Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El Disléxico Cabalga Solo 7 agosto 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 23:25

El disléxico cabalga solo. No es que no le guste estar con otras personas, sino que, la mayoría, no suelen tener, ni paciencia, ni ganas de estar con él. Así es la realidad. Lo normal, es que le despachen con un simple y apresurado: “Haber estudiado más”. Acto, que lo relega a los límites de la marginalidad, pues, es demasiado listo para ser “estúpido” y se siente demasiado estúpido para ser “listo”. De ese modo, este viajero accidental, se convierte en un “llanero solitario”, que cabalga en tierra de nadie, esquivando burlas y comentarios despectivos (de listos por un lado y de estúpidos por otro) con suma resignación.


Desde que tengo uso de razón he arrastrado esa pesada carga. Recuerdo, que, en el primer colegio en el que estuve, me mantuvieron en Párvulo, más tiempo del estipulado, por la pereza que les suponía tener que orientar a un niño que solo requería un enfoque diferente de los conocimientos a asimilar.
El caso, es que, los supuestos “Docentes” de ese centro, por increíble que parezca, se dejaron ir, la friolera de dieciocho largos meses. Cuando se percataron de su desastroso despiste, de que me habían dejado abandonado en el aula de Parvulario por pura ineptitud, se apresuraron a subsanar el “despiste” incorporándome, con carácter inmediato, en el Aula de 2º de EGB.
(Entiéndase, que yo, en todo ese tiempo, solo había realizado actividades propias de Párvulo. Es más, estos individuos, me incorporaron en el Aula de 2º a principios del tercer trimestre, por lo que podréis imaginar las desastrosas consecuencias).
El mismo día de mi incorporación, la “Docente”, me envió a la pizarra, junto con otros niños, para que realizara una sencilla división. Todos la hicieron, menos yo. Estaba aterrado, no sabía que debía hacer, nadie me lo había explicado.
Como es lógico, me eternice ante la pizarra observando la división, quizá, esperando que, por gracia divina, el conocimiento se depositara en mí. Cosa que no pasó.
La “Docente”, perturbadoramente molesta por mi falta de colaboración, cogió un palo, (que, en un tiempo, había formado parte de una silla) y sin mediar palabra, comenzó a asestarme golpes con él, mientras repetía al compás: – Divide, divide, divide…


Pues no, ese día no aprendí a dividir. Ahora bien, la idea de que la figura del profesor era sinónimo de castigo, quedo resonando en mis cavidades neuronales el resto de mi etapa escolar. Ese suceso, me convirtió en un niño que no confiaba en los profesores. Un niño, que aprendió a huir de ellos, a evitarlos a toda costa. Que jamás levanto la mano para hacer una pregunta por miedo a las consecuencias. Un niño, con un único objetivo, no llamar la atención, pasar desapercibido, no destacar, para no atraer la atención sobre si mismo. Que no reparasen en mí, se convirtió en mi única y constante prioridad.


Al finalizar aquella dolorosa jornada. Ya de noche. Arropado en mi cama. Le pedí a Díos, morir antes del amanecer, para no tener que despertar y volver a aquel horrible lugar. Pero no fue así… Tuve que soportar esa situación hasta acabar el curso.
Gracias a Díos, algunos padres supieron ver lo que pasaba y tomaron medidas al respecto. Consiguiendo que cerrarán el centro, pues, por lo visto, ninguno de los “Docentes” que componían el elenco del profesorado, disponía de la titulación pertinente para ejercer como tales.
Que se haga justicia siempre es de agradecer. No obstante, el daño ya estaba hecho. Quedé eternamente encasillado como VAGO, no importaba que sacara sobresalientes en el resto de las asignaturas. Si no era capaz de superar mis dificultades para desenvolverme con los números y las letras jamás dejaría de ser un VAGO. Créanme cuando les digo, que no es una tarea fácil. Llevo varios días revisando el texto que ahora leéis, y no importa el tiempo que empleé y las veces que lo relea, siempre encuentro errores. Es frustrante no tener control sabre algo que sabes que puedes hacer bien, es un autentico calvario, os lo aseguro. ¿Cuál es el secreto? ¿Por qué unos sí otros no? Llevo haciendo estas preguntas toda la vida sin obtener respuesta. El caso es que no soy del grupo de los que se proclaman “normales”. Pertenezco al de los raritos, los anómalos, y disimularlo no sirve de nada. Siempre va haber algo que me delate. Este blog es una buena prueba de ello. Lo concebí con la finalidad de obligarme a mejorar mis deficiencias. Consciente de que se me haría dura la batalla. En estos momentos, dudo de todo, hasta del lugar que ha de ocupar un punto o una coma. Demasiadas lagunas. Demasiadas cosas que debí aprender y no aprendí.


