Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 2 26 junio 2012

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La Criatura Oscura

Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapulta al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como si tuviera un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la cien mientras pienso:  ¡Uf! ¡Que pesadilla!

Tardo unos segundos en estabilizarme, alzo la mirada aleatoriamente incapaz de enfocar nada, deteniéndola, certero, en un par de pupilas de un color rojo encendido que me observan penetrantes.

Retrocedo en un acto reflejo, frente a la imagen nítida de una extraña criatura que se halla arrodillada ante mí, con un impactante y exuberante paisaje de fondo.

¿Quién eres? – balbuceo sin obtener respuesta.

Inalterable, aparta, con una intimidadora mano de dedos afilados, su larga y lacia melena verde, dejando al descubierto, un semblante negro, en el que difícilmente se distinguen los rasgos.

¿Hablas mi idioma? – Pregunto, en un nuevo intento de entablar comunicación.

Sonríe mostrando unos dientes blancos como el marfil, en los que destacan, un par de colmillos largos afilados como cuchillas. Sin saber ha que atenerme, y con la extraña certeza de haberla visto con anterioridad, continúo en mi empeño de limar asperezas.

¿Me has besado? ¿Por qué lo has hecho?

Sus pupilas centellean, y sin perder la sonrisa, responde con un timbre de voz metálico: – ¿No te ha gustado?

Ahora soy yo el que no responde. Ensimismado, la estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando, la incomodidad que ha suscitado en ella mi extraño comportamiento. Avergonzado, desvío la mirada preguntando con una repentina aspereza en la garganta: – ¿Qué eres?

Aderezando su sonrisa con un toque de picardía, acerca sus labios a los míos hasta casi rozarlos, y susurra: – Soy lo que tú quieras que sea. – Alejándose al instante con una sonora risa burlona y dejando en el ambiente un embriagador aroma a flores silvestres. Abatido por el exceso de acontecimientos insólitos vividos hasta el momento, guardo cautela. No percibo hostilidad hacia mi en esa criatura, no obstante, todo en ella indica que es un depredador en potencia. Se me ocurre pensar, que quizá, solo esté jugando conmigo antes de degollarme.

Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa compasiva, y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía: – No soy una amenaza para ti. Si es eso lo que te preocupa. – Es evidente que capta mi miedo, sin embargo, no saca partido de ello. – No, no es eso… – Apuro a decir simulando indiferencia. – Estoy desorientado ¿Dónde me encuentro? – Interrogo, por una parte, para ganar tiempo, y por otra, por hacerme una composición de lugar.

– Te hallas en el Nexus. Fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de transito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo. 

– Me cuesta entender lo que me cuenta. Una insoportable migraña me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia. -¡No consigo recordar nada! – Protesto atolondradamente.

 No recuerdas nada, porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vació de todo vestigio de tu vida anterior. – Me explica con calma.

¡¿Estoy muerto?! – Grito asustado. – Quizá si o quizá no, es difícil saberlo. – Añade ella. – ¡¿Pero que clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto, o no lo estoy! ¡No hay término medio! – Respondo algo alterado.

La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los parpados caídos, como si no pudiera aguantar mi mirada, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición de ventaja en este “tête à tête” delirante y me pregunta: – ¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?

Un silencio incomodo nace entre los dos. Suspiro pasándome la mano por la cabeza. Observo su desnudes, su delgadez, su mediana estatura y me percato de la feminidad de sus formas. Desde un principio, vislumbraba que la criatura podía ser hembra, pero su torso plana, sin vestigios de poseer pechos, me hacia dudar. Incluso llegué a pensar, que quizá, solo fuera una niña, pero las definidas curvas de su cuerpo echaban por tierra dicha teoría. El hecho, es que, al margen de su aspecto sobrenatural, he de constatar, que es una criatura hermosa y, aparentemente, parece preocupada por mí. Dicho razonamiento, me hace sentir mal por haber reaccionado de un modo tan poco cortés. Así que, tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa: – Lo siento, no he podido evitar sentir pánico, la idea de estar muerto no es precisamente reconfortante. – Su rostro se ilumina como si nada hubiese pasado, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual, me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento: – ¿Cómo te llamas? – Le pregunto sonriendo afable. – ¡Ébano! – Declara con orgullo. Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un fluir de imágenes confusas en mi mente. Posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado: – ¡Estas en mi mente! ¡El recuerdo se muestra turbio como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú! En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé que significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.

Ella vuelve a reír. – No hay mucho que entender. – Comenta, mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se distribuyen en un entramado perfecto. Sobre el cual, se despliegan y afianzan un conjunto de membranas que dan lugar a dos enorme alas, similares, en forma y color, a dos gigantescas hojas de parra.

Me quedo perplejo: – ¡Tú no puedes existir! – Exclamo –¿Por qué no? – Replica ella con el ceño fruncido. – ¡Porque eres producto de mi imaginación! – Sentencio convencido. – Soy algo más que eso. – Masculla molesta.

– ¡Debo estar soñando! ¡Creía haber despertado de la pesadilla pero sigo atrapado en ella! ¡¿Qué me está pasando?! – Me lamento en voz alta.

No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estas aquí y eso debería bastarte. Soy consiente de que no sirve de consuelo, pero has de admitir, que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, que otra cosa te queda. Ya habrá tiempo de plantearse otras cuestiones. Dime, ¿Qué recuerdas?…

A pesar de no estar en uno de mis mejores momentos, advierto, que el espíritu de la contradicción anida en sus palabras. Por otro lado, su timbre de voz, ha ido dejado de ser metálico, progresivamente, a medida que se ha ido desinhibiendo. Sorprendiéndome, gratamente, con una refrescante tonalidad femenina que aporta cierto toque de normalidad a esta alucinación.

– No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.

 ¿Estas seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria ¿Cómo puedes recordarme? – Calla, me analiza, y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue:  –  Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula te será fácil encontrar la salida.

Sus palabras me alarman. – ¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas? – Pregunto con el corazón en un puño. – ¡No me estas escuchando! – Me reprocha ella. – ¡Es que no vas a ayudarme! – Pregunto con desesperación, sin entender porque me siento tan vulnerable. – ¡Ya te he ayudado! – Responde clavándome la mirada. – ¿Qué quieres decir? – Insisto – ¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! – Termina aclarando, desviando la mirada con gesto incomodo.

El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir: – No fue un mal sueño…

La criatura se pone en pie, y por razones obvias, si quedaba en mi alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez, y asintiendo con la cabeza, recalca, ante mi incredulidad: – Sí, todo fue real. – Y aun sabiendo, que a estas alturas debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!

– ¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! – Me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal. Dejándome atrás, sentado en un mullido lecho de musgo dorado, con la mirada fija en su graciosa figura disminuyendo en la distancia, y una sensación de abandono difícil de ignorar.

Resignado, la veo fundirse en un perfecto horizonte de tonos violáceos, y acto seguido, me desplomo, despaldas, sobre el lecho natural por puro agotamiento, sin oponer la más mínima resistencia al sopor que lo acompaña.

Oscuridad, solo veo oscuridad…

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 1 12 junio 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 16:44

El Despertar

Oscuridad. Allí donde miro sólo veo oscuridad. Como si un inmenso y tupido manto lo cubriera todo. Envuelto en él, a tientas, intento desplazarme, adherirme a algo, lo que sea, que me aporte sensación de estabilidad. No siento el suelo bajo mis pies, pataleo en vano, consumo tiempo y energía sin obtener nada a cambio. No sé dónde me encuentro e ignoro cómo he llegado aquí. Floto a la deriva en un espacio vacío, huérfano de luz, enemigo del calor. Limitado por una resistencia parecida a la que ejerce el agua al ser atravesada por un cuerpo, sin embargo, al margen del malestar que experimento, respiro, luego… no estoy sumergido aunque pudiese jurar que así fuera.

Suspendido en el vacío, oigo susurros plagados de palabras que inducen al sosiego. Siento la imperiosa necesidad de dejarme seducir por ellas, y a pesar, de no poder evitar sentirme como un insecto atrapado en un jugo dulzón, bajo cuya superficie inocua, se prevé un fondo oscuro de naturaleza cruel, mi tenaz instinto de supervivencia me hace prevalecer.

Los susurros se tornan voces y con inquietante amabilidad, me invitan a cerrar los ojos y sumergirme en el olvido. No obstante, el atractivo inducido en dicha sugerencia no consigue persuadirme, por lo que, las susodichas, receptivas a mí firmeza, optan por sincronizarse y aumentar el tono.

