Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 6 21 septiembre 2012

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El Experimento

Damian Beta 0.1, ataviado con un kimono blanco como única vestimenta, observa la mega acrópolis Centauro desde una de las diáfanas y enormes ventanas del edificio más alto de la ciudad. Desde dicha posición se entretiene viendo pulular a cientos de figuras diminutas por las vías peatonales de la urbe y no puede evitar preguntarse cómo seria vivir ahí abajo, inmerso en ese bullicioso hormiguero de entidades ajetreadas en sus quehaceres cotidianos.

– ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como yo? – Se pregunta intrigado. – “No, no son como tú” – Le responde una cariñosa voz en su cabeza. – ¡¿Madre?! ¡¿Has vuelto?! – “No, aun sigo en la incursión espacial. Me desconcierta tu apremio para que retorne, sabes de sobra que siempre estoy contigo.” – Espiritualmente sí, pero físicamente no, añoro estrecharte entre mis brazos. – “Eres una criatura extraña. No negaré que experimento agrado al oír tus palabra, sin embargo, ese apego a mi parte física hace que te repela.” – ¿Por qué? ¿Tú no sientes deseos de estar junto a mí? – “No, ¿Por qué habría de sentirlo?” – Tus palabras me hieren – Termina diciendo Damian, dejando escapar un profundo suspiro.

Apesadumbrado se tumba en un amplio sofá de cuero blanco y formas curvas. – ¿Cuándo me podré marchar, Madre? – “Ya lo hemos hablado cientos de veces, no te puedes marchar.” – ¿Pero no lo comprendo? Deseo salir de aquí. Quiero bajar a esas calles. Unirme a esas personas. Reír, ser feliz con ellas. – “Eres un soñador Damian, eso no va a pasar, de hecho, si supieran que estás aquí, te matarían.” – ¿Tan horrible soy? – “¡Ja, ja, ja,…! No eres horrible, eres diferente…”

Tras él se abre una puerta automática hexagonal a modo de recogida de abanico, y acto seguido, entra una mujer de elegante figura, piel pálida y mirada gélida, enfundada en un ceñido batín blanco. – No te cansas de hablar solo – Le comenta con desden a Damian. – ¿Por qué me odias tanto Sara? – Le pregunta él incorporándose y quedándose cómodamente sentado en el sofá. – Porque eres una aberración. Tú no deberías existir. Si por mí fuera ya estarías muerto. – Gracias Sara, a mi también me agrada verte. – Añade Damian con ironía. – No seas necio, agradece el hecho de que me digne a pasar por aquí a traerte tu dosis diaria de licor de vida. – ¡Licor de vida! Vaya una forma de disfrazar un mejunje intragable. – ¡Desagradecido! ¡Ese mejunje, como tú lo llamas, es el mayor hallazgo de la ciencia de nuestro siglo! ¡Quién podía imaginar en los pasados milenios que un censillo compendio de nutrientes básicos aportarían los complementos necesarios para brindar longevidad y juventud a toda una generación!… – Si, si, lo sé, no me repitas otra vez esa cantinela de la generación elegida… – Interrumpe Damian deseando que le vuelva a dejar solo. – “Se paciente, solo hace su trabajo, no conviene alterar al personal” – Le amonesta tiernamente Madre con un susurro. Este, aprovechando la circunstancia le pregunta a Sara: – ¿Has oído esa voz? – ¿Qué voz? Yo no he oído nada. ¿Te burlas de mí? – No me hagas caso, quizá el estar encerrado aquí me esté volviendo loco. – Los ojos de Sara parpadean, y por unos segundos, un vestigio de compasión parece anidar en su mirada, no obstante, sin dar muestras de ello, deposita el recipiente con el licor de vida en una superficie circular que levita junto al sofá y se retira con el ligero sonido de su calzado acolchado sin volverse a despedirse.

