo que no comprendo bien es como lograron insertar emociones en un robot; consultó la doctora.

-La verdad es que no es tan difícil; contestó Marcia. -El cerebro de Cati es una computadora cuántica, que puede soportar cualquier tipo de programación.

-Nosotros solo insertamos un programa autoevolucionable básico  de emociones; es decir, le implantamos la capacidad de desarrollar emociones. Nosotros no le programamos las emociones en sí, éstas se desarrollan solas en ella, como en cualquier mujer adulta; terminó de explicar Ricardo.

-Realmente es fascinante; elogió  la Doctora Yashima.

-Ricardo diseñó también el submarino de inmersión extrema Tritón y los trajes de actividad abismal; contó Marcia orgullosa de él.

-Realmente lo felicito profesor Briceño, respondió la asiática.

-O nada de eso, yo no soy profesor, soy solo un humilde ingeniero; respondió modestamente Briceño.

-Pero bueno, vamos al grano; dijo la Doctora Yashima abriendo la caja que llevaba.

-¿Qué es eso?; preguntó Marcia.

-Una modificación para el nuevo androide que construyen, respondió la japonesa.

-¿Una modificación?; preguntó Ricardo. -¿De qué se trata?

-Es un regalo de la General Laberne; contestó la doctora.

-¿Pero qué es?; quiso saber intrigada Marcia.

-Véalo usted misma; dijo Yashima.

Poniendo la pieza en un soporte, lanzó contra ella una llave de tuercas, la cual golpeó algo en el aire antes de pegar en la pieza.

-Eso es una barrera electromagnética; observó sorprendido Ricardo.

-Precisamente; asintió la doctora.

-Pero será difícil insertarla en el cuerpo nuevo; objetó Marcia.

-Nada de eso; corrigió la Doctora Yashima.

Tomando la pequeña pieza la puso en la cintura del cuerpo cibernético, e inmediatamente ésta extendió unos filamentos y se fusionó a los circuitos de la nueva androide.

-Desde ahora el nuevo cuerpo de Cati estará protegido por un escudo de energía; concluyó Yuriko Yashima, orgullosa de su invento.

-Ya casi está listo este cuerpo, tan solo falta terminar algunos detalles; observó Ricardo.

-Su cerebro está listo para recibir la mente de Katherine Bravo; agregó Marcia.

-Solo queda esperar que no sea necesario su uso; comentó Ricardo preocupado por su criatura, que estaba afuera metida en una guerra.

En la ciudad la situación era angustiante para la población civil que se enfrentaba con sus más profundos temores.

Llevaba escondida desde que comenzó el ataque; no sabía cuánto tiempo había pasado de eso, pero sentía hambre y sed. Cuando llegaron los invasores ella se escondió en un hueco detrás de un mostrador en la oficina de correos; hacía un rato que no se escuchaba ninguna explosión, pero no se atrevía a salir aún. Alguien entró por la puerta rota y cerró fuerte los ojos pues tenía demasiado miedo; su corazón casi se detiene cuando siente una mano posarse en su hombro.

-¿Señorita, se encuentra bien?; preguntó un hombre en francés. Se trataba de un soldado que revisaba en busca de sobrevivientes. -¿Desea agua?; le ofreció de su cantimplora. Con desesperación la mujer sintió como el líquido refrescaba su garganta.

-Venga, vamos a un refugio; dijo el soldado tomándola de la mano.

Cuando habían avanzado unos cuantos metros se encontraron cara a cara con dos alienígenas. El soldado disparó contra uno, matándolo inmediatamente, pero el otro de un golpe lo desarmó, tirando su rifle al suelo. El alienígena tampoco llevaba  su arma, o la había perdido o se le había descargado y la había dejado tirada; ese sería un combate a mano. El soldado no había visto pelear a mano limpia a los invasores y se sorprendió que no fueran más fuertes que un humano. Sin embargo, al parecer había recibido entrenamiento en combate desarmado; se movía bien, pero no lo suficiente para enfrentar a un vampiro. De un golpe en la escafandra del alienígena puso fin al combate y a la vida de éste.

Con el camino ya libre el soldado llevó a la mujer a donde se había establecido un hospital de campaña para dar refugio y atender a los heridos sobrevivientes, después volvió a su ronda porque aún quedaba mucho que hacer. Había que encontrar  y aniquilar a los invasores que quedaban en tierra y rescatar a cuanto sobreviviente hubiera.

En el cuartel del ejército de los vampiros una unidad se preparaba para salir a combate.

-¿Señor Norton, viene o se va a pasar el día viéndose al espejo?; preguntó impaciente el sargento. -No tenemos tiempo que perder, nuestra unidad está por partir.

-Es increíblemente liviana esta armadura; comentó Robert al soldado que lo llevaba hasta la unidad de asalto.

-Pronto pdrá darle uso, pero recuerde que aún con ella lo pueden matar; le avisó el sargento.

La unidad de asalto avanzaba rápido rumbo a un punto donde se habían refugiado varios alienígenas. En un barrio periférico de la ciudad lo encontraron fortificado prácticamente  por los restos de los edificios caídos a causa del primer ataque.

-Sargento, informe; ordenó el teniente al mando de la unidad.

-Tenemos diez hostiles con armamento portátil, están muy bien parapetados; informó el soldado.

-Terminemos rápido con esto. Disparen cargas de plasma con el blindado; ordenó el teniente. -Fuego.

Las cargas de plasma salieron veloces contra el refugio extraterrestre; sin embargo, el escondite de los invasores permaneció intacto.

-Tienen una barrera de energía; informó el sargento. -Nuestras armas no pueden atravesarla.

-Cabo localice el generador del campo de fuerza, debemos volarlo; ordenó el teniente.

-Rastreando señor; respondió el soldado. -Lo tengo, está en la parte trasera del refugio de los hostiles.

-Sargento, vaya con dos hombres y bote la barrera; mandó el oficial.

-Acompáñeme señor Norton, a menos que prefiera la seguridad del transporte; dijo el soldado.

Robert no contestó nada, solo activó el camuflaje de su armadura.

Los tres soldados se acercaron sigilosamente hacia la parte de atrás del escondite enemigo.

Se movían como fantasmas invisibles los tres, sin embargo sorpresivamente dos disparos estallaron a un metro de ellos. Agazapados mientras los rayos volaban sobre sus cabezas, el sargento lo comprendió.

-Son armas automáticas, accionadas por sensores de movimiento; avisó a sus hombres.

-Debemos tratar de acercarnos al generador de la barrera para anularla; opinó el sargento. Los soldados avanzaron entre los disparos con sus propias barreras de energía activas. Un disparo golpeó a uno en una pierna y aunque no le provocó ningún daño, lo hizo momentáneamente visible.

-¡Demonios!; exclamó molesto el soldado. Todos los disparos se concentraron sobre él y el sargento, los que estaban tirados en el suelo disparando desde abajo, pudiendo matar a tres alienígenas.

Robert sin perder tiempo aprovechó la distracción  y corrió hacia el generador de la barrera de energía alienígena. Una vez junto a él no se preocupó siquiera de entender cómo funcionaba y puso en su base una granada  de tiempo. Corrió lo más rápido que podían sus piernas y se lanzó donde se habían refugiado el sargento y el otro soldado, en el momento justo en que la granada estallaba haciendo volar cientos de piedras por el aire.

-Barrera destruida; informó el sargento al teniente.

Los tres soldados aumentaron al máximo la fuerza de sus escudos, ya que el blindado disparaba una potente carga de plasma contra el refugio alienígena, botando su improvisada puerta.

-Entremos; ordenó el teniente. -Quiero ver porque se protegieron tanto.

Una vez dentro del escondite, los soldados dispararon contra todos los alienígenas que encontraron. Robert recibió dos disparos, que no le hicieron más daño que desprender tres pequeñas placas de su armadura, pero que gracias a ella no lo lastimaron.

Con mirada rápida el teniente vio que quedaban dos invasores con vida y que el traje de uno de ellos era distinto al del resto. El militar terrícola no tardó mucho en entender por qué.

-Es un oficial, captúrenlo con vida; ordenó a sus hombres, los que tras matar al otro extraterrestre lo rodearon con sus armas. Entendiendo perfectamente la situación, el oficial alienígena dejó caer su arma al suelo y levantó los brazos. Sus manos fueron inmovilizadas por esposas que se apretaban más cuando trataba de soltarse, provocándole gran dolor en las muñecas.

-Vuelen el lugar; ordenó el teniente y llevemos al prisionero a la base.

En el vehículo de asalto encerraron al prisionero en una pequeña celda cerrada con una barrera de energía.

-Unidad de asalto volviendo a la base con cargamento estratégico; avisó por radio un cabo. -Entraremos directo al área de confinamiento.

Tres guardias armados, cubiertos con sus trajes furtivos condujeron al oficial prisionero a una celda aislada y quitándole el casco se retiraron. Instintivamente el alienígena se llevó las manos a la nariz y boca pensando que se asfixiaría pronto, pero los minutos transcurrieron y él seguía con vida. Aunque estaba sorprendido, entendió que su prisión había sido llenada con una atmosfera respirable por él. Los terrícolas querían mantenerlo un tiempo con vida y eso solo podía significar una cosa.

-¿Está segura de esto Majestad?; preguntó preocupado el General Sartorius, que aunque trataba de no pensar en ello, no podía acostumbrarse a ver a la Reina vistiendo un tarje de combate furtivo.

-Totalmente general, creo que soy la persona indicada para este trabajo; contestó Lilith quitándose el casco y en su lugar poniendo un delgado lente que se cerró en su nuca a modo de cintillo y que cubría sus ojos, mientras sobre su boca y nariz ponía una mascarilla transparente.

Una doble puerta permitía mantener la atmósfera dentro de la celda; así cuando Lilith entró, quedó dentro de una pequeña cámara de paso; una luz roja se encendió, indicándole que ya había sido retirado todo el oxígeno de esa parte de la celda. Solo entonces se abrió la otra puerta.

Sin decir nada, Lilith caminó en torno al prisionero, mirándolo de pies a cabeza. Entonces, después de un rato se puso frente a él y con su mirada y voz más dulce comenzó a hablarle.

-Por favor relájese, como puede ver no tiene nada que temer; dijo Lilith tocando su mascarilla con la punta de un dedo. -Aquí respetamos a los oficiales prisioneros. Bueno descanse y por favor no piense en su nave madre.

Una agradable sensación de tranquilidad inundó el ser del oficial alienígena.  Su mente se llenó de dulces recuerdos de su planeta natal; veía su mundo, su sol y los planetas de su sistema solar; de pronto su recuerdos lo llevaron a cuando venía rumbo a la Tierra en su nave madre. Con que placer recordaba sus pasillos, sus salas de máquinas y sus compuertas; nunca había pensado en lo lindas que eran; lo más placentero de recordar fue el puente principal de mando, con todos sus códigos.

-Supongo que el código de acceso desde el exterior debe ser un secreto muy grande comandante, pero ya no tendrá que preocuparse más de él; dijo tiernamente Lilith. -Aquí está entre amigos ahora y ya no necesitará más recordar ese molesto código.

Ya había paz y no era necesario recordar el código de acceso de la compuerta exterior pensó el oficial; recordó cuando tuvo que memorizarlo al abordar la nave nodriza.

-¿Le gusta el aire que hicimos para usted amigo?; preguntó coquetamente Lilith. -Supongo que no es tan fresco como el que circula por todo el sistema de ventilación de su nave.

-Deben ser muy complicados y enredados toda esa red de ductos de ventilación; opinó Lilith sin darle mayor importancia.

La verdad es que al oficial prisionero no le parecían tan complicados, fácilmente podía recordar todo el plano de ellos. Era increíble como los terrícolas se podían hacer problema con algo tan sencillo, que le hacía hasta gracia.

-Bueno ha sido un placer conocerlo comandante, puede seguir descansando; por lo visto ha tenido un sueño muy agradable, pero lo olvidará cuando yo me retire; solo se sentirá en paz consigo mismo, hasta pronto mi amigo; se despidió gentilmente Lilith.

Cuando la puerta se abrió, la Reina entró en la pequeña cabina que había antes de la celda y esperó a que se encendiera la luz verde que indicaba que la atmosfera reductora había sido reemplazada por el aire de la Tierra.

-Ha sido como robarle sin violencia la sangre a un humano; dijo sonriendo Lilith, mientras se quitaba su cintillo telepático y de él sacaba una pequeña tarjeta de memoria.

-Aquí está todo general, que los ingenieros aeroespaciales analicen la información; mandó la Reina. -Cuando tengan todos los datos necesarios, preparen el abordaje de la nave madre. Les daremos a respirar oxígeno puro.

-Como ordene Majestad; respondió el General Sartorius.

-Así se  hará Majestad; contestó el General Renoir.

-Yo dirigiré personalmente el abordaje Majestad; dijo Lizbeth, quien con orgullo había presenciado el elegante interrogatorio llevado a cabo por su madre.

-Muy bien, pueden proceder como ustedes lo estimen conveniente generales; consintió Lilith. -El prisionero es todo suyo Doctor Lacroix, solo trate de no hacerlo sufrir mucho; no quisiera que los invasores crean que somos unos depredadores sedientos de sangre; dijo sarcásticamente Lilith. -Otra cosa, manténganlo con vida, puede que podamos sacarle más información.

-El nuevo cuerpo ya está listo; concluyó Marcia. -El Tritón debe subir a la superficie para poder realizar la transferencia de Cati, si es necesario.

A mil metros de profundidad, el Capitán Richard Sawyer del submarino Niebla recibe la comunicación desde el centro de mando de la Nación Vampira.

-Profesor Cerda, se me ha ordenado llevar al Tritón a la superficie momentáneamente. Usted y su tripulación deben permanecer en este hábitat; el submarino Tormenta se quedará aquí con ustedes en caso de emergencia; informó el Capitán Sawyer.

-Yo deberé subir con ustedes; opinó el mecánico Juan Mardones; sus hombres no van a saber usar el mecanismo de auto descompresión.

-Le aseguro que la descompresión no representa ningún problema para nuestra salud, señor Mardones; dijo enigmáticamente el marino.

-Creo que no tenemos más alternativa; aceptó el profesor Cerda.

-Una última cosa capitán, bajo ninguna circunstancia se deben acercar a estas coordenadas; advirtió el profesor. -En ese punto existe un portal que comunica con distintas realidades alternas y si caen ahí, posiblemente nunca podrían volver a esta dimensión.

-Gracias profesor, ya había sido puesto al tanto al respecto; observó el oficial.

Un grupo de marinos del Niebla abordaron el Tritón y juntos, ambos submarinos ascendieron rápidamente hacia la superficie.

Una hora después el Niebla se comunicaba con el Tormenta.

-Profesor Cerda, el Tritón y el Niebla ya se encuentran en la superficie; informó el Capitán Santos del submarino Tormenta.

-Pero si salieron hace una hora apenas; observó la Doctora Bárbara Soto.    -Nadie puede soportar un ascenso tan rápido sin sufrir una embolia.

-Digamos y, confórmense con eso, que es un secreto militar; dijo el Capitán Santos.

La captura de la nave invasora debía llevarse a cabo en forma rápida y lo más sigilosamente posible, para que la resistencia fuese la menos posible por parte de los alienígenas.

-La unidad de asalto de la Princesa ya está cargada con los cilindros de oxígeno; informó un técnico.

-Muy bien, despegamos enseguida. Esta vez vienes conmigo; dijo la Princesa a Cati.

-Como ordene señora; contestó fríamente ella.

Sin que nadie lo notase, Robert se coló en la unidad de asalto de la Rosa Negra y sabiendo lo peligrosa que sería esta misión, quiso estar junto a Katherine.

