Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 5 y final – Un Grito en la Noche 7 noviembre 2017

Registro Safe Creative N° 1710013637863Safe Creative #1710013637863
Boris Oliva Rojas

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 5
Un Grito En La Noche

La  neblina le daba un aire muy especial a la noche de Paris, hasta mágico. A Francine le encantaba adentrarse en la niebla y sentir la suave humedad en su cara.

Ya era cerca de las diez de la noche y empezaba a sentir hambre. Dejó que su olfato la guiara; a poco andar vio a un hombre que caminaba solitario por el parque. Caminó hacia él haciendo el mayor ruido posible con sus pies, quería que la escuchara. Al pasar junto a él lo miró en forma coqueta y siguió avanzando sin mirar atrás, sabía que el hombre la estaba mirando y eso le gustaba. Caminaba lentamente, deteniéndose de vez en cuando invitándolo a que la siguiera. Él caminaba ansioso detrás de ella. En un árbol que había a unos cien metros, Francine se apoyó aguardándolo; pronto cenaría.

Cuando el hombre estaba a unos veinte metros de ella, frente a él se hiso presente una mujer vestida con un largo vestido blanco, la mujer dio un horrible grito que hizo que el hombre callera muerto, sangrando por oídos, ojos y nariz. Francine molesta se acercó con pas

-¡Oye tú!, caza tu propia comida; le gritó muy enojada.

La mujer se volteó mostrando un rostro muy pálido, con ojos rojos rodeados de ojeras. Abriendo una descomunal boca lanzó un grito tan agudo que casi le rompe los oídos a Francine, luego escapó tan rápidamente como había aparecido; la vampiresa se sintió algo mareada un rato, pero la gran fuerza y resistencia de su raza evitó que terminara igual que su presa.

Francine se alejó lo más que pudo del parque y al otro lado de la ciudad cazó rápido, sin juegos, sin acoso, solo velocidad y muerte. Confundida llegó a la casita en la que vivían María y Ana desde hace un tiempo, ellas habían vuelto recién de su casería. Cuando le abrieron la puerta Francine estuvo a punto de desmallarse; la llevaron a la habitación y la recostaron en la cama.

-¿Francine qué ha pasado? ¿Te has alimentado a tiempo?; preguntó María preocupada.

-Me gritó; dijo Francine con voz entrecortada.

Ana mientras tomaba su teléfono celular y llamaba al médico.

-¡Doctor Lacroix!, venga enseguida a mi casa; es Francine, algo le ocurre. Está prácticamente desmallada, parece que algo la atacó, habla de un grito. Dese prisa por favor; lo apremió Ana.

En cinco minutos el Doctor Lacroix golpeaba a la puerta.

-Pase doctor, está recostada en la cama; dijo Ana mientras lo conducía al dormitorio.

-Francine, ¿sabes dónde estás?; preguntó el doctor mientras revisaba sus pupilas con una linterna.

-Con María y Ana; respondió la doncella.

-¿Sabes quién soy yo?; preguntó el médico.

-Brad Pitt; trató de reír la joven vampiresa. -¡Hayy!, me duele mucho la cabeza y los oídos.

De a poco Francine se sentó en la cama.

-¿Sabes qué te pasó hija?; preguntó Lacroix.

-Estaba cazando en el parque al otro lado de la ciudad y la verdad es que me estaba divirtiendo mucho; cuando estaba por atrapar a mi presa, una mujer se puso delante de él y dio un grito muy intenso; el humano cayó muerto sangrando por ojos, oídos y nariz. Pensé que se trataba de otro vampiro y me acerqué para reclamar mi presa; pero cuando estaba encima casi, la mujer se volvió hacia mí, tenía el rostro más pálido que un vampiro recién convertido, ojos rojos rodeados de ojeras rojas, era muy delgada, tenía una boca muy grande; cuando me vio me gritó muy fuerte, los oídos me zumbaron y me sentí mareada; explicó Francine.

-¿Era un Nosferatu?; consultó el doctor, recordando su pasada aventura.

-No, definitivamente no era un vampiro; dijo la maltrecha vampiresa.

-Una ambulancia está llegando doctor; avisó María.

-Es nuestra. Francine debe ser examinada en forma más cuidadosa; explicó el médico.

La ambulancia se dirigió a una pequeña clínica privada en las afueras de París; introdujeron a Francine en una camilla, aunque ella insistía en caminar. La recepcionista saludó cortésmente al Doctor Lacroix, quien respondió con un ademán; les hizo pasar a un pequeño cubículo de exámenes.

-Hummm; murmuró Ana decepcionada.

-¿Encuentras muy pequeña la clínica?; preguntó el médico.

Un muro se abrió dejando a la vista un ascensor oculto. Cinco pisos más abajo, la clínica parecía más una instalación futurista que un hospital.

Francine fue sometida a exámenes que María ni siquiera sospechaba que existieran; la resonancia magnética y el escáner indicaron que solo había sufrido una leve inflamación de sus nervios auditivos.

-Francine, este es el Doctor Ferrer, el neurólogo que te atendió; presentó el Doctor Lacroix.

-¿Qué me pasó?; quiso saber la muchacha.

-Sufriste un shock acústico severo, que provocó una inflamación de los nervios auditivos, por eso el dolor de cabeza y oídos, pero en unos días estarás bien; explicó el Doctor Ferrer. -Solo porque eres vampiro sobreviviste, a un humano le habría convertido el cerebro en papilla.

A esa misma hora en una solitaria calle, una mujer era acechada por un vampiro; cuando estaba por clavar sus colmillos, un horripilante grito lo hizo caer de dolor; la humana yacía boca arriba sangrando por nariz y oídos. El vampiro alcanzó a pulsar una tecla de emergencia en su celular y cayó desmayado.

A su llamada de auxilio llegó un vehículo médico furtivo; pero ya pasaban dos minutos de la medianoche. La impresión para el personal paramédico fue intensa; hacía siglos que no se tenía noticias de una muerte accidental en su raza. El cadáver fue conducido hasta el quinto subterráneo de la clínica privada de París.

-Vamos al palacio, pidió el Doctor Lacroix a Ana y María. La Princesa ha ordenado un acuartelamiento general en la ciudad; nadie sale a cazar hasta que pase esta situación; la alimentación se realizará mediante sangre envasada; comunicó mientras salían.

En Grecia el operador de comunicaciones saltaba de su sillón. -General Sartorius, general; comunicación encriptada de La Rosa Negra, Código Omega Nivel Dos; avisaba muy afligido.

La pantalla se iluminó, gotas de sudor perlaban la frente de Lizbeth Laberne; el general de la Fuerza de Respuesta Biológica percibió la preocupación de la Princesa, y acostumbrado a ir directo al grano, no quiso perder tiempo en formalidades.

-Infórmeme Alteza. ¿Qué ocurre?

-Hace unas horas dos ciudadanos nuestros, un hombre y una mujer, fueron atacados mientras cazaban, sufriendo daño acústico, tuvieron que ser trasladados a nuestras instalaciones médicas, afortunadamente la mujer se recuperará; sin embargo, el hombre no tuvo tanta suerte, pues cayó inconsciente y no alcanzó a alimentarse a tiempo, los paramédicos llegaron demasiado tarde. Por otro lado, su atacante de un solo grito diluyó el cerebro de las presas de nuestros compatriotas. He puesto la ciudad bajo ley marcial para los vampiros; nadie saldrá a cazar hasta nueva orden; la alimentación será mediante sangre envasada. Y es ahí donde entra usted General Sartorius; la producción y envío de sangre a París debe aumentarse al máximo; explico la Princesa. -General, no me importa cuántos humanos tenga que usar, ni qué métodos deba utilizar. Tiene carta blanca; concluyó Lizbeth.

-Alteza, hemos desarrollado la tecnología para que cada humano prisionero en nuestras instalaciones pueda producir cincuenta litros percápita de sangre en tres días. Las plantas productoras están totalmente  operativas. Las reservas serán enviadas a París en seguida. Puede contar con ello Madame; informó a su vez el oficial.

-No esperaba menos de usted general; asintió Lizbeth.

-Necesito otra cosa General. ¿Cuán hábiles son sus bioingenieros?; preguntó la Princesa.

-Son los mejores del mundo Alteza; respondió el oficial seguro de su personal.

-Bien, necesito que desarrollen un sistema de bloqueo para protegernos de ataques ultrasónicos de alta amplitud. Hasta donde sabemos, es un grito de ultra frecuencia que a nosotros nos produce un shock acústico severo que inflama los nervios auditivos, produciendo un intenso dolor de oídos y cabeza, mareos y desorientación; a los humanos, según comprobamos, les licúa el cerebro; concluyó al fin Lizbeth.

-Los tendrá lo antes posible alteza, mientras tanto que sus soldados apaguen los sensores acústicos de sus cascos y usen comunicación telepática; sugirió el general. -Bien; si no hay nada más Princesa, me retiro, ya que hay demasiado trabajo que hacer.

-Gracias general; se despidió Lizbeth y cortó la comunicación.

Grupos de soldados ocultos en modo fantasma recorrían la ciudad en busca de la peligrosa mujer, pero en dos días no había dado signos de actividad. Cuando una de las patrullas se disponía a volver a su base, escucharon un terrorífico grito que provenía de dos calles de ahí. En un parpadeo los soldados llegaron junto a la víctima, era un hombre de unos cuarenta años, el que yacía sangrando por los oídos. Afortunadamente solo se trataba de un humano; en las cercanías no había rastros de la asesina.

El mortal grito fue grabado por los nano sistemas de los trajes de combate de la patrulla. Sin pérdida de tiempo la Coronel Laberne ordenó que se transmitiera a las instalaciones en Grecia, de la Fuerza de Respuesta Biológica para su análisis.

A los pocos días de recibida la grabación, bloqueadores acústicos calibrados en la frecuencia del grito eran embarcados en un Vampiro Fantasma, junto a un regalo personal del General Sartorius para la Princesa. Una vez despegada la nave, el alto oficial se comunicó con su superior.

-General Sartorius; saludó Lizbeth. -¿Qué novedades tiene?

-Princesa, prepárese para recibir en unos minutos un envío de bloqueadores acústicos para sus subalternos, calibrados para neutralizar las ondas sónicas en la frecuencia del grito, además incluí un regalo que creo será de su agrado; contestó Sartorius.

-¿Un regalo? ¿De qué se trata?; preguntó ella.

-Es un anulador de emisiones sónicas, calibrado en un rango que incluye la frecuencia del grito; ampliamos el campo de acción en caso de que este pudiese ser alterado a voluntad. Pónganselo en el cuello a esa mujer y no podrá atacar  con su grito; explicó el general.

-Lo felicito. Está justificando con creces su ascenso general; observó la Princesa.

-Esto es un trabajo en equipo, sin mis colaboradores yo no soy nadie Alteza; concluyó con modestia el oficial.

Esa noche todas las patrullas de las Fuerzas Especiales estaban protegidas con bloqueadores acústicos en sus cascos. La cadete Ana Eguigurren participaba en su primera patrulla; el silencio en las calles era sepulcral, la atmósfera se podría haber cortado con un cuchillo; sin embargo, ella estaba consciente de  su habilidad y confiaba que el entrenamiento recibido hasta ahora debería ser suficiente. Dicen que en la excesiva confianza está el peligro…

Caminaban ocultos por el parque donde tuvo lugar el primer ataque, todo estaba en calma; a unos seiscientos metros una prostituta buscaba clientes en la noche. De pronto, de la nada apareció una mujer con un largo vestido blanco que se paró frente a la desafortunada y lanzando un horrible grito la hizo  caer sin vida. Los soldados rápidamente se pusieron en acción; la mujer al verse rodeada gritó sobre ellos; los protectores funcionaron a la perfección. Al ver que nada pasaba, la mujer lanzó un nuevo grito de longitud de onda variable en una frecuencia más alta. El soldado que recibió el golpe cayó de rodillas con las manos en los oídos. En cinco segundos seis vampiros enfundados en trajes negros como mármol, yacían retorciéndose de dolor. Ana intentó escapar saltando rápidamente hacia los árboles, pero fue derribada por un golpe de sonido.

