Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Amor De Madre 8 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Amor De Madre

-¿Mamá, puedo ir al paseo con Timi a la cabaña de los papás de Frani?; preguntó Marcia con tono seguro de que así sería; es que con sus doce años ella ya podía valerse por sí sola, al menos eso pensaba, además Timi ya tenía diez años y no era un bebe.

-¿Qué opina tu padre?; preguntó Isabel.

-Dice que está bien pero que te pregunte a ti; contestó la niña.

Dos semanas en el campo a los niños les haría bien, el contacto con la naturaleza siempre es bueno, sobre todo a esa edad, pensó la madre; además serían dos semanas de descanso para ella también.

-Está bien, pueden ir, pero se cuidan y no hagan demasiadas travesuras y recuerden respetar la naturaleza; autorizó Isabel.

El sábado por la mañana Frani y su familia pasaban a buscar a Marcia ya Timi. Isabel despidió con un  beso en la frente a cada uno. -Por favor llámame por tu celular todas las noches; pidió a su hija mayor.

-Descuida mamá, yo te llamaré; contestó ésta ansiosa de partir ya.

Cuando el vehículo se perdió de vista, Isabel se volvió hacia su marido y lo abrazó. -Al fin dos semanas solo para nosotros dos; y lo besó.

Isabel trabajaba desde su casa como decoradora de exteriores; con dos hijos, un marido y treinta y cinco años bien llevados, sentía que no le faltaba nada; aunque a veces recordaba con cierta nostalgia su vida pasada junto a sus padres, hermanas y hermanos.

Todas las noches durante cinco días, Marcia llamaba para contarle lo que había hecho durante el día y para acusar a Timi de las “maldades” que no dejaba de hacer. Aunque Isabel sabía que en realidad era su hija quien comenzaba todas las travesuras; es que al fin y al cabo era la versión en pequeño de ella y no podía ser de otra forma, y realmente Isabel no quería que fuese distinta y menos traviesa. Las travesuras, según ella, estaban bien, eran una muestra de un espíritu libre y una mente abierta.

La siguiente noche el teléfono no sonó, ni la siguiente. -¿Por qué no me habrá llamado?; preguntó Isabel algo inquieta a su marido.

-Se le habrá olvidado; pensó Tomás.

Isabel marcó el número de Marcia, pero no hubo respuesta.

-Se habrá quedado sin batería; comentó Tomás para tranquilizar a su esposa.

A la noche siguiente sonó el teléfono, Isabel contestó rápido.

-¡Mamá ayúdanos!; se escuchó la voz de Marcia que hablaba casi susurrando. Se oyó un chicharreo y la comunicación se cortó.

-¡Hija! ¡Hija!, ¿Marcia qué ocurre?; contestó casi gritando Isabel, pero la llamada ya se había cortado.

-¿Qué pasa?; preguntó alarmado Tomás.

-Marcia pidió ayuda en voz muy baja, como si no quisiera que la escucharan, luego el teléfono se cortó; explicó la madre.

-Será una de sus bromas; opinó el padre.

-Esta vez no. Sentí miedo en su voz; replicó Isabel.

-Bueno, vamos donde los Reyes entonces a averiguar que pasa; decidió Tomás.

Tomás conducía rápido por la carretera que salía de la ciudad; a su lado, Isabel tamborileaba con los dedos, con los ojos fijos en el camino pero con la mirada muy distante.

-Ya verás que todo es un mal entendido; trató de calmarla él.

A las tres horas de conducir al fin llegaron a la cabaña de la familia Reyes, compuesta por Rosalba, Andrés y su hija Francisca de trece años. La luz estaba encendida; al golpear la puerta, ésta se abrió sola; en el interior el silencio era total, nadie había. Muebles volcados, vidrios rotos; todo indicaba que se había producido una pelea; sin embargo, no había rastro de los ocupantes.

-¿Qué ocurrió aquí?; preguntó Tomás.

-Debo encontrar a mis hijos; dijo en voz alta Isabel, más para sí que para su marido.

Ella salió de la cabaña y se acercó al borde del bosque, permaneciendo quieta y mirando hacia el interior de éste; de vez en cuando hacía un gesto con la mano.

-¿Con quién hablas?; preguntó Tomás.

-Con nadie, solo trataba de ver algo, lo que fuese; explicó Isabel. Una sombra se escabulló silenciosa entre los árboles.

-Vamos a buscarlos; pidió a su esposo.

-Mejor en la mañana, cuando esté más claro; aconsejó él.

-¡No! ¡Ahora!, ¡Vamos ahora!; insistió agitada Isabel.

-Está bien, deja ir por unas linternas; aceptó Tomás.

Apuntaron las linternas hacia abajo tratando de encontrar algún rastro. Isabel se movía con mucha soltura entre los matorrales, ramas y troncos caídos. De pronto, enganchado en una rama Tomás encontró un pañuelo.