La nave de la Princesa se aproximó lentamente, a la velocidad mínima, para no provocar ninguna perturbación en el aire que pudiese ser detectada por los sensores de movimiento de la nave alienígena; manteniendo silencio absoluto la comunicación sería solo telepática, utilizando cintillos de comunicación. Sin ser detectada, la unidad de asalto se ubicó junto a la compuerta de acceso de la nave extraterrestre, uniéndose a ella mediante un rayo magnético.

Los vampiros se desplegaron por la nave invasora llevando su carga letal de oxígeno. Todos los ductos de ventilación habían sido cubiertos por los invisibles asaltantes. Ante una señal de la General Laberne, todos los cilindros del mortífero gas fueron abiertos al mismo tiempo, inundando la nave con un asesino imperceptible.

Uno a uno los invasores fueron cayendo muertos. Sin embargo, habría algo de resistencia, ya que unos pocos alienígenas alcanzaron a ponerse sus cascos y así evitar el envenenamiento.

Gracias a los planos obtenidos por la Reina, los comandos se pudieron mover rápidamente por toda la nave. Lamentablemente la nave no podría ser volada, ya que la detonación de un motor cuántico dentro de la atmosfera, devastaría el planeta entero; solo quedaba tratar de anular su suspensión antigravitatoria y derribarla.

De los cientos de tripulantes que había en la nave alienígena, no quedaban más de veinte con vida, el resto había perecido por envenenamiento con oxígeno.

-Busquen sobrevivientes; ordenó la General Laberne. -No quiero prisioneros, vaporícenlos a todos.

Los vampiros se desplegaron como una jauría de lobos por toda la nave; guiados por su visión infrarroja barrieron cada sección. En realidad la resistencia fue prácticamente nula; avanzando en modo furtivo, localizaban a la presa y los hacían desaparecer con sus vaporizadores.

En alta mar el Niebla rastreaba aire y mar en su misión de escolta del Tritón.

En el puente de la nave nodriza Cati localizó la computadora principal. Debía sacarse los guantes para poder acceder a la información almacenada en ella, con lo cual perdería su camuflaje. Sus dedos pronto hicieron contacto con la computadora y sus secretos. El centro de mando del ejército vampiro recibía información a raudales insospechables. Lizbeth por su lado inspeccionaba los controles de vuelo y navegación. Tan absortas estaban que no vieron al alienígena que se aproximaba, el cual avanzaba con arma en mano. Robert que hasta el momento había estado inmóvil, se lanzó hacia él en el momento en que éste disparaba contra Cati; el primer disparo perforó la armadura del piloto, en tanto que el segundo lo golpeó en el abdomen sin protección ahora. Ante los disparos Lizbeth y Cati se volvieron al unísono; la vampiresa en menos de un suspiro disparó una descarga de su vaporizador contra el alienígena. Cati de rodillas sostenía a Robert y revisaba sus signos vitales.

-Tiene una herida interna, debo operarlo enseguida; dijo sin ninguna emoción en su voz.

-Llevémoslo rápido a la unidad de asalto; sugirió Lizbeth.

Cati corría cargando a Robert en sus brazos, mientras Lizbeth llamaba  a sus hombres.

-Repliéguense ahora, regresen a la unidad y que un equipo de demolición venga a votar esta nave; ordenó mientras seguía corriendo a velocidad normal para no dejar sola a Cati.

Desde un recoveco un alienígena disparó con un laser contra Cati, golpeándola en la espalda, la que dejó escapar varias chispas; dos disparos más le dieron, haciéndola trastabillar. Lizbeth se volvió y vaporizó al atacante.

Cati avanzaba con dificultad cargando a Robert mal herido. A unos pocos metros se encontraba la escotilla de la unidad de asalto; ya en ella Cati depositó en el piso con sumo cuidado a Robert.

-Debo operarlo enseguida o morirá; concluyó la androide.

-Fue herido con un arma de pulso, tiene daño interno; advirtió Lizbeth.

Con mano temblorosa Cati tomó un bisturí. Nunca sus manos habían temblado antes.

-No puedo hacerlo, dijo Cati a Lizbeth. -Mi sistema motriz fue seriamente dañado y no logro controlar mis movimientos; debes operarlo tú.

Con una sangre fría única, Lizbeth manipuló el bisturí y las pinzas de sujeción

-No logro detener la hemorragia, su presión sanguínea está bajando rápidamente; avisó a la androide.

-Morirá; dijo Cati.

-Yo puedo salvarlo, claro que se convertiría en un vampiro, pero tú tienes que decidirlo ahora ya; la apremió Lizbeth mientras crecían sus colmillos y elevaba una esfera luminosa roja en el interior del vehículo.

-Hazlo por favor; rogó Cati.

Sin tiempo que perder Lizbeth clavó sus colmillos en el cuello de Robert, succionando toda su sangre. Como sabía que por sus heridas él no lograría recuperarse a tiempo, descubrió su brazo y clavó un catéter que conectó a una vena de él, dándole su sangre vía transfusión.

-Volvemos a la base. Tenemos una emergencia médica; informó por radio un sargento.

-Briceño necesito ese cuerpo ahora; dijo Cati desplomándose sin ninguna reacción, aparte del humo que seguía saliendo de su espalda. En un último esfuerzo la androide logró transmitir toda la información almacenada en su cerebro a la computadora del Tritón.

Ricardo y Marcia, con la ayuda de la Doctora Yashima, realizaron el enlace con el submarino vía las computadoras del centro de mando.

-Señor, desde el centro de mando principal solicitan que se inicie la transmisión de datos desde la computadora del Tritón; informó el radio operador.

-Inicien la transmisión ahora; ordenó el Capitán Sawyer.

-Seis contactos se aproximan rápidamente  desde Europa señor; comunicó el operador de radar.

-Fuego proyectiles antiaéreos; ordenó el capitán.

Dos cazas alienígenas fueron abatidos por las defensas del Niebla; pero cuatro continuaban imparables tras destruir en el aire los proyectiles.

-Fuego a discreción; ordenó el capitán. -Debemos aguantar hasta que la transmisión de datos termine.

-Señor; tres contactos más se aproximan. Vienen a mach 10; informó el operador de radar. -Son Vampiros Fantasma.

Curvando el aire con su velocidad hipersónica. Los tres aviones vampiros se lanzaron en la persecución de los  cazas alienígenas; tres fueron derribados por los interceptores sin mayor dificultad.

-Transmisión completa; informó un oficial.

 

-Inmersión;  ordenó el capitán.

-Señor, la nave hostil sobreviviente se sumergió y nos persigue; notificó el operador de sonar.

-Torpedos 2, 4, 6 y 8; ordenó el capitán.

Los cuatro proyectiles siguieron como tiburones a su presa que intentaba escabullirse. La nave alienígena estaba equipada para el combate submarino y lanzando pequeños proyectiles hizo estallar los cuatro torpedos antes de que dieran en el blanco.

-Impactos negativos señor, tienen contramedidas; informó el operador de sonar.

-Veamos cómo se las arreglan con la red; meditó el Capitán Sawyer.

De la proa del Niebla, salió veloz un único proyectil, que al acercarse a la nave alienígena se separó en cuatro proyectiles más delgados, los que sujetaban los cuatro vértices de una gran red. Acelerando su marcha alcanzaron la nave enemiga, envolviéndola en la malla, la cual comenzó a contraerse, apretando a su presa, hasta que su casco se partió a causa de la gran presión ejercida.

Algo aturdida Katherine abrió sus ojos observada atentamente por Ricardo y Marcia.

-¿Cómo te sientes Cati?; preguntó Ricardo a la androide.

 

-Funcionalidad al 99 %, circuitos lógicos operativos, circuitos emocionales operativos, todos los sensores funcionando, todos los software operativos; contestó Cati haciendo un diagnóstico interno de ella. -Transferencia de recuerdos completa. Me siento muy bien Ricardo; gracias por tener a tiempo este cuerpo.

-Te agregamos unas cuantas modificaciones; agregó la Doctora Yashima tirando una herramienta hacia Cati, la que cayó al suelo sin llegar a tocarla.

-Es una barrera de energía; observó la androide. -Me  gustaría haberla tenido hace una hora.

-¿Cómo está Robert?; preguntó muy preocupada.

-Se recupera en la sección médica; le indicó la Doctora Yashima.

Media hora después Katherine entraba a ver cómo se encontraba Robert.

-Hola, me hiciste pasar mucho susto; dijo Katherine a él, quien estaba acostado en una camilla.

-No te creo mucho; comentó él. -Estabas en la modalidad de exploración y combate, así es que no tenías emociones.

-Tonto; contestó Katherine besándolo. -¿Cómo te sientes?

-Muy bien; respondió Robert. -De hecho me siento fuerte y con mucha energía. ¿Qué me hicieron?

-¿Recuerdas que te dispararon?; preguntó ella sentada junto a él.

-Sí, me dieron duro, pero la armadura me salvó; respondió él.

-De hecho la armadura se rompió; aclaró Katherine. -Sufriste heridas internas.

-¿Tú me operaste?; preguntó Robert.

-No pude hacerlo; contestó ella. -Mi cuerpo fue destruido.

-Pero te ves muy bien; observó confundido Robert.

-Este cuerpo es nuevo; aclaró ella.

-No noto ninguna diferencia; observó él.

-No quiero ninguna diferencia, me gusta como soy; agregó ella.

-Bueno, como te decía, estabas gravemente herido y podías morir en cualquier momento, cómo yo no podía ayudarte le pedí a la Princesa que lo hiciera; sin embargo tenías heridas internas y no se detenía la hemorragia. La única opción que quedaba para salvarte me la ofreció Lizbeth, pero debía aceptar rápido; no había tiempo que perder, así es que le dije que sí; continuó explicando Katherine.

-¿Qué fue lo que ella hizo?; preguntó Robert sentándose lentamente en la cama.

Tomándolo con cuidado ella lo ayudó a sentarse.

-Ella te mordió y bebió toda tu sangre y, mediante una transfusión te dio de la suya; terminó de explicar Katherine.

-¿Eso quiere decir que me convirtió en un vampiro?; preguntó Robert.

-¿Qué querías que hiciera?, no quería dejarte morir; trató de justificarse Katherine. -Sé que actué en forma egoísta y solo pensé en mí, pero no quería quedarme sola; trataba de excusarse ella.

-Tranquila, no te estoy reprochando nada; le respondió Robert tomándola de la mano. -Es solo que esto es algo totalmente inesperado.

-¿No estás enojado conmigo entonces?; preguntó Katherine.

-Claro que no, supongo que yo habría hecho lo mismo. Tampoco habría querido perderte; respondió Robert.

-Pero cuéntame sobre la misión, ¿qué pasó con la nave?; quiso saber él.

-Fue derribada finalmente y todos sus tripulantes han muerto; respondió ella. -Sin embargo, esto no ha terminado; quedan varios focos de resistencia alienígena aún en la ciudad y hay que acabar con todos ellos.

-Entonces mejor pásame la ropa, que hay trabajo pendiente; pidió Robert.

-Nada de eso, aún estás débil; negó ella.

-Pero si ahora soy un vampiro, puedo aguantar; alegó él.

-Aunque así sea dije que no; respondió Katherine.

-Pero me siento mejor; insistió Robert.

-Verás, la Doctora Troncoso, que te está atendiendo, dice que tu recuperación es muy rápida debido a que ahora eres un vampiro, pero debido a que tu transformación ocurrió cuando estabas en estado crítico, no te has curado totalmente aún; explicó calmadamente ella.

-Pamplinas, ya estoy bien; insistió porfiadamente él.

-¡Ya basta!, te dije que te ibas a quedar aquí y eso es lo que vas a hacer; dijo enojada Katherine alzando la voz.

-Yo, lo siento…, no debí gritarte, pero no sé lo que me pasó; se disculpó confundida ella, quién nunca antes se había enojado.

Cuando Robert salió de su asombro, le cogió las manos a ella. -Está bien, es solo que te enojaste, eso es normal, yo no debí insistir tanto; le dijo para consolarla.

-Marcia me explicó que las emociones a veces eran confusas; por un lado te amo y me gusta estar contigo, pero por otro lado me sentí muy enojada contigo al mismo tiempo; agregó ella.

-A veces nos enojamos cuando una situación o persona nos molesta o nos hace sentir frustración; trató de explicarle Robert.

-No me gusta el enojo; dijo Katherine.

-Es algo a lo que te expusiste cuando aceptaste que te implantaran la capacidad emocional de los humanos. En todo caso yo te ayudaré a controlarlo; ofreció él, dándole un beso en la boca. -Listo, ¿pasó ya?; preguntó Robert.

-Aún no; respondió ella dándole un beso más grande. -Ahora  sí; respondió sonriendo.

-En serio, quiero que descanses un poco más; insistió Katherine, acomodándole la cabeza en la almohada.

-Está bien; contestó Robert resignado. -Sí, como no; pensó para sí.

Cati se dirigió al centro de mando para averiguar cómo iba todo, ya que se podría decir en forma precisa que ella estuvo inconsciente por más de una hora y eso podría ser mucho tiempo durante una guerra.

-¿Cati, cómo te sientes?; preguntó Lizbeth al verla entrar al salón.

-Operativa en un noventa y nueve por ciento señora; respondió la androide. -Me siento bien, gracias; se corrigió.

-¿Y Robert?; quiso saber la Reina.

-Recuperándose rápidamente en el hospital, Majestad, pero muy porfiado cómo todo buen paciente; respondió Cati.

-Me alegro; agregó Lilith.

-La misión fue todo un éxito, Cati; informó el General Sartorius. -La nave fue derribada y ahora nuestros ingenieros la están estudiando.

-Con la tecnología que posee podremos avanzar varios siglos la nuestra y en algunos años más podremos repeler en  el espacio cualquier intento de invasión, por si desean regresar; observó el General Marcel Renoir.

-Tal vez yo pueda ayudarlos para que podamos impedir una nueva invasión antes de que empiece; dijo Cati acercándose al terminal que ocupaba.

-Pude obtener mucha información valiosa de la computadora de la nave nodriza; agregó ella. -El planeta de los invasores alienígenas se encuentra a ciento cincuenta años luz de aquí; esta es la ruta más corta y rápida desde la Tierra, la cual implica cruzar por un agujero de gusano hasta las cercanías del sistema planetario de ellos; sin embargo, la única forma de cruzarlo es utilizando un motor cuántico, aun así el viaje demoraría varios meses. Aunque no significa nada en la vida de un vampiro, la permanencia prolongada en el espacio si los debilitaría mucho. Esto se evita con el sistema de suspensión vital que utilizan los alienígenas, el cual debe ser modificado para el metabolismo de un vampiro; hablaba sin parar Cati, mientras la pantalla principal del centro de mando se iba llenando de esquemas, diagramas y fórmulas.

-La tecnología bélica de ese planeta es muy alta, así es que no recomiendo un ataque frontal. Envíen  una nave espía que ingrese a una zona deshabitada del planeta; mediante ingeniería genética modifiquen los microorganismos responsables de la formación de su atmósfera, para que empiecen a producir y liberar oxígeno y se reproduzcan a una taza mayor de la normal; así, al cabo de unas cuantas décadas, su planeta estará totalmente contaminado con oxígeno; continuó.

-Como una atmósfera reductora es dañina también para un vampiro, sugiero el envío de  androides de combate carentes del módulo emocional para que se desenvuelvan en la atmósfera; dijo Cati mientras en el monitor aparecían los planos para construir androides similares a ella; concluyó.

