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Historias de la Rosa Negra – Capítulo 2 – El Bosque 6 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 2
El Bosque

En un pueblo pequeño no había muchos negocios para regodearse al momento de comprar, así es que obligada a hacerlo en el único supermercado, aunque tuviera que pagar el doble que en la ciudad; al menos el poco personal que ahí trabajaba era simpático.

La cajera, tal vez queriendo ganarse una propina extra, se hizo la amiga.

-Hola, ¿eres nueva en el pueblo?

-Sí, llegué hoy no más. Voy a pasar unos días.

-¿Dónde te vas a alojar?

-Ohh; en la cabaña de la colina. Es de mi familia; contestó la joven.

-¿Cómo cancelas?; preguntó la cajera.

-En efectivo; contestó la clienta y sacando un fajo de euros se dispuso a pagar.

-¡Pero niña!, no seas tan descuidada. No saques tanto dinero, sobre todo si andas sola; la previno la encargada.

En la otra esquina del supermercado, cuatro tipos de esos que uno no quiere encontrarse en una calle solitaria, observaban a la descuidada joven; con un gesto, sin decir nada, se pusieron rumbo a la colina…

-Bueno gracias, me voy; dijo la forastera.

-¿Quieres que te acompañe alguien?; ofreció preocupada la cajera.

-No gracias; está cerca y es de día aún.

-¡Bueno cuídate!; se despidió la tendera.

Los cuatro tipos llegaron a la cabaña de la colina antes que la joven.

-¡Qué feo adorno!, ¿a quién se le ocurre colgar una rosa negra en la puerta?; preguntó uno de ellos.

Silbando una canción la muchacha abrió la puerta y entró.

El susto que se llevó la chica al ver a cuatro desconocidos dentro de la casa fue mayúsculo.

-¿Qué hacen aquí?, ¿qué quieren?

-¡Hola linda!; dijo uno.

-Pensábamos que podríamos hacer una fiestecita contigo; agregó otro.

Sin otra alternativa, la joven salió corriendo de la cabaña y se dirigió al bosque.

Los cuatro facinerosos rieron burlones.

-¡No te vayas bonita!

-Nos vamos a divertir.

Los cuatro corrieron detrás de la chica, la cual se veía ya algo cansada.

La muchacha en su huida tropezó en una piedra y calló.

Se levantó y miró hacia donde venían sus perseguidores.

Una cacería había empezado.

Sin darse cuenta los cuatro bandidos fueron internándose cada vez más en el bosque.

-¿Pero dónde diablos se metió la maldita?; preguntó uno; la muchacha no se veía por ningún lado.

-Mejor, así es más entretenido; celebró el mayor.

Al volverse para orientarse, los miserables se dieron cuenta de que faltaba uno de ellos.

-¿Dónde se fue Juan?; preguntó uno.

-Debe estar orinando; opinó otro.

-¡Juan!; lo llamaron.

Pero Juan no contestó.

-Allá él, más lana para nosotros.

Después de un rato y detrás de una roca, los tres se quedaron de piedra. Juan yacía tirado; con los labios azules y la piel blanquecina.

-¿Pero qué diablos le pasó?; se preguntó uno de los bandidos, mientras se santiguaba.

-No sé, pero esto no me gusta nada; contestó el que estaba más cerca.

-Encontremos a la mosquita muerta y larguémonos de aquí.

Los tres cobardes dejaron tirado el cadáver de su amigo, sin darse cuenta de las cuatro marcas que tenía en el cuello.

Unos cien metros más allá, se sintió un ruido entre las ramas. Al volverse notaron que ahora solo había dos de los cuatro; Diego ya no estaba.

Un alarido se escuchó entre la espesura.

Corrieron hacia donde habían escuchado el grito, solo para encontrar a su camarada con el pecho abierto.

-¡Le han sacado el corazón!; exclamó uno, mientras el otro vomitaba.

-¡Vámonos de aquí!; dijeron los dos y largaron a correr.

Poco más allá, sentada en el tronco de un árbol caído estaba la muchacha, quién les habló.

-¡Hola chicos!, ¿es que ya no quieren jugar conmigo?; preguntó con una mirada maliciosa, mientras se chupaba los dedos llenos de sangre.

Al mirar de nuevo hacia allá, los dos bandidos que quedaban se dieron cuenta de que ya no había nadie.

-¿Pero qué diablos está pasando?; preguntó angustiado uno.

-Pasa que la maldita nos está cazando, eso es lo que pasa; contestó el otro.

Agotados de tanto correr tuvieron que detenerse a recobrar el aliento.

Una sombra pasó y se llevó a Antonio. Éste no supo cómo llegó hasta la rama de un árbol; y parada junto a él estaba la joven.

-Hola lindo, ¿te puedo hacer cosquilla?; dijo mientras pasaba uno de sus dedos por el cuello del aterrado hombre, quién cayó con la garganta cortada.

De pronto se escuchó la voz de la muchacha quien cantaba.

-“Juguemos en el bosque ahora que el lobo no está. ¿El lobo está?…”

Desde atrás Paco sintió una respiración en la nuca, pero al volverse no vio a nadie. De frente a él estaba parada la joven.

-¡Hola amigo! ¿Ya se te pasó lo valiente? ¿No te gustaba abusar de pobres mujeres indefensas como yo?

La mujer le rodeó el cuello en un movimiento que anticipaba un beso.

El hombre estaba paralizado y con terror vio crecer los colmillos de la muchacha.

Al otro día en el supermercado, una risueña clienta hacía sus compras.

-Hola amiga; saludó la cajera. -¿Llegaste bien a casa ayer?

-Sí, súper; contesto la joven.

-Debes tener más cuidado.

-¿Por qué?; pregunto la chica con voz ingenua.

-La policía busca a cuatro bandidos muy peligrosos que ya han atacado a varias mujeres en otros pueblos; le contó la cajera.

-No creo que anden por aquí, ya deben estar lejos ahora; opinó la joven.

La cajera se fijó en la rosa que llevaba la muchacha.

¡Que linda flor, y que rara!, nunca había visto una rosa negra.

-Ahh, la encontré en el bosque y no es tan rara. Hay muchas más de las que crees; dijo la chica.

-Sí es posible; pensó la cajera.

-A propósito, ¿cómo te llamas linda?; preguntó la encargada del supermercado.

La joven se volvió y sonrió.

-¡Lizbeth!…

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Historias de la Rosa Negra – Capítulo 1 – Bajo la Luna de Sangre

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     Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 1
Bajo La Luna De Sangre

Era el invierno de 1183, en París cuando todo comenzó. El tiempo transcurrido torna difusos los recuerdos y es que ochocientos treinta años son demasiado tiempo.

No era una persona violenta, más bien era tímido; y de eso se aprovechaban los abusadores de siempre para hacerme el blanco de sus bromas de mal gusto. Claro que en casa encontraba el gran apoyo en mi esposa, mi hija y mi hijo; los cuales siempre me demostraban su amor, diciéndome que no cambiara, ya que preferir la paz en un mundo caótico era una bendición y una muestra de valentía.

Sin embargo, un mal día en el mercado, al negarnos a darle una moneda a un vago, éste le arrancó el bolso de la mano a mi esposa haciéndola caer al barro. Furioso me abalancé sobre él, pero de un solo golpe me derribó. Cuando desperté en mi cama tenía un gran chichón en la frente y una terrible sensación de impotencia y vergüenza al no ser capaz de defender a la compañera de mi vida.

Poco a poco empezó a crecer en mí el deseo de ser fuerte, más fuerte que cualquier persona. Quería poder, poder sin límites.

No comprendí entonces que todo tiene un precio y consecuencias.

Loco por una sed enfermiza de poder, empecé  a estudiar artes ocultas. Pensaba que a través de la hechicería sería capaz de hacerme lo suficientemente fuerte como para poder defender a mi familia de cualquier amenaza, ya sea de este o del otro mundo.

Cuando ya me sentía lo suficientemente capaz para controlar cualquier cosa di el gran paso.

Me dirigí una noche a un claro en medio del bosque cerca de la ciudad. El viento desplazaba las nubes dejando ver una plateada luna llena, los relámpagos a lo lejos anunciaban una inminente tormenta.

Una vez preparado comencé el macabro ritual que cambió toda mi vida y también la de los demás. Las llamas de la hoguera encendida parecieron cobrar vida. Una forma extraña empezó a materializarse en ellas. Saliendo del fuego apareció un hombre alto, de cabello rubio, cuyos ojos intensamente azules brillaban con un resplandor parecido al de los relámpagos que se hacían más violentos a cada instante que pasaba.

El aire se enfrió de forma brusca, los ruidos del bosque cesaron de golpe, era como si la vida se hubiese escapado de los alrededores. Solo la tormenta que se desencadenaba se oía a lo lejos.

El extraño parecía brillar con un resplandor propio, el cual le confería un aspecto sobrecogedor, pero que helaba la sangre y cortaba la respiración.

En el fondo yo sabía que él estaba ahí, parado frente a mí, porque había respondido a mi llamada. Él había obedecido a mi llamado…

Dime  por qué me has llamado, habló el hombre, con una voz calmada que parecía salir de todo el rededor.

-¿Quién eres?; pregunté.

El extraño se sonrió y movió la cabeza de lado a lado en forma burlona, como si la pregunta fuese muy inocente o yo fuera un tonto.

Con toda calma contestó: -De muchas formas me han llamado y muchos nombres me han dado y en el fondo tú sabes quién soy. En todo caso si lo prefieres me resulta más grato el nombre que me puso mi padre al momento de, digamos, hacerme uno de sus favoritos…Puedes llamarme Lucifer; aunque es más apropiado que te dirijas a mí diciéndome Mi Señor…

-¡Bueno, vayamos al grano! ¡Dime de una vez para que me  llamaste!

Al cabo de un rato logré recuperarme de la impresión y pude expresar mi deseo.

-¡Mi Señor!, demasiado tiempo he tenido que soportar el abuso de todo el mundo; ni siquiera soy capaz de defender a mi esposa de un vago. Estoy cansado de ser un débil y un inútil; quiero tener poder, mucho poder…, me lo merezco. Quiero que tiemblen ante mí.