Aún hoy, después de haberme enfrentado, una y otra vez a mis recuerdos. Cuando alguien me coge con la guardia baja, haciéndome una pregunta directa con la que no cuento. Me bloqueo. Mi mente se queda en blanco. No importa si sé la respuesta o no. Simplemente, me bloqueo. Es una sensación extraña. Como si aquel niño asustado aún habitara en mí. Escondido en algún recóndito lugar, incapaz de salir por miedo a lo que pudiera pasar.


Nunca he ocultado, ni ocultaré, dichas dificultades. La intención, no es esconderlas, sino, tratar de corregirlas. Soy transparente. Aquel que no sepa verlas es porque no las quiere ver. Los hay, que se rasgan las vestiduras ante ellas, ignorándome, amplia y rotundamente, como si temieran que se les fuese a pegar algo. Otros, permanecen aparentemente impasibles. Amables y correctos, simulan no percatarse de ellas, sin embargo, la decepción se dibuja en sus miradas. Pero yo, no experimento mal estar alguno, pues sé muy bien quien soy. El error lo cometen ellos, dejándose arrastrar por sus prejuicios.


Vamos a ver, tal como lo veo yo, estoy tocado pero no hundido. Reboso optimismo. Esa ha sido siempre mi mejor baza. He procurado mantener siempre mi dignidad intacta. Autodidacta por necesidad, no me he privado de hacer las cosas que me gustan, aunque las haya tenido que hacer solo, adoptando la actitud, ya citada, de “Llanero Solitario”, que se parte de risa cada vez que ha de recitar la consabida frase de estos cowboys de medio pelo: “ ¡Yo cabalgo solo forastero!”.
Estoy convencido, de que, si hubiera recibido un mínimo de atención en mi infancia, ahora, brillaría con el doble de intensidad, y nadie notaría mi ineludible dislexia.


Al disléxico, le sobra empatía, es muy tolerante con los demás, pero terriblemente intolerante consigo mismo. No nos podemos permitir el lujo de pasar por alto nuestra anomalía, (si es que se le puede llamar así). Eso nos hace tener un afán de superación por encima de la media. Porque, el disléxico, se sabe inteligente, y ansia el reconocimiento y la aceptación que siempre le fue negado.


Hoy en día, embriagado por la dicha que reportan los hijos. No puedo evitar verme reflejado en ellos. No puedo evitar recordar al niño que fui. No puedo evitar adorarlos, pues, poseen mi vitalidad, mi brillantes, mi alegría, mi espontaneidad… en resumen, están llenos de mi persona. Por último, y no menos importante, no puedo evitar sentirme inmensamente agradecido de tenerlos; porque, a través de ellos, cuando los protejo, los educo, los quiero, los abrazo; estoy retrocediendo en el tiempo. Estoy derribando barreras. Estoy abriéndome camino hacia ese oculto lugar, donde mi niño interior permanece escondido y asustado. Me estoy acercando a él. Con cada gesto, con cada palabra. Hasta el punto de casi tocarlo. Hasta el punto de casi abrazarlo. Sé que el gran día se dibuja cercano. Y cuando ese día llegue, estrecharé con fuerza a ese niño entre mis brazos, y diré, (volcando en él toda la atención que no le supieron dar) – No sufras, pequeño mío, ahora todo va a salir bien, porque yo estoy contigo, siempre lo he estado, nunca has estado solo.


yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


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La Mejor De Tus Sonrisas

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 23:23

Una hermosa sonrisa, como defensa, es el escudo perfecto contra las lenguas mal intencionadas. Deslumbra a quien se acerca. Seduce, atrae, distrae miradas, desvía preguntas y disipa dudas si las hubiera. Se percata de sospechas infundadas y las aclara sin llegar a las palabras. De ese modo, tal pensamiento, si es que lo hubo, es relegado al olvido, dando paso, con alivio, a la discreción que irradia una sonrisa.