-¿Sugieres enviar una o más naves al planeta de los invasores e invadirlos a ello?; preguntó meditativo el General Sartorius.

-Claro que no general, una invasión sería lo último que se me ocurriría; respondió Cati.    -Estoy hablando de aniquilar todo ese planeta para que nunca más, a ningún otro planeta, ni a éste vuelvan a hacer lo nos hicieron. Al revisar las bitácoras de la nave nodriza, pude comprobar que la idea de la invasión está tan fuertemente arraigada en su forma de vida y en su sociedad, que no saben vivir de otra forma; lo cual los hace una especie peligrosa para toda la galaxia; concluyó la androide con la mirada dura, pero cargada de emoción, dominada por el odio que en ese momento sentía.

El hecho de que Robert casi muriera en sus brazos y el haber sido ella misma muerta literalmente, le había hecho sentir odio por primera vez y esa era una emoción muy fuerte y que debería aprender a controlar, al igual que sus otras emociones. Una mano se posó en la cabeza de Katherine y la acarició con ternura; era Lilith que entendía perfectamente por lo que estaba pasando su confundida mente.

 

-Acompáñame un momento; le pidió la Reina. -Sé que estás pasando por algo nuevo para ti; bueno, en realidad para todos. A veces no es bueno tratar de suprimir todas las emociones.

-Pero yo puedo; dijo Katherine.

-No, tú las puedes desconectar momentáneamente; corrigió Lilith.

-Te aconsejo no intentar luchar contra lo que estás sintiendo ahora; aconsejó la Reina. -En vez de eso te sugiero que la dejes  fluir hasta que se apacigüe sola esa rabia.

-¿Pero si lastimo a alguien sin querer?; observó Katherine.

-Ese es un buen punto; opinó la Reina. -Pero existe una forma en que puedes quemar todas esa rabia que te está molestando.

Katherine miró intrigada a Lilith.

-Llegamos; dijo la Reina abriendo una puerta. -Quédate aquí el tiempo que necesites.

La Reina había llevado a Katherine hasta un gimnasio donde había, entre otras cosas, unos cuantos muñecos para practicar combate cuerpo a cuerpo. Cuando se quedó sola, luego de mirar toda la habitación, se decidió por uno en particular, sobre el cual descargó toda su furia; hasta que después de mucho golpearlo se rompió bajó la fuerza de sus golpes. Emocionalmente exhausta, se sentó en el piso y comenzó a llorar, un llanto sin lágrimas, ya que no tenía. Después de un rato, una vez totalmente tranquila, arregló su cabello y se dirigió al centro de mando.

-El Doctor Lacroix tiene una idea sobre cómo localizar los focos de resistencia alienígena; contó Lizbeth.

-Como ya saben todos los seres vivos generan un campo electromagnético específico para cada tipo; explicó el Doctor Lacroix. -Gracias al alienígena que tenemos cautivo, hemos podido descubrir la frecuencia y longitud de onda del campo que su especie genera; así como lo mismo para la barrera de energía que utilizan. Ahora bien, recalibrando los sensores de los satélites espías podemos localizar en forma precisa a los invasores que aún quedan en la Tierra; concluyó el médico.

-Si no me equivoco, esa misma estrategia la utilizamos hace algunos años en Santiago de Chile; observó el General Renoir.

-Tiene razón general, y en esa oportunidad comprobamos que es una técnica totalmente confiable.

-¿Cuánto demorará en recalibrar todos los satélites del planeta doctor?; preguntó el General Sartorius.

-¿Todos?; preguntó sorprendido el doctor.

-El submarino Niebla tuvo un enfrentamiento con cazas enemigos en aguas de Pacífico Sur. Por lo visto no se han quedado sobre París solamente; observó Sartorius.

-Bueno, como debe hacerse uno por uno, supongo que no menos de dos días, general; respondió el médico.

-Pero eso es demasiado tiempo doctor; explotó Sartorius.

-Yo le puedo ayudar al doctor; dijo Cati.

-Mejor, no tenemos tiempo que perder; concluyó el general.

-Por favor indíqueme las frecuencias y longitudes de ondas correspondientes doctor; solicitó Cati.

Una vez más los dedos de la androide volaban sobre los teclados. En el mapamundi que dominaba la pared frontal del centro de mando se encendieron varias luces rojas que indicaban los distintos satélites del planeta; a los pocos minutos todas las luces rojas fueron cambiando a verde.

-Todos los satélites están recalibrados General Sartorius; informó Cati.

-Muchas gracias; respondió el general.

-Por favor localicen los focos de resistencia alienígena; solicitó el General Renoir.

Pocos minutos después, una lista con varias coordenadas y mapas adjuntos aparecieron en la pantalla.

-Ahí los tiene general; indicó Cati.

-Preparen la neutralización final generales; ordenó la Reina.

Los comandantes de las patrullas y las unidades de asalto se reunieron poco después con la General Laberne para planificar la neutralización de los focos de resistencia alienígena que aún quedaban desperdigados por la ciudad y otros puntos del planeta.

-Señoras y señores, como ya saben pudimos repeler la invasión, sin embargo, aún quedan algunos alienígenas repartidos por la ciudad y debemos eliminarlos antes de que se organicen y se conviertan en un problema mayor. En sus terminales están recibiendo las coordenadas donde se localizan los invasores; informó la Princesa.

-Gracias a nuestros satélites espías hemos descubierto que permanecen ocultos durante el día y se alejan durante la noche de sus escondites, pero regresan a ellos antes de que salga el sol. Suponemos que piensan que se enfrentan en este planeta solo a humanos y han adaptado su ciclo de actividades a la inversa del de los humanos; continuó Lizbeth.

-Podemos usar ese error de apreciación de ellos a nuestro favor Alteza; gracias a nuestra visión infrarroja nos será más fácil localizarlos de noche; opinó la Teniente Eguigurren.

-Precisamente teniente; afirmó la general.

-En la oscuridad tenemos una ventaja natural sobre ellos, ya que nuestras observaciones indican que de noche ellos deben utilizar luz artificial para alumbrarse, de similar forma a como lo hacen los humanos; continuó la Princesa.

-Será como una cacería rutinaria; opinó confiado otro teniente.

Ana se volvió e hizo un gesto obsceno con la mano al oficial que acababa de habla, lo que no pasó desapercibido por Lizbeth.

-¿Algo qué quiera compartir con el resto de la sala Teniente Eguigurren?; preguntó la comandante llamándole la atención a Ana.

-No es nada señora, lo siento; se disculpó ella.

-Por favor teniente, sé que todos desean escuchar lo que conversaba con el Teniente Ramos; insistió Lizbeth.

-El piensa que la misión será una cacería rutinaria como la que hacemos contra los humanos, pero hay un aspecto que él está pasando por alto y es que los alienígenas, a diferencia de las presas humanas, se van a defender de nosotros con armas de plasma y de laser; observó Ana. -Además, bajo ninguna circunstancia debemos probar su sangre, porque aparte de su diferencia en composición, es básica en lugar de ácida como lo es la de los humanos y la nuestra.

-Tiene razón Teniente Eguigurren, cada misión es única y como soldados no podemos confiarnos nunca ni dar nada por hecho; comentó la General Laberne.

-Bien, sus órdenes son localizar y matar a los alienígenas que queden; usen el armamento que estimen adecuado para cada situación. Eso es todo, pueden retirarse; terminó la Princesa.

-Ana espera por favor; solicitó Lizbeth.

-Si me vas a castigar, por favor que sea después de que todo esto termine; pidió la teniente.

-Nunca castigaría a mi mejor teniente por tener razón; dijo Lizbeth. -Y sobre todo teniendo en cuenta que el General Sartorius se llevó al Teniente  Díaz a su división.

-¿Qué te molestó realmente del comentario de Santos?; preguntó la Princesa.

-Es que él cree que por ser hijo de un coronel, se las sabe todas y en la realidad es un verdadero patán; opinó Ana.

-No lo juzgues tan duro; él se ganó su ascenso por méritos propios y aunque a veces dice cosas algo tontas, en combate sus decisiones son tan buenas y acertadas como las tuyas; hizo notar la general.

-Sí, tienes razón, los hombres son muy buenos para decir idioteces. ¿Entiendes ahora por qué me gustan las mujeres?; comentó Ana.

-No sabes lo que te pierdes; dijo Lizbeth en broma.

-Me voy a quedar con la duda; respondió la teniente riendo.

-¿Algo más general?; preguntó la joven oficial.

-Eso es todo teniente, puede retirarse; la autorizó Lizbeth.

La noche caía sobre París; la devastación y la soledad a causa de los ataques sufridos por la Ciudad Luz durante los últimos días, creaban una atmósfera subyugante y sobrecogedora, que deprimían hasta a los vampiros que habían hecho de ella su territorio de caza.

La unidad de asalto se movía despacio en su modo furtivo por las solitarias calles; no era necesario ir más rápido, su GPS guiaba al vehículo inexorablemente a su objetivo. Al igual ocurría en los otros carros de asalto por toda la ciudad.

La detonación que golpeó a la unidad tomó por sorpresa a todos los soldados que en ella iban.

-Nos han detectado con sensores de movimiento; indicó un sargento.

-Fuego, fuego a discreción; ordenó el teniente.

Otro disparo hizo que los instrumentos se desconectaran un momento.

-Estamos sin barrera teniente; observó el sargento.

-¿Pero de dónde diablos sacaron este tipo de armas?; preguntó el teniente. -Sigan disparando.

El tercer disparo dejó inutilizado el sistema hidráulico del blindado.

-Cabo, alerte  a todas las unidades que no se acerquen a sus objetivos; ordenó el teniente.

-Aquí unidad de asalto quince a todas las unidades; no se acerquen a sus objetivos, repito, no se acerquen a sus objetivos. Los alienígenas tienen armas anti blindaje. Estamos bajo fuego de artillería, abandonamos el vehículo ahora; comunicó por radio el cabo.

-Aquí unidad cinco; resistan vamos para allá. Unidad trece respondiendo a llamada de auxilio; se escuchó por la radio del siniestrado vehículo, pero ningún soldado escuchó, ya que todos habían descendido y se refugiaban del ataque enemigo, abriendo fuego con sus armas laser; sin embargo, el castigo al cual eran sometidos era demasiado intenso y las barreras de energía de sus trajes de combate se debilitaban.

Cuando las armas se empezaban a sobrecalentar, tras veinte minutos de uso continuo, los escombros de dos edificios caídos volaron por el aire, debido al violento choque de dos unidades de asalto que pasaron a través de ellos, abriendo fuego inmediatamente contra la improvisada fortificación enemiga. Ahora eran los pocos alienígenas que ahí se escondían los que recibían un tremendo ataque. La barrera de energía, golpeada por las cargas de plasma y laser de ambas unidades simultáneamente, terminó finalmente por ceder.

-Sigan bombardeando hasta que no quede nada de pie; ordenó la Teniente Eguigurren.

-Disparen el laser en un barrido rasante; ordenó el Teniente Ramos.              -Quémenlo todo.

Después de esperar un rato prudente y comprobar que ya no había peligro, ambos vehículos se hicieron visibles y sus ocupantes descendieron de ellos para prestar ayuda a sus compañeros y verificar la eliminación completa de la resistencia en ese punto.

Mientras el Teniente Ramos revisaba los restos de lo que fuera el cañón que inutilizó a la unidad de asalto número quince, no se percató de que un alienígena, supuestamente muerto, se levantaba tras él empuñando un afilado fierro. Levantando la artesanal arma en lo alto para clavarla en la espalda del militar, no alcanzó a bajarla en su homicida intensión; el metal cayó al suelo aún empuñado por sus amputados brazos. Sin casi percatarse, su cabeza rodó por el suelo, cercenada por la espada que había surgido de la muñeca de la Teniente Eguigurren.

-¡Uff!, gracias Ana; expresó el Teniente Ramos. -Eso definitivamente habría ensuciado mi traje.

-Aquí Teniente Eguigurren a cuartel general; llamó Ana.

-Adelante teniente; contestó un radio operador.

-Sugiero cambiar ataque a resistencia alienígena, de unidades de asalto, por Vampiros Fantasma, con miras calibradas a campo electromagnético de los invasores; solicitó Ana por radio.

-Aquí Teniente Ramos, ratificando solicitud de la Teniente Eguigurren.

-Entendido; Vampiros Fantasma en el aire, iniciando bombardeo ahora; contestó el radio operador al otro lado de la línea.

Algo apretados, las tres tripulaciones se acomodaron en dos vehículos. Una vez que se alejaron de la unidad destruida, ésta voló por el aire al estallar los explosivos puestos por los mismos soldados que la condujeron una hora atrás. Bajo ninguna circunstancia, ni por accidente siquiera, la tecnología de los vampiros debía caer en manos humanas.

La noche se iluminó sobre París; el bombardeo de los Vampiros Fantasma barrió todo foco de resistencia alienígena.

-Creo que hemos logrado detener finalmente la invasión; opinó el General Sartorius.

-Se llevaron una desagradable sorpresa los alienígenas al encontrarse con nosotros; pensó la Princesa.

-Cierto, nunca sospecharon la existencia en la Tierra de una especie más fuerte y tecnológicamente más avanzada que la humana; agregó Sartorius.

-Eso me recuerda que en todos los informes que redacten las fuerzas armadas tradicionales, debe censurarse como información ultrasecreta toda relación a la participación de nuestros efectivos y al armamento utilizado por nosotros; dijo la Reina.

-Mis agentes en todo el mundo se encargarán de eso; respondió el General Marcel Renoir. -Nuestra existencia permanecerá oculta a los humanos.

-La crisis ha pasado; observó Cati. -Creo que mis amigos, que están en el hábitat submarino ya pueden volver a la superficie.

-Es cierto, ya no corren peligro; coincidió en su opinión Lilith. -Sargento, ordene al Niebla y al Tormenta escoltar al submarino Tritón a la superficie; indíqueles que nos encontramos en condición de alerta verde.

-Capitán Cerda, la crisis se ha superado satisfactoriamente; la invasión fue repelida y ya no hay peligro. Se me ordenó escoltarlos a usted, su personal y su submarino a la superficie; informó el Capitán Sawyers.

-No sé cómo agradecérselo capitán, ha sido muy amable en prestarnos todo su apoyo en esta crítica situación que vivimos; expresó sinceramente el profesor Cerda. -¿Puedo preguntarle si sabe si hubo muchos daños en la superficie?

-La verdad es que excepto la escaramuza que tuvimos en la superficie nosotros, no participamos mayormente; sin embargo, por lo que me han informado, París resultó seriamente castigada, ya que fue el centro de la invasión; contó el capitán del Niebla.

-Siento mucho escuchar tan lamentables noticias; contestó el profesor.        -Supongo que habría preferido haber tenido una acción más activa, que hacerlas de niñera de un montón de científicos.

-Yo soy un oficial y cumplí a cabalidad la misión que se me encomendó, no es importante si me agrade o no; dijo cortésmente el Capitán Sawyers. -Por lo visto ustedes poseen conocidos en puestos muy altos como para desplazar dos submarinos de batalla para ustedes.

-Hola cariño; saludó Katherine a Robert. -La Doctora Troncoso dice que ya estás totalmente recuperado y puedes salir cuando quieras del hospital

-Genial, ya me estaba aburriendo; comentó Robert. -Toda la diversión está afuera y yo aquí perdiéndomela.

-De hecho, ya todo acabó; aclaró Katherine. -Anoche se terminó con los últimos focos de resistencia extraterrestre sobre París.

-Pero que mala suerte; exclamó Robert.

-Si mal no recuerdo tú casi moriste en combate; le recordó ella.