-Es de Marcia; reconoció inmediatamente Isabel. -Pasaron por aquí. Son tres niños, una mujer y cinco hombres, cuatro de ellos llevan botas de cazar; dedujo ésta, tras revisar el suelo con la mano.

-No sabía que pudieses seguir un rastro en medio de un bosque en la noche; comentó admirado Tomás a su esposa.

-Te sorprendería lo que puede hacer una madre por sus hijos; respondió ella.

Unos cien metros más adelante hallaron el reloj de Timi. -Nos están dejando una pista; observó el padre.

-Tenían que ser hijos míos; dijo orgullosa Isabel.

Después de unos minutos, la mujer se agachó ante el celular de su hija; alguien lo había pisado hasta romperlo. La respiración de Isabel estaba agitada y en sus ojos se veía la rabia que la inundaba.

En una ruinosa cabaña en mitad del bosque había un niño, dos niñas, un hombre y una mujer amarrados sentados en el suelo. Sus captores, cuatro hombres armados con pistolas y un rifle. -Es una lástima que estos chiquillos nos hayan visto enterrar el dinero y matar a los guardias del camión blindado; comentó uno.

-Yo no voy a volver a la cárcel; dijo otro. -Vamos a tener que deshacernos de ellos; concluyó el que parecía ser el jefe.

A mucha distancia de ahí, Isabel miró hacia donde se hallaba la cabaña.      -Ya sé dónde están. Vamos por ellos; dijo muy decidida.

-Vamos por la policía mejor; sugirió Tomás más reflexivo.

-No hay tiempo; insistió la mujer.

-Pero razona ¿Qué vamos a poder hacer  tú y yo?; trató de disuadirla.

-Si quieres me acompañas; además, esto es personal, no quiero policías; concluyó Isabel, cuya voz se oía muy amenazante ahora.

La mujer avanzaba corriendo por el bosque a mucha velocidad, Tomás apenas podía seguirle el paso. Casi veinte minutos después, llegaron  cerca de la destartalada cabaña que servía de escondite para los delincuentes. A pesar de la distancia recorrida y la velocidad de la carrera, Isabel no se veía afectada; mientras que Tomás sudaba copiosamente y sentía náuseas y deseos de vomitar  por la falta de aire y el agotamiento.

-Ahora me encargaré yo, por favor no trates de hacerte el héroe; le pidió a su esposo mientras lo besaba.

-¿Qué pretendes hacer?, si eres más débil que yo; le recordó Tomás.

Isabel no dijo nada; solo se apoyó en el tronco de un viejo árbol.

Sarcillos que salían del árbol comenzaron a enrollarse por el brazo de Isabel, recorriendo todo su cuerpo. Ya no estaba vestida con el veraniego vestido de hace un rato; una blusa negra sin botones, pantalones y botines también negros; la blusa quedó ceñida a su cintura por una enredadera que la sujetó como un cinturón y colgando de éste un afilado puñal con extraños diseños en su hoja y empuñadura. Si esto tenía atónito a Tomás, lo que seguía le parecería un sueño o una pesadilla.

Los ojos de Isabel adquirieron un profundo color oscuro, su rubio cabello se volvió intensamente negro, mientras que sus orejas extendían sus bordes hasta terminar en punta.

La realidad para Tomás se había disuelto ante sus ojos y como pudo logró que de sus labios salieran palabras.

-¿Quién eres?, ¿qué eres?; preguntó a la mujer con quién hasta unos minutos atrás había compartido su vida durante los últimos trece años.

Tratando de oírse lo más tranquila posible la extraña habló. -Aunque ahora no lo parezca, sigo siendo tu esposa que te ama y la madre de tus hijos.

-¡Esto es una locura!, no puede ser  real todo esto; exclamó Tomás.

-No estás loco, y si es real todo esto; respondió ¿Isabel? -Después  contestaré todas tus preguntas, ahora rescatemos a los niños.

Un fuerte viento abrió la puerta de la cabaña, pero nadie había en la puerta; los bandidos no vieron los sarcillos, gruesos como cuerdas, que se arrastraban por el suelo, los cuales se enroscaron en sus piernas y con un brusco tirón los hacían caer y los arrastraban hacia el bosque en medio de sus gritos.

Uno de los delincuentes logró zafarse de su atadura y corrió como quien ha visto al diablo; sin embargo, de nada valió su esfuerzo, a unos metros de haber corrido, caía con un puñal clavado en su espalda.

Las amarras de los otros tres malvados se soltaron, dejando libres a sus presas; los cuales se internaron más en la negrura del bosque, cada uno corriendo según sus propios pasos sin ningún rumbo; solo querían escapar. El segundo vio que una extraña mujer de cabello negro como la noche más oscura se aproximaba lentamente hacia él; apresuradamente sacó una pistola de su pantalón y apuntó hacia la extraña. Tras un movimiento de una mano de ella, una rama golpeó violentamente el brazo del asaltante, botándole el arma. Una larga rama se enrolló en el cuello del aterrado hombre; la perseguidora levantó una mano y la rama se elevó con su prisionero colgando; la mujer giró una mano en el aire y se escuchó el claro sonido de huesos que se rompían. El hombre dejó de moverse.