-¡Nos atacan!; se escuchó la voz de Ana por un altavoz de la base, junto con un mortal grito.

María, que se encontraba junto al Doctor Lacroix y la Princesa Lizbeth desapareció en un parpadeo y junto con ella el dispositivo para neutralizar a la mujer.

-Mocosa impertinente; gruñó el médico.

-Que salga una unidad furtiva ahora; ordenó  la Princesa.

Al llegar al parque María vio como Ana era derribada cuando intentaba escapar hacia los árboles. La mujer se aproximó hacia Ana y se dispuso a darle el golpe de gracia; de pronto se oyó una explosión y un fuerte viento surgió. La mujer se vio levantada en el aire; María corrió tan rápido que rompió la barrera del sonido y la sostenía por el cuello. La extraña golpeó con el brazo a María haciéndola caer al suelo; junto a ella abrió grande su horrible boca, pero ningún sonido salió de ella; la vampiresa había logrado ponerle el collar y ahora estaba muda. Cuando la mujer trató de huir, se sintió inmovilizada; cuerdas lanzadas por varios vampiros la amarraron. Ana que ya se había puesto de pie abrazaba fuerte a María.

-Eso ha sido lo más estúpido que se te ha ocurrido; le reclamó. -Pero me has salvado.

María no pudo evitar derramar algunas lágrimas por el susto pasado. -¿Más estúpido que decapitar a un Nosferatu con la mano?; preguntó ella.

Sin decir nada más ambas se tomaron de la mano; sabían que siempre se protegerían mutuamente.

La mujer neutralizada fue conducida hasta el nivel más profundo de la supuesta clínica y  encerrada en una cámara de contención con una aislación acústica de amplio espectro. Hasta saber cómo proceder estaría bajo vigilancia continua las veinticuatro horas del día; en otra sección de la base grupos de soldados monitoreaban a la extraña tratando de sacar a la luz sus secretos.

Una puerta se deslizó silenciosa a las espaldas de los técnicos. -General en la sala, gritó alguien poniéndose de pie. El general Andreas Sartorius, ingresó a la sala de control seguido de cinco soldados vestidos con el típico traje negro de las Fuerzas Especiales, pero con la insignia de una serpiente enrollada en una vara, símbolo de Las Fuerzas de Respuesta Biológica; todos ellos llevando maletines metálicos.

-Sargento, desde ahora nosotros nos haremos cargo; ordenó el general sin ninguna diplomacia.

-Señor, nadie me ha informado al respecto; respondió el soldado.

Se escuchó el grito autoritario de una mujer que entraba. -Sargento, el General Sartorius le ha dado una orden. Él es el comandante supremo en esta operación y es mi mano derecha; cualquier orden que él dé se debe obedecer inmediatamente sin cuestionar. Cada vez que el dé una orden debe ser acatada como si la diera yo.

El soldado se cuadró ante los dos oficiales de alto rango y cedió su puesto a uno de los hombres de Sartorius.

-¿Dónde está?; preguntó el general.

-En una celda de aislamiento en el ala sur de este nivel; contestó un técnico.

-Quiero una descripción completa de su anatomía. Utilicen rayos X, Resonancia Magnética Nuclear y Tomografía Computarizada. Tráiganme una imagen detallada de su sistema fonético y su cerebro en máximo una hora. Saquen muestras de sangre y tejidos; necesitamos estudiar su genética y su metabolismo. -Rápido, ¿qué están esperando?, no hay tiempo que perder; gruño el general griego repartiendo órdenes.

Lizbeth sonreía; su decisión de ponerlo a él al mando de la Fuerza de Respuesta Biológica había sido la correcta.

Todos los laboratorios de la instalación secreta comenzaron a trabajar a un ritmo frenético; el tiempo apremiaba.

En el laboratorio de genética molecular, donde analizaban el ADN de la mujer, María estuvo a punto de sufrir un ataque cardiaco, si eso hubiese sido posible, de la impresión que acababa de llevarse. Cómo eran imposibles los resultados, realizó tres veces los análisis, pero  estos siempre indicaron lo  mismo. Totalmente confundida, llamó por intercomunicador al General Sartorius y al Doctor Lacroix.

-Por favor vea esto general; dijo pasando una hoja impresa al oficial.

-¿Está segura de esto señorita?; preguntó el oficial.

-Completamente Señor, llevé  cabo tres veces los exámenes y siempre llego a los mismos resultados; contestó María.

 El doctor impaciente le quitó la hoja de la mano para ver por sí mismo.

-¡Vaya que interesante!; exclamó éste, es ADN humano.

-Pero modificado artificialmente; observó María. -Pude localizar fácilmente los puntos donde fueron introducidas las mutaciones.

-¿Pero quién podría hacer eso?; preguntó el médico.

-Es lo que vamos a averiguar; comentó el General Sartorius.

-General Sartorius, por favor diríjase a Neurología; se escuchó por el altavoz.

-Los estudios usando Resonancia Magnética Nuclear, indican que la corteza cerebral está prácticamente inoperante; por lo visto esta criatura es poco más que un autómata; informó el Doctor Ferrer.

-Interesante; opinó el oficial.

-Sin embargo, eso no es lo más relevante; el escáner reveló la presencia de un objeto introducido en su cerebro.

Una pantalla se encendió mostrando un pequeño rectángulo.

-¡Demonios!, eso es un chip rastreador; exclamó alarmado el militar.

-Tranquilo general, los técnicos indican que el chip quedó totalmente anulado por el sistema automático de seguridad  del Vampiro Fantasma que la transportó para acá. La ubicación de estas instalaciones sigue estando oculta; calmó el Doctor Ferrer.

En el salón de reuniones el General Sartorius informaba a la Princesa de lo descubierto hasta ahora,

-El paso lógico a seguir Princesa, es averiguar quién creó a esa criatura, dónde y con qué propósito; sugirió el alto oficial.

-¿Sugerencias general?; preguntó Lizbeth.

-Liberarla con un rastreador radioactivo instalado, para evitar que sea detectado. Localizar la base de donde procede; luego introducir un espía para averiguar ante que nos enfrentamos y  finalmente intervenir directamente ya sea para neutralizar o destruir la amenaza, Señora; manifestó el general.

-Veo que tiene todo planeado. -Proceda como estime conveniente general; autorizó la oficial.

La mujer fue trasladada al parque a bordo de una nave furtiva y dejada en libertad. Apenas se vio libre corrió hasta desaparecer; sin embargo, el parche radioactivo emitía una clara señal imperceptible mediante rastreadores electrónicos normales. Una unidad de las Fuerzas de Respuesta Biológica vigilaba en modalidad fantasma cualquier cosa que pasara. De pronto, a donde se hallaba la mujer se aproximó un vehículo con sus luces apagadas.

Los centinelas se comunicaron enseguida con la base. -Comandos humanos se aproximan al objetivo; con una unidad de control han hecho subir a la mujer.

-Procedan a seguirlos hasta su destino a una distancia prudente; ordenó una voz al otro lado de la línea.

Diez  kilómetros fuera de la ciudad, la camioneta se detuvo en una pequeña cabaña. Los comandos humanos, todos vestidos de negro detuvieron el vehículo dentro del estacionamiento. Un vampiro oculto en modalidad fantasma se coló junto a ellos. El suelo comenzó a bajar.

Dentro de las misteriosas instalaciones, totalmente indetectable, el sargento Striker registraba todo cuanto había y se hacía ahí. Todo lo que sus sentidos percibían era transmitido telepáticamente gracias a su cintillo de comunicaciones. Era una base secreta de investigación biológica de una rama militar clandestina de los Estados Unidos de Norteamérica, donde se realizaban experimentos genéticos prohibidos por los tratados internacionales.

Ante semejante situación, la Nación Vampira puso en movimiento a sus más altos agentes. A través de la Alianza Militar del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el General Sartorius logró la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas para intervenir militarmente. El gobierno de Estados Unidos, como era de esperarse, negó tener  conocimiento de las actividades de ese grupo militar; declarándolos rebeldes y fuera de la ley.

Con la información reunida por el Sargento Striker, el General Sartorius podía actuar. A los pocos minutos de conseguido el visto bueno del Consejo de Seguridad, varios vehículos negros sin placas patentes se detenían junto a la cabaña; de su interior descendieron varios soldados fuertemente armados, vistiendo uniforme del ejército francés, pero con la insignia de la OTAN. Encabezando el grupo se encontraba el General Sartorius, vistiendo su uniforme de combate de General de Fuerzas Especiales de la OTAN; oculta en modo fantasma se encontraba también una unidad de asalto de las Fuerzas de Respuesta Biológica de la Nación Vampira, al mando del Teniente Díaz.

Dentro de la base enemiga, la alarma se activó. El Coronel Freeman ordenó alerta roja y defender la base. El Mayor Bergman distribuyó a sus hombres de tal forma que cubrieran el puesto de control. Los soldados de la OTAN avanzaron rápidamente, neutralizando con facilidad a los soldados rebeldes.

En el puesto de mando, el Capitán Stern identificaba a los invasores.

 -Coronel Freeman, es el General Andreas Sartorius de las Fuerzas Especiales de la OTAN; informó a su comandante.

-Mátenlos a todos, no permitan que se apoderen de esta base; ordeno el coronel rebelde.

-Pero Señor son de la OTAN; protestó el capitán.

-¡Cumpla la orden capitán!; gritó el comandante.

-Sí Señor; respondió el aludido, no estando muy seguro de si era lo correcto.

Los soldados de la OTAN derribaron las puertas de la sala de control e ingresaron en ella, encañonando a todos en el interior.

El General Sartorius, quien se sabía muy seguro de su autoridad se impuso inmediatamente. -Coronel Freeman, bajo mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le ordeno que se rinda inmediatamente ante las fuerzas de la OTAN.

-Lo siento mucho general, pero eso no va a ser posible; se escuchó hablar al Mayor Bergman, mientras sus hombres apuntaban a los comandos de la OTAN.

-Teniente Díaz, por favor detenga al Coronel Freeman; dijo Sartorius mirando a un lugar vacío junto al oficial rebelde.

-¿Pero con quién diablos habla?; preguntó al general.

En el aire se hizo visible una afilada espada junto al cuello de Freeman; después apareció un brazo y finalmente una estatua de mármol negro estaba parada junto a él, amenazando con cortarle la cabeza.

-No solo usted realiza investigaciones secretas coronel, confesó el General Sartorius, al momento que varias estatuas negras aparecían de la nada y apuntaban a la cabeza de los rebeldes.

-Bajen sus armas; ordenó el Capitán Stern. -Los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anulan cualquier orden recibida.

-Sabia decisión Capitán Stern; felicitó el general de la OTAN.

-General, una señal de auxilio acaba de ser enviada desde esta base; indicó el Sargento Striker, que acababa de hacerse visible.

-Localicen su destino y neutralicen inmediatamente; ordenó Sartorius.

En el rostro del Coronel Freeman se dibujó una sonrisa burlona. -Ahora todos moriremos.

-Lo dudo mucho; rió el general.

-Vampiros atacando a Mach 8, general; informó el Sargento Striker.

En una pantalla se veía pasar la tierra y el mar a una vertiginosa velocidad. Una isla cerca de Noruega se acercaba rápidamente y era dejada atrás; de pronto una gran explosión se vio a lo lejos. Dos Vampiros Fantasmas acababan de descargar sus proyectiles contra las naves que se aprestaban a despegar en auxilio de la base invadida por la OTAN.

-Ni se dieron cuenta de que murieron; celebró el general.

-Bueno soldados, el Capitán Stern les dio una orden; dijo Sartorius, mirando a los soldados rebeldes, los cuales dejaron caer sus armas al suelo. -Teniente Díaz, encierre al Coronel Freeman y al Mayor Bergman en una celda. Vaporícelos; ordenó a través del comunicador telepático oculto bajo su gorra.

El  Teniente Díaz condujo a los prisioneros a una celda, cuya puerta cerró tras él entrar en ella también. Dos volutas de niebla se disipaban poco después en el aire.

Una vez asegurada la base el general con sus hombres y el Capitán Stern se dirigían a los laboratorios de investigación, donde pudieron ver los dementes experimentos que allí se llevaban a cabo. Mutaciones e hibridaciones transgénicas destinadas a crear nuevas armas biológicas para poder convertirse en la fuerza militar más poderosa del mundo. Aberraciones que combinaban a dos o más especies animales estaban reunidas aquí. Especies de hombres lobos; la mujer que originó todo esto, cuyo nombre clave era Banshee; y otros más. En la última celda de contención el Teniente Díaz, quedó atónito por un segundo. -General, eso es un Nosferatu; indicó sorprendido.

-Muy bien, vaporicen a todas estas cosa; ordenó el General Sartorius.

El Capitán Stern vio como esos extraños soldados de negro disparaban armas de energía desconocidas para él contra los experimentos creados y se convertían en nubes de vapor que pronto se disolvían.

-Sargento Striker, copie toda la información de las computadoras; mandó el general.

-¿Qué va a pasar con mis hombres y conmigo, general?; preguntó el Capitán Stern.

-Usted y sus hombres son buenos soldados y solo cumplían órdenes; por otro lado usted tomó la decisión acertada; sin embargo se han enterado de la existencia de tecnología altamente secreta. Puedo matarlos aquí y ahora, pero sería un desperdicio de buenos militares; lo más lógico es que sean promovidos a  una unidad altamente especializada de fuerzas de elite. Diciendo esto, el general abrió un contenedor del que flotó una esfera roja luminosa que se elevó e iluminó toda la base con una luz rojiza.

A los pocos minutos los vehículos de las Fuerzas de Respuesta Biológica se retiraban de la base rebelde, la cual desaparecía luego bajo un cegador resplandor.

 Por comunicación abierta el General Andreas Sartorius informaba a su superior.

-Misión cumplida; amenaza neutralizada; cambio y fuera.

Anuncios
 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 4 – Bajo la Sombra de la Cruz del Sur

Filed under: Últimos post,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 2:10
Tags: , ,
Registro Safe Creative N° 1710013637870Safe Creative #1710013637870
Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 4
Bajo La Sombra De La Cruz Del Sur

La noche estaba muy agradable, era verano en el hemisferio sur, las estrellas y la luna llena le conferían al entorno una claridad plateada; una suave brisa jugaba con su negra cabellera. Ya no recordaba cuanto tiempo había pasado desde que sintiera la unión entre ella y la noche; por eso esa sensación llenaba su ser como si hubiese sido la primera vez.

Había cenado hacía poco y aún saboreaba el siempre placentero sabor.

Se sentó en un banco del parque, entre unos árboles junto al río que cruzaba la ciudad. No había nadie más, así es que podía disfrutar tranquila de la calma reinante, que en su casa no tenía; rodeada siempre de protocolo y sirvientes siempre dispuestos a satisfacer hasta sus más mínimos deseos.

Sus pensamientos estaban muy distantes, sumida en sus recuerdos.

María caminaba de la mano de Ana. Tal vez tres o cuatro años pasaron desde que se conocieron.

Era una noche de sábado; María cubría un turno de enfermera en la unidad  de emergencia del hospital donde se desempeñaba. Hacía poco que había empezado a trabajar ahí; con veinticuatro años no había ninguna prisa. Escuchó por radio que venían dos ambulancias con víctimas de un accidente de tránsito. Por lo visto sería una noche agitada.

Entre los accidentados venía una joven de unos veinte años, y por su ropa, se veía que era de familia acomodada. Todos fueron trasladados a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Una vez estabilizada y en vista de que no corría riesgo vital, la joven fue llevada a la Unidad de Tratamientos Intensivos.

Los padres de ella llegaron al rato, recriminándose mutuamente. Si él no le hubiese comprado el auto; si ella se preocupara más de su hija…; solo críticas.

María, que había escuchado todo, sintió pena por la chica; lo tenía todo, pero le faltaba lo  más importante, una familia de verdad.

-¿Dónde está el doctor a cargo?; se oyó una voz autoritaria.

-Soy el Doctor Rodríguez. ¿En qué puedo ayudarlo señor?; contestó cortés el médico.

-¡Mi hija! ¿Cómo está?

-Está inconsciente aún, pero se recuperará. Por suerte llevaba puesto el cinturón de seguridad; informó el médico.

-¡Muy bien!; dijo Augusto Eguigurren. Y cómo quién está acostumbrado solo a dar órdenes, prosiguió altivo. -Quiero que mi hija tenga el mejor tratamiento; una enfermera debe estar las veinticuatro horas del día  a su lado.

-Señor, esta es una unidad de emergencias; para ello se debe dirigir a la dirección del hospital; dijo el doctor Rodríguez.

-¡Veinticuatro horas al día doctor; cueste lo que cueste!

El Doctor Rodríguez sabía que dinero e influencias era lo que más tenía Augusto Eguigurren; estaba claro que hablaba muy en serio.

-Creo que se puede arreglar desde aquí; asintió el doctor para no tener problemas.

El poderoso empresario observó a María que en ese momento arreglaba unos materiales.

-¡Señorita!, venga; quiero que usted se encargue personalmente de atender a mi hija; ordenó el altanero millonario.

María trató de protegerse en su superior. – ¡Doctor, es que mi turno no me lo permite!

Encogiéndose de hombros, el pobre Doctor Rodríguez prefirió no protestar.

-No se preocupe enfermera, yo autorizo todo; la confortó el médico con la mirada.

Por suerte esas desagradables personas se fueron pronto.

Cómo es de suponer, Ana fue trasladada a la mejor habitación del hospital. En ella acomodaron una segunda cama para la enfermera que la cuidaría.

Ana era una joven de veinte años; y se notaba que gracias a su condición económica, se dedicaba solo a estudiar y a ir al gimnasio.

María trató de no involucrarse más de lo estrictamente necesario. Pero quizás en parte por el carácter risueño de Ana, o por qué las dos tenían casi la misma edad, es que empezó a sentir cierto cariño por la joven millonaria.

Después de tres semanas Ana estaba casi recuperada y pronto sería dada de alta. María estaba triste.

-¿Qué te pasa María, por qué estás tan apenada?; preguntó Ana.

-Esta semana te dan de alta; contestó  María.

-Sí, que bueno; ¿acaso no te alegras?; respondió Ana.

-Sí, me alegro por ti; es solo que…, ya no te voy a ver más; contestó María con la cabeza gacha.

-Mmm, era eso. No te preocupes, ya tengo todo planeado. ¡Estoy muy débil aún! Y voy a necesitar una enfermera privada que me cuide en casa; dijo Ana, tomándole las manos y besando a María.

El Doctor Rodríguez consintió en aquel poco habitual convenio, en parte porque era mejor no ponerse por delante de Augusto Eguigurren y en parte por lo contento que estaba el director del hospital, después de que éste recibiera una importante contribución para más equipos de parte de las Empresas Eguigurren.

El romance entre Ana y María creció hasta convertirse en un profundo amor. Ya no sabían estar una lejos de la otra.

Una noche de otoño; estaban ambas abrazadas, cuando María sintió de pronto una violenta sensación de sed, mayor que la que sentía cada noche desde hacía dos años cuando todo empezó.

Sin poder contenerse, María cerró los ojos y clavó sus colmillos en el cuello de Ana; la cual tras un estremecimiento dejó de respirar.

Al sentir que la vida se iba del cuerpo de su amada, María rompió a llorar. Nada de lo que había aprendido en la escuela de enfermería estaba resultando.

Ana estaba muerta y ella la había asesinado.

Cuando pensó que enloquecería de desesperación, María vio como Ana, muy pálida, comenzaba a moverse. Sin entender qué pasaba María la tomó en sus brazos.

En forma instintiva, Ana le cogió fuerte el brazo y clavó sus dientes en él. Con mucha ansiedad bebió de la sangre de María hasta que su piel recuperó el hermoso tono bronceado que la caracterizaba.

Ninguna de las dos comprendía qué es lo qué había ocurrido. Solo sabían que algo había cambiado y nada volvería a ser como antes.

Sobre la ciudad de Santiago se elevaba una extraña luna roja.

Aprovechándose de su puesto de enfermera, María se las arreglaba de una u otra forma para robar sangre del Banco de Sangre del hospital, tanto para ella como para Ana; la cual a duras penas hacían alcanzar hasta necesitar conseguir más. Con el tiempo entendieron que debían alimentarse todas las noches de sangre; ya que de lo contrario se sentían muy débiles y enfermas.

De eso ya habían pasado unos cuatro años aproximadamente y la noche se volvió muy atractiva y agradable para ellas.

Intrigadas por su condición, buscaron información sobre vampiros y otras criaturas mitológicas, pero nada coincidía con ellas. En primer lugar, la luz del sol no les provocaba ningún problema, a diferencia de los vampiros de las películas; el ajo seguían encontrándolo rico en las comidas; el agua bendita era solo eso, agua. Lo único en común era que ellas necesitaban alimentarse todas las noches de sangre.

Caminando como iban de la mano no se dieron cuenta de que habían llegado al Parque Forestal. Era tarde y tenían mucha hambre; no había nadie cerca; excepto una mujer sentada en un banco entre unos árboles al lado del río.

Se acercaron sigilosas a la mujer y Ana la tomó de los hombros y tiró hacia atrás. Apoyadas de espalda contra un árbol la mujer sujetaba desde el cuello a María y Ana; las cuales aunque sabían que eran fuertes, no lograban soltarse de esas manos que se apretaban contra sus gargantas.

Al ver los colmillos de las dos muchachas la mujer las soltó y amenazadora les gritó.

-¿Pero qué se han creído mocosas insolentes? ¿Se atreven a atacarme a mí? ¿Acaso no saben quién soy? La mujer tenía un montón de retos para las jóvenes; pero al darse cuenta de que María caía al suelo sujetándose el estómago y Ana se llevaba las manos al pecho y caía de rodillas, miró las estrellas y comprendió que no tenía tiempo que perder.

Rápidamente de su ropa sacó una pequeña caja  de metal, de la que sacó dos cilindros de plástico con algo rojo en su interior.

Con los dedos abrió la boca de Ana y le vació una gelatina roja en ella; para abrir la boca de María tuvo que usar ambas manos de lo apretada que la tenía, pero logro al fin meterle la gelatina. Les tapó a ambas la boca con sus manos y ordenó. -Tráguensela rápido.

Ayudó a levantarse a las muchachas y las sentó en el banco.

-¡Pero cómo pueden ser tan imprudentes jovencitas! ¿Cómo se les ocurre esperar hasta el último momento para alimentarse?

-Si no hubiesen sido tan irrespetuosas como para atacarme a mí, ahora estarían muertas.

-Con lo que les acabo de dar tienen para una hora, pero deben cazar enseguida.

-Pero nosotras no cazamos; dijo María.

¡Esto debe ser un chiste!; dijo la mujer tomándose la cabeza. -Dos vampiresas que no cazan.

-Mejor las llevo al departamento que ocupo, yo las puedo alimentar esta noche. Tenemos muchísimo de que hablar.

-¡Vamos síganme!; mandó

-¿Hacia dónde caminaremos?; preguntó Ana.

-No hay tiempo que perder y ¿quieres caminar?

-¿Pretende que volemos?; contestó altanera María, que se sentía de muy mal humor.

-Primero no volamos, pero cuando corremos ni el viento nos ve pasar.

-Y segundo; cambia el tonito jovencita. Que por si no lo sabes acabo de salvarles la vida a ti y a tu amiguita; cortó enojada la mujer.

La mujer las llevó a un departamento en un edificio junto al Cerro Santa Lucía. Sobre la mesa puso una maleta metálica de la que sacó dos bolsas con sangre y pasó una a cada joven.

María y Ana estaban atónitas.

-¿Qué pasa, es que quieren morirse? ¿Acaso no tienen hambre?; expresó la extraña desconocida.

-¡Hablen con confianza, yo también soy una vampiresa!; les confesó con tono más amigable al ver que las muchachas ya estaban comiendo.

-Quiero que me expliquen cómo es que no saben cazar.

María le contó en qué circunstancias Ana había sido atacada por ella sin querer.

¿Había luna roja?; preguntó la mujer.

-¡Sí, creo que sí!; contestó Ana.

-Es por eso que tú renaciste; explicó la mujer.

-Y supongo que algo parecido te pasó a ti María.

-No lo sé; dijo esta. -No recuerdo cómo empezó. Fue hace unos cinco o seis años. Saliendo del hospital donde trabajo, un hombre me atacó. Según me contaron después, alguien me encontró tirada y me llevó hasta emergencias; dicen que me había cortado el cuello con algo y perdí mucha sangre, así es que me pusieron varias unidades para poder salvarme. Días después, ya de alta, estaba en el Banco de Sangre del hospital envasando sangre de donaciones y sentí un extraño impulso; unté un dedo con sangre y me lo chupé. En otra ocasión me habría dado asco, pero en ese momento encontré que tenía un sabor muy rico y además que me relajaba. Escondí una bolsa entre mis ropas y ya encasa la vacié en una taza y me la bebí toda.

-Me las ingenie para robar sangre todos los días, pero debía tomar de a poco ya que no era fácil conseguirla; explicó la muchacha.

-Al conocer a Ana, sin pretenderlo me enamoré de ella; confesó María.

-Y yo de ti; dijo Ana tomándole la mano.

-La sangre se nos acabó ayer; continúo Ana. -Salimos a caminar para ver si se nos ocurría algo; entonces la vimos a usted y la atacamos.

-Claro que cuando usted nos sujetó me sentí muy mareada; agregó María.

-Eso se los provoqué yo; dijo la mujer. -Y el hecho de que estaban muy débiles.

-El problema que veo aquí es que un vampiro te mordió habiendo luna roja y se desentendió de ti. Por eso tú no sabes cazar; dijo la mujer con un acento francés que a ambas jóvenes les resultaba muy seductor.

-Esta noche duerman aquí y mañana les enseñaré a cazar.

-Pero…; iba a protestar María.

-¡Entiéndanlo bien!, quiéranlo o no ustedes dos son depredadoras y deben aprender a cazar como tales.

-Cada uno de nosotros, a pesar de tener un poder más allá de la imaginación humana, debemos alimentarnos de sangre humana cada día antes de medianoche, o de lo contrario morimos; sentenció la francesa.

La próxima noche en el Parque Forestal después de localizar a una prostituta solitaria, Lilith les enseñó a acechar sin ser descubierta. Una vez estuvo cerca dejó que su víctima se diera cuenta de su presencia. Con los ojos fijos en ella, le dijo que por favor no se moviera. Paralizada la mujer vio como crecían los colmillos de Lilith y los clavaba en su cuello, succionando toda su sangre.

-Ahora es tu turno; le dijo a Ana. -A doscientos metros de aquí hay otra ramera; ya me viste a mí hacerlo, ve a alimentarte.

Un poco torpe al principio Ana se ocultaba tras los árboles, a medida que avanzaba lentamente sus movimientos se volvieron más ligeros, hasta parecer una gata cazando. Con sus ojos puestos en los de la prostituta, la inmovilizó y sin mayor preámbulo, clavo sus colmillos en ella.

-Ahora tú; le dijo a María pero vamos a otro lugar.

Cerca del Cerro Santa Lucía localizaron a su siguiente presa. Con gran soltura María consiguió cazarla.

A la mente de Lilith llegó el recuerdo de cuando enseñó a cazar a la pequeña Lizbeth tantos siglos atrás y pensar que ahora era abuela. No pudo menos que sentir orgullo por sus nuevas discípulas.

-Bueno niñas, ya se han alimentado. ¿Cómo se sienten?; preguntó la señora.

-Extraña, vigorosa; dijo María.

-Yo me siento muy fuerte, hasta poderosa; observó Ana.

-Eso es porque recién hoy se han alimentado bien; les explicó Lilith.

-Recuerden que son veloces, muy fuertes, con reflejos muy rápidos y sentidos muy agudos. Son casi inmortales como lo comprobaron ayer. Y lo mejor de todo es que el tiempo ya no existe; un año cada cien envejecerán; les contó.

-Suena muy lindo todo eso; opinó María. -¿Pero cuán cierto es?

-Averígualo tú misma; le sonrió Lilith y de un salto pasó sin esfuerzo sobre una reja de más de tres metros de alto.

-Vengan; las invitó.

Las chicas se miraron y saltaron sobre la reja, cayendo de pie junto a Lilith.

-Emocionante, ¿verdad?; comentó la dama francesa.

-¿Han notado algo respecto a su vista?; preguntó la mujer.

-Ahora que lo pienso, veo todo claro; observó María.

-Es cierto, pero hay más; acotó la señora.

-¿Más?; inquirió Ana

-El calor, podemos ver el calor; les señaló Lilith mostrándoles sus manos.

Ambas jóvenes no se habían dado cuenta, pero admiradas notaron mutuamente que percibían la silueta infrarroja de las otras.

-¿Quieren correr una carrera?; les consultó Lilith, al tiempo que soltaba su cabellera al viento.

-Pero aquí es peligroso; razonó Ana.

-No para nosotras. ¿O acaso tienes miedo?; la desafió.

-¡Alcáncenme!; dijo Lilith al momento que desaparecía dejando solo una corriente de viento.

-Si ella puede, nosotras también; dijo María.

En seguida tres corrientes de viento se movían por todo el cerro.

Lilith las esperaba sentada en una roca.

-No está tan mal; comentó despectiva.

-¿Quieren escribir sus nombres en esta roca?; les invitó como una madre que consiente a sus hijas regalonas.

-Yo la haré; dijo y haciendo crecer ante las jóvenes la garra de su dedo índice derecho escribió con ella Lilith.

María y Ana encantadas la imitaron, mientras deleitadas admiraban las garras extendidas de ambas manos.

Lilith se sentía complacida.

-Quiero mostrarles mi casa; invitó Lilith.

-Pero ya la conocemos; dijo Ana.

-No, me refiero a donde vivo con mi familia.

-¿Queda lejos de aquí?; preguntó María.

-En París; les dijo.

-Son como cuatro cuadras no más; dijo Ana.

Lilith rió divertida.

-Me refería a algo más lejano; corrigió Lilith. -París, Francia.

-¡Francia!; gritaron las dos.

-Sí, ahora.

-¿Ya? Y en qué; se rió Ana.

-En eso; indicó Lilith con un dedo.

-¿Ese viejo cañón?; dijo María.

-No, en eso; le corrigió la señora francesa.

Sin poder dar crédito a lo que tenían ante sus ojos Ana y María vieron materializarse de la nada un extraño avión negro.

-¿Pero qué cosa es esa y de donde salió?; preguntó Ana refregándose los ojos incrédula.

-Eso niñas es un “Vampiro Fantasma” y lleva treinta minutos estacionado ahí.

-Yo ni lo noté; dijo María.

-Por eso le llaman fantasma; observó Lilith.

Del costado del extraño avión bajó lo que parecía una estatua de mármol negro. El piloto replegó su careta y su casco y saludó militarmente a Lilith.

-Capitán, tenemos invitadas. Por favor llévenos a Paris; solicito cortésmente la señora.

-A sus órdenes Majestad; respondió el piloto.

El interior del avión personal de La Reina era acogedor; claro que más de un dolor de cabeza fue para los ingenieros y técnicos adaptar una nave de combate para convertirla en una limusina voladora.

En su interior las jóvenes estaban algo nerviosas. En dos noches su vida había cambiado totalmente.

-Madame, en una hora aterrizaremos; avisó el piloto.

-¿Una hora? ¿Pero a qué velocidad volamos?; preguntó María.

-Nuestra velocidad actual de crucero es de Mach 5 señorita; no es necesario ir más rápido esta vez; contestó el piloto en  perfecto castellano.

-¡Eso es 6.150 kilómetros por hora!; calculó María mientras tomaba la mano de Ana y se acurrucaba en el asiento.

Al poco tiempo la nave furtiva tocaba tierra cerca de un imponente castillo.

-Aquí quiero preguntarles si desean volver a su vida antes de conocernos o seguir adelante; preguntó Lilith.

Como vio que las muchachas estaban dubitativas, continuó.

-Cualquiera que sea su decisión, ustedes son libres de elegir; aclaró Lilith, quien entendió la preocupación de las jóvenes.

María y Ana se miraron a los ojos.

-Yo siempre quise conocer París; dijo Ana.

-Y mi hogar es donde Ana esté; concluyó María.

-¡Bien, entonces entremos!; pidió Lilith.

Al cruzar las puertas sorprendidas vieron que todos los guardias saludaban solemnemente a su Reina.

-¿No llevan armas?; observó Ana.

-No las necesitan; contestó Lilith.

En un patio interior pudieron ver como dos de esas estatuas de mármol se enlazaban en una frenética, pero muy coordinada lucha. La fuerza y velocidad de cada golpe dejó atónita a Ana. La agilidad con que cada ataque era detenido y devuelto no parecía real.

Por lo que se podía notar, una de las estatuas era una mujer, pero era tan fuerte como el hombre. De pronto, como por arte de magia, de uno de los brazos de éste, surgió una brillante espada; cuyos golpes lanzaba contra la cabeza de la mujer; la cual esquivaba con complicados movimientos. En una de esas maniobras, la mujer saltó y giró en el aire, quedando detrás del hombre y de igual forma de ambos brazos de ella surgieron dos filosas espadas. La cabeza del hombre quedó así entre dos espadas. Replegando su espada y relajando los músculos, el hombre se rindió; ante lo cual la mujer también guardó sus armas, las que desaparecieron en sus muñecas.

De frente ambos contendores se saludaron con una reverencia de cabeza.

-Su habilidad es magnífica teniente; dijo la mujer.

-Es un honor para mí, viniendo de usted Coronel; contestó el oficial.

-Puede retirarse; autorizó la mujer y saludando militarmente el soldado se marchó.

La mujer se dirigió con paso felino hacia donde estaban Lilith y las muchachas.

En el costado izquierdo de su traje, las jóvenes vieron que la mujer llevaba dibujada una rosa negra encerrada en un círculo rojo.

Al llegar junto a ellas la careta y el casco se recogieron sobre sí mismos hasta desaparecer.

-¡Mamá, has vuelto ya!; dijo la mujer al tiempo que abrazaba y besaba en la cara a La Reina.

-Veo que tenemos invitadas; dijo mirando a las recién llegadas.

-Sí hija, encontré a estas pequeñas naufragas en la ciudad de Santiago de Chile; luego te lo explico.

-Permítanme presentarles a mi hija Lizbeth.

-Princesa; saludaron las dos.

-Olvidemos el formalismo; ya que mi madre las acogió, pueden llamarme simplemente Lizbeth.