Mi corazón se acelera. Siento sus latidos golpear con fuerza contra mi pecho. Me cuesta respirar. ¡Necesito salir de aquí! Con los ojos desorbitados, escudriño en el vacío, y aún siendo consciente de la futilidad de mis intentos, reanudo mi pataleta, dando zarpazos al vacío hasta perder la noción del tiempo.

A punto de desfallecer, este desesperado empeño por alcanzar la libertad, se ve milagrosamente recompensado por mi, olvidado, sentido del tacto; el cual, asentado en la yema de mis dedos, me transmite la certeza de haber rozado algo. Gracias a esa nimiedad, se reaviva en mí la chispa de la esperanza.

Procurando mantener la calma, cambio de estrategia. Abandono las pataletas y me aventuro a desplazarme. No resulta fácil. Me muevo con lentitud aunque no sea esa mi intención. Es como ir contra corriente en el sentido más estricto y literal de la expresión.
La ausencia de luz y el entorno insólito, entorpecen notablemente la incursión, sin embargo, no ceso de dar interminables brazadas hasta colisionar, en un momento dado, con una inesperada barrera. Con ciertas reservas, extiendo el brazo arriesgándome a tocarla. Palpo con timidez su superficie. Al tacto, se muestra blanda, rugosa y calida. Intuyo que es de materia orgánica aunque dicha sospecha sea perturbadora.

Curiosamente, las voces, cambian de actitud, acorde con los acontecimientos suben una octava y se tornan imperativas. Por mi parte, ajeno a sus apremios, medito unos segundos antes de continuar. Concluyendo, en deslizarme paralelamente a la citada barrera, alentado por el anhelo de hallar alguna grieta o fisura que me proporcione la libertad.

Sumido en este periplo tenebroso, buceo cauteloso procurando eludir la densidad de esta sustancia, la cual, parece aumentar por segundos. No es que el líquido, o lo que sea, que me rodea, se esté condensando, simplemente, me fallan las fuerzas.

Cuesta horrores mantener el ritmo. Transcurrido un tiempo me percato de que la barrera parece no tener fin. Quizá esté dando vueltas en círculo. ¿Pero cómo saberlo con certeza?

Las voces vuelven a cambiar, se tornan gritos, estos, se pisan unos a otros, en un galimatías frenético y ensordecedor, que pasa del acoso verbal a la intimidación en cuestión de segundos. Siento la imperiosa necesidad de taparme los oídos, pero no sirve de nada, es como si estos brotaran de lo más recóndito de mi cerebro. ¿Por qué reaccionan así? ¿Tal vez esté cerca de la salida? Lamentablemente, mis cavilaciones se ven interrumpidas, sin previo aviso, por un dolor agudo en el pecho, que me paraliza y me hace perder la conciencia. Experimento una intensa sensación de descenso, y en el proceso, la algarabía de gritos, que acribillaban mis tímpanos, disminuyen el volumen, dando paso al silencio más absoluto. Fundido con la nada, el dolor desaparece, la respiración se detiene y la luz de mis ojos se apaga clavando el vacío de sus pupilas en el infinito. El silencio y la ausencia de sensaciones parecen ralentizar el tiempo, exhibiendo mi cuerpo inerte, despojado de su chispa vital, flotando, esperpéntico, a la deriva, en algún punto indeterminado de esta oscuridad.

Del silencio surge una voz nueva. Su vibración, suave y dulce reconforta:

– Tranquilo. Todo va a salir bien. – Con el eco de esas palabras vuelvo en mí. Todo parece transcurrir con extrema lentitud, como si fuera a cámara lenta. Abro los ojos al tiempo que voy recuperando la conciencia. – Oscuridad, sólo veo oscuridad…

De súbito, todo se acelera frenéticamente, bombardeándome con imágenes de una crudeza repulsiva, producto de mi pasado más inmediato. Colocándome, irónicamente, justo en el mismo lugar en el que me hallaba antes de desvanecerme. Con la excepción, de que ahora, las escurridizas barreras se ciernen sobre mí.

No sé cómo, al perder la conciencia, el oscuro lugar en el que flotaba, menguó hasta retenerme en una especie de burbuja con tendencia a seguir disminuyendo, a pasos agigantados, el escaso espacio que queda a mí alrededor.

El pánico se apodera de mi, sin perder tiempo, apoyo brazos y piernas en sus paredes, con la previsible e ingenua intención de detenerlas. Mis miembros se hunden en su superficie como si fuera de goma. Esta elasticidad inesperada me sobrecoge, se diría, que, la omnipresente membrana que me envuelve, acelera su contracción acorde con la intensidad de mis estímulos.

No consigo mantenerme erguido. Intento ganar tiempo, flexionando las piernas y clavando las rodillas por un lado mientras hago presión con las manos y los codos por otro, pero sólo consigo acabar de rodillas con la cabeza gacha sin que la esfera deje de disminuir.
Tras incontables intentos fallidos, termino en posición fetal, completamente aprisionado en un envoltorio que no me permite mover ni un dedo, y aun así, sigue oprimiéndome sin piedad. Quiero gritar, pero el pánico y la escasez de espacio me lo impiden. Esa sustancia elástica y carnosa está tan pegada a mí que se diría que somos una misma cosa.
Como una desmedida anaconda, relamiéndose ante su festín, ciñe el envoltorio hasta no poder más. Los codos se me clavan en las costillas haciéndolas crujir. La caja torácica se resiente y los pulmones pierden espacio para dilatarse. La presión ejercida por este organismo alcanza límites insospechados. – Ha de haber un modo de salir de aquí. – Los huesos comienzan a sonar, uno tras otro, armonizando este espectáculo macabro. Demasiado agotado y aturdido para poder reaccionar. Un predecible sonido seco en mi nuca anuncia el golpe de gracia y finaliza el sufrimiento. Se repite el estado de paz interior. Vuelvo a caer en el pozo sin fondo y en dicho descenso imploro…: – ¡Déjenme morir!
Milagrosamente, después de haberlo deseado hasta la saciedad y haber perdido toda esperanza, diviso una luz distante, minúscula, parecida a una estrella. Esta, a pesar de la lejanía, hace uso de una poderosa atracción gravitatoria, atrapándome y atrayéndome hacia ella.
Dicha situación acelera mi caída libre, ganando velocidad progresivamente a medida que el vacío que me separa de ese faro en mitad de la nada disminuye, dejando tras de mí, una estela de vida sin vivir que se desintegra a modo de cola de cometa solitario predestinado a colisionar irremediablemente con el destino que le impone su trayectoria.

La citada luz minúscula crece y crece a medida que me acerco a ella. Pasa de ser un punto en la distancia a convertirse en un sol descomunal que casi lo cubre todo. Su luz intensa, cegadora por momentos, emite ondas calidas. Grata brisa que reconforta a este cuerpo erosionado por las inclemencias del frío de las tinieblas.
Atrás, casi difuminado por el espacio, se adivina un punto oscuro y diminuto del que nada quiero saber. Ante mi nace un nuevo horizonte, en el cual se materializa un agujero demencial del que emana una luz tan poderosa que atraviesa la membrana de mis parpados, obligándome a apartar la cara.
Llegado a este punto, poco o nada puedo decir, los acontecimientos se desarrollan a demasiada velocidad, no hay tiempo para pensar o sentir nada. Ese inmenso remolino de luz incandescente que se halla ante mi, se abre como una gigantesca boca que absorbe todo lo que se encuentra a su paso engulléndome con la mayor de las simplezas.

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GIRA Y SOL 1 junio 2012

Filed under: Últimos post,Participa — mariajosehs @ 23:20

La esperanza, es lo último que se pierde sin embargo, ella la ha perdido,

después de pasar toda su vida girando en busca de su amado Sol,

ha comprendido que es un amor imposible,

condenada ella a vivir en un planeta azul, llamado tierra

y  él a ser el sustento de ese hermoso lugar al que no puede dejar de dar luz

aunque su amor por ella lo consuma,

son  un triangulo invertido, el arriba, ella abajo.

El destino cruel así lo ha querido,

encadenándolos de por vida como a los personajes de un libro

que contaba la historia de amor más triste jamás contada “Romeo y Julieta”

Ilustración: María José Hernandez

Texto: María José Henríquez.

 
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