-Sí, pero ahora me siento más vivo que antes; observó él.

-Tal vez yo tenga una idea de cómo puedes usar toda esa energía; dijo Katherine a Robert colgándose de su cuello.

-Buenos días, ¿interrumpo?; preguntó Lizbeth mientras entraba en la habitación de Robert.

-Adelante señora; respondió Katherine ante la Princesa.

-¿Qué tal se siente Robert?; preguntó Lizbeth.

-La verdad es que mejor a como alguna vez me sentí; respondió él.

-Lo sé; asintió la recién llegada. -Ahora es un vampiro con todo lo que eso implica.

-Sus servicios prestados en esta crisis han sido invaluables para el logro de la victoria alcanzada. Quisiera darles las gracias por todo lo que han hecho por nosotros; dijo la vampiresa.

-No tiene nada que agradecer Princesa, al fin y al cabo estábamos defendiendo nuestro planeta también; contestó Katherine.

-A propósito, le traje un regalo Robert; dijo Lizbeth entregándole un libro.

-¿Un libro?; preguntó él.

-No exactamente; contestó la Princesa.

Viéndolo mejor, Robert constató que se trataba de un manual en inglés de un Vampiro Fantasma.

-Le ofrezco iniciar su entrenamiento como piloto de nuestros aviones de combate, si es que le interesa el puesto; propuso Lizbeth a Robert.

-Yo…, no sé qué decir; respondió él.

-Di que sí, ya que desde que viste uno de esos aviones deseaste poder pilotearlo; consintió Katherine.

-Sí, está bien, acepto; respondió Robert.

-¿Y qué me dices tú Cati, te unirías a mi fuerza especial?; preguntó Lizbeth a la androide.

-No señora, prefiero permanecer como civil, claro que puede contar conmigo para lo que sea; rehusó ella.

-Comprendo y respeto tu decisión; aceptó la Princesa.

-Por lo pronto me gustaría retomar las vacaciones que usted interrumpió; continuó Katherine. -Y si no me equivoco, aún nos quedan tres semanas de la cabaña que rentamos en Sevilla.

-Respecto a eso, las cosas cambiaron por todos los acontecimientos; observó Lizbeth. -Hace poco compré esa cabaña y puse todos los documentos a nombre de ustedes, como una pequeña muestra de agradecimiento.

-No sabe cómo se lo agradecemos Princesa; respondió Robert.

-Muchas gracia Alteza; agregó Katherine. -Es usted muy generosa.

-¿Entonces acepta ingresar a nuestro ejército Robert?; preguntó Lizbeth para estar segura.

-Si general. Quiero poder sentarme lo más pronto posible ante los controles de un Vampiro Fantasma; respondió entusiasmado el piloto.

-Le advierto que antes de eso tiene que pasar por el entrenamiento básico para cualquier miembro de las fuerzas especiales y si lo aprueba, recién entonces podrá comenzar su entrenamiento avanzado de piloto; aclaró Lizbeth.

-Entiendo y no hay problema, recuerde que yo ya soy un soldado; respondió Robert.

-Sí, por supuesto; contestó Lizbeth con una sonrisa en los labios. -Bueno, un avión los llevará a Sevilla en cuanto estén listos, buen viaje y nos vemos en tres semanas más.

-¿Fue idea mía o la sonrisa de ella pareció burlona?; preguntó Robert a Katherine.

A modo de respuesta ella solo se encogió de hombros.

El  pequeño pueblo en las afueras de Sevilla se había enterado solo por los noticieros de las batallas que habían devastado París; la vida seguía sumida en su rutina y el paisaje igual de acogedor y relajante.

El día siguiente lo pasaron entero en la laguna que había en medio del bosque.

-Qué bien se siente esto; comentó Katherine mientras secaba su cuerpo al sol.

-Definitivamente no hay como una buena zambullida; opinó Robert.

-Ya me sequé entera; dijo ella tocando sus brazos y muslos, sintiendo su tersa piel sintética bajo sus manos.

En un arrebato ella se lanzó al cuello de Robert y lo beso como hace tiempo no lo hacía. Lentamente su piel comenzó a cubrirse con gotas de sudor.

-¡Estás traspirando!; exclamó sorprendido Robert.

-Sí, es una modificación que me introdujo Ricardo Briceño y que puedo controlar a voluntad; explicó Katherine. -¿Te resulta agradable que yo pueda traspirar?

-¿Agradable?, es lo mejor que tu creador ha hecho; opinó Robert deslizando sus manos por la mojada espalda de su compañera, mientras la besaba con mucho deseo.

Después de jugar durante una hora más la pareja decidió regresar a la cabaña, caminando despreocupadamente, tomados de la mano. Sin que lo esperasen, escucharon una conocida voz.

-¿Quieren jugar conmigo?; dijo la francesa sentada en una rama.

-¿Y conmigo?; pregunto una joven chilena.

-¡Princesa, teniente!; exclamó Robert que no esperaba encontrarse con ellas.

-No detecté su presencia; dijo Katherine.

-Es porque estamos vestidos con trajes de combate furtivo; explicó el General Marcel Renoir que se hacía visible, junto con la Doctora María Troncoso.

-Decidimos tomarnos unas vacaciones también; dijo Lizbeth.

-Bueno, de alguna forma nos acomodaremos los seis en la cabaña; pensó Katherine.

-No es necesario, tengo mi propia cabaña no muy lejos de aquí; respondió ella.

Saltando del árbol Lizbeth se lanzó sobre Katherine, quien la tomó y la tiró a un lado; sin embargo, la Princesa era ágil como un gran gato y cayó de pie. Sin esperar a que su oponente reaccionara, la androide le lanzó un inesperado puñetazo a los ojos que la vampiresa detuvo en el aire, contra atacando con una rodilla al estómago de la androide, la que fue detenida por sus manos.

La agilidad de Katherine era tan grande como la de Lizbeth y sabiendo lo resistente y fuerte que ella era no tenía necesidad de contenerse. La pierna derecha voló hacia la cara de la Princesa; sin embargo, antes de golpearla, la androide despegó su pierna izquierda del suelo, golpeando con ella la cabeza de Lizbeth, haciéndola girar en el aire para caer en un montón de tierra suelta.

-¡Que golpe más impresionante!; exclamó Marcel, mientras veía como su esposa se levantaba del suelo con una sonrisa en los labios a pesar de haber sido derribada por un golpe que habría matado a un humano, pero que a ella ni siquiera le produjo dolor.

En un rápido movimiento Ana sujetó el cuello de Katherine y saltó llevándola con ella a varios metros de altura.

-Ahora verás; dijo Lizbeth, saltando y lanzando una pierna para golpear a la androide mientras no pudiera moverse.

Sorpresivamente Cati tomó de un brazo a Ana y de la pierna a la Princesa, estrellándolas en el aire. La androide aterrizó de pie mientras las dos vampiresas se estrellaban en el suelo.

-¿Crees que debemos ayudarlas?; preguntó Marcel a María.

-No me parece. Ellas estarán bien; respondió María. -Además, alguien tenía que patearles el trasero alguna vez.

-Ya es suficiente; dijo Lizbeth cerrando su casco y desenvainando la espada de su muñeca derecha.

Ante la visión del arma Katherine sonrió y llamó desafiante a Ana con su mano para invitarla a unirse también.

Armadas con espadas, las dos vampiresas atacaban juntas a la androide; aunque los golpes eran muy rápidos los reflejos de Katherine eran increíblemente veloces. Lizbeth atacó  a Cati, la que atrapó la espada con ambas manos y se la rompió. Sin hacer ruido Ana activó su camuflaje, desapareciendo de la vista de todos.

Robert estaba realmente preocupado por su pareja, no sabía si podría defenderse de un atacante invisible. Katherine se inclinó rápidamente mientras caían cortados unos cuantos mechones de su cabello; al mismo tiempo lanzó una  rápida patada hacia arriba, para a los pocos segundos recibir en su mano la hoja quebrada de la espada de Ana.

Sorprendidas ambas vampiresas se encontraron desarmadas y no notaron la pierna de Cati que se movía y enredaba las piernas de Ana votándola al suelo; en un abrir y cerrar de ojos, la androide tomó la pierna de la Princesa y la arrojó sobre el cuerpo invisible de Ana, al verse con las hojas de las espadas en el cuello Lizbeth levantó los brazos.

-Me rindo, tu ganas; dijo la Princesa a la androide.

-No lo haces del todo mal; opinó Ana mientras se volvía a hacer visible y se sacudía el polvo de encima. -No entiendo cómo es que pudiste verme si nada puede cruzar la barrera de invisibilidad de nuestros trajes.

-No te veía, pero al moverte producías corrientes casi imperceptibles de aire que mis sensores externos de presión pudieron registrar; explicó Katherine.

-Ahora se van a pasar todo el tiempo metidas en el gimnasio entrenando hasta poder derrotarla; pensó María.

-Eso dilo por tu esposa; respondió Marcel. -En cuanto a la mía, me va a usar a mí para practicar sus ataques.

-El ejercicio me despertó el apetito; comentó Lizbeth haciendo crecer sus colmillos.

-Pero este pueblo es demasiado pequeño y ustedes son cinco; observó preocupada Katherine.

-Tranquila, trajimos muchas bolsas de sangre; respondió Lizbeth. -Además, por casi quinientos años he cuidado de esta aldea.

-Bueno a cambiarse, cenar y después a disfrutar las vacaciones; dijo Ana mirando a María.

-Ahora nada de emergencias, General Renoir; dijo Lizbeth a Marcel.

-Como ordene Su Alteza; respondió él haciendo una reverencia a su esposa.

Las tres semanas de vacaciones pasaron demasiado rápido para Robert y ahora debía comenzar su entrenamiento básico y ya pronto estaría piloteando un Vampiro Fantasma.

-Buenos días cadetes, yo soy la Mayor Harmann y seré su instructora de combate cuerpo a cuerpo; se presentó una esbelta mujer de unos treinta años y no más de un metro sesenta, siendo más baja que la mayoría de los cadetes.

-Buenos días mayor; respondieron al unísono los nuevos cadetes.

-¿Quién tiene algún  tipo de entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo?; preguntó la mujer.

-Yo tengo señora; contestó Robert.

-Veamos de qué se trata; dijo la instructora.

Robert se puso en guardia con sus puños por delante de la cara.

-Ya veo, boxeo, cadete Norton. Su ficha dice que está postulando a la división aérea; observó la oficial, revisando una lista.

-Así es señora; contestó Robert.

-Bueno Norton, déjeme decirle que para mí esa es solo una basura y estoy segura de que nunca lo logrará; respondió la mayor.

-Pondré todo mi esfuerzo en ello mayor; contestó Robert.

-Bien, si está tan seguro de poder hacerlo, entonces demuéstrelo Norton; dijo agresivamente la instructora. -Veamos qué tan bueno es su boxeo y golpéeme en la cara.

-Pero señora, usted es una mujer y podría lastimarla; se excusó Robert.

-¡Es una orden cadete!, golpéeme; grito la mayor. -A menos que tenga miedo a quebrarse una uña.

Robert se puso en guardia y lanzó un  derechazo a la cara de la delgada mujer. El puño se detuvo a veinte centímetros de la cara de la Mayor Harmann, contenido en el aire por la mano de ésta. Robert preocupado por la presión que aumentaba sobre su mano, no vio venir la patada que le golpeó la cara, arrojándolo al suelo.

-¡Qué tonto!; dijo otro cadete burlándose de Robert que se paraba sobándose la mandíbula.

-¿Quién dijo eso?; rugió la instructora.

-Yo señora; contestó con voz débil el que acababa de hablar.

-Si cree que puede hacerlo mejor que el cadete Norton, venga y demuéstrelo; ordenó la instructora.

-Pero señora; protestó el cadete.

-No me haga repetir la orden; gritó la mujer.

Resignado el cadete se puso al frente de su superior.

-Bueno deje de admirar mis caderas y golpéeme soldado; ordenó Harmann.

Rojo de vergüenza el estudiante se abalanzó sobre la mujer, la que lo tomó de los brazos y lo lanzó al suelo.

-Y se dicen soldados. Ni  siquiera han hecho que me despeine; se burló la mayor de Robert y el otro cadete.

-Ustedes son quince, veamos si entre todos logran derribarme; dijo la mujer.

Todos los cadetes se miraron confundidos, no sabiendo si ella hablaba en serio.

-¡Ahora!; gritó la oficial.

Como una exhalación, los quince vampiros atacaron a  la oficial. En menos de un minuto todos yacían hechos una pila, uno encima de otro.

-Yo no era tan dura con usted cuando la entrené Mayor Harmann; dijo la Princesa entrando en el campo de entrenamiento.

-¡Atención!; gritó uno de los cadetes.

Todos se cuadraron ante la general.

-Lizbeth; saludó Robert.

-Ella no se llama Lizbeth. Su nombre es General Laberne y es su comandante en jefe, soldado; gritó Harmann a Robert.

-Me disculpo señora; respondió Robert inclinando respetuosamente la cabeza.

-Eso espero Norton; dijo amenazante la instructora.

-Yo era más disciplinada Alteza, pero estos son un montón de mugre y usted me pide que los convierta en soldados. Con suerte obtendré conserjes de regular calidad de ellos; respondió la Mayor Harmann.

-Confío en su capacidad como instructora mayor; contestó Lizbeth.

Mientras tanto Ana pasaba por ahí canturreando una canción, contenta de que tendría libre cuatro días completos y podría estar en su casa junto a María. Los ojos de Harmann brillaron al verla.

-Teniente Eguigurren acérquese; ordenó la instructora.

-Ordene mayor; contestó Ana saludándola como su mayor rango merecía.

-Por favor ayúdeme a mostrarle a este montón de inútiles como se pelea de verdad.

-¿Está segura mayor?, no quisiera lastimarla; contestó la Teniente Eguigurren a su amiga y superior.

-No se preocupe por mí teniente y procure ser lo más ilustrativa posible; ordenó la mayor.

-Empecemos entonces señora; respondió Ana, lanzando una serie de rápidas patadas a distintos puntos del cuerpo de Harmann, las cuales eran esquivadas o detenidas sin ninguna dificultad; al mismo tiempo que contra atacaba con piernas y brazos  a Ana. De vez en cuando tomaban el brazo o pierna de la otra y la lanzaban en una llave al suelo pero siempre caían de pie.

Los cadetes observaban sin pestañar el impresionante combate.

Ana en un rápido movimiento se puso al lado de Harmann y lanzó su rodilla derecha al estómago de ella. La pierna de la teniente fue detenida con la mano derecha por la mayor y sujetándola del cuello con la mano izquierda, de un salto se elevó a quince metros, llevándose consigo a su contrincante. La Teniente Eguigurren giró su pierna izquierda para golpear a la mayor en la cara, pero ésta se percató de la maniobra y soltó a su presa, girando hacia atrás y abriendo los brazos en cruz para estabilizar su descenso y caer de pie.

Ana cayó de pie también frente a la mayor, dándole la espalda se quitó un mechón de cabello que le caía sobre la cara. Sin hacer ningún ruido, la Mayor Harmann desenvainó la espada de su muñeca derecha y atacó en forma traicionera a la Teniente Eguigurren; sin inmutarse siquiera, la teniente desenvainó hacia atrás su espada, deteniendo el golpe del arma blanca a escasos centímetros de su cabeza.

Girando rápidamente Ana desenvainó su otra espada, lo cual imitó Harmann. Las hojas plateadas se cruzaban y golpeaban en el aire, pasando peligrosamente cerca de las cabezas de ambas mujeres.