-Ellas son Ana y María; presentó Lilith.

-¿Qué era toda esa pelea que vimos?; preguntó Ana.

-Solo me mantengo en forma entrenando con mis soldados; respondió Lizbeth.

-¿Tú los mandas?; quiso saber María.

-Solo a las Fuerzas Especiales; aclaró la Princesa.

-¡Pero si apenas eres de mi edad!; exclamó Ana

-En realidad tengo 625 años.

-Eso quiere decir que tenías como 15 o 20 años cuando te convertiste en vampira; calculó María. -Interesante, supongo que de alguna forma los genes que controlan la muerte celular de tu cuerpo sufrieron una mutación  por la cual se retarda el proceso de envejecimiento. No creo que se hayan desactivado, ya que eso provocaría la proliferación de células cancerígenas y tu claro está que no padeces. Debe haberse modificado también tú sistema inmunológico; se explayó  María sin darse cuenta de ello.

-¡Al fin alguien que habla mi idioma!; se escuchó decir a alguien que se acercaba.

-Doctor Lacroix, esta brillante joven es María; la presentó Lilith.

-Encantado Madeimoselle; saludó coquetonamente el doctor.

Lilith dijo algo al oído del doctor; a lo que él asintió.

-¿Qué más sabe de biología María?; pregunto el doctor.

-Bueno lo que estudie en la escuela de enfermería; respondió María.

-¡Una enfermera!, magnífico; celebró el doctor.

-¿Querida, te gustaría ser mi ayudante?; le invitó a María el doctor.

-Pero yo pensaba que los vampiros no enfermaban; objetó María.

-Y no lo hacemos así es que tengo mucho tiempo para investigar; dijo el doctor.

-Pero yo no sé ciencias; respondió María pateando el suelo.

-No te preocupes, tienes toda la eternidad para aprender si lo deseas; la consoló el médico.

-Sería lindo; suspiró María con la mirada distante.

-Entonces ven sígueme. Deseo mostrarte mi laboratorio y presentarte a mis otros colaboradores. Sí es que  Ana no tiene ningún inconveniente; propuso el doctor.

María miró a Ana suplicante.

-Anda; dijo ella.

María, que caminaba ya junto al doctor, se volvió corriendo hacia Ana y le dio un beso en la mejilla.

-¿Ana, te gustaría ver una simulación completa de combate del “Traje de Combate Furtivo”?

-¿Son esos que parecen estatuas de mármol negro?; preguntó Ana.

-Sí, cómo el mío y como el de todos los miembros de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira; respondió la Princesa.

¿Hay una Nación Vampira?; preguntó Ana.

-Sí; contestó Lizbeth. -Y este es su centro.

-¿No les preocupa que algún satélite espía pase por aquí y los descubra?

-Buena pregunta; quedó pensativa Lizbeth.

-Pero tranquila, los satélites nunca pasan por aquí y la razón es muy simple; empezó a explicar Lizbeth. Todos los satélites del mundo son nuestros; absolutamente todo es controlado por nosotros.

Ana estaba sorprendida.

-¿Pero cómo es eso posible?; quiso saber.

-Porque nosotros somos la especie dominante en este planeta y no los humanos; respondió orgullosa Lizbeth.

-¿Y los humanos no lo sospechan?; quiso saber.

-Claro que no, de vampiros saben solo lo que nosotros queremos que sepan; continuó Lizbeth.

-Sé que es extraño. Y tal vez lo que más te cueste al principio es aceptar que cuando te volviste vampiresa y cazaste por primera vez para alimentarte, dejaste de ser humana, para convertir en un muy poderoso depredador que debe alimentarse de sangre humana. Ahora tú y María pertenecen a la especie dominante. Lo mejor de todo esto es que ustedes van a estar juntas para siempre.

-¿Cómo te sentiste la primera vez que cazaste?; preguntó Lizbeth.

-Poderosa. ¡Muy poderosa!; contestó Ana.

-¿Y te gustó sentirte así?; quiso saber la Princesa.

-Sí mucho; dijo la joven.

-A mí también me gustó la primera vez; le comentó Lizbeth.

De pronto una fuerte ventolera pasó junto a ellas y las rodeó como un remolino.

-¿Qué es esto?; preguntó alarmada Ana.

Lizbeth, extendiendo sus abrazos atrapó a dos pequeños.

-Son mis hijos. Vampiros de raza pura; dijo orgullosa.

La noche había caído sobre París. Las jóvenes chilenas empezaron a sentir hambre; la ansiedad crecía en ellas. Alguien golpeó la puerta de la habitación. Parada afuera estaba Lizbeth acompañada de una mucama cargada de varias cajas llenas de ropa y calzados. María se apresuró a recibirle parte de su carga.

-Pobrecita, déjame ayudarte, eso debe estar muy pasado; dijo María.

-¿Eso es un chiste chileno Madame?; preguntó la doncella.

-No Francine, lo que pasa es que ellas hace muy poco que son vampiresas y nadie les ha enseñado; aclaró Lizbeth.

-¿Francine serías tan amable de mostrarles a estas señoritas lo fuerte que puede ser una vampiresa?; solicitó la Princesa.

-Encantada Madame; obedeció la criada.

-¿Podrían por favor sentarse en la cama señoritas?; les solicitó la joven.

Ana y María suponían que les haría alguna demostración de fuerza, tipo fisicoculturistas, así es que se llevaron una gran sorpresa cuando la doncella levantó con una sola mano a un metro de altura, la pesada cama en que ellas estaban sentadas.

Ana comprendió que no tenían conciencia de qué implicaba en todos los sentidos ser un vampiro.

-Me disculpo si te ofendí Francine, yo solo quería ayudarte; se excusó María.

-Está bien señorita, es comprensible la equivocación; aceptó la joven.

-Elijan algo cómodo para vestir esta noche; sugirió Lizbeth.

-¿Vamos a ir a alguna clase de fiesta?; preguntó Ana.

-Mi madre y yo las vamos a llevar a conocer París de noche; anticipó la Princesa.

Por el brillo en los ojos de ella, comprendieron que no se trataba de una fiesta.

Ana y María eligieron jeans, botas y chaqueta de cuero.

Lilith las esperaba en la entrada del castillo, vestida con un buzo negro y botas negras; llevando su cabellera tomada en una cola.

-¿Listas?; preguntó.

-Sí señora; contestó Ana.

-Entonces corramos hasta que ni el viento nos vea; dijo entusiasmada.

Un viento extraño entró en la ciudad.

-Ahora cazarán solas; dijo Lizbeth.

-No olviden confundirse con las sombras; aconsejó Lilith.

María vio a una mujer que caminaba cargada de bolsas de compras; la siguió hasta que se detuvo en un paradero de buses. Una vez a su lado, después de preguntarle la hora, la miró a los ojos.

-Acompáñame; le dijo a la mujer, la que dejando las bolsas en el suelo la siguió.

-La acaba de hipnotizar; observó Lilith.

María condujo a la mujer, que no oponía ninguna resistencia, a un callejón oscuro.

La desafortunada mujer ni se inmutó al momento en que María succionaba la vida de su cuerpo.

Lilith, Lizbeth y Ana se reunieron con María, cuyos ojos brillaban de energía y placer.

-Ahora es tu turno Ana; indico Lilith.

Se dirigieron a un parque en medio de la ciudad; Ana de pronto desapareció del lado del grupo. -Ahí está, dijo Lizbeth; señalando una rama de un árbol. Ana agachada acechaba sobre una rama; dando la impresión de ser una pantera cazando en la noche.

Sin hacer el menor ruido, Ana fue saltando de árbol en árbol, como si realmente se tratara de un gran felino. Finalmente localizó a su víctima; un solitario hombre que paseaba por el parque. Sigilosamente se posicionó sobre la rama del árbol que estaba junto a él. Silenciosamente, Ana se dejó caer a espaldas de él; tapándole la boca y mordiendo su cuello, de un salto lo llevó hasta una rama que la ocultaba totalmente. Todo ocurrió en forma muy rápida y silenciosa.

-Impresionante; exclamó Lizbeth.

Habían surgido a la superficie los depredadores que en silencio se habían desarrollado dentro de María y Ana, en el momento en que se convirtieron en vampiresas.

Ana se reunió con sus compañeras, con un intenso brillo en sus ojos, mientras se lamía los labios disfrutando la agradable sensación que le  provocaba la sangre.

-Las felicito a ambas; exclamo Lilith. -Estoy orgullosa de ustedes.

-Vamos a jugar al bosque; propuso Lizbeth.

-Estupenda idea; celebró Lilith.

Como una exhalación, las cuatro vampiresas salieron de la ciudad y se internaron en el bosque. Saltaban de rama en rama y giraban alrededor de los árboles orientadas solo por su visión térmica.

-Niñas me siento muy contenta de que ustedes estén ahora con nosotras; por favor siéntanse en su casa y considérennos sus amigas; habló emocionada Lilith.

-Señora sus palabras nos honran, es usted muy amable; respondió Ana.

De forma imprevista y sin  previo aviso, Lizbeth lanzó una violenta y rápida patada a la cabeza de María y Ana. María retrocedió tambaleándose y calló sentada al suelo. Ana en cambio salto hacia atrás y cayó de pie algo reclinada; sus ojos tenían un brillo rojizo y sus manos se armaron con las garras. Rápidamente se lanzó contra Lizbeth, con una mano por delante; esta detuvo el golpe en el aire, mientras golpeaba con una pierna hacia la cintura de Ana; la cual atrapó con su mano libre. De un salto Ana se elevó llevando a Lizbeth con ella; soltándola en el aire. Ágilmente Lizbeth giró, cayendo de pie, mientras sacaba sus garras.

-¡Suficiente Lizbeth!; ordenó la Reina. -Ana ha superado tu prueba.

-¿Prueba?; preguntó Ana.

-Después de verte cazar, decidí probar tus reacciones ante un ataque  inesperado y traicionero Ana. Tu respuesta ha sido más que satisfactoria. Has sido una adversaria digna y poderosa; le explicó Lizbeth

-Yo solo reaccione en forma refleja e instintiva; dijo Ana.

-Espero que sigamos siendo buenas amigas, Cadete Eguigurren; agregó la Princesa.

-¿Cadete? ¿Eso significa lo que yo creo qué significa?; preguntó atónita Ana.

-Solo si tú aceptas; aclaró Lizbeth.

-Siempre que María no se oponga; contestó Ana.

-No lo sé, ¿y si te pasara algo? Ser militar es peligroso; objetó María.

-Los vampiros somos prácticamente invulnerables, el entrenamiento solamente la haría más poderosa; opinó la Reina.

-En ese caso tiene mi permiso; dijo María.

Jacques, Lilith, Lizbeth y el Doctor Lacroix se reunieron para discutir el complicado caso de Chile.

-Como ya le conté doctor, en Santiago de Chile hay vampiros que han sido dejado libres a su suerte, cuando fueron transformados nadie les explicó nada de su nueva condición; solo eran dejado tirados después que alguien se alimentó durante una luna de sangre, teniendo que valerse solo de sus instintos para poder sobrevivir. En este momento no sabemos cuál es la población de vampiros en ese país. Quiero pedirle Doctor Lacroix que determine el tamaño de esa población, localice y capture a todos los vampiros de ahí y se preocupe de que reciban la educación y acondicionamiento apropiado; explicó la Reina.

-Es necesario que los vampiros de ese país sean trasladados momentáneamente al centro de control más cercano en Sudamérica, el cual me parece está en Buenos Aires, la capital de Argentina. Para poder llevar a cabo esta operación doctor contará con el apoyo de  una unidad de las Fuerzas Especiales junto a la cual deberá ir a Chile; esta será una misión de búsqueda y captura que debe ser realizada de tal manera que los humanos no sospechen ni se enteren de nada; ordenó Lizbeth.

-Es necesario que desarrolle un método para poder localizar en forma rápida a esos vampiros doctor; comentó Jacques Laberne.

-Podemos usar un satélite espía, ya que nuestro cuerpo genera un campo electromagnético muy particular y distinto al de los humanos; es solo cosa de recalibrar los sensores de uno y listo; después lo volvemos a dejar como estaba, así evitamos el riesgo de que los humanos se den cuenta de nuestra existencia; opinó el doctor.

-Puede llevar a María y Ana con usted doctor, ya que ellas nacieron en esa ciudad  serán muy útiles como guías; sugirió Lilith.

María se paseaba por la habitación tratando de comprender el mecanismo de modificación del funcionamiento genético que había tras el proceso de transformación de humano en vampiro; pero el libro estaba escrito en francés, el cual no se le hacía fácil. Tan absorta estaba que no escuchó la puerta que se abrió a su espalda. Sigilosa una figura se aproximó por atrás y sin que alcanzara a reaccionar, María sintió que la tomaban por la cintura al mismo tiempo que unos suaves labios besaban su cuello. Cuán grata era esa sensación y cuanto la extrañaba; desde que Ana había comenzado su entrenamiento militar y ella había ingresado nuevamente a la universidad, ya no tenían mucho tiempo para estar juntas.

-Hola linda; le susurró Ana al oído.

-Hola gatita; le contestó María.

-Estoy emocionada, mañana vamos a ir a Chile; le dijo Ana.

-Sí, necesitan dos expertas guías para esta misión; rió María.

En el salón de conferencias se reunieron junto al Doctor Lacroix, el teniente Díaz y la Princesa Lizbeth, quien ahora lucía su uniforme militar, en cuyos hombros destacaban tres estrellas y una franja, que indicaban su grado de Coronel de ejército.

-Muy bien, como ya saben, en Chile hay un grupo sin censar de vampiros; no sabemos en qué condiciones se encuentran, ni cuál es su estado mental y social; el Doctor Lacroix puede darles detalles al respecto; explicó la comandante.

-Nuestros satélites espías nos han permitido localizar cincuenta vampiros en el territorio de Chile, todos concentrados dentro de la ciudad de Santiago. Varios de ellos se mueven solo en la noche; debemos averiguar por qué; informó el doctor.

-En caso de que la misión se complique, la operación cambia a estatus militar y quedará a cargo del teniente Díaz. En el supuesto de una contingencia incontrolable, usted y sus hombres están autorizados para hacer uso de vaporizadores, teniente; aclaró la Princesa.

-Entendido Coronel; respondió el aludido.

-Igual que con el caso del Wendigo; protestó el doctor.

-¿Wendigo?; preguntó sorprendida María.

-Sí, el primero con que tenemos contacto y a la Princesa no se le ocurrió nada mejor que vaporizarlo; siguió alegando el doctor.

-Y de nada sirvió; contestó la Princesa distante. -Estaban en peligro la vida del general Renoir y la mía. Esa cosa tenía la fuerza suficiente para habernos descuartizado. Habría sido muy negligente intentar capturarlo y poner en riesgo nuestra sociedad; explicó Lizbeth.

-La comprendo Princesa, pero entienda la oportunidad científica que perdimos; seguía insistiendo el doctor.

-¿Debo recordarle su propio dicho doctor? “La única diferencia entre el genio y la estupidez, es que el genio tiene un límite”; concluyó molesta la Princesa.

-Ana y María, ya que nacieron en Santiago serán sus guías, solo eso. ¿Entendido?; indicó Lizbeth.

Todos asintieron sin discutir más; la Princesa se había puesto de muy mal humor.

-Ya tienen sus órdenes. Pueden retirarse y buena suerte; les deseó a todos.

-Teniente, dijo en privado a su subalterno, evite que el doctor se meta en líos; si es necesario arréstelo; pidió la Princesa más en tono de favor que una orden.

-Pierda cuidado Coronel Laberne, yo seré su niñera; dijo el Teniente Díaz y se marchó.

Dos días después, un Vampiro Fantasma se posaba sin hacer ruido en un sitio despoblado de la ciudad.

Durante dos días y noches, el equipo logró localizar y poner bajo custodia en estado suspendido a cuarenta de los vampiros. La captura de ellos fue relativamente sencilla. Sin embargo, diez se agrupaban en un sector de la periferia, lo que obligaba a los soldados a alejarse un poco de su campamento; este grupo estaba activo solamente durante la noche y el Doctor Lacroix necesitaba averiguar por qué.

Esos vampiros eran muy esquivos; sobre todo cuando empezaba  a salir el sol. Estaba claro que trataban de evitar la luz del día. Ese grupo estaba en una zona de irregularmente baja densidad poblacional; lo que indicaba que su depredación había sido excesiva.

Por tal motivo, los soldados decidieron ponerles una trampa. Una joven cabo, vestida de civil actuaría como carnada.

Paseaba distraídamente por una calle oscura. La cabo Gómez escuchó a alguien que la acechaba a quinientos metros. Se apoyó en un poste y dejó que su acosador se acercara más; cuando lo tenía a solo cinco metros de ella, como un rayo giró y lanzó una cuerda que se enrolló apretadamente en torno a su atacante, haciéndolo caer inmovilizado al suelo.

Ante la confundida soldado se hallaba un extraño sin cabellos, ojos rojos, puntiagudas orejas y largas garras, quién forcejeaba por soltarse; no se parecía en nada a un vampiro normal. En vista de que el extraño amenazaba con romper sus amarras, la cabo Gómez manipuló en su cinturón y una descarga eléctrica bloqueó el sistema nervioso de ese ser, dejándolo inconsciente.

Al rato llegó el resto del equipo. Todos quedaron muy sorprendidos de la apariencia tan desagradable de ese vampiro.

-Realmente fascinante; exclamó el doctor. -Es necesario hacer varios estudios para saber ante qué nos enfrentamos.

Por accidente un soldado encendió una linterna de luz ultravioleta, cuyo haz tocó la mano del extraño capturado.

Inmediatamente vieron como se producía una grave y humeante quemadura en su piel.

-Eso explica por qué su período de actividad se limita solo a la noche; observó el Doctor  Lacroix.

Para mantenerlo quieto, en la entrada de su celda, encendieron una barra de luz ultravioleta.

-Va uno y quedan nueve; dijo el teniente Díaz.

-¿Qué nos puede decir Doctor Lacroix?; quiso saber el oficial.

-Aunque son fuertes y rápidos, son poco reflexivos, incluso yo diría que son salvajes; por otro lado, nosotros estamos en ventaja, ya que no nos afecta la luz del sol. Podemos capturarlos fácilmente de día, mientras duermen; opinó el doctor.

-No creo que necesitemos esperar tanto doctor; desde que ese bicho despertó, ha estado generando un sonido de muy baja frecuencia, imperceptible en forma natural por nosotros. Si no me equivoco y nunca lo hago, está pidiendo ayuda a sus compañeros; dijo segura de sí misma la cabo Gómez.

-A eso se debe la forma de las orejas; concluyó el doctor.

-Teniente, esos bichos ya vienen para acá; informó Gómez.

-Muy bien, enseñémosle cuál es la raza de vampiros dominante. Cierren sus trajes; ordenó el teniente Díaz.

-Por favor manténganse detrás mientras nosotros nos encargamos, pidió la sargento Gatica a los civiles.

Cuando ya los tenían encima casi, el teniente ordenó atarlos con cuerdas. Sin embargo, los extraños las esquivaron; de alguna forma sabían hacerlo.

La sargento Gatica disparó un arma paralizante contra uno de los otros, pero éste ni se inmutó, continuó avanzando hacia ella; cuando estaba a punto de darle un zarpazo, el extraño vampiro se iluminó y se convirtió en una niebla que se disipó pronto.

La cabo Gómez había disparado justo a tiempo su vaporizador contra esa cosa.

La orden del teniente Díaz no se hiso esperar. -Vaporícenlos a todos; gritó.

Las armas de los soldados hicieron blanco en siete objetivos más. El aire, por un momento, quedó lleno de una fina capa de niebla.

El grupo de comandos se miró satisfecho; habían demostrado una vez más que eran la especie dominante sobre el Planeta Tierra.

El teniente Díaz permitió que los civiles descendieran de la nave.

-Doctor, los tuvimos que vaporizar a todos, de alguna forma sabían cómo defenderse de nuestras técnicas; informó el teniente.

-Por suerte pudimos contener a los ocho doctor; celebró la sargento Gatica.

-¿Ocho?, deberían haber sido nueve; corrigió el doctor.

-No percibo nada; dijo la cabo Gómez.

-¡Teniente!; gritó un soldado. -Una estela térmica se aproxima a gran velocidad; imposible hacer blanco.

-Activen barreras de energía; ordenó el oficial.

María cayó violentamente contra el suelo; sobre ella se pudo ver otro de esos horribles vampiros. Ella duras penas le sostenía las manos para que no la rasguñara, al mismo tiempo que alejaba la cara lo más posible de sus asquerosos colmillos.

Un soldado desenfundó su vaporizador y apuntó contra esa cosa.

-No dispare soldado, ordenó la sargento Gatica. -Vaporizaría a María también.

El terror de Ana pronto se convirtió en furia. Su novia estaba siendo atacada y eso no se lo permitiría a nadie. Sin siquiera pensarlo se abalanzó contra ese engendro, tomándolo fuertemente por el cuello y separándolo de María. Sin soltarlo dio un violento salto que la elevó unos quince metros; la cosa no alcanzó a reaccionar. Girando en el aire, con su presa en la mano, Ana aterrizó, estrellando en forma brutal al extraño contra el concreto.

Ana estaba cada vez más enfurecida. Sus ojos parecían dos puntos rojos brillantes, mientras que sus manos estaban fuertemente armadas de garras.

La criatura se incorporó y se lanzó contra la muchacha, quien la recibió con una impresionante patada en la cabeza, arrojándola a unos cuantos metros de distancia.

El ser era muy fuerte y se levantó nuevamente. En un rápido movimiento, Ana se puso a su espalda; tras replegar las garras de su mano derecha, asestó un tremendo puñetazo en la espalda del horripilante vampiro; el cual ya no se volvería a levantar más, porque su columna vertebral se partió en varias partes.

El brillo de los ojos de Ana era incandescente, manaba un intenso odio de cada poro de su cuerpo.

-¡Trataste de matarla, maldito!; fue lo único que dijo Ana cuando descargó su mano izquierda contra el cuello del monstruo, cuya cabeza rodo por el suelo, cortada por las garras de la joven.

-¡Cálmate Ana!; dijo el teniente Díaz. -Ya pasó.

Poco a poco Ana se tranquilizó. Sus ojos volvieron a la normalidad y sus garras se replegaron.

Cuando alguien iba a ver si estaba bien, se escuchó la voz del Doctor Lacroix que gritó. -¡No la toquen!

-Ana entró en contacto directo con la sangre de la criatura. Ella y María deben ser puestas en cuarentena ahora mismo; ordenó el doctor.

María y Ana fueron llevabas al avión y se les ordenó entrar en dos celdas, las que cerraron con barreras de energía.

La situación de ambas era incierta. El Doctor Lacroix debía averiguar rápido por qué esos vampiros eran tan distintos a ellos y si el agente que provocaba la mutación era transmitido por contacto directo o solo por mordedura.

-¿Y ahora doctor?; consultó preocupado el teniente Díaz.

-Vayamos a la base de las Islas Griegas, ahí está el mejor laboratorio; propuso el médico. -Informe a la Princesa de nuestra situación.

A los pocos minutos la nave se encontraba sobre espacio aéreo griego. Sus instalaciones eran las mejores y más avanzadas de toda la Nación Vampira.