– “Veo que empiezas a mostrar inteligencia.” – Alude Madre. – ¿A caso dudabas de ella? ¿Cómo es que yo puedo oírte y ella no? – Interroga Damian – “Porque al nacer te implanté un microchip en el cerebro” – Sorprendido con dicha revelación, preguntar con la voz ahogada: – ¿Qué soy yo para ti? – “Un experimento… ¡Debo dejarte!… ¡Han saltado las alarmas y…!”

Repentinamente, la voz de Madre desaparece. Quedando solo un silencio asfixiante, acompasado por el acelerado palpitar de su corazón. – ¡MADRE! ¡MADRE! ¡¿SIGUES AHÍ?! – Grita asustado sin obtener respuesta. Un zumbido electrónico capta su atención y dirige la mirada, velos, hacia una pequeña esfera de cristal oscuro, en una de las esquinas del techo de la sala. Extiende el brazo, coge el recipiente con el licor de vida y lo lanza con fuerza, estrellándolo, certero, contra la esfera, mientras grita: – ¡DEJA DE ESPIARME!

Derrotado, se deja caer nuevamente sobre el mullido sofá. Una lágrima solitaria escapa de uno de sus ojos y recorre lentamente su mejilla antes de precipitarse al vacío. Con la mirada perdida, murmura: – Te equivocas, no soy un experimento, soy una persona. – Luego, se sumerge en su reino de fantasías. Único consuelo en esta confortable prisión, a la cual, ignora como llegó.

Transcurridas unas horas, unas voces alteradas, al otro lado de la puerta hexagonal, truncan su sosiego haciendo que se levante del sofá alarmado. La citada puerta se abre, he irrumpen en la sala un grupo de mujeres encapuchadas, ataviadas con sotanas blancas y seguidas por la, hasta la fecha, inmutable Sara, notablemente alterada con los hechos.

La comitiva, presidida por una mujer especialmente hermosa, luciendo una lustrosa y dorada cruz barroca sobre el pecho, con una llamativa gema roja en forma de corazón incrustada en su centro, se detiene en seco ante la inesperada apariencia física de Damian.
– ¿De donde habéis sacado este engendro? – Comenta la llamativa cabecilla con una insultante expresión de repudio en su cara.
– No tenéis derecho a estar aquí. Estáis violando la intimidad de Madre. – Advierte Sara con moderación, conteniendo su malestar y evitando mirar a los ojos de la representante de la inesperada visita. La cual, le sermonea exaltada: – ¡¿La intimidad de Madre?! ¡¿Pero que blasfemia es esa?! ¡Hablas de ella como si fuera una entidad física! ¡¿He de recodarte que Madre es una fuerza espiritual que vela por el bienestar de nuestra fructífera comunidad?! ¡¿Insinúas que puedes oír su voz?! ¡¿Acaso eres tú la última persona con la que estableció contacto?!
– No… – Contesta Sara, con un tono casi inaudible, notablemente intimidada.
La prepotente portavoz, regodeándose con la situación, se dirige hacia Damian sin titubear y deteniéndose a una distancia prudencial, comenta a sus subordinadas, mirándole de arriba abajo con desprecio: – Estáis seguras de que la última manifestación de Madre proviene de este lugar. – Sin duda alguna Ntra. Sra. Santa. – Le responde una de ellas.

Damian, que hasta el momento no se había pronunciado, pregunta: – ¿Quiénes sois?… – ¡Madre Santa! ¡La abominación habla! – Exclama escandalizada la Sra. Santa mientras sus seguidoras retroceden asustadas.
– “Son las Harimaguadas, las elegidas por la entidad Madre para transmitirnos sus designios. Por favor, no las provoques.” – Le susurra Sara, tras posicionarse discretamente a su lado.
– ¡Que no vuelva a hablar! ¡No sé que está pasando aquí, pero pienso llegar al fondo del asunto! ¡Sedad a la bestia y precintad la fachada hasta nueva orden! – Sentencia fuera de sí la Sra. Santa. Y antes de que Damian pueda replicar, siente un latigazo en el cuello, se lleva la mono instintivamente al punto de dolor y extrae un pequeño dardo azul antes de perder el sentido.