De un salto hacia atrás, la Mayor Harmann puso varios metros de separación entre ella y la teniente y enfundó sus espadas; Ana respetuosamente guardó sus armas también.

-Gracias teniente, su demostración ha sido magnífica; felicitó la instructora.

-Es muy amable Mayor Harmann; contestó la Teniente Eguigurren.

-Cadetes, esa es la forma en que se combate; indicó la mayor. -Toda esta demostración quedó grabada, quiero que la estudien detenidamente.

-Aquí van a aprender a pelear como verdaderos vampiros de las fuerzas especiales y por mis colmillos les juro que cuando termine con ustedes me odiarán con todo su ser, pero se habrán convertido en verdaderas armas de destrucción masiva; concluyó la oficial.

-¿Entendido?; preguntó ella de un grito.

-¡Si señora!; respondieron todos.

Robert comprendió que no sería tan fácil después de todo.

La remoción de los escombros de la ciudad había dejado al descubierto el gran número de víctimas de los ataques. Las autoridades militares y civiles establecieron incineradores para quemar los cadáveres una vez fueran identificados; aún París permanecía  bajo ley marcial y había que optar por la solución más lógica.

A algún instructor se le ocurrió que sería un buen entrenamiento si los cadetes participaban en las tareas de remoción de escombros y recuperación de cadáveres, disfrazados como miembros de la fuerza de cascos azules de las Naciones Unidas.

El barrio donde vivían Ana Eguigurren y María Troncoso no se vio afectado por el ataque extraterrestre, ni el posterior accionar de las fuerzas defensoras; en una casa desocupada ahí se instalaron Robert y Katherine.

La siniestrada nave nodriza de los extraterrestres era muy grande y la revisión completa de ella era lenta. La unidad de la Fuerza de Respuesta Biológica que revisaba una sección alejada del puente principal y de la sala de máquinas, se encontró con una inesperada sorpresa.

-General Sartorius, tiene que ver esto; avisó por radio un teniente.

-¿Qué ocurre?; preguntó el oficial griego.

-Encontramos una celda que contenía una atmosfera oxidativa, señor; informó el soldado a su superior.

-Provendrá del ataque con oxígeno que realizamos; opinó el general.

-Negativo señor, los restos corresponden a una exposición prolongada a oxígeno; insistió el teniente.

-Voy para allá; respondió el General Sartorius, quién sabía que sus hombres aparte de excelentes soldados, eran técnicos y científicos de primer nivel.

-¿De qué se trata?; preguntó Sartorius.

-Es esta celda señor. Encerraba algo capaz de respirar oxígeno y cuando la nave fue derribada la puerta de ella se abrió, permitiéndole a su huésped salir; informó el teniente, basándose en las marcas de garras que había en la parte de la puerta que daba a la celda y a las que había aun metro de ella.

Los dos cascos azules revisaban ayudados de un perro entrenado en busca de personas sepultadas entre los escombros.

-Todavía me cuesta creer que haya vida en otros planetas; dijo uno.

-No tiene nada de raro; contestó el otro. -Teniendo en cuenta lo grande que es el universo.

-El problema es que lo comprobáramos con una invasión; opinó el primer soldado.

-Por suerte las fuerzas especiales de la OTAN los pudieron parar; comentó uno.

-No tenía idea de que existiera esa unidad; pensó uno de los soldados.

-Ni yo. Parece que las superpotencias tienen secretos dentro de los secretos; opinó el otro.

Así iban caminando y hablando los soldados, cuando el perro que llevaban comenzó a ladrar nerviosamente.

-Mmm, parece que el perro sintió algo; observó uno de ellos.

-Suéltalo, para que busque solo; sugirió el otro.

El perro comenzó a rugir asustado; sintiéndose amenazado se alejó del lugar, dejando anonadados a los dos soldados.

-¿Pero qué le pasa a este perro?; preguntó sorprendido uno de ellos.

Desde la rama de un árbol a unos quince metros de ahí, la criatura los miraba silenciosa, con sus ojos rojos como la sangre. Sin aviso previo se lanzó contra los dos hombres, quienes al verla abrieron fuego contra ella, pero esquivó sus disparos haciendo uso de sus membranosas alas. Un golpe y otro más y los soldados en medio de un grito de dolor caían muertos.

Los gritos y los disparos atrajeron la atención de la patrulla donde se encontraba Robert. A los pocos minutos llegaron junto a los cuerpos mutilados de los dos cascos azules.

-¡Demonios!; exclamaron los soldados.

-Los habrá matado un maldito extraterrestre sobreviviente; opinó uno de los miembros de la patrulla.

-No creo, los invasores usaban armas y no tenían garras; observó otro soldado. -Esto parece haber sido hecho por un animal con garras.

-¿Garras de vampiro?; preguntó en voz baja Robert.

-Negativo, el patrón de corte no corresponde; contestó otro.

-Mantengan los ojos bien abiertos; ordenó el teniente que iba con los cadetes.

Cautelosamente los soldados siguieron avanzando. Lo que fuese que  mató a esos hombres había sido muy rápido.

Sin que se diesen cuenta, el ataque llegó desde el aire; de un golpe en los hombros, uno de los soldados fue lanzado de espaldas al suelo. Su atacante batiendo sus alas aterrizó frente a él. Dos metros y medio, alas membranosas, piel gris, ojos rojos y afiladas garras, le daban la apariencia de una gárgola de leyendas góticas.

Con los ojos rojos brillantes, el soldado furioso se puso de pie y disparó su arma de fuego contra la criatura, con el único resultado de solo perder balas, ya que éstas rebotaban en su gruesa piel; ataque que hizo enfurecer a ese ser. Lanzando un rugido se abalanzó contra Robert, que viéndola moverse en cámara lenta, gracias a sus agudizados sentidos de vampiro, la esquivó fácilmente y la sujetó de un brazo para lanzarla violentamente al suelo.

Instintivamente todos los vampiros sacaron sus garras ante la extraña criatura, la cual al verse rodeada agitando sus alas escapó del lugar.

-Esto es lo único que faltaba; gritaba el General Sartorius. -Así es que la famosa criatura que se escapó de la nave invasora, resultó ser una maldita gárgola de cuentos de brujas.

-¿Desea que informemos a la Rosa Negra?; consultó un soldado al general.

-Esto está dentro de nuestras funciones, cabo; gritó furioso Sartorius.   -Además, Su Alteza tiene cosa más importantes de que preocuparse que de un simple animal.

-No olvide en qué división del ejército está cabo; lo reprendió severo un mayor. -Todo riesgo de amenaza biológica, así como el control de otras especies, ya sea terrestres o alienígenas están dentro de las funciones básicas de esta fuerza. ¿Está suficientemente claro cabo?

-Sí señor, lo siento; se disculpó el soldado ante los oficiales.

-¿Qué sabemos de la criatura mayor?; preguntó el General Sartorius.

-Depredador, nocturno, con posibilidad de vuelo. Peligroso para los humanos, pero no para nosotros; indicó el oficial. -Sin embargo, su capacidad de volar lo hace un poco escurridizo.

-Mmm, ya que no tenemos la huella de su campo electromagnético no podremos usar los satélites esta vez. Aparentemente tendremos que buscar a la antigua; opinó el general.

-Mayor, ordene a las patrullas que lo busquen de preferencia en zonas altas como edificios, árboles, antenas o postes; por sus alas supongo que debe acechar a sus posibles presas desde lo alto, como lo haría un ave de rapiña; ordenó el General Sartorius.

-Ya di esa orden señor; respondió el mayor. -Las patrullas también tienen órdenes de tratar de capturar a la criatura con vida para su posterior estudio.

-Muy bien mayor; asintió el general. -Y mayor, si sigue adelantándose a mis órdenes, eso lo conducirá solo a que pronto se gane su ascenso a coronel.

-Gracias señor, pero no lo necesito. Además eso solo entorpecería con mis otras labores y dispondría de menos tiempo del que ya tengo para trabajar en mi laboratorio; declinó modestamente el oficial.

-Lo entiendo mayor, yo también extraño los días en que me podía dedicar totalmente solo a la investigación científica; confesó el general. -Pero a veces uno tiene que sacrificar sus propios intereses por el bien mayor de la Nación.

A pesar de que la ciudad se encontraba bajo ley marcial, no faltaba la prostituta que pensaba que con tantos soldados en las calles podría hacer buenos negocios. En eso estaba distraída la mujer, que no sintió el aleteo sobre su cabeza, ni vio las garras que la elevaron por el aire; aunque tampoco habría servido de mucho que lo notase, ya que cazando la criatura era como una verdadera ave de presa cuando localizaba su víctima. Al poco elevarse con la mujer, la dejó caer para que se estrellara contra el suelo.

Los gritos de la mujer, el aleteo de la criatura en el aire y el golpe del cuerpo en el pavimento, fueron suficientes para que la patrulla de Robert pudiese localizar el sitio exacto del ataque, a pesar de encontrarse a un kilómetro de allí. En menos de un minuto los vampiros rodearon al alado ser mientras devoraba a su presa. En un rápido movimiento varias cuerdas inmovilizadoras le fueron lanzadas, pero las cortó fácilmente con el borde de sus alas.

Viéndose superada en número y rodeada, la criatura instintivamente batió sus alas tratando de escapar por el aire. Antes de que pudiera darse cuenta sintió como los ahora poderosos brazos de Robert aprisionaban sus alas. Girando a una velocidad vertiginosa, Robert lanzó a la criatura violentamente al suelo, cayendo de espalda con las alas aplastadas y, antes de que ésta pudiese reaccionar, asestó un primitivo pero efectivo golpe de puño en su cara, dejándola privada de sentido.

 

La inconsciente criatura fue inmovilizada con esposas de una aleación de titanio, de modo que no pudiese romperlas. El extraño ser fue trasladado inmediatamente al último subterráneo del centro médico y de investigación oculto bajo una pequeña clínica privada en las afueras de París.

-Doctor Lacroix, le tengo un regalo en la sección de confinamiento del laboratorio biológico; informó el General Sartorius al médico.

Rato después el Doctor Lacroix sacaba varias fotografías a la criatura, aunque no era necesario ya que toda la celda estaba monitoreada por audio y video.

-¡Pero qué maravilla!; exclamaba el médico. -Se parece a las gárgolas de las historias góticas.

-Puede que haya habido algún contacto con esta especie en el pasado; opinó Lizbeth que acababa de llegar.

-Sí, supongo que debe ser eso; pensó también el doctor. -Y lo más maravilloso de todo esto es que nadie vaporizó a esta criatura.

-Otra vez con eso; respondió Lizbeth. -Sígame molestando y le convierto ahora mismo su juguete nuevo en una nubecita de humo.

-Ya niña cálmate, es solo una broma; explicó el doctor. -Es que a veces echo de menos a la pequeña Lizbeth que solo se preocupaba de jugar y leer.

-Uff, fue hace tantos siglos; recordó ella.

La información obtenida de la nave nodriza adquirió un valor estratégico  para el alto mando vampiro, por lo que se destinó muchos recursos de tiempo y personal en su análisis.

-General Sartorius, es importante que vea  esto urgentemente; solicitó un analista a su superior.

-¿Qué ocurre teniente?; preguntó el oficial.

-Me he topado con unos archivos alienígenas encriptados; informó el soldado.

-Esta era una misión militar, ¿qué tiene de raro teniente?; respondió el general sin darle mayor importancia.

-Fueron ocultados en el momento del asalto a la nave nodriza, señor; observó el teniente.

-Mmm, se vieron acorralados y trataron de esconder información estratégica, para que nosotros no pudiésemos dar con ella; meditó el general griego.

-Eso mismo pienso yo, señor; asintió el teniente.

-Muy bien, concéntrese en abrir esos archivos teniente; ordenó Sartorius.

-Ya lo he intentado todo, señor; desde los protocolos básicos hasta los más complicados, incluyendo varios que hasta hace una hora no existían. Ese código no se desencripta con nada; informó algo avergonzado el analista.

El General Sartorius conocía la gran habilidad como criptógrafo del Teniente Marthan, y si había un archivo que él no pudiese desencriptar era porque realmente contenía información extremadamente delicada.

-Veamos si la androide es tan buena como aparenta; contestó Sartorius luego de meditar un rato.

Katherine ingresó nuevamente al centro de mando, esta vez por solicitud de la mano derecha de la Rosa Negra.

-Cati, en la computadora de la nave nodriza hemos encontrado varios archivos encriptados que no podemos abrir y es imprescindible que accedamos a la información que contienen; informó Sartorius a la androide.

-Por favor permítame intentarlo a mí; contestó amablemente Katherine.

-¿Me permite su terminal teniente?; preguntó ella al analista.

-Adelante, es todo suyo; contestó el teniente. -¿Le molesta si miro?

-Por supuesto que no, además me podría ayudar; agregó la mujer.

Los dedos de la androide se movían en forma vertiginosa por el teclado, mientras en la pantalla pasaban miles de caracteres a una velocidad que ningún ojo humano habría podido apreciar. Claro que ahí no había ningún humano, así es que, aunque todos los podían ver, solo el Teniente Marthan los comprendía.

-Ese es un código automutable aleatorio; observó el analista. -Con razón no logré abrir los archivos.

-¿Lo puede decir en griego para que yo pueda entenderlo, teniente?; pidió el General Sartorius.

-Lamentablemente no puedo señor, ya que no hablo griego; contestó el Teniente Marthan. -Pero podría tratar de explicárselo en francés, inglés o castellano.

-Francés está bien; respondió el general, después de mirar el techo y pensar que a pesar de lo brillante e inteligente que era el Teniente Marthan, era incapaz de entender un chiste.

-Es un tipo de código de encriptación que se cambia a sí mismo en forma aleatoria en fracción de segundos, impidiendo que cualquier protocolo desencriptador funcione a suficiente velocidad para poder decodificar el mensaje; explicó el teniente.

-¿Algo así cómo teoría del caos?; preguntó el General Sartorius.

-Sí señor, pero se  requerirían muchos teoremas nuevos aún no descubiertos para traducir el código en un instante dado; observó el teniente.         -Pero de nada serviría porque un segundo después el código ya habría cambiado. Tal vez podríamos resolverlo si contáramos con una computadora cuántica.

-¿Cómo mi cerebro, por ejemplo?; intervino Katherine que había permanecido en silencio.

-Sí, solo una computadora cuántica puede ser tan rápida como para desencriptar ese tipo de código antes de que cambie; opinó el teniente.

-Entonces proceda Cati; autorizó el General Sartorius.

-Debo advertirle, general que no podré hacerlo desde afuera; observó Katherine.

-Haga lo que tenga que hacer; dijo Sartorius.

-Pero señor, no debe; objetó en seguida el analista.

-¿Algún problema en ello teniente?; quiso saber algo molesto el oficial.

-El Teniente Marthan tiene razón, general. Para poder desencriptar y abrir esos archivos, literalmente yo deberé entrar en la computadora donde están almacenados, lo cual me daría acceso a toda la información contenida en ella; y si no me equivoco, almacenaron toda la información de las computadoras alienígenas en su computadora central; observó Katherine.

-¿Y eso qué implica?; preguntó el general.

-Que yo tendría acceso a todos los secretos de su nación, general; dijo la androide.

-Comprendo, toda esa información es secreta; sin embargo, es de vital importancia averiguar que era tan importante para los invasores, que debieron ocultarlo a nuestra vista en el último minuto; observó el General Sartorius.

-Tal vez yo tenga la solución; dijo el Teniente Marthan, copiando en un computador portátil toda la información obtenida de la computadora alienígena.

-Tan simple como eso; sonrió Sartorius.

-Bueno estamos en sus manos Cati; dijo el general entregando el notebook a la androide.

-Literalmente es así; contestó Katherine, al tomar el pequeño computador portátil, mientras de sus dedos salían finos hilos que se introducían en cada orificio del computador.

-Aquí están. Vengan con mamá; dijo bromeando ella.

Los ojos de la androide centellaban rápidamente en forma intermitente mientras desarmaba el código de encriptamiento alienígena. Después de ocho eternos minutos, en la pantalla principal del centro de mando se abrieron varias carpetas con información de la computadora de la nave nodriza. Al cabo de esto Katherine devolvió el notebook al teniente Marthan.

-Teniente, le dejé como regalo el protocolo del código de encriptamiento utilizado por los alienígenas, así como los teoremas y ecuaciones que utilicé para traducirlo y desactivarlo; dijo la androide.

-Gracias, los estudiaré enseguida; dijo éste.

-Después tendrá tiempo para jugar; cortó seco el general.

-Sí señor, disculpe; se excusó el teniente.

A Sartorius le resultaba muy familiar el entusiasmo del Teniente Marthan; al fin y al cabo, la mayoría de los miembros de su unidad eran científicos y técnicos  altamente calificados y muy curiosos, incluyéndolo a él mismo sin ir más lejos.

-General Sartorius, la recomiendo que haga venir al Doctor Lacroix; sugirió Katherine.     -No quisiera que sufriera un ataque al corazón.

-Los vampiros no sufrimos ataques cardiacos; respondió el general, quién no había comprendido la metáfora en las palabras de la androide. -Un momento, ¿tan grave es el asunto?; preguntó acercándose a la pantalla al darse cuenta de lo que quería decir Cati.

-Me temo que sí, señor; observó el Teniente Marthan.

-¡Esto es inaceptable!; exclamó el General Sartorius, no dando crédito a lo que veía.           -Estos desgraciados introdujeron espías ocultos entre la población humana.

-¿Pero cómo es posible general?; preguntó confundido el Teniente Marthan. -Ellos no aguantan ni un minuto en nuestra atmósfera.

-Mediante clonación e ingeniería genética; observó el general.

-¿Con androides, señor?; preguntó el teniente.

-No teniente, con cuerpos orgánicos capaces de desenvolverse en nuestro medio ambiente; explicó Sartorius.

-Y en los cuales fue depositada la mente de algún alienígena entrenado en espionaje; agregó Katherine.

-Es increíble; opinó el Teniente Marthan.

-No tanto teniente, la clonación y manipulación genética es relativamente sencilla con la maquinaria bioquímica apropiada; observó el Doctor Lacroix que acababa de ingresar al salón junto a la Doctora Troncoso.

-¿Pero qué tenemos aquí?; preguntó para sí misma la Doctora María Troncoso, observando la cadena de ADN que giraba en la pantalla.

-¡Esto es maravilloso!; exclamó el Doctor Lacroix mientras miraba un esquema de los cuerpos artificiales creados por los alienígenas para ocultar a sus espías.

-Encuentro bastante cuestionable su capacidad de asombro, doctor; observó el General Sartorius con las cejas arqueadas.

-No lo entienda mal general, es solo admiración por esta maravilla científica.

-Yo también soy biólogo, doctor, pero en esto solo veo peligro; concluyó el general.

-En ese punto de la nave se encuentra la sección de bioingeniería donde se puede crear los cuerpos sintéticos; indicó Katherine sobre la pantalla.

-¿Quiere decir que los crearon en la nave que derribamos?; preguntó María.

-No. Al parecer llevan varios años viviendo en la Tierra; observó la androide. -Pero la nave nodriza cuenta con la tecnología para ello.

-Ahora debemos averiguar cuántos espías hay en la Tierra; opinó el General Sartorius. -Quiero  esa información para ayer.

-Aquí la tiene; dijo el Teniente Marthan, que no había parado de revisar la información nueva apenas tuvo acceso a los archivos.

-Los invasores han infiltrado a doscientos agentes, repartidos por las principales potencias del mundo; observó el teniente.

-¡Doscientos!; exclamó el General Sartorius. -Necesitamos averiguar enseguida como identificarlos.

-Tal vez mi amigo sepa algo; dijo la Reina que había permanecido en silencio, refiriéndose al prisionero.

Lilith esperó que se encendiera la luz roja para ingresar a la celda del alienígena, quién se encontraba sentado en una silla, sin tener nada mejor que hacer.

Sentándose en otra silla la vampiresa tomó las manos del prisionero en un gesto de amistad.

-Hola mi amigo, espero que lo estén tratando bien; dijo Lilith mostrando un genuino interés por el extraterrestre.

-Se ve bien amigo; dijo suavemente la Reina mientras acariciaba el rostro del prisionero. -Le invito a relajarse y conversar conmigo, recuerde que puede confiar en mí.

-¿Sabía que tengo una hija y unos nietos muy lindos?; contó Lilith al alienígena. -Los  quiero mucho y no me gustaría estar mucho tiempo alejada de ellos.

El dulce recuerdo de su familia hizo sonreír al extraterrestre. Sin darse cuenta había caído bajo el control de la poderosa mente de la Reina.

-Siempre he pensado que las familias deben permanecer unidas; continuó Lilith. -Ni siquiera las de su especie deben separarse comandante.

Un poco de nostalgia inundó al alienígena, pero se calmó pronto.

-Afortunadamente, las incursiones en los distintos planetas deben ser rápidas para ustedes y así pueden volver pronto con los seres queridos. No me imagino que sus líderes  militares sean capaces de mandar exploradores a planetas distantes y dejarlos solos durante muchísimo tiempo en mundos extraños; meditó la Reina.

-La terrícola no se imagina todos los agentes que llevan años ocultos aquí entre los humanos; pensó el prisionero. Solo alguien muy capaz y entrenado podría soportar la tensión de tener que vivir por tanto tiempo en un mudo ajeno, ocupando un cuerpo extraño, para poder respirar la atmosfera venenosa de este planeta.

-Aislados, sin ninguna forma de comunicación con los suyos; continuó meditando Lilith.

-La verdad es que no están tan aislados, ya que siempre pueden establecer contacto y enviar informes a los nuestros; recordó el comandante alienígena.

-Claro que nadie sabría cómo reconocerlos; pensó Lilith.

Al oficial alienígena le constaba que los científicos habían realizado un excelente trabajo al imitar la apariencia de los humanos; sin embargo, sabía que los cuerpos presentaban una falla casi imperceptible, pero no lograba recordar qué era.

-Sería interesante poder conocer esa falla y tratar de ayudar a corregirla; comentó Lilith.

-Tal vez sería fácil de solucionar; pensó el extraterrestre. -Un momento algo anda mal; la terrícola parece saber lo que estoy pensando, debo tener cuidado; observó el prisionero.

-¿Qué opina comandante?; preguntó la Reina. -¿Cree que alguna vez sus científicos lograrán hacer cuerpos perfectos?

-No debo pensar en eso; concluyó el alienígena. -Debo evitarlo.

-¿Le pasa algo amigo?; preguntó Lilith, quién ya se había dado cuenta de que el extraterrestre se resistía a su telepatía.

-Bueno comandante, como usted lo desee, no tengo tiempo que perder; dijo Lilith mientras forzaba la memoria del prisionero. -Quiero que me diga todo lo que sepa de los espías.

El alienígena sentía que su cabeza estaba por estallar y que su mente era despedazada.

-Piense comandante; gritó la Reina al prisionero. -Y lo dejaré en paz.

La mente de Lilith penetraba cada vez más en el cerebro del extraterrestre. Éste, incapaz de soportar semejante tensión, se desplomó en medio de violentas convulsiones, mientras sostenía su cabeza con ambas manos. Al poco rato su agonía acabó para siempre. Viendo la Reina que ya nada podría obtener del oficial que yacía muerto, abandonó la celda.

-General Sartorius, aquí tiene la información, analícela y llámeme; ordeno Lilith.

-Sí Majestad; contestó el oficial. -¿Y el prisionero?; preguntó éste.

-Está muerto, no resistió el interrogatorio; respondió la Reina.

-Muy bien doctor y doctora; debemos encontrar cualquier anomalía o diferencia entre los cuerpos artificiales y los humanos; ordenó el General Sartorius. -Contarán con el apoyo de los mejores científicos de la Fuerza de Respuesta Biológica.

Los laboratorios y todos los científicos trabajaban al límite de  su capacidad para encontrar la tan ansiada respuesta que necesitaban para poder identificar a los espías alienígenas infiltrados entre la población humana.

Los científicos analizaban los datos una y otra vez sin lograr descubrir ninguna diferencia significativa entre un cuerpo verdadero y uno artificial.

-Realmente lograron hacer copias casi perfectas; observó María. -No encuentro ninguna diferencia.

Por más que buscaban no hallaban nada que permitiese reconocer a los espías alienígenas.

-Lo encontré; gritó entusiasmado un fisiólogo.

-¿Qué encontró Doctor Drake?; preguntó esperanzado el Doctor Lacroix.

-Hay una diferencia en la temperatura basal de sus cuerpos sintéticos; explicaba el científico al Doctor Lacroix. -En los humanos la temperatura basal oscila entre 36°C y 37°C; sin embargo, en los cuerpos sintéticos de los alienígenas infiltrados, la temperatura basal está entre 33°C y 34°C. A simple vista es  imposible diferenciarlos, pero con un buen termómetro es relativamente fácil.

-Hay un insignificante detalle; objetó la Doctora Troncoso. -Son doscientos individuos en un universo de siete mil millones de humanos.

-Dejemos que los militares se ocupen de ello, nosotros ya cumplimos con nuestro trabajo, comentó el Doctor Lacroix.

-General, los espías alienígenas tienen una temperatura basal de 33°C o 34°C, a diferencia de los 36°C o 37°C de los humanos.

-Por otro lado, sus pupilas no se dilatan ni contraen ante cambios en la intensidad de luz; agregó el neurólogo, Doctor Ferrer.

-Muchas gracias, no podía esperar menos de ustedes; felicitó el General Sartorius. -Ahora nos encargaremos nosotros.

-Majestad, ya encontramos una manera de identificar a los espías y una verificación de su naturaleza; informó el general a la Reina. -Equiparé a mis subalternos para que procedan a la búsqueda y captura de ellos.

-¿No pretenderá arrestar a todos los humanos del planeta para encontrar a doscientos espías, general?; dijo un  hombre que observaba desde un rincón.

-Lord Richard Hadkins; observó sorprendido el General Sartorius.

-Aquí no se trata de quién es más ágil en combate o quién tiene el arma más grande; opinó el recién llegado. -Al momento de enfrentar y detener la invasión, el ejército realizó un excelente trabajo, General Sartorius; observó el director de la Agencia de Contra Inteligencia. -Pero ahora estamos en un escenario de inteligencia y contra inteligencia, en un juego de espías si lo prefiere.

-El Director Hadkins tiene razón General Sartorius; dijo Lilith. -La Agencia de Contra Inteligencia se encargará de identificar y arrestar a los espías alienígenas.

-Pero Majestad, mis soldados están plenamente capacitados para esta misión; rebatió el militar.

-Estoy segura que así es general; opinó la Reina. -Pero no podemos llevar a cabo un despliegue militar en este caso.

-Nosotros ya cumplimos con nuestra misión; dijo la Princesa Lizbeth. -Ahora es el  turno de Contra Inteligencia.

-Así será Alteza; aceptó el General Sartorius haciendo una respetuosa reverencia a su superior.

-¿Agencia de Contra Inteligencia?; preguntó Katherine. -¿Algo así cómo CIA o MI 6?

-Claro que no; corrigió el misterioso hombre. -Esos solo son novatos; MI 6 data de 1906, la ACI fue creada en el año 1655, para cubrir todas las huellas de los vampiros y para ubicarlos en los puestos más importantes de todas las naciones; actualmente somos la organización de contra inteligencia más eficiente del mundo.

-Como resulta obvio ahora, este modesto caballero es Lord Richard Hadkins, director de la Agencia de Contra Inteligencia de nuestra nación; presentó la Reina al recién llegado.

-Encantada My Lord; saludó Katherine al caballero.

-Qué joven más educada, sobre todo teniendo en cuenta que no es ni humana ni vampiro; respondió cordialmente Lord Hadkins. -Encantado de conocerla señorita.

-Lord Hadkins, permítame presentarle a Katherine Bravo; dijo la Reina realizando las presentaciones de rigor.

-Un hermoso nombre para una hermosa criatura; respondió el inglés besando la mano de la joven. -Katherine Bravo, chilena, 31 años, enfermera, o eso dicen sus documentos. Nombre real Cati; androide de exploración y combate, especialista en análisis e infiltración; capacidad de combate igual a la de un vampiro entrenado; pareja actual Capitán Robert Norton; prestando valiosos servicios a nuestra nación; relató Lord Hadkins, para demostrar que a él llegaba toda la información del mundo.

-Vaya, ni siquiera James Bond es tan bueno como usted, Sir Richard; respondió Katherine a modo de broma.

-Por favor querida, ese aficionado no sería capaz de encontrar su propia nariz frente a un espejo; contestó Lord Hadkins también bromeando.

-Bueno, ya que todos nos conocemos, vayamos al centro del asunto; dijo el director de inteligencia poniéndose serio.

-Aunque supongo que ya está al tanto, Sir Richard, permítame informarle que existen doscientos agentes alienígenas operativos en la Tierra. Es imprescindible identificarlos, localizarlos, impedir que se pongan en contacto con su mundo y apresarlos; comunicó la Reina al jefe del servicio secreto de la nación.

-¿Los científicos han descubierto alguna forma de diferenciarlos  de los humanos?; preguntó Lord Hadkins.

-Así es Sir Richard. Las pupilas de los espías alienígenas no se dilatan ni contraen ante cambios en la intensidad de luz; por otro lado, su temperatura basal es de 33°C o 34°C, en vez de los 36°C o 37°C de los humanos; contestó el General Sartorius.

-Toda la información pertinente ya ha sido transmitida a la computadora central de su cuartel general, señor director; agregó Lizbeth. -Sus técnicos no deberían tener problema con ella; Katherine se encargó de abrir todos los archivos encriptados por los alienígenas.

-Reconozco que no fue fácil, demoré ocho minutos en hacerlo; imagine lo complicado que era el código de encriptación; comentó la androide.

-Querida, usted no tiene nada que hacer entre estos militares; trabaje conmigo. Podría usar sus talentos al máximo; ofreció Lord Hadkins a Katherine.

-Es usted muy amable My Lord, pero prefiero mantener mi independencia; declinó ella cortésmente.

-No insista Sir Richard, yo ya lo intenté y no la pude convencer; dijo la Reina.

Después de la casi total destrucción de la ciudad, los sobrevivientes fueron reunidos en diversos refugios y hospitales de campaña. Las autoridades del gobierno francés, junto con la Cruz Roja Internacional, decidieron que era conveniente someter a un examen médico a toda la población, para evitar algún brote de infección.

Largas filas conducían a los sobrevivientes a los hospitales de campaña, siempre custodiados por cascos azules de las Naciones Unidas.

Los principales problemas que encontraron los médicos y las enfermeras fueron los relacionados con la pobre alimentación y los emocionales, cómo estrés y depresión.

-Adelante señora; dijo la enfermera. -Por favor tome asiento. Dígame ¿cómo se siente?; preguntaba ella mientras tomaba su pulso y le ponía un termómetro a la mujer y con una linterna revisaba sus pupilas.

-Ay, mi niña, ¿qué puedo decirle? Esto es terrible; se lamentaba la señora.