Defecto o virtud, no deja de ser un acto de sutil elegancia. A quien le importe, lo que digas o hagas, regálale una hermosa sonrisa. A fin de cuentas, igualmente, dirán de ti lo que les plazca. Transformaran todo a su antojo. Sólo requieren captar un fragmento, un resuello en la distancia, un simple retumbar, del eco lejano, de palabras fuera de contesto y la imaginación se les dispara; haciendo de un acto insignificante, un suceso desconcertante.


Sí, esa es la penosa actitud, de aquellos, que sólo escuchan lo que desean escuchar. Aquellos, para los que sólo existe su verdad. La cual, les hace, aprovechar cualquier descuido, subida de tono o comentario poco afortunado, para hacer de ti el objeto de sus tergiversaciones. Pero no importa. No dejes que los acontecimientos te abrumen. Mantén la cabeza bien alta, clava tu mirada en las suyas, y obséquieles con la mejor de tus sonrisas. Porque tu sabes, mejor que nadie, que lo que es saber, no saben nada. Que tu verdad esta a salvo. Y eso, te cura en salud, y mantiene limpia y firme tu mirada.

yrunay

 

© Marco Antonio Santana Suárez


 

Hablando De Fútbol

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 23:21

Hace un año. Me hallaba medio-tumbado o medio-sentado, según se mire, en el sofá del salón de mi casa viendo el telediario. Cuando comenzó la sección de deportes, apareció mi segundo hijo, que en aquella apoca tenia dos años aproximadamente, apoyándose en el marco de la puerta que daba acceso al salón y quedándose extasiado mirando el televisor. Tras compilar la emisión durante unos segundos, giró su pequeño y candido rostro hacia mí, y abriendo como platos sus enormes ojos luminosos, me miró, diciendo algo así como… ¨Fubo¨. Yo, sonriendo con ternura y asintiendo con la cabeza respondí: “Sí cariño, es fútbol”. Este, satisfecho por la notable conversación padre e hijo y escarranchado como un cowboy, debido a la incomodidad del pañal, se alejó de la seguridad que le proporcionaba la sujeción del marco de la puerta y se acercó a mi, tambaleándose, como un mini borracho harto de “biberón”. Sin dejar de supervisarlo de reojo, continué viendo la tele hasta sentir sus manitas apoyarse, a plomo, en mis rodillas. Bajé la mirada y ahí estaba ese gordito de ojos relucientes mirándome con una sonrisa destornillante. ¨Fubo” repitió con una carcajada alegre y limpia. Volví a sonreírle con ternura y nuevamente asentí con la cabeza diciendo: “Sí, es fútbol”.


Más feliz que unas pascuas, trepó por mis piernas hasta quedarse sentado a horcajadas sobre ellas, plantado su cabecita justo delante de mi campo de visión. “Fubo” repitió una vez más pegando su naricilla a la mía. Algo incomodo, por no poder ver las noticias, recurrí a la diosa de la paciencia y respondí: “Sí pequeñín, es fútbol”.


Él, levantando sus bracitos, sostuvo mi cara, apoyando las palmas de sus manitas regordetas en mis mejillas, alejó su carita y me mira con esa inocencia, propia de los niños, que te hace perdonarles lo que sea.


“Fubo” Repitió por cuarta vez. Resignado, miré sus pupilas limpias y sin perder la sonrisa, me dispuse a darle, una vez más, la misma respuesta. Pero antes de que brotase el más leve sonido de mis labios, “el dichoso enano” arremetió su cabecilla contra mi frente. Dándome un cabezazo de los que hacen historia, con toda premeditación y alevosía. Arrastrándonos, a ambos, a un universo oscuro, donde el mareo, el dolor y el desconcierto habían edificado su reino. No exagero si les digo, que me quedé sudando con el solemne machangazo. El infante, igualmente dolorido, lloró a lágrima viva, mientras me señalaba con el dedito, acusándome de ser un papa malo, por lo que, aun estando confuso y aturdido, no pude hacer otra cosa, más que abrazarlo y consolar su llanto.