Una afilada rama se proyectó contra otro de los bandidos, atravesando su corazón; la mujer observaba cerca, acariciando la empuñadura de su ensangrentado puñal mientras pensaba. El último recibiría algo especial.

Agotado, aterrado y desorientado, el asaltante veía todo girar a su alrededor. De pronto sintió que sus manos eran atrapadas y era arrastrado hasta quedar con la espalda pegada a un árbol.

La mujer se acercó  a él y con voz melodiosa, pero no por ello menos terrible, le dirigió la palabra. -No  me importa lo que le pase a los demás humanos, pero ¿por qué tenías que meterte con mis hijos?; por ello nunca saldrás con vida de este bosque y puedo asegurarte que tus últimos momentos serán infinitamente agónicos. Voy a verte morir y voy a disfrutar cada instante.

Cuando hubo cayado la mujer, una rama tapaba la boca del asaltante, de tal forma que no podía ni hablar ni gritar. Varias ramas empezaron a enrollarse por todo el cuerpo de éste hasta cubrirlo completamente, pero sin apretarlo; la muerte sería lenta por asfixia. La mujer miraba tranquilamente, hasta que se marchitaron las últimas hojas de la mortaja mortal.

Todas las viejas leyendas eran distintas, pero todas coincidían en lo mismo; a quién hiciese enojar a un elfo oscuro, una dolorosa muerte lo alcanzaría. Esa noche las leyendas cobraron vida. Una joven elfa oscura había conocido el amor de un mortal y decidió vivir una vida de humana a su lado; sin embargo, la elfa dormía y esa noche había despertado cuando cuatro malvados decidieron atacar a su familia, condenándolos a una muerte que solo esos seres podían ejecutar.

Una hora después Isabel regresaba junto a su marido, idéntica a como él la conocía, vistiendo el mismo vestido que llevaba todo el día usando.

-Por favor vamos por los niños; solicitó ella cabizbaja. -Después habrá tiempo para decirte todo; sé que tienes demasiadas preguntas y las contestaré todas.

Tomás estaba demasiado confundido como para oponerse a ella.

Entraron ambos corriendo a la cabaña. Presurosa  Isabel desató a Marcia y a Timi, al tiempo que los abrazaba y llenaba de besos. Tomás se preguntaba si esa era la misma y extraña mujer que había ejecutado a los secuestradores de sus hijos, o solo lo había soñado. Tomás por su lado desataba a la familia Reyes. Todos se abrazaron y lloraron unos minutos; de alguna forma habían sobrevivido al secuestro de cuatro asesinos.

-Volvamos a su cabaña; sugirió Tomás a Andrés Reyes.

Cuando llegaron a la cabaña Isabel ya tenía claro que debía hacer. Los humanos no podían saber de la existencia de los elfos oscuros. Cuando todos estuvieron dentro, Isabel sopló sobre el rostro de cada uno, excepto de Tomás.

-Duerman, mañana tendrán solo recuerdos agradables de estos dos últimos días; les habló suavemente Isabel. -Tú esposo mío no olvidarás nada, porque conocerás toda la verdad. Levantando los brazos, la cabaña volvió a estar tal como antes del ataque de los asaltantes.

Mientras todos dormían, Isabel comenzó su historia. -Mi nombre es Ethiel; como habrás notado no soy humana, pertenezco a la raza de los elfos oscuros. Hace casi catorce años te vi por primera vez en el monte donde acampabas; durante dos noches te observé, luego cuando bajaste al bosque te seguí, así estuve por siete días. Me gustaste y sabía que quería estar a tu lado siempre. Claro está que mi familia se opuso pero, como sabes, siempre me salgo con la mía. Me enamoré de un humano y deseé vivir como una; cambié mi apariencia y me acerqué a ti como Isabel. El resto ya lo conoces porque es nuestra vida juntos; terminó de hablar Isabel con la cabeza gacha.

El cerebro de Tomás estaba empezando a aceptar esta nueva realidad.

-¿Abandonaste tu vida pasada y a tu familia solo por mí?; preguntó al fin Tomás.

-¡No!; contestó Isabel. -Más bien, junto a ti encontré la felicidad y formé mi propia familia.

Isabel se sentía y se veía cansada por primera vez en el día. Tomás se acercó a ella y le tomó una mano, ella apoyó su cabeza en el hombro de su esposo y cerró los ojos.

Al otro día todos estaban desayunando, cuando se estacionó un automóvil fuera de la cabaña. Marcia saltó de golpe. -¡Mamá, papá!; Tomás y Isabel descendieron con una mochila cada uno.

-¿Caben dos huéspedes más?; preguntó la recién llegada a Rosalba y a Andrés.

-Claro que sí; contestó Andrés Reyes.

-Vengan a tomar desayuno; los invitó Rosalba.

Isabel podía descansar; estaba junto a su familia y amigos. La elfa oscura podía descansar.

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