Sumido en la oscuridad, cae a un pozo sin fondo, y en el descenso sin fin, alguien le abraza por la espalda deteniendo su caída. – ¡Hola! ¿Estás bien? – Murmura una voz femenina en su oído. – Ah, eres tú. La chica oscura de alas verdes. – Sí, no sufras, pronto te sacaré de ahí – Claro, bello sueño, lo que tu digas.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 5

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 22:34

La Pesadilla

Eva, grita reiteradas veces, dolida por su pérdida, pero no consigue apaciguar la angustia que devora su alma. Sin percatarse de que ya no es arrastrada por la misteriosa entidad, llora sin consuelo, hecha un ovillo sobre un frío suelo negro azabache. El absoluto silencio reinante solo es roto por su gimoteo. Tomando conciencia de ello, calla. Se recompone poniéndose en píe, sin que el nudo que oprime su pecho afloje un palmo. Mira a su alrededor, pero no ve mas que oscuridad. No sabe expresarlo, pero se siente distinta, ligera, ingrávida. Incomoda se mira y ruborizada exclama: – ¡Estoy desnuda!…
– “¡Silencio!” – Oye en su cabeza. Se gira buscando con la mirada en todas las direcciones, hasta localizar una figura humanoide, igualmente desnuda, con una piel lechosa reluciendo, tal cual faro, en medio de tanta oscuridad. Esta, de espaldas, se inclina con cautela como si estuviese observando furtivamente tras una esquina. Así lo piensa Eva, pero al segundo lo descarta por absurdo. – Aquí no hay nada, solo oscuridad. – Cavila dando unos pasos dispuesta a aproximarse. Pero la entidad, a pesar de no tener oídos, intuye su movimiento girando veloz su cara hacia ella con cierto recelo. Mirándola, con unas turbadoras luces rojas, que emulando a unas pupilas, flotan suspendidas en las huecas y oscuras cuencas de sus ojos, a modo de luciérnagas danzando a la par en la boca de sendos orificios.
Eva, queda petrificada, no se atreve a mover un músculo mientras el rostro plano de la criatura, ausente de rasgos faciales, salvo los ojos ya citados, se dirige hacia ella. Luego, atraído por algo que reclama su atención con mayor apremio, recupera su postura de mimo callejero, caracterizando a un mirón tras una esquina, indiferente a su presencia.
– “¡Pero qué demonios…! – Masculla armándose de valor mientras se aventura decidida a acercarse. Con la fortuna, de que en este segundo intento la susodicha no se inmuta, permitiéndole acercarse hasta casi tocarla.
Poniéndose de puntillas, hecha un vistazo por encima de su hombro, mientras le pregunta: – ¿Qué miras?… – Pero no responde, inalterable en su incomprensible conducta.
Con reparo, apoya sus manos en el hombro desnudo de la misma para no perder el equilibrio, apartándolas sobre la marcha como si hubiera tocado una bombilla encendida. Sin embargo, no experimentó quemazón al tacto, sino una especie de vahído, algo así como un tirón al interior de la materia que le da forma.
– “¡No vuelvas ha hacerlo!” – Le amonesta sin volverse a mirarla.
Cohibida, asiente con la cabeza y prueba a inclinarse igual que él, asomándose, esta vez, por el lateral de su brazo derecho.
En principio no ve nada, pero al rato, se materializa una imagen, una ventana a otro lugar. Dentro de ella, un individuo enfundado en un traje de neopreno negro, se esmera en afilar un reluciente juego de cuchillos de carnicero. – Esto no me gusta. – Advierte, retrocediendo por temor a ser vista – ¿Por qué estamos aquí? – interroga con un susurro a la criatura. – “Tú rescate me ha debilitado, necesito alimento” – Le responde sin perder de vista al individuo de la proyección.
Inquieta con el giro que están tomando los acontecimientos, continúa indagando con cautela: – ¡¿Alimento?! ¿Qué clase de alimento? ¡No tienes boca!…
– “¿Boca?… No necesito esa desagradable apertura en la cara. Yo me alimento de lo que ves ahí.” – Le responde señalando con el dedo a la proyección.
– No te entiendo. – Continua Eva con un hilo de voz.
– “Me nutro de la luz que proyectan los durmientes en la oscuridad. Eso que vosotros llamáis sueños. Localizo las brechas que se crean en el velo del Nexus, absorbo toda la luz que estos me puedan dar y continúo mi camino. Nada fuera de lo normal. ¡Ahora deja de hacer preguntas, necesito concentración!”
– ¡Uf! ¡Pues si que me ha salido antipático el caballero andante! – Se comenta con ironía mientras se sienta sobre sus rodillas con los brazos cruzados, intentando cumplir con lo que le pide.
Amodorrada por el aburrimiento, deja escapar un bostezo en lo que vuelve a asomarse por el lateral de la entidad movida por la curiosidad. En un vistazo rápido, se percata de la existencia de unas jaulas de hierro de mediana estatura tras el individuo que afila cuchillos. Estas acaparan al instante toda su atención, la sensación de aburrimiento se esfuma y su mirada se agudiza esforzándose en descubrir lo que se mueve en su interior. En esto, una pequeña mano infantil se deja ver por uno de los barrotes de la tenebrosa prisión. Eva se sobresalta, por su cabeza pasan infinidad de ideas, a cual más terrible, y sentencia con un palpitar de corazón que le golpea dolorosamente el pecho: – ¡Tenemos que hacer algo! – El ser, se vuelve repentinamente hacia ella, agarrándole el brazo con violencia y le grita – “¡No vas a intervenir! ¡Es mi alimento! ¡Lo necesito! ¡Sin el, no podré salir de esta oscuridad!” – Pero ella, sin escucharle, le replica: – ¡Va ha matarlos! ¡Hay que detenerlo! – El ser, zarandeándola un poco, insiste: – ¡Lo que ves, no es real! ¡Solo es un sueño!…
En esto, el llanto histérico de un niño les interrumpe. Ambos, miran al acecino, que en ese preciso instante está sacando a una de sus víctimas de la jaula. Eva, aprovechando la distracción del ser albino, se zafa de su zarpa y corre como una exhalación al rescate del pequeño.
– “¡NO!” – Grita con contundencia el ser en su cabeza. Ella se tambalea dolorida, como si le hubiese dado un mazazo en la sesera, pero en un acto de valentía sin parangón, transforma en fuerza su dolor, se estabiliza y arremete en una durísima embestida contra el desprevenido sádico.
Este, suelta al niño cayendo aparatosamente contra una pared y perdiendo el conocimiento con el impacto. Eva, sin desperdiciar un segundo, abre las jaulas y va lanzando, uno por uno, a los niños al otro lado de la brecha. Cuando se hace cargo del último, este, pillándola desprevenida, la abraza con fuerza diciéndole: – ¡Gracias, Mamá, sabia que me encontrarías! – Sorprendida con la dulzura de dichas palabras siente que se desmorona, no obstante, reprimiendo esa emoción dedica unos segundos a observarlo. Viéndose, gratamente recompensada por el candoroso rostro de una niña pelirroja, que fulminándola con sus inmensos ojos verdes, persiste en seguir abrazándola. Conmovida, le devuelve el abrazo recordando al hijo que perdió. Dejándose seducir por la magia del momento, hasta ser bruscamente interrumpida por una enorme sombra que eclipsa la tierna escena con sus sórdidas palabras. – ¡Sorra! ¡Me has robado los juguetes! – Le amonesta un individuo alto y delgado de rostro encendido y desfigurado por la ira. Ella, cogiendo a la niña en brazos, huye saltando a modo de gacela al otro lado de la brecha. Dándose de bruces contra el frío suelo azabache, a causa, de una atenazadora mano que la agarra por el tobillo. – No vas a ir muy lejos pajarito. Nadie le roba los juguetes a San sin pagar un precio. – Le hace saber luciendo una cínica y babeante sonrisa. Eva, suelta a la niña para que pueda huir: – ¡Corre pequeña, corre y no mires a tras! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – Le replica la niña llorando. – ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE! – Grita imperativa mientras propina varias patadas seguidas en la cara de su agresor con la pierna que le queda libre. La niña corre desconsolada y se pierde en las sombras. Sintiendo que no le circula la sangre en el tobillo y que le flaquean las fuerzas, mira al ser albino reclamando ayuda. Pero este, ajeno a los hechos, se retuerce de placer, revolcándose por el suelo, con su cuerpo irradiando una hermosa luz blanca y riendo sin poder parar a carcajadas histéricas. Ante semejante panorama, Eva, se ve pedida.
Cuando vuelve a mirar al individuo del traje de neopreno, asume que es su fin. Este, recuperado de las patadas que le asestó en la cara, empuña un enorme, reluciente y afilado cuchillo dispuesto a abrirla en canal.
– ¡NOOOO…! – Grita, contrayéndose y tapándose la cara..

De pronto, se hace el silencio. Eva, dejando de contener la respiración aparta las manos de su cara. Desconcertada, se mira el tobillo, hallando la mano sesgada del sádico aun agarrada a el. Sacudiendo nerviosa varias veces la pierna con brusquedad consigue apartarla y acto seguido, neurótica, se limpia el tobillo con las manos con expresión de desagrado en la cara..

Malamente se pone en pie, y al girarse, se topa de frente con el ser albino, sobresaltándose con el imprevisto. – “¡Ha sido intenso! Tenemos que repetirlo…” – comenta satisfecho, siendo bruscamente interrumpido por Eva – ¡¿Qué?! ¡Apártate de mi, monstruo! ¡Me mentiste! ¡Me dijiste que no era real! – “Bueno, aquí, en el Nexo, sueño y realidad son una misma cosa.” – Aclara, encogiéndose de hombros como si tal cosa. Al oírle decir eso, envenenada por la ira, se abalanza sobre él. Pero, envés de colisionar con su pecho, penetra en la materia que lo forma, sin que a este le de tiempo de impedirlo. Viéndose, sin más, tumbada boca abajo en un suelo cubierto de césped.

Refunfuñando, escupe algunas briznas y se incorpora contrariada, encontrándose, para colmar su irritación, ante dos de esos cargantes seres albinos, estupefactos con su llegada.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 4

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 22:09

La Huida

Oscuridad, abandono la oscuridad, atraído por el trinar de unas risas lejanas. Abro los ojos extraviado y exclamo: – ¡Me he dormido! – Incorporándome precipitadamente, con la desconcertante sensación de haber llegando tarde a una cita. Me pongo en pie, observando con incomodidad el color de mi piel. – “No recuerdo que fuera tan blanca” – Cavilo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la mirada y me quedo boquiabierto con el panorama que me brindan mis ojos. Una esplendorosa y tupida plantación de dorados girasoles gigantes se extiende ante mí, en toda su amplitud. Sobrevolada, allí donde mire, por enjambres de criaturas idénticas a Ébano. Revoloteando, como abejas laboriosas recolectando néctar, saltando de un girasol a otro, orquestadas por la musicalidad de sus risas. Atónito, ante esta alucinógena visión, que sobrecoge y deleita a la vez, me desperezo varias veces, frotándome los ojos, no sea, que aun esté dormido.

Bañado por un rocío vaporoso, que desdibuja la presencia de una barrera en la distancia, y dificulta, la apreciación de unas figuras humanoides, acurrucadas en posición fetal, en cada una de las copas de los citados girasoles, me dejo acariciar por una ligera brisa. La cual, tras pasearse por mi rostro, me susurra al oído, antes de partir: – “Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida”. – Llevándome la mano a la cara, para limpiar las gotas de rocío, que esta viajera fugas deposita en ella, repito en voz baja: – Las corrientes de aire… encontrar la salida…

– ¡Oh, no! ¡Tenia que haberme ido de los Campos! ¡Que desastre! ¡Por qué me habré dormido! – Me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despejado y mentalmente reubicado en la fabulosa realidad en la que ahora habito.

Agobiado por el despiste, me ahogo en un mar de confusión. Al tiempo, descargo algo de tensión, desentumeciéndome el cuello en lo que miro hacia arriba. Descubriendo, fortuitamente, una insospechada bóveda semioculta por los vapores con una oscura abertura en su centro. Contrayéndose y dilatándose, al compás de las idas y venidas de las corrientes de aire, arrastra consigo la humedad condensada en la atmosfera. Haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano, y alejándola, con la misma, rumbo a los límites del vergel. Dejando tras de si, un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado que se haya baja mis pies.

Con el arrullo, me vienen a la mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas. Me abraza llena de felicidad, pero no consigo recordar el motivo de tanta dicha.

Nuevamente, las risas intervienen. Remplazando mi pasado sesgado por la presente proximidad de dos de las extrañas criaturas. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas. Comentándose cosas con susurros similares a zumbidos, se tapan las bocas, con sus intimidadoras manos, antes de reanudar sus risas. Menean sus caderas al ritmo de las mismas, inmersas, en una desconcertante y frenética danza, que alerta al resto de mi presencia.

– Esto me da muy mala espina… – Me digo, retrocediendo unos pasos, que hacen, que estas, huyan despavoridas, volando en direcciones opuestas. Receptivas a mis movimientos, se detienen en pleno vuelo a una distancia prudencial. Sin perderme de vista, coordinan sus movimientos con complicidad, abren sus bocas desmesuradamente, y emiten, a la par, un desagradable y agudo grito sostenido, que penetra como agujas incisivas en mis tímpanos, haciendo que me retuerza de dolor.

Indefenso, pierdo el equilibrio, precipitándome a un inesperado vacío, que me hace comprender, al instante, que me hallaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Por lo que extiendo mis brazos a la desespera, con el fin, de agarrarme a lo que sea posible.

Afortunadamente, consigo aferrarme a una de sus enormes hojas. Que amortigua mi caída, plegándose, a causa de mi paso, y depositándome, sano y salvo, en un suelo irregular, cubierto por una maraña de agresivas raíces que se disputan el escoso espacio que les queda libre.

Tan pronto toco el suelo, salgo disparado como alma que lleva el diablo. Corro, sin rumbo definido, entre tallos equivalentes a troncos de árboles, con la idea fija, de alejarme lo antes posible de ese lugar. Abriéndome camino con desmaña, entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural. Mientras, sobre mi cabeza, a una altura considerable, el crujir de los tallos al balancearse con la brisa y el nervioso revoloteo de las extrañas criaturas en su frenética actividad, acompañan mi huida.

Me eternizo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan, y el suelo, cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos, se eleva, en pendiente ascendente, hacia una zona más verdosa, donde se aprecia con claridad el nacimiento de la cúpula.

Remonto la pendiente con cautela, encontrándome, al final de ella, una explanada cubierta de cientos de margaritas tamaño natural. Todo un descanso para los sentidos, después de tanta anormalidad. Me deleito recorriéndolas con la mirada, hasta detenerme, en una figura tumbada junto a una aglomeración de las mismas. Raudo, termino mi ascenso y voy a su encuentro.

A poca distancia de ella, me detengo en seco, comprobando, que se trata de una de esas impredecibles criaturas aladas, a las que llevo horas eludiendo. Aparentemente, parece abatida, vulnerable, no obstante, no me fío. Me aproximo, midiendo cada uno de mis movimientos, y una vez ante ella, me percato de que está de parto.