En fin, que injusta es la vida a veces, gracias a Dios, a día de hoy, el incidente no se ha vuelto a repetir. Eso sí, todavía me sigo preguntando que le impulso a propinarme semejante sacudida, y es evidente, que nunca lo sabré. Por otro lado, conviene aclarar, que desde el suceso hasta la fecha, mi hijo y yo, no hemos vuelto a hablar de fútbol.

yrunay


© Marco Antonio Santana Suárez


 

Una Demostración De Amor

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 23:18

Érase una vez, una madre que no sabía como demostrar el inmenso amor que sentía por su hijo. Es más, le incomodaba ver a las otras madres exhibiéndose, premeditada y públicamente, con exageradas carantoñas a sus pequeños, cosa que su marido no entendía a pesar de amarla. Ella, ante el más leve reproche por dicha actitud, se cerraba en banda, ignorando a su esposo por completo. Lo cual entristecía mucho al hombre, pues, le hacia dudar de los sentimientos de su esposa hacia su hijo.


El caso, es que, dando una elegante fiesta en el jardín de su casa, justo en un momento en el que se disponía a salir por la puerta del porche con una bandejita de canapés en la mano, vió como el 4×4 de su marido rodaba sin control, de culo y cuesta a bajo por la pendiente de acceso al garaje. Sin inmutarse pensó: “Ahí va el cacharro de mi marido, una vez más, a hacerse pedazos contra el muro” pero, tan pronto terminó la frese, vio a su hijo jugando, justo, en la misma pendiente, en mitad de la trayectoria del citado vehículo. Dándole un vuelco el corazón, soltó la bandeja de canapés, la cual, se estrello contra el suelo esparciendo los bocaditos por doquier, y sin dudarlo, se lanzó al rescate.


Desgraciadamente, los tacones y la falda ajustada que había escogido para la ocasión, jugándole una mala pasada, la hicieron caer de bruces contra el suelo, golpeándose e hiriéndose en el codo, la barbilla y la rodilla. No obstante, sin dar muestras de dolor, se recompuso con presteza, se quitó los zapatos de tacón, se rompió la falda con las manos, y ensangrentada, corrió, velos como una gacela, con la mirada fija en su niño.


Su marido y el resto de los invitados al verla correr se percataron de la fatalidad que se avecinaba, sin embargo, no supieron reaccionar, todos, inmovilizados, se quedaron absortos, mirando como se desenvolvían los acontecimientos.


Ella, negándose a malgastar fuerzas pidiendo ayuda. Atravesó, como una exhalación, el trecho que le separaba de los asistentes y se abrió camino a empujones entre ellos. Inclusive, se vio obligada a pasar por encima de la mesa donde habían depositado, con un gusto exquisito, las bebidas y de más degustaciones, esparciéndolas por el suelo.


Corrió como nunca lo había hecho, sin que nadie hiciera otra cosa más que mirarla. Cuando el vehículo estaba a poca distancia de su hijo, se interpuso velos entre ambos, cogió a su retoño y viendo que no le quedaba tiempo para más, se medio giró sobre él a modo de escudo y extendió, en un acto reflejo, uno de sus brazos hacia el 4×4, en ademán de pararlo.


Niño y madre murieron arrollados por el todo terreno sin que se pudiera hacer nada. Su marido, cegado por el dolor y la impotencia, e incapaz de emitir palabra, se desmoronó llevándose las manos a la cabeza. Los que le rodeaban se apresuraron a atenderle. El resto de los presentes, aterrados, en silencio y con lagrimas en los ojos, no salían se su asombro.


En un momento dado, una voz masculina, se atrevió a romper el silencio para decir con la voz quebrada: “¡Dios mío! Eso ha sido una insensatez”. A lo que una voz femenina le repuso, embargada por la emoción: “¡No! te equivocas, eso ha sido una demostración de amor.

Yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez