Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 4 21 septiembre 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 22:09

La Huida

Oscuridad, abandono la oscuridad, atraído por el trinar de unas risas lejanas. Abro los ojos extraviado y exclamo: – ¡Me he dormido! – Incorporándome precipitadamente, con la desconcertante sensación de haber llegando tarde a una cita. Me pongo en pie, observando con incomodidad el color de mi piel. – “No recuerdo que fuera tan blanca” – Cavilo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la mirada y me quedo boquiabierto con el panorama que me brindan mis ojos. Una esplendorosa y tupida plantación de dorados girasoles gigantes se extiende ante mí, en toda su amplitud. Sobrevolada, allí donde mire, por enjambres de criaturas idénticas a Ébano. Revoloteando, como abejas laboriosas recolectando néctar, saltando de un girasol a otro, orquestadas por la musicalidad de sus risas. Atónito, ante esta alucinógena visión, que sobrecoge y deleita a la vez, me desperezo varias veces, frotándome los ojos, no sea, que aun esté dormido.

Bañado por un rocío vaporoso, que desdibuja la presencia de una barrera en la distancia, y dificulta, la apreciación de unas figuras humanoides, acurrucadas en posición fetal, en cada una de las copas de los citados girasoles, me dejo acariciar por una ligera brisa. La cual, tras pasearse por mi rostro, me susurra al oído, antes de partir: – “Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida”. – Llevándome la mano a la cara, para limpiar las gotas de rocío, que esta viajera fugas deposita en ella, repito en voz baja: – Las corrientes de aire… encontrar la salida…

– ¡Oh, no! ¡Tenia que haberme ido de los Campos! ¡Que desastre! ¡Por qué me habré dormido! – Me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despejado y mentalmente reubicado en la fabulosa realidad en la que ahora habito.

Agobiado por el despiste, me ahogo en un mar de confusión. Al tiempo, descargo algo de tensión, desentumeciéndome el cuello en lo que miro hacia arriba. Descubriendo, fortuitamente, una insospechada bóveda semioculta por los vapores con una oscura abertura en su centro. Contrayéndose y dilatándose, al compás de las idas y venidas de las corrientes de aire, arrastra consigo la humedad condensada en la atmosfera. Haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano, y alejándola, con la misma, rumbo a los límites del vergel. Dejando tras de si, un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado que se haya baja mis pies.

Con el arrullo, me vienen a la mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas. Me abraza llena de felicidad, pero no consigo recordar el motivo de tanta dicha.

Nuevamente, las risas intervienen. Remplazando mi pasado sesgado por la presente proximidad de dos de las extrañas criaturas. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas. Comentándose cosas con susurros similares a zumbidos, se tapan las bocas, con sus intimidadoras manos, antes de reanudar sus risas. Menean sus caderas al ritmo de las mismas, inmersas, en una desconcertante y frenética danza, que alerta al resto de mi presencia.

– Esto me da muy mala espina… – Me digo, retrocediendo unos pasos, que hacen, que estas, huyan despavoridas, volando en direcciones opuestas. Receptivas a mis movimientos, se detienen en pleno vuelo a una distancia prudencial. Sin perderme de vista, coordinan sus movimientos con complicidad, abren sus bocas desmesuradamente, y emiten, a la par, un desagradable y agudo grito sostenido, que penetra como agujas incisivas en mis tímpanos, haciendo que me retuerza de dolor.

Indefenso, pierdo el equilibrio, precipitándome a un inesperado vacío, que me hace comprender, al instante, que me hallaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Por lo que extiendo mis brazos a la desespera, con el fin, de agarrarme a lo que sea posible.

Afortunadamente, consigo aferrarme a una de sus enormes hojas. Que amortigua mi caída, plegándose, a causa de mi paso, y depositándome, sano y salvo, en un suelo irregular, cubierto por una maraña de agresivas raíces que se disputan el escoso espacio que les queda libre.

Tan pronto toco el suelo, salgo disparado como alma que lleva el diablo. Corro, sin rumbo definido, entre tallos equivalentes a troncos de árboles, con la idea fija, de alejarme lo antes posible de ese lugar. Abriéndome camino con desmaña, entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural. Mientras, sobre mi cabeza, a una altura considerable, el crujir de los tallos al balancearse con la brisa y el nervioso revoloteo de las extrañas criaturas en su frenética actividad, acompañan mi huida.

Me eternizo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan, y el suelo, cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos, se eleva, en pendiente ascendente, hacia una zona más verdosa, donde se aprecia con claridad el nacimiento de la cúpula.

Remonto la pendiente con cautela, encontrándome, al final de ella, una explanada cubierta de cientos de margaritas tamaño natural. Todo un descanso para los sentidos, después de tanta anormalidad. Me deleito recorriéndolas con la mirada, hasta detenerme, en una figura tumbada junto a una aglomeración de las mismas. Raudo, termino mi ascenso y voy a su encuentro.

A poca distancia de ella, me detengo en seco, comprobando, que se trata de una de esas impredecibles criaturas aladas, a las que llevo horas eludiendo. Aparentemente, parece abatida, vulnerable, no obstante, no me fío. Me aproximo, midiendo cada uno de mis movimientos, y una vez ante ella, me percato de que está de parto.

Al verme, se sobresalta, hablándome en una legua que no acierto a comprender, mientras agita sus brazos indicando que me vaya.

– Tranquila, no voy ha hacerte daño. – Me apresuro a decir – ¿Necesitas ayuda? – Insisto.

Aterrada, me mira como si hubiese profanando algún tipo de ritual. Dudo, no sé si irme o quedarme. Ella, sacando partido de mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con uno de sus gritos, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero admirablemente, no se rinde.

Asumiendo que no soy bien recibido, me hecho a andar, con la desagradable sensación de no estar haciendo lo correcto. – Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera. – Me digo, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecérmelo, se abalanza sobre mí a la velocidad del royo, sin darme tiempo a reaccionar. No hunde sus poderosas garras en mi piel por milímetros. Otra criatura de su especie, surgida de no sé donde, se interpone entre nosotros, asestándole incontables zarpazos en mitad de su inesperada embestida. Pero mi atacante, sin amedrentase, se los devuelve con saña. Enzarzándose, ambas, en una cruda y sangrienta lucha de garras y dientes. Paralizado por el miedo, no sé donde ponerme, para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.

En mitad del combate, la embarazada expulsa un huevo, que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Reacciono, corriendo tras él, con el propósito de protegerlo. Para cuando consigo alcanzarlo, este, ya ha eclosionado, y un bebe albino, de aspecto humanoide, yace inerte sobre una alfombra de vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me quedo con la intención, su cuerpecito, comienza a convulsionar y a crecer, alcanzando la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo alucinado, siendo repentinamente apartado, en plena confusión, por un brusco empujón, propinado por una de las combatientes bañada en sangre. Acto seguido, esta, con la pericia del que ha hecho algo con anterioridad. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente, y con un rápido movimiento de brazos, le rompe el cuello.

Abandonándolo, sin más, se vuelve hacia mí, y me grita: – ¡Te dije que salieras de Los Campos! ¡Así cómo voy a ayudarte! – ¡¿Ébano?!… – Pregunto sorprendido. – ¡Sígueme! – Ordena echándose a andar. Y yo, visto, lo visto, la sigo sin rechistar. Reprimiendo el impulso de comprobar si aun queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen maltrechos a nuestros pies.

Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras realizar un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto de los silencios.

Parados ahora frente a su muro, que se eleva diluyéndose con los vapores acumulados en la atmosfera. Veo, maravillado, una magnifica sucesión de monumentales esculturas, esculpidas en alto relieve, a lo largo del mismo.

Ébano, alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella, encontrándonos, con un desconcertante y enorme portal gótico, que se erige, justo, en la entrepierna de la susodicha. Este, parece estar relleno de una atrayente sustancia liquida, que brota del centro de su arco y desciende a modo de cortina. Como una mansa cascada de agua cristalina.

Mi compañera de viaje, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: – No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una criatura oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…

Llegué aquí del mismo modo que tú. Despertando en el corazón del reino de las Melíferas. Estas, me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo en este lugar, que apenas recuerdo de donde vengo. Ahora, este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.

De forma cortante, calla. Se acerca al portal, y con uno de sus dedos, le da un ligero toque, haciendo nacer unas ondas en su superficie. Luego, se limita a observar como desaparecen al fundirse con el pétreo contorno gótico que lo enmarca.

– ¿Por qué los mataste? – Me atrevo a preguntar circunspecto.
– Solo la Reina Madre puede engendrar. – Responde despreocupada, sin dejar de jugar con el velo del portal.

Acto seguido, impredecible, se vuelve, aproximándose a mí sin dejar de mirarme con sus ojos penetrantes. Me besa en los labios, dejando, una vez más, su embriagador aroma a flores silvestres tras de sí. Y sonriendo con un guiño, me indica el portal, haciendo brotar sus alas. – Esa es la salida – Comenta, antes de volver a abandonarme.

Sin mediar palabra, me aproximo a él, hundo mi mano en sus aguas, y soy absorbido por ellas en un parpadeo.

 

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