-¿Deseas fortuna, ser muy rico acaso?

-No Mi Señor. El dinero no me interesa; quiero tener mucha fuerza, quiero ser invencible a la hora de pelear.

-Mmm, creo que eso se puede arreglar. .. Pero yo a cambio deseo algo de ti. ¿Estarías dispuesto a entregarme tu alma y a servirme solo a mí a cambio de que yo te convierta en la persona más fuerte de este mundo?

El precio era alto; pero la ganancia también lo era, así es que acepté sin dudarlo.

-Si Mi Señor, estoy dispuesto a ser tu humilde servidor si me concedes lo que te pido.

El Señor de Las Tinieblas, rió satisfecho y agregó: -No deseo que seas humilde, al contrario, debes ser altivo y orgulloso del inmenso poder que tendrás, ya que nadie será rival para tu fuerza y nadie se podrá oponer a tu voluntad, … Excepto yo claro está.

Sus ojos brillaron con una expresión maligna y me habló en forma profunda.

-Te advierto, que tu vida cambiará para siempre. El tiempo dejará de tener significado para ti, nada que hagan los humanos podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás como una forma de respeto hacia mí. La fuerza que me pides viene de la vida,  Ia vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado, de lo contrario morirás y yo vendré a reclamar tu alma.

-Ahora ya es tiempo de cambiar tu esencia; diciendo esto pasó una de sus uñas, que ahora parecían delgados cuchillos, por la muñeca de su mano derecha, provocándose una herida de la que empezó a manar un rojo hilo de sangre. De mí sangre te alimentarás primero. Con este acto nuestro pacto queda sellado por toda la eternidad. Durante la próxima luna sangrienta sentirás una sed incontenible, que solo podrás saciar con sangre humana; en ese momento tu transformación estará completa.

Me desperté al día siguiente, todo parecía haber sido solo un sueño; me levanté apresurado y salí corriendo a la Universidad de París, donde me desempeñaba como profesor de geometría en la Facultad de Artes Liberales. Como se ve estaba en el centro mismo del conocimiento del mundo civilizado.

Habrá pasado como un mes desde mi extraño sueño, cuando al ponerse el sol me empecé a sentir muy extraño. Una sed muy grande me empezó a molestar.

Por más agua que tomase, la sed no hacía más que crecer, tornándose realmente insoportable. A mi memoria regresó todo lo ocurrido aquella noche en el bosque y comprendí que a veces los sueños se convierten en realidad.

No sabía cómo comportarme; por suerte llegaron a casa unos profesores y alumnos de la universidad, esperando que los acompañase a beber unas cervezas a la hostería. Mi esposa me animó diciéndome que me haría bien salir y distraerme un rato…No se imaginaba cuánta razón tenía.

Las cervezas venían una tras otra y ni siquiera me mareaban un poco, mientras que a mis compañeros de juerga se les empezaba a notar la borrachera. Me gustaba la sensación de superioridad ante todos los demás clientes de la cantina. Sin embargo, la sed se tornaba insoportable.

Uno de mis colegas se alejó de nosotros y regresó acompañado de unas cuantas rameras. Después de un rato todos decidimos retirarnos, cada uno con su amante ocasional. La joven con que iba era delgada, con un hermoso cabello negro que caía sobre sus hombros. Llegamos a una pequeña casita donde vivía y donde nadie nos molestaría.

La abracé de espaldas y ella se dejó acariciar. Empecé a besar su cabellera y el aroma que manaba de su cuerpo me estaba descontrolando. No era el olor típico del perfume o de la piel de mujer. Yo recordaba ese olor, lo había sentido en el bosque esa noche. Podía sentir el olor de la sangre que bañaba todo su ser por dentro; era como una droga irresistible.

Moví su cabellera hacia un lado, dejando al descubierto su delicado y hermoso cuello. Ella rendida ante mí ladeó la cabeza hacia un lado, invitándome a que me sumergiera y besara aquella parte de su anatomía. En forma casi instintiva supe de pronto que es lo que debía hacer. Inclinándome hacia ella acerqué mi boca a su cuello, pero en lugar de besarla, como ella lo deseaba, clavé mis dientes y empecé a beber su sangre. En un principio ella se retorció de dolor y terror, pero luego su respiración se agitó como si le estuviera gustando; finalmente, después de un rato la muchacha ya no se movía más. Yacía sin vida, desangrada entre mis brazos y con la marca de cuatro colmillos enterrados en su cuello.

Una energía como nunca antes había sentido recorría todo mi ser. Mis sentidos alcanzaban a percibirlo todo hasta en sus más mínimos detalles. Sentía que todas las criaturas de la noche se comunicaban conmigo y se postraban a mis pies, se inclinaban ante mi poder. Y la fuerza, la fuerza que había contenida en mis músculos no tenía límites; y lo comprobé doblando con mis manos un atizador que había junto a la chimenea; el hierro parecía no oponer resistencia bajo mis dedos. Me sentí poderoso. Y reí, reí envanecido conmigo mismo.

Salí de la casa dejando el cuerpo de la prostituta tirado sin vida en el piso. Qué me importaba, ella solo era una humana más. Solo alimento como todos los humanos para mí. Yo ahora estaba por sobre ellos, por sobre todo el mundo.

En el cielo una luna roja como la sangre dominaba la noche de París.

Podía percibir todo lo que pasaba a mí alrededor de una forma nunca antes imaginada. Mi vista se adaptaba fácilmente  a cualquier distancia, alcanzando hasta el horizonte; las tinieblas ya no estorbaban mi percepción, ya que podía ver con total claridad a pesar de la oscuridad. Los sonidos llegaban a mis oídos desde varios kilómetros de distancia. La brisa nocturna arrastraba a mí hasta el aroma más imperceptible. Y qué cantidad desbordante de energía inundaba todo mi ser.

De regreso a casa, me topé con un grupo de perros vagos; siempre les había tenido algo de miedo; sin embargo, ahora fue distinto. Al verme comenzaron a gemir y terminaron inclinándose ante mí dejándome pasar. Al alejarme de ellos comenzaron a aullar lastimeramente. Más de alguien se santiguó en sus casas, asustado  por el llanto de los perros.

Llegué a casa satisfecho de todo lo ocurrido. Mi Señor había cumplido su promesa. Ahora yo era el ser más poderoso del mundo.

Me acosté plácidamente y me dormí abrazado a mi esposa. Ahora sería capaz de protegerla para siempre.

Al otro día me desperté rebosante de alegría y de muy buen humor y así me dirigí a impartir mi clase. Después de dar mi primera lección, alguien me sugirió que debería pedir más dinero por ellas; luego de pensarlo un rato, me encaminé al despacho del decano de la facultad con la intención de pedirle un aumento de sueldo. La verdad es que no estaba muy seguro de conseguirlo, ya que el Maestro Principal, no se caracterizaba precisamente por su generosidad; pero ya estaba frente a su puerta, así es que respiré hondo, golpee  e ingresé en su despacho. Monsieur Lepage se encontraba revisando un tratado de Euclides de su colección privada.

-¿En qué puedo ayudarlo Monsieur Jacques Laberne?

Tragué saliva y le dije:

-Monsieur Lepage creo que me merezco ganar un poco más por las clases que imparto hace ya cuatro años.

Sin querer mis ojos se posaron en los de Monsieur Lepage, éste vaciló un poco y dijo: -Si ese es su deseo no tengo ningún inconveniente en aumentarle sus honorarios. ¿Cuánto desea ganar?

-El doble me vendría muy bien; dije en broma. Sin siquiera protestar Monsieur Lepage aceptó como si fuera lo más natural del mundo. Era algo que yo no esperaba, intrigado miraba a Lepage, quien casi no pestañaba.

-¿Puedo  hacer algo más por usted Monsieur Laberne? El tono casi servil de Lepage me envalentonó y actué en forma irreflexiva y hasta estúpida.

-¡Sí!, salte en un pie. Asombrado vi como ante mis ojos el estricto y muy formal Decano de la Facultad de Artes Liberales de la prestigiosa Universidad de París, comenzaba a saltar en uno de sus pies solo porque yo se lo había pedido.

-Ya es suficiente Monsieur Lepage, deje de saltar y siéntese.

-¿Desea algo más Monsieur Laberne?

-No, eso es todo, muchas gracias.

Salí sorprendido del despacho del decano y recordé lo que me dijo el Señor de La Oscuridad: “Nadie se podrá oponer a tu voluntad”. Comprendí que mi poder sobre los humanos no era solo físico, sino que además podía doblegar fácilmente su voluntad.

Como un niño con juguete nuevo, me divertí ese día con quien me dio la gana. Gustoso aprendí que con solo pasar mi mano frente a la cara de cualquier persona esta se dormía inmediatamente hasta que yo le ordenase despertar; y lo mejor de todo era que no recordaba nada de lo sucedido.

Sabiendo esto, me resultó muy fácil salir cada noche a alimentarme. Simplemente dejaba a mi familia durmiendo y después de haber cazado, volvía a casa y ellos no se enteraban de nada.

Ya hace un mes de mi transformación. Uno o dos cadáveres podrían haber pasado desapercibidos, pero el hecho de que hayan encontrado uno cada noche, se ha convertido en el tema obligado de conversación de la cuidad. Ya nadie se atreve a andar solo de noche; la iglesia llamaba a sus fieles a asistir a misa cada  día y arrepentirse de todas sus pecados. Empezaba a circular el rumor de que el demonio estaba habitando en las sombras de París y que solo un acto de fe podría alejarlo.

Todo iba bien para mí hasta que, una desgraciada noche, al regresar a casa, después de haberme alimentado como siempre, noté que la puerta estaba entre abierta; alarmado entré apresurado. Quedé petrificado ante la escena que se desplegaba ante mis ojos; tendido en el suelo en un gran charco de sangre yacía el cuerpo inerte de mi esposa, con la ropa rota y la garganta cortada. Al reaccionar me acordé de mis hijos; corriendo irrumpí en el cuarto de ellos, solo para encontrarlos en sus camitas, desangrados con el cuello cortado. Creo haber perdido la razón en ese momento. Cuando pude al fin reaccionar un odio inmenso me consumía.

