Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Pueblo chico 9 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

Pueblo Chico

-Al fin llegamos; dijo Francisco  al resto de la familia. -Este es nuestro nuevo hogar.

Aunque había sido una decisión que habían tomado los cuatro, Juana y Jorge no estaban muy convencidos aún de que este pequeño pueblo lejos de la ciudad sería suficiente para ellos; al fin y al cabo, habían dejado atrás su colegio, sus amigos y toda la diversión que había en la capital. Sin embargo, el papá y la mamá decían que era mejor vivir en un pueblo pequeño que en una ciudad grande, ruidosa, llena de humo y con una delincuencia en aumento.

Mireya se sentía como una niña con vestido nuevo. Siempre había deseado vivir lejos de la ciudad.

-Bueno familia, esta es nuestra nueva casa; dijo ella.

La propiedad era una casa de cuatro habitaciones, un gran living, una sala que mamá utilizaría para poder pintar, y una biblioteca qué papá usaría de estudio. Aunque era más grande que el departamento en el que vivían en la ciudad, algo le faltaba según los niños. En el pueblo no había discoteques, cines y mucho menos un centro comercial.

En una semana Juana y Jorge ya se habían integrado socialmente en el único liceo del pueblo.

-¿Qué tal el liceo?; preguntó Francisco a sus hijos.

-Está bien; contestó Juana.

-Lo más entretenido son las cosas que cuentan de la bruja; agregó Jorge.

-¿Qué bruja?; consultó curiosa Mireya.

-Dicen que una tal Miranda es una bruja que hace hechizos, sacrificios y cosas por el estilo; contó Juana, repitiendo lo que le habían contado.

-Al menos algo entretenido tiene este pueblo; opinó Jorge.

-¿Qué más dicen de esa tal Miranda?; quiso saber Francisco.

-Bueno, que es una vieja fea, que vive en la última casa de esta calle y que desde que llegó a vivir al pueblo pasan cosas raras; continuó Juana.

-Lo más raro son las desapariciones que ha habido desde que llegó; siguió Jorge.

-¿Y ustedes creen todos esos cuentos?; les preguntó Mireya.

-Claro que no mamá, pero al menos sirve para entretenerse un poco; rió Juana.

Los días pasaron y sin nada mejor que hacer, la vieja Miranda se convirtió en el tema favorito de los niños.

-Te desafío a ir a la casa de la bruja; dijo un día Jorge a Juana.

-¿Crees que soy una niñita que se asusta con cuentos?; respondió desafiante Juana.

Los dos hermanos se acercaron sigilosamente a la casa; la puerta estaba junta así es que pudieron entrar sin problema. Las cortinas cerradas conferían un aire sobrenatural al ambiente en penumbras del interior. Juana se quedó pegada ante una de las murallas de la sala de estar; varios diplomas de distintas universidades colgaban de ella. En eso estaban cuando la puerta de calle se cerró de golpe a sus espaldas.

Asustados se volvieron y quedaron mudos de la impresión al ver la silueta de una mujer parada frente a ellos, que se acercaba lentamente.

-No deberían entrar sin permiso en una casa ajena; les reprendió la mujer.

-Disculpe señora, nosotros solo…; Juana no terminó de hablar porque la mujer la interrumpió.

-Sí, lo sé, vinieron a ver cómo es la casa de la vieja bruja; dijo la mujer caminando hasta un punto donde daba la luz del sol, mientras se acomodaba su negro y ondulado cabello.

La luz alumbró completamente a la recién llegada. Los niños quedaron impresionados por su aspecto; ante ellos tenían a una mujer de unos treinta y cinco años cuando mucho, de cabellera negra y ondulada, delgada y de un rostro muy agradable. En vez de una vieja bruja, a Jorge le pareció más una actriz de cine o televisión.

-Lo sentimos mucho señora, no teníamos ningún derecho a entrar a su casa; se disculpó Jorge.

-Es cierto, no tenían ningún derecho; repitió la mujer.

-¿Ustedes no son de aquí, verdad?; interrogó ella.

-Llegamos hace dos semanas a vivir al pueblo; respondió Juana.

-Y supongo que querían comprobar personalmente si era verdad lo que cuentan de la bruja; concluyó la mujer.

-Sí, algo así; contestó avergonzado Jorge.

-Al menos deberían decirme sus nombres por respeto; dijo ella.

-Él es Jorge y yo soy Juana; presentó la niña.

-Yo me llamo Miranda; se presentó a sí misma la mujer.

-¿Y qué les ha parecido la bruja?; preguntó sarcástica.

-¡Yo no creo en brujas!, ¡Ni yo!; contestaron ambos niños.

-¿Acaso no conocen el dicho “Yo no creo en brujas, pero de haberlas las hay”?; les preguntó Miranda.

-¡Ja!; rió Jorge.

Juana volvió a mirar los marcos colgados en la pared. -¿Qué son esos?; preguntó.

-Son diplomas de mis estudios. Las brujas debemos estudiar mucho; contestó la mujer. -Vengan, les voy a mostrar la cueva donde hago mis hechizos y pócimas; los invitó mientras habría una puerta que permanecía cerrada con llave.

Los niños entraron algo nerviosos; cuando Miranda encendió la luz, se maravillaron. En un escritorio había una computadora; largos mesones estaban llenos de matraces, redomas, tubos de ensayo, mecheros, balanzas, equipos electrónicos y dos microscopios; en unas jaulas había algunos conejos, con gráficos y datos a su lado.

-Pero si esto es como un laboratorio; exclamó Jorge mientras miraba por uno de los microscopios.

-Es increíble, dijo Juana mientras miraba los números que aparecían en la pantalla de la computadora.

-En realidad sí es un laboratorio; dijo Miranda, mientras de un colgador tomaba una blanca bata en la que se leía Doctora Miranda Cortez; Facultad de Ciencias; Universidad de Madrid.

-¿Es una científica?; preguntó emocionada Juana.

-¿Y qué investiga?; quiso saber Jorge.

-De a uno niños; trató de controlar la lluvia de preguntas que veía venir. -Sí, soy científica; estoy investigando nuevas anestesias sacadas de plantas que crecen en esta región. Supongo que es porque  junto plantas y cazo conejos que los niños de los alrededores creen que soy bruja; meditó para sí misma.

-Sí, es que en los pueblos chicos la gente es muy supersticiosa; dijo Juana.

-Supersticiosa y tonta; agregó Jorge.

-Bueno niños, sus padres ya deben estar preocupados por ustedes; observó Miranda viendo la hora en un reloj en la pared.

-Es cierto; notó Juana.

-¿Podemos venir otra vez?; preguntó Jorge.

-Cuando quieran, pero pídanle permiso a sus padres; consintió la mujer.

-Derecho a casa y pórtense bien, o la bruja los va a ir a buscar; dijo Miranda, poniendo cara de mala.

Todos rieron de buena gana y se despidieron con un gesto de la mano.

Durante los siguientes días, después de terminar sus deberes escolares, Juana y Jorge se iban a casa de Miranda; donde ella les contaba de sus experimentos y les enseñaba algunas cosas de ciencias; lo cual redundó en un aumento en las notas de los niños en matemáticas y ciencias; y eso tenía contentos a los papás de ellos. Una tarde pasó Francisco a buscar a sus hijos a casa de la científica.

-Hola, tú debes ser Francisco, el papá de estos listos muchachitos; saludó Miranda.

-Hola, sí, soy yo. Vaya, no eres el tipo de bruja que esperaba encontrarme precisamente; contestó él a modo de saludo.

-Voy a tomar eso como un cumplido; contestó ella jugando con su cabello.

Esa noche Francisco soñó con Miranda, pero prefirió no comentárselo a nadie.

Las noches siguientes los sueños se repitieron y fueron aumentando de intensidad. En uno de ellos, Francisco se veía caminando en medio de la noche y entrando en la casa de la mujer, cuya puerta se cerraba tras él.  Durante todas las noches de esa semana ese sueño se repitió.

La lluvia de los últimos días había formado un gran barrial en la calle. Mireya estaba de muy mal humor; alguien había entrado en la noche con los pies llenos de barro. Siguiendo  las pisadas, encontró los zapatos de Francisco sucios.

-¿Dónde fuiste anoche?; preguntó Mireya a Francisco.

-¿Yo?, no he salido a ninguna parte; contestó él.

-Mira tus zapatos y el suelo; le mostró Mireya.

-Pero no entiendo; no recuerdo nada. Lo único es que llevo una semana soñando que salgo a caminar en la noche; respondió él.

-¿Sonámbulo?; conjeturó Mireya.

-No creo,…no lo sé…; contestó confundido Francisco.

-Creo que es necesario consultar un médico; sugirió Mireya a su esposo.

El diagnóstico del médico indicó que Francisco estaba padeciendo de un caso de sonambulismo provocado por estrés; nada serio ni difícil de controlar con unos cuantos calmantes.

Extrañamente, los niños que siempre habían sido tranquilos y obedientes, se empezaron a tornar agresivos y muy rebeldes. Esta alteración de comportamiento, Mireya la asoció al cambio de ambiente y de rutina que implicaba el cambiar de pueblo, colegio y amigos; y esto también podía explicar el estrés y sonambulismo de Francisco.

Juana y Jorge llegaron sin aviso a casa de Miranda; era cerca de las diez de la noche. La puerta estaba abierta, el laboratorio cerrado; la dueña de la casa no parecía encontrarse en ella. Al final del pasillo, los niños escucharon voces que venían desde un sótano que no sabían que existía; curiosos empezaron a bajar las escaleras. Lo que vieron les pareció sacado de una película; parada junto a una mesa de piedra estaba Miranda, empuñando un cuchillo sobre el pecho de una joven inconsciente; un gran caldero hirviendo, un pentagrama gravado en el suelo, la estatua de una especie de demonio a la cabecera de la mesa y las antorchas que iluminaban lo que parecía ser una caverna, conferían a la escena un aire surrealista. Al percatarse de la presencia de los niños, la puerta del sótano se cerró y la hoja del cuchillo se clavó en el corazón de la mujer; justo en ese instante el contenido del caldero se agitó violentamente y los ojos de la estatua se iluminaron; el cabello de Miranda se mecía movido por un viento inexistente.

-Creo que han descubierto mi pequeño secreto niños; habló la bruja.

Los niños estaban aterrados; las habladurías que circulaban por el pueblo en torno a la bruja eran ciertas. No sabían cuánto tiempo había pasado, de pronto la puerta del sótano se abrió y con paso lento, Juana y Jorge vieron descender a su padre por la escalera, el cual parecía estar dormido.

-Esta noche va a ser muy especial; dijo Miranda. -Gracias a ustedes hoy tendremos tres sacrificios más para ofrecer al señor de las tinieblas.

Sin poder resistirse, Juana caminó hacia la mesa de piedra, que ahora estaba extrañamente vacía y se acostó en ella. La bruja levantó el cuchillo y cuando estaba por clavarlo en el corazón de la niña, la puerta del sótano se abrió de golpe y el puñal voló de su mano. La hechicera miró hacia la puerta abierta.

-¡Mireya!, ha pasado mucho tiempo desde la última vez; saludó Miranda.

-Veo que has cambiado tu nombre Kasandra; contestó a modo de saludo la madre de los niños, que yacían inconscientes.

-Ya sabes que la gente sospecha cuando una no envejece; contestó Kasandra.

-Me temo mucho que no podré permitir este sacrificio querida hermanita; dijo Mireya.

Ante un gesto de Kasandra el puñal voló hacia Mireya, pero éste se desvió y clavó en una pared  antes de tocarla. Kasandra fue lanzada lejos por un gesto de Mireya. De igual forma, Kasandra derribó a la madre de los niños. El contenido del caldero hervía con violencia en medio de la batalla de las dos brujas.

-Lo siento mucho hermana, pero no saldrás viva de aquí; ni tu familia tampoco; amenazó la bruja Kasandra. Una esfera de luz salió del anillo de Kasandra y voló hacia Mireya, que aún se encontraba en el suelo, quien levantando una mano, la cogió y apagó en su palma.

Sin que Mireya se percatase, Francisco tomó el puñal que había quedado clavado en el muro y se dirigió con él en alto  por detrás de su esposa. Cuando estaba a punto de clavárselo en la espalda, la bruja se volvió y en un gesto instintivo puso  la mano por delante y Francisco fue lanzado contra la pared, quedando sin sentido.

-Ya te lo dije Kasandra, no permitiré este sacrificio; dijo Mireya furiosa poniéndose de pie y avanzando se paró en el centro del pentagrama. -Recuerda que solo puede haber una bruja en un pueblo.

Levantando los brazos al aire, las llamas de las antorchas volaron por toda la cueva y empezaron a girar alrededor de Kasandra y ante un gesto de Mireya, como si aplastara algo en el aire, éstas golpearon a Kasandra, envolviéndola en llamas.

Los gritos de dolor de la bruja llenaron la cueva; el caldero hervía con fuerza y los ojos de la estatua fulguraban intensamente.

-Ya te lo dije hermana, solo puede haber una bruja por pueblo; repitió Mireya.

Francisco y los niños fueron despertados en sus camas por las sirenas y luces de los bomberos que acudían a apagar el incendio en la casa de la científica Miranda Cortez.

En su mano derecha Mireya lucía el viejo y extraño anillo que su madre le regalara hace años.

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