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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 8 20 febrero 2013

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El Único

AlliDondeNacenLosSueños P8• (El único)

La Sra. Santa, se retuerce en su lecho, presa de una pesadilla reincidente, que extiende sus tentáculos por su psique, como raíces virulentas contaminando hasta las fibras más finas de sus enlaces neuronales. Cada noche que la padece, se ve más inmersa en ella, hallándose peligrosamente incapaz de liberarse. Agita sus brazos en busca de una fuente de luz, un destello de esperanza que la libere de ese horrible reino al que se ve irremediablemente avocada. Empapada en sudor, abre los ojos desorbitadamente, emitiendo un angustioso grito de terror. Al instante, sus seguidoras de confianza, irrumpen en el aposento. Consternadas, por el evidente deterioro psíquico de la elegida, se apresuran a protegerla de si misma. Ésta, aturdida pero despierta, ordena con tono áspero que la dejen sola. Lo cual hacen sin rechistar, salvo una, que antes de partir, se le aproxima reverente y le susurra al oído: – Ntra. Sra. Santa, ha de saber que la cuidadora de la bestia la espera en la Capilla Poligonal. – Un aire de satisfacción ilumina levemente su rostro, dibujando una estúpida mueca, a modo de sonrisa, en la comisura de sus labios. Pero no se pronuncia, inmóvil, observa como sus seguidoras abandonan la estancia.

Una vez se acallan los pasos de éstas, tras el leve zumbido de las puertas mecánicas, se pone en pie animada, recordando, el placentero momento vivido al hacer gala de su poder ante la estirada mosquita muerta de El Pilar del Cielo.

Transcurrida una hora, se persona en la Capilla Poligonal, como si tal cosa, acompañada de su sequito habitual.
Sara, la aguarda con sosiego, ensimismada en la apreciación de un bello fresco, situado en una de las paredes de la misma. En él, se observa a un ser, similar a Damian, precipitándose al vacío. Superpuesto, sobre varios rostros femeninos, en el centro de un coro de manos que, se diría, lo acogen de algún modo: – Un hallazgo fascinante – deja escapar de sus labios, abstraída en él. Sujetando, inconscientemente, sus sicodélicas gafas de pasta por una de sus patas con una de sus manos, al tiempo que analiza la textura de los trazos con la nariz casi pegada a la obra.
La Sra. Santa, convencida de que ésta se halla desprevenida, arremete verbalmente con arrogancia desmedida: – ¿Te interesas por el arte o por las leyendas antiguas?… – Pero Sara, haciendo gala de la inexpresividad que tanto la caracteriza, no se inmuta. Limitándose a sugerirle, sin despegar la mirada del fresco: – Conviene que hablemos a solas. – Esto la descompone, ya que en su primer encuentro, era evidente, que su mera presencia la contrariaba.
Tras hacer una pausa, sumida en un inquietante silencio, ordena a sus Harimaguadas que se retiren con un gesto aburrido de su mano, sin perder de vista a su misteriosa visita.
Una vez solas, Sara, rompe el hielo, dejando caer con la mayor naturalidad: – Que hermoso era bailar desnudas bajo la lluvia. – Dicho comentario, se ensarta en el pecho de la Sra. Santa como una afilada daga. Pálida, hace un amago de volverse en busca del apoyo de sus protectoras, pero al instante, recuerda que hizo que se retiraran. Terriblemente incomoda, siente palpitar su corazón de un modo denigrante para su estatus, y arrastrada por una bocanada de pura cólera, agrieta el rictus de enfado perpetuo en su bello rostro, hasta el punto de cortar el aire, inexplicablemente contenida.
Sin variar la modulación serena de su voz, Sara, continúa: – ¿No soportas ser vulnerable?… Cálmate, todas lo somos. – ¡No voy a calmarme! ¡Exijo que aclares tu insinuación! – Deja escapar la Sra. Santa encolerizada. – No insinúo, era hermoso bailar juntas bajo la lluvia, pero claro, después de someterte a tantas renovaciones, ya no lo recuerdas. – La Sra. Santa, hace un esfuerzo en observar con detenimiento el rostro de Sara, sin hallar en él, nada que le resulte familiar, por lo cual, aclara: – Ese es uno de mis recuerdos más íntimos. Siempre dance sola, nunca en compañía. ¿Qué intentas conseguir con este juego? – No tiene sentido seguir hablando. – Finaliza Sara, acercándose a ella y deteniéndose a un palmo de su bello rostro. La Sra. Santa retrocede un paso notablemente desconcertada, pero Sara avanza igualmente, manteniendo la intima distancia, mientras le hace saber: – Lamento enormemente que no me recuerdes. No obstante, deseo que sepas, que tus secretos siempre han estado a salvo conmigo – Luego, cogiéndole la mano con ternura, deposita en ella una mini-cápsula de información y se aleja, dirigiéndose a la salida. Sin embargo, antes de abandonar la Capilla Poligonal definitivamente, se vuelve y le pregunta: – ¿Aún sigues con tus pesadillas? – La Sra. Santa, se ve incapaz de gesticular palabra. Si la intención de la mosquita muerta, era la de devolverle el mal trago que le hizo pasar en El Pilar del Cielo, podía darse por satisfecha. Pero Sara, no solo, no da muestras de disfrutar con su humillación, sino, que no se detiene ahí, añadiendo a lo expuesto: – Lamentablemente, San, nunca te dejara en paz. Te recomiendo que visiones la mini-cápsula en la más estricta intimidad. Me pediste que te la entregara, una vez hubieses vuelto de tu décimo-quinta renovación, y así lo he hecho. – ¿Y quién me asegura que no la has visionado?… – Interroga la Sra. Santa, observando la mini-cápsula en la palma de su mano. Pero solo obtiene un silencio prolongado como respuesta. A razón del cual, alza la mirada con una chispa inquisidora en sus pupilas, dispuesta a taladrar el rostro imperturbable de la mosquita muerta, pero ésta, ya no está.

En tanto, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, Damian, se debate en un mar de incógnitas, que arremeten contra él, haciendo añicos su sosiego. Desde la desaparición de Madre, su situación, se ha tornado susceptiblemente peligrosa. Las Harimaguadas no le gustan, y Sara, no le tiene aprecio. Por primera vez en su vida, siente pánico. – ¡Madre! ¡Madre! ¡¿Por qué me has abandonado?! – Grita con todas sus fuerzas, dejándose caer de rodillas, incapaz de apaciguar el nudo que le oprime el pecho. No comprende porqué se siente tan mal. Abrumado por esta sobrecarga de emociones desconocidas para él, se despoja de su kimono blanco, dejándolo caer al suelo y se mete en la ducha termal. Permitiendo, que el agua salada a presión de la misma, le rocíe de arriba a bajo con fuerza, despejando, momentáneamente, su castigada mente.

Acto seguido, la puerta hexagonal se abre, pero… para su sorpresa, no es Sara la que entra. Raudo, sale de la ducha y se esconde en una zona poco iluminada de la estancia. – ¿Hola?… – Pregunta una voz femenina – ¡¿Quién eres?! – Interroga Damian desde las sombras. La atmosfera de la estancia, se enralece con un tenso silencio sostenido, que es moderado, por el quebrado sonido de la voz tímida y atolondrada de la inesperada visitante: – ¡No me haga daño! ¡Me han ordenado que le entregue su dosis diaria de licor de vida!… – Damian, dando unos tímidos pasos, sale de su improvisado refugio, desnudo y empapado. Con cientos de gotas cristalinas de agua salada descendiendo por su cuerpo, ajeno por completo al pudor inherente a la madures y clavando, sus inocentes y analíticos ojos claros, en la nueva portadora del licor.
La carga erótica de la escena, genera en la susodicha, un shock de lo más inesperado. Ruborizada y temblorosa, comienza a gritar sin tregua, dejando caer la bandeja con el licor de vida al suelo. Torpeza, que la descompone aun más, por temor a un posible castigo. Por lo que, patéticamente encogida, en una de las esquinas laterales de la puerta hexagonal, dobla su histeria, gritando con más fuerza y cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
Damian, percatándose de que ésta, inconscientemente, obstruye con su cuerpo el cierre automático de la citada puerta, no lo duda. Suma ese fortuito detalle al desconcertante y confuso comportamiento de la misma, y saca partido del resultado. Huyendo, velos, de su prisión dorada. Perdiéndose, en un sin fin de pasillos, diáfanos, acolchados y solitarios, con el eco de sus pies descalzos y su acelerada respiración, como única compañía.

Por puro azar del destino, coincide con un corredor que le brinda una posible salida. Al final del mismo, se planta anta una nueva puerta hexagonal de mayor tamaño, la cual, al captar su presencia, se abre sin más. Sin dudarlo, sale por ella desbocado, colisionando con algunas personas que transitaban al otro lado. La luz solar le ciega momentáneamente. Oye gritos de histeria a su alrededor, siente, que los que le rodean, se apartan de él como si portase un virus letal. Se detiene para recuperar el aliento, consciente de que es minuciosamente observado. Una vez sus ojos se adaptan a la luz, se arma de valor para afrontar su nuevo entorno. Aturdido, se descubre en el centro de un improvisado círculo de mujeres que le rodean, guardando una prudente distancia de seguridad. Alza la vista, hallando, hileras de pasillos abalconados ascendiendo por los edificios colindantes, desde los cuales, es igualmente observado por más mujeres. De hecho, mire donde mire, solo hay mujeres observándole. – ¡¿Hembras?!… ¡Aquí solo hay hembras! – Deja escapar con asombro. Consecuentemente, un silencio opresor se adueña del momento. Cientos de rostros femeninos clavan sus miradas en él, trasluciendo emociones confusas e inestablemente favorables para su persona. Anticipándose a lo que pudiera pasar, se afana en hallar el modo de abrirse camino entre ellas y escapar. Siendo, imprevisiblemente interrumpido, por una de las presentes, que oculta entre el resto, se dirige a él telepáticamente: – “¡No te muevas!” – “¿Madre?… ¿Has vuelto?” – Pregunta Damián con un atisbo de esperanza. – “No debiste abandonar El Pilar del Cielo” – Le reprocha la voz. – “Pero Madre, me sentía solo y tú…” – Se justifica Damian antes de que ésta le interrumpa bruscamente: – “Llámame Novoa. Es tarde para explicaciones. Ahora, voy ha acércame a ti.” – Abriéndose paso entre la multitud, una mujer esbelta y morena, de labios carnosos y ondulada melena negra, se adelanta imperturbable. Se acerca incómodamente a él, y alzando cautelosamente el brazo, acaricia su velluda barbilla con la mano, declarando en voz alta con la más absoluta tranquilidad: – ¡He aquí un hombre! – Esta desafortunada revelación, genera algunos gritos histéricos y alguna que otra exclamación de asombro y desprecio radical. – ¿Qué está pasando? – Pregunta Damian, horrorizado, a su interlocutora. Ésta, regalándole la expresión de compasión más sincera y hermosa que pudiese haber visto, se acerca más a él, y apoyando sus calidas manos en sus desnudos y varoniles hombros, continua hablándole telepáticamente: – “Sé más discreto, solo tú puedes oírme.” – “¿Porqué tengo la sensación de que me has sentencia a muerte?” – Le amonesta Damian. – “Al contrario, aquí y ahora, eres una anomalía, y las anomalías son eliminadas sin contemplaciones. Al decirles lo que eres, he ganado tiempo a tu favor. Nunca han visto a nadie de tu sexo, salvo en los tratados de la vieja historia. Mientras la curiosidad las envélese, tienes una oportunidad para elegir” – Aclara Novoa con tranquilidad – “¿Para elegir qué?”… – Pregunta Damian intuyendo la respuesta – “El modo de morir, por su puesto. Para mí, eres una bendición, un regalo, que éstas criaturas no están preparadas para apreciar. Oí tu reclamo y vine ha ayudarte, pero tu ansia de libertad a complicado las cosas. Ya no puedo protegerte. Tal como lo veo, solo te queda elegir, entre morir a manos de estas arpías, o quitarte la vida tu mismo.” – Damian, mira unos segundos al exceso de mujeres que le rodea, asumiendo, a golpe de vista, que no hay puntos débiles en el férreo círculo que forman. Deja escapar un suspiro descorazonador, que le hace sentirse abducido por un contradictorio halo de sosegante resignación. El cual, le induce, inexplicablemente, a abrazar a la mujer morena, embriagado por un desconcertante sentimiento de gratitud. Y en dicho acto, a modo de compensación, se toma la libertad de dejarse embriagar por el grato aroma que ésta desprende, susurrándole con un sutil pensamiento: – “Dame un rumbo y pondré fin a esto” – “Gírate, cierra los ojos y corre” – Le sugiere Novoa, antes de despegarse de él y, simulando indiferencia, zabullirse en el mar de hostilidad que le retiene.

Ahora, más que nunca, comprende los motivos por los que Madre le mantenía apartado en su refugió. Es tarde para arrepentimientos. Tomó una decisión, y muy a su pesar, ha de ser consecuente con ella. Viendo, que las atónitas y encolerizadas mujeres tardan en salir del asombro que las paraliza, se da la vuelta y echa a correr lo más rápido que puede en la dirección aconsejada. Mientras, sus despóticas observadoras, incapaces de reaccionar ante lo que consideran un acontecimiento inimaginable, se limitan a gritar histéricas apartándose de él por miedo a ser rosadas.
Así, nuestro desafortunado personaje, corre a ciegas sin obstáculos, en línea recta, hasta colisionar con un barandal, sobre el que se deja caer, precipitarse consecuentemente al vacío.

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yrunay@gmail.com © Marco Antonio Santana Suárez

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