En el aire de la casa, fácilmente pude percibir el olor del monstruo que me había quitado  a mi familia. Con los ojos inyectados en sangre salí a la noche y empecé a rastrearlo, como un depredador que caza a su presa; bueno, en realidad eso es lo que soy, pero esta vez era distinto, esta vez tenía un blanco específico. Mi presa tenía un rostro y lo iba a encontrar costara lo que costara; al fin encontré su rastro y me lancé a su captura.

Debo haber recorrido toda la ciudad tras aquel rastro; hasta que al fin lo encontré en una cantina de mala muerte. Pedí un vaso de vino al mesonero y esperé. Cuando el asesino se marchó salí tras él. Lo dejé alejarse, total sabía que ya no podría escapar de mí. Se adentró por un barrio muy solitario…, qué mejor…

De pronto se detuvo y miró hacia atrás; se dio cuenta de que alguien lo seguía. Miró, pero no pudo ver nada, ya que me ocultaban las sombras.

Me acerqué más aún. Intencionalmente hice ruido; se detuvo, pero al volverse nada vio. La oscuridad me cubría. Asustado echó a correr. Al doblar en una esquina se encontró de narices con un callejón sin salida. Me acerqué lentamente a él, dejando que me viera.

De entre sus ropas sacó un gran cuchillo con la hoja manchada de sangre; el mismo con que horas antes había apagado la vida de mi familia. El odio manaba de todo mí ser, mis ojos eran dos brasas de rojo fulgor.

Le sujeté la mano armada y empecé a apretarla hasta sentir que sus huesos se rompían con el sonido de una rama seca al quebrarse. Aterrado retrocedió hasta que su espalda chocó contra el muro. Con una mano lo levanté y clavé mis colmillos en su cuello; sin embargo no lo quise matar,…no aún.

Veía su corazón latir dentro de su pecho. El pánico inundó sus ojos cuando vio que las uñas de mi mano derecha crecían hasta parecer las garras de una fiera salvaje, acercándola lentamente a su pecho. Despacio clavé las garras en su carne y seguí introduciendo la mano mientras se retorcía de dolor y sus gritos rompían el silencio de la noche.

Aún seguía vivo cuando retiré mi mano y en ella pudo ver su corazón latiendo. Sus ojos se cerraron segundos después, viendo como su corazón se rompía entre mis dedos.

Un alarido de angustia e impotencia brotó de mis labios.

La pared frente a mí se abrió y de entre ella surgió un demonio conocido por mí.

Me hallaba furioso. -No entiendo, pensé que  podría proteger siempre a mi familia, pero ahora yacen muertos en casa; grité con rabia.

-Claro que podrías haberlo hecho, pero para ello tendrías que haber estado presente, o acaso ¿te crees un dios para estar en dos lugares a la vez? Ni siquiera yo con mis inmensos poderes puedo hacerlo.

-Lo que ha ocurrido esta noche es un hecho lamentable y terrible, incluso para mí; siento muchísimo tu pérdida. De alguna forma igual los ibas a perder tarde o temprano, ya que ellos eran solo humanos; si no hubiese sido ahora, tal vez habría sido mañana, por causa de un accidente, de alguna enfermedad, o en algunos años más por causa del tiempo.

-Lo malo de rodearse de mortales, es que ellos tarde o temprano se van y te terminas quedando solo. Así es como mi padre los ama, haciéndolos débiles, frágiles y vulnerables a la muerte; él siempre ha querido tener a la humanidad bajo su píe. Hace millones de años yo intenté hacerlo entrar en razón, pero en cambio, él decidió que nadie se podía oponer a su voluntad, ni siquiera su hijo favorito; por eso es que me arrojó de su lado. Estoy seguro de que si tuviese el poder para hacerlo me habría destruido; sin embargo, para su pesar, yo estoy formado de su misma esencia, lo cual me hace eterno e imposible de destruir.

 Absorto escuchaba sus palabras:

-La maldad de mi padre ha sido heredada por los humanos. ¿Crees que al haber matado a este animal has acabado con toda esa basura? Te podría asegurar que en este preciso instante en algún lugar, está siendo asesinada una indefensa madre con sus hijos, o se está desencadenando una guerra en la que hasta los niños mueren. Créeme, los humanos no se merecen tu perdón, ellos siempre serán asesinos. Cuando tú matas para alimentarte, les das una muerte rápida y sin dolor; en cambio, los humanos gozan con el sufrimiento ajeno.

-No. La humanidad no merece controlar este mundo. El mundo entero debe ponerse a tus pies para que te conviertas en el amo y señor de este planeta.

Su expresión cambió y hablando como un genio satisfecho de sí mismo porque ha descubierto el secreto más grande de la creación, continuó: -Pero no estarás solo y jamás olvides estas palabras: -Serás el padre de una nueva raza, que le quitará el control de este mundo a los pobres humanos. Cada uno de los que te alimenten cuando la luna sea de sangre, será un hijo tuyo, con tu mismo poder y los hijos de ellos serán tus hijos también. Y si dos de tus hijos, hembra y macho, se unen, los hijos resultantes de esa unión de sangre pura, estarán destinados a gobernar a la nueva raza, una raza de seres poderosos y casi inmortales, bajo tu mando y voluntad, como su Rey. Porque Tu Eres El Primero y mi favorito.

-¿Por qué casi inmortales, qué nos podrá destruir?

-¡Sí! Aunque el tiempo no pasará por ustedes, si no se alimentan antes de medianoche de cada día, todo se acabará y quien no haya bebido  sangre humana morirá.

Durante un tiempo centré mi atención en alimentarme solo de delincuentes y malvivientes. La iglesia se aprovechó de esto (como de todas las cosas) y los párrocos empezaron a decir a sus feligreses que el demonio estaba en la ciudad reclamando el alma de los pecadores y que había que purificarse desprendiéndose de las posesiones materiales; las cuales, por casualidad iban a engrosar las arcas de los piadosos hombres santos.

Habrá pasado cerca de dos años desde aquella fatídica noche, cuando me enteré, gracias a unos colegas de la Universidad, que esa semana se produciría un eclipse de luna sangrienta. Obviamente, los curas se encargaron de atemorizar al pueblo, pero más especialmente a los ricos señores, sus más generosos benefactores.

Estaba consciente de lo trascendental que era aquel momento. No quería que cualquier humano fuese ascendido a mi nivel. No cualquiera podía pertenecer a la nueva raza. Había un  profesor de filosofía, que no tenía muy buena opinión de sus congéneres, por así decirlo; dueño de una pequeña fortuna heredada de sus padres fallecidos hace algunos años, no se había casado, por lo que no tenía mayores ataduras con la sociedad humana. Llegó la noche del viernes, con una hermosa luna roja en el firmamento, mi excitación era mayor que en una noche normal de caza. Conseguí que mi colega me invitase a su casa, en realidad era una lujosa mansión heredada de un tío millonario, bajo pretexto de revisar su amplia y nutrida biblioteca, así como su bien provista cava de vinos. Con una copa en la mano y un libro en la otra, le pregunté qué opinaba de la humanidad. Después de pensarlo un poco, dijo: -Son un montón de hipócritas, lobos con piel de oveja y ovejas con piel de lobo; nunca sabes cómo van a reaccionar; son crueles y traicioneros. Sinceramente, si yo viniera de otro planeta, no confiaría en ellos.

-¡Vamos!, no será para tanto. Al fin y al cabo tú también eres humano.

-No me lo recuerdes, que no es algo para sentirse orgulloso.

Me agache a acomodar los leños al fuego, haciéndome el distraído apoyé como por accidente una mano en un tronco al rojo vivo y leí en  voz alta un pasaje del libro que sostenía. Al verme mi anfitrión, se alarmó mucho.

-¡Jacques!, por Dios tu mano. De un salto me  puse de pie y la afirmé con la otra.

-¡Déjame revisarla y curarte!; me ofreció solícito René.

-¡Pero como es esto posible! No tienes no la más mínima quemadura, siendo que la mano debería estar gravemente lastimada. Los ojos de René  Bernet denotaban una gran incredulidad.

Admirando mi mano por todos lados comenté: -Parece que entre el Cielo y la Tierra existen más cosas de las que sospecha tu filosofía, mi gran amigo René.

-Por lo visto hay algo más grande que la humanidad. Imagínate fuerza mayor que la del hombre más fuerte del mundo; sentidos más agudos que los de un lobo; invulnerabilidad a cualquier cosa, tanto natural, como creada por el hombre; y lo mejor, ser indiferentes al paso del tiempo.

-¡Dime!…, ¿Te interesa?

-¡Claro que sí!

-Pero, supongo que no todo es tan simple, ¿verdad?

-Como te dije, el tiempo dejará de tener significado para ti, nada podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás; la fuerza viene de la vida,…la vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado. ¿Estás dispuesto a eso? ¿Matarías humanos para alimentarte?

Ya te dije amigo mío que pienso que los humanos son como corderos y reconozco que me encanta la carne de cordero. En sus ojos había un brillo maligno y cruel, eso era precisamente lo que estaba buscando.

La luna de sangre estaba en su apogeo y sin que René se diera cuenta, clavé mis colmillos en su cuello, extrayendo hasta la última gota de sangre.

Al cabo de dos horas René logró incorporarse. Su piel estaba blanca como el papel y sus labios amoratados. Se veía muy débil. Debía alimentarse pronto. Esa noche no podía hacerlo de ningún humano, así es que no teniendo otra fuente de sangre más que la mía, con una de mis uñas corte mi muñeca y le di a ver, dejando que se alimentara y disfrutara de su sabor y su aroma. Se estaba repitiendo el ritual de la primera noche; aquella noche en el bosque donde todo comenzó; un ritual que se repetiría muchas veces más en el curso de los siglos.

Los años pasaron y René se volvió muy fuerte y ágil, parecía que su instinto de cazador era algo innato en él. Con él atrajimos a más miembros a nuestras filas; aunque algunos sin su consentimiento, pero que una vez convertidos perdían todo su apego por la humanidad y se volvían uno más de la raza de vampiros. La verdad es que no sé donde empezó el término; supongo que por el hecho de alimentarnos de la misma forma que esos pequeños bichos alados.

A René y a mí nos gustaba hacer clases en la Universidad de París, pero teníamos un pequeñito problema. Nuestro aspecto no cambiaba; simplemente no envejecíamos. Luego de meditarlo un poco decidimos que era bueno ausentarnos un tiempo; para lo cual nos embarcamos un día, con rumbo a Roma. Convenientemente para nosotros y casi por accidente (si no hubiese sido por que le rompí la caña de mando al barco) la nave naufragó, sin que nadie lograse escapar con vida.

Al cabo de varios años regresamos a Francia y presentamos nuestras credenciales a la Universidad de París, asiéndonos pasar por nuestros hijos. Resulta gracioso recordarlo ahora.

En nuestros viajes nos topamos con un antiguo conjuro que nos permitía convertir cualquier eclipse de luna en una luna de sangre.

La población de nuestra raza había aumentado mucho en París. Recuerdo que al vernos aparecer de regreso a René y a mí, todos se arrodillaron ante nosotros. Saludaban a sus señores como debía ser.

Hombres y mujeres, de todas las capas de la sociedad formaban nuestras filas al cabo de cien años. Nos mezclábamos entre los humanos y participábamos de su sociedad, sin levantar sospechas.

Sin embargo, me sentía muy solo y vacío. René en más de una ocasión trato de que me fijara en alguna hermosa vampiresa.

Durante el otoño de 1300 René me arrastró prácticamente a una fiesta en la mansión de unos amigos suyos. Solo para que no me molestara más acepté ir. Por si se nos pasaba la hora empezamos a seguir a unas prostitutas por un callejón, dándoles caza a los pocos minutos. Ya convenientemente alimentados podíamos ir sin problema a la fiesta. Aunque yo prefería pasarme la noche leyendo a algún autor clásico. Según René yo era el más aburrido y menos imaginativo inmortal del mundo. “¿A quién en su sano juicio se le ocurriría pasar la eternidad leyendo?”. En fin, entramos a una lujosa mansión.

-Listo, ya vine; supongo que ahora puedo irme, me giré sin darme cuenta de una dama que se había detenido tras mío para admirar un lienzo turco de intrincado diseño colgado en el muro. Un paso y quedé abrazado sin querer a ella. Sorprendida y molesta al principio se volvió para reprocharme mi atrevimiento.

Por suerte René salió a mi rescate. -Madame  Renan, perdone a mi amigo, es que el pobre aunque es un genial profesor de Geometría de la Universidad de París, es un ratón de biblioteca que no sabe desenvolverse en sociedad

No sé qué cara habré puesto, el hecho es que Madame Renan aunque trató de mantener la compostura, terminó riéndose afirmada de la escalera que daba al segundo piso para no caerse. Yo quería que me tragara la tierra.

Una vez que se le pasó el ataque de risa a Madame Renan, René nos presentó como correspondía.

-Madame Lilith Renan, le presento a Monsieur Jacques Laberne.

-Monsieur Jacques Laberne permítame presentarle a madame Lilith Renan.

Debo confesar que mi opinión de la sociedad parisina cambió diametralmente.

Madame Renan era una señora viuda, de 42 años, cabellera negra levemente ondulada, muy esbelta, de rostro muy bello y agradable.

Después de un rato yo no quería irme ya. Madame Renan y yo pasamos toda la noche juntos, ya sea conversando de distintos temas así como bailando. Después de tantos años, no pensé que podría volverme a sentir así nuevamente.

Lilith me permitió que la fuese a visitar algunas veces a tomar el té y charlar. Con el tiempo me fui dando cuenta, al conocerla mejor, que poseía un carácter muy fuerte, incluso hasta yo diría que duro. Por la servidumbre me enteré que la señora había cambiado totalmente su carácter cuando hace algunos años, su marido y su pequeño hijo fallecieron al volcarse el coche en el que viajaban; Madame Renan se salvó por milagro, pero desde ese día dejó de ser la misma. Ya nunca sonreía, según la vieja mucama, hasta ahora; e incluso un día la encontró canturreando una canción de lo contenta que se encontraba. Según la sirvienta, desde que nos conocimos, la vida había vuelto a su señora.

Hace un año que Lilith y yo nos conocimos. No pensé que me volvería a enamorar y creo que a ella le pasa lo mismo.

No sé cómo decirle la verdad. Necesito saber más cosas de ella.

-¿Qué piensas de la humanidad?

Se tocó la nariz, como siempre mientras medita; y me devolvió la pregunta.

-¿Cuál?, ¿la que crea bellas pinturas?, ¿la que compone hermosas melodías?, ¿la que se conmueve cuando un  niño llora?; o acaso ¿la que organiza guerras?, ¿la que se enriquece a costa del sufrimiento del pueblo?

-Porque si me lo preguntas, para  mí son distintas. La primera es sublime y me gusta. A la segunda, en cambio, la desprecio con toda mi fuerza.

-¿Y qué piensas de los animales que matan para alimentarse?, ¿crees que son buenos o son malos?

-Esa pregunta si que es fácil. El animal que debe matar para alimentarse no es ni bueno ni malo; simplemente hace lo que tiene que hacer. El hombre, en cambio, mata solo por placer.

-Si existiera otra raza, parecida en apariencia a la humana, pero distinta en esencia, ¿a cuál te gustaría pertenecer?, ¿a la humana o a la otra?

-Eso depende.

-¿De qué?

-De en cual estés tú.

-Ya demasiadas preguntas. Creo que te estás juntando mucho con René; se te ha pegado lo filósofo.

A veces Lilith me veía meditabundo y preocupado.

-¿Qué te pasa? Algo me ocultas. ¿Acaso tienes esposa?

-La verdad es que no. De hecho soy viudo.

-Menos mal, me alegro. ¡Upss!, ¡perdona!, no fue mi intensión. Yo solo quise decir que me alegro que no haya nadie más que yo en tu vida.

Una sorpresa fue para mí que a Lilith le gustaba pasear conmigo cuando caía la noche, sobre todo si había luna llena.

En uno de nuestros paseos vimos que un niño estaba parado, distraído en medio del camino; sin percatarse que a su espalda se acercaba, sin control un carruaje tirado por cuatro caballos. No lo pensé siquiera y olvidándome de la presencia de Lilith, corrí hacia el niño y saltando con él en brazos lo libré de morir aplastado bajo ese carruaje.

De más está decir que Lilith quedó de una pieza.

-¡Dios mío!, haz salvado a ese pequeño… ¿Pero cómo? ¡Saltaste cerca de cinco metros!

-La verdad es que creo que fueron cerca de diez; corregí.

-Tú no eres como los demás; eres muy distinto…Eres increíble.

-Hasta aquí llegó todo; pensé. Definitivamente no imaginé lo que a continuación ocurriría. Tomó mis manos, acercó su boca a mi oído y me susurró “Eres maravilloso” y finalmente me besó.

Debía contárselo todo esa noche. Por suerte eran recién las ocho. Debería alcanzarme de sobra el tiempo.

En cinco minutos llegamos a su casa. En el salón le dije que le contaría toda mi historia y no la culparía si después ella no quería saber nada de mí nunca más.

Después de cerrar las puertas, me serví una copa de coñac para darme valor. Le pedí que se sentara.

Y empecé mi relato. Ella escuchaba con la boca abierta. Al final se levantó.

-Creo que yo también necesito una copa y se sirvió.

Ahora ella empezó a hablar. -Entonces, en resumen, tienes más de 160 años; tú fuerza, agilidad y velocidad no se pueden medir; y tus sentidos son muy agudos.

-Bueno, si algo; comenté.

-¿Cuánto?

-No lo sé. Por ejemplo te puedo decir, que ayer luego de que me fui, te serviste una copita de coñac.

-¿Cómo lo sabes?

-Aún lo puedo oler en tu sangre.

-¡Vaya!, yo diría que eso es mucho más qué “algo”.

-¿Qué más?

-Mi oído tiene gran alcance; soy capaz de ver el calor de cualquier cosa en la oscuridad; envejezco un año cada cien años, si es que yo lo deseo.

-¿Enfermas alguna vez?

-No que yo lo recuerde.

-¿Y tu única limitación es que necesitas alimentarte de sangre humana antes de medianoche?

-Así es; afirmé. -Pero nunca de la mujer que amo; excepto bajo una luna de sangre. En esas ocasiones mi víctima renace como uno de mi raza.

-¿Por qué empezó esto?

-Por mi deseo de proteger a mi esposa e hijos, ya que yo me sentía un inútil…pero, a pesar de todos mis poderes, una terrible noche de 1183, mientras yo estaba fuera, entró a la casa un maldito criminal, que les cortó el cuello a mi esposa, a mi hijita y a  mi hijito.

-Desde ese día estoy solo, a pesar de que ahora hay cientos como yo.

Las lágrimas producidas por el recuerdo acudieron a mis ojos y comenzaron a correr por mi rostro. Llorando con los ojos cerrados no vi a Lilith que se acercó a mí.

Tomando mi cabeza con sus manos se agachó junto a mí y me abrazó.

-Ya no estás solo; ya nunca más lo estarás; no mientras yo pueda caminar por este mundo. Y con más fuerza me abrazó y  me besó los ojos y los labios.

El reloj marcaba las diez de la noche. Ya empezaba  a sentir sed de sangre.

-Ya es hora de que me marche.

-Lo entiendo. Te espero mañana como de costumbre. Nunca olvides que yo jamás te abandonaré.

Durante el mes siguiente, como ya lo hacíamos desde un tiempo a la fecha, salíamos a caminar, volvíamos a su casa y charlábamos hasta las diez de la noche, minutos más, minutos menos.

-Mañana habrá un eclipse de luna roja; me dijo Lilith. ¿Estás listo?

-La pregunta es, ¿tú estás lista?

Por respuesta me regaló una sonrisa.

La noche siguiente, Lilith lucía magnífica un largo vestido negro que se ceñía a su cintura, perfilando claramente su silueta; el cabello suelto y una túnica, también negra que caía vaporosa a su espalda.

-Si sientes miedo, o no quieres, lo podemos dejar para otra ocasión.

Nada contestó. Solo movió su pelo, ladeando su cabeza dejó al descubierto su cuello.

Ya era hora…

Inclinándome clavé suavemente mis colmillos hasta romper su piel y sentir como su líquido vital llenaba mi boca.

Se agitó un instante en mis brazos, pero luego se relajó. Su respiración se aceleró mucho; al parecer estaba sintiendo un intenso placer mientras yo bebía su sangre.

Sus ojos empezaron a volverse opacos hasta apagarse y sus brazos se soltaron.

Lilith estaba muerta.

La deposité cuidadosamente en el sofá del salón y me senté a su lado a esperar que renaciera.

Una hora después, sus dedos se empezaron a mover y su pecho a subir y bajar rítmicamente.

Tenía los ojos turbios, los labios azules y la piel blanquecina. Trató de incorporarse demasiado rápido y tuve que sostenerla.

-Estoy mareada.

-Ya pasará. Ahora debes alimentarte. Y acercando mi brazo sangrante a su boca ella comenzó a beber sangre por primera vez.

Su piel recuperó el color natural, sus ojos volvieron a brillar; pero esta vez con el hermoso brillo que adquieren cuando un vampiro se alimenta.

Una vez recuperada, la tomé de la mano y la conduje a la terraza.

-¡Ven!

Una vez fuera, ella cerró los ojos, separó los brazos de su cuerpo y abrió las manos.

-Lo puedo sentir todo. La noche me está hablando y la siento en todo mí ser. Me siento más viva que antes, me siento muy poderosa.

A la noche siguiente era necesario que Lilith aprendiera a cazar sola.

-Busca a alguien, de preferencia de quien nadie dependa; puede ser hombre o mujer, eso lo decides tú. Acorrala a tu presa en un lugar solitario.

-¿Y luego cómo la atrapo?

-Tienes dos opciones. Puedes usar tu fuerza física; o bien, puedes anular su voluntad. La mente de los humanos es muy fácil de influir.

 A lo lejos vio a una callejera parada en una esquina. Como nadie se interesaba en ella, se fue caminando, adentrándose por una calle solitaria. Lilith comenzó a seguirla, ocultándose en cada sombra. Al verla, se me imaginó la imagen de un gran felino negro acechando a su presa en la selva.

Finalmente, en un rincón oscuro junto a un edificio, la alcanzó. Sobresaltada la joven se incomodó un poco.

Con voz seductora Lilith se acercó a ella.

-Vamos, soy solo una mujer, ¿qué daño podría hacerte?; además eres muy linda y me gustas mucho.

Nerviosa la chica sonrió.

-Yo solo quería pedirte dos cosita.

-Si las puede pagar, no hay problema Madame.

-¡Oh!, no era eso lo que quiero de ti. Solo quiero que me muestres tu cuello. Y si, puedo pagarte mucho.

La joven se encogió de hombros y mostró su cuello desnudo. Hay cada loco en la ciudad; pensó.

-¿Y cuál es la otra “cosita” Madame?

-¡Ah, sí! Por favor ahora no muevas ni un dedo.

La muchacha no comprendía por qué de pronto su cuerpo pesaba tanto que no podía moverlo. Nada pudo hacer mientras veía con horror crecer los colmillos de Lilith.

Con lentos movimientos Lilith olfateó el cuello de la joven y finalmente hundió sus afilados dientes en su piel.

Con los ojos apagados la  chica cayó sin vida y sin sangre.

Lilith se saboreó la sangre que quedaba en sus labios, ahora teñidos de escarlata…Lilith había cazado por primera vez.

Nuestras partidas de caza se volvieron muy entretenidas. Lilith las había convertido prácticamente en un arte, refinando hasta el juego sus técnicas de depredación.

-¿Conoces tus límites querido?

-¡No!, nunca he tenido que llegar a ello.

-¿Ni por curiosidad?, para saber de qué eres capaz.

Me sentí tonto, ella tenía razón.

-Está bien. ¡Hagámoslo!; consentí. -Vamos al bosque.

-Pero corriendo; dijo ella mientras soltaba su cabellera.

Cuando pasamos por el medio de la ciudad, la gente solo percibió una extraña corriente de viento, invisibles a sus ojos por lo veloces que nos movíamos. -Es el diablo que pasa; dijo alguien.

-No está mal; opinó Lilith. -Veamos lo de la fuerza. ¿Cómo lo hacemos?

Miré a mi alrededor y solo encontré una roca. Me senté en ella a pensar.

-¡Lo tengo!

Parándome de un salto apoyé una mano en la roca, la que se partió al recibir un golpe de palma.

Lilith, no siendo menos, tomó una gran piedra, que se volvió polvo bajo la presión de sus dedos.

-Medir nuestra agilidad debería ser más entretenido. Atrápame; dijo riendo, mientras dejaba caer su negra capa al suelo.

Recorrimos todo el bosque, saltando de rama en rama y girando de manera inimaginable en torno a los árboles. Finalmente nos tiramos de espalda mirando las estrellas, tomados de las manos.

Tal vez uno de los juegos favoritos de Lilith era controlar mentalmente a toda una multitud a la vez, solo por diversión, pero no causándoles daño innecesariamente.

-Deseo que conozcas a algunas personas.

-¿Más vampiros?

-Sí. A algunos ya los conocías pero no sabías que lo eran.

-Quiero que conozcan a mi futura esposa.

Los jardines de la mansión de René estaban  llenos de carruajes. En el interior, aunque amplio, no cabía ni una aguja. Al ingresar, los guardias se cuadraron ante nosotros y todos inclinaban sus cabezas a nuestro paso.

-Parece que te respetan; dijo Lilith.

-Así debe ser, teniendo en cuenta que soy su Rey.

-¿Qué tú eres qué…?; no alcanzó a terminar su frase cuando se nos acercó muy efusivo René.

-¿Tú?; exclamó sorprendida Lilith.

-Encantado de recibirte en mi humilde casita.

-¿Si esto se puede llamar humilde?, pero esta noche ya no me sorprende nada.

-Bueno, mejor pongámonos un poco formales que alguien tiene que decir algunas palabras.

Desde una zona más elevada del salón, me dirigí a la concurrencia.

-Hermanos e hijos míos, deseo presentarles a Madame Lilith Renan. Desde ahora y para toda la eternidad, bajo nuestras leyes es mi esposa. Les pido que la respeten, honren y sirvan fielmente como hasta ahora lo han hecho conmigo.

René se separó de la multitud y dando un paso adelante, dejó oír su potente voz en todo el salón. -Sea bienvenida Majestad. Acto seguido se arrodilló ante ella.

Todos los concurrentes lo imitaron inmediatamente.

Lilith no salía de su asombro, pero se mantenía firme a mi lado.

-Por favor levántense hermanos míos. Quiero que sepan que para mí es un honor haberme incorporado a esta nación. Porque ya no somos solo una raza más. Somos la poderosa Nación Vampira, la verdadera regenta de este mundo.

Hicimos una costumbre con ella salir a cazar juntos. Una noche mientras caminábamos de regreso a nuestra mansión, luego de  habernos alimentado, al doblar por una esquina ella se detuvo de improviso.

-¡Mira!; me dijo apuntando señalando una casa.

 A través de la pared se veía perfectamente la silueta de calor de los cuerpos sin vida de un hombre, una mujer y un niño tirados en el suelo; y parados cerca de una jovencita acurrucada, cinco tipos en actitud muy agresiva.

A mi mente volvieron los recuerdos de la masacre de mi familia hace siglos. Cuando reaccioné, Lilith ya se abalanzaba hacia la puerta.

 -¡No lo permitiré!; rugió mientras de un solo golpe hacía volar la puerta.

La escena era terrible; yacían el padre, la madre y el niño en medio de un rojo charco; además las ropas de la mujer estaban desgarradas, dejando al descubierto gran parte de su anatomía.

-¡No interfieras!; me dijo. -Esos desgraciados son míos.

Volviéndose de golpe los cinco criminales nos miraron sorprendidos.

Con fuerza Lilith clavó sus colmillos en el cuello del que estaba más cerca de la niña, no soltándolo hasta sentirlo muerto. Los cuatro restantes sacaron grandes pistolas y las vaciaron en ella. Las balas no hicieron más que enfurecerla aún más. Con la boca chorreando sangre se acercó a ellos y de un solo zarpazo le arrancó la cabeza a uno. Uno sacó un afilado cuchillo y trató de clavárselo por la espalda; sin embargo ella ya estaba girando en el aire y tomándolo del brazo se lo amputó de un  tirón, cogió el cuchillo y lo clavó en el corazón del desgraciado.

Aterrados hasta el límite, los otros dos asesinos intentaron escapar, pero yo les cerré el paso. El cuarto cayó con la cabeza aplastada entre las manos de ella. El quinto no tuvo tanta suerte, ya que Lilith descargó en él todo el odio que se había acumulado durante años y con garras y colmillos lo despedazó.

En un rincón de la única habitación, temblaba una jovencita de quince años, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Estaba totalmente shockeada. Lilith la miró y con la voz más suave que pudo. Le habló.

-Duerme pequeña. La niña cayó en un  profundo sueño.

Con delicadeza Lilith la cargó en sus brazos y juntos salimos muy velozmente para que los débiles ojos de los humanos no pudieran vernos. En el camino Lilith me contó que cuando ella era niña había sido la única sobreviviente de su familia en un ataque similar.

Al llegar a la mansión, los guardias abrieron rápidos las puertas. En el interior las puertas se abrían solas a nuestro paso hasta nuestra habitación.

-¡Traigan al Doctor Lacroix ahora!; gritó a un sirviente.

-Como ordene Su Majestad; contestó éste y se retiró.

A la media hora llegó el doctor Pierre Lacroix, los guardias lo condujeron directamente a la habitación donde dormía la pequeña Lizbeth. Lilith mientras tanto se había bañado y cambiado de ropa, pero en su boca aún se veía sangre de la carnicería que había hecho con los criminales.

Con los ojos aún brillantes relató lo ocurrido al doctor.

Éste se paseó un rato pensativo por todo el cuarto. Después de un rato opinó: -Esta niña ha sufrido un trauma inmenso; primero vio morir cruelmente a toda su familia; después la vio a usted hacer pedazos a los criminales. Curarla va a ser un proceso largo y que va a  requerir mucha paciencia, comprensión y una gran cuota de amor. Recuerde que ella vio algo que los humanos no deben siquiera sospechar que existe.

-Esto me lleva a una pregunta Madame. ¿Qué planes tiene para esta joven?

Después de guardar silencio un rato, mi esposa habló en forma clara.

-Como bien sabe doctor, mi esposo y yo no tenemos hijos. Una lágrima corrió por su rostro al recordar un dolorosos pasaje de su anterior vida como humana (su único hijo había muerto a la edad de cinco años al volcar el carruaje donde iba); por otro lado esta pequeña acaba de perder a sus padres y hermano menor. Yo pensaba que tal vez podríamos criarla como si fuera nuestra hija.

-Mmm, comprenda Majestad; comentó el doctor, que la única forma en que eso pueda ocurrir es que ella sea convertida en una vampiresa. Mi opinión como doctor, es que en este momento, en el estado actual en que se encuentra su mente, eso no sería aconsejable. Primero es necesario sacarla del estado nervioso en el que cayó. Una transformación ahora la haría enloquecer en forma irreversible. Por lo demás físicamente está en perfectas condiciones. Le recomiendo dejarla descansar, por hoy día manténgala en el trance que le indujo. Mañana vendré temprano a ver como evoluciona.

-¡Gracias doctor!, lo acompañamos a la puerta.

Una vez se hubo marchado, Lilith se dejó caer pesadamente en un sillón. Se veía agotada, aunque sé que físicamente eso no era posible.

A la mañana siguiente, junto al doctor, Lilith y yo vimos despertar a Lizbeth en una cama de blancas sábanas de seda. Se notaba confundida; primero por la tragedia de la noche pasada y luego por despertar en una cama que no era la de ella, en una casa muy distinta a la suya y rodeada de extraños que la observaban detenidamente.

Por indicaciones del médico, Lilith no le borró la memoria, pero si filtró sus recuerdos, para hacer la situación más llevadera, hasta que asimilara la realidad de que había perdido a los suyos.

-¿Dónde estoy?, ¿quiénes son ustedes?, ¿dónde están mamá y mi hermanito?, ¿y papá?; preguntó la niña.

Con suavidad Lilith tomó sus manos y le habló tratando de ser lo más dulce posible. -Mi pequeña, ayer tu familia y tú sufrieron un terrible accidente; la casa donde habitabais se derrumbó sobre ustedes. Siento mucho tener que decirte que solo pudimos rescatarte a ti.

Temblorosa Lizbeth rompió a llorar y Lilith la rodeó con sus brazos con mucha ternura.

Después de unos minutos y con el rostro empapado en lágrimas, la niña miró a Lilith.

-¡Madame!, la recuerdo; usted estaba presente ayer. ¡Usted!…. ¡Usted!….

Era visible la preocupación en el rostro de Lilith; temía que se hubiera roto el bloqueo que había puesto a los recuerdos de la niña.

-¡Madame!…. ¡Usted me salvó! Pero no entiendo; no recuerdo bien lo ocurrido. Está todo muy confuso. Había gritos y estaba usted, que al final me llevaba en brazos. Pero no recuerdo nada claro; hasta que desperté ahora en esta cama.

El doctor, que hasta el momento había permanecido sin decir nada, rompió el silencio. -¡Hija!, soy el doctor Pierre Lacroix, el médico de la familia. Por favor tómalo con calma y no te  esfuerces en   recordar; con el tiempo todo se aclarará. Has pasado por una experiencia horrible y muy traumática. Tuviste mucha suerte de que Monsieur y Madame Laberne pasaran justo en el instante para ayudarte (guardó un rato de silencio el doctor y continuó). Lamentablemente no pudieron prestar ayuda a tiempo a tu familia… ¡Que descansen en paz! Guiados por su gran misericordia, ellos te rescataron y te acogieron bajo su cuidado y protección. Debes sentirte muy agradecida hacia ellos.

Con un nudo en la garganta la pequeña habló. -¡Madame!, ¡Monsieur! muchas gracias, se escuchó su voz, mientras dos lágrimas bajaban de los ojos de la pobre Lizbeth.

Al retirarse el Doctor Lacroix, se veía algo inquieto.

-¡Majestad!, la joven al ser salvada por usted, la vio hacer uso de una fiereza, agilidad y fuerza incomprensibles por los humanos; así como la vio beber sangre y destrozar a cinco hombres con sus garras y colmillos. Mi consejo como amigo, si me permite el atrevimiento, es que sea muy prudente al momento de revelarle toda la verdad. Comprenda que instintivamente, ella pueda sentir pánico ante usted, aunque por lo demostrado no representa ningún peligro para ella. Gánese su confianza. Debe poder demostrarle que así como puede ser despiadada y cruel con sus enemigos, es capaz de entregar una gran cantidad de amor y ser compasiva con aquellos que realmente lo merecen y necesitan.

No pude más que asentir ante el doctor. -Sabias palabras son mi amigo. Creo que hicimos lo correcto al confiar el secreto de nuestra existencia a usted y convertirlo luego en uno más de nosotros según nos lo pidió.

-Para mí ha sido un honor, Mi Señor. Y reconozco que intelectualmente no habría podido resistir a la curiosidad científica de entender todas las maravillas de nuestra raza. Eso ocurrió hace unos 60 años con el brote de la peste negra; recuerdo que me llamó la atención que varias personas eran inmunes y hasta indiferentes a ella; si hasta no le daban importancia. Ahora entiendo por qué. Jejeje.

Ante una señal mía los guardias se cuadraron cuando el buen doctor pasó junto a ellos. En un espejo pude ver su expresión de un orgullo bien fundado ante ese hecho.

Lilith decidió convertirse en la enfermera personal de la niña. Ya habían pasado dos semanas desde que la rescatamos y ya tenía un poco de confianza con ella.

-¿Cómo te sientes hoy pequeña?

-Mejor Madame, gracias.

-Mi nombre es Lizbeth. Al fin se empezó a abrir la niña.

-Hola, mi nombre es Lilith.

-Madame, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí claro, dime.

-¿Usted tiene hijos?, es que le pregunto porque es tierna como es…, ohh…, como era mi mamá.

-Hace mucho tiempo tuve uno, pero se fue a una vida mejor.

-Lo siento Madame, no pretendí apenarla.

-Está bien. El tiempo cura las heridas y la vida me ha vuelto a dar otra oportunidad.

-Algún día tú también podrás volver a reír.

En forma espontanea Lizbeth y Lilith se abrazaron.

Movida por el recuerdo de una vieja canción de cuna, Lilith comenzó a tararearla.

En sus brazos, la niña se durmió y junto ella Lilith.

Sin poder evitarlo, su concentración se rompió y el bloqueo sobre los recuerdos de la pequeña Lizbeth terminó por ceder.

Sobresaltada, Lilith fue despertada por los gritos de la niña.

-¿Qué pasa?, ¿qué tienes?; preguntó angustiada.

Lizbeth en sueños había revivido su tragedia.

-Querida, fue una pesadilla; ya pasó. Mira, estás bien.

Lilith estuvo tentada a borrar definitivamente ese recuerdo de la mente de la jovencita, pero se contuvo siguiendo los consejos del Doctor Lacroix.

-¿Deseas contarme tu sueño?, puede que te ayude si hablas de eso; se arriesgó Lilith, ya que sabía que lo más probable es que ella estuviera en él.

Respirando hondo, Lizbeth trató de ordenar sus ideas.

-Estaba en mi casa, junto a mi familia. Alguien golpeó la puerta y mi padre se asomó a ver. Cuando abrió, cinco hombres entraron de golpe. Uno dijo que era una linda familia. Papá trató de echarlos, pero uno sacó un cuchillo y se lo clavó. Mi hermanito mordió a uno y también lo mataron.

Las lágrimas mojaban el rostro de la niña.

-Miraron a mi mamá y a mí. A ella los cinco le hicieron todo lo que quisieron y después le cortaron el cuello.

La pequeña temblaba mientras contaba su sueño; Lilith deseaba poner paz en su mente, pero la dejó seguir hablando.

-Después venían por mí. En eso entró usted a la casa.

-¿Yo?, ¿y qué hice?; preguntó curiosa  la Reina.

-Se puso entre ellos y yo y los golpeó muy fuerte. Aparentemente quería protegerme. Pero usted se veía muy distinta; parecía una bestia salvaje.

Lilith tragó saliva; se estaba inquietando por el curso que tomaba el relato del sueño.

 -¡Vaya!, debo haberte dado mucho miedo.

-La verdad es que no, usted me estaba defendiendo; los cuatro hombres si me daban miedo.

-Dijiste que eran cinco; recordó Lilith.

-Sí, pero cuando usted entró, uno no se dio ni cuenta, porque usted le rompió el cuello con sus dientes. A los otros cuatro los golpeó y los mató con sus manos.

-¡Qué miedo!, debo haber parecido un monstruo horrible.

-No lo sé…, me acuerdo que una vez vi a una gata que protegía a sus gatitos de unos niños que los molestaban. Era algo parecido; usted me defendía de hombres muy malos. Es extraño, a pesar de lo amenazante y terrorífica que parecía, yo confiaba en usted en el sueño.

-Los sueños cambian mucho las cosas; dijo Lilith.

-Creo que de haber podido yo habría hecho lo mismo por defender a mi familia. Habría sido la gata defendiendo a los gatitos.

Lilith secó el rostro de Lizbeth, besó sus mejillas y la abrazó tiernamente.

El corazón de Lilith latía muy rápido debido a lo nerviosa que estaba y eso lo percibió la niña.

-Su corazón parece querer salir de su pecho, Madame. ¿Mi sueño la ha asustado?

-No es eso querida, no.

En la madrugada siguiente Lizbeth fue perturbada por otra pesadilla. Lilith entró corriendo en su cuarto, atraída por sus gritos. La encontró sentada en la cama, llorando y empapada en transpiración.

-Otra vez soñé, Madame; dijo y se arrojó en sus brazos.

-¿Qué soñaste?

-Lo mismo de ayer. Me asusté mucho porque al despertar estaba todo oscuro y no se veía nada.

-Esto no puede seguir pasando, la pobre está sufriendo mucho. El doctor debe permitirme que le borre los recuerdos de la memoria; pensó Lilith, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

El sol empezaba a asomarse y las tinieblas de la noche retrocedían.

-¿A qué se refiere Madame?; se escuchó la voz de la niña.

Lilith cerró los ojos consternada. Comprendía que acababa de cometer un error tonto y grave.

-¿Qué quiso decir Madame?, ¿de qué recuerdos está hablando?

-¿Esto no es solo un sueño verdad?

-¿De verdad ocurrió?

-Por favor no te asustes mi niña. Puedo explicártelo todo…, si es que me lo permites; habló suplicante Lilith.

Sin saber por dónde empezar, la Reina de los vampiros comenzó a narrar una historia marcada por el dolor en su anterior vida humana.

-Hace ya muchísimos años, cuando yo era menor de lo que eres tú ahora, vivía sola con mi madre y mi hermana mayor; papá había muerto en la guerra y quedamos solas y en la ruina. Mamá se esforzaba como lavandera, para llevar algo de comida a nuestra mesa.

-Una mala noche, unos hombres malos entraron a casa; abusaron salvajemente de mi madre y mi hermana y luego les quitaron la vida. Si yo logré escapar con vida, fue porque atraídos por los gritos llegaron unos vecinos armados de palos y los detuvieron y entregaron a los soldados del Rey.

Con la voz entrecortada Lilith apenas podía contener el llanto, mientras continuaba su relato.

-Una tía mía, hermana de mi padre se compadeció de mí y me acogió en su casa.

-Después de muchos años logré recuperarme en parte.

-Cuando cumplí veinticinco años, mi tía logró comprometerme con un rico mercader. Pensé que podría ser feliz al fin; de esa unión nació un hermoso varoncito.

-Pero parece que a la desgracia le gustaba rondar mi vida.

Los ojos de Lilith estaban inundados de lágrimas, las que amenazaban con caer. Lizbeth tomó sus manos para infundirle valor.

-Cuando mi niño tenía apenas cinco años, el carruaje en que viajábamos los tres se volcó. Creo que el destino era cruel conmigo, permitiéndome que, nuevamente, solo yo sobreviviera.

Lilith ya no pudo contenerse y ahora lloraba amargamente.

Lizbeth la abrazaba y acariciaba su cabeza.

Limpiándose los ojos, Lilith continuó con su relato.

-Caí en una profunda pena; ya no salía de casa y casi no me alimentaba. Si no hubiese sido por los cuidados de mi doncella, creo que habría muerto; y…, realmente lo desee en más de una ocasión. Mi leal sirvienta empezó a invitar a amigos y amigas para que me acompañaran, así como me obligaba a salir de vez en cuando de la casa.

Lizbeth escuchaba atenta el triste relato de Madame Renan.

-En una de esas reuniones en casa, habrá sido unos doce años después del accidente, tuve la suerte de poder conocer a Monsieur Laberne. De a poco, sin buscarlo, nació el amor entre nosotros. La vida sonreía de nuevo.

-Una noche fui testigo de cómo, en forma increíble él salvaba la vida de un niñito; haciendo un despliegue de fuerza y velocidad sobre humanas. Esa noche se sinceró conmigo y me contó la historia de su drama.

-Me explicó por qué era tan fuerte y rápido.

-Al igual que yo y que tú, él había perdido a su familia en manos de un criminal desalmado. Y que, a pesar de lo poderoso que era, no había llegado a tiempo para salvarles la vida.

-Me di cuenta de que yo no era la única persona que por esa causa estaba tan terriblemente sola.

-Comprendí su dolor y el comprendió el mío. Decidí esa noche que por siempre quería estar a su lado.

-Le pedí que hiciera que eso fuera posible, a lo cual consintió.

-La siguiente luna roja que hubiera, debería producirse el cambio.

-Se me ofrecía inmortalidad, fuerza y velocidad. Ya nada me lastimaría y podría defender a mis seres queridos; y por sobre todo, nunca me separaría de Monsieur Laberne.

A todo esto, Lilith tenía la cabeza apoyada en el regazo de Lizbeth y ya se oía tranquila otra vez. Parece que pensar en Monsieur Laberne la calmaba; reflexionó la niña.

-Pero no todo era tan fácil, bajo una luna roja como la sangre, debía morir, para renacer luego. Era Monsieur Laberne quién debía encargarse de ello.

Lilith se aproximaba a la parte más complicada de su historia, pero ya no podía dar paso atrás.

-Monsieur Laberne succionaría la sangre de mis venas; luego yo bebería de la suya y renacería en una vida nueva.

-No renacería como una mujer humana; ella moriría. Al hacerlo, volvería a la vida como un ser poderoso e inmortal, que debe todas las noches alimentarse de sangre humana. Sería, como me viste, una bestia.

Lizbeth no sabía si Madame Renan hablaba en serio. Sin embargo, sentía paz y confianza a su lado; ya había podido comprobar que ella la estaba protegiendo y de alguna forma intuía que nunca la dañaría.

-Hace dos semanas, cuando paseaba por la noche, junto a Monsieur  Laberne, al pasar junto a tu casa, con horror vi que la historia se volvía a repetir. Me vi nuevamente a mí y también a la familia de Monsieur.

-La furia se apoderó de mí. Esta vez no permitiría que pasara. Esta vez lo impediría.

-Sin control me arrojé contra esos hombres; y como has recordado ahora, los asesiné. Me comporté como una bestia salvaje. Pero lo hice para defenderte.

-Por favor créeme, jamás te dañaría a ti.

Lilith volvía a llorar.

-¿Es cierto todo lo que me ha contado Madame?

Lilith asintió con la cabeza gacha y con lágrimas cayendo por su cara, mientras hacía crecer lentamente las garras de la mano derecha.

Lizbeth miraba asombrada como las antes delicadas manos se convertían en algo más parecido a la extremidad de una fiera. Con curiosidad las tocó con sus dedos.

Lilith le permitió hacerlo y luego las retrajo; su mano ahora se veía normal nuevamente.

Lizbeth con mirada profunda miró a Lilith a los ojos; sin decir nada levantó su mano. La Reina cerró los ojos  temiendo que recibiría un golpe de la joven, pero por el contrario, ésta le obsequió una caricia y luego la abrazó con fuerza.

-Gracias, muchas gracias, Madame.

Ambas lloraron abrazadas; sin embargo, esta vez las lágrimas de Lilith eran de felicidad y las de Lizbeth de gratitud y amor, pero aún con mucha pena por su reciente pérdida.

En su interior Lizbeth sabía que estaba en buenas manos y que podía confiar en esa pareja.

-Esto fue difícil de contar; dijo Lilith.

-No es algo que se escuche todos los días; respondió Lizbeth.

-Creo que lloré todo lo que no había llorado en los últimos ciento diez años.

-¿Cuántos?; Lizbeth estaba sorprendida.

-Ciento diez años.

¿Qué edad tiene Madame?

Ciento cincuenta y dos años. Nací en 1258.

-No representa más de cuarenta y cinco cuando mucho.

-Lo que pasa es que envejecemos un año cada cien años; yo tenía cuarenta y dos cuando me uní a la nación vampira.

-¿Es feliz Madame?

-¿Cómo te lo explico?; meditó Lilith.

-Como humana nunca habría tenido el tiempo necesario para alcanzar la felicidad que ahora disfruto.

-Ya es hora de que desayunes, ¿tienes hambre?

-La verdad es que sí.

-Pero… ¿Deberé tomar sangre?

-¡No mi pequeña, claro que no!, leche, pan y huevos y creo que hay pastel también; la tranquilizó Lilith.

-Entonces sí.

-Vístete y vamos al comedor.

-Pero no tengo ropa.

Acercándose a un gran ropero, Lilith lo abrió dejando ver una gran cantidad de hermosos vestidos.

-Supongo que alguno te quedará. Elige el que quieras.

-¿Cualquiera?

-¡Claro!, son tuyos.

La jovencita no sabía que decir, nunca antes había tenido ropa tan linda y elegante. Así es que solamente sonrió.

Camino al comedor, Lizbeth quedó parada frente a la gran biblioteca.

-¡Cuántos libros hay!; excla

-Puedes leer el que quieras.

-Sí claro; dijo sarcástica. -¿Desde cuándo las mujeres leen?

-¡Uff!, rezongó Lilith. Esa es una de las estupideces de la sociedad humana, que nosotros estamos tratando de no repetir.

-¿Usted ha leído alguno?

Lilith sonrió.

-La verdad es que todos. Pero me tomó como setenta años.

-Si lo deseas puedo ordenar que un maestro te enseñe.

-Sí claro que me gustaría Madame.

-Y matemáticas, arte, música, literatura, en fin, todo lo que desees aprender.

Lizbeth se daba cuenta de que ante ella se abría un mundo de posibilidades inimaginables para cualquier mujer, excepto para las vampiresas.

Al poco tiempo Lizbeth leía fácilmente francés y latín. Los maestros estaban sorprendidos y encantados a la vez; semejante capacidad no la habían visto nunca entre los humanos y se preguntaban que niveles alcanzaría si los reyes decidían convertirla en vampiro.

Una mañana para tratar de alcanzar un libro, Lizbeth se subió a una silla y perdió el equilibrio. La caída fue más espectacular que grave. Como era de esperarse, el Doctor Lacroix fue llamado de inmediato.

-¿Y bien doctor?; pregunté.

-No es nada Majestad, solo una torcedura sin importancia.

-¡Pero me duele mucho!; protestó la joven.

-Eso le pasa a los humanos por tener cuerpos tan frágiles; opinó el doctor.

Lizbeth ofendida le sacó la lengua.

-Bueno Sus Majestades. Manténgala en cama uno o dos días y se le pasará.

-¿Los trató de Majestades?; preguntó Lizbeth.

-¿Qué?, ¿aún no le dicen que ustedes son El Rey y La Reina de la Nación Vampira?

-Creo que se nos olvidó ese detalle; me defendí.

-Bueno. ¡Cada loco con su tema!; rió el doctor.

-¡Doctor!, creo que tiene más asuntos que atender; cortó Lilith.

-Sí, sí, ya me voy.

 -Adiós doctor, gracias; se despidió Lizbeth.

-¡Vaya!, El Rey y La Reina. Uy; exclamó la muchacha, mientras hacía una exagerada reverencia y se largaba a reír.

La verdad es que los tres reímos por un buen rato.

Después de guardar silencio por un largo rato, Lizbeth muy seria preguntó:

-¿Madame, cuando será la próxima luna de sangre?

Miré a Lilith, pues ambos comprendíamos hacia donde conducía aquella pregunta.

Un mes después una gran luna de sangre se levantaba sobre el cielo de París. Lizbeth había pedido vestirse igual que Lilith. Ambas lucían largos vestidos negros con capas de igual color. La cabeza de Lizbeth estaba adornada por una reluciente tiara de rubíes.

-¿Lista?; pregunte.

-Sí, pero quisiera que Madame Lilith lo haga.

Lilith me miró complacida. -¿Qué te puedo decir querido?

Lilith la abrazó suavemente y apoyó su cabeza en su pecho. Con ternura corrió su cabello, dejando a la vista un delicado cuello…-Te veré pronto; le dijo. Finalmente hundió sus colmillos.

Lilith tomó mi mano y me acercó al cuello de Lizbeth.

Poco después caía sin vida.

Cerca de una hora después, Lizbeth trató de incorporarse, pero la contuvimos.

-¡Tranquila!, con calma.

Lilith la sentó con cuidado y le ofreció su muñeca sangrando. Yo corté mi brazo y se lo acerqué para que se alimentara por primera vez.

Lizbeth había renacido.

Entonces con suave voz habló:

-¡Mamá!, ¡Papá!, he llegado.

Una nueva familia había nacido.

En el salón principal, en tono muy solemne René anunciaba:

-Princesa Lizbeth sea bienvenida.

Todos los concurrentes se arrodillaron ante ella.

Los guardias de palacio se cuadraron militarmente rindiéndole honores a Su Alteza.

Lizbeth demostró una gran inteligencia. Sus maestros alababan que su curiosidad no tenía límites. En más de una ocasión puso en aprietos a sus profesores de matemáticas y de filosofía.

Desde que llegó a nuestras vidas han pasado ciento veinticinco años; actualmente es el año 1537. Todos se dirigen a ella como Princesa Lizbeth, habiéndose ganado el cariño y respeto de todos.

Si bien no tiene la misma capacidad mental de su madre para controlar un gran número de personas al mismo tiempo, en cambio físicamente su agilidad va aumentando cada día que pasa. Al punto que, ella misma decidió que quería aprender combate cuerpo a cuerpo, desde que vio al capitán Marcel Renoir, comandante de la guardia de palacio, entrenando a sus hombres.

-Yo quiero aprender también; le dijo un día muy decidida y segura  de sí misma.

-Princesa, esto es para soldados; no creo que usted pueda. Además dudo que sus padres lo autoricen; intentó disuadirla el oficial.

-De mis padres me encargo yo capitán; alegó Lizbeth. -¿O acaso tiene miedo y teme que lo deje en ridículo antes sus soldaditos de plomo?

Un joven oficial empezó a esbozar una sonrisa.

Severo el capitán lo contuvo.

-¡Sargento!, ni se lo ocurra reírse o lo pongo a beber sangre de vaca durante un mes.

El joven oficial se cuadró y se retiró, mientras recordaba su entrenamiento de cadete. La sangre da vaca le dejaba un sabor muy desagradable en la boca, aunque le permitía mantenerse con vida en caso de emergencia.

-Estas técnicas, Princesa provienen de la China y requieren sutileza y control de movimientos muy refinados. No basta con la fuerza y agilidad de un vampiro para dominarlas.

-Además; continuó. -Le debo advertir que el entrenamiento puede llegar a ser doloroso, incluso para nosotros. No crea que por ser la Princesa sería más gentil con usted que con mis hombres. Dicho esto el Capitán Renoir se volvió dispuesto a marcharse, seguro de haber hecho desistir a la testaruda Princesa.

-¡Acepto!; se escuchó la voz de Lizbeth.

Aburrida Lizbeth hacía girar un mapamundi.

-¡Quiero salir! y cerrando los ojos puso un dedo en el mapa. -España.

-¡Papá!, quiero ir a España.

-¡España!, pero es muy lejos.

-Podemos ir por tierra y detenernos a comer en el camino; meditó la joven.

-Pero hija, ahora estamos organizando el establecimiento de nuevas colonias en el resto de Europa y yo debo supervisar los detalle.

Lilith que andaba por ahí se unió a la conversación, o mejor dicho en mi contra.

-Lizbeth tiene razón; hace tiempo que necesitamos vacaciones. Por otro lado René puede encargarse fácilmente de todo sin nosotros.

-Sí, creo que tienen razón. Entonces vamos a España.

-¡Gracias papito!; salto Lizbeth de alegría. -Voy a empacar mis libros.

-¡Nada de libros!; cortó Lilith. -Vamos a pasear no a leer.

-¿Y uno chiquitito?

-¡No!

¡Está bien mami!; rió Lizbeth y salió corriendo.

Todo estaba dispuesto para nuestras vacaciones.

¡Pero dónde se metió esta niña!; alegué.

-Se debe estar despidiendo de su súbdito favorito; comentó La Reina.

Había encargado la compra de una cabaña en unas colinas cercanas a la ciudad de Sevilla, lindantes a un frondoso bosque.

Llegamos cerca del ocaso. Lizbeth se quedó pensativa.

-Es chiquita, la acabo de recorrer en un segundo. Mmmm, le falta algo.

-Listo, ahora sí; dijo mientras en la puerta sujetaba una rosa negra. -Me gusta.

-¡Qué bueno!, porque es tuya.

No dijo nada. Solo se colgó de mi cuello y me dio un sonoro beso.

-El aire fresco me dio hambre; dijo Lilith.

-Y a mí; agregué.

-Yo invito la cena; concluyó Lizbeth, pasándose la lengua por los labios, mientras miraba en forma malévola a la desprevenida ciudad.

Los años pasaron, era cerca ya de 1610. Bajo la tutela del Capitán Renoir y las instrucciones de los mejores maestros de artes marciales de Asia, Lizbeth podía enfrentar a cualquiera de nuestros soldados.

Así es como un día, desde una ventana, vi alarmado que ella era rodeada por diez guardias fuertemente armados. Tardé un rato en percatarme de qué se trataba realmente.

En una frenética lucha en la que se mezclaban complicados movimientos de artes marciales, juntos con otros propios de nuestra raza, Lizbeth logró neutralizar a todos sus atacantes. Los cuales, una vez que quedó clara su derrota ante la Princesa, la saludaron con una reverencia a la cual ella contestó con otra igual. El orgullo que en ese momento sentí por mi hija era incontenible.

A todo esto, las colonias en el resto de Europa ya se estaban organizando. René pidió autorización para hacerse cargo de dirigir la colonia italiana.

Poco tiempo después, Lizbeth entró seguida del Capitán Renoir.

-Padre, madre, deseo ir a la colonia de España a supervisar su organización. El Capitán Renoir será mi guardaespaldas.

-¡Capitán Renoir!, supongo que tiene más que claro que mi hija es uno de los seres más poderosos del planeta.

-Si Majestad lo sé, pero ella insiste.

-La semana pasada la vi derrotar con facilidad a diez de sus mejores soldados, todos armados, menos ella. Creo que, usted que la ha entrenado sabe mejor que nadie, que ella es quién menos necesita de un guardaespaldas.

-Lo sé Señor pero, como le dije, ella piensa que es conveniente que yo la acompañe.

Antes de que yo pudiera seguir, protestó una. -Pero papá; mientras la otra disimuladamente me daba una patada por atrás.

Comprendí que no había nada que hacer. Eran dos contra uno.

-Bueno;  asentí. -Supongo que un poco de protección extra no está demás.

-¡Gracias papá!; gritó contenta.

El Capitán Renoir se cuadró militarmente y se retiró.

-Hija; la paró Lilith. -¿Llevas libros?

-Para qué; le contesto Lizbeth, guiñándole un ojo.

Me volví ante Lilith. -Pero querida, sabes bien que esos dos no van a ir a cortar flores precisamente.

-Lizbeth tiene apenas dieciocho años.

-Guajaja; se rió burlonamente. Sabes bien que Lizbeth ya no es una niña y aunque parezca de dieciocho, tiene más de doscientos años…Además, yo ya quiero ser abuela.

Siglo veintiuno, ya. Año 2014.

Esto es lo que puedo contar. Ocho siglos de historia, en los cuales nuestro mundo nació y creció en forma oculta y al lado del mundo de los humanos; donde nuestros miembros se han introducido en toda su sociedad, controlando su economía, sus ejércitos y sus centros de investigación científica. Y ellos ni siquiera lo sospechan. Bueno, tal vez sí. En sus películas y en sus novelas, nos describen como seres salvajes, alérgicos al ajo, intolerantes a la luz del sol y a palitos cruzados… No sé si reírme o llorar por esa sátira.

-¿Aun escribiendo?; preguntó Lilith, con una copa de coñac en la mano.

-Ahora acabo; contesté. -Apago el computador y listo.

De pronto la puerta se abrió y un ventarrón provocó un remolino en el salón.

-¡Niños! No corran en el estudio del abuelo. Entró Lizbeth, mirando en todas direcciones hasta captar la huella de calor de dos pequeños vampiritos de aparentemente cuatro años, que corrían invisibles. Con un rápido movimientos los atrapó entre sus brazos y los besó en la cabeza.

-La cena está servida ya. La preparé yo misma. Tenemos comida española; saben que me encanta. Y de postre una tierna gitana; sonrió con una mirada siniestra.