-Tiene razón, pero usted al menos está bien, en cambio otros…; la enfermera agachó la cabeza y guardó silencio. -Bien señora, se encuentra muy bien.

Esta escena se repetía en todos los hospitales de campaña de la ciudad.

-Señora, es su turno, por favor tome asiento; dijo la enfermera haciendo pasar a otra refugiada. -¿Qué le parece todo esto?; preguntó mientras le tomaba la temperatura a la mujer y con una linterna observaba sus pupilas.

-Mmm, creo que está por pescar un resfrío; dijo la enfermera mientras miraba el termómetro. -¿Se siente algo mareada en este momento verdad?; preguntó a la señora.

-La verdad es que sí; contestó la mujer, quien de pronto comenzó a sentirse mal.

-Bien, le voy a pedir que me acompañe hasta esta sala de aislamiento; en una semana va a estar bien. No es nada serio, pero hay que ser cuidadosos ahora, ya que hasta un resfrío sería complicado con tanta gente junta en un solo lugar. Un médico va a venir a hablar con usted.

-Está bien, yo también fui enfermera cuando joven, entiendo de estas cosas; dijo amablemente la mujer.

Dos médicos con mascarillas y guantes condujeron a la mujer a una ambulancia que había en el hospital de campaña. Una vez dentro, la mujer fue despojada de toda su ropa y se le entregó una bata para que se cubriera.

-Operativo asegurado; informó uno de los médicos a través de un pequeño micrófono en su reloj.

-Bien señora, le voy a hacer algunas preguntas de rutina, nada serio; dijo el médico a la mujer. -¿A qué se dedica usted?

-Soy dueña de casa, pero hasta el año pasado trabajaba como enfermera; respondió la mujer.

-Ya veo; comentó el doctor mientras tomaba nota en un block. -¿Cuál es su misión verdadera?

-Estudiar la sociedad humana en su vida cotidiana y analizar la respuesta de la población ante situaciones de tensión para determinar el curso de acción a seguir por las fuerzas invasoras; contestó la mujer sin ninguna preocupación por lo que estaba diciendo.

-Entiendo. ¿Conoce la identidad de los otros agentes encubiertos?; preguntó el agente de la ACI.

-No. Por seguridad estamos organizados en parejas, solo conozco a mi complemento. Pero desconozco la identidad y lugar de operación de los otros; respondió la espía.

-Comprendo; dijo el agente. -Por favor piense en el rostro de su complemento.

Poniendo una mano enguantada sobre una placa de vidrio negro, el agente de ACI imprimió la fotografía del hombre en el que estaba pensando la mujer, con un nombre en la parte baja.

-Encantado de conocerlo señor Clauder; dijo el agente a la fotografía.

Una hora después Jack Clauder era detenido y llevado esposado por la policía, acogiéndose a la Ley de Seguridad Interior del Estado, en una investigación por posible vinculación a una organización extremista islámica.

-Van dos y faltan ciento noventa y ocho; comentó el coordinador de operaciones encubiertas de la ACI, asignado para dirigir la captura de los operativos enemigos.             -Operación compartimentalizada; definitivamente conocen su trabajo; pensó en voz alta.

-Es el procedimiento lógico en una misión de espionaje en suelo extranjero; opinó la jefa de agentes de campo. -Si cae un equipo, no compromete la misión ni a las demás unidades.

-La idea de los exámenes médicos a la población civil es buena; comentó la agente.

-Sí, pero debemos tener un acceso rápido a nivel global; opinó el agente coordinador. -Valgámonos de la OMS; liberemos un virus de gripe de Nivel 2, pero digamos que es un patógeno de Nivel 3 que portaban los alienígenas; luego hacemos que la OMS declare una alerta de Fase 6.

-¿Fase 6? Eso va a provocar bastante miedo en la población; objetó la agente.

-Cierto, pero eso nos daría acceso ilimitado y rápido a prácticamente toda la población mundial; contestó el coordinador. -¿O prefieres que digamos que existen espías alienígenas entre nosotros y que puede haber más ataques contra nuestro planeta?;  eso sí que causaría pánico.

-Tienes razón y supongo que puede funcionar; aceptó finalmente la jefa de agentes.

-En Francia y otros países de Europa se ha detectado un virus de gripe desconocido y altamente infeccioso; informó un alto funcionario de la OMS al director de la organización.

-¿Qué más sabemos?; preguntó el director.

-Es un  virus de Nivel 3. Según los análisis moleculares no corresponde a nada de la Tierra, por lo que se presume fue liberado o portado por accidente por los invasores extraterrestres que atacaron París; detalló el funcionario al director.  -Como no es endógeno de este planeta no sabemos cómo reaccionaremos ante él o si experimentará alguna mutación en nuestra atmósfera.

-Ya veo, así es que esto aún no termina; opinó el director. -Reúna al directorio inmediatamente. Debemos declarar una alerta de Fase 5. Cite a una conferencia de prensa para mañana; la gente tiene derecho a saberlo y podremos coordinar la ayuda de las autoridades de cada país afectado.

-El directorio ya fue convocado señor, en dos horas estarán todos reunidos; informó el funcionario.

-Vaya, usted siempre se adelanta a mis decisiones; dijo el director a modo de alago. -Bien hecho.

-Gracias señor, recuerde que me desempeñaba en la unidad de emergencia del hospital de mi ciudad cuando egresé de la universidad; desde esos años he aprendido a tomar decisiones sin perder ni un minuto, cuando está en juego la vida de un paciente. Y con esto, la cosa es realmente seria; contestó el funcionario a su jefe directo.

Dos horas después el directorio de la OMS estaba reunido en una sesión de emergencia.

-Voy a ir directo al grano; dijo el director ante sus colegas. Un virus de Nivel 3, presumiblemente traído a la Tierra por los invasores alienígenas, se ha propagado por varios países de Europa.

-¿Hay víctimas fatales?;  preguntó una de las autoridades.

-Afortunadamente aun no, pero el número de contagiados aumenta rápidamente; informó el director a sus colegas.

-¿Cómo han respondido las autoridades sanitarias de los países afectados?; consultó un director, quien en realidad era un agente de la ACI encubierto.

-Están aplicando procedimientos estándares de control de epidemias, pero sus esfuerzos y medidas están descoordinadas; respondió el director en jefe.

-Ante un patógeno de Nivel 3 la OMS debe asumir la coordinación de la contención de la epidemia; dijo enfática una directora.

-Lo mismo opino yo; respondió el director de la OMS, quién sin saberlo estaba siendo manipulado por un agente de la ACI. -Y por eso cité a esta reunión extraordinaria. Sugiero declarar una alerta de Fase 5, pero se requiere el consentimiento del directorio.

-Por favor, aquellos miembros que estén de acuerdo levanten la mano; pidió el secretario del director principal.

Al otro día el director de la OMS, ante una conferencia de prensa daba a conocer los últimos hechos, asegurando que hasta el momento el virus no había provocado muertes entre los infectados y que la alerta era más una medida precautoria y que permitía aunar esfuerzos y limitar la propagación de la infección.

El miedo se esparció tan rápido como se suponía, pero ante la promesa de que existía una supuesta vacuna, contra la que la prensa pronto bautizó como Gripe Tartaciana, pues durante el ataque a París se supo que los alienígenas llamaban Tartacia a su planeta natal, la gente acudía voluntariamente a recibir una inútil inyección de suero fisiológico, creyendo que eran inmunizados con una vacuna contra al virus que los afectaba; sin saber que solo se trataba de una variedad de gripe muy infecciosa, pero totalmente inofensiva, que desaparecía sola al cabo de dos semanas.

Por todos los países de Europa, los espías tartacianos fueron capturados por los agentes de la ACI. La misma compartimentalización de  su organización impidió que cuando caía una pareja, las otras se dieran cuenta.

-Es hora de pasar a la siguiente fase; dijo el coordinador de la ACI.

Una semana después la OMS recibió los primeros reportes de contagios de Gripe Tartaciana provenientes de Asia, África y América.

-La epidemia se ha expandido a todo el mundo; dijo alarmado el director de la OMS ante el consejo de la organización.

-Es necesario decretar una alerta Fase 6; sugirió el agente encubierto de la ACI.

En China el gobierno determinó que en las mismas industrias se podría realizar el examen médico a los obreros, para no entorpecer el trabajo, ni atrasar la producción.

El señor Kuang se vanagloriaba de ser uno de los empresarios más exitosos de Hong Kong y si es que no del mundo, como decía él. La verdad es que su empresa daba trabajo a varios cientos de empleados y tenía oficinas en todo el mundo. Entregó una gran cantidad de facilidades a las autoridades sanitarias y habilitó toda una planta de su edificio corporativo  para que pudiesen trabajar lo más cómodos posible los equipos médicos; claro que para eso citó a una conferencia de prensa y ofreció a la OMS todo lo que pudiese necesitar para llevar a cabo su “importante misión humanitaria”. Definitivamente, el señor Kuang veía en cada situación una oportunidad para establecer buenos vínculos comerciales y hacer publicidad a su persona y a su imperio comercial. Para evitar molestias innecesarias a tan generoso señor, el jefe del equipo médico decidió examinarlo personalmente en una sala privada, como su distinguida persona lo merecía.

-¿Y cómo lo ha tratado la vida, señor Kuang?; preguntó el médico para romper el hielo.

-La verdad es que no puedo quejarme; contestó el millonario. -Pero la verdadera riqueza está en poder ayudar a los demás y a los necesitados. Puedo decirle, sin temor a equivocarme, que existen personas más ricas que yo pero que son muy pobres de espíritu.

-Bueno, señor Kuang, me temo que va tener que tomarse dos semanas de vacaciones, ya que está contagiado con Gripe Tartaciana; dijo el doctor mirándole las pupilas con una linterna. -Pero  no se preocupe, que no es grave.

-Pero me siento bien; respondió el empresario.

-Tiene fiebre y le duele la cabeza, insistió el médico mirándolo a los ojos.     -Ahora me va a acompañar a una residencia especialmente equipada para usted.

-Señor Kuang, por favor indíqueme la naturaleza de su verdadera misión; dijo el agente de la ACI, mirando a los ojos al tartaciano.

-Tomar control económico de la sociedad humana, disminuyendo su capacidad de respuesta antes de la llegada de las naves nodrizas; declaró el espía.

-Por favor muéstreme a su complemento; pidió calmadamente el agente.

Treinta minutos después, la señorita Lin Tiang entraba esposada a la celda.

No era fácil que un ministro de estado se sometiese a un  examen médico, así es que tenían que implementar una táctica distinta. -Permítame ayudarle; dijo el chofer abriendo la puerta de la limusina del Ministro de Hacienda. -Por  favor señor ministro permanezca inmóvil, dijo el agente de la ACI al dignatario mientras alumbraba a sus ojos con una pequeña linterna. -Todo bien señor ministro, puede moverse y no recordará nada; dijo el chofer al ver que las pupilas del político se reducían a un pequeño punto.

-¿Te sirves un whisky?; preguntó la secretaria al Ministro de Comunicaciones, que caminaba contorneando sus caderas por la sala del departamento de descanso del dignatario de gobierno. Mientras pasaba el vaso al político, la joven se sentó en sus piernas, lo besó y le susurró suavemente al oído. -No te muevas.

Las pupilas del ministro no cambiaron su tamaño cuando la luz de la linterna de la agente de la ACI se posó sobre ellas.

-Quiero que me muestres a tu complemento; dijo la agente tocando una lámina de vidrio en la que apareció el rostro de un hombre y su nombre, el que pronto estaría bajo custodia.

-Operativo confirmado. Solicito extracción discreta; dijo la mujer a través del micrófono oculto en su pulsera.

La operación de búsqueda y captura de los espías tartacianos estaba saliendo según lo planeado. Sin embargo, preocupaba al coordinador de la misma el hecho de que había ido en aumento el grado de influencia de los recientemente capturados espías. Aún faltaba por capturar a dos operativos enemigos y estaba algo inquieto.

Miembros del cuerpo médico del ejército procedían a examinar al personal de las bases militares, en busca de algún posible caso de contagio de Gripe Tartaciana.

-Sargento Mathews, si quiere se puede limpiar con esta toalla; dijo el doctor al mecánico para que se quitara la grasa de sus manos.

-Gracias mayor y disculpe la facha, es que estaba arreglando el jeep de mi comandante; se excusó el soldado.

-Está bien, no se preocupe. Abra la boca y no se mueva; ordenaba el oficial médico mientras ponía un termómetro en su boca y con la otra apuntaba su linterna a los ojos del soldado.

-Lo felicito sargento, se ha ganado una licencia médica; dijo escuetamente el doctor.

-¡Demonios!; gruñó el soldado.

-Vamos, no sea cobarde, que esto hasta ahora no ha matado a nadie; dijo el médico. -Y de pasada muéstreme el rostro de su complemento.

-Vaya sorpresa Coronel Donovan; dijo el agente de la ACI, mirando la fotografía del comandante de la base militar.

-Permiso señor; solicitó el mayor del cuerpo médico para ingresar a conversar con el coronel.

-¿Me toca ser examinado mayor?; preguntó el oficial.

-No es necesario Coronel Donovan, ya se dé usted todo lo que necesito; contestó el médico.

-¿A qué se refiere?; preguntó el coronel.

-Avise a seguridad que debe acompañar a mi equipo para una reunión con el alto mando; dijo el agente de la ACI.

-¿Se ha vuelto loco mayor?; contestó furioso el coronel, poniéndose de pie.

-No mueva ni un músculo; ordenó el agente al oficial.

Con un visible esfuerzo, el agente tartaciano movía su mano derecha para tomar su pistola.

-¡Está bien! Si desea que nos entendamos en esos términos; advirtió el agente de la ACI.    -Está sintiendo un fuerte dolor en el pecho y le cuesta respirar; está sufriendo un ataque al corazón.

Sin poder reaccionar, el tartaciano cayó sin sentido al piso de la oficina.

-Guardias, llamen a mis hombres y que traigan una camilla rápido; el Coronel Donovan ha sufrido un infarto al corazón; dijo el médico a los guardias mientras simulaba que hacía un masaje al corazón del oficial inconsciente.

-Vamos súbanlo  a la camilla; ordenó el mayor. -Debemos llevarlo en helicóptero al hospital más cercano.

El espía tartaciano fue sujetado con correas a la camilla y trasladado al helicóptero que ya tenía sus aspas girando.

-¿Qué le pasó?; preguntó otro agente al supuesto doctor.

-Nada, solo es una sugestión, pero se la está creyendo; comentó sonriendo el médico. -Resultó  casi inmune a la influencia mental de baja intensidad, así es que tuve que ponerme más rudo.

Este agente en particular mostraba un entrenamiento más completo que el que tenían los otros operativos tartacianos, lo cual hacía suponer un mayor grado de autoridad o que la información que lograse obtener fuese más valiosa para ellos. En cualquiera de los dos casos debían averiguar la verdadera naturaleza de su misión y por tanto recibiría el trato especial que él se merecía.

El prisionero fue conducido a una celda en la cual había dos sillas y una cama.

-Bueno, dígame cuál es su misión; dijo el agente de ACI.

-Soy coronel del Ejército de los Estados Unidos, mi misión es dirigir una base militar para evitar que idiotas como usted lo echen todo a perder; respondió de mal humor el prisionero.

-Entiendo, quiero que me hable de su misión real, “coronel”; insistió el agente.

-Ya le dije, dirigir una base militar del Ejército de los Estados Unidos; volvió a responder el espía.

-Permítame contarle coronel, que el último tartaciano que intentó resistirse a confesar en uno de nuestros interrogatorios terminó muerto con el cerebro reventado; dijo el agente para tratar de convencer de que cooperara al oficial alienígena.

-Pues yo no soy como los demás; respondió el prisionero.

-¿Entonces reconoce que es un espía de Tartacia?; preguntó el agente.

-Yo no dije eso; contestó el espía.

-Dijo que era un espía; insistió el agente.

-Dije que no soy como los demás, yo soy un soldado y estoy entrenado para no caer en juegos mentales; respondió el tartaciano.

-¿Ve que fácil es cooperar conmigo?, sin darse cuenta me da información; observó el interrogador para debilitar la confianza del prisionero.

-Coopere con nosotros y le aseguro que intentaré conseguirle protección y asilo en nuestro planeta; ofreció el terrícola.

-¿Por qué no ha entrado a la fuerza en su mente?; preguntó la jefa de agentes al coordinador de la misión.

-Porque este prisionero en particular tiene información muy valiosa y cuando se forzó demasiado la mente de otro prisionero, terminó con el cerebro destrozado y de nada nos sirve muerto; respondió el coordinador de la misión, quién observaba este interrogatorio.

-Ningún otro espía tartaciano pudo resistirse a nuestra influencia telepática; comentó la mujer.

-Aparentemente este recibió un entrenamiento especial, por eso suponemos que su misión es de mayor importancia o guarda secretos estratégicos; opinó el agente coordinador.

-Está bien, piénselo y después seguiremos conversando; dijo el interrogador poniéndose de pie y dejando al prisionero solo.

Dos hombres y una mujer entraron a la celda, llevando cada uno un delgado cintillo metálico en la cabeza.

-Bueno coronel, hablemos de su misión como agente tartaciano; dijo uno de los interrogadores.

-Ya le dije al otro que no tengo nada que decirles; respondió el prisionero.

-Creo que eso lo determinaremos nosotros; habló la mujer. -Conocerá ahora nuestra verdadera forma de interrogar.

Los tres agentes comenzaron a caminar alrededor del prisionero, como si fueran tiburones preparándose para devorar a su presa. El tartaciano sintió como otras mentes trataban de invadir su cerebro; primero una, luego otra y finalmente una tercera; sintiendo como tres garras escarbaban en sus recuerdos.

-Ya salgan de mi cabeza; dijo con un gran esfuerzo, logrando bloquear su mente.

-¡No puedo!; exclamó la mujer quitándose el cintillo.

Los otros dos agentes se veían realmente muy agotados por el esfuerzo de extraer los pensamientos del espía.

-¡Esto es increíble!; exclamó la jefa de agentes de terreno al coordinador.

-¿El qué?; preguntó éste.

-¿Cómo que qué?; él los sacó como si nada de su cerebro. Nadie había podido hacerlo antes.

El tartaciano sintió como se relajaba después de haber tenido tres mentes más dentro de su cerebro.

-Él no los sacó; dijo el coordinador. -Ellos salieron voluntariamente de su mente; al menos dos de ellos, ya que la agente aún se encuentra dentro, pero él no la siente.

-Pero se quitó el cintillo; observó la jefa de terreno.

-Ella no lo necesita para invadir una mente; en realidad ninguno de nosotros los necesita. Creo que llevas demasiado tiempo viviendo como humana; observó el agente coordinador a su colega.

-Interesante; opinó la agente. -En todo caso los humanos son demasiado sencillos.

-Ahora él piensa que ha expulsado a los interrogadores. Al no sentir la presión que ellos ejercieron en su cerebro, se siente más relajado, confundiendo con una sensación de alivio el estado hipnótico en que ella lo está sumiendo; explicó el coordinador.

Los tres agentes abandonaron la celda con una sombra de decepción en sus rostros, lo que el tartaciano percibió, llenándolo de orgullo por su gran capacidad de resistencia y control.

-Ahora comenzará el verdadero interrogatorio; dijo sonriendo la interrogadora, haciendo crecer una de sus garras y pasándola juguetonamente por su cabello.

Una pequeña cantidad de gas somnífero fue introducido en la celda, provocándole una leve somnolencia al tartaciano, que al encontrarse en una réplica de cuerpo humano respondía como tal.

Sabiendo que eso recién estaba empezando, necesitaba descansar para enfrentar el siguiente interrogatorio, así es que se tendió un momento. Sin darse cuenta poco a poco fue cayendo en un profundo sueño.

No tenía muy claro cuánto rato estuvo durmiendo, pero sentía renovadas sus fuerzas. La puerta se abrió, entrando la misma mujer de la vez anterior. Al ponerse el cintillo metálico, ella no se percató de que la puerta de la celda no se cerró.

-Entonces, empecemos de nuevo; dijo la mujer. -¿Cuánto lleva en la Tierra?

-Tres años terrestres; contestó el prisionero, mirando de reojo la puerta de la celda.

-¿Cuál es su misión en la Tierra?; preguntó la agente, tomando nota en un cuadernillo.

-Reunir información sobre la capacidad bélica y organización defensiva de los humanos; respondió el tartaciano flexionando los dedos de sus manos, sin que la mujer lo notase.

-¿Y cómo la transmite a su planeta?; preguntó ingenuamente la agente.

-Son bastante primitivos ustedes; contestó burlonamente el prisionero.         -Cualquiera sabe que no se puede transmitir un mensaje a ciento cincuenta años luz de distancia.

El tartaciano sabía que la tecnología de la tierra era tan primitiva que apenas habían podido mandar unas cuantas naves tripuladas hasta la Luna y algunas sondas robot a explorar el resto del sistema solar.

-No entiendo entonces cómo transmiten la información conseguida; comentó la agente.

-Nunca se lo podría imaginar; respondió el espía.

-¿Es acaso algo muy complicado?; preguntó la mujer.

-No lo es, pero ustedes están a mil años de distancia de acercarse siquiera a nuestra tecnología; comentó el tartaciano. -Aunque lo sepan no podrían hacer nada al respecto para impedirlo.

-Cada vez que vamos a invadir un planeta, años antes establecemos una estación espacial en las afueras de su sistema solar, lo justo y necesario para no ser detectados. Mediante un transmisor subespacial laser enviamos mensajes hasta la estación, la cual actúa como base a dos naves nodrizas y desde la cual se coordinan los ataques; así como base de los agentes encubiertos; confesó el prisionero.

-¡Es increíble!; exclamó la mujer, dejando caer accidentalmente su lápiz al suelo.

Descuidadamente ella se agachó para recogerlo, oportunidad que el espía aprovechó para asestar un fuerte rodillazo en la cara de ella; tomándole la cabeza con ambas manos la giró hasta escuchar cómo se rompían los huesos de su cuello, al tiempo que un hilo de sangre manaba por su boca. Dejando tirado el cadáver de la agente, el tartaciano corrió hacia la puerta, viendo para atrás como una roja mancha junto a la cara de la muerta teñía la blanca baldosa. Varios guardias le salieron a cortar el paso, pero pudo derribarlos, apoderándose de la pistola de uno de ellos. A punta de disparos, consiguió llegar al estacionamiento donde robó un automóvil en el que escapó a toda prisa.

Debía llegar lo más rápido posible a la base militar, donde tenía oculto el transmisor subespacial. Tenía que informar cuanto antes a la estación espacial que los humanos habían capturado a todos los agentes encubiertos. Como un bólido llegó hasta la entrada de la base y el guardia lo dejó pasar al reconocerlo.

-Cierren la base; ordenó. -Nadie entra y nadie sale.

Poco después varios vehículos negros llegaron tocando sus sirenas.

-Soldado abra la reja; ordenó un oficial, identificándose como agente de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.

-Lo siento señor, pero tengo órdenes de no dejar pasar a nadie; respondió el guardia.

-Sargento, vuele la reja, ordenó el agente a un soldado que había descendido de uno de los vehículos con un lanza cohetes, mientras desde una camioneta artillada, otro soldado giraba su ametralladora y encañonaba a los sorprendidos guardias.

El proyectil partió la reja metálica y los vehículos cruzaron raudos. Al verse libres de la amenaza de las armas, los guardias abrieron fuego contra la caravana, sin lograr detenerla.

La sirena de alarma sonó por todas partes, acudiendo soldados armados a defender la base de los intrusos, produciéndose un intercambio de disparos de grueso calibre.

Casi sin aviso tres helicópteros de ataque dejaron caer por cuerdas de asalto a dos unidades de Fuerzas Delta que rodearon rápidamente al personal de la base rebelde.

Del último helicóptero descendió un oficial con el uniforme lleno de insignias y condecoraciones.

-General Ferguson; saludó el mayor que encabezaba la defensa de la base.

-Mayor, ordene a sus hombres deponer las armas enseguida y entregar la base, o de lo contrario la Fuerza Delta la tomará haciendo uso de fuerza letal; ordenó el General Ferguson, mientras dos helicópteros artillados se detenían en el aire.

-Pero el Coronel Donovan ordenó que nadie debía entrar a la base; respondió el mayor.

-El Coronel Donovan es un espía de los alienígenas y debemos impedir que pida ayuda a su cuartel general; respondió el general. -Despliéguense y aseguren la base; ordenó a la Fuerza Delta. Si ven a Donovan deténganlo, pero atrápenlo con vida.

Aprovechándose de todo ese barullo, el tartaciano había llegado a su oficina y sacado un extraño aparato que apuntó por la ventana hacia el cielo.

Un certero disparo en el brazo y otro en una pierna le impidieron iniciar la transmisión hacia la estación espacial tartaciana; herido fue conducido hasta la misma  celda de donde había escapado. Evidencia de que los humanos que lo habían capturado habían actuado apenas se percataron de su fuga, era la mancha de sangre en la baldosa del piso, de la agente que él había asesinado al escapar.

Uno de los agentes que permanecía junto a él notó que miraba la sangre en el piso.

-Ella conocía los riesgos de este trabajo y estaba preparada para todo, incluso para morir por su mundo; dijo el agente. -¿Y usted está preparado para todo, incluso para sorpresas inesperadas?; preguntó encendiendo una pantalla en la pared de la celda.

-¿Reconoce esa estación espacial?; le preguntó el agente.

-¿Pero cómo?; preguntó sorprendido el espía tartaciano.

-Tenemos tecnología mucho más avanzada de la que usted pudo descubrir o llegó a imaginar; respondió el agente de la ACI. -Ese que se aproxima a la estación es el destructor estelar Nébula.

En la pantalla se veía como el Nébula disparaba sus baterías de plasma contra la estación enemiga, la cual respondía con rayos laser y después de un rato lanzaba un escuadrón de cazas interceptores contra el crucero espacial. La lluvia de misiles del Nébula era detenida por las defensas de la estación. Proyectiles, rayos laser, interceptores y misiles, en fin todo el arsenal de la estación tartaciana impactó contra el crucero terrícola, haciéndolo volar en pedazos en medio de un cegador resplandor.

-Si las armas de la nave terrestre hubiesen llegado a golpear el núcleo de energía de la estación, la habría destruido instantáneamente; pensó el tartaciano.

Burlonamente, el espía miró al agente. -Son solo como niños y sus armas son solo juguetes para nosotros; dijo éste en tono de desprecio y burla.

 

De pronto el tartaciano sintió una extraña sacudida en su hombro derecho.

-¿Durmió bien?; le preguntó con una sonrisa la mujer a la que le había roto el cuello.

-¡Pero…, usted está muerta! Yo mismo la mate; exclamó sorprendido el alienígena.

-¿Fue en esa parte verdad?; preguntó la agente señalando el piso.

El piso que hasta hace un instante estaba manchado de sangre, lucía ahora impecablemente limpio.

-No lo entiendo; dijo él.

-¿Aun le duele la pierna y el brazo?; le preguntó la agente.

Sorprendido el espía comprobó que no tenía ninguna herida. En ese momento se dio cuenta de que todo había sido una ilusión o un sueño.

Calmadamente el coordinador de la misión entró a la celda.

-¿Quiere ver una película, pero real esta vez?; preguntó el hombre. -Esto ocurrió hace dos días.

En la pantalla se veía la estación espacial tartaciana, como debía estar antes de cualquier contingencia. De pronto desde lo profundo del espacio varias cargas de plasma hacían blanco en las distintas baterías de defensa que ésta tenía y torpedos de luz destruían las bahías de despegue antes de que los interceptores pudiesen ser lanzados.

Ante la indefensa estación espacial se hizo visible el crucero espacial Nébula, totalmente reparado y operativo, que disparaba sin cesar contra los puntos dañados de la base enemiga. Algunos interceptores lograron despegar, pero eran inmediatamente abatidos por naves ocultas en alguna parte.

-Aquí viene lo mejor; dijo la mujer.

El crucero estelar disparó un misil a la parte baja de la estación tartaciana, convirtiéndola en una brillante bola de luz.

-Justo el lugar que usted, en el sueño inducido por mí, celebraba que no se hubiese alcanzado por las armas de nuestro crucero.

-Usted nos mostró en el sueño todas las defensas y puntos vulnerables de una estación tartaciana y gracias a dicha información pudimos destruirla; agregó el agente coordinador.

-Si cree que esto es otra ilusión, puede comprobar que no lo es si mira las coordenadas espaciales que aparecen en la pantalla; cómo puede ver esto es muy  real. Además ya tenemos las coordenadas exactas donde se encuentra Tartacia y posiblemente ahora vayamos a visitarlo. Y le puedo asegurar que tenemos un talento innato para llevar a cabo destrucciones y extinciones masivas; dijo amenazante la mujer, con los ojos de un extraño color rojo brillante, que jamás había visto el espía antes en los humanos.

-La felicito agente, hizo un gran trabajo; dijo el agente en jefe.

-Gracias señor, me encanta aparentar ser la más débil, cuando en la realidad soy la mejor; respondió ella sin ninguna muestra de falsa modestia.

 

 

La visión de toda la humanidad había cambiado para siempre respecto a su posición en el universo. La tecnología obtenida de la nave nodriza capturada, abría perspectivas inimaginables para la Nación Vampira; los pensamientos de Lizbeth volaban más allá de este mundo y la hacían soñar cómo cuando era niña hace más de seis siglos. Pero tenía una misión que cumplir este día antes de poder abrazar a sus pequeños vampiritos.

La visión del futuro la hacía añorar algunas cosas del pasado y decidió hacer algunos cambios en el protocolo de la ceremonia de graduación de los nuevos cadetes. En la sala del trono, junto a su padre Jacques Laberne y su madre Lilith Renan, acompañada de su esposo el General Marcel Renoir y el General Andreas Sartorius, Lizbeth vistiendo su vestido negro con capa y luciendo su antigua tiara de rubíes, en  vez de su uniforme de gala del ejército, recibió a sus futuros oficiales.

Cuando llegó junto a Robert, lo saludó con una sonrisa.

-Bien hecho Robert, usted ha superado todas las expectativas de sus instructores. Su experiencia previa como piloto le ha destacado sobre sus compañeros de promoción; y bajo sugerencia del director de la academia militar, se le respetará su anterior rango, Capitán Norton; decía Lizbeth en voz alta para que todos escucharan mientras fijaba las jinetas correspondientes en los hombros de Robert y dos alas en su pecho.

Katherine se sentía tan orgullosa de Robert que, si hubiese podido, habría llorado de alegría.

Los mundos se habían encontrado una vez más y esta vez la Nación Vampira miraba más allá de las estrellas.

Mientras tanto una mente empezaba a urdir una nueva invasión. Una invasión que significaría la desolación completa de un planeta. Los vampiros se habían topado con un lejano enemigo del que conocían todos sus puntos vulnerables. Los tartacianos habían cometido un error muy grave al fijar sus ojos en la Tierra; tal vez el último error de su historia.

 

 

Cacería

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.