En la base un operador de comunicaciones llamaba  a su comandante.        -Señor, es mejor que venga para acá, por favor. Es serio.

El comandante de la base era un hombre práctico y muy observador del protocolo, propio de los oficiales en los que se mezcla el militar y el científico.

-¿Qué es tan importante como para molestarme?; preguntó al operador que lo había llamado.

-Señor, una unidad de “La Rosa Negra” solicita permiso para aterrizar. Indican emergencia médica; dijo el aludido.

-Comandante, se escuchó una voz por el intercomunicador. -Soy el Doctor Pierre Lacroix y le solicito acceso de emergencia a sus instalaciones de investigación  biológica. Dos miembros de nuestro equipo han sido expuestos a un agente mutágeno desconocido y deben ser sometidos a análisis y descontaminación. Por favor, que su equipo nos reciba vistiendo trajes de aislación biológica de Nivel Cuatro; dijo directamente el médico.

-¡Nivel Cuatro!; exclamó el comandante de la base. -¿Está consciente de lo que pide? Aquí se  producen las unidades de sangre de emergencia. El protocolo de higiene es muy estricto; gruñó el comandante.

-Lo entiendo perfectamente, yo mismo diseñé el protocolo, pero esto es una emergencia; gritó el doctor.

-Señor; interrumpió el operador de comunicaciones. -Está entrando una comunicación encriptada de Prioridad Omega desde Francia.

Una pantalla de un metro se iluminó, mostrando a una muy seria Princesa. Lizbeth lucía su uniforme de Coronel y la insignia de la rosa negra, que era el distintivo personal de la Princesa de la Nación Vampira. La doble autoridad de Lizbeth Laberne era algo difícil de ignorar.

-¡Comandante!; dijo en tono muy diplomático. -Por favor le solicito que autorice el aterrizaje de mi equipo y que tengan acceso a todo lo que requieran.

-Eso es poco aconsejable, Alteza. El trabajo que en estas instalaciones se realiza es muy delicado y requiere de las más estrictas medidas de aislación; se opuso el comandante.

-Teniente Coronel Sartorius; cortó Lizbeth haciendo evidente la diferencia de rangos, la operación que realiza el equipo del Doctor Lacroix es vital para asegurar la supervivencia de nuestra raza; así es que, si esa nave no ha aterrizado en dos minutos, mis tropas de asalto tomarán e intervendrán esa base, poniéndola bajo el control militar de La Casa Real. Supongo que comprende lo que eso significa para su carrera, coronel.

Otra pantalla mostró diez Vampiros Fantasmas que se hacían invisibles, lo cual indicaba que estaban listos para despegar.

El comandante tragó saliva e hizo un gesto con la mano al operador de comunicaciones.

-Aterricen en la pista número dos; indicó el operador.

Ana y María fueron alojadas en salas de confinamiento aislado; fueron bañadas con distintos tipos de soluciones desinfectantes y sus ropas quemadas. Se les habilitó un sistema de comunicación interna para que pudieran hablar entre ellas.

-Siento mucho todo esto; dijo María. -Por culpa mía te has expuesto a quién sabe qué cosa.

-¿De qué estás hablando? Tú estabas en peligro y yo tenía que ayudarte; no podría soportar vivir una eternidad si te hubiese perdido. Te amo y lo sacrificaría todo por ti; contestó Ana.

-Yo también te amo; dijo María con las manos apoyadas en el vidrio blindado que las separaba.

El análisis del extraño vampiro permitió averiguar que el agente mutágeno era transmitido por medio de la mordedura; o lo que es más correcto, por medio del contacto entre líquidos corporales. Esto descartaba que el contacto físico común fuese una vía de infección.

Después de dos semanas, tras una serie de exámenes, se pudo concluir felizmente, que Ana y María estaban totalmente sanas. Se pudo establecer también que originalmente, María había sido transformada por  un vampiro común y corriente.

La mutación que había dado origen a los vampiros extraños había sido provocada por un gen recesivo que se encontraba presente en algunos humanos, y que para poder expresarse, se debía combinar con su versión presente en algunos vampiros. Para evitar que en un futuro volvieran a surgir esos mutantes, ese gen sería eliminado del genoma de los vampiros.

Ana y María fueron dadas de alta y pudieron abrazarse nuevamente, después de estar tres semanas separadas.

El comandante de la base estaba contento porque al fin todo volvería a la rutina tan querida de su pequeño dominio.

Un Vampiro Fantasma solicitó permiso para aterrizar.

-¿Pero qué diablos pasa? ¿Es que no me van a dejar tranquilo?; gruño el comandante.

Un destacamento de soldados de las Fuerzas Especiales, encapsulados en sus negros trajes de combate descendió de la nave, formando dos filas paralelas. Enseguida descendió Lizbeth, luciendo en su traje ambas insignias que indicaban su doble estatus de autoridad.

Escoltada por su guardia personal la Princesa se dirigió hasta el teniente Coronel Sartorius.

-Al fin nos conocemos personalmente comandante; saludó Lizbeth.

-¡Princesa!; saludó el comandante, mientras se cuadraba ante su superior.

-Fue incómoda nuestra primera entrevista comandante; recordó la coronel Laberne, mientras movía la cabeza de lado a lado; al tiempo que arrancaba las jinetas de los hombros del atónito oficial.

-¡Pero Señora, yo obedecí sus órdenes!; protestó él entre rabia y humillación.

-Ya no necesita más esas insignias; le dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-Ya no las necesita, General.

Un soldado se acercó a la Princesa trayendo una cajita de oro en sus manos. En su interior lucían las insignias de general.

-¡Perdón! ¿Cómo dijo?; preguntó incrédulo el comandante.

-Dije General; repitió Lizbeth, al tiempo que fijaba las nuevas jinetas en los hombros del ascendido oficial.

-Su comportamiento ante la inminente crisis que enfrentó nuestra raza; su celoso juicio para cumplir al pie de la letra los protocolos de seguridad y su capacidad de respuesta ante situaciones inesperadas, lo convierten en el candidato perfecto para comandar la nueva “Fuerza de Respuesta Biológica”. Su jurisdicción es a nivel planetario y depende directamente de La Casa Real y solo ante ella responde. De las Fuerzas Especiales puede elegir a quién usted estime conveniente para formar una fuerza de elite única en su género; explicó la Princesa.

-Lo felicito General Sartorius; saludó militarmente Lizbeth y luego estrechó su mano.

En el avión de la Princesa iban el Doctor Lacroix, Ana y María.

-¿Qué le parecen ahora  las experiencias de campo doctor, satisfacen su curiosidad científica?; preguntó Lizbeth.

-Fue muy enriquecedora, pero definitivamente prefiero mi laboratorio; comentó el médico.

-Además tengo un nuevo libro que escribir sobre mutaciones del ADN vampiro y espero que María, con quién compartiré la autoría me ayude, ya que es un genio; continuó el doctor mientras sonreía a María.

-¿Y tú Ana?; quiso saber la Princesa.

-Supongo que de vuelta a la Academia para seguir mi entrenamiento; contestó la cadete Eguigurren.

-Según lo que me contó el teniente Díaz y según recomendación de él, debes incorporarte al curso de entrenamiento avanzado de combate; comentó Lizbeth.

-Pero ese es solo para futuros oficiales; observó Ana.

Lizbeth no contestó nada, solo le guiñó un ojo.

-Por ahora creo que nosotros cuatro nos merecemos unas buenas vacaciones en una playa tranquila del Mediterráneo; sin monstruos, ni libros, ni trabajo. Tres semanas con solo mar, arena y sol, propuso Lizbeth con un pícaro brillo en los ojos.

-¿Sin libros pequeña? ¿Y ese que llevas en el estuche del cinturón?; preguntó el doctor, recordando cuando la pequeña Lizbeth era solo una niña humana.

-Es solo uno chiquitito doctor; dijo mientras le sacaba la lengua y lo abrazaba recordando cuando la cuidó a los quince años, siendo humana todavía, la vez en que se torció un pie.

 

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 3 – Hielo de Muerte

Registro Safe Creative N° 1710013637887Safe Creative #1710013637887
Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 3
Hielo De Muerte

La nieve caía con ganas en esa época del año en el pequeño pueblo de Alaska. Aunque decir pueblo era decir demasiado; antes había sido una próspera estación maderera, pero eso ya era historia pasada. Los jóvenes, de a poco, empezaron a emigrar hacia las ciudades; apenas tenía ahora unos cien habitantes y los únicos ingresos provenían de los escasos turistas que de vez en cuando iban de excursión.

-¡Y pensar que ahora podría estar asoleándome en el Mediterráneo!; alegó la bella joven.

-¡Vamos querida!, siempre es lo mismo; ya teníamos que cambiar el paisaje. Además necesitábamos vacaciones solos tú y yo, sin los niños; le dijo  su marido mientras la tomaba de la cintura para besarla.

-Sí es cierto, en eso tienes razón; pero podría haber sido un lugar con más sol y calor. Me llegan a doler los huesos de frío; siguió reclamando la mujer.

-Sabes que eso no es posible Liz; le dijo el hombre a su esposa mientras le daba una palmadita por detrás.

-¡Está bien!; aceptó resignada. Si no hay alternativa disfrutémoslo entonces; dijo y se tiró sobre él.

-¿Qué es esto?; preguntó Liz, mostrando una bolsa de rojo líquido en la mano. -¿Comida en conserva?

-Bueno, este pueblo tiene apenas cien habitantes ¿Te imaginas qué pasaría de lo contrario, con nosotros dos aquí un mes?

-¡Sí!, lo dejaríamos reducido a menos de la mitad; Lizbeth se encogió de hombros y aceptó.

-¿Qué tal si vamos a conocer el lugar?; propuso la joven.

Entraron en el único restaurante, el cual era atendido por su dueño y además alcalde del poblado.

¡Oh!, pasen, pasen, los atiendo enseguida; corrió a prepararles una mesa a los recién llegados.

-Permítanme ofrecerles la especialidad de la casa; filete de reno con puré de patatas; es delicioso.

-¿De paso por nuestro hermoso pueblo?; preguntó el encargado.

-Sí. Vamos a estar un mes; contestó el hombre.

-Por su acento supongo que no son de por acá; observó el dueño del local.

-Somos de Francia; contestó la joven mujer.

-¡Oh, Francia! ¡Estupendo!; dijo el alcalde.

-Estupendo; pensó para sí, imaginando todo el montón de euros que gastarían esos turistas ahí.

-¡Váyanse de aquí! Es peligroso. Todos deberíamos irnos; se acercó una vieja mujer que había estado sentada en otra mesa.

-¡Por favor Gladys!, no empieces con eso de nuevo; la paró enojado el alcalde.

-¿Pasa algo?; preguntó el forastero.

-¡No, claro que no!, son solo cuentos de viejas supersticiosas; dijo el encargado.

-¡No on cuentos! Hace cien años en un invierno como este, murieron tres leñadores. Se los llevó el Wendigo. Y este invierno está igual de frío; advirtió la vieja india.

-¡Ya Gladys!, termina de una vez. Siéntate y tómate un trago mejor; le ofreció su amigo.

Lizbeth y Marcel se encogieron de hombros y se dedicaron a comer su almuerzo, el que por cierto tenía buen sabor.

No había mucho que hacer en el pueblo, aparte de vida social en el restaurante; así es que el matrimonio de turistas se lo pasaban ahí y en su cabaña, ya sea leyendo, jugando a las cartas y a algún otro tipo de juegos.

Cuando estaban precisamente en uno de esos juegos, escucharon un alboroto desusado que venía de la calle.

Después de ponerse presentables salieron a ver qué ocurría.

La gente se agolpaba alrededor de la única camioneta que había en el pueblo.

En la parte trasera de esta traían a un joven muy robusto, con el pecho desgarrado.