Al verme, se sobresalta, hablándome en una legua que no acierto a comprender, mientras agita sus brazos indicando que me vaya.

– Tranquila, no voy ha hacerte daño. – Me apresuro a decir – ¿Necesitas ayuda? – Insisto.

Aterrada, me mira como si hubiese profanando algún tipo de ritual. Dudo, no sé si irme o quedarme. Ella, sacando partido de mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con uno de sus gritos, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero admirablemente, no se rinde.

Asumiendo que no soy bien recibido, me hecho a andar, con la desagradable sensación de no estar haciendo lo correcto. – Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera. – Me digo, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecérmelo, se abalanza sobre mí a la velocidad del royo, sin darme tiempo a reaccionar. No hunde sus poderosas garras en mi piel por milímetros. Otra criatura de su especie, surgida de no sé donde, se interpone entre nosotros, asestándole incontables zarpazos en mitad de su inesperada embestida. Pero mi atacante, sin amedrentase, se los devuelve con saña. Enzarzándose, ambas, en una cruda y sangrienta lucha de garras y dientes. Paralizado por el miedo, no sé donde ponerme, para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.

En mitad del combate, la embarazada expulsa un huevo, que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Reacciono, corriendo tras él, con el propósito de protegerlo. Para cuando consigo alcanzarlo, este, ya ha eclosionado, y un bebe albino, de aspecto humanoide, yace inerte sobre una alfombra de vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me quedo con la intención, su cuerpecito, comienza a convulsionar y a crecer, alcanzando la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo alucinado, siendo repentinamente apartado, en plena confusión, por un brusco empujón, propinado por una de las combatientes bañada en sangre. Acto seguido, esta, con la pericia del que ha hecho algo con anterioridad. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente, y con un rápido movimiento de brazos, le rompe el cuello.

Abandonándolo, sin más, se vuelve hacia mí, y me grita: – ¡Te dije que salieras de Los Campos! ¡Así cómo voy a ayudarte! – ¡¿Ébano?!… – Pregunto sorprendido. – ¡Sígueme! – Ordena echándose a andar. Y yo, visto, lo visto, la sigo sin rechistar. Reprimiendo el impulso de comprobar si aun queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen maltrechos a nuestros pies.

Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras realizar un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto de los silencios.

Parados ahora frente a su muro, que se eleva diluyéndose con los vapores acumulados en la atmosfera. Veo, maravillado, una magnifica sucesión de monumentales esculturas, esculpidas en alto relieve, a lo largo del mismo.

Ébano, alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella, encontrándonos, con un desconcertante y enorme portal gótico, que se erige, justo, en la entrepierna de la susodicha. Este, parece estar relleno de una atrayente sustancia liquida, que brota del centro de su arco y desciende a modo de cortina. Como una mansa cascada de agua cristalina.

Mi compañera de viaje, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: – No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una criatura oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…

Llegué aquí del mismo modo que tú. Despertando en el corazón del reino de las Melíferas. Estas, me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo en este lugar, que apenas recuerdo de donde vengo. Ahora, este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.

De forma cortante, calla. Se acerca al portal, y con uno de sus dedos, le da un ligero toque, haciendo nacer unas ondas en su superficie. Luego, se limita a observar como desaparecen al fundirse con el pétreo contorno gótico que lo enmarca.

– ¿Por qué los mataste? – Me atrevo a preguntar circunspecto.
– Solo la Reina Madre puede engendrar. – Responde despreocupada, sin dejar de jugar con el velo del portal.

Acto seguido, impredecible, se vuelve, aproximándose a mí sin dejar de mirarme con sus ojos penetrantes. Me besa en los labios, dejando, una vez más, su embriagador aroma a flores silvestres tras de sí. Y sonriendo con un guiño, me indica el portal, haciendo brotar sus alas. – Esa es la salida – Comenta, antes de volver a abandonarme.

Sin mediar palabra, me aproximo a él, hundo mi mano en sus aguas, y soy absorbido por ellas en un parpadeo.