El doctor, después de observarlo, sentenció. -Lo ha matado un lobo.

-Un lobo no se come solo el corazón y deja el resto; se escuchó la voz de la vieja Gladys. -Es el Wendigo que ha vuelto.

-Ya córtala con eso Gladys; cortó el doctor. -El Wendigo no existe, más que en tus botellas.

Todos los presentes rieron, más para tranquilizarse que por el chiste.

-¿Pasa algo malo?; preguntó Marcel.

-¡Oh, no nada!; contestó presuroso el alcalde.

-Es que un pobre muchacho fue atacado por lobos. Eso no es muy raro por estos lados.

A los dos días apareció otro hombre muerto en el bosque; también a él un animal le había arrancado el corazón. Hacía tanto frío que cuando lo encontraron el cadáver ya estaba congelado.

En la cabaña el matrimonio conversaba sobre lo acontecido aquellos días en el pueblito.

-¿Qué opinas Liz?, ¿crees qué sean lobos los que están atacando?; preguntó Marcel.

-No lo sé. Desde que llegamos no he escuchado ningún lobo y ahora que lo pienso, eso es extraño en esta región; contestó Lizbeth.

-Al menos estoy segura de que tú y yo no hemos tenido nada que ver  con esas muertes; le dijo a su esposo, mientras le guiñaba un ojo.

Ella se paseó un ratito, al cabo del cual se sentó y tomó una maleta que había junto a la cama.

-¡Ya no aguanto más la curiosidad!; dijo al tiempo que de la maleta sacaba un cintillo de metal y se lo tiraba a su marido.

Perplejo lo tenía en la mano mientras miraba en el interior de la maleta.

-¿Trajiste esto a nuestras vacaciones?; exclamó atónito.

-Ya sabes; dijo ella. -Es mejor tener uno y no necesitarlo, que necesitar uno y no tenerlo.

Dentro dos trajes negros de un extraño material brillante estaban perfectamente doblados.

-¿A quién se le ocurre llevar trajes de combate furtivo a sus vacaciones?; seguía sin poder creerlo Marcel.

-¡Ya deja de alegar y póntelo!, tenemos que averiguar qué pasa. ¿O te tragaste el cuento de los lobos? Aquí hay un depredador y esta vez no somos nosotros; dijo tajante la mujer.

Ya embutidos en los trajes parecían dos estatuas de mármol negro, pero que a pesar del brillo, no reflejaban ninguna luz.

-Ya sabes el dicho: puedes alejar al ejército de tu esposa, pero no a tu esposa del ejército; acababa de inventar Lizbeth.

-Además, no puedes negar que  me veo muyyyyy bien con este traje; rió coqueta la joven.

Marcel no pudo más que aceptar, mientras admiraba la hermosa figura de Lizbeth.

-¡Bueno Coronel Laberne! ¿Está lista?; pregunto Marcel.

-¡Lista General Renoir!; contestó Lizbeth mientras se cuadraba militarmente, haciendo sonar los tacos de sus botas.

A los pocos minutos los dos soldados estaban en medio del bosque. Eran dos sombras que parecían fantasmas al moverse. Ni siquiera su respiración se oía. Gracias a los cintillos que llevaban puestos no necesitaban pronunciar palabra alguna para poder comunicarse; era la última incorporación al equipo estándar de las secretas Fuerzas Especiales de la inexistente, al menos para los humanos, Nación Vampira.

Aguzando sus sentidos al máximo rastreaban cada centímetro de bosque. A sus oídos llegaba el sonido de cada copo de nieve que caía; su visión infrarroja hacía que ninguna sombra en ningún lugar del bosque quedara oculta.

Nada podría escapar a dos comandos vampiros; sobre todo teniendo en cuenta que esos dos soldados eran los mejores guerreros de sus fuerzas armadas.

Sin embargo…

Lizbeth no alcanzó a darse cuenta cuando cayó derribada por un monstruoso ser de dos metros y medio de alto.

Marcel corrió a ayudar a su esposa pero fue lanzado a unos cuantos metros de un solo golpe de esa criatura.

Lizbeth estaba inmovilizada bajo el peso de esa cosa.

Viendo a su marido incorporándose de a poco, lanzó sus piernas hacia arriba; haciendo caer de espaldas al extraño ser.

Una vez de pie ella cubrió su cara con la careta del casco y descargó toda su furia en una verdadera andanada de patadas; ni siquiera un vampiro podría haber resistido ese brutal castigo sin sentir mucho dolor al menos. Pero eso era fuerte, extremadamente fuerte.

Cuando Marcel se pudo poner de pie, se abalanzó hacia el monstruo, con una pierna por delante, mientras giraba y con la otra golpeaba violentamente su cabeza, un viejo truco que siempre funcionaba.

Al verse superada en número, la criatura escapó internándose en el bosque.

Una vez solos, los dos esposos se miraron perplejos.

-¿Estás bien?; pregunto Marcel.

-Humillada pero bien; contestó Lizbeth. -¿Y tú?

-Sí, bien también.

-Volvamos a la cabaña; dijo Lizbeth. -Tengo miedo.

Marcel asintió. Nunca pensó que sería testigo del día en que su esposa, la Coronel Lizbeth Laberne, Comandante de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira sintiera miedo; y siendo sincero, la verdad es que hasta él sentía algo de temor en ese momento.

-¿Qué diablos fue eso? Si no fuese porque se activó la barrera de energía del traje creo que me podría haber matado; dijo Lizbeth entre preocupada y avergonzada.

-A pesar del escudo casi me saca la cabeza con ese golpe; se quejó Marcel.

En la cabaña ambos guardaban silencio.

Nunca un vampiro había enfrentado a un enemigo igual o más poderoso que él. Siendo la especie dominante en el planeta, resultaba difícil de aceptar.

-Veamos qué información tenemos  sobre esa criatura; empezó Lizbeth a teclear en su computador portátil. -Nuestra base de datos no muestra nada; veré en Internet.

-¿Cómo lo llamó la india?; preguntó la mujer.

-Wendigo; contestó Marcel, mientras comprobaba que los trajes no hubieran sufrido daño.

-¡Aquí está!, Wendigo: “Criatura perteneciente al folclore o mitología de los aborígenes norteamericanos; que se alimenta de corazones humanos; su corazón es de puro hielo”. Eso explica por qué no lo vimos hasta que nos pegó; esa cosa no genera calor, así es que es invisible en infrarrojo; explicó Lizbeth.

-Y como nosotros nos guiamos por nuestra visión infrarroja para cazar, se nos escabulló hasta que nos atacó; completó Marcel.

-Por suerte nosotros también podemos ser totalmente imperceptibles; dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-¿Dice cómo matarlo?; preguntó Marcel.

-Según esto, hay que sacarle el corazón, luego romperlo y finalmente quemarlo; leyó Lizbeth.

-¡Esto es mucho trabajo!; concluyó y tomando un pequeño maletín de plástico sacó dos pistolas y le pasó una a su esposo.

-¡No lo puedo creer!; exclamó éste. -Vaporizadores entre el equipaje de vacaciones. ¿Quién firmó la autorización para sacarlos de una unidad de combate?

-¡Yo la firmé!; contestó molesta Lizbeth.

-Recuérdame revisar el reglamento cuando regresemos; dijo Marcel.

-¡El reglamento está bien!, yo misma lo escribí; terminó Lizbeth.

Marcel prefirió no discutir; tal vez al final y al cabo, las armas traídas por su esposa eran lo único que les permitiría salir de este lio.

-Es mejor que esta vez activemos el camuflaje fantasma; opinó Marcel.

-Sí, tienes razón.

En el bosque los dos se movían totalmente ocultos. El camuflaje fantasma, aparte de volverlos invisibles, los hacía totalmente imperceptible en rangos tanto infrarrojo, como ultravioleta del espectro electromagnético; sus cuerpos así cubiertos, tampoco emitían ningún sonido.

De nada servía intentar rastrear la huella de calor de la criatura; así es que recalibraron los sensores térmicos de sus cascos para que detectaran cualquier cosa más fría que la temperatura ambiente del bosque. El paisaje ahora se veía en distintos tonos de azul.

Su audición amplificada ahora por el casco, les permitió escuchar una leve respiración a unos quinientos metros del lugar donde se hallaban.

En unos cuantos segundos llegaron a un claro en el bosque. Agachado sobre el cuerpo sin vida de otro aldeano, el monstruo sacaba y devoraba su corazón.

La criatura no sabía que en ese preciso instante, estaba siendo observado por dos pares de ojos, que si alguien los hubiese podido ver, habría dicho que eran como brazas al rojo vivo pertenecientes a algún demonio.

-Hasta aquí llegaste; pensó Lizbeth mientras desenfundaba su pistola y disparaba contra aquella cosa.

El rayo pegó de lleno en el cuerpo del monstruo, el que tras dar un alarido, se iluminó completo y se convirtió en una niebla que pronto se disipó.

-Siempre he dicho que la mejor solución es la más…;Lizbeth no alcanzó a terminar su frase. Con incredulidad vio que las volutas de vapor se empezaban a reunir en torno a un punto que fue creciendo hasta alcanzar dos metros y medio de alto.

-¡Esto es imposible!; pensó para sí y para Marcel.

Frente a ellos el Wendigo estaba de pie a pesar de haber sido vaporizado recién.

La criatura miraba a su alrededor buscando qué lo había atacado, pero nada veía.

-¡La leyenda!, recuerda la leyenda; pensaron los dos al mismo tiempo.

-Es hora del Plan “B” querida; pensó Marcel.

-¡Qué diablos!; gruñó para sí Lizbeth, al tiempo que de las pulseras que llevaba en ambas muñecas, surgieron filosas e invisibles espadas.

El monstruo aulló de dolor y espanto al ver caer sus brazos al suelo, sin saber qué los había cortado.

Desde los guantes de Marcel crecían largas garras que ensartó en la espalda de la bestia, abriendo una gran herida que dejaba a la vista un corazón de hielo, el que a causa de los sensores de temperatura recalibrados, los vampiros veían como un gran diamante azul de forma extraña.

Sin perder el tiempo, Lizbeth metió su mano y sacó el congelado corazón.

Marcel con el taco de su bota rompió en mil pedazos el único punto vulnerable de la cosa.

Con ayuda de una bengala encendieron una fogata en la que arrojaron todos los pedazos del horrible corazón del Wendigo. Cuando todos hubieron ardido entre las llamas, el cuerpo del ser que casi mata a dos poderosos vampiros, se convirtió en polvo que se llevó el viento.

Tres días después, los dos turistas cancelaban las cuentas, dejando una generosa propina. El alcalde del pueblo estaba a más no poder de felicidad.

La vieja Gladys se sentó en la mesa que ocupaba la pareja y sonriendo por primera vez en años, les dio las gracias, mientras tomaba sus manos.

-¡Gracias, muchas gracias!; exclamó emocionada.

-¿Por qué?; preguntó Lizbeth con curiosidad.

Profunda se escuchó la voz de la india. -Los espíritus del bosque me han contado algo que pasó ahí hace tres noches.

Los ojos de Marcel se abrieron muy grandes.

-Tranquilos; los calmó la anciana. -Su secreto está seguro conmigo.

-Además, nadie me cree nunca; se rió.

Sacándose un collar, la vieja india lo puso en el cuello de la joven extranjera.

Lizbeth a cambio le obsequió una rosa negra que llevaba en una mano.

Haciendo una reverencia con la cabeza  la anciana agradeció.

-Me honra Princesa.

-¿Pero cómo puede saber…? Lizbeth prefirió no terminar la pregunta.    -Mejor dejémoslo así.

Esa noche la vieja Gladys guardó la rosa negra como su tesoro más precioso.

En la noche se oyó a un lobo aullar en el bosque, todo volvía